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Medium 9788483935309

Una historia inglesa

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Una historia inglesa

 

–Hay que reconocer que los homicidios cometidos por ingleses poco tienen que ver con la historia del ficticio limpiabotas español –dijo lord Leighton Buzzard–. Suele haber en ellos un punto de complejidad que obsesiona a la policía y distrae morbosamente al público. Como en el caso de aquel profesor de Cambridge que coleccionaba cuchillos. Fueron unos años duros, de gran alarma social, en los que morían chicos jóvenes de madrugada en aparentes peleas de borrachos. Las autoridades intentaron atajarlo de diversas maneras, siempre en vano. Las muertes siguieron y lo más curioso es que el arma homicida desaparecía poco después, a veces en el mismo juzgado. Un policía intuitivo siguió la pista de un profesor, una personalidad extravagante, que gustaba de merodear por los lugares conflictivos. No pudieron acusarle de ninguna muerte, sí de haber robado los cuchillos. Los coleccionaba para su propio disfrute. Con ellos en su regazo contemplaba las fotos de las víctimas publicadas en los periódicos y sentía una mezcla de asco, crueldad y ternura que le daba placer. No se pudo demostrar que fuera el responsable de una sola de las muertes, pero, tras ser detenido por el delito de robar pruebas de cargo, los asesinatos cesaron.

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Medium 9788483935545

W. C.

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

W. C.

 

 

Era la primera gasolinera en varios kilómetros y sus­piré agradecido porque los intestinos se me disolvían entre retortijones. Un hombre sin párpados me señaló un corredor devorado por la penumbra y hacia allí caminé de baldosa en baldosa, como un equilibrista que no quiere que el público descubra que lleva las mallas descosidas. En el baño no había espejo ni luz, y el chapoteo de mis pasos delataba dos dedos o tres de un líquido sin nombre. El primer clínex lo gasté limpiando a ciegas la rueda. Al darme la vuelta pateé algo así como un casco de moto y me senté sujetándome los pantalones para que no se empaparan.

La sensación de alivio y beatitud sólo duró unos segundos porque alguien cerró la puerta con llave desde afuera. Pensé en mi coche y en el ordenador portátil que estaba en el asiento trasero. Pensé en el hombre sin párpados con mis corbatas de seda. En todo eso pensaba cuando un gruñido líquido brotó de las entrañas del alcantarillado.

Sentado en el retrete percibí que algo veloz y delirante subía por las tuberías. Sus uñas crepitaban metálicas y los sorbos de la criatura eran tan intensos como el chasquido de sus mandíbulas. El segundo clínex se me ca­yó en aquel charco espeso. Me incorporé hacia la puerta sin soltar mis pantalones cuando algo salió del guáter con la potencia de las focas de los circos rusos. Caí de bruces al suelo.

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Medium 9788483935743

Un presidente virtuoso

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Un presidente virtuoso

 

El acusado por el Santo Tribunal aceptó los cargos de tener mando sobre demonios para evitar la tortura y de paso demostrar lo absurdo de las acusaciones. Señalando al presidente del tribunal dijo: «Yo ahora ordeno a mis demonios que se lo lleven al Averno». Hubo un momento de pánico en la sala que puso una gran palidez en los rostros, pero nada sucedió. «¿Ve, Vuecencia? –argumentó con una media sonrisa–. Nadie viene. Los demonios no me obedecen.» El presidente del tribunal, recuperado el color del rostro, afirmó con aplomo: «No es su maldad la que aquí prevalece, sino mi virtud».

