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Las minutas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Las minutas

 

Era notario en Madrid y quiso conocer el Amazonas con su familia, compuesta de mujer y dos hijos. La agencia de viajes le proporcionó todo, incluso una noche en la selva, en una cabaña india. Las cosas no fueron bien. Una boa enorme se coló en la cabaña y los devo­ró mientras dormían. A la mañana siguiente la boa apareció a unos metros del campamento hinchada y aletargada. Le abrieron la barriga y sacaron los cadáveres intactos. El notario tenía en la mano unos papeles. Antes de morir le había dado tiempo a redactar cuatro certificados de defunción con sus minutas de honorarios correspondientes, doscientos veinticinco euros por cada uno.

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Medium 9788483935255

La vida imposible

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

La vida imposible

 

Dos niños de trece años, compañeros de escuela en la ciudad de Reikiavik, intercambiaron familias previo acuerdo, ya que cada cual prefería la del otro. Los padres han declarado a la prensa que este canje les resulta inaceptable. En todo caso, el problema es que los hijos, obcecados, amenazan con «hacerles la vida imposible» si no acceden a su pedido.

 

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Medium 9788483935255

Toreo remoto

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Toreo remoto

 

Contra los consejos unánimes, el célebre matador andaluz volvió once meses después de un accidente en el que estuvo cerca de perder la vida. Su regreso no pudo ser más comentado porque el torero, medio tullido en una silla de ruedas, fue depositado en el centro de la arena con una capa roja sobre las piernas, lo mismo que una manta, y otro torero –primo hermano suyo– decidió desde las gradas, provisto de un control remoto a botonera, hasta el menor desplazamiento de la silla. El matador se retiró aclamado por este raro toreo remoto, pese a que alguna fortuita interferencia estuvo a punto de empañar la jornada.

 

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Medium 9788483935415

Distancia

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Distancia

 

Vorosilov y Talin trabajaban en la misma empresa estatal que había asignado una vivienda a cada uno en la planta baja de un edificio. Eran amigos y también lo eran sus familias. El tamaño y la altura de sus viviendas guardaba relación con el puesto que ocupaban en la empresa. Pasados veinticinco años, a Vorosilov le asignaron una vivienda algo más grande en la planta dieciséis. Un día la madre de Talin comentó que la mujer de Vorosilov no le había cedido el paso en el portal; otro, fue su mujer la que afirmó que Vorosilov había respondido con frialdad a uno de sus saludos. Aparentemente siguieron siendo amigos, pues Vorosilov y Talin eran, cada uno a su manera, hombres afables, pero pronto se hizo evidente que la distancia entre ellos era aún mayor que la que había entre sus viviendas.

 

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Medium 9788483935255

Una máquina curiosa

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Una máquina curiosa

 

En un film polaco de hace algunos años, el protagonista oye hablar de un máquina fantástica que, con sólo examinar una fotografía, determina si los individuos allí retratados están hoy vivos o muertos. Como la realidad imita el arte, un matrimonio de científicos suizos ha anunciado la invención de un artefacto de propiedades análogas: una máquina copiadora de fotos que, según cómo se emplea, aparta lo que ya no existe de lo presente. Así, de una foto tomada hace treinta años y en la que se ve un grupo de seis personas, el aparato proporciona dos fotos diferentes; una con quienes aún permanecen vivos, otra con los que están muertos. En ambos casos los ausentes han sido reemplazados por más paisaje de fondo, como si una grúa infalible los hubiese arrancado sin dejar rastro. Resultado de esta máquina curiosa, los muertos pueden congregarse sin perder la juventud mientras los vivos quedan abrazando por la espalda un espacio vacío: el aire que antes ocupaba un ser humano.

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Medium 9788483935941

El acantilado

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

El acantilado

 

A las cinco de la mañana el padre despertó al hijo y le dijo que se vistiera, había llegado la hora. Con los ojos soñolientos y la voz entrecortada, el niño vio ese rostro barbado, esa mirada azul y penetrante, y le dijo que no quería ir. Su madre le había dicho que no tenía que hacerle caso en todo a él, que incluso no estaba obligado a quedarse con su padre los fines de semana.

El padre le agarró el brazo con firmeza y dijo:

–¿Qué es eso de no querer quedarte conmigo? Ella no sólo se va con ese imbécil, ahora te mete ideas para que no te vea más. Vístete.

