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La geisha cubista

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La geisha cubista

 

Una vez más, como había ocurrido en anteriores

relaciones, Picasso quería encerrar a su amante,

ocultarla de las miradas, para disfrutarla sólo él.

Paula Izquierdo, Picasso y las mujeres

 

I

 

El Conseller de Cultura llevaba cerca de media hora denunciando la trama de falsificaciones de dibujos de Picasso, cuando un par de cuchillos se clavaron en el respaldo de madera repujada de su silla consistorial, cada uno a tres centímetros de sus orejas. Un guardia de seguridad quiso desenfundar su pistola, pero dos nuevos cuchillos inmovilizaron su brazo contra los gobelinos de la pared. Los periodistas que intentaron reducir al atacante fueron noqueados con facilidad y tres fornidos mossos d’esquadra se abalanzaron sobre el agresor, circunstancia que quiso aprovechar el Conseller para huir hacia la Galería Gótica, pero la lipotimia que le sobrevino cuando un cuchillo le depiló los morros antes de incrustarse en la puerta le impidió escapar como quería. Al verse rodeado por la policía, el sicario se abrió paso blandiendo un palo con el que vapuleó a los agentes, antes de encerrarse en el Salón de las Crónicas, donde desapareció como por arte de magia.

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Dos hombres pasajeros

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Dos hombres pasajeros

 

–Qué calor insoportable –observó el pasajero que viajaba a mi lado. Y enseguida añadió, con demasiada seriedad:– No creo que lleguemos vivos a Granada.

–Pues sí. Hace calor –concedí yo.

–Aquí dentro falta el aire, ¿verdad?

–Puede ser, sí.

–¿Pero usted no se ahoga? –insistió él, y de reojo advertí cómo en su frente relucían pequeñas, densas burbujas de humedad.

–Yo voy bastante bien –dije.

–Mucho calor. Demasiado –siguió él, arremangándose la camisa, primero un puño y después otro, con gran dificultad, aflojándose el cuello, despegando la espalda del asiento, levantando un poco las rodillas, agachándose, mirando hacia delante y hacia atrás–. No creo que lleguemos vivos.

Después, por suerte, nos quedamos callados. Me sentí más tranquilo e incluso más fresco. Entorné los ojos. Traté de disfrutar del viaje. Oía el esforzado crujir del motor del autobús. Oía el arrastrar de las orugas calientes de los neumáticos. Oía el veloz frotar del viento en las ventanillas. Oí:

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Las correcciones

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Las correcciones

 

Cuando termina de responder al camarero y este le dice «bueno, pues tú sabrás lo que haces con tu vida», Ted Parker se vuelve a sumergir en el pozo del café y recuerda que cuando todo el mundo desaparece significa que se ha quedado solo.

Otra vez.

Y no ve nada claro, únicamente unos ojos de color Alemania en primavera que van pasando por el otro lado de la puerta de cristal con el alfabeto invertido. Bajan la calle, están a la altura de aquella sucursal bancaria donde dice Paul Viejo que acribillaron a Geena, y él sale corriendo hasta que su mano planea sobre el hombro de ella, el flequillo recortado como un hombre vuela y se gira.

«Pensé que nunca te iba a volver a ver», exagera Ted Parker, y también, más contenido, «jamás pude olvidar tus ojos que me hacen alcohólico cada noche, ¿dónde has estado?». Pero cuando él añade «no te volveré a perder», la mujer sale corriendo, agota la avenida entera, hasta entrar en el parque.

Está nevando.

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Maestros de la retirada

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Maestros de la retirada

 

–Debe saber, embajador –dijo lord Leatherslade–, que su cualidad de fumador de puros también ha contado como un mérito para entrar en esta Oxymoron Room.

Los demás lores asintieron con un murmullo.

–Estas paredes de cristal representan el aire puro de nuestras colinas que nosotros contradecimos echando humo por nuestras bocas –siguió diciendo–. Sabemos que usted es un gran fumador de puros, como lo fue el gran Winston Churchill ¿Sabe que fue en Cuba, durante la insurrección contra España, donde se aficionó a los vegueros y a la siesta? Estuvo allí de algo más que de corresponsal de guerra. ¿Sabe lo que dijo al regresar?

El embajador negó con un gesto.

