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Plano abatido

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Plano abatido

 

No tuvo más remedio que hacerlo así, muy a su pesar. ¿Suicidio?, qué más da eso ahora; ¿intento de asesinato?, no, jamás se le habría pasado por la cabeza, él no lo hubiera llamado de esa forma, aunque a todas luces y en los archivos de la Policía pueda ser algo probable. No tuvo otra salida, ella le obligó sin darse cuenta; ella o la perspectiva en picado de ella, que no es lo mismo; ella o un eje imaginario que nacía en los ojos ansiosos de él y la atravesaba para fijarla a la tierra, ese nivel donde ella ya no era sino un abatimiento del plano a vista de pájaro que él poseía y volvía a grabar en su retina cada mañana. ¿Cómo explicarle ahora a los investigadores un amor aéreo, un deseo fugaz, que apenas dura una décima de segundo?

Se puede investigar lo puramente físico, lo material: sí, él se tiró sobre ella desde el balcón del sexto, y un instante antes de errar y caer a su lado gritó un «mi vidaaa» con una a larguísima que rebotó en el suelo también y se rompió en infinidad de trocitos pequeños de a mezclados con el deseo hecho añicos, trocitos de a que se lanzaron a su vestido, aprisionándola, manchándola de amor y locura; así permanecieron esos minutos como horas, ella quieta como una estatua a su lado, él desparramado finalmente a sus pies, vencido, o victorioso quizá, sin haber podido retener el instante vertical, el segundo mágico de donde le brotaba cada mañana un amor decididamente atmosférico, aéreo, inverosímil.

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Medium 9788483935750

La casa de los dos portales

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

La casa de los dos portales

 

Cuando estuve allí esta Semana Santa, habían tirado la casa de los dos portales. En su lugar se va alzando la estructura de una construcción de varios pisos.

Acaso por haber transcurrido ya tantos años, el cambio no me produjo la emoción que debiera. Sin embargo, sentí en una parte lejana y profunda de mí el alivio de saber que aquella casa y su portal trasero ya no existían. Y cuando, por esas casualidades que ocurren, me encontré con Publio, al que no veía después de veinticinco años, tras las palabras de reconocimiento y salutación, eso fue lo primero que me dijo:

–¿Sabes que han tirado la casa de los dos portales?

 

Publio, los gemelos y yo íbamos juntos al colegio. Quedábamos citados en la Plaza Circular y, cuando estábamos todos, emprendíamos la marcha recorriendo la calle Julio del Campo y atravesando Padre Isla, para tomar la de la Torre.

La casa de los dos portales estaba más o menos a esa altura, donde se cruzan Padre Isla y la calle de la Torre. Era un enorme caserón de ladrillo, cubierto de pizarra, con un primer piso y un alto abuhardillado. Tenía dos portales, pero ninguno de ellos estaba orientado hacia la calle: en esa dirección quedaba uno de los muros laterales, con grandes ventanales rodeados de hiedra. Los portales daban, cada uno por opuesto lado, al espacio de terreno que rodeaba la casa: una pequeña finca cerrada por un alto muro de ladrillo, que tenía esquirlas de cristal embutidas en su cresta. Al fondo de uno de los lados se podía ver un trozo de jardín enmarañado y la puerta de un cobertizo. El muro de ladrillo aislaba la finca de las construcciones aledañas. En la parte que daba a Padre Isla, tenía una sólida y oxidada portalada de reja.

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Medium 9788483935057

Obsesiones

Iban Zaldua Editorial Páginas de Espuma ePub

Obsesiones

 

Paul Weller

Heliocentric

Island, 2000.

 

Un amigo mío escucha a todas horas el cedé Heliocentric, de Paul Weller. O al menos eso parece: cada vez que voy a su casa, esta última temporada, lo encuentro oyendo ese disco, el mismo siempre, un disco que no me atrevo a decirle que me parece que ya nació algo anticuado, para ser de principios de este siglo. De todas maneras, en cuanto me hace pasar a la sala suele invitarme a tomar una Guinness, y es imposible negarse a una Guinness mientras una canción como «Picking Up Sticks» suena por los altavoces.

