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El libro de los pequeños milagros

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Hay sucesos microscópicos que, sin que nadie llegue a saberlo, pueden transformar el universo por completo. Y hay renombrados acontecimientos históricos tan fortuitos que habrían sido otros apenas hubiera cambiado la dirección del viento. El libro de los pequeños milagros es un muestrario de estos hechos grandiosos y minúsculos. Es un pormenorizado catálogo de prodigios. Es un recorrido desde el fondo de nuestros cajones, desde debajo de nuestras camas, desde el falso techo de nuestro dormitorio hasta las galaxias más remotas. Es un bestiario, compruébenlo, miren el índice de las últimas páginas: es un bestiario. O, lo que es lo mismo, es un manual de teología. O, para ser aún más exactos, es un tratado de micro-ciencia-ficción. O quizá no sea nada de esto en absoluto. Desde luego, eso seguro, no es el libro que usted espera. Pero sí el libro con el que estaba soñando.

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URBI

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Urbi

 

Spoilers

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Spoilers

 

Hacía días que los spoilers sobrevolaban la ciudad. La gente trataba de salir lo menos posible a la calle, y los que no teníamos más remedio que hacerlo nos protegíamos con unos paraguas enormes que vendían en las bocas del metro y en las plazas, reforzados con un revestimiento de caucho.

Aun así, podían alcanzarte en cualquier momento de descuido, golpearte en una rodilla, estrellársete en plena cara. Hubo profesionales de todo tipo, deportistas de élite, músicos, científicos, que abandonaron sus carreras al saber que nunca alcanzarían sus objetivos; los aspirantes de cualquier proceso selectivo se diezmaron; los enfermos de los hospitales perdieron la esperanza; por supuesto, ya nadie hacía cola a la puerta de los cines, y apenas alguien se atrevía a leer en espacios públicos. Eran tiempos confusos. Una tarde, a mi mujer le entró uno por la ventana y supimos que nunca tendríamos el hijo que buscábamos hacía años. A mí, aunque ella no lo sabe, uno de aquellos spoilers me hundió su pico en la espalda, y no he vuelto a ser el mismo desde que sé lo que de verdad nos espera tras la muerte.

 

Subterráneos

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Subterráneos

 

Ha subido al vagón una mujer en avanzado estado de gestación, y le he cedido el asiento.

Al bajar la mirada reparo en que va dejando un rastro húmedo a su paso, una pátina brillante y viscosa como una baba, que llega hasta sus pies y que chorrea por los bajos del asiento.

Le pregunto cuánto le queda. Y me dice que menos de dos semanas, con una voz crispada, balbuciente, que le surge del fondo de la garganta. La luz del metro es mortecina, pero puedo observar sus finos labios, sus vagos pómulos, su cráneo ralo, la película gelatinosa que le crece entre los dedos como una membrana y envuelve todo su cuerpo. Sin duda el obstetra se equivoca, esta mujer está a punto de nacer aquí mismo, en cualquier momento.

 

Mendicidad s. XXI

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Mendicidad s. xxi

 

Se atusó el pelo humedeciéndose las yemas de los dedos con saliva, y se colocó el ojo de cristal en su sitio. Todavía conservaba un afeitado más o menos aceptable, y su ropa no estaba del todo sucia. Se escondió el muñón en el bolsillo del abrigo y salió a la calle tratando de no cojear. Aquellos tiempos desconfiados recelaban de todo exceso de parafernalia.

 

El doble

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El doble

 

Hace diez días, vi a un hombre idéntico a mí tomando un café y leyendo el periódico junto a la cristalera de una cafetería. Tenía buen aspecto, y eso me hizo sentir cierto orgullo. Como llevaba prisa, no pude detenerme a observarlo y ni mucho menos entrar allí a desayunar. La tarde del lunes de esta misma semana lo volví a ver. Estaba sentado en una terraza, en una mesa llena de libros, y rodeado de personas que prestaban devota atención a todo lo que decía. El sol acariciaba la mitad de su cara e iluminaba media sonrisa radiante. Esta mañana, el café que me he tomado de pie en la cocina no me ha sabido a nada, y hace días que advierto que el espejo me refleja con cada vez menos intensidad. En las páginas centrales del periódico, me he encontrado de nuevo con él. Le han concedido no sé qué premio. Ya casi no me quedan dudas: el doble soy yo.

