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Velocidad de los jardines. Dedicatoria

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Velocidad de los jardines

 

 

 

a Concha L.

 

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Medium 9788483935606

El columpio

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

El columpio

 

Me acuerdo de cuando confundimos la muerte con un columpio.

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Medium 9788483935743

El azar

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El azar

 

¿Puede el azar conseguir que un mono tecleando una máquina de escribir durante millones de años componga El Quijote de la Mancha? En eso pensaba el ornitólogo Artemio Alcántara cuando desde su mirador de Doñana observó que la bandada de gansos que surcaba el cielo camino del norte dibujaba claramente cinco letras que formaban la palabra VAMOS. Seis meses después, los gansos, de vuelta a Doñana, dibujaron en el cielo la palabra VENIMOS. ¿Podría ser que ese mismo mono tecleara además las palabras del Hamlet?

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Medium 9788483935293

Casi tan salvaje

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Casi tan salvaje

 

Salvaje. adj. coloq. Dicho de una actitud o de una situación que no está controlada o dominada.

 

Encendía la radio y al instante la apagaba. Aquello resumía su paso por el mundo. El paso de quien compraba una falda por la mañana y la devolvía por la tarde; de quien cantaba a las seis y lloraba a las seis y cinco; de quien había engendrado y ahora tenía una hija que la odiaba. Algo peor: su hija la despreciaba. Eva puso cuatro cucharadas de café en la cafetera, quitó una, el café se derramó sobre la mesa, lo recogió en el cuenco de su palma y volvió a meterlo. Extrajo de nuevo media cucharada. Sus manos convertían la acción más simple en un bucle con mínimas variaciones que sólo cesaba a costa de mucho esfuerzo. No, ella no era una mujer capaz de saltar de un puente. Ella era, sin más, alguien que pisotea un césped y retrocede sobre sus pasos para tratar de enderezar la hierba.

Su aspecto engañaba. Siempre había engañado. Una muchacha sensata, callada, dulce. «¡Qué dulce!», le decían. A ella. Ella que a la vuelta del colegio contemplaba cómo las mujeres desplumaban gallinas entre sus piernas. Las plumas acumulándose en la concavidad de sus faldas. Agarrar una gallina, retorcerle el cuello y desplumarla. Ser fuerte.

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Medium 9788483935965

Cosas

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Cosas

 

Si me peino mucho, un florero. Si me peino poco, una bestia. Ato y deslazo mi cabello. Lo ato y lo deslazo, lo ato y lo deslazo. Rosas y cadenas.

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Medium 9788483935620

Tiempo

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Tiempo

 

Hete aquí que he creado un mundo, sí, un orbe completo, y autónomo, poblado por un sinfín de seres diminutos a los que he cortado los hilos. Y ahora, al observarlos, moviéndose como si siguieran una lógica secreta entre las callejas de sus ciudades y en sus edificios y en sus miniados parques y avenidas, me pregunto por qué siguen ese orden concreto. Por qué se empeñan en mantener esas insignificantes pautas en el entramado que tejen cada día con pormenorizado tesón. Pero míralos. Ahí están. Hoy compran pan y leche, mañana confabulan. Hoy, mañana, antes, después, ¿qué es todo eso? El pequeño tipo de aquí aspira a un ascenso en su trabajo, aquel de allá solo piensa en conseguir la ropa interior de la hija de su vecino, y la joven chica sueña con conocer a alguien con quien quizá ya se ha cruzado, una, seis, mil veces. Todos esperan, planifican, proyectan, se enredan, inventan causas y efectos. Y sí, yo me pregunto: ¿Por qué no lo desordenan todo? ¿Por qué no lo vuelan por los aires, y hacen lo que quieren hacer de una condenada vez sin perderse en la cadena de pequeñas acciones para mí inescrutables? He creado un mundo, fui yo, lo admito. Y como no tenía otra cosa a mano, lo hice con ese modesto tiempo lineal de andar por casa que, tengo que reconocerlo, ni siquiera yo comprendo.

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Medium 9788483935446

La gran emoción

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La gran emoción

 

El escritor, joven, con una primera novela en el mercado, sintió una profunda y emocionante gratitud cuando vio que uno de los clientes –¡un desconocido!– de aquella librería en la que él estaba firmando ejemplares el día del libro –mejor dicho, esperando a que se le presentara la oportunidad de firmar el primer ejemplar de su vida–, cuando vio, decíamos, que ¡el desconocido! se le acercaba con su novela acompañada del tiquet de compra necesario para que él procediera a estampar su firma. El hombre le sonrió con afabilidad y le pidió, por favor, que lo dedicara a Fernanda. Pluma en mano y corazón caliente, el que se consideraba a sí mismo firme valor de las letras, comenzó la dedicatoria: «A Fenanda». Releyó lo que hasta entonces había puesto y vio con horror que había cometido su primera falta en el nombre de la susodicha. No podía tachar; le pareció más adecuada una aclaración. Prosiguió así: «Mejor dicho, a Fernanda, este mi primer libro o, para decirlo con mayor justicia, mi primer libro publicado –puesto que otros había escrito antes de igual altura pero menor fortuna–, a Fernanda, pues, de la mano de su sin duda elegante amigo, o padre tal vez, o compañero o, en definitiva y para escribirlo de un modo directo, la persona que ha decidido regalarle este humilde libro producto de la imaginación de mi más humilde aún persona, con el deseo...». Una vez llegado aquí, el hombre, impaciente, dijo al joven autor: «Mira, oye, esta noche le das el libro a tu padre, que mañana me lo lleve al trabajo, ¿vale? Que tengo un poco de prisa o, mejor dicho, me están esperando».