Mi amigo me habla, en esas ocasiones, de las otras obsesiones que le preocupan: de la triste deriva de nuestro pueblo –sí, «pueblo» es la palabra que utiliza–, de Milan Kundera, del cáncer de su hermana, del efecto milagroso del litio. Nada aún, sin embargo, de su reciente divorcio –y yo tampoco me atrevo a abordar directamente el tema–. Una vez, por probar, le dije que había visto a María por la calle. «La vi muy guapa, llevaba ese vestido hippy, ya sabes cuál», añadí, con un poco de malicia quizá; soy de la opinión de que, muy en el fondo, sentimos placer ante la desgracia de nuestros semejantes. No hubo ninguna reacción visible. Terminó su cerveza y me invitó a tomar otra.

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Medium 9788483935965

Medusa

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Medusa

 

Con la mirada fija en su escudo dorado, el héroe le susurró palabras de amor eterno, acarició las serpientes venenosas de sus cabellos y le pidió un último beso antes de morir petrificado. Ella accedió. Y cuando sus lenguas se entrelazaron, sin darse cuenta, cerró los ojos.

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Medium 9788483935415

Amor eterno

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Amor eterno

 

–Yo no me divorcio –comentó Blas– . Creo en el amor eterno.

–¿Y si es ella la que se divorcia de ti?– le preguntaron.

–¡La mato! – contestó sin dudarlo.

 

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Medium 9788483935736

Los días robados

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Los días robados

 

La víspera de mi primera excursión escolar, el ner­viosismo me quitó el sueño. Iba a visitar el aeródromo, a seis kilómetros de la ciudad. Viajaría en un autobús llamado «la saeta azul» y almorzaría en el campo el filete empanado y el huevo duro que mi madre había cocinado para mí. Recuerdo con claridad las evocaciones de aquella excursión en la boca de los demás niños: las grandes hélices, los motores rugientes, el piloto con su gorro y su chaqueta de cuero, los refrescos de la merienda. Sin embargo, ni una sola imagen del día había quedado en mi memoria, como si yo no lo hubiese vivido junto a los demás. Años más tarde, ya adolescente, otra excursión colegial me llevó a Santiago de Compostela. También la memoria ajena serviría de referencia para los incidentes del viaje, las noches de pensión, los primeros cigarrillos, el balanceo del botafumeiro, pues en mí no quedaba ni un solo recuerdo de aquellos días. Mi mujer rememoraba nuestro viaje de novios, otros viajes, la dulzura del mar en las islas, el verdor de los pinos, recordaba dulces atardeceres de verano, paseos entre la nieve, un pájaro que se posó sobre mi hombro en la isla de Taquile, pero su ternura no conseguía despertar en mí ni una sola imagen de aquellos recuerdos. Al parecer, todas las jornadas gustosas, plácidas, estimulantes, que he compartido con los demás no son sino una opacidad sin luces ni ecos. Mis hijos, mis nietos, me llevan ahora a conocer la esfinge, las pirámides. Contemplo el territorio de las nubes que el avión sobrevuela y arriba el cielo azul, el sol. Sé que también estos días se perderán para mí, me pregunto quién es el que ha vivido, el que vive en mi lugar las jornadas felices de mi vida.

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Medium 9788483935248

El relevo

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

Descubrí el mundo de los vampiros en la para mí inolvidable película Drácula, dirigida por Terence Fisher e interpretada por Christopher Lee y Peter Cushing. Era el año 1959 y yo había llegado hacía poco a Madrid para estudiar Derecho. La novela se tradujo en España en 1962 –colección Lay– y conservo ese libro como un tesoro: en él el género epistolar alcanza cierto aire de auto sacramental, dentro de una escritura imperturbablemente realista. Después de Bram Stoker, descubriría a Sheridan Le Fanu y profundizaría en otras gloriosas muestras del tema: las historias escritas por Polidori, Hoffmann, Nikolái Gógol, Alekséi Tolstói… Hasta tal punto recuerdo con entusiasmo a estos clásicos, que todas las secuelas que han venido después me parecen una lamentable degradación del asunto.

Cuando escribí este cuento estaba en el norteamericano Dartmouth College, mientras impartía un curso sobre cuento literario. En los bosques de New Hampshire –enormes árboles en los que el otoño pone todos sus colores terminales, senderos apenas hollados, boletus edulis, osos, ciervos…– la soledad humana palpita con fuerza y puede propiciar en el visitante cierta propensión a las ensoñaciones fantásticas. Eran días en que cientos de mariposas venían a morir a las cunetas de la carretera entre penosos aleteos, en aquellos territorios de montes espesos y solitarios, donde el viento hace desplomarse de repente árboles inmensos. Es un lugar propicio a lo misterioso, y no me extraña que en la Nueva Inglaterra hayan escrito desde Edgar Allan Poe hasta Stephen King, pasando por Lovecraft y su círculo. Allí situé también el escenario del final de mi historia.

