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La mitad del diablo

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La mitad del diablo constituye un excelente ejemplo de una literatura que podríamos llamar cuántica, según nos propone su autor, al presentarse sus elementos narrativos en forma de partículas brevísimas que obedecen a una mecánica de cadencia menguante basada en los principios de la elipsis, la riqueza de invención y el humor. Desde su mismo excelente título, sugeridor de una posible esencia del propio microrrelato, nos hallamos ante la presencia del maligno y sus efectos, ante múltiples situaciones, mundos y pareceres, donde un bombero se enamora de la chica que rescata, un hombre recupera de improviso a todos los perros que ha tenido en su vida o unos novios se suicidan el día de su boda...
De Juan Pedro Aparicio y su narrativa breve se ha escrito: “saca unas veces ingenio, otras poesía, otras ironía de donde parecía imposible extraer nada nuevo”, José María Pozuelo Ivancos; “una unidad de conjunto que es propia de los buenos cuentistas ya que los cuentos como los poemas, dificilmente se conciben como algo aislado”, Juan Antonio Masoliver Ródenas; “cuentos escritos con una eficaz prosa narrativa, planificados con precisión pero desarrollados con el instinto del buen contador de historias”, Santos Sanz Villanueva; “una de las plumas más ágiles de la narrativa española y una de las imaginaciones más fértiles y atractivas”, José Enrique Martínez.

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El cielo

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El cielo

 

Iba por el bosque con mi perrita y la perdí de vista, algo bastante frecuente y que sólo me preocupaba cuando estábamos cerca de la carretera, como era el caso. La llamé con insistencia, silbé, pero no acudió. ­«Boni, Boni», seguí voceando.

De repente, de entre la espesura vi correr hacia mí a un perro. Tenía ese trote saltarín, con las orejas subiendo y bajando, que obedece a la llamada del cariño. Pero no era Boni, aunque, cuando llegó a mí, intentó encaramárseme. Se trataba de una perrita común de pequeño tamaño, con la piel negra y blanca. Le hice una caricia y, seguí llamando a Boni.

Enseguida vi venir a otro perro, un setter de color cobre, de magnífica estampa cazadora, que también se acercó jubiloso. Y, mientras la perrita y el recién llegado me hacían carantoñas con sus saltos, moviendo los rabos como hélices, yo seguí voceando el nombre de Boni.

Un tercero apareció. Era un cachorro de apenas dos meses, gris y juguetón. Mi padre me había regalado uno igual, un perro lobo, decía él, cuando yo era niño y se me había muerto de parálisis un mes después. Le pusimos Tobi. Algo confundido, insistí en mi llamada, y sólo cuando ví venir a dos perros más empecé a comprender. Eran Freak y Bolo, los últimos que había tenido, que se acercaron con idéntico alborozo.

 

Mi nombre es ninguno

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Mi nombre es ninguno

 

Los capturaron por el motivo más nimio, alguien afirmó que uno de ellos había gritado: «¡Viva la República!» De otro que había blasfemado; de dos o tres se ignoraba la razón; del resto, se decía –lo decían ellos mismos–, que por pertenecer a un sindicato o a un partido de izquierdas.

Algunas noches venían unos jóvenes de oscuro y un sujeto mayor de pelo cano; leía éste en voz alta tres o cuatro nombres de una lista y se los llevaban. Nadie dudaba del fatal destino que esperaba a los que se iban. Cada vez que se abría el portón, Elicio Ostiz, antes de que leyeran aquellos pocos nombres, se meaba y se cagaba en los pantalones.

Una noche dijeron su propio nombre, Elicio Ostiz, y el olor a heces blandas y recientes se elevó incluso por encima del hedor del cobertizo.

Pero, sobre el miedo, prevalecía en los hombres el ­deseo de evitar las burlas que la incontinencia de aquel flojo compañero provocaría en sus ejecutores. Aurelio Mataix dio un paso al frente y se hizo pasar por Elicio. Poco importaba morir hoy o morir mañana, si ya había perdido la esperanza. Desde aquella noche creció entre los supervivientes un sentimiento de pertenencia a un colectivo que se impuso sobre la pulsión individual.