 

Teleobjetivos

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Teleobjetivos

 

Y entonces llegaron los francotiradores y se apostaron en todas las azoteas. No podíamos salir durante el día por miedo a perder la cabeza. Tampoco por las noches, porque aumentaba el riesgo de recibir un mal disparo y agonizar sobre el asfalto durante horas sin que nadie se atreviera a socorrerte. No salíamos. No mirábamos por las ventanas. No hablábamos de lo que estaba ocurriendo. Nadie movió un dedo para cambiar las cosas. Veíamos la tele.

 

Inexplicable

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Inexplicable

 

Tenía dos hijos gemelos, idénticos. Ella los vestía con la misma ropa y les preparaba simétricos desayunos cada mañana. Ellos se comportaban de la misma manera y parecían tener una única personalidad. Los dos sacaban las mismas notas en el colegio, se magullaban la misma rodilla –el mismo día, a la misma hora–, les gustaba la misma chica, hablaban a la vez para decir una frase semejante. Ella los arropaba por igual cada noche, en sendas camas gemelas, cada uno bajo su propio edredón azul de plumas. Luego, se acercaba con sigilo a uno de ellos, siempre el mismo, y le susurraba al oído: «Tú eres mi favorito».

 

Fe

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Fe

 

Modeló aquel muñeco de nieve durante toda la mañana. Consiguió el viejo sombrero y los botones en el desván, la delgada zanahoria en el cajón de la nevera. Por la tarde le sacó una bandeja de galletas, y jugaron a las adivinanzas, a los soldados y a hacerse el muerto. Cuando esa noche su madre lo arrastró hasta su habitación, él se aferraba a los marcos de las puertas, llorando y suplicando que no lo dejaran allí, que lo metieran dentro, en la cocina, junto al congelador.

A la mañana siguiente, en el círculo de escarcha roja del jardín, los rayos de sol calentaban siete metros de intestino, dos pulmones deshinchados, un hígado, un bazo y, sobre el montón de vísceras acosado por las moscas, una zanahoria y un musculoso y sanguinolento corazón.

 

Reproducción a escala

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Reproducción a escala

 

En la casa de muñecas de su casa de muñecas se oyó un sonido agudo. Se acercó todo lo que pudo a la habitación en miniatura, y pudo distinguir que de la casita de su casita salía una vocecilla casi imperceptible, que gritaba:

–¡Aaaaah! ¡Algo se ha movido ahí dentro!

Fue entonces cuando sintió una sombra en su propia ventana y vio la gigantesca yema de un dedo frotando los cristales.

 

15

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15

 

Allí estábamos, protegiéndonos de la lluvia, el polvo y las radiaciones con las cejas, como unos salvajes. Sacudiéndonos de encima a los otros sin necesidad de movernos, matando a las chicas con nuestra indiferencia. Matando a las prostitutas con los agujeros de nuestros bolsillos. Haciendo papilla a nuestros padres sin abrir la boca. Como unos posesos, como unos auténticos desquiciados. Arrasábamos con todo. Podíamos pasar años en aquella esquina, o sentados sobre nuestras motos. Días enteros preguntándonos a qué sabrían las gaviotas o cuánto podría sangrar un hombrecillo verde antes de morir. Aquellos eran tiempos de acción. Contábamos las olas, las nubes. Contábamos mentiras. Las tardes nos pertenecían. Éramos grandes. Éramos tan grandes que solo nosotros nos dábamos cuenta.

 

Impronta

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Impronta

 

Mi última novia imaginaria apareció en mi vida cuando yo tenía doce años. Siguió conmigo en el instituto y también en la universidad, donde compartíamos campus y, al fin, habitación y cama en el colegio mayor. Contrajimos matrimonio antes de cumplir los treinta. No tuvimos hijos, claro. Pero para mí significó una impagable compañía que me hizo más fácil adentrarme en las crudas décadas de una madurez solitaria. Hace apenas dos semanas quedé viudo. Un conductor borracho; ni siquiera la vio.

Desde entonces la gente no ha dejado de darme el pésame. Mi madre, para mi asombro, me llamó para preguntarme si quería que se viniera unos días a la ciudad. Era tan joven todavía, me dice la señora del segundo, agarrándome las manos. El periódico local publicó una breve nota del suceso, con una fotografía. Ahora acaba de llegarme una carta de condolencia de sus compañeros de facultad, que la recuerdan, y quieren hacerle un homenaje.

