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Inspector de mercados

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Inspector de mercados

 

Jorge Luis se vistió con torpeza. Intuyó los anaqueles entre las sombras del dormitorio. Tosió con mesura. Más que dolor de huesos, lo suyo era una suerte de incertidumbre interna, de discontinuidad al moverse. Se prometió no llamar a Madre. Enseguida lo hizo y se arrepintió. Ella acudió como siempre. Desayunaron unas pocas palabras.

Esta vez el camino transcurrió sin fervor. Jorge Luis no solía observar la ciudad: más bien la iba fabulando mientras paseaba. No importaba en absoluto si recorría una calle con apariencia de basural, porque él la traducía y la transformaba en una esquina arrabalera, propicia para la luna de una cuchillada. Avanzaba con una sonrisa amable pero imprecisa; sus pensamientos eran otros. Tendía a agachar por instinto la cabeza cada vez que se cruzaba con alguien, y un segundo después sentía que acababa de perder la oportunidad de descifrar una cara.

Jorge Luis evitaba en lo posible los transportes públicos, que encontraba desasosegantes. La razón no era tanto la multitud de pasajeros como la sensación misma del desplazamiento, que parecía separarse del ritmo íntimo de la ciudad. Avanzar lentamente era mejor. Innumerables caminantes habían sentido lo mismo en otro tiempo, destinado a repetirse de manera periódica.

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El sobrino del Diablo

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

El sobrino del Diablo

 

Para Juan Gómez, que lo vive en sus carnes cada día

Para Cristina Fernández Cubas, desde el ángulo del horror

 

¡Señor Roas! ¡Señor Roas!

La voz de la señora Montserrat me persigue mientras bajo la escalera. Finjo no oírla y acelero el paso, no es este el mejor momento para caer en sus garras y asistir a otra de sus interminables quejas sobre los peligros del barrio o, peor aún, escuchar una de sus muchas historias sobre asuntos esotéricos, a los que es una verdadera adicta. Necesito salir de casa y airear mi bloqueado cerebro después de pasar varios días encerrado luchando con un cuento que se resiste a avanzar. Pero la señora Montserrat sigue gritando mi apellido y, maldiciéndome por no seguir mi primer impulso (bajar los escalones de tres en tres y huir a terreno más seguro), vuelvo sobre mis pasos, mientras apuesto contra mí mismo –sabiendo de antemano que perderé– que hoy sólo me tendrá media hora de pie en el rellano. Aunque puede que simplemente, como ya es habitual, me pida que le suba del súper «las cuatro cosillas de esta lista» (que, evidentemente, nunca son cuatro).

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Medium 9788483935743

Libertad

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Libertad

 

«Usted que, según me consta, es un buen nadador, dejó que su hijo, un niño de doce años, muriera ahogado delante de sus narices –dijo el juez, que añadió–: ¿Cómo puede explicar su conducta?» «Señor Juez –replicó el acusado–, el amor a los hijos no tiene ningún mérito: está inscrito en nosotros por la Naturaleza. Todos los padres del mundo se hubieran lanzado al agua en mis circunstancias para rescatarlo. Yo no.» «Eso ya lo sabemos. Pero ¿por qué?» «Mi libertad está por encima de todo –replicó el acusado que, ante la perplejidad de los presentes, añadió–: Busco liberarme de ese imperativo que ha puesto en nosotros la Naturaleza, igual que el homosexual es más libre al romper el código de la perpetuación de la especie en sus relaciones de amor. ¿Cree ­usted, Señor Juez, que me fue sencillo dominar mis impulsos para no lanzarme al agua y rescatar al niño?».

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Medium 9788483935446

Faltar un pelo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Faltar un pelo

 

«Los reencuentros son siempre delicados», piensa Patxi mientras camina decidido y a la vez temeroso hacia el lugar de la cita, «seguro que ya no tenemos nada que ver. En cuanto acabemos de comer, digo que tengo un compromiso urgente y me voy». Por su lado, Jose tiene pensamientos parecidos, y revisa su figura trajeada en cada escaparate que puede. Mete estómago y endereza espalda. «Han pasado tantos años», se dice, «igual ni nos reconocemos». Casi treinta años y nada más verse, sin embargo, cruzan una mirada cordial y profunda que los une más aun que el abrazo en el que se aprietan instantes después. La amistad es la amistad, se dice cada uno para sí. Y al otro, espejo benévolo de sí mismos, lo observan y le comentan que parece mentira, que es como si no hubiese pasado el tiempo. Se relajan. Y, en efecto, les parece que no ha pasado el tiempo. Caminan justo los metros que los separan del restaurante elegido, el mismo local elegante y lujoso en el que comieron los dos la última vez que se habían visto, justo el día en que Patxi partía para América. Se ríen al recordar que en aquella ocasión se fueron sin pagar, después de pedir y comerse los platos más caros de la carta. «Teníamos buenas piernas», comenta Patxi. «Y mucha cara dura», señala Jose. Y acto seguido añade: «Ahora ya tenemos esa edad en que no se puede huir, ahora lo que toca es quejarse del pelo en la sopa». «Sí», comenta el otro con gesto divertido, «¡pero ya me dirás de dónde sacamos ahora un pelo para tirárselo al plato!». Se observan. Están calvos. Los dos. Por completo. Ríen. Son los mismos de siempre, casi, casi. En fin, porque les falta un pelo, que si no... De ahí.