–Dijo: «No hago reflexión alguna sobre el valor de los españoles, aunque sí, que están bien versados en el arte de la retirada».

Una leve sonrisa recorrió las caras de los lores. Solo Antonio, el camarero español que les atendía, se mantuvo serio, con sus ojos clavados en los del embajador.

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Backward VI

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Backward VI

 

Entonces, toda la energía se concentró en un solo punto. Y el tiempo, como si de un calcetín se tratara, se puso del revés.

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Retormar el hilo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Retormar el hilo

 

Desde hacía toda una vida y cada tarde, Paquita y Teresina se reunían a devanar las madejas de hilo que, una tras otra, lentamente, se iban vendiendo en la humilde tienda que habían conseguido salvar de la ruina a costa de constancia y de paciencia. «Nos han tocado malos tiempos, Paquita», decía Teresina. «Pues sí, hija, pero hay que sobrevivir», contestaba la otra resignada. Todos los días rellenaban las estanterías con nuevos ovillos de colores. «¡Qué bonitos quedan!», comentaban al verlos colocaditos uno junto al otro. «Como ramos de flores». Las horas transcurrían despacio en la trastienda. Antes, muchos años atrás, cuando aún eran jóvenes, para entretenerse se contaban intimidades, secretos, chistes e incluso se referían alguna anécdota ajena de la que se hubiesen enterado. Pero sin criticar. «Eso nunca». Más tarde empezaron a devanar los recuerdos a la vez que las madejas. Ahora, en cambio, había llegado el silencio. Un silencio oscuro y sólido, que pesaba demasiado y se convertía en una soledad triste e incomprensible. Desde hacía tiempo Paquita y Teresina notaban que sus fuerzas se acababan, que no tenían ganas de nada. Ni los colores más bonitos conseguían animarlas. Se dieron cuenta de que tenían que hacer algo que las salvara. «Si es que así no podemos seguir, que nos va a dar algo», dijo Paquita. Y decidieron contarse cuentos. Cuentos inventados que jamás terminaban en un día, sino que solían durar dos o tres semanas. Se escuchaban atentas, interesadas. Ya tenían un estímulo infalible para seguir adelante con su trabajo. Habían encontrado la manera de irse a dormir, todas las noches, con ganas de retomar el hilo al día siguiente. De ahí.

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Extraños en un tren

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Extraños en un tren

 

De regreso a Cusco en el tren Vistadome. Techo de cristal. Mesita con mantel y servicio de vaso, taza y plato en simpática cerámica imitación artesanía inca, mini-sándwich y botellita de agua (el alcohol se paga aparte). El Back Packer con el que ayer viajé en sentido inverso no tenía tantos extras. Eso explica los 25 de dólares de diferencia, porque el viaje dura lo mismo.

La mesita es compartida por cuatro asientos, lo que implica –aquí surgen mis primeros agobios– tener que socializar. Temores que crecen cuando veo cuáles van a ser mis compañeros durante las siguientes cuatro horas: cinco veinteañeros yanquis (tres machos y dos hembras). Las matemáticas obligan y uno de los chicos se instala en el grupo de cuatro asientos en el que estoy yo. Los dos restantes quedan vacíos (esperemos que sea así durante todo el trayecto).

Mis compañeros parecen gente tranquila. Mi suerte debe estar empezando a cambiar (tras un par de días tocándome las narices). Después de saludarme en un intento de español (yo les respondo, amable, en inglés), los cuatro que se han sentado juntos se enfrascan en una conversación apacible (ni sus risas molestan) y mi compañero se coloca los auriculares de su iPod y se pone a escribir.

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Mirar al agua

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Mirar al agua

 

Pues la tal Graciela se vuelve de golpe y me suelta:

–Si no te gusta, vete, y nos ahorramos los resoplidos.

Para qué iba a contestar. Se veía que la tía estaba muy enfadada, así que mejor dejarlo. Conque se da la vuelta y sigue de charla con sus amigas. Es lo que más me jodió, que siguiera como si tal cosa; y encima Chus me dice que qué pasa conmigo. Pero Ángel también se había burlado, sobre todo al principio, y a él no le había dicho nada. Y esa vez por lo menos sí que tenía razón en reírme, porque había que ver aquel mamarracho de muñeco con forma de bebé de color verde, ¡y con pirulís de colores en los ojos!

