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Apocamiento sincero

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Apocamiento sincero

 

Entre los personajes de sus novelas había un líder muy agresivo, le tomó miedo y dejó de escribir para no enfrentarse a él.

 

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Medium 9788483935958

Atardecer en la feria

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Atardecer en la feria

 

Odio las ferias porque me traen el recuerdo de la infancia. De niño comprendí enseguida que formaba parte de mis obligaciones simular que me divertía en aquellos recintos tenebrosos. Mis padres me llevaban de la mano y me subían a las distintas atracciones. Percibía en sus ojos expectantes lo que ellos esperaban de mí: felicidad, esa felicidad que los niños no siempre encuentran donde sus padres presumen. Desde el principio, desde esa confusa niebla de la niñez más lejana, las ferias nunca fueron un lugar alegre para mí. Yo me fijaba en otras cosas. No me gustaban las masas de gente, envidiaba desde lejos a los grupos de chicos, algo mayores que yo, que acudían ya a la feria sin sus padres, y sobre todo me daba cuenta de que aquel era un montaje de cartón piedra, un mundo imaginario y fraudulento: las atracciones se sostenían sobre chirriantes artefactos mecánicos, los empleados de las taquillas tenían aspecto triste, casi desesperado; manejaban el dinero, los boletos, las entradas, con esa avaricia que imprime la miseria y que da a las cosas simples un valor extraordinario. Tenían manos toscas en las que se adivinaban los esfuerzos por levantar aquel vasto decorado de ciudad en ciudad. Vendían los boletos completamente al margen de la euforia de los niños y de sus familias. Los puestos de tiro, gobernados por viejas gitanas o sujetos con la cara marcada, revelaban cómo aquel no era el reino de una alegría blanca e inocente, sino la transfiguración próxima, palpable, de la profunda tristeza del universo, un universo que respira trabajosamente, un universo, supe más tarde, donde lo más importante era encontrar dinero, alguna clase de dinero, y ganarse la vida, alguna clase de vida. Había algo profundamente vulgar en las loterías y los bingos de las ferias, en el tono monocorde de sus charlatanes provistos de micrófono, algo sucio e insalubre en los puestos de churros y buñuelos, algo triste que me estremecía y de lo que, si hubiera tenido entonces voluntad, habría huido sin mirar atrás. Odiaba los solares de tierra irregular o de guijarros donde se asentaban las atracciones, y odiaba los viajes en los autos de choque: en ellos siempre había tipos pendencieros que se divertían agrediendo a topetazos a inocentes parejas de novios, y los chicos se incomodaban ante la necesidad de mostrar coraje y defender a sus compañeras.

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Medium 9788483935446

Jugarse la piel

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Jugarse la piel

 

Se despidieron justo antes de internarse en el bosque. Los dos iban bien pertrechados. Se miraron a los ojos con una expresión que, a fuerza de años, había llegado a significar «suerte». Ni una palabra. El silencio del bosque es contagioso. Como cada domingo, y porque muchas veces la costumbre puede más que la voluntad, Blas se fue por la derecha, y Ricardo, por la izquierda. Tardaron muy poco en perderse de vista, y solo algo más en que no les llegara a los oídos ningún sonido que pudieran atribuir al compañero. Blas iba despacio, pensando en el delicioso desayuno que se había zampado aquella mañana, y en su esposa, que se lo había preparado con amor. Ricardo, en cambio, no pensaba en nada; solo miraba intentando descubrir la sombra parda de la presa codiciada. De repente, a la izquierda de Blas se agitaron con violencia unas ramas. De repente, a la derecha de Ricardo, se agitaron con violencia unas ramas. Las mismas ramas. Y, al unísono casi, sonaron dos disparos de escopeta. La pieza dio un brinco y se desplomó con estrépito. De izquierda y derecha acudieron Ricardo y Blas a ver de cerca el trofeo. Llegaron al mismo tiempo y descubrieron a la vez, en la expresión del otro, que ambos se creían dueños del disparo certero. No iban a discutir por orgullo. Pero sí porque los dos querían quedarse con la valiosa piel del animal. Habría que jugársela. Decidieron tirar una moneda al aire y disparar. Ganaría quien acertara. Todo fueron gestos, que a fuerza de años se habían convertido en su único lenguaje. Ni una sola palabra. Pero algún malentendido tuvo que haber, porque lanzaron la moneda al aire, dispararon, y uno de los dos cayó fulminado. De ahí.

