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Medium 9788483935156

Continuidad del infierno

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Continuidad del infierno

 

Durante el tiempo que mi padre estuvo internado, era lógico dejar el coche en el aparcamiento subterráneo del hospital. Me detenía frente al pequeño abismo de la entrada, deslizaba mi Opel blanco por la cuesta. Volvía a detenerme para pulsar el botón, pasaba por debajo de la barrera y me ponía a buscar sitio. Siempre encontraba alguno.

Yo detestaba acudir al hospital fingiendo una serenidad que no tenía, comprimirme en los gigantescos cajones de los ascensores, respirar ese aire demasiado limpio –amoníaco, irreal, desinfectante– hasta llegar a la quinta planta. Caminar entre las camas de los enfermos como a través de un campo de minas –no me toquen a mí, no me toque la muerte– y después Hola, papá, ¿todo bien, todo tranquilo?, tú descansa. Detestaba acudir al hospital, aunque reconozco que me gustaba bajar al aparcamiento y maniobrar lentamente con mi Opel blanco. Sumergirme en las entrañas del asfalto me aliviaba con una rara paz. Encendía los faros del coche y aquel interior gris, rojo y amarillo, la simetría de los muros y las columnas, se volvían un reino confiable con sus reglas seguras y su onírico silencio (¿soñamos, acaso, sonidos?).

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Medium 9788483935378

El kimono azul

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El kimono azul

 

Un hombre de mono azul no era lo que era ni lo que había sido; era pura sombra, era su propia sombra, de la que saldría su cuerpo cuando el fuego lo iluminara y si la muerte lo permitía.

Aquilino Duque, El mono azul

 

I

 

La reportera de Toledo Televisión ya había terminado su desabrida conexión en directo desde la cripta del Alcázar, cuando los gritos y los disparos desataron el caos y de paso el rating. Así, gracias a la cámara que siguió funcionando sobre su trípode, la audiencia de toda España pudo contemplar –horrorizada– el cuerpo alicatado de bombas, granadas y dinamita de aquel hirsuto terrorista que tomó como rehenes a la corporación municipal, al arzobispo, a los miembros de la Hermandad de Defensores del Alcázar, a los veteranos del Tercio de Requetés, a la Mesa Nacional de Falange y a un piquete de jóvenes antiglobales que había acudido a la cripta con idea de reventar la ceremonia del LXX Aniversario de la Liberación del Alcázar de Toledo. A la vista de los explosivos, el acto parecía destinado a ser reventado.

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Medium 9788483935262

Cine Cosmos

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Cine Cosmos

 

 

 

A Xavier Labrada

 

 

 

Hay costumbres que uno mantiene por fidelidad a sus ilusiones de juventud, como un mendigo que se aferra a un abrigo andrajoso. Así es mi costumbre de ir a buscar aventuras al cine Cosmos a la salida de la oficina. La contraje en mis años de gloria, cuando era un efebo con cara de ángel perverso, copete ondulado con vaselina, cintura de avispa y un quiebre de caderas que dejaba a los hombres babeando de lujuria. No exagero, si alguien lo duda puedo enseñarle mi álbum de fotos. Guapo y temerario, me bastaba una seña, qué digo una seña, una miradita de reojo, para tener bramando a mis pies a los musafires más guapos del arrabal. En una sola tarde podía cogerme a tres o cuatro chavos, sin averiguar siquiera sus nombres. ¿Para qué, si nunca más los vería en mi vida? Las orgías en los rincones oscuros del cine me dejaban exhausto, efervescente de orgullo, con raspones en las piernas y mordiscos de vampiro en el cuello. Cuanto más rudos eran más me gustaban. Maltrátame, papi, así, más duro. Ahora, a los cincuenta y ocho, calvo, flácido, craquelado por las arrugas, con bolsas oculares y una barriga de bebedor que ni aguantando el aire puedo disimular, ningún chavo caliente se fija en mí. ¿Por qué no me retiré a tiempo, si ya no queda en el cine Cosmos ninguna loca de mis tiempos? Por necia, no tengo otra explicación. Soy como esas mulas que se van a su querencia con los ojos cerrados, aunque el jinete las quiera llevar a otra parte.

