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Encuentro con Leila

Ana María Shua Editorial Páginas de Espuma ePub

Encuentro con Leila

 

Estaban por todas partes, sobre todo en el centro y en la peatonal. Ahora las calles comerciales eran Güemes y Alem, pero él había insistido en alojarse cerca de la plaza Colón. Por todas partes. La Boston resistía, o mejor dicho, una sucursal de la Boston, que ahora era una cadena. En esa zona los negocios exhibían en sus vidrieras solamente souvenirs baratos, higrómetros violetas con forma de pez, collares de caracoles, chafalonía de metal y piedras brillantes, sandalias de plástico, pobreza. En la rambla de la Bristol se venían cuerpos oscuros, sudorosos, pantalones de gimnasia con la raya blanca al costado, trajes de baño viejos, deslavados, pelos duros y lacios, teñidos de amarillo. Por todas partes. Hernán se acordó de los monstruos en ese cuento de Cortázar. Pero no se llamaba «los monstruos»… Cómo le había costado a Cortázar explicar que no era el autor el que pensaba así, sino su personaje. La ropa de los jóvenes se había uniformado y sin embargo se los reconocía, como siempre. Por ellos había militado, por ellos vivía en Madrid desde el año 1976. ¿Ellos? ¿Ellos y nosotros? ¿Desde cuándo? El Provincial y el Casino estaban igual que siempre, por lo menos de afuera.

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Medium 9788483935040

Merecía ser domingo

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Merecía ser domingo

 

¿Sabe usted lo que es el silencio? Es uno mismo, demasiado.

Guimarães Rosa

 

En el silencio de la casa

 

En el silencio de la casa, en el silencio del mundo. Me han dejado a propósito aquí solo, se han ido todos. De excursión, creo. A la montaña, tal vez. O no, a la playa. Es domingo o merece ser domingo. La luz es de domingo y el azul del cielo es de domingo y el periódico está abierto en la página dominical, así que tanta insistencia empieza a ser sospechosa. Hasta donde alcanza la vista es domingo. Más tarde resolveré el jeroglífico. El fulgor de la nieve percute con fuerza en la terraza, sobre la mano verde de la enredadera, y arranca remolinos de los sillones de mimbre. El picoteo casi mudo de mi teclado, una música leve e inconstante, signos que aparecen y desaparecen, un muro de blancura en el horizonte que huye.

Domingo, nieve, domingo. De repente, de la nada, cae volando un jersey. Las mangas revolotean hasta posarse, supongo, en la acera. Ropa que cae del cielo. Una lluvia de calcetines pantalones camisas bufandas chaquetas bikinis pijamas. ¿A qué me recuerda esto? A ropa muerta. Desaparecida. A fantasmas textiles colgados de las perchas con sonrisa de poliéster. A aquel jersey de lana que tuve a los quince años, antes de alistarme en el ejército. Jersey azul, de cuello alto, fragante. Era el Jersey Perfecto. En el primer lavado encogió tanto que ya no hubo forma de volver a ponérselo. Se redujo a una cosa ridícula, un jersey para caniches. Al verlo entraban ganas de ladrar. Hubo que tirarlo. También –no sé por qué– pienso en Brni, en Renata, en el viejo tendedero que sonaba, en los días de mucho viento, como una gigantesca arpa eólica, pienso en…

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Medium 9788483935712

Eli Eli

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Eli Eli

 

(TREDICONTI)

 

1

 

Hay una lógica del espejo que con un padre jamás funciona. Si aprieto el gatillo sobre mi cabeza aniquilo el reflejo de mi padre pero él permanece indemne. Si lo hago sobre su cabeza ambos estallamos como lluvia de azogue. Pero si no disparo, desaparezco.

 

2

 

Mi padre vive en una calle al norte de la ciudad.

Oculto entre negocios de comida, pequeñas tiendas, árboles raquíticos, lo espío desde hace pocos días y lo miro leer el periódico con sus manos amarillentas. Luego me detengo en la forma de su cráneo. Creo recordar unos versos de José Barroeta en los que amorosamente habla de lanzar la cabeza de su padre por una escalera y llenar el mundo de chispas azules.

Miro mucho rato la sien derecha de papá y pienso en la manera de meterle allí dentro una bala que no haga estallar sus huesos, que no convierta su piel en una obviedad de sangre, masa encefálica, ojos aterrados.

