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El lector de Spinoza

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Eso

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Eso

 

En el fondo del mar hay algo minúsculo que flota y se mueve como un punto suspensivo.

Es oscuro, a veces transparente, entre los peces cruza sin que lo vean.

Una ola de pronto lo lanza afuera, lo pone entre la arena más pequeño que un grano y, leve como polvo, el viento lo hace volar.

El gato lo imagina y salta contra él, pero sus garras en el aire no consiguen nada; entre el pelaje o bajo los bigotes el punto se ha escondido. El gato se lava con fruición, se enloquece, lo persigue, y no lo encuentra.

También el perro obtuso lo presiente, da vueltas sobre sí buscando la cola del culpable.

De alguna manera alcanza al hombre. A veces resplandece entre sus ojos como una obsesión, lo irrita en el ansia de sus manos, baila con sus pies, trepa por su espal­da como caricia de un amante, y entre sus cabellos se re­fu­gia para infundirle calor. El hombre no entiende qué le ocurre, se rasca, se ofusca, se apasiona, sufre, se alegra, se lamenta. Se tira de los pelos, se cambia de peinado, se mesa con vanidad, se cubre por ocultarlo o lo corta para librarse.

 

La lógica

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La lógica

 

La gravilla triturada bajo las suelas de sus botas crepita y se acompaña con el tintineo de la esfera, roma en sus pun­tas por el roce cruel con la carne que lo ha traído. La puntera de charol negro, cubierta de polvo, se deja caer en el borde de un alabeado peldaño que gime al peso como en un sobreesfuerzo. Suenan dos pasos más y al detenerse, de pronto, se advierte la algarabía, asomando apenas a las lindes de una calle que sufre la provocación del calor de agosto. El humo de los cigarros, las risas sin freno, el entrechocar de los vidrios, las notas de un piano que se escucha dé­bil entre la algazara, muchas voces, un sofocado canto de mujer y, abrazando la confusión, una luz amarillenta que incorpora su propio tono y envuelve por entero el local, luminaria impúdica en el sosiego de la noche. La infinita espera de unos segundos en que se deja al cuerpo ha blar cuando ya todo está dispuesto. Un porte épico. Las manos hacia adelante, el pecho las sigue dócilmente; las portezuelas se abren hacia dentro y vuelven a su posición como en un arranque de pánico. Se interrumpe la fiesta. Manos Kelly ya está en el Saloon.

 

El lector de Spinoza

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El lector de Spinoza

 

 

 

Para Carlos Serrano Vallejo

 

 

 

1. El lector de Spinoza vive en esta ciudad desde hace años. Proviene, al parecer, de un país del Sur en donde la pasión intolerante de sus gentes obstaculiza la ra­­zón y niega los frutos del pensamiento libre; recibido con hospitalidad entre nosotros, en cambio, encuentra la discreción y la calma que necesitan sus trabajos. La vecindad está orgullosa de contar con él; imparte clases en el instituto y, a menudo, sus compañeros y alumnos lo buscan para conversar y consultarle acerca de todo un universo de cuestiones. Hasta los que discrepan reconocen el poder de su inteligencia y la claridad de sus argumentos. Por las tardes, se le puede encontrar en su casa a las afueras, solo –salvo que atienda a una visita–, aplicado al estudio o trabajando en el taller del ático. Es un consumado artífice de maquetas: construye barcos y aviones idénticos hasta el detalle a los reales; busca la perfección y, aunque dedica años a cada modelo –como si el tiempo no contase para él–, cuando termina los regala a sus amigos y vecinos. Está soltero, según se comenta, por deseo propio; en realidad, se ignora si hay alguna mujer en su vida, y él mismo no es dado a esta clase de confidencias. Quienes lo conocen bien dicen que es algo tímido aunque estimulante conversador; prefiere los pequeños grupos, y los fines de semana suele reunirse con sus amistades con los que organiza animadas tertulias. Su talento y sus suaves maneras le han granjeado relaciones incluso de lugares lejanos –a las que atiende por correspondencia– y, en esta localidad, ejerce sobre algunas personas una singular fascinación.

 

Hombre que espera

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Hombre que espera

 

 

 

... porque sabed que hay un instante en nuestra vida, un instante único, supremo, en que detrás de una puerta que vamos a abrir está nuestra felicidad o nuestro infortunio.