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Medium 9788483935620

Otros mundos

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Otros mundos

 

Algunos soñadores ingenuos especulan acerca de la existencia de otros mundos en los que es posible articular sonidos dotados de significado, mediante órganos implementados en los propios cuerpos. Conjeturan la naturaleza física de eso que llaman cuerpos, y los sitúan en un plano de extrañas dimensiones, reticulado en corpúsculos denominados planetas. Los cuerpos, así como todo tipo de sensaciones químicas, radiaciones y frecuencias de onda, se verían poderosamente atraídos hacia esos planetas, donde se darían en las más increíbles combinaciones. Serían sin duda unos mundos fabulosos, que nada tendrían que ver con el nuestro.

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Medium 9788483935262

Soledad coronada

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Soledad coronada

 

 

 

A Michael Schuessler

 

 

 

Clasificaba el nuevo catálogo de revistas extranjeras cuando entró a mi cubículo Jean Alcorta, el nuevo profesor visitante. Alto, fornido, de pelo rojizo y barba hirsuta, con vivaces ojos de ardilla y ancho cuello de pelotari vasco, sólo había venido un par de veces a pedirme libros de su especialidad, pero esta vez se apoltronó delante de mi escritorio con un vaso de café en la mano.

–Tú eres mexicano, ¿verdad? –me preguntó en un español afrancesado.

Como soy un criollo con facha de gringo y hasta entonces sólo habíamos hablado en inglés, la pregunta me tomó por sorpresa.

–Sí, soy de Puebla. ¿Cómo lo sabes?

–Es que la otra tarde andaba buscando libros en estos anaqueles y te oí hablando solo.

–Quizá estaba hablando con mi familia por el Skype –mentí para salir del paso.

–Pues no tenías enfrente ningún ordenador –dijo en un tono ambiguo, entre acusatorio y burlón.

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Medium 9788483935309

La reserva de los ingleses

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La reserva de los ingleses

 

–Los ingleses nunca miramos a los desconocidos a los ojos y menos en un tren. Dicen que somos muy reservados y es verdad –reconoció lord Stormontgate–, pero solo por lo que concierne al corazón. Nuestra sonrisa es un simple saludo gestual que no implica sentimientos. Mostrar nuestro cariño nos parece poco elegante, incluso impúdico, y nada digamos del amor. Recuerdo ahora la historia de aquel muchacho, Bill Wriothesley, un apellido bien ilustre, que utilizaba a diario el tren desde G. en Surrey a su trabajo en la City. Un día coincidió en su asiento frente una chica de la que sin más se enamoró. Al cabo de los días, comprobó que se subía en W. y que procuraba tomar siempre el mismo vagón, al final del tren. Allí la esperaba, a cubierto tras un periódico desplegado. Solo al pasar página podía apenas atisbarla, pero tan de refilón que era como un sueño, como esa imagen idealizada que crea el pensamiento tembloroso del enamorado, y si sus ojos se encontraban una milésima de segundo reprimía un sorry, lo siento. Para atreverse a hablarle precisaba de una soledad que el vagón no propiciaba. Y no imaginaba otro lugar mejor que aquel en el que había sentido con tanta intensidad la herida de Cupido.

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Medium 9788483935743

El último instante

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El último instante

 

Se había emboscado para asesinar a su odiado rival. Ante la inminencia de la muerte lo vivido se hace presente en imágenes intensas que duran apenas un segundo. Pero como sólo él sabía lo que iba a ocurrir, fue su propia mente la que recibió la memoria del otro como un latigazo. Y se sorprendió descubriendo cuánto amor le rodeaba. Sintiéndose inmensamente culpable, allí mis­mo se descerrajó un tiro en la boca.

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Medium 9788483935026

Quizá una mala racha

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Quizá una mala racha

 

Si se ponía a pensarlo, y era algo que hacía a menudo, a Pablo le daba miedo que de tanto respirar la gente se acabara el oxígeno. Aquello del oxígeno lo había explicado unos días antes don Evelio, en la clase de Ciencias, y cuando a Pablo le venía esa aprensión, la de que el aire se agotase, se estaba un rato grande, media hora quizá, llenando los pulmones a bocanadas cortas –lo mismo que los peces o las personas cuando se disgustan–, y hasta se hacía el propósito de acostumbrarse y respirar sin avaricia.

