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London Calling

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«El hombre que puede dominar una conversación en Londres puede dominar el mundo», afirmaba Oscar Wilde. Los dominios de este libro, tan british pero tan universal al mismo tiempo, son los de la literatura de Juan Pedro Aparicio, que abre mil puertas a un recorrido por la capital británica: la imagen icónica de cabinas y de taxis, la altura de los autobuses londinenses y del vuelo de algunos ángeles misteriosos –tan parecidos a nosotros, como dice Aparicio que dejó dicho Swedenborg–, y la conversación infinita de los miembros de un curioso club que domina la narración. Todo un Decamerón moderno compuesto por microrrelatos que atraviesan impecables el paisaje urbano de Londres, una de las ciudades ineludibles de nuestro imaginario y nuestra memoria.
Acompañando la escritura del escritor leonés –que ya demostró el dominio de la microficción en La mitad del diablo y El juego del diábolo–, el trabajo de Fernando Vicente viene a crear un diálogo perfecto entre palabra e ilustración para el que no hace falta saber inglés. ¿O sí? This is London calling...
De Juan Pedro Aparicio se ha escrito: «Esa medida, esa exigencia poemática que tantos críticos han destacado como ritmo necesario del hiperbreve, está aquí seguida con pulcra economía y soberbia ganancia. Hay finalmente el sabor de la inteligencia (...). Juega con ese tono de sabio descreído, volteriano que da a la vida una mirada entre malévola y comprensiva», José María Pozuelo Yvancos; «un gran poder de sugerencia a partir de los hechos escuetos», Lluís Satorras;  «con la escritura se puebla de sentido el enigma de la vida, que se hace evidente si viene acompañada por la prosa bañada en sugerencias de quien hace ya mucho es uno de nuestros mejores y más secretos narradores», Enrique Turpin.

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Oxymoron Room

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Oxymoron Room

 

–Señores, el embajador de España –dijo Richard Reynolds, conde de Wandsworth, y los siete caballeros reunidos en la Oxymoron Room se levantaron para saludarle.

El recinto, habilitado como comedor, era una especie de conservatory que prolongaba con paredes de cristal el ala sur del edificio. Tallada en una de ellas había una reproducción del caballo blanco de Westbury, el emblema del club. El techo corredizo estaba abierto.

–¿Le gustaría saber qué nos ha movido a invitarlo? –preguntó Ronald Arthur Biggs, conde de Belmarsh.

El embajador de España contestó con un movimiento de cabeza y una abierta sonrisa.

–Hemos sabido –explicó lord Wandsworth– que, tras la presentación de cartas credenciales, regresó a la sede de su embajada en Belgravia y dio órdenes para que, antes de la cerveza para los cocheros o las copas para sus invitados, se sirvieran sendos cubos de agua a los caballos que habían arrastrado la berlina. Era un día muy soleado y con un calor de horno.

 

Ellos no tuvieron elección

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Ellos no tuvieron elección

 

Ronald Christopher Edwards, conde de Cheddington, dijo:

–Una vez al trimestre llevamos una corona de flores en memoria de los millones de animales que han sufrido por nuestro país. La depositamos en el monumento erigido en Park Lane. Ellos no tuvieron elección, se llama. Todo un símbolo. Ocho millones de caballos fallecieron en la I Guerra Mundial. ¡Y cuántos perros, palomas mensajeras, delfines, leones marinos y elefantes! Solo en la II Guerra Mundial el ejército británico condecoró a treinta y dos palomas, dieciocho perros, tres caballos y un gato. Todos ellos recibieron la medalla Dickin, el equivalente de la Cruz de la Victoria. Dos casos llaman la atención. Uno el de la paloma María de Exeter que voló de vuelta al Reino Unido tras resistir el ataque de halcones alemanes. Otro, el de los caballos Peter y Silvia, que se quedaron sin medalla. Peter murió en combate, pero, Silvia, que, estuvo en nuestras filas, fue repudiada y condenada a morir de hambre. Algo habría que hacer para reivindicarla. Ambos eran andaluces, de esa inteligente y fina raza. Se habían criado felices por los cálidos campos del sur de España. Muy jóvenes todavía, fueron vendidos. Silvia, al ejército británico; Peter, al alemán. Su vida empeoró, no tanto por la dureza de sus nuevos entornos, como por la fuerte añoranza que sentían el uno del otro. Cuando estalló la guerra, y fueron llevados al frente, su instinto les hizo vislumbrar la oportunidad de reencontrarse. Un encuentro, sin embargo, desgraciado. El teniente inglés que montaba a Silvia, mató a Peter, el potro de sus amores. Quizá disparó al oficial alemán que lo montaba, nunca lo sabremos. Pero su disparo hirió de gravedad al caballo, que, al caer, ocasionó la muerte del jinete. La yegua Silvia, enloquecida, se volvió entonces contra quien la montaba, logró derribar al teniente inglés y lo mató a coces.

