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Superwind

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Superwind

 

En los últimos meses, Superwind piensa a menudo en abandonar la ciudad y marcharse a un pequeño pueblo de la costa para empezar de cero. Lo piensa casi todos los días, cuando se hacen las once en el reloj de la cocina y vuelve a encontrarse allí, sentado en una silla con sus mallas de licra y su capa verde, ante la tercera o cuarta taza de caldo de alcachofas de la mañana, sin noticias de la central de superhéroes. Superwind ha engordado bastante, se siente hinchado como un globo y las costuras del traje se le clavan en las ingles, así que no le resulta nada agradable esperar el aviso de una misión durante horas, con ese ridículo disfraz puesto. Superwind mira la letra que le cruza el pecho, una uve doble cada vez menos dorada que parece encogerse con cada lavado, como si se avergonzara de estar impresa en el pecho fofo de un fracasado. Superwind suspira hondo y entonces se le escapa un sonoro pedo que retumba en las paredes y se queda suspendido en el aire como una estela verde de gas. Superwind se acerca la taza de caldo a los labios y contempla con melancolía la nube de energía fétida que acaba por diluirse y desaparecer en unos segundos. Se dice que él nunca ha sido un superhéroe de primera, pero los últimos tiempos están resultando especialmente duros. Nadie parece necesitar a un tipo cuyo único superpoder es lanzar ventosidades huracanadas, capaces de narcotizar a un elefante furioso huido del zoo, o de trazar en el horizonte frases publicitarias durante unos segundos. Y a veces ni aun eso, reconoce en un murmullo Superwind, poniéndose en pie y caminando hasta la ventana porque le golpea el recuerdo de la última casa comercial que lo fichó, una empresa de látex que se negó a pagarle cuando no fue capaz de escribir en el cielo aquel ridículo eslogan las veinte veces diarias exigidas por contrato. Condones Tropicana, noches de gozo sin pozo, a quién se le ocurre. Era una frase demasiado larga, trata de consolarse Superwind, que revive con un escalofrío la fatiga y la impotencia de aquella misión, la sensación de derrota y las agujetas en el bajo vientre con las que regresó a su apartamento, capibajo y triste, confiando en que Stargirl estuviera todavía en casa para poder contarle lo perdido que se sentía.

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Medium 9788483935088

Almíbar del cactus

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Almíbar del cactus

 

