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El horóscopo

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El horóscopo

 

 

Antes de disparar restalló en mi memoria aquel men­saje definitivo que leí en el periódico: «Tenga cuidado con esa persona de su entorno que se propone arruinar todos sus planes». Pero de pronto ella se volteó y sin darme tiempo a reaccionar me clavó un cuchillo en el corazón. Nunca debí dejarle el periódico. Ella también era Tauro.

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Medium 9788483935958

Amigos para siempre

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Amigos para siempre

 

Hacía varios años que había abandonado mi trabajo de contable en aquel concesionario de automóviles, pero Magaña, que en el fondo era un sentimental, no dejaba de acosarme con llamadas telefónicas, de invitarme una y otra vez a las reuniones conmemorativas que seguía organizando la plantilla del taller. Magaña pertenecía a esa clase de tipos que ven en todo compañero de trabajo un camarada, un amigo por el que merecería la pena partirse la cara en cualquier taberna inmunda. Magaña creía además que la verdadera amistad se fundamentaba en el trabajo. Por eso siempre sospeché que no tenía amigos al margen de la empresa ni que le interesaba demasiado su familia, de la cual quizás huía en aquel torbellino de herramientas, elevadoras y ruidosos artefactos donde le conocí.

En realidad, de haber vivido en otro tiempo, Magaña habría sido un espléndido fascista, un miembro de esa fracción obrera y cejijunta del fascismo que siempre acabó subordinada al interés burgués de sus caudillos. Magaña era fiel al gerente y a los socios de la empresa, creía en las jerarquías y sentía que gracias al taller contaba con un lugar en el universo, un designio que daba sentido a su existencia. Aquella era una mística detestable, pero recuerdo que, al trabajar junto a Magaña, al ver cómo siempre cumplía los compromisos y sacrificaba su comodidad al resultado de las tareas, también algo en mi interior se conmovía: en realidad Magaña pertenecía a ese subgénero de la humanidad que consigue que el mundo avance (si es que es verdad que el mundo avanza) o al menos que, generación a generación, la residencia en él se nos haga más cómoda, algo menos gravosa. En cambio los tipos como yo, acobardados, pusilánimes, se aprovechan de su esfuerzo, funcionan como una especie de lastre que lo retarda todo, pero siempre se apresuran a beneficiarse de los progresos de la historia (con el agravante moral de permitirse a menudo no creer en la historia, ni en el progreso, ni en el trabajo, con el agravante de considerarse incluso mucho más inteligentes que todos los Magaña). Pensaba a veces que la electricidad, el agua caliente, los automóviles, eran dones que nosotros, los listos, los escépticos, disfrutábamos, pero que se los debíamos al sudor de los demás.

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Medium 9788483935347

La ciudad de abajo

Ronaldo Menéndez Editorial Páginas de Espuma ePub

La ciudad de abajo

 

A Isabel Mellado, que se da en pedazos comestibles

 

¿Encontraría a Lucía? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo desde el Boulevard Sebastopol hasta la farola esbelta que da al Quai de Gesvres, y entonces la luz de marzo que rebota en el río me recortaba su silueta esbelta sobre el fondo apurado de los transeúntes. Repetíamos, copiando una y otra vez este principio, que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. No era un viento cuajado, no se nadaba en el viento. Podíamos tragar todo el aire del río mientras continuábamos a través de la Île de la Cité hasta Saint Germain. Allí, en esa esquina indecisa, me comentó por primera vez que debajo de nosotros había otra ciudad, una ciudad invisible mientras no bajáramos a ella.

Meses después de gastar las mismas calles Lucía me lo pidió, pero más que un pedido parecía un juego, y el juego parecía una amenaza. Me dijo: antes de que quieras alejarte tengo algo que decirte. Y yo le contesté: no pienso alejarme nunca. Pero ella me cortó los argumentos, agitando su mano derecha con ese gesto idéntico al de ciertas actrices cuando apagan un fósforo tras haber encendido un cigarro en la punta de una boquilla de hueso. Luego me dijo: quiero pedirte que conozcas La Secta que está en la ciudad de abajo, aunque dudo que puedas comprenderla en este momento.