 

El beso

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El beso

 

–Ah, yo sé muy bien el apego de los ingleses hacia los animales –dijo el embajador–. Durante mi primer destino en Inglaterra, en la Oficina para Asuntos Culturales, hace ya de esto algunos años, todos los días solía sacar a mi perro a dar un paseo. Era una perrita labrador negra, no muy alta y con el típico rabo de visón, una mirada tierna y brillante y la trufa algo respingona. Iba con ella de Queens Gate a Kensington Gardens y daba un largo paseo entre los árboles. A la vuelta, al cruzar el semáforo en el cruce con Queens Gate, un hombre, que venía en la dirección opuesta me miró con insistencia, lo que como saben no es frecuente en Inglaterra. Me di cuenta además de que no era la primera vez que lo hacía, pues días atrás me había llamado la atención que, al abrirse el semáforo, se quedara quieto esperando a que yo cruzara. Como me lo encontraba a diario en el mismo sitio empecé a preocuparme y llegué a sospechar que se trataba de un terrorista o de un homosexual, o de, no sé, alguien que tuviera alguna fijación obsesiva conmigo. Lo comenté con algún compañero, y hubo quien me aconsejó que lo denunciara a Scotland Yard. Yo no hice nada y seguí saliendo con mi perrita. Un día el hombre, enjuto, de rostro sonrosado y pelo pajizo, me detuvo cuando llegué a su altura. Su mirada de cerca me pareció tan amigable y franca como la de mi perrita. Me la señaló con mucha timidez, casi con miedo y me preguntó: ¿Puedo besarla? Sorprendido, asentí aliviado. Él se inclinó y le dio un beso en la cabeza negra, un beso tan cargado de cariño que me emocionó.

 

El diente del dinosaurio

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El diente del dinosaurio

 

Charles Frederick Wilson, conde de Winson Green, dijo:

–He leído un libro de relatos de anticipación científica que les recomiendo vivamente. Me ha gustado especialmente uno titulado «Viagra xxl».

Hubo un atisbo de picardía en los ojos de la mayoría.

–Ya saben que en 1980 un grupo de investigadores, liderados por el premio Nobel Walter Luis Álvarez –siguió lord Winson Green–, planteó que la extinción de los dinosaurios había sido causada por el impacto de un gran meteorito contra la superficie de la Tierra hace sesenta y cinco millones de años. En el libro, se explica de otra manera. Según demostró Einstein, el tiempo es una dimensión igual que la altura o la longitud. Sin embargo sus magnitudes se manifiestan de forma distinta. Las magnitudes espaciales no se pueden doblar, mientras que la del tiempo puede plegarse tantas veces como se quiera, entonces todos los tiempos se tocan. Eso es lo que hace un agujero negro. Hacia el año 6000 de nuestra Era los viajes al pasado empezaron a ser una práctica común. Pronto fue muy fácil tener en cada casa una máquina del tiempo. La más asequible y económica, prácticamente un electrodoméstico, era la llamada por el autor del libro, un hispano, anglosaxon cabinet. Los viajes al Cretácico se pusieron de moda. ¿Saben cuál era el mayor aliciente? La caza de dinosaurios.