La verdad que me sentó mal; le dije a Ramiro que se viniera conmigo a tomar algo, pero él se lo trataba de hacer con una de las chicas y no quiso. Así que como recular ya no podía porque fui tan tonto de decirlo en voz alta, a los veinte minutos me tienes en la barra con un copazo.

Tomando algo es un decir. No me apetecía beber solo, además era temprano. Esa Graciela se había pasado conmigo; que me hacía gracia era verdad, pero yo tenía derecho a expresar mi opinión lo mismo que cualquiera. Y sólo habíamos visto unos cuadros espantosos, cosas raras tiradas por el suelo, maquinitas absurdas y vídeos sin sentido. Que yo no digo que entienda como ella, pero sé reconocer el arte si lo veo; y casi todo lo que exponían allí lo hace hasta un mono si lo dejan. Me eché mi risa, imaginándomelo con sus pinceles, las pinturas, la tela; un letrero de «Artista trabajando», y una panda de pirados mirando y aplaudiendo detrás de los barrotes.

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Dimisión general

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Dimisión general

 

Tras el anuncio de la dimisión de aquel comité, que llegó a los centros de noticias durante la madrugada, hubo como una hora de estupefacto silencio. Pero cuando la noche era todavía espesa sobre el continente, comenzaron a sucederse sin cesar noticias de la misma naturaleza, que provenían de todas las partes del planeta. A esa primera dimisión siguieron la del gobierno francés, la del alemán y la del portugués, con la de la Reina de Inglaterra y su gabinete. El rey Juan Carlos y el gobierno español comunicaron su decisión de retirarse a las tres cuarenta y ocho, y enseguida lo hicieron el presidente de los Estados Unidos y todo su equipo gubernamental. A eso de las cuatro de la mañana no quedaba sin dimitir ningún responsable de los estados europeos, norteamericanos y australianos. Con el alba presentaron su renuncia los altos jerarcas chinos, Fidel Castro y sus colaboradores inmediatos, Gadaffi y los demás gobernantes árabes. El resto de los altos responsables políticos americanos, africanos y asiáticos ya se habían retirado a eso de las nueve. Los mandos militares del mundo también lo habían hecho a esas horas, y un aluvión de renuncias de responsables regionales, locales y municipales, y la de los directivos de los partidos, sindicatos y asociaciones de todo orden, ocupó las primeras horas de la mañana. A la dimisión de todos los líderes políticos y sociales del mundo sucedió la de los altos ejecutivos de las empresas y miembros de todos los consejos de administración. De los últimos en renunciar fue el Papa, con el pleno del colegio cardenalicio, y esas dimisiones provocaron la misma actitud en las demás iglesias del mundo y en sus respec­tivos escalones jerárquicos. Al mediodía de la mañana siguiente, se podía decir que en el mundo no quedaba ni un solo líder en funciones. Sin embargo, los mercados seguían abiertos, en los bancos se percibía la actividad habitual, los centros docentes hacían su vida normal, como los hospitales, los juzgados, las fábricas, las bibliotecas, los talleres, las librerías y las panaderías, y la gente esperaba que el tiempo mejorase y hacía planes para las próximas vacaciones. ¿Cómo se presentaba realmente el inmediato futuro? Al parecer, habían quedado interrumpidos todos los conflictos internacionales, aunque algo seguro se pudo vaticinar: la bolsa iba a sufrir una grave caída.

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Tranvía de medianoche

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Tranvía de medianoche

 

Tú lo sabes como yo. Pasa a medianoche por el centro mismo de tu ciudad a recoger a los nuevos. Siempre hay algunos, los vemos partir agazapados tras la cortina, un hombre trajeado o una mujer con el vestido de novia, pero descalzos, salen del portal. Miran por última vez la luz amarilla de su dormitorio, tristes y lejanos, se desatan del llanto de los que quedan arriba. Hombres y mujeres, a veces qué horror, niños, pequeños y blancos como copos de nieve, solos en medio de la calle oscura como una institutriz inglesa, señalando con su dedo índice el tranvía que se acerca y que se los lleva. Tú y yo sabemos dónde.

