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Todos tenemos historias que terminar

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Todos tenemos historias que terminar

 

Me trasladé a la esquina de la calle Balmes con Valencia justo cuando acababa de sufrir la gran ruptura sentimental de mi vida. Una ruptura sentimental es algo tremendo y afecta a diversas partes del cuerpo, hasta tal punto que cualquier persona, aun cuando hubiese deseado separarse y lo hubiera considerado una decisión de primera necesidad, suele sufrir diversos ataques de arrepentimiento, debidos sobre todo al miedo de no volver a ser amada, a enfrentarse en soledad a los problemas de distinta magnitud que presenta toda existencia, por simple que sea, y por último a perder cierto estatus económico que hay que atribuir a que, cuando se paga entre dos, todo cuesta la mitad.

Un contacto de un contacto de un contacto que conocía a mi hermana me pasó el dato: quedaba libre un piso amueblado con todo lo necesario para ponerse a vivir enseguida. Justo lo que me estaba haciendo falta. Mi ex reclamaba para ella sola el espacio que habíamos compartido y yo deseaba irme, perderla de vista, incluso perderme de vista a mí misma. Es singular esa emoción, la que la impulsa a una a tener prisa por llevar adelante cualquier cambio, una vez decidida a hacerlo. Nada más apuntar la posibilidad de marcharme de casa, mi ex tardó apenas unos segundos no sólo en aceptar mi propuesta sino en jalearme para que la realizara cuanto antes. ¿Quieres largarte? Pues vete, pero deprisa, no tardes, coges tus cuatro cosas y te vas, aquí no haces nada. ¿Hablar? ¿De qué quieres que hablemos? Fuera, te he dicho que cuanto antes mejor, hablar dice, como si eso fuera a servir de algo, no hay nada que discutir, si acaso quién se queda con el sofá, con el ordenador, con la PlayStation. ¡Pero si la PlayStation es mía! El capítulo del reparto de enseres y demás propiedades merecería todo un recuerdo aparte. Mejor olvidar. ¿Quién no se habrá empeñado en quedarse con algún objeto que durante todos los años de convivencia le había resultado innecesario e incluso molesto? Pero ahí está el orgullo, convertido de pronto en un cd, en una alfombrilla, en una cajonera, en un juego de toallas. Suerte que, de lejos, todas las tragedias son auténticas comedias.

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Conexión argentina

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Conexión argentina

 

Recibí este mail hace algunos años. He pedido permiso para publicarlo.

 

Asunto: Encuentros del alma en el túnel del tiempo.

 

Querida Andrea: Ya te habrá explicado Isabel1 la primera parte de este inesperado encuentro con su pasado y el mío y en el medio Fina2, tu madre. Yo te había escrito al mail que figura en tu blog después de esa noche en que con Isabel descubrimos que habíamos estado vinculadas con tu familia, sin siquiera conocernos ella y yo ni imaginar que tantos años después seríamos primas políticas. Y allí te explicaba el título que le puse a mi carta: «Encuentros del alma en el túnel del tiempo». Y fue así: Fina Borrás se incorporó a la clase de segundo –año 1955– y creo que no terminó de cursar quinto. No hizo muchas amigas. Era bella, interesante e inteligente. Tenía una hermosa voz, muy personal, grave, profunda. Se destacaba del resto porque tenía características que no eran comunes en nuestra edad bobalicona de aquellos tiempos. Era culta, seria, izquierdosa y atea. Cuando teníamos religión se iba con las chicas judías a la clase de moral y ese estilo nos resultaba sumamente extraño. Fuera de ese contacto, yo tuve algunos encuentros con ella en el Casal de Cataluña donde íbamos a bailar con mi hermano y el grupo de amigos del barrio y eso fue todo hasta 1958. Después no nos vimos más hasta 1973. Ese año, casada con mi primer marido y con mi hija de nueve meses, salimos a buscar para alquilar y encontramos un piso en la calle Lezica. El día que nos mostraban el departamento nos avisaron que los inquilinos todavía estaban viviendo algunos días más. Y allí estaban. Yo no los miré hasta que ella habló y le reconocí la voz, inconfundible e inolvidable. Hoy todavía me parece escucharla. Imaginate, después de los oh y los ah del encuentro3, llega la segunda sorpresa: tu padre, a quien yo también había conocido en el Casal de Cataluña, antes de que fueran novios. Bueno, los comentarios y presentaciones del caso, nos cuentan que se están yendo a España y tu padre dice que quiere vender sus equipos. Allí mi marido decide comprarle una máquina de fotos profesional, ¡la que todavía tiene mi hija en su estuche de cuero! Hace treinta y seis años de esto.

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Número cincuenta y cinco

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Número cincuenta y cinco

 

Hacía tiempo que no visitaba una oficina de correos. Tuvo incluso que preguntar si había alguna en el barrio y dónde estaba. No veía la razón por la que no pudiera mandarse todo por mail. Qué antigua resultaba la Administración.

Preparó el sobre con el formulario pertinente, adjuntó una nota de puño y letra y salió de casa con el tiempo justo de realizar las dos o tres gestiones para las que se había guardado la mañana.