 

Rebelión en la granja

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Rebelión en la granja

 

–Yo también he leído ese libro –dijo Roger John Cordrey, conde de Leighton Buzzard–. Me llamó mucho la atención otro de los relatos que trata sobre la cría intensiva de cerdos. Sujetos de modo permanente al suelo por medio de una faja de hierro acaban sus días con las patas atrofiadas y los ojos extraviados. El relato es muy darwinista. Ya saben eso de que la función crea el órgano. Lo que dicho de otra manera sería: la no función lo destruye. En el cuento de que les hablo, un día, en una camada de diez, nace una cerdita que carece de extremidades. El fenómeno se repite aquí y allá. Tras una pequeña conmoción, los magnates de la industria alimentaria llegan a la conclusión de que las patas son innecesarias; encuentran que con solo las nalgas pueden fabricar un jamón con una forma redondeada muy atractiva en los supermercados. El empresariado se lanza a la cría exclusiva de esos cerdos con el ahorro adicional de ese gasto en los hierros con que los mantenían sujetos. Pronto no habrá en todo el planeta un solo cerdo con patas. Los animales, como sacos o globos que se hinchan por momentos, parirán y engordarán sin moverse del sitio, porque estos cerdos aumentan de volumen muy deprisa, a una ratio veinte veces superior a lo hasta entonces conocido. El objetivo económico de que alcancen la dimensión de una ballena empieza a parecer posible. Algo sucede sin embargo. La mutación genética va más allá de la pérdida de las extremidades y la extraordinaria velocidad de engorde. Los animales, cuando llegan a un tamaño determinado, súbitamente revientan. Todo se lo llevan por delante: trabajadores, instalaciones, techos, paredes. Ningún país se libra. Es un suicidio de la especie para no seguir sufriendo eternamente.

 

El cambio global

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El cambio global

 

–Muchas veces nos basta con observar el compor-tamiento animal para mejor entender la vida –dijo lord Winson Green. El domingo último, paseando al mediodía por Kensington Gardens, me fijé en una familia inglesa de origen hindú que se sentaba a la sombra de un inmenso plátano: el padre, la madre, la abuela y cuatro niños. Las dos mujeres de pie distribuían la comida que llevaban en sendas cestas de mimbre entre los niños y el hombre sentados sobre la hierba. A pesar del fuerte olor a curry, era una escena plácida rota de pronto por un tremendo alboroto sobre la copa del plátano y unos chillidos estridentes. Todos miraron hacia arriba con susto. Eran nueve o diez pájaros de un verde brillante. Tenían un graznido muy desagradable.

El padre, muy tranquilo, con talante de maestro paciente, explicó:

–Esto es el cambio global, no hay por qué alarmarse. Son cotorras sudamericanas que están ocupando un nuevo hábitat.

 

La reina de los gatos

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La reina de los gatos

 

–¿Les he contado alguna vez la historia de la reina de los gatos? –preguntó Douglas Gordon Goody, conde de Stormontgate–. Era una portuguesa, maestra jubilada, exiliada del régimen de Salazar y afiliada al partido comunista, lo que en Inglaterra es tan raro como un dromedario en el mar. Aquí vivía de dar clases de francés y de español; también dibujaba, hizo varias exposiciones de cierto éxito. Tuvo relaciones de todo tipo, con hombres y también con mujeres. No lo he dicho, pero lo digo ahora. Era guapísima y tan rubia que podría haber pasado por sueca o por danesa. Algo caótica, tuvo relaciones de mucha intensidad, siempre con ingleses, le gustaban mucho los ingleses. Pero todo eso mientras fue joven y guapa. Porque su vida, apasionada y turbulenta, le provocó con el tiempo una ansiedad crónica. Prematuramente envejecida, se encontró un día sola, viviendo con un par de gatos a los que había puesto el nombre de sus dos novios más queridos. Vendió su piso de Londres y se compró una casita en Kent, no lo hizo por ella, sino por sus gatos, a los que suponía más felices en el campo. Allí conoció a un hombre mayor y tan solo como ella que también tenía un gato. Todas las semanas la visitaba y se acostaban. Aficionada a las frases ampulosas, cuando su vecino murió, se hizo cargo de su gato y dijo «yo también he muerto, ahora mi vida es para los gatos», pero no tardó en conocer a otro jubilado que depositaba las basuras donde lo hacía ella y que también tenía un gato. Enseguida entraron en la rutina de hacer el amor cada semana. Y pronto tuvo que quedarse también con el animal. Ahora tiene muchos más, porque otros dueños de gatos la cortejan y, aunque fea y vieja, su vida sexual sigue siendo muy activa al lado de todo varón que tenga un gato y esté solo en la vecindad.

