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Blue eyes of Alabama

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Blue eyes of Alabama

 

Entonces interrumpe el juez, retórico en su mecedora:

—Oye, Gistredo, por un casual tú no sabrás tocar el banjo.

Y yo le contesto:

—Me parece que no, juez.

—Pues lo menos que podías hacer —concluye él— con ese buen oído que Dios te dio, era aplicarte al acordeón, que es lo propio del país.

Ahí sobreviene un silencio que va poblando el viento en los manzanos. Y nosotros esperamos un milagro. Un momento después los cielos se resuelven con modestia y envían un pájaro alborotador que cruza silbando el jardín.

—Un sinsonte —asegura el juez balanceándose.

Yo cambio de postura en mi silla sin necesidad de decirle que es un mirlo y que aquí nunca hubo sinsontes, porque eso ya lo sabe el juez; porque entretenerse ahora con correcciones acaso nos llevaría por otra conversación; y porque en realidad es extraordinario, y supersticioso, y cíclico, todo eso es el pájaro que nos pasa alborotando junto a los zapatos al juez y a mí, la tarde de agosto que nos sentamos en el jardín y cruzamos unas palabras que nos van aproximando al asunto del que teníamos pensado hablar. Cuando ninguno de los dos habla se oye el río, adormecido tras la chopera cercana. Hasta que atraviesa el aire del jardín, como una flecha sonora, como un fogonazo negro que aturde la hierba, el prodigioso mirlo de todos los veranos, que es el signo que el juez y yo estamos esperando para traer el nombre de Orlando Maeras a la conversación. Lo que ocurre es que el juez, por algún motivo que a lo mejor beneficia a la nostalgia, o al arte estrictamente, prefiere decir sinsonte en vez de mirlo.

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Medium 9788483935705

Entre las piernas de Luciana

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Entre las piernas de Luciana

 

 

 

Yo no querría subir a la cama, si no te atrevieras, oh Circe, a prestar solemne juramento de que no maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño...

Odisea X, 343-344

 

 

 

Debo admitir que a mí siempre me ha gustado involucrarme en todo lo que hacían mis enamoradas y que he sido feliz haciendo lo que ellas me pedían que hiciera. Úrsula decía que era falta de personalidad y no sé qué otras cosas, pero después venía corriendo a preguntarme cuánto tiempo tenía que hervir la crema de almendras antes de volcarla sobre las pechuguitas de pollo. A Úrsula le encantaba cocinar, pero yo era el que recortaba las recetas y quien se las aprendía de memoria para la posteridad. Además a mí me salía mejor el muss de cangrejos.

En eso hay que reconocer que Luciana es distinta, porque a ella nunca le pareció bien que yo metiera mi nariz en sus asuntos. Nada que ver con Rocío, que no sólo le complacía sino que me lo exigía. ¡Qué linda era Rocío! Después de estar con Pilar –que seguía medicina y todo el día estaba estudiando–, penetrar en el inédito mundo de las secretarias fue una sorprendente experiencia para mí. Si no hubiera sido por Rocío jamás habría aprendido a organizar mis propios papeles, pero sobre todo a embocar justo encima de las letras borradas cada vez que corregía un texto en la máquina de escribir. El problema es que yo era incompatible con su jefe –un compadrito maniático y encima mandón– y ya se sabe que para las secres el jefe es lo primero.

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Medium 9788483935019

Se quiera o no

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Se quiera o no

 

Ni sale de su casa ni entra en ella: permanece en el umbral, atónito. El mundo, fuera, se ha vuelto de carbón, un mundo negro, inanimado, exhausto. Sobre su cabeza, la ley inexorable de un cielo de carbón. En su interior, un cuchillo dentado. «Aquí terminan todas las cobardías», piensa. Pero sus pies siguen inmóviles. Llega el día, la noche, el día otra vez. Cada no mucho tiempo, un hombre hecho de lágrimas cruza la calle.

