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El 969

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El 969

 

Hubo un día en que Jehová se alarmó ante el crecimiento de la homosexualidad en el mundo. Decidió entonces establecer un incentivo para los matrimonios heterosexuales, suavizándoles la decadencia física que trae el paso del tiempo siempre que se mantuvieran fieles. Matusalén, que tuvo varias esposas, logró llegar a los novecientos sesenta y nueve años de vida –curiosa cifra que podría acaso simbolizar las aficiones amorosas del patriarca–, mientras que ninguna de sus mujeres se acercó ni de lejos a esa edad.

 

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¿Venganza post morten?

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

¿Venganza post morten?

 

«¡Qué duro es morir así, con las ansias de venganza intactas!», pensaba el brigada Tébar ante el pelotón que lo iba a fusilar, víctima de la intriga de su propia esposa y el sargento Vilorio, a quien había considerado su mejor amigo.

Cuando el jefe del pelotón levantó el sable el suelo tembló. Para Tébar fue una trepidación, para el pelotón una caída, pues el suelo se hundió bajo sus pies. A la vista quedó uno de los fusiles. Tébar lo tomó y corrió a las dependencias del Regimiento.

Sin que nadie lo detuviera se apresuró escaleras arriba, atravesó corredores, cruzó el gimnasio y llegó a la residencia de suboficiales. Allí estaban los adúlteros, desnudos y asustados con la lámpara desprendida del techo sobre las piernas.

A él le disparó en la cabeza, a ella en el pecho, apuntó al pezón izquierdo; luego, sin abandonar el arma, volvió a la carrera al patio. Dejó en el suelo el fusil y volvió a colocarse de espaldas al paredón.

Un temblor gemelo del anterior, pero de fuerza contraria, restauró los suelos, vomitando al pelotón de soldados a la superficie.

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Medium 9788483935965

Literatura

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Literatura

 

Un pelo cae sobre la baldosa del baño y se convierte en una espiral de letras, en una serpiente de palabras que arman un cuento. Desde entonces, la mujer cuida y ordena su cabello con la misma pasión con la que conserva su biblioteca.

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Plumas chamuscadas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Plumas chamuscadas

 

Se movían ingrávidas y perezosas; de vez en cuando parecían tomar impulso y se desviaban de la vertical de las cabezas de los lores, pero al poco volvían a mecerse sobre ellos.

–¡Son hojas de árbol! –exclamó Antonio el camarero.

–Se alejan –se quejó lord Leathersdale.

–Son plumas negras –dijo lord Belmarsh–. No valen nada. En 1666, año del gran incendio, hubo una gran lluvia de plumas negras. La tradición popular asegura que pertenecían a los ángeles católicos que causaron el incendio de Londres.

–¿Es posible? –preguntó casi como una cortesía el embajador de España.

–No le quepa duda. Lo raro es que no se volviera a tener noticias de estos ángeles católicos de plumas chamuscadas hasta el hallazgo del cuerpo de Roberto Calvi, el maquiavélico banquero del Vaticano, que apareció colgando de un arco del puente de Blackfriars sobre el Támesis en junio de 1982.

–¿Blackfriars? –pareció reflexionar en voz alta el embajador.

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Medium 9788483935620

Tres días

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Tres días

 

Después de recibir el escobazo, su cuerpo fue abandonado a su suerte en el recogedor de la basura. Tres días más tarde, la mosca resucitó y reemprendió su vuelo, sin que nadie jamás advirtiera que aquella fue la única verdadera encarnación de Dios en la tierra, Quien, por supuesto, no nos había creado a su imagen y ni mucho menos a su semejanza.

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El cambio global

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El cambio global

 

–Muchas veces nos basta con observar el compor-tamiento animal para mejor entender la vida –dijo lord Winson Green. El domingo último, paseando al mediodía por Kensington Gardens, me fijé en una familia inglesa de origen hindú que se sentaba a la sombra de un inmenso plátano: el padre, la madre, la abuela y cuatro niños. Las dos mujeres de pie distribuían la comida que llevaban en sendas cestas de mimbre entre los niños y el hombre sentados sobre la hierba. A pesar del fuerte olor a curry, era una escena plácida rota de pronto por un tremendo alboroto sobre la copa del plátano y unos chillidos estridentes. Todos miraron hacia arriba con susto. Eran nueve o diez pájaros de un verde brillante. Tenían un graznido muy desagradable.

El padre, muy tranquilo, con talante de maestro paciente, explicó:

–Esto es el cambio global, no hay por qué alarmarse. Son cotorras sudamericanas que están ocupando un nuevo hábitat.

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Ángeles radiactivos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Ángeles radiactivos

 

El embajador dijo:

–No me importa reconocer que en España vamos muy a la zaga de ustedes. Esos ángeles suyos, ángeles de Swedenborg, ángeles católicos, ángeles de alas chamuscadas, provocan mi admiración. Ustedes tan pragmáticos y realistas, saben vender incluso el dinero que no tienen, que es el colmo de la abstracción, ahí están esos productos financieros tan imaginativos como evanescentes, de los que se ha venido hablado sin cesar durante estos últimos años. Ahora me dicen que han logrado crear un mercado de plumas de ángel. Solo puedo expresarles mi admiración.

