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Argos

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Argos

 

El hombre que avanza oculto por andrajos que son en realidad restos de memoria que lo ocultan del doloroso presente encuentra al perro, y el perro entreabre los ojos y lo mira, cansado, apenas alcanza a olfatearlo y mover la cola de alegría, y encuentra su pasado sentado al telar, pero también recuerda cómo el espacio lo enmarcan blancas, líquidas, gaseosas crestas, y vuelve a mirar al perro que otra vez dormita, camino de la muerte, y se recuerda en el espejo del mar mientras navegaba los años, y se contempla en él, los brazos fuertes cubiertos de sal seca, la inestabilidad de las corrientes tatuada en las plantas de sus pies, y se gira, entonces se gira y sale del lugar, y olvida al perro que muere o está muriendo o ha muerto, y olvida a la mujer que teje, y se olvida a sí mismo, se intenta olvidar a sí mismo al menos, y regresa a su barco que se mece en el puerto con la bodega anegada de soledad, y parte de nuevo en cuanto el viento hace vivir las velas, y con el sol a la espalda un griego llora sentado en una colina desde la que contempla rodar la tierra en dirección al mar y ve empequeñecerse los mástiles, llora por un perro muerto, por una mujer sola, por un hombre solo, y llora por una historia que nunca concluirá, y que no cantará nunca.

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Medium 9788483935507

Niñera sagrada

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Niñera sagrada

 

Kunjo Rai se reunió junto con sus compañeros, frente al Palacio Real. Estaba por cumplir treinta años al servicio de la corona inglesa y a sus cuarenta y seis años su situación sería la de un jubilado. Lo trágico no era eso, sino que para entonces tendría que haber arreglado su vida para volver a Nepal, aunque no hubiera nada allá para él. Sus padres habían muerto, sus hermanos estaban en otros países; uno, igual que él, en Londres. Ningún argumento valía para que le permitieran quedarse. Ahora esa medalla que frotaba con los dedos índice y pulgar, como si quisiera que algo de ella se impregnara en sus yemas, valía mucho menos que nada. Se la había entregado la reina de Inglaterra igual que a otros de sus compañeros, dispuestos a entregar todas las preseas ganadas en el frente de batalla, en Hong Kong, en Kosovo, en las Malvinas. Antes muertos que cobardes. No valían nada, querían devolverlas a la corona, al gobierno, a quien fuera responsable del mandato que era prácticamente su deportación.

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Medium 9788483935743

Lengua

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Lengua

 

Yo me negaba a ir, porque, aunque mi indolencia no me permite ser vegetariano, siento un rechazo instintivo por ese tipo de productos. Mis anfitriones insistían: «¡Qué guisos, qué fritos, qué rebozados de casquería sirven en el Gandarias, el más antiguo restaurante de Lot!» Nunca debí aceptar su invitación. Bajo aquel rebozo de pan y huevo la lengua todavía hablaba. Me dijo: «Sabes bien lo que estás comiendo».

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Medium 9788483935415

Profesionalidad

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Profesionalidad

 

Una noche, mientras el detective engañaba a su mujer en un motel de mala muerte, irrumpió en la habitación un fotógrafo que gastó medio carrete ante sus narices, sin que le diera tiempo no ya a cubrirse, sino a separarse del cuerpo desnudo de su amante. «Y ahora ¿qué hacemos con estas fotos?» –le preguntó al día siguiente el fotógrafo que él mismo había contratado. El detective no lo dudó. Su oficio era acechar a los demás. Y ahora necesitaba saber lo que sentían aquellos a los que había sorprendido en adulterio: «Envíaselas a mi mujer».

 

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Medium 9788483935392

Las visiones

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Las visiones

 

Y un día, así sin más, las visiones aparecieron.

Sentado en el sillón de su escritorio, el Juez veía ingresar los últimos rayos del sol por las persianas entornadas de la ventana. Fumaba koft; volutas de humo aromático se elevaban hacia el techo de maderas cuarteadas por el trabajo incesante de los boxelders. Algún día ese techo se caería sobre él –o quizás los cimientos de la casa cedieran primero– y no quedarían rescoldos de los días en que administraba justicia en Nova Isa, cerca de esa cárcel que había sido su salvación. O quizás sí, algo sobreviviría. Sería inmortalizado en uno de los himnos que los irisinos cantaban en la ceremonia del jün. Uno burlón, acerca de que Xlött sabía cosas de los designios de este mundo a las que la filosofía del Juez no llegaba. Había visto los grafitis insultantes en las paredes de los distritos bajos de la ciudad. Debía estar orgulloso, compartía espacio con las proclamas de la llegada del Advenimiento y las consignas a favor de la insurgencia.

