2270 capítulos
  Título Autor Editor Formato Precio Mezcla
Medium 9788483935996

Familia, desierto, teatro, casa

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Familia, desierto, teatro, casa

 

 

I

 

Mabel Lavana: cuando piensa en ese nombre, y en todo lo que vino detrás, lo primero que Bernardo imagina es la cabeza de ella delante de un vasto fondo neutro, sin nada, que se va poblando poco a poco de edificios aplastados como en los cuadros primitivos, aquí la fachada del liceo Humboldt, allá la entrada al Hospital Clínico, y un poco más lejos él mismo subiendo los peldaños de su casa de Rosales con un pañuelo manchado de sangre. Bernardo no entendía gran cosa. Hacían juntos los deberes, Mabel los hacía y él miraba fascinado su atroz caligrafía, la pantalla difusora de encaje en la mesilla, aquella mano que enmarañaba a lo mejor un polinomio en el centro de la plana. Mabel Lavana, aquel diminutivo ridículo, tan odioso para él, y sus grandes pies que tanto le hacían sufrir en los recreos y la forma en que Bernardo no entendía nada en sus polinomios. Mucho rato después de haber cerrado el cuaderno, continuaba él viendo el diminuto broche de cifras en el medio de la plana de cálculo tan blanca.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935415

Apocamiento sincero

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Apocamiento sincero

 

Entre los personajes de sus novelas había un líder muy agresivo, le tomó miedo y dejó de escribir para no enfrentarse a él.

 

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935354

Volver a casa

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Volver a casa

 

Am I sitting in a tin can

Far above the world

Planet Earth is blue

And there’s nothing I can do.

David Bowie, Space Oddity

 

Houston, aquí la Base de la Tranquilidad: el Eagle acaba de tocar la luna.

Cabrones. Ellos dos a punto de pisar la luna y yo flotando en esta lata de sardinas. Si sigo escuchando la voz de Armstrong en mis auriculares, acabaré por hacer alguna locura. Voy a desconectar la radio un rato. Que se jodan.

Todavía no he podido averiguar por qué Neil y Buzz fueron los elegidos para dar el gran paso y a mí me condenaron a esperarlos en la cápsula. A todos los que pregunté en Cabo Cañaveral me dijeron lo mismo, que la decisión venía «de arriba». Puedo entender que Armstrong, como comandante de la misión, pise la luna, pero ¿por qué el otro ha de ser Aldrin y no yo? Ambos tenemos la misma edad (treinta y nueve, como también Neil), poseemos una gran experiencia en vuelos orbitales (aunque debo decir que yo he hecho un par de caminatas espaciales y él no), incluso somos militares de alta graduación. Pero es él el que bajará, mientras yo me quedo chupando banquillo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Vaivén

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Vaivén

 

 

Para todos los lectores del blog

 

 

