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Flechazo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Flechazo

 

En su boca había un amago de sonrisa, en los ojos una luz verde y traviesa. La había visto al entrar en el vagón del metro y ahora la sentía a su espalda. Se apretaba contra él hasta trasmitirle el calor de sus pechos. Ese calor se le subió a la nuca y movilizó todo su cuerpo, no para agitarlo sino para aletargarlo. Sólo al salir de la estación comprendió que le había robado la cartera con los escasos veinte euros que llevaba. La buscó durante dos semanas, hasta que la volvió a ver en la misma estación. De nuevo le robó. Pero ahora llevaba en la cartera recién estrenada una foto suya en la que se encontraba muy favorecido y un billete de cien euros con una pequeña nota en la que venía su número de teléfono. «Llámame, por favor, me gustaría conocerte mejor», decía.

 

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Medium 9788483935736

La cuarta salida

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

La cuarta salida

 

El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote –«De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte»– es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.

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Medium 9788483935354

Silencio

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Silencio

 

He pasado un mes fuera y sólo llegar me encuentro a Juan por la calle. Me siento tan cansado que estoy tentado de no saludarle y seguir mi camino hasta casa, pero hace mucho que le perdí la pista y me apetece hablar con él. Nos damos la mano y le pregunto cómo está. Muerto, me dice. Le digo que no será para tanto y le propongo tomar algo en un bar cercano. Acepta sin energía. Venga, hombre, una caña te repondrá. Apoyados en la barra, y tras pedir dos cervezas, le digo que me cuente cómo le va la vida. Estoy muerto, repite, ¿no te lo he dicho antes? Sí, vale, como quieras, yo también estoy muy cansado, pero –insisto– ¿cómo te van las cosas? Hace mucho que no nos vemos y seguro que algo tienes que contarme. Me mira con gesto alicaído y en un tono áspero vuelve a repetir: Estoy muerto, ¿no te vale con eso? Muerto. Empiezo a pensar que a Juan le pasa algo. Quizá esté deprimido (tiene todo el aspecto), o puede que lo hayan despedido, que esté enfermo, que su mujer le haya abandonado... Trato de quitarle hierro al asunto: Muy muerto no debes de estar si te tengo a mi lado bebiendo una cerveza. Juan se levanta la manga del brazo izquierdo, lo alarga hasta a mí y me dice: Tómame el pulso, a ver si te convences de una vez. Le sigo la corriente y cojo su muñeca buscando torpemente las venas (¿o son arterias?) donde comprobar sus pulsaciones. No noto nada. Debo estar haciéndolo mal. Lo intento de nuevo. Juan me observa con una mezcla de apatía y fastidio. Pruebo otra vez. Nada. ¿Lo ves?, muerto, no hay más. Empiezo a inquietarme. Y no porque Juan esté muerto (es evidente que eso es imposible), sino porque lo que he tomado por abatimiento o depresión puede ser en realidad una crisis psicótica. Ya sé que decir que eso en Juan me extraña es una tontería (nadie es inmune), pero siempre ha sido un tipo muy equilibrado. ¿Te convences?, vuelve a preguntarme, cuando te decía que estoy muerto es que estoy muerto; no es una forma de hablar. Por tu cara intuyo que no crees una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Cómo quieres que te crea, lo que pasa es que no sé encontrar tus latidos y ya está. Juan llama al camarero y con absoluta tranquilidad le pide que le tome el pulso. Yo miro al camarero y con una sonrisa forzada le digo que no haga caso a mi amigo, que es una broma. Pero este, en lugar de reaccionar con escándalo a su insensata petición, hace lo que Juan le ha requerido. Y como si estuviera habituado a dar esa respuesta, dice cansinamente: No hay pulso. Antes de que pueda reaccionar, Juan coge mi mano y la coloca sobre la muñeca del camarero, quien se deja hacer. Tampoco noto nada. No sé qué decir. No puedo hacer otra cosa que mirar a ambos e intentar procesar lo que está sucediendo. Los dos me observan con el mismo gesto fatigado. Juan se dirige a un tipo que está bebiendo un cortado al otro extremo de la barra: ¿Le importa que mi amigo le tome el pulso? El desconocido deja el vaso y se acerca perezosamente, mientras, en un gesto que no puedo evitar tomar por habitual, se levanta la manga del brazo izquierdo. Juan guía de nuevo mi mano y la coloca en la muñeca del desconocido. No sé cómo voy a reaccionar si encuentro el mismo vacío, el mismo silencio. Los anhelados latidos no aparecen. Es imposible. No pueden estar muertos. Los veo moverse, hablar, beber. Juan interrumpe mis reflexiones. No, no te engañes pensando que es un sueño o una alucinación. Estamos muertos. Todos estamos muertos. ¿Ves esa mujer sentada en la mesa de la esquina? (La miro; es una escena que he visto mil veces: una mujer tomando un café mientras lee el periódico). Muerta. ¿Esos dos niños que pasan junto a la ventana camino del colegio? (Ambos cargan afanosamente unas pesadas mochilas). Muertos. ¿El cartero que acaba de entrar en el bar? Absolutamente difunto. No encontrarás ni un solo latido en sus muñecas. Aunque si quieres podemos hacer con ellos la misma prueba. Le digo que ya he tenido suficiente. Aunque en el mismo instante en que lo digo sé que estoy mintiendo. No es suficiente. No puede ser suficiente. Porque lo que está sucediendo es un disparate sin sentido. Pero ¿cómo contradecirles? Empiezo a dudar de mi salud mental. Quizá soy yo, y no el pobre Juan, el que se ha vuelto loco. Como si leyera mi mente, Juan me dice que no estoy loco. Y añade: Esto nos ha pasado a todos, sin excepción; al principio lo más difícil es aceptar que uno esté muerto (el camarero y el desconocido asienten con desgana). Pero entonces ¿Ana? ¿mis padres? ¿mis hermanos? De pronto, como si todo eso no fuera importante, una pregunta irrumpe en mi cerebro, una pregunta que no llego a verbalizar, porque en ese mismo momento, Juan agarra con fuerza mi mano derecha. Sin que pueda evitarlo, con un rápido movimiento la coloca sobre mi muñeca izquierda, donde ya sé que sólo me espera el silencio.

