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El matrimonio de los peces rojos

Guadalupe Nettel Editorial Páginas de Espuma ePub

El matrimonio de los peces rojos

 

Ayer por la tarde murió Oblomov, nuestro último pez rojo. Lo intuí hace varios días en los que apenas lo vi moverse dentro de su pecera redonda. Tampoco saltaba como antes para recibir la comida o para perseguir los rayos del sol que alegraban su hábitat. Parecía víctima de una depresión o el equivalente en su vida de pez en cautiverio. Llegué a saber muy pocas cosas acerca de este animal. Muy pocas veces me asomé al cristal de su pecera y lo miré a los ojos y, cuando eso sucedió, no me quedé mucho tiempo. Me daba pena verlo ahí, solo, en su recipiente de vidrio. Dudo mucho que haya sido feliz. Eso fue lo que más tristeza me dio al verlo ayer por la tarde, flotando como un pétalo de amapola en la superficie de un estanque. Él, en cambio, tuvo más tiempo, más serenidad para observarnos a Vincent y a mí. Y estoy segura de que, a su manera, también sintió pena por nosotros. En general, se aprende mucho de los animales con los que convivimos, incluidos los peces. Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver.

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Medium 9788483935996

Austin

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Austin

 

El profesor Austin maniobró su auto y entró en esa zona de declives, blanda y quebrada, donde los últimos bloques de viviendas unifamiliares se desdibujaban dando paso a áreas progresivamente despobladas, un esporádico letrero de Expoluz, o un cuadrilátero de arbustos baratos a cuyo extremo alguien había instalado una precaria portería de balompié y dos hombres forcejeaban con un armario. Anochecía. El coche del profesor Austin recorrió un tramo sin asfaltar, pasó junto a una máquina tremenda, y acto seguido adoptó una posición paralela a la de las vías del tren. El profesor suspiró, recordó algo. A ambos lados, y frente a él, en el espacio ululante y lóbrego que recortaban los cristales del automóvil, con brillos repentinos y zanjas que huían, el paisaje se agazapaba y viajaba en una fuga enloquecida hacia atrás, se agazapaba más, como visto a través de una mirilla cinematográfica o de la pupila aterrada de un ahorcado, se arrodillaba de golpe y de pronto reaparecía con algún detalle fantástico que absorbía la luz última y que en cierto modo parecía comprenderla, explicarla.

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Medium 9788483935309

Españoles e ingleses

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Españoles e ingleses

 

–No soy sospechoso de desamor a España –dijo lord Brian Fields, conde de Leathersdale–. Estoy casado con una española, lady Juana, pero discrepo de usted sobre esa teoría de las almas. Acaso pudiera aplicarse al nazismo, pero a los ingleses definitivamente no. Nuestro gregarismo no es de rebaño, como de un modo sutil ha quedado sugerido. Lo nuestro es organización y disciplina. Me lo dice lady Juana: si comparamos a un inglés con un español, casi siempre sale ganando este, por su improvisación y viveza; si los comparamos de dos en dos todavía resultarían ganadores los españoles, pero si empezamos a añadir individuos, tres, cinco, siete, los ingleses equilibrarían enseguida la balanza; nada digamos si son ciento, mil, un millón, varios millones, entonces la superioridad inglesa es incontestable. Organización, disciplina y sistema, señor. Imagínese un vehículo conducido por una sola persona, ahí los españoles pueden ganar. Sume más personas, todas las que componen un país y todas con el compromiso de manejar los múltiples mandos de ese hipotético vehículo, ahí los españoles, y los latinos en general, pierden. Buena o mala coordinación social, se llama eso. No lo digo yo, lo dice lady Juana que es una Ortiz de Zárate Vidaurreta.

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Medium 9788483935385

La condena

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La condena

 