Hacía calor. Bajó a la calle con una chaqueta ligera, primaveral, y al cabo de una manzana y media la llevaba bajo el brazo y el brazo bajo un sol ardiente que pudo contribuir a encender o incendiar su enconado ánimo.

La oficina era una planta baja separada de la calle por tan sólo una doble puerta de vidrio. Imperaba el tono amarillo. Nada más entrar vio un aparato electrónico que dispensaba turnos. Sin reparar demasiado en él, apretó un botón y vio aparecer un tique. Número cincuenta y cinco. Iban por el cincuenta y uno. Quedó un lugar libre en un banco en el que estaban sentadas varias personas. Todas atentas al panel luminoso que iba avisando de la ventanilla a la que debía dirigirse cada cual.

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Secreto

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Secreto

 

Mi madre falleció en 1989, cuando contaba cuarenta y nueve años de edad y yo todavía no había cumplido los veintiséis. Una de las cosas más tristes que he tenido que hacer en mi vida es desarmar su casa. Recoger su ropa, sus libros, tantos objetos personales.

Algunas de las cajas que guardé, tardé tiempo en abrirlas. En una de ellas encontré algo imprevisible: un diario. Imprevisible, digo, no tanto por lo que era sino por cuándo y por quién había sido escrito. Se trataba del diario de una niña de doce años, la niña que era mi madre cuando viajó en barco desde Buenos Aires (lugar de nacimiento de las mujeres de mi familia, incluida yo) a Barcelona, con sus padres y su hermano, para conocer España y visitar el pueblo de mi abuelo, Bellcaire d’Urgell.

Al encontrarlo me dio un vuelco el corazón y, como es natural, quise empezar a leerlo. Fue solo el primero de los muchos intentos realizados durante más de veinte años. Nunca pude (tampoco he podido visitar jamás su tumba)1. Hojeaba aquellas páginas y se me rompía la vida. Así que lo guardé. (Como si algo así pudiera guardarse). Me esperó con paciencia hasta que regresé a él y busqué un camino para leerlo. Y nunca mejor dicho: un camino. Decidí volver a la Argentina (ojo al verbo empleado, pues si bien yo había nacido en aquel país, mis padres habían emigrado a España en 1973, cuando yo era una niña de apenas nueve años) en barco. ¿Por qué en barco? Para darle al diario de mi madre un regreso simétrico. Ella lo había escrito durante su travesía a España, jornada tras jornada, y yo lo leería durante mi travesía a la Argentina, jornada tras jornada también. Por mar la ida y por mar la vuelta. Sabía, creía saber, que el diario de mi madre iba a ser el centro y eje de mi siguiente novela. Viajar a mi país de origen, ¿mis raíces?, era parte de la escritura. (Vivir aquello a partir de lo que se va a escribir es estar escribiendo).

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El destornillador de Texas

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El destornillador de Texas

 

La llegada a Austin tuvo lugar varias horas después del horario previsto. De madrugada. En teoría debía haber un chófer esperándome con un cartel que pusiera mi nombre. No fue así. Llamé por teléfono a la compañía que se encargaba del transporte y me dijeron, o eso entendí yo, que allí estaba el señor tal con su cartulina en la mano. Pensé, por un momento, que no sabía inglés. Que me había inventado mi conocimiento del idioma o que lo había soñado y que no era capaz de entenderme en esa lengua. Me angustié: mi conferencia era en inglés.

Se busca hombre con cartel. Por fin, vacío el aeropuerto y exhausta, arrastrando las maletas y sin saber a dónde dirigirme –había salido a la calle a preguntar a unos y a otros si me esperaban–, vi a un señor que sostenía un cartel para nadie, solo, aburrido, desorientado. El cartel decía algo así como Medicalia o Medicum Alia. Me acerqué a él, más que nada porque era el único ser humano aparte de mí en el aeropuerto, y le pregunté si por casualidad o por suerte no sabía dónde paraban los taxis de la compañía equis –no recuerdo cómo se llamaba–. Yo soy de la compañía equis, me dijo, ya, pero usted espera a Medicalia o Medicum Alia, le dije yo, bueno, tal vez es un error, me dijo él, entonces a lo mejor me espera a mí, me armé yo de esperanza, pues quizás sí, dijo él y me preguntó mi nombre y llamó a la central y le dijeron sí, claro, ese es el nombre, ¿qué cartel cogiste?

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El caracol de mi abuela

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El caracol de mi abuela

 

Durante los últimos años de su vida mi abuela vivía en compañía de un caracol. No sabía si estaba vivo. Se había presentado de pronto en la cocina. Lo encontró pegado a la pared de azulejos amarillos. De un día para el otro. Solo. Sin más caracoles a la vista. Contó que al principio le dio asco. La baba, la procedencia, las intenciones. Sin embargo, lo toleró. Lo dejó ahí, a su aire, a la espera de que se esfumara igual que había aparecido. Una semana más tarde recordó que los caracoles eran hermafroditas y tuvo miedo de que se reprodujera como las cucarachas, sin pausa, y que un ejército de limazos invadiera su hogar, siempre tan pulcro. Todos le dijimos que era una idea absurda sin saber de verdad hasta qué punto lo era.