 

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Medium 9788483935064

La jungla del ojo

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

La jungla del ojo

 

Despiertas de repente en la noche inmóvil de la jungla del ojo. Es una sensación como de revólver en la sien. Te encuentras con la muchacha de arena; tiene la cara cubierta y las manos de sal. Cruzas los dedos en señal de buena suerte, pero los dedos son mortales: armas y plumas, palabras y heridas. Y te dices que aquí llueve, que aquí se llora. Y te recuerdas que hace mucho que las llamas ya no se visten para su primer amor.

 

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Medium 9788483935545

La chica del auto stop, III

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La chica del auto stop, III

 

 

La recogieron en la carretera porque sabían que estaban perdidos. Afortunadamente ella hablaba inglés y pudieron entenderse sin problemas. Los antiguos soldados de aquel país bárbaro y supersticioso se habían convertido en salteadores de caminos y por eso aceptaron la invitación de esa chica de ojos tan profundos y misteriosos, encantada de conocer jóvenes occidentales. ¿Verdad que las playas españolas eran bellísimas? ¿Era cierto que en Italia sobraba trabajo? ¿Le convalidarían sus estudios en Francia? ¿Perú no está en Suda­mérica?

La casa de la chica era una vieja finca abandonada que nadie hubiera creído habitada. Para entrar en confianza uno de los amigos recordó una historia de terror que trataba de una chica que hacía auto stop en una carretera desolada, y la historia resultó ser más o menos la misma en todos los países de aquellos muchachos. El aguardiente corría de boca en boca y el frío era tan grande que la chica empezó a cerrar los postigos de las ventanas. «¿Y cómo es esa historia en este país?», quiso saber uno de los amigos. La chica terminó de cerrar todas las ventanas y les sonrió con ternura.

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Medium 9788483935446

La despedida

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La despedida

 

A quienes me encuentren:

El mundo nada sabe de justicia y, por norma general, el fuerte abandona al débil. Y esa ha sido, para mi desgracia, la sentencia que se demuestra con mi vida. Sin embargo, mi muerte vendrá a torcer semejante afirmación. Es el débil, esta vez, quien va a abandonaros. Os apartasteis de mí poco a poco, con la valentía que muestran los afortunados. Me dejasteis solo, arrinconado... ¡Ah, qué clase de amigos he admitido a mi alrededor! Pero debo confesaros que me alegra vuestra miseria: se aprende más de la derrota que de la victoria. Gracias a vosotros, he aprendido a mostrar indiferencia tanto ante el ignorante como ante el soberbio. Habéis sido crueles conmigo. ¿Por qué? A buen seguro mi amor por la verdad y por la coherencia han resultado espejos demasiado duros para vuestra superficialidad. ¡Cuántas veces huisteis de mis palabras! El enemigo más feroz de la cobardía es un lenguaje desatado. Pero cuando el tiempo pasa, pasa para siempre. Ya no recibiréis mis llamadas, ni mis visitas, ni mis cartas. Mi muerte será vuestro olvido en mí y mi recuerdo en vosotros. Alto es el precio de la ingratitud. Este ya tan cercano disparo en la sien será para mí el inicio del último viaje, qué duda cabe. Solo el silencio de la tumba puede recoger mis más profundos anhelos. Pero dado que me voy el primero, sabed que vosotros moriréis aún más solos que yo. Sinceramente dolido. Adiós.

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Medium 9788483935156

El discípulo

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El discípulo

 

La barba ilustre del profesor Borgoña Estuardo había sido siempre igual: un plumerillo de hielo alrededor del rostro embalsamado, ni muy largo ni muy corto, con dos o tres manchas negras junto a los maxilares. Veíamos a Borgoña Estuardo llegar al Departamento desde la lejanía del pasillo, impulsado por alguna fuerza oblicua que le echaba el tronco hacia adelante. Después veíamos una silueta a contraluz que tropezaba casi en los peldaños y aparecía Borgoña Estuardo con la mirada perdida, sujetando su portafolios color caramelo, con el abrigo de invierno puesto. Al pasar por el despacho de los becarios nos saludaba, carraspeante.