Se condenó al cometer el primer crimen, el único que según él estaba justificado, en ese precisamente no se había ensañado, aunque a poco que se pensara se comprendería que lo hubiese hecho porque sin lugar a dudas lo asistía la razón al sentirse rabioso, al sentir incluso un odio feroz del que jamás había oído hablar a nadie, probablemente porque, antes de matar, antes de tener motivos para hacerlo, sus conversaciones no giraban en torno al odio o al crimen sino por lo general en torno al fútbol o a la programación televisiva, que muchas veces eran el mismo tema, o en ocasiones a nuevos modelos de coche y a las ventajas de unas marcas frente a otras, y esos eran sus asuntos porque cuando a uno no le ha ocurrido nada que lo obsesione puede hablar de cualquier cosa sin que la cabeza se le vaya a otra parte, siempre a la misma, en su caso a la sangre que tenía en las manos, al cuchillo con el que momentos antes había estado cortando carne animal y no humana, al silencio incomparable de la víctima desde la primera puñalada hasta el momento de expirar sin un solo reproche, hasta tal punto sabía qué justo estaba siendo el castigo, cuánto lo merecía y de qué modo sufría él por tener que infligírselo de forma tan drástica, tan definitiva además, tanto como él no había calculado antes de actuar, porque aquel crimen suyo fue un arrebato, nada premeditado, en el que lo que imperó fue un impulso que no tuvo en cuenta nada excepto el instinto, la necesidad, el deseo, al fin y al cabo él era un hombre sencillo que jamás habría hecho nada parecido si no lo hubiesen obligado, y precisamente por eso nadie podía decir que fuera culpable, cualquiera en sus cabales comprendería las poderosas razones que lo llevaron a cometer el crimen, y porque no era culpable no podía permitir que lo atraparan y lo acusaran y tomaran la justicia por su mano, así que pensó deprisa y en poco tiempo consiguió una coartada y en menos tiempo aún modificó el escenario y borró sus huellas y huyó o mejor sería decir se fue en paz, convencido de haber aplicado con tino una ley que a pesar de no estar escrita en parte alguna todos los de su clase respetaban, quien la hace la paga, sí señor, y aquel ya había pagado y con eso en principio quedaba saldada la cuenta, pero sólo en principio, porque la verdad es que a partir de ese momento, aun libre de sospecha y de acción, en lugar de sentir alivio empezó a vivir con un pesar inexplicable que le remitía siempre a la sangre y al cuchillo, y con tanta insistencia que un día, agobiado por los remordimientos y sin saber a qué se debían, por no acudir a las autoridades y en cambio descargarse de la opresión que lo ahogaba, entró en la iglesia más vistosa de la tercera ciudad a la que había llegado tras emprender viaje para alejarse de la suya, o sea de la escena del crimen, adonde por supuesto no había regresado a pesar de la convicción que sobre los asesinos se tiene, y en esa iglesia pidió con urgencia un confesor que le fue cristianamente concedido sin tardanza y al que, contrito y agobiado, relató lo que hasta ahora se ha referido, sin pausa y sin esperar a cambio nada, lo cual fue una sabia decisión pues nada pudo recibir, más bien al contrario, porque el cura que escuchaba le dijo has pecado, has infringido el quinto mandamiento, hijo mío, tienes que pagar por lo que has hecho aunque creas tener la razón, la vida sólo Dios puede quitarla, reza pero también ve a la policía, entrégate, y tras decirle eso se levantó para retirarse y él le preguntó si guardaría el secreto de confesión y el sacerdote respondió que naturalmente así lo haría, pero a él no le bastó, al remordimiento se le sumó el miedo, él necesitaba la certeza y sólo conocía un modo de conseguirla, y ese sí que podría considerarse de veras su primer asesinato, una auténtica injusticia porque habría bastado con que hubiese callado a tiempo, con que mantuviera para sí solo el secreto, adónde iba con esa estúpida creencia de que confesarse lo aligeraría de algún modo, pues no, de ninguno, al contrario, había agravado su malestar, y entonces sí que empezó a huir con la conciencia maltrecha, ya eran dos sangres derramadas las que invadían su memoria, pero el cuchillo era el mismo, ¿por qué lo había guardado?, quizás sí era un asesino sin escrúpulos y ni siquiera la primera muerte tenía perdón, pero a la vez se sentía todopoderoso, pues su mano parecía invisible como la mano de Dios que mataba sin delatarse, sin dejar pruebas, y a él tampoco lo descubrirían, no lo habían descubierto, y se juró que la segunda víctima había sido la última y resistió cuanto pudo la culpa, pero necesitaba hablar, cada día más, y para elegir a su siguiente confesor ya no se acercó al ámbito religioso, le sirvió el camarero de un bar, justo a última hora, antes de cerrar, y después de él siguieron, en orden, una masajista, el conductor de un autobús, una abogada con la que había coincidido en el ascensor de unos grandes almacenes y a la que había convencido para que fuera a tomar un café con él, porque quería contarle su caso, y entregarse y que ella llevara su defensa, y luego vino un basurero, y a todos contó su culpa insoportable justo antes de matarlos de un tajo, a veces de dos o más, no era tan fácil matar a un hombre como a una gallina o a un conejo o incluso a un gato, y de todos ellos pensó que sería el último, que ya no necesitaría volver a justificarse ante nadie, y a cada uno de ellos narraba su historia con más detalles, pero a la vez que juraba no volver a matar, sabía que el nuevo crimen engendraría otra víctima, aquello no podía tener fin, y quizás alguien se pregunte ahora quién cuenta todo esto y cómo puede ser que quien lo cuente conozca tantos detalles, lo que sus víctimas oyeron antes de morir y cómo fueron asesinadas, y les digo que quien cuenta esto soy yo, la siguiente víctima, y el soporte donde escribo es la pared del lavabo en donde me he encerrado tras pedirle permiso y obtenerlo, y en el espejo veo mi terror y me despido de mí, resignada, pues sé que no va a dejarme la vida puesta después de haberse confesado una vez más, y me maldigo por haber sido elegida y por haberlo escuchado, y también por ser incapaz de ahorrarles este último grito de desesperación, porque ahora son ustedes quienes lo saben, y si él se entera, Dios mío, está golpeando la puerta, si él se entera de que ustedes también saben no sé qué puede pasar, va a tirar la puerta abajo, que tengan más suerte que yo, adiós.

