2256 capítulos
  Título Autor Editor Formato Precio Mezcla
Medium 9788483935309

La reina de los gatos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La reina de los gatos

 

–¿Les he contado alguna vez la historia de la reina de los gatos? –preguntó Douglas Gordon Goody, conde de Stormontgate–. Era una portuguesa, maestra jubilada, exiliada del régimen de Salazar y afiliada al partido comunista, lo que en Inglaterra es tan raro como un dromedario en el mar. Aquí vivía de dar clases de francés y de español; también dibujaba, hizo varias exposiciones de cierto éxito. Tuvo relaciones de todo tipo, con hombres y también con mujeres. No lo he dicho, pero lo digo ahora. Era guapísima y tan rubia que podría haber pasado por sueca o por danesa. Algo caótica, tuvo relaciones de mucha intensidad, siempre con ingleses, le gustaban mucho los ingleses. Pero todo eso mientras fue joven y guapa. Porque su vida, apasionada y turbulenta, le provocó con el tiempo una ansiedad crónica. Prematuramente envejecida, se encontró un día sola, viviendo con un par de gatos a los que había puesto el nombre de sus dos novios más queridos. Vendió su piso de Londres y se compró una casita en Kent, no lo hizo por ella, sino por sus gatos, a los que suponía más felices en el campo. Allí conoció a un hombre mayor y tan solo como ella que también tenía un gato. Todas las semanas la visitaba y se acostaban. Aficionada a las frases ampulosas, cuando su vecino murió, se hizo cargo de su gato y dijo «yo también he muerto, ahora mi vida es para los gatos», pero no tardó en conocer a otro jubilado que depositaba las basuras donde lo hacía ella y que también tenía un gato. Enseguida entraron en la rutina de hacer el amor cada semana. Y pronto tuvo que quedarse también con el animal. Ahora tiene muchos más, porque otros dueños de gatos la cortejan y, aunque fea y vieja, su vida sexual sigue siendo muy activa al lado de todo varón que tenga un gato y esté solo en la vecindad.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Quedarse de piedra

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Quedarse de piedra

 

Ramona y Damián salieron temprano. Empezaban las vacaciones. Conducía Ramona. Damián se instaló en la parte trasera del coche familiar. La enormidad y el peso de su cuerpo hacían imposible que cupiera en uno de los asientos de delante. Al cabo de poco tiempo ya estaban fuera de la ciudad, y un poco más tarde comenzaban el ascenso por una montaña llena de curvas. Disfrutaban del paisaje como si nunca antes hubiesen visto árboles ni plantas. La subida era lenta. De pronto, el coche pareció descender de un modo alarmante por uno de sus lados. Ramona paró y pidió a Damián que bajara a ver, temiéndose lo peor. En efecto, se había pinchado una rueda. El problema era que estaban en una pronunciada pendiente, y que el freno de mano no funcionaba demasiado bien. Para colmo, la rueda de recambio estaba deshinchada. Ramona intentó pensar deprisa. Alguno de los dos tenía que ir a que les hincharan la rueda, mientras el otro buscaba unas piedras con las que calzar el coche, no fuera a caérseles cuesta abajo. Comunicó sus ideas a Damián. Los dos seguían subidos en el coche. Damián expresó su preocupación sobre la posibilidad de que el coche se les fuera mientras ellos no estaban. Ramona se mostró de acuerdo. Ella se quedaría en el coche, apretando el freno, mientras él iba a buscar piedras. Ni una. Damián no encontró ni una sola piedra. «Pues te quedas tú», sentenció Ramona. «Pero si no quepo», se quejó Damián mirando el minúsculo espacio que había en el asiento delantero. «No digo en el coche». Me refiero a que alguno de los dos tendría que quedarse de piedra, ¿no?». Damián, sin salir de su asombro, se tendió a los pies de las ruedas del coche. De ahí.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935972

Connie Mulligan

Alberto Chimal Editorial Páginas de Espuma ePub

Connie Mulligan

 

Mi antecesora en la Jefatura de Ediciones de la Universidad Ferlosiana renunció por estrés: lo hizo luego de que, por dos meses enteros, un tipo se presentara en su oficina, todos los días a la misma hora, para intentar convencerla de que leyera en voz alta sus poemas eróticos. Los de él. De preferencia, decía, no allí, sino en su casa. La de él. Y ella vestida con un baby doll.