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Medium 9788483935019

Cosmogonía

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Cosmogonía

 

En el momento de crear el mundo Dios era una liebre, no todo tiene explicación, era una liebre, punto; de manera que cuando Dios dijo «hágase la luz» lo dijo con una boca pequeñísima, una boca ridícula, de liebre, y la luz se hizo, es verdad, pero se hizo igual que la vemos ahora: una luz triste y medio paralítica, una birria de luz, y yo (que de algún modo estaba allí con Dios, estaba en parte, si no recuerdo mal) le dije en confianza:

–¿A ti te parece que esto es una luz: una luz de las buenas?

No medí las palabras, lo reconozco. Pude ser mucho más diplomático. Porque el caso es que Dios se me quedó mirando con aire de condescendencia. Y entonces yo, en vez de plegar velas, me crecí:

–Te voy a ser sincero –le dije–: una luz como la que has creado puedes metértela donde te quepa. No te ofendas. Pero puedes metértela donde te quepa, de verdad.

Las liebres no tienen aguante, ahora lo sé. A una liebre tú no le puedes decir las cosas a la cara, y si esa liebre encima es Dios, ni hablemos. ¿Hay un solo Dios? Sí, hay un solo Dios, pero en el momento de crear el mundo era una liebre. La idea misma de crear el mundo solo pudo ocurrírsele a una liebre, apesta a idea de liebre; y por eso cuando yo le dije que aquella luz color mierda de liebre que había creado podía metérsela en mal sitio, no es solo ya que no me hiciera caso literalmente (con eso no contaba), sino que se agarró un rebote de tres pares. ¿Qué hizo entonces?

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Medium 9788483935248

Cenizas

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Cenizas

 

Como se habían amado tanto, acordaron que, tras la muerte de los dos, incinerados sus cuerpos, sus cenizas se guardasen en la misma urna, y que así mezcladas fuesen esparcidas por su hija en diversos lugares donde habían sido felices.

Ponerse de acuerdo los llevó mucho tiempo, pero al fin decidieron que serían esta cala, aquella playa, ese jardín, tal lugar de un monte, un pequeño valle montañés, aquel río de aguas transparentes, el prado ante aquella ermita, lugares muy distantes unos de otros, y algunos situados en espacios escarpados, de difícil acceso.

