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Contarlo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Contarlo

 

Estaba a punto de empezar el partido cuando sonó el teléfono. Se encontraba hundido en lo más profundo del sofá, un vaso de cerveza en una mano y un manojo de cacahuetes sin pelar en la otra. El sobresalto le hizo estrujarlos, el revoltijo de cáscaras y frutos se le clavó en la piel. Con un esfuerzo de los riñones se incorporó, al tiempo que dejaba caer los cacahuetes sobre la mesa. Estiró bien el brazo, la mano izquierda, cogió el auricular.

–¿Quién?

–¡Javier!

–¿Sí?

–Tienes que venir en seguida a casa. Ha ocurrido algo espantoso.

–¿Quién es?

–Soy Nacho. Por favor, se ha...

–No conozco a ningún Nacho.

–¿No eres Javier González?

–No.

–¿No es el 9171104...?

–Equivocado.

–¡Oh, Dios mío! Disculpe.

Volvió a estirar el brazo y colgó.

Bebió un trago largo. Luego miró el estropicio de los cacahuetes, y después al televisor. Acababa de terminarse quizá la primera jugada. Se secó la boca con una mano. Apoyó la cerveza sobre la mesa, que seguramente dejaría un cerco junto al anterior y al de la lata. No hizo ademán de evitarlo. Se puso a examinar los cacahuetes deshechos, a escarbar en ellos para separar los granos de la cáscara y comérselos.

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Un muerto en Cocharcas

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Un muerto en Cocharcas

 

La sala era más o menos grande y de un decorado sencillo donde abundaba el plástico y la loza barata, de esa que se usa para fabricar bacinicas. Sobre el pegajoso mantel de cuadritos celestes se hacinaban docenas de botellas de cerveza que debían haberse evaporado hasta impregnar la atmósfera de olor a borracho, y una radiola barata y chillona soltaba los compases de una huaracha estridente que al son de Ahí viene, la chola caderooona, moviendo sus caderas al pasar, le daba un toque surrealista al escenario del crimen.

En el dormitorio más grande estaba el cadáver del dueño del santo, horriblemente desfigurado por golpes y heridas de diversa índole: el cráneo estaba partido de cuajo, los dientes triturados se le amontonaban por la boca, un fino hilo de sangre le chorreaba a la altura del pecho y el ojo derecho chamuscado indicaba que le habían apagado un cigarro en plena pupila. Por supuesto, sin contar los hematomas, escupitajos y múltiples cortes que le daban un aire de cachivache al difunto.

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El relevo

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

Descubrí el mundo de los vampiros en la para mí inolvidable película Drácula, dirigida por Terence Fisher e interpretada por Christopher Lee y Peter Cushing. Era el año 1959 y yo había llegado hacía poco a Madrid para estudiar Derecho. La novela se tradujo en España en 1962 –colección Lay– y conservo ese libro como un tesoro: en él el género epistolar alcanza cierto aire de auto sacramental, dentro de una escritura imperturbablemente realista. Después de Bram Stoker, descubriría a Sheridan Le Fanu y profundizaría en otras gloriosas muestras del tema: las historias escritas por Polidori, Hoffmann, Nikolái Gógol, Alekséi Tolstói… Hasta tal punto recuerdo con entusiasmo a estos clásicos, que todas las secuelas que han venido después me parecen una lamentable degradación del asunto.

Cuando escribí este cuento estaba en el norteamericano Dartmouth College, mientras impartía un curso sobre cuento literario. En los bosques de New Hampshire –enormes árboles en los que el otoño pone todos sus colores terminales, senderos apenas hollados, boletus edulis, osos, ciervos…– la soledad humana palpita con fuerza y puede propiciar en el visitante cierta propensión a las ensoñaciones fantásticas. Eran días en que cientos de mariposas venían a morir a las cunetas de la carretera entre penosos aleteos, en aquellos territorios de montes espesos y solitarios, donde el viento hace desplomarse de repente árboles inmensos. Es un lugar propicio a lo misterioso, y no me extraña que en la Nueva Inglaterra hayan escrito desde Edgar Allan Poe hasta Stephen King, pasando por Lovecraft y su círculo. Allí situé también el escenario del final de mi historia.