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Medium 9788483935095

El azar

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

El azar

 

A Jorge Payá, por sus buenas ideas

 

Tendida sobre la playa, Lyuba se quita el sujetador, cava con la espalda la arena tibia, se acomoda y siente un pinchazo. Es una caracola que brilla al sol, parece muy antigua. Sin darle importancia, la deja a un lado y baja los párpados, que transparentan una luz roja. Junto a ella, Jan se dispone a hacer una prueba de la que dependerá su futuro. Está loco por Lyuba y no se atreve a decírselo, pronto tiene que regresar a casa, así que debe hablar con ella o dejarlo ya. Recoge la caracola, la estudia. Desde las pequeñas ventanas que el tiempo abrió en la concha, ve que se trata de una espiral logarítmica, de esas que giran y se expanden a partir de un punto infinitesimal. Decide colocarla en el ombligo de Lyuba: si mantiene el equilibrio durante más de dos minutos, le pedirá que se case con él. Si se cae, volverá a su país y se alejará de la chica, como se alejan del centro esos círculos infinitos. Cuando está extendiendo la mano, percibe que Lyuba tiene un ombligo extraño, hacia fuera, en el que es imposible que se sujete nada. En el cielo, un halcón peregrino dibuja curvas cada vez más abiertas.

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Medium 9788483935163

Pesadilla en Chacarilla

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Pesadilla en Chacarilla

 

El sueño se apoderó de mí y entré en el sueño...

William Wordsworth

 

Gaby dio un salto en la cama mientras su marido se escondía bajo las sábanas para que la luz de la lámpara no lo desvelara. «Gabicita llora otra vez. Pobrecita, pajarito», decía Gaby y salía desesperada hacia el cuarto de la bebe. En una revista había leído que los niños Cáncer son muy sensibles y que en las noches sufren sueños feroces. Ella lo sabía porque también era Cáncer y recordaba espantada los bestiales golpes contra la puerta de su habitación. «¡Mamá, mamá!» –gritaba Gaby–. Y Gabriela corría de puntillas para no despertar a su esposo y consolar a la niña, «pobrecita, pajarito».

¿Quién le metía esas historias en la cabeza? Primero era la horrible sensación de sentirse vigilada y despertarse sudorosa. En la imprecisa penumbra el risueño semblante de los juguetes se esfumaba para dar paso a miradas amenazantes y un súbito escalofrío traspasaba sus huesitos. La decrépita memoria de Gabriela añadía un denso hedor a azufre, mas lo cierto es que de pronto, una luz mortecina empezaba a filtrarse por debajo de la puerta como si todo el fuego del mundo estuviera ardiendo en el pasillo. Gabicita no entendía por qué sus mentiras no eran castigadas como Pinocho o por lo menos sin postre. «No quiero que el diablo me dé una cachetada, mami», sollozaba Gaby prendida del cuello de su madre.

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Medium 9788483935392

El próximo movimiento

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

El próximo movimiento

 

Jerom subió al techo de una casona abandonada en una esquina de la plaza y se recostó sobre las tejas con el riflarpón entre las manos. El sol se despedía en el horizonte, asomaba la luz de la luna gigante entre las montañas. Pensó en la gente que lloraba y le vino el tembleque y el tembleque se fue cuando apretó el gatillo, una-dos-tres, zumzumzum. Apuntó a todo aquello que se movía entre los árboles de la plaza y en las calles aledañas. Escuchó gritos y se preguntó cuál podría ser su próximo movimiento. Vendrían a bajarlo del techo pero él había decidido antes de subir que no lo agarrarían vivo.

La plaza se quedó quieta y Jerom ladeó la cabeza en busca de un mejor ángulo de disparo. Le escoció el muslo izquierdo y de un manotazo aplastó una zhizu. Eran de enquistarse en los tejados, de crear comunidades a través de sus redes. Teje que teje, paqué. Tantas patas, paqué. Una vez, recienvenido, debió salir a fumigar las calles y edificios de la ciudad, invadidos por ellas. No se iban, por lo visto. Nadie se iba voluntariamente, era la ley.

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Medium 9788483935965

Embarazo

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Embarazo

 

Miro hacia abajo y esta media luna eclipsa un bosque orgánico, rizado, feroz. Mi sexo, animal, ya no me pertenece.

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Medium 9788483935118

Las eléctricas

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Las eléctricas

 

 

 

–Haga de cuenta de que su hija está de vacaciones.

