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Escenas en un pícnic

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Escenas en un pícnic

 

 

 

Ella olía como los árboles.

W. Faulkner

 

 

 

La tarde transcurrida entre los sauces.

En el servicio de té el bosque es el reflejo de un incendio y una abeja zumba sobre el pastel. Las cintas de tu pamela agitan los brazos en el aire que vibra. El vestido ciñe los muslos poderosos. Voy vestido de blanco, a juego con la muerte.

Un árbol seco hace las funciones de perchero. Los frutos son echarpes y levitas. El coronel relata en una rueda informativa lejanas cacerías. Todo el mundo se aburre. En el siglo pasado todo el mundo se aburría pero yo voy a escenificarte algo que ocurre por las noches en mi internado. Guardé en tu sombrerera una carta que solo podrá ser abierta tras mi suicidio. Hermana mía, hermana mía, uno de tus guantes ha caído en la champanera. Tu preceptora despertaría a todos si supiera con qué avidez leemos a Sacher-Masoch, todo un escándalo en las cocheras. Poder tener quince años un verano no es un dato despreciable. Perderé la vida por algo insignificante, como una escena de baile pintada en un abanico. ¿Un pistoletazo en la sien, una caída poco feliz de la montura? Como jinete dejaba mucho que desear, ya escucho los comentarios de tu madre, una mujer absurda, proclive al embarazo. La pobrecilla desentona con los manteles.

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Medium 9788483935019

Aplazamiento

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Aplazamiento

 

Si une las palmas de las manos, toca una voz. Allí, en lo infirme, lo que habría de oírse se corta, se reanuda, depende solo de la escarcha, de la resistencia de las capas freáticas que están en él.

Escarcha: eclosión repentina, y no aprensible, de un abatimiento ilimitado.

Áspera, terrible doma, cada vez que el espacio, deshaciéndole, va a gritar, grita a su espalda, puro de toda dimensión.

 

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Medium 9788483935620

Historias cruzadas I

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Historias cruzadas I

 

Eva está sola en la casa del árbol del bien y del mal, cuando la ancianita llama a la puerta y le ofrece la manzana envenenada.

Adán la encuentra desnuda en el suelo, ya sin pulso. Piensa que la vida sin ella no tiene ningún sentido, y en un arrebato de amor, rabia y miedo, muerde también la manzana.

Y ahí acaba la Historia.

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Medium 9788483935606

Exilio

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Exilio

 

Fueron ellas. Las muñecas me echaron de mi cuarto, sin más contemplaciones. Una dama parisina de porcelana me comunicó que se había decidido por unanimidad, en el último cónclave. Lo siento, pero no sabes quedarte tan quieta como deberías. No eres lo suficientemente eterna.

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Medium 9788483935446

Éxito mortal

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Éxito mortal

 

Lo decidí cuando se convirtió en un best seller. Maldita la hora. Fue un impulso y luego un deseo incontenible. ¿Qué pasa? ¿Acaso ustedes nunca han sentido la necesidad de comprobar cómo funciona la perfección? ¿Jamás han tenido la imperiosa tentación de abrir un reloj, un motor, un cuerpo humano? Escribí la historia de un crimen perfecto y quería comprobar que no lo era solo sobre el papel.

Toda la vida había tenido ganas de matar, esa es la verdad, pero jamás me habría atrevido de no ser por el éxito brutal de mi novela, que demostraba hasta qué punto estaba bien tramada. Seguí mi plan hasta el final, paso a paso, sin olvidar detalle, sin cometer errores, capítulo por capítulo. Pero mi personaje, el asesino, no era un novelista de éxito que cometía el crimen que narraba en su libro. Era un hombre de negocios, gris y avaricioso. Y eso sí que se me escapó, no supe verlo a tiempo, me equivoqué de personaje, fue lo único que substituí.

 

 

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Medium 9788483935354

Más acá

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Más acá

 

Oscuridad.