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Almíbar del cactus

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Almíbar del cactus

 

Por el retrovisor veo verterse el agua hirviendo sobre el asfalto liso. Supongo que a esta hora estaré solo, es hora de que el brillo de los cactus rasgue el viento y se deshaga en mil hebras luminosas estrellándose contra el cristal, y uno siente cada vez más calor pero sigue, porque adónde ir si no. Junto a la hilera de cactus se suceden los planos áridos, las piedras, más allá los olivos. Desde hace rato huelen los kilómetros, mi peugeot rojo es el fósforo del camino, los pájaros que de vez en cuando se cruzan conmigo parecen volar tensos. Estoy casi seguro de que al salir olvidé algo, no sé, quizás unos papeles, un abrigo, pero cómo pensar ahora en abrigos. He olvidado ya demasiadas cosas. En vez de cactus ahora son matorrales, se acercan unos a otros hasta golpear verde con verde y desdibujarse en manchas grises que no veré otra vez, dos grises nunca son iguales, y entonces miro el retrovisor, y la lava se vierte encima del asfalto. Se diría que arrastro los pies, que voy corriendo dentro de mi peugeot, de tanto que me arden los talones. Cómo podría recordar qué olvido. La llamarada, solo puedo aliviar los pies si aprieto más y más sobre el asfalto, este sabor pastoso en la boca me dice que debería descansar un rato, no sé, quizás un mapa, un libro, quién se acuerda ya. Todo se vuelve ingrávido y me enrosco en la serpentina del camino, se derrite, aprieto más, otra vez muchos cactus, una vez mi hermano me dijo vamos, no te van a hacer nada, acércate con tu cortaplumas, hermanito, y fíjate qué sale de dentro de esos cactus, vamos, es fácil, no te asustes, en el fondo los cactus se parecen a las rosas, y en realidad dan agua, ¡sí, agua!, acércate y verás. Yo me acerqué, extendí un brazo, cerré los ojos y lancé el navajazo, y cuando abrí los ojos pude ver un líquido almibarado saliendo del cuerpo verde de aquel cactus y otro líquido diferente, como acuarela roja, manando de mi dedo. Mi hermano mayor nunca me quiso más que a sus ganas de sentirse sabio ante mí, pero qué te has hecho, hermanito, qué te has hecho. Y qué carajo puedo haber olvidado, un abrigo no, eso sería imposible, un libro, eso quizás, o un mapa de estos lugares. Pero los mapas no sirven cuando te guían el calor, los pájaros, la serpentina, es una línea y su explosión, qué más podría necesitar salvo agua, agua de los caminos y los cactus y la boca, hermanito, ven aquí, no estés tan pálido, primero te lavamos bien la herida y después la dejamos al sol, el sol, que despacito te cura, el sol, el sol, no estés tan pálido, hermanito. Era tan fácil obedecer y estar a salvo, ven, no le digas a mamá que te he prestado el cortaplumas o ya no te lo presto nunca más, era tan fácil, pálido, pálido al sol, la herida abierta y sin embargo tan fácil olvidar lo que nos duele, seguir sintiendo siempre su dolor, ese dolor sin causa que late en los talones por ejemplo, ese que nos recuerda que ya hemos olvidado de qué o quién huimos. Huir. Correr tras los olivos más allá, los ángulos amarillos, el temblor de algún pájaro, uno mira hacia arriba y solo ve la lona y el silencio. Y entonces apretar, apretar más porque detrás se van abriendo rápido las heridas, al mismo ritmo que uno corre y no se acuerda y los talones rozan el suelo, al mismo ritmo arrasan el terreno y se calientan, blancas y cegadoras como el agua de la sed. Ya sé. He olvidado traer la foto de mi hermano, que está muerto.

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Variaciones sobre el cuento

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Variaciones sobre el cuento

 

1. Dodecálogo de un cuentista

 

Inevitablemente, algún día, un catedrático cualquiera hará girar las páginas de este libro en busca de una clavija para colgar su sombrero... Al principio se sentirá desanimado ante el descubrimiento de que se ha violado su regla fundamental que dice: «Nunca se ha de finalizar una frase con una preposición». A pesar de todo, tendrá la esperanza de descubrir el secreto de escribir cuentos... Cuando haya dado fin a su investigación, seguramente escribirá un libro titulado «Once recetas distintas para redactar un cuento corto».

