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Juegos de fe

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Juegos de fe

 

Un día, estando en casa sin hacer prácticamente nada, se me presenta una vecina del edificio de enfrente y, sin mediar explicaciones de ninguna clase, se me sienta a la mesa de la cocina llora que te llora sin parar. Yo, que le había abierto convencida de que venía a pedirme una pizca de sal, un huevo o un poco de lejía, finjo no sorprenderme y le ofrezco con aparente naturalidad una tila, que ella acepta agradecida entre hipos y mocos. Al cabo de un buen rato se calma y me cuenta que está malísima de la barriga y que sabe que se va a morir en breve. Aunque nos conocíamos más bien poco, me conmovió verla tan hecha polvo, tan apenada y con un futuro tan negro. Le dije, para consolarla, que eso eran tonterías, puras imaginaciones suyas, y le pedí que me dejara hacerle una cura mágica que me había enseñado mi tía abuela cuando era pequeña. Total, que me quité la cadenita de oro con relicario incluido y se la pasé por la barriga unas cuantas veces, con los ojos cerrados y muy seria, diciéndole que cualquier mal que tuviera se le iba a pasar con aquello. Lo hice por compasión, porque aquella mujer estaba desesperada.

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Medium 9788483935224

La clase de costura

Mercedes Abad Editorial Páginas de Espuma ePub

La clase de costura

 

Entonces, cuando ya te has acostumbrado a ser la que eligen en último lugar para formar equipos, y cuando te has hecho a la idea de no tener más amigos que los impuestos por mamá porque careces del menor atractivo para cualquier otro ser humano (y en parte por eso te pasas la vida encerrada en tu habitación con la cabeza entre libros), viene alguien y te saca por sorpresa del montón. Yo, al menos, me sentí así: como un artículo, ya muy rebajado, que lleva semanas, meses, años quizá, en el último montón de oportunidades de unos grandes almacenes hasta que un día alguien hurga en el montón y, apartando todo lo demás, te descubre y –oh, milagrosa apoteosis– en lugar de desecharte con abrumadora indiferencia, como si en realidad ni siquiera te hubiera visto, quiere llevársete a casa. Así, exactamente así, me sentí yo cuando me di cuenta de que, contra todo pronóstico, Anna Caballé, Anushka para su madre y su abuela, Nush para los amigos, buscaba mi compañía no sin cierta insistencia. ¿Qué tenía yo que pudiera querer Nush? Sólo una cosa, que yo sepa. Días antes de que ella comenzara a buscar mi compañía, yo había tenido cierto éxito inesperado en la clase de costura. Casi por primera vez en mi vida me había significado, y la verdad es que no fue algo premeditado, sino un impulso extraño, sin precedente alguno. La profesora acababa de echarle un vistazo a la camisita de bebé en cuya confección estaba yo supuestamente involucrada, aun cuando la verdad es que yo le había pedido a mi madre que me la cosiera. No era la única: a excepción de Nush, cuya madre o bien estaba ebria, o bien dormía la mona, o bien se restablecía tras un intento de suicidio, o bien tenía resaca y no quería ver a nadie (aunque eso no lo sabría yo hasta cierto tiempo después), a todas nos hacían nuestras madres las labores de costura, de modo que la clase de costura no dejaba de ser una pantomima. Madame Roquer, sin embargo, había hecho un comentario despectivo sobre la calidad de los ojales de la camisita que la noche anterior me había cosido mi mamá. Me reprendió regodeándose, quizá porque las labores estaban siempre bien y la mujer no encontraba por lo general nada que objetar, lo que sin duda debía de ser bastante frustrante para ella, que no tenía precisamente un carácter fácil y risueño y siempre daba la impresión de estar más bien malhumorada, así que se ensañó conmigo. Y yo, en lugar de dejarme regañar con la criminal mansedumbre que me era natural, solté de pronto, en voz lo bastante alta para que todas, que en el aula de costura nos sentábamos alrededor de una sola mesa enorme que presidía la estancia y dejaba poco espacio a su alrededor, pudiesen oír mis palabras:

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Medium 9788483935231

Idiosincrasia limeña I (microrrelato en 10 planos y un instante)

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Idiosincrasia limeña I (microrrelato en 10 planos y un instante)

 

1. Un tipo camina delante de mí charlando con una mujer.

2. Para esquivar una farola, se baja de la estrecha acera.

3. Sólo poner un pie sobre el asfalto, suena un terrible bocinazo y el tipo salta como un felino

4. mientras una destartalada combi pasa rugiendo a pocos milímetros de su cuerpo,

5. acompañada del berrido que le lanza el conductor: ¡Huevóóóóónnnnn!

