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La decisión

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La decisión

 

«Reconócelo, pensabas que era diferente a los demás, pero también te ha fallado. Se fija en otras. Habla con ellas» –se retuerce las manos, camina de un lado a otro de la habitación–. «Es normal, no puede dejar de relacionarse con todo el mundo» –entrecierra los ojos, mira su imagen reflejada en el espejo–. «Pretendes engañarte. Tienes que cortar antes que sea demasiado tarde. No puedes permitir que suceda lo mismo por séptima vez...». –mueve la cabeza de un lado a otro, con violencia–. «Sabes que los mato para librarlos de sí mismos. Imagínate qué cruz, ser como son. Como eran. Pedro es distinto, hay que darle tiempo» –coge una foto de encima de la mesilla y la rompe en trozos pequeños–. «¿Tiempo? ¿Para qué? Ya ha demostrado de sobra la clase de hombre que es» –pisotea los trocitos que ha tirado al suelo–. «Otra vez no, por favor.Ya no soporto la sangre» –llora dos o tres lágrimas–. «Hay otros métodos» –se pasa la lengua por los labios–. «¿Por ejemplo?» –se mira de nuevo en el espejo–. «No sé, el cianuro» –se contesta–. «Es doloroso» –hace una mueca de asco–. «Estrangulación entonces» –se encoge de hombros–. «Imposible. Hace falta fuerza» –chasca la lengua–. «No creas. Ya sabes lo que se dice: más vale maña que fuerza» –se arrodilla en el suelo, se aprieta las sienes con las manos abiertas, crispadas–. «No quiero más crímenes. Pedro tiene que ser mi gran amor» –se levanta un poco la falda y se aprieta el sexo con la palma de la mano. A esas alturas ya sabe que ha vuelto a ganar su yo asesino.

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Hiperrealismo / Surrealismo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Hiperrealismo / Surrealismo

 

Diario 20 Minutos, Madrid. Lunes 27 de octubre de 2008. Año IX. Número 2021.

El alcalde de Madrid pone difícil reciclar pero multará al que no lo haga. Faltan cubos en el centro y sur de Madrid, y se incumple la indicación dictada por el Ayuntamiento de tener «un contenedor amarillo en cada portal y de vidrio y papel cada 75 metros». Pese a ello, no separar basura tendrá una sanción de 750 euros.

Además, un tercio de los españoles no puede casar trabajo y ocio. Sólo el 7% de las empresas tienen políticas de conciliación laboral. «La modernización de la empresa española ha hecho que sus trabajadores hayan tenido que estar más horas en el trabajo». Esta realidad perjudica gravemente la vida familiar. Sólo el 25,78% de los trabajadores con al menos un hijo menor de quince años se pueden permitir cuidarlo. Es decir, tres de cada cuatro familias en España no pueden cuidar de sus hijos y necesitan que les echen una mano.

Pero bueno, la Premio Príncipe de Asturias de la Concordia ha declarado que «para arreglar el mundo hay que llegar a los corazones».

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A89, La Transeuropéenne

Iban Zaldua Editorial Páginas de Espuma ePub

A89, La Transeuropéenne

 

Kraftwerk

Autobahn

Philips, 1974.

 

–Tengo que comentarte una cosa: estoy harto de esa música tuya. ¿No podríamos escuchar algo más normal, menos repetitivo? ¿O la radio, al menos? ¿O nada?

Esto es lo que le diría a Asier, si me atreviera. Pero no sé cómo se lo tomaría. Mal, supongo. O soltaría una de sus risitas sarcásticas y seguiría conduciendo como si nada. A fin de cuentas, el coche es suyo. Lo más probable es que me contestara:

–No tienes más que ir por tu cuenta.