Erskine Caldwell

 

 

Empecemos por el final, como creía Poe que se escriben los cuentos. Antes que cualquier otra consideración, me gustaría proponer un pequeño dodecálogo práctico acerca del cuento. Reconozco que, en el terreno del ensayo, me interesa mucho más una teoría de la escritura que la teoría o historia de la literatura. Por supuesto, las convicciones teóricas de un escritor no suelen preceder a la escritura misma, sino que provienen de sus resultados. Vayan entonces estos subjetivos enunciados a manera de síntesis:

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Alrededor de un epitafio

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Alrededor de un epitafio

 

Mañana es el día del libro. Un periodista ha llamado hoy a primera hora para hacerme dos preguntas: a quién le pediría que me firmara un ejemplar y qué siento cuando un lector se acerca a buscar una dedicatoria. He estado a punto de contestar lo de rigor, con rapidez. Algo me ha detenido (en estos últimos tiempos algo siempre me detiene, como si la pausa se me hubiera instalado en las maneras) y he decidido contarle una historia real. Le he preguntado, ¿cuánto espacio tienes en tu artículo? No mucho, me ha confesado. No importa, ¿tienes cinco minutos? Claro, me ha respondido.

Era la última firma del día. Veintitrés de abril de 2009. De siete a ocho de la tarde. En una librería grande pero lejos del centro. Faltaban apenas dos minutos para que acabara mi jornada. Iba a levantarme, pero pensé, incrédula, vaya a venir a última hora un lector necesitado de una firma y encuentre el puesto vacío. Me quedé y entonces sí, cuando pasaba un minuto de la hora convenida y había apoyado en la mesa las manos para levantarme e irme, vi que se acercaba corriendo un chaval de unos nueve o diez años. Se detuvo frente a mí y me dijo, mi padre sabe que te gusta el Maestrazgo. Pensé que el niño se equivocaba de autor o de lugar, y así se lo hice saber. Contrariado, el chico miró el cartel que había encima de la mesa, confirmó que estaba escrito mi nombre y dijo, no, no, tú eres Andrea y mi padre sabe que muchas veces vas al convento. ¿Yo a un convento? Ahí sí tuve claro que se trataba de una confusión. Se lo dije al niño que, sin inmutarse, negó con la cabeza e insistió. Busqué en la memoria y comprendí: se refería a un hotel. ¿Y qué haces aquí solo? ¿Dónde está tu padre? Me contestó: Mi padre, en la clínica. Pensé, ¿en la clínica? ¿Era otro hotel? El niño no parecía estar preocupado. Insistí: Pero debes de estar con alguien, ¿no? Sí, con mi madre. Que ahora viene. Y justo en ese momento apareció una mujer, algo sofocada, con una bolsa de la librería en la mano. «Mira, que vengo con un encargo», me dijo mientras sacaba del bolsillo delantero de su pantalón beige de pinzas tres hojas cuadriculadas, pequeñas, arrancadas de alguna libreta de espiral. También sacó de la bolsa dos ejemplares de mi libro de relatos Con el agua al cuello y los depositó en la mesa. Verás, mi ex marido está en la clínica, lo han operado de un tumor cerebral –se le rompió la voz– y lo primero que ha hecho al salir del quirófano es pedirme que venga a verte, que compre tu libro, que te diga que él también adora el Maestrazgo, que es amigo de los del Convento, que en la biblioteca del hotel encontró algunos títulos tuyos, que te ha leído y te ha entendido, y que por favor le pongas una dedicatoria muy especial. Él no sabe que no hay esperanza. No hay esperanza, repitió. Parece que no hay esperanza, quiso suavizar lo dicho.

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Así que esto era el amor

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Así que esto era el amor

 

Para Mercedes Calabrese Obligado

 

Para ser tan viejo, tenía unos ojos brillantes que parecían querer decir algo por encima de los tubos y los cuidados, también la sonrisa burlona le llamó la atención. Había sido bastante famoso, dijo su sobrina, mientras le ofrecía mucho más de lo que se suele pagar por este tipo de cosas.

–Quiero que esté bien, pero tengo dos niños y muchísimo trabajo, ni siquiera vivo en la ciudad. Vendré de vez en cuando, no me queda otra que fiarme de ti.

Lyuba recibió llaves e instrucciones. En realidad, aquella era la primera vez que cuidaba a alguien. Había intentado ganarse la vida dando clases de ruso, pero nadie quería aprenderlo en Normandía, eran los rusos los que pagaban por aprender francés. Además, ella no era ni rubia ni alta, sino más bien pequeñita, muy plana, con aspecto de oriental.

