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Provocación repugnante

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Provocación repugnante

 

Está de pie al costado del teatro, junto a un ventanal oscurecido por capas sobrepuestas de hollín y escarcha. La nieve cae lánguida del cielo negro y disuadiría a otros, menos resignados, de permanecer allí. Los espectadores se alejan calle abajo, envueltos en abrigos de zorro o chinchilla. Una última pareja, chica y chico, asoma al quicio del pórtico. Han salido después que los demás: la chica avanza con lentitudes de enferma. Se les ve, pese a todo, animosos. Cruzan impresiones sobre la obra o, más probable aún, elucubran dónde cenar. Alcanzan a nuestro hombre pero es evidente que no piensan quedarse junto a él. Intercambian frases. Ella le coloca un beso minúsculo en la mejilla, punteada de pelitos mal rasurados. El tipo le estrecha la mano con fuerza excesiva, que no podemos saber si transmite cordialidad o significa «estate quieto, te estoy mirando». Nuestro hombre vuelve a quedarse solo cuando ellos desaparecen al doblar la esquina. Ya no tiene prisa. Sabe que ella se dejará llevar y no volverá a verla antes de mañana. Solo piensa en fumar.

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La Batalla de Hastings

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La Batalla de Hastings

 

Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos. Se los digo con la convicción de un tallerista literario de cuarenta años con problemas domésticos, un tipo que va para viejo (no todos los cuarentones lo demuestran pero es mi caso) enfrentado a un grupo de muchachos que parecen elenco de la consabida película sobre la victoria del equipo de los torpes. Por ahí les faltan, a los chicos del taller, una variedad de indispensabilidades: una mano, higiene personal, autoestima, minerales, electrolitos. No culpen a la escritura. En cierta medida a todos, cada mañana, nos falta una mano.

Aura, mi esposa, no responde mensajes desde una hora antes de que comenzara la sesión. Los que precedieron al silencio estilaban un odio hirsuto. Algo hice, algo, repito para evitarme la pena de reflexionar. Hay disgustos concretos y abstractos, disgustos ideológicos y disgustos porque volví borracho, de madrugada, y derribé un florero al arrojar la chamarra a la mesa.

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Quinta temporada

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Quinta temporada

 

 

1. Situación

 

Al unirme al equipo de escritura del serial Reinos desaparecidos el estado de mi economía era el siguiente:

* Ningún trabajo en curso o en vías de comenzar. Es decir, la pesadilla del ingreso cero.

* Hipoteca con dos meses de atraso y un interés compuesto que nos comía vivos. Nuestra casa había sido adquirida gracias a un empleo en el sector público que conservé por años solo para liquidar el enganche y al que renuncié antes de que el salario se fuera en psicoanalista, clases de yoga y antidepresivos.

* Servicios de la casa (agua, electricidad, red, gas) pagados con toda regularidad.

* Colegiaturas de las niñas al día. En eso éramos tajantes.

* Ahorros para seis meses si se eludía la hipoteca. Si nos poníamos al corriente, la cifra se limitaba a dos. El riesgo del impago era, desde luego, perder la casa.

* Cuentas bancarias personales reducidas a lo necesario para salir con los amigos una vez al mes.

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Un trago de aceite

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Un trago de aceite

 

Mi padre me llevó de la escuela un viernes. Se estacionó frente a la puerta principal, aguardó mirándose las uñas. Así, concentrado en sus cutículas, lo encontré al salir. Hizo una seña y subimos a su camioneta, una mole carguera con los costados recubiertos por la publicidad de la línea de jugo envasado que había distribuido hasta hacía un par de años.

–Vamos a Chapala –dijo al poner en marcha el motor. Quería premiarme: la semana anterior, había ganado el concurso de mi distrito escolar con un cuentito sobre un caballero y un dragón. Mi texto pasó al certamen del Estado. Si triunfaba también, llegaría al nacional. Los elegidos serían fotografiados junto al Presidente de la República. No llegué a ser uno de ellos, por supuesto: la idea era que los niños escribieran cositas sobre la milpa de sus abuelos y no sobre un dragón. Pero ese era el horizonte aquel día y mi padre iba a recompensar mi victoria, dijo, con un viaje al mayor lago del país, a una hora de carretera de la escuela.

