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Ya no me acaricias

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Ya no me acaricias

 

Bailan mis piernas por la habitación. Tienen tantísimo vello, que empiezo a flotar. Alcanzo el dintel de la puerta y comienzo a impulsarme. Adelante y atrás, adelante y atrás. Mi piel brilla a la luz del vano y yo avanzo, peludísima. Por fin llego hasta la ventana. Me cuelo. Soy un pájaro, y mis pelos, las plumas de unas alas que agito para llegar hasta el banco donde te gusta leer. Soy un pájaro. Y tú, el hombre que ya no acaricia mis piernas por la noche, y que me alimenta, cada tarde, con migas de pan.

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Medium 9788483935279

Alrededor de un epitafio

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Alrededor de un epitafio

 

Mañana es el día del libro. Un periodista ha llamado hoy a primera hora para hacerme dos preguntas: a quién le pediría que me firmara un ejemplar y qué siento cuando un lector se acerca a buscar una dedicatoria. He estado a punto de contestar lo de rigor, con rapidez. Algo me ha detenido (en estos últimos tiempos algo siempre me detiene, como si la pausa se me hubiera instalado en las maneras) y he decidido contarle una historia real. Le he preguntado, ¿cuánto espacio tienes en tu artículo? No mucho, me ha confesado. No importa, ¿tienes cinco minutos? Claro, me ha respondido.

Era la última firma del día. Veintitrés de abril de 2009. De siete a ocho de la tarde. En una librería grande pero lejos del centro. Faltaban apenas dos minutos para que acabara mi jornada. Iba a levantarme, pero pensé, incrédula, vaya a venir a última hora un lector necesitado de una firma y encuentre el puesto vacío. Me quedé y entonces sí, cuando pasaba un minuto de la hora convenida y había apoyado en la mesa las manos para levantarme e irme, vi que se acercaba corriendo un chaval de unos nueve o diez años. Se detuvo frente a mí y me dijo, mi padre sabe que te gusta el Maestrazgo. Pensé que el niño se equivocaba de autor o de lugar, y así se lo hice saber. Contrariado, el chico miró el cartel que había encima de la mesa, confirmó que estaba escrito mi nombre y dijo, no, no, tú eres Andrea y mi padre sabe que muchas veces vas al convento. ¿Yo a un convento? Ahí sí tuve claro que se trataba de una confusión. Se lo dije al niño que, sin inmutarse, negó con la cabeza e insistió. Busqué en la memoria y comprendí: se refería a un hotel. ¿Y qué haces aquí solo? ¿Dónde está tu padre? Me contestó: Mi padre, en la clínica. Pensé, ¿en la clínica? ¿Era otro hotel? El niño no parecía estar preocupado. Insistí: Pero debes de estar con alguien, ¿no? Sí, con mi madre. Que ahora viene. Y justo en ese momento apareció una mujer, algo sofocada, con una bolsa de la librería en la mano. «Mira, que vengo con un encargo», me dijo mientras sacaba del bolsillo delantero de su pantalón beige de pinzas tres hojas cuadriculadas, pequeñas, arrancadas de alguna libreta de espiral. También sacó de la bolsa dos ejemplares de mi libro de relatos Con el agua al cuello y los depositó en la mesa. Verás, mi ex marido está en la clínica, lo han operado de un tumor cerebral –se le rompió la voz– y lo primero que ha hecho al salir del quirófano es pedirme que venga a verte, que compre tu libro, que te diga que él también adora el Maestrazgo, que es amigo de los del Convento, que en la biblioteca del hotel encontró algunos títulos tuyos, que te ha leído y te ha entendido, y que por favor le pongas una dedicatoria muy especial. Él no sabe que no hay esperanza. No hay esperanza, repitió. Parece que no hay esperanza, quiso suavizar lo dicho.

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Medium 9788483935545

Animus, finibus

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Animus, finibus

 

En la biblioteca de Wurzburg monseñor Scheps halló en 1885 los manuscritos de Prisciliano, obispo de Ávila y quemado en la hoguera por hereje. Prisciliano sostenía que Satanás –humillado por Dios– decidió crear una nueva raza a su imagen y semejanza. Un mundo que fuera en sí mismo una blasfemia, un remedo obsceno de la obra divina. Para salvar a esa estirpe maldita Dios envió a su Hijo, quien murió en vano por los pecados de una raza condenada

Prisciliano fue ejecutado en Tréveris en el 385 después de Cristo. Los teólogos que le condenaron enloque­cieron. Mil quinientos años más tarde, monseñor Scheps se suicidó en los jardines de la biblioteca de Wurzburg.

