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Sueños realistas

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Sueños realistas

 

Era nuevo en el bloque. Las vecinas nos fijamos en él en cuanto llegó. Enseguida se corrió la voz de que era soltero y a la vista estaba que su cuerpo era de los que despiertan pasiones. Joven y apuesto, siempre encontraba compañía para subir en ascensor. Saludaba educadamente y mostraba esa sonrisa suya de dientes sanos, blancos y fuertes capaces de los mordiscos más tremendos, según sospechábamos todas.

Quiso el azar, bondadoso al fin conmigo por una vez en la vida, que todas las mañanas fuera yo quien me lo topara cuando volvía de comprar el pan.

Los primeros encuentros no fueron especiales en ningún sentido, esa es la verdad. Yo estaba incluso algo desanimada por la cortés indiferencia con que me trataba aquel impresionante monumento. Sin embargo, al cabo de algunos días, me di cuenta de que me esperaba. Llegué a vigilar su entrada en el edificio y a advertir que, aun cuando yo tardara cinco minutos en aparecer, él estaba a la puerta del ascensor, fingiendo que acababa de llegar. Me sentí halagada, desde luego, y pensé que aquel era un juego inofensivo sin importancia, útil para reafirmarme, para darme un poco de vida, para sentirme más a gusto conmigo misma.

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Medium 9788483935743

Añicos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Añicos

 

El asesino era un hombre mayor. Había disparado indiscriminadamente contra cientos de personas. «¿Por qué?», le preguntó el policía que le detuvo. «Para no verme», contestó el asesino sin vacilar. «¿Cómo, para no verte?» «Sí –confirmó el asesino–, para no verme en los ojos de los demás. ¿Nunca ha visto a nadie romper un espejo?».

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Medium 9788483935781

Tu rostro en la red

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Tu rostro en la red

 

Las grandes aves sobrevuelan lentamente las lagunas, con los cuerpos equidistantes, alternando sus aleteos, como si se hiciesen señales. De vez en cuando, una parece desplomarse, pero es la trayectoria de un vuelo rapidísimo, hacia algún lugar de la orilla. El atardecer pone amarillenta la superficie del agua. Las depuradoras no han conseguido eliminar del todo el olor fétido, que los súbitos golpes de brisa intensifican o aplacan, de acuerdo con su dirección. El lugar, el mayor parque de la ciudad, tiene un aire suburbial, con las últimas construcciones de los vertederos, a la derecha, y el horizonte quebrado por los enormes edificios de apartamentos.

Ha vuelto hace apenas un año, y es como si no se hubiese ido nunca, porque imágenes como las de estas lagunas, el parque de rala vegetación, el decorado urbano del fondo, tienen la consistencia y el poder de lo que ya no puede abandonarse, y debilitan, hasta hacerlos casi increíbles, los recuerdos de otros lugares y otros parques.

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Medium 9788483935361

Viaje al centro de la chistera

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Viaje al centro de una chistera

 

El mago temía morir de pulmonía en la cárcel. Esa parecía ser su única preocupación. La verdad, me explicó, soy más frágil de lo que aparento, y un airazo colocado puede convertirse para mí en un cataclismo. ¿Sabía usted que en mi juventud actué en Vladivostok a cuarenta grados bajo cero? ¿No lo sabía? Vaya, es una pena, musitó. Luego pareció pensárselo mejor y dijo que aquello en realidad no tenía por qué ser una pena. ¿Qué más daba que no supiese yo de sus glorias en Siberia o en ningún otro lugar del mundo? Lo que importa, dijo señalando mi libreta, lo que verdaderamente importa es que no se moleste usted ahora en escribir mi historia. ¿Sabe por qué, oficial? Porque no vale la pena, dijo, y se sonrió como si acabara de contar un chiste inédito. Mejor escúcheme, oficial, escúcheme con atención y verá que no es posible plasmar en papel la grandeza de lo que ha ocurrido esta noche, dijo. El hombre estaba convencido de que no había palabras para describir la elocuencia de un acontecimiento como aquel, un acto cuyo alcance estaba ya escrito desde hacía siglos en los astros. Porque así es la magia, dijo. Hace años vi a un mercader chino hacer desaparecer por los aires a un tigre de Bengala. Esa tarde el mercader me enseñó que hacer desaparecer un tigre no tenía mérito si no había quien meditase adónde había ido a parar el tigre. Le confieso, oficial, que en ese momento no lo comprendí, pero días más tarde leí que en un suburbio de Shangai una familia entera había sido destazada por una bestia salvaje. Entonces comprendí que en esto de la magia no hay suerte que no haya sido antes diseñada por el diablo. Usted es demasiado joven para saberlo, oficial, mas créame que hasta en el más obvio truco de naipes florece un germen maligno. En la magia se consagra una transgresión que no por vislumbrada ha de quedar impune. Ya ve usted, dijo el mago, el precio que yo mismo he querido pagar por invertir de una jodida vez los signos de lo que comúnmente consideramos inmutable.

