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Medium 9788483935255

Un solo cuadro

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Un solo cuadro

 

Un joven crítico de arte acaba de editar en Sidney un polémico libro sobre O. D., afamado pintor neozelandés muerto en 1981. Afirma el crítico que la producción de O. D. se limita en realidad a un solo cuadro de dimensiones exorbitantes que el pintor demoró catorce años en completar, entre 1949 y 1963. En consecuencia, aquello que todos dan en llamar su «obra integral» no es, de acuerdo con el libro, otra cosa que un centenar de secciones y de encuadres diferentes de ese único gran cuadro que el artista fue extrayendo por tajadas para presentar en cada exposición, como quien revela paulatinamente un singular secreto.

 

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Medium 9788483935255

Lectores de sangre

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Lectores de sangre

 

La policía de Alemania trabaja con la ayuda de dos ancianos mellizos, uno de barba blanca y otro de bigote afilado –sólo eso los distingue–, cuyo don consiste en leer huellas de sangre: se arrodillan ante una mancha en el piso, huelen o palpan la sangre reseca en alguna alfombra y eso les basta para determinar lo que ha ocurrido. Si los mellizos afirman «esta es la sangre de un hombre acuchillado por la espalda por una mujer escandinava, rubia, muy alta y celosa», la policía no se permite dudar. Sólo una vez discreparon los mellizos porque aquella sangre los desorientaba. Para salvar su prestigio se pusieron a improvisar cualquier cosa, pero a la vez inventaron dos historias tan disímiles que exhibieron todavía más su ignorancia. «¿Qué ocurre?», quiso saber el inspector a cuyo cargo estaba el caso. Tras un largo silencio, los mellizos alcanzaron a decir: «Esta sangre no es de este mundo». La policía, sin embargo, interpretó que aún fabulaban para enmascarar sus dudas.

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Medium 9788483935132

Cómo maté a John Lennon

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Cómo maté a John Lennon

 

Fui yo quien mató a Lennon, pero no fui su asesino. Aquel invierno se ponía crudo. Yo disparé el revólver.

Merodeaba por la calle 72 como tantas otras veces, con las solapas del abrigo rozándome las orejas. Trataba de reunir un poco de valor para acercarme al edificio Dakota. Por casual que resultara, hoy me avergüenza pensar que ese maldito 8 de diciembre un lunático y yo concibiésemos más o menos la misma idea. I am not what I appear to be. Así que caminaba aplastando la escarcha. Nada más. Un paseo nocturno, un autógrafo y listo. Let me take you down.

De espaldas al oeste de un Central Park helado me asaltó ese terror que, desde entonces, no he podido dejar de interpretar como un augurio. Un terror más helado que aquel viento, más resbaladizo que la escarcha, más incierto que la guardia que inicié, apostado ya frente a la entrada del Dakota, esperando a John Lennon. El corazón me latía o, por así decirlo, no cesaba de girar sobre su eje bajo la lana negra. El single y el bolígrafo aguardaban dentro del abrigo. De vez en cuando los palpaba e intentaba tranquilizarme con sus formas familiares. En este momento del recuerdo me parece como si lloviznara, pero creo que me equivoco. Eran alrededor de las diez de la noche y estaba sorprendido: de acuerdo con las informaciones de las que disponía, él debía haber vuelto para prepararle la cena a su hijo. Se decía que ahora madrugaba y que hacía vida de padre ejemplar; lo cual, a aquella rebelde edad nuestra, tendía estúpidamente a decepcionarnos. Aunque también venía militando como estandarte de la paz; lo cual, en aquella ilusa juventud nuestra, tendía ingenuamente a entusiasmarnos. Tras consultar por enésima vez mi reloj, pensaba en desistir cuando una silueta desgarbada, menos alargada de lo previsto bajo su ostentoso abrigo de piel, dio la vuelta a la esquina de Central Park West con la 72. Comenzó a acercarse con pasos zigzagueantes, algo cómicos. El corazón me dio un vuelco y sentí un picor en los ojos: The eagle picks my eye. Infinidad de veces me había jurado no parpadear siquiera cuando llegase aquel momento y, sin embargo, mientras terminaba de buscar la nitidez apretando los párpados, vi pasar la espalda larga de Lennon a dos metros de mí. Alcancé a observar que iba afeitado, aunque no perfectamente, y que llevaba las gafas en la punta de la nariz, más al estilo de un abuelito sureño que al estilo de un intelectual de Oriente. Estos detalles me serenaron un poco, como si la posibilidad de abordarlo se hubiera vuelto mucho más factible y natural que un minuto atrás. Come together right now over me.