 

Azorín, Las confesiones de un pequeño filósofo

 

 

 

Lunes

 

Cuando me he levantado no me sentía tan mal. Van a dar las nueve y veinte; quizá sea pronto para recuperarse. Pienso, un poco filosóficamente, si el tiempo no lo marcan los relojes ni los calendarios, sino nuestros deseos.

Alguien escribió una vez sobre el poder evocador de una magdalena. No sé por qué lo he recordado cuando, al mirar la bandeja de los cruasanes, me ha venido su sonrisa. Sin duda, las asociaciones son ridículas; el poder de su revelación, en cambio, no.

Me llama obsesivo y estoy harto de discutírselo. Odia que vea tanto la televisión, pero me encanta. Ahora está plana y gris (estoy seguro de que no me creería); me devuelve el retrato de un interlocutor silencioso que apenas se molesta en proponer un tema de conversación. Lo miro; en el indicio de un gesto o en el descompás de la respiración, parece que buscase algo que decir; sin embargo, seguimos los dos igual, a la espera de que el otro nos libre de tomar la iniciativa. Nos contemplamos sin desafíos ni reproches, con la esperanza menguante de que ocurra algo. Más o menos así transcurre cierto tiempo hasta que se hace tarde.

 

Vía purgativa

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Vía purgativa

 

No te va a pasar nada... ...No te vamos a hacer na... ...No tengas miedo... ...Eso, no tengas miedo, chavá... ...Es cerca. Sí, está cerca daquí... ...Lo llevamo por el Barrio Blanco. ¡Qué dice!, si hay mucha gente... ...Tate tranquilo. Tate tranquilo testán diciendo... ...Qué no entiendes, hombre... ...Ta sustao. Ta sustao, el gilipolla... ...Mejó vamo por lotro lao, ¿no?... ...Bueeeeno... ...Ya verá qué bien no lo vamo a passá. Ya lo va a ver tú... ...¡Venga, vamo, vamo!... ...Si a esta hora no hay naide... ...¿Viene alguie?... ...Na... ...¡Eh! ¡Que te estés quieto! ¿No ves que te podemo clavá la navaja si queremo?... ...Si no te va pasá nada, si ya te lo han dicho... ...Pue no llore, quillo... ...Déjalo si llora o no llora... ...Ta sustao... ...Por aquí... ...Por ahí... ...Ya te dicho que por este barrio íbamo mejó... ...Pero vamo má aprisa. Sí, vamo má aprisa... ...¡Venga, a corré! ¡Vamo a corré!... ...¡Pero no te aparte ni una miaja asín! ¡Si está cagao! ¡Qué se va a apartar!... ...¡Ieeeeeeehhh!... ...¡Iieeeeeeehhh!... ...¡Yauuuuuuuhhh!»... ...¡Vamoooo!... ...¡Ya! ¡Ya! ¿Pa dónde vaisss? ¡Vamos por este lao que llegamo antes!... ...¡Pero andandito, mejó!... ...¡Eso!... ...¡Qué bonita son la flore! ¡Qué bonita son la flore! ¡Cuando lah pone mi mama! ¡En lo tiesto lo balcone! ¡Ay, cuando lah po­ne mi mama... adonnando lo balcooone! ¡Y en lo balcoone! ¡Y en lo balcoone!... ...Pue cogemos po la cas del Turi. ¡Por ahí, no! ¡Pos te digo que sí!... ...¡Pero donde el Turi no nos quedamo!, vamo a pasar de largo y nos vamo pa la vaguadilla... ...Sí, pa la vaguada, sí. ¡Qué bonita son la flore! Con mi arma, con mi armita, qué bonita que son; tara trin troonn taran tan tronnn...

 

Las razones

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Las razones

 

–Si no es guapa, al menos que sea apañada; no una de esas in-te-lec-tu-a-les que leen tanto y se creen que lo saben todo –como la Maribel aquella ¿no?, que trajo una vez–: sino una mujer que sepa estar... Me he cansado de repetírselo: sus amigas le arrastran por lo que hablan; pero un hombre como él busca otra cosa.

–No sé si ponerme el vestido que me regaló Carlos. Es precioso, pero como Jacinto dice que voy provocando.

–Por cierto, ¿no ha llegado todavía?

–Sí, está abajo con papá.

–Volviendo a lo de tu hermano, ¿te ha dicho...?