Richard Ford era gran amigo de Carver, y compartían largas jornadas de caza. Así aprendió el viejo y astuto cuentista alcohólico a seguir la pista, a quedar al acecho, y conoció a la perfección, durante los numerosos fines de semana que compartieron, la geometría de la espalda del joven amigo escritor. Prefería que Ford abriera el camino, y seguir su buen olfato, para encontrar los animales sin demasiado esfuerzo. Carver se sentía cansado; la rodilla derecha comenzaba a fallarle, y procuraba que el otro no advirtiera sus gestos contrariados de dolor cuando atacaba las cuestas. Siempre supo que aquel tipo escuálido y ágil, al que habían echado de su trabajo como cronista deportivo, había escrito una novela maravillosa, El periodista deportivo, que le haría famoso. Tenía la seguridad de que llegaría lejos y le emocionaba pensar en que pudiera adoptar el papel de discípulo agradecido que preserva y difunde el legado de su maestro. Pero Rock Springs, el manuscrito que Richard Ford le había entregado unos días antes y cuya lectura apasionada le había obligado a leerlo cuanto antes, como si temiera morirse de un traicionero ataque al corazón antes de acabarlo, era una colección de cuentos. Cuando lo terminó, de madrugada, sintió necesidad de emborracharse. Emocionado pero también enrabietado, se bebió una botella de whisky. Estaba bien escribir novelas. Eso siempre estaba bien. Pero si Ford quería ser su amigo, su auténtico amigo, no debería meterse en su territorio, los cuentos, y mucho menos de esa manera altiva e insultante. Escribiendo una obra maestra. Por ello, Carver pasó el día de caza escrutando sus gestos y hablando muy poco, sin atreverse a reconocerle que ese libro era digno de él, su maestro. Al final de la tarde, cuando estaban a punto de darse por vencidos, apareció el gran ciervo que llevaban buscando desde el amanecer. Unos cazadores de la zona habían hablado con Richard Ford del animal, escurridizo y enérgico, por cuya cabeza se hacían apuestas cada vez más elevadas. Ford le hizo a Carver un gesto con la mano en alto, exigiéndole silencio, y el silencio se hizo. Disparó sin dudarlo, y se relajó, con la tranquilidad del que ha hecho su trabajo a la perfección. Carver no fue capaz de reaccionar. Ni siquiera consiguió moverse cuando Richard Ford subió la ligera pendiente y llegó hasta el ciervo derribado y acarició su frente caliente con las manos ríspidas de antiguo escritor de insulsas crónicas de béisbol, y desde allí arriba le llamó para que lo acompañara en la celebración del ejemplar cazado. Carver no habría sido capaz de disparar. Estaba paralizado. Una hora después, tras atar el animal a la furgoneta y antes de que Ford accionara la llave del contacto, Carver le dijo, con su voz rugosa y áspera como la ginebra, que había terminado de leer su libro. Ford le preguntó: «¿Qué te ha parecido?». Carver le confesó que era una maravilla. Muy bueno, casi tanto como Catedral. «No digas tonterías, Ray. Sabes perfectamente lo que pienso de Catedral. Nunca lo alcanzaré.» Carver insistió y le dijo que no se preocupase. Aún le quedaba mucho tiempo por delante y pensaba devolverle el golpe. El próximo libro de cuentos que escribiría sería su mejor obra y pondría el listón muy alto a Ford, para que le costase superarle una vez más. «¡Has empezado a escribir de nuevo, ¡qué bien!», se alegró Richard Ford. «No, no te emociones, en realidad aún no he hecho nada, pero empiezo a tener ideas.» «Cuéntame», lo animó, con la furgoneta bajando las primeras cuestas. Antes de que Carver supiera qué decirle, oyeron un fuerte ruido detrás. Carver se volvió. El brusco vaivén de la furgoneta había hecho que la cabeza del ciervo se soltara del nudo que la agarraba, con cuidado para no estropearla como trofeo, y la dobló hacia abajo, golpeando con el rápido movimiento el cristal de la parte de atrás de la cabina y dibujando una insólita postura de abandono, de paz, con la lengua colgando como un anfibio viscoso que habitase el interior del ciervo y hubiese muerto con él. En los ojos del animal había una expresión que Carver intentó definir: no era rabia, ni rebelión, ni por supuesto conciencia del final. Más bien recordaba al arrepentimiento que los niños muestran después de cometer una maldad, como si el animal fuese consciente de haber dado un paso en falso, de haber cometido un error fatal, después de tantas escaramuzas, de haber jugado al escondite durante varios años con las armas de los cazadores, y eso le hubiera conducido hasta aquella furgoneta que le transportaba con brusquedad sobre la grava y los socavones, hacia el pueblo, donde su cuerpo, troceado para carne y adorno, terminaría por desaparecer. Richard Ford insistió. «¿Qué idea te ronda la cabeza?» Carver miró por la ventanilla, y contempló la visión móvil del boscaje. Le respondió como si la idea fuese vieja, como si hubiese meditado mucho en ella. Le mintió por primera vez desde que se conocían. «He pensado mucho estos días en Chéjov, en su final. ¿Crees que el día que murió había flores en su habitación?»