6. Tras aterrizar de nuevo ante mí, como un gimnasta después de realizar su ejercicio,

7. el tipo me mira y dice con una enorme sonrisa:

8. Uf, casi me convierto en estadística.

9. La mujer ni se inmuta.

10. Siguen paseando.

 

 

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Medium 9788483935545

La cueva

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La cueva

 

 

Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué gran­de era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y les dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.

He oído que mamá ha muerto.

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Medium 9788483935101

Estrella caída

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Estrella caída

 

La carrera al mar fue nuestro juego favorito durante tres veranos seguidos. Andrea y yo éramos grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, me ganaba todas las veces, a pesar de ese problema que tenía en los huesos corría más rápido que nadie. La carrera al mar nos divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas; madrugábamos solo para la carrera, el momento perfecto era el amanecer o la última hora de la tarde cuando al sol rojo ya se lo había tragado el mar y no podía cegarnos. Fue nuestro juego favorito hasta que pasó lo de la estrella. Entonces cambiamos de juego.

Andrea tenía un problema en los huesos, le crecían bultos al final de los huesos buenos, como los brotes de un árbol. Algunos ni se notaban de lo pequeños que eran. Tenía esos huesos raros sobre todo en los brazos y las piernas, el más grande lo tenía en la rodilla derecha. Ese sí podía verse a poco que te fijaras en sus piernas. Era del tamaño de un limón y crujía cuando Andrea se agachaba, sonaba como si estuviera a punto de romperse. Solía decir que los huesos raros le daban superpoderes, y lo decía muy en serio. Todo lo que salía de su boca era verdad universal. No había manera de discutir con ella. A veces hacía crujir el hueso de la rodilla solo para impresionarme. Creo que no le dolía.

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Medium 9788483935620

Mendicidad s. XXI

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Mendicidad s. xxi

 

Se atusó el pelo humedeciéndose las yemas de los dedos con saliva, y se colocó el ojo de cristal en su sitio. Todavía conservaba un afeitado más o menos aceptable, y su ropa no estaba del todo sucia. Se escondió el muñón en el bolsillo del abrigo y salió a la calle tratando de no cojear. Aquellos tiempos desconfiados recelaban de todo exceso de parafernalia.

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Medium 9788483935149

Monólogo del inmobiliario

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Monólogo del inmobiliario

 

Desde la medianoche no me cabe más humo en la boca ni más café en el estómago ni más frío en el pecho. La sala de espera es un cuadrado limpio y silencioso, una ecuación de espanto. No sé si son las tres, las cuatro, las cinco. Tengo la sensación de que no voy a dormir nunca más. O de que nunca voy a despertarme. Todo parece tranquilo en el sanatorio. Incluso, eso me han dicho, quedan camas libres. Hoy ha sido una buena noche para el mundo, los médicos han tenido poco trabajo. Mi hijo puede morir.

Cuando algo parece tan simple mi mente se desespera. Quisiera tener más datos, variables, conocer las estadísticas recientes. Pero la situación es tan cuadrada como esta sala. Si las costillas han tocado el corazón, nada que hacer. Si las costillas han perforado otra zona, entonces todo sigue siendo todo. No hay matices. Es como esa luz blanca de los tubos del techo. Creo que me voy a desmayar. No tengo cigarrillos.

¿Debería sentarme? ¿Debería correr? ¿Debería romper los tubos? Mi mujer va a estar sedada toda la noche. Los médicos insistieron. No conviene que continúe en ese estado, me decían, puede sufrir un shock, se le ha puesto la tensión por las nubes, no le baja, señor, no reacciona a los comprimidos suaves, por eso le sugerimos, sabemos lo difícil, usted querrá pasar esta espera con ella, es comprensible, pero le aconsejamos, señor, hay camas libres, va a estar muy bien cuidada, no se preocupe, señor, le aconsejamos, no se va a despertar en varias horas, puede sufrir un shock, sabemos lo difícil, usted puede quedarse aquí, como prefiera.