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Medium 9788483935255

El traductor apresurado

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El traductor apresurado

 

Un muy novato editor de París, que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros de los clásicos (no por amor a las «obras inmortales», sino porque los literatos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vathek, de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo –un afable especialista en letras góticas– nada dijo del error; muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.

Trascurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. «La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes». Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: «No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota».

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Medium 9788483935743

Inadaptado

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Inadaptado

 

Decía no a los poderosos y sí a los débiles. Enseguida la muerte vino a por él.

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Medium 9788483935385

Una vida en común

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Una vida en común

 

Es curioso cómo algo, de pronto, se convierte en sospechoso. Se ha estado observando lo mismo muchas veces y sólo en determinado momento el cerebro decide darle de comer aparte y elaborar una teoría que fundamente lo que ya de forma inevitable va a ser una sospecha.

En el caso de Miriam todo tuvo que ver con los yogures naturales desnatados que sacó Rita de la bolsa de la compra justo de la misma manera en que lo había hecho otras muchas veces sin que Miriam reparara en absoluto en ellos, en ella o en detalle alguno que le hiciera pensar nada extraño. Primero se alegró. Le gustaban mucho los yogures y hacía días que no los compraban. Le salió del alma y gritó con júbilo:

–¡Yogures!

Eran tan pocas las cosas que había para guardar en la vieja nevera que siempre bastaba y sobraba una sola de ellas para hacerlo.

–Cualquier día hace plaf –dijo Rita–. Este ruido de moto escacharrada no es buena señal.

Fue entonces cuando Miriam se acercó y se percató del estado de los yogures. Estaban magullados, y era evidente que alguien había intentado adecentarlos. Además, vio que estaban caducados. Acostumbrada a comerlos en el bol en el que Rita solía servirlos, nunca se había fijado en los envases. Su inveterada aprensión le produjo un escalofrío.

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Medium 9788483935965

Lobo hombre

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Lobo hombre

 

El lobo hombre es un ciudadano ejemplar. Paga sus impuestos, no falta a las reuniones de padres, sorprende a su esposa con cenas románticas. El lobo hombre tiene la espalda tupida como una alfombra de terciopelo, manos velludas, ojos brillantes de cazador. Su barba negra sirve de puente entre las patillas decimonónicas y la maraña oscura de su pecho. Cada mañana, el lobo hombre madruga y se ducha con champú suavizante antes de ir a la oficina. Cuando lleva a sus hijos al colegio, sonríe con ternura al resto de los niños, hipnotizándolos con el brillo de sus afilados caninos. Solo cuando la luna llena se apodera de su voluntad, el lobo hombre abandona a su familia y huye hacia los bajos fondos. Envuelto en una gabardina, golpea la puerta trasera de un sórdido local hasta que la abre una jovencita de mirada ávida. Rápidamente, lo conduce a un pequeño cubículo y le desnuda. Tumbado e indefenso, él se abandona al contacto caliente y pegajoso, hasta que el primer tirón de la cera arranca su primer aullido salvaje, escalofriante, brutal. Ella grita, excitada. Él aúlla, escocido. Así toda la noche. Los vecinos se encogen de miedo en sus casas: un lobo hombre anda suelto.