 

Amada en la distancia

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Amada en la distancia

 

Antes de casarse con Arturo, Eulalia le confesó que tenía un pretendiente al que había rechazado, quien, dispuesto a mostrar la calidad insuperable de su amor, había prometido escribirle una carta al mes durante toda la ­vida. A Arturo le hizo gracia y hasta mostró una paternalista conmiseración hacia el desconocido corresponsal. Durante los primeros años leyó las cartas de Fidel, tan cursis, con una sonrisa; luego empezó a crecer en él la sospecha de que se trataba de un montaje urdido por la fantasía de Eulalia para mantener encendida la llama loca del amor juvenil.

Ahora, veinte años después, el asunto había llegado a obsesionarle y exigió de Eulalia la verdad. Ella mantuvo la versión de siempre. Pero la carta mensual se había convertido en un auténtico martirio chino para Arturo. Una gota de palabras que caía cada primero de mes sobre su cabeza con inamovible persistencia. «Mi amada en la distancia», decía con la cursilería habitual, para alargarse en dos cuartillas llenas de empalagosas frases de novela barata.

 

La mujer del pirata

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La mujer del pirata

 

Sólo deseaba la muerte, pues no ignoraba que la vida al lado de aquellos desalmados que la habían capturado no sería más que un infierno anticipado.

Su barco quedaba atrás, un castillo de fuego sobre el azul del mar, imagen insólita que tendría una rara belleza de no haber costado tantas vidas, las de aquellos soldados y marinos que la defendieron y cuyos cadáveres ahora se hundían con tremendas mutilaciones por la acción de los cañones o el acero de las espadas y las hachas. En tierra firme los dos piratas que ansiaban poseerla se enzarzaron en una pelea. El cabecilla, un inglés de pelo casi rojo, se la disputaba a su segundo, un holandés con cara aniñada pero músculos de hierro, el mismo que la había apresado cuando trató de arrojarse al mar. No parecían quererla para pedir rescate, ignoraban acaso que su padre era el Marqués de Santaisabel, y ya del galeón asaltado habían sacado oro suficiente para hacer ricos a todos los piratas de la isla. Es verdad que los dos, el inglés y el holandés, una vez que hubo concluido el abordaje con la derrota de los suyos, la habían tratado con afectada delicadeza, pero a los dos deseaba la muerte en el duelo que habían iniciado. Y a fe que se estaban matando, que el duelo era a muerte y por ella.

 

Después

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Después

 

«Después lo hablamos, ya más tranquilos, en el palacio de la Condesa», dijo fray Antonio de Echevarry, Familiar del Santo Oficio, que, separándose de su interlocutor, se apresuró a ocupar su lugar en la Plaza Mayor para el auto sacramental en el que iban a ser ejecutados un hombre y una mujer. De súbito, esa palabra primera que había pronunciado, después, comenzó a ganar peso en su conciencia. Pensó que los dos reos ya no tendrían un después, y que su ahora, un ahora terrible, era todo lo que les quedaba, lo único a su alcance. Sintió un conato de rebeldía que alejó con un movimiento casi espasmódico de hombros y cabeza.

Prendieron fuego a las hogueras y la plaza se llenó de un olor fuerte.

Crepitaron en seguida las llamas, se alargaron sus lenguas rojas y azuladas sobre la carne de los dos desgraciados de cuyos gritos sólo setenía conciencia por las ­bocas desmesuradamente abiertas. ¡Qué poca cosa era la vida humana! ¡Cómo se derretía y se desmoronaba hasta lo que parecía el velón del esqueleto! Después, ­después, nunca hubiera pronunciado esa palabra, precisamente por la falta de un después para los reos.