El niño se levantó y, mientras se sacaba el pijama y se ponía los jeans y los tenis, se preguntó qué había sido primero. Si su madre había dejado a su padre cuando él comenzó a hablar de platillos voladores, o si el padre había comenzado a hablar de platillos voladores una vez que la madre lo dejó. Cuando ella se fue de la casa, él dijo que la ciudad era muy chica para los dos y dejó su trabajo y vendió la casa y compró una cabaña a tres horas de la ciudad, a quinientos metros del acantilado. Había vistas espectaculares del mar, pero la región era desolada y el niño odiaba los fines de semana en que era el turno de estar con su padre; no había televisión en esa cabaña, ni computadora ni videojuegos. Sólo podía leer y jugar juegos de mesa, cosas que no le llamaban la atención.

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Medium 9788483935446

Hombre exhaustivo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Hombre exhaustivo

 

Ante una sala abarrotada y expectante, el señor Ambrosio Quintanilla Sotillos dijo: «Apreciados colegas –se aprecia a los demás por tantas y tan diversas razones que exponerlas sería absurdo–, estamos hoy aquí –me gusta pensar que hoy y aquí designan algo más que una convención de la cual somos víctimas–, para dirigir un homenaje –no debemos olvidar que jamás un homenaje hará justicia a la verdadera importancia del elegido– a la egregia e ínclita figura de este hombre a quien ahora señalo, nuestro más veterano representante». Tras la lectura de algunos párrafos más, Ambrosio Quintanilla Sotillos levantó la vista para mirar con fijeza a la concurrencia, que ya había descendido a la mitad aproximadamente. Prosiguió: «Y por todo lo hasta aquí dicho –hay que tener siempre en cuenta que jamás podremos enumerar en su totalidad los prodigios realizados por nuestro heroico portavoz– merece este personaje sin igual nuestro más profundo y auténtico respeto –es verdad, no obstante, que todos y cada uno de los seres que habitan este mundo, e incluso otros, merecen dicho respeto–, y por ello voy a ofrecerle el siguiente discurso de aprecio y reconocimiento –nadie menos indicado que yo para el encargo, vaya ello por delante– escrito con la mejor de las intenciones y la menor de las habilidades». Ambrosio Quintanilla Sotillos levantó de nuevo la cabeza y dirigió la mirada hacia el único asistente que quedaba para entonces en la sala, que no era por cierto quien recibía el homenaje, sino un bedel absorto en vete a saber qué.

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Medium 9788483935620

Subterráneos

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Subterráneos

 

Ha subido al vagón una mujer en avanzado estado de gestación, y le he cedido el asiento.

Al bajar la mirada reparo en que va dejando un rastro húmedo a su paso, una pátina brillante y viscosa como una baba, que llega hasta sus pies y que chorrea por los bajos del asiento.

Le pregunto cuánto le queda. Y me dice que menos de dos semanas, con una voz crispada, balbuciente, que le surge del fondo de la garganta. La luz del metro es mortecina, pero puedo observar sus finos labios, sus vagos pómulos, su cráneo ralo, la película gelatinosa que le crece entre los dedos como una membrana y envuelve todo su cuerpo. Sin duda el obstetra se equivoca, esta mujer está a punto de nacer aquí mismo, en cualquier momento.

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Medium 9788483935873

La vuelta al día

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La vuelta al día

 

Los últimos agostos, desde hace ya unos cuantos años, Julia y yo practicamos la bonita costumbre de levantarnos a mediodía, sin prisas, después de haber apurado durante el día previo el frescor de la sierra hasta esa hora en que los grillos siguen cantando más por inercia que por atraer más hembras a su cubil, muy avanzada ya la noche. Durante once meses nos levantamos al amanecer, o cuando todavía pinta oscuro, así que bien está que ahora le hagamos alguna burla al despertador, pensamos.

Años antes, apenas al segundo día de vacación, a Julia y a mí nos entraba la angustia, como si levantarnos tarde fuese un pecado.

–¡Desaprovechar así el único mes, qué vergüenza! –nos reprochábamos.

Pero luego hemos ido abandonándonos, y cada verano nos levantamos más tarde. Alguno llegará, me digo, en que le demos la vuelta al reloj, y terminemos por levantarnos de amanecida otra vez.

–Parecerá una opinión descabellada –le digo a Julia–, pero habría que preguntar a los viejos por qué se levantan tan tempranísimo. ¿No le habrán dado la vuelta al día con una carambola de tiempo como esta nuestra de las vacaciones?