Por el retrovisor veo verterse el agua hirviendo sobre el asfalto liso. Supongo que a esta hora estaré solo, es hora de que el brillo de los cactus rasgue el viento y se deshaga en mil hebras luminosas estrellándose contra el cristal, y uno siente cada vez más calor pero sigue, porque adónde ir si no. Junto a la hilera de cactus se suceden los planos áridos, las piedras, más allá los olivos. Desde hace rato huelen los kilómetros, mi peugeot rojo es el fósforo del camino, los pájaros que de vez en cuando se cruzan conmigo parecen volar tensos. Estoy casi seguro de que al salir olvidé algo, no sé, quizás unos papeles, un abrigo, pero cómo pensar ahora en abrigos. He olvidado ya demasiadas cosas. En vez de cactus ahora son matorrales, se acercan unos a otros hasta golpear verde con verde y desdibujarse en manchas grises que no veré otra vez, dos grises nunca son iguales, y entonces miro el retrovisor, y la lava se vierte encima del asfalto. Se diría que arrastro los pies, que voy corriendo dentro de mi peugeot, de tanto que me arden los talones. Cómo podría recordar qué olvido. La llamarada, solo puedo aliviar los pies si aprieto más y más sobre el asfalto, este sabor pastoso en la boca me dice que debería descansar un rato, no sé, quizás un mapa, un libro, quién se acuerda ya. Todo se vuelve ingrávido y me enrosco en la serpentina del camino, se derrite, aprieto más, otra vez muchos cactus, una vez mi hermano me dijo vamos, no te van a hacer nada, acércate con tu cortaplumas, hermanito, y fíjate qué sale de dentro de esos cactus, vamos, es fácil, no te asustes, en el fondo los cactus se parecen a las rosas, y en realidad dan agua, ¡sí, agua!, acércate y verás. Yo me acerqué, extendí un brazo, cerré los ojos y lancé el navajazo, y cuando abrí los ojos pude ver un líquido almibarado saliendo del cuerpo verde de aquel cactus y otro líquido diferente, como acuarela roja, manando de mi dedo. Mi hermano mayor nunca me quiso más que a sus ganas de sentirse sabio ante mí, pero qué te has hecho, hermanito, qué te has hecho. Y qué carajo puedo haber olvidado, un abrigo no, eso sería imposible, un libro, eso quizás, o un mapa de estos lugares. Pero los mapas no sirven cuando te guían el calor, los pájaros, la serpentina, es una línea y su explosión, qué más podría necesitar salvo agua, agua de los caminos y los cactus y la boca, hermanito, ven aquí, no estés tan pálido, primero te lavamos bien la herida y después la dejamos al sol, el sol, que despacito te cura, el sol, el sol, no estés tan pálido, hermanito. Era tan fácil obedecer y estar a salvo, ven, no le digas a mamá que te he prestado el cortaplumas o ya no te lo presto nunca más, era tan fácil, pálido, pálido al sol, la herida abierta y sin embargo tan fácil olvidar lo que nos duele, seguir sintiendo siempre su dolor, ese dolor sin causa que late en los talones por ejemplo, ese que nos recuerda que ya hemos olvidado de qué o quién huimos. Huir. Correr tras los olivos más allá, los ángulos amarillos, el temblor de algún pájaro, uno mira hacia arriba y solo ve la lona y el silencio. Y entonces apretar, apretar más porque detrás se van abriendo rápido las heridas, al mismo ritmo que uno corre y no se acuerda y los talones rozan el suelo, al mismo ritmo arrasan el terreno y se calientan, blancas y cegadoras como el agua de la sed. Ya sé. He olvidado traer la foto de mi hermano, que está muerto.

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Medium 9788483935750

Del Libro de Naufragios

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Del Libro de Naufragios

 

Lo conocí hace unos años, la primera vez que visité aquellas costas para recoger información destinada al Libro de Naufragios que, desde hace tanto tiempo, estoy intentando escribir. Me habían hablado del lugar agreste frente al que, una noche de 1890, se fue a pique The Serpent, buque escuela de la armada británica. En el desastre perecieron, al parecer, trescientos hombres, cuyos cuerpos fueron sepultados por los vecinos de los alrededores en un rústico fosal, llamado desde entonces Cementerio dos ingleses.

Yo había bajado hasta el lugar –situado frente a la mar brava, en un declive del terreno especialmente silvestre y propicio a la melancolía– y contemplaba aquel conjunto de viejas losas de piedra, descuidado y ruinoso, cuando llamó mi atención un repentino alboroto de aves que graznaban. Bastantes metros más abajo del punto en que me encontraba, cinco o seis gaviotas remontaron el vuelo.

La causa de aquel sobresalto resultó ser un hombre que ascendía la ladera, saltando con agilidad de roca en roca. Cuando llegó a mi altura me saludó en castellano muy finamente, y continuó su camino sin detenerse. Portaba en banderola una pequeña grabadora de sonido y un macuto de lona muy sucio.