 

Salir de un coma

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Salir de un coma

 

Ignacio era un chico excelente. El único reproche que podían hacerle sus padres era lo rápido que conducía. Acabó su carrera con matrícula de honor y había comenzado a trabajar de ingeniero de telecomunicaciones en una importante empresa cuando tuvo el accidente. En esta ocasión no conducía él, sino su primo Gerardo, que llevaba varios meses preparando oposiciones a abogado del Estado. Gerardo murió en el acto, Ignacio parecía también condenado a morir, tanto que los médicos pidieron autorización a sus padres para hacer uso de sus órganos vitales. El padre se negó. Familiarizado por sus negocios con los Estados Unidos trasladó allí a su hijo y al cabo de casi un año logró lo que parecía imposible. «Aquí hacemos –le dijo el doctor Damjanovic– algo muy sencillo, aumentamos primero el coma con unas drogas y luego con otras procuramos que salga de él. Es como la cuerda de un arco que está floja, nosotros la vamos tensando para ver si así, al soltarla de nuevo, recuperamos aquella fuerza que se daba por perdida.»

 

Los Diarios de Ardón

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Los Diarios de Ardón

 

Valeriano Ardón, escritor de obra poco conocida, recibió, cuando la ancianidad le tenía postrado, una insólita carta. «Querido tatarabuelo», decía el encabezamiento. La escribía, desde una fecha tan alejada en el futuro como el año 2123, un supuesto nieto de su nieto, que, a renglón seguido, manifestaba su temor a que la carta no llegara a destino, pues se trataba de un experimento de su laboratorio de física para enviar materia al pasado. «Así que, querido tatarabuelo, si la recibes y la lees –añadía– quiero que sepas lo muy importante que han sido tus diarios para entender tu tiempo, ése que dio la espalda a tus libros, y también el nuestro, y desde luego para el bienestar económico de nuestra familia, pues, dicho sea de paso, de tus diarios ya se llevan vendidos más de diez millones de ejemplares en todo el mundo y no me extraña porque son divertidos y lúcidos, llenos de gracia y talento, y de esa manera son universalmente reconocidos.» Una semana antes Ardón había ordenado a su secretaria que destruyera todos sus escritos y documentos personales. «¿Has cumplido el encargo?», le preguntó. Ella asintió. «¿Los diarios también?» «Lo primero, señor, todo ha ardido en la chimenea.»

 

Dudas eternas

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Dudas eternas

 

El padre Anselmo llevaba en el convento casi tanto tiempo como el padre Antonio. Ambos habían entrado a muy temprana edad, de modo que, a pesar de los más de quince años profesando, todavía eran jóvenes.

El uno se confesaba con el otro y viceversa. Fue el padre Anselmo el primero en manifestar sus dudas sobre la existencia del más allá. «Y si no hubiera nada, padre (así se decían cuando se hablaban en confesión), sino lo mismo que antes de nuestro nacimiento, lo mismo que les espera a estos pobres pájaros que mueren cada día.»

Las dudas inundaron el alma del padre Antonio y de eso hablaban en las confesiones mutuas, en las que incluso les resultaba difícil concederse la absolución.

Al padre Antonio le diagnosticaron un mal sin curación posible. Llegado el momento de morir el padre ­Anselmo tenía entre las suyas las manos del padre Antonio; el resto de los sacerdotes rodeaba la cama delenfermo. Al superior le había llegado el rumor de que el padre Antonio había prometido dar un aviso al padre Anselmo si, en el umbral de la muerte, atisbaba signos de lo que llamamos vida eterna. El superior no se atrevió a interferir y él mismo se contaba entre quienes rodeaban la cama del enfermo, atentos a las manos cogidas de los dos padres. Pareció morir el padre Antonio y en el espasmo de la muerte el padre Anselmo creyó advertir una leve presión en sus manos: «¡La señal!», exclamó. Se impresionó tanto que allí mismo murió también. Mas el padre Antonio, que sólo había sufrido un simple desvanecimiento, se curó de su mal y sobrevivió muchos años.