 

Una pequeña lámpara se enciende y su escasa luz sólo deja ver la mesita sobre la que reposa y, junto a esta, una silla. Un hombre joven irrumpe en el espacio iluminado. Se le nota intranquilo. Tras mirar a su alrededor con movimientos rápidos, se sienta en la silla. Con gesto concentrado, rompe a hablar:

 

Hombre joven: Espíritu, si estás ahí, da dos golpes.

 

En el silencio de la habitación resuena un único golpe. La lámpara se apaga.

 

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Medium 9788483935095

La escritura

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La escritura

 

Para Javier Sáez de Ibarra,

por una charla frente a un café

 

La olla exprés está empezando a pitar cuando llaman a la puerta. Abro y aparece una muchacha de aspecto oriental, sin que medie palabra se sienta en mi cocina. Huelen los garbanzos, las gemelas tienen que estar saliendo del instituto. Mientras intento organizar mi agenda, quito el seguro de la olla, la cocina se llena de un cañonazo de vapor que sobresalta a Lyuba. Porque esa chica se llama Lyuba, lo sé, aunque no siempre es tan claro el nombre de un personaje. Lyuba se acerca con prevención a la olla, comprendo que en su mundo no existen las ollas exprés. Cuando sirvo los garbanzos se pone a devorarlos con las manos, como si fuera un animalillo: dientes curiosos, manos finísimas, pechos de aceituna. Esta noche, después de clase, tengo que presentar la novela de un amigo, mentalmente repaso la intervención. Llegan mis hijas con su bullicio apaciguante, cotidiano, a dúo quieren contarme algo, por suerte Lyuba solo existe para mí y parece discreta. Recuerdo la época en la que conviví con un suicida que arrastraba la soga para ahorcarse. Y el noble ruso, que hedía a foca, o aquel soldado nazi, que buscaba víctimas hasta dentro de la lavadora. Ahora es Lyuba, solo Lyuba. Mientras hago como que escucho siento la necesidad de escribir, y esa pulsión me hace sentir culpable. En estereofonía, las niñas empiezan a pelearse. Lyuba las estudia, entre mordaz y coqueta, sonríe. Aprovecha que las gemelas se levantan de la mesa, se acerca y susurra: «Me violó mi padre». La frase suena como una bomba. Vuelve a sentarse, como si la información se refiriera, por ejemplo, al parte metereológico. Podría haber dicho «busco novio» o «no sé qué estudiar», o «quiero hacer puenting», la confidencia da el pistoletazo de partida a una historia tremenda. Llevo a las gemelas al polideportivo. Debería pasar por la peluquería aunque, si me recojo el pelo, no quedaré mal del todo y tendré toda la siesta para escribir, también tengo que visitar a mi padre, que está enfermo. De la confidencia de Lyuba me extraña, no la historia con su padre, sino que me haya hablado en francés. Lyuba es una nenet, de ese pueblo nómade que habita cerca del Ártico, cuyo idioma desconozco. Navego por Internet y encuentro sus costumbres: pastores de renos, tiendas con estufa central, trajes de piel. Están sentados sobre la mayor reserva de gas de planeta, por lo que los rusos pretenden diezmarlos. Recuerdo una novela sobre esquimales. ¿Cómo se llamaba? El país de las sombras largas. Sí. Debería releerla. Encuentro una serie de datos etnográficos que no me interesan. Es una desgracia vivir sobre un tesoro, pienso. Apunto la idea para que no se escape. «La desgracia de lo bueno». Me gusta durante un rato, después deja de interesarme, es una chorrada, ya la desarrolló Truman Capote, en Plegarias atendidas. Wikipedia: «Los nenet, durante el invierno, suben hasta el Círculo Polar en busca de líquenes para sus renos». Me duele la cabeza, llama mi madre, dice que mi padre está mal. Vuelvo a la cocina. Lyuba sigue allí y ahora la puedo estudiar. Es rara, pero muy bella. Pelo negro sobre la espalda, cuello largo, miembros potentes. Abre las piernas. No lleva bragas, y veo el matorral de su sexo, que huele a líquenes. Espera para ver cómo reacciono, pero no caigo en su provocación, simplemente me quedo frente a ella, que ahora ha juntado las rodillas y mira en actitud indefensa. Me encierro en el estudio, escribo. Borro. ¿Qué edad tendrá Lyuba? Es difícil calcular la edad de la gente que tiene aspecto oriental. Me pregunto si el comentario es racista. Tengo que investigar sobre las emociones de las niñas violadas. Teléfono: me ofrecen no sé qué, una mujer habla, pero no