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Medium 9788483935255

Noticias antes de tiempo

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Noticias antes de tiempo

 

Un influyente matutino de Bruselas publicó, a lo largo de tres meses y a ritmo de una por día, una serie de breves informaciones de índole local –siempre arrinconadas en la página ocho–, que al momento de la salida del diario aún no habían ocurrido pero que se cumplían inexorablemente a las seis de la tarde, para salir a la mañana siguiente en los otros periódicos de Bélgica. El fenómeno fue detectado por un exmaestro de escuela que presentó una demanda acusando al director del matutino de «promover hechos desgraciados y/o delictuosos». Para que estas noticias se realizasen había sido necesario –alegaba el demandante– que alguien allegado a la redacción cometiera el incendio, el secuestro, el robo o el crimen allí profetizados. Nada pudo probarse en tribunales. El director se negó con terquedad a revelar cómo obtenía dichas «primicias», amparándose en la «confidencialidad de sus fuentes». El juez fijó, no obstante, una multa abultada contra el matutino por haber divulgado «noticias antes de tiempo».

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Medium 9788483935415

La perrita del gánster

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La perrita del gánster

 

A Guido Corleone le regalaron una perrita labrador. Se acostumbró a pasear con ella por el Central Park cada mañana, acompañado de dos o tres guardaespaldas. La perrita con todos se paraba y a todos se ofrecía, agachándose y moviendo el rabo para que la acariciaran. Guido Corleone encomendó a los suyos que velaran por su inocencia y les advirtió que si alguno le mostraba la maldad del mundo, tendría que vérselas con él.

 

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Medium 9788483935798

Hugh Williams

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Hugh Williams

 

Cuando me faltaba la pierna, Joyce me paseaba en una silla de ruedas y parecía que iba sobre un muslo doblado de tal modo que escondía mi pie izquierdo bajo el culo. No me molestaba aparecer así entre la gente. Sabía que pronto iban a operarme, me colocarían media pierna de plástico desde la rodilla hasta el zapato; sólo que a veces olvidaba el accidente y era como si mi cerebro arrojase instrucciones al vacío, al despoblado sitio de un recuerdo.

Perdí mi pierna izquierda en un accidente algo confuso, trabajando como custodio de un importante personaje de Londres, cuyo nombre no estoy dispuesto ni autorizado a revelar aquí. Es regla entre los guardaespaldas callar para quiénes hemos trabajado, mucho más si se trata de gente famosa, algo bastante usual en este oficio.

Aquellos días sin la pierna fueron los más duros de mi vida. Peores que los de la rehabilitación, cuando durante tres meses debí aprender de nuevo a caminar, tambaleándome al principio como un borracho. Mi ex esposa Joyce volvió esos meses para cuidarme y para acompañarme durante las sesiones en las que un kinesiólogo antillano, llamado Kevin, no hacía más que aullarme «usted puede, Morris, usted puede caminar», mientras me sometía a jornadas de natación que duraban casi tres horas, o insistía en arrebatarme las muirlas a las que toda mi humanidad se aferraba. Yo lo apodaba Kevin, el nazi y él me llamaba Morris, el alfeñique. Supongo que este Kevin, el nazi se creía Cristo o algo así, capaz del milagro de resucitar muertos y de hacer andar a los maltrechos; pero nada me irritaba tanto de él como su incurable costumbre de hablar entre dientes. Siempre he creído que la gente que habla así duda entre guardarse las palabras o soltarlas de una vez, y esa duda de Kevin era tan grande como mi propia incertidumbre sobre los resultados de la rehabilitación.

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Medium 9788483935514

Hungry for your love

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Hungry for your love

 