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Medium 9788483935743

Una deuda saldada

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Una deuda saldada

 

Alberto, con un full de ases reyes en la mano, ya no tenía dinero, ni bienes que apostar. Guido, mientras empujaba hacia el centro de la mesa todas sus fichas y ­todos los pagarés que él mismo le había firmado, le dijo: «Esto vale un polvo de tu hija.» Alberto empalideció, pero su situación era tan catastrófica que, más que detenerse en lo que aquellas palabras tenían de ofensa, se agarró a ellas como a una tabla de salvación. «Ella no lo aceptará nunca», comentó. «Eso es cosa mía», replicó Guido. Alberto hizo un gesto de conformidad y, como si pusiera a su propia hija sobre la mesa al lado de los pagarés y fichas del otro, mostró sus cartas. Perdió. Guido tenía un póquer. Pasaron los días. La hija de Alberto huyó a Roma advertida por su padre. Guido, advertido también por Alberto de su paradero, la siguió y cobró su deuda. A la salida del departamento romano donde la violó, le esperaba Alberto, quien le disparó tres tiros, uno en la cabeza y dos en el pecho. Alberto ignoraba si Guido oyó sus palabras, pero las dijo bien alto. «Ahora estamos en paz».

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Medium 9788483935309

El Pastor de almas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Pastor de almas

 

–El ser humano es insaciable –dijo lord Cheddington–. ¿Recuerdan la desaparición de aquellas siete mujeres en el área de Guildford, en Surrey? La primera en desaparecer fue una maestra de la localidad, autora de cuentos infantiles. La segunda, una chica del coro de la catedral, su voz más armoniosa. Todas eran adorables, guapas, alegres, espíritus refinados y sensibles. En dos o tres años, fueron asesinadas una detrás de otra; sus cadáveres aparecieron en los lugares más dispares: un arroyo, un silo, una fábrica abandonada… Habían muerto de un golpe en la cabeza, un golpe certero y único, dado de arriba abajo con un objeto de metal. Ninguna había sido asaltada sexualmente, ni siquiera sus ropas habían sido removidas, al contrario, se apreciaba incluso algo de recato en la forma en la que el asesino había dejado sus vestidos al abandonarlas. El superintendente Gull de Scotland Yard empezó a sospechar del pastor de la localidad, el reverendo Crook, un hombre muy querido, gran conversador, de una gran facundia en realidad, obsesionado por la buena cocina, afición que había adquirido en Francia. El superintendente reconoció luego lo muy útil que le había sido en la investigación su experiencia infantil en Gales en casa de un tío materno que regentaba la hacienda del gran señor del condado. Los días en que el conde venía acompañado de numerosas visitas se sacrificaban los mejores corderos, entre ellos los favoritos del niño, aquellos con los que jugaba y a los que amaba. A todos vio morir durante los veranos que pasó allí. Y no era raro que fuera el propio conde o alguno de sus acompañantes quienes los eligieran. Así, pasaban de la vida a la muerte, mientras el niño lloraba en su cuarto. ¿Y qué tiene que ver esto con los asesinatos del reverendo? El superintendente vislumbró una luz difusa que no era capaz de identificar, pero que relacionaba con su experiencia de Gales. Y semana tras semana hacía hablar al reverendo mientras tomaban el té. El reverendo era un hombre de convicciones tan grandes como montañas; solo había que esperar al pie de ellas para recoger sus palabras en alud. Hablaban de cocina, de delicatessen, de las glándulas gustativas, de las glorias del paladar. Y no fue una confesión arrancada, sino una confidencia, el secreto que se entrega con delectación a un correligionario. El reverendo creía que el ser humano se mostraba incapaz de satisfacer a su Creador porque no lo entendía. «Dios, de quien estamos hechos a imagen y semejanza, como Supremo Ente Espiritual, ha de alimentarse de espíritus –razonaba– lo mismo que nosotros nos alimentamos de carne. Pero qué espíritus son esos, si mujeres tan delicadas y sublimes como aquellas jóvenes solo pueden llegarle, salvo accidente, ya ajadas por los años o estropeadas por la enfermedad. Mejor ofrecérselas ahora en la flor de su vida, con sus espíritus tan firmes y bellos como sus cuerpos».

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Medium 9788483935743

Agradecimiento celestial

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Agradecimiento celestial

 

En el cielo hay una mesa a la que se sientan los criminales que habiendo sido ejecutados salvaron su alma mediante la gracia de una última confesión. Sus jueces y verdugos, no obstante el agradecimiento eterno de los ejecutados por habérsela permitido, evitan a toda costa compartir mesa con ellos.