Sabe que no tengo carné de conducir, ni otra alternativa que ir con él. Una vez al mes, estoy en sus manos para poder ir a visitar a mi hermano a la cárcel de Roanne, departamento de Loira. Solo hay dos presos vascos allí, mi hermano y el primo de Asier. He viajado alguna vez en tren, pero es un follón y, además, hay que quedarse a dormir. Con Asier, aunque sea una matada, lo hacemos en el mismo día: siete horas de viaje de ida y otras siete de vuelta, más descansos y lo que dé de sí la visita; casi mil quinientos kilómetros en total. Pero, como dice Asier, el coche tira bien y las autopistas francesas son las mejores. Después de las alemanas, claro, suele añadir a continuación.

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Ah, las fábulas

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Ah, las fábulas

 

El caimán hizo recuento y constató que a lo largo de la semana apenas llegaba a zamparse una decena de peces, media docena de cangrejos, tres tortugas y un par de ratones.

Convocó a toda la fauna de aquella ciénaga, y les hizo saber el estado de la cuestión. Desde ese momento los cangrejos dejarían de comer pequeños peces y se limitarían a las plantas. Los peces gato no robarían los huevos a las tortugas, y buscarían su carroña en el fondo de la charca. Las tortugas podrían satisfacer sus necesidades de proteínas con insectos, pero también tendrían igualmente prohibidos los peces, y ni hablar de tocar a los ratones, que con suerte, pensó, se multiplicarían como conejos. Les explicó que estaban en crisis, que habrían de apretarse el cinturón hasta que llegaran tiempos mejores, que todos tendrían que remar juntos porque al fin y al cabo estaban en el mismo barco, y que él, sin duda, les dijo solemne, iba a ser el principal perjudicado: después de todo habría de comérselos mucho más flacuchos e incluso menos nutritivos.

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Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

 

Myriam Rabidovich había sido desde siempre mi mejor amiga. Crecimos en Chivilcoy, cerca del viejo molino, donde hay calles de tierra, fuimos juntas a la escuela primaria, luego a la secundaria, más tarde compartimos una pieza de pensión en Buenos Aires y nos apuntamos a un curso de diseño de modas. En esa época intercambiamos vestidos y blusas, pantalones ajustados y hombres a los que besamos y que nos querían manosear. También aprendimos a caminar como modelos.

En el verano anterior al fin de los estudios juntamos todo nuestro dinero y nos fuimos de vacaciones. Al regresar a clase hicimos el proyecto de vivir juntas y de poner un negocio donde venderíamos nuestras propias creaciones. Pero ese mis­mo semestre Myriam decidió abandonar los estudios para casarse.

Por supuesto que asistí a su casamiento, que se celebraría poco antes de Navidad. Yo estaba en Buenos Aires estudiando, y ella había regresado a Chivilcoy, así que viajé unos días antes porque Myriam estaría sola y quería ayudarla con el vestido. Beto era viajante, ofrecía detergentes y esas cosas de las tintorerías, para ello tenía que recorrer el país de una punta a la otra. Viajaba en micro, porque para entonces todavía no habían podido comprarse un auto de segunda mano, pero decía que no le importaba.

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La poza en el atardecer

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

La poza en el atardecer

 

Solo cuando los años hacen cristalizar la memoria, adquiere su verdadera perspectiva la primera ocasión de cualquier experiencia: el encuentro con la muerte, una rareza cenicienta en el rostro del abuelo inmóvil; los tocamientos excitantes de aquella niña vecina, en un desván lleno de libros viejos; la traición del supuesto amigo, que cuenta, para burla de todos, un secreto que le has confiado; aquel beso amoroso que ha favorecido, en algún festejo, la noche primaveral…

Puesto a escoger, hay una imagen que tuvo también para mí la dimensión de las revelaciones, y es la del mundo acuático, al descubrirlo desvelando su imperturbable nitidez. Había empezado a nadar muy pronto, y las aguas de ciertas playas del Cantábrico, o las de algunos ríos montañeses, fueron mis lugares natatorios infantiles. Nadaba siempre con los ojos abiertos, intentando desentrañar el borroso perfil de lo que se extendía bajo la superficie del agua. Aprendí instintivamente a zambullirme, y los espacios difusos, desfigurados, que mis ojos advertían, estaban llenos de brillos movedizos, de formas sinuosas, de inusitados contrastes de color.

