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Cabeza sin

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Cabeza sin

 

Dejarlas, lo que uno dejarlas dice, que sepa yo no las en parte alguna que no debiera dejé. Pero todo por perderlo acabo, tal de mi carácter sin límites ni concierto es el desorden. Quien esto arregle nadie hay. No han psicólogos, ni prisiones ni amenazas podido con mi talante este que en cruz mía por convertirse ha acabado. Con las gafas estaba antes de con esta perorata empezar. Que saber dónde las he dejado no puedo a menos que venga de la casa la asistenta y a buscarlas debajo de los incluso más insospechados lugares me ayude. Esta mañana juraría que cuando el periódico a leer me puse puestas las tenía. Pero es no solo el desorden sino también de memoria la inexistencia mi castigo. Las extraviadas cuando las llaves no son del coche son de la casa las llaves y cuando no de alguien muy conocido el nombre que en la punta de la lengua se me pone para que pronunciando acabe una de letras ristra sin sentido. Con el de las gafas tema estaba. Dónde haberlas metido puedo imprevisible es. Lugares tantos se apuntan como la imaginación quiera: nevera, horno o bañera. Se hace llamar a la asistenta urgente. «¡Conchi, Conchi! ¡Ah, estás tú aquí ya! ¿Mis gafas no has visto?» «¿Y tú visto no has la escoba? Hijo, ay, que nos vamos a quedar cabeza sin un día. Por cierto, que es donde las llevas ahí». Peor es que yo ella. «¿Qué?». Con los ojos me responde: puestas las llevas.

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La maldición

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La maldición

 

Sé que puede resultar extraño pero, para mí, el conocimiento del lenguaje fue un auténtico drama. Saber que los sonidos que articulaban mis mayores eran palabras y que esas palabras tenían un significado, me hundió sin remedio en la más absoluta de las miserias. Es decir que ya desde pequeño tuve la sensación de que mi vida no iba a ser ni completa ni satisfactoria.

Y todo esto, ¿por qué? Pues porque comprendí, ya entonces, que llevar mi apellido era algo así como llevar una cáscara de plátano colgada de la oreja o cualquier otra cosa igual de llamativa e irrisoria. Era algo vergonzoso e inevitable. En la escuela sufría lo indecible cada vez que un maldito maestro, desde su escritorio, comenzaba a pasar lista leyendo tan solo los apellidos de los alumnos. Siempre, indefectiblemente, cuando llegaba al mío, el propio maestro disimulaba con una mueca grotesca un aparatoso ataque de risa que, en su misma situación, mis compañeros no dudaban en dejar escapar con unas sonoras carcajadas acompañadas de los más variados e indignantes comentarios. Poco a poco, en mi lastimado corazón fue anidando un odio descomunal que a duras penas contenía. Un odio contra la humanidad que se vio notablemente acrecentado el día en que mi primera novia, fantaseando con los hijos que íbamos a tener en nuestro idílico futuro común –tuve que buscarme una novia lejos de mi barrio, para que nadie pudiera decirle ni amenazarme con decirle cuál era mi inconfesable lacra–, me preguntó mi nombre completo. Me resistí a decírselo, tanto tiempo como pude, pero finalmente tuve que ceder. ¿Resultado? Dejó de contestar a mis llamadas telefónicas y no volví a verla.

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Medium 9788483935293

Casi tan salvaje

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Casi tan salvaje

 

Salvaje. adj. coloq. Dicho de una actitud o de una situación que no está controlada o dominada.

 

Encendía la radio y al instante la apagaba. Aquello resumía su paso por el mundo. El paso de quien compraba una falda por la mañana y la devolvía por la tarde; de quien cantaba a las seis y lloraba a las seis y cinco; de quien había engendrado y ahora tenía una hija que la odiaba. Algo peor: su hija la despreciaba. Eva puso cuatro cucharadas de café en la cafetera, quitó una, el café se derramó sobre la mesa, lo recogió en el cuenco de su palma y volvió a meterlo. Extrajo de nuevo media cucharada. Sus manos convertían la acción más simple en un bucle con mínimas variaciones que sólo cesaba a costa de mucho esfuerzo. No, ella no era una mujer capaz de saltar de un puente. Ella era, sin más, alguien que pisotea un césped y retrocede sobre sus pasos para tratar de enderezar la hierba.