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Homicidio en Heathrow

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Homicidio en Heathrow

 

–¡Cuánto misterio emana de los aeropuertos! Yo les cuento otro caso –dijo lord Leighton Buzzard–. Este era también un hombre de empresa, un ejecutivo importante. Tenía un vuelo que no podía perder, como suele ocurrir con los ejecutivos, y buscaba desesperadamente un taxi en la zona de Knightsbridge. Iba a firmar un contrato en Qatar, vital para su futuro. Pero algo pasaba esa mañana con el tráfico. Por fin alcanzó a ver un coche libre y le hizo una señal muy llamativa. Había dejado el maletín en el suelo y agitaba los brazos por encima de su cabeza. Ya lo sé, demasiado nervioso para ser inglés. Una dama, joven todavía, en quien no había reparado, se le adelantó con descaro y se subió al taxi. Oyó que iba también a Heathrow. Le propuso que compartieran el coche, pera ella contestó con un mohín de desagrado. Decidió volver a su casa en Montpelier Walk y tomar su propio coche. Salió hacia Heathrow a toda la pobre velocidad que le permitió el tráfico y estacionó con tan mala suerte que produjo desperfectos en un coche vecino y tuvo que demorarse dejando sus datos en el parabrisas. Muy nervioso, se precipitó hacia la sala de embarque: el vuelo ya estaba cerrado. Con la sensación de haber sido asaltado, se acercó a la barra de la cafetería y pidió un whisky doble. Se lo bebió de un trago y pidió otro. No dejaba de pensar en el contrato perdido. Entonces vio a la mujer que le había quitado el taxi. Estaba sentada a una mesa tomándose muy plácidamente un té. Se acercó y le recriminó su conducta; ella se levantó muy airada «¡está usted bebido! –le acusó– ¿cómo se atreve a hablarme así?». Notó que ni siquiera lo había reconocido y se ofuscó. Agitó el brazo en actitud de rechazo como si quisiera apartar de sí el sonido de aquellas palabras, pero lo hizo con tal fuerza que la mujer se cayó hacia atrás y se desnucó. Salió a la calle entre gritos, los suyos, y los de la gente alrededor. Corrió sin saber a dónde y un autobús de los que unía las terminales lo atropelló. Tras una semana en coma, murió. Nadie logró convencer al marido de ella ni a la esposa de él de que no había habido entre ellos una turbulenta relación amorosa.

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Silvia y yo

Alberto Marcos Editorial Páginas de Espuma ePub

Silvia y yo

 

Me han regalado unas gafas de sol como las que llevan los chicos de mi clase. Son negras, alargadas, afilan la cara y te hacen más agresivo. O más interesante, no sé. El caso es que me da pudor ponérmelas, me siento un criminal, alguien que se esconde. Además, yo siempre he despotricado contra ellas porque nadie las usa para protegerse del sol, sino para ocultar su verdadero yo y transformarse en otra persona. Como cuando intentas desinhibirte bebiendo tres copas seguidas aunque el sabor te repugne.

Estoy vagando por la ciudad. El cielo está tan abierto que la atmósfera me hace daño en los ojos y me parece que los tengo hinchados, como si tuviera gripe. Es un sábado de primavera y la casa estará en silencio durante el fin de semana: mis padres siguen en la finca y mi hermano se ha marchado con unos amigos. He calentado unas sobras que apenas he tocado y he cogido la escúter hasta la parada. Y después de un recorrido en autobús interprovincial de diez minutos, he llegado a la Plaza Castilla. Luego el 27, Castellana abajo hasta Colón, donde la amplitud de espacio me ha relajado. Es la hora de la siesta, así que hay poca gente por la calle, que es lo que yo buscaba. Pero en esta plaza estoy demasiado a la intemperie, ahora me doy cuenta. Era esto o un callejón oscuro e intransitado. Al principio, la estrechez de aceras y portales sórdidos me aterraba y ahora creo que hubiera sido la elección correcta. Claro que todavía puedo buscar uno, a la sombra de los edificios de la gran ciudad, evadido de las miradas de la gente. Y sin embargo aquí estoy, voy a protegerme de una luz que no es dañina, a pavonearme de una seguridad que no tengo como todos los compañeros a los que desprecio.