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Medium 9788483935262

Los reyes desnudos

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Los reyes desnudos

 

 

 

A Rafael Cauduro

 

 

 

Hipnotizado por el ronroneo del motor y la monótona raya punteada de la autopista, Claude puso la mente en blanco sin perder el control del volante. Podía conducir el BMW con el pensamiento en otra parte y, de hecho, algunas de sus mejores ideas musicales se le habían ocurrido en esos momentos de dulce abandono. Nadine venía hablando hasta por los codos de su novedosa técnica para oxidar planchas de hierro y de las piezas que le faltaba terminar para su próxima exposición, pero se interrumpió al advertir el desinterés de Claude.

–Estás en las nubes. ¿Tanto te aburro?

–Perdón, mi amor, venía pensando en otra cosa.

–Siempre te fugas cuando hablo de mi obra. Tú en cambio exiges atención absoluta cuando me hablas de la tuya.

–No exageres, Nadine, sólo me distraje un segundo.

–Lo que pasa es que yo no te importo. Ni yo ni nadie. Crees que todos somos imbéciles, ¿verdad? –Nadine hizo una mueca de indignación–.Te estás volviendo autista, Claude, sólo te miras el ombligo.

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Medium 9788483935736

Caracola

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Caracola

 

En la niñez creía que ese rumor que suena dentro de las caracolas era el eco del mar. Lo recuerda muchos años después, cuando pone junto a su oído la enorme caracola. Y, en efecto, oye el ruido del mar, ese sordo bramar del oleaje lejano, pero también escucha graznidos de gaviotas que pasan, la sirena de un barco, y por fin una voz que canta, eran muy jóvenes, brillaba el sol del verano, paseaban por la playa cogidos de la mano y ella cantaba esa misma canción, una canción que habla de lo que guardan las caracolas, esta caracola que resuena en su oído mientras el chamarilero contempla con aire suspicaz al hombre mayor que lleva ya más de veinte minutos con los ojos cerrados y una de las viejas caracolas de su tienda apoyada en la oreja derecha.

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Medium 9788483935255

Estaremos perdidos

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Estaremos perdidos

 

–Lo sé porque lo sé –dijo de pronto el hombre calvo, poniéndose de pie–, y seguro que es así como les digo, aunque soy incapaz de demostrarlo. Lo que no entiendo es por qué ningún científico lo advirtió antes que un pobre embrutecido como yo, porque es completamente obvio que cada especie animal habla un idioma o, mejor dicho, pronuncia un conjunto de sonidos que corresponde a alguna lengua humana. Digamos, por ejemplo, que los perros hablan alemán, que los gatos hablan francés, que las vacas hablan rumano y que las gaviotas hablan ruso. O, si ustedes lo prefieren, que los perros hablan japonés y las vacas italiano. No es mi problema. Es decir, yo les dejo esa tarea a los que estudiaron. Pero el asunto resulta a todas luces evidente. O sea que, siguiendo con el razonamiento, la máxima diferencia entre el reino animal y el de los hombres es que nosotros supimos traducir todas las lenguas entre sí, hasta obtener una visión del mundo que no sé si cabe llamar «completa». Hemos tendido puentes entre los idiomas. Pergeñamos incluso diccionarios con la pretensión de haber establecido equivalencias. Los animales, en cambio, no lo han hecho. ¿Entienden lo que estoy diciendo?

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Medium 9788483935163

El tiempo del mito

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El tiempo del mito

 

Definitivamente, Baldomero Denegri era un tipo extraño. Tan extraño que a nadie le sorprendió su muerte tan grotesca. Su fisonomía también fue poco común: era alto y de una delgadez enfermiza. En la cabeza –donde nítidamente destacaban la nariz y la mandíbula– una frente enorme se prolongaba por encima de las orejas, gracias a una incipiente calvicie que coronaba su cráneo en una hirsuta maraña rojiza de cabellos crespos. Los ojos, saltones y vidriosos, resultaban agrandados por los alucinantes «fondos de botella» que llevaba por gafas, y los brazos –finalmente– terminaban en unas temblorosas patas de pollo en las que más de un malicioso afirmó haber visto palmas peludas.