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Medium 9788483935743

No se me oye

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

No se me oye

 

Ningún sonido sale de mí; articulo las palabras perfectamente, pero las ondas sonoras que emanan de mi cuerpo vuelven sin salir jamás de él, como aseguran los astrónomos que ocurre con la luz en los agujeros negros.

He tenido problemas en casa y en la escuela, en todos los sitios ciertamente, porque, aunque, como ya he dicho, no soy mudo, nadie me puede oír, como tampoco pueden oírse mis pisadas, mis cuescos, mis palmadas. Todo lo que toco me traspasa con sus ondas sonoras que permanecen en mí y que me convierten en esta persona enérgica que soy.

Pero ¿de qué vivir? ¿a qué profesión dedicarme? Un malévolo compañero de la calle me aventuró una carrera de asesino en Nueva York, dado que no necesitaría llevar silenciador, pero también podría ser acomodador en los teatros más lujosos, porque si yo abro una puerta ésta no emite ruido y si acompaño a una persona, basta que vaya de mi mano, para que nadie pueda oír sus pasos.

No se qué hacer, sin embargo. Y no encuentro demasiada comprensión en mi entorno. Me gustaría ser como los demás, que se me oyera. He visitado a un psiquiatra que me ha dicho: «A usted no le oyen, pero a los demás no nos escuchan. Así que tómeselo con calma». Creo que acabaré yéndome a vivir a otro país. A lo mejor fuera de aquí sí se me oye.

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Medium 9788483935323

Mis problemas con la ficción

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Mis problemas con la ficción

 

 

Problema: la realidad

 

Sé montar un fusil, cargar un fusil, disparar un fusil. Sé deslizarme entre matorrales, descender un valle, avanzar por una cuenca flanqueando la vaguada, esquivando la divisoria, y resistir durante horas sin que el cerebro se cargue de humo. Veo el camión alejarse por el camino y perderse después al pasar ese collado de ahí. Dos puntos rojos y después nada. Pero sé, sobre todo, mimetizar mi aspecto, confundirme con el entorno. Basta coger un corcho, o un trozo de madera, y convertirlo en tizón con un mechero. Trazo una línea negra en mi frente, en mis pómulos, en el mentón. Hay que desdibujar los ángulos, rasgar la piel en diagonal con la ceniza, sin calcular, hasta que de mí quede el rastro justo. Pero sin convertir lo que antes era pálido en una mancha negra. Mi compañero limpia su fusil. Por segunda vez. Por segunda vez saca un trozo de estraza doblada del bolsillo y esnifa un poco de cocaína. Yo, inmóvil. Él no consigue estar quieto más de un minuto. Aquí un minuto puede ser una eternidad, solo depende de cómo se utilice. Se apoya en un peñasco y reposa el arma sobre las piernas. Cerraja y descerraja. Lo limpia de nuevo, sopla el interior del cañón, guiña y trata de ver algo dentro. Se reincorpora, estira las piernas, destensa la espalda y apoya el fusil en el suelo. Golpea el fusil contra el suelo. El proyectil recorre la mandíbula, el pómulo y destroza la ceja y parte del ojo derecho. Quema su piel. Desdibuja sus ángulos.

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Medium 9788483935309

Cerdos que hablan

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Cerdos que hablan

 

–Caminamos ciertamente hacia un mundo extraño –comentó Lord Wandsworth, que añadió–: ¿sabían que los cerdos ya pueden hablar? Esto no es ningún relato de ciencia ficción. Esto es una noticia de los periódicos ingleses.

El murmullo de asombro fue grande.