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Interferencias

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Interferencias

 

 

 

Para Carmen Valcárcel

 

 

 

A mí, lo que me va, es la demonología, le solté a la médium en cuanto me abrió, y ella debía de estar acostumbrada a los exabruptos de sus clientes porque solo extendió la mano y contestó: «Rayja, para servirla». En la puerta decía «Rayja, taumaturga», lo que le daba un aire profesional a la cosa, luego juntó las manos sobre el regazo y me dejó hablar. Sí, continué, lo que me va es la demonología, porque el finado era más malo que Satán, me vació la cuenta del banco y me dejó plantada en Madrid con los tres varones. Con su cara de oriental, la médium me miró impertérrita. Parecía muy experta, y honesta, lo noté en cuanto me contestó que ella no sabía de diablos ni luciferes, como mucho, si no había viento, podía invocar a algún espíritu que venía oliendo a azufre, pero no era tema suyo a dónde se los había llevado la Parca. Dijo «la Parca» como quien dice, «la Petra», o «la Juana», y eso me gustó, por el aire natural que le daba al asunto, una siempre tiene sus prejuicios con estas cosas. Lo curioso de la médium era su aspecto maternal, como si se pasara el día haciendo mermeladas o tejiendo calcetines, la imaginé viviendo en un país con nieve, iba bien con su nombre, Rayja calentita junto al fuego y la imagen bucólica, después de tantos meses en tensión, hizo que me aflojara, así que, como si alguien hubiera abierto un grifo, me largué a llorar, entre hipos le solté lo de mi Vicente. Rayja me tendió un pañuelo de papel que parecía tener preparado en una cestita de ganchillo y esperó con paciencia a que me calmara. Después, me preguntó si había traído alguna prenda del difunto. No, le contesté, el muy cabrito me dejó sin nada. Y ella: ¿cuáles eran sus preferencias? Todavía moqueando empecé a describir su gusto por el tinto de verano y la oreja a la vinagreta, la vuelta ciclista y el Real Madrid, y se ve que con la pena se me había quitado el pudor porque se me ocurrió que podía tener algún interés su gusto morboso por los pechos grandes. Seguro que se fue al Caribe, le dije, sin contener la llorera, ahí todas las mujeres tienen los pezones como chupa-chups. La médium volvió a estudiarme con pena y me hizo sentar, y venga los pañuelitos extendidos mientras escrutaba mi pelo rubio de ratón, mi cuerpo de adolescente vieja. Y luego soltó: ¿está segura de que su marido está muerto?, mire que aquí solo se personifican los difuntos, y yo, venga quien venga, cobro por horas, no vaya a ser que tire el dinero. Seguro, le dije, aunque no sé si vendrá, estamos tan lejos, y el finado desapareció en Madrid, aunque me imagino que con las ánimas el transporte no importa. ¿Y qué hace usted tan lejos de su tierra, en pleno barrio de Belgrano?, se sorprendió, los ojitos como rendijas, mire que esto está, como quien dice, a donde el diablo perdió el poncho. Y yo: es que me da pena que no descanse en su tierra, toda su familia es de Castilla-La Mancha así que, cuando recibí ese certificado de defunción de un pueblito perdido de la Patagonia, decidí tirar la casa por la ventana y venir a buscarlo a la Argentina. ¿Queda muy lejos la Patagonia? En el mismísimo culo del mundo, soltó la médium, luego se tapó la boca, como si se le hubiera escapado. Entonces metí la mano en el bolso y saqué los certificados, los estudió en detalle sacudiendo la cabeza, me hizo pasar a una salita muy coqueta, con sus cortinas floreadas, donde había un aroma intenso a jazmines, y tapó con una manta la jaula del canario. Qué bien que huelen los muertos, le comenté. No siempre, refunfuñó, no siempre, si supiera lo que gasto en ambientador. Pero ahora necesito un poco de silencio. Entonces empezó con su parafernalia. Me tomó las manos por encima de la mesa, que también tenía un tapete de ganchillo, y yo sentí las suyas, muy secas y calientes, como brasas. Cerré también los ojos, volví a imaginarla como en otra dimensión, esta vez en un trineo, sobre la nieve, con una niña a su lado. La niña se llamaba Lyuba, y Rayja la había ido a rescatar, las dos lloraban como si algo muy grave hubiese sucedido, pero en mitad de mis ensoñaciones se rompió el silencio y la médium se puso a rezar en un idioma extraño. Digo yo que rezaba, pero vaya uno a saber, la cosa es que empezó a taconear sobre el parquet como si fuera una flamenca y eso me distraía un poco, luego pareció que entraba en un sueño profundo. Ya estaba anocheciendo, la penumbra hacía que me sintiera en otro planeta y, para colmo, mi silla tenía una pata floja. La médium volvió a hablar y me puse a pensar que, en esa jerga, era difícil que apareciera mi Vicente que, para los idiomas, era un negado. De pronto la médium abrió los ojos como no creí que pudiera hacerlo una asiática y empezó a revolearlos. El canario se puso a cantar en lo oscuro, desde algún lugar venía un aroma como de azúcar quemada. Yo quería recuperar mis manos, pero la médium me tenía atrapada y succionaba mi energía por encima de la mesa, sentía como que toda mi sangre se estaba apelotonando y se iba a volcar sobre el mantel. Una idea estúpida, lo sé, mi marido nada tenía que ver con la sangre, a menos, pensé temblando, que me lo hubieran asesinado. Y entonces la médium gritó que estaba llegando el espíritu de una mujer que venía vestida con un delantal a cuadritos, como para hacer la limpieza. ¿La conoces?, me preguntó. Ni idea, le contesté, y