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Medium 9788483935620

Una pareja (dramatización basada en hechos reales)

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Una pareja
(dramatización basada
en hechos reales)

 

El 2 de junio de 1844, hasta los acantilados de la isla de Eldey llegó una pequeña embarcación capitaneada por el viejo y gordo Vilhjalmur Hakonársson. Entre las bandadas de gaviotas de los rompientes habían distinguido una pareja de alcas gigantes, después de años sin haber sido avistadas por ningún marinero. La escasez había hecho que en los países escandinavos se hubiese puesto de moda entre las clases altas exhibir un ejemplar disecado en sus salones, así que cuando regresaran a Reikiavik les sería muy fácil conseguir un buen puñado de coronas por cada una de las aves.

La pareja de alcas imperiales se encontraba en su nido, turnándose para incubar su único huevo, cuando los hombres aparecieron entre las rocas. El viejo Hakonársson asomó su gorda cabeza, aulló de alegría y mató a la primera con un golpe de arpón. Los otros tres pescadores, mientras se burlaban de su torpe forma de caminar, acorralaron a la segunda antes de que pudiera escapar hacia el mar. Allí mismo, junto a los cadáveres de sus progenitores, los marineros se desayunaron el suculento huevo de casi medio kilo de peso. Luego se marcharon, sin ningún atisbo de culpa, cargando sobre sus hombros con los dos últimos grandes pingüinos que fueron vistos jamás con vida sobre la faz de la tierra.

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Medium 9788483935415

El chachachá del tren

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El chachachá del tren

 

Ya de muy pequeño, cuando en clase sentía la amenaza del padre Juan, por no ser capaz de resolver el problema que le había puesto en el encerado, soñaba con un tren que lo recogía y lo sacaba de allí. Fermín no se libraba así del castigo, que las bofetadas eran reales, pero, al convertir el choque de las manos del padre Juan contra su cara o su cabeza en el chachachá del tren, el dolor se amortiguaba.

Ese tren de rescate nunca le falló. En la mili, por ejemplo, se pasó un mes de calabozo sin que echara de menos el aire libre o el hablar con los demás, pues el tren lo llevaba por parajes de ensueño, solo o en compañía, según le viniese en gana.

Y luego, cuando su mujer lo abandonó por el administrador, estuvo cuarenta días seguidos sin bajarse de aquel tren, chachachá, chachachá, hasta el punto de que cuando lo hizo sentía las piernas muy inseguras. Cada vez le gustaba más su tren.

Un día equivocó los pedidos de una docena de clientes con el consiguiente trastorno económico para la empresa en la que prestaba servicios. Su viaje duró entonces más de sesenta días. De hecho ya no quiso bajarse nunca más. Y hasta aceptó gustoso que los maquinistas, el revisor, los jefes de estación hubiesen cambiado su indumentaria habitual por la bata blanca.

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Medium 9788483936016

Lazos

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Lazos

 

 

 

Para Miguel Ángel Muñoz

 

 

 

1. No todo termina con la muerte, siempre queda algo pendiente; para empezar, dejamos el cuerpo.

 

La mujer ya se ha sentado, pero todavía se inclina hacia adelante en cuanto la reclaman, o bien se recuesta un poco si se lo permiten, incluso cierra los ojos un momento, hasta que alguien le pregunta cómo se siente y ella ni sonríe ni deja de hacerlo, ni llora, ni habla; o un poco de todo eso, cada tanto.

El hijo que le queda se mueve entre los corros, reconoce, acoge o saluda o despide o excusa; registra también, quizá, o acaso no se entera bien tampoco de las cortesías de los que han venido; aunque él sí habla algo más alto, contesta interminables preguntas, casi siempre las mismas que, digamos, procuran saber hasta el límite de la discreción; para que quienes las hacen después se retiren y comenten entre ellos, con esa solapa de descubrir al interlocutor cuántos o cómo son los sentimientos.

