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Los niños rotos

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Los niños rotos

 

El niño pálido nació con una piedra en lugar de un corazón. La tiene dentro del pecho, palpita infatigable. Es una piedra antigua, pesada. Al igual que tantos otros mecanismos del cuerpo –de funcionamientos misteriosos por desconocidos–, la piedra corazón palpitó como cualquier otro corazón durante la vida del niño.

Pesó muchísimo para ser un bebé y, aunque su madre era una mujer fuerte y sacrificada, tuvo que hacerse con ayuda externa muy pronto ya que no era capaz de acunarle por sí misma. Cómo era posible que un bebé pesara así, no se lo explicaban. Cuando los médicos lo colgaron de los pañales en la balanza, se miraron unos a otros sin mediar palabra, no conseguían comprender cómo un cuerpo tan flaco podía albergar tantos kilogramos.

Lo último que podían imaginar era que el niño tuviera una piedra corazón.

Y eso que, al latir, casi podía verse a través de su piel translúcida. Se la veía bombear, algo más despacio que otros corazones. Era un bombeo fuerte, rítmico, casi tonal. Dormir con el niño al lado era como dormir con un reloj grave y cadencioso robado de otro tiempo. Su madre tenía miedo de que la piedra creciera hasta salírsele del pecho al niño y lo vigilaba durante el sueño. Pero las piedras no crecen como los corazones, la piedra corazón creció muy despacio, tan poco que el niño era flaco como un escualo, delgado como un río seco. Creció hacia arriba en lugar de crecer hacia los lados. Cuando el niño empezó a andar dejó de ser un problema para la madre y empezó a ser un problema para otros. Pasaba el día corriendo y rompía cada juguete que le regalaban. Y es que esa era una de sus cualidades: el niño pálido era tan fuerte que incluso a los cuatro años era capaz de levantar por encima de su cabeza objetos mucho más grandes que él. Tuvo problemas para hacer amigos porque les hacía daño sin querer, en cuanto jugaban al pilla-pilla era fácil que uno de los niños acabara con los metacarpos rotos.

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Medium 9788483935309

Diseño real

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Diseño real

 

–Los españoles hemos aprendido a vender cosas concretas: cebollas, naranjas, tomates; también herramientas y neveras y hasta coches y aviones; cosas tangibles, materia en fin –declaró el embajador–. Pero los ingleses ya han superado con creces esa fase. Ustedes –y aquí hizo un énfasis muy marcado– saben vender ideas, abstracciones. Y eso tiene un valor añadido muy superior a cualquier otro producto que pueda concebirse. ¿Qué es el Arte, sino una idea sobre un soporte intrascendente? Y ¿qué sería el pobre soporte sin la idea? Nada. Materia insignificante, una piedra, una tela, una madera, arcilla, metal, cosas, solo cosas… ¿Cómo nació por ejemplo el famoso Queen Brooch que tan de moda se puso entre las señoras del Cuerpo Diplomático del mundo entero hace una década?

Lo sé muy bien porque le ocurrió a solo unos pasos de aquí a un colega mío mejicano cuando iba acompañado de su esposa en la carroza de embajadores a presentar credenciales a Su Graciosa Majestad. De súbito una avispa entró en el carruaje. La mala fortuna quiso que el insecto picara en un ojo al embajador, y menos mal que ella se libró. El embajador, hombre de gran presencia de ánimo, logró golpear a la avispa con los guantes que llevaba en una mano. En ese momento, la carroza se detuvo y un lacayo de palacio abrió la puerta. Habían llegado a destino.

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Medium 9788483935019

Apela al golpe que todavía dura

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Apela al golpe que todavía dura

 

Va a partir; pero partir, ahora, le parece un esfuerzo superfluo, le aturde. Roto el himen del aire, nunca ha cesado de renovarse en él la asfixia de quien ya se ha ido.

Dice adiós a la espera que ha desposado; mira, a su espalda, las ruinas.

Nada se mueve. En el umbral de la revelación, un pájaro va a hacer el día.