La hija y su marido, otro matrimonio feliz, comenzaron a cumplir los deseos de la pareja: visitaron la cala, la playa, el jardín, el monte…, depositando en cada lugar una porción de las cenizas. Mas las distancias y los accesos empezaron a hacer cada vez más penosa la obligación, y surgieron disensiones entre ellos. En el sexto vertido ya estaban muy enfrentados. Tras el séptimo y último, se divorciaron.

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Medium 9788483935194

El matrimonio de los peces rojos

Guadalupe Nettel Editorial Páginas de Espuma ePub

El matrimonio de los peces rojos

 

Ayer por la tarde murió Oblomov, nuestro último pez rojo. Lo intuí hace varios días en los que apenas lo vi moverse dentro de su pecera redonda. Tampoco saltaba como antes para recibir la comida o para perseguir los rayos del sol que alegraban su hábitat. Parecía víctima de una depresión o el equivalente en su vida de pez en cautiverio. Llegué a saber muy pocas cosas acerca de este animal. Muy pocas veces me asomé al cristal de su pecera y lo miré a los ojos y, cuando eso sucedió, no me quedé mucho tiempo. Me daba pena verlo ahí, solo, en su recipiente de vidrio. Dudo mucho que haya sido feliz. Eso fue lo que más tristeza me dio al verlo ayer por la tarde, flotando como un pétalo de amapola en la superficie de un estanque. Él, en cambio, tuvo más tiempo, más serenidad para observarnos a Vincent y a mí. Y estoy segura de que, a su manera, también sintió pena por nosotros. En general, se aprende mucho de los animales con los que convivimos, incluidos los peces. Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver.

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Medium 9788483935965

DesNudos

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

DesNudos

 

Me gusta anudar los pelos de tu espalda. Mientras duermes, cojo un rizo de tu hombro, lo estiro con cuidado y practico un nudo corredizo. Una elección sencilla y elegante para la primera vez. No puedo esperar a verte de nuevo y probar algo más ambicioso, enlazar varios cabos. En cada encuentro, mis manos elaboran ataduras más y más complejas. Convierto tu espalda en un navío al que amarrar un océano de orgasmos. Nudos simples, ochos, de pescador. Hoy navegamos un polvo triste, como esas horas de calma que preceden a la tormenta: abandonas el barco. Y mis manos perfeccionan su último amarre, el ahorcado.

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Medium 9788483935415

La anomalía

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La anomalía

 

Alberto y Genaro nacieron unidos por el coxis. Una intervención quirúrgica no demasiado complicada los separó. Todo fue bien hasta que se hicieron mayores. Alberto advirtió que carecía de capacidad para el gozo; sus orgasmos los disfrutaba su hermano. Como se ignoraba la causa, no era aconsejable una nueva operación. Los hermanos se acostumbraron a convivir con tal anomalía. Ayudó bastante la curiosidad que el fenómeno provocaba entre el elemento femenino, siempre dispuesto a asumir el reto de acostarse con Alberto para ver cómo disfrutaba Genaro. La vida sexual del primero no pasaba de extravagante, mientras que la del segundo, de notoria incapacidad para relacionarse con mujeres, era asombrosamente rica.

 

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Medium 9788483935415

Profesionalidad

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Profesionalidad

 

Una noche, mientras el detective engañaba a su mujer en un motel de mala muerte, irrumpió en la habitación un fotógrafo que gastó medio carrete ante sus narices, sin que le diera tiempo no ya a cubrirse, sino a separarse del cuerpo desnudo de su amante. «Y ahora ¿qué hacemos con estas fotos?» –le preguntó al día siguiente el fotógrafo que él mismo había contratado. El detective no lo dudó. Su oficio era acechar a los demás. Y ahora necesitaba saber lo que sentían aquellos a los que había sorprendido en adulterio: «Envíaselas a mi mujer».