–El elogio se lo aceptamos despojado de toda ironía, señor –contestó lord Leighton Buzzard–. Más, cuando sabemos el problema que ustedes han tenido con unos ángeles en una de sus centrales nucleares.

–Reconozco humildemente que están mejor enterados que yo.

–Pues sí, parece que se detectó una alarmante ralentización que amenazaba con parar el reactor. Los ingenieros descubrieron que una pareja de ángeles se había instalado en los tubos y los había atascado. Eran macho y hembra, y estaban apareándose. Aunque el asunto se trató con la discreción adecuada, es decir en práctico secreto, pronto se empezó a especular sobre su condición. ¿Eran ángeles huidos?, ¿vivían un romance a escondidas en los tubos radiactivos? A nosotros, ingleses, lo primero que nos hubiera preocupado sería el buen funcionamiento de la central y probablemente, a qué negarlo, habríamos divagado también sobre una hipotética devaluación del precio de sus plumas si se hubieran contaminado de radiactividad. En cambio ustedes se enfrascaron de inmediato en una polémica apasionada de alto contenido ideológico. Los partidos de la derecha querían sacar a los ángeles de los tubos a cualquier precio, incluso al de su exterminio. Su argumento era que estaban entorpeciendo la producción, aunque lo que verdaderamente les molestaba era que fueran ángeles de distinto sexo. La izquierda naturalmente se opuso con energía y llevó la protesta a las calles. Esos ángeles son una especie en extinción –argumentaban–. Hay que protegerlos. «Ya está bien de la dictadura de Dios», decían.

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Si huele a carne es Babel

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Si huele a carne es Babel

 

Berta bailaba. Se afanaba en escribir poemas y en recitarlos cuando tomaba más de dos vodkas. Me apenaba un poco escuchar aquellos adjetivos saliéndole de la boca como saliva mal contenida, pero Berta era mi mujer y solía respetarla.

No me he desecho de nuestro retrato de boda. Ni siquiera tengo la disculpa de conservarlo por los niños: ella es estéril como una mula y su carácter nunca fue el propicio para preñarse. En el retrato sonríe, dulcificados sus rasgos de halcón por el retoque. Le gustaba describirse como «especial», pero yo creo que todas las personas son iguales con la luz apagada. En la cama, pese a sus veleidades, era una mujer menos que común.

 

Berta dice que me descubrió en un bar antillano. Lo cierto es que nos conocimos en la oficina. Yo trabajaba en el despacho de mercadotecnia de una constructora y salía con una diseñadora pequeña y bustona. Berta nunca aprendió a marcar las erratas en los manuscritos de los folletos, pero leía en siete idiomas y tenía una larga lista de novios poetas, así que alguien decidió contratarla.

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Medium 9788483935941

Ravenwood

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Ravenwood

 

Santi abrió el refrigerador, lo vio vacío y le dijo a su padre que tenía sed.

–¿Quieres leche? –preguntó Fernando–. ¿Jugo de naranja? En un rato vamos de compras.

–Y cereales también. Los Lucky Charms, y los que tienen miel. ¿Puedo tomar agua?

Fernando sacó un vaso de plástico de la alacena y lo llenó con agua de la pila. Santi lo vació de un trago. Era verdad que tenía sed. Quizás no había sido buena idea traerlo al piso tan temprano; debió haber esperado hasta la tarde, después de haberse dado una vuelta por el supermercado y Wal-Mart. Había un televisor, pero no un sofá donde verlo; la mesa era la que Eli y él habían usado alguna vez cuando iban de picnic, cojeaba de una pata.

–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó su hijo–. Ya sé: ¡espadas!

Sacó un par de espadas de plástico de una caja de cartón donde Fernando había puesto, a la rápida, juegos de mesa y otras cosas con las que pensaba entretener ese fin de semana a su hijo. Eli le había dicho que se llevara todo lo que quisiera, pero él, entre apurado e incómodo, no había escogido bien. Con la Playstation hubiera sido más que suficiente.

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Medium 9788483935415

La sombra de la dicha

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La sombra de la dicha

 

Era un autor demasiado celebrado. Envidiosos de su éxito, sus personajes lo mataron a puñetazos.

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Medium 9788483935736

Un éxito

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Un éxito

 

