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La poesía del objeto

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

La poesía del objeto

 

 

 

Interesado por el objeto, no ha dado tregua a su inquisitiva

representación; un escrupuloso ejercicio de análisis de cuanto

le rodea que, compendiado en el objeto, alcanza dimensiones sorprendentes en sus cuadros y papeles.

José Luis Clemente sobre la obra de Manuel Sáez

 

 

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Un mango, que la mano sujeta un momento como si tomara la de otra persona. Ni siquiera está frío. La mano se posa en esa piel suave del metal y junta sus dedos aferrándolo. El mango es girado hacia arriba bastante a la izquierda, no hasta el tope.

El agua brota por el agujero, al principio fría; espitas abiertas, en otra parte de la casa, escupen el fuego que calienta un agua siguiente al recorrer un conjunto de circunvoluciones que continúa por los tubos y desemboca en ese último canal abierto.

La boca de un caño por el que mana sin tasa agua cada vez más caliente.

La bañera la recoge. Su tapón de plástico situado en el fondo cierra herméticamente el agujero que podría vaciarla. El recipiente almacena esa agua, cuyo nivel asciende lento e inexorable.

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Antitabáquica

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Antitabáquica

 

«Después de fumado el último cigarrillo, las cajetillas restantes se amontonarán en el patio de armas, y el dragón las quemará, exhalando su también postrera bocanada flamígera». El heraldo ha leído el decreto, el dragón aspira entre gorgoteos, arroja al fin de las fauces la llamarada, pero es tal que no solo quema la pira de cajetillas sino también al rey, a la reina, a las damas, a las dueñas, a los caballeros, a los bufones. Muchos años después, los campesinos siguen fumando junto a los muros del castillo, cada vez más ruinoso.

Dos cuentos de navidad

 

 

Los magos perdidos

 

Alrededor de las cuadras y los corrales se habían refugiado muchos forasteros pobres, numerosas familias sin hogar. Nunca olvidaré la estrella brillando tan cercana sobre los míseros cobijos improvisados. Nunca olvidaré el asombro de los harapientos ante los jaeces lujosos de los camellos y las ropas doradas de la comitiva. Nunca olvidaré las idas y venidas de los Reyes desorientados, incapaces de encontrar al Niño entre tantos recién nacidos que lloraban bajo la helada.

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Ojos

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Ojos

 

Toda la gente en la calle estaba igual, con esos ojos monstruosos que le dan un aspecto tan repelente, pero decidí no perder la tranquilidad, disimulé mi desasosiego, y he seguido disimulándolo a lo largo de la mañana, con todo el mundo en la oficina mostrando esos ojos horrendos. Volví a comer a casa. Me senté a la mesa, y descubrí que la sopera estaba también llena de grandes ojos. Mi mujer me llenó el plato e, imperturbable, me llevé la primera cucharada a la boca. Saben a sopa de fideos. Mientras transcurre la comida, observo los ojos enormes y saltones de mi familia, pienso en los míos, en los de toda la gente, en esa sopa de aspecto repugnante, y mantengo con firmeza mi propósito de no alarmarme.

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Contarlo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Contarlo

 

Estaba a punto de empezar el partido cuando sonó el teléfono. Se encontraba hundido en lo más profundo del sofá, un vaso de cerveza en una mano y un manojo de cacahuetes sin pelar en la otra. El sobresalto le hizo estrujarlos, el revoltijo de cáscaras y frutos se le clavó en la piel. Con un esfuerzo de los riñones se incorporó, al tiempo que dejaba caer los cacahuetes sobre la mesa. Estiró bien el brazo, la mano izquierda, cogió el auricular.

–¿Quién?

–¡Javier!

–¿Sí?

–Tienes que venir en seguida a casa. Ha ocurrido algo espantoso.

–¿Quién es?

–Soy Nacho. Por favor, se ha...

–No conozco a ningún Nacho.

–¿No eres Javier González?

–No.

–¿No es el 9171104...?

–Equivocado.

–¡Oh, Dios mío! Disculpe.

Volvió a estirar el brazo y colgó.

Bebió un trago largo. Luego miró el estropicio de los cacahuetes, y después al televisor. Acababa de terminarse quizá la primera jugada. Se secó la boca con una mano. Apoyó la cerveza sobre la mesa, que seguramente dejaría un cerco junto al anterior y al de la lata. No hizo ademán de evitarlo. Se puso a examinar los cacahuetes deshechos, a escarbar en ellos para separar los granos de la cáscara y comérselos.

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Ni colorín ni colorado

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Ni colorín ni colorado

 

Cenicienta, que no era rencorosa, perdonó a la madrastra y a sus dos hijas y comenzó a recibirlas en Palacio. Las jóvenes no eran demasiado agraciadas, pero empezaron a tener mucha familiaridad con el príncipe y pronto los tres se hacían bromas, jugueteaban. A partir de unos días de verano especialmente favorables al marasmo, ambas hermanas tenían con el príncipe una intimidad que despertaba murmuraciones entre la servidumbre. El otoño siguiente, la madrastra y sus hijas ya se habían instalado en Palacio. La madrastra acabó ejerciendo una dirección despótica de los asuntos domésticos. Tres años más tarde, la princesa Cenicienta hizo público su malestar y su propósito de divorciarse, lo que acarreó graves consecuencias políticas. Cuando le cortaron la cabeza al príncipe, Cenicienta hacía ya tiempo que vivía con su madrina, retirada en el País de las Maravillas.

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El caso del director

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El caso del director

 

En Holanda, un director de cine fue inculpado de asesinar a ocho actores que, en los años precedentes, habían trabajado bajo su tutela. El motivo de los crímenes, según la policía de Amsterdam, es que el cineasta nunca pudo sobrellevar el hecho de que sus actores interviniesen en películas de otros. En un reportaje de hace ya dos décadas, el director se había manifestado en contra del star system. «Los actores de cine, excepto aquellos pocos que realmente saben caracterizarse, no deberían interpretar más que un personaje en la vida», dice aquella entrevista que fue de preciosa ayuda a la hora de las pesquisas.

 

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Matar el tiempo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Matar el tiempo

 

Aquel domingo, la señora Amelia estaba aburrida de uno de esos aburrimientos que no dejan rendija alguna por la que escapar. Se había pasado todo el día en el sofá, mirando por la ventana, observando a la gente que transitaba por la calle. Unos años antes, al menos, tenía la compañía del marido aunque, si lo pensaba bien, era mejor que Dios lo hubiese llamado a su lado, porque en los últimos tiempos se había convertido en un viejo cascarrabias. Aquel domingo todas sus amigas se habían ido a una excursión que organizaban los del club de ancianos, de modo que no podía llamar a ninguna de ellas para charlar un rato. Se puso a revisar cajones. Encontró un montón de recuerdos entrañables, entre ellos unos cuentos álbumes de fotografías de hacía cuarenta años, en donde ella salía joven y guapa. Se miró con una sonrisa nostálgica. Después se puso delante del espejo y se dijo: «¡Pero qué viejísima estoy! ¡Qué requetevieja!». Acto seguido buscó las fotografías actuales, las que le habían hecho durante los últimos años, y se puso a romperlas una por una en mil pedacitos. «Si tiene que quedar un recuerdo, que quede de entonces, cuando no había pasado aún todo este tiempo», se iba diciendo. De pronto, sonó el teléfono. Era su amiga Encarna, que había llegado ya a casa y le llamaba para saber cómo estaba y sobre todo para contarle lo bien que se lo habían pasado y que ella incluso había bailado con un señor de lo más amable y elegante. Por fin preguntó qué tal ella, que cómo había pasado el domingo. Y Amelia contestó, muy solemne, después de dirigir una mirada a las fotografías hechas trizas: «Pues nada, mujer, aquí he estado, matando el tiempo». De ahí.

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Termina primero

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Termina primero

 

Los chicos de tercer curso de secundaria llevan veinte minutos de examen. Gonzalo Rellán, profesor de Lengua y Literatura, adivina por sus posiciones quién ha estudiado, quién lucha con su memoria, quién aguarda un descuido para copiar o quién se ha dado por vencido y sólo espera a que le dejen salir. No existen más que esas cuatro categorías de alumnos, conforme a las que suele establecer su valor.

Durante el tiempo del examen todo fluye de manera inusual y apacible. Hay silencio y los chicos trabajan cada uno en su mesa. Escriben, hacen esfuerzos por recordar, se escuchan suspiros, toses, se advierte su incansable movimiento: morderse las uñas, colocarse el pelo, abstraerse con la pulsera, una mancha en el brazo, un picor, dejar que se desmaye la cabeza sobre un brazo o estirar la espalda: un continuo y diverso lenguaje que conforma la particular atmósfera en la que él, deambulando por entre las mesas, ejerce el papel de director musical.

Cada tanto, sin embargo, se producen intervenciones. Uno se levanta, por ejemplo:

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PAVURA_LSR_D

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Pavura

 

¿Que sean otros los que esperen? Jamás.

Cierro el turno a la hora precisa, confiero el control del escáner corporal a mi relevo, lo dejo entregado al tecleo de las claves kilométricas que debe ingresar al sistema para comprobar su identidad. Hay, siempre, una suerte de aprensión, de duda, al cederle la consola, el escáner, la silla. Mientras me marcho y él toma en su poder los registros, la línea de seguridad que atendemos en el aeropuerto se cierra al tránsito de pasajeros. No es por ese lapso de titubeo (previsto) que temo. No. Lo que me atenaza es el miedo a ceder mi parcela de observación; a dejar de ser, al menos por unas horas, el encargado de tutelar la puerta del país.

Mi esposa, si la desazón me hace despertar en mitad de la noche, recuerda que hay cientos, miles de líneas de seguridad iguales a la mía en decenas de aeropuertos, sin contar con que mi propia trinchera depende de tres guardas diferentes (cada turno se prolonga por ocho horas) y que los fines de semana se hace cargo de las instalaciones una empresa de seguridad distinta, con sus propios turnos y métodos, incomprensibles para mí. Me enfada que vea las cosas de ese modo tan simplón, la poseo furiosamente cada vez que me lo recuerda. Ella parece comprenderlo. No es imposible que lo propicie, incluso.

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La vida parece

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

La vida parece

 

 

 

Para Michel Henry por su Yo soy la verdad: «El otro ya no es nada de lo que vemos de él en el mundo y que nosotros creemos que es», teólogo enloquecido.

 

 

 

Casi al instante de oír su llantogrito y ver cómo se movía (ni el cordón cercenado), en la consternación de emociones, supe que estaba muerto. Mi mujer se erguía para verlo, la exasperación en su rostro, el más-allá-del-ansia, el frenesí incontenido: no descansó hasta sentirlo cálido y sucio sobre su vientre. Empezaba con las caricias a demostrar que era suyo, descubierto, real, rostrificado aquel cuerpo ahora exento. Y me miraba diciendo míralo... el hijo de nuestra carne.

Los abracé compulsivo, obligado a reunirme con los dos en mi propio gesto, cuando sabía que estaba fuera por mi repentino saber. Exploté en el llanto también dispuesto a olvidarme, desesperadas lágrimas para borrar lo que se había alumbrado, como si lavándome entre ellos yo me apartara del monstruo.

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Niñera sagrada

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Niñera sagrada

 

Kunjo Rai se reunió junto con sus compañeros, frente al Palacio Real. Estaba por cumplir treinta años al servicio de la corona inglesa y a sus cuarenta y seis años su situación sería la de un jubilado. Lo trágico no era eso, sino que para entonces tendría que haber arreglado su vida para volver a Nepal, aunque no hubiera nada allá para él. Sus padres habían muerto, sus hermanos estaban en otros países; uno, igual que él, en Londres. Ningún argumento valía para que le permitieran quedarse. Ahora esa medalla que frotaba con los dedos índice y pulgar, como si quisiera que algo de ella se impregnara en sus yemas, valía mucho menos que nada. Se la había entregado la reina de Inglaterra igual que a otros de sus compañeros, dispuestos a entregar todas las preseas ganadas en el frente de batalla, en Hong Kong, en Kosovo, en las Malvinas. Antes muertos que cobardes. No valían nada, querían devolverlas a la corona, al gobierno, a quien fuera responsable del mandato que era prácticamente su deportación.

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Diversos avatares politi-socioló-econó-psicoló-espirituales (con final imprevisto)

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Diversos avatares politi-socioló-econó-psicoló-espirituales (con final imprevisto)

 

Diversos avatares politi-socioló-econó-psicoló-espirituales comenzaron de la siguiente forma: a mi cuñado, según iniciaba su petición de un crédito en la sucursal número nnn de la entidad bancaria *** de la ciudad de BBB, digo, apenas se había sentado en la butaquita para exponer su problema, el cajero le pegó un tiro en medio de la frente. Mi cuñado murió en el acto y, a continuación, su cabeza se volcó hacia atrás y quedó mirando la puerta de la calle.

Algunos clientes de la entidad se volvieron estupefactos. Alguien que reaccionó llama a una ambulancia, alguien a la señora de la limpieza, la sangre había humedecido la moqueta (y si no se actúa rápido…). El resto siguió como si tal cosa, supongo que por hábito o por indiferencia.

A lo que íbamos. Mi hermana se presentó allí al otro día a pedir explicaciones y un crédito para darle la sepultura. Se nos informó de que el cajero homicida había sido trasladado; sin embargo, su sustituto (un buen tirador él mismo) tuvo la amabilidad de comunicarle que se satisfarían ambas solicitudes, si bien lamentablemente algo menguadas. Se achacó el suceso a un ataque de pánico sufrido por el empleado, aclaró que ya se le había puesto un tratamiento; y se le hizo entrega, de manos del director de la sucursal, de un cheque-ataúd con el que podría elegir uno del catálogo bajo la condición de contratar también el servicio funerario completo, que ascendía a tres ceros.

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27/45...

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

27/45...

 

El día que iba a cumplir cuarenta y cinco años, anteayer como quien dice, justo un segundo antes de comenzar a soplar sobre el bosque de velitas haciendo equilibrios en el pastel de chocolate, decidí, sin ninguna premeditación anterior, porque lo premeditado según me demuestran ciertas canas es lo que peor sale siempre, decidí que los que cumplía en realidad eran veintisiete.

De manera que entonces, en ese soplido arrastrado en círculo como mandan la esposa y los niños que esperan con los regalos nerviosos a la espalda, me estaba quitando de un plumazo dieciocho años de encima: seis mil quinientos setenta días borrados de la memoria, ciento cincuenta y siete mil seiscientas ochenta horas menos en los huesos y en la úlcera, nueve millones y pico de minutos al carajo...

Envuelto en la alegría familiar de los aplausos, mientras el humo de las velas escarbaba en mis centros del olfato con un tufillo dulzón, de forma casi instantánea decidí también que en esos dieciocho años que tiraba iba a meter sin ninguna pena los siete de cárcel por actividades sindicales clandestinas hace ya tanto tiempo, los cinco de portero suplente en Tercera División en la época del bachillerato, dos de vendedor ambulante de enciclopedias, y los cuatro primeros de existencia, que han devenido con el tiempo en una espesa niebla donde aún habitan con descaro algunos fantasmas junto al recuerdo de aquella mi firme respuesta de entonces, «astronauta», a la consabida y sempiterna pregunta de ¿tú qué quieres ser de mayor?

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Fe

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Fe

 

Modeló aquel muñeco de nieve durante toda la mañana. Consiguió el viejo sombrero y los botones en el desván, la delgada zanahoria en el cajón de la nevera. Por la tarde le sacó una bandeja de galletas, y jugaron a las adivinanzas, a los soldados y a hacerse el muerto. Cuando esa noche su madre lo arrastró hasta su habitación, él se aferraba a los marcos de las puertas, llorando y suplicando que no lo dejaran allí, que lo metieran dentro, en la cocina, junto al congelador.

A la mañana siguiente, en el círculo de escarcha roja del jardín, los rayos de sol calentaban siete metros de intestino, dos pulmones deshinchados, un hígado, un bazo y, sobre el montón de vísceras acosado por las moscas, una zanahoria y un musculoso y sanguinolento corazón.

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Multitud

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Multitud

 

El fantasma de mi primera mujer ronda la cama donde duermo cada noche con mi segunda mujer. A ninguno de los tres parece disgustarnos mucho.

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