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Medium 9788483935101

Después de la caída

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Después de la caída

 

Nos despertaron la luz y los dos pájaros que entraron por el techo abierto. Teníamos siete años. Mis padres nos habían dejado acampar en el jardín, con la única condición de que estuviéramos a la vista desde su ventana.

Tú te incorporaste, con medio bostezo, arrugando el saco de dormir a tus pies. Yo permanecí todo lo quieta que pude, tumbada boca arriba, con el saco sobre mi cuerpo, estirado, los brazos por fuera, hipnotizada por los dos pájaros que acababan de entrar por el techo abierto.

Picoteaban entre los pliegues de los sacos de dormir, seguros de encontrar alguna miga de pan si buscaban con el empeño suficiente.

Uno de ellos, la hembra, de plumas rojas en su cuerpo palpitante y nervioso, voló hasta aterrizar en la zona de mi ombligo. Permanecí muy quieta, y el pájaro se movió a pequeños brincos hasta llegar a la palma de mi mano, y allí descansó, por un segundo entre mis dedos, como si estuviera en su propio nido. Cuando acercaste la mano para acariciarla, emprendió el vuelo y el otro pájaro voló detrás.

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Medium 9788483935286

Let’s talk about the weather

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Let’s talk about the weather

 

Indicios.

Hay indicios que apuntalan su existencia –son solo indicios, sí, pero cómo no interpretar, cómo no leer así su coincidencia, su aparentemente aislada existencia–, existencia decía de una conjura, un secreto pacto, entre los fabricantes de ascensores, los diarios deportivos, los filósofos de la levedad posmodernos, los inteligentes fabricantes chinos de teléfonos inteligentes:

un complot mundial inconfesable, inaparente, por no se sabe qué rencores, la verdad.

Quieren acabar con el tiempo.

No oh tiempo tus pirámides

No o tempora o mores:

el tiempo a secas.

 

Brilla el sol

Llueve

Nieva

Menudo frío hace: ese tiempo.

Nada parece tan falto de substancia, aparentemente, como hablar del tiempo y, sin embargo, notables indicios apuntan, ya lo advierto, hacia una confabulación: borrar del tiempo, de ese otro tiempo de la historia, una escena: dos desconocidos, un ascensor, hace calor eh, sí, menudo día nos espera.

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Medium 9788483935354

Vinieron de dentro de

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Vinieron de dentro de

 

Pues es lo propio del hombre reír.

Rabelais, Gargantúa

 

La primera vez que las escuché pensé que estaba soñando. Eran las cinco de la mañana y ni Marta ni yo estábamos despiertos para lanzar aquellas sonoras carcajadas.

El problema es que estas han seguido interrumpiendo mi sueño las tres últimas noches. Y cada vez a la misma hora. El proceso es siempre igual: empiezo a escucharlas en sueños y mi vuelta a la vigilia coincide con el final de las risas. Una vez despierto, estas ya no vuelven a oírse. Sé que no es un sueño porque esas últimas carcajadas suenan en la habitación. En la realidad. No en mi cerebro. Cuando las escucho sé que estoy despierto y que en ese momento yo no estoy riendo.

Descartado que fuera un simple sueño, supuse que todo se debía a que Marta reía dormida. Pero aunque suele hablar, incluso discutir en voz alta mientras duerme, nunca la he oído reír. Ayer, después de que las risas me despertaran, vigilé el sueño de mi mujer durante un rato, pero estas no volvieron.

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Medium 9788483935750

Artrópodos y hadanes (una fábula)

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Artrópodos y hadanes (una fábula)

 

*

 

¡Lo juro por los mares peludos de la Estrella Negra y por la brisa viscosa de Ol! ¡No es un prejuicio! ¡Nunca he puesto en duda nuestra hermandad!