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Medium 9788483935545

Multiculturalidad

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Multiculturalidad

 

 

Cuando la peruana se fue, nadie me creyó que su diablo se había quedado escondido en el piso. El chullachaqui se comió al hámster, yo lo vi. La nueva chica ecuatoriana me prometió que su demonio se encargaría de limpiar la casa. «Mi tintín lo ha matado al chullachaqui», me despertó una mañana con su risa de loca, y me enseñó una bolsa de plástico que destilaba sangre. Cuando mamá despidió a la ecuatoriana me comenzó a dar miedo el tintín, porque los tintines se roban a las mujeres de las casas (papá no entiende que es otro tintín). Menos mal que el muki de la chacha boliviana se cargó al tintín. Era de noche cuando lo escuchamos chillar como un demonio y nadie pudo volverse a dormir. Papá dijo que había sido un gato, pero yo sé que era el tintín gritando mientras el muki le cortaba el pescuezo. Me da miedo el muki, todo peludo y asqueroso. Mamá ya no quería más sudamericanas y por eso contrató a la rumana. No me hacía gracia cómo miraba a mi papá ni cómo mi papá la miraba a ella. Seguro que lo ha mordido porque todas las noches se acuesta en su ataúd. Ahora papá también es un drácula y no tengo más remedio que curarlo.

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Medium 9788483935736

Satánica

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Satánica

 

Con los años, en mi casa han ido encontrando sitio bastantes símbolos religiosos, los tres Reyes Magos con sus pajes, Siva Nataraja, una Inmaculada de cerámica, un San Pancracio, un Ganessa, una Virxe da Peregrina, un icono rumano del nacimiento de Jesús, un San Miguel clavando su lanza en la boca del dragón, el Ankh egipcio, en fin, muchos de esos talismanes que tienen al parecer la virtud de alejar a las fuerzas del mal. Sin embargo, al entrar hoy en mi cuarto de trabajo me encuentro a Satanás sentado en mi sillón de leer. Lo conozco enseguida porque no tiene aspecto de joven apuesto ni de caballero distinguido, sino que es de color rojo, está desnudo, las piernas peludas rematadas en patas caprinas, tras su espalda asoman dos alas doradas y entre su cabellera negra surgen dos cuernos también dorados. En su rostro rojo brillan los ojos con lo que parece más tristeza o fastidio que radical perversidad. Lleva bigote y perilla, como un mosquetero. Vade retro, exclamo, por si acaso. Hablo español, responde, cortante. Tiene la voz de Marlon Brando en El Padrino. Estás escribiendo del libro de la noche y no he merecido ni una alusión tuya, añade. Yo soy el señor de ese libro, que es mucho más que un libro, es un territorio inmenso, con ciudades y selvas, con puertos de mar y parques temáticos, un territorio de gran iniquidad, de majestuosa injusticia, de crímenes esplendorosos, y tú no has dicho de eso ni una palabra. No sé qué contestar. Menos mal que mi mujer ha asomado por la puerta y Satanás desvía por un momento su atención de mi persona. Mi mujer entra de repente y arroja algo sobre Sata­nás: es su rosario de la primera comunión, y Satanás se convierte en una masa blanca, efervescente, como el agua oxigenada cuando se deposita sobre una herida. Mi mujer, con determinación, mete las manos bajo esa espuma, agarra el cuerpo que cubre, lo aprieta, lo va amasando y reduciendo como si manejase nieve, hasta convertirlo en una bola que cabe en sus manos. Guarda luego la bola en una bolsa de plástico, pinta sobre ella una cruz con el mismo rotulador que utiliza para marcar el contenido de las bolsas de comida y la guarda en el congelador del frigorífico, mientras pensamos en otro sitio mejor, dice. De manera que tengo a Satanás cautivo en el frigorífico de mi casa. Tal vez en el libro de la noche ya no fructifiquen la iniquidad, la injusticia ni el crimen, pero en el libro del día ese cautiverio del Señor del Mal no se ha notado, el mundo sigue dominado por la hipocresía, la guerra, el horror. Y me da miedo imaginar a quién corresponde el señorío del libro del día.