Ella (Teresa, se llama: le decíamos Teresita, y algunos, con muy mala leche, «Tersita») siempre se negó a todo lo que él pedía, hasta el final, pero el doctor Gala, su jefe (ahora mi jefe), le ordenó que nunca se negara a recibirlo: que lo atendiera con cortesía y durante todo el tiempo que fuera necesario. No dejó que sacaran al tipo ni cuando comenzó a ponerse, me dicen, más loco y más impertinente. Y tampoco permitió que ella pusiera una denuncia o llamara a la policía: el hombre podía ser un patán, o un macho horrendo, o más probablemente un enfermo mental, pero era amigo del Gobernador del Estado: así decía la carta de recomendación, auténtica, que el tipo llevaba consigo en cada visita.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

La loca de la cabina

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La loca de la cabina

 

Juan Teloro López, guía de la compañía de viajes turísticos «El aventurero audaz», se detuvo con solemnidad frente al monumento que iba a ser objeto de sus explicaciones. Los turistas se reunieron en silencio a su alrededor dispuestos a escuchar lo que quisiera contarles. Su relato fue el siguiente:

«No hay otro monumento como éste en toda Europa. Se hallan ante la estatua más original y estremecedora del mundo. Su historia se remonta a principios del siglo xxi, cuando aún se empleaban los rudimentarios sistemas de comunicación llamados teléfonos. Existían algunos, como este, resguardados por una cabina de cristal y aluminio, que se encontraban diseminados por las ciudades para uso público. Se cuentan anécdotas divertidas al respecto, pues al parecer eran muchas las ocasiones en que los aparatos no funcionaban, cometían errores o robaban impunemente. Pero bueno, a lo que íbamos», se acercó entonces a la imagen y señaló una parte del teléfono: «Como todos sabrán, en aquella época existía el dinero en efectivo y, concretamente, las monedas, unas piezas metálicas con valor económico. Esas piezas se introducían por esta ranura de aquí y, una vez se terminaba de hablar, las monedas sobrantes eran devueltas por la máquina y se recogían del lugar en donde, como verán, la chica tiene metidos los dedos de su manos derecha. Algunas veces, como en este caso, la mano quedaba atrapada en el receptáculo de modo que el usuario no podía sacarla a menos que el servició técnico acudiera en su ayuda. Cuenta la leyenda que esta muchacha estuvo esperando más de una semana al grupo de salvamento y que, cuando llegaron, se negó a ser atendida y, mucho menos aún, separada del teléfono ni expulsada de la cabina. Desde que cayó atrapada, su vida no había sido más que un sinfín de sorpresas agradables. Había vuelto a ver a amigos a los que hacía mucho tiempo que no veía, la gente le llevaba continuas atenciones para aliviarle el sufrimiento, recibía infinidad de llamadas telefónicas de apoyo moral y miles de cartas de personas que se solidarizaban con ella. Nunca antes había sido tan feliz». Juan Teloro López había guardado la guinda para el final: «Para acabar, decirles que así fue como conoció a su esposo, el loco escultor Prudencio Festonio Macundo quien, seguramente fascinado por la modernidad y la belleza de aquella imagen, en nombre del arte y a traición embalsamó a su mujer para la eternidad en la postura con que pueden ustedes verla hoy aquí. Y ahora, si quieren, tienen cinco minutos para tomar fotografías».

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935095

Así que esto era el amor

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Así que esto era el amor

 

Para Mercedes Calabrese Obligado

 

Para ser tan viejo, tenía unos ojos brillantes que parecían querer decir algo por encima de los tubos y los cuidados, también la sonrisa burlona le llamó la atención. Había sido bastante famoso, dijo su sobrina, mientras le ofrecía mucho más de lo que se suele pagar por este tipo de cosas.