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Medium 9788483935637

HEROE_LSR_D

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Héroe

 

Resuenan disparos en la lejanía. Calles oscuras y desiertas rodean la casa. Los grillos alardean. El viento estrella las ventanas contra sus marcos, pues los seguros que deberían evitarlo están rotos. Esto es una ruina y yo, metido a fuerzas por la ventana, un usurpador.

Tras horas de forcejeo, he conseguido que la radio funcione si la mantengo fija en cierta posición diagonal con respecto a la ventana. Un rayo de luz atraviesa las brumas e ilumina la carátula del aparato, deslumbrándome.

–Ha comenzado la retirada –dice, espectral, la voz que emite las noticias.

Se van, invictos pero derrotados.

La señal se interrumpe sin violencia. Suena, ahora, una musiquilla indistinta. Camino con parsimonia a la cocina y rebusco hasta dar con un vaso. Expulso la polvareda que lo ocupa y trato de enjuagarlo en el lavabo, del que sólo mana un escuálido hilo marrón. Termino limpiándolo con los faldones de la camisa y me sirvo el contenido de una jarra que no hay modo de saber cuándo fue servida o por qué mano inimaginable: la de alguien que ya ha muerto, la de alguien roto en el fondo de una mazmorra.

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Medium 9788483935620

Crónicas

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Crónicas

 

Entonces éramos jóvenes, e impetuosos, y teníamos ganas de reventar cosas y de guerra. Por fin, sobre las crestas esmeriladas del horizonte había aparecido un formidable ejército de cientos de miles de guerreros. Se agrupaban bajo aquel cielo de seis lunas, surcado por aquellos pájaros torpones que parecían ser la única fauna del planeta, y en cuanto lograron alinearse en formación comenzaron a ulular. Nos dieron la espalda, se levantaron el rabo estirándolo con una mano y nos mostraron su doble ano en forma de ocho.

A continuación las hordas salvajes se abalanzaron contra nosotros, derramándose por las faldas de la llanura. Contuvimos nuestra excitación todo lo que pudimos, hasta que, eufóricos, sacamos el armamento pesado y en cuestión de minutos no quedaba ni uno solo de ellos con vida.

Como lo habría hecho cualquier ave carroñera, aquellos pájaros bobos con cabeza de pterodáctilo y cuerpo de anguila, a los que apenas habíamos prestado atención, comenzaron a sobrevolar la explanada en círculos. Fue en ese momento cuando nos sorprendieron con la lluvia de huevos y comprendimos que habíamos cometido un error. Uno tras otro, mis compañeros eran alcanzados por aquellos proyectiles de adn y sucumbían a una inmediata transformación: primero les brotaba el alargado pico, después, las alas a través de los hombros, las extremidades se marchitaban y se desprendían del tronco, que poco a poco adquiría una forma culebreante y gelatinosa. Si yo mismo no acabé siendo parte del inesperado enemigo, fue solo porque me refugié bajo el cadáver de uno de los guerreros caídos, cuya piel debía de ser inmune al poder de mutación.

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Medium 9788483935071

Césped recién cortado

Alberto Marcos Editorial Páginas de Espuma ePub

Césped recién cortado

 

Uno de los recuerdos más vívidos de su infancia tiene que ver con los recreos en el colegio. Los niños de seis o siete años corren, se persiguen los unos a los otros por el descampado, todavía sin el polideportivo y el campo de rugby, y enarbolan los jerséis de color granate del uniforme. Giran y giran como hondas en busca de un objetivo que golpear, una mejilla indefensa, un brazo o una pierna desprotegida, un trasero en retirada. Algunos hacen un nudo en las mangas para que el impacto provoque más daño. Pero invariablemente los gritos de júbilo se suceden a los tropezones, los cardenales y los aullidos de dolor cuando una víctima es alcanzada. Los muchachos se desplazan como bandadas de gorriones y cuando se produce un arremolinamiento el juego se vuelve peligroso, excitante, mancha el polvo sus miradas pecosas, los faldones de las camisas flamean y el júbilo se vuelve tangible.

Él no participa en el juego. Observa desde la distancia, como un explorador en un safari. Y, como el que ve el curso irremediable de la naturaleza en el desgarro de una presa, siente escalofríos de pena y de dolor. ¿Acaso ninguno de sus compañeros se da cuenta? ¿Pueden ser todos ellos tan crueles, tan insensatos? Porque los jerséis que utilizan como juguetes de guerra tienen que haber sido, en su momento, confeccionados por manos de mujer amables, trabajadoras, puntillosas. Mujeres quizá, como sus madres, que sonríen con afecto y benevolencia al dar cada puntada mientras piensan que esas prendas servirán para proteger del frío a niños como él. Nadie parece pensar en eso mientras se empeñan en dejarse llevar por sus instintos, mientras se crecen bajo la ley del más fuerte, mientras maltratan la tela granate hasta convertirla en jirones.

