2270 capítulos
  Título Autor Editor Formato Precio Mezcla
Medium 9788483935132

Las cartas de los tristes

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Las cartas de los tristes

 

A Beatriz Cuevas y Joaquín Peña-Toro

 

Madrid, 3 de noviembre

 

Adorada Beatriz: ¿qué tal por Múnich? Estoy seguro de que todo te marcha espléndido allí. En cuanto a mis noticias, no puedes imaginarte hasta qué punto la suerte me sonríe. Por empezar, van a montar una exposición individual con mis últimas obras (el autorretrato mutilado, el corazón humeante, el desnudo con rieles, el falo-sacacorchos I, el falo-sacacorchos II y varias más). Será en una galería del centro que están a punto de inaugurar: Sundanga. La verdad es que promete. ¡Deberías ver qué espacio, querida, qué juego de luces y sombras conforme avanzas por el pasillo, qué acierto en la sobriedad del mobiliario! Parece que hay gente interesada en adquirir algunas de mis obras, y eso que aún no han empezado a anunciar la muestra. El galerista está entusiasmadísimo con mi concepto del volumen y va por ahí diciéndole a todo el mundo que soy como una promesa cumplida de antemano. Uno se ruboriza, por supuesto. Pero, seamos sinceros, tal vez tenga razón.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935606

Luz encendida

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Luz encendida

 

La vi mirarme a lo lejos, comprendí que algo raro había pasado. Ella llevaba puesto mi vestido rojo, yo su tejado. Echó a correr como una loca, feliz de ser tan liviana. No pude seguirla. Sus cimientos de doscientos años y el peso de sus vigas de roble me lo impidieron. Por el camino la vi descalzarse, la vi soltarse el pelo, decirme adiós agitando la mano. Aquella noche ya no regresó y eso que estuve esperando hasta el alba, con la luz del porche encendida…

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935156

El pianista holandés

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El pianista holandés

 

A Erika

 

Recuerdo que llovía. No digo que mucho. Unas gotas.

Mientras subíamos la cuesta el aire se enfriaba, porque en esta ciudad, no sé por qué, hace más frío en verano. El mirador ofrecía en bandeja los tejados. Atardecía. Las nubes de colores violentos nos parecieron témperas volcadas.

Mezcladas con la llovizna, las ondas de un sonido nos detuvieron: era un piano. Provenía de una de las casas, al pie del mirador. Nos acercamos corriendo al umbral. Durante un rato escuchamos la espléndida, triste melodía de aquel piano. De repente hubo una pausa, un carraspeo agrio, silencio. Después la melodía se reanudó. Ella y yo nos miramos intrigados. No sabíamos que por allí viviera ningún pianista. Sentados en el umbral, nos intercambiábamos hipótesis en voz baja: Es un estudiante de conservatorio; no, una profesora aburrida; un concertista ensayando; mejor que eso, un compositor viudo. Nos reímos a carcajadas, pero callamos de inmediato al notar que el piano había enmudecido. Esperamos, inmóviles. La música siguió. ¿Quién escuchaba a quién?

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935873

Una infidelidad: puntos de fuga, coordenadas

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Una infidelidad:
puntos de fuga, coordenadas

 

 

0

 

Si una noche de verano un hombre sedentario, un hombre sin nombre, dejara aparcado su coche blanco en una calle asimismo innominada, no en el garaje habitual, a resguardo, bajo techo, sino expuesto a la más comprometida de las intemperies, ¿qué contemplaría al acercarse a él por la mañana con medrosos pasos clandestinos, cuando es del todo cierto que durante la madrugada una nube de polvo africano penetró en la península y cubrió por entero el sur, su vastísimo y dulce territorio?, ¿qué insólitos dibujos le mostrarían sobre la carrocería esas constelaciones de partículas de barro rojo? Ha llovido sangre, un breve chaparrón de sangre seca, pudiera imaginar, si una noche de verano un viajero…

 

 

1

 