 

El hereje

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El hereje

 

A Michael Jacobs, in memoriam

 

Mi hermano Michael –dijo lord Wandsworth– está enamorado de España. Ha vivido mucho tiempo en la ciudad de León donde se le conocía como el Brenan del norte. A mi hermano se le ocurrió llevarse consigo a España un cuervo de Yorkshire, al que había curado un ala rota. No tenía con quién dejarlo, pero, más que nada, le seducía la idea de soltarlo en la plaza de la catedral leonesa, donde los cuervos revolotean a sus anchas en derredor de las torres. Un amigo español se lo desaconsejó. Le hizo notar que aquellos cuervos podían ser reencarnaciones de algunos clérigos de León. Le señaló incluso a uno de ellos, del que se decía que recordaba a un tal don Zenón, uno de los clérigos más intransigentes y cerriles en la larga historia levítica de la ciudad. Mi hermano se lo tomó a broma y soltó a su cuervo. Nunca lo hiciera. Lo vio subir fuerte y animoso, con vuelo ágil y casi vertical, al encuentro de sus hermanos españoles. Pero, como si los planetas en torno a nuestro sol cayeran de súbito sobre la tierra, así se arrojaron sobre el cuervo de Yorkshire. Allí mismo, en un vuelo ruidoso y feroz, lo mataron. Su cuerpo se precipitó al suelo descoyuntado, un burujo negro tintado con el rojo de su sangre. Mientras caía, a Michael le pareció todavía oír los graznidos furiosos de los otros cuervos: ¡hereje! ¡hereje! –le gritaban.

 

Madrinas de guerra

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Madrinas de guerra

 

–Con frecuencia oímos que los animales de compañía nos producen un efecto liberador y relajante –comentó lord Cheddington–. Sin embargo muy pocas veces oímos que puedan trasmitirnos emociones intensas. ¡Cómo íbamos a oírlo, si ni siquiera les reconocemos capaces de ellas! Después de la Gran Guerra –añadió tras una pausa– se celebró en París una reunión entre familiares de caídos de ambos bandos. Parece que ya desde el primer día una joven muniquesa, prometida del teniente alemán que montaba el caballo Peter de que antes se ha hablado, sintió una profunda simpatía hacia la viuda de un teniente de nuestro ejército, precisamente el que montaba la yegua andaluza de nombre Silvia. Las dos jóvenes hablaron y pronto descubrieron que el novio de la primera y el esposo de la segunda, el alemán y el inglés, habían muerto en la misma acción y que acaso cualquiera de ellos podía haber sido el causante de la muerte del otro. Lo cierto es que congeniaron mucho más allá de lo que se considera una simple amistad. Desde entonces y hasta su muerte vivieron juntas en una desviación de su impulso amoroso absolutamente fantástica.

 

Croquetas

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Croquetas

 

–Desviación amorosa, dice usted. Todo un tema, señores –aseguró lord Stormontgate–. Recuerdo ahora el caso de aquel juez que tuvo que ocuparse del suceso más extraordinario jamás ocurrido en los ambientes de la alta cocina londinense, si se me permite hablar así. Y precisamente una de las protagonistas era compatriota de nuestro querido embajador, dueña con su marido de un restaurante en la mejor zona de Kensington; según parece, una cocinera extraordinaria. El marido, un galés educado en Francia, admiraba sus dotes culinarias pero discutía con ella los nombres de los platos. Si él, para bautizarlos, abusaba de lo poético y hasta de lo celestial, ella se inclinaba por lo más áspero y prosaico, uno de sus platos, por ejemplo, tenía el imposible nombre, y se lo digo en español, de atascaburras. El galés, por lo visto, era además muy posesivo. Un buen día mató a dos clientes del restaurante en un ataque de celos. No a uno, sino a dos. ¿Habían ido a la cama con ella? ¿Le habían dirigido palabras obscenas? Nada de eso, simplemente la habían mirado fijamente mientras manipulaba la masa de las croquetas. El juez, un buen juez inglés, antes de dictar sentencia, se acercó al restaurante y entró en la cocina. Lo hizo más de un día, hasta que pudo ver con su propios ojos cómo la española daba forma entre sus manos a la masa de las croquetas, unas manos blancas, finas y sensuales que envolvían suavemente los blandos cilindros hasta que tomaban la consistencia adecuada, primero uno, luego otro, y lo hacía con un mimo y una delectación muy especiales… El juez se sintió tan turbado que cualquiera podría pensar que eso iba a librar al marido de una larga condena; pero ocurrió lo contrario, la sentencia fue lo más dura que permitía la ley. Y ya, con el marido a buen recaudo, el juez se convirtió en el mejor cliente del restaurante. Siempre pedía croquetas.