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Medium 9788483935293

La tierra es el cielo de los pájaros

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

La tierra es el cielo de los pájaros

 

1

 

Cómo se reían cuando Celsa lo contaba. Se reían sin cubrirse la boca y, entre las mandíbulas abiertas, Nico observaba los bolos alimenticios. Fraguándose. Se reían. Todos se reían. Si hasta él llegó a reírse cuando creció y dejó de preguntar chorradas como esa. Que si la tierra es el cielo de los pájaros, ¡menuda estupidez! Se reían. Siempre. Todos menos la abuela Celsa. Ella lo contaba muy seria. Ahora ella ha dejado de hablar y lo único que le sigue divirtiendo es un hombre con una escoba. La redundancia tal vez. Nico barre y Celsa ríe, derrama el agua de las pastillas. «¿Pasa algo?», preguntan desde la cocina. «No. ¡No es nada, mamá!», contesta Nico. «¡Recuerda que hoy te toca!», le dice. Como si Nico no supiera. Como si pudiera olvidar que todos los miércoles le toca.

 

–¡Qué bien acompañado vienes!

–Ya me he cansado de tu novia.

–Te gustan maduritas, ¿eh?

–Pregúntale a tu madre.

Nico simula irritación, pero agradece las provocaciones de sus amigos. Aligeran los noventa kilos de anciana sobre ruedas que impulsa por la arena. Los bañistas se compadecen de él y se miran las manos. Los amigos lo ayudan. Cogen a Celsa en volandas y la transportan hasta la franja de arena húmeda. Está calculado. Por mucho que suba la marea, las olas nunca llegarán hasta ella. Ella no puede mojarse.

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Medium 9788483935286

Un modelo

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Un modelo

 

Estimado Sr. Edward Hopper:

Visité su exposición en el Arts Center el pasado sábado. Sin embargo, no le dirijo estas líneas para hablarle de pintura. No entiendo de pintura. Me importa una mierda la pintura, francamente.

Me suena haberles visto a usted y a su mujer de compras en la tienda de comestibles de David Spellman. El mismo David fue quien me dijo que era usted un pintor famoso, y me dio su dirección. También me lo ha dicho mi jefe. Mi jefe es el dueño de la gasolinera que está a la salida de Eastham. Creo que incluso alguna vez les he puesto a usted y a su mujer gasolina, me parece que tienen un Buick.

Estuve viendo su cuadro Eastham Outskirts. También se había fijado en él mi jefe. A mi jefe le gusta la pintura. Él me había hablado de ese cuadro. Por eso he ido a verlo. El del cuadro eres tú, James, me dijo mi jefe. Un hombre con la ropa de trabajo sentado mirando la carretera y fumando junto a los surtidores. No te pago para que te sientes a incendiar mi gasolinera, James, me dijo mi jefe. Y me ha despedido. Por eso el sábado fui a ver la exposición, aunque solo busqué ese cuadro para verlo. No debía haberme pintado de ese modo, Sr. Hopper. Usted no tenía derecho a pintarme. David Spellman me dio su dirección, pero mi mujer me ha hecho prometer que no me metería en más problemas de los que ya tenemos. No tengo trabajo y Jenny no hace más que llorar. Ojalá se muera, Sr. Hopper, ojalá arda su casa con usted y todos sus cuadros de mierda dentro. Muérase.

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Medium 9788483935736

11. La obra de una vida

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

11. La obra de una vida

 

El profesor Souto ha dedicado buena parte de su vida, más de veinticinco años, a la investigación de los especímenes en los alrededores de la Glorieta Miniatura, y su exhaustivo trabajo sobre las ficciones brevísimas alcanza la suma de diez mil y uno caracteres (con espacios), es decir ¡casi siete folios completos!

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Medium 9788483935736

Las cuatro

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Las cuatro

 

Debían de ser las cuatro de la mañana en Madrid, aquí dentro era, como es todavía, esa hora indefinida, misteriosa, de los aviones que cruzan por la noche el océano. La película había terminado hacía poco, todo estaba a oscuras y yo me arropaba en la manta intentando encontrar algo de sueño bajo el desasosegante bamboleo y el zumbido de los motores. El Airbus 340 seguía impregnado de un olor en todo parecido al de la orina de gato, que había sido muy intenso cuando entré en el avión, unas horas antes, y que no acababa de desaparecer. Al otro lado del pasillo dormitaba un hombre muy blanco y muy gordo, tan gordo que su adiposidad se desparramaba sobre el reposabrazos. Una azafata que se aproximó camino de la trasera me hizo abrir los ojos y descubrí que me había quedado dormido. En el rostro de la azafata había una mueca que podría ser el inicio de una sonrisa o de un gemido. Había pasado ya y yo estaba a punto de volver a cerrar los ojos, cuando apareció en la sombra del pasillo un bulto insólito, que al acercarse me resultó terrorífico y me inmovilizó: era un león, la cabeza alta como los respaldos, la melena ocupando todo el ancho del pasillo. Llevaba la boca abierta y cuando estuvo muy cerca vi brillar sus enormes colmillos, barnizados de saliva. Apreté los ojos, me arrebujé en la manta, volví a buscar el sueño que me hiciese olvidar la quietud forzosa del viaje y la peligrosa visión. No se cuánto tiempo ha pasado, persiste la oscuridad, el suave vaivén, el runruneo de los reactores. Vuelvo la cabeza con cuidado: el pasajero gordo ha desaparecido y al fondo la azafata, de pie, me mira con fijeza. En el ambiente sigue predominando un olor muy similar a la orina de gato.

