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Prueba de valor

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Prueba de valor

 

El multimillonario Filantras, hijo y nieto de millonarios, contrató, a través de un intermediario, a un pistolero con la misión de matarle. No había de ser un asesinato convencional. Filantras tenía que vivir bajo amenaza de muerte al menos durante dos horas al lado de su asesino. El pistolero secuestró al millonario con relativa facilidad tomando el lugar del piloto de su helicóptero particular. Lo llevó a una cabaña en el monte y le dijo que pasadas dos horas lo mataría. Filantras habló con el sicario y le ofreció el doble de dinero si le dejaba con vida. El pistolero tenía ética profesional y rechazó la oferta. El millonario la subió hasta los cuatrocientos mil euros, que era multiplicar por diez la tarifa del pistolero. Pero el sicario era persona seria y Filantras tuvo que llegar a la cifra mágica del medio millón. Desde la propia cabaña el millonario telefoneó a su banquero que no tardó en llegar. Era otro sicario, también contratado por Filantras, para acabar con la vida de su secuestrador. De ese modo, por sólo cuarenta mil euros, Filantras comprobó que tenía el valor y la serenidad suficientes para afrontar una situación límite.

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Medium 9788483935088

Hospital

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Hospital

 

A Momentary Lapse of Reason

Pink Floyd

 

I

 

Cuando por fin llegamos con mamá, nos dijeron que mejor volviéramos al día siguiente porque había cola y tardarían mucho en atendernos. Mi marido y yo intentamos explicarles que nos había costado un esfuerzo enorme vestir a mamá, hacerla salir de su cuarto y meterla en un taxi, y que iba a ser un contratiempo muy serio llevárnosla de vuelta a casa. Ellos nos contestaron que comprendían la situación, que podían ponerse en nuestro lugar y que incluso, de haber sido nosotros, ellos mismos se habrían sentido como nosotros. Algo así nos dijeron. Un tanto confundidos, estuvimos a punto de darles las gracias y nos marchamos del hospital.

Aparte del disgusto, la falda se me subía todo el tiempo y no sabía muy bien por qué me la había puesto. Iba también un poco distraída pensando en mis pies, que me dolían cada vez más, así que no me di cuenta de que mi marido y yo entrábamos a la vez en la puerta giratoria. Chocamos hombro con hombro y salimos despedidos, con tan mala fortuna que el pobre cayó al suelo, torciéndose un tobillo. Cuidado, Ramiro, por Dios, y viendo que mi marido apenas podía incorporarse, pensé: en fin, ahora tendremos que volver al hospital.

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Medium 9788483935415

Estupor

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Estupor

 

De unos años a esta parte los autorretratos de Van Gogh, artista que, según es sabido, no vendió un solo cuadro en su vida, están sufriendo una extraña alteración. El trazo de pintura se desvanece o se deforma casi siempre en la misma zona de los lienzos. Los expertos discuten, pues no son capaces de encontrar diferencias apreciables en la composición química de los colores empleados. No, desde luego, que expliquen esa deformación paulatina de las cejas del pintor alzándose en una mueca que va mucho más allá de una expresión de perplejidad.

 

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Medium 9788483935101

Estrella caída

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Estrella caída

 

La carrera al mar fue nuestro juego favorito durante tres veranos seguidos. Andrea y yo éramos grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, me ganaba todas las veces, a pesar de ese problema que tenía en los huesos corría más rápido que nadie. La carrera al mar nos divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas; madrugábamos solo para la carrera, el momento perfecto era el amanecer o la última hora de la tarde cuando al sol rojo ya se lo había tragado el mar y no podía cegarnos. Fue nuestro juego favorito hasta que pasó lo de la estrella. Entonces cambiamos de juego.

Andrea tenía un problema en los huesos, le crecían bultos al final de los huesos buenos, como los brotes de un árbol. Algunos ni se notaban de lo pequeños que eran. Tenía esos huesos raros sobre todo en los brazos y las piernas, el más grande lo tenía en la rodilla derecha. Ese sí podía verse a poco que te fijaras en sus piernas. Era del tamaño de un limón y crujía cuando Andrea se agachaba, sonaba como si estuviera a punto de romperse. Solía decir que los huesos raros le daban superpoderes, y lo decía muy en serio. Todo lo que salía de su boca era verdad universal. No había manera de discutir con ella. A veces hacía crujir el hueso de la rodilla solo para impresionarme. Creo que no le dolía.