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Medium 9788483935736

El castillo secreto

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

El castillo secreto

 

El castillo se alza en esta misma comarca, pero no es visible en la vigilia. Para llegar a él hay que encontrar un camino que a veces se presenta durante el sueño, abriéndose delante de nosotros conforme avanzamos paso a paso. El castillo no parece muy grande, pero tras el amplio vestíbulo hay muchos pasillos, en varios pisos, con innumerables puertas idénticas que dan entrada a las habitaciones. Yo conozco la habitación sin límites, donde se cae sin cesar, y la que da acceso a una escalera de caracol que nunca concluye. Conozco también la habitación de los susurros que no se pueden entender, la de las grandes sombras con formas monstruosas, la del reloj que marca cada segundo con una gruesa gota de sangre que salpica las paredes. Y está la habitación del mar de peces muertos, y la de los pájaros ciegos que revolotean sin rumbo. Yo conozco la habitación de las dunas, sembradas de esqueletos de exploradores perdidos, y la de las ciénagas, donde flotan ropas, sombreros, mapas. Ese castillo es peligroso, porque para salir de él es necesario despertar, y muchos no lo consiguen, aunque cada día los veas a tu lado y ellos y tú creáis que están despiertos.

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Medium 9788483935415

Nada

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Nada

 

Llegó a la conclusión de que sólo la nada es perdurable y abandonó la escritura. Pero había presentado un libro con ese título a un concurso y fue premiado.

 

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Medium 9788483935996

Familia, desierto, teatro, casa

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Familia, desierto, teatro, casa

 

 

I

 

Mabel Lavana: cuando piensa en ese nombre, y en todo lo que vino detrás, lo primero que Bernardo imagina es la cabeza de ella delante de un vasto fondo neutro, sin nada, que se va poblando poco a poco de edificios aplastados como en los cuadros primitivos, aquí la fachada del liceo Humboldt, allá la entrada al Hospital Clínico, y un poco más lejos él mismo subiendo los peldaños de su casa de Rosales con un pañuelo manchado de sangre. Bernardo no entendía gran cosa. Hacían juntos los deberes, Mabel los hacía y él miraba fascinado su atroz caligrafía, la pantalla difusora de encaje en la mesilla, aquella mano que enmarañaba a lo mejor un polinomio en el centro de la plana. Mabel Lavana, aquel diminutivo ridículo, tan odioso para él, y sus grandes pies que tanto le hacían sufrir en los recreos y la forma en que Bernardo no entendía nada en sus polinomios. Mucho rato después de haber cerrado el cuaderno, continuaba él viendo el diminuto broche de cifras en el medio de la plana de cálculo tan blanca.

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Medium 9788483935545

El dominio

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El dominio

 

 

Cuando descubrí que el dominio www.infierno.com no estaba registrado, pensé que había cometido algún error. Sin embargo, al teclear de nuevo la dirección comprobé que era verdad: no le pertenecía a nadie. Y así, por una suma insignificante me hice con el dominio del infierno.

No había terminado de crear los contenidos del infierno cuando ya la página tenía cientos de miles de visitas y un número semejante de solicitudes de correos electrónicos con el nombre del usuario más @infierno.com. En menos de una semana las multinacionales más poderosas me ofrecieron su publicidad y miles de portales de todo el mundo crearon enlaces directos con mi web, que según los mejores buscadores ya era uno de los diez sitios más visitados del ciberespacio. En medio de aquella orgía de éxitos recibí una oferta millonaria por mi página y la vendí sin pestañear, porque el dinero me interesaba mucho más que el dominio del infierno.

Desde que hice aquel negocio no he dejado de viajar y de gozar por todos mis orificios, pero he entrado al cibercafé de un hotel caribeño para visitar el infierno y el programa me dice que esa dirección no existe. Tecleo de nuevo www.infierno.com y la respuesta es la misma. Muerto de risa vuelvo a solicitar el dominio del infierno, preguntándome si la página me la habrían comprado los jesuitas o los del Opus. No obstante, al día siguiente recibí un correo que me dejó perplejo: «Estimado cliente, de acuerdo con nuestros archivos su alma ya forma parte de nuestra base de datos. Reciba un cordial saludo».

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Medium 9788483935941

El acantilado

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

El acantilado

 

A las cinco de la mañana el padre despertó al hijo y le dijo que se vistiera, había llegado la hora. Con los ojos soñolientos y la voz entrecortada, el niño vio ese rostro barbado, esa mirada azul y penetrante, y le dijo que no quería ir. Su madre le había dicho que no tenía que hacerle caso en todo a él, que incluso no estaba obligado a quedarse con su padre los fines de semana.

