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El final del amor

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Los cuatro relatos reunidos en El final del amor gravitan en torno al amor y sus posibilidades. En "Nos rodeaban palmeras", una pareja de turistas experimenta en el transcurso de una excursión a una isla africana una lejanía mutua que parece irreparable; en "Cautivos" un escritor asiste como testigo al desenlace de una relación que la ausencia de pasión hacía extrañamente indisoluble; en "Joanna", un suceso azaroso devuelve a su protagonista, junto con la noticia de su imposible perpetuación, el recuerdo de un amor adolescente nunca clausurado; en "Última gota fría", un chico que fantasea con que sus padres separados vuelvan a unirse intuye repentinamente que tal vez no sea lo mejor para ellos.
El final del amor supone el esperado regreso de Marcos Giralt Torrente al género en el que se formó como escritor. Emoción, intensidad y profundidad son las palabras que mejor definen unas historias en las que todos los elementos se alían para despertar en el lector una acuciante necesidad de llegar hasta el final.
II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. El jurado, compuesto por Mercedes Abad, Jorge Volpi, Ángel Zapata, Javier Sáez de Ibarra y presidido por Luis Mateo Díez, valoró en El final del amor la escritura expresiva y estilizada de cuatro excelentes narraciones acerca de cómo el amor se vertebra o llega a su fin, historias que suscitan emociones y conmociones intensas y profundamente misteriosas, de un escritor en plena madurez creativa.

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4 relatos

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Nos rodeaban palmeras

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Nos rodeaban palmeras

 

... recuerdo los primeros momentos. Hay una escena que regresa con frecuencia a mi memoria, aunque resulta arbitrario resaltarla.

Apenas quedaba una hora de luz. Pusimos las maletas en un rincón y miramos alrededor. La exótica pobreza de nuestro alojamiento (no más de ocho metros cuadrados con una ventana cubierta con tela de saco y dos colchones viejos de gomaespuma sobre sendos camastros de madera y cuerda trenzada) habría merecido un comentario, pero hablé animado por la novedad de estar solos:

–Es una pena la compañía.

–Ten cuidado, te pueden oír.

Marta se había agachado para buscar algo en su maleta, y no repliqué hasta que se incorporó:

–Olvidas que no hablan español.

En una mano sostenía una tela coloreada que habíamos comprado el día anterior, y, en la otra, la mosquitera de la que no nos desprendíamos desde el comienzo del viaje. La tendió hacia mí.

–No lo sabemos... Mira el lado bueno: si no viniéramos con ellos a lo mejor no habríamos encontrado un barco dispuesto a traernos.

 

Cautivos

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Cautivos

 

Conocí a Guillermo Cunningham de un modo completamente anodino, tras una cena de Nochebuena en la que yo todavía compartía mesa con los menores de la familia y él apareció a los postres para recoger a mi prima Alicia. Hasta que hace veinte años el relevo generacional trajo consigo nuevas costumbres, solíamos reunirnos en casa de una tía tres ramas de mi familia paterna, la mía, con mi abuelo a la cabeza, y las de sus hermanos con sus respectivas proles. Un ejército poliédrico de parentescos sanguíneos y políticos en el que confluían cada año padres, abuelos, hermanos, tíos, primos, cuñados, suegros... en una suerte de ceremonia autoafirmativa que no tenía otra finalidad que establecer cierta continuidad con tiempos pasados en los que los fastos multitudinarios habían sido más frecuentes, pues se contaba con recursos para sufragarlos sin que las molestias ocasionadas menguaran las escasas alegrías que proporcionaban. Descontando los de los muy pequeños y los de quienes, como yo, recién habíamos salido de la pubertad, no creo que fueran menos de cuarenta pares de ojos a los que debió enfrentarse el pobre Guillermo Cunningham en su presentación oficial, cuarenta pares de ojos e igual número de oídos atentos a sus horrorizados balbuceos. No se le pusieron las cosas fáciles. Mi prima Alicia, que era la única de la familia que no trataba de paliar con insufrible afectación la aguda conciencia de la decadencia familiar, carecía, en cambio, de carácter y no supo evitar que su noviazgo fuera objeto de debate a pesar de que la persona elegida superaba con creces las expectativas de quienes se arrogaban el derecho de juzgarlo. Guillermo Cunningham tenía más dinero, más mundo, era definitivamente más culto que todos los miembros de nuestra familia, y solo tenía en su contra un apellido extranjero que evocaba unos imprecisos orígenes sociales, como imprecisos eran los orígenes de su riqueza, una cantidad indeterminada de rentas que nadie sabía de dónde provenían y, lo que se consideraba más grave, que probablemente no se verían incrementadas, dado su desinterés en vincularlas a un negocio. No creo, con todo, que a los padres de Alicia, ni a ningún adulto de la familia, se les pasara por la cabeza obstaculizar seriamente el noviazgo. Cuando se ha tenido dinero y ya no se dispone de él, la posibilidad de emparentar con quien lo posee resulta mucho más tentadora que cuando nunca se ha tenido. No, el combate en el que andaban metidos era tan mezquino como simple: se trataba de hacerse valer, de reivindicarse, de vender cara la mercancía. Había que poner las cosas difíciles al comprador, fagocitarlo, obligarlo a asumir como propias las taras de la familia, que la abrazara en su conjunto, que no soñara con formar una célula aparte. Y, por supuesto, las objeciones eran mayores cuanto menor era el grado de consanguinidad con Alicia: se desorbitaban hasta el ridículo por parte de los tíos y tíos abuelos, y disminuían hasta lo testimonial por parte de sus padres, aunque no de nuestro abuelo, el más dispuesto a atrincherarse en un rancio orgullo de casta heredero del tradicionalismo en que habían militado los hombres de la familia hasta mediados de los años treinta del siglo xx. Guillermo Cunningahm no solo no se dedicaba a nada en particular sino que tenía un apellido protestante que lo hacía inevitablemente sospechoso a pesar de la firmeza con la que, siempre que alguien lo señalaba, Alicia se apresuraba a declarar que su familia era española y católica desde hacía tres generaciones.

