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Calentarle a uno la cabeza

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Calentarle a uno la cabeza

 

Las cosas ocurrieron tal cual las cuento, aunque si me lo contaran a mí y yo no hubiese estado allí, me costaría tragarlo. La cuestión es que salimos un fin de semana un grupo de amigos a la nieve. Cinco amigos. Dos de ellos sabían esquiar. Dos –yo uno de esos dos– no sabíamos ni queríamos aprender. Y uno (el antiguo Carlos) no sabía pero quería saber, de modo que los dos que sabían se comprometieron a enseñarle. Sin embargo, nadie ha visto en el mundo hombre tan torpe como Carlos para la cosa de sostenerse encima de algo que no sean sus pies (y a duras penas, porque era de esos que se caen varias veces al mes y que luego lo cuentan con una naturalidad pasmosa porque, además, tan acostumbrados están que nunca se hacen daño). Pero la última caída (que no única), en la nieve, no fue lo mismo. No se rompió nada, desde luego, y vivió para contarlo, también es verdad, pero algo cambió para siempre y para mal. En la última salida con los esquíes puestos, y después de recorrer tan solo un ridículo trecho de poquísimos metros, no se sabe muy bien cómo, Carlos dio un brinco en el aire, una especie de pirueta inverosímil, y se empotró de cabeza en el suelo. Allí quedó clavado, con los pies en alto, hasta que pudimos llegar a socorrerlo. El tiempo que pasó fue suficiente para que a Carlos empezara a congelársele el cráneo. A congelársele o algo parecido, porque de camino al hotel no decía nada, ni siquiera parpadeaba ni movía los labios ni hacía ningún gesto que pudiera dar alguna pista sobre su estado. En cuanto entramos en el hotel, pedimos con urgencia en recepción cuatro secadores de pelo, subimos a Carlos a la habitación y nos pusimos los cuatro a calentarle la cabeza. Se recuperó, pero ya nunca volvió a ser el mismo de antes. De ahí

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Medium 9788483935514

Piroquinesis

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Piroquinesis

 

 

Para Fernando Iwasaki, crisantemo japonés

 

 

El fuego, según Renato

No, Darío no estaba en la cuna cuando volví del trabajo y por raro que parezca, señor agente, yo lo supe enseguida; nada más abrir la puerta de casa, en realidad. Si usted no me mirara así, como si yo fuera una broma de mal gusto que ha venido hasta su mesa sólo para impedirle terminar el crucigrama del periódico, me explicaría mejor, le daría todo tipo de detalles. La casa es otra si Darío no está. Ni siquiera huele igual.

Es verdad que ando un poco obsesionado y que desde que pasó lo del incendio en el otro piso siempre temo que a Darío vaya a sucederle algo terrible. Pero no se lo digo a usted, que sigue mirándome con cara de café helado, mientras coge la estilográfica negra que reposa sobre el crucigrama a medio hacer y da golpecitos con ella a la esquina de la mesa, como si cada uno de esos golpes midiera el tiempo que está dispuesto a concederme. Luego mira la foto de Darío, un niño de meses aparentemente normal en brazos de su madre y vuelve a mirarme a mí, incrédulo. Todo esto debe de resultarle descabellado, me hago cargo. No es para menos, la verdad: de pronto un enano entra como un golpe de viento en su comisaría y le muestra temblando la foto de un bebé rubio, le dice que es su hijo, su hijo, y que ha desaparecido de su cuna. Sí, señor, no hace falta que disimule, ojalá pudiera decirle que yo también sé que él y yo no nos parecemos en nada y que soy consciente de lo raro que resulta todo esto. Pero es mi hijo y en cuanto he entrado en casa yo he sabido que no estaba allí, porque una voz estrangulada como de bufón enloquecido se ha puesto a gritar en mi interior Darío no está, no está, y entonces he recordado las llamas, y he echado a correr en dirección al cuarto que pinté de azul cuando nos mudamos.

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Medium 9788483935620

Convenciones

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Convenciones

 

El último en bajar fue el conductor del autobús. Junto al vehículo todavía lo esperaban las pasajeras más jóvenes, deshaciéndose en sonrisas, cautivadas por el brillo de su uniforme y la prestancia arrolladora del responsable de tantas vidas. Al otro lado de la cola que formaban los viajeros con sus maletas, sobre la pista, aguardaba el avión. Y bajo la cabina del aparato, desaliñados y barrigudos, fumaban y mascaban chicle un par de pilotos, esos cerdos babosos.