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Medium 9788483935545

Peter Pan

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Peter Pan

 

 

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

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Medium 9788483935477

Donde está

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Donde está

 

Contaré así, entre el recuerdo y lo que después he sabido o imaginado, lo que me sucedió aquella infancia. Como siempre en el festival navideño, que entonces era un planeta, mi padre me tomaba de la mano y salíamos; salíamos (sin mamá) a la calle, a las calles, a la ciudad, al exterior (a los fines del mundo): lugares de enormes edificios, gigantescas avenidas, música alta, gentío, personas que hacían cosas extrañas como ir cargados de bolsas, cogerse del brazo, reírse a voces, cantar, apresurarse, pasear bajo alambres de bombillas, llevar gorros y caretas, mil cosas desconcertantes; salíamos juntos (que significa: me tomaba de la mano no para llevarme a algún sitio, sino para irme con él; me convertía en su compañero). El abrigo. ¿Te portarás bien? Sí. La bufanda, ¿así vale? Otro beso a mamá. Cosas que se decían entre ellos, instrucciones, secretos, felicidad. Vamos a ver a Dios, dijo mi padre. Yo entendí, o quizá la frase correcta fuera: vamos a ir los dos, o espéranos a los dos, algo parecido; vamos a ver a Dios fue la promesa de sus labios, la expectativa (cuanto salía de su boca y cada movimiento suyo eran sagrados) que yo tuve, la certeza con la que me iba esa tarde precisa: a ver a Dios, sí, papá iba a enseñármelo. Él sabía.

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Medium 9788483935620

Neuroleptol®

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Neuroleptol®

 

Por eso me negaba a tomar las pastillas, por eso las acababan encontrando varadas bajo mi lengua, o escupidas entre la tierra oscura de algún macetero. Dicen que ahora estoy mejor. Pero a qué precio. Desde que comenzaron a hacerme efecto ha dejado de venir a verme mi hijo favorito, el único que me entendía, y Graciela, la dulce y fogosa Graciela, que mantenía encendida mi llama. Tampoco está ya por ninguna parte la enfermera que me leía historias y recortes del periódico por las noches antes de dormir.

Y dicen que nunca ninguno de ellos ha existido.

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Medium 9788483935446

Seguro vendedor

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Seguro vendedor

 

Yo no quiero insistir, pero a ver, usted lo que tiene que hacer es mirar la piel, ¿qué le parece?, ¿se da cuenta de lo que tiene en las manos?, napa de la mejor, la de mayor calidad del mercado de todos los tiempos, lo más bueno y suave que puede encontrar en todo el país, se lo digo con el corazón en la mano, pruébeselos, ya verá, le quedarán como un guante, se adaptan al pie como una tela mágica, si es que es la mejor napa del mercado, ya le digo, son unos fabricantes exclusivos, en lo suyo no tienen competencia, fabrican para gente especial, eso se ve en el precio, desde luego, pero después se agradece, verá cómo vuelve, si es que son unos zapatos impresionantes, una inversión, por lo bien que quedan y por lo que duran, no hay más que verlos puestos, ¡pero si le quedan de fábula, mujer!, vamos, si se los deja puestos un ratito se los compra, seguro, a lo bueno se acostumbra uno enseguida, no hay prisa, pruébeselos, verá, napa como esta no la encontrará en ningún otro sitio, eso se lo digo desde ya, y yo no miento, que esta napa es la mejor es un hecho, ahora bien, si le gustan o no ya es otra cosa, porque sobre gustos no hay nada escrito, pero como diseño y calidad, no hay más que mirar cómo y con qué están hechos, trabajos tan bien acabados se ven pocos, en eso estará de acuerdo conmigo, que le gusten o no, no digo nada porque cada quien es cada cual, pero que son unos buenos zapatos, no hay quien lo discuta, lo mejor del mercado, ya le digo, pero no quiero insistir, se ve de sobra que son los mejores zapatos del mundo, no necesitan propaganda, no se arrepentirá.

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Medium 9788483935965

Aire

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Aire

 

Ella parpadea y sus pestañas desencadenan los vientos. Él suspira y de su boca emerge un huracán. Y mientras en los mares se desata la galerna, ellos vagan por la tierra, destinados al desencuentro.