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Medium 9788483935446

Mi matrimonio

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi matrimonio

 

Mi marido, el pobre, se ha hecho viejo antes que yo. Viejo de la cabeza. Después de tantas cosas como hemos vivido juntos, tantos proyectos como habíamos hecho para la tercera o cuarta edad, me encuentro ahora con que, en lugar de compañero, tengo al lado una especie de niñito indefenso y caprichoso. Lo peor de todo es que, con el fin de no herir su creciente y enorme susceptibilidad, me las veo y me las deseo para que no se dé cuenta de que tengo que repetirle las cosas veinte mil veces, que si no, las olvida. Pero ni así. Solo para que se acuerde de subir el pan –y no se lo pido porque no pueda bajar yo, que acabaríamos antes, sino para que se sienta útil–, tengo que hacer mil y un malabarismos: «Cuando pases por la panadería, pregúntale a doña María si le debemos algo». Al cabo de un rato: «Por cierto, a ver si está hoy el pan más bueno, porque lo que es ayer...». Luego, mientras tomamos un café descafeinado: «Si te encuentras con Paco en lo de doña María, podrías preguntarle por lo de la excursión». Más tarde: «Esta salsa que estoy haciendo hoy va a conseguir que te acabes la barra de pan». Un poco después: «Me ha dicho la del quinto que van a subir el pan no sé cuántos céntimos». Y por fin, antes que salga de casa: «Con la hora que se ha hecho, si ya no le quedan de cuarto normal, tráete una sin sal». Aún así, a veces vuelve sin el pan –pero con una escoba nueva, por ejemplo– y me toca bajar a mí. En ocasiones he llegado a pensar que se burla de mí, que se está vengando de algo. Pero no. Es que está viejito, mi Pedro.

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Medium 9788483935309

Croquetas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Croquetas

 

–Desviación amorosa, dice usted. Todo un tema, señores –aseguró lord Stormontgate–. Recuerdo ahora el caso de aquel juez que tuvo que ocuparse del suceso más extraordinario jamás ocurrido en los ambientes de la alta cocina londinense, si se me permite hablar así. Y precisamente una de las protagonistas era compatriota de nuestro querido embajador, dueña con su marido de un restaurante en la mejor zona de Kensington; según parece, una cocinera extraordinaria. El marido, un galés educado en Francia, admiraba sus dotes culinarias pero discutía con ella los nombres de los platos. Si él, para bautizarlos, abusaba de lo poético y hasta de lo celestial, ella se inclinaba por lo más áspero y prosaico, uno de sus platos, por ejemplo, tenía el imposible nombre, y se lo digo en español, de atascaburras. El galés, por lo visto, era además muy posesivo. Un buen día mató a dos clientes del restaurante en un ataque de celos. No a uno, sino a dos. ¿Habían ido a la cama con ella? ¿Le habían dirigido palabras obscenas? Nada de eso, simplemente la habían mirado fijamente mientras manipulaba la masa de las croquetas. El juez, un buen juez inglés, antes de dictar sentencia, se acercó al restaurante y entró en la cocina. Lo hizo más de un día, hasta que pudo ver con su propios ojos cómo la española daba forma entre sus manos a la masa de las croquetas, unas manos blancas, finas y sensuales que envolvían suavemente los blandos cilindros hasta que tomaban la consistencia adecuada, primero uno, luego otro, y lo hacía con un mimo y una delectación muy especiales… El juez se sintió tan turbado que cualquiera podría pensar que eso iba a librar al marido de una larga condena; pero ocurrió lo contrario, la sentencia fue lo más dura que permitía la ley. Y ya, con el marido a buen recaudo, el juez se convirtió en el mejor cliente del restaurante. Siempre pedía croquetas.

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Medium 9788483935736

Portazgo

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Portazgo

 