Por favor, Dios mío, haz que me telefonee ahora. Oh, Dios, que me llame. No pediré nada más, te lo prometo. Te costaría tan poco, Dios mío concédeme esa pequeñez... Que me telefonee ahora mismo, nada más. Por favor, Dios mío, por favor, te lo ruego. Mira cómo estoy. Haz que llame porque si vuelvo a descolgar el auricular y escucho la voz nasal de esa tía diciendo por cuarta vez que llama del departamento de Bajas para hacer una comprobación, explotaré, juro que exploto. Tengo que calmarme. Todo va a arreglarse, seguro, porque él llamará, aunque dijo que no, yo sé que al final llamará. Lo hará, y entonces yo le diré que las cosas ahora van a ser diferentes. Le diré, ves, el Gato ya no me tiene miedo, ahora me mira tan tranquilo mientras doy vueltas alrededor de la mesa, hablándole al teléfono, a veces hasta tengo la sensación de que soy su mascota y estoy aquí sólo para divertirle. Seguro que cuando me llame le gustará saber lo bien que nos llevamos su jodido Gato y yo desde el accidente, seguro que sí. Cojeo entre sus discos esparcidos por el suelo. Van Morrison canta la misma canción una y otra vez en el viejo tocadiscos. No se lo llevó, no se llevó nada, ni siquiera sus vinilos. A él le encanta esa canción, hambriento, hambriento por tu amor. Porque empieza como una canción alegre y luego sigue triste, me dijo encogiéndose de hombros cuando le pregunté. No dejo que pase a la siguiente, cuando se termina vuelvo a poner la aguja en el mismo sitio y empieza a sonar de nuevo. Puede parecer una tontería pero quiero que suene si llama, cuando llame, quiero decir, es un detalle, ¿no?, me refiero a que si llama ahora mismo la oirá, y también si llama dentro de una hora o a las tres de la madrugada. Pienso quedarme despierta toda la noche si es necesario porque él acabará llamando, lo sé. Hambriento por tu amor. Oh, Dios, haz que llame ya, que llame de una jodida vez.

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Medium 9788483935941

Bernhard en el cementerio

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Bernhard en el cementerio

 

 

 

A Miguel Sáenz

 

 

 

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

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Medium 9788483935736

Revelación

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Revelación

 

Siempre me pareció que tenía algo de pájaro: la manera de mover su pequeña cabeza, con sacudidas suaves, la forma de mirar un poco de lado, los breves gestos mudos con que a menudo separaba y juntaba los labios, como un piquito. Cuando nos casamos, la intimidad de cada jornada me daba nuevas muestras de su aspecto ingrávido, de sus leves sobresaltos, una delicadeza un poco automática, como la de las aves. Han pasado los años y los niños crecieron, ya son casi adultos, y también me parece ver en ellos un aire cada vez más claro de pájaros. Sobre todo desde aquel día que, en las salinas, ella echó a correr hacia los flamencos y se fue volando con ellos.

Micronovela

 

Ella llegó en el trasbordador la tarde del viernes, cuando el sol recortaba en el pinar una sombra suave y ocre. Llevaba un bolso pequeño, en el que guardaba el teléfono móvil manipulado a menudo con impaciencia. Él recorría la isla sumergido en un ensimismamiento que lo alejaba de las playas y de los bares. Tampoco su teléfono le servía para conseguir la comunicación afanosamente intentada. Se encontraron aquella misma noche, ante una de las tabernas del puertecillo pesquero. Estaban solos en el extremo del malecón y la cercanía de sus cuerpos despertó en ambos el reclamo de la compañía. Ella se mostró despreocupada, jovial, y no le dijo la verdad sobre su procedencia. Él también aparentó serenidad y mintió al hablar de su vida cotidiana. Aquellos disimulos sirvieron sin embargo para que descubriesen cada uno en el otro cierta seguridad ante la noche. La pasaron juntos, y los dos días siguientes. El lunes, a media mañana, cuando estaban tumbados en la playa, sonó el móvil de ella, que se alejó para hablar, la voz excitada. Él la empezó a mirar con extrañeza, como si nunca la hubiese visto antes. Aquella misma tarde, el móvil de él recibió una llamada que contestó con júbilo. Al ponerse el sol, mientras ella subía al transbordador, él esperaba la llegada de un avión. Nunca más volvieron a verse.

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Medium 9788483935309

El dúo de la tos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El dúo de la tos

 

–No sé si estos chicos de los que voy a hablar ahora eran también típicos tímidos ingleses –dijo lord Stormontgate–, pero eran ella y él, o sea, mujer y hombre. Se conocían de verse, sin que jamás se hubieran hablado. Ni siquiera se miraban o lo hacían por el rabillo del ojo. Salían a fumar en mangas de camisa desde sus oficinas respectivas en un rascacielos de la City. Mientras lo hacían, veían a una pareja que cada dos o tres días se precipitaba ansiosa en el interior de un pequeño hotel (auténtica reliquia arquitectónica entre las nuevas edificaciones), y contaban mentalmente los minutos que permanecían dentro, más o menos veinte. Los veían salir luego, ya sin nervios, para separarse a toda prisa, cada uno por su lado. Una semana no aparecieron. Tampoco la siguiente ni la siguiente… Pasaron seis meses. Nuestros dos fumadores empezaron a mirarse inquietos. De hecho esa fue la primera vez que se miraron a los ojos. Algo había empezado a faltar en sus vidas y lo notaban como un desasosiego compartido. Entonces él o ella, sin palabras, con lenguaje corporal, fraguado en la inquietud y la tensión de seis meses, pareció preguntar: «¿Te parece?». La respuesta, muda también, no fue apasionada ni locuaz; equivalía sin embargo a un sí, todo hay que decirlo, un sí muy inglés. O sea algo así como: «¿Por qué no?». Subieron inmediatamente al hotel y tardaron veinte minutos en bajar.