Lord Wandsworth continuó:

–Un experto en fertilidad del Imperial College de Londres ha insertado genes humanos dentro de células jóvenes de esperma de cerdos machos, lo que permitirá que los órganos de sus crías puedan ser transplantados sin rechazo a los humanos. En el Reino Unido cinco personas entran cada hora en lista de espera y solo una recibe un transplante. Las otras mueren. Esa manipulación genética resolverá el problema. Los cerdos padecen enfermedades muy parecidas a las nuestras, catarros, diabetes, etcétera, y sus órganos tienen un tamaño muy humano. Todo eso ayuda. Se empezará por transplantar el hígado, uno de los órganos más demandados; luego seguirán los demás: el corazón, los riñones, quizá los pulmones. Está previsto que en un plazo de unos cinco años exista un suministro prácticamente ilimitado. Los cerdos se criarán a pie de hospital. Se les tendrá en un ambiente libre de virus, muy aséptico, a lo que ayudará mucho el natural limpio, en contra de lo que suele creerse, de los cerdos. Está previsto que cada hospital disponga de una granja con no menos de cien animales de unos ochenta kilos de peso para que el tamaño de sus órganos no exceda las medidas humanas. El proyecto, por algún obstáculo de la burocracia europea, ha tenido que llevarse a Estados Unidos. Allí ha surgido un problema de última hora no previsto por los científicos. Parece que estos cerdos, a los que se ha alterado su sistema genético con células humanas, han llegado a hablar. Un día uno de ellos, poco antes de que le abrieran en canal para extraerle el hígado, el corazón y los riñones, gritó: «¡No me hagáis esto por favor. Os lo suplico!».

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Medium 9788483935545

La casa embrujada

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La casa embrujada

 

 

Hacía muchos años que nadie pasaba una noche en la vieja mansión. Decían que una aberración se arrastraba por sus corredores y que todos los descendientes de aquella decadente familia estaban malditos. Los ancianos se persignaban, las mujeres gemían y los hombres blasfemaban. Sin embargo, los dueños querían venderla y yo acepté pasar la noche para acabar con su leyenda siniestra, porque mi ambición siempre ha superado a mi cobardía.

Los estragos del abandono eran infinitos: una suerte de lepra carcomía los muros, la humedad formaba repugnantes verdugones de sarro y el olor de las ratas podía cortarse en grasientas lonjas. Con la tuberculosa luz de mi linterna perseguí en vano fantasmas que resultaron telarañas, roedores y muebles amortajados de blan­co, como niños muertos. La casa no tenía espejos y a todos los personajes de las pinturas les habían borrado los ojos. Los relojes marcaban a destiempo la misma hora.

Al amanecer vi a los dueños en la puerta y salí a rastras del caserón embrujado, pero esos cobardes huyeron y la policía me ha disparado. Desde entonces no he vuelto a salir y vivo muy a gusto por estos corredores. Nin­gún espejo me molesta y he descubierto que me encantan las ratas.

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Medium 9788483935965

Lobo hombre

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Lobo hombre

 

El lobo hombre es un ciudadano ejemplar. Paga sus impuestos, no falta a las reuniones de padres, sorprende a su esposa con cenas románticas. El lobo hombre tiene la espalda tupida como una alfombra de terciopelo, manos velludas, ojos brillantes de cazador. Su barba negra sirve de puente entre las patillas decimonónicas y la maraña oscura de su pecho. Cada mañana, el lobo hombre madruga y se ducha con champú suavizante antes de ir a la oficina. Cuando lleva a sus hijos al colegio, sonríe con ternura al resto de los niños, hipnotizándolos con el brillo de sus afilados caninos. Solo cuando la luna llena se apodera de su voluntad, el lobo hombre abandona a su familia y huye hacia los bajos fondos. Envuelto en una gabardina, golpea la puerta trasera de un sórdido local hasta que la abre una jovencita de mirada ávida. Rápidamente, lo conduce a un pequeño cubículo y le desnuda. Tumbado e indefenso, él se abandona al contacto caliente y pegajoso, hasta que el primer tirón de la cera arranca su primer aullido salvaje, escalofriante, brutal. Ella grita, excitada. Él aúlla, escocido. Así toda la noche. Los vecinos se encogen de miedo en sus casas: un lobo hombre anda suelto.

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Medium 9788483935965

Nidus hilandus

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Nidus hilandus

 

La princesa ordena que rellenen su almohada con la mejor pluma del reino. Tras recorrer la comarca, sus lacayos descubren que el plumaje perfecto está, precisamente, en el jardín de palacio. Las plumas de un pájaro que vive en nidos enmarañados como guedejas. Los pocos que lo han visto dicen que siempre lleva hilos encrespados en el pico, briznas de un extraño material. Sin embargo, la princesa lo ve a diario. El pájaro viene a picotear su cabeza, robar hebras de sus axilas y arrancarle rizos del pubis.