Empecé a soñar que estaba delante del acceso a un lugar que debía de ser muy antiguo, por el aspecto de los oscuros muros pétreos y la calidad de la enorme puerta, en que la madera, el bronce, el oro y la plata se conjuntaban para mostrar una solidez y una majestad de otro tiempo. Me acerqué para entrar, pero había allí un guardián, un hombre muy alto, con atuendo de sij, los brazos cruzados, que llevaba un gran alfanje colgado del cinturón, y que me exigió pagar una moneda. Yo no llevaba dinero conmigo, y tuve que permanecer ante las grandes puertas y el inmóvil guardián durante mucho tiempo, hasta que me desperté. El sueño se repitió tantas veces que comenzó a inquietarme, y una vez se lo conté a mi mujer, mientras desayunábamos. Métete un euro en un bolsillo del pijama, dijo mi mujer, echándose e reír. Lo hice, y por fin he soñado que el guardián me dejaba pasar tras entregarle la moneda. El lugar es inmenso, y en él se concentra toda la gloria de los imperios antiguos, el sitio de Tikal y la pirámide roja de Shakara, el palacio de Darío en Persépolis y los templos carnales de Kahurajo, el palacio de Ctesifonte, el Fuerte Rojo de Agra, el templo sonoro de Visnú en Vijayanagar, con muchas otras edificaciones, jardines, sitios ceremoniales. Es una hora de crepúsculo permanente, la luz rosada dora las antiguas piedras y yo soy el único visitante de este lugar en el que permanecen las muestras el esplendor antiguo. Pero ha pasado mucho tiempo y decido regresar a la puerta. El guardián está ahora en la parte de dentro, y cuando me dispongo a salir me exige otra moneda. Le digo que ya no me queda ninguna, saca el alfanje con ademán amenazador y me obliga a permanecer ante la salida. Y aquí estoy, esperando un despertar que no llega.

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Medium 9788483935477

El hombre de la apuesta

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

El hombre de la apuesta

 

Un boxeador sonado con la sangre saliendo de su ceja, la nariz bloqueada, un solo ojo abierto, las costillas hundidas. Un boxeador que, no obstante, ¿el coraje?, ¿el alma?, ¿la necesidad?, se ha convencido de que va a ganar, de que ya le toca levantar el brazo. No porque lo diga, porque lo repita como un estribillo monótono, nana de púgil que suena a sonsonete, sino porque en la turbiedad de sus ojos brilla tan claro el pez del ansia que uno no puede dejar de creer que será cierto.

Pero su entrenador es un profesional: ve el combate como una dialéctica de pesos y medidas, y no permitirá que reciba semejante castigo.

Yo, escuchando a su novia, no podía apartar de la cabeza esa imagen.

–Si no fueras su mejor amigo, no habría acudido a ti.

Si no fueras su entrenador, no habría venido a suplicarte que lo impidas.

–Bueno, Elisa, bueno. Pero si él no me ha dicho nada.

Tampoco me contó que había empezado vuestra relación hasta seis o siete meses después. Tampoco tú, desde luego. Pero él y yo éramos amigos; lo éramos. Porque yo sé cómo soy: se me traiciona una vez y no se me engaña más, retiro mis fondos de ese banco en quiebra. Yo no perdono nunca. Y él, si lo sabe –y tengo que habérselo dejado saber–, no quiso creerlo.

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Medium 9788483935798

El definitivo Benincasa

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El definitivo Benincasa

 

Al día siguiente Dionisio Soler me encomendó un dossier sobre la obra de Juan Adolfo Gandolfo para Letras y palabras, la revista literaria más prestigiosa de Buenos Aires, y me alegré por tres motivos: era la primera vez que me invitaban a escribir allí; se estaba por reivindicar la obra de mi narrador favorito, y al mismo tiempo dicho dossier me proporcionaría un pretexto para que hiciese la prueba de reconciliarme con Gandolfo, algo así como el tutor de mis primeros pasos literarios, allá por los años setenta, cuando aún soñaba con escribir ficción y no imaginaba que acabaría así, hecho un crítico profesional de libros.

Si luego de esos comienzos abandoné la ficción para volcarme a la crítica literaria, no fue precisamente por sugerencia de Gandolfo. Más aún, debo reconocer que allí comenzó a fracturarse nuestra amistad, ya que nunca tuvo él un buen concepto de los meros comentaristas de libros, a quienes tildaba de «lameso lapas». Ese desprecio se vería acrecentado años después, cuando al publicar su delgado libro de miniaturas titulado Breve aliento, un sector de la crítica pareció batirse a duelo para ver quién reprobaba aquella obra con mayor impiedad.