 

Amor al fin y al cabo

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Amor al fin y al cabo

 

–Yo recuerdo el caso de dos chicos, ella y él, dos TTI, típicos tímidos ingleses –dijo lord Winson Green–, que se relacionaron por Internet a través de una dating. Ella no se atrevía a enviarle una foto por temor a no gustarle y tampoco una foto que no fuera de ella, como sabía que hacían otras chicas. A él le pasaba lo mismo. De modo que optaron por enviarse un retrato a lápiz o plumilla; ella se lo encargó a una compañera que dibujaba muy bien y que se convirtió encantada en cómplice de su embellecimiento, con oportunos y sabios retoques en ojos, nariz, cintura y pecho. Él tuvo que pagar a un nigeriano que hacía retratos en Hyde Park, al que pidió uno de cuerpo entero, no sin advertirle que solo le pagaría si le sacaba alto y atlético, con los ojos grandes y el mentón firme. Después de enviarse los dibujos escaneados, se citaron en un pub de Chiswick para conocerse en persona. Cuando él entró, ella estaba sentada al lado de una ventana sobre el Támesis. Era bellísima, como la del dibujo. Se acercó muy azorado. Empezó a hablar y enseguida tuvo la sensación de que estaba molestando. Otro muchacho, recién entrado, vino al rescate de la chica. «¿No ves que no le apetece estar contigo?», le recriminó. Lo reconoció enseguida, ojos grandes, atlético, mentón firme. Ese muchacho era él. No tuvo dudas. Pero tampoco era él: era el muchacho de su dibujo.

 

El dúo de la tos

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El dúo de la tos

 

–No sé si estos chicos de los que voy a hablar ahora eran también típicos tímidos ingleses –dijo lord Stormontgate–, pero eran ella y él, o sea, mujer y hombre. Se conocían de verse, sin que jamás se hubieran hablado. Ni siquiera se miraban o lo hacían por el rabillo del ojo. Salían a fumar en mangas de camisa desde sus oficinas respectivas en un rascacielos de la City. Mientras lo hacían, veían a una pareja que cada dos o tres días se precipitaba ansiosa en el interior de un pequeño hotel (auténtica reliquia arquitectónica entre las nuevas edificaciones), y contaban mentalmente los minutos que permanecían dentro, más o menos veinte. Los veían salir luego, ya sin nervios, para separarse a toda prisa, cada uno por su lado. Una semana no aparecieron. Tampoco la siguiente ni la siguiente… Pasaron seis meses. Nuestros dos fumadores empezaron a mirarse inquietos. De hecho esa fue la primera vez que se miraron a los ojos. Algo había empezado a faltar en sus vidas y lo notaban como un desasosiego compartido. Entonces él o ella, sin palabras, con lenguaje corporal, fraguado en la inquietud y la tensión de seis meses, pareció preguntar: «¿Te parece?». La respuesta, muda también, no fue apasionada ni locuaz; equivalía sin embargo a un sí, todo hay que decirlo, un sí muy inglés. O sea algo así como: «¿Por qué no?». Subieron inmediatamente al hotel y tardaron veinte minutos en bajar.

 

Una vez al mes

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Una vez al mes

 

–Eso me recuerda la historia de un conocido agente de seguros, una persona eficiente, muy exacta y puntual –­dijo lord Leighton Buzzard–. Todas las mañanas se cruzaba en el mismo punto de Lone Street con una mujer que por las trazas debía de trabajar en la banca o en seguros como él. Se miraban muy de soslayo, a la inglesa naturalmente. Y así, días, meses, años, se cruzaban en ese punto exacto. ¡Qué puntualidad la de ambos! Solo con disciplina inglesa lograban ocultar su mutua admiración, porque tanta precisión y puntualidad los volvía locos. Cualquiera sabe cómo ocurrió. Pudo ser que el hombre señalase vagamente con su vista un hotelito cercano, pero ella lo entendió a la primera. Desde entonces se acuestan una vez al mes. No se dicen una sola palabra y son la mar de felices.