Imagino la dulzura infinita de tomar su cabeza, tocarla como un bongó, y luego colocarla con mucha suavidad sobre la tierra, para que esa piel de barro, esa frente inmensa, esos ojos, permanezcan intactos y lejanos, como una momia.

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Medium 9788483935736

El lugar debido

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

El lugar debido

 

Al fin, unas luces entre las tierras anunciaron una población. Al llegar a la plaza, el taxista detuvo el coche.

–Ya hemos llegado –dijo.

El pasajero pagó y salió del vehículo. Todo estaba silencioso, solitario, pero tras los cristales de las ventanas había muchos ojos que lo miraban con fijeza. Un resplandor que venía de arriba le hizo alzar la vista. Por encima del lugar, entre el cielo negruzco, se deslizaba una figura gigantesca con vientre blanco y balanceo de pez. Otras figuras similares flotaban más lejos. Peces, peces inmensos que se movían lentamente en un cielo sin estrellas. Un crujido, acaso un chasquido de pinzas, se multiplicó en las calles vacías. El pez más cercano dio un coletazo. Un griterío resonó a lo lejos. Me voy a ahogar, pensó el pasajero, y luego habló en voz alta:

–¿Pero se puede adónde me ha traído usted?

–Al lugar debido –repuso el taxista, antes de poner otra vez el coche en marcha y alejarse.

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Medium 9788483935446

El viaje de la vida

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El viaje de la vida

 

Todos los habitantes de Kuma recibían al nacer, desde tiempos inmemoriales, un bono turístico llamado «Humania a la vista», una especie de visado que les permitía viajar al menos una vez en la vida más allá de los confines de su planeta a un precio accesible. Tenían que ir, eso sí, al único lugar con el que habían conseguido tender un puente espacial por el que desplazarse con la velocidad necesaria: la Tierra.

Generación tras generación, los más jóvenes, naturalmente curiosos, se habían rebelado una y otra vez contra la antigua creencia científica que negaba cualquier puerta a la investigación de otros posibles destinos. Sin embargo, ninguno de aquellos jóvenes había conseguido cambiar las normas y, uno tras otro, seguían recibiendo en el momento de su llegada a la vida el bono turístico de rigor. Las capas más altas del poder –corrupto siempre y entre los kumas, además y para peor, hereditario– se negaban a cambiar el estado de la cuestión, sobre todo porque tenían organizado un negocio más que rentable gracias a las naves turísticas que se encargaban de sacar a los kumas de paseo interestelar.

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Medium 9788483935996

Austin

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Austin

 

El profesor Austin maniobró su auto y entró en esa zona de declives, blanda y quebrada, donde los últimos bloques de viviendas unifamiliares se desdibujaban dando paso a áreas progresivamente despobladas, un esporádico letrero de Expoluz, o un cuadrilátero de arbustos baratos a cuyo extremo alguien había instalado una precaria portería de balompié y dos hombres forcejeaban con un armario. Anochecía. El coche del profesor Austin recorrió un tramo sin asfaltar, pasó junto a una máquina tremenda, y acto seguido adoptó una posición paralela a la de las vías del tren. El profesor suspiró, recordó algo. A ambos lados, y frente a él, en el espacio ululante y lóbrego que recortaban los cristales del automóvil, con brillos repentinos y zanjas que huían, el paisaje se agazapaba y viajaba en una fuga enloquecida hacia atrás, se agazapaba más, como visto a través de una mirilla cinematográfica o de la pupila aterrada de un ahorcado, se arrodillaba de golpe y de pronto reaparecía con algún detalle fantástico que absorbía la luz última y que en cierto modo parecía comprenderla, explicarla.

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Medium 9788483935316

La reina

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

La reina

 

Vi a mi padre agachado entre los arbustos, así que giré en la rotonda y busqué un lugar donde dejar el coche. La cosa me llevó casi diez minutos. Cerré y me puse a caminar aprisa por el laberinto de calles de aquel barrio.

No me gustaba que siguiera trabajando. Antes, las pensiones daban para vivir; ahora no, y el Estado ofrece emplearse unas horas para completar los ingresos de la jubilación. Tampoco tenía nada mejor que hacer desde que se divorció de mi madre; y de eso hacía ya bastante; de modo que con esa ocupación llenaba su tiempo: medio día como jardinero público y, para las tardes, el ajedrez.