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935620

Hamelín

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Hamelín

 

Y cuando todas las ratas estuvieron dentro de la caja, Hamelín apagó el televisor.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483936016

Lo que sale en la tele

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Lo que sale en la tele

 

Estoy viendo la tele y alucino; llamo a Tomi y no me hace caso, lo vuelvo a llamar más fuerte. ¡Tooooooo-
ooooooomiiiiiiiiiii! Nada, debe de estar en el baño echando la pota.

Aparecen los presidentes y toda esa morralla saludándome con la mano, Javi, Javi. Y yo ¿es a mí, es a mí? Ellos sí, sí, hola Javi, moviendo la mano como hace esa gente en plan acelga así tras-tras que no espantan ni una mosca los hijoputas. A mí que me entra la risa floja y ¡Toooooooomi ven, Tomi! Y me siguen saludando todos, los veintidós creo que son. Los miro a ver si es una broma; pues no, están todos colocados en dos filas, los de delante los que más importan y detrás los que menos. Y les digo esperáis un momento que llamo a mi colega. Me levanto a buscar a Tomi. ¡Toooooomi! Y me quedo en la puerta del salón; no quiero salir porque todavía lo estoy flipando.

Dejo de llamarlo, vuelvo a la tele y siguen ahí. Les miro los caretos, sí, reconozco al nuestro y a alguno más de los que se ven siempre, con sus mujeres o sus ligues que molan mucho, en los partidos de su selección dando brincos como niños, y en una conferencia que hablaban por turnos con flores y el desayuno ese que les sacan. Joer. Ellos saludando todavía. No se cansan; y oigo que me dicen: Javi, Javi, hola. Se mezclan las voces de hombres y dos o tres tías. Yo les saludo igual porque se me contagia, así en plan blando con la mano tonta. Tommmi. Les miro las banderas para comprobar si son ellos, y sí, los colorines, las estrellas, las franjas, las cruces tan bonitas, todo, todo auténtico. ¿Estás bien?, me pregunta uno, aunque debe de ser de otro país habla perfectamente mi idioma, yo le entiendo. Jodido, le digo. Y miro hacia atrás con algo de vergüenza porque hemos dejado el sofá y el suelo hechos un asco con las botellas, los botes, la comida que sobraba en los cuencos y cáscaras por encima. Ellos con sus sonrisas todo el rato en la cara. Y eso jode un poco la verdad, eso molesta. Parecen educados, además simpáticos. Me dan confianza, así que les digo jodido, peor, tíos, me estoy matando la vida, yo por lo menos tengo un curro, Tomi no. Es que no ha tenido suerte, digo, pero bueno, se merecería uno, ¿no? La gente merecemos el derecho a la vida, pienso yo. Ellos con su mano de acelga su sonrisa tonta sus trajes azules iguales, y ellas con su chaqueta su falda calcadas. Me sonríen como si les dijera que está lloviendo en el barrio. Bueno Javi, no pierdas la confianza, me contesta uno alto que no sé quién es porque no le conozco la cara. Confianza en tu puta madre, le digo pero ellos lo mismo, no se inmuta ninguno, cuando se cansan de tener el brazo levantado lo bajan aunque siguen sonriendo. Y siempre hay el que saluda como si lo tuvieran ensayado en el grupo. ¡Tomi!, vuelvo a llamarlo, ¡Toooooooooooooooomiiiiiiiiiiii! Ya voy, me responde. ¡Date prisa! Uno, el pez más gordo creo me avisa oye Javi, que nos tenemos que marchar, que empieza la conferencia y tal. Y yo, ¡Tooooooooooomiiiiiii, corre, que se van! Y les digo esperad tíos, un momentillo que quiero que saludéis a mi colega. ¡¡¡Tomi!!!

