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Ha llegado un escritor

Ana María Shua Editorial Páginas de Espuma ePub

Ha llegado un escritor

 

Estaba cansado y hacía mucho frío, pero por fin había llegado a Zorzales de la Frontera, después de siete horas de viaje. En el micro, el olor a cigarrillo daba náuseas. Las ventanillas, como siempre, se mantenían herméticamente cerradas. ¿Pero no estaba prohibido fumar? Ni los pasajeros ni el chofer transgredían esa prohibición y sin embargo el olor estaba allí, omnipresente, agobiante. Gustavo respiró con fruición el aire helado de la minúscula estación del pueblo. ¿Alguien habría fumado adentro del vehículo mientras estaba estacionado? ¿Los micros estacionaban alguna vez? ¿O se mantenían permanentemente en movimiento, yendo y viniendo por los caminos de la patria? En arreglo: esa era la respuesta. El micro había estado en algún taller y antes o después de revisar el motor los mecánicos se habían refugiado en la cabina para tomar mate, charlar, jugar al truco: fumando. Gustavo había dejado el cigarrillo hacía quince años y ni siquiera entonces, cuando era un gran fumador, podía soportar el olor a pucho frío en un lugar cerrado. El olfato ¿no se saturaba enseguida? Recordaba un programa de televisión, tan ilustrativo, del Discovery Channel, en el que se veía a los olores como bloques de formas diversas que encajaban en huecos equivalentes de las células olfativas y los sellaban, provocando un efecto de saturación: así, después de un breve lapso de estar expuesta al olor, la persona dejaba de percibirlo. La animación, en bonitos colores, hacía pensar en el juego del tetris, las piezas encajaban con precisión unas en otras y sin embargo él, Gustavo Manzone, siete horas después, encerrado en el micro mal calefaccionado, moviendo los dedos de los pies en los zapatos para hacerlos entrar en calor, había seguido respirando ese olor estancado y nauseabundo que le daba dolor de cabeza.

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El destornillador de Texas

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El destornillador de Texas

 

La llegada a Austin tuvo lugar varias horas después del horario previsto. De madrugada. En teoría debía haber un chófer esperándome con un cartel que pusiera mi nombre. No fue así. Llamé por teléfono a la compañía que se encargaba del transporte y me dijeron, o eso entendí yo, que allí estaba el señor tal con su cartulina en la mano. Pensé, por un momento, que no sabía inglés. Que me había inventado mi conocimiento del idioma o que lo había soñado y que no era capaz de entenderme en esa lengua. Me angustié: mi conferencia era en inglés.

Se busca hombre con cartel. Por fin, vacío el aeropuerto y exhausta, arrastrando las maletas y sin saber a dónde dirigirme –había salido a la calle a preguntar a unos y a otros si me esperaban–, vi a un señor que sostenía un cartel para nadie, solo, aburrido, desorientado. El cartel decía algo así como Medicalia o Medicum Alia. Me acerqué a él, más que nada porque era el único ser humano aparte de mí en el aeropuerto, y le pregunté si por casualidad o por suerte no sabía dónde paraban los taxis de la compañía equis –no recuerdo cómo se llamaba–. Yo soy de la compañía equis, me dijo, ya, pero usted espera a Medicalia o Medicum Alia, le dije yo, bueno, tal vez es un error, me dijo él, entonces a lo mejor me espera a mí, me armé yo de esperanza, pues quizás sí, dijo él y me preguntó mi nombre y llamó a la central y le dijeron sí, claro, ese es el nombre, ¿qué cartel cogiste?

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El caracol de mi abuela

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

El caracol de mi abuela

 

Durante los últimos años de su vida mi abuela vivía en compañía de un caracol. No sabía si estaba vivo. Se había presentado de pronto en la cocina. Lo encontró pegado a la pared de azulejos amarillos. De un día para el otro. Solo. Sin más caracoles a la vista. Contó que al principio le dio asco. La baba, la procedencia, las intenciones. Sin embargo, lo toleró. Lo dejó ahí, a su aire, a la espera de que se esfumara igual que había aparecido. Una semana más tarde recordó que los caracoles eran hermafroditas y tuvo miedo de que se reprodujera como las cucarachas, sin pausa, y que un ejército de limazos invadiera su hogar, siempre tan pulcro. Todos le dijimos que era una idea absurda sin saber de verdad hasta qué punto lo era.

Un día, que sin duda marcó un antes y un después, empezó a hablarle. Le decía: Yo creo que tenés que estar vivo. Si no, te caerías. Mi abuela estaba convencida de que un caracol muerto de ninguna manera podía seguir agarrado a la pared. Le hablaba como si se tratara de un animal de compañía, como se habría dirigido a un perro o a un gato. A un pájaro. Los demás dejábamos que obrara a su antojo: pensábamos que de algún modo aquello aliviaba su soledad y nos sentíamos menos culpables de dedicarle tan poco tiempo.