Bien jodido en agosto y diez minutos tarde al trabajo, como es de esperar se le cierra el semáforo y no le da tiempo a saltárselo porque un almeriense que va delante pisando huevos frena en seco a última hora y a punto está de comérselo, hijo de puta. Repara en los turistas que hacen tiempo ante el museo, en la siesta de cuarenta y cuatro grados, que hay que tener ganas, y piensa en las vacaciones ya pasadas, en la equivocación tremenda de haberlas cogido en julio, en su moreno de la playa cada día más desvaído… Los muertos de este de Almería que se habrá dormido, aquí en Sevilla se le dan dos pitidos y una bronca por el despiste, y sale despacio, huevón, que tiene que adelantarlo a mala leche y si las miradas mataran.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935866

¿El tren para Irún, por favor?

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

¿El tren para Irún, por favor?

 

¿Irún?, ¿por qué siempre Irún, a la ida y a la vuelta? ¿No era Irún el meollo mismo de todo?, ¿a qué entonces ese empeño en justificar que tan sólo era el punto de intersección entre dos trayectos bien diferentes?; ¿es creíble un argumento de puntos vacíos, jugadas de espera, transbordos de trenes hacia la emigración?, ¿existen realmente ciudades de paso?, ¿existen pasos?

¿Debería creerme que los recuerdos de mi padre se limitaban a los andenes vacíos por las noches? ¿No vio él ni una sola calle, ni una plaza, ni una taberna siquiera?, ¿sólo la estación? ¿Y el mar?, ¿vio el mar?, ¿tenía mar Irún?, ¿tiene mar Irún?

¿Estuve yo alguna vez en Irún? ¿Por qué nunca estuve allí? ¿Se puede andar por una ciudad con los ojos cerrados?

¿Se quedó mi padre verdaderamente exhausto al atravesar la diagonal de la emigración con la maleta casi vacía?, ¿tanta era la distancia? ¿Llegué a comprobarlo en los mapas de niño con un dedo tembloroso dibujando esa uve con cuerno incomprensible? ¿Necesariamente tenía que bajar de la sierra de Huelva hasta la capital para después volver a subir en un tren larguísimo hasta Irún?, ¿para qué ese retroceso inicial? ¿De verdad llegué a comprobarlo en los mapas?, ¿son fiables los mapas?

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935866

La cabeza nevada

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La cabeza nevada

 

Al salir del colegio compruebo tristemente que deja de nevar otro invierno más sin que la nieve haya cuajado en el suelo, que son ya apenas unos cuantos copos diminutos los que bailan en el aire, posándose distraídos en las ramas peladas de las catalpas, todas alineadas carretera arriba, hacia el quiosco de La Glorieta. Por la curva de abajo, junto al cruce de Aroche, me parece oír el húmedo chirrido de los frenos del Correo, el autobús destartalado de las cartas, así que dejando a un lado la melancolía meteorológica me propongo, sin más, apostar otra vez: «Tengo que llegar a La Glorieta antes que él, sin correr». No imagino sin embargo que la tartana puede venir con retraso, ni sospecho entonces que nada más empezar mi apuesta le va a meter el conductor ese pisotón al acelerador que me asusta y que no me da otra opción que aligerar el paso si quiero de verdad llegar antes. La cosa se me pone más difícil cuando oigo que el tío reduce a segunda para subir con más fuerza la cuesta mojada, y yo, ¿qué le voy a hacer? –estas cosas pasan–, rompiendo una de las normas más sagradas, doy una carrerilla pequeña, muy leve, casi nada apenas, lo justo para sacarle dos metros escasos de ventaja al Correo, que entra bufando en La Glorieta cuando yo vuelvo a tomar una buena bocanada de aire helado. Lo he conseguido otra mañana más, con más mérito si cabe porque mi primera apreciación del tiempo ha sido totalmente equivocada, pues vuelve otra vez la nieve a caer abundante y loca, girando juguetona delante de mis ojos.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935309

No asesinen a nuestros zorros

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

No asesinen a nuestros zorros

 