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Medium 9788483935446

Entre la espada y la pared

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Entre la espada y la pared

 

Todo está muy oscuro. Tengo una sensación dolorosa en la espalda. Algo me pincha con insistencia y, a cada movimiento mío, por minúsculo que sea, ese objeto puntiagudo parece hendir mi carne de cañón. Además, mi movilidad es mínima, porque tengo toda la parte delantera del cuerpo pegada a un solo bloque duro y compacto. Pechos, piernas, estómago, rostro, pubis, brazos, todo ahí, casi empotrado en una especie de tapia de temperatura más bien alta y de tacto rugoso. Me siento atrapada. Me ahogo. Me va a dar algo. Quisiera pedir socorro y no sé cómo hacerlo. De repente, me despierto. Estoy sudando la gota gorda. He tenido una pesadilla. Sonrío. Resulta que estoy boca abajo en la cama, aprisionada por las mantas contra el colchón, y descubro además que me he dormido con el sujetador puesto, y que se me estaba clavando en la espalda. Suspiro. Bostezo. Miro el despertador y caigo en la cuenta de que me he dormido. Ya deben de estar todos en el juzgado. ¿Por qué no me ha llamado nadie por teléfono? ¡Cielo santo! ¡Pero si me lo dejé descolgado! Manuel debe de estar hecho una furia. Me va a decir que no sabe por qué se casa conmigo y que si sigo así, antes me va a dejar sola que embarazada. Allí deben de estar todos. Los testigos, sus padres, sus hermanos, sus amigos, sus compañeros de trabajo, el fotógrafo, los de la peña de fútbol, los del gimnasio, sus primos del pueblo, sus tías y sus tíos. Me ahogo. Me va a dar algo. No voy. Tengo que ir. Mejor me tiro las cartas y, como de costumbre, si me sale espada, me la clavo y hago lo que debo, y si no, me doy de cabezazos contra la pared. Y voy también. De ahí.

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Medium 9788483935248

La degollina

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

Cuando cumplí los dieciséis años, mis amigos, que conocían mi gusto por la lectura, me regalaron los cuentos del padre Brown en cinco tomitos que todavía conservo –José Janés, editor–, y lo cierto es que no pude leerlos de un tirón, como había hecho con cada uno de los de su homónimo Guillermo, pues la prosa de Chesterton me resultaba entonces embrollada, para tratarse de textos reputados como policíacos, y no acababa de entender muy bien sus sutilezas humorísticas.

Con el tiempo leí a fondo todas las historias del padre Brown. Muchas son magníficas, algunas están traídas por los pelos, pero en todas destaca una peculiar atmósfera no sé si decir expresionista, verdaderamente interesante. Sin embargo, lo que me llamó la atención, más allá de la personalidad del curita protagonista, fue la virulenta convicción, por parte del autor, de que su fe era la única verdadera, y de que todos los que no la compartiesen eran estúpidos o perversos: los ateos, los sacerdotes de extraños cultos, los atezados faquires, son cínicos, manipuladores de noticias, organizadores de conspiraciones para desacreditar al avispado curita… cuando no suicidas.

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Medium 9788483935521

Ácaros

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ácaros

 

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.

En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos tiránicos de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:

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Medium 9788483935743

El ludópata

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El ludópata

 

Ya había apostado la casa, el coche, el taller de marmolería. Había apostado incluso las lápidas que todavía no le habían encargado, las de aquellos clientes futuros que aún estaban vivos. Entonces se le ocurrió decir, tontamente, sin segundas intenciones, que aquel hombre de negro que le había ganado todo jugando al póquer era el demonio porque lo que de verdad quería era su alma. Quizá sólo buscó quejarse o justificarse ante sí mismo, lo cierto es que los demás jugadores y los curiosos agarraron a aquel hombre de negro, lo sacaron a la fuerza del garito y lo colgaron de un árbol. Él pudo así recuperar sus cosas y echar otra partida.