Su aspecto engañaba. Siempre había engañado. Una muchacha sensata, callada, dulce. «¡Qué dulce!», le decían. A ella. Ella que a la vuelta del colegio contemplaba cómo las mujeres desplumaban gallinas entre sus piernas. Las plumas acumulándose en la concavidad de sus faldas. Agarrar una gallina, retorcerle el cuello y desplumarla. Ser fuerte.

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Medium 9788483935859

La muerte del servicio

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

La muerte del servicio

 

La propuesta de Jon Kepa me pareció un rapto de sentimentalismo inoportuno. Cuatro amigos, veinte años después, volviendo en pleno invierno a la ría de Guernica, escenario de antiguas correrías. Un fin de semana en la casa del embarcadero. Recordar los viejos tiempos. ¿Fueron aquellos, de verdad, los viejos tiempos? ¿Y habíamos envejecido lo suficiente para hablar de esa manera? El solo hecho de formular esas preguntas era la antesala de la auténtica y odiosa vejez. Lo cierto es que las cosas habían cambiado mucho en veinte años, pero yo me había propuesto no mostrar ninguna debilidad ni permitirme un resquicio de nostalgia. Qué demonios, las cosas habían cambiado, claro que habían cambiado. ¿Por qué no iban a hacerlo? Lo preocupante habría sido que nada hubiera cambiado en tanto tiempo.

Ramón era notario, pero seguía tan serio y tan callado como cuando nos acompañaba en nuestras juergas, siempre dos pasos atrás, adoptando el papel de testigo leal y silencioso. Llevaba quince años casado con una mujer más larga que alta, más flaca que delgada, que no miraba a los ojos, hablaba en voz muy baja y mantenía una dieta de salvado, fruta y vegetales. No tenían hijos y nunca aclararon si aquella había sido una decisión voluntaria o una doméstica tragedia, una de esas tragedias que se mascan, en silencio, a lo largo de toda la vida.

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Medium 9788483935019

Nigredo

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Nigredo

 

Una tarde, al volver a su casa, encuentra un reguero de huellas en el parquet del recibidor. Son huellas de pezuñas. Las sigue. Llega hasta el dormitorio y allí descubre, naciendo de las paredes, tres cabezas de camello. Las cabezas se vuelven hacia él. Las cabezas le miran con un gesto de indefensión, casi de súplica. Él se ha tenido siempre por un hombre hospitalario, y en cambio ahora el miedo le atenaza, no sabe cómo reaccionar, se dice a sí mismo que nadie sabría. Quizá por eso, este breve momento de duda resulta fatal. En cuestión de segundos, las paredes, los muebles, el suelo, se convierten en una masa de agua, y dentro de esta masa (que ahora flota en un vacío oscuro) él se transforma en unos alicates.

A partir de aquí, la situación deja de ser simétrica y es muy difícil de contar.

Lo intento.

Como efecto de la oxidación, los años empiezan a pasar en falso, pasan, pero en falso, la misma palabra «alicates» indica que la muerte no está al final, ojalá lo estuviera. Y es igual para el agua, para lo que se quiera, sobre todo para lo que se quiera, que está caído del lado de la muerte, siempre está así, caído, y está y no está.

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Medium 9788483935309

El triángulo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El triángulo

 

–Los museos tienen una especie de carga eléctrica que puede ser positiva o negativa –comentó lord Winson Green–. Yo sé de alguien que no volvió a entrar en uno después de una visita al Victoria and Albert. En una de las salas se exhibía una cama con dosel del siglo xvi. Había además dos retratos al óleo. Se trataba de los usuarios de aquel lecho, marido y mujer. En principio solo le prestó atención a ella. Tenía una piel traslúcida y los ojos azul violeta, los pómulos altos y la boca de labios muy llenos. Tuvo la impresión de que respiraba y también de haberla conocido. Aquellos ojos le penetraban hasta cancelar toda reserva ante ella. Apartó la mirada y se volvió hacia la cama. Sintió un fuerte calor en el rostro, mucho más que rubor. El lecho tenía un reclamo sexual muy cercano, nada teórico o ilusorio, era la fuerte conciencia sensorial de haberse solazado allí con la mujer del retrato. Pasó a la sala contigua y vio otro retrato: el de un hombre, también del siglo xvi, y su sorpresa fue mayúscula: era casi idéntico a él. Regresó a la sala de la cama y por primera vez se fijó en el rostro del marido. Había en sus rasgos algo fiero y agresivo, muy amenazador y desagradable. Ladeó el rostro y se topó con un visitante a sus espaldas. Era tan parecido al marido del cuadro, como él al retrato de la sala contigua. La señora está casada –le dijo al individuo con una voz que era toda una advertencia–. Abandonó el museo y, como ya he dicho, no ha vuelto a entrar.