Él y yo jugábamos a distancia. Nos mandábamos las jugadas por correo electrónico. Mi padre era puntualísimo en enviar las suyas; yo, en cambio, dejaba pasar dos y hasta tres semanas sin hacerlo. Él solía esperarme estoicamente; si mi tardanza era excesiva, me dirigía mensajes del tipo: «No sé qué estás esperando» o «Si quieres muevo por ti», dependiendo del tiempo transcurrido. Desde que recuerdo, le había ganado sólo una o dos partidas, al principio; luego él vencía invariablemente. Me daba mate casi por sorpresa o yo abandonaba cuando la situación se volvía insostenible. En aquellos momentos, su posición tan ventajosa no me dejaba escapatoria; pero por unas cosas u otras no me había rendido, jugaba por inercia.

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Medium 9788483935743

Reencarnación

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Reencarnación

 

Le habían dicho desde muy niño que él era la última reencarnación del gran lama Duwa, aunque nada notaba. Un día creyó ver en los ojos de su gato Ayamín la mi­rada del gran lama Duwa. Cuanto más le miraba más vívi­da era la impresión. Finalmente sacrificó a Ayamín y se lo comió sin decírselo a nadie.

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Medium 9788483935149

Madre música

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Madre música

 

Acabo de soñar con mi madre. La escena (si los sueños son escenas y no su imposibilidad) sucedía en un auditorio de Granada. En el último lugar donde tocó el violín. Era el concierto número 3 de Mozart. Yo la escuchaba sentado entre el público. Mi madre iba vestida de calle. Con el pelo muy corto, sin teñir. Desafinaba a menudo. Cada vez que lo hacía, yo cerraba los ojos. Cuando volvía a abrirlos, ella me miraba fijamente desde el escenario y sonreía con placidez. Al despertar, por un instante, me ha parecido que mi madre estaba intentando enseñarme a disfrutar de los errores. El tiempo nos deja huérfanos. La música nos adopta.

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Medium 9788483935743

No se me oye

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

No se me oye

 

Ningún sonido sale de mí; articulo las palabras perfectamente, pero las ondas sonoras que emanan de mi cuerpo vuelven sin salir jamás de él, como aseguran los astrónomos que ocurre con la luz en los agujeros negros.

He tenido problemas en casa y en la escuela, en todos los sitios ciertamente, porque, aunque, como ya he dicho, no soy mudo, nadie me puede oír, como tampoco pueden oírse mis pisadas, mis cuescos, mis palmadas. Todo lo que toco me traspasa con sus ondas sonoras que permanecen en mí y que me convierten en esta persona enérgica que soy.

Pero ¿de qué vivir? ¿a qué profesión dedicarme? Un malévolo compañero de la calle me aventuró una carrera de asesino en Nueva York, dado que no necesitaría llevar silenciador, pero también podría ser acomodador en los teatros más lujosos, porque si yo abro una puerta ésta no emite ruido y si acompaño a una persona, basta que vaya de mi mano, para que nadie pueda oír sus pasos.

No se qué hacer, sin embargo. Y no encuentro demasiada comprensión en mi entorno. Me gustaría ser como los demás, que se me oyera. He visitado a un psiquiatra que me ha dicho: «A usted no le oyen, pero a los demás no nos escuchan. Así que tómeselo con calma». Creo que acabaré yéndome a vivir a otro país. A lo mejor fuera de aquí sí se me oye.

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Medium 9788483935545

La casa de reposo

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La casa de reposo

 

 

La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.

–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?

–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María San­tísima.

–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.

–Sí, reverenda.

–Hermana...

–¿Sí, reverenda?

–Que parezca un accidente.

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Medium 9788483935101

Los niños rotos

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Los niños rotos

 

El niño pálido nació con una piedra en lugar de un corazón. La tiene dentro del pecho, palpita infatigable. Es una piedra antigua, pesada. Al igual que tantos otros mecanismos del cuerpo –de funcionamientos misteriosos por desconocidos–, la piedra corazón palpitó como cualquier otro corazón durante la vida del niño.

Pesó muchísimo para ser un bebé y, aunque su madre era una mujer fuerte y sacrificada, tuvo que hacerse con ayuda externa muy pronto ya que no era capaz de acunarle por sí misma. Cómo era posible que un bebé pesara así, no se lo explicaban. Cuando los médicos lo colgaron de los pañales en la balanza, se miraron unos a otros sin mediar palabra, no conseguían comprender cómo un cuerpo tan flaco podía albergar tantos kilogramos.