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Medium 9788483935743

Los gusanos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Los gusanos

 

Cuando el profesor de religión explicó que nada existe sin que lo haya creado Dios, Juanito estuvo a punto de levantar la mano para señalar una excepción. Pero enseguida pensó que esos gusanos que devoran a los difuntos surgen de la descomposición del propio cadáver, previo nido a toda clase de huevas. Y pensó también que los planetas, las galaxias y los seres vivos, o sea el universo entero, son también una especie de larvas que no hacen sino devorar el cadáver del mismo Dios, muy descoyuntado y descompuesto ya, tras el Big Bang.

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Medium 9788483935118

La sangre

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La sangre

 

 

 

Para Andrés Neuman

 

 

 

En el principio un viento sopló sobre la tierra y el verbo se hizo sangre, savia en las plantas, rojo hemoglobina en los peces, el aparato circulatorio y su complejo tejido, la vida pujando hasta salir del agua para ascender a la violencia de los mamíferos, a este hombre ya nada mitológico que agoniza con un tiro en la sien y sus miles de millones de hematíes locos, neutrófilos alerta, trombocitos que intentan reparar el desastre de capilares rotos, el sistema de coagulación en estado de urgencia, un líquido que emerge por el orificio, el agujero de la bala que obliga a la sangre a detener esa alegría de río eterno, de gema victoriosa y convertirse en barro coagulado viscoso que fluye por venas y arterias, emerge en una catarata de maravillas fisiológicas, se hace costra para cerrar la boca de la herida, retrotrae ese perpetuo sistema pulsátil que contradice las teorías de Newton y mana libre hasta manchar la roja alfombra persa de una biblioteca en Buenos Aires, los apretados arabescos anudados por alguna mujer descalza incapaz de soñar el destino de esos dibujos que ahora recogen el líquido que mana del agujero en la sien, una tejedora nómade nacida cien años atrás que no podía concebir a ese hombre tendido como si nadara, una artesana que entregó su obra a los mercaderes para que la subieran a lomos del camello en esa larga caravana que atravesó el desierto superando días de sed y repostó, por fin, en la ciudad hecha de sol y de barro, donde la alfombra fue izada a una carreta arrastrada por bueyes que aguijoneaba un anciano, luego a un tren y a un barco inmenso donde brazos de porteadores con la piel tatuada la cargarían sobre sus espaldas para acarrearla hasta una tienda en el centro de Londres y allí sería exhibida ante las miradas atónitas de los tasadores, de los marchantes y, en un remate, sin sopesar siquiera su precio, una mujer muy hermosa con mirada triste, una extranjera riquísima de pelo color azafrán, con la mano alzada entre la multitud ansiosa, guante blanco de cabritilla, diría yo, yo, aquí, y pagaría una fortuna que hubiera servido, quizá, para alimentar a todo un pueblo de nómades durante años, y la mujer hermosa ordenaría que se la enviaran directamente al barco para que silenciosos criados de un lejano país la desplegaran blandamente sobre el suelo encerado de una biblioteca en Buenos Aires y el laberinto del dibujo luciría suntuoso, acorde con su destino de silenciar los pasos y aplacar el penoso derrumbe de un hombre vestido con un elegante frac recién estrenado en la ópera, el cuerpo tendido como si nadara, el revólver antiguo con culata de marfil junto a su mano, el cañón del arma en una torsión imposible, el prodigio de la sangre huyendo de la cabeza que mira hacia la ventana como si sospechara, como si pudiera adivinar que, pocos segundos más tarde, la ópera, la alfombra, la tejedora persa, el viejo con su carro, los porteadores, la casa de remates y la hermosa dama de mirada triste escaparían, para siempre, de su cabeza reventada.

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Medium 9788483935149

Las cosas que no hacemos

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Las cosas que no hacemos

 

Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.