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Medium 9788483935606

Primeras maestras

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Primeras maestras

 

Supimos de la perfección por nuestras muñecas. Aprendimos de ellas los rizos inmóviles, las rodillas juntas si se usa falda, una sonrisa discretamente tintada de geranio y la mirada de vidrio limpio que debe mostrarse a los adultos con traje. Aprendimos también que ellas iban a sobrevivirnos, que vigilarían nuestra ausencia desde el mismo estante imperturbable, como gárgolas de habitación infantil. Nos enseñaron la muerte y ese día decidimos cambiar las reglas del juego, sonriendo, amables mientras tirábamos hacia atrás un poco más de la cuenta, al cepillar sus lustrosas cabelleras de niñas sombrías.

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Medium 9788483935620

Extraños seres

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Extraños seres

 

Había un planeta en el que cuanto más negro y descarnado era un corazón, más finos ropajes, más preciosos tejidos y más suntuosas joyas se utilizaban para ocultarlo.

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Medium 9788483935743

Granja Paraíso

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Granja Paraíso

 

Michael Dean, el cantante pop que se había hecho multimillonario con las ventas de sus discos, era un reconocido homosexual. Cansado del ajetreo de la vida artística se retiró a su granja de Australia. Vivía rodeado de caballos, toros, carneros, animales todos del sexo masculino. Como no podían procrear entre ellos, cuan­do alguno se moría, se veía obligado a comprar animales de las granjas vecinas. Aunque pagaba muy bien, era extremadamente exigente en sus adquisiciones. Nadie sabía cuáles era los criterios que le guiaban. Acaso por eso empezó a correrse el rumor de que los animales que elegía también eran homosexuales.

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Medium 9788483935156

Mi otro nombre

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi otro nombre

 

Supe que mi madre me perseguía cuando escuché por casualidad el nombre con el que ella me llamaba en secreto. Yo pasaba junto a su dormitorio amarillo de soltera, con el deseo inconfesado de sorprenderla gimiendo debajo de algún desconocido. Esta imaginación solía provocarme una fiebre indignada que me quitaba el sueño. Lo que buscaba al detenerme junto a la puerta del dormitorio de mi madre era la confirmación de su libertinaje, no de su demencia.

Desde aquel descubrimiento, empecé a preparar por mi cuenta todas las comidas. Mi madre no hizo más que congratularse de un modo demasiado teatral. Yo observaba cada uno de sus movimientos al condimentar los platos (de eso no conseguí encargarme: Ah, no, querido, eso sí que no te lo voy a permitir, ¡el arte culinario consiste sobre todo en el toque final!), cómo le echaba sal y especias a la carne, a la ensalada, al puré. Naturalmente, nunca hizo nada sospechoso: ella sabía que la vigilaba. Me había visto nacer, crecer, hablar; me había ofrecido esos pechos que ahora empezaban a colgarle; había visto cómo aprendía a hablar en su lengua, y cómo más tarde aprendía que esa lengua sirve para odiar con precisión; había presenciado mi fracaso en los estudios, mis problemas para hacer amistades, la resignación de mi vida sedentaria. ¿Cómo no iba a saber entonces que la espiaba? Lo único que mi madre no sabía es que, una sucia noche, yo había escuchado mi otro nombre a través de la puerta de su dormitorio.

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Medium 9788483935415

El buen detective

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El buen detective

 

Era un buen detective y no le costó fotografiarlos desnudos desde una terraza que dominaba las oficinas del hombre en cuyo despacho se veían a la hora de cierre. Cuando reveló el carrete se asombró reconociendo a la dueña de aquellos senos altivos, de aquel pubis marmóreo: su propia mujer. ¿Qué hacer? Tenía que calmarse antes de decidir. Así que iría a ver a su cliente, la dama que le había contratado para que vigilara a su marido. Le abrió la puerta una doncella que en esta ocasión no le pasó al salón sino a uno de los dormitorios de arriba. «Señora, ahí los tiene», le dijo, arrojando las fotos sobre el tocador, a través de cuyo espejo ella le miraba. La mujer no pareció asombrada. El detective tuvo una sospecha. «¿Lo sabía usted?» «Pero no hubo respuesta. Ella había empezado a desnudarse. «Nos han empujado a ello, ¿no cree?».

 

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Medium 9788483935415

Faulkner en Lot

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Faulkner en Lot

 

Desde niño le fascinaban los automóviles. Cuando por San Juan llegaban «los caballitos», Vieito rompía su pobre hucha y gastaba los ahorros de todo un año en subirse a los coches de choque. Un jovencito de la calle Ordoño II le golpeó inopinadamente en el costado trasero y su coche giró tres veces sobre sí mismo. Algunos de los que esperaban coche se burlaron de su cara de susto, no solo las amigas del niño pijo, sino, lo que es peor, Adela, sobre todo Adela, y también Cristina, que montaban un coche cercano.