Lo último que podían imaginar era que el niño tuviera una piedra corazón.

Y eso que, al latir, casi podía verse a través de su piel translúcida. Se la veía bombear, algo más despacio que otros corazones. Era un bombeo fuerte, rítmico, casi tonal. Dormir con el niño al lado era como dormir con un reloj grave y cadencioso robado de otro tiempo. Su madre tenía miedo de que la piedra creciera hasta salírsele del pecho al niño y lo vigilaba durante el sueño. Pero las piedras no crecen como los corazones, la piedra corazón creció muy despacio, tan poco que el niño era flaco como un escualo, delgado como un río seco. Creció hacia arriba en lugar de crecer hacia los lados. Cuando el niño empezó a andar dejó de ser un problema para la madre y empezó a ser un problema para otros. Pasaba el día corriendo y rompía cada juguete que le regalaban. Y es que esa era una de sus cualidades: el niño pálido era tan fuerte que incluso a los cuatro años era capaz de levantar por encima de su cabeza objetos mucho más grandes que él. Tuvo problemas para hacer amigos porque les hacía daño sin querer, en cuanto jugaban al pilla-pilla era fácil que uno de los niños acabara con los metacarpos rotos.

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Medium 9788483935545

El horror en los sueños

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El horror en los sueños

 

 

Hay pesadillas que nunca nos abandonan y que envejecen con nosotros, añadiéndole al terror primigenio los temores de la edad, las heridas del amor y el dolor de la experiencia. De niño soñaba que me seguía un hombre con las manos en los bolsillos y que esas manos delataban su naturaleza monstruosa: patas de pollo, dedos de lombrices o hierros retorcidos. Con los años aquel hombre ha cambiado muchas veces de rostro, espantándome de nuevo con su horror antiguo. Otra pesadilla es la de la mujer que se ríe bajo la máscara china. De niño me aterraba ignorar quién era y ya de mayor me inquieta sospechar quién es. Pero la peor es la del leprosorio: cuando era niño descendía a la cueva para ayudar a Ben-Hur a encontrar a su madre, temiendo en realidad descubrir a la mía. Ahora en mis sueños le pido a Judá Ben-Hur que baje solo, porque sé que mi madre se pudre ahí abajo y no deseo que salga.

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Medium 9788483935859

La muerte del servicio

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

La muerte del servicio

 

La propuesta de Jon Kepa me pareció un rapto de sentimentalismo inoportuno. Cuatro amigos, veinte años después, volviendo en pleno invierno a la ría de Guernica, escenario de antiguas correrías. Un fin de semana en la casa del embarcadero. Recordar los viejos tiempos. ¿Fueron aquellos, de verdad, los viejos tiempos? ¿Y habíamos envejecido lo suficiente para hablar de esa manera? El solo hecho de formular esas preguntas era la antesala de la auténtica y odiosa vejez. Lo cierto es que las cosas habían cambiado mucho en veinte años, pero yo me había propuesto no mostrar ninguna debilidad ni permitirme un resquicio de nostalgia. Qué demonios, las cosas habían cambiado, claro que habían cambiado. ¿Por qué no iban a hacerlo? Lo preocupante habría sido que nada hubiera cambiado en tanto tiempo.

Ramón era notario, pero seguía tan serio y tan callado como cuando nos acompañaba en nuestras juergas, siempre dos pasos atrás, adoptando el papel de testigo leal y silencioso. Llevaba quince años casado con una mujer más larga que alta, más flaca que delgada, que no miraba a los ojos, hablaba en voz muy baja y mantenía una dieta de salvado, fruta y vegetales. No tenían hijos y nunca aclararon si aquella había sido una decisión voluntaria o una doméstica tragedia, una de esas tragedias que se mascan, en silencio, a lo largo de toda la vida.

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Medium 9788483935620

Claudicación

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Claudicación

 

Tras el quinto incendio del verano, los insectos pusieron rumbo al origen del fuego. El joven naturalista que ayudaba a extinguirlo, y que los distinguió adentrándose en las llamas, pensó que eran alguna especie de escarabajos bupréstidos, que pretendían como es su costumbre depositar sus huevos en los árboles calcinados.

Pero no. Después los siguieron los roedores, los ciervos y las aves.

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