–Ni palabra. Ya sabes: inaccesible a las confidencias; sobre todo en estos asuntos. Acuérdate cuando Sofía o Maribel: hasta que Julio no vino con la noticia, no contó nada. Este hijo tuyo, lo mismo ha estado con veinte y nosotras ni olerlo.

–Calla, ya lo sé. ¿Me pongo estos pendientes?

–No, los del brillantito.

–Pues eso, que sepa estar. Mira a Alberto el de Cigales, se enganchó con aquella azafata, Isabel, que parecía tan monina y tan despierta, y creo que ahora la mujer sufre unas depresiones terribles.

 

El resto invisible

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El resto invisible

 

No fueron nunca supersticiosos ni lo eran cuando entraron a vivir a un número de Puerto de Canfranc a primeros de Otoño de 199... No tuvieron nunca la crispación temerosa que posee a quienes ahuyenta el mal fario o recurren a amuletos en los trances difíciles, lejos de ellos esa cerrazón; más bien fue su sensibilidad, una certera actitud para percibir los matices y las huellas menores lo que les abrió, hasta darles cabida en su mundo, a las realidades innombrables y a los sinuosos secretos que se desprenden de nuestra vida.

Recién casados, después de acumular el periodo de vacaciones y la quincena por el viaje de novios, estrenaron aquella casa que era suya por deseo y en la que empeñaban veinticinco años de sueldo. Al abrir la puerta, entre risas nerviosas e impaciencia, él rogó a su mujer que se dejase coger en brazos: quería introducirla con su propio pie en el que sería su hogar. Ella subió sorprendida y alegre; él, esquivando las maletas divertido, digno, traspuso el umbral. De pronto, un sinfín de ecos y silencios echaron a correr por el pasillo y fueron a ocultarse a toda prisa en las habitaciones, entre las mantas, a la guarda de los muebles y los objetos medianos. Ella, al presentir el tropel, se bajó en seguida; él no había notado nada y pudo calmarla sin dificultad. Luego recorrieron juntos las habitaciones hasta reconocer que no había nadie.

 

Carta del ex

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Carta del ex

 

¿Qué tal va todo?

Estuve esperándote en la esquina de siempre una hora y los minutos de antelación con que llegué; o más. Después me di cuenta de que te casabas esa misma mañana. Claro, cómo ibas a estar, ni queriendo. Perdona mi torpeza y no me preguntes si lo olvidé, tampoco yo logro entenderlo. De manera que, al no aparecer tú, me fui, solitario, al parque de El Retiro, desde luego, la joya de nuestro Madrid. No te imaginas lo hermoso que está. ¿O, tal vez, sí? La gente se casa en Primavera, y razón no le falta; por algo es del año la estación florida: todo tan verde y tan vivo; la suave hierba; los rumorosos árboles estrenando sus yemas, poblándose de hojas; los primeros capullos de flores que aparecen por doquier y aguardan el momento de hacer estallar sus colores; hasta los surtidores parece que saltan con más gana. La verdad es que entre todas esas maravillas consiguieron animarme un poco. Era un comedido placer escuchar el canto no aprendido de las aves y el zureo gutural de las palomas; detenerse a sentir la fragancia de los magnolios, de los lirios, de los arbustos olorosos y otras plantas –sólo soy un diletante en Botánica– que adornan arriates y jardines. Aquel pasear desvaído, en apariencia desprovisto de ansiedades, atemperaba mi ánimo, lo reconfortaba. El escaparate engalanado de la vida en torno con su feria de aromas y colores era la invitación que andaba necesitando en aquel trance, ¿por qué no decirlo?, huero y sombrío. ¿Me creerás? Bastó esa muestra de Natura para que ener­gías renovadas se desplegaran en mi interior maltrecho y brotasen indicios de entusiasmo donde no yacían arrumbados sino escombros y fracasos en su postrer desconsuelo (ya sabes). Porque es así la condición humana: de lo viejo surge lo inédito, de las pequeñas muertes, como su alimento, se irguen expectativas rabiosas de futuro. Ya lo escribió inmejorablemente don Antonio, cuando observaba brotar una hoja verde del tronco carcomido de un olmo moribundo. Al recuerdo de esas palabras y otras, necesarias meditaciones de nuestros maestros, anduve la mañana deambulando sin intención, filosofando tal vez, siguiendo acaso el itinerario sentimental que una mano providente iba señalando en los senderos.

 

Término

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Término

 

Mi hijo se ha perdido esta mañana.

