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Desalmados

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Desalmados

 

–A veces me da por pensar que yo mismo, en vez de lord, podría haber sido atracador de bancos –comentó lord Belmarsh–. ¿Nunca se han preguntado ustedes cuántas almas caben en un mismo cuerpo? Stevenson lo contó magistralmente en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Pero yo todavía me pregunto: ¿dos es el límite?, ¿no caben más de dos almas en un cuerpo? Hay estudios que han llegado a precisar el peso del alma, veintiún gramos, la diferencia en báscula entre un cuerpo vivo y un cuerpo muerto. Eso dicen algunos. Pero si hay personas que tienen dos o más almas, por idéntica razón tendría que haber personas que carecieran de ella o que la tuvieran tan menguada que la mayor parte de su cuerpo estaría ocupado por otra. Basta ir a un estadio de fútbol abarrotado para comprobarlo. Ese fue el caso de la Alemania nazi, señores, en la que el alma de Hitler se posesionó de millones de cuerpos alemanes. Es algo distinto de lo que usted nos ha contado, embajador.

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Medium 9788483935446

En pleno vuelo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

En pleno vuelo

 

El abuelo relata a los nietecitos, que han ido a pasar el fin de semana a su casa, la verdadera historia de cómo de pequeño aprendió a volar. Expone ante las miradas atónitas de los niños todos y cada uno de los pasos que hubo de seguir para, al fin, asomarse a la ventana del quinto piso en el que vivía, subirse sin temor alguno en el alféizar y, tras inspirar con alegría todo el aire que pudo de una sola vez, lanzarse a la aventura más apasionante de las que en el mundo han sido y pueden ser. Como era de esperar, los nietecitos le pidieron entre súplicas, gritos y risas que les enseñara a ellos, de modo que el abuelo los sentó frente a la pantalla del ordenador, abrió el programa en donde tenía todas las ilustraciones referidas al mundo de la aeronáutica y, con paciencia pero sin pausa, explicó a los chavales las leyes y las reglas de la más difiícil de las artes. Acabada la lección y casi sin dejar tiempo para un respiro, los niños pidieron al abuelo que les permitiera llevar a la práctica lo que tan bien sonaba en la pantalla. El abuelo, conmovido por el recuerdo de sus años de infancia, tan distinta en tantos sentidos pero tan calcada en otros, sonrió y accedió al ruego de los muchachos. «Pero antes, a merendar. Pan con chocolate. Hay que tener energías para semejante empresa». Abuelo y niños comieron entusiasmados su merienda y, acto seguido, se dirigieron en fila india a la ventana. La abrieron y, uno tras otro –detrás del abuelo, que fue el primero–, se subieron al alféizar, tomaron todo el aire que pudieron de una sola vez y se tiraron al vacío sin titubeos y con los brazos abiertos. Al cabo de unos minutos estaban todos en pleno vuelo.

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Indulto

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Indulto

 

Papi y mami han venido de la calle con la abuelita nueva que les pedí. Están muy contentos, y cada vez que hablan se escapa de sus bocas una nube de vapor helado. Te gusta, cariño, dice papi, no las había con el pelo más blanco, y eso que recorrimos la calle del albergue de arriba abajo. Yo me pongo a dar brincos en el salón. Mi nueva abuela lleva un lazo rojo muy bonito en el cuello, pero no habla, sólo abre mucho los ojos y me aprieta la mano con sus dedos flacos, mientras yo le enseño el piano de cola y el árbol, tan grande que las puntas de la estrella rozan el techo. Le arreglo el lazo del cuello, que se le espachurra todo el tiempo, y le doy muchos besos para que vea lo cariñosa que soy, aunque la pobre huele un poco como los paraguas cerrados. Arrastro a mi abu a mi habitación, le explico la esquina de la cama donde debe sentarse por las noches a leerme un cuento. Pero como sigue sin hablarme empiezo a pensar que igual es un poco tonta, me aburro y la llevo al balcón. La dejo encerrada un rato para que se airee. Al pasar, veo que papi está en el aseo, llenando la bañera de agua muy caliente y que en la cocina mami afila el cuchillo de trinchar el pavo.

