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La ciencia del azar

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

La ciencia del azar

 

Los habitantes del tercer planeta del cuádruple sistema de anillos guardan entre sí un parecido exterior idéntico. Pero bajo su piel no hay dos organismos iguales. Algunos poseen tres corazones, otros no disponen de sistema circulatorio. Los hay que tienen un riñón en un pie y el hígado en el otro. Los hay con branquias filiformes o con cavidades paleales, con vaginas de dieciséis capas o con mesohilos fibrosos de células ameboides.

A pesar de estas enormes diferencias internas, su civilización es extraordinariamente avanzada. Con el paso de los milenios sus científicos y sus ingenieros desarrollaron una tecnología asombrosa, y sus gobernantes, juristas y filósofos lograron asentar las bases de la que sin duda es una de las mejores sociedades posibles.

Tan solo un problema parece no tener solución: la esperanza de vida en este mundo es por completo ridícula. Los habitantes del tercer planeta del cuádruple sistema de anillos caen muertos con extrema facilidad, y viven aterrorizados por la posibilidad de sufrir el accidente más tonto o de contraer un simple resfriado. Porque, aunque desde el comienzo de su historia también han invertido todos sus recursos y esfuerzos en desarrollar la ciencia médica, la arbitraria disposición anatómica de su especie acaba sometiendo todos sus intentos al más puro azar y dejándolos en manos de embaucadores y curanderos.

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Medium 9788483935019

Poniente

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Poniente

 

Las nueces pueden despertar, abrir los ojos en la frontera de un país confiable, sería legítimo. Otra cosa es el cieno, la miel impura del cansancio, la confusión que se propaga cuando una bayoneta cae o no cae al suelo en mitad de la noche. Aunque lo disimulen por orgullo, todas las indolencias son hermanas. En esta lejanía sobran las nubes interpuestas, el peaje ínfimo de las destilaciones. Si queda un sueño está manoseado, pero si falta ¿para qué incubar piedras?, ¿qué hacer (tan solos) con el gusano-incendio?, ¿cómo temblar?

 

 

 

 

 

 

 

II

 

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Medium 9788483935620

Fuerza centrípeta

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Fuerza centrípeta

 

Por fin, después de años y de años girando consigue alcanzar su rabo. Lo muerde con fuerza, no puede dejarlo escapar. Cada vez hunde más la dentellada, recordando quizá viejos picores. Va engullendo más y más hasta que, en medio del sopor y la quietud de la tarde, en el salón solitario, desaparece.

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Medium 9788483935545

La mujer de blanco

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La mujer de blanco

 

 

Cuando les conté que había visto a una señora vestida de blanco vagando entre las lápidas, un helado silencio de almas en pena nos sobrecogió. ¿Por qué seguían volviendo después de tantas bendiciones, conjuros y exorcismos?

Después de todo la mujer de blanco era una aparición amable, siempre con un ramo en los brazos y como flotando a través de la niebla, pero igual nos abalanzamos sobre ella en cuanto pasó delante de la cripta.

Nunca más regresó a dejar flores en el viejo cemen­terio.

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Medium 9788483935248

Autoficción

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Autoficción

 

El cielo está oscuro y es probable que llueva hoy. Conecto el ordenador y me pongo a escribir. ¿Cómo no admirar a esos autores capaces de crear autoficciones? Se levantan, se asean, desayunan, se visten, cogen su maleta, van al aeropuerto, llegan a Zurich, visitan la tumba de este o de aquel famoso colega, en el hotel donde durmió el gran T. B. reflexionan sobre el acto creador, recuerdan a Melville, observan luego la calle desde el balcón, levantan minucioso testimonio de todo ello, y, sobre todo, son mis maestros, pues con júbilo compruebo que, mientras estoy escribiendo esto, ¡yo también estoy creando autoficción!

 

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Medium 9788483935361

Antes del hambre de las hienas

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Antes del hambre de las hienas

 

Antes vendrán ellos. Llegarán al alba, en un momento escrupulosamente calculado para que los gritos rasguen el borde de la noche, pero que sea ya de día cuando saquen a la mujer de su casa. Entonces el barrio entero asistirá al obsceno espectáculo de su cabellera larguísima, manchada ya por la sangre que le habrá dejado el primer golpe de la jornada. Un golpe nunca fatal, también calculado para apenas conseguir la elocuencia del castigo merecido. Verán su pelo y pensarán con morbo que así debió de verlo y desearlo y besarlo el causante de esa falta imperdonable. Olerán la sangre y enseguida correrán por piedras para ser los primeros en llegar al arrabal de las ejecuciones. Hambrientos, dejarán que los guardias entierren a la adúltera hasta el cuello. Y sudarán de ansia mientras esperan la señal para destrozar como es debido el frágil cráneo encapuchado.