–Quiero que esté bien, pero tengo dos niños y muchísimo trabajo, ni siquiera vivo en la ciudad. Vendré de vez en cuando, no me queda otra que fiarme de ti.

Lyuba recibió llaves e instrucciones. En realidad, aquella era la primera vez que cuidaba a alguien. Había intentado ganarse la vida dando clases de ruso, pero nadie quería aprenderlo en Normandía, eran los rusos los que pagaban por aprender francés. Además, ella no era ni rubia ni alta, sino más bien pequeñita, muy plana, con aspecto de oriental.

Acomodó la almohada del viejo y, durante toda la tarde, sentada junto a la ventana para no gastar luz, estudió sus exámenes. Cuando llegó la enfermera de noche, Lyuba ya se había hecho a los ojos del viejo. En su tierra, cuando ninguna mujer se podía ocupar, a los ancianos se los subía al trineo y se los llevaba a buscar líquenes. Su abuelo había muerto ayudando a su padre con los renos, y su abuela había sobrevivido más de cien años sin dejar nunca de guisar. Todo era diferente aquí, Lyuba necesitaba dinero, era demasiado mayor para vivir bajo el mismo techo que sus padres de adopción. Al principio había fantaseado con volver a Rusia, pero el tópico de que los niños adoptivos buscan su pasado no tenía sentido con ella, que recordaba todo. Además no era rusa sino una nómade, una habitante del Ártico.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Ácaros

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ácaros

 

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.

En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos tiránicos de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935545

Juicio final

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Juicio final

 

 

¿Por qué me condenas –le pregunté al ángel–, si yo le di de beber al sediento y le di de comer al hambriento? Y el ángel levantó la cabeza, y bajo sus rizos dorados descubrí el rostro enfurecido y congestionado de mi madre.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935620

Backward IV

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Backward IV

 

La joven pareja entró en el hospital, cabizbaja y llorosa, con el bebé entre sus brazos. ¿Es su último progenitor?, preguntó el doctor. Sí, asintió él. Entonces será más difícil. Ella dejó escapar un sollozo, miró a la criatura y le dijo: te echaremos de menos, papá. Luego, con la ayuda del médico, y entre terribles alaridos de dolor, consiguieron introducirle el recién nacido hasta alojarlo en el interior de su vientre.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935828

Almacén

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Almacén

 

Los almacenes de las estaciones por donde corría el vapor tienen ahora un alma hecha de silencio y de cristales rotos. El cuerpo es un abandono de piedra encalada donde se borran las siglas; por las fachadas se descuelga el óxido en regueros que crecen estrechándose hacia abajo. Los almacenes olvidados ponen ante el caminante un rigor de puertas agrietadas de madera. Vistas hoy, hacen dudar que alguna vez se hayan abierto. Pero, en la edad del hierro y el vapor, estos umbrales conocieron el bullicio de las mercancías que entran y salen, y sus reposos jerárquicos en la hondura fresca de la habitación. El contraluz de las ventanas aún ha de guardar memoria de los albaranes que, apoyados en un brazo, buscaban la claridad para favorecer la industria de un lápiz que iba dejando un rayón denunciador de las categorías asentadas:

De primera clase: hierro y plomo labrado, cobre y otros metales moldeados o en bruto, vinagres, vinos, bebidas espirituosas, aceite, algodones, lanas, madera de ebanistería, azúcares, café, especias, drogas, géneros coloniales y efectos manufacturados.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935545

Ellos nos controlan

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Ellos nos controlan

 

 

Mi hermano nunca rezaba ni quería ir a misa, porque decía que Dios no existía, que cada uno creaba sus propios dioses y que él ya tenía los suyos. Mamá le pegaba y lo castigaba y entonces él los llamaba y conversaba con ellos. ¿Por qué haces eso?, quería saber, y él contestaba muy serio que eran ellos quienes se lo ordenaban, y que si deseaba irse de casa tenía que obedecerles en todo. ¿Pero tú no los has creado?, le pregunté. Entonces me dijo que sí, que sí los había creado, pero que ya no podía controlarlos porque los dioses siempre te chantajean con su paraíso. Hasta que un día se lo llevaron y no apareció nunca más.