Un miembro de la dictadura argentina a una de las Madres de Plaza de Mayo, que preguntaba por el paradero de su hija desaparecida

 

Para Viviana Paletta

 

 

 

Mientras la empujan hacia la Jaula de los Gritos, la chica intenta no pensar. Tiene los ojos vendados, va descalza, le han quitado los zapatos y la humilla ese taconeo de botas militares a su lado. La empujan o la llevan, qué más da, sabe perfectamente cuántos pasos hay hasta el dolor. No hay escapatoria, así que ha desarrollado un plan. Es un plan idiota, pero le da la sensación de que algo está en sus manos. El juego se lo enseñó su madre, y consiste en salir de su cuerpo. Primero tiene que localizar una sensación, luego la atrapa, y es entonces que viaja hasta un recuerdo. Como si fuera una ola, o una escalera, o un embudo, o un pozo. Lo importante es concentrarse. Si lo consigue, si logra asirse a alguna imagen, navegará entre espasmos hasta la cima de la memoria. Con eso le basta. Pueden ser apenas unos segundos de memoria. Memoria dolorosa. Memoria en carne viva. Busca a tientas y siente frío en la planta de los pies. Atrapa la sensación. Sus pies sobre el césped, siglos atrás. Los pies en el verde tibio, la caricia de la hierba. Una luz taladra el trapo que la ciega, está pasando frente a la ventana. Odia ese resplandor, el corazón vuelve a desbocarse. No es una ventana, piensa, no es «esa» ventana que está tan cerca de la Jaula de los Gritos donde será torturada, sino el sol del verano aquel. Mientras la desnudan, siente el calor en la espalda. Ha estado jugando en la barranca que da al río y recogió unas piedras. Pero las piedras son descorazonadoras, brillan si están mojadas, son tristes si se secan. Las piedras. Las piedras. Tiene que pensar en piedras. Es pequeña, a lo lejos se oyen las risas de sus hermanas. Manos que la levantan en vilo. ¿Quieres hacer pis? Qué vergüenza, otra vez se está meando encima. ¿Quieres hacer pis?, repite la voz áspera de Mme. Tanis. Va vestida de oscuro y lleva un sombrero de paja estremecido por las agujas del sol. El sol la está quemando con tal fuerza que siente agujas en el pecho. Agujas. La institutriz la toma en brazos y la consuela, por una vez en la vida es cariñosa. Vamos, dice, vamos con mamá. La chica atada al camastro de metal lucha por asirse al recuerdo y tiende los bracitos hacia su madre. Hay una galería con baldosas en damero, una tumbona, un toldo naranja. Su madre está junto al jazmín, sentada en los escalones que dan al parque, y parece que está masticando flores. Huele a humedad y a sucio, a dolor. A verano y a piscina. Déjela, Mme. Tanis, yo me encargo, dice la madre. La chica obedece y mira el vestido liviano, las perlas de las orejas. Se oye un grito. Debe de haber salido de su propia garganta, porque la madre no cambia de expresión. Como si se hubiera ahogado en la fuente de los nenúfares, su madre nunca cambia la expresión, hay que tratarla como si pudiera romperse. Se acerca a las piernas delgadas, pone una manito sobre la rodilla. Rodilla brillante, como una luna fría. Entonces la madre levanta los ojos y hace una media sonrisa, la acaricia, la sienta sobre sus faldas, busca los dedos de su hijita y encuentra las piedras, «¿Son para mí?, ¿son para mí, Sonieta?». Toma la mano de la pequeña y con ella se acaricia las mejillas, el laberinto de las orejas, la suavidad de las perlas, sube hasta las sienes donde la chica toca algo pegajoso. La madre acerca los labios pintados de rojo al oído de su hija y susurra: ¿Te he hablado alguna vez de la Jaula de los Gritos? Entre el pelo rubio y rizado de su madre, dos trasquilones, dos calvas. Ahí me pegan los electrodos, dice. Ahí y ahí. Suena un ruido seco de llaves eléctricas, la luz parpadea. Gritan.

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Medium 9788483935965

Ya no me acaricias

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Ya no me acaricias

 

Bailan mis piernas por la habitación. Tienen tantísimo vello, que empiezo a flotar. Alcanzo el dintel de la puerta y comienzo a impulsarme. Adelante y atrás, adelante y atrás. Mi piel brilla a la luz del vano y yo avanzo, peludísima. Por fin llego hasta la ventana. Me cuelo. Soy un pájaro, y mis pelos, las plumas de unas alas que agito para llegar hasta el banco donde te gusta leer. Soy un pájaro. Y tú, el hombre que ya no acaricia mis piernas por la noche, y que me alimenta, cada tarde, con migas de pan.