El padre le agarró el brazo con firmeza y dijo:

–¿Qué es eso de no querer quedarte conmigo? Ella no sólo se va con ese imbécil, ahora te mete ideas para que no te vea más. Vístete.

El niño se levantó y, mientras se sacaba el pijama y se ponía los jeans y los tenis, se preguntó qué había sido primero. Si su madre había dejado a su padre cuando él comenzó a hablar de platillos voladores, o si el padre había comenzado a hablar de platillos voladores una vez que la madre lo dejó. Cuando ella se fue de la casa, él dijo que la ciudad era muy chica para los dos y dejó su trabajo y vendió la casa y compró una cabaña a tres horas de la ciudad, a quinientos metros del acantilado. Había vistas espectaculares del mar, pero la región era desolada y el niño odiaba los fines de semana en que era el turno de estar con su padre; no había televisión en esa cabaña, ni computadora ni videojuegos. Sólo podía leer y jugar juegos de mesa, cosas que no le llamaban la atención.

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Medium 9788483935293

Pirarucú

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Pirarucú

 

Se tomaba sus molestias. Antes de robar yogures, Andrea comprobaba la fecha de caducidad y sólo cogía los que estaban al límite. Había otra forma de hacerlo: esperar donde los contenedores. Siempre había gente donde los contenedores. Gente con abrigos y manos grandes. Gente dispuesta a pelearse por una bandeja de carne mohosa o por una lechuga mustia. Productos ilegales y todavía digeribles que el supermercado desechaba por kilos. A Andrea no le bastaba aquello. Andrea usaba ropa ajustada y manos pequeñas, blancas, infantiles. Robar como ella robaba tenía sentido. Alguien que sólo escoge alimentos a punto de perecer. Casi una virtud. Entraba en su casa, se subía la cremallera de la cazadora y se tumbaba en la hamaca del jardín. Comía yogures y tiraba los envases a la piscina. Porque le daba la gana. Por el bien del jardinero. Su puesto dependía en buena parte de mantener el agua en condiciones. Incluso en invierno. Ella la ensuciaba y él la limpiaba. Una labor en equipo.

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Medium 9788483935446

El precio de la vida

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El precio de la vida

 

Me ha dado mucho miedo la muerte, por qué voy a negarlo a estas alturas. Algunas noches, durante penosos duermevelas, le he visto la cara. Sé que es siniestra y, curiosamente, muda. La muerte no habla. Solo puede comunicarse mediante gestos, ignoro la razón, pero lo sé con certeza, me ha dirigido miradas y ademanes aterradores, sé que me espera, que me busca, que me ronda desde hace demasiado tiempo ya. Debe de haber alguna razón por la que aún no se ha atrevido a raptarme y he vivido hasta hace poco con la curiosidad de averiguarla, pero es inútil. Algunas veces he pensado que me quedaba alguna tarea pendiente, y me he esforzado por no hacer nada nuevo. Otras veces he creído que eso eran bobadas y me he despreocupado de calcular qué novedades me faltaba experimentar.

Ahora me da lo mismo caer antes o después. A ratos olvido quién soy y quiénes son los que me rodean. Esos, aunque parezca mentira, son los momentos más felices. Cuando vuelvo a la realidad recorro con la mirada el territorio en el que me encuentro y cierro los ojos con fuerza para conjurar el horror. El lugar en el que estoy es la vejez. Y no hay retorno.

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Medium 9788483935125

El enviado

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El enviado

 

La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.

Jorge Luis Borges, La lluvia

 

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.

Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.

Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:

–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

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Medium 9788483935255

Demasiado temprano

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Demasiado temprano

 

Luego de estar diez años casada con un hombre llamado M., mi amiga L. quedó viuda. Sólo volvió a casarse tras dos años de luto y enseguida tuvo un niño, su primer hijo varón, al que también bautizó M., a pesar de la oposición general. A medida que este niño crecía, todos los amigos de L. fuimos advirtiendo que sus rasgos eran poderosamerite idénticos a los del finado esposo; sin embargo, nadie osaba mencionar este asunto en su presencia. Ocurrió mucho después, cuando M. hijo era ya un veinteañero, que mi amiga hizo alusión a este fenómeno. Nos hallábamos a solas, un domingo por la tarde. Primero me contó que había escondido las antiguas fotos de su marido muerto para que el padre del niño no advirtiese el evidente parecido; al instante me dijo que estaba convencida de haber cometido un craso error, el de quedar embarazada demasiado temprano, cuando su segundo matrimonio «todavía estaba muy fresco». Creía mi amiga que si hubiera dejado pasar más tiempo, su hijo nunca habría adquirido el aspecto de M.

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Medium 9788483935149

Anabela y el peñón

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Anabela y el peñón

 

¿Quién se atreve a nadar hasta El Cerrito?, preguntó Anabela con cara de, no sé, de algo mojado y muy luminoso. Me imagino una galleta del tamaño del sol, una galleta enorme hundiéndose en el mar. Un poco de eso tenía cara Anabela cuando nos lo preguntó.

¿Nadie se atreve?, insistió ella, pero ya no puedo decir qué cara puso porque la vista se me fue más abajo. Su traje de baño era verde, verde como, no sé, ahora no se me ocurre ningún ejemplo. Era un verde clarito y los triángulos de arriba pinchaban un poco por el centro. Anabela siempre se reía de nosotros. Y tenía derecho, porque nos llevaba dos años o a lo mejor tres, era casi una mujer y nosotros, bueno, nosotros le mirábamos la parte de arriba del traje de baño. Valía la pena que ella se riese, porque sus hombros subían y bajaban y la tela verde clarita se le movía también por adentro.

Como nadie contestó, Anabela se cruzó de brazos. Y eso fue lo malo, porque ya no se vio nada y tuvimos que mirarnos entre nosotros y notar nuestras caras de miedo al mar y de rabia por no poder estar a la altura de Anabela. Una altura, no sé, de olas con mucho viento, como las que los chicos mayores recorrían con sus tablas, y entonces nos dábamos cuenta de que solamente uno de ellos podría hacer feliz a Anabela. Pero ella nunca les prestaba atención, y eso nos desconcertaba todavía más.

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Medium 9788483935743

La partida

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La partida

 

¿Y no seremos nosotros las piezas de un tablero en una partida jugada por los dioses? «Ahora te como a Anselmo López.» «Y yo, a Román Fernández.» «Yo, a Julio Álvarez Cifuentes.» Así hasta completar los cientos de miles de muertos que hay cada día en el mundo, al tiempo que van entrando en juego nuevas fichas, a las que nosotros tomamos por hijos o por nietos.

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Medium 9788483935798

Preguntas y respuestas

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

 

Preguntas y respuestas

 

Hará pronto seis meses que mi casa es la única habitable en toda esta cuadra cercada por demoliciones y construcciones que, de interrumpidas, semejan grandiosos esqueletos. «La calle de las ruinas», han bautizado mis pocos amigos a esta cuadra, que en verdad es un breve pasaje llamado General R. F. Lobrano.

Los nombres de las calles son algo así como mi especialidad. Díganme una, cualquiera, y les recitaré las páginas de historia tras su nombre. Alguna vez intervine en un concurso de preguntas y respuestas en la radio, contestando sobre «Nombres de las calles de la ciudad de Buenos Aires». Admito que tuve suerte. Existen muchas calles de una o dos cuadras, casi perdidas, igual que la mía, calles de las cuales no siempre sabría qué decir. Por fortuna, ninguna pregunta las menciona­ba y obtuve aquel certamen. Pero si el saber tiene que empezar por casa, esa vez no era así: al momento del concurso no había averiguado aún, pese a mi empeño, quién fue el general Lobrano. Incluso temía que el jurado me jugase una mala pasada preguntando justo por mi calle. Por eso mismo falseé mi domicilio al inscribirme.

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