Pero antes, mucho antes, habrán estado ellas, reunidas cada jueves en casa de la Señora, quien empezó a reclutarlas en verano, poco después de la ejecución de la más soberbia de sus nueras. Acudieron al principio sus hijas, su cuñada, sus otras nueras. Se reunieron aduciendo su derecho al duelo por el alma de la pecadora ajusticiada. Los hombres las dejaron hacer. Al cabo de un tiempo seguían reuniéndose, y hasta la mujer del juez acabó por sumarse a ellas con el aval de su marido. La Señora las recibía de negro, les servía infusiones de amaranto con canela, las sentaba en el suelo hasta que pasaban de doce. Entonces comenzaban los rezos. Terminada la Oración de la Clemencia, la anfitriona reiniciaba el entrenamiento: una a una las pasaba al patio, les mostraba un montón de piedras como puños y les pedía que eligieran una ponderando bien su forma, su peso, sus aristas, la potencia destructiva de esa pieza mineral que, en sus manos, había de convertirse en instrumento de justicia y aniquilación. Un solo golpe debía bastar, insistía la Señora. Una sola piedra, un solo disparo. Sin opción de réplica, sin tardanza ni titubeos. Era por ello indispensable que cada una eligiese el proyectil idóneo, y era también preciso que lo incorporasen a sus cuerpos y a sus rutinas como si gestasen un hijo o conviviesen con un tumor mortífero. Había que estar siempre alerta y afinar la puntería. Pero ante todo era esencial amar a la piedra, cargar con ella en el mercado, en los corrillos y hasta en la alcoba, donde las más devotas de la Señora levantaron a sus piedras altares como el guerrero que vela la espada con la cual defenderá su honor y el de los suyos.

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Medium 9788483935446

Pasarse de la raya

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Pasarse de la raya

 

Ana esperaba con impaciencia la llegada de su amor. De quien iba a ser su amor, para ser más exactos, pues no fue hasta meses más tarde cuando la relación pasó de ser una incipiente amistad a un tórrido noviazgo. Ana se había puesto el más ceñido y corto de sus vestidos negros y había preparado para la cena el único plato con el que estaba segura de triunfar: carne estofada con pimientos del piquillo. Su amor se encargaría del vino. De pronto la sobresaltó el timbre, como si en realidad no hubiese estado ansiosa todo el rato esperándolo. Se sonrió a sí misma en el espejo y fue a abrir. Era su amor, con un tinto gran reserva sin envolver y una gran sonrisa, sin envolver también. Se instalaron en la terraza. Era una noche cálida de septiembre. Después de cenar, su amor le dijo: «Estos pimientos de tu piquillo estaban buenísimos». A Ana le hizo gracia aquel chiste sin gracia alguna. De hecho, estaba dispuesta a reírle cualquier cosa. Tomaron café y luego se terminaron el vino mientras charlaban. Llegaba sin remedio la hora de despedirse. Su amor le pidió que le permitiera quedarse a dormir. Ana dijo que ni hablar. Después de insistir en vano, él desapareció tras la puerta. Pero, momentos después, volvió a sonar el timbre. «Aunque parezca mentira, llueve a cántaros, Ana; deja que me quede en el sofá». Era cierto, diluviaba. Ana ofreció un paraguas a su amor; le dijo que el sofá era pequeño e incómodo. Su amor protestó, Ana se encogió de hombros y al cabo de un rato estaban en la cama. Una cama vestida con sábanas de rayas rosas y blancas. Ana señaló una de las de color rosa antes de apagar la luz, miró a su amor fijamente y le advirtió: «No te pases de la raya o te vas». De ahí.