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Anomalías

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Anomalías

 

La segunda ley de la termodinámica nos enseña que la entropía de un sistema nunca cesa de aumentar. Todo tiende siempre a un desorden cada vez mayor.

Haber perdido el tren –me digo para consolarme– tiene que deberse al caos que me rodea. A un histérico de los horarios, a un tipo que, como una abuela maniática, llega siempre a los aeropuertos y estaciones con muchísima antelación, no le ocurren estas cosas. Y menos siendo ese el último tren para volver (hoy) a Cusco. Y aún menos por algo tan estúpido como haberme quedado dormido en un parque.

Por eso prefiero pensar que todo ha sido la conclusión natural del cúmulo de anomalías que me acompaña en este viaje y que está produciendo un inevitable aumento de mi entropía.

El desorden no deja de crecer.

 

1. «Always look on the bright side of life»

 

Avenida del Sol. La calle seguía haciendo honor a su nombre. Dos días antes ya había tenido la oportunidad de recorrerla un par de veces. Aunque en esta ocasión, por suerte, no tenía que sufrir la implacable persecución de una niña y su llama (o su alpaca) mientras esta (la niña) me exigía que le pagara un dólar por haberla fotografiado con su horrible animal. Confieso que hice la foto, pero cuando la niña andaba despistada (o eso creía yo): nunca le pedí que posara, lo que no le daba derecho a exigirme el maldito dólar. Aunque explicado así, suena un poco pederasta. Y un mucho roñoso.

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Todo tiene un final

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Todo tiene un final

 

 

 

Break on through to the other side.

The Doors

 

 

 

Tras situarse en la pista que le han asignado, el avión empieza a acelerar para el despegue.

El viaje ha terminado. Hay que volver a casa, regresar al otro lado del espejo.

Las últimas horas en Lima las has ocupado –no podía ser de otro modo– en un banquete con los amigos. Otro más. Anticucho, choritos a la chalaca, lomo saltado y un cebiche colosal. Palabras mágicas. Todo regado con varias Cusqueñas y unos piscos para brindar (emoción contenida) y prometer un pronto regreso.

Y sin tiempo para más, te has metido en un taxi. Y con él, una última zambullida en el delirante tráfico limeño, que te ha sonado también a triste despedida.

Casi sin darte cuenta has llegado al aeropuerto, has pasado por el control de pasaporte, has embarcado y esperas que el avión empiece a moverse.

Justo en el momento de despegar, te asomas por la ventanilla. Sabes que no puede ser, pero trotando sobre la hierba que bordea la pista ves a una pequeña llama (sí, es una llama). Y en el efímero instante en que pasas junto a ella, el animal te mira. Una visión fugaz. E imposible.

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LIMA

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

1. LIMA

 

 

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CUSCO

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La llama de la vida

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La llama de la vida

 

 

UNO

 

Estamos en Barcelona. A la salida de una discoteca, cerca de la orilla del mar. De madrugada. Cinco hombres jóvenes discuten. Cuatro de ellos quieren seguir de juerga y el quinto prefiere regresar a casa. Es el único soltero. Siempre nos cortas el rollo, le dicen. Podéis ir sin mí. Le contestan, si salimos juntos, volvemos juntos, aquí no se raja nadie; cásate y verás que se te quitan las ganas de volver. Ríen. Hace frío en la calle, pero tres son fumadores. Uno de ellos propone ir de putas. Da una última chupada al cigarrillo y comenta, conozco un lugar que está muy bien, y no es nada caro, y empieza a caminar; invito a taxi, añade. Los otros tres casados acatan la propuesta sin rechistar. El soltero, en cambio, los sigue con la vista sin moverse. Se frota las manos y les echa el aliento para calentarlas. Yo paso, dice, pero empieza a caminar hacia ellos, que discuten con el taxista para que acepte llevarlos a todos. Por fin accede. Cuatro atrás y el último en llegar, de copiloto, el lugar más peligroso en un automóvil, en caso de accidente, piensa el soltero al sentarse, y también se pregunta por qué permite que lo arrastren, por qué pirueta del destino él tiene que estar ahí y no en otro lugar. El taxi lleva la música a un volumen muy alto, apenas puede oír lo que comentan sus amigos en la parte de atrás. Le parece que en algún momento se burlan de él, incluso que lo retan a algo, pero él sigue con la mirada hacia delante, observa que se pasan semáforos en ámbar, espía con preocupación el velocímetro, podrían multarlos en cualquier momento. Barcelona está desierta a aquellas horas, dentro de un rato empezará a levantarse la gente para ir a trabajar, y ellos apenas tendrán tiempo de darse una ducha antes de llegar a la oficina. Son compañeros de trabajo y se han propuesto salir juntos el primer jueves de todos los meses. Aquel es el segundo jueves y él ya está harto. Va a ser el último, piensa, así que resuelve aguantar hasta que los otros decidan. No va a quedar mal por un día. El taxista se detiene. Han llegado. Bajan. Fumemos antes de subir, propone el que ha invitado a taxi, y saca el paquete de Winston y una caja de cerillas. Hace viento y se le apagan en cuanto las enciende. Acerquémonos al portal, aconseja. Y ahí sí, la cerilla aguanta. Enciende el suyo, acerca la llama al siguiente y cuando llega al soltero avisa que aquella es la última cerilla. Sin embargo, el hombre no acerca el cigarrillo sino que sopla para apagarla. Comenta, si enciendes tres cigarrillos seguidos con la misma cerilla, matas a un marinero. Mira la hora y dice, son las seis y media, a las ocho me abro.

