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Medium 9788483935255

El traductor apresurado

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El traductor apresurado

 

Un muy novato editor de París, que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros de los clásicos (no por amor a las «obras inmortales», sino porque los literatos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vathek, de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo –un afable especialista en letras góticas– nada dijo del error; muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.

Trascurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. «La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes». Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: «No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota».

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Medium 9788483935699

Agua

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Agua

 

Ella

 

¿Una descripción?

El cabello liso, largo, muy negro, como una cascada de tinta.

Las manos. Unas manos como la de los cuadros de Tiziano. Unas manos líquidas, pálidas.

Boca carnosa. Labios. Una mujer toda labios.

¿Y el cuerpo? Un cuerpo en dos momentos. Hombros delicados, senos pequeños, brazos leves, hasta que al llegar a las caderas el cuerpo se exalta y las propias caderas parecen olas y las nalgas se elevan, se yerguen agresivas, felices, y las piernas son un mundo sólido que se extiende, que se alarga.

Una mujer que es fragilidad desde su ombligo hasta su cabello y que es carnosidad tensa desde su ombligo hasta sus pies.

Ella. Beatrice.

 

 

Yo

 

Una voz. Algo así.

La verdad es que no importa demasiado. Sólo una voz que aguardó siempre la invitación de otra, el quiebre, el paso.

El conflicto entre Beatrice y yo

 

Ninguno en especial. El olvido que fuimos. La manera en que cada uno perdió el rastro del otro. Un mes en que no hubo llamadas, otro mes, y otro y otro.

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Medium 9788483935507

Jefa de prensa

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Jefa de prensa

 

Llegué a casa arrastrando los pies por el cansancio. No podía quitarme de la cabeza el rostro de la agregada cultural de Embajada colombiana cuando puse en sus manos el libro de su compatriota. Parecía que le hubiera entregado, con mi mejor sonrisa, la bomba que reventaría su pedazo de país instalado en el quinto piso de aquel edificio. Parecía no saber si tirarlo por la ventana o devolvérmelo.

Todo lo que había ido a buscar era ayuda para conseguir que un escritor colombiano viniera a México y la única forma de obtenerlo era demostrar que la Embajada de su país estaba de acuerdo con que se presentara aquel libro de denuncia. No me importaba si pagaban el salón, los anuncios publicitarios o simplemente algunas botellas de vino, necesitaba que me dejaran poner su sello de participación para conseguir la visa de un autor, cuyo pequeño inconveniente era ser hijo de un reconocido narcotraficante. Casi nada.

Llevé dos libros a la cita, uno para la agregada cultural y otro para el señor embajador, pero ella aseguró que con un ejemplar era suficiente, de hecho dijo que me lo devolvería después de hablar con sus superiores. No insistí en obsequiarle el otro. De lejos se veía lo poco que le interesaba. Entre saludos, comentarios superfluos y llegar al meollo del asunto pensé que pasaría ahí veinticinco minutos y al final fueron seis o siete. Me sentí frustrada.

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Medium 9788483935620

Ultrasonidos

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Ultrasonidos

 

Todos los ciegos habitantes de Krrrrr están dotados con un sistema de resonancia de ultrasonidos similar al de nuestros delfines o nuestros murciélagos, o a los sónares de nuestras embarcaciones, solo que con una potencia tan extraordinaria que su capacidad engloba todo el planeta de forma simultánea y milimétrica. Cada valle, cada edificio, cada lámina de escritura punteada, cada fondo de un cajón.

En Krrrrr nadie se sobresalta por encontrarse con otro al doblar una esquina, todo el mundo sabe dónde están los demás y qué hacen en cada instante.

En Krrrrr no existe el crimen ni el turismo. Sus gentes tampoco comprenden los conceptos de intimidad o de abuso por tocamiento: es como si siempre estuvieran viéndose y palpándose en una continua orgía planetaria.