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Medium 9788483935156

S.O.S. Dios

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

S.o.s. Dios

 

L. P., dueño de (...) TV, la define como

el canal «que sintonizaría con Dios».

El País, 2-IX-1998

 

A Pablo García Casado

 

Les habían dado dos horas para desalojar el despacho. El reverendo Powell retiraba sus cosas del escritorio y las iba guardando en cajas, que numeraba con un rotulador azul si eran suyas, y con un rotulador rojo en caso de que fueran de Ralph. Le dolía la cabeza, se sentía cansado. Ralph llegó poco después. Ah, ya ha empezado usted, le dijo mientras colgaba su abrigo en el perchero metálico de la entrada, pensé que me esperaría, hay cosas realmente pesadas aquí dentro, señor Powell. Si te esperara siempre llegaría a viejo antes de darme cuenta, contestó el reverendo, y no te molestes en colgar tan cuidadosamente tu abrigo, tendrás que quitarlo enseguida: nos han dado dos horas. ¡Dos horas!, exclamó Ralph, ¿y cómo piensan que nos dará tiempo a guardar todo esto?, son unos sinvergüenzas, ¿verdad, señor Powell? El reverendo Powell dejó por un momento de ordenar las libretas y observó a su secretario, miope, lampiño, flaco. Sólo dijo: En Illinois las cosas funcionan así, Ralph. El secretario se encogió de hombros y se agachó para mover un par de cajas. ¿Estas son las mías, señor Powell? No, no, las pintadas de azul son mías, las tuyas son las otras, las de rojo, he empezado por tus cosas, estaban más a mano. ¿Más a mano?, preguntó Ralph, ¿a qué se refiere? A nada, Ralph, a nada, cállate y ayúdame a guardar mis cosas. Nos han dado dos horas.

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Medium 9788483935064

Origami

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Origami

 

No hay inteligencia allí donde no hay

cambio ni necesidad de cambio.

Herbert George Wells

 

Me he despertado muchas madrugadas con la sensación de ser un fantasma en mi propia vida, sintiéndome un cobarde, un fracasado, maldiciendo en secreto cada día que me amenaza con su rutina cándida y glacial. En cambio durante la noche todo me parece diferente, la cabeza me bulle de ideas; mientras otros mueren de cansancio yo respiro mejor, me siento capaz de hacer cosas increíbles, de amar o de matar como en ningún otro momento, hasta el más patético de los hombres me importa.

En realidad he dormido a ratos toda mi vida, nunca toda la noche, y sin embargo eso jamás me había preocupado mucho, puesto que no conocía otra forma de dormir; ni siquiera se me había ocurrido contárselo antes a Edna, como imagino que un sonámbulo no cuenta a su mujer cada pesadilla que tiene. Pero el día que volvimos de las vacaciones de agosto, por hablar de cualquier cosa se lo dije, y desde entonces ella empezó con que no era normal que me desvelara así, que todo el mundo dormía de un tirón y esa clase de bobadas; luego fueron sus padres, nuestros amigos, incluso mi compañero de ventanilla en Correos, hasta que me dio por creer que sí me ocurría algo raro, que quizá todo esto del insomnio era sólo el primer síntoma de una extraña enfermedad.

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Medium 9788483935019

Atención a la nieve

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Atención a la nieve

 

Es una ley no escrita de la óptica: una lente está rota, la otra no, pero toda mirada convalece.

 

*

 

Vi murallas de carne ante las grutas de coral vivo, escombreras, amalgamas móviles: llevaban de la mano a los pioneros de una nueva especie, excluida de la clarividencia.

 

*

 

Lo que expresa algún tipo de equilibrio está siempre drenado.

 

*

 

Quieren a la tormenta arrodillada, esa es su álgebra, esa es su forma innoble de no querer.

 

*

 

Fatiga de elegir entre un origen y otro: una vocal se extingue, y la siguiente –ávida o asustada– excava un túnel en el viento, deposita un hexágono de plata sobre el humus de la maduración.