Acomodó la almohada del viejo y, durante toda la tarde, sentada junto a la ventana para no gastar luz, estudió sus exámenes. Cuando llegó la enfermera de noche, Lyuba ya se había hecho a los ojos del viejo. En su tierra, cuando ninguna mujer se podía ocupar, a los ancianos se los subía al trineo y se los llevaba a buscar líquenes. Su abuelo había muerto ayudando a su padre con los renos, y su abuela había sobrevivido más de cien años sin dejar nunca de guisar. Todo era diferente aquí, Lyuba necesitaba dinero, era demasiado mayor para vivir bajo el mismo techo que sus padres de adopción. Al principio había fantaseado con volver a Rusia, pero el tópico de que los niños adoptivos buscan su pasado no tenía sentido con ella, que recordaba todo. Además no era rusa sino una nómade, una habitante del Ártico.

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AGUACORRIENTE_LSR_D-1

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

I. La carne

 

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El grito y el silencio

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El grito y el silencio

 

A Isabel Romero

 

Conocí a Norma a principios de los ochenta, en la cola de la Biblioteca Nacional, mientras intentaba sacar un carné de lectora. El empleado, un perfecto modelo de funcionario franquista, desconfiaba de mí negándose a dármelo sin avales. Yo no los tenía, ¿a quién pedirle una firma, si acababa de llegar al país? Así que comencé a discutir con él, y una larga cola inquieta se formó a mis espaldas.

No me gustan las bibliotecas porque no dejan fumar, y con mucho gusto hubiera mandado al funcionario al demonio, pero aquello era ya una cuestión de honor; además, necesitaba un libro. Tengo un aire altisonante cuando me indigno, un tono que no ayuda y cae mal a funcionarios de este estilo quienes, sin duda, piensan: vaya con la sudaca.

En este punto ciego estaban las cosas cuando alguien me tocó el hombro. Me di la vuelta y topé con una mujer, de más o menos mi edad, alta y delgada que, desde su altura olímpica, sonreía como si nos conociéramos:

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Salir

Samanta Schweblin Editorial Páginas de Espuma ePub

Salir Tres relámpagos iluminan la noche y alcanzo a ver algunas terrazas sucias y las medianeras de los edificios. Todavía no llueve. Los ventanales del balcón de enfrente se abren y una señora en pijama sale a recoger la ropa. Todo esto veo mientras estoy sentada en la mesa del comedor frente a mi marido, tras un largo silencio. Sus manos abrazan el té ya frío, sus ojos rojos siguen mirándome con firmeza. Espera a que sea yo la que diga lo que hay que decir. Y porque siento que sabe lo que tengo que decir, ya no puedo decirlo. Su frazada está tirada a los pies del sillón, y en la mesa ratona hay dos tazas vacías, un cenicero con colillas y pañuelos usados. Tengo que decirlo, me digo, porque es parte del castigo que ahora me toca. Me acomodo la toalla que me envuelve el pelo húmedo, ajusto el nudo de mi bata. Tengo que decirlo, me repito, pero es una orden imposible. Y entonces algo sucede, algo en los músculos complicado de explicar. Sucede paso a paso sin que alcance a entender exactamente de qué se trata: simplemente empujo la silla hacia atrás y me incorporo. Doy dos pasos al costado y me alejo. Tengo que decir algo, pienso, mientras mi cuerpo da otros dos pasos y me apoyo contra el mueble de los platos, las manos tanteando la madera, sosteniéndome. Veo la puerta de salida, y, como sé que él todavía me mira, yo me esfuerzo en evitarlo. Respiro, me concentro. Doy un paso al costado alejándome un poco más. Él no dice nada, y me animo a dar otro paso. Mis pantuflas están cerca y, sin soltarme de la madera del mueble, estiro los pies, las empujo hacia mí y me las pongo. Los movimientos son lentos, pausados. Suelto las manos, piso un poco más allá, hasta la alfombra, junto aire, y en solo tres pasos largos cruzo el living, salgo de casa y cierro. Se escucha mi respiración agitada en el pasillo del edificio, a oscuras. Me quedo un momento con la oreja apoyada contra la puerta, intentando escuchar ruidos dentro, su silla al incorporarse o sus pasos hacia acá, pero todo está en completo silencio. No tengo llaves, me digo, y no estoy segura de si eso me preocupa. Estoy desnuda bajo la bata. Soy consciente del problema, de todo el problema, pero de alguna manera mi estado, este insólito estado de alerta, me libera de cualquier tipo de juicio. Las luces de los tubos parpadean y luego el pasillo queda ligeramente verde. Voy al ascensor, lo llamo y llega enseguida. Las puertas se abren y un hombre se asoma sin sacar su mano de los botones. Me invita a pasar con un gesto cordial. Cuando las puertas se cierran siento un fuerte perfume a lavanda, como si acabaran de limpiar, y la luz, ahora cálida y muy cerca de nuestras cabezas, me alivia y reconforta.