A mí me gustaba el profesor Borgoña Estuardo. Quiero decir que me gustaban sus clases, que admiraba sus citas de memoria, su dicción exasperada, pero sobre todo el ademán hipnótico de su mano cuando interrumpía a algún alumno para refutarlo desde el estrado, como diciéndole después de una sonrisa comprensiva Verá usted, como quien cuenta hasta tres para dormir a alguien, Verá usted, no recuerdo su nombre pero atienda, ese argumento es aceptable, incluso defendible y sin embargo errado, no se aflija, para eso estoy aquí y para eso me pagan, su confusión es natural teniendo en cuenta la complejidad del asunto, ya le explico, incurre usted en un anacronismo, duérmase, uno dos tres y duerma, duérmase… Yo le gustaba a Borgoña Estuardo. Me refiero a que desde el principio él supo que yo lo escuchaba con más atención que el resto, que mis asentimientos no eran mecánicos sino entusiastas, de hipnotizado que cuando despierte recordará cada palabra que le han dicho. Aunque nadie entendía realmente los razonamientos de Borgoña Estuardo, todos sus alumnos aplaudían sus intervenciones en seminarios y coloquios, compraban cada uno de sus libros, y algunos incluso llegaban a discrepar sin poder explicar muy bien de qué discrepaban. Me llevó menos tiempo del que suponía atraer su interés, hacer que sus preguntas en clase estuvieran tácitamente dirigidas a mí, ganarme su confianza para ayudarlo en pequeñas tareas académicas. Antes de lo que yo mismo hubiera podido soñar pasé a formar parte de su círculo, compuesto por una tropa de admiradores sesudos, colegas ex alcohólicos, conferenciantes invitados y dos o tres becarios como yo, que interveníamos de vez en cuando para dejar constancia de que nuestro silencio era analítico, y no de desconcierto.

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Medium 9788483935453

El año de los gatos amurallados

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

El año de los gatos amurallados

 

Sabían que en invierno tendrían que salir por agua. Hasta entonces habían sobrevivido gracias a un goteo que se filtraba por las grietas del túnel principal. A medida que aumentaba el frío en el subterráneo, el goteo había menguado hasta sugerir el nacimiento de una estalactita.

Fue justo esa imagen lo que encendió la hostilidad una tarde en que los cuatro se habían reunido frente a la clepsidra agonizante. Nos quedaremos aquí hasta convertirnos en hielo, sentenció Maida. Los demás mantuvieron la vista en el manchón de humedad. De pronto se desprendió del techo un goterón que había tomado horas en crecer. También Maida lo vio desintegrarse sobre uno de los rieles, también ella anticipó la sequedad de sus gargantas mientras el eco de la gota iba a refugiarse en la oscuridad del túnel, donde sólo el mayido de los gatos sabría responder al estertor del agua. La luz trastabilló en la lámpara de gasolina, Íñigo se inclinó para bombearla. Convencida de que su comentario no pasaría a mayores, Maida aflojó el cuerpo y suspiró.

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Medium 9788483935194

Hongos

Guadalupe Nettel Editorial Páginas de Espuma ePub

Hongos

 

Cuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el pulgar izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie –ni ella– daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito quien decidió marcharse a otro lugar.

