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Libertad

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Libertad

 

«Usted que, según me consta, es un buen nadador, dejó que su hijo, un niño de doce años, muriera ahogado delante de sus narices –dijo el juez, que añadió–: ¿Cómo puede explicar su conducta?» «Señor Juez –replicó el acusado–, el amor a los hijos no tiene ningún mérito: está inscrito en nosotros por la Naturaleza. Todos los padres del mundo se hubieran lanzado al agua en mis circunstancias para rescatarlo. Yo no.» «Eso ya lo sabemos. Pero ¿por qué?» «Mi libertad está por encima de todo –replicó el acusado que, ante la perplejidad de los presentes, añadió–: Busco liberarme de ese imperativo que ha puesto en nosotros la Naturaleza, igual que el homosexual es más libre al romper el código de la perpetuación de la especie en sus relaciones de amor. ¿Cree ­usted, Señor Juez, que me fue sencillo dominar mis impulsos para no lanzarme al agua y rescatar al niño?».

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Medium 9788483935415

Estupor

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Estupor

 

De unos años a esta parte los autorretratos de Van Gogh, artista que, según es sabido, no vendió un solo cuadro en su vida, están sufriendo una extraña alteración. El trazo de pintura se desvanece o se deforma casi siempre en la misma zona de los lienzos. Los expertos discuten, pues no son capaces de encontrar diferencias apreciables en la composición química de los colores empleados. No, desde luego, que expliquen esa deformación paulatina de las cejas del pintor alzándose en una mueca que va mucho más allá de una expresión de perplejidad.

 

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Medium 9788483935958

País en armas, héroes de barro

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

País en armas, héroes de barro

 

Nunca envidié a mi hermano Alfonso, porque para alguien como yo, devoto de las intimidades del hogar, los libros y las aficiones sencillas, su vida representaba una continua agitación. Mi hermano trabajaba en el gobierno y llevaba muchos años transitando por distintos puestos de responsabilidad (coordinador de algo, jefe de algún departamento, subdirector de aquello, director adjunto a alguien), puestos que, en su opinión, nunca estaban lo suficientemente bien pagados para tanta obligación como habían echado sobre sus hombros. Trabajar para el gobierno puede ser muchas cosas: aburrido, abnegado, heroico o alimenticio. Pero en el caso de mi hermano se convirtió en algo aún más extraño: una excusa para llenar su agenda de insignificantes compromisos.

A pesar de que nuestras vidas transitaban por sendas muy distintas, Alfonso y yo nos profesábamos una lealtad entrañable y fraternal. Se interesaba por mis problemas, quizás en cumplimiento de alguna promesa que de él hubieran arrancado los azulados labios de nuestra madre en su lecho de muerte. Ella supo, con esa admirable intuición con que las madres vislumbran el porvenir de sus cachorros, que Alfonso progresaría en la vida y que sería necesario su concurso para que yo siguiera en pie, relativamente indemne, y no vencido por la depresión, la bancarrota o esa variada gama de adversidades que aguardan a las personas desprovistas de voluntad para otra cosa que no sea escribir.

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Medium 9788483935606

Tierra en los ojos

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Tierra en los ojos

 

Y de repente mi hermana Leonor se incorporó dentro de su ataúd y me apretó el antebrazo. Lloré de felicidad, pensé que después de todo Dios había atendido mis plegarias y su muerte no había sido más que una pesadilla. Pero entonces ella soltó una carcajada de ultratumba y dijo todo aquello de que llevaba diez años acostándose con mi marido en mis narices, sin que yo me enterara de nada porque era tonta perdida. Luego volvió a morirse y yo me pasé el resto del velorio con los ojos secos y su mano entre las mías, clavándole el filo de una llave en la palma hasta que cerraron el féretro.

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Medium 9788483935453

El año de los gatos amurallados

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

El año de los gatos amurallados

 

Sabían que en invierno tendrían que salir por agua. Hasta entonces habían sobrevivido gracias a un goteo que se filtraba por las grietas del túnel principal. A medida que aumentaba el frío en el subterráneo, el goteo había menguado hasta sugerir el nacimiento de una estalactita.

Fue justo esa imagen lo que encendió la hostilidad una tarde en que los cuatro se habían reunido frente a la clepsidra agonizante. Nos quedaremos aquí hasta convertirnos en hielo, sentenció Maida. Los demás mantuvieron la vista en el manchón de humedad. De pronto se desprendió del techo un goterón que había tomado horas en crecer. También Maida lo vio desintegrarse sobre uno de los rieles, también ella anticipó la sequedad de sus gargantas mientras el eco de la gota iba a refugiarse en la oscuridad del túnel, donde sólo el mayido de los gatos sabría responder al estertor del agua. La luz trastabilló en la lámpara de gasolina, Íñigo se inclinó para bombearla. Convencida de que su comentario no pasaría a mayores, Maida aflojó el cuerpo y suspiró.

