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Enciclopedia de testas ilustres

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Enciclopedia de testas ilustres

 

Grandes momentos históricos: Ana Bolena y María Antonieta coinciden en la peluquería.

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El príncipe con mil enemigos

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

El príncipe con mil enemigos

 

 

 

Todo el mundo será tu enemigo, Príncipe con Mil Enemigos, y cuando te atrapen, te matarán. Pero primero tienen que atraparte, excavador, escuchador, corredor, Príncipe de la veloz reacción. Sé astuto y llénate de trucos y tu pueblo nunca será destruido.

 

Richard Adams

 

 

 

–Maestro: no quiero alarmarlo pero tiene un alacrán caminándole por todo el omóplato.

Con esta frase, tan semejante a su ampulosa poesía erótica, el licenciado Ramón Moctezuma Vélez, director de educación del municipio de Río Bajo, interrumpió mi lectura en la Casa de la Cultura de San Uberto.

Reaccioné con gallardía. En vez de pegar de berridos, al estilo de mi amigo Esteban Gallego cuando lee en voz alta, me limité a dar una ligera sacudida, como si bailara la samba, para que el animal escurriera. Y lo hizo. Pero no sin antes, me temo, hacerme sentir el piquete de su aguijón.

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Medium 9788483935156

Madame Nené

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Madame Nené

 

Sin dejar de caminar, Josema miró hacia abajo y se encontró con el azul de su pantalón de gimnasia. Vistas desde arriba sus piernas le parecieron demasiado gruesas, como si fueran de otro. También notó que el agujero de sus zapatillas se había abierto un poco más: recordó el vértigo de aquella jugada, durante el recreo. Los dos más bestias de la clase acercándose al área. La pelota de plástico anaranjado en tierra de nadie, justo a medio camino, botando ligeramente. Y él, debajo del travesaño, deseando evaporarse. Pero había un prestigio que defender. Todos los de su equipo le gritaban que se tirase al suelo o despejara, que si mándala a un lateral, que si métele un patadón, que si esto o lo otro. No debía cagarse por nada en el mundo. Estaba completamente cagado. Dio un paso hacia atrás para tomar impulso, entrecerró los ojos, apretó los labios, arrugó la frente y se lanzó hacia los dos bestias de la clase, que ya alcanzaban la pelota. El choque fue terrible. Por un momento Josema pensó que se había muerto, pero cuando levantó la cabeza vio cómo todos llegaban para felicitarlo y lo ayudaban a levantarse. Entonces, mientras comprobaba que todos sus miembros seguían unidos al tronco, se dio cuenta de que el calcetín le asomaba por la punta de su zapatilla derecha.

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Medium 9788483935309

Los fantasmas de la Torre

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Los fantasmas de la Torre

 

–Lord Dim es célebre por ese tipo de cosas –comentó lord Leighton Buzzard con una leve sonrisa–. Ustedes saben que no hay castillo inglés sin su fantasma. Lord Dim asegura que en la Torre de Londres abundan más que en ningún otro de Inglaterra, tantos al menos como pobres desgraciados fueron decapitados allí. La parte del alma que ocupaba el cuerpo persigue por siglos a la parte que ocupaba la cabeza. Muy pocas veces logra alcanzarla. Si lo consigue y las dos partes se unen, el alma abandona para siempre la Torre. Lord Dim estima sin embargo que aún deambulan por aquellos corredores más de mil almas partidas en dos. Son esas fuertes corrientes de aire que como coletazos invisibles circulan a media altura entre aquellos muros, dejando en el visitante una sensación desapacible y turbadora.

 

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Medium 9788483935286

¿Hacia dónde abre esta ventana?

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

¿Hacia dónde abre esta ventana?

 

Lu no hace más que trajinar en las ventanas, me pone nervioso. Lo veo alzarse en la pequeña escalera, mover las hojas, sube, baja, desliza los trapos y se desliza él. Tras él el aire zarandea las palmeras como un flequillo. Veo su sudor desde aquí, sentado mientras ordeno y paso a limpio notas. Tiene la piel ya morena, recién horneándose en la primavera que oscila. Si me acercase vería vibrar sus vasos sanguíneos por encima de los músculos. Me pone nervioso, se abisma sobre la calle, pisa los alfeizares como quien atraviesa un salón que conoce a oscuras. Tararea. Se lo digo:

Tíooo, me estás poniendo nervioso, coño, no te asomes tanto.