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El caballero de los espejos

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El caballero de los espejos

 

 

I

 

Lo primero que escribí en la vida fue el Quijote. Tenía diez años y en el tedio veraniego agoté las variantes de batallas campales con soldaditos plásticos, de partidos (con canica a modo de bola) entre astronautas y caballeros armados y de dominadas consecutivas, en el patio, con el balón de futbol. Estaba aburrido. Cualquiera en mi sitio habría terminado por intentarlo.

Mi madre escribía, de tanto en tanto, cosas para sí. Conservaba una máquina de escribir negra, con una cinta entintada que conseguí devolver a la necesaria forma tensa a partir del enredijo en que la encontré. La extraje del armario de los tiliches con la intención de recontar una historia de espartanos que se me había ocurrido (al verla en el cine: de la emulación nace la narrativa) y que olvidé por completo al momento de posar los dedos en sus teclas.

Mi imaginación era menos espumosa de lo que tendría que haber sido, me temo, la de un niño. Visualmente era nulo. Había visto pocas películas (una, El león de Esparta, abordaba la matanza de los trescientos hoplitas de las Termópilas y me provocó un ataque de nervios del que tardé un día en recobrarme) y la mayor parte de lo que me rebullía en la mente estaba tomado de cuentos ilustrados. Pero entendía que había un mundo mejor y tenía claro el juicio que había escuchado en boca de mi abuelo: el Quijote era el libro central del idioma. Su despacho estaba adornado por aguafuertes con escenas cervantinas (comprados, todos, en un bazar). En el mayor de ellos, don Quijote vencía en una justa a su némesis, el Caballero de los Espejos, a quien se veía rodar por los suelos (pero en otro, arrinconado por mi abuelo y casi invisible tras la cortina, el de los Espejos, transmutado en Caballero de la Luna, embestía y derrotaba a don Quijote en las playas de Barcelona). Había, además, un espadón de Toledo pendiente del muro, con unas letras grabadas que declaraban: «Dom Quixote». Si uno iba a aprender, había que hacerlo del mejor.

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El príncipe con mil enemigos

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El príncipe con mil enemigos

 

 

 

Todo el mundo será tu enemigo, Príncipe con Mil Enemigos, y cuando te atrapen, te matarán. Pero primero tienen que atraparte, excavador, escuchador, corredor, Príncipe de la veloz reacción. Sé astuto y llénate de trucos y tu pueblo nunca será destruido.

 

Richard Adams

 

 

 

–Maestro: no quiero alarmarlo pero tiene un alacrán caminándole por todo el omóplato.

Con esta frase, tan semejante a su ampulosa poesía erótica, el licenciado Ramón Moctezuma Vélez, director de educación del municipio de Río Bajo, interrumpió mi lectura en la Casa de la Cultura de San Uberto.

Reaccioné con gallardía. En vez de pegar de berridos, al estilo de mi amigo Esteban Gallego cuando lee en voz alta, me limité a dar una ligera sacudida, como si bailara la samba, para que el animal escurriera. Y lo hizo. Pero no sin antes, me temo, hacerme sentir el piquete de su aguijón.

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Todos tenemos historias que terminar

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Todos tenemos historias que terminar

 

Me trasladé a la esquina de la calle Balmes con Valencia justo cuando acababa de sufrir la gran ruptura sentimental de mi vida. Una ruptura sentimental es algo tremendo y afecta a diversas partes del cuerpo, hasta tal punto que cualquier persona, aun cuando hubiese deseado separarse y lo hubiera considerado una decisión de primera necesidad, suele sufrir diversos ataques de arrepentimiento, debidos sobre todo al miedo de no volver a ser amada, a enfrentarse en soledad a los problemas de distinta magnitud que presenta toda existencia, por simple que sea, y por último a perder cierto estatus económico que hay que atribuir a que, cuando se paga entre dos, todo cuesta la mitad.