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Medium 9788483935842

Leviatán

Valeria Correa Fiz Editorial Páginas de Espuma ePub

Leviatán

 

Era muy tarde cuando lo llamaron para advertirle de que se habían llevado también a Liza. Daniel no preguntó cuándo ni en dónde. No había tiempo que perder. Abandonó la pieza con la luz encendida y sus tres mosquitos. La canilla que goteaba. Dormitó solo diez minutos en un banco de la terminal y soñó con ella. El autobús para Esquel partió a las siete de la mañana del día siguiente. Desde allí lo ayudarían a escapar a Chile. Si todo salía bien, en menos de un mes estaría en Europa.

El país era ancho, el país era largo, el país era alto en la frontera con Chile. La abundancia de cielo, las nieves de los Andes, los ríos de deshielo hasta donde nadaban las truchas a contracorriente para desovar. Se lo había explicado Liza. Otra vez ella. Decía, a quien la quisiera escuchar, que el contrato con la revista Wild Waters la había llevado a través del continente americano por carreteras de tierra hasta la cama de Daniel. Su plan era permanecer una semana en Buenos Aires. Se quedó siete años. Había salido en moto desde Missouri para hacer una guía ictícola de América Latina, turismo para yanquis. Trajo poca ropa, dos cámaras y su guitarra. Fotografiaba con el pulso firme, cantaba con un leve temblor en las notas bajas, callaba en el orgasmo. La emoción contenida de quien cree que la vulgaridad diaria puede transformarse en portento. Había perdido el contrato con la Wild Waters pero había hecho negocio, decía, y restregaba la mejilla contra el kanji tatuado en el antebrazo de Daniel. El foquito miserable de la pieza le iluminaba la nuca y el enjambre de pecas en los hombros desnudos. Era muy blanca y su piel olía a yodo. Los mosquitos no la picaban. A veces, volaban por encima de la cabeza dibujando una corona imaginaria. El autobús ahora iba dejando atrás pueblos y ciudades, la pampa exagerada, un par de ríos, rebaños y fábricas. La tierra y sus fisuras que dejaban entrever las raíces de lo que quizá crecería. Se pueden trazar cartografías de los lugares pero el corazón de la gente, oh, that’s completely different, recordó Daniel. Los peces que la habían conducido a su lado se la habían llevado. El asombro ante la simetría permitía a Daniel alejarse del horror. Estaba muerto de miedo; los bandazos del autobús le ayudaban a disimular los temblores.

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Medium 9788483935545

Papillas

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Papillas

 

 

Detesto los fantasmas de los niños. Asustados, insomnes, hambrientos. El de casa llora desconsolado y se da de porrazos contra las paredes. De repente me vino a la memoria el canto undécimo de La Odisea y le dejé su platito lleno de sangre. No le gustó nada y por la mañana encontré todo desparramado. Volví a dejarle algo de sangre por la noche, aunque mezclada con leche y unas cucharaditas de miel: le encantó.

Desde entonces le preparo unas papillas riquísimas con sangre, cereales, leche y galletas molidas. Sigue desparramándome las cosas, pero ya no se da porrazos y a veces siento cómo corre curioso detrás de mí. Quizás me haya cogido cariño. Tal vez ya no me tenga miedo.

¡Angelito!, si hubiera comido así desde el principio nunca lo hubiera estrangulado.

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Medium 9788483935866

Plano abatido

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Plano abatido

 

No tuvo más remedio que hacerlo así, muy a su pesar. ¿Suicidio?, qué más da eso ahora; ¿intento de asesinato?, no, jamás se le habría pasado por la cabeza, él no lo hubiera llamado de esa forma, aunque a todas luces y en los archivos de la Policía pueda ser algo probable. No tuvo otra salida, ella le obligó sin darse cuenta; ella o la perspectiva en picado de ella, que no es lo mismo; ella o un eje imaginario que nacía en los ojos ansiosos de él y la atravesaba para fijarla a la tierra, ese nivel donde ella ya no era sino un abatimiento del plano a vista de pájaro que él poseía y volvía a grabar en su retina cada mañana. ¿Cómo explicarle ahora a los investigadores un amor aéreo, un deseo fugaz, que apenas dura una décima de segundo?