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Medium 9788483935071

La lata de conserva

Alberto Marcos Editorial Páginas de Espuma ePub

La lata de conserva

 

En el bullicio del barrio de negocios más importante de Madrid, se yergue la Torre Picasso, con sus verticales de cristal perfectamente grabadas sobre el aluminio color hueso. A la sombra del rascacielos, se encoge un modesto edificio de viviendas, y en el portal, un hombre encorvado, con mono azul, limpia afanosamente la acera como cada mañana. Levanta pequeñas nubes marrones que se elevan unos centímetros, vuelan como queriendo salir de la calle hacia el ruido del tráfico y terminan por desaparecer al cabo de unos segundos de vida flotante. Después de un último escobazo, una nube terca se mantiene suspendida más tiempo del habitual. Cuando por fin se disipa, deja ver un ventanuco a ras del paso de los transeúntes que llegan tarde al trabajo. Si alguien lo limpiara con un paño húmedo vería a un chico de pelo negro rizado y ojeras violáceas teclear como un condenado ante la pantalla de un ordenador.

–¿Has traído tú estos pasteles? –pregunta una mujer rechoncha que viste una falda con estampado de palmeras y sujeta una bandeja de la pastelería Mallorca.

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Medium 9788483935736

8. Orientaciones

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

8. Orientaciones

 

En el Jardín Literario resuenan los versos y los diálogos teatrales, se habla en todas las lenguas y desde todas las formas de la conjugación verbal. En él se suceden los senderos, las escalinatas, los bosquecillos, las colinas, los estanques, las acequias con sus puentecitos, los cenadores. Está la pérgola de las elegías, el camino de los sonetos laureados, los parterres de la poesía de la experiencia y el pabellón en cuya columnata se enredan los poemas del conocimiento, la colina de las novelas totales y la loma de los best-sellers, hacia la parte de los lavabos. A veces hay laberintos, y en ellos pueden encontrarse lectores de mirada extraviada, que ya ni siquiera recuerdan cómo se pregunta por la salida de emergencia.

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Medium 9788483935019

Aqua permanens

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Aqua permanens

 

Responde a la tormenta en el interior de su carne y, más allá, en los arenales donde muere el oleaje de su carne. (No recuerda su nombre, recuerda una antorcha dormida). Llama «respuesta» a una lengua de azufre que disuelve los ecos; llama «carne» al modo en que se hiere una vez y otra contra los filos de la luz.

 

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Medium 9788483935453

Síntomas de un mal patibulario

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Síntomas de un mal patibulario

 

Fue él quien instruyó a mi hermano en las artes de matar como Dios manda. En vano busco ahora recordar un solo día de nuestra infancia en que mi padre no subiese hasta la alcoba para explicarle que un verdugo, hijo mío, debe recordar primero que el reo de muerte no es un cerdo sino un hombre culpable. Con el ánimo inflamado e ignorando mi presencia, insistía luego en cuán importante era vigilar que nadie osara nunca llamar víctima a un ahorcado, pues la mera analogía obligaría entonces al verdugo a concebirse como el asesino que no es. Aquellas, afirmaba el viejo hacia el final de sus lecciones, podrían parecer a más de uno indicaciones banales. Pero en esas minucias semánticas, como él solía llamarlas, se jugaba la cordura del verdugo y, con ello, el honor de nuestra estirpe.

Matar era para mi padre lo mismo una obligación que un privilegio. El destino nos había ungido con un don que sólo merecían quienes eran capaces retribuirlo con sangre fría. Quizá por eso el viejo añadía a veces que la parte más difícil del oficio de verdugo está menos en vencer el suelo del cadalso que en saber mantenerse impávido a la hora de observar las aéreas pataletas del ahorcado que desparrama el alma por los genitales. Los demás testigos pueden, si es su gusto, desviar los ojos o apartarse para vaciar la entraña sincopando sus jadeos con los del moribundo. El verdugo, por su parte, está obligado a mantenerse ecuánime en su puesto, aguardando el último suspiro para anunciar al médico del penal que todo está hecho.

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