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Medium 9788483935132

La ropa

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La ropa

 

Arístides venía desnudo al trabajo. Todos le teníamos envidia. No lo envidiábamos por su cuerpo, que tampoco era gran cosa, sino por su convicción: antes de que cualquiera de nosotros consiguiera burlarse, él ya había lanzado una mirada reprobatoria a nuestras ropas y nos había dado la espalda. Y también los glúteos lampiños, pálidos.

Esto es intolerable, aulló el jefe de sección el primer día que lo vio yendo sin ropa por el pasillo. Pues sí –corroboró Arístides–, aquí todos van vestidos con pésimo gusto.

Al estar en primavera, supusimos que aquello duraría como máximo hasta el comienzo del otoño, y que luego el propio clima devolvería las cosas a su cauce normal. Y a su cauce volvieron, en noviembre, las aguas de los ríos, la lluvia de las acequias y los lagartos de los pantanos. Pero nada cambió en Arístides, excepto aquel ligero estremecimiento de hombros cuando concluía la jornada y los trabajadores salíamos a la calle. Esto es inaudito, exclamó el jefe de sección embutido en su gabardina. A lo que Arístides apostilló con aire indiferente: Es verdad, todavía no ha nevado.

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Medium 9788483935415

Desamor a primera vista

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Desamor a primera vista

 

La vi y lo comprendí enseguida. Pero ella lo sabía desde mucho antes. Una mujer así nunca sería para alguien como yo.

 

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Medium 9788483935996

Cubriré de flores tu palidez

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Cubriré de flores tu palidez

 

 

 

Me pregunto quién inventó el corazón humano.

Dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron.

L. Durrell

 

 

 

Existe una relación entre la prostitución y las flores.

Desde el siglo xvi, las mujeres que decidían abandonar el burdel e instalarse por su cuenta, clavaban en la puerta de su casa, a modo de reclamo, un ramo de flores –de donde el calificativo de rameras para designar todo su oficio.

Los sexos son pétalos o tallos. Hay toda una teoría de acuario para explicar por qué respiran como plantas circundados de humedad los sexos, flores. Sexo es subsuelo.

La muchacha de palidez suicida lleva un vestido de flores estampadas, con un escote cuadrado, grandes ramos de color de sangre antigua. Se entiende que es un vestido que no le sienta, que le cae mal con los hombros, que no pega con la decoración de este sitio. Y este sitio es: una cafetería neutra con las mesas blancas barnizadas y una barra de plástico que se pierde y en las paredes óleos que en el fondo son fotografías convencionales de copas de helado
y hamburguesas o refrescos y en lugar de la firma del artista pues el precio de la consumición en pesetas.

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Medium 9788483935019

Los decimales de la respiración

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Los decimales de la respiración

 

Un huevo frito apellidado Prendergast descubrió una mañana de agosto que siempre había tenido la yema dura. Ocurrió en Illinois. No es el tipo de suceso que airea la prensa. Es, si se quiere, un hecho nimio, un incidente infinitesimal. Alguien (un huevo frito o cualquier otra persona) se percata de algo (de lo que sea). Hay aves con las garras palmeadas. Hay regiones del mundo (regiones frías) donde el suelo resulta demasiado duro para dar sepultura a los muertos. Las cosas que suceden no suceden por esto o por lo otro: suceden porque sí. Illinois no es ninguna excepción. El caso es que después de esa mañana no ocurrió nada. Agosto terminó, vino septiembre y Prendergast siguió con su vida normal. Es así como suele decirse: siguió con su vida normal.

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Medium 9788483935736

Revelación

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Revelación

 

Siempre me pareció que tenía algo de pájaro: la manera de mover su pequeña cabeza, con sacudidas suaves, la forma de mirar un poco de lado, los breves gestos mudos con que a menudo separaba y juntaba los labios, como un piquito. Cuando nos casamos, la intimidad de cada jornada me daba nuevas muestras de su aspecto ingrávido, de sus leves sobresaltos, una delicadeza un poco automática, como la de las aves. Han pasado los años y los niños crecieron, ya son casi adultos, y también me parece ver en ellos un aire cada vez más claro de pájaros. Sobre todo desde aquel día que, en las salinas, ella echó a correr hacia los flamencos y se fue volando con ellos.