Un contacto de un contacto de un contacto que conocía a mi hermana me pasó el dato: quedaba libre un piso amueblado con todo lo necesario para ponerse a vivir enseguida. Justo lo que me estaba haciendo falta. Mi ex reclamaba para ella sola el espacio que habíamos compartido y yo deseaba irme, perderla de vista, incluso perderme de vista a mí misma. Es singular esa emoción, la que la impulsa a una a tener prisa por llevar adelante cualquier cambio, una vez decidida a hacerlo. Nada más apuntar la posibilidad de marcharme de casa, mi ex tardó apenas unos segundos no sólo en aceptar mi propuesta sino en jalearme para que la realizara cuanto antes. ¿Quieres largarte? Pues vete, pero deprisa, no tardes, coges tus cuatro cosas y te vas, aquí no haces nada. ¿Hablar? ¿De qué quieres que hablemos? Fuera, te he dicho que cuanto antes mejor, hablar dice, como si eso fuera a servir de algo, no hay nada que discutir, si acaso quién se queda con el sofá, con el ordenador, con la PlayStation. ¡Pero si la PlayStation es mía! El capítulo del reparto de enseres y demás propiedades merecería todo un recuerdo aparte. Mejor olvidar. ¿Quién no se habrá empeñado en quedarse con algún objeto que durante todos los años de convivencia le había resultado innecesario e incluso molesto? Pero ahí está el orgullo, convertido de pronto en un cd, en una alfombrilla, en una cajonera, en un juego de toallas. Suerte que, de lejos, todas las tragedias son auténticas comedias.

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Conexión argentina

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Conexión argentina

 

Recibí este mail hace algunos años. He pedido permiso para publicarlo.

 

Asunto: Encuentros del alma en el túnel del tiempo.

 

Querida Andrea: Ya te habrá explicado Isabel1 la primera parte de este inesperado encuentro con su pasado y el mío y en el medio Fina2, tu madre. Yo te había escrito al mail que figura en tu blog después de esa noche en que con Isabel descubrimos que habíamos estado vinculadas con tu familia, sin siquiera conocernos ella y yo ni imaginar que tantos años después seríamos primas políticas. Y allí te explicaba el título que le puse a mi carta: «Encuentros del alma en el túnel del tiempo». Y fue así: Fina Borrás se incorporó a la clase de segundo –año 1955– y creo que no terminó de cursar quinto. No hizo muchas amigas. Era bella, interesante e inteligente. Tenía una hermosa voz, muy personal, grave, profunda. Se destacaba del resto porque tenía características que no eran comunes en nuestra edad bobalicona de aquellos tiempos. Era culta, seria, izquierdosa y atea. Cuando teníamos religión se iba con las chicas judías a la clase de moral y ese estilo nos resultaba sumamente extraño. Fuera de ese contacto, yo tuve algunos encuentros con ella en el Casal de Cataluña donde íbamos a bailar con mi hermano y el grupo de amigos del barrio y eso fue todo hasta 1958. Después no nos vimos más hasta 1973. Ese año, casada con mi primer marido y con mi hija de nueve meses, salimos a buscar para alquilar y encontramos un piso en la calle Lezica. El día que nos mostraban el departamento nos avisaron que los inquilinos todavía estaban viviendo algunos días más. Y allí estaban. Yo no los miré hasta que ella habló y le reconocí la voz, inconfundible e inolvidable. Hoy todavía me parece escucharla. Imaginate, después de los oh y los ah del encuentro3, llega la segunda sorpresa: tu padre, a quien yo también había conocido en el Casal de Cataluña, antes de que fueran novios. Bueno, los comentarios y presentaciones del caso, nos cuentan que se están yendo a España y tu padre dice que quiere vender sus equipos. Allí mi marido decide comprarle una máquina de fotos profesional, ¡la que todavía tiene mi hija en su estuche de cuero! Hace treinta y seis años de esto.