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La espera

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La espera

 

–Hace dos días paseaba como hago cada mañana por Kensington Gardens –dijo lord Winson Green– y cerca de la frondosa entrada que lleva a los aseos decidí entrar a aliviar mi vejiga, no por acuciante necesidad, sino para completar la larga caminata más confortablemente. Un vagabundo se me adelantó. Venía en diagonal a mí y estaba más cerca de la puerta. Era alto y estirado, iba sucio, con un gorro de lana ceñido a la cabeza a pesar de que el sol apretaba, de la espalda le colgaba una mochila tan grande y ancha como un saco, además llevaba en la mano dos abultadas bolsas de plástico. No quise coincidir con él y decidí esperar a que saliera. Esperé un buen rato. Aceché durante más de media hora. En ese tiempo entraron y salieron algunos individuos. Pero el vagabundo no salió. Me decidí a entrar. Todas las puertas de los retretes estaban abiertas de par en par. En uno de ellos el vaso estaba arrancado y el agujero al aire, la mochila abandonada y abierta, como si hubiera tomado de ella las cuatro cosas imprescindibles, sobre ella un trozo de papel higiénico en el que, con letra firme pero torpe, se leía: «Escribiré».

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Falsas historias

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Falsas historias

 

Joseph era un niño tímido y apocado que se pasaba los días observando con admiración y envidia todo lo que sus compañeros eran capaces de hacer, ya se tratara de la vertical contra una pared, de fumar un cigarrillo a escondidas en los lavabos o de aprenderse un poema erótico de memoria. Todo lo que no fuera mirar le parecía cosa de titanes, heroicidades inaccesibles para él. Sin embargo, cada día, al llegar a casa, sus padres –preocupados por el aspecto siempre demasiado impoluto del muchacho– le preguntaban con interés qué tal día había tenido, qué había hecho en el instituto, a qué había jugado con los compañeros, cómo iba en el equipo de fútbol y demás cuestiones referidas a sus actividades, razón por la cual Joseph sentía que, para ser un buen hijo, tenía la obligación de mentir. ¿Cómo iba a decirles que no había hablado con nadie, ni jugado a nada y que siempre sin excepción estaba en el banquillo? Iniciaba entonces la única acción para la que sin duda estaba dotado –cada día más, gracias a la práctica–: la fabulación. Joseph mentía a diestro y siniestro. Inventaba para sí mismo un liderazgo inexistente, salpicado de anécdotas a cual más espectacular y jugosa, entre las cuales desde luego quedaban incluidos varios goles individuales, diversas felicitaciones por parte de los profesores, muestras de fidelidad incondicional de sus compañeros y una larga lista de proezas narradas con intensidad y maestría frente a las cuales, naturalmente, los padres quedaban extasiados y convencidos de la indudable valía y del enorme talento de su único hijo.

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Perros

Valeria Correa Fiz Editorial Páginas de Espuma ePub

Perros

 

Matías mira una vez más el viejo revólver de su padre. Lo va a hacer. Lo tiene que hacer él antes de que lo hagan los otros. Le debe al menos eso al perro y es lo que hubiera querido su hermano Francisco. Se lo había advertido mil veces al Fran, hacé rajar a este perro de acá, pero nada. Francisco era terco. Pibito de mierda, piensa Matías, y se limpia los mocos con el antebrazo. Que no lo vean llorar. Le falta solo eso. El Duque algo se huele porque escarba la tierra, hace un hueco y apoya la quijada. Ni la cola mueve.

Afuera se van juntando todos. Puede distinguir el vozarrón de Braian por encima de los gritos de los otros, pero no comprende lo que dicen. La lluvia golpea las chapas del techo. Por una de las esquinas está entrando un poco de agua. Desde que se les murió la madre, Matías solo se ha preocupado por comer –cuando puede– y dormir. No ha hecho nada por la casa. La intemperie y la mugre no perdonan, y ahora esto. Casi, casi que se daría con paco o pegamento para juntar coraje. Tendría que mendigarle un poco al Laucha Acevedo. Pero no lo hizo antes ni cuando lo de la madre ni anoche con lo de su hermano Francisco. No lo iba a hacer ahora.