No me importa que tengan dos extremidades menos que nosotros, ni esas uniones extrañas de su cabeza con el tórax, y del tórax con el abdomen. Tampoco pienso que su inteligencia sea menor, pues es notorio que, para algunas cosas, puede ser muy superior a la nuestra. No es por ahí. ¡No soy un maldito racista!

Donde me parece encontrar una diferencia enorme entre ellas y nosotros es en la sensibilidad. Por eso digo que somos en el fondo muy distintos. Lo que pretendo asegurar es que, en lo que se refiere a la sensibilidad, hay un punto, un límite, a partir del cual ellas y nosotros ya no tenemos nada en común. Enfrentadas a situaciones que para nosotros serían motivo de gran turbación, o por lo menos de desconcierto, ellas mantienen una indiferencia, o mejor una frialdad, que parece propia de seres de otra naturaleza.

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Medium 9788483935323

No temas, Jack

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

No temas, Jack

 

 

I

 

Solo si Jack es capaz de mantener en alto la escopeta, si logra permanecer apuntando un tiempo considerable, este cuento puede llegar a alguna parte. Será necesario que la situación continúe siendo la misma, es decir: que la mirada del cañón no se desvíe, no encuentre distraccio­nes, ojos quebrados en grito, manos sudadas; es decir: que la distancia que existe ahora mismo entre Jack, su mensaje de pólvora y ese hombre sobrecargado de ten­sión en la mandíbula debe ser igual, es necesario todo el tiempo, porque un centímetro de variación, un movi­miento inesperado, el nervio y la traición de un pie que se deslice, precipitará, tal vez, el final de este cuento, las razones de Jack, la recompensa de una muerte. Y, al menos en este cuento que se planea, la resolución de una vida, si es que la hubiera, deberá responder a un motivo concreto, a ningún otro. Pero, sobre todo, será necesario, condición sin la cual nada, que Jack maneje y tenga bajo control –y sin soltar la escopeta– los extremos de la cuerda que anuda todo, el tiempo y el silencio, tal y como estaba antes de empezar el cuento y como debería per­manecer cuando este acabe. Tendrá, Jack, que proteger ese vacío sonoro que había en el momento anterior a levantar el cañón, clavarse la estaca de la culata en el hombro. Mantener intacto el silencio al que precederá el descerrajo que se ha quedado fuera de este cuento. Es importante, porque si Jack no es capaz de apresar tam­bién ese silencio, escuchará entonces la música de las sirenas, las ambulancias que llegan y, un poco antes, el choque del metal contra el terreno, el arma que cae, las manos que se destensan y, un poco antes, la queja inútil de una garganta que se ahoga, el dedo traicionando la precisión sobre el gatillo y, desde luego, la pregunta que el hombre lanza sin permiso

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Medium 9788483935781

De ratones y princesas

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

De ratones y princesas

 

Para Javier Goñi

 

Desde aquella oficina creía haber visto de todo, hasta esa mañana.

Creía haber visto lo que podía dar de sí la parte norte de la ciudad, los pequeños robots jardineros sobrevolando en las primeras horas del día, con sus lentas evoluciones, los parterres, los setos y los árboles, los aerotaxis llegando silenciosamente a las terrazas para depositar viajeros o suministros, y alzando luego el vuelo con su aspecto de grandes escarabajos, las blancas tanquetas de la patrulla de vigilancia recorriendo desde el aire las calles solitarias en sus rondas puntuales.

Creía haber visto incluso todos los matices de la casa sin ventanas, cuyas paredes eran opacas durante el día, con un color ocre que igualaba su superficie, pero que iban haciéndose traslúcidas conforme se extinguía la luz solar, hasta que en la noche se mostraban en ellas los enormes rectángulos dorados de las repentinas ventanas.