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Número cincuenta y cinco

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Número cincuenta y cinco

 

Hacía tiempo que no visitaba una oficina de correos. Tuvo incluso que preguntar si había alguna en el barrio y dónde estaba. No veía la razón por la que no pudiera mandarse todo por mail. Qué antigua resultaba la Administración.

Preparó el sobre con el formulario pertinente, adjuntó una nota de puño y letra y salió de casa con el tiempo justo de realizar las dos o tres gestiones para las que se había guardado la mañana.

Hacía calor. Bajó a la calle con una chaqueta ligera, primaveral, y al cabo de una manzana y media la llevaba bajo el brazo y el brazo bajo un sol ardiente que pudo contribuir a encender o incendiar su enconado ánimo.

La oficina era una planta baja separada de la calle por tan sólo una doble puerta de vidrio. Imperaba el tono amarillo. Nada más entrar vio un aparato electrónico que dispensaba turnos. Sin reparar demasiado en él, apretó un botón y vio aparecer un tique. Número cincuenta y cinco. Iban por el cincuenta y uno. Quedó un lugar libre en un banco en el que estaban sentadas varias personas. Todas atentas al panel luminoso que iba avisando de la ventanilla a la que debía dirigirse cada cual.

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Secreto

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Secreto

 

Mi madre falleció en 1989, cuando contaba cuarenta y nueve años de edad y yo todavía no había cumplido los veintiséis. Una de las cosas más tristes que he tenido que hacer en mi vida es desarmar su casa. Recoger su ropa, sus libros, tantos objetos personales.

Algunas de las cajas que guardé, tardé tiempo en abrirlas. En una de ellas encontré algo imprevisible: un diario. Imprevisible, digo, no tanto por lo que era sino por cuándo y por quién había sido escrito. Se trataba del diario de una niña de doce años, la niña que era mi madre cuando viajó en barco desde Buenos Aires (lugar de nacimiento de las mujeres de mi familia, incluida yo) a Barcelona, con sus padres y su hermano, para conocer España y visitar el pueblo de mi abuelo, Bellcaire d’Urgell.

Al encontrarlo me dio un vuelco el corazón y, como es natural, quise empezar a leerlo. Fue solo el primero de los muchos intentos realizados durante más de veinte años. Nunca pude (tampoco he podido visitar jamás su tumba)1. Hojeaba aquellas páginas y se me rompía la vida. Así que lo guardé. (Como si algo así pudiera guardarse). Me esperó con paciencia hasta que regresé a él y busqué un camino para leerlo. Y nunca mejor dicho: un camino. Decidí volver a la Argentina (ojo al verbo empleado, pues si bien yo había nacido en aquel país, mis padres habían emigrado a España en 1973, cuando yo era una niña de apenas nueve años) en barco. ¿Por qué en barco? Para darle al diario de mi madre un regreso simétrico. Ella lo había escrito durante su travesía a España, jornada tras jornada, y yo lo leería durante mi travesía a la Argentina, jornada tras jornada también. Por mar la ida y por mar la vuelta. Sabía, creía saber, que el diario de mi madre iba a ser el centro y eje de mi siguiente novela. Viajar a mi país de origen, ¿mis raíces?, era parte de la escritura. (Vivir aquello a partir de lo que se va a escribir es estar escribiendo).

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El destornillador de Texas

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El destornillador de Texas

 

La llegada a Austin tuvo lugar varias horas después del horario previsto. De madrugada. En teoría debía haber un chófer esperándome con un cartel que pusiera mi nombre. No fue así. Llamé por teléfono a la compañía que se encargaba del transporte y me dijeron, o eso entendí yo, que allí estaba el señor tal con su cartulina en la mano. Pensé, por un momento, que no sabía inglés. Que me había inventado mi conocimiento del idioma o que lo había soñado y que no era capaz de entenderme en esa lengua. Me angustié: mi conferencia era en inglés.