Sonríe sin mirarme, y tararea, y levanta el pulgar, y luego el corazón. Y pone los dos pies en los raíles de los cristales, a seis plantas de intentar volar. Sonríe, pura exhibición, la camiseta gris deja al aire su cintura. Regreso a las notas para no mirar, la tarde se enrosa encima del mar, los pájaros manchan las fotos de los turistas, hay rumor de viento y rumor de vida lejana que pareciese olas. Paso a limpio frases que quedan como los cristales tras el trasteo de Lu, provisionalmente limpias, fijas, hasta que sean el aire húmedo o la lluvia o el polvo una película que opaque la mirada, una veladura, un glaucoma silencioso que cae sobre el lenguaje. De pronto siento sed, mucha sed, estoy mirando el mar, se deslizan gotas a lo largo de las hojas líquidas que nos separan del mundo cuando el mundo es inhóspito, y veo caer leves chorros desde los trapos y la mopa que Lu maneja, y siento una enorme sed. Me levanto, y antes de ir a la cocina grito a Lu, Tíooo, quieres beber algo. Ahora sí me mira y sonríe, no sonríe sino sigue sonriendo, la expresión correcta es sigue sonriendo, no para de sonreír, todo el tiempo, y ahora sigue haciéndolo y asiente, saca el pulgar al aire y el aire no lo mueve, y dice, Coca. Y voy a la cocina y mientras saco una lata de la nevera casi vacío un litro de agua que cae como piedras o pecados a mi estómago –no sé por qué pienso eso después, caer como pecados, como culpas en el estómago–, y pongo hielo en un vaso alto y me apetece de pronto otra a mí y saco más hielo y otra lata y las vacío sobre el hielo que se dilata y quiebra y se transforma –o vuelve a ser quien fue, lo que fue, no sé por qué escribo quien fue–. Con los dos vasos en las manos cruzo el salón y llego al cristal que me separa de los cristales que Lu está limpiando, limpio sobre limpio, golpeo el escaparate con el codo, y con el cuello le hago gesto de que entre. Asiente, sonríe –continúa sonriendo–, baja, deja el bastón telescópico en el cubo, y se seca las manos en la camiseta antes de entrar. Yo ya estoy sentado en el sofá, mirando hacia afuera. Se deja caer, el flequillo se agita como una palmera. Tras unos segundos de hundimiento, se adelanta hacia la mesa baja y toma el vaso. Da un largo trago.

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Medium 9788483935743

La caricia

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La caricia

 

Aquella loma bendecida por el sol por la que pasea­ba era como el vientre liso de una bella mujer. En eso pensaba cuando lo que le pareció una mano gigante cayó sobre él.

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Medium 9788483935309

El último

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El último

 

–Un inglés ideó un artefacto para conseguir plumas de ángel –intervino lord Leighton Buzzard–. Y es curiosa la historia ¿no es cierto, Bruce?

–Pues sí –replicó lord Wandsworth–. Curiosa historia y curioso personaje su inventor. Hoy se cree que se trata nada menos que de Jack el destripador. En principio era un muchacho normal, ni muy bueno ni muy malo, ni muy listo, ni muy tonto, ni muy alto ni muy bajo. No destacaba en nada. No era el primero y tampoco el último. Porque, desde las palabras de Jesús, los últimos serán los primeros, estos y aquellos se tocan y a veces se confunden. «¿Qué me tendrá reservada la vida? –se preguntaba–. No destaco en la caza del zorro, no tiro bien a pistola, no escribo bien, no tengo el mejor oído del mundo, no estoy dotado para la música, no soy el mejor con los naipes. Algo habrá en lo que sea el primero, pero ¿qué?». Siempre que iniciaba una actividad nueva tenía la esperanza de ser muy bueno en ella. En cierto modo exploraba sus habilidades con la emoción del descubridor que se adentra en los lugares más recónditos del mundo. Un día pensó que, si no estaba a su alcance ser el primero en un ámbito de valores convencionales, podría serlo con facilidad en aquello que la sociedad había proscrito y se dedicó a asesinar semejantes. Pronto sus crímenes debieron de parecerle escasa compensación a su mediocridad e ideó un artefacto para matar ángeles. Por fortuna sus propósitos no se cumplieron, o al menos no se cumplieron del todo, porque con la singular ballesta que construyó lo único que consiguió –y eso muy de vez en cuando– fue ver cómo caían de las alturas algunas plumas brillantes, plateadas, sólidas y evanescentes al tiempo. Eran plumas de ángel.

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Medium 9788483936016

El vendedor de zapatos

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

El vendedor de zapatos

 

El vendedor de zapatos no quería agacharse más. Y la profesora no quería enseñar más porque los chicos se burlaban cuando hacía su voz algo campanuda para sentenciar: El siglo xx, ese centón de ignominia... Y una mujer llevaba las bolsas con pesar infinito, la cabeza repleta de ideas encadenadas y ni un solo recuerdo. El conductor de tren solía mirar por la ventanilla tan lejos como podían sus ojos. Y el vendedor de zapatos, que ya no quería agacharse.