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Medium 9788483935248

Dios nos libre

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

El origen de este cuento está en la cecina, el fiambre leonés de origen prerromano –¡nada menos!– que tanto me ha gustado desde la niñez –un sabor de la infancia, pues– y con ella, la rememoración de algún episodio poco glorioso de mi vida.

Brumosamente se mezclaron en mis recuerdos la adolescencia, los años universitarios, el tiempo del servicio militar…y, en fin, la convivencia con alguno de esos compañeros que, por razones físicas o psicológicas, son contemplados por los demás con cierta burla o conmiseración, lo que los obliga a actuar en un campo secundario y hasta servil…

 

 

 

 

Dios nos libre

 

Con el tiempo, mucho ejercicio y dietas de hambre, he conseguido tener este aspecto: aunque corpulento, no adiposo; pero en aquellos años era un muchacho muy gordo. Había sido un niño grueso y la adolescencia no me había hecho adelgazar, entre otras cosas porque, capaz de comer sin cesar, aborrecía cualquier clase de esfuerzo físico.

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Medium 9788483935972

Él escribe su nombre

Alberto Chimal Editorial Páginas de Espuma ePub

Él escribe su nombre

 

Esa noche ya sabía lo que deseaba: que Marga fuera mi novia en serio. Pero de todos modos fui al hotel con Silvia.

Pensaba (lo recuerdo bien) que no podía cortar con Silvia así como así. Que habíamos sido pareja durante años y, aunque ya no la quería, había que pagar esa última deuda: darle un último rato de estar conmigo, de sexo y de ternura. Ya no pienso así. He cambiado.

–Vamos para allá –le dije, tras salir del Metro. Yo era el encargado de seleccionar los hoteles y había elegido uno que no habíamos visitado: era relativamente nuevo y un poco mejor que otros que conocíamos. Estaba bien puntuado en un blog sobre hoteles de paso de la ciudad, que visitaba siempre que me hacía falta. Recuerdo haber pensado esto: que con esa comodidad un poco arriba del promedio, el recuerdo de nuestro rompimiento sería un poco menos amargo.

Fuimos más allá de los puestos de comida y películas piratas que rodeaban la estación y, en vez de ir directo al hotel, dimos el rodeo obligado: nos internamos por una calle oscura, de casas de un solo piso y comercios pequeños: una tienda de pinturas, una peluquería, una funeraria.

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Medium 9788483935446

Amor de juzgado

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Amor de juzgado

 

Rainer era un hombre de costumbres arraigadas e inamovibles. Todas las mañanas se duchaba durante un número equis de minutos con agua fría y el mismo número equis de minutos con agua caliente, desayunaba en la misma cafetería, leía el mismo diario –solo a determinados columnistas–, iba al baño a la misma hora y terminaba la misma cantidad de trabajo en la empresa de seguros para la que trabajaba desde hacía veinte años. Todos los días lo mismo sin variación posible, excepto los sábados y domingos, que estaban sujetos también a un estricto y reiterativo calendario, pero principalmente relacionado con sus deberes como devoto hijo de sus padres.

Tal vez por todo ello no es de extrañar que un día cualquiera y sin venir aparentemente a cuento, probablemente hastiado de sí mismo y de su proverbial aburrimiento, Rainer decidiera prenderle fuego a su casa para, de un modo drástico, cambiar de una vez por todas unas cuantas cosas en su vida –confiando, quizás, en que lo que hay que cambiar para ser feliz está fuera de uno, y no dentro–.

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Medium 9788483935699

El ojo insomne de las peceras

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

El ojo insomne de las peceras

 

Todavía me ponen triste las peceras ¿sabes? Una tristeza como de luz blanca, como de agua detenida, fosforescente, como de burbujas y vidrio. Y yo mirando y mirando, porque la pecera iba creciendo en mis ojos, la pecera cada vez era más grande, cada vez era más burbujas.

Y a veces sueño con un ojo que me observa.