Micronovela

 

Ella llegó en el trasbordador la tarde del viernes, cuando el sol recortaba en el pinar una sombra suave y ocre. Llevaba un bolso pequeño, en el que guardaba el teléfono móvil manipulado a menudo con impaciencia. Él recorría la isla sumergido en un ensimismamiento que lo alejaba de las playas y de los bares. Tampoco su teléfono le servía para conseguir la comunicación afanosamente intentada. Se encontraron aquella misma noche, ante una de las tabernas del puertecillo pesquero. Estaban solos en el extremo del malecón y la cercanía de sus cuerpos despertó en ambos el reclamo de la compañía. Ella se mostró despreocupada, jovial, y no le dijo la verdad sobre su procedencia. Él también aparentó serenidad y mintió al hablar de su vida cotidiana. Aquellos disimulos sirvieron sin embargo para que descubriesen cada uno en el otro cierta seguridad ante la noche. La pasaron juntos, y los dos días siguientes. El lunes, a media mañana, cuando estaban tumbados en la playa, sonó el móvil de ella, que se alejó para hablar, la voz excitada. Él la empezó a mirar con extrañeza, como si nunca la hubiese visto antes. Aquella misma tarde, el móvil de él recibió una llamada que contestó con júbilo. Al ponerse el sol, mientras ella subía al transbordador, él esperaba la llegada de un avión. Nunca más volvieron a verse.

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Medium 9788483935446

Evasivas

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Evasivas

 

Ella le pregunta por enésima y última vez si está saliendo con otra. Él se siente atrapado, agobiado y contesta: «Una vaca en la ventana tiene malas intenciones pues cuando cae hacia abajo te espachurra los balcones. No la mires a los ojos, desvíate del camino, ocúpate de los lobos que se ha comprado el vecino. ¿De dónde quieres que saque respuestas a tantas dudas? Las preguntas al desván, al lado de los baúles, comidos por la carcoma y aplastados por los tules. Tengo el alma en estas manos, dolidas de no tocarte, y de la violencia que siento, cada cual lleva su parte. Apártate de las ranas, de los patios, de las fotos y regálale a algún espejo un lujo de labios rojos. Por inventar que no quede, yo sigo la retahíla, y si me paras a tiempo me habrás robado las pilas. No me busques, no me tientes, no me acuses y no pienses, no creas que me descubres porque conduzco sin lentes. De entre las muchas baldosas que me he encontrado en tu cama, prefiero la más azul porque previene la sarna. He recorrido caminos de azúcares derretidos, carentes de madrigueras y con orejas de migas, así que no sé escucharte, será mejor que no sigas». Él deja escapar un suspiro. Entonces ella, convencida de que, en efecto, él está saliendo con otra, pregunta: «¿Quién es ella?».

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Medium 9788483935101

Volver a la tierra

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Volver a la tierra

 

Por favor, déjame volver a la tierra, me dijo. Tenía una voz casi adulta que era un hilo de voz. Yo le daba la espalda, pero podía sentirlo ahí detrás, inmóvil, decidido. Déjame volver. Suplicó.

No me gusta que los niños supliquen. Los niños no deberían suplicarme a mí. No es su lugar. Los niños son tierra formada, levantada, en pleno crecimiento vertical, verde y llano. No había ni una leve nota de duda en su voz, quería volver a la tierra, era seguro. Me giré. Era muy pequeño, casi todo él cabía debajo de esa enorme gorra roja. Quiero volver a la tierra, insistía. Estaba tan seguro que le dejé hablar la noche entera, habló tanto que a la luna le dio tiempo a recorrer el cielo de punta a punta.

El niño tenía ya todo el tiempo del mundo, qué más daba ahora.

Me dijo que lo tocara. Toca aquí, me dijo. A mí, que nunca he tocado a nadie. Tiró hacia abajo de las mangas de mi túnica para acercarme a él. Aprieta un poco, me dijo. Suavito, añadió. No había que haber tocado a nadie para saber que eso no era algo normal. Eso no. Debajo de la piel tenía campos torcidos de huesos doblados.

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Medium 9788483935019

Equinoccio

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Equinoccio

 

Una vez le contaron un chiste. Fue en Upsala. Se rio a carcajadas en Venecia, tres años después, durante el invierno más frío del siglo. En aquel intervalo, la gracia del chiste estuvo haciendo de verruga en la oreja de un perro Yorkshire.

Él no hizo nada en especial.

Su pregunta, su única pregunta, es por qué hay tantas ocasiones en las que no consigue vomitar, por más náuseas que sienta.

 

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