 

 

El cebo

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El cebo

 

–Hemos de confesarle, embajador, que hay algo más por lo que usted ha sido invitado a nuestro club –dijo lord Wandsworth–. Nuestro amigo Brian Field, conde de Leathersdale –y señaló con la mirada a uno de los presentes–, no ha renunciado todavía a conseguir una pluma de ángel y para ello, hemos de confesarlo, precisamos de usted. ¿Ha oído hablar de Emanuel Swedenborg, el gran teósofo sueco del siglo xviii? Vivió muchos años en Londres y nos dejó dicho que los ángeles no son criaturas diferentes de nosotros, que nacen siendo niños, que, luego, cumplida su vida como hombres, sus almas se transforman en ángeles o en demonios. De modo que todos nosotros algún día seremos una cosa u otra.

–Es lo del renacuajo y la rana –puntualizó lord Leighton Buzzard–. Por ahora solo somos renacuajos.

Lord Leatherslade asintió con la cabeza:

–Swedenborg descubrió a los ángeles mientras caminaba sobre la nieve en su Suecia natal –dijo–. Junto a las huellas que él iba dejando, había otras, dos a su derecha y dos a su izquierda, que avanzaban o retrocedían con él. Identificó a las primeras como las de su Ángel de la Guarda; a las segundas, como las de su Demonio Tentador. También fue capaz de deducir con precisión matemática su tamaño y la envergadura de sus alas.

 

El oído inglés

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El oído inglés

 

–Acaso el idioma inglés suene como ese aleteo de ángeles que yo no soy capaz de percibir –dijo el embajador–. Si algo envidio de ustedes es el oído –añadió–. Los ingleses están muy lejos de la creatividad musical de los pueblos centroeuropeos, incluso de nosotros los españoles, que no destacamos precisamente por nuestro cultivo de las artes musicales. Pero tienen el mejor oído de la tierra. Ustedes oyen a los ángeles, estoy seguro. Y yo, a pesar de haber sido educado parcialmente entre ustedes, no. Los sonidos que emiten deben de ser tan sutiles como los del propio idioma inglés, único en el mundo que no basta con saber bien para entenderlo. Muchos de mis compatriotas, que me consta lo conocen a la perfección, no pueden ver una película sin la ayuda de subtítulos, porque para entender los diálogos necesitan leerlos. El idioma inglés cuando se escribe es de todos, pero cuando se habla es exclusivamente suyo.

–Tiene usted razón, embajador –reconoció lord Leighton Buzzard–. Y eso está siendo un problema para nosotros.

 

Polvo de ángeles

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Polvo de ángeles

 

–Hubo un tiempo en el siglo xviii –comentó lord Cheddington– en el que desde Francia se impuso la moda de prescindir del arte pictórico en los hogares. Las casas se quedaron vacías de cuadros. De algún modo nuestra Oxymoron Room responde a aquel reflejo de pureza. Aquí nos rodean árboles y flores, agua y sol y de noche las estrellas. Nada encontramos más digno de admiración que el universo que nos rodea. Algunos artistas modernos pretenden hacernos creer que tienen el don de convertir en Gran Arte lo que no son sino ínfimos pastiches de la obra de la Naturaleza. Lord Leathersdale, que es un gran experto en el comercio de toda clase de bienes, aun los más raros, lo sabe muy bien.

–Lo que más se cotiza hoy en el mercado son las plumas de ángel –aclaró el aludido–. La actriz Elizabeth Taylor poseyó una, ahora en ignorado paradero. Pero hay algo por lo que daría mi entero patrimonio: el echarpe mágico o la bufanda mágica. Es un tejido formado en el cielo, un cielo que es el éter y también la morada de los ángeles. En 1666, año señaladamente diabólico, los ángeles huyeron de Londres durante los tres días de septiembre que duró el incendio que destruyó la ciudad. Alguien, según costumbre, culpó a los católicos de haberlo provocado. Y uno se pregunta: ¿los ángeles son católicos o son protestantes? Porque también se dice que fue la acción de dos ángeles muy jóvenes los que lo causaron con la fricción de sus alas mientras hacían juegos de amor sobre la panadería de un tal señor Hogarth. Tienen las alas de ángel un polvillo que es como átomos de plata, como el resplandor de una varita mágica, a veces en esa confusión de cuerpos y de alas que provoca el amor entre los ángeles se produce una combustión que llega al suelo en forma de chispas muy capaces de provocar un gran incendio. Pero como nada destruye lo que emana de los ángeles, el calor volvió a lanzar hacia arriba aquel polvillo que con el tiempo fue juntándose hasta formar una especie de bufanda o de chal. Muchos años después caería a las puertas de una oficina bancaria donde una joven emigrada polaca trataba de resguardarse del frío, cubierta de cartones, para pasar la noche. Al lado de la joven había un cachorrillo de labrador. El chal cayó sobre ella desde la cúpula de Saint Paul meciéndose como un milagro venido del cielo. La joven se cubrió con aquella tela y se sintió tan cómoda y feliz que el placer entró en ella en forma de orgasmo sobrenatural sin que su pensamiento estuviera ligado a lo erótico. El perrillo aullaba a su lado y parecía experimentar idéntica sensación.