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Medium 9788483935545

Del Bestiario del cementerio de fray Antonio Fuente la Peña

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Del Bestiario del cementerio
de fray Antonio Fuente la Peña

 

 

«Duende de leche: Pequeña alimaña nocturna que sólo se alimenta de los dientes más tiernos de los niños muertos. Son animales débiles y asustadizos, a menudo devorados por ratas, gusanos y otras criaturas de los camposantos. Se engendra en la putrefacción de los cadáveres y todo lo que roe queda inficionado de su olor. Tiene la cabeza pequeña; los ojos muy vivos y perspicaces; el hocico largo y puntiagudo, adornado de unos bigotes o mostachos de pelo fuerte, a modo de cerdas; los dientes agudos; las orejas tiesas; el pelo blanco y la cola en carne viva y larga. Es animal muy astuto, industrioso y sagaz; pero tan temeroso y cobarde, que de cualquier ruido se turba y espanta, y siempre anda como acechando y a escondidas. Se requiere dispensa eclesiástica para domesticarlos y hay edicto de la Inquisición contra alquimistas y boticarios, que los cazan para sus transmutaciones y fórmulas magistrales. Entre los villanos se le conoce como ratón de leche, mus lactis, y se considera herejía temeraria ofrecerle los dientes de leche de los niños a cambio de protección».

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Medium 9788483935255

Variantes del ajedrez

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Variantes del ajedrez

 

Se cuenta que a mediados del siglo xviii, en la zona portuaria de la ciudad de Marsella, llegó a jugarse al ajedrez sin peones, por lo que las piezas se ordenaban, algo más indefensas, en dos únicas filas y las partidas resultaban más cortas. En Ankara, a comienzos del siglo xvii, cada jugador era libre de armar su retaguardia (rey y reina, alfiles, torres y caballos) de la forma que juzgara conveniente, mientras que por esos años, en Florencia, fugazmente se generalizó una regla que impedía dar jaque con la reina.

Son diversas las variantes que ha tenido el ajedrez. En ocasión de un viaje por Galicia, pude presenciar un juego en un café y, perplejo, observé que los rivales retrocedían cada tanto algún peón. Un amigo ajedrecista me confesó que ignoraba esta costumbre pero que, en un tiempo no lejano, se había jugado en Finlandia un ajedrez que establecía prestigios entre las piezas –como las figuras de los naipes y sus pertinentes jerarquías–, de manera que una torre podía sólo ser conquistada por la reina y un caballo tenía prohibido amenazar a un alfil.

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Medium 9788483935279

El caracol de mi abuela

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El caracol de mi abuela

 

Durante los últimos años de su vida mi abuela vivía en compañía de un caracol. No sabía si estaba vivo. Se había presentado de pronto en la cocina. Lo encontró pegado a la pared de azulejos amarillos. De un día para el otro. Solo. Sin más caracoles a la vista. Contó que al principio le dio asco. La baba, la procedencia, las intenciones. Sin embargo, lo toleró. Lo dejó ahí, a su aire, a la espera de que se esfumara igual que había aparecido. Una semana más tarde recordó que los caracoles eran hermafroditas y tuvo miedo de que se reprodujera como las cucarachas, sin pausa, y que un ejército de limazos invadiera su hogar, siempre tan pulcro. Todos le dijimos que era una idea absurda sin saber de verdad hasta qué punto lo era.

Un día, que sin duda marcó un antes y un después, empezó a hablarle. Le decía: Yo creo que tenés que estar vivo. Si no, te caerías. Mi abuela estaba convencida de que un caracol muerto de ninguna manera podía seguir agarrado a la pared. Le hablaba como si se tratara de un animal de compañía, como se habría dirigido a un perro o a un gato. A un pájaro. Los demás dejábamos que obrara a su antojo: pensábamos que de algún modo aquello aliviaba su soledad y nos sentíamos menos culpables de dedicarle tan poco tiempo.

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Medium 9788483935606

Princesas rana

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Princesas rana

 

Las princesas rana eran pequeñas y verdes. No las dejaban salir de palacio, pero ellas solían escaparse los días de lluvia y saltaban por los jardines envueltas en sus diminutos trajes de novia. El rey nos ordenaba que las capturásemos sin demora y salíamos en su busca, muertos de asco. Pero bastaba con mirarlas un instante para comprender aquella desesperación resbaladiza que asomaba a sus ojos, cuando nos arrodillábamos a su lado y dejaban que las atrapáramos. Pedían a gritos un beso. Nosotros tan solo las devolvíamos al interior del estanque.

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