le entiendo, tal vez tenga un fondo francés, o esquimal. Debo de haberle contestado de forma brusca, porque cuelga enfadada. Otra vez mi madre, ahora parece muy nerviosa. Le digo que no, que esta noche es imposible que me acerque, que mañana temprano, sin falta. Siento el impulso de hablar con mi amiga Pilar, que acaba de adoptar a una niña esquimal, pero lo dejo para más tarde, además tal vez le molesten mis intromisiones. Corro a buscar a las gemelas al polideportivo, de paso haré la compra. ¿Y si me acerco a la peluquería? Con el resto de los garbanzos puedo hacer un humus para mis suegros, me queda muy bien. Por suerte las gemelas son niñas, si hubieran sido varones, a alguno le hubiera caído el nombre de mi suegro, Fermín. Quiero mucho a mi suegro, a veces pienso que me casé con su hijo para estar cerca de él. Qué disparate. ¿Y qué hago con lo de mi padre? Maquillarme: en la presentación habrá prensa y salgo con cara de vampiro. Atardece, hace frío. Mientras conduzco por la autopista pienso que lo mejor que me podría pasar sería encontrarme en medio de un atasco, aislada durante horas, pero el tránsito fluye en la tarde gris. Las gemelas están agotadas. Renuncio a la peluquería y a la compra. Solo me queda dejarlas en casa, recoger los libros, cambiarme para la presentación, dar mi clase. Le pongo un mensajito a mi marido, le pido que prepare la cena. Él me manda un sms cariñoso, que no contesto. Vuelvo a sentirme culpable. Cuando dejo a las gemelas en el aparcamiento me espera Lyuba, con una maleta enorme, la sube a empujones y no hablamos durante el trayecto, puedo concentrarme en preparar mi clase. De pronto, con una vocecita monótona, me cuenta una historia de frío y vejaciones. Habla de un mamut escondido en el hielo, dice que ha sido adoptada, que piensa viajar. Dice también que consiguió algo en Normandía. ¿En Normandía?, le pregunto extrañada. Sí, dice, y comienza a hablar sin continencia alguna. La cabeza me estalla. Si fuera medianamente sensata, tendría que detener el coche en la primera esquina y bajar a Lyuba de un empujón. Tendría que abandonarla en medio de cualquier carretera, tendría, por lo menos, que pedirle que deje de hablar. Pero no lo hago, su historia inconexa me fascina. Mierda, llego tarde y me he dejado los apuntes. Lyuba se sienta al fondo de la clase, agradezco su cortesía y su silencio, con ternura pienso que debería encontrar a alguien que la quisiera de verdad, una familia, un novio. Le deseo tardes hermosas tendida al sol, en alguna playa de Normandía. Esbozo las hipótesis, pero todas me parecen terriblemente sensibleras, tacho lo que he apuntado en mi cuaderno. Llego a la presentación tarde, los fotógrafos ya se están cebando con el autor. Digo mis cuatro frases con poco entusiasmo, solo he cumplido con el expediente cuando hubiera querido ser muchísimo más enfática. Además, estoy fea. Tomo Coca-Cola. Lyuba, en cambio, parece haberse bebido todas las reservas de alcohol de la noche y ríe como un bucanero, parece empeñada en ligar con cualquiera que se le cruce. La arrastro a trompicones de la fiesta, bamboleándose la empujo dentro de un taxi mientras insulta a todos los que pasan. Saca del bolsillo una moneda extraña, me la muestra como si fuera un tesoro, es un dólar con un agujero, de esos que se cuelgan al cuello, luego la tira por la ventana. La moneda rebota, brilla en mitad de la noche y la recoge un chico muy guapo, con el cuerpo tatuado. Parece alemán, le sonríe a Lyuba, que intenta bajarse del coche, por suerte logro impedírselo. Por fin arrancamos, en el trayecto se calma, está más tranquila cuando llegamos a casa. Le limpio la cara como si fuera una criatura, la meto en la cama. Está desnuda, su cuerpo delgado es de una belleza que me hace temblar. Lyuba no parece consciente de sí misma, se desmadeja, la cubro con un edredón, le digo que se calme, que todo saldrá bien, me tiendo junto a ella, le doy mi calor. Entonces me escruta con sus ojillos de canica, estira sus brazos, en los que asoman las marcas de la violencia del padre, respira como un animal asustado, coloca mi mano sobre sus pezones y, aunque intento desasirme, me sujeta con su fuerza tenaz, siento su hedor de nieve mientras clava en mi garganta sus dientecillos afilados. Resignada, extiendo el cuello. La casa está en calma: todo el mundo duerme. Yo escribo.