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Medium 9788483935415

Chollos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Chollos

 

El violador intentó justificarse: «Señor juez, mi problema no nace en la agencia matrimonial de mi propiedad, sino bastante antes, cuando monté una empresa inmobiliaria. Ahí, lo reconozco, adquirí los vicios que me llevaron a esta situación. Resulta que cuando entraba en la agencia algún piso de muy bajo precio, eso que vulgarmente llamamos un chollo, en vez de avisar al propietario, que confiaba en mí, de que el precio que había puesto a su piso era significativamente más bajo que el del mercado, yo mismo me lo quedaba. Luego, antes de escriturarlo ante notario y registrarlo, lo vendía, quedándome con todo el beneficio. En la agencia matrimonial me pareció natural hacer lo mismo y cuando venía a verme alguna mujer, cuyas aspiraciones desentonaban con lo que a mí me parecía que su cuerpo podía ambicionar, ahí intervenía yo…».

 

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Medium 9788483935521

Vitruvio

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Vitruvio

 

 

1. En términos estrictamente científicos

 

a) Sin lugar a discusiones, los dos primeros brazos, los que hacen cuatro, son los más complicados, los más pesarosos de transportar. Su manejo precisa una reeducación de la mente y el acomodo del cuerpo a nuevas costumbres. También la primera operación es más dolorosa que las sucesivas. Cada uno de los remos natales, los de su padre y de su madre, acusa el novedoso implante y lucha por expulsar a los intrusos, aunque el rechazo sea médicamente imposible. Pero luego, al sexto u octavo brazo –las experiencias pueden ser diversas– el organismo toma lo ajeno por propio con tal naturalidad que nos alejamos de esa idea antropológica sobre una evolución milenaria del cuerpo humano desprendiéndose poquito a poco, desde los prehistóricos orígenes, de sus aletas natatorias y encorvados andares hasta conquistar los cánones de belleza fundados por la sabiduría griega, primero, y más recientemente, por multinacionales americanas.

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Medium 9788483935309

Gran Hermano

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Gran Hermano

 

Lord Belmarsh dijo:

–Orwell imaginó ese ojo omnipresente controlador del ciudadano en un régimen nazi o comunista, pero se ha instalado en Londres, donde acaso haya más cámaras que en ninguna otra ciudad del mundo. Lord Dim cuenta también que, tras su visita diaria al Oratory, en Knightsbridge –ya se ha dicho que era católico–, acudía a su despacho en Belgrave Square y todas las mañanas se cruzaba a la misma hora y en el mismo sitio con un hombrecillo que vestía una gabardina tres cuartos. No se miraban pero se veían, puesto que si alguno se retrasaba, un hecho rarísimo, provocaba en el otro una mirada subrepticia al reloj. Un día se toparon en su lugar habitual de cruce con uno de esos andamios que cubre toda la fachada de modo que uno de los dos había de ceder el paso al otro. Quiso la fatalidad que una polea se desprendiera y, cayendo contra la caja de un camión, de rebote vino a dar sobre el hombrecillo. Allí mismo murió.

Lord Dim prestó declaración. Poco podía decir, aparte de lo evidente. La policía en cambio conocía el itinerario de lord Dim y también el del hombrecillo. Pero había una incógnita que las cámaras no revelaban. ¿De dónde venía el hombrecillo? Se le veía salir de Victoria Station para tomar luego Eccleston Street. Lo extraño es que ninguna cámara lo recogiera bajando de los trenes ni moviéndose por el vestíbulo de la estación. Interrogaron al personal del Oratory, a los sacerdotes, los sacristanes y los fieles; nadie lo había visto nunca. Los vídeos lo mostraban entrando en la iglesia pero a la iglesia no entraba. Era como un fantasma que recorriera las calles y se disolviera en el aire.

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Medium 9788483935231

LIMA

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

1. LIMA

 

 

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Medium 9788483935637

FELICIDAD_LSR_D

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Felicidad

 

«Conocí a la mujer de mi vida antes de que nacieras. Tu hermano era pequeño entonces». Eso dijo mi padre. Contuvo sin garbo la tos y engulló la saliva que obstruía su gañote. «Apenas cruzamos palabra el primer día. Pero nos encariñamos luego hasta el punto de enfermarnos si nos alejábamos».