Se puede investigar lo puramente físico, lo material: sí, él se tiró sobre ella desde el balcón del sexto, y un instante antes de errar y caer a su lado gritó un «mi vidaaa» con una a larguísima que rebotó en el suelo también y se rompió en infinidad de trocitos pequeños de a mezclados con el deseo hecho añicos, trocitos de a que se lanzaron a su vestido, aprisionándola, manchándola de amor y locura; así permanecieron esos minutos como horas, ella quieta como una estatua a su lado, él desparramado finalmente a sus pies, vencido, o victorioso quizá, sin haber podido retener el instante vertical, el segundo mágico de donde le brotaba cada mañana un amor decididamente atmosférico, aéreo, inverosímil.

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Medium 9788483935736

Miedo escénico

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Miedo escénico

 

Llego al punto de la cita, junto a un teatro. Mis amigos me esperan, alegres pero nerviosos. En esa ciudad extranjera y desconocida, siento que he cumplido con un importante compromiso al recordar el lugar exacto de nuestro encuentro y llegar a la hora. Mis amigos me llevan a toda prisa hasta una puertecita en la pared, y me conducen, casi en volandas, escaleras abajo. Me dejo manejar, sin pensar en nada, satisfecho, aceptando sus manoseos como caricias. Me maquillan, me ponen una peluca, me visten con ropas gruesas y pesadas. Lo acepto todo plácidamente, como un juego, porque son mis amigos y no necesito saber en qué van a parar sus esfuerzos, aunque estoy seguro de que no va a ser una sorpresa desagradable. Por fin me sacan de aquel lugar y me llevan a otro espacio oscuro, donde me dejan, antes de alejarse y desaparecer. Un largo chirrido suena en el silencio, se enciende de repente la luz y me encuentro solo en medio de un salón en el que relumbran tres paredes cargadas de espejos y cuadros. Miro hacia la cuarta pared y comprendo que estoy en un escenario, desde donde puedo vislumbrar las cabezas de los espectadores que llenan el teatro, sentir el poderoso aliento de su curiosidad, mientras esperan que comience la función con las palabras que debe pronunciar el personaje que yo interpreto, un texto y una trama que no conozco, que ni siquiera soy capaz de imaginar. Nunca he sentido tanta confusión.

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Medium 9788483935187

La revancha

Ana María Shua Editorial Páginas de Espuma ePub

La revancha

 

¿Usted sabe hasta dónde llegaban los hematomas? Hasta las vértebras prácticamente de la víctima. En la segunda autopsia faltaba una parte del cuello y lo mismo se veían todavía las huellas de los dedos: el pulgar, el índice, el mayor. Extraordinario. Esa era la fuerza del Flaco. No tenía el músculo tradicional, abultado, del boxeador norteamericano. De la punta de la uña hasta el hombro, todo derecho como una barra de hierro.

Yo leí lo que salió en su momento en los diarios, en las revistas. Después escuché el juicio por la radio, como todo el país, pero distinto, porque a mí me tocaba en lo personal. El abogado de la familia de ella salió hablando del placer del estrangulador, le cito palabras textuales, que siente cómo se escurre entre sus manos la vida de la víctima. Dos cosas tengo que objetar: primero, al decir entre sus manos habló demás, porque fue con una sola, la derecha. Segundo, ¿qué placer? Veinte a treinta segundos hasta que la víctima pierde la conciencia. Placer cortito, y en esos treinta segundos el hombre pierde todo, mata a la mujer, deja huérfano al hijo, destruye todo lo que consiguió en tantos años, toda la gloria de campeón, todo. Entonces la gente se pregunta, cómo puede ser, cómo puede ser.

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Medium 9788483935996

La vida intermitente

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

La vida intermitente

 

En verdad os digo que la vida era perfecta, y existía solo para que ellos dos la consumieran, y ella era Sonia y él era Víctor, vírgenes ambos, qué nervios, y nada de lo que existe puede ser más perfecto de lo que es en este momento en que lo digo: si soy más feliz me desintegro. ¿Se amaban ellos porque estaban en el mismo curso o estaban en el mismo curso porque se amaban? Sonia compró un canario y se lo mostró. Compró un cuaderno de espiral y se lo mostró. Le compró a Víctor el regalo diez semanas antes del cumpleaños, no pudo soportar la espera y le entregó el paquete brillantemente envuelto con dos meses de antelación. Los autobuses eran estupendos, los círculos de café con leche en los mostradores eran sociables y el locutor de Radio Hora era notable, verdaderamente notable. Estatuas de caudillos muertos vigilaban la prosperidad de los parques. El mundo parecía recién lavado, el mundo se inflamaba como un pájaro con fiebre, y la vida estaba llena de pequeñas cosas fascinantes. Los ojos de Sonia eran grises o verdes o pardos, y hacía un buen uso de ellos. Las tardes eran apropiadas para besarse y los libros para ser adultos y sensatos. Hacía falta correr un poco por Noviciado para no perder el autobús de las once menos cuarto pero no importaba, les compensaba; Víctor veía a Sonia precipitarse hacia la plataforma con esa sensación de inminencia y desamparo que él detectaba en las mujeres que corren.

