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El hombre de la apuesta

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

El hombre de la apuesta

 

Un boxeador sonado con la sangre saliendo de su ceja, la nariz bloqueada, un solo ojo abierto, las costillas hundidas. Un boxeador que, no obstante, ¿el coraje?, ¿el alma?, ¿la necesidad?, se ha convencido de que va a ganar, de que ya le toca levantar el brazo. No porque lo diga, porque lo repita como un estribillo monótono, nana de púgil que suena a sonsonete, sino porque en la turbiedad de sus ojos brilla tan claro el pez del ansia que uno no puede dejar de creer que será cierto.

Pero su entrenador es un profesional: ve el combate como una dialéctica de pesos y medidas, y no permitirá que reciba semejante castigo.

Yo, escuchando a su novia, no podía apartar de la cabeza esa imagen.

–Si no fueras su mejor amigo, no habría acudido a ti.

Si no fueras su entrenador, no habría venido a suplicarte que lo impidas.

–Bueno, Elisa, bueno. Pero si él no me ha dicho nada.

Tampoco me contó que había empezado vuestra relación hasta seis o siete meses después. Tampoco tú, desde luego. Pero él y yo éramos amigos; lo éramos. Porque yo sé cómo soy: se me traiciona una vez y no se me engaña más, retiro mis fondos de ese banco en quiebra. Yo no perdono nunca. Y él, si lo sabe –y tengo que habérselo dejado saber–, no quiso creerlo.

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Medium 9788483935743

El condenado

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El condenado

 

Atado a la camilla sabía que ahora se le inyectaría el veneno. Nunca antes había percibido tan nítidamente su sangre como un río interior. Le iba a suceder como al camión que conducía su primo Pete cuando le llenaron el depósito con gasolina en vez de gasoil. Se estropeó. Era como si en ese instante le estuvieran metiendo a él gasolina en las venas. También se estropearía, pero sin arreglo posible, mientras que el camión de Pete volvió a funcionar. Miró hacia su madre y no pudo ver sus ojos.

Maldijo a los celadores que habían dejado en el cristal aquella especie de vaho jabonoso, muy tenue, casi ­imperceptible, pero suficiente para perturbar la contemplación de su madre. Se iba. Su cerebro desfallecía.

Le parecía agua sucia escurriéndose por la bañera. Dentro de poco ya no estaría allí. Incluso creyó percibir una regurgitación, como el estertor final del remolino que huye por el fregadero. ¡Qué estafa!, ¡qué horror! Había matado y le mataban. No se quejaba por ello. Sintió, sin embargo, vergüenza de tanta mentira. Ninguna puerta se abría. Ninguna. Todas se cerraban.

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Medium 9788483935965

Un circo de mujer

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Un circo de mujer

 

Es un truco de magia depilar mis fieros cabellos. Quiero aniquilarlos a todos, gigantes y enanos, prenderlos como la boca del tragafuegos, acuchillarlos con precisión de tragasables. Pelear como una forzuda con los enredos de mi larga melena y domar hasta su última hebra. Exterminar cada pelo con la determinación del funambulista. Necesito un cuchillo afilado de lanzador y la maestría del contorsionista para rasurarme entera. Y triunfar, al fin despelada, para seguir siendo una payasa.

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Medium 9788483935026

Sí, cariño

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Sí, cariño

 

A Norberto Bayón le gustaban las películas de pistoleros, pero no esas películas de pistoleros que transcurren en paisajes tórridos y desolados (con pueblos de madera y mucho viento por los que nunca se pasea nadie y en cuya calle principal pueden verse rodando unos matojos huérfanos); sino más bien esas otras películas de pistoleros que tienen al fondo montañas con nieve, y las calles del pueblo están llenas de gente muy hacendosa y abrigada, y salen tramperos, y hombres con pasado que llevan en la cabeza unos gorros peludos con cola de mapache, y huraños y tenaces buscadores de oro.

–Así, a primera vista –le explicaba Norberto a su novia–, las dos podrían tomarse por películas de pistoleros sin más ¡pero qué diferencia de unas a otras, Rosita!

–Sí, cariño –le decía ella.

Además de las películas de pistoleros que tienen al fondo montañas con nieve, a Norberto Bayón le gustaban las fresas, las cajas de los limpiabotas, la palabra «alcorque», el suburbano, y mediar en las peleas de perros.