Papá se emborracha y mamá reza, mas yo sé que rezar es inútil. Lo que yo quiero es inventar unos dioses que me devuelvan a mi hermano y que no me obliguen a rezar.

Lo de rezar no es posible, pero han prometido llevarme con él.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935293

Por el este y en el oeste

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Por el este y en el oeste

 

Una fila de casas iguales entre dos carreteras. Un detalle geométrico en un jersey de listas. Nada de eso estaba allí antes. No estaban las casas. No estaba la circunvalación ruidosa por el este y en el oeste, la calzada que sólo usan vecinos y despistados. Conductores distraídos. Vecinos idénticos. Por qué dices eso si no es cierto. Observa la distribución interna. Los Hackman han ubicado su salón frente a la M-30 y los Sánchez han repartido allí sus dormitorios. Los Sánchez no tienen problemas de insomnio. Los Hackman tienen problemas con las hortensias. Los Llull remueven la tierra de su jardín a diario. Como si buscaran un tesoro, tesoro. Como si lo enterraran cada día en un lugar distinto. A Leo no le gusta que su madre lo llame tesoro y no quiere saber que los Izaguirre han dispuesto su sala de estar transversalmente. Igual que una caravana. Sin gusto. La mesa junto al sofá y, junto al sofá, la estantería. Una hilera de muebles esperando su mudanza. Esa idea sí que le gusta. Leo plastificado y atado a una silla de respaldo rígido. Cinta aislante en la boca. Otro objeto aunque con orejas. Distinguir por el motor una berlina de un monovolumen. El furgón que doblará la esquina para montarlo en su remolque y llevárselo con él. Mientras, el maldito loft donde vive porque sus padres eligieron no elegir entre la carretera ruidosa y la carretera tranquila. Y no escoger es quererlo todo. Es añadir silencio al ruido y ruido al silencio. Es arrancar las puertas y derribar los tabiques. Fundir los corredores con el aire. Anular las esquinas. No escoger es mucha luz. Pero no elimina el riesgo de equivocarse.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Abrigar esperanzas

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Abrigar esperanzas

 

Pedro Juan era ya todo un hombre cuando, en la sección para caballeros de unos grandes almacenes, conoció a Esperanza. «Te llamas igual que mi madre», le dijo. «Pero igual, igual, ¿eh?». Ella sonrió. «A veces la llaman Espe», añadió él. «Como a mí», contestó ella. Y como si aquellas coincidencias fueran suficientes para entrar en confianza, Pedro Juan se decidió a invitarla al cine. Esperanza aceptó. Y también aceptó, algunas semanas más tarde y siempre en nombre de esa serie de significativas coincidencias que fraguaban una historia de amor sin precedentes, casarse con Pedro Juan. La alegría no tuvo límites cuando, diez meses después, Esperanza madre y Pedro Juan esperaban con impaciencia extrema en los pasillos de la Maternidad el nacimiento del primer retoño. Niña. Otra Esperanza en la familia. Quiso el destino que aquel mismo día, de camino a casa, Esperanza, Esperanza, Esperanza y Juan Pedro sufrieran un percance en carretera a altas horas de la noche. Tuvieron que abandonar el vehículo y quedarse a la intemperie. Nevaba. El frío era inaguantable. Pedro Juan se desembarazó de toda su ropa y la cedió a sus Esperanzas. No iba a permitir que las cobijara otro. «Cada cual las suyas», pensó, y acto seguido detuvo un automóvil. Subió. Conducía una mujer bellísima que dijo llamarse Milagros. «Te llamas igual que mi hermana», le dijo Pedro Juan. «Pero igual, igual, ¿eh?». Ella sonrió. «A veces la llaman Mila», añadió él. «Como a mí», contestó ella. Aquellas coincidencias fueron suficientes para entrar en confianza. De ahí.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935743