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Medium 9788483935620

Mundos inconciliables

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Mundos inconciliables

 

En ningún momento pensé que el canto de aquellos crustáceos ondulantes podría atraer nuestra nave hasta la superficie de aquel planeta acuático; ni que terminaría enamorándome perdidamente de aquel percebe de metro y medio, estilizado, sutil, embriagador, sin ningún tipo de extremidad o de apéndice que enturbiara su perfección; ni que necesitaría tantos y tantos de aquellos larguísimos días para explicarle qué extraña cosa, qué objeto inconcebible era un simple anillo de compromiso.

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Medium 9788483935415

Faulkner en Lot

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Faulkner en Lot

 

Desde niño le fascinaban los automóviles. Cuando por San Juan llegaban «los caballitos», Vieito rompía su pobre hucha y gastaba los ahorros de todo un año en subirse a los coches de choque. Un jovencito de la calle Ordoño II le golpeó inopinadamente en el costado trasero y su coche giró tres veces sobre sí mismo. Algunos de los que esperaban coche se burlaron de su cara de susto, no solo las amigas del niño pijo, sino, lo que es peor, Adela, sobre todo Adela, y también Cristina, que montaban un coche cercano.

Vieito, a una edad en la que otros estudiaban todavía el bachillerato, entró de aprendiz en el taller de Calo Portomeñe. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, apenas hablaba con nadie y rehusaba tomar copas con los compañeros. A pesar de los kilómetros que tenía que caminar cada día, no quiso emplear sus primeros ahorros en una bicicleta. Su ambición era mucho mayor.

Tuvo que esperar varios años más, yendo a pie al trabajo con frío y viento, con lluvia o sol, con nieve o calor, hasta que al fin lo consiguió: un coche usado, uno de aquellos Seat mil quinientos que reparó y cuidó como a la niña de sus ojos. Luego, durante muchos días, a la salida del trabajo, también sábados y domingos, se mantuvo apostado en su coche en una de las calles del extrarradio que desembocaba en lo que todavía es carretera de Madrid.

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Medium 9788483935866

Las notas vicarias

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Las notas vicarias

 

Rafalito López llegó con la noticia a mi casa cuando todavía no me había levantado, y claro, yo di lo que se dice el salto de la cama. No era para menos: después de infinitas gestiones en secreto, su padre había podido comprar el viejo piano del cine Capitol, y esa misma mañana lo había colocado sigiloso en el cuarto de mi amigo para sorprenderle el despertar; así pudo verlo, todavía lleno de polvo y polillas, en un ángulo de la habitación, nada más abrir los ojos. Las primeras palabras que pronunció Rafa fueron estas: «¡Coño, el ratón Pérez!», pero enseguida notó que todavía tenía el diente, aunque ya prácticamente suelto, y que aquello era demasiado grande y por cierto conocido, con lo que dio en abrir los ojos todo lo que pudo y decir, sin más: «¡¡Hostia, el piano!!».

Por supuesto, los dos hicimos cabras (entonces en Cortegana se hacían cabras, que no novillos) y pasamos media mañana tragando polvo y la otra media metiendo pajitas en los agujeros de la madera para sacar unos bichos que o no estaban o nuestra depurada técnica para sacar grillos no servía con ellos. Luego recuerdo que comimos poco y de prisa y que la tarde se nos fue volando, a pesar de que nos acercamos a la huerta de mi abuelo por las ramas de cerezo y que Rafa echó lo suyo con la navajilla para sacar de la madera más bien dura las siete teclas que faltaban, dos de ellas de las negras.

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Medium 9788483935286

Tomás Rodaja se contempla, desnudo

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Tomás Rodaja se contempla, desnudo

 

Lo complejo de ser de cristal no es la eventual fragilidad de tal estado, sino que la suma de esos elementos que se consideran la vida pase a tu través sin que constituyas para ellos más que la oportunidad de una leve refracción.

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Medium 9788483935620

Matriarcado

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Matriarcado

 

Podía sentirse su presencia con varios días de antelación. El suelo cuarteado del desierto temblaba y aquella parte del mundo, antes inerte, parecía anticipar la llegada de la vida.

Los primeros en aparecer, colmando de una sola vez toda la línea del horizonte, eran los más jóvenes; apenas conseguían avanzar entre enormes esfuerzos, con extrema lentitud, sin dejar de sostener en los brazos a sus bebés, que permanecían unidos a las entrañas de sus madres por aquellos cordones umbilicales indestructibles. Detrás, muy cerca, casi pegados a sus espaldas y cada vez más estrechos entre sí, estaban sus propios progenitores. Los hombres como cabos sueltos, las mujeres trenzando con los hilos indelebles de su vientre aquel inmenso árbol genealógico. Tan solo unas filas después comenzaban a trabarse los muertos. Cada vez más numerosos, los cadáveres se enredaban en el manto pesadísimo de aquella especie de presencia única, cuya historia acababa en punta a varios kilómetros de distancia –como la cola de una novia– en la madre original.

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