Medium 9788483935354

Distorsiones

Por: David Roas
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Porque no todo lo que vemos puede quedar distorsionado por nosotros y, lo que es más inquietante, por la propia realidad.
Distorsiones de David Roas es una summa de la literatura fantástica y un cruce entre la Frikipædia y el Necronomicón. Ni Woody Allen y Groucho Marx escribiendo juntos para The Twilight Zone habrían urdido una historia mejor que «Das Kapital» o «Locus Amoenus». Los cuentos de David Roas son una suerte de pienso de astronauta: minúsculas croquetas literarias de arroz con Poe y fibra borgeana, que mantienen el pelo Wilde y resultan ideales para hacer Kafka en el espacio.  
Distorsiones ha recibido el VIII Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2011 "tanto por su frescura y agilidad, como por los riesgos narrativos que asume su autor, conteniendo varios relatos memorables que tienen la fantasía y el humor como rasgos principales".

Precio: 5,99 €

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29 relatos

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Volver a casa

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Volver a casa

 

Am I sitting in a tin can

Far above the world

Planet Earth is blue

And there’s nothing I can do.

David Bowie, Space Oddity

 

Houston, aquí la Base de la Tranquilidad: el Eagle acaba de tocar la luna.

Cabrones. Ellos dos a punto de pisar la luna y yo flotando en esta lata de sardinas. Si sigo escuchando la voz de Armstrong en mis auriculares, acabaré por hacer alguna locura. Voy a desconectar la radio un rato. Que se jodan.

Todavía no he podido averiguar por qué Neil y Buzz fueron los elegidos para dar el gran paso y a mí me condenaron a esperarlos en la cápsula. A todos los que pregunté en Cabo Cañaveral me dijeron lo mismo, que la decisión venía «de arriba». Puedo entender que Armstrong, como comandante de la misión, pise la luna, pero ¿por qué el otro ha de ser Aldrin y no yo? Ambos tenemos la misma edad (treinta y nueve, como también Neil), poseemos una gran experiencia en vuelos orbitales (aunque debo decir que yo he hecho un par de caminatas espaciales y él no), incluso somos militares de alta graduación. Pero es él el que bajará, mientras yo me quedo chupando banquillo.

 

La casa ciega

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La casa ciega

 

Sus paredes son grises y lisas. Piedras viejas. No hay zarzas ni hierbajos, pero tampoco hay muestras de la mano de un jardinero. Sólo un páramo desolado, estéril. Y el silencio. De cerca, la casa resulta aún más extraña que entrevista desde el tren.

 

Fue desde el tren cuando la viste por primera vez. Cada jueves y viernes lo coges en Barcelona para ir a Lérida. Absorto en tu trabajo, no notas la monotonía del viaje. No sueles mirar mucho por la ventanilla: prefieres aprovechar las dos horas de trayecto para preparar clases, avanzar artículos, bosquejar algún cuento... Y escuchar la música que te apetece con tus propios auriculares (siempre aceptas los que te dan los empleados de RENFE, pero nunca los utilizas; en tu despacho de la universidad tienes ya una enorme colección). Tampoco prestas atención a las películas que proyectan. Prefieres sumergirte en tu música y en tu ordenador portátil. Así, el tiempo se hace más ligero.

Pero ahora todo ha cambiado.

 

Das Kapital

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Das Kapital

 

¡Hay tantas cosas en la vida

más importantes que el dinero!

¡Pero cuestan tanto!

Groucho Marx

 

Overbooking. Los labios de la señorita que me atiende tras el mostrador de Swiss Air acaban de pronunciar la temida palabra. Para una vez que llego al aeropuerto con bastante antelación, resulta que el avión ya está lleno. La empleada, muy amable, se disculpa (Désolée, monsieur), me entrega una tarjeta de embarque sin asiento asignado y me pide que me dirija a la puerta A-8, donde sus compañeros tratarán de arreglar el problema. Sé que debo confiar en la eficacia helvética, pero, dado mi natural pesimismo, algo en mi interior me advierte de que el día ya no puede depararme nada bueno.

Aparto de mi mente tales pensamientos y me dirijo, siguiendo las instrucciones de la amable empleada, a la puerta A-8. Paso sin dificultades los diversos controles, me acerco al mostrador de la compañía, y tras explicar mi problema a las dos personas que me atienden, estas me piden que me siente y espere. Al parecer, no soy el único con dicho problema. Una pareja me observa y sonríe como diciéndome Sí, a nosotros nos ha pasado lo mismo. Abro el macuto, saco un libro y me sumerjo en su lectura para entretener la espera.