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Medium 9788483935736

Parte meteorológico

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Parte meteorológico

 

Hay muchas nubes en el recibidor, que ocultan la lámpara del techo y se infiltran progresivamente en la cocina y en el pasillo. Continuarán descendiendo las temperaturas, y es previsible que granice en el cuarto de baño y que llueva en la sala. Las precipitaciones serán de nieve en lo alto del aparador y en el borde superior de los cuadros. En las habitaciones del fondo, el tiempo continuará siendo seco y soleado.

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Medium 9788483935088

Diario de un hombre promedio

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Diario de un hombre promedio

 

Saldré de mi casa entre el amanecer y las ocho y cuarto. Habré dormido mal o regular. La mañana, con esa pátina familiar de las películas que ya hemos visto, me parecerá demasiado fría en invierno y calurosa en verano. Salvo precipitaciones, no llevaré paraguas. Me nadará en la lengua la textura pastosa del café instantáneo o el sabor profundo del dentífrico, que a mí me encanta aunque mis hijos lo detestan. La derrota de mi equipo en la víspera me agriará casi seguro el carácter, o acaso una victoria me levante el ánimo.

Vistiendo el traje que me compré en las rebajas del año pasado (dentro de tres o cuatro tendré que reponerlo), cruzaré la calle en busca de mi vehículo blanco, azul o rojo. O bajaré, si tengo suerte, a mi propia cochera. Aflojándome apenas la corbata, quién sabe si pondré la radio justo al arrancar o un minuto después. Escucharé indignado la tertulia política o, inverosímilmente, la sintonía clásica. Padeceré casi siempre un atasco en el centro. Me impacientaré muchísimo, bastante o lo normal.

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Medium 9788483935378

El kimono azul

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El kimono azul

 

Un hombre de mono azul no era lo que era ni lo que había sido; era pura sombra, era su propia sombra, de la que saldría su cuerpo cuando el fuego lo iluminara y si la muerte lo permitía.

Aquilino Duque, El mono azul

 

I

 

La reportera de Toledo Televisión ya había terminado su desabrida conexión en directo desde la cripta del Alcázar, cuando los gritos y los disparos desataron el caos y de paso el rating. Así, gracias a la cámara que siguió funcionando sobre su trípode, la audiencia de toda España pudo contemplar –horrorizada– el cuerpo alicatado de bombas, granadas y dinamita de aquel hirsuto terrorista que tomó como rehenes a la corporación municipal, al arzobispo, a los miembros de la Hermandad de Defensores del Alcázar, a los veteranos del Tercio de Requetés, a la Mesa Nacional de Falange y a un piquete de jóvenes antiglobales que había acudido a la cripta con idea de reventar la ceremonia del LXX Aniversario de la Liberación del Alcázar de Toledo. A la vista de los explosivos, el acto parecía destinado a ser reventado.

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Medium 9788483935347

El bucle de Villa Búho

Ronaldo Menéndez Editorial Páginas de Espuma ePub

El bucle de Villa Búho

 

1.

 

Y viendo a sus discípulos alrededor de la mesa, Jesús partió el pan, y les dijo: «Comed todos de él, porque este es mi cuerpo, que será sacrificado por vosotros». Luego alzó el copón divino y les dijo: «Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre. Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros. Haced esto ahora mismo en conmemoración mía». Y al ver que sus discípulos tardaban en captar el mensaje, Jesús alzose sobre su asiento y fue colocando su desnudo cuerpo de conejillo de Indias a lo largo de la mesa. Y en vista de que los discípulos tardaban una eternidad en entender, y él, aun siendo Dios, no tenía en ese momento una eternidad, les dijo: «¡Haced esto, lo del pan y el vino, con mi cuerpo y con mi sangre, ahora mismo en conmemoración mía!». Tras instantes de vacilación, el primero en decidirse fue Judas. Blandió un sacacorchos y, tras hacerle una profunda incisión en un costado del abdomen, comenzó a beber con fruición. Enseguida Juan empezó a mordisquearle los dedos de la mano derecha, y cuando Jesús comenzó a vociferar: «¡Padre, por qué me has abandonado?», y a retorcerse con la flaca voluntad de salir del aprieto, ya se le habían echado encima los doce comensales. María Magdalena pegaba de gritos, y tanto fue el escándalo que armó la Magdalena, que en el momento en que todos habían saciado el primer impulso de degustación, hicieron una pausa y la miraron expectantes. Fue entonces cuando ella les dijo: «¡Basta, que no sois bárbaros!»Y les señaló la cazuela humeante: «Los hombres civilizados cuecen sus alimentos». Acto seguido todos comprendieron, procedieron a desmembrar al Maestro, y tras aliñar sus trozos diéronse a la tarea de cocinarlo como Dios manda. El banquete duró hasta que el gallo cantó tres veces, y todos recordaban que hasta el último momento había persistido una sonrisa inexplicable en la cara del Maestro, que quizá hicieron bien en confundir con una mueca.