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935019

La línea recta

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

La línea recta

 

Hay una acústica de la descarga, pero la hay para nada, las cosas mismas arden para nada, no arden, son cosas y pueden no ser.

………………..

A su debido tiempo, todas las cosas cruzan un puente de cuerda. Esto se llama «el estupor».

………………..

Acercando el oído a las cosas que duermen, se escucha un verbo desconocido hasta ahora que es lo contrario de tocar.

………………..

Cosas en movimiento: los lobos, las penínsulas, las sales… Cosas-disolución: esta palabra, «altura».

 

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935286

Let’s talk about the weather

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Let’s talk about the weather

 

Indicios.

Hay indicios que apuntalan su existencia –son solo indicios, sí, pero cómo no interpretar, cómo no leer así su coincidencia, su aparentemente aislada existencia–, existencia decía de una conjura, un secreto pacto, entre los fabricantes de ascensores, los diarios deportivos, los filósofos de la levedad posmodernos, los inteligentes fabricantes chinos de teléfonos inteligentes:

un complot mundial inconfesable, inaparente, por no se sabe qué rencores, la verdad.

Quieren acabar con el tiempo.

No oh tiempo tus pirámides

No o tempora o mores:

el tiempo a secas.

 

Brilla el sol

Llueve

Nieva

Menudo frío hace: ese tiempo.

Nada parece tan falto de substancia, aparentemente, como hablar del tiempo y, sin embargo, notables indicios apuntan, ya lo advierto, hacia una confabulación: borrar del tiempo, de ese otro tiempo de la historia, una escena: dos desconocidos, un ascensor, hace calor eh, sí, menudo día nos espera.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935743

Remordimientos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Remordimientos

 

El profesor miró a aquel alumno que en silencio parecía poner en tela de juicio cuanto decía. En realidad nada podía recriminarle pues su comportamiento, fuera de una singular rigidez, resultaba de una notable urbanidad. Observó además que nunca faltaba a clase.

En una ocasión en que se produjo un cambio de horario imprevisto, casi imposible de comunicar a los alumnos, allí estaba aquel hierático alumno, con una media docena escasa de compañeros, siempre sentado en la última fila.

También cuando otro catedrático le pidió que le sustituyera en una clase nocturna, se sorprendió encontrándolo como siempre en la última fila.

«¿Es que acude usted también a estas clases», se atrevió a preguntarle a la salida. «Por nada del mundo me perdería lo que usted enseña», le contestó. Pero su mirada, que rebosaba cinismo, parecía decirle: «¡Qué farsante eres. Por mucho que te rodees de esa cohorte de ayudantes que escuchan tus palabras como una lección magistral, tú y yo sabemos que, sin haberte vendido al Dictador, hoy no serías nada!» Un día el catedrático quiso saber quién era. «Hágame el favor –le dijo a uno de sus ayudantes–, dí­gale a ese alumno de la última fila que rellene esta ficha con sus datos personales.» «¿Qué alumno, señor?» «Aquél, ¿no lo ve? El de corbata negra y barbas de chivo.» «Perdone, señor, allí no hay ningún alumno, esa fila está siempre vacía».

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935255

Edición corregida

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Edición corregida

 

Me han contado de un veterano escritor que conoció, tiempo antes de morir, a una hermosa joven de veintiséis años que, pronto lo advirtió, hablaba empleando todo el tiempo frases de sus libros, extractos enteros o a veces parciales. El escritor se preguntó en un inicio si este hecho no sería una coincidencia, si la muchacha no estaría parafraseándolo accidentalmente. Por las dudas no dijo nada al respecto, no fuera que ella descubriese su egocentrismo inconmensurable por culpa de una observación apresurada; pero los días pasaban y las frases de sus antiguas novelas continuaban resucitando en sus palabras. ¿La joven pretendía rendirle así homenaje? Semejante tributo resultaba una tortura para alguien que solía jactarse de no releer su obra ya publicada.