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Medium 9788483935507

Niñera sagrada

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Niñera sagrada

 

Kunjo Rai se reunió junto con sus compañeros, frente al Palacio Real. Estaba por cumplir treinta años al servicio de la corona inglesa y a sus cuarenta y seis años su situación sería la de un jubilado. Lo trágico no era eso, sino que para entonces tendría que haber arreglado su vida para volver a Nepal, aunque no hubiera nada allá para él. Sus padres habían muerto, sus hermanos estaban en otros países; uno, igual que él, en Londres. Ningún argumento valía para que le permitieran quedarse. Ahora esa medalla que frotaba con los dedos índice y pulgar, como si quisiera que algo de ella se impregnara en sus yemas, valía mucho menos que nada. Se la había entregado la reina de Inglaterra igual que a otros de sus compañeros, dispuestos a entregar todas las preseas ganadas en el frente de batalla, en Hong Kong, en Kosovo, en las Malvinas. Antes muertos que cobardes. No valían nada, querían devolverlas a la corona, al gobierno, a quien fuera responsable del mandato que era prácticamente su deportación.

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Medium 9788483935743

El señor de las moscas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El señor de las moscas

 

El hijo de la portera tenía unos ojos tan saltones que le llamábamos mosquita. Mosquita tráeme esto, mosquita tráeme lo otro. porque es verdad que los chavales éramos crueles con mosquita, como si no bastara con que su madre fregara las escaleras de nuestros dos portales, el número diez y el once de la misma calle. Un día teníamos acorralado a mosquita contra una tapia, más que por la fuerza, por efecto del sonido que emitíamos, que le aturdía y le asustaba, una especie de zumbido, bubuuuuu, aunque alguna colleja anónima también le caía. Mosquita, desesperado, lloroso, emitió un gritito de su garganta que fue creciendo y creciendo: «¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhh!» Pero no era un lamento sino una ­llamada y, centenares, miles de moscas vinieron a su rescate.

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Medium 9788483935149

Anabela y el peñón

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Anabela y el peñón

 

¿Quién se atreve a nadar hasta El Cerrito?, preguntó Anabela con cara de, no sé, de algo mojado y muy luminoso. Me imagino una galleta del tamaño del sol, una galleta enorme hundiéndose en el mar. Un poco de eso tenía cara Anabela cuando nos lo preguntó.

¿Nadie se atreve?, insistió ella, pero ya no puedo decir qué cara puso porque la vista se me fue más abajo. Su traje de baño era verde, verde como, no sé, ahora no se me ocurre ningún ejemplo. Era un verde clarito y los triángulos de arriba pinchaban un poco por el centro. Anabela siempre se reía de nosotros. Y tenía derecho, porque nos llevaba dos años o a lo mejor tres, era casi una mujer y nosotros, bueno, nosotros le mirábamos la parte de arriba del traje de baño. Valía la pena que ella se riese, porque sus hombros subían y bajaban y la tela verde clarita se le movía también por adentro.

Como nadie contestó, Anabela se cruzó de brazos. Y eso fue lo malo, porque ya no se vio nada y tuvimos que mirarnos entre nosotros y notar nuestras caras de miedo al mar y de rabia por no poder estar a la altura de Anabela. Una altura, no sé, de olas con mucho viento, como las que los chicos mayores recorrían con sus tablas, y entonces nos dábamos cuenta de que solamente uno de ellos podría hacer feliz a Anabela. Pero ella nunca les prestaba atención, y eso nos desconcertaba todavía más.

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Medium 9788483935613

Si sólo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Si sólo

 

Si sólo hubiese en la tierra una mujer para dos hombres, uno ellos se marcharía al amanecer. Sus pies hollarían la hierba y los sembrados, avanzarían dejando atrás el camino, se alejarían sin remedio. Cruzaría las vastas llanuras, penetraría en los bosques, vadearía los ríos, subiría las montañas resguardándose del viento, descendería a un valle quizás un atardecer en que el sol saludase la quietud de los prados. Al final de la jornada, se detendría en un promontorio frente al mar a recibir a la noche.

En otra parte, el otro hombre estaría acariciando el rostro de ella, rozándolo nada más con las yemas de los dedos, con la devoción de su deuda por ser tan dichoso. La mujer permanecería inmóvil, en obstinada mudez, peinado el cabello, los pies fríos. Los ojos entreabiertos la arrojarían a la distancia como si en la lejanía viniera a perfilarse una sombra.

Él continuaría con el fervor de su caricia, hasta que la inercia detuviese sus dedos y no pudiera dejar de preguntarle:

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Medium 9788483935088

Despecho

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Despecho

 

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para quererme.

 

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Medium 9788483935743

Agradecimiento celestial

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Agradecimiento celestial

 

En el cielo hay una mesa a la que se sientan los criminales que habiendo sido ejecutados salvaron su alma mediante la gracia de una última confesión. Sus jueces y verdugos, no obstante el agradecimiento eterno de los ejecutados por habérsela permitido, evitan a toda costa compartir mesa con ellos.

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Medium 9788483935286

Tomás Rodaja se contempla, desnudo

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Tomás Rodaja se contempla, desnudo

 

Lo complejo de ser de cristal no es la eventual fragilidad de tal estado, sino que la suma de esos elementos que se consideran la vida pase a tu través sin que constituyas para ellos más que la oportunidad de una leve refracción.