 

Remordimientos

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Remordimientos

 

El profesor miró a aquel alumno que en silencio parecía poner en tela de juicio cuanto decía. En realidad nada podía recriminarle pues su comportamiento, fuera de una singular rigidez, resultaba de una notable urbanidad. Observó además que nunca faltaba a clase.

En una ocasión en que se produjo un cambio de horario imprevisto, casi imposible de comunicar a los alumnos, allí estaba aquel hierático alumno, con una media docena escasa de compañeros, siempre sentado en la última fila.

También cuando otro catedrático le pidió que le sustituyera en una clase nocturna, se sorprendió encontrándolo como siempre en la última fila.

«¿Es que acude usted también a estas clases», se atrevió a preguntarle a la salida. «Por nada del mundo me perdería lo que usted enseña», le contestó. Pero su mirada, que rebosaba cinismo, parecía decirle: «¡Qué farsante eres. Por mucho que te rodees de esa cohorte de ayudantes que escuchan tus palabras como una lección magistral, tú y yo sabemos que, sin haberte vendido al Dictador, hoy no serías nada!» Un día el catedrático quiso saber quién era. «Hágame el favor –le dijo a uno de sus ayudantes–, dí­gale a ese alumno de la última fila que rellene esta ficha con sus datos personales.» «¿Qué alumno, señor?» «Aquél, ¿no lo ve? El de corbata negra y barbas de chivo.» «Perdone, señor, allí no hay ningún alumno, esa fila está siempre vacía».

 

Asesinatos

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Asesinatos

 

Se había refugiado en casa de Otegui, un joven aprendiz de escultor que su difunto padre había protegido, pero le habían encontrado y arrastrado hacia el acantilado. Otegui, que sin duda le había vendido, estaba con ellos.

Entre burlas, golpes e insultos, le ataron una enorme piedra al cuello y lo arrojaron por el precipicio como habían hecho con tantos otros derechistas. Sin mucha esperanza, rezó por el milagro de su salvación, no de su alma sino de su cuerpo.

Vio por encima del agua un rayo que se hundía hasta las profundidades que él acababa de tocar. Le pareció que se corporeizaba en un ángel rubio, con túnica amarilla; lo raro era que allí, bajo la masa de agua, sus pliegues ondearan como los de una bandera al viento.

El ángel no sólo le liberó de sus ataduras, sino que llevó el tiempo hacia atrás, invirtiendo el salto hasta ponerlo de nuevo en la cima del acantilado para seguir luego todos los pasos dados, hasta llevarlo al punto crucial en el que los conspiradores eran derrotados.

 

Las últimas dos balas

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Las últimas dos balas

 

Fredo le suplicó que lo matara.

«Estoy malherido –dijo– y si caigo en manos de estos salvajes sé que me cortarán la lengua, las orejas.» Un estertor le impidió continuar.

«Mira: guardaré estas dos balas para el final. Te prometo que antes de caer en sus manos te mataré –le contestó Alonso– y luego me mataré a mí».

Vio venir a uno y le acertó. Luego vino otro y también le acertó. A sus espaldas se acercó un tercero y también le acertó. No comprendía cómo ahora, tras tantas horas de asedio, agotado y sediento, casi febril, acertaba blancos que antes marraba.

Calculó que no podían quedar muchos enemigos con vida. Fredo había alcanzado a tres antes de caer malherido; él, a dos, además de los tres últimos; tres y dos cinco y tres ocho. A lo sumo quedarían otros dos, pensó, vislumbrando un resquicio de esperanza por primera vez en cuatro días.

«¡Ahora, uno!» Exclamó eufórico, al acertar de nuevo, extrañado de que se le hiciera tan fácil dar en el blanco.

 

No se me oye

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No se me oye

 

Ningún sonido sale de mí; articulo las palabras perfectamente, pero las ondas sonoras que emanan de mi cuerpo vuelven sin salir jamás de él, como aseguran los astrónomos que ocurre con la luz en los agujeros negros.