Para aplacar la angustia, el escritor se dijo que la joven pronto abandonaría esta costumbre de citarlo, cuando no su otra costumbre –mucho más inexplicable, a su entender– de aceptar cada uno de sus convites a tomar chocolate caliente con galletas en un bar a la vera del río. Sin embargo, ni una ni otra cosa sucedieron y, muy pronto, el escritor se descubrió enamorado.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935088

23:24

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

23:24

 

Dispuso de las sombras de su habitación. Las sopesó con calma, comprobando que cada una estuviera donde debía. Respiró con hondura: en los últimos tiempos, no había podido hacerlo muy a menudo. Imaginando un anillo de aire que giraba dentro de sus pulmones, se fijó bien en la hora, 23:24, un armónico augurio. Nombró los tres o cuatro libros que habían tenido la generosidad de acompañarlo siempre. Repasó sus escuetos títulos y la música familiar de sus autores. Sus apellidos, sus ciudades natales, las fechas de nacimiento y también las de su muerte. Así debía ser, así había sido. Los párpados y el pecho reiteraban la convocatoria. De pronto tuvo miedo de tardar demasiado. Despegó la cabeza de la almohada y llamó a sus hijos. Durante el silencio inicial, temió que no llegaran a tiempo o que su voz hubiese sido demasiado débil. Pero enseguida oyó los pasos ascendiendo por el corredor y supo que todo iría bien. No haría falta hablarles: ellos sabrían leer en sus ojos de vela apenas encendida, igual que él tradujo sus caras en cuanto aparecieron por la puerta. Los reunió a su alrededor, como cuando eran niños, y visualizó en su mente un círculo de luz. Dejándose envolver por él, acarició las cabezas amadas y luego, lentamente, se marchó de allí.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935231

Zona de penumbra

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Zona de penumbra

 

 

 

Para H.P.L.

 

 

 

Tercer día en Cusco. Son las nueve de la mañana, he dormido bien y he desayunado mejor. Me siento en plena forma: perfectamente aclimatado a la altura y con todos los sistemas funcionando sin problemas (dejando aparte los ligeros achaques que vienen de fábrica). Hoy mi objetivo es visitar las ruinas de Saqsaywamán. Me he informado en el hotel y se puede ir a pie, pero se tarda una hora y siempre por cuesta bastante pronunciada, pues el lugar se encuentra a doscientos metros por encima de Cusco. O lo que es lo mismo, a 3600 metros sobre el nivel del mar. Mejor tomar un taxi, como me acaba de aconsejar la recepcionista.

Mientras ascendemos por una carretera llena de curvas, leo lo que dice mi guía. Parece que no se sabe a ciencia cierta qué hubo en Saqsaywamán. El significado del topónimo quechua tanto puede ser «Halcón satisfecho» como «Cabeza jaspeada», lo que tampoco ayuda mucho. A pesar de su apariencia de fortaleza, no se utilizó militarmente, salvo por Manco Inca, que se atrincheró allí en 1536 cuando intentó reconquistar Cusco a los españoles. El lado sur es un muro de 400 metros de longitud. El frente principal mira al norte y está protegido por un conjunto de tres niveles de plataformas de 200 metros de longitud rodeados de murallas en zigzag, que simbolizaban tres círculos diferentes: Cay Pacha, el mundo de los hombres, Hanan Pacha, el mundo de los dioses, y Ukhu Pacha, el mundo interior de la tierra. En la plataforma superior hay restos de tres torres macizas y una imagen del sol, probable centro de culto u observatorio astronómico. De las tres torres, la más importante es la del oeste, Muyu Marca, que estaba formada por varios niveles y tenía una altura de 20 metros. Ante la triple muralla se extiende la Gran Explanada de las lanzas o Chuquipampa, que desde 1985 está decorada con una enorme cruz de madera en recuerdo de la misa que allí celebró Juan Pablo II. No hay manera de que el lugar descanse tranquilo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935132

Queneau asaltaba ancianas

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Queneau asaltaba ancianas

 

5

 

–¡Alto ahí, señora! ¡Esto es una donación! ¡Se me queda quietecita recibiendo o le disparo!