 

Usos y abusos del comunismo (La tienda en casa)

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Usos y abusos del comunismo (La tienda en casa)

 

Para Sergio Beser, in memóriam

 

(En la pantalla aparece el logotipo de La Tienda en Casa y su característica melodía. Cuando esta termina, el logotipo es sustituido por un plano general de un decorado –un salón–comedor hortera– en el que irrumpe, por la izquierda, un tipo vestido de traje, enérgico, dicharachero, mientras, de fondo, se escuchan las inconfundibles notas de La Internacional. Tras recoger un busto que le da una simpática azafata, el presentador mira directamente a la cámara y empieza a hablar. Gran sonrisa. La música se apaga).

 

Buenas noches, amigos televidentes.

Hoy tengo el placer de presentarles un excelente producto en el que se combinan las más altas propiedades curativas con una exquisita calidad estética: el Afamado Busto de Lenin. Avalado por el prestigioso Colegio de Médicos Siberianos, el Afamado Busto de Lenin se ha convertido ya en un elemento indispensable en muchos hogares europeos. Y ahora se lo ofrecemos a ustedes en un oferta inmejorable.

 

La vida natural

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La vida natural

 

Queridos papá y mamá:

 

Siento haber tardado tanto en escribiros. Espero que estéis bien. Sé que mi decisión de trasladarme al campo no os hizo mucha gracia, pero tras un año en el frente pensé que era lo mejor. No diré que sea fácil, pero la vida natural, la disciplina y el trabajo duro son un gran estímulo. Al principio, lo reconozco, temí no acostumbrarme: echaba de menos los cafés, los restaurantes, las salas de cine... Pero vivir en el campo está resultando muy satisfactorio. Y tampoco he renunciado del todo a los pequeños placeres: en los días señalados, mis compañeros y yo organizamos fiestas a las que incluso asisten algunas chicas de la vecindad (antes de que te inquietes, mamá, decirte que siempre me porto como un caballero). Incluso hemos formado una pequeña orquesta para amenizar los bailes.

Cada día nos depara una nueva sorpresa. Y ahora que ya ha pasado lo peor del invierno y la primavera empieza a notarse, es un placer muy grato levantarse pronto y respirar el aire puro del bosque, la fragancia del tomillo, mientras amanece sobre las montañas cercanas. Lamentablemente, hay días en que el viento cambia y arrastra hacia nosotros el humo de las chimeneas. Pero eso ocurre muy pocas veces.

 

El precio del placer

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El precio del placer

 

El hombre consta de mente y cuerpo,

pero el cuerpo es el único que se divierte.

Woody Allen, La última noche de Boris Grushenko

 

Desdoblarse es una lata. O al menos cuando se hace mal, como es mi caso. Porque llevo unas semanas experimentando ese fenómeno y mi vida se ha convertido en un infierno. Yo, como todo el mundo, había fantaseado alguna vez con lo estupendo que sería poder contar con un doble para, entre otras cosas, llevar a cabo esas ingratas tareas que siempre se eternizan. Siendo dos, pensaba, todo sería mucho más fácil.

Lo malo es que a mí sólo me ocurre cuando hago el amor con mi mujer. Freudianamente, podría pensarse que, por lo que acabo decir, el sexo es para mí algo ingrato (o al menos el sexo con mi mujer). Pero no van por ahí los tiros. Llevamos cinco años felizmente casados (a los que hay que añadir dos más de noviazgo), y nuestra vida sexual siempre ha sido satisfactoria. O al menos lo fue hasta hace unos días.

 

La conjura de los brujos (Multiculturalismo poscolonial)

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La conjura de los brujos (Multiculturalismo poscolonial)

 

 

 

Lunes, 23 de marzo, 18.30 h. Calle Provenza, salida del Metro Sagrada Familia (línea 5). Un tipo negro reparte propaganda con gesto cansino. Para no parecer un malcarado, acepto la hojita que me da.

 

 

 

Miércoles, 25 de marzo, 19.12 h. Via Laietana, salida del Metro Jaume I (línea 4). Un tipo negro reparte propaganda con gesto cansino. Para no parecer un malcarado, acepto la hojita que me da.

 

 

 

Jueves, 2 de abril, 17.25 h. Plaza Universitat, salida del Metro Universitat (línea 1). Un tipo negro reparte propaganda con gesto cansino. Para no parecer un malcarado, acepto la hojita que me da.