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Medium 9788483935224

El sacrificio

Mercedes Abad Editorial Páginas de Espuma ePub

El sacrificio

 

 

 

Para David Roas,

por el Cabo Vilán y la Cofradía del pulpo

 

 

 

Hace un tiempo de mierda cuando llego a Camariñas, pero eso es lo que soñaba: un día borrascoso y frío, con una lluvia sin cuerpo y sin peso, sobre todo sin peso, e intempestivas ráfagas de viento que lo alborotan todo. Los días de sol radiante uno tiende a ser más indulgente, más proclive a embelesarse con cualquier tontería: oh, mira qué linda flor, mira qué lindo cielo, mira qué lindo mar liso como un espejo. Pero en un día como hoy uno olvida fácilmente los buenos momentos y los modales y todo ese cuento, y es más fácil dar rienda suelta a la furia destructiva. Además a mí siempre me ha gustado el frío. El calor hincha y dilata el cuerpo de una forma asquerosa, pero cuando hace frío casi puedo sentir como quema calorías mi cuerpo en el combate. El frío me funde las grasas con su gélido abrazo. Si tuviera valor me zambulliría en el mar sólo por el placer de salir con las tetas enhiestas, los músculos bien duros, la sangre encabritada y unos gramos de menos. Pero esto no es el Mediterráneo, ni la ducha de mi casa, ni la piscina del gimnasio, sino el turbulento Cantábrico, y a pesar de todo no tengo ganas de morir estrellada contra los peñascos, aunque los de aquí estén sin duda cubiertos de percebes y, desde luego, si alguna vez me veo en la fatalidad de estrellarme contra algún peñasco, por pura coherencia estética preferiría hacerlo con percebes de por medio, yo que siempre lo he celebrado todo comiendo con fruición esas bestias negras de diabólicas pezuñas y enigmática belleza.

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Medium 9788483935385

La carnicería

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La carnicería

 

Despierta un día más con la misma imagen en la cabeza. La carne colgante, la carne que pende de los ganchos de acero inoxidable. Le tocará volver a colocarla para que tenga el mejor aspecto posible. Antes, cuando la clientela era mucha, la carne era fresca. A veces se da cuenta de que podría decirlo al revés, y se hunde todavía más, porque no vislumbra ninguna solución. Lleva toda la vida en el mismo sitio, despachando el mismo producto, poniendo buena cara a los compradores.

Se incorpora cuando logra abrir los ojos. Le pesan los párpados y, no sabe por qué, le duelen las ojeras. Entonces, con un movimiento lento y torpe, se destapa y lleva los pies hasta el suelo frío, de baldosas cuadradas. Se queda así un buen rato, sentada en la cama, casi a oscuras, con la poca claridad que se cuela por las ranuras de la persiana, que por las noches cierra tanto como puede, no quiere ver, no quiere verse. Le gustaría no estar sola. La compañía de alguien le facilitaría algunas cosas, lo sabe. Desde hace tiempo nadie la toca, nadie le dice palabras en voz baja a la hora de dormirse o de levantarse. Se echa de menos que a una le hablen en susurros.

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Medium 9788483935545

A Mail in the Life

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

A Mail in the Life

 

 

Desde hace unos meses le mando correos electrónicos a mi mujer haciéndole creer que soy otro. Al principio se los tomó a broma, pero poco a poco empezó a entregarse, a fantasear con mis mensajes, a compartir con mi otro yo sus deseos más inconfesables. Le he puesto trampas para saber si sospecha algo y no es así. Ha caído redonda.

No puedo negar que parece más feliz y hasta me hice de rogar cuando me pidió que la sodomizara, tal como se lo había recomendado bajo mi personalidad secreta. Pero hasta aquí hemos llegado porque he decidido escarmentarla.

Voy a suicidarme para que nos pierda a los dos.

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Medium 9788483935378

La katana verdiblanca

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La katana verdiblanca

 

Y es por eso que hoy vengo a verte,

sevillista seré hasta la muerte.

La Giralda presume orgullosa

de ver al Sevilla en el Sánchez Pizjuán.

«El Arrebato», Himno del Centenario

 

I

 

Aquel cable de la Agencia Efe sacudió como un terremoto a todas las redacciones de deportes: «Japonés de noventa y tres años solicita ayuda para viajar a Sevilla y cumplir última voluntad de su maestro: esparcir sus cenizas en el estadio Sánchez Pizjuán».

La peña sevillista de Coria del Río fue la primera en reaccionar, y ante su llamado se movilizaron las peñas de Alanís, Burguillos, Santiponce y Las Pajanosas. Cuando la noticia saltó a las primeras planas de todos los diarios locales, la directiva del Sevilla Fútbol Club emitió un comunicado anunciando que pondría todos los recursos de su sociedad deportiva «a disposición del sevillismo japonés». ¿Quién decía que no había hinchas del Sevilla fuera del área metropolitana sevillana?

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Medium 9788483935170

Nada de todo esto

Samanta Schweblin Editorial Páginas de Espuma ePub

Nada de todo esto

 

–Nos perdimos –dice mi madre.