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Medium 3280827329084

Jerónimo G.

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Jerónimo G.

 

 

 

En el arte del siglo xx hay un intento constante de sortear el horror histórico: es difícil plantearse las cosas desde un punto de vista puramente sensible o estético después de ciertos acontecimientos.

Por mi parte no había ningún intento de estetizar las cosas; de hecho, las pinturas muestran una cierta torpeza premeditada.

Frente al horizonte de acontecimientos, el suelo. Generar ese estar en y desde ese sitio: ese mirar primero abajo como punto de partida y abrir un horizonte de huellas que recorrer con pies-ojos.

Jorge Cano Cuenca

 

 

 

Conocí a Jerónimo G. en la prisión de Alcalá-Meco, donde yo trabajaba, en noviembre de 200... Había sido internado allí por agresión a un policía, al que hirió con una navaja. Unas semanas antes, se produjo el desalojo violento de una casa ocupada en la que Jerónimo vivía. En dicha «casa», un bloque de pisos en realidad, una treintena de jóvenes habían establecido algo así como una vida comunitaria y cultural, con actividades dirigidas al barrio y campañas políticas. Durante el asalto de las fuerzas de seguridad, parece que la resistencia de los ocupantes fue sólo pasiva, aunque férrea; y mereció un espacio en los informativos del día siguiente. Jerónimo se comportó como sus compañeros, sin protagonizar ningún acto violento; ello contrasta con que en su ataque al agente no mediara ninguna provocación, fue un acto deliberado y gratuito. Ahora bien, lo más sorprendente es que Jerónimo había cumplido los dieciocho años justamente el día anterior, de manera que, como él sabía, tendría que cargar con las consecuencias de su delito sin el atenuante de la minoría de edad. Aunque él nunca lo reconoció así, creo que realizó su acto sin importarle, incluso queriendo, ser castigado con plena severidad.

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Medium 9788483935606

Terrores nocturnos

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Terrores nocturnos

 

Y la muerte ocupó una noche la cama de al lado, que mamá se empeña en hacer todos los días, estirando bien las sábanas y ahuecando el cojín de ganchillo. Sospechas que desde entonces tu hermano está escondido bajo el colchón, lo imaginas temblando de miedo y frío, rodeado de pelusas y descalzo. Pero no te asomas para comprobarlo.

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Medium 9788483935712

Montaña

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Montaña

 

… llegó un momento en que me movía con mucha más agilidad y desparpajo en aquella especie de ceguera luminosa, que afuera, a la cruda luz de los Gigantes.

Ana María Matute

 

La montaña crece detrás de la casa: hervor vegetal, viento que gira, olor húmedo que vibra bajo el sol de las tardes.

Desde el patio se vislumbra esa curva sinuosa, casi invisible, con la que la montaña comienza a despegarse del suelo hasta que al llegar a una hilera de pinos dispara su forma hacia las nubes.

Frente a la montaña se escucha el mar. Un trazo azul: hilos de sal sobre los labios. Y dentro de la casa, justo en el patio, dos niños impregnados por el olor de los pinos juegan al béisbol. El más grande le explica al otro que el ruido zumbante de las noches no es el viento golpeando la montaña; por el contrario, le dice, se trata de una manada de lobos aguardando el extravío de alguna persona para devorarla en cinco minutos.

Le dice eso. Al fondo se escucha el ladrido impaciente de unos perros.

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Medium 9788483935613

Si sólo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Si sólo

 

Si sólo hubiese en la tierra una mujer para dos hombres, uno ellos se marcharía al amanecer. Sus pies hollarían la hierba y los sembrados, avanzarían dejando atrás el camino, se alejarían sin remedio. Cruzaría las vastas llanuras, penetraría en los bosques, vadearía los ríos, subiría las montañas resguardándose del viento, descendería a un valle quizás un atardecer en que el sol saludase la quietud de los prados. Al final de la jornada, se detendría en un promontorio frente al mar a recibir a la noche.

En otra parte, el otro hombre estaría acariciando el rostro de ella, rozándolo nada más con las yemas de los dedos, con la devoción de su deuda por ser tan dichoso. La mujer permanecería inmóvil, en obstinada mudez, peinado el cabello, los pies fríos. Los ojos entreabiertos la arrojarían a la distancia como si en la lejanía viniera a perfilarse una sombra.

Él continuaría con el fervor de su caricia, hasta que la inercia detuviese sus dedos y no pudiera dejar de preguntarle:

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Luis XIV

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Luis xiv

 

YO.