He tenido problemas en casa y en la escuela, en todos los sitios ciertamente, porque, aunque, como ya he dicho, no soy mudo, nadie me puede oír, como tampoco pueden oírse mis pisadas, mis cuescos, mis palmadas. Todo lo que toco me traspasa con sus ondas sonoras que permanecen en mí y que me convierten en esta persona enérgica que soy.

Pero ¿de qué vivir? ¿a qué profesión dedicarme? Un malévolo compañero de la calle me aventuró una carrera de asesino en Nueva York, dado que no necesitaría llevar silenciador, pero también podría ser acomodador en los teatros más lujosos, porque si yo abro una puerta ésta no emite ruido y si acompaño a una persona, basta que vaya de mi mano, para que nadie pueda oír sus pasos.

No se qué hacer, sin embargo. Y no encuentro demasiada comprensión en mi entorno. Me gustaría ser como los demás, que se me oyera. He visitado a un psiquiatra que me ha dicho: «A usted no le oyen, pero a los demás no nos escuchan. Así que tómeselo con calma». Creo que acabaré yéndome a vivir a otro país. A lo mejor fuera de aquí sí se me oye.

 

La traición

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La traición

 

El bombero se encarama a lo más alto de la escalera de socorro. La mujer, una joven, le tiende sus manos entre toses y lágrimas desde el hueco de la ventana. Tiene los ojos azules y el pelo muy corto. «¿Hay alguien contigo?», pregunta el bombero, mientras intenta sujetarla con una correa.

Ella parece no entender y le mira aturdida, una ­mirada en la que más allá del pánico hay curiosidad y sorpresa, como extrañada de conocerle en situación tan extrema. «Nadie. Nadie –dice por fin–. Estoy sola.» El bombero termina de sujetarla y ella se le abraza.

Inician el descenso fuertemente entrelazados. Es en­tonces cuando nota que apenas respira, intoxicada por el humo que ha llenado sus pulmones.

«Tranquila, tranquila», le dice, y mientras baja con cuidado pero deprisa imagina lo que sería su vida al lado de ella, tan guapa y tan dulce, porque ya antes de llegar al suelo se le ha declarado y se han casado y han tenido dos hijos y están siendo muy felices.

 

La síntesis

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La síntesis

 

David Slaziel estaba descontento. Decía que el arte es un misterio y un milagro, pues no sólo recrea la vida al representarla, sino que también compite con ella, creando, cuando es verdadero, una realidad paralela y superior, síntesis a un tiempo de la propia vida y de su representación.

–Yo no lo he logrado –decía.

Se encerró en el sótano de su casa, sin más luz que la de unas cuantas bombillas, y dio instrucciones de que nadie le molestara por mucho que tardara en salir. En el sótano tenía de todo, agua, un aseo con ducha, una despensa, una pequeña cocina, sus pinturas y sus telas.

El séptimo día, Josefina, su mujer, golpeó con los nudillos en la puerta cerrada por dentro y no hubo respuesta. Aguantó todavía dos días más, llena de angustia. El décimo llamó a Tino, el hermano de su marido, y entre los dos abrieron la puerta. El sótano estaba vacío. Ni huella de Slaziel. Las reservas de comida intactas. De hecho la cocina no se había usado durante los diez días. Veinte botellas de vino vacías aparecían a un lado del caballete. Y sobre el caballete una pintura sorprendente. El autorretrato de Slaziel, luminoso y potente, con una mirada satisfecha, encendida, pícara, y un esbozo de sonrisa, como si dijera: lo he logrado, aquí está mi mejor obra.

 

Más

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Más

 

Se había negado a retractarse y ni siquiera ahora, atado a la pira con otros dos desgraciados, pedía perdón para evitar ser quemado vivo, como habían hecho sus compañeros, a los que se había dado previamente garrote.

Aquel tozudo clérigo rural había llegado al convencimiento de que Luzbel, el ángel malo, se había rebelado contra el Señor con la inmensa mayoría de los ángeles del cielo de su parte, todos los cuales serían desde entonces demonios.