 

 

 

 

Martes, 7 de abril, 9 h. Calle Gran de Gràcia, salida del Metro Fontana (línea 3). Un tipo negro reparte propaganda con gesto cansino. Para no parecer un malcarado, acepto la hojita que me da.

 

 

 

Miércoles, 8 de abril, 13.45 h. Calle Pi i Margall, salida del Metro Joanic (línea 4). Un tipo negro reparte propaganda con gesto cansino. Para no parecer un malcarado, acepto la hojita que me da.

 

Duplicados

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Duplicados

 

–Si el universo se está expandiendo, un día se romperá,

y eso será el fin de todo.

–¿Y eso a ti qué te importa? ¡Tú estás en Brooklyn!

¡Y Brooklyn no se está expandiendo!

Woody Allen, Annie Hall

 

En 1937, el físico Erwin Schrödinger imaginó un experimento que consiste en meter a un gato dentro de una caja opaca en la que se ha instalado un peligroso dispositivo: sobre una ampolla de veneno pende un martillo, el cual, a su vez, está conectado a un mecanismo detector de partículas alfa; si este es alcanzado por una, el martillo cae, rompe la ampolla y el gato muere. Junto al detector se coloca un átomo radiactivo con una característica especial: en el lapso de una hora puede emitir o no una partícula alfa; la probabilidad de que suceda una cosa o la otra es la misma: el 50%.

Evidentemente, al cabo de esa hora se habrá manifestado una de las dos posibilidades y el gato estará vivo o muerto. Pero no podremos saberlo si no abrimos la caja para comprobarlo. Las leyes de la mecánica cuántica nos dicen que mientras nadie mire en el interior de la caja el gato estará a la vez vivo y muerto. O lo que es lo mismo, se produce una superposición de los dos posibles estados. Al abrir la caja, el observador interactúa con el sistema y lo altera, rompe esa superposición cuántica y el sistema se decanta por uno de los dos estados.

 

Sympathy for the devil

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Sympathy for the devil

 

Para Albert Sánchez Piñol

 

 

 

Pleased to meet you.

Hope you guess my name…

The Rolling Stones, «Sympathy for the devil»

 

Carlos nunca imaginó que el éxito literario fuese acompañado de tantos sinsabores. Hacía muy poco que había publicado su segunda novela, Penélope en el Zaire, y si bien había obtenido tan buenas críticas como con la anterior (con un leve cambio: de «joven promesa» había pasado a «autor consagrado»), sus ventas inexplicablemente se dispararon. Lo que se tradujo en una continua presencia en prensa, radio y televisión. Carlos se había hecho famoso sin acabar de entender muy bien a qué o a quién se lo debía.

El éxito también trajo consigo a los admiradores. Siempre había pensado que eso era cosa de cantantes, actores y futbolistas, por lo que le halagó enormemente ver cómo el público empezaba a abarrotar las librerías y bibliotecas en las que presentaba su novela. Un poco incómodo al principio, rápidamente aprendió a acoger con un sonrisa las variadas muestras de cariño de tanto desconocido. Incluso las de aquellos fans más exaltados que acababan confesándole lo mucho que sus libros les habían cambiado la vida. Alguno hubo que llegó a decirle que la lectura de Epidermis glacial –su primera novela– le había devuelto las ganas de vivir.

 

Recuento

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Recuento

 

Para José María Merino

 

Todo el día conduciendo. Otro más. Harto de la carretera, tomo el primer desvío que sale a mi paso. Me lleva hasta a un pequeño pueblo. Tras dar con una pensión, dejo la maleta y salgo a pasear. Es un placer estirar las piernas después de tantas horas de coche.

El lugar no tiene mucho encanto. Le salva la pequeña playa que asoma al final de la que parece la calle central del pueblo. Bajo a la arena y continúo mi paseo cerca del agua. Hace frío. Estoy solo.

La playa termina en un grupo de rocas sobre el cual se entrevé lo que sin duda es el cementerio: sobre los peñascos asoman amenazantes algunas cruces y lápidas. Veo también la estatua de un ángel. Lo curioso es que este mira, vigilante, hacia el mar. Una extraña actitud que inmediatamente despierta mi interés por verlo de cerca. Tiempo atrás no lo hubiera hecho, pero me digo que será una visita rápida. No soporto los cementerios. No entiendo como hay gente que puede disfrutar paseando entre tumbas, entre lápidas que guardan memorias muertas de los que nunca volverán.