El norte era la zona en que residían los pudientes y los millonarios, y allí sería insólito que hubiese transeúntes por las calles sin aceras, o que pudiese verse algún animal suelto. Pero su oficina, en aquel edificio gigantesco, residuo de unos tiempos lejanos en los que la urbanización de las ciudades se concebía de otro modo, tenía también un ventanuco al sur, y desde aquel punto era posible contemplar la otra mitad urbana, la ciudad de su costumbre, donde él había vivido siempre, con aceras por las que circulaban animales sueltos, y mendigos, y delincuentes, y gentes sin empleo capaces también de hacer cualquier cosa para sobrevivir.

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Medium 9788483935354

Celebración en familia

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Celebración en familia

 

Para Carlota, por sus sueños

 

La fiesta estaba saliendo tan bien que no sabía cómo decirles que no me iba a suicidar. La felicidad se podía leer en los ojos de todos mis familiares, aun cuando eran conscientes de que ese día yo debía morir. Incluso había venido el primo Braulio, como perdonándome lo mal que se lo hice pasar cuando éramos niños. Fotografías, regalos (no para mí, claro, hubiera sido estúpido), abrazos, botellas de champán abriéndose sin cesar. No recuerdo un momento semejante junto a mi familia. Ni siquiera en Navidad. Lamentaba defraudarlos, pero aquel ambiente tan relajado, ver a todos juntos pasándolo bien, me hizo cambiar de idea.

Al principio lo había tenido claro. Todavía resuenan en mis oídos las palabras del médico: enfermedad incurable, tres meses de vida, dolores insoportables... El suicidio me evitaría la angustia de la cuenta atrás y el sufrimiento físico. Mi familia lo entendió perfectamente. La idea de la fiesta fue de mi padre. Mi madre se encargó de preparar todos los detalles de mi entierro (El ataúd es precioso, hija mía, me dijo feliz).

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Medium 9788483935750

Ensoñaciones

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Ensoñaciones

 

16 de enero. Has viajado hasta esa ciudad para presentar la novela de un colega amigo que ha recibido un premio literario. Descansas en la cama del hotel antes de que tenga lugar el acto. Suena el ruido, bastante molesto, del sistema de acondicionamiento de aire. Aunque has viajado solo, parece que hay alguien en el cuarto de baño, y aceptas esa presencia con la apatía ante los hechos insólitos propia de los sueños. La presentación se celebrará a las siete treinta, pero por esa torpeza y esa lentitud invencibles comunes también a los sueños, te retrasas. Sales al fin del hotel, hay mucha gente en la calle, buscas el lugar, dan las ocho, las nueve, no eres capaz de encontrarlo. Comprendes que estás perdido, sientes desasosiego, y en ese momento despiertas. Te levantas a oscuras, sales de la habitación, buscas a tientas tu mesa en el estudio de tu casa, enciendes la luz y, medio dormido todavía, anotas ese sueño que tanto te ha desazonado. Vuelves a la cama esperando seguir soñando el mismo sueño que, dentro de su capacidad para inquietarte, tenía intensidad y certeza. Estás en la cama del hotel, pero, aunque has viajado solo, notas que hay alguien más en la cama. Extiendes la mano y percibes un cuerpo. Enciendes la luz. En la cama, a tu lado, hay un anciano, con aspecto de vagabundo, de mendigo, que parece estar muerto. Sales de la habitación. Entras en el estudio de tu casa, para llamar a la policía. El cuaderno de notas donde anotaste el sueño no está sobre la mesa, y comprendes que todo ha sido un sueño. Vuelves a la cama, donde no hay nadie. Suena con firmeza el dichoso sistema de climatización del hotel. Se acerca la hora en que debes asistir al acto de presentación de la novela premiada.

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Medium 9788483935736

Reunión conmemorativa

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Reunión conmemorativa

 

El viajero dejó la estación y, al cruzar el puente, se encontró con dos antiguos condiscípulos, abrigados en sus gabardinas. Inmóviles, ambos contemplaban el río. Les llamó y se volvieron con lentitud.