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Nueva tierra

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Nueva tierra

 

Cielos grises encapotados por nubes de humo espeso y maloliente. Altas montañas de basuras de distinta procedencia. Largas carreteras deterioradas que acaban antes de llegar a parte alguna. Peregrinos que las recorren sin meta ni destino. Peregrinos que las recorren descalzos, ciegos, mutilados, hambrientos. Peregrinos que observan incrédulos el paso de coches veloces y relucientes. Buitres cercanos, enormes y tridimensionales, auténticos y temibles. Ni una sola flor, ni un solo árbol, ni una sola planta. Ni un solo mamífero aparte de los peregrinos y las ratas, más grandes aún que los buitres, tridimensionales, auténticas y temibles. Insectos sí, por todas partes. Y palomas y gaviotas desorientadas por la desaparición del mar. Un calor sofocante seguido de un frío insoportable. Ya ningún mapa describe la realidad. Perderse es fácil, pero da lo mismo. Espejismos virtuales a lo lejos, a lo lejos siempre. Y también edificios altos, solos, sucios, silenciosos y oscuros, vacíos. Edificios de otro tiempo. Ningún peregrino es sedentario. Ninguno tiene casa. Que se sepa, ninguno la quiere: quedarse quieto aterroriza. La única sensación de estar vivo se obtiene en movimiento. Los quietos son muertos. Los que andan son los vivos. Por lo demás, ni unos ni otros hablan. El lenguaje quedó atrás. Solo se oye de fondo un ruido sordo y persistente, desde hace tanto tiempo, que ningún peregrino sabría mencionar una época anterior a él.

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Día de San Valentín

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Día de San Valentín

 

 

Como en el fondo soy un romántico, no me importó que el pobre novio pasara toda la noche en la morgue con el cadáver de su chica. Al día siguiente lo encontramos en la camilla, desangrado y desnudo, muerto de amor. La novia todavía no aparece.

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Un círculo para Ainhoa

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Un círculo para Ainhoa

 

En el principio fue el círculo. Del círculo venimos. Al círculo volveremos.

Y en el principio fue Ainhoa.

Ainhoa y el aviso del tiempo que acabo de escuchar anunciando terribles lluvias y tormentas para esta noche. Así suceden los aviones que deberían volar a Wellington y una biblioteca llena de hongos y una infinita tarde, pero principalmente sucede Ainhoa. Porque a las personas nos suceden nombres; nombres que leemos, nombres que dejamos de leer. Una historia antigua, repetida, solo que en esta también suceden círculos, y ya lo dije: en el principio fue el círculo, del círculo venimos, al círculo volveremos.

 

El paseo será largo. Largo y quizás inolvidable porque al verme la gente suelta la carcajada. Varios me señalan; un par de niños me lanzan una piedra y una anciana parece ahogarse con sus risas cuando paso a su lado. Incluso un hombre se detiene y hace una fotografía. Camino con torpeza; no soporto el dolor de los talones. La ropa se me pega al cuerpo. Respiro acezante y voy caminando por el Bulevar Uslar Pietri hacia la calle Sucre.

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Medium 9788483935033

Mientras dicen adiós

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Mientras dicen adiós

 

Imaginen la estepa. ¿Qué estepa? Igual me da: una estepa cualquiera. Tierra y más tierra por todas partes. Imaginen eso. Con una carretera atravesándola, sí. Y allí, en la cuneta de la carretera (bajo un cielo dorado y bo­rras­coso, como de Antiguo Testamento), un ca­mión aparcado. ¿Qué tipo de camión exactamente? Un camión cochambroso, está clarísimo. La clase de vehículo anacrónico que parece escapado del desguace: ese camión vetusto (con una lona parcheada) del que uno entiende sin dificultad que el conductor lo llame por su nombre y le dé palmaditas en el morro, porque el hecho de ir cumpliendo años lo ha vuelto casi una persona, por un lado, y por otro, porque es sabido que los camioneros pasan tal cantidad de tiempo solos, que terminan poniendo ese cariño huérfano en cualquier cosa que les caiga a mano.

Imaginen la estepa, pues.

Y en la estepa, un camión.

Y en la cabina del camión, un camionero: un hombre calvo y poquita cosa, que no hace aún medio minuto acaba de salir de una siesta a deshora (bosteza, rezonga, se frota muy fuerte los párpados con los pulpejos de las manos); y que ahora mismo, apenas se incorpora en el asiento y mira vagamente hacia el campo vacío, ha divisado (por entre el polvo añejo del parabrisas) el movimiento de una figura humana que se acerca hacia él.

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