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Medium 9788483935446

El peso de lo mismo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El peso de lo mismo

 

Para empezar, tenían dinero, mucho dinero, y ese pequeño gran detalle, en un mundo como el mundo en donde ocurrió lo que se relata, siempre supone una ventaja que lo facilita todo: abre puertas, abate muros, compra conciencias, etcétera. Y por ello, porque tenían dinero, mucho dinero, sabían que sus sueños no eran solo quimeras sino proyectos que tarde o temprano, cuando así lo desearan, iban a convertirse en realidad. Razón por la cual, cuando murió su hija –y sintieron ese dolor tan profundo, absoluto, necesario y desesperado que se siente ante la pérdida de un ser amado, se tenga dinero o no–, aquella preciosa criatura de quince años recién cumplidos, a causa de un accidente de tráfico sufrido con la moto que acababan de regalarle para celebrar su aniversario, decidieron negarse a la evidencia y fabricar, al precio que fuera, otra realidad a su medida, en donde aquello no hubiera ocurrido jamás.

Tenían contactos, por supuesto, gente con tentáculos aquí y allá, personas influyentes que les debían favores, incluso algún amigo, y no fue difícil, entre todos, acelerar el proceso necesario para llevar a cabo la solución encontrada: la clonación. Confeccionarían una criatura idéntica a la desaparecida. Es decir, volverían a tener entre ellos a su niña y lo supuestamente ocurrido no habría sido más que una pesadilla, una broma de mal gusto, una alucinación.

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Medium 9788483935088

La convocatoria

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La convocatoria

 

Esta mañana, muy temprano, he conocido a mi futuro hijo. Tenía los ojos pardos e incomprensiblemente vigilantes. No estoy seguro de que su mirada fuera alegre, además de sabia. Él parecía comprender su papel en aquella habitación: comprobaba nuestros movimientos con toda serenidad, recién nacido. Pero no había venido al mundo, sino que regresaba a él.

Era una vieja semilla prometida desde los años que no había visto.

Resbaló por la camilla hasta mis manos, con los miembros untados de un enigma blanquecino. Por un momento quedó suspendido en el aire, sus pequeñas axilas humedeciéndome los dedos. Fue entonces cuando me sonrió a mí, a su padre sorprendido por aquella paternidad repentina. Supe de algún modo que me hablaba y que aceptaba mi lenguaje. Lo abracé y le dije mi primera frase, esa que pronunciaré dentro de algunos años cuando haya concebido al hijo que ya tuve y aún no tengo. Conservo un tenue jirón de caricia en mi mentón barbado.

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Medium 9788483935446

El soñador

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El soñador

 

Si ahora pudiera seguir durmiendo hasta que me diera la gana, apagar el despertador y hacer como si no hubiera sonado, llamar por teléfono a Tania para que viniera a despertarme y luego llamar al jefe para decirle que no voy a volver ni aunque me aumente el sueldo y me cambie de despacho, si pudiera decirle a mis hijos que soy débil y que estoy cansado, si pudiera confesarle a mis padres que mi puesto en la empresa es inferior al que ellos creen, si tuviera la fuerza de voluntad necesaria para dejar de fumar, si mi ex no me llamara por teléfono todos los días para hundirme en la miseria, si tuviera un buen coche o un buen cuerpo, si fuera capaz de comprometerme de veras con algo, si creyera en algunos de los muchos dioses que hay a mi alcance, si no me sintiera culpable por cada maldito error que cometo, si supiera disfrutar del momento, si olvidara el pasado y no me angustiara el futuro, si tuviera confianza en mí mismo, si fuera capaz de perseguir una ilusión, si no tuviera miedo a la muerte, si no tuviera miedo a la vida, si no me mintiera tanto, si no estuviera cerrando la puerta de casa un día más, bajando las escaleras y subiendo al autobús después de haber apagado el despertador un día más, de haberme duchado un día más, de haber desayunado en el bar de Pura un día más, si no estuviera de camino a la oficina un día más, si pudiera no ser yo mismo por un día.

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Medium 9788483935385

Ascensor

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Ascensor

 

María se dispuso a esperar el ascensor sin pensarlo. Era una costumbre, no sólo suya sino generalizada, que no había por qué cuestionar, la de tomar el ascensor para subir o bajar unos cuantos pisos, sobre todo para subir, y era extraña e incluso estaba mal vista la persona que prefería las escaleras.