«¿Y qué sucedió?», pregunté con más compasión que interés, acomodándole la cabeza en los almohadones y ayudándolo a enderezarse en el lecho hospitalario. «Tu madre lo notó enseguida y me desanimó. «La gente con hijos no debe divorciarse», me dijo. «Tenía razón. Las felicidades se baten a duelo y una de ellas debe morir. En mi caso, el matrimonio y la paternidad aniquilaron la felicidad que ofrecía la mujer de mi vida: le hice caso a tu madre y nunca volví a verla».

Dijo esto y se abandonó a la inconsciencia. Estaba pálido y mal rasurado. Me aseguré de que el suero fluyera a sus arterias y el oxígeno a sus pulmones y salí de la habitación. No me enamoran los hospitales. Tampoco acostumbro dedicar pensamientos a palabras como felicidad.

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Medium 9788483935453

Como un vago tatuaje

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Como un vago tatuaje

 

Durante años había querido olvidarlos, había intentado deshacerse del recuerdo de esos hombres a quienes había desvelado todos sus secretos y confiado todas sus manías. Sus reuniones clandestinas y sus contraseñas demasiado obvias, su altanería bajo el disfraz o entre la lluvia, la templanza monacal con que esa torpe cofradía maquillaba su afición a la violencia y al ideal que acabaría por perderlos.

La última vez que supo de ellos, Ylia Borcan había jurado no volver a verlos. Creyó exiliarlos de su memoria y se habituó a no temer ni esperar noticias suyas. Desde entonces su vida había adquirido un ritmo algodonado, y su voluntad de olvido le había vuelto indiferente a la arbitrariedad de la dictadura. En el tiempo que llevaba sin saber nada de sus camaradas, Borcan creía haber alcanzado ese punto de la existencia donde no queda nada que esperar ni nada de lo cual arrepentirse. Cada mañana, cuando se dirigía a la Biblioteca Central, caminaba como en sueños e imprecaba a los archivistas que trabajaban a su cargo con un celo que le causaba franca aversión. Pensaba en ellos y el estómago le daba un vuelco. Recitaba de memoria sus nombres, sus espléndidos promedios en el concurso de oposición, y entre tanto se convencía de que todo aquello era sólo un simulacro para ocultar la sumisión de las nuevas generaciones a la dictadura, que era para ellos la única forma admisible de existencia. Con gusto Borcan los habría despedido a todos para quedarse finalmente solo, encerrado en la sección de incunables, manipulando la cámara de nitrógeno como un científico loco en una mala película de mutantes. Con frecuencia imaginaba que aquella hueste de ineptos era arrasada por uno de esos hongos que pululan en el papel y de los cuales ellos mismos hablaban con terror como la única dictadura de la que era prudente protegerse. Borcan creía que sólo un milagro podría librarle del ingrato deber de imaginar tareas que ellos ya habrían cumplido a la perfección: no por nada eran profesionales y vestían como tales, con chaquetones de pana, las manos limpias, el pelo cortado al ras para disimular calvicies parecidas a las del Señor Presidente. Más de uno de sus jóvenes colegas se había hecho operar los ojos en clínicas tan especializadas como ellos, aunque igual usaban gafas diminutas para escudriñar los libros que les devolvían los lectores de aspecto más sospechoso. Lucían corbatines de moño de cuyo anacronismo se envanecían por ser el último grito de la moda, usaban paraguas con emblemas del partido, tomaban un café improbable que llevaban en termos de color eléctrico, y al beberlo en sus descansos miraban con desprecio a Borcan porque era evidente que este llevaba aún puesto el sargazo del whisky, el último o el primero del día, según se viera, porque Ylia Borcan, el viejo y lamentable Borcan, a veces leía hasta tarde en su buhardilla, se quedaba dormido e irremediablemente era el último en llegar al trabajo, desaliñado, rebuscando en su memoria una cita en latín, navegando en una resaca que ni el café de los turcos, bebido aprisa a la vuelta de la esquina, lograba despejarle.