–¿No me reconocéis? ¿Tanto he cambiado?

Ellos sonrieron, pero no decían nada.

–¿Qué fue de los demás? ¿Qué fue de don Augusto?

Encogieron los hombros. Se separó de ellos y cruzó las calles solitarias hasta llegar al Instituto, que estaba vacío y silencioso. Encontró a don Augusto entre los polvorientos archivadores.

–Al fin has llegado –dijo don Augusto, suspirando–. Eras el único que faltaba. Ahora sí que todo ha terminado.

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Medium 9788483935118

Paranoias

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Paranoias

 

 

 

Bien haya quien desprecia

Esta fábula necia

De honores, pretensiones y lugares (…)

Lope de Vega, La Gatomaquia

 

 

 

I

 

Alma soñó que la perseguía el profesor V., un hombre redondo como Humpty Dumpty que llevaba una banderita nacional y la agitaba convirtiéndola en guadaña. Cada vez que Alma quería hablar, el profesor V. le ordenaba que callara. Si escribía una línea en su cuaderno, gritaba: ¡uuuuh, está mal! Si comentaba algo, ponía las manos en bocina para gritar: ¡tooontaaa! Entonces Alma intentaba esconderse entre las hierbas, pero el profesor V. sacudía el verde con su bandera mientras berreaba: ¡mátenla! Así que un buen día, conmovida por tanta dedicación, se cortó la cabeza, la puso en un plato y se la sirvió al profesor V.: era la única manera de responder a un odio tan apasionado.

 

II

 

Alma se acercó a la cocina, donde el profesor V. estaba cortando un bacalao.

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Medium 9788483935620

Aberraciones

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Aberraciones

 

Uno de los fracasos más estrepitosos de la multinacional BioLabs Corporation –después de la creación años atrás del oso polar de color pardo, o de la serpiente con orejas de elefante, que como una pesada mariposa de carne no podía despegarse del suelo– fue sin duda el proyecto del megatauro.

Concebido como un animal de guerra, el megatauro estaba dotado de un esqueleto de adamantio, oculto bajo una tonelada de músculo. Sus brazos podían volcar los más pesados carros de combate, su pecho era una coraza de ligamentos, su cuello un bastión inexpugnable. Sin embargo, cuando la torre de carne apenas llevaba unos meses en el ejército, la casualidad quiso que fuese descubierto su punto más débil. Bastaba recitar algún verso dirigido a la luna, como La luna vino a la fragua con su polisón de nardos, o Luna refulgente, antorcha de la noche, o ¿Qué haces luna, en el cielo? ¿Qué haces silenciosa luna?, para atravesar aquellas capas y más capas de tendones; el poema tocaba al instante su tierno corazón, y la bestia quedaba ovillada en el suelo deshaciéndose en sollozos.

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Medium 9788483935040

La calidad del aire

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

La calidad del aire Lo siguiente que sé es que salgo de la fiesta el lunes por la mañana. Salgo, me echan, no estoy seguro. Pasó aquello. La música se interrumpió con un graznido. Estoy fuera, con los nudillos rojos. Nada que hacer en la calle. En aquella calle. Me quedo así, un minuto y medio, dos, deslumbrado por el sol, el corazón en las piernas. Mis zapatos. Alzo la cara hacia el cielo o hacia el odio. Me echan. Quiero perderme.Perderse no es tan fácil. Requiere superar grandes obstáculos, huir de los lugares comunes, de los hábitos que nos cercan, esquivar escrupulosamente las caras conocidas de amistades y familiares para las que significamos algo y tenemos un pasado que nos narra. Sobre todo eso, las caras. Nada que recuerde la carcoma de la costumbre, asomando su gran cuerno de rinoceronte. Elegir, entre dos calles, la peor, la más húmeda, la que tiene el suelo borracho y un aire de cremallera abierta. Calles con cara de cremallera, eso puede ser la solución. Perderse es una disciplina para la que se necesita valor y algo de entrenamiento.

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