De allí me ha quedado esa necesidad de no mirar. De llegar a las casas y voltear el rostro cuando tropiezo con uno de esos rectángulos de vidrio. Fijarse entonces en las paredes, detallar uno de esos cuadros ingenuos con flores, casas en medio de la montaña, bodegones. Porque todavía me ponen triste las peceras. Aquella pecera. Una pecera en la casa de los vecinos. Una pecera que se iba expandiendo en las pupilas a medida que transcurrían las horas y el reloj repetía sus campanadas. El ruido de la pecera. La bom­bona de oxígeno lanzando pequeños murmullos, llenando de planetas la superficie del agua. Y otra vez el reloj. ¿Las ocho ya? Entonces sonaba en el portal un silbido y los niños de la casa corrían a abrir. La pecera como el ojo inmenso de un gigante. Tú, confuso, pensando en ese ojo, porque Isabel, la mamá de los niños, llegaba hasta la sala ¿este se vuelve a quedar aquí? y luego desaparecía en el cuarto dejando un rastro de perfume, falsas perlas, pendientes de oro.

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Medium 9788483935736

Cuento de invierno

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Cuento de invierno

 

Había un hombre que vivía junto a un cementerio. Colinas cubiertas de cruces, lápidas y panteones, un horizonte formado por las altas construcciones de otro barrio de la ciudad, era el panorama que podía contemplar cada día desde sus ventanas. Muchos años de trabajo oscuro y rutinario, de vida estrecha y fatigosa, desembocaron al fin en la jubilación y desde entonces se pasaba casi todo el día en casa, observando el cementerio. Descubrió que había gente caminando por allí y empezó también él a pasear por aquellas calles estrechas que flanqueaban las tumbas y los monumentos funerarios. Leía los nombres de los difuntos y, con el paso del tiempo, empezó a verlos sentados sobre sus losas, o apoyados en las esculturas, o paseando también lentamente a la sombra escasa de los cipreses, descarnados, desgreñados, algunos con costras de sangre seca en la cabeza, en las ropas ajadas. También descubrió que los días allí eran diferentes: a veces se sucedían varios lunes, o aquella semana no había miércoles, ni sábado. A veces el mismo mes se alargaba tanto, cuarenta, cincuenta días, que los lunes se empezaban a llamar luernes, o los jueves juertes, o los sábados samingos. Mas todo era tranquilidad, quietud, no se escuchaba una voz más alta que otra, ni ruidos de motores, allí no hacía frío, ni daban ganas de comer, ni de dormir. Por eso no se inmutó cuando, después de que pasaron varios años, supo un día que tenía que quedarse allí, que ya no podía regresar a su casa.

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El Pastor de almas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Pastor de almas

 

–El ser humano es insaciable –dijo lord Cheddington–. ¿Recuerdan la desaparición de aquellas siete mujeres en el área de Guildford, en Surrey? La primera en desaparecer fue una maestra de la localidad, autora de cuentos infantiles. La segunda, una chica del coro de la catedral, su voz más armoniosa. Todas eran adorables, guapas, alegres, espíritus refinados y sensibles. En dos o tres años, fueron asesinadas una detrás de otra; sus cadáveres aparecieron en los lugares más dispares: un arroyo, un silo, una fábrica abandonada… Habían muerto de un golpe en la cabeza, un golpe certero y único, dado de arriba abajo con un objeto de metal. Ninguna había sido asaltada sexualmente, ni siquiera sus ropas habían sido removidas, al contrario, se apreciaba incluso algo de recato en la forma en la que el asesino había dejado sus vestidos al abandonarlas. El superintendente Gull de Scotland Yard empezó a sospechar del pastor de la localidad, el reverendo Crook, un hombre muy querido, gran conversador, de una gran facundia en realidad, obsesionado por la buena cocina, afición que había adquirido en Francia. El superintendente reconoció luego lo muy útil que le había sido en la investigación su experiencia infantil en Gales en casa de un tío materno que regentaba la hacienda del gran señor del condado. Los días en que el conde venía acompañado de numerosas visitas se sacrificaban los mejores corderos, entre ellos los favoritos del niño, aquellos con los que jugaba y a los que amaba. A todos vio morir durante los veranos que pasó allí. Y no era raro que fuera el propio conde o alguno de sus acompañantes quienes los eligieran. Así, pasaban de la vida a la muerte, mientras el niño lloraba en su cuarto. ¿Y qué tiene que ver esto con los asesinatos del reverendo? El superintendente vislumbró una luz difusa que no era capaz de identificar, pero que relacionaba con su experiencia de Gales. Y semana tras semana hacía hablar al reverendo mientras tomaban el té. El reverendo era un hombre de convicciones tan grandes como montañas; solo había que esperar al pie de ellas para recoger sus palabras en alud. Hablaban de cocina, de delicatessen, de las glándulas gustativas, de las glorias del paladar. Y no fue una confesión arrancada, sino una confidencia, el secreto que se entrega con delectación a un correligionario. El reverendo creía que el ser humano se mostraba incapaz de satisfacer a su Creador porque no lo entendía. «Dios, de quien estamos hechos a imagen y semejanza, como Supremo Ente Espiritual, ha de alimentarse de espíritus –razonaba– lo mismo que nosotros nos alimentamos de carne. Pero qué espíritus son esos, si mujeres tan delicadas y sublimes como aquellas jóvenes solo pueden llegarle, salvo accidente, ya ajadas por los años o estropeadas por la enfermedad. Mejor ofrecérselas ahora en la flor de su vida, con sus espíritus tan firmes y bellos como sus cuerpos».