 

Idiosincrasia (Interludio autoficcional)

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Idiosincrasia (Interludio autoficcional)

 

 

Los caminos del Señor

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Los caminos del Señor

 

Para Nil, que me lo contó

 

Emily tiene catorce años. Es de baja estatura, su pelo es de un negro intenso y lo lleva muy largo. Su cara no está mal. Vive con sus padres en una pequeña ciudad del Medio Oeste, adonde se trasladaron desde la granja en la que había pasado sus primeros doce años de vida. Va al instituto. No es muy popular, pero no le faltan amigos.

Hoy es el día de su cumpleaños. Nerviosa por la fiesta que le han preparado sus padres, se ha levantado pronto. Después de desayunar, sale a dar un paseo sola, como es su costumbre. Algunos vecinos la saludan y, enterados de la celebración, le desean un feliz aniversario. Sus pasos la llevan ante la vieja iglesia de su barrio. La visión de aquel edificio en ruinas, perpetuamente en penumbra, la sobrecoge, como en otras ocasiones. Pero hoy, por primera vez, siente el impulso de entrar.

Sus padres le han advertido muchas veces de los potenciales peligros que encierra ese lugar: puede desprenderse una piedra, hundirse el suelo, una rata puede morderte... o algo peor. Aunque Emily es una chica obediente, hoy, envalentonada por sus catorce años recién estrenados, decide entrar en el edificio. Además, se dice, será un visita rápida.

 

Vinieron de dentro de

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Vinieron de dentro de

 

Pues es lo propio del hombre reír.

Rabelais, Gargantúa

 

La primera vez que las escuché pensé que estaba soñando. Eran las cinco de la mañana y ni Marta ni yo estábamos despiertos para lanzar aquellas sonoras carcajadas.

El problema es que estas han seguido interrumpiendo mi sueño las tres últimas noches. Y cada vez a la misma hora. El proceso es siempre igual: empiezo a escucharlas en sueños y mi vuelta a la vigilia coincide con el final de las risas. Una vez despierto, estas ya no vuelven a oírse. Sé que no es un sueño porque esas últimas carcajadas suenan en la habitación. En la realidad. No en mi cerebro. Cuando las escucho sé que estoy despierto y que en ese momento yo no estoy riendo.

Descartado que fuera un simple sueño, supuse que todo se debía a que Marta reía dormida. Pero aunque suele hablar, incluso discutir en voz alta mientras duerme, nunca la he oído reír. Ayer, después de que las risas me despertaran, vigilé el sueño de mi mujer durante un rato, pero estas no volvieron.

 

Silencio

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Silencio

 