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Medium 9788483935415

El hobby

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El hobby

 

Cuando murió Carlota se aficionó a los bonsáis. Pasaba tantas horas solo en casa que quiso ocuparlas en algo que le exigiera atención por desconocido. Pero siempre le gustaba el mismo tipo de bonsái, un árbol de la familia de las ceibas que de adulto alcanzaba proporciones gigantescas. Habilitó primero una habitación, luego dos y luego tres, todas las que habían sido de sus hijos cuando vivían en casa. Procuraba que sus bonsáis tuvieran un tamaño perfecto, de árbol en miniatura, pero árbol al fin, con sus hojas, sus frutos, sus colgaduras y su hojarasca. Pronto el musgo de cada tiesto pareció también formado de pequeños arbustos que saltaron de uno a otro hasta formar una superficie continua con las irregularidades propias de la jungla. Cada vez le era más difícil penetrar hasta el fondo en aquellos cuartos para hacer la poda. Y pronto temió que el movimiento que en ocasiones detectaba entre los tiestos fuese producido por algún animal pequeño. Una noche se despertó sobresaltado. De aquellos tres cuartos le llegó un alarido enorme: ¡Aaaaa aaaa aaaa aaaaaaa aaaaaaa!, como el del Tarzán de las películas de Johnny Weissmuller. Sintió a continuación que el suelo trepidaba como por el paso de una manada de elefantes y se asustó.

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Medium 9788483935088

Cómo esperar a otro

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Cómo esperar a otro

 

Si yo estuviera por ejemplo sentado sobre el capó de un coche, apoyaría las palmas de las manos en las rodillas, componiendo un triángulo rectángulo para quien me observase de perfil. Pero muy pronto desharía semejante postura: ¿qué mujer sensata confiaría en un tipo que la espera así, como un geómetra neurótico? Y me erguiría de inmediato, o acaso cruzaría con elegancia una pierna. No tardaría mucho, sin embargo, en comprender que casi todos esperamos igual, intentando fingir calma, y que justo por eso nos delatamos. Descruzo entonces las piernas y me acomodo el cabello, que siempre me cae mejor por un lado que por el otro, y me temo que estoy dejándolo peor que antes de sentarme sobre el capó de este coche.

Por fortuna, recuerdo que no soy rigurosamente yo el que se desespera con su pelo, con la postura de las piernas, con las formas del cuerpo. Y me digo que ese tipo quedaría mucho más natural si cargara todo su peso sobre el vehículo, ya que daría la impresión de no tener ninguna prisa por levantarse, en vez de mantenerse medio al acecho. Me reclino en el acto y cargo todo mi peso sobre la superficie del capó, que cede un tanto, y no puedo evitar imaginar mi caída a través de un hueco en la carrocería. Sin embargo no caigo, y pienso que, para reforzar el aplomo que por momentos va adquiriendo mi figura, sería de gran efecto encender un cigarrillo. Como casi no fumo, miro a mi alrededor buscando a alguien, idealmente a una muchacha sola, que justo al darme lumbre fuese vista por la mujer que espero, desatándose en ella una chispa de celos que la haría mía.

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Medium 9788483935620

Fe

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Fe

 

Modeló aquel muñeco de nieve durante toda la mañana. Consiguió el viejo sombrero y los botones en el desván, la delgada zanahoria en el cajón de la nevera. Por la tarde le sacó una bandeja de galletas, y jugaron a las adivinanzas, a los soldados y a hacerse el muerto. Cuando esa noche su madre lo arrastró hasta su habitación, él se aferraba a los marcos de las puertas, llorando y suplicando que no lo dejaran allí, que lo metieran dentro, en la cocina, junto al congelador.

A la mañana siguiente, en el círculo de escarcha roja del jardín, los rayos de sol calentaban siete metros de intestino, dos pulmones deshinchados, un hígado, un bazo y, sobre el montón de vísceras acosado por las moscas, una zanahoria y un musculoso y sanguinolento corazón.

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Medium 9788483935279

Conexión argentina

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Conexión argentina

 

Recibí este mail hace algunos años. He pedido permiso para publicarlo.

 

Asunto: Encuentros del alma en el túnel del tiempo.