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Medium 9788483935415

El contador de historias

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El contador de historias

 

En Samarcanda vivía un hombre llamado Sillas que era el mejor contador de historias. Pero nadie pudo nunca llegar a comprobarlo porque su aliento era tan apestoso que cuando principiaba a hablar la gente se alejaba de él.

 

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Medium 9788483935156

La bañera

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La bañera

 

Mi abuelo se quitaba prenda a prenda hasta quedar desnudo. Se miraba el cuerpo enfermo, flaco y sin embargo erguido. El espejo del cuarto de baño había ido oscureciéndose con él a lo largo de los años: ahora le quedaba una insegura pátina salpicada de puntos, y una bombilla de cuarenta vatios encima. Mi abuelo dobló con cuidado su ropa. La dejó encima de la tapa del retrete. Se detuvo un momento con las pantuflas de lana colgando de dos dedos, y decidió sacarlas al pasillo. Entonces trabó por dentro la puerta.

No hacía frío. Desnudo se sintió mucho más cómodo. Después le dio vergüenza y abrió los grifos. Los azulejos empezaron a empañarse. Mi abuelo introdujo una mano en el agua y la removió. Reguló varias veces la temperatura. Se sentó en el borde de la bañera a esperar.

Los chorros dejaron de agitar la superficie. El agua pasó de turbia a transparente. Con lentitud, mi abuelo metió un pie y después el otro, buscó un contacto tibio con las nalgas. Quedó sentado en el agua con las rodillas flexionadas y los brazos rodeándole las piernas. Suspiró. Acudían a su memoria episodios remotos: un niño en pantalones cortos sobre una bicicleta, repartiendo el pan; una señora obesa, postrada en un camastro, dándole instrucciones y exigiendo el desayuno; un señor alto y rubio, vagamente extranjero, acariciándole la cabeza en un muelle del puerto; un gigantesco buque rojo y blanco y negro alejándose de su vista; el campo verde, abierto, una casa sin chimenea; la pequeña biblioteca que un muchacho erguido consultaba de noche, entre los gritos de la señora obesa; un funeral desierto, un ataúd enorme; una casa distinta, con más luz, una hermosa joven sonriéndole; un niño en pantalones cortos, sobre una bicicleta, que jamás necesitaría repartir el pan al amanecer; otra niña estudiando en la cocina; una fábrica, decenas de sombras sin nombre y unos pocos rostros amables; un muchacho y una muchacha, sin bicicletas ya, sin cuadernos; una boda; otra boda; una casa vacía, menos luz; una voz compañera, tranquilizadora; los paseos idénticos de idénticas mañanas; una paz agridulce; el consultorio de una clínica; un médico diciendo disparates; una anciana saliendo a hacer la compra; un sobre rectangular escrito a mano, en tinta azul, sobre la mesa de la sala; un anciano desnudo, hecho un ovillo, rodeado de agua quieta.

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Medium 9788483935316

Actividades de esfuerzo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Actividades de refuerzo

 

Con el interés de subrayar un principio de presencia activa del artista en la práctica de la performance y del espectador en la instalación, se presenta esta muestra que destaca por un apoyo cada vez más inusual y difícil a la producción de los artistas. […]

Lo relevante es la tensión del acontecimiento; el arte como ciencia del comportamiento, una vez quebrado su tradicional sentido estático.

David Barro sobre la exposición colectiva: Presencia activa. Acción, objeto y público. Vigo, 2012

 

Lee y responde:

 

1.- Une estos términos como en el ejemplo.

 

España ineficaz abierto

Privado incivilizado cerrado

Público desarrollada caro

Occidente armada democrática

Enemigo eficiente infinito

Orden útil completa

Seguridad civilizado barato

Progreso científico-técnico jerárquico

 

 

2.- Indica si las instituciones siguientes tienen

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Medium 9788483935934

Aguantar el frío

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Aguantar el frío

 

Desde su posición, la piscina municipal podía ser vigilada a cualquier hora, en todo momento. Las vallas que cercaban el recinto seguirían cerradas hasta finales de abril, dentro de tres meses. La niña no podía haberse metido allí por un descuido. En primer lugar, apenas los padres denunciaron la desaparición, sus agentes comprobaron que no hubiera ningún agujero inadvertido. El cobertor invernal de la piscina estaba perfectamente sujeto. Revisaron los tensores. Ninguno se había soltado, pero el capitán Romero ordenó que los desataran para asegurarse de que el cuerpo no hubiera caído al agua. Un agente se coló por el rincón que habían dejado al descubierto, en la zona de las escaleras, y buceó por el fondo, palmeando cada rincón de la fibra de vidrio como si quisiera accionar un resorte secreto. Era de noche, y utilizó una linterna acuática. El capitán miró los haces verdosos que repicaban bajo el cobertor, sin llegar a romper su opacidad protectora. Abajo no había nada.