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Medium 9788483935828

Sombra sobre la hierba

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

sombra sobre la hierba

 

 

 

 

 

 

De pronto, el tren

Los versos que subrayan cada sección son de un poema de Antonio Pereira, «El mixto», incluido en su Cancionero de Sagres (1969).

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Medium 9788483935743

Compartir el cielo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Compartir el cielo

 

El señor Julián era un trabajador ejemplar, con más de veinte años de matarife en el matadero municipal de Lot. Un día arrojó el cuchillo al suelo y abandonó su puesto en la línea por la que llegaban colgando cabeza abajo los animales a los que tenía que acuchillar. El médico del seguro no le encontró nada, pero él se negó a volver al trabajo. Le recomendaron visitar a un psiquiatra cuando alguien del vecindario aventuró que estaba de los nervios. El psiquiatra le hizo muchas preguntas hasta encontrar una pista que le llevó al origen de su mal.

Julián tenía pesadillas. Soñaba con el cielo, un cielo lleno de ángeles.

«Eso no es malo –comentó el psiquiatra–, todos queremos ir al cielo.» «Pero es que mis ángeles –replicó Julián– son cerdos. Los mismos centenares de miles de cerdos que he matado durante toda mi vida.» «Bueno y qué», dijo el psiquiatra, a punto de soltar una carcajada. «Pues que me es imposible compartir la eternidad con aquellos a quien yo he quitado la vida» –replicó Julián.

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Medium 9788483935545

Halloween

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Halloween

 

 

En el trastero de casa encontré esta máscara de hombre lobo que tanta sensación ha causado en la fiesta. Fue ponérmela y sentirme con fuerzas de bailar hasta el alba como una criatura endemoniada en noche de brujas.

Las chicas no saben quién soy y me miran con deseo, como si algo indescifrable excitara a las lobas que llevan dentro. Yo gruño y las olisqueo por el cuello y los escotes, y ellas se entregan y se refriegan contra mi cuerpo, sensuales como hembras en celo. Ya he perdido la cuenta de las que me he cepillado en el coche.

Vuelvo a la fiesta y elijo a mi próxima presa: esa rubia disfrazada de Campanilla que ya se me acerca pelliz­cándose los pezones. No he tenido que bailar para traér­mela al coche y apenas ha gritado. No era rubia.

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Medium 9788483935699

Tus ojos que me olvidaron tarde

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Tus ojos que me olvidaron tarde

 

 

 

Y yo seguía con la monumental corbata roja y el nudo y el orgullo navegando a la deriva por mares de llanto mío, una noche de invierno en que debieron cerrar París.

 

Alfredo Bryce Echenique

 

 

 

Nunca te lo dije. Es muy probable que alguna vez lo insinuara, pero no. Nunca te dije que el ojo tiene una memoria que mira más allá de la memoria misma. Cuando ya el olvido es una obviedad, cuando ya es imbatible, el ojo todavía recuerda. Es algo que no se puede controlar. Tiene el ojo unos segundos de confusión, un fogonazo, una chispa, un salto atrás, hasta que el cuerpo reinstala su orden, su indiferencia. Lo digo porque cuando aparecí en el bar me miraste de un modo especial durante dos segundos. No más. Dos segundos. Y era una mirada que yo conocía. Una mirada húmeda, cómplice, como la de hace seis meses, porque fue desde allí donde me miraste, Mara. Una mirada que se borró de inmediato y que se hizo gentil saludo: siéntate con nosotros, qué placer verte, ¿te tomas una cerveza o prefieres vino?

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Medium 9788483935545

La novicia rebelde

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La novicia rebelde

 

 

La madre superiora miraba a la novicia con los ojos inyectados en sangre, porque había sido descubierta tratando de comunicarse con los fieles que rezaban en la capilla del convento.

–Usted ha violado su promesa de clausura, hermana.

–¡Pero si estamos muertas, madre! ¡Dios nos ha olvidado!

–¿Y quién le ha dicho que servimos a Dios, hermana?

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