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Medium 9788483935415

Estupor

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Estupor

 

De unos años a esta parte los autorretratos de Van Gogh, artista que, según es sabido, no vendió un solo cuadro en su vida, están sufriendo una extraña alteración. El trazo de pintura se desvanece o se deforma casi siempre en la misma zona de los lienzos. Los expertos discuten, pues no son capaces de encontrar diferencias apreciables en la composición química de los colores empleados. No, desde luego, que expliquen esa deformación paulatina de las cejas del pintor alzándose en una mueca que va mucho más allá de una expresión de perplejidad.

 

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Mujer que recoge su pelo

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Mujer que recoge su pelo

 

Mujer que se recoge el pelo para enseñar el lunar que adorna la parte alta de su espalda. Alfiler herrumbroso, clavado justo donde comienza el cuello. Vórtice que arranca la mirada de los hombres. Hombres que se acercan a la pequeña cerradura y se pierden, para siempre, entre los rizos. Mujer que se suelta el pelo para cubrir el lunar que adorna la parte alta de su espalda.

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Medium 9788483935736

1. De lingüista a lector

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

1. De lingüista a lector

 

El profesor Souto, conocido lingüista, riguroso semiótico, un día no fue capaz de encontrar en las palabras otro significado que su mero sonido, y entró en un delirio que lo aquejó durante años. Pero otro día pudo leer un cuento, y al descubrir que las palabras no eran otra cosa que el vehículo de aquella ficción que el cuento relataba, recuperó la cordura. El lingüista se había hecho lector, al fin.

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El álbum

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El álbum

 

 

Mi primera comunión fue muy bonita: las canciones, los trajes blancos, la iglesia llena de flores y los pa­pás llo­rando de felicidad. Seguro que si hubiera habido un te­rremoto en ese instante toda mi clase se habría ido al Cielo. La madre María del Camino nos lo dijo muy seria: después de la primera comunión éramos como ángeles.

Por la tarde me hicieron mi fiesta y comimos dulces, gelatina, gaseosas y alfajores. No hubo piñata, pero sí una torta blanca como la del matrimonio de mi tío Daniel.

Todo lo anoté en mi álbum: cómo se llamaba el obispo, quiénes fueron a mi fiesta y qué regalos me llevaron. Me encanta mi álbum de primera comunión, lleno de cera, de fotos, de cíngulos y de las estampas de mis amigos. Aunque la página que más me gusta es la que tiene la hostia pegada.