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Medium 9788483935064

Un hombre con sombrero negro

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Un hombre con sombrero negro

 

Casi toda la gente que iba en coche se detenía a mirar al hombre con sombrero negro que estaba sentado en una glorieta. No sólo se detenían, algunos también le tomaban fotos. Pero apenas los que iban en los coches pasaban por otras glorietas próximas, se quedaban atónitos al ver que en cada una había sentado un hombre con sombrero negro. La ciudad estaba a tope. Las glorietas también, quizá el mundo. Así que toda la gente de los coches empezó a preguntarse por qué había sentados en las glorietas tantos hombres con sombrero negro. Y cada uno de los hombres con sombrero, por su parte, también empezó a preguntarse por qué toda la gente que iba en coche se detenía a mirarle atónita y a hacerle fotografías.

 

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Medium 9788483935415

Una película muy aburrida

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Una película muy aburrida

 

Me lo relató el encargado de un cine. A él se lo había contado el chico de la cabina. Las distribuidoras alquilaban las películas en paquetes cerrados, las buenas junto a las malas, de modo que el exhibidor estaba obligado a proyectar también las que el público rechazaba. Una noche entraron en la sala dos o tres espectadores que a la media hora se habían marchado incapaces de soportar la película. El operario de cabina, que se había dormido, sintió que alguien le tocaba en el hombro. Asegura que era el actor principal. Había salido de la pantalla, atravesado la sala de butacas y subido a la cabina para despertarle: «Muchacho, corta la proyección y vete a casa que nadie nos está viendo», le dijo.

 

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Medium 9788483935736

Satánica

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Satánica

 

Con los años, en mi casa han ido encontrando sitio bastantes símbolos religiosos, los tres Reyes Magos con sus pajes, Siva Nataraja, una Inmaculada de cerámica, un San Pancracio, un Ganessa, una Virxe da Peregrina, un icono rumano del nacimiento de Jesús, un San Miguel clavando su lanza en la boca del dragón, el Ankh egipcio, en fin, muchos de esos talismanes que tienen al parecer la virtud de alejar a las fuerzas del mal. Sin embargo, al entrar hoy en mi cuarto de trabajo me encuentro a Satanás sentado en mi sillón de leer. Lo conozco enseguida porque no tiene aspecto de joven apuesto ni de caballero distinguido, sino que es de color rojo, está desnudo, las piernas peludas rematadas en patas caprinas, tras su espalda asoman dos alas doradas y entre su cabellera negra surgen dos cuernos también dorados. En su rostro rojo brillan los ojos con lo que parece más tristeza o fastidio que radical perversidad. Lleva bigote y perilla, como un mosquetero. Vade retro, exclamo, por si acaso. Hablo español, responde, cortante. Tiene la voz de Marlon Brando en El Padrino. Estás escribiendo del libro de la noche y no he merecido ni una alusión tuya, añade. Yo soy el señor de ese libro, que es mucho más que un libro, es un territorio inmenso, con ciudades y selvas, con puertos de mar y parques temáticos, un territorio de gran iniquidad, de majestuosa injusticia, de crímenes esplendorosos, y tú no has dicho de eso ni una palabra. No sé qué contestar. Menos mal que mi mujer ha asomado por la puerta y Satanás desvía por un momento su atención de mi persona. Mi mujer entra de repente y arroja algo sobre Sata­nás: es su rosario de la primera comunión, y Satanás se convierte en una masa blanca, efervescente, como el agua oxigenada cuando se deposita sobre una herida. Mi mujer, con determinación, mete las manos bajo esa espuma, agarra el cuerpo que cubre, lo aprieta, lo va amasando y reduciendo como si manejase nieve, hasta convertirlo en una bola que cabe en sus manos. Guarda luego la bola en una bolsa de plástico, pinta sobre ella una cruz con el mismo rotulador que utiliza para marcar el contenido de las bolsas de comida y la guarda en el congelador del frigorífico, mientras pensamos en otro sitio mejor, dice. De manera que tengo a Satanás cautivo en el frigorífico de mi casa. Tal vez en el libro de la noche ya no fructifiquen la iniquidad, la injusticia ni el crimen, pero en el libro del día ese cautiverio del Señor del Mal no se ha notado, el mundo sigue dominado por la hipocresía, la guerra, el horror. Y me da miedo imaginar a quién corresponde el señorío del libro del día.