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Medium 9788483935293

Cuna

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Cuna

 

Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. «Hoy no es mi cumpleaños», me dijiste. «Da igual. Ábrelo», insistí. Rompiste el papel de mala gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas. Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso me gusta entrar a la ferretería. Echar un ojo por ahí y, cuando me decido, pedirle al encargado que me ponga siete de eso. «¿Siete alcayatas?». «Exacto. Siete alcayatas», pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el vuelo desde mi estómago. Los nombres suelen ser más bellos que las cosas. Me gustan especialmente Bernardo y tachuelas. Pero no puedes llamar a nadie Bernardo Tachuelas. He aquí la esclavitud de las palabras. Estuve a punto de conocer a un Bernardo y conocí unas tachuelas, que son como las chinchetas aunque no es necesario que su cabeza sea circular y chata. Algo sin complicaciones. Lo que puedo ofrecerte. También una pelota de playa. «¡Vamos, hínchala!», te animé. Y empezaste a soplar. Supongo que los dermatólogos ya han estudiado este fenómeno. La tersura que gana terreno a las arrugas. La posibilidad de rejuvenecer un rostro soplando por sus narices. Tú, sin embargo, no parecías contento. Tenías miedo. Miedo de que explotara. Esta vez no lo hizo y vimos que el balón traía dibujado un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes. Un motivo que se repetía en el ecuador del balón. «¡Abre el otro, venga!», te apremié. Suspiraste resignado y tus dedos se hicieron torpes con el minúsculo envoltorio. Al final, arrancaste el celo con los dientes y te pinchaste. «¡Mierda!», dijiste. Tu boca empezó a sangrar y yo te traje alcohol y agua del grifo. Estabas tan apurado que untaste el algodón en el vaso y bebiste del bote. «¡Mierda!», escupías. La situación no dejaba de ser graciosa y yo lamenté la falta de consistencia de tus encías de pladur. «Si la alcayata se hubiera sostenido en tus premolares habríamos podido colgar un cuadro», bromeé. «¡Has vuelto a beber!», me soltaste. «¡Mira quién habla! El señor que acaba de echarse un trago de alcohol desinfectante», respondí. Luego me puse a llorar. Porque hago todo lo que puedo. Te lo juro. Porque esto es todo lo que puedo ofrecerte: un balón de plástico y siete alcayatas de acero o de latón, de rosca o de clavar, grandes o pequeñas. Me llevé las estándar porque, según el ferretero, valían para cualquier cosa. También para demostrarte mi amor. Qué otra cosa propones con el dinero que me dejas. Bloqueaste mi cuenta por lo de mi afición al vino, por lo de mi afición a las tragaperras del Roxi Palace, por lo de olvidar dinero en los sombreros de los mendigos. El otro día, el día más frío de este invierno, crucé los porches donde duermen y uno de ellos, agarrado a un cartón de vino, gritó: «Si sigue nevando así, me voy a misa de una a dar pena». Te he regalado tantas veces la misma cosa... La misma pluma envuelta en Navidad y vuelta a envolver la Navidad siguiente; el mismo disco de Eric Clapton remasterizado por otra compañía; un beso igual a otro beso y, en tu sexo, siempre los mismos labios. Seamos honestos. No estoy borracha por haber bebido. Bebo porque estoy borracha. Borracha, ebria, embriagada de las flores del cementerio y de esas otras. Las que tú me regalas por mi cumpleaños. Cada doce de junio, esa docena de rosas que son como una afrenta. Como si me dijeras: «Esto sí que es un regalo. Aprende». Y tú tienes que conformarte con siete alcayatas y un balón. Papel de lija a fin de mes, cuando sólo me quedan sesenta céntimos. «Para regalo, por favor», le digo al ferretero. A base de ponerte algodón entre el labio y la encía, dejaste de sangrar. A base de concentrarme en tu herida, dejé de llorar. Entonces me sorprendiste. «Toma», me entregaste otro sobrecito. Siete hembrillas de hierro cincado. Siete hembrillas estándar para mis siete alcayatas estándar. Las clavamos en la pared del pasillo. ¿Qué prenderemos de ellas? ¿Láminas de jazz? ¿Acuarelas? ¿Aprovechará una araña la infraestructura para tejer su red? De una patada, enviaste el balón al cuarto del fondo. Giraba en una esquina y al girar daba la impresión de que el perro con el cubo entre los dientes se ponía a correr. Nada más que una ilusión. La cuna vacía. Alisé un pliegue de la colcha y tú pusiste una mano en mi vientre. «Sólo te necesito a ti», me besaste. Y yo qué sé. Yo qué sé. Si ahora nevara, si no dejara de nevar hasta el mediodía, iría a misa de una. A dar pena.

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