Busco en el diccionario pérdida: privación de lo que se poseía, daño, menoscabo.

Habíamos bajado a la playa a bañarnos y tomar el sol. Hacía un día espléndido, reventaba de gente. Ocupamos un hueco cerca del agua para jugar con la arena húmeda. Yo le hice un castillo que él me pisoteó. Después jugamos a correr y perseguirnos hasta cansarnos. Su madre dijo que no lo alborotase.

Busco en el diccionario alboroto: griterío o estrépito, tam­­bién inquietud.

Lo tengo delante sentadito en la toalla, con la cabeza levantada y achinando los ojos, su gorrito azul marino y el tostadito que ya está tomando en la piel. Estaba disfrutando mucho. Le enseñaba las olas, la arena, los pies, las gaviotas, el mar. Él me repetía exactamente las palabras.

Su madre leía y yo buscaba palitos para él, le traía alguna concha o alguna piedra llamativa; se los echaba en el cerquito de sus piernas para que se estuviera quieto y no saliera de la sombrilla.

 

Si sólo

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Si sólo

 

Si sólo hubiese en la tierra una mujer para dos hombres, uno ellos se marcharía al amanecer. Sus pies hollarían la hierba y los sembrados, avanzarían dejando atrás el camino, se alejarían sin remedio. Cruzaría las vastas llanuras, penetraría en los bosques, vadearía los ríos, subiría las montañas resguardándose del viento, descendería a un valle quizás un atardecer en que el sol saludase la quietud de los prados. Al final de la jornada, se detendría en un promontorio frente al mar a recibir a la noche.

En otra parte, el otro hombre estaría acariciando el rostro de ella, rozándolo nada más con las yemas de los dedos, con la devoción de su deuda por ser tan dichoso. La mujer permanecería inmóvil, en obstinada mudez, peinado el cabello, los pies fríos. Los ojos entreabiertos la arrojarían a la distancia como si en la lejanía viniera a perfilarse una sombra.

Él continuaría con el fervor de su caricia, hasta que la inercia detuviese sus dedos y no pudiera dejar de preguntarle:

 

El sombrero blanco

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El sombrero blanco

 

Fugazmente primero en el estacionamiento. Las ruedas al girar lo apartaron al ángulo ciego y por allí se fue. Y de nuevo al situarte detrás ya no estaba. Un estallido leve como el quejido de un insecto al aplastarse, un frío cristal por las venas, un susto no sabías si de muerte, sobresaltada porque anoche ya lo hubiste reconocido.

El intenso trabajo, la vorágine, taclataclatac, bit, bit, bit, taclatalc. Oye, Marisa. Escucha. ¿No sabes lo de Toñi con Ruibal? Calla. Mañana la junta habrá de debatir. Inexcusable, salgo para Roma. Marisa, ese informe antes de las diez. El sueño evaporado por el calor inmenso del fragor de la oficina. Voces de mando. Realidades. Túes concretos empujándote a la silla que te concierne. Sus perfiles contra los tuyos. Marisa llama a. Nunca saldrás de aquí, te sujeta­rán, tal vez te amarren hasta la asfixia con esos cables retorcidos, tibilibilin, tibilibilin, ¡Marisa! ¡Marisa!, del te­léfo­no. ¿No puedes atender eso ahora? Por favor. ¿Qué espera, señorita!

 

Tres minutos setenta y siete segundos

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Tres minutos setenta y siete segundos

 

 

 

Para Begoña Varela

 

 

 

¿Cómo? Lo tenemos. Descubierto, el gazapo acaba de llegar. Retratado en la esquina segunda. / hace una mañana fresca, acariciadora no obstante de octubre. /

Parece que no huele, va hacia la madriguera. Ya lo tenemos en la puerta. Sin señales del mirlo. Tranquilos, tiene que venir, falta un minuto. Atención, va a entrar. Dime. Un momento. Sí. Ya está dentro. En marcha los relojes. ¿Qué hay del interior? Demasiados paquetes, da el aviso. Que no se precipiten, quiero mucha suavidad. / como un tiro, la melancolía. O una tenaza que desprende las ligaduras de esta vida. Siempre suelto, dejado de las manos; sin palabras, apurando siempre un cáliz de silencio. Tengo que vivir, y no sé por qué. /

 