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Medium 9788483936016

Lo que la luz construye con las formas, con los cuerpos, el accidente

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Lo que la luz construye con las
formas, con los cuerpos, el accidente

 

Lo que la luz construye con las formas*.

Cuando el fotógrafo paseante, en posesión de su cámara, encuentra en el fluir del día y el deambular por distintos lugares de la ciudad, los discretos y directos motivos de sus tomas.

Ahora tres seres humanos en una sala iguales a tres formas.

Las imágenes del artista se caracterizan por la intensidad del negro y sus muchos tonos.

Muchos tonos para el negro. Tres figuras, tres figuras humanas en su espacio único, que ni a preguntar se atreven, ni a respirar se atreven.

La intensidad del negro y sus muchos tonos, más sólidos que opacos.

Pero no en estas tres personas, más bien opacas, nada sólidas. Que han estado gravitando por la atmósfera de esa sala y ahora, porque la fuerza del tiempo se hace cuerpo, ahora se ven obligadas a reconocerse.

–¿Estoy solo? –pregunta una voz.

Nadie responde.

–¿Qué será de mí? –dice otra.

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Medium 9788483935606

Sopa

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Sopa

 

La feliz mamá sentó a la hijita que aún olía a nuevo sobre sus rodillas, durante la cena familiar de Nochebuena. Fue una desgracia terrible que la niña se inclinara tanto sobre el plato humeante de sopa, fascinada por los dedos de humo que la saludaban desde allí adentro, y que se hundiera en el interior del estanque de porcelana heredado de la abuela, sin que su madre pudiera evitarlo. Hubo un revuelo de burbujas, un minúsculo aleteo de brazos. Algunas gotas amarillas y un fideo rozaron el rostro materno. Ella miró a ambos lados, horrorizada. Todos comían, o no, daban un sorbo a la copa. Callaban con los demás. La madre se secó la mejilla con la servilleta, aguardó un tiempo prudencial y, cuando por fin se hizo el silencio en el fondo, pidió a una de las doncellas que le cambiara el plato.

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Medium 9788483935293

Material a aportar por el alumno: gomaespuma para prótesis y deformidades

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Material a aportar por el alumno:
gomaespuma para prótesis y deformidades

 

Ni siquiera sabía dónde conseguir gomaespuma, pero el curso de bufón exigía que cada uno lleváramos lo nuestro. La primera vez que quise ser actriz pensé en muchas cosas. Pensé en follar ante las cámaras, en la adoración del público, pero nunca pensé en prótesis ni en deformidades. La primera vez que quise ser actriz me llamaron ignorante. Ahora me llaman caprichosa, regresiva, yo qué sé. Demasiado pronto o demasiado tarde. Y, sin embargo, esa no es la cuestión. La cuestión es la brevedad del intervalo.

La colchonería de mi barrio. El taller de un artesano. Algo de lo que apenas conocemos su nombre: un alfarero o un bruñidor. La colchonería de mi barrio es oscura y estrecha y los colchones están expuestos en la calle, junto a la puerta, apoyados contra el muro. Los perros se acercan a mear y el colchonero, sin moverse de su sitio, los espanta con un palo. Seguro que ahí venden gomaespuma, pensé. «Al por mayor», me dijo el hombre. «Yo sólo necesito un poco», señalé dos fragmentos, le tendí diez euros. Diez vellones. El lugar invitaba a pronunciar cosas así: escudilla, calzas, almanaque. El colchonero ignoró mi billete, inspiró aire y otras cosas, y giró la cabeza hacia la puerta. Su escupitajo sobrevoló la acera e impactó contra la llanta de un automóvil. Impresionante. A mí me sobrecogía su saliva y él ni siquiera se molestaba en sustentarse sobre sus piernas. Igual que otro de sus jergones, permaneció recostado contra la pared. Él ya no funcionaba así; él ya sólo proveía a residencias de ancianos con el culo descarnado; él ya sólo vendía a circos, a escuelas de artes marciales, a prostíbulos. «El pequeño cliente es la ruina», me miró con fijeza. ¿Otro lugar así de recóndito y húmedo?

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