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Medium 9788483935033

Mientras dicen adiós

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Mientras dicen adiós

 

Imaginen la estepa. ¿Qué estepa? Igual me da: una estepa cualquiera. Tierra y más tierra por todas partes. Imaginen eso. Con una carretera atravesándola, sí. Y allí, en la cuneta de la carretera (bajo un cielo dorado y bo­rras­coso, como de Antiguo Testamento), un ca­mión aparcado. ¿Qué tipo de camión exactamente? Un camión cochambroso, está clarísimo. La clase de vehículo anacrónico que parece escapado del desguace: ese camión vetusto (con una lona parcheada) del que uno entiende sin dificultad que el conductor lo llame por su nombre y le dé palmaditas en el morro, porque el hecho de ir cumpliendo años lo ha vuelto casi una persona, por un lado, y por otro, porque es sabido que los camioneros pasan tal cantidad de tiempo solos, que terminan poniendo ese cariño huérfano en cualquier cosa que les caiga a mano.

Imaginen la estepa, pues.

Y en la estepa, un camión.

Y en la cabina del camión, un camionero: un hombre calvo y poquita cosa, que no hace aún medio minuto acaba de salir de una siesta a deshora (bosteza, rezonga, se frota muy fuerte los párpados con los pulpejos de las manos); y que ahora mismo, apenas se incorpora en el asiento y mira vagamente hacia el campo vacío, ha divisado (por entre el polvo añejo del parabrisas) el movimiento de una figura humana que se acerca hacia él.

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Medium 9788483935705

Fantasías textuales

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Fantasías textuales

 

 

 

 

La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Lo es cada vez que no es rudimentaria, que no es simplemente animal.

Georges Bataille

 

 

 

Tal como se lo había pedido, él no dejaba de repetir que nunca la olvidaría y que siempre se acordaría ­­de ella. Y cada «nunca» y cada «siempre» atenuaban ­de verdad el dolor de su descubrimiento, cuando encontró las fotos de Ricardo con esa otra mujer. Qué fácil era deslumbrar a un hombre que nunca nos ve cocinando, sacudiendo y planchando, pensaba mientras le clavaba las uñas y Enrique se corría de nuevo, sollozando agradecido y jurándole que nunca la olvidaría y que siempre se acordaría de ella.

 

* * *

 

En las películas basta una mirada o una tenue insinuación, para que dos desconocidos terminen haciendo el amor en un elevador o en cualquier pensión de mala muerte. Por eso elegí una mesa de esta cafetería de señoras cursis, para mirar con lánguida insistencia a las desconocidas que más me gustan. Al principio no me hacían caso y más de una se marchó ofendida, pero después de tantos años de venir todas las tardes, ahora son ellas las que me devoran con los ojos. Especialmente desde que corrió el rumor de que sólo soy un casto anciano que enloqueció de amor, cuando su novia murió atropellada ­antes de entrar a la cafetería. No sé cómo empezó todo, pero he terminado convertido en una leyenda urbana y sentimental. Mejor, porque en realidad me excita que me rebañen con la mirada, que fantaseen con mi vida y que me regalen sus poemas guarros. De joven me hubiera encantado acostarme con cualquiera de esas desconocidas, y ya de viejo me basta con saber que podría tirármelas a todas.