Se busca hombre con cartel. Por fin, vacío el aeropuerto y exhausta, arrastrando las maletas y sin saber a dónde dirigirme –había salido a la calle a preguntar a unos y a otros si me esperaban–, vi a un señor que sostenía un cartel para nadie, solo, aburrido, desorientado. El cartel decía algo así como Medicalia o Medicum Alia. Me acerqué a él, más que nada porque era el único ser humano aparte de mí en el aeropuerto, y le pregunté si por casualidad o por suerte no sabía dónde paraban los taxis de la compañía equis –no recuerdo cómo se llamaba–. Yo soy de la compañía equis, me dijo, ya, pero usted espera a Medicalia o Medicum Alia, le dije yo, bueno, tal vez es un error, me dijo él, entonces a lo mejor me espera a mí, me armé yo de esperanza, pues quizás sí, dijo él y me preguntó mi nombre y llamó a la central y le dijeron sí, claro, ese es el nombre, ¿qué cartel cogiste?

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El caracol de mi abuela

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El caracol de mi abuela

 

Durante los últimos años de su vida mi abuela vivía en compañía de un caracol. No sabía si estaba vivo. Se había presentado de pronto en la cocina. Lo encontró pegado a la pared de azulejos amarillos. De un día para el otro. Solo. Sin más caracoles a la vista. Contó que al principio le dio asco. La baba, la procedencia, las intenciones. Sin embargo, lo toleró. Lo dejó ahí, a su aire, a la espera de que se esfumara igual que había aparecido. Una semana más tarde recordó que los caracoles eran hermafroditas y tuvo miedo de que se reprodujera como las cucarachas, sin pausa, y que un ejército de limazos invadiera su hogar, siempre tan pulcro. Todos le dijimos que era una idea absurda sin saber de verdad hasta qué punto lo era.

Un día, que sin duda marcó un antes y un después, empezó a hablarle. Le decía: Yo creo que tenés que estar vivo. Si no, te caerías. Mi abuela estaba convencida de que un caracol muerto de ninguna manera podía seguir agarrado a la pared. Le hablaba como si se tratara de un animal de compañía, como se habría dirigido a un perro o a un gato. A un pájaro. Los demás dejábamos que obrara a su antojo: pensábamos que de algún modo aquello aliviaba su soledad y nos sentíamos menos culpables de dedicarle tan poco tiempo.

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Qué habrá sido de Moya

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Qué habrá sido de Moya

 

Yo estaba exenta. Él no. Moya tenía que rezar, ir a clase de religión, ponerse de rodillas con los brazos en cruz. Moya recibía golpes en las manos y en la espalda con una regla larga de madera a la que se le habían borrado los números. Porque no se sabía las respuestas. Y si salía a la pizarra, don Jesús le pegaba con la mano abierta en la cabeza, que rebotaba en la pared como un moscardón contra un cristal, varias veces, mientras Moya sonreía mirándose las puntas de los zapatos, o los calcetines azul marino de uniforme, caídos alrededor de los tobillos.

Habíamos llegado aquel curso, desde el otro lado del océano, y era impensable que yo me adaptara a las costumbres del lugar. Mis padres estaban en contra de la violencia y en contra de la religión, que según cómo se mire vienen a ser lo mismo. Cuando supieron que don Jesús pegaba a los alumnos y que los obligaba a rezar, mi padre se subió al coche –la escuela estaba a solo tres manzanas, pero él detesta caminar–, condujo hasta el edificio gris de tres plantas, aparcó en la puerta, tocó el timbre, peguntó por el maestro, se encerraron en el despacho de dirección y allí solucionaron sus diferencias. Nunca supe cómo, pero el resultado fue que me convertí en exenta y, por consiguiente, en la alumna más odiada el colegio. No hay mejor diana que las diferencias. Es fácil apuntar, es fácil dar.