He pasado un mes fuera y sólo llegar me encuentro a Juan por la calle. Me siento tan cansado que estoy tentado de no saludarle y seguir mi camino hasta casa, pero hace mucho que le perdí la pista y me apetece hablar con él. Nos damos la mano y le pregunto cómo está. Muerto, me dice. Le digo que no será para tanto y le propongo tomar algo en un bar cercano. Acepta sin energía. Venga, hombre, una caña te repondrá. Apoyados en la barra, y tras pedir dos cervezas, le digo que me cuente cómo le va la vida. Estoy muerto, repite, ¿no te lo he dicho antes? Sí, vale, como quieras, yo también estoy muy cansado, pero –insisto– ¿cómo te van las cosas? Hace mucho que no nos vemos y seguro que algo tienes que contarme. Me mira con gesto alicaído y en un tono áspero vuelve a repetir: Estoy muerto, ¿no te vale con eso? Muerto. Empiezo a pensar que a Juan le pasa algo. Quizá esté deprimido (tiene todo el aspecto), o puede que lo hayan despedido, que esté enfermo, que su mujer le haya abandonado... Trato de quitarle hierro al asunto: Muy muerto no debes de estar si te tengo a mi lado bebiendo una cerveza. Juan se levanta la manga del brazo izquierdo, lo alarga hasta a mí y me dice: Tómame el pulso, a ver si te convences de una vez. Le sigo la corriente y cojo su muñeca buscando torpemente las venas (¿o son arterias?) donde comprobar sus pulsaciones. No noto nada. Debo estar haciéndolo mal. Lo intento de nuevo. Juan me observa con una mezcla de apatía y fastidio. Pruebo otra vez. Nada. ¿Lo ves?, muerto, no hay más. Empiezo a inquietarme. Y no porque Juan esté muerto (es evidente que eso es imposible), sino porque lo que he tomado por abatimiento o depresión puede ser en realidad una crisis psicótica. Ya sé que decir que eso en Juan me extraña es una tontería (nadie es inmune), pero siempre ha sido un tipo muy equilibrado. ¿Te convences?, vuelve a preguntarme, cuando te decía que estoy muerto es que estoy muerto; no es una forma de hablar. Por tu cara intuyo que no crees una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Cómo quieres que te crea, lo que pasa es que no sé encontrar tus latidos y ya está. Juan llama al camarero y con absoluta tranquilidad le pide que le tome el pulso. Yo miro al camarero y con una sonrisa forzada le digo que no haga caso a mi amigo, que es una broma. Pero este, en lugar de reaccionar con escándalo a su insensata petición, hace lo que Juan le ha requerido. Y como si estuviera habituado a dar esa respuesta, dice cansinamente: No hay pulso. Antes de que pueda reaccionar, Juan coge mi mano y la coloca sobre la muñeca del camarero, quien se deja hacer. Tampoco noto nada. No sé qué decir. No puedo hacer otra cosa que mirar a ambos e intentar procesar lo que está sucediendo. Los dos me observan con el mismo gesto fatigado. Juan se dirige a un tipo que está bebiendo un cortado al otro extremo de la barra: ¿Le importa que mi amigo le tome el pulso? El desconocido deja el vaso y se acerca perezosamente, mientras, en un gesto que no puedo evitar tomar por habitual, se levanta la manga del brazo izquierdo. Juan guía de nuevo mi mano y la coloca en la muñeca del desconocido. No sé cómo voy a reaccionar si encuentro el mismo vacío, el mismo silencio. Los anhelados latidos no aparecen. Es imposible. No pueden estar muertos. Los veo moverse, hablar, beber. Juan interrumpe mis reflexiones. No, no te engañes pensando que es un sueño o una alucinación. Estamos muertos. Todos estamos muertos. ¿Ves esa mujer sentada en la mesa de la esquina? (La miro; es una escena que he visto mil veces: una mujer tomando un café mientras lee el periódico). Muerta. ¿Esos dos niños que pasan junto a la ventana camino del colegio? (Ambos cargan afanosamente unas pesadas mochilas). Muertos. ¿El cartero que acaba de entrar en el bar? Absolutamente difunto. No encontrarás ni un solo latido en sus muñecas. Aunque si quieres podemos hacer con ellos la misma prueba. Le digo que ya he tenido suficiente. Aunque en el mismo instante en que lo digo sé que estoy mintiendo. No es suficiente. No puede ser suficiente. Porque lo que está sucediendo es un disparate sin sentido. Pero ¿cómo contradecirles? Empiezo a dudar de mi salud mental. Quizá soy yo, y no el pobre Juan, el que se ha vuelto loco. Como si leyera mi mente, Juan me dice que no estoy loco. Y añade: Esto nos ha pasado a todos, sin excepción; al principio lo más difícil es aceptar que uno esté muerto (el camarero y el desconocido asienten con desgana). Pero entonces ¿Ana? ¿mis padres? ¿mis hermanos? De pronto, como si todo eso no fuera importante, una pregunta irrumpe en mi cerebro, una pregunta que no llego a verbalizar, porque en ese mismo momento, Juan agarra con fuerza mi mano derecha. Sin que pueda evitarlo, con un rápido movimiento la coloca sobre mi muñeca izquierda, donde ya sé que sólo me espera el silencio.

 

Psicopatología de la vida cotidiana

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Psicopatología de la vida cotidiana

 

Administrando redención y castigo.

Chuck Palahniuk, Superviviente

 

Tarde de sábado. Sofá. El volumen de la televisión ajustado en murmullo arrullador. En la pantalla, un documental: La vida secreta del salmón. Las persianas bajadas hasta dejar la sala en una placentera penumbra. D. ha preparado concienzudamente el decorado perfecto para su siesta. La semana ha sido horrible y este es el primer momento que tiene para invertir en un verdadero y relajante descanso.

Justo cuando empieza a quedarse dormido, suenan varios timbrazos insistentes. Decide no hacer caso. Pero el timbre vuelve a sonar. Profundamente cabreado, se levanta, se pone unos pantalones y abre. Sea quien sea, se va a enterar.