–Por una extraña asociación de ideas he recordado aquella época en la que se exportaban zorros ingleses a la Argentina –dijo el embajador de España–. Salían de Liverpool buques cargados de zorros vivos que llegaban famélicos y despeluchados a la Argentina. Allí se les cuidaba y se les engordaba y, ya sanos y fuertes, se los liberaba en las pampas para que jinetes vestidos a la inglesa, todos como maestros de ceremonia, con las chaquetas rojas y los pantalones blancos bien ceñidos, las botas altas, las gorras negras, les dieran caza. Mi padre, de niño, fue testigo de ello cuando mi abuelo era embajador en Argentina, por entonces la sexta o séptima potencia económica del mundo.

Mi propio abuelo asistió a alguna de aquellas cacerías hasta que las protestas del pueblo inglés acabaron con ellas. Y no me he equivocado: las protestas del pueblo inglés, no las del pueblo argentino. Cada semana había manifestaciones, bien es verdad que muy poco nutridas, ante la residencia del duque de Northminster. Al fin y al cabo por toda Inglaterra se cazaban miles de zorros. Un buen día, sin embargo, una de las pancartas acertó con un mensaje muy eficaz y la prensa popular se hizo eco de la protesta. Enseguida la opinión pública inglesa se mostró abiertamente hostil al negocio del duque. La afortunada pancarta decía: «Los argies –así llaman ustedes despectivamente a los argentinos– asesinan a nuestros zorros».

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935743

Compartir el cielo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Compartir el cielo

 

El señor Julián era un trabajador ejemplar, con más de veinte años de matarife en el matadero municipal de Lot. Un día arrojó el cuchillo al suelo y abandonó su puesto en la línea por la que llegaban colgando cabeza abajo los animales a los que tenía que acuchillar. El médico del seguro no le encontró nada, pero él se negó a volver al trabajo. Le recomendaron visitar a un psiquiatra cuando alguien del vecindario aventuró que estaba de los nervios. El psiquiatra le hizo muchas preguntas hasta encontrar una pista que le llevó al origen de su mal.

Julián tenía pesadillas. Soñaba con el cielo, un cielo lleno de ángeles.

«Eso no es malo –comentó el psiquiatra–, todos queremos ir al cielo.» «Pero es que mis ángeles –replicó Julián– son cerdos. Los mismos centenares de miles de cerdos que he matado durante toda mi vida.» «Bueno y qué», dijo el psiquiatra, a punto de soltar una carcajada. «Pues que me es imposible compartir la eternidad con aquellos a quien yo he quitado la vida» –replicó Julián.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935200

Un puente de cristal

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

Un puente de cristal

 

Lo primero que hizo Claudia cuando se separó de Juan fue buscar a un hombre para meterlo en su cama. Un cuerpo que devolviera la vida a su cuerpo embrutecido. Que expulsara su rabia a base de golpes, los golpes del sexo. Claudia no buscaba a nadie en concreto, le valía cualquier hombre. Cualquiera, siempre que estuviese sano, que por un cuerpo enfermo había ella enfermado.

Lo primero que hizo Juan cuando se separó de Claudia fue tumbarse en la cama, sobre las sábanas arrugadas y sucias, para releer el Libro de Job. Cuando terminó, cerró la Biblia con furia. Aquel venturoso final era una triquiñuela para maquillar lo inexplicable: el dolor, la agonía, el sinsentido de la vida. Solo existía un desenlace feliz para el sufrimiento de Job: la morfina. Habría bastado un buen editor para transformar al caprichoso Dios de los hebreos en camello. Juan buscó sus pastillas.