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Medium 9788483935255

Propia moral

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Propia moral

 

En una aldea perdida de Madagascar la justicia se imparte de una forma original, ya que existe un cuerpo establecido de leyes comunes pero a la vez se dispone que, al cumplir los veinte años, cada poblador comparezca ante un juez para expresar allí cuál es su idea personal del Bien y del Mal. Como consecuencia de esta práctica, los individuos deben acatar no sólo un código social sino también otro hecho por sí mismos, a la medida exacta de sus convicciones. Ocurre muy seguido que ambos códigos sancionan actitudes contrapuestas, lo que obliga a una moderación extrema o, llegado cierto caso, a la inacción perfecta en tal o cual terreno. Al antropólogo alemán que divulgó todo esto en Occidente le llamó la atención que, por lo común, la justicia acabase condenando muchos más episodios de desobediencia a la ética privada que a la ley general. Nada en apariencia más sencillo y en realidad más difícil que cumplir con la propia moral.

 

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Medium 9788483935699

Agua

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Agua

 

Ella

 

¿Una descripción?

El cabello liso, largo, muy negro, como una cascada de tinta.

Las manos. Unas manos como la de los cuadros de Tiziano. Unas manos líquidas, pálidas.

Boca carnosa. Labios. Una mujer toda labios.

¿Y el cuerpo? Un cuerpo en dos momentos. Hombros delicados, senos pequeños, brazos leves, hasta que al llegar a las caderas el cuerpo se exalta y las propias caderas parecen olas y las nalgas se elevan, se yerguen agresivas, felices, y las piernas son un mundo sólido que se extiende, que se alarga.

Una mujer que es fragilidad desde su ombligo hasta su cabello y que es carnosidad tensa desde su ombligo hasta sus pies.

Ella. Beatrice.

 

 

Yo

 

Una voz. Algo así.

La verdad es que no importa demasiado. Sólo una voz que aguardó siempre la invitación de otra, el quiebre, el paso.

El conflicto entre Beatrice y yo

 

Ninguno en especial. El olvido que fuimos. La manera en que cada uno perdió el rastro del otro. Un mes en que no hubo llamadas, otro mes, y otro y otro.

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Medium 9788483935736

El efecto iceberg (ensayo)

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

El efecto iceberg (ensayo)

 

En el último segundo, el enorme trasatlántico consiguió esquivar el iceberg y todos los pasajeros llegaron a su destino. El estudio, profundo y meticuloso, analiza el papel que jugó cada uno de ellos en la sociedad a partir de su llegada, en los distintos aspectos y en relación con sus diferentes oficios y profesiones. La tesis del apasionante ensayo es que la actividad personal y social de aquel conjunto de personas ha sido decisiva para que los Estados Unidos, y en consecuencia el mundo entero, hayan llegado a atravesar el período de paz, solidaridad y equilibrio en todos los órdenes que estamos viviendo más de noventa años después. Los autores aseguran que si el Titanic se hubiera hundido aquella noche, la actualidad sería menos apacible y placentera.

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Medium 9788483935354

Excepciones

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Excepciones

 

Per a Quim Monzó, des de l’altre costat del llindar

 

La noticia del tipo que no puede entrar en su casa se extiende rápidamente por la ciudad. Nadie quiere perderse el espectáculo. Los que ya lo han presenciado envían sms, fotos y vídeos a través de sus móviles. Desde las ocho de la tarde también puede verse en Youtube. En los periódicos y en los canales de televisión, que al principio se lo habían tomado a broma, se preparan para informar del suceso. Los telediarios de las nueve emitirán la noticia en riguroso directo.

Tres horas antes, Ignacio acaba de llegar al portal del edificio en el que vive desde hace más de veinte años. Abre, atraviesa el umbral e inmediatamente vuelve a encontrarse en la calle, de espaldas a la puerta, como si acabara de salir del inmueble. Ignacio es un hombre práctico y antes de arriesgarse a postular una conclusión apresurada, lleva a cabo tres intentos más, en los que también vuelve a fracasar. En el tercero de ellos ha introducido una variante: en lugar de intentar cruzar el umbral con todo su cuerpo, adelanta sólo su mano derecha, la cual aparece inmediatamente flotando frente a él, como si alguien la acabara de extender desde el interior del portal. Seguir intentándolo va a ser inútil. Pero Ignacio tampoco puede quedarse sin hacer nada, ni abandonar su hogar (aunque circunstancialmente no pueda entrar, ¿quién le dice que este fenómeno no pueda irse tan de repente como llegó?). Lo mejor será avisar a Gonzalo, el vecino del 2.º 1.ª, el único con el que se lleva bien. Llama al timbre y a través del micrófono del portero automático le explica lo que le ocurre y le pide por favor que baje a ayudarle.

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