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Buscarle las pulgas a alguien

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Buscarle las pulgas a alguien

 

Las pesquisas dieron comienzo hace apenas tres días. Todos han seguido de manera metódica los planes trazados, han respetado horarios y turnos pero, de momento, la búsqueda ha sido infructuosa, así que el número de Baldomero ha tenido que suspenderse por tiempo indefinido. Se ha valorado incluso la posibilidad de poner algún anuncio en el periódico, pero quizá, han pensado los de la compañía, la medida no iba a servir más que para alertar al pueblo en el que tienen contrato para tres semanas. A veces en el grupo cunde el desánimo. «Son demasiado pequeñas. Es imposible recuperarlas», dicen unos. «Hay que hacerlo. Baldomero no puede actuar sin ellas». «¡Pero si desde donde está el público no se ven!», apuntan otros, cansados ya de tanto esfuerzo vano. «Es una cuestión de ética profesional», argumenta Baldomero, ofendido, y luego sigue llamándolas a cada una por su nombre. El liderazgo pasa de mano en mano; nadie quiere dirigir la expedición. Cuanto más las buscan, menos las encuentran y más irritado se muestra Baldomero, de quien todos conocen su pasado violento. (Una vez, una novia suya que sentía un incómodo cosquilleo en el hombro derecho mientras hacían el amor se dio una palmada contundente y, al levantar la mano, vieron que debajo yacía el cuerpo sin vida de una de las pulgas de Baldomero. Este no dudó en darle el mismo destino a la novia, a quien aplastó no con la mano, sino con la puerta del armario. Las enterró juntas. Pasó en la cárcel dieciocho años, feliz porque allí recogió un montón de aquellos insectos). De modo que todos los miembros del circo se han prestado a buscarle las pulgas a Baldomero. Cualquiera no. De ahí.

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El alféizar

Mercedes Abad Editorial Páginas de Espuma ePub

El alféizar

 

Hacía un tiempo espléndido, pero dudo que ese fuera el motivo por el cual Nush y yo nos habíamos sentado en el alféizar de la ventana de mi habitación, con las piernas colgando a cinco pisos del suelo mientras bebíamos coca cola directamente de la lata, Nush con cierta lánguida displicencia que yo trataba inútilmente de imitar. A las almendras saladas que mi madre nos había puesto en un platito para acompañar la bebida no les habíamos hecho ni caso, aunque, como siempre, yo me moría de ganas de hincarles el diente, pero por algún motivo me pareció que no sería poético precipitarme a zampármelas, al menos mientras Nush siguiera mostrando el mayor desinterés por ellas, como si no existieran. Por el amor de Dios, ¿cómo puede alguien mostrarse tan inhumanamente insensible a un platito de almendras? Abajo, los coches frenaban, a veces con cierto estrépito y rechinar de ruedas, cuando el semáforo se ponía en rojo para dejar paso a los peatones y a los coches que transitaban por la calle perpendicular. Después de que unos frenasen, se producía una breve pausa, un alto en el sempiterno rugir de los motores, como un desfallecimiento, porque los coches de la otra calle tardaban todavía unos segundos en ponerse en marcha; pues bien, en esos instantes yo temía que se oyera el rugido de mis desesperadas tripas.

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Ya lo entenderás

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Ya lo entenderás

 

Aquel día había ido a bailar con Tomás a un sitio distinto. Normalmente lo pasábamos en Afrosalsa, un lugar agradable que ofrecía buena música y donde ya éramos célebres entre la concurrencia. Decidimos cambiar por ver si conocíamos chicas nuevas. Tanto él como yo estábamos divorciados; acudíamos a discotecas o salas a divertirnos las noches de los sábados y mantenernos en forma; no anquilosarnos en el arte de trabar relaciones con mujeres, y de seducirlas, quiero decir. Conocí a Tomás en una academia, los dos coincidíamos en que bailar bien era el medio perfecto para conseguir rápidamente compañía femenina. Sin embargo, la mayor parte de las veces nos volvíamos juntos en su coche o en el mío. De tarde en tarde, él o yo nos separábamos con una conquista y ya no nos veíamos. Cuatro o cinco días después uno telefoneaba al otro; sin necesidad de preguntar nos enterábamos de lo sucedido.