 

Materia oscura

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Materia oscura

 

Lord Leighton Buzzard dijo:

–Usted, embajador, debe saber muy bien lo que es la materia oscura. –Y, sin esperar respuesta, añadió–: Los astrónomos la han detectado por los efectos gravitatorios que causa en la materia visible. ¿Ha visitado usted una granja avícola? Apretados en un espacio mínimo, los animales sufren problemas de histeria, canibalismo, alteración de la sexualidad. ¿Ha visto una de explotación intensiva de cerdos? A las hembras, tras sufrir una dolorosa fecundación artificial, se las mantiene atadas a una máquina que las obliga a amamantar a sus crías todo el día. Son inseminadas una y otra vez, sin el mínimo consuelo de un solo apareamiento. Cuando no pueden resistir más se las sacrifica. Ya sé que se estará preguntando qué tiene que ver todo esto con la materia oscura. Pero un miembro de nuestro club, el reverendo Leonard White, ha descubierto la naturaleza de sus misteriosas partículas. Las vio, o las vislumbró, o acaso, las intuyó. Sus hijos no pudieron reconocerlo cuando volvió a casa. Tenía los ojos espantados y había perdido todo el pelo. Su testimonio fue muy pobre, porque White enloqueció. En sus notas dejó escrita esta frase: «He visto la materia oscura: Son los espectros de los miles de millones de animales sacrificados y muertos por el hombre que pululan por el éter expresando el inmenso dolor sufrido».

 

Cerdos que hablan

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Cerdos que hablan

 

–Caminamos ciertamente hacia un mundo extraño –comentó Lord Wandsworth, que añadió–: ¿sabían que los cerdos ya pueden hablar? Esto no es ningún relato de ciencia ficción. Esto es una noticia de los periódicos ingleses.

El murmullo de asombro fue grande.

Lord Wandsworth continuó:

–Un experto en fertilidad del Imperial College de Londres ha insertado genes humanos dentro de células jóvenes de esperma de cerdos machos, lo que permitirá que los órganos de sus crías puedan ser transplantados sin rechazo a los humanos. En el Reino Unido cinco personas entran cada hora en lista de espera y solo una recibe un transplante. Las otras mueren. Esa manipulación genética resolverá el problema. Los cerdos padecen enfermedades muy parecidas a las nuestras, catarros, diabetes, etcétera, y sus órganos tienen un tamaño muy humano. Todo eso ayuda. Se empezará por transplantar el hígado, uno de los órganos más demandados; luego seguirán los demás: el corazón, los riñones, quizá los pulmones. Está previsto que en un plazo de unos cinco años exista un suministro prácticamente ilimitado. Los cerdos se criarán a pie de hospital. Se les tendrá en un ambiente libre de virus, muy aséptico, a lo que ayudará mucho el natural limpio, en contra de lo que suele creerse, de los cerdos. Está previsto que cada hospital disponga de una granja con no menos de cien animales de unos ochenta kilos de peso para que el tamaño de sus órganos no exceda las medidas humanas. El proyecto, por algún obstáculo de la burocracia europea, ha tenido que llevarse a Estados Unidos. Allí ha surgido un problema de última hora no previsto por los científicos. Parece que estos cerdos, a los que se ha alterado su sistema genético con células humanas, han llegado a hablar. Un día uno de ellos, poco antes de que le abrieran en canal para extraerle el hígado, el corazón y los riñones, gritó: «¡No me hagáis esto por favor. Os lo suplico!».

 

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