 

Querida Andrea: Ya te habrá explicado Isabel1 la primera parte de este inesperado encuentro con su pasado y el mío y en el medio Fina2, tu madre. Yo te había escrito al mail que figura en tu blog después de esa noche en que con Isabel descubrimos que habíamos estado vinculadas con tu familia, sin siquiera conocernos ella y yo ni imaginar que tantos años después seríamos primas políticas. Y allí te explicaba el título que le puse a mi carta: «Encuentros del alma en el túnel del tiempo». Y fue así: Fina Borrás se incorporó a la clase de segundo –año 1955– y creo que no terminó de cursar quinto. No hizo muchas amigas. Era bella, interesante e inteligente. Tenía una hermosa voz, muy personal, grave, profunda. Se destacaba del resto porque tenía características que no eran comunes en nuestra edad bobalicona de aquellos tiempos. Era culta, seria, izquierdosa y atea. Cuando teníamos religión se iba con las chicas judías a la clase de moral y ese estilo nos resultaba sumamente extraño. Fuera de ese contacto, yo tuve algunos encuentros con ella en el Casal de Cataluña donde íbamos a bailar con mi hermano y el grupo de amigos del barrio y eso fue todo hasta 1958. Después no nos vimos más hasta 1973. Ese año, casada con mi primer marido y con mi hija de nueve meses, salimos a buscar para alquilar y encontramos un piso en la calle Lezica. El día que nos mostraban el departamento nos avisaron que los inquilinos todavía estaban viviendo algunos días más. Y allí estaban. Yo no los miré hasta que ella habló y le reconocí la voz, inconfundible e inolvidable. Hoy todavía me parece escucharla. Imaginate, después de los oh y los ah del encuentro3, llega la segunda sorpresa: tu padre, a quien yo también había conocido en el Casal de Cataluña, antes de que fueran novios. Bueno, los comentarios y presentaciones del caso, nos cuentan que se están yendo a España y tu padre dice que quiere vender sus equipos. Allí mi marido decide comprarle una máquina de fotos profesional, ¡la que todavía tiene mi hija en su estuche de cuero! Hace treinta y seis años de esto.

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Medium 9788483935323

Las correcciones

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Las correcciones

 

Cuando termina de responder al camarero y este le dice «bueno, pues tú sabrás lo que haces con tu vida», Ted Parker se vuelve a sumergir en el pozo del café y recuerda que cuando todo el mundo desaparece significa que se ha quedado solo.

Otra vez.

Y no ve nada claro, únicamente unos ojos de color Alemania en primavera que van pasando por el otro lado de la puerta de cristal con el alfabeto invertido. Bajan la calle, están a la altura de aquella sucursal bancaria donde dice Paul Viejo que acribillaron a Geena, y él sale corriendo hasta que su mano planea sobre el hombro de ella, el flequillo recortado como un hombre vuela y se gira.

«Pensé que nunca te iba a volver a ver», exagera Ted Parker, y también, más contenido, «jamás pude olvidar tus ojos que me hacen alcohólico cada noche, ¿dónde has estado?». Pero cuando él añade «no te volveré a perder», la mujer sale corriendo, agota la avenida entera, hasta entrar en el parque.

Está nevando.

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Medium 9788483935248

Autoficción

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Autoficción

 

El cielo está oscuro y es probable que llueva hoy. Conecto el ordenador y me pongo a escribir. ¿Cómo no admirar a esos autores capaces de crear autoficciones? Se levantan, se asean, desayunan, se visten, cogen su maleta, van al aeropuerto, llegan a Zurich, visitan la tumba de este o de aquel famoso colega, en el hotel donde durmió el gran T. B. reflexionan sobre el acto creador, recuerdan a Melville, observan luego la calle desde el balcón, levantan minucioso testimonio de todo ello, y, sobre todo, son mis maestros, pues con júbilo compruebo que, mientras estoy escribiendo esto, ¡yo también estoy creando autoficción!

 

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