Subí en el ascensor mirándome en el espejo. El cristal oscuro difuminaba los detalles, de manera que mi aspecto mejoraba un poco. El sudor se me había enfriado en el cuerpo y, a pesar de la chaqueta, notaba frío. A causa de la bebida, sentía una capa de vapor adherida a mi cerebro. Pensé en tomar una aspirina y acostarme.

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Náufrago

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Náufrago

 

Como me temía, detrás de la botella llegó el náufrago. Desde el balcón del faro lo vi bracear en busca de la orilla. Tumbado, cubierto de algas, lamido por las olas, permaneció inmóvil sobre el saliente de una roca. El mar rompía a sus pies. El cuerpo encogido, periódicamente bañado por la espuma, me hizo pensar en un despojo del océano que ilustraba el tránsito de la vida marina hacia el reino del aire. Con dificultad, acaso con dolor se puso en pie. Caminó despacio, estorbado por las algas que iban resbalando de sus hombros. Erguido sobre el horizonte lo vi crecer, acercándose hacia el faro. Me pareció que temblaba en su desnudez.

Bajé inquieto a recibirlo y antes de que golpeara la puerta me ofrecí a sus ojos abriendo una manta que lo arropase. Desde el umbral le mostré el camino con un gesto. Subió las escaleras lentamente, dejando huellas de sal en los peldaños. Ya en la cúpula del faro, bañado por la claridad de del sol, se giró para besarme las manos. Sentí en la piel el agua que goteaba de sus cabellos. Antiguas hospitalidades de los griegos me invadieron la memoria y así lo atraje hacia mí, amistoso en el abrazo. Chillaron las gaviotas a nuestro alrededor y el náufrago, con los ojos idos al cielo, buscó la puerta del aire. Murmurando gratitudes dio la vuelta al mar, asido al balcón del faro. La manta que lo cubría barullaba como una vela trastornada por los vientos.

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Fumar y presumir

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Fumar y presumir

 

 

 

A la flaca

 

 

Escondidos en el maizal, niños y niñas hacemos pipas de fumar. Ahuecamos bellotas, les clavamos una pajita y las llenamos con barbas secas de las mazorcas. Robamos fósforos de la cocina y encendemos nuestras cachimbas. Y a echar humo. Nosotras comenzamos a toser y nos cansamos altiro. Preferimos jugar con los pelos del choclo. Son morenos y rizados, perfectos para guardarlos en nuestras bragas y presumir.

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La caza de las moscas

Ronaldo Menéndez Editorial Páginas de Espuma ePub

La caza de las moscas

 

La ciudad está agujereada de estos viejos cinematógrafos, cines a la antigua, malamente recuperados en una urbe que se cae a pedazos. Oscuro, todo oscuro. Es una película del mejor director polaco, según Teo.

La primera escena muestra a un sujeto que se agita, la cámara tiene el punto de vista del sujeto. Es un punto de vista nervioso, casi angustiante. Parece que sus pasos son ese gotear de un caño mal cerrado cuando el viento tuerce la caída de cada gota. Esos son sus pasos. El sujeto avanza por pasillos donde hay fotos de Lenin, entra en una oficina, encara a una mujer. La mujer, es evidente, no ha tenido sexo desde hace mucho tiempo. La actriz quizá sí. Ella, que empieza a hablar con el hombre, no. Es la editora jefa y despide al hombre, o acaso lo rechaza, esto no se comprende bien. ¿Lo está echando del trabajo o está rechazando su solicitud?, le pregunto a Teo. Teo nunca responde a estas preguntas.

Teo está a mi derecha.

Todo es tan oscuro. Todo puede cortarse en lascas.

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