Intelectualmente fue un hombre muy capaz, pues se doctoró en arqueología con sobresaliente cum laude y siempre destacó en la universidad como un catedrático entretenido e inteligente. Sin embargo, la curiosa combinación de sus tópicos favoritos con los temas arqueológicos le hicieron perder seriedad. Claro, si a su natural excentricidad unimos el psicoanálisis, la sexología y los alucinógenos, el resultado no podía haber sido más que un caótico amasijo de rocambolescas teorías sobre el origen de la cultura peruana, la religión andina y la sexualidad entre los antiguos peruanos que sólo él era capaz de entender.

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Medium 9788483935125

Las dos flechas de Cupido

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Las dos flechas de Cupido

 

Para María Obligado

 

Olim quondam cochlea...

 

Hubo una vez un caracol que vivía solo en un huerto. Un día llegó hasta allí una joven viuda quien le dijo:

–Oh, caracol, ¿no eres desgraciado lejos de los de tu especie? A lo que respondió el caracol:

–No conozco otra necesidad que la de alimentarme. ¿Por qué, entonces, teniendo alimentos, he de sentirme desgraciado?

–¡Por Venus! –respondió la viuda–. ¿Es posible que no añores el amor?

Y diciendo esto, la mujer se levantó la túnica hasta su blanco vientre y continuó:

–Así me sucedía cuando era virgen. Pero desde que conocí el vigor de mi marido ardo y languidezco. Él ha descendido al Hades en plena juventud y dejándome sola me ha hecho infeliz. –Y la joven viuda, mesándose los cabellos, comenzó a sollozar.

Conmovido el caracol por la desgracia de la mujer acercose a ella y, como se sintiera tentado por la blancura de sus carnes y por el tupido vergel que ella exhibía en lo alto, trepó lentamente por sus piernas dejando un hilo plateado en los ebúrneos muslos.

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Medium 9788483935620

Neuroleptol®

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Neuroleptol®

 

Por eso me negaba a tomar las pastillas, por eso las acababan encontrando varadas bajo mi lengua, o escupidas entre la tierra oscura de algún macetero. Dicen que ahora estoy mejor. Pero a qué precio. Desde que comenzaron a hacerme efecto ha dejado de venir a verme mi hijo favorito, el único que me entendía, y Graciela, la dulce y fogosa Graciela, que mantenía encendida mi llama. Tampoco está ya por ninguna parte la enfermera que me leía historias y recortes del periódico por las noches antes de dormir.

Y dicen que nunca ninguno de ellos ha existido.

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Medium 9788483935019

Definición de isla

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Definición de isla

 

Me hago un autorretrato con cabeza de perro y se lo llevo a mi madre. No le gusta, la mera conjetura de ser madre de un perro la deprime, le ofrezco que se quede con el cuadro y no quiere, le insisto: se pone a llorar.

Cuando vuelvo a mi casa, borro el autorretrato. Pinto un útero.

Al día siguiente borro el útero.

Pinto un sol negro.

 

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Medium 9788483935750

Del Libro de Naufragios

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Del Libro de Naufragios

 

Lo conocí hace unos años, la primera vez que visité aquellas costas para recoger información destinada al Libro de Naufragios que, desde hace tanto tiempo, estoy intentando escribir. Me habían hablado del lugar agreste frente al que, una noche de 1890, se fue a pique The Serpent, buque escuela de la armada británica. En el desastre perecieron, al parecer, trescientos hombres, cuyos cuerpos fueron sepultados por los vecinos de los alrededores en un rústico fosal, llamado desde entonces Cementerio dos ingleses.

Yo había bajado hasta el lugar –situado frente a la mar brava, en un declive del terreno especialmente silvestre y propicio a la melancolía– y contemplaba aquel conjunto de viejas losas de piedra, descuidado y ruinoso, cuando llamó mi atención un repentino alboroto de aves que graznaban. Bastantes metros más abajo del punto en que me encontraba, cinco o seis gaviotas remontaron el vuelo.

La causa de aquel sobresalto resultó ser un hombre que ascendía la ladera, saltando con agilidad de roca en roca. Cuando llegó a mi altura me saludó en castellano muy finamente, y continuó su camino sin detenerse. Portaba en banderola una pequeña grabadora de sonido y un macuto de lona muy sucio.