Su palabra clave era más. «Eran más los ángeles malos que los buenos», repetía una y otra vez, como deslumbrado por lo que consideraba una atroz revelación. «Más, eran más los ángeles que se rebelaron, Emi­nencia», así le había dicho a su Obispo y así le había dicho al Inquisidor durante los interrogatorios.

Habían prendido fuego a la pira y pronto el humo, insólito y espeso, atrajo a autoridades y público, un humo gris plomizo que se elevaba lentamente en formaciones muy densas, que eran como dos líneas, una vertical, otra horizontal, las dos del mismo tamaño.

 

El poder de la voluntad

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El poder de la voluntad

 

Lo llamábamos las cadenas y era uno de los carruseles más emocionantes y arriesgados de nuestras ferias, por eso quizá hoy ha desaparecido. Se sentaba uno sobre un sillín metálico que colgaba de varias cadenas sujetas en el borde exterior del techo y cuando el carrusel se ponía en marcha y adquiría velocidad realmente se volaba: en círculo, pero se volaba.

Algunos amigos o alguna pareja de novios lograban enlazarse en el aire, normalmente él la perseguía a ella ayudándose del cuerpo, brazos y piernas, hasta atraparla y ponerla de cara a él; entonces ella gritaba, asustada y divertida a un tiempo. A veces se producía un accidente y una de las cadenas se desprendía y su ocupante salía despedido varios metros, hasta caer y romperse la crisma.

Eso le pasó un día a José Manuel Soldevilla, el muchacho más tesonero de nuestro barrio. Cuando se vio con su sillín por los aires supo que iba a morir, pero acostumbrado a conseguir objetivos con el único esfuerzo de la voluntad, supo que podía, si de verdad lo deseaba, alargar el vuelo, con lo que también alargaría su vida.

 

Tomar partido

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Tomar partido

 

Nunca se negaba a dar una charla sobre su obra. Según él mismo decía se la sabía muy bien, le pagaban con generosidad y era celebrado por unos y por otros.

Una tarde, hablando precisamente ante el público de su ciudad natal, cuando ya había iniciado la conferencia que, con ligeras variaciones, tantas veces había repetido aquí y allá, notó que seguía entrando público, gente rara, ruidosa, algo desastrada en el vestir y en la compostura.

Pensó en lo muy cerca que podía tener el Nobel, pues aquella gente de apariencia rústica era ese tipo de público iletrado que ni siquiera conoce el nombre de los actores de Hollywood, mucho menos el de un escritor, lo que revelaba sin duda su inmensa popularidad.

El alboroto de los recién llegados no cesaba. Ya casi no cabía un alma en el auditorio, pero seguía entrando gente. Algunos estaban de pie, pero otros pretendían sentarse en los asientos ya ocupados.

Cuando se dio cabal cuenta de lo que pasaba ya no tenía remedio. Eran sus personajes, los desarrapados de sus novelas que habían tomado el salón y sacaban de sus asientos al público burgués que le leía, le compraba y le agasajaba.

 

Compartir el cielo

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Compartir el cielo

 

El señor Julián era un trabajador ejemplar, con más de veinte años de matarife en el matadero municipal de Lot. Un día arrojó el cuchillo al suelo y abandonó su puesto en la línea por la que llegaban colgando cabeza abajo los animales a los que tenía que acuchillar. El médico del seguro no le encontró nada, pero él se negó a volver al trabajo. Le recomendaron visitar a un psiquiatra cuando alguien del vecindario aventuró que estaba de los nervios. El psiquiatra le hizo muchas preguntas hasta encontrar una pista que le llevó al origen de su mal.

Julián tenía pesadillas. Soñaba con el cielo, un cielo lleno de ángeles.

«Eso no es malo –comentó el psiquiatra–, todos queremos ir al cielo.» «Pero es que mis ángeles –replicó Julián– son cerdos. Los mismos centenares de miles de cerdos que he matado durante toda mi vida.» «Bueno y qué», dijo el psiquiatra, a punto de soltar una carcajada. «Pues que me es imposible compartir la eternidad con aquellos a quien yo he quitado la vida» –replicó Julián.

 

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