Promesa juvenil

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Promesa juvenil

 

De muy jóvenes se juraron amor eterno, pero la vida los separó. Él se casó con una alemana y murió relativamente joven. Ella contrajo matrimonio dos veces. La primera, con un notario; la segunda, con un ingeniero de caminos que fundó numerosas empresas y que al morir la dejó multimillonaria. Tenía tres hijos, una chica del primer marido y dos chicos del segundo. Ya anciana creó una fundación a la que dejó instrucciones para cuando muriera. Los hijos, que nada sabían, pusieron, cuando el evento se produjo, el grito en el cielo, pero no tuvieron más remedio que aceptarlo. Su difunta madre quería ser enterrada con aquel joven primer amor de su ciudad natal. No sólo en la misma tumba, también en el mismo ataúd. La fundación negoció con la viuda que se había casado de nuevo y por no demasiado dinero concedió todos los permisos. Se abrió el viejo ataúd y un esqueleto polvoriento, que parecía esperar con los brazos abiertos, acogió el cuerpo de la anciana, vestida para la ocasión con sus mejores galas. Por fin habían cumplido su promesa.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935743

Después

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Después

 

«Después lo hablamos, ya más tranquilos, en el palacio de la Condesa», dijo fray Antonio de Echevarry, Familiar del Santo Oficio, que, separándose de su interlocutor, se apresuró a ocupar su lugar en la Plaza Mayor para el auto sacramental en el que iban a ser ejecutados un hombre y una mujer. De súbito, esa palabra primera que había pronunciado, después, comenzó a ganar peso en su conciencia. Pensó que los dos reos ya no tendrían un después, y que su ahora, un ahora terrible, era todo lo que les quedaba, lo único a su alcance. Sintió un conato de rebeldía que alejó con un movimiento casi espasmódico de hombros y cabeza.

Prendieron fuego a las hogueras y la plaza se llenó de un olor fuerte.

Crepitaron en seguida las llamas, se alargaron sus lenguas rojas y azuladas sobre la carne de los dos desgraciados de cuyos gritos sólo setenía conciencia por las ­bocas desmesuradamente abiertas. ¡Qué poca cosa era la vida humana! ¡Cómo se derretía y se desmoronaba hasta lo que parecía el velón del esqueleto! Después, ­después, nunca hubiera pronunciado esa palabra, precisamente por la falta de un después para los reos.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935217

Levedad

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Levedad

 

Una noche se detuvo un circo en la playa. Hinchó su lona, dejó escapar luces pálidas por sus costuras y una voz invitó a pasar. Sumida en la expectación alborotada del público ocupé mi sitio y atendí al espectáculo de la pista. Entonces ocurrió lo inesperado: en medio de la función, un hombre me miró piadosamente. En aquellos ojos encontré un consuelo que siempre creí vedado y reconocí una curiosidad distinta a cuantas se han detenido sobre mí desde que puedo recordar. Sé lo que digo: soportar una naturaleza monstruosa solo sirve para extender una memoria de espantos sembrados a cada paso. Mecida en los ojos de quien me miraba, noté que sucumbían las barreras. De pronto se disipó el barullo de hombres, de mujeres, de niños que gritaban y aplaudían el esfuerzo de aquel ser humano colosal que levantaba en sus brazos un piano de cola mientras me llevaba en sus pupilas. Detrás de la lona batía el mar. El Gran Badonoff era el centro de la pista y yo era el centro de sus ojos. Pisando las teclas aéreas, ingrávida sobre las manos poderosas que sostenían el instrumento, la Mujer Jilguero ejecutaba de puntillas una melodía frenética. Aquella música enloquecida no estorbaba el escondido coloquio que brotó entre el forzudo y yo. Salí del espectáculo conmovida. Llegué a sentirme transportada entre sus brazos, que ya no habían nacido para levantar el magnífico piano ante un público exaltado por el número, sino para acoger el pobre cuerpo de una enana con las manos doloridas de aplaudir, tanta era la dicha de aquel tránsito.

Ver todos los capítulos

Cargar más