Al otro lado de la puerta le espera un joven vestido con un traje barato y un anticuado y formal corte de pelo, que, con una gran sonrisa y muy educadas maneras (Buenas tardes, caballero, y perdone la interrupción), le aborda con banales preguntas de contenido religioso: ¿Tiene miedo a la muerte? ¿Cree usted que ha triunfado el mal en el mundo? ¿Sabe qué le espera en el reino de Dios? Si tiene un momento, me gustaría enseñarle unas revistas que le iluminarán ante asuntos tan serios.

 

Ascensión y caída de Chico Bola

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Ascensión y caída de Chico Bola

 

Para Santi, verdadero padre de Chico Bola

 

 

 

En el día del Juicio Final, las puertas del Cielo se abrirán a los bienaventurados. Estos penetrarán rodando, ya que habrán resucitado en la más perfecta de las formas: la esférica.

Así lo ha revelado Orígenes

I. A. Ireland, Short Cuts to Mysticism (1904)

 

Ya ha olvidado cuánto tiempo lleva caminando. La montaña parece no tener fin. Y ahora la pendiente se vuelve atroz. Se agarra a las rocas, a los hierbajos, a las raíces que surgen aquí y allá: caminar erguido es casi imposible. Está agotado, pero sabe que no puede renunciar. Otra vez no. Y sigue caminando, sin variar el ritmo, vaciando su mente, dejando en ella sólo un pensamiento: llegar a la cima. Sus ojos no transmiten más información a su cerebro que la situación de los asideros que le ayudan a ascender, y la visión de la cumbre, cada vez más cercana. Si le preguntaran qué sucede a su alrededor, no sabría –no podría– describirlo.

 

Juegos de bebé

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Juegos de bebé

 

Era nuestro juego secreto. Lo habíamos inventado una mañana en que yo no quería ir al cole. Ese día, mamá vino a mi habitación y me dijo que me levantara y me vistiera, que iba a llegar tarde. Pero yo tenía mucho sueño, quería seguir durmiendo, y me quedé tumbado en la cama, haciendo como si no la hubiera oído. En ese momento, mamá entró en la habitación, se acercó a mi cama y me tocó en el hombro, mientras me decía dulcemente Venga, levanta, que sé que estás despierto. Como yo seguía haciéndome el dormido, ella fingió que le hablaba a un niño pequeño. Así que ahora tengo otra vez un bebé, ¿no? Pues tendré que vestirlo, porque él no debe de saber hacerlo. Yo me moría de risa, porque mamá ponía una voz tonta. Pero no dije nada, ni me moví. Me gustaba que me vistiera. Entonces fue cuando inventamos el juego: ella empezó a vestirme como si yo fuera un bebé muy pequeño y no supiera hacerlo. A ver, primero el bracito derecho; ahora el izquierdo. Cuidado. Ahora los pantalones: pierna derecha, pierna izquierda. Muy bien. Qué bebé tan bueno tengo. Yo tenía que apretar mucho los labios para no reírme. Y mamá también se divertía. Yo la miraba con los ojos casi cerrados (para que pareciera que seguía dormido). Mamá reía, muy feliz. El juego terminaba cuando, después de ponerme toda la ropa, me hacía cosquillas. Y entonces yo ya no podía aguantarme más y me echaba a reír y también le hacía cosquillas a ella.

 

El sobrino del Diablo

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El sobrino del Diablo

 

Para Juan Gómez, que lo vive en sus carnes cada día

Para Cristina Fernández Cubas, desde el ángulo del horror

 

¡Señor Roas! ¡Señor Roas!

La voz de la señora Montserrat me persigue mientras bajo la escalera. Finjo no oírla y acelero el paso, no es este el mejor momento para caer en sus garras y asistir a otra de sus interminables quejas sobre los peligros del barrio o, peor aún, escuchar una de sus muchas historias sobre asuntos esotéricos, a los que es una verdadera adicta. Necesito salir de casa y airear mi bloqueado cerebro después de pasar varios días encerrado luchando con un cuento que se resiste a avanzar. Pero la señora Montserrat sigue gritando mi apellido y, maldiciéndome por no seguir mi primer impulso (bajar los escalones de tres en tres y huir a terreno más seguro), vuelvo sobre mis pasos, mientras apuesto contra mí mismo –sabiendo de antemano que perderé– que hoy sólo me tendrá media hora de pie en el rellano. Aunque puede que simplemente, como ya es habitual, me pida que le suba del súper «las cuatro cosillas de esta lista» (que, evidentemente, nunca son cuatro).

 

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