A su lado apareció un tipo al que conocía de muchas mañanas, de tantas como las que llevaba allí trabajando y coincidiendo con él a la hora de la entrada. Intercambiaron las mismas palabras de siempre y la misma sonrisa de todos los días, después de lo cual los dos se quedaron mirando las puertas metálicas del ascensor. Él tamborileaba sobre la esfera de su reloj y ella iba dándole al botón de llamada como si ese acto fuera a abreviar la espera.

Por fin llegó y ambos entraron, solos, en la caja. A ninguno de los dos le dio por titubear, por fingir que justo en el último momento había recordado algo que lo reclamaba en otra parte, a ninguno le dio por echarse atrás. Subieron juntos al ascensor como habían hecho tantos otros antes que ellos y como harían tantos otros después. Iban, además, a la misma planta, es decir que tenían algo nada desdeñable en común: ir a la misma altura, todos los días, a idéntica hora. Casi un destino.

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Medium 9788483935743

Granja Paraíso

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Granja Paraíso

 

Michael Dean, el cantante pop que se había hecho multimillonario con las ventas de sus discos, era un reconocido homosexual. Cansado del ajetreo de la vida artística se retiró a su granja de Australia. Vivía rodeado de caballos, toros, carneros, animales todos del sexo masculino. Como no podían procrear entre ellos, cuan­do alguno se moría, se veía obligado a comprar animales de las granjas vecinas. Aunque pagaba muy bien, era extremadamente exigente en sus adquisiciones. Nadie sabía cuáles era los criterios que le guiaban. Acaso por eso empezó a correrse el rumor de que los animales que elegía también eran homosexuales.

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Medium 9788483935514

La chica del UHF

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

La chica del UHF

 

 

Para Hipólito G. Navarro,

por la chica rubia de pelo casi verde,

y Juan Carlos Márquez

 

 

Eran tan pequeñas. Eso fue lo primero que pensó Antonio Puñales cuando por fin se atrevió a retirar la sabanita rosada que cubría sus dos cuerpos enmarañados. La sombra que había oscurecido el rostro pelirrojo de Puñales en cuanto entró por la puerta de la funeraria aquella mañana y le dieron el aviso, se hizo más intensa. Había que preparar para el entierro a un par de siamesas sin nombre y unidas por el tórax a las que no se había podido reanimar después del parto, le dijo su jefe Marcelo Limón, Deben estar listas para las doce. Antonio Puñales no contestó, tragó saliva y se dirigió al taller con los ojos vidriosos del insomne que sigue viendo de día los mismos horrores que le acompañan por la noche, hacia la camilla infantil que estaba colocada ya en el centro de la sala, bajo el potente foco de luz blanca. Se detuvo junto a ella y contempló el sudario rosa, temiendo ya el mínimo bulto de aquellos dos bebés enredados en un abrazo vegetal. Pensó que la pieza de tela afelpada aún olía a nuevo y sin duda formaba parte del ajuar infantil que las niñas nunca estrenarían. Tiró de la manta con los ojos cerrados. Todavía tardó un rato en abrirlos, en atreverse a mirarlas.

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Medium 9788483935163

La danza de la gravedad

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La danza de la gravedad

 

Al principio le molestaron mucho esas luces amarillas y el olor a sudor, pero la emoción de las peleas y la ansiosa espera de su turno lo fueron sumergiendo en el ambiente. Ya no cabía ni un alfiler en el pequeño depósito de pinturas y la masa humana vociferaba alentando a uno u otro contrincante («como en el estadio», pensaba). De pronto, mientras el guardia Gómez recibía las apuestas del combate entre cachiporra y tacutacu, comenzó a sentir un remordimiento angustioso, unas ganas enormes de llorar.

En el colegio las cosas eran bien diferentes: ahí estaban sus patas por si la bronca se ponía fea o incluso en la calle, donde valía tirar piedras y arena en los ojos. En cambio ahora sólo con la cabeza o las rodillas, las manos y los pies. Así, así, como el cabezazo que su causa le estaba metiendo a cachiporra mientras que alguien gritaba «¡cien mil más al tacutacu!». Tal vez fue la vista de la sangre o la mueca de dolor que se dibujó en el rostro del cachiporra, lo cierto es que en ese momento se puso a rezar.

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Medium 9788483935736

Extravío

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Extravío

 

El expreso Madrid-París ha aparecido esta ma­drugada en un pequeño apeadero extremeño, muy lejos de su ruta. Todo el convoy está vacío, desde la cabina de la máquina hasta la última litera, y se desconoce el paradero de las más de doscientas personas que viajaban en él. Tampoco se han encontrado sus equipajes. En los cristales de puertas y ventanas, en los espejos de los lavabos, en la superficie de las mesitas, en la moqueta del suelo, con lápiz labial, con bolígrafo, con rotulador, con chocolate, muchas manos, ancianas, maduras, infantiles, han escrito la palabra Aldebarán.