 

 

 

Juan y Claudia se habían querido. Intensamente. Como se quieren los amantes, entregándose la vida el uno al otro a través de un puente de cristal. Pero no hay cristal que aguante una enfermedad tan larga y penosa como la que padecía Juan.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935736

Las doce

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Las doce

 

A las doce, hora de límites, el tiempo separa cada jornada con su peligrosa cuchillada. Es la hora en que, a veces, se reúnen. Hablan en voz muy baja, con murmullos tenues, pero desde la cama, forzando mi atención, puedo advertir esos cuchicheos, sus risas, el tintineo de los vasos. Varias noches me he levantado con sigilo para intentar sorprenderlos. Camino a tientas por el pasillo, abro despacio las puertas, enciendo de repente la luz del salón. Ya no están, nunca están cuando llego. ¿Que si dejan rastros? Una vez, mi gato tenía en el cuello un lazo verde. Otra, había un clavel sobre la mesa. Ayer, una postal de un templo hindú cuyo destinatario no soy yo, con una letra poco inteligible que, al parecer, habla de calor y recomienda no olvidarse de los peces.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935606

La belleza

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

La belleza

 

Nací predestinada por mi belleza, ese perfume maldito. Mi madre no soportaba mirar mi cuna, así que mi padre me envolvió en un manto de telarañas y me llevó a una feria. Allí me vendió por algo menos de lo que le hubiera costado una vaca. Viajé mucho, embalada en una caja forrada de almohadones. La gente entraba a la barraca a contemplarme sin pestañear. Yo giraba el rostro, comprensiva. Las mujeres ahogaban un quejido y se desmayaban, los hombres se quitaban el bombín y lo estrujaban entre sus manos. Los más valientes me insultaban, Hermosa, hermosa, mientras lanzaban con disimulo trozos pequeños de vidrio y agujas, como si con aquello pudieran cambiar las cosas. Un campesino loco quiso raptarme, pero el dueño de la barraca le pegó dos tiros. Fue mi primer muerto. Luego me compró un príncipe ruso para que le hiciera compañía a su esposa en su palacio de hielo, pero ella murió pronto, reseca por la envidia que le creció por dentro como una planta verdosa. Entonces su perruna doncella me tomó entre sus brazos y me desterró al desván, llorando como una niña al abandonarme, pensando que allí moriría de hambre, frío y soledad. No importa. Tengo todo el tiempo del mundo. Sé que en cualquier momento, quizás mañana o dentro de cien años, escucharé pasos en la escalera. Yo sólo espero, erguida en un rincón a oscuras, cubierta de polvo y más bella que nunca, a aquel que nacerá sólo para poder salvarme.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935156

La hipnotizada

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La hipnotizada

 

Si las estatuas pudieran transmitir un discreto calor al roce de la piel y susurrar palabras desagradecidas, entonces llevarían el nombre de mi amada. El nombre de mi amada: Serena. Dócil y perversa.

Serena solía esperarme medio desmayada en su sofá, con la mirada líquida. No le hablaba a nadie, ni siquiera a la asistenta, que entraba y salía del salón para dejarle una taza de tila o unas galletas sin azúcar. A todas las visitas les ocurría lo mismo: Serena ordenaba que las hicieran pasar, pero permanecía extraviada, sin pronunciar palabra, hasta que el huésped se levantaba murmurando una disculpa o pretextando algún quehacer. Y la dejaban sola. Y Serena seguía sola, aguardando mi llegada, siempre a las nueve en punto de la noche.

Cada vez que traspasaba el umbral de aquella puerta, me invadía la dolorosa sospecha de que mis servicios en la casa estaban a punto de volverse inútiles. Pero Serena volvía a recibirme mudando el gesto ausente en una deliciosa bienvenida, y yo corría hasta el sofá, me sentaba a su lado y le besaba los nudillos uno por uno, entornando los párpados y rescatando su fragancia como de piñas del bosque. La asistenta me servía una copa de Penedés y desaparecía hasta que yo me hubiera marchado, ya de madrugada o a la mañana siguiente. Serena me veía beber como quien acaba de recuperar la conciencia, sus hombros se encogían en un suspiro y me preguntaba: ¿Hace frío en la calle? Al principio yo había procurado responderle con exactitud, temeroso de no complacerla. Pero pronto descubrí que a Serena no le interesaba la respuesta y que, mientras escuchaba mis descripciones meteorológicas, se entretenía en retorcer mi corbata o despeinarme con la punta de los dedos. Comprendí que aquella pregunta era un leve tributo de amor, su manera de mostrarme que le preocupaba mi salud. O que, como mínimo, ella me necesitaba sano.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935293