Lobo uno, atención galgo uno, preparado para seguirle el rastro. ¿Tenemos noticias? El gazapo deambula por la madriguera, está intranquilo. Hay mucha carne. Ya lo he dicho, no quiero prisas, calma. ¡Llamada a lobo uno! Tenemos novedades. Adelante, pásalo. Una nube en calle Prado, repito, una nube en calle Prado. A la escucha, galgo uno, ¿habéis oído? ¿Qué hacemos? / si la poesía no es posible; francamente, misterios artificiales. /

 

Las enseñanzas del Barroco

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Las enseñanzas del Barroco

 

Sólo si hubiese en toda la tierra una mujer para dos hombres yo me decidiría a matarlo, fíjate lo que te digo. ¡No se la iba a dejar a él! Es de cobardes largarse sin pe­lear. Ponme otra, anda, que ahora viene lo mejor. Elegiría una noche cerrada, por supuesto; mejor después de haber comido y bebido bien, en abundancia, ya me entiendes, dos o tres platos con carne, postre, todo eso, y por lo menos un par de botellas de tinto, y luego su purito, los licores...; después de hablar cada uno de sus cosas, confraternizando, ¿no?, cuando nuestros lazos se hubiesen fortalecido con la fiesta. Imagino que, dadas las circunstancias, él habría permanecido alerta durante toda la velada, a ver por dónde le salía yo: por un lado cenando conmigo, llenando o dejándose llenar la copa, celebrando mis chistes; por otro, sin quitarme el ojo. Ahora bien, es imposible mantenerse en guardia todo el tiempo, en algún momento hay que ceder. Sobre todo él; yo no podría descansar pensando que tiene a la mujer que quiero. Y la ventaja es mía, porque, mientras él tiene que relajarse, yo no necesito hacerlo, me basta con esperar el momento propicio. ¿Has visto qué paradoja? El que ocupa la mejor posición es el que menos descansa; el desahuciado puede dormir en paz. ¡Cosas de la vida!

 

Gordo más que gordo

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Gordo más que gordo

 

Soy un enorme gordo. Sí, sí, han escuchado bien, gordo, goordo, gooordísimo. Piensen en un gordo, ¡piensen! Pues aún más, todavía más que eso. ¡Imaginen! ¿Con qué podría compararse: una papada, un balón, una ballena? ¡Si el mismo globo terráqueo no será capaz de contenerme! No me creen, y sin embargo les resulta agradable escucharme esta imputación hiperbólica porque los salvaguarda a ustedes, ¿no es cierto?, porque ¿no es verdad que se les infiltra lentamente, como se escurre el veneno, el temor de transformarse en un ser gordo?, ¿no es verdad que los aterra la presencia desmesurada, desbordante, inasible del gordo?

También en un principio yo procuraba disimularlo, cuan­do mi conversión en gordo sólo estaba en su comienzo y llegué a mentirme, haciéndome creer que no era más que un pasajero accidente. ¡Qué risa! (Ustedes ni siquiera sospechan que no existe mayor risa que la de un gordo, como ignoran nuestra sutileza, e infinidad de otras cosas.)

 

Cantar de noche

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Cantar de noche

 

 

 

A Viviana

 

 

 

Si fue porque el viento hizo girar los goznes, o porque aulló en lo alto de la sierra una alimaña, o porque, independientemente del frío o de los misterios de la noche, la conciencia, aun en el postrer momento, puede conocer qué le conviene; sabemos que el 28 de octubre de 1233, con seguridad entre las doce y la una, habiendo rezado completas, Jaime de Luján o de Solán, que en esto no coinciden las fuentes, se despertó sobresaltado, con los ojos abiertos, de rodillas y sudando como un pecador a los pies de su lecho. Conturbado, mas que temeroso, de que, encontrándose enfermo y recibiendo los cuidados intensivos de sus hermanos, impedido de hacer cualquier movimien­to, se hallara en aquella situación; lo invadió una sú­bita vergüenza y dirigió su mirada al Cristo que presidía la pared de su celda: un cuerpo tieso, con los brazos apenas flexionados y los ojos grandes y calmos, ajenos al suplicio, que lo invitaban silenciosamente a contemplar. Era un viejo icono de Oriente, recibido como obsequio de misacantano el día en que se despojó de cuanto llamaba suyo para entregarse al claustro, al tañido de la campana, a los rezos y al trabajo en la tierra hostil, renuente a sus frutos. Sin osar moverse, conteniendo su asombro, remiraba la figura ejercitándose en la disciplina, en el refreno de la curiosidad.

 

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