Vieito, a una edad en la que otros estudiaban todavía el bachillerato, entró de aprendiz en el taller de Calo Portomeñe. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, apenas hablaba con nadie y rehusaba tomar copas con los compañeros. A pesar de los kilómetros que tenía que caminar cada día, no quiso emplear sus primeros ahorros en una bicicleta. Su ambición era mucho mayor.

Tuvo que esperar varios años más, yendo a pie al trabajo con frío y viento, con lluvia o sol, con nieve o calor, hasta que al fin lo consiguió: un coche usado, uno de aquellos Seat mil quinientos que reparó y cuidó como a la niña de sus ojos. Luego, durante muchos días, a la salida del trabajo, también sábados y domingos, se mantuvo apostado en su coche en una de las calles del extrarradio que desembocaba en lo que todavía es carretera de Madrid.

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Medium 9788483935019

Apela al golpe que todavía dura

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Apela al golpe que todavía dura

 

Va a partir; pero partir, ahora, le parece un esfuerzo superfluo, le aturde. Roto el himen del aire, nunca ha cesado de renovarse en él la asfixia de quien ya se ha ido.

Dice adiós a la espera que ha desposado; mira, a su espalda, las ruinas.

Nada se mueve. En el umbral de la revelación, un pájaro va a hacer el día.

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Medium 9788483935859

Mi amigo Böhm-Bawerk

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi amigo Böhm-Bawerk

 

Paradójicamente, la llegada del mes de agosto traía a la agencia de viajes una mayor tranquilidad. Durante todo el año habíamos encadenado jornadas interminables, contratando sin descanso billetes de avión, pasajes transatlánticos y reservas en hoteles y balnearios. La agencia era un desfile de parejas deseosas de encontrar un íntimo refugio, ruidosas pandillas en busca de playas y de alcohol, y ancianos dispuestos a peregrinar en autobús por ciudades plagadas de monumentos. Era en el mes de agosto cuando se hacían realidad buena parte de aquellos fraudulentos paraísos, de modo que la ciudad se convertía en una arquitectura melancólica y vacía, y por fin era posible también para nosotros, los empleados de la agencia, tomar unas vacaciones.

Yo trabajaba con dos chicas muy jóvenes. Las edades, las costumbres, nos abocaban a mundos diferentes, pero ambas me estimaban y convertían las tareas laborales en un yugo leve y agradable. De alguna manera, habían decidido adoptarme, como si fuera un antiguo maestro de primaria o un venerable tío solterón. La inminente jubilación se había convertido en el objetivo principal de mi existencia. En menos de año y medio iba a alcanzar el retiro. Contaba los meses, las semanas, con la avaricia de un presidiario que mide el transcurso del tiempo en su celda. Quería encontrar más allá de la oficina la muesca de libertad que me faltaba, y las vacaciones de agosto eran una degustación anticipada de esas definitivas vacaciones que llegarían con la jubilación.

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Medium 9788483935101

El hombre araña

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

El hombre araña

 

El niño, disfrazado de hombre araña, espera cinco minutos antes de llamar a la puerta de los vecinos. Pasa todos los fines de semana con ellos. Alguien lo entrega el sábado a la hora de desayunar, y alguien lo recoge el domingo por la noche. El niño lleva siempre bajo el brazo la caja secreta. La caja secreta es de metal y está protegida por un candado cuya única llave solo guarda el niño. Nadie salvo él toca la caja secreta.

Como es carnaval, el niño no quiere quitarse el disfraz ni pronunciar palabra. Incluso come con la careta puesta y duerme vestido de hombre araña. Al niño le gustaría trepar por las paredes de la casa de los vecinos, como los auténticos hombres araña, y tender una red gigante en una esquina del salón para que los habitantes de la casa quedasen atrapados. Como sabe que eso no es posible, se agazapa en el sofá de cuero con sus zapatillas de hombre araña y la careta bien encajada. Los vecinos, sin poder evitarlo, le regañan por pisar con las zapatillas de hombre araña el sofá recién comprado.

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Medium 9788483935088

Almíbar del cactus

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Almíbar del cactus

 