Un día, que sin duda marcó un antes y un después, empezó a hablarle. Le decía: Yo creo que tenés que estar vivo. Si no, te caerías. Mi abuela estaba convencida de que un caracol muerto de ninguna manera podía seguir agarrado a la pared. Le hablaba como si se tratara de un animal de compañía, como se habría dirigido a un perro o a un gato. A un pájaro. Los demás dejábamos que obrara a su antojo: pensábamos que de algún modo aquello aliviaba su soledad y nos sentíamos menos culpables de dedicarle tan poco tiempo.

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Qué habrá sido de Moya

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Qué habrá sido de Moya

 

Yo estaba exenta. Él no. Moya tenía que rezar, ir a clase de religión, ponerse de rodillas con los brazos en cruz. Moya recibía golpes en las manos y en la espalda con una regla larga de madera a la que se le habían borrado los números. Porque no se sabía las respuestas. Y si salía a la pizarra, don Jesús le pegaba con la mano abierta en la cabeza, que rebotaba en la pared como un moscardón contra un cristal, varias veces, mientras Moya sonreía mirándose las puntas de los zapatos, o los calcetines azul marino de uniforme, caídos alrededor de los tobillos.

Habíamos llegado aquel curso, desde el otro lado del océano, y era impensable que yo me adaptara a las costumbres del lugar. Mis padres estaban en contra de la violencia y en contra de la religión, que según cómo se mire vienen a ser lo mismo. Cuando supieron que don Jesús pegaba a los alumnos y que los obligaba a rezar, mi padre se subió al coche –la escuela estaba a solo tres manzanas, pero él detesta caminar–, condujo hasta el edificio gris de tres plantas, aparcó en la puerta, tocó el timbre, peguntó por el maestro, se encerraron en el despacho de dirección y allí solucionaron sus diferencias. Nunca supe cómo, pero el resultado fue que me convertí en exenta y, por consiguiente, en la alumna más odiada el colegio. No hay mejor diana que las diferencias. Es fácil apuntar, es fácil dar.

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Un pésame ideal

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Un pésame ideal

 

Mi abuela paterna tenía dos hermanas, Montse y Carmen. Yo solo tengo una, de modo que no sé lo que se siente al tener dos; parece que es posible preferir a una de ellas y, es más, a una quererla y a la otra odiarla.

¿Por qué mi abuela prefería a Carmen de una manera perspicua? Cuando eran niñas, Montse la fastidiaba con bromas pesadas que perduraron durante la adolescencia y que fraguaron una solapada inquina entre las dos. Carmen, que era la mayor, mostraba una debilidad maternal por Montse que molestaba sobremanera a mi abuela, dispuesta siempre a ser el centro de atención. Sin embargo, y como es de rigor cuando media la sangre, las tres se querían, y así lo demostraron a lo largo de la vida cada vez que a alguna le ocurría algo que requiriera de la atención de las otras dos.

En la adolescencia mi padre, sus tres hermanos y los primos, que se aburrían lo indecible durante las comidas familiares de los domingos hasta que les daban permiso para levantarse de la mesa, les pedían que volvieran a contar alguna de las anécdotas que las habían enfrentado. La más famosa era la del chicle.

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La llama de la vida

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La llama de la vida

 

 

UNO

 

Estamos en Barcelona. A la salida de una discoteca, cerca de la orilla del mar. De madrugada. Cinco hombres jóvenes discuten. Cuatro de ellos quieren seguir de juerga y el quinto prefiere regresar a casa. Es el único soltero. Siempre nos cortas el rollo, le dicen. Podéis ir sin mí. Le contestan, si salimos juntos, volvemos juntos, aquí no se raja nadie; cásate y verás que se te quitan las ganas de volver. Ríen. Hace frío en la calle, pero tres son fumadores. Uno de ellos propone ir de putas. Da una última chupada al cigarrillo y comenta, conozco un lugar que está muy bien, y no es nada caro, y empieza a caminar; invito a taxi, añade. Los otros tres casados acatan la propuesta sin rechistar. El soltero, en cambio, los sigue con la vista sin moverse. Se frota las manos y les echa el aliento para calentarlas. Yo paso, dice, pero empieza a caminar hacia ellos, que discuten con el taxista para que acepte llevarlos a todos. Por fin accede. Cuatro atrás y el último en llegar, de copiloto, el lugar más peligroso en un automóvil, en caso de accidente, piensa el soltero al sentarse, y también se pregunta por qué permite que lo arrastren, por qué pirueta del destino él tiene que estar ahí y no en otro lugar. El taxi lleva la música a un volumen muy alto, apenas puede oír lo que comentan sus amigos en la parte de atrás. Le parece que en algún momento se burlan de él, incluso que lo retan a algo, pero él sigue con la mirada hacia delante, observa que se pasan semáforos en ámbar, espía con preocupación el velocímetro, podrían multarlos en cualquier momento. Barcelona está desierta a aquellas horas, dentro de un rato empezará a