Intento tranquilizarme y pensar que es natu­ral que esté vestido de época, con los demás cantantes, ya que voy a intervenir en la ópera, pero me preocupa no recordar sino de modo muy vago mi papel. El espacio, sin embargo, no es el de un teatro, sino una pequeña aula de Filología de la Complutense, y los actores estamos en la tarima. Tenemos solo cinco espectadores, repartidos por los pupitres: mi mujer, mi cuñada Pachi, mi ahijada y una pareja desconocida, la cabeza de él cubierta por una gorra visera de forma clásica, bastante mayores, que se sientan juntos con los brazos entrelazados. Me corresponde a mí comenzar el espectáculo y tengo en la mano el texto de mi aria: cojo la primera y mi pongo di duran, dice, exactamente. Desde la intuición de un recuerdo muy borroso, comprendo que debo cantar mucho rato y empiezo a improvisar procurando que cada sílaba, y cada palabra, ocupe largo tiempo: co co co co co, repito, una y otra vez, con diversos tonos de voz, en un estilo que me parece mozartiano, y al cabo alcanzo la siguiente sílaba, jo jo jo jo jo, y así en lo sucesivo, con infinidad de florituras, hasta completar la primera oración, cojo la primera, cojo la primera, cojo la primera, y me voy enardeciendo mientras canto, recorro con mi voz una escala muy amplia de sonidos, hasta concluir con bravura mi cantable. Cuando termino, mi mujer, mi cuñada y mi ahijada aplauden con verdadero entusiasmo, gritan bravo, bravo, una y otra vez. La pareja de desconocidos sonríe complacida. No sueltan su abrazo, pero la mujer golpea con la palma de una mano en el hombro del compañero, en gesto también de aplauso. Mi mujer se levanta, llega con rapidez hasta mí, me abraza, me besa, un éxito, exclama con emoción, un éxito.

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Medium 9788483935156

La chaqueta

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La chaqueta

 

El aire olía a cuero. Una estudiada media luz, muy propia de las tiendas de segunda mano, hacía difícil apreciar los detalles. Casi todos los abrigos parecían en buen estado. Ella se acomodó las gafas. Pensaba en el gusto imprevisible de su marido, en esa mezcla suya de convencionalidad y capricho. Tuvo la necesidad urgente de un cigarrillo. Aquella noche, como mucho a la mañana siguiente, le ba­jaría la regla: se lo avisaba una daga insistente debajo del ombligo y una sensación de fastidio ante todas las cosas. Sacó de la percha una levita de cuero marrón con botones cruzados. La observó un instante. La colgó, y descolgó otra de color negro y cuello en punta. Colgó la negra y descolgó un abrigo largo, gris, de hombros muy pronunciados. Demasiado viril, pensó con malicia. Devolviendo el abrigo a su sitio, sacó una chaqueta de ante oscura y la observó con agrado: encajaba perfectamente con la estampa anticuada de su marido. Se la veía puesta con una claridad asombrosa, como si ya lo hubiera visto con ella antes, como si hubiera sido siempre suya. De hecho, ahora que lo pensaba, era idéntica a la chaqueta que ella le había regalado para las penúltimas navidades. No era posible. Intentó asegurarse. Examinó el forro, los ojales, las mangas: parecían los mismos, pero cómo recordar la marca de aquella chaqueta o la forma exacta de los botones. También la talla era la misma, aunque la de su marido era la talla de la mayoría de los hombres. Se fijó en el casi nulo desgaste de los codos: podía ser, podía no ser.

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Medium 9788483935118

Europa

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Europa

 

 

 

Amar es ser yunque o martillo

Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles

 

 

 

Europa es un sueño que solo existe en la mente de los latinoamericanos y abarca Francia, España, Italia e Inglaterra. Antes de la Segunda Guerra Mundial, este viaje mítico se hacía en dos direcciones opuestas: de Norte a Sur, y estaba protagonizado por emigrantes que buscaban cobijo de la violencia o la penuria, o de Sur a Norte, y los pasajeros eran americanos ricos que consideraban iniciático el trayecto. Cruzaban el Atlántico en el mismo buque pero, mientras unos viajaban casi en la bodega, otros lo hacían en el cielo de la primera clase.

En ese tiempo, no tan lejano, nadie era poderoso, ni culto, ni elegante, si no conocía París, y hay que aclarar que «nadie» era lo que, en los medios elegantes, se consideraba «todo el mundo». Protegidos de toda fatiga por su personal de servicio, familias enteras comenzaban el trayecto rodeados de mapas y baúles, perros y gatos. Si había niños, se viajaba con una vaca. Si estos tenían edad escolar, mientras los padres paseaban por el continente, se los internaba, por ejemplo, en Eaton. Pero, en los años veinte, la última moda era comprarse un pied à terre en París.

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Medium 9788483935965

Amor anfibio

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Amor anfibio

 

El hombre sale de la bañera donde han hecho el amor y observa las piernas de ella. Son bonitas. El pelo del pubis se estira hasta más abajo de la rodilla. La mujer le pide una toalla, no por pudor, sino para envolverse la cabeza. Y un cepillo, por favor. Cuando él hace el gesto de entregárselo, ella señala su sexo. ¿Es qué no vas a desenredarme? El hombre acepta y de rodillas, como antes en la bañera, comienza a peinarla hasta que escucha esos gorgoritos de sirena que lo arrullan lo arrullan lo arrullan, y el pubis de la mujer brilla, y él insiste con devoción en pasar el cepillo una y otra vez. Cuando está perfectamente liso, ella le toma la cabeza con las manos y lo obliga a mirarla. Volvamos al agua dulce, dice. Quiero que me hagas una hija calva.

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Medium 9788483935132

La felicidad

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La felicidad

 

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.

No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.

Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.

Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.

Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.

A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

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