 

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Medium 9788483935132

La ropa

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La ropa

 

Arístides venía desnudo al trabajo. Todos le teníamos envidia. No lo envidiábamos por su cuerpo, que tampoco era gran cosa, sino por su convicción: antes de que cualquiera de nosotros consiguiera burlarse, él ya había lanzado una mirada reprobatoria a nuestras ropas y nos había dado la espalda. Y también los glúteos lampiños, pálidos.

Esto es intolerable, aulló el jefe de sección el primer día que lo vio yendo sin ropa por el pasillo. Pues sí –corroboró Arístides–, aquí todos van vestidos con pésimo gusto.

Al estar en primavera, supusimos que aquello duraría como máximo hasta el comienzo del otoño, y que luego el propio clima devolvería las cosas a su cauce normal. Y a su cauce volvieron, en noviembre, las aguas de los ríos, la lluvia de las acequias y los lagartos de los pantanos. Pero nada cambió en Arístides, excepto aquel ligero estremecimiento de hombros cuando concluía la jornada y los trabajadores salíamos a la calle. Esto es inaudito, exclamó el jefe de sección embutido en su gabardina. A lo que Arístides apostilló con aire indiferente: Es verdad, todavía no ha nevado.

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Medium 9788483935965

Inventario

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Inventario

 

 

Para mi padre,

que sabe contar tornillos

 

 

Es complicado inventariar el mundo. Los humanos se cuentan rápido si los agrupas por el color del pelo. Son sencillos los reptiles, porque permanecen quietos. Contar insectos es más difícil, se mueven y se parecen demasiado. Aun así, con tesón, hasta el más torpe lo consigue, una hormiga arriba, un mosquito abajo. El verdadero problema son las ovejas, llevan siglos apareándose sin que sepamos su número exacto. La razón es evidente, para clasificar el mundo es fundamental mantenerse despierto.

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Medium 9788483935118

La huida

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La huida

 

 

 

Vive siempre como si el mundo fuera a explotar bajo tus pies

Mary Isabelle Stepens a su hija, Margaret Mitchell

 

 

 

La habían tirado en el suelo de un automóvil y por eso supo que se trataba de gente muy rica, nadie tenía automóvil en la ciudad, solo los millonarios o gente del gobierno, la cara cubierta y pegada al suelo, masticando polvo, por algún camino de campo, zapatos manchados de barro sobre su espalda. Los encajes sucios del camisón, la falda levantada que dejaría ver sus muslos como dos peces pálidos. Si respiraba lentamente, pensó, le iba a alcanzar el aire, pero el corazón no era razonable y respondía al estímulo del pánico, una bomba dentro del pecho. Tengo que calmarme, se dijo, tengo que calmarme o me voy a ahogar, debo llegar viva a donde sea que me estén llevando y tendré otra oportunidad, pero pensar en el futuro le daba más miedo. Alguien la había arrancado del sueño con la amanecida, alguien la separó de las sábanas frescas y le puso la funda de la almohada en la cabeza atándosela al cuello, las manos a la espalda. Las manos y los pies. Y la casa que quedaba atrás en un silencio extraño, culposo. Tengo que respirar, se repitió, atrapar el aire, capturar oxígeno, retener la vida. La voz pastosa de un hombre en su oído, tan cerca que puede sentir las agujas de la barba, la voz ciega, El Olor: chica, como grites, te mato. La voz babosa pinchando, rozándola: tranquila, Estanislada, si obedeces, todo va a salir bien. Estanislada tenía buena memoria para los olores, podía reconocerlos en una multitud, su madre se burlaba de ella diciéndole que parecía un perro de caza. Su madre. Era mediodía, porque el coche estaba muy caliente, saltaba su rostro como si estuviera muy cerca de las piedras. El trepidar enloquecido del motor. Siempre había soñado con subirse a un automóvil. Sensación de domingo de paseo, cuando nada había sucedido. Trajes bonitos, pelo sin trenzar, la brisa somnolienta en Santa María de la Ribera. El recuerdo la tranquilizó un poco y le abrió los pulmones. De golpe, un frenazo. La bota, oliendo a barro, le clavó la puntera, la pateó fuera del coche. Un chorro de aire y de luz y de pánico hizo que la funda de la almohada se le pegara a la boca. Entonces El Olor la alzó como si fuera un fardo, se la cargó al hombro. Tenía que ser alto como una montaña, la ropa sudada y ella una muñeca de trapo, mientras el hombre saludaba a alguien que parecía divertirse con la situación. Botas y guijarros, espuelas. Suelo empedrado, ladridos de perros. Tres escalones, un portón abriéndose, escaleras hacia arriba, aroma a maderas enceradas, a telas voluptuosas. Lejanas conversaciones de mujeres. Risitas. Perfumes y polvos de talco. Caldo de pollo. La habitación tenía que ser grande, porque El Olor dio unos cuantos pasos antes de lanzarla sobre la cama, una cama demasiado blanda sobre la que Estanislada rebotó. ¿La estaba estudiando? Sí, probablemente sí, qué vergüenza. Minutos más tarde, se cerró la puerta. Hasta que tuvo la certeza de que estaba sola, no se animó a moverse. Le dolían los brazos, las cuerdas clavadas, la funda que le cubría la cara húmeda de lágrimas y mocos. Tenía que ser de noche cuando escuchó trotes enérgicos sobre el empedrado, risas, conversaciones en francés. Las mujeres no pero, los hombres, seguro que hablaban en francés, era extraño escuchar allí la lengua de su madre. Se había adormecido cuando se abrió la puerta y volvió El Olor. Entonces unas manos como pinzas se hincaron en sus axilas y levantaron su cuerpo roto, le desataron los pies, le separaron las piernas. Seguía con las manos atadas a la espalda y no se resistió. Para qué. Cuando El Olor dejó de aplastarla, sintió que sangraba. Entonces la voz le dijo:

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Medium 9788483935613

Tres minutos setenta y siete segundos

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Tres minutos setenta y siete segundos

 

 

 

Para Begoña Varela

 

 

 

¿Cómo? Lo tenemos. Descubierto, el gazapo acaba de llegar. Retratado en la esquina segunda. / hace una mañana fresca, acariciadora no obstante de octubre. /

Parece que no huele, va hacia la madriguera. Ya lo tenemos en la puerta. Sin señales del mirlo. Tranquilos, tiene que venir, falta un minuto. Atención, va a entrar. Dime. Un momento. Sí. Ya está dentro. En marcha los relojes. ¿Qué hay del interior? Demasiados paquetes, da el aviso. Que no se precipiten, quiero mucha suavidad. / como un tiro, la melancolía. O una tenaza que desprende las ligaduras de esta vida. Siempre suelto, dejado de las manos; sin palabras, apurando siempre un cáliz de silencio. Tengo que vivir, y no sé por qué. /

 

Lobo uno, atención galgo uno, preparado para seguirle el rastro. ¿Tenemos noticias? El gazapo deambula por la madriguera, está intranquilo. Hay mucha carne. Ya lo he dicho, no quiero prisas, calma. ¡Llamada a lobo uno! Tenemos novedades. Adelante, pásalo. Una nube en calle Prado, repito, una nube en calle Prado. A la escucha, galgo uno, ¿habéis oído? ¿Qué hacemos? / si la poesía no es posible; francamente, misterios artificiales. /

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Medium 9788483935965

Leyes

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Leyes

 

La que muestre su pelo recibirá cien azotes. La que muestre su piel, morirá. Ella se desnudó y se soltó la melena. Una melena tan espesa que solo fue condenada por la primera causa. Mejor, mucho mejor, desobedecer dos veces.

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Vuelo de rutina

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Vuelo de rutina

 

Cada día, la mujer golpea colchones, estira sábanas y acomoda almohadas. Con la tarea hecha, se sienta sobre la cama a depilar su aburrimiento. A trasquilar sus penas. Busca los pelos que nadie más que ella conoce. El del lunar detrás del muslo, el que crece en su hombro. Los desprende a tirones. Luego, las canas. Quiere arrancarlas todas. Pero se libra de una y en el mismo lugar aparece otra. Era verdad el mito. La mujer insiste, se sujeta a la rutina con fuerza y quita diez, cien y mil canas y no se detiene hasta verse rodeada de montañas de pelos blancos. Su cama se vuelve nube, es alfombra. La cama vuela. Y la mujer no sabe, no está segura, de si lo que toca es el cielo o el suelo. Y es que algunas veces, la tierra está tan lejos como el cielo.

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