Frena y se inclina sobre el volante. Sus dedos finos y viejos se agarran al plástico con fuerza. Estamos a más de media hora de casa, en uno de los barrios residenciales que más nos gusta. Hay caserones hermosos y amplios, pero las calles son de tierra y están embarradas porque estuvo lloviendo toda la noche.

–¿Tenías que parar en medio del barro? ¿Cómo vamos a salir ahora de acá?

Abro mi puerta para ver qué tan enterradas están las ruedas. Bastante enterradas, lo suficientemente enterradas. Cierro de un portazo.

–¿Qué es lo que estás haciendo, mamá?

–¿Cómo que qué estoy haciendo? –su estupor parece sincero.

Sé exactamente qué es lo que estamos haciendo, pero acabo de darme cuenta de lo extraño que es. Mi madre no parece entender, pero responde, así que sabe a qué me refiero.

–Miramos casas –dice.

Parpadea un par de veces, tiene demasiado rímel en las pestañas.

–¿Miramos casas?

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Medium 9788483935750

Las puertas de lo posible

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Las puertas de lo posible

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Anudaron sus nervios a una raíz traslúcida, conocida como «la raíz de la suspensión»

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Anudaron sus nervios a una raíz traslúcida, conocida como «la raíz de la suspensión»

 

En otro tiempo, de mi cuerpo se extraía cobre, estaño, clorita, cal. Ahora, para escapar a las laceraciones, voy cruzando de una orilla a otra a lo largo de un río en que no hay remolinos, aunque sí unas balsas que solo abordo en actitud titubeante, dócil, pues se trata de balsas que respiran.

Oíd, yo nunca digo: «las poleas de la voluntad». Yo no hablo a favor de lo que en mí ha desistido.

 

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Medium 9788483935545

Papillas

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Papillas

 

 

Detesto los fantasmas de los niños. Asustados, insomnes, hambrientos. El de casa llora desconsolado y se da de porrazos contra las paredes. De repente me vino a la memoria el canto undécimo de La Odisea y le dejé su platito lleno de sangre. No le gustó nada y por la mañana encontré todo desparramado. Volví a dejarle algo de sangre por la noche, aunque mezclada con leche y unas cucharaditas de miel: le encantó.

Desde entonces le preparo unas papillas riquísimas con sangre, cereales, leche y galletas molidas. Sigue desparramándome las cosas, pero ya no se da porrazos y a veces siento cómo corre curioso detrás de mí. Quizás me haya cogido cariño. Tal vez ya no me tenga miedo.

¡Angelito!, si hubiera comido así desde el principio nunca lo hubiera estrangulado.

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Medium 9788483935156

Un cigarrillo

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Un cigarrillo

 

Vázquez carraspeó, se subió la manga derecha y clavó sus nudillos en la frente de Rojo. La cabeza de Rojo se marchó de allí un momento, pareció tocar el respaldo de la silla y regresó, temblorosa, con una sacudida elástica.

–Tranquilo –advirtió Artigas.

–Es un hijo de la gran puta –replicó Vázquez.

Artigas fijó la mirada en los ojos desorbitados de Vázquez.

–Sí, pero tranquilo –dijo.

Vázquez resopló enérgicamente y se miró los nudillos, que empezaban a arderle. Había olvidado quitarse su anillo de bodas. Vázquez acababa de separarse: había tenido que darle un escarmiento a su mujer y dejarla, por puta. Hizo ademán de golpear otra vez a Rojo, pero Artigas intervino con un suave alzamiento de manos. Vázquez observó los labios entreabiertos, chorreantes de Rojo. Murmuró junto a su oído:

–Hijo de la gran puta. Te voy a sacar todos los dientes uno a uno, basura.

Pese a lo que Artigas empezaba a sospechar, Rojo había escuchado este último comentario y todos los anteriores. Había ido comprobando, a medida que los golpes le desfiguraban el rostro, cómo se le aguzaban los oídos. Mientras el tabique nasal, la garganta, la lengua, los pómulos se revolvían en una masa inconsistente, en la conciencia de Rojo reverberaban con toda nitidez los insultos desgañitados de Vázquez, sus carraspeos, el sonido del fluir de la sangre, el latir de las arterias, el zumbido eléctrico de las lámparas que apuntaban hacia él, las letanías intercaladas de Artigas, sus propios gemidos ahogados, el despertador perpetuo de su casa, que había sonado a las siete en punto de la mañana como cada día y que no le había advertido del peligro. Por detrás de la nube cegadora de las lámparas, oyó la voz de Vázquez diciendo:

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