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Medium 9788483935248

El fin del mundo

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

Puesto a recordar momentos de la adolescencia, he encontrado algunos en los que me parecía que se había producido dentro de mí una catástrofe final, una angustiosa conciencia de abrupta interrupción que ya nada conseguiría restaurar.

Creo que los mitos están presentes dentro de nosotros –buscamos el Vellocino de Oro, que puede tener cualquier forma o sustancia, descubrimos a nuestro Adán o nuestra Eva y disfrutamos de nuestro Edén particular, sufrimos a nuestras Circes, a nuestras Harpías y a nuestros Polifemos…–, como creo también que cierta sospecha de fin del mundo nos persigue a lo largo de la vida.

Cuando los medios de comunicación pusieron de moda en el 2012 la supuesta profecía sobre el final de los tiempos –profecía bastante dudosa en una cultura, como la maya, basada sobre la idea del «tiempo circular»– recordé aquellas desoladoras impresiones y escribí el cuento que sigue.

 

 

 

 

El fin del mundo

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Medium 9788483935033

La vida ausente

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

La vida ausente

 

Cuando las miradas se consumen

cuando se recogen las cosas familiares en su

vacío y su sombra

en ese límite de la tierra donde las horas no pasan

la espera

como un gran viento helado te despoja

Aldo Pellegrini

 

Mi cuarto daba a un patio de tender, arbolado de sábanas castísimas y lencerías mansas, con un piar continuo de gorriones casi monástico, y el contrapunto de las pesas del ascensor, subiendo y bajando, que ponía en el sigilo de mis tardes todo el trajín doméstico del edificio. Mi cuarto era pequeño, recogido, no tenía nada de particular, salvo quizá aquel suelo de linóleo inconcebible que imitaba el parqué, un friso de plástico hasta media pared que imitaba madera (vale más no preguntar por qué), y un empapelado con florones rojos, casi heráldicos, que se imitaban, digo yo, a sí mismos. Era la época de lo plegable, de los muebles multiuso, y hacía poco tiempo en realidad que habían desaparecido de las casas, de los pisos, aquellas camas-mueble de posguerra con, en el frente, una cortina de hilo o de cretona estampada de flores, aquellas camas viudas donde dormían a veces las abuelas, los parientes de paso, las primas nebulosas, gordas, tristes, eternamente niñas, algo achatadas en los polos, como diosas agrarias, que un día venían a Madrid para hacerse unas pruebas, y morían en el pueblo unos meses después, anacrónicamente, supongo que de pura soltería, de sumisión, de hastío. Mi cuarto tenía una mesa redonda, extensible también, que era donde yo me sentaba a estudiar, a no estudiar; y una especie de armario gigantesco, muy socorrido, que ocupaba la pared entera, sucesor de los muebles de formica (sólo que ya aliviadoramente mate y con las puertas en color crema), compuesto por distintos módulos que cumplían funciones de escritorio, cama, estantería y armario ropero propiamente dicho. A mi cuarto nunca llegaba el sol, pues vivíamos en un piso bajo e incluso a mediodía había que tener encendida una luz, lo que hacía que fuese fresco en verano, polar en el invierno –«este muchacho va a coger aquí la tisis»; «arrópate bien, que te va a dar algo»–; pero yo comprendía que aquel frío era algo así como una herencia, un frío dinástico (o de clase, mejor), un frío navegable, con orillas de desmemoria y tiempo, un frío que ahora desembocaba en mí, en mi cuarto que olía a lejía y a colada del lunes, cruzando de puntillas los linajes del frío.

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Medium 9788483935545

Resaca

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Resaca

 

 

Ya no recuerdo de quién era el cumpleaños, sólo sé que bebimos y fumamos hasta terminar en el club de alterne de las rumanas. No sé cómo llegué a mi piso ni qué hora sería cuando desperté, pero al levantarme vomité dolorosamente, como si algo animal se resistiera a ser expulsado de mis entrañas. De pronto cayó: era una especie de huevo duro, palpitante y gelatinoso, que se retorcía por el suelo con los pelos pringados de vómito. Preso de asco lo envolví en papel higiénico, lo arrojé al retrete y tiré de la cisterna. Ya me había olvidado de aquella cosa hasta que esta mañana entré al baño y algo me penetró por el ano mientras leía distraído. Escocido y horrorizado, me estrellé contra las paredes, me golpeé el estómago y tragué cosas innombrables hasta provocarme un vómito doloroso y desgarrador. Después de la última arcada, sentí un fragor de roedores en las tripas. Ahora son dos.