 

Joanna

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Joanna

 

Es curioso que la vida nos ofrezca un número indeterminado de alternativas a cada momento, que constantemente tomemos decisiones que nos modifican, cogiendo unos trenes y desechando otros, y que sin embargo la mayor parte de los adultos, cuando echamos la vista atrás, nos recordemos de niños sustancialmente iguales a como somos hoy.

Yo debía haberme dado cuenta, tenía todos los datos para sospechar, y sin embargo no he sabido hasta hace muy poco.

A los quince años mi vida había sido algo más ajetreada de lo que es común a esa edad. Cuando tenía cuatro mi madre nos había abandonado a mi padre y a mí para irse a vivir con un hombre a Venezuela, y dos años después había visto morir a mi padre en un accidente de coche del que salí milagrosamente ileso. Durante una temporada había vivido con diversos parientes y al final había recalado en El Escorial, en casa de mi abuela materna, una mujer cariñosa y fuerte que me daba todo lo que podía pero que estaba modelada por convicciones a la antigua, de esas que no consideran el infortunio una excusa para mostrarse más tolerante sino un motivo para ensayar mayores rigores. El infortunado, claro está, huérfano y abandonado, era yo, y, por dicha razón, mi abuela me ataba en corto, no fuera a olvidar que la vida es dura, que no da tregua. Para colmo, mi abuela asumía como un fracaso propio el desastre de mi madre, su vida díscola y errática desde la adolescencia, su inexplicable marcha de casa cuando parecía haber rectificado el rumbo, y, en consecuencia, allí donde se había mostrado permisiva con ella era severa conmigo.

 

Última gota fría

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Última gota fría

 

Entre principios de 1982 y septiembre de 1983, cuando yo tenía catorce años, mi madre mantuvo una relación con un profesor latinoamericano que enseñaba en una universidad francesa. Nosotros vivíamos en Madrid, de manera que se veían cada dos o tres fines de semana y en vacaciones. Alguna vez mi madre lo visitaba en Francia pero más frecuentemente era él quien venía a verla. Cuando lo hacía, dormía en casa, en el cuarto de mi madre, una habitación con dos camas, en la que, encajada en la esquina de un cuadro, ella había colocado una foto de él fumando, un retrato en blanco y negro con el rostro medio tapado por la mano con la que sostenía el cigarrillo.

No era la primera vez que mi madre tenía un novio. Al parecer había tenido dos o tres, con uno de los cuales habíamos llegado a convivir un verano, pero o bien nunca los consideró con la suficiente seriedad, o bien yo era demasiado pequeño para otorgarles esa categoría, para saber siquiera en lo que consistía. Por ese tiempo, mi padre aún interfería en lo que podía. Como la casa en la que vivíamos aún era la misma que él había abandonado, se tomaba la libertad, que mi madre no combatía con suficiente energía, de venir a verme cuando le parecía, y a veces había provocado situaciones embarazosas.

 

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