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Medium 9788483935057

A89, La Transeuropéenne

Iban Zaldua Editorial Páginas de Espuma ePub

A89, La Transeuropéenne

 

Kraftwerk

Autobahn

Philips, 1974.

 

–Tengo que comentarte una cosa: estoy harto de esa música tuya. ¿No podríamos escuchar algo más normal, menos repetitivo? ¿O la radio, al menos? ¿O nada?

Esto es lo que le diría a Asier, si me atreviera. Pero no sé cómo se lo tomaría. Mal, supongo. O soltaría una de sus risitas sarcásticas y seguiría conduciendo como si nada. A fin de cuentas, el coche es suyo. Lo más probable es que me contestara:

–No tienes más que ir por tu cuenta.

Sabe que no tengo carné de conducir, ni otra alternativa que ir con él. Una vez al mes, estoy en sus manos para poder ir a visitar a mi hermano a la cárcel de Roanne, departamento de Loira. Solo hay dos presos vascos allí, mi hermano y el primo de Asier. He viajado alguna vez en tren, pero es un follón y, además, hay que quedarse a dormir. Con Asier, aunque sea una matada, lo hacemos en el mismo día: siete horas de viaje de ida y otras siete de vuelta, más descansos y lo que dé de sí la visita; casi mil quinientos kilómetros en total. Pero, como dice Asier, el coche tira bien y las autopistas francesas son las mejores. Después de las alemanas, claro, suele añadir a continuación.

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Medium 9788483935453

El año de los gatos amurallados

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

El año de los gatos amurallados

 

Sabían que en invierno tendrían que salir por agua. Hasta entonces habían sobrevivido gracias a un goteo que se filtraba por las grietas del túnel principal. A medida que aumentaba el frío en el subterráneo, el goteo había menguado hasta sugerir el nacimiento de una estalactita.

Fue justo esa imagen lo que encendió la hostilidad una tarde en que los cuatro se habían reunido frente a la clepsidra agonizante. Nos quedaremos aquí hasta convertirnos en hielo, sentenció Maida. Los demás mantuvieron la vista en el manchón de humedad. De pronto se desprendió del techo un goterón que había tomado horas en crecer. También Maida lo vio desintegrarse sobre uno de los rieles, también ella anticipó la sequedad de sus gargantas mientras el eco de la gota iba a refugiarse en la oscuridad del túnel, donde sólo el mayido de los gatos sabría responder al estertor del agua. La luz trastabilló en la lámpara de gasolina, Íñigo se inclinó para bombearla. Convencida de que su comentario no pasaría a mayores, Maida aflojó el cuerpo y suspiró.

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Medium 9788483935415

Rehabilitación

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Rehabilitación

 

El juez parecía a punto de perder la paciencia.

–Es la cuarta vez que lo veo por aquí en menos de un año. Usted solo nos va a reventar el sistema. ¿Es que se niega a rehabilitarse?

–Todo lo contrario, señor juez, es la sociedad quien rechaza mis habilidades. Yo no hago más que intentarlo.

–¿A qué aspira usted?

–Yo soy un excelente piloto de coches y podría ganar cualquier competición si organizaran las carreras a mi modo.

–¿Qué modo es ese?

–Marcha atrás, señor, pilotando marcha atrás yo sería el campeón del mundo de Fórmula Uno.

 

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Caprichos

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Caprichos

 

 

 

Para Andrés Rábago, El Roto.

 

 

 

Los focos lo obnubilan /

La lámina dice: «Muerte»

Viviana Paletta

 

 

 

1. Dos soldados, uno sonríe, el otro amenazando, muestran a la comunidad en fila y temerosa los cuerpos de sus dirigentes. A uno le han cortado las manos, al otro le asoman las vísceras.

¡Por hablar demasiado!

 

2. En el embarcadero, un joven sube a la canoa donde ya se apilan cinco mujeres, dos bebés, varios bultos que pudieran ser hombres. Otro personaje guarda unos billetes. Un filo de luna desaparece en lo alto.

Bon voyage.

 

3. Una barrera formidable de cemento sube a doce metros. Arriba: nidos de ametralladoras, octavillas volando, gritos de un estadio de fútbol, carteles de neón que parpadean: «Stop». «Regresa». «¿No echas de menos la yuca?». «Enjoy your own country».

¡Aquí no entra ni Dios!

 

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