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La barca de Caronte

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La barca de Caronte

 

Iba en autocar hacia el avión. Le pareció notar­aprensión en los pasajeros que le rodeaban. Subió la ­escalerilla hasta la puerta delantera y miró al interior de la cabina. Había dos hombres en mangas de camisa. Notó que habían discutido y advirtió la gravedad de sus semblantes. Inventó una excusa y se bajó del avión.

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Ya no me acaricias

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Ya no me acaricias

 

Bailan mis piernas por la habitación. Tienen tantísimo vello, que empiezo a flotar. Alcanzo el dintel de la puerta y comienzo a impulsarme. Adelante y atrás, adelante y atrás. Mi piel brilla a la luz del vano y yo avanzo, peludísima. Por fin llego hasta la ventana. Me cuelo. Soy un pájaro, y mis pelos, las plumas de unas alas que agito para llegar hasta el banco donde te gusta leer. Soy un pájaro. Y tú, el hombre que ya no acaricia mis piernas por la noche, y que me alimenta, cada tarde, con migas de pan.

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Una ventana en Via Speranzella

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Una ventana en Via Speranzella

 

 

 

Las acciones vitales son, en realidad, formas expresas y expresivas de lo que puede llegar a ser entendido como arte. [...] No es preciso transferir a un objeto extraño y exterior a la propia persona

las vivencias sensibles o emocionales, porque el arte también puede ser objetivado a través de acciones y movimientos del propio cuerpo, y quien los observa puede captarlos como presencias representativas similares a las que provocan o se experimentan delante de las llamadas obras de arte.

 

Arnau Puig sobre Esther Ferrer

 

 

 

La obra visible que ha dejado esta artista es de fácil y breve enumeración: apenas unos cuadernos escolares que fue escribiendo de modo desigual hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido a sus setenta y tres años, y en los que no se encuentra otra cosa que recuerdos vagos de personas, pisos, calles, paisajes que frecuentó, pero apenas nada que sirva para interpretar, mucho menos explicar, el sentido último –si es que cabe esto– de sus acciones; doce pequeños objetos de terracota que algún especialista, es un decir, ha denominado con el sencillo nombre de «esferas» y «polimorfismos», y algunos correos electrónicos –son escasas las cartas, aunque muchas se han perdido– que unos pocos amigos han conservado y custodian celosamente. Exigua herencia, se concluye, para los estudiosos y curiosos que tratan de satisfacer con ella la sensible pérdida de lo que en realidad importa y no podrá recuperarse nunca.

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Tarta

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Tarta

 

Cada día es mi cumpleaños. Otra vez condenada a encerrarme en la cocina con la receta de la tarta Muerte por azúcar que celebra, de nuevo, mi llegada al mundo. Confieso que las primeras diez que sucedió, tuvo su gracia. Ahora, sin embargo, temo que nunca lograré escapar, salir de aquí por una discreta puerta trasera.

Me gustaban tanto como a ti. Las llamadas tempranas, los cariñosos tirones de orejas, el regalo tan envuelto en papel de regalo que era la misma piel del regalo y daba pena arañarla. Ya no. Ensayo la sonrisa cariada de muñeco con que doy acuse de recibo de cada presente, en la larga tarde de visitas que arrastran los pies. Me escapo al baño en cuanto puedo, para ver la arruguita recién nacida que asoma en el espejo, un obsequio más de la vida que no se te permite rechazar. Y luego vuelta a la sala, a la odiosa metáfora de la tía Laly, esa de la escalera que vas subiendo obediente, como si te lo hubiera recetado el médico. Y unas manos sin cuerpo me servirán otro pedazo de una tarta rueda de velocípedo, toda chocolate y leche condensada y años en forma de vela que odias porque huelen a eso, a tiempo, a cera consumida, a fueguecito endeble que se apaga, por fin, y, de pronto, sin más ni más, vuelve a avivarse.

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