entonces la médium la interpeló con un tono imperativo: ¿Quién eres?, y ella, como si la hubieran pillado distraída: «la dueña de la pensión donde vivía el marido de esa desgraciada». «Desgraciada», dijo, refiriéndose a mí, y me pareció una impertinencia, pero la muerta no era lo que se dice una dama, tenía una vocecita siniestra que te ponía los pelos de punta. Háblale, pregúntale lo que quieras, me ordenó la médium que, de pronto, se había vuelto muy autoritaria. Como no me gusta darme con desconocidos, empecé medio tímida a hacerle preguntas. Primero que cómo estaba, y me soltó «y a vos qué te importa», con lo que me di cuenta de que, española, no era. Luego quise saber cómo era que mi Vicente había llegado hasta la Patagonia, si era más urbano que un chicle pegado en el asfalto. La muerta contestó con su tonito desagradable que ella no se metía con la vida de sus huéspedes. Entonces le pregunté si no me había dejado nada. Sí que dejó, respondió furiosa la muerta, lo que dejó fue la cuenta sin pagar, y a ver quién se hace cargo ahora. Entonces quise saber cómo había muerto, y la dueña de la pensión empezó a gritar que la difunta era ella y que me fuera a la mierda. Noté que a la médium le costaba repetir la palabra «mierda», pero seguía ahí, aferrada a mis manos, con la muerta montada y yo si nada más que preguntar. De pronto, se me ocurrió: ¿y cómo tiene usted los pechos? Y la difunta, con un tonito entre petulante y grosero, contestó: ¡como melones! Justo en ese momento fue cuando vino esa interferencia como de líneas telefónicas que se cruzan y, sobre la voz de la dueña de la pensión, se solapó la de otro difunto que dijo que se llamaba Héctor Lejárrega-já-já, y cada vez que pronunciaba su nombre parecía que la médium se moría de la risa. Tenía tal tufo a naftalina que le tuve que pedir a la mujer que abriera las ventanas. Ni loca, soltó ella, saliendo por un minuto del trance, con una voz de lo más normal, ni mamada, si me entra un hilito de viento se me vuelan las almas, y me dio un ataque de risa porque la imaginé con la aspiradora y todos esos fantasmas afinándose por el tubo pero, por suerte, me controlé, creo que eran los nervios. Entonces la médium me soltó las manos y empezó a retorcerse. «Soy Lejárrega-já-já» gritaba el difunto con una voz cavernosa, «y me han asesinado. Quiero justicia y no la quiero». ¿Y quién te mató? «No fue hombre ni mujer», declamó, haciéndose el interesante. Y ahí mismo, cuando parecía que iba a continuar para darle sentido a la sentencia, se solapó la voz con la dueña de la pensión, que empezó a reclamarme el dinero. No voy a pagar las locuras de ese desgraciado, le solté, y entonces la pata floja de la silla pareció bambolearse. Para qué. La dueña de la pensión, como si interpretara el movimiento de la silla como un intento de huida, gritó que ese hombre no estaba solo, y me debe lo que vale una cama de matrimonio con desayuno inglés. ¿Qué es el desayuno inglés?, dije yo, y ella me contestó, con una voz de lo más profesional: café o té con huevo frito y panceta, salchicha criolla y tostadas, el jugo de naranja es natural. Qué asco, pensé, y luego, en alto, ¿Y para qué mierda quiere el dinero, si está muerta?, grité llorando, loca de celos, mientras perdía, a la vez, el equilibrio y la compostura, a mí el difunto nunca me había llevado ni a la esquina. La muerta pareció pensárselo y se hizo un silencio. Otra vez volvió el olor a mermelada y me dio pánico que se apersonara algún difunto más, porque en estas cosas, como en la cama, más de dos es multitud, pero el aroma parecía venir de la cocina. Entonces reapareció Lejárrega-já-já con su retintín: «no fue hombre ni mujer», y también «quiero y no quiero que se haga justicia. Quiero y no quiero». Qué muerto más indeciso, me dije para mis adentros, lloriqueando todavía porque imaginaba a mi Vicente con el culo en pompa y los morros hundidos entre las tetas de la dueña de la pensión. La médium bizqueaba agotada, tantas almas dando vueltas por ahí por el mismo precio y no estábamos sacando demasiado en limpio. Estoy harta, pensé, harta de los engaños de ese cabrón, aquí no hay más que malas noticias y he hecho un viaje inútil, me voy a donde no oiga más a ese canario de los cojones que canta con la luz apagada. El bicho pareció oírme, y también el muerto, porque escuché un revoloteo de plumas, como si lo estuvieran acogotando. El azúcar mezclándose con la naftalina, las plumas sanguinolentas con el aroma del jazmín, los dos muertos gritando. Y, como si solo eso faltara, la médium se tiró al suelo y empezó a retorcerse, la piel de la cara se le puso tensa y como cerúlea, muy pegada a los huesos y empezó a soltar una especie de dentífrico por la boca, me pareció que iba a quedarse tiesa pero no, como si no hubiera pasado nada, justo cuando dieron las en punto se levantó, fue hacia el espejo y empezó a retocarse el maquillaje. Es la hora, dijo entonces, espero que le haya servido de algo lo que oyó. Cuando le pagué, con una voz de lo más profesional, añadió: muchas gracias. Y luego, con un tono distinto, muy bajito, como entre nosotras; mire, yo tiraría esos papeles, son todos falsos. Si me lo permite, le voy a dar un consejo: no se vaya hasta la Patagonia, ese hombre no vale nada. A menos que le gusten las bellezas naturales, en estos días el glaciar se derrumba y es todo un espectáculo. Y dejó caer en mi mano, que ya se extendía para saludarla, la dirección de un hotel económico y la tarjetita de un guía.