Por el retrovisor veo verterse el agua hirviendo sobre el asfalto liso. Supongo que a esta hora estaré solo, es hora de que el brillo de los cactus rasgue el viento y se deshaga en mil hebras luminosas estrellándose contra el cristal, y uno siente cada vez más calor pero sigue, porque adónde ir si no. Junto a la hilera de cactus se suceden los planos áridos, las piedras, más allá los olivos. Desde hace rato huelen los kilómetros, mi peugeot rojo es el fósforo del camino, los pájaros que de vez en cuando se cruzan conmigo parecen volar tensos. Estoy casi seguro de que al salir olvidé algo, no sé, quizás unos papeles, un abrigo, pero cómo pensar ahora en abrigos. He olvidado ya demasiadas cosas. En vez de cactus ahora son matorrales, se acercan unos a otros hasta golpear verde con verde y desdibujarse en manchas grises que no veré otra vez, dos grises nunca son iguales, y entonces miro el retrovisor, y la lava se vierte encima del asfalto. Se diría que arrastro los pies, que voy corriendo dentro de mi peugeot, de tanto que me arden los talones. Cómo podría recordar qué olvido. La llamarada, solo puedo aliviar los pies si aprieto más y más sobre el asfalto, este sabor pastoso en la boca me dice que debería descansar un rato, no sé, quizás un mapa, un libro, quién se acuerda ya. Todo se vuelve ingrávido y me enrosco en la serpentina del camino, se derrite, aprieto más, otra vez muchos cactus, una vez mi hermano me dijo vamos, no te van a hacer nada, acércate con tu cortaplumas, hermanito, y fíjate qué sale de dentro de esos cactus, vamos, es fácil, no te asustes, en el fondo los cactus se parecen a las rosas, y en realidad dan agua, ¡sí, agua!, acércate y verás. Yo me acerqué, extendí un brazo, cerré los ojos y lancé el navajazo, y cuando abrí los ojos pude ver un líquido almibarado saliendo del cuerpo verde de aquel cactus y otro líquido diferente, como acuarela roja, manando de mi dedo. Mi hermano mayor nunca me quiso más que a sus ganas de sentirse sabio ante mí, pero qué te has hecho, hermanito, qué te has hecho. Y qué carajo puedo haber olvidado, un abrigo no, eso sería imposible, un libro, eso quizás, o un mapa de estos lugares. Pero los mapas no sirven cuando te guían el calor, los pájaros, la serpentina, es una línea y su explosión, qué más podría necesitar salvo agua, agua de los caminos y los cactus y la boca, hermanito, ven aquí, no estés tan pálido, primero te lavamos bien la herida y después la dejamos al sol, el sol, que despacito te cura, el sol, el sol, no estés tan pálido, hermanito. Era tan fácil obedecer y estar a salvo, ven, no le digas a mamá que te he prestado el cortaplumas o ya no te lo presto nunca más, era tan fácil, pálido, pálido al sol, la herida abierta y sin embargo tan fácil olvidar lo que nos duele, seguir sintiendo siempre su dolor, ese dolor sin causa que late en los talones por ejemplo, ese que nos recuerda que ya hemos olvidado de qué o quién huimos. Huir. Correr tras los olivos más allá, los ángulos amarillos, el temblor de algún pájaro, uno mira hacia arriba y solo ve la lona y el silencio. Y entonces apretar, apretar más porque detrás se van abriendo rápido las heridas, al mismo ritmo que uno corre y no se acuerda y los talones rozan el suelo, al mismo ritmo arrasan el terreno y se calientan, blancas y cegadoras como el agua de la sed. Ya sé. He olvidado traer la foto de mi hermano, que está muerto.

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Medium 9788483935743

El azar

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El azar

 

¿Puede el azar conseguir que un mono tecleando una máquina de escribir durante millones de años componga El Quijote de la Mancha? En eso pensaba el ornitólogo Artemio Alcántara cuando desde su mirador de Doñana observó que la bandada de gansos que surcaba el cielo camino del norte dibujaba claramente cinco letras que formaban la palabra VAMOS. Seis meses después, los gansos, de vuelta a Doñana, dibujaron en el cielo la palabra VENIMOS. ¿Podría ser que ese mismo mono tecleara además las palabras del Hamlet?

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Medium 9788483935828

Vapor

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Vapor

 

«El vapor tiene sus flaquezas», llega una voz mientras se camina por la vía. «Lo decía el señor Genaro».

Es cierto. Basta pensarlo para darle la razón al eco que han despertado los pasos. Algunas son visibles, como las que instruye el viento sobre el humo, vía arriba y vía abajo. Puede ser una ilusión de animal fantástico que crece en disipaciones hasta borrarse del mundo. Cuando la máquina sale de un túnel, el vapor es un ajetreo furioso que busca el aire para ganarlo en bocanadas blancas que también acaban siendo un recuerdo. Y hay otras fatigas del vapor que ni siquiera se ven, otras flaquezas. Por ejemplo, las cuentas del fogonero que va alimentando la caldera: una, dos, tres, cuatro paletadas negras como la chimenea que va estirando el fuego hasta hacerlo nube blanca.

Otras veces el humo de la locomotora es un sonido, un tropiezo regular oculto tras una curva o tras los árboles, y un pál­pito en el corazón de los que esperan. Cuando se aleja se parece a una sordera melancólica, a un alma vacía como la de las estaciones que acaban de despedir el último tren con su provisión de adioses y cabezas asomadas. El vapor, en fin, es una niebla viajera que condensa lágrimas y soles velados.

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