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Medium 9788483935774

Diversiones de un camino viejo

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Diversiones de un camino viejo

 

«Pero el mejor contando lo de Pintuco era Cardín», me dijo el juez que podía empezar, atribuyéndole la opinión a Erineo, el maquinista, y que calculara que eso lo habría podido decir poco antes del mediodía.

—¿Algo más, juez? —le pregunté yo.

—Si acaso que hacía calor —me respondió él sin dejar de regar las rosas. Luego se volvió hacia mí y añadió—: O piensa tú algo, que esto no es un dictado.

Así es que procedí teniendo en cuenta las recientes sugerencias del juez y algunos recuerdos más lejanos. Recuperé también unos apuntes tomados en su momento, cuando el juez me lo contó hará cosa de dos meses. Al terminar recorrí una tarde el camino viejo de Robledo. Había llovido y la tierra olía a polvo remansado. Por algunas orillas la tormenta había esparcido una prematura cosecha de manzanas.

Un hombre solo recorre el camino viejo de Robledo en hora y media. Al regreso le entregué el texto al juez, que aún no se ha pronunciado. Por ahora dice así:

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Medium 9788483935248

Malevolencia

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Malevolencia

 

Debo confesar que no soy tan bueno como algunos creen: a lo largo de la vida me he alegrado interiormente –mientras ponía cara de circunstancias– de la muerte de ciertos personajes, algunos relacionados con mi gremio, como aquel crítico prepotente o ese otro poeta de narcisismo insoportable, u otros que tenían para mí una presencia dañina en mi tiempo: tal política, tal oligarca… Bueno, una cabrona menos, un gilipollas menos, pensaba yo sin la menor piedad, el mundo ha quedado más limpio y respirable.

Sin embargo, ayer fui al estreno de esa obra de teatro y todavía no me he repuesto de mi tenebrosa sorpresa: el crítico despótico estaba allí, con sus gafas de culo de vaso, y el poeta ególatra con su aire excelso, así como el empresario esclavista y la política cacique, con otros muchos personajes cuya necrológica había ido apareciendo en los periódicos.

Ahora, en la cama, me he desvelado pensando en todos los que pondrán cara de póquer cuando se enteren de lo mío.

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Medium 9788483935255

Qué es la muerte

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Qué es la muerte

 

Hay dos maneras de saber a ciencia cierta qué es la muerte, y ambas en teoría son incompatibles. La primera es cuando muere un padre o una madre, un hermano o un hijo, en fin, alguien que lleva nuestra sangre. La segunda es cuando muere alguien con quien uno hizo varias veces el amor, no un par de encuentros ocasionales, sino alguien de quien, pese a los años –la memoria de los cuerpos es intemporal–, uno conserva el tacto o el olor. ¿Hemos estado dentro de un ser que ha muerto? ¿Hemos tenido dentro a alguien que murió?

Quizás el incesto sea el tabú por excelencia porque reúne ambas cosas antedichas: muy insoportable sería saberlo todo, de una sola vez, acerca de la muerte.

 

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Medium 9788483935163

El sendero de los durmientes

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El sendero de los durmientes

 

... el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo...

Jorge Luis Borges, «El otro»

 

En Lima casi nunca llueve. Ya he perdido la cuenta de los inviernos vividos y de los dientes que los años me han ido reclamando, mas conservo intacta la memoria de los ocasionales aguaceros de mi existencia. Cada vez que se acentúa el color panza de burro del cielo limeño, recuerdo reverente la primera vez que vi el mágico camino de plata. Aquella tarde comenzó con una fina garúa que se fue convirtiendo en diluvio a medida que pasaban los días. Los niños nos quedamos sin colegio, mi padre no pudo arrancar nunca más su vieja carcocha y hasta se ahogaron los pollos de la vecina, pero no los patos que nadaron a sus anchas. Después de siete noches lo descubrí: el agua había limpiado los añosos rieles del tranvía y una resplandeciente estela reverberaba entre los adoquines de Barranco para extinguirse en la oscuridad. Desde entonces se me ha presentado otras veces como un maleficio o una bendición. Por eso he venido a vivir a la vieja estancia serrana, donde se resecan las cicatrices de mis pesadillas y para morir junto a la vía del tren.

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