 

Ese chico es feliz cuando el dueño del taller le da propina; llevssará a su novia al cine o a la discoteca; y luego buscarán un lugar donde abrazarse. El joven dijo me alegro de dejar el instituto porque sus amigos no tienen dinero para invitar a sus ligues, mientras él coge a capricho, las manos frotadas y bien limpias, un billete de la cartera.

 

La tarde era de plomo como una tapadera. La publicidad tan insignificante que aquello parecía un presidio. Y el vendedor de zapatos se dijo que no quería agacharse.

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Medium 9788483935828

Memoria de las virutas rubias

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Memoria de las virutas rubias

 

 

I

 

Pasada la cuesta que llaman de la Zapiquera, acaso porque siempre tiene un águila por encima, hilvanando con sus giros los pensamientos de cuantos van y vienen, hace la vía un quiebro que parece una renuncia a seguir el curso del río. Prefiere en esa vuelta abrazar al monte, que se aleja del agua, y asomarse a valles más modestos mientras desciende suavemente. Allí, a media falda del castañar, es el reino del viento que trae tristezas atlánticas, y nubes. Si se da reposo a los pies, en el silencio recién ganado manda enseguida un murmullo que en los oídos es ilusión de antiguos ruidos. Primero se finge vapor distante y suena como una respiración esforzada que no acabara de acercarse nunca. Vuelve uno la cabeza, casi convencido de que un tren llega, por fin. Y es el momento de reparar en que el monte sangra por un reguero de agua memoriosa de hierro. Su rastro cárdeno entre los helechos pudre las traviesas del raíl, camino de precipitarse ladera abajo en busca del río retirado. El agua tan delgada de julio se descuelga por un muro de piedra y gotea sobre una teja de pizarra medio oculta en las ortigas, una teja que después de un rato suena a lo que uno quiera, por ejemplo a herramienta dócil de carpintero. Y así es como brota, coronada la cuesta Zapiquera que abre el valle a vegas viciosas de manzanos, la memoria de la gubia de José Puga, que sobre un tocón de roble horada su laborioso destino, igual que un tren de vapor entra en un túnel y echa al aire su arte de chispas volanderas, como virutas cándidas.

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Medium 9788483935255

Propia moral

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Propia moral

 

En una aldea perdida de Madagascar la justicia se imparte de una forma original, ya que existe un cuerpo establecido de leyes comunes pero a la vez se dispone que, al cumplir los veinte años, cada poblador comparezca ante un juez para expresar allí cuál es su idea personal del Bien y del Mal. Como consecuencia de esta práctica, los individuos deben acatar no sólo un código social sino también otro hecho por sí mismos, a la medida exacta de sus convicciones. Ocurre muy seguido que ambos códigos sancionan actitudes contrapuestas, lo que obliga a una moderación extrema o, llegado cierto caso, a la inacción perfecta en tal o cual terreno. Al antropólogo alemán que divulgó todo esto en Occidente le llamó la atención que, por lo común, la justicia acabase condenando muchos más episodios de desobediencia a la ética privada que a la ley general. Nada en apariencia más sencillo y en realidad más difícil que cumplir con la propia moral.

 

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Medium 9788483935064

Jardín

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Jardín

 

Esta noche ella cultiva un jardín secreto para dedicárselo a alguien, tal vez a alguien que odia o que ama, pero no sabe a quién, porque ahora mismo no cree que ame a nadie y mucho menos que odie.

¿Cómo se cultiva un jardín?, no tiene la menor idea, ni siquiera le duran las flores de Navidad, pero esta noche ella juraría que sabe hacerlo, incluso diría que ya es una experta ahora que cultiva uno. Es un jardín curioso, lleno de piedras de río de varios tamaños que hace ya tiempo escogió ella misma y que luego fue pintando de rojo sangre –algunas pocas de azul–. Justo hace un rato ha terminado de encajar con furia cada una de esas piedrecitas en la tierra húmeda y esponjosa.

En los intersticios de las paredes que delimitan su jardín, hace varios meses sembró las semillas de grandes flores exóticas de colores quizá demasiado vivos; flores voluptuosas que, poco a poco, ha visto crecer. Esta noche también ha modelado, aquí y allá, montañas de una arena de gamuza que se llama «arena dulce», aunque ella no sabe por qué.