 

Chiroptera pilosus

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Chiroptera pilosus

 

Lo habitual, lo acostumbrado, lo más normal del mundo, es que apenas cierre la puerta de casa mi barba salga volando en busca de su sitio en el techo; se cuelgue de la viga del salón, bocabajo, y enrolle sus alas alrededor de su cuerpo.

Así ocurre cada día, y no vuelve a mí si no es para escamotear unas migas en el desayuno, o para que la rasque, si me ve en el sillón en actitud pensativa. O en cuanto oye el tintineo de las llaves y adivina que voy a salir.

Pero no ha sido así esta noche, que al volver de casa de Andrea me he descubierto la cara lisa y suave, extrañamente deslizante. Y no quiero ni pensar dónde ha podido quedarse.

 

Conocer a alguien

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Conocer a alguien

 

Cada día, antes de verla, me afeito con meticuloso esmero la larga mata de pelo azul que me crece en la espalda, en el pecho, en los bíceps y en los antebrazos. La cabina de la ducha acaba anegada por un mar cian y encrespado, que brilla con la intensidad de un accidente radiactivo. Después, a eso de las seis de la tarde, paseamos bajo la sombra de la alameda hablando del tiempo, o del aroma de las gardenias; previamente me he vendado las rodillas, y todas las articulaciones, para evitar los saltos involuntarios que me harían sobrevolar los árboles de tres en tres. A veces nos agarramos la mano, y yo le beso los dedos, sosteniéndolos entre los míos, más gruesos y toscos, con las uñas siempre bien recortadas, para evitar que asomen las historias que me nacen desde cada una de ellas, como códices miniados sobre duros pergaminos de queratina, en diez lenguas distintas. Así había sido al menos durante estos dos últimos años, hasta que hoy me ha dicho adiós por teléfono, acusándome de ser un tipo demasiado normal.

 

Convenciones

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Convenciones

 

El último en bajar fue el conductor del autobús. Junto al vehículo todavía lo esperaban las pasajeras más jóvenes, deshaciéndose en sonrisas, cautivadas por el brillo de su uniforme y la prestancia arrolladora del responsable de tantas vidas. Al otro lado de la cola que formaban los viajeros con sus maletas, sobre la pista, aguardaba el avión. Y bajo la cabina del aparato, desaliñados y barrigudos, fumaban y mascaban chicle un par de pilotos, esos cerdos babosos.

 

A media tarde

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A media tarde

 

Entré revoloteando por la ventana y lo vi tumbado en el sofá. Primero le di un par de coletazos en la nuca que le hicieron caer la cabeza hacia delante. Luego resbalé sobre sus párpados, como un molusco o un alud, y me colgué de su labio inferior, zumbando y vibrando. Me acerqué a su oído y le dije: autopista, torbellino, trepar por raíces cuadradas, bikinis, Azerbaiyán, monjas de clausura. Y a continuación abandoné aquel salón, arrojándome por la misma ventana, preguntándome si aquel tipo creería que acababa de dar una cabezada en medio del sopor de la tarde.

 

Hamelín

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Hamelín

 

Y cuando todas las ratas estuvieron dentro de la caja, Hamelín apagó el televisor.

 

Fuerza centrípeta

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Fuerza centrípeta

 

Por fin, después de años y de años girando consigue alcanzar su rabo. Lo muerde con fuerza, no puede dejarlo escapar. Cada vez hunde más la dentellada, recordando quizá viejos picores. Va engullendo más y más hasta que, en medio del sopor y la quietud de la tarde, en el salón solitario, desaparece.

 

Atracción

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Atracción

 

Miró atentamente el pezón. Se preguntó por qué le atraía tanto, por qué precisamente aquella parte del cuerpo, aquella porción diminuta y no otra. Qué tenía aquella areola rosácea, de tono casi caramelo, aquella protuberancia, que le provocaba semejante cadena de reacciones químicas y tan inmensa conmoción. Qué eran al fin y al cabo el sexo, el instinto, la vida, un instante fugaz de placer. Por un momento pensó que podría resistirse, que podría controlar por el resto de sus días aquel impulso irracional, y darle de una vez por todas a su madre la feliz noticia que ella estaba deseando escuchar. Así que tomó aire, desató la enorme hembra, y la dejó correr gruñendo hacia la oscuridad de la porqueriza.

 

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