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Medium 9788483935736

La hormiga en el asfalto

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

La hormiga en el asfalto

 

Agosto, cuatro de la tarde. Casi cuarenta grados de temperatura. Una calle en obras, una profunda zanja lateral. La gran grúa mueve tierra y cascotes. En la soledad deslumbradora, un hombre espera el autobús. Se ha colocado un pañuelo sobre la cabeza, está inmóvil y siente brotar el sudor de toda su piel. Muy cerca se alza el pequeño surtidor de una cañería rota. El hombre descubre en la calzada un insecto minúsculo, acaso una hormiga solitaria, que avanza en línea recta. El chorro de agua golpea contra un montón de arena y hace saltar piedrecitas que caen cada vez más cerca de la hormiga. El hombre piensa que aquel insecto avanza ciego hacia el punto en que una de las piedrecitas lo aplastará. En el silencio solo se oye el ruido del pequeño surtidor fortuito, a sus pies, y el chirrido del contenedor de material que se bambolea en lo alto, justo encima de su cabeza.

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Único centro

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Único centro

 

Qué emprender cuando cualquier acción se siente fútil, cualquier gesto irrisorio, ahora que la amenaza cubre la luz del día con sus andrajos, y todo intento de desquite es igual que azotar al océano, es pueril.

Los rodeos, los ardides, fracasan de antemano. Solo queda, rompiendo en las costas, un oleaje de tiniebla. Y aquí, en la pulpa iluminada del instante, un grito.

 

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Medium 9788483935798

Compota

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Compota

 

Nos detuvimos frente a un edificio antiguo, en el corazón de un barrio con pronóstico de demoliciones. Zanjas, montículos de tierra interrumpían el paso, al igual que algunas tiendas de lona verde en las cuales guardaban los obreros sus máquinas y sus utensilios. La cuadrilla trabajaba con extrema lentitud, a razón de una cuadra por mes, y era fácil la cuenta: le quedaban a la zona dos años de vida, hasta que la autopista se terminase. No sólo a los enfermos puede diagnosticárseles la muerte.

—El profesor es un genio en astrofísica, un hombre ejemplar —insistí, pero Amelia no lograba entusiasmarse.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Habíamos oído un gemido escandaloso.

—Acá enfrente está el hospicio de mujeres. El profesor Fichting dice que fue duro acostumbrarse pero ahora odia la idea de vivir en otro barrio —expliqué con calma.

El profesor Fichting enseñaba en la universidad, y yo era uno de sus alumnos predilectos. Al menos eso decían todos. Ahora yo quería que me aceptara en su prestigioso equipo de investigación, aunque lo visitaba bajo la excusa de presentarle a mi prometida Amelia. Subimos por la escalera y en un descanso despinté los labios de Amelia con la yema de mi pulgar derecho.

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Medium 9788483935781

Acuático

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Acuático

 

El rumor del río

 

Si ahora tuviera que señalar lo más memorable de su trabajo, antes de que sucediese lo que cambió su manera de ver las cosas, no serían los vuelos diarios de vigilancia a lo largo del intricado sistema de captación, ni las rutinas del repaso de la información en las cabinas de control y la revisión de los sistemas detectores de intrusos, sino ese rumor continuo del agua corriendo dentro de las enormes tuberías.

Era un sonido saludable, que cuando por las noches se encontraba en su burbuja descansando de la jornada, con una birra en la mano y un espectáculo en el telecasco, runruneaba por encima y por debajo de todo, como el correr de una sangre inagotable y vivificante.

Ese rumor formaba un eco de palabras amigas, aunque ininteligibles, la voz de la única cercanía viviente que acompañaba su soledad. A veces, respondía al rumor con palabras: cómo estamos, río, acaso decía por la mañana, al levantarse, igual que podía decirle: buenas noches, río, antes de dormir. Y a lo largo de la noche, si se despertaba entre el sueño, sentía que el sordo murmullo, la suave trepidación, era una señal permanente de seguridad.

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