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Medium 9788483935217

Circustancias de los vasos comunicantes. Teoría y práctica

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Circustancias de los vasos comunicantes. Teoría y práctica

 

–Como usted..., usted..., disculpe que se me olvide constantemente su nombre.

–Juan Gualberto, me permito recordarle, para su conocimiento renovado y su seguro servicio.

–Como usted, en fin, podrá suponer, los caminos de la hidrostática no son innumerables, no son vagos ni obscenos, no son metáforicos, en una palabra, lo cual nos anima a prescindir del principio de raciocinio que recomienda como procedimiento amasar blanco pan de ideas para que coman los compatriotas.

–Pero, dígame: ¿a usted, entonces, no le conmueve el didactismo, máxime en país tan proclive a la barbarie?

–No.

–¿Quiere decir con ello, profesor Sinclair, que para esta demostración teórico práctica que valientemente emprende en tan precarias condiciones de tiempo y espacio –circunstancia que me lleva a reiterarle mi gratitud–, que para esta demostración, le decía, habremos de prescindir del atildado estilo, de la correcta frase y de la gallarda forma que son saludable ornato del verbo del filósofo?

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Medium 9788483935507

Pedigüeño profesional

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Pedigüeño profesional

 

Patricia odiaba los hospitales. El olor a antiséptico le parecía vomitivo y los hombres y mujeres de blanco unos arrogantes insoportables, siempre con ese aire de saberlo todo y nada era tan grave hasta que ellos lo decidieran así. Trataba lo menos posible con esa gente, pero este era uno de los casos obligados: esperaba recibir noticias sobre la precaria salud de su madre. Hacía media hora del último informe y tardarían dos o tres más en volver a reportar los posibles cambios. Para distraerse, escuchaba el caso de una paciente que defecaba de color azul y hasta el momento no habían podido diagnosticar tal fenómeno. Pensó en salir a comprar una revista cuando un hombre joven con rostro atribulado interrumpió los comentarios y pensamientos de los presentes.

–Perdonen la molestia... Me da vergüenza hacer esto, imagino que estarán preocupados por sus familiares, pero me veo obligado a solicitar su ayuda. Mi hermana acaba de morir. Se llamaba Enedina Carranza, por si alguien quiere corroborar mis palabras, y está en la plancha número dos del área de patología –aquí el hombre comenzó a sollozar–. La funeraria más económica me cobra cinco mil pesos, aparte los gastos del entierro y velación. He reunido cuatro mil, ya me falta menos pero no tengo a quién recurrir y por eso les pido su ayuda, lo que puedan aportar, las monedas que les sobren, lo que sea es bueno...

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Medium 9788483935736

El dulce olvido

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

El dulce olvido

 

Le dijeron que lo tendría a partir de las nueve de aquella mañana. El tráfico era muy denso y corría el riesgo de perder el tren, pero no quería salir de viaje sin recogerlo. Pidió al taxista que lo llevase allí, que esperase unos instantes, subió, se lo dieron. Estaba ya tan apurado por el poco tiempo que faltaba para la salida del tren, que no quiso leerlo hasta que, instalado por fin en su asiento, sintió que el convoy empezaba a moverse. Abrió entonces el sobre, se enfrentó con el breve texto y no supo si se sorprendía o si corroboraba una seguridad secreta. Luego pensó que aquellas palabras formaban una especie de conjuro maléfico. Lo esperaban a su llegada y no dejó traslucir su conmoción, pero dio la conferencia sin enterarse, en el automatismo de la costumbre, mientras el texto breve y categórico que había leído en el tren seguía encendido en su mente. Después de su intervención había un pequeño concierto que clausuraba los actos de la jornada: dos jóvenes, un pianista y una arpista, unos metros delante de él, iban a interpretar varias piezas. Se dispuso a un paréntesis de aburrimiento que le ayudaría a continuar disimulando su estado de ánimo. Los jóvenes comenzaron a tocar y poco a poco fue reclamado por aquella corriente poderosa en la que los sonidos se entrelazaban al hilo del tiempo. También la música era un conjuro, pero benéfico, y se dejó llevar por su cercanía, se fue sumergiendo en ella hasta sentir que su desasosiego era sustituido por una sugestión de apacibilidad. Todos los compositores de aquella música habían muerto ya, pero su invención seguía fluyendo impregnada de vida y hasta de un júbilo sereno. La música se derramaba ante él llena de fuerza y verdad, bañaba todo su cuerpo como un agua salutífera. Cuando el breve concierto concluyó, comprendió que había empezado a reconciliarse con lo que anunciaba el papel fatídico guardado en su bolsillo.