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Un pésame ideal

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Un pésame ideal

 

Mi abuela paterna tenía dos hermanas, Montse y Carmen. Yo solo tengo una, de modo que no sé lo que se siente al tener dos; parece que es posible preferir a una de ellas y, es más, a una quererla y a la otra odiarla.

¿Por qué mi abuela prefería a Carmen de una manera perspicua? Cuando eran niñas, Montse la fastidiaba con bromas pesadas que perduraron durante la adolescencia y que fraguaron una solapada inquina entre las dos. Carmen, que era la mayor, mostraba una debilidad maternal por Montse que molestaba sobremanera a mi abuela, dispuesta siempre a ser el centro de atención. Sin embargo, y como es de rigor cuando media la sangre, las tres se querían, y así lo demostraron a lo largo de la vida cada vez que a alguna le ocurría algo que requiriera de la atención de las otras dos.

En la adolescencia mi padre, sus tres hermanos y los primos, que se aburrían lo indecible durante las comidas familiares de los domingos hasta que les daban permiso para levantarse de la mesa, les pedían que volvieran a contar alguna de las anécdotas que las habían enfrentado. La más famosa era la del chicle.

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La llama de la vida

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La llama de la vida

 

 

UNO

 

Estamos en Barcelona. A la salida de una discoteca, cerca de la orilla del mar. De madrugada. Cinco hombres jóvenes discuten. Cuatro de ellos quieren seguir de juerga y el quinto prefiere regresar a casa. Es el único soltero. Siempre nos cortas el rollo, le dicen. Podéis ir sin mí. Le contestan, si salimos juntos, volvemos juntos, aquí no se raja nadie; cásate y verás que se te quitan las ganas de volver. Ríen. Hace frío en la calle, pero tres son fumadores. Uno de ellos propone ir de putas. Da una última chupada al cigarrillo y comenta, conozco un lugar que está muy bien, y no es nada caro, y empieza a caminar; invito a taxi, añade. Los otros tres casados acatan la propuesta sin rechistar. El soltero, en cambio, los sigue con la vista sin moverse. Se frota las manos y les echa el aliento para calentarlas. Yo paso, dice, pero empieza a caminar hacia ellos, que discuten con el taxista para que acepte llevarlos a todos. Por fin accede. Cuatro atrás y el último en llegar, de copiloto, el lugar más peligroso en un automóvil, en caso de accidente, piensa el soltero al sentarse, y también se pregunta por qué permite que lo arrastren, por qué pirueta del destino él tiene que estar ahí y no en otro lugar. El taxi lleva la música a un volumen muy alto, apenas puede oír lo que comentan sus amigos en la parte de atrás. Le parece que en algún momento se burlan de él, incluso que lo retan a algo, pero él sigue con la mirada hacia delante, observa que se pasan semáforos en ámbar, espía con preocupación el velocímetro, podrían multarlos en cualquier momento. Barcelona está desierta a aquellas horas, dentro de un rato empezará a levantarse la gente para ir a trabajar, y ellos apenas tendrán tiempo de darse una ducha antes de llegar a la oficina. Son compañeros de trabajo y se han propuesto salir juntos el primer jueves de todos los meses. Aquel es el segundo jueves y él ya está harto. Va a ser el último, piensa, así que resuelve aguantar hasta que los otros decidan. No va a quedar mal por un día. El taxista se detiene. Han llegado. Bajan. Fumemos antes de subir, propone el que ha invitado a taxi, y saca el paquete de Winston y una caja de cerillas. Hace viento y se le apagan en cuanto las enciende. Acerquémonos al portal, aconseja. Y ahí sí, la cerilla aguanta. Enciende el suyo, acerca la llama al siguiente y cuando llega al soltero avisa que aquella es la última cerilla. Sin embargo, el hombre no acerca el cigarrillo sino que sopla para apagarla. Comenta, si enciendes tres cigarrillos seguidos con la misma cerilla, matas a un marinero. Mira la hora y dice, son las seis y media, a las ocho me abro.

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