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Secreto

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Secreto

 

Mi madre falleció en 1989, cuando contaba cuarenta y nueve años de edad y yo todavía no había cumplido los veintiséis. Una de las cosas más tristes que he tenido que hacer en mi vida es desarmar su casa. Recoger su ropa, sus libros, tantos objetos personales.

Algunas de las cajas que guardé, tardé tiempo en abrirlas. En una de ellas encontré algo imprevisible: un diario. Imprevisible, digo, no tanto por lo que era sino por cuándo y por quién había sido escrito. Se trataba del diario de una niña de doce años, la niña que era mi madre cuando viajó en barco desde Buenos Aires (lugar de nacimiento de las mujeres de mi familia, incluida yo) a Barcelona, con sus padres y su hermano, para conocer España y visitar el pueblo de mi abuelo, Bellcaire d’Urgell.

Al encontrarlo me dio un vuelco el corazón y, como es natural, quise empezar a leerlo. Fue solo el primero de los muchos intentos realizados durante más de veinte años. Nunca pude (tampoco he podido visitar jamás su tumba)1. Hojeaba aquellas páginas y se me rompía la vida. Así que lo guardé. (Como si algo así pudiera guardarse). Me esperó con paciencia hasta que regresé a él y busqué un camino para leerlo. Y nunca mejor dicho: un camino. Decidí volver a la Argentina (ojo al verbo empleado, pues si bien yo había nacido en aquel país, mis padres habían emigrado a España en 1973, cuando yo era una niña de apenas nueve años) en barco. ¿Por qué en barco? Para darle al diario de mi madre un regreso simétrico. Ella lo había escrito durante su travesía a España, jornada tras jornada, y yo lo leería durante mi travesía a la Argentina, jornada tras jornada también. Por mar la ida y por mar la vuelta. Sabía, creía saber, que el diario de mi madre iba a ser el centro y eje de mi siguiente novela. Viajar a mi país de origen, ¿mis raíces?, era parte de la escritura. (Vivir aquello a partir de lo que se va a escribir es estar escribiendo).

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La Sala del Piano

Ana María Shua Editorial Páginas de Espuma ePub

La Sala del Piano

 

Todos los sábados el tío compraba juguetes para todos los sobrinos. También ponía sobrenombres feos: a Wálter lo llamaba Báter. Baterclós era inodoro.

Pero ahora la palabra baterclós se usaba poco y Wálter intentó tímidamente acariciarle el brazo. Cuando se dio cuenta de que su roce no podía ser percibido, fue más fácil seguir con caricias largas y mecánicas en el brazo no canalizado. Pudo tomarle la mano, que estaba fresca pero no fría.

¿Todos los sábados?

«Los del servicio médico son un ángel», le había dicho su tía al llegar, después de abrazarlo y llorar un poco. «Nos dieron, los últimos días, una camilla que servía para moverlo todo. El doctorcito que lo ve acá, también un ángel: ya lo sacó de dos paros. Yo por él que se vaya rápido, pobrecito. Por mí, aunque sea así quiero tenerlo».

Casi todos los sábados, de tarde. Imposible recordar si había una secuencia establecida, o algún motivo en particular que desencadenara la partida. «Vamos, chicos», decía el tío. Los primos bajaban las escaleras a saltos. Eso era peligroso. Los primos eran muchos, de distintas edades. Pochoclo y Pochoclito, por ejemplo: hacía tanto que no los veía que ya no sabía sus nombres verdaderos.