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Medium 9788483935255

Mariposa humana

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Mariposa humana

 

Dos científicos suecos han descubierto en una isla del Atlántico una especie de mariposa cuyo ciclo se cumple de atrás para adelante, o sea que nace mariposa y se convierte en oruga a poco de morir. Se rumorea que, llegada la hora de ponerle un nombre a este hallazgo tan inusual, uno de los científicos propuso «mariposa humana» porque –argumentó con amargura– «nace libre y muere arrastrándose».

 

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Medium 9788483935620

Mundo interior bruto

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Mundo interior bruto

 

Aquel tipo insoportable, apenas te descuidabas, te lanzaba un gato a la cara. Iba así, vomitando sus cosas a diestro y siniestro, sin cruzar palabra ni plantearse siquiera pedirte permiso. Tan pronto coincidía con alguien en la barra del bar, podía comenzar a expeler dragones de escamas doradas por la boca, o interminables gusanos de las entrañas del infierno le salían por las orejas. Hubo alguna vez que se tragó a algún parroquiano en un bucle de tiempo, de esos que en ocasiones hinchaba y explotaba como una pompa de chicle, o de jabón, según anduviera de ánimo. Así era aquel tipo intratable y horrible, siempre con sus cuadernillos de notas y sus manuscritos. Se pasaba los días estampándote los monstruos y desvaríos de su maldito intramundo sin ningún tipo de contemplaciones.

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Medium 9788483935255

Desde atrás

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Desde atrás

 

Un amigo pintor prepara, sin prisa, una exposición de cuadros célebres vistos «desde atrás». Todo empezó el día en que se le ocurrió pintar como si estuviera ubicado realmente a espaldas de la Gioconda. En algunos cuadros, mi amigo resolvió espiar por los ojos de algún personaje perdido en el horizonte. En otros, hizo como si existiera allí tal personaje. Esto coloca a mi amigo en posición desventajosa porque debe contentarse con las migajas de los cuadros famosos, mientras que los ar-
tistas que él reverencia pasan a ser protagonistas de estas obras invertidas: la espalda de la Mona Lisa puede parecerse a cualquier espalda, no así el rostro de Leonardo contemplándola.

Aunque la idea me resulta ingeniosa, últimamente he comenzado a sospechar que esconde una intención velada. ¿No será que mi amigo anhela, en última instancia, que alguien vuelva a pintar en un futuro estas obras que se dicen canónicas, para que en ellas, de frente y a las claras, se materialice un artista fisgón?

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Medium 9788483935446

Sembrar la discordia

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Sembrar la discordia

 

Antonio y Antonio habían sido vecinos toda la vida. En las mismas casa adosadas y contiguas. Idénticas y separadas tan solo por un parterre al que, desde que los dos se habían jubilado, dedicaban las mejores horas del día. Lo cierto es que habían conseguido, en opinión del vecindario en general, crear entre los dos un rincón de belleza y colorido sin par.

No es necesario comentar lo orgullosos que Antonio y Antonio se sentían de su limítrofe jardincillo común. Pasaban muchas tardes conversando, en invierno, sobre los próximos cultivos, abonos, flores, semillas, sistemas, cuidados y demás detalles. Les servía a un tiempo de entretenimiento y de estímulo. Por otra parte, no resultaba una afición en exceso onerosa para los ridículos e insultantes salarios que les quedaban a las personas de la tercera edad después de haber trabajado toda su vida.

Pero llegó el día en que la armonía entre los Antonios llegó a su fin, y el caso es que, visto desde fuera, parece incluso cosa de niños –tantas veces cerca de las cosas de viejos–, pero tomaron ambos tan en serio el asunto que su plácida amistad acabó en un enconado enfrentamiento. Y fue la cuestión que, el día menos pensado, los dos y a un mismo tiempo sugirieron un cambio en las flores que plantar la próxima temporada. Que el uno claveles, que el otro margaritas, y así hasta la locura. El parterre quedó vacío. Podrían haberse repartido el lugar y sembrar las dos cosas a la vez pero, nadie sabe por qué, prefirieron sembrar la discordia que la confusión. De ahí.

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