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Medium 3280827329084

Detención

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Detención

 

 

 

Lo que necesito es que el espectador también se tome su tiempo para reflexionar. Yo le obligo a colocarse ante unas imágenes

que le exigen que mire hacia dentro [...] para que se tome la molestia de preguntarse qué está viendo, o mejor, cómo percibe

lo que ve, porque ver, no ve nada; el resultado es totalmente abstracto: una imagen que se está formando.

Juan Carlos Bracho

 

 

 

Me detengo.

Como hace el águila. Yo lo he visto. No hace nada y no cae. Atrevida a abrir los brazos, las alas, resulta que se sostiene.

No va. Está suspendida. En lo alto. Eliminada, ausente, absorta.

No se aleja, no viene, no avanza ni retrocede, perdida en un punto, sujeta sin estarlo. No hay un cordel que nos la traiga, no tenemos poder sobre ella, sobre ella el cielo azul sin término, nosotros abajo.

Y ella lo sabe. Y mira, majestuosa. Gira con el planeta, porque el planeta se mueve con ella, por ella, para ella: sin molestarse. Hay millones de millones de kilos contra ese cuerpo, la presión de la atmósfera, la fuerza de la gravedad, el poder coloso del viaje interestelar, todas esas invisibles manías de los físicos que podrían comprobarse. Que ella demuestra en su absoluta insolencia. Y el tiempo, ah, esa maldición que se fija al sol como un adhesivo, que quizá, pero no, consintiera pegarse también a la espalda del águila y dejarse ir con ella; no pasar a su través.

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Medium 9788483935859

Enanos en el jardín

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Enanos en el jardín

 

De Elsa yo sabía lo que puede saber un hombre de su esposa: algo menos cada día. Y como llevábamos más de diez años casados, estábamos a punto de convertirnos en unos perfectos desconocidos. A veces, en la cocina, me quedaba mirándola. Elsa hacía algo muy concreto, preparar unas croquetas, doblar unos calcetines, y yo me preguntaba de repente quién era, cómo se llamaba, qué estaba haciendo allí. Entonces sentía miedo. Pero esa desagradable sensación apenas duraba un instante. Enseguida lograba reponerme e ingresaba de nuevo en la doméstica y confortable certidumbre de las cosas (preparar unas croquetas, quizás unos filetes; doblar unos calcetines, quizás unas camisas). Elsa hacía alguna pregunta distraída, algo referido a la cena de los niños o a los planes para el fin de semana, y yo sabía la respuesta, y todo recobraba su tranquilizadora y leal normalidad.

La convivencia matrimonial puede obrar ese prodigio: vivir pegado a una persona pero olvidarte de ella poco a poco, sentir que cada día es más difícil reconocerla, percibir cómo la sucesión de las estaciones, el devenir de las mareas, algo que tiene que ver con los planetas, o con los porcentajes de humedad, o con las leyes atmosféricas, va apagando un fuego antiguo. Es difícil de explicar: se parece a una lenta evacuación, como si lo que al principio fuera un almacén de agitados sentimientos se hubiera vaciado y ahora los recuerdos del pasado ocuparan el mismo espacio pero no lo hicieran con la misma intensidad; como si, por muchos recuerdos que hubiera ahora, en el viejo almacén quedaran demasiadas baldas vacías. Los recuerdos tienen menos densidad que los sentimientos, por eso la vida de los viejos es infinitamente más leve, más ligera; por eso los viejos se van diluyendo poco a poco, mientras que la vida de los jóvenes tiene la consistencia de los metales pesados.

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Medium 9788483935873

Mucho ruido y pocas nueces.(Unos preparativos)

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Mucho ruido y pocas nueces
(Unos preparativos)

 

Cinco enormes furgonetas blancas, como de mudanzas, en apariencia en todo iguales, están aparcadas de cualquier manera delante del bonito edificio plateresco del teatro. Dos de ellas ofrecen impúdicamente sus retaguardias abiertas frente a la puerta principal, mientras otras se atreven a taponar no solo los accesos para materiales y atrezo sino también las entradas de autoridades y el público vip. En sus flancos, como la colosal salpicadura de un huevo estrellado a mala idea, ostentan todas un logotipo de pacotilla, de muy escaso presupuesto artístico. Su primario diseño concentra en una insuperable ensalada de grafismos y letras las complejas funciones de montaje de decorados a que se dedica la empresa. Sin embargo, al observar con más detenimiento, el vigilante del teatro advierte ligeras modificaciones en los renglones secundarios de la marca, leves variantes que dan noticia de los diferentes subsectores en que también parece especializarse la compañía…

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