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Medium 9788483935217

El barón Büssenhausen, animador de unicornios

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

El barón Büssenhausen, animador de unicornios

 

A petición de la baronesa viuda de Büssenhausen, mujer centenaria pero de un vigor infatigable, traemos a estas páginas el recuerdo del barón, cuyas divagaciones en el espinoso campo de la antropología comparada han tenido la virtud de turbar por igual a hombres de letras y a sujetos más pasivos. Los párrafos que Juan José Arreola dedicó en 1952 a esclarecer la polémica Historia comparada de las relaciones sexuales, única obra impresa del barón, ni siquiera atenuaron el estupor original. Bastará con recordar que la versión abreviada en inglés de ese monumento memorable promovió entre algunos círculos de intelectuales un resurgimiento del llamado «cortejo aglutinante», práctica amorosa indiscriminada, pero de invariable orden copulativo, cuyos intentos de restauración solo se explican aceptando la posibilidad de una lectura excesivamente pasional del capítulo dedicado por el barón a desglosar la vida en las comunidades prehamurábicas. Arreola, ajeno a esas fiebres carnales que la obra del caballero alemán sembró en los apacibles recintos universitarios de Oxford y de Upsala, limitó su texto a celebrar la fina sagacidad de Büssenhausen en aquel pasaje que define el matrimonio como un rasgo característico de la crueldad babilonia1.

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Medium 9788483935859

El hombre del cartapacio

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

El hombre del cartapacio

 

No sé cómo era aquello, pero cada vez que llegaba a la oficina la reunión del departamento de ventas ya estaba en marcha. Juro que, para prevenir negligencias, había rechazado la agenda electrónica y seguía utilizando mi voluminoso cartapacio, lleno de papeles duros como el pergamino, gracias a los cuales, me decía, era imposible que ninguna cita o reunión se me escapara. Pero no importaba el rigor con que escribiera en aquellas cartulinas horarios y lugares, ni que los consignara en el calendario de la cocina de casa, ni que pusiera notas adhesivas en la nevera o en la guantera del coche: siempre, al final, algo fallaba.

El rigor y la eficacia eran virtudes importantes en Ibertecno, compañía catalana que fabricaba exprimidoras, batidoras, tostadoras, licuadoras. Ahora iniciaba su expansión por toda Europa y nosotros apoyábamos el proyecto, encabritados por las vibrantes arengas de Jordi Taltavull. Taltavull era el director de nuestra delegación, la Zona Norte, donde la empresa contaba con una factoría. En el departamento comercial (una agrupación de desdichados que cifraba su supervivencia en que la gente siguiera exprimiendo, batiendo, tostando, licuando) me deslomaba yo.

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Medium 9788483935415

La mujer

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La mujer

 

Le gustaban tanto que hasta la mera palabra mujer le hacía temblar. Acaso por eso empezó a salir sólo con hombres.

 

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Medium 9788483935965

Abuelo

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Abuelo

 

Abrocho el último botón de su camisa y ajusto la corbata con un gesto mecánico. Peino las canas que aún brillan y rozo su frente con mis labios para que parezca un beso. Falsifico cinco lágrimas. Váyase de una vez, pienso, y paso mi mano sobre sus ojos. Después de mí, alguien cierra el ataúd.

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Medium 9788483935255

Caso del cerrajero

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Caso del cerrajero

 

La policía de Quito arrestó a un experimentado cerrajero, tras haber descubierto que en el sótano de su pobre comercio conservaba, hacía treinta y cinco años, una copia de cada llave que había pasado por sus manos.

Nada más se pudo aducir en su contra. Pero cuando la policía ecuatoriana le exigió que entregara la colección («no por lo que pueda usted hacer, sino como medida precautoria», le dijeron, «para impedir que las llaves caigan en manos delictivas»), el cerrajero se negó rotundamente. «Prefiero ir preso», respondió, «antes que desprenderme de la obra de mi vida».