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Medium 9788483935477

Las palabras del genio

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Las palabras del genio

 

 

Primera

 

– Arder el presente el pasado esta noche que todo se abrase – papeles ni uno fotos la correspondencia espantosa palabra periódicos apuntes los libros inútiles ¡ah! currículum memoria – A la mierda con todo – carnes de muerto desecho trampas – ¡Fuoooossss! Saben las llamas flores del alcohol os regalan otra esencia – miradlo – pútrida historia quién os echa en falta – erais nada a ello volvéis maldición – fuego fúndelo todo – ilumina ese cuarto mesa cortinas alfombra armario – calienta ¡Quema! Empieza no pide permiso corre lame salta llena desborda crece nadie puede detenerlo viene – cabrón embiste se topa con todo lo come mastica avanza hambre no acaba es dueño – absoluto – cuidado conmigo atrapa la puerta – la vida será nueva – salgo

– ¿Dónde se han metido ahora? – vecinos recogidos miedosos sus podridas casitas dónde estáis puertas cerradas no ven lo que hago – jua jua jarajuá – prefieren no saber – ¡Truncalancantrunctruncalantrun! Ascensor – ya me voy ya me voy creed se gana algo incrédulos – no le parece que este aparato cada día suena más el señor no lo quiera un día ocurre una desgracia ¡Jua ja ra jajuá! – para qué ese espejo aquí dentro para joder las visitas que nos veamos la cara amargados por la mañana – mira esta navaja ¡Crianckch! a tomar por culo ¡Crunnjckch! ¡Cacrjjjounnch! mejor así verdad más limpio con el fondillo por fuera me lo agradecen seguro

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Medium 9788483935415

El duelista

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El duelista

 

Siete caballeros habían muerto por la acción de su espada, seis por la de su pistola. Quien aceptaba su reto, inevitablemente moría. Ni muy instruido ni muy ingenioso, había dedicado su vida al cultivo de las armas, y se le tenía por el más atrevido y valiente de los hombres, hasta que desafió a un rústico hidalgo de Cabueñes, venido a la Corte por razón de un pleito sobre unos pastos de montaña. El rústico, que tenía ese derecho, eligió el hacha. Hubo entonces que consultar a varios tratadistas, porque el gran duelista impugnó la elección. Pero se esgrimieron varios memoriales en los que quedaba demostrado que muy reputados caballeros habían usado el hacha, así en la defensa de Constantinopla como en la toma de Granada. El hacha, pues, debía ser el arma del duelo. A la hora fijada únicamente se presentó el rústico. Y nada más se supo del prestigioso espadachín.

 

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Medium 9788483935125

El río, el río

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El río, el río

 

La mujer está de pie en el muelle y observa el río. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la falda de su vestido estival revolotea sacudida por el viento. Si no fuera por ello y por el caracoleo de su cabellera oscura, parecería una estatua. El río, en cambio, bate sus aguas inquietantes. En busca de peces, dos pájaros oscuros se lanzan como pedradas y gol­pean el brillo.

Este no es un río como los de Europa. Tiene aguas turbulentas derramadas de tal modo sobre la llanura que no se puede ver la otra orilla. Imaginarla, sí se puede. Divisarla, también. En días muy claros, un borroso daguerrotipo anuncia el país vecino. La mujer está acostumbrada a estudiarlo largamente desde la ventana de su alto departamento, cuando el cielo tiene una palidez cristalina, y entonces ella sueña con otras vidas posibles que suceden a lo lejos. Desde allí también ve su propia ciudad, adormilada más abajo, como un animal perezoso.

Hay un hombre sentado en un banquito y sostiene una caña de pescar. Está colocado en línea paralela con la mujer y de pronto sale de su ensimismamiento para mirarle las piernas. Lleva sentado ahí desde que amaneció, sólo se distrae con el triángulo luminoso de los veleros que flotan a lo lejos, con las piernas de la mujer. Ella siente el peso de esos ojos y se sostiene la falda que, súbitamente, abraza sus caderas. Luego lo olvida y deja flamear la tela amarilla contra el azul.

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Medium 9788483935446

Vidas cruzadas

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Vidas cruzadas

 

Tener una hermana gemela no es algo que se escoja –tiempo al tiempo– pero, y eso puedo asegurarlo hoy con una certeza absoluta, es algo que no se elegiría aunque así pudiera hacerse. Me dirán que dependerá del caso, que habrá gustos para todo, que a cada cual le va según su experiencia. Pues no: puedo asegurarles con una convicción incuestionable que, en el fondo del fondo, a nadie le gusta verse repetido y ya desde su nacimiento conocer una de las verdades más aplastantes con las que, tarde o temprano, todos debemos enfrentarnos: no somos únicos.

Tenemos que conformarnos, no obstante, con la suerte que nos toca. De un modo u otro, mi hermana gemela y yo hemos ido cumpliendo años en armonía, si bien es cierto que, en más de una ocasión, al mirarme en el espejo he pensado que yo no era yo, sino ella y, por el contrario, al mirarla a ella he llegado a pensar que se trataba de mí. Sé que a mi hermana le ha sucedido otro tanto. Ni siquiera nuestros padres han podido distinguirnos. Es difícil entender semejante confusión si no se ha sufrido nada similar, pues parece sencillo detectar los límites de la propia persona.

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