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Del apócrifo Evangelio de San Pedro (IV, 1-3)

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Del apócrifo Evangelio
de San Pedro (IV, 1-3)

 

 

«Salió de Betania el Señor en dirección a Jerusa­lén, víspera de Pascua, mientras una multitud de ju­díos rodeaba la casa de Marta y María por ver a Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Pero Lázaro sufría en silencio y nunca habló de lo que vio durante los cuatro días y cuatro noches que estuvo con Abraham en su seno, aunque sus hermanas sabían que no dormía ni comía. Y estando Judas Iscariote recogiendo la esencia de nardos que quedó después de ungir los pies del Señor, fue llamado por Lázaro, quien le dio treinta monedas de oro. Y entonces Judas partió a Jerusalén».

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Atracción

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Atracción

 

Miró atentamente el pezón. Se preguntó por qué le atraía tanto, por qué precisamente aquella parte del cuerpo, aquella porción diminuta y no otra. Qué tenía aquella areola rosácea, de tono casi caramelo, aquella protuberancia, que le provocaba semejante cadena de reacciones químicas y tan inmensa conmoción. Qué eran al fin y al cabo el sexo, el instinto, la vida, un instante fugaz de placer. Por un momento pensó que podría resistirse, que podría controlar por el resto de sus días aquel impulso irracional, y darle de una vez por todas a su madre la feliz noticia que ella estaba deseando escuchar. Así que tomó aire, desató la enorme hembra, y la dejó correr gruñendo hacia la oscuridad de la porqueriza.

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