También por esa época, a principios de junio, su madre quiso llevarle de visita a casa de su amiga Encarnación, que se había hecho testigo de Jehová. Y Pablo recordaba aquella tarde porque Encarnación les había sacado café y unas galletas largas con sabor a canela que se llamaban napolitanas, y luego pasó todo el tiempo hablándoles del fin del mundo, de lo cerca que estaba, y de cómo había ahorrado para poner una litera en el cuarto de los niños, y ahora opinaba que no: que para unos meses, para un año a lo más, ya no valía la pena meterse en obras:

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Medium 9788483935323

Ocho piernas

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Ocho piernas

 

Quizá no sea la primera vez que la traición amarilla de una mañana soleada le pega una cuchillada a Ron Sheppard en el costado, y se despierta, abrazado a su perro Sketch por el bajo vientre, con la apariencia de haber sido arrancado violentamente de un cuadro de Lucian Freud: desnudo, sucio, los músculos resaltados por el frío de unas líneas azules, las piernas de un hombre asomando por debajo de la cama.

Porque no es extraño que uno tenga a un hombre, tumbado y sin ropa, oculto por las sábanas que cuelgan. Lo raro es no saber quién es.

Quién demonios eres, piensa Ron Sheppard, pero solo lo piensa, después de incorporarse y haber intuido que hay dos piernas bajo su cama. Apenas se fija en ellas. La luz que entra por la ventana lo ha despertado, y abre los ojos Ron Sheppard para recorrer, todavía en la misma posición, de un vistazo todo el cuarto: la misma mierda haciendo más acogedoras las paredes, en el suelo los mismos tablones que acabarán pudriéndose algún día y sin avisar, el mismo aire irrespirable, cargado, rancio, sin futuro. También tres colillas apagadas en la madera y, volcada en el suelo, la derrota de una botella de whisky. Es al ver eso cuando Ron Sheppard intuye debajo de él dos piernas agazapadas, y se incorpora, y piensa, quién demonios eres, ahora que ya las ha visto.

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Medium 9788483935316

Una historia reciente

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Una historia reciente

 

 

 

Ready made (en inglés: «ya hecho») se llama a cualquier objeto de uso corriente al que mediante una mínima intervención sobre él o únicamente situándolo en otro contexto –por ejemplo una exposición–, el artista convierte en una obra de arte.

 

 

 

Es crucial, sin embargo, distinguir entre la belleza estética y un sentido más amplio de la excelencia artística en que la belleza estética puede no tener importancia. […] Los críticos entraban en las exposiciones con una idea fija de cómo debía ser una pintura: lo que veían era tan disonante respecto a esa idea que apenas si podían considerarlo arte.

Arthur C. Danto, El abuso de la belleza

 

Albert, A., Benejam, P., Casas, M., Comas, P., Oller, M. (2004), Limes. Ciencias sociales, Geografía, Educación secundaria, Tercer curso, Editorial Vicens Vives, Barcelona.

 

Albert, A., Benejam, P., Casas, M., Comas, P., Oller, M. (2006), Demos. Ciencias sociales, Geografía, Educación secundaria, Tercer curso, Editorial Vicens Vives, Barcelona.

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Medium 9788483935170

Mis padres y mis hijos

Samanta Schweblin Editorial Páginas de Espuma ePub

Mis padres y mis hijos

 

–¿Dónde está la ropa de tus padres? –pregunta Marga.

Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero.

–Van a ser las seis, Javier –me dice Marga–. ¿Qué va a pasar cuando llegue Charly con los chicos del súper y vean a sus abuelos corriéndose uno al otro?

–¿Quién es Charly? –pregunto.

Creo que sé quién es Charly, es el gran-hombre-nuevo de mi exmujer, pero me gustaría que en algún momento ella me lo explicara.

–Se van a morir de vergüenza de sus abuelos, eso va a pasar.

–Están enfermos, Marga.

Suspira. Yo cuento ovejas para no amargarme, para tener paciencia, para darle a Marga el tiempo que necesita. Digo:

–Querías que los chicos vieran a sus abuelos. Querías que trajera a mis padres hasta acá, porque acá, a trescientos kilómetros de mi casa, se te ocurrió que sería bueno pasar las vacaciones.

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