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Medium 9788483935088

Almíbar del cactus

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Almíbar del cactus

 

Por el retrovisor veo verterse el agua hirviendo sobre el asfalto liso. Supongo que a esta hora estaré solo, es hora de que el brillo de los cactus rasgue el viento y se deshaga en mil hebras luminosas estrellándose contra el cristal, y uno siente cada vez más calor pero sigue, porque adónde ir si no. Junto a la hilera de cactus se suceden los planos áridos, las piedras, más allá los olivos. Desde hace rato huelen los kilómetros, mi peugeot rojo es el fósforo del camino, los pájaros que de vez en cuando se cruzan conmigo parecen volar tensos. Estoy casi seguro de que al salir olvidé algo, no sé, quizás unos papeles, un abrigo, pero cómo pensar ahora en abrigos. He olvidado ya demasiadas cosas. En vez de cactus ahora son matorrales, se acercan unos a otros hasta golpear verde con verde y desdibujarse en manchas grises que no veré otra vez, dos grises nunca son iguales, y entonces miro el retrovisor, y la lava se vierte encima del asfalto. Se diría que arrastro los pies, que voy corriendo dentro de mi peugeot, de tanto que me arden los talones. Cómo podría recordar qué olvido. La llamarada, solo puedo aliviar los pies si aprieto más y más sobre el asfalto, este sabor pastoso en la boca me dice que debería descansar un rato, no sé, quizás un mapa, un libro, quién se acuerda ya. Todo se vuelve ingrávido y me enrosco en la serpentina del camino, se derrite, aprieto más, otra vez muchos cactus, una vez mi hermano me dijo vamos, no te van a hacer nada, acércate con tu cortaplumas, hermanito, y fíjate qué sale de dentro de esos cactus, vamos, es fácil, no te asustes, en el fondo los cactus se parecen a las rosas, y en realidad dan agua, ¡sí, agua!, acércate y verás. Yo me acerqué, extendí un brazo, cerré los ojos y lancé el navajazo, y cuando abrí los ojos pude ver un líquido almibarado saliendo del cuerpo verde de aquel cactus y otro líquido diferente, como acuarela roja, manando de mi dedo. Mi hermano mayor nunca me quiso más que a sus ganas de sentirse sabio ante mí, pero qué te has hecho, hermanito, qué te has hecho. Y qué carajo puedo haber olvidado, un abrigo no, eso sería imposible, un libro, eso quizás, o un mapa de estos lugares. Pero los mapas no sirven cuando te guían el calor, los pájaros, la serpentina, es una línea y su explosión, qué más podría necesitar salvo agua, agua de los caminos y los cactus y la boca, hermanito, ven aquí, no estés tan pálido, primero te lavamos bien la herida y después la dejamos al sol, el sol, que despacito te cura, el sol, el sol, no estés tan pálido, hermanito. Era tan fácil obedecer y estar a salvo, ven, no le digas a mamá que te he prestado el cortaplumas o ya no te lo presto nunca más, era tan fácil, pálido, pálido al sol, la herida abierta y sin embargo tan fácil olvidar lo que nos duele, seguir sintiendo siempre su dolor, ese dolor sin causa que late en los talones por ejemplo, ese que nos recuerda que ya hemos olvidado de qué o quién huimos. Huir. Correr tras los olivos más allá, los ángulos amarillos, el temblor de algún pájaro, uno mira hacia arriba y solo ve la lona y el silencio. Y entonces apretar, apretar más porque detrás se van abriendo rápido las heridas, al mismo ritmo que uno corre y no se acuerda y los talones rozan el suelo, al mismo ritmo arrasan el terreno y se calientan, blancas y cegadoras como el agua de la sed. Ya sé. He olvidado traer la foto de mi hermano, que está muerto.

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