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Medium 9788483935149

Monólogo del monstruo

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Monólogo del monstruo

 

Uno no decide matar a un niño. Uno, como mucho, decide que aprieta los dientes o contrae los músculos. Que apunta a la cabeza o baja el cañón. Que abre la mano o mueve un poco el dedo índice. Nada más. Después las consecuencias llegan todas al mismo tiempo. No me parece lógico. Uno piensa que es capaz de hacer algo y lo hace. Es una comprobación, no un acto en contra de nadie. La gente se equivoca cuando empieza a imaginar motivos. La destrucción es un objetivo en sí, una misión solitaria, no tiene qué ni quién. Es algo extrañamente posible. Y su propia posibilidad te convence. En la vida es difícil hacer cosas. Todos deseamos lograr lo que nos proponemos. Yo tenía un propósito y lo cumplí. A lo mejor me equivoqué de propósito, pero no me equivoqué cumpliéndolo. Es una diferencia sutil que no todos entienden.

Yo decidí obedecer un impulso, pero en ningún momento recuerdo haber aceptado los efectos de ese impulso. Encuentro desproporcionado que se desencadenen tantos hechos a la vez, bajo el aspecto de uno solo. Para que fuéramos responsables de nuestros actos, lo justo sería que se nos solicitase aprobación uno por uno. La realidad debería preguntarnos: ¿Aceptas hacer este movimiento? Bien, y ahora, ¿estás de acuerdo en que tu movimiento cause este otro? Bien, y ahora, ¿estás dispuesto a que el segundo movimiento provoque estas reacciones? Y así sucesivamente.

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Medium 9788483935286

Soy el lugar

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Soy el lugar

 

A un hombre que no cree en fantasmas la vida se le ha llenado de ídem –los ídem son como los fantasmas, pero prescinden de la parafernalia clásica; sobre todo prescinden de la sábana blanca, supongo que para no ser confundidos con otras cosas, por ejemplo con una huelga sanitaria, en caso de aglomerarse excesivamente, como le ocurre a este hombre–. Así que como decía, a este hombre la vida se le ha llenado de ídem, de fantasmas; usaré indistintamente ambos términos para evitar confusiones –o para alimentarlas–.

¿Cómo distinguir a los fantasmas de los ídem, esto es, cómo conocer de su presencia si en ausencia del tradicional blanco flotante diríase, por los pocos estudios que se disponen sobre ellos, que no existen, o que son al menos invisibles? Este hombre, pragmático, ha estudiado siquiera someramente el asunto antes de intentar alcanzar conclusiones. De pronto sintió que a su alrededor todo era turbio, como a quien el rostro se lo envolviese un fino visillo gobernado por el viento, y lo achacó a la vista, a problemas de visión, y entonces ha acudido al oculista, que aparte de vista cansada –no confundir con mirada cansada– no concluyó nada más. Es cierta turbiedad pero es también cierta viscosidad en los movimientos, como lastrados, como si su vida transcurriese un poco a cámara lenta ahora, como si le tirasen de pies y manos delicada pero persistentemente, y ha visitado al traumatólogo: ningún diagnóstico concluyente –aunque sí le encontraron un menisco algo tocado que le dará problemas en el futuro, si alcanza a llegar al futuro–. Al neurólogo ha acudido después, al neurólogo le ha dado el hombre, antes pragmático y siempre concienzudo, la siguiente explicación –mejora la explicación en cada nueva visita médica– de sus síntomas: es como si viviese rodeado de un suave y casi transparente polímero. El neurólogo ha hecho una anotación, pero no sabemos el contenido de esa anotación.

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Medium 9788483935309

No asesinen a nuestros zorros

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

No asesinen a nuestros zorros

 

–Por una extraña asociación de ideas he recordado aquella época en la que se exportaban zorros ingleses a la Argentina –dijo el embajador de España–. Salían de Liverpool buques cargados de zorros vivos que llegaban famélicos y despeluchados a la Argentina. Allí se les cuidaba y se les engordaba y, ya sanos y fuertes, se los liberaba en las pampas para que jinetes vestidos a la inglesa, todos como maestros de ceremonia, con las chaquetas rojas y los pantalones blancos bien ceñidos, las botas altas, las gorras negras, les dieran caza. Mi padre, de niño, fue testigo de ello cuando mi abuelo era embajador en Argentina, por entonces la sexta o séptima potencia económica del mundo.