Sin dejar de apuntar a la señora, el encapuchado deja caer unas monedas en la temblorosa mano derecha de la susodicha, siempre teniendo en cuenta que escribir susodicha es de pésimo estilo.

Después se da a la fuga impunemente.

 

 

17

 

El joven contumaz de la media en la cabeza se interpone de pronto en el camino de la señora con perro, que todo lo sufre.

–¡Alto ahí de verdad! ¡Ni se le ocurra moverse, eso ni loca!

Sujetando el antebrazo de su víctima, el joven encapuchado le abre la mano derecha hasta desplegar cinco dedos rechonchos, le coloca un arma de alto calibre en la palma de la mano y vuelve a cerrarle los dedos. Concluida esta manipulación, la estupefacta señora queda, uy, apuntándolo al pecho con una pistola.

–¡Esto es un asalto! –se apresura a chillar el joven de la media en la cabeza.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935101

Esos niños que lloran

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Esos niños que lloran

 

No tenías que haber escuchado a los niños que lloran desde las catacumbas. Ya no están ahí. Ahora todo está olvidado, las plantas han vuelto a crecer en la ciudad jardín, han vuelto a llenarlo todo. Hace tiempo que el rey está en silencio. No debías haberlos escuchado.

Solo pasabas por ahí. Pasabas sin querer, en uno de tus viajes perdidos, y sin querer entraste en las alcantarillas. En tu defensa debemos decir que no sabías que eran alcantarillas, tan anchas, tan túnel, quién lo hubiera dicho. Estabas ya dentro cuando escuchaste el llanto, acolchado por las hojas húmedas de las plantas que cubrían los muros. Lo escuchaste claramente. El grito llanto. Surgió desde las catacumbas, llegó a ti y te rodeó como un eco. Tantos niños lloraban dentro, no tenías que haberlo escuchado. Ya no era tiempo.

Porque solo pasabas por ahí y no vas a poder hacer nada. Igual que no pudimos nosotros, que nos callaron y nos hicieron polvo de piedra. Lo único que podrás hacer es cruzarte con las jardineras, vestidas con sus trajes de faena igual de impolutos que siempre, arrastrando los carros rebosantes de viandas y escobas, y aprender a mirarlas con un respeto nuevo, como hacemos nosotros. Sabiendo que son ellas las que lo escuchan día tras día, desprendidos como un eco que sube, y las rodea, en cada piedra que barren.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935941

Azurduy

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Azurduy

 

Esto ocurrió hace varias décadas, cuando, ya terminada la Normal, fui a hacer mi año de provincia a un distrito minero en Oruro. No había cumplido los veinticinco años y tenía toda la energía que se necesitaba –que creía que se necesitaba– para afrontar semejante compromiso. Todavía el mundo no me había decepcionado y creía que no había mejor forma de hacer patria que conocer el país profundo. Papá me dijo que la ignorancia no sólo era atrevida sino estúpida; hacer patria, las pelotas. La patria está deshecha y mejor curarse de espanto y asumirlo. Ya verás lo que es vivir en el altiplano y sentir el frío en tus huesos. En todo el cuerpo, concluyó enfático. ¿Y ducharse sin agua caliente? Mamá no dijo nada porque ya había fracasado cuando trató de que yo estudiara abogacía o economía. Fue tu culpa, le dije aquella vez, lo heredé de ti, recordándole que ella había ido a la Normal y había sido profesora de música hasta que se casó con papá. Lo hice porque en esa época si vivías en Sucre y eras mujer y querías irte de tu casa no te quedaba otra, contestó. Ahora es diferente. Y nada. Yo había heredado la terquedad de papá.

Ver todos los capítulos

Cargar más