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La carta perdida de Andrea Mayo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La carta perdida de Andrea Mayo

 

 

 

Es difícil escribir sobre los vivos, porque son gente que se pasa el rato cambiando

 

 

 

La doctora Ela Gutina supo que la carta perdida de Andrea Mayo estaba en mi poder gracias a la conversación que mantuvo con la periodista Carmen Silentes.

Gutina llevaba al parecer mucho tiempo detrás de aquella carta. Sabía de su existencia porque la Mayo la había citado en algunos escritos e incluso en alguna entrevista como un texto que jamás vería la luz.

La llamada de Gutina no se hizo esperar. Tampoco mi respuesta: «¿La carta perdida de Andrea Mayo? ¿Dirigida a mí? ¿Qué carta? ¿De qué me está hablando?» «Todo tiene una explicación», me dijo, y me pidió que nos viéramos. Accedí a tomar un café con ella.

Me citó en el bar del Hotel Majestic. Un lugar que siempre me ha parecido trasnochado y pretencioso. No obstante, acepté porque quedaba cerca de mi estudio de arquitectura.

Cuando llegué al bar, no había nadie. Pensé, mientras la esperaba, que aquel asunto me tenía sin cuidado y que me había aguijoneado solo la curiosidad.

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La señora Luisa contra el tiempo

Ana María Shua Editorial Páginas de Espuma ePub

La señora Luisa contra el tiempo

 

A las seis de la tarde la señora Luisa estaba otra vez en su casa con los zapatos nuevos. Estaba contenta. En la fábrica había muchos modelos para elegir y los precios eran bajos. Entonces sonó el teléfono. Su marido la llamaba desde el sanatorio. Estaba llorando.

La señora Luisa dejó la cartera sobre la mesa pero no se sacó el tapado. Unas cuantas gotas de pis se le escaparon antes de llegar al baño. Sintió, al orinar, un cierto grado de alivio físico. Salió de su casa sin cambiarse.

En el taxi trató de hacer algunas deducciones a partir de la escasa información que había recibido. Su marido le había pedido que fuera enseguida. Estaba llorando. Imaginó diversas complicaciones posibles que excluyeran la muerte y justificaran el llanto. Un infarto, por ejemplo. Su hijo en terapia intensiva: su marido llorando. Una mala noticia, por ejemplo. Su hijo no volvería a caminar: su marido llorando. Se preguntó si en este último caso sería preferible para su hijo, la muerte.

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El efecto túnel

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

El efecto túnel

 

 

 

Si hay un número infinito de universos entonces todas las posibles combinaciones deben existir. Entonces, en algún lugar, todo debe tener existencia real. Quiero decir que sería imposible escribir una historia fantástica porque por muy extraña que fuera eso mismo tiene que estar sucediendo en algún lugar.

Frederic Brown, Universo de locos

 

 

 

Primer viaje en taxi. No cuento el que ayer me llevó del aeropuerto al hotel, pues eran las dos de la madrugada y las calles que recorrí estaban casi vacías. No como ahora, que parecen una mezcla de Mad Max y las 500 millas de Indianápolis. Me habían advertido sobre el desquiciado tráfico de Lima, pero lo que tengo ante mis ojos supera todo lo imaginable. Valor.

Tal y como Lucho me acaba de indicar por teléfono, debo convenir con el taxista el precio del viaje: «Cuando lo pares, no te subas. Eso es lo primero y fundamental. Asómate por la ventanilla, dile adónde vas y pregúntale cuánto te va a cobrar. Desde Miraflores hasta aquí [aquí es la Plaza de Armas] son unos diez soles; si te pide más, dile que no, que se vaya. Entonces espera a que pase otro y haz la misma operación. Es fácil». No, no es fácil. Es extraño e incomprensible.

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Welcome to Incaland®

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Welcome to Incaland®

 

 

 

... y todo ese conjunto estaba lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa.

E. A. Poe, «El hombre de la multitud»

 

Lo primero que me sorprende es el espeso silencio. Después, el inmenso grafiti que se extiende ante mis ojos ocupando toda una montaña:

 

VIVA

EL PERÚ

GLORIOSO

BLM 9

CUSCO

 

Las palabras que forman el entusiástico mensaje se dibujan con letras descomunales sobre uno de los cerros que rodean Cusco. Al lado de estas, grabado sobre la ladera vecina, aparece el escudo nacional de Perú (lo acabo de consultar en mi guía). Estoy seguro de que no se trata de una alucinación producto de la altura: mis castigadas neuronas nunca podrían engendrar un espejismo tan delirante y, sobre todo, tan patriótico. ¿Qué será BLM 9?

Hace un sol espléndido, que me parece todavía más brillante después de pasar siete días aplastado bajo el cielo gris-panza-de-burro de Lima.

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MACHU PICCHU

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3. MACHU PICCHU

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