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Trenzas

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Trenzas

 

La pasión de mi vida es hacer trenzas. Hábiles, mis manos adquieren vida propia al entrar en contacto con una melena. Atrapan mechones y los unen a velocidad de vértigo: trenzas clásicas, africanas, de espiga, de medio lado, no hay variedad que se me resista. Las mujeres entran a mi peluquería y salen convertidas en obras de arte. Soy avariciosa, todo para mí es una trenza potencial: las plantas, la comida, las madejas de lana. Tiemblo de emoción ante un plato de espaguetis. Pruebo y combino ingredientes sin control: pelo y hierbas, tela y flores, plumas o algodón. Y de repente llegas tú, con tu cráneo pelado, y me dices desafiante que no te irás de mi local sin una trenza. Ignoras de lo que soy capaz. No tienes barba, patillas ni bigote al que recurrir, así que te arranco la ropa y busco en vano un mechón en tu cuerpo lampiño. Tú ríes, provocándome. Yo me despojo con furia de mi uniforme. Ávida, te envuelvo con mis piernas y te encajo firmemente entre mis muslos. Es mi triunfo. La trenza definitiva. El éxtasis.

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El último viaje

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

En el cuento siguiente, y aprovechando el escenario del ferrocarril, además de homenajear a unos cuantos poetas admirados y recordar espacios que yo he recorrido en tren, me propuse también que lo más dramático de la historia estuviese medio velado y que la peculiar sabiduría poética del personaje anciano sirviese de consuelo a sus sentimientos…

Y ahora me doy cuenta de que todos estos cuentos están cargados de sombras de recuerdos personales que tienen que ver con el tiempo de mis años jóvenes, en este caso el ferrocarril León-Bilbao –que llamábamos «de la Robla» y que Juan Pedro Aparicio, con feliz inventiva, denominó «Transcantábrico»–, que tomé muchas veces para hacer excursiones por hermosos parajes con montes, sotos frondosos y ríos de aguas puras…

 

 

 

 

El último viaje

 

Yo había sido el primer viajero en ocupar un asiento en aquel vagón, y cuando percibí su bulto asomando al fondo apenas me fijé en él, pero se fue acercando y levanté la vista para observarlo con mayor atención: era un anciano flaco, de rostro muy pálido y ojeroso, que para andar se apoyaba en un bastón negro con empuñadura plateada. Se aproximó cada vez más, hasta llegar a mi lado, y se sentó en el asiento contiguo, lo que me produjo un desagrado instantáneo, porque el vagón estaba vacío y me parecía absurdo, molesto y hasta descortés que se hubiese colocado en aquel lugar.

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El escritor

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

El escritor

 

En aquella época yo quise ser escritor. Andaba leyendo a todas horas; supe quién era Celan, incluso leí un ensayo sobre él. Incluso leí poemas suyos. Me gustaban las bibliotecas. Pasaba ratos metido en ellas. Y todo lo que me ocurría podía convertirse en parte de un texto. En cierta medida, no me preocupaba mucho lo que me sucediese, porque desde esa perspectiva la suerte no tiene importancia. La posibilidad de que acabase transformada en un libro daba cierta luminosidad y amplitud a mi vida. (No creo que quien no haya amado escribir pueda entenderlo bien). Y en ese espacio de la creación hasta las peores noticias, no sé, el abandono de un amor, un accidente laboral o una muerte, podían tener sentido.

Todo esto fue en aquella época. Pero las épocas cambian.

Mónica estaba ya harta de todo y dijo por qué no nos vamos al extranjero. No. Por qué, muchos están saliendo ya, aquí solo se van a quedar las ratas. Mónica tenía mucha gracia. Pues no. Estoy harta, oyes. Eso yo ya lo sabía. Incluso lo había escrito, me jacté para mí mismo.

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5. Páginas puertas

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

5. Páginas puertas

 

El profesor Souto, después de pasar tantas y tantas páginas de ficciones, comprendió que eran puertas, y después de cruzar tantas y tantas puertas, descubrió el Jardín Literario.

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Toc

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Toc

 

Cada vez que tu cadáver llama a la puerta finjo desde el otro lado la voz de una niña que está sola en casa.

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