Trasplante

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Trasplante

 

Más bello que arriesgado, se dijo Román. Aparcó el coche en la cuneta y se dispuso a bajar para contemplar el río. Hacía tanto que no llovía tanto... «¡Vamos, Traca!», animó en voz baja a su perra. No quería molestar a Héctor. Su hijo recién nacido que dormía en un capazo anclado al asiento. Román cerró la puerta con cuidado, se ajustó la capucha y caminó hacia el río. El caudal era denso y pardo. Tan imponente que debería pensar algo grave. La vida y esas cosas. Pensó en lo que le decían de crío cuando se bañaba ahí mismo: «Si meas dentro, vendrá un siluro y te arrancará el pito». «El pito», rio mientras Traca ladraba. Ladraba tan fuerte a los troncos arrastrados por la corriente que Román se acercó a ella. «¡Calla!», le ordenó. Luego temió que no se dirigiera a los troncos. «¡Joder!», se adentró en el barro. «¡Joder!», avanzó entre los álamos con el agua por la cintura. «¡Joder!», trepó a un árbol.

Desde aquel día, su hijo tenía los ojos de un azul turbio. Lechoso. Con demasiado porcentaje de gris. «Es por el pecho –le explicaban a Marina–. Cuando dejes de amamantarlo sabrás su color auténtico». Pero Héctor ya tenía ocho años y el color auténtico de sus ojos era azul turbio. Lechoso. Con demasiado porcentaje de gris.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935415

La anomalía

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La anomalía

 

Alberto y Genaro nacieron unidos por el coxis. Una intervención quirúrgica no demasiado complicada los separó. Todo fue bien hasta que se hicieron mayores. Alberto advirtió que carecía de capacidad para el gozo; sus orgasmos los disfrutaba su hermano. Como se ignoraba la causa, no era aconsejable una nueva operación. Los hermanos se acostumbraron a convivir con tal anomalía. Ayudó bastante la curiosidad que el fenómeno provocaba entre el elemento femenino, siempre dispuesto a asumir el reto de acostarse con Alberto para ver cómo disfrutaba Genaro. La vida sexual del primero no pasaba de extravagante, mientras que la del segundo, de notoria incapacidad para relacionarse con mujeres, era asombrosamente rica.

 

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935088

Inspector de mercados

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Inspector de mercados

 

Jorge Luis se vistió con torpeza. Intuyó los anaqueles entre las sombras del dormitorio. Tosió con mesura. Más que dolor de huesos, lo suyo era una suerte de incertidumbre interna, de discontinuidad al moverse. Se prometió no llamar a Madre. Enseguida lo hizo y se arrepintió. Ella acudió como siempre. Desayunaron unas pocas palabras.

Esta vez el camino transcurrió sin fervor. Jorge Luis no solía observar la ciudad: más bien la iba fabulando mientras paseaba. No importaba en absoluto si recorría una calle con apariencia de basural, porque él la traducía y la transformaba en una esquina arrabalera, propicia para la luna de una cuchillada. Avanzaba con una sonrisa amable pero imprecisa; sus pensamientos eran otros. Tendía a agachar por instinto la cabeza cada vez que se cruzaba con alguien, y un segundo después sentía que acababa de perder la oportunidad de descifrar una cara.

Jorge Luis evitaba en lo posible los transportes públicos, que encontraba desasosegantes. La razón no era tanto la multitud de pasajeros como la sensación misma del desplazamiento, que parecía separarse del ritmo íntimo de la ciudad. Avanzar lentamente era mejor. Innumerables caminantes habían sentido lo mismo en otro tiempo, destinado a repetirse de manera periódica.

Ver todos los capítulos

Cargar más