 

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Medium 9788483935446

Faltar un pelo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Faltar un pelo

 

«Los reencuentros son siempre delicados», piensa Patxi mientras camina decidido y a la vez temeroso hacia el lugar de la cita, «seguro que ya no tenemos nada que ver. En cuanto acabemos de comer, digo que tengo un compromiso urgente y me voy». Por su lado, Jose tiene pensamientos parecidos, y revisa su figura trajeada en cada escaparate que puede. Mete estómago y endereza espalda. «Han pasado tantos años», se dice, «igual ni nos reconocemos». Casi treinta años y nada más verse, sin embargo, cruzan una mirada cordial y profunda que los une más aun que el abrazo en el que se aprietan instantes después. La amistad es la amistad, se dice cada uno para sí. Y al otro, espejo benévolo de sí mismos, lo observan y le comentan que parece mentira, que es como si no hubiese pasado el tiempo. Se relajan. Y, en efecto, les parece que no ha pasado el tiempo. Caminan justo los metros que los separan del restaurante elegido, el mismo local elegante y lujoso en el que comieron los dos la última vez que se habían visto, justo el día en que Patxi partía para América. Se ríen al recordar que en aquella ocasión se fueron sin pagar, después de pedir y comerse los platos más caros de la carta. «Teníamos buenas piernas», comenta Patxi. «Y mucha cara dura», señala Jose. Y acto seguido añade: «Ahora ya tenemos esa edad en que no se puede huir, ahora lo que toca es quejarse del pelo en la sopa». «Sí», comenta el otro con gesto divertido, «¡pero ya me dirás de dónde sacamos ahora un pelo para tirárselo al plato!». Se observan. Están calvos. Los dos. Por completo. Ríen. Son los mismos de siempre, casi, casi. En fin, porque les falta un pelo, que si no... De ahí.

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Medium 9788483935279

Arte bizantino

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Arte bizantino

 

Pocos días después de llegar al edificio, la escritora fue a presentarse a los porteros. De inmediato y a pesar de sus evasivas, la obligaron a pasar a la vivienda, en planta baja. No hubo manera tampoco de decirles que no quería tomar nada, así que se sentaron a fumar alrededor de la mesa camilla cubierta por un hule de flores azules y blancas, y los tres se bebieron un cortado sin azúcar muy caliente en tres recipientes distintos –un vaso duralex marrón, un tazón de plástico verde para café con leche y una taza pequeña y blanca, sin asa.

La escritora contestó que era escritora cuando le preguntaron qué era –y tanto la pregunta como la respuesta la dejaron pensando varios días: ¿qué hay que contestar cuando te preguntan qué eres?–. La portera aprovechó para contarle que también ella escribía, y sacó varias libretas de espiral para demostrárselo y le confesó que desde hacía algún tiempo estaba con una novela que a lo mejor a ella, a la escritora, le gustaría leer. De modo que la escritora, vamos a llamarla Andrea, dijo claro, claro, en cuanto acabe de instalarme y me organice seguro que encuentro el tiempo. Pero mentía, sin duda pensaba que jamás leería aquel cuaderno escrito a mano con letra pequeña. Mentía porque Andrea todavía no era la que iba a ser años después, una persona capaz de decir lo que pensaba y de hacer lo que decía. Soltó aquella mentira que le pareció piadosa e iba a levantarse cuando fue él quien habló, el portero, que contó de su afición por la pintura y, ufano, sacó algunos lienzos enrollados, los desplegó sin miramientos sobre las tazas de café vacías y el cenicero lleno de colillas, y dejó que Andrea contemplara, con una sonrisa forzada y los ojos entrecerrados, aquellas vírgenes de colores llamativos circundadas por mandorlas con cenefas llenas de dibujos que recordaban al típico azulejo andaluz. Suelo exponerlas, dijo el portero, vamos a llamarlo Miguel, suelo exponerlas aquí mismo, dijo Miguel, en el patio de luces, justo estaba a punto de colocar una obra, mañana la verás, las ilumino y todo, quizás tú quieras escribir sobre mi historia, a ella no le interesa –se refería a la portera, vamos a llamarla Teresa–, Teresa dice que bastante tiene con lo suyo. Andrea no podía quitar los ojos de las pinturas que le mostraba y Miguel, jaleado por su atención, declaró que se sentía muy influido por el arte románico y bizantino, aunque también por la tradición popular mexicana.

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