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Medium 9788483935606

Indulto

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Indulto

 

Papi y mami han venido de la calle con la abuelita nueva que les pedí. Están muy contentos, y cada vez que hablan se escapa de sus bocas una nube de vapor helado. Te gusta, cariño, dice papi, no las había con el pelo más blanco, y eso que recorrimos la calle del albergue de arriba abajo. Yo me pongo a dar brincos en el salón. Mi nueva abuela lleva un lazo rojo muy bonito en el cuello, pero no habla, sólo abre mucho los ojos y me aprieta la mano con sus dedos flacos, mientras yo le enseño el piano de cola y el árbol, tan grande que las puntas de la estrella rozan el techo. Le arreglo el lazo del cuello, que se le espachurra todo el tiempo, y le doy muchos besos para que vea lo cariñosa que soy, aunque la pobre huele un poco como los paraguas cerrados. Arrastro a mi abu a mi habitación, le explico la esquina de la cama donde debe sentarse por las noches a leerme un cuento. Pero como sigue sin hablarme empiezo a pensar que igual es un poco tonta, me aburro y la llevo al balcón. La dejo encerrada un rato para que se airee. Al pasar, veo que papi está en el aseo, llenando la bañera de agua muy caliente y que en la cocina mami afila el cuchillo de trinchar el pavo.

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Medium 9788483935309

El triángulo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El triángulo

 

–Los museos tienen una especie de carga eléctrica que puede ser positiva o negativa –comentó lord Winson Green–. Yo sé de alguien que no volvió a entrar en uno después de una visita al Victoria and Albert. En una de las salas se exhibía una cama con dosel del siglo xvi. Había además dos retratos al óleo. Se trataba de los usuarios de aquel lecho, marido y mujer. En principio solo le prestó atención a ella. Tenía una piel traslúcida y los ojos azul violeta, los pómulos altos y la boca de labios muy llenos. Tuvo la impresión de que respiraba y también de haberla conocido. Aquellos ojos le penetraban hasta cancelar toda reserva ante ella. Apartó la mirada y se volvió hacia la cama. Sintió un fuerte calor en el rostro, mucho más que rubor. El lecho tenía un reclamo sexual muy cercano, nada teórico o ilusorio, era la fuerte conciencia sensorial de haberse solazado allí con la mujer del retrato. Pasó a la sala contigua y vio otro retrato: el de un hombre, también del siglo xvi, y su sorpresa fue mayúscula: era casi idéntico a él. Regresó a la sala de la cama y por primera vez se fijó en el rostro del marido. Había en sus rasgos algo fiero y agresivo, muy amenazador y desagradable. Ladeó el rostro y se topó con un visitante a sus espaldas. Era tan parecido al marido del cuadro, como él al retrato de la sala contigua. La señora está casada –le dijo al individuo con una voz que era toda una advertencia–. Abandonó el museo y, como ya he dicho, no ha vuelto a entrar.

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Medium 9788483935231

El tesoro de los incas

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

El tesoro de los incas

 

Una foto, un dólar, señor, una foto, un dólar. La frase me persigue como un estribillo, calle abajo. La niña que la pronuncia también. Y la pequeña llama (¿o es una alpaca?) que trota tras ella, ajena –por ahora– a nuestra batalla.

Acabo de explicarle que no le debo nada, que no le he hecho ninguna foto. Pero ella sabe que miento. Y eso que he tratado de ser sigiloso: he aprovechado que la niña parecía distraída mientras negociaba con un grupo de turistas yanquis (One photo, one dollar), para retratarla junto a su llama (o su alpaca).

La niña no es la única que ofrece ese servicio por las calles de Cusco. Desde que he entrado en la Plaza de Armas me han asaltado –ya lo esperaba– otras dos niñas, cada una acompañada por una llama (o una alpaca), una señora muy entradita en años (su llama –o su alpaca– parecía tener su misma edad y su mismo gesto de hartura vital), una pareja de mujeres algo más jóvenes que la anterior (estas cargaban crías de llama –o de alpaca– en bandolera, como si fueran bebés) y una vendedora de fruta. Y todas vestidas –como diría la guía que llevo en el bolsillo de la chaqueta– al modo tradicional.

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