Mi propio abuelo asistió a alguna de aquellas cacerías hasta que las protestas del pueblo inglés acabaron con ellas. Y no me he equivocado: las protestas del pueblo inglés, no las del pueblo argentino. Cada semana había manifestaciones, bien es verdad que muy poco nutridas, ante la residencia del duque de Northminster. Al fin y al cabo por toda Inglaterra se cazaban miles de zorros. Un buen día, sin embargo, una de las pancartas acertó con un mensaje muy eficaz y la prensa popular se hizo eco de la protesta. Enseguida la opinión pública inglesa se mostró abiertamente hostil al negocio del duque. La afortunada pancarta decía: «Los argies –así llaman ustedes despectivamente a los argentinos– asesinan a nuestros zorros».

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Medium 9788483935774

Las elipsis del cronista

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Las elipsis del cronista

 

Los manzanos del jardín, la quietud de los manzanos del jardín cuando en medio de la noche se remansan las esquilas lejanas; el camino del río al mediodía, con el juez unos pasos por delante ajustándose el sombrero; el ventanal de la habitación donde el juez abre la caja de cerezo que guarda tanta memoria de plumas y de hilos, mientras fuera gira el viento en los manzanos y una mujer con una brazada de leña cruza el jardín mirando al suelo, como un pájaro afanoso de sus pasos. Pero hay otros ciclos, hoy. Hoy, al entrar en el despacho del juez, recordé otra tarde de noviembre que a primera hora parecía ya cargada de presagios venturosos, con el sol otoñal aplazando en la chopera esplendores vespertinos y el gato Misceláneo —el nombre se lo puso el juez por abrigar con una voz todas las sangres concertadas en tan modesta creación— viniendo a recibirme por el pasillo, arqueando el lomo, enredándose sinuoso entre mis pasos, con un deleite que era como la renuncia misma de su probada costumbre huraña y el anuncio de más felicidades inmediatas. El juez me recibió entonces de espaldas —«pasa, Gistredo»—, de espaldas y aplicado a sacarle brillo a la trompeta que tocaba Cardín, cuando era vocalista de la orquesta Danubio y gastaba pajarita de lunares —«pasa y siéntate»—, la luz del despacho dorada, las ventanas entreabiertas, la habitación como dormida, hasta que todo, la chimenea, las paredes, el aire quedaron suspendidos de la nota que el juez hizo estallar animoso detrás del escritorio antes de abandonar la trompeta, reluciente y aturdida, al amparo inmóvil de la vitrina, y de decirme «siéntate por donde veas», pasándose el pulgar por los labios —lo cual quiere decir siéntate en cualquier hueco libre salvo en el sillón que está junto a la chimenea—, de advertirme «y coge un vaso antes de sentarte», mientras admiraba unos instantes la trompeta relajada dentro de la vitrina y volvía la cabeza para comprobar dónde me había sentado. Aquella tarde encontré libres los cuatro peldaños de una escalera de mano que usa el juez para alcanzar las regiones superiores de la librería.

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Medium 9788483935446

Prisiones alarmantes

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Prisiones alarmantes

 

Molly había soñado innumerables veces con las costas de Grecia. Se había imaginado tumbada en la arena, a la orilla del mar, sin pensar en nada, tan solo sintiendo en su piel la suavidad del sol y en las puntas de los pies el vaivén de las olas frescas. Había fantaseado tantas veces con una soledad absoluta, ese estado desconocido para ella pero ambicionado hasta el dolor en que nadie le diría ni le reprocharía ni le pediría nada. «Molly sola», se repetía una y otra vez como si se tratara de un ensalmo.

Cuando al fin decidió plantearle a George, su marido desde hacía veinticinco años, la posibilidad de marcharse, sola, unos días de vacaciones, él frunció el ceño y pronunció un no rotundo que resonó en toda la casa. Ella imploró, suplicó, lloró, se arrastró y mientras tanto se odió por haber sido capaz de haber convertido su vida en aquello, se detestó por haberse transformado en alguien que tenía que pedir permiso a otra persona para actuar, se despreció por haberse vuelto una imbécil. George le preguntó para qué quería ir sola de viaje, le insinuó que estaba buscando sexo con otros hombres y acto seguido la insultó y le escupió y se burló de ella asegurándole que nadie querría besarla ni aunque le pagara.

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