 

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Medium 9788483935620

La ciencia del azar

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

La ciencia del azar

 

Los habitantes del tercer planeta del cuádruple sistema de anillos guardan entre sí un parecido exterior idéntico. Pero bajo su piel no hay dos organismos iguales. Algunos poseen tres corazones, otros no disponen de sistema circulatorio. Los hay que tienen un riñón en un pie y el hígado en el otro. Los hay con branquias filiformes o con cavidades paleales, con vaginas de dieciséis capas o con mesohilos fibrosos de células ameboides.

A pesar de estas enormes diferencias internas, su civilización es extraordinariamente avanzada. Con el paso de los milenios sus científicos y sus ingenieros desarrollaron una tecnología asombrosa, y sus gobernantes, juristas y filósofos lograron asentar las bases de la que sin duda es una de las mejores sociedades posibles.

Tan solo un problema parece no tener solución: la esperanza de vida en este mundo es por completo ridícula. Los habitantes del tercer planeta del cuádruple sistema de anillos caen muertos con extrema facilidad, y viven aterrorizados por la posibilidad de sufrir el accidente más tonto o de contraer un simple resfriado. Porque, aunque desde el comienzo de su historia también han invertido todos sus recursos y esfuerzos en desarrollar la ciencia médica, la arbitraria disposición anatómica de su especie acaba sometiendo todos sus intentos al más puro azar y dejándolos en manos de embaucadores y curanderos.

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Medium 9788483935736

Señor y perro

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Señor y perro

 

Un ascenso importante en su carrera, con el traslado a la gran ciudad, le hizo instalarse en un barrio distinguido. Al atardecer veía a los vecinos elegantes, circunspectos, recorrer las calles íntimas llevando a sus perros de paseo. Aquellos hombres y mujeres sostenían la traílla con la mirada perdida, ensimismados en su andar, y al comparar su impavidez con la viveza de los animales que les precedían tuvo la ocurrencia de que eran aquellos perros de razas selectas, aquellos ejemplares valiosísimos, quienes llevaban de paseo a los humanos. La afición de sus vecinos le hizo entrar un día en una tienda de animales y encargar un perro. Esta tarde se lo han traído a casa y ambos se han estado observando durante mucho tiempo. El perro es lanudo, con grandes mandíbulas alargadas y pequeñas orejas picudas. Muy joven, salta a su alrededor. De repente deja de saltar, busca una correa cerca del cesto en que lo han transportado y se acerca con ella en la boca. Vamos a dar un paseo, siente que piensa el perro, y él, sacudiendo las nalgas con repentino impulso, responde con un ladrido jubiloso.

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Medium 9788483935255

Maternidad

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Maternidad

 

Hace poco más de un año que las mujeres de cierta aldea rusa dan indefectiblemente a luz animales mamíferos en vez de niños. Superada la sorpresa, resignados a esta realidad todos los pobladores, a la pregunta «qué ha sido, ¿una niña o un varón?» sobrevino otra que apunta a averiguar la clase de animal que resultó alumbrado, si perro o tigre, si gato o chimpancé. Las mujeres más envidiadas del pueblo son aquellas que paren algún animal doméstico, ya que sólo ellas –se estima– podrán desplegar sin mayores peligros todo su instinto materno.

 

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Medium 9788483935248

Más allá del estanque

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Más allá del estanque

 

Entró en el parque bajo el sol pálido, sin sentir ni su calor ni el frío del aire invernal. Todavía tenía mucha confusión en la memoria: el accidente de la carretera, el viaje en la ambulancia entre la estridencia de la sirena, aquella luz poderosa sobre sus ojos, su cuerpo tumbado boca arriba, mientras lo rodeaban unas figuras cubiertas de blanco.

El regreso a la ciudad había tenido el inconveniente del choque y todo lo que vino después, pero no dejaba de inquietarlo su preocupación central de aquellos días: el temor al despido, a que aquel viaje fuese el último en el que representaba a la empresa, a que en su vuelta a la sede le diesen el documento que significaría el final abrupto de su actividad laboral.

El trabajo de los facultativos terminó pronto, aunque su memoria confusa no era capaz de reconstruir lo sucedido desde que abandonó la estancia bajo la luz intensa, mientras su cuerpo se mantenía tumbado en aquella camilla que alguien empujaba, y el momento, acaso varios días después, en el que se encontró ante la puerta del parque, un lugar que había frecuentado en tantas ocasiones desde niño, donde por primera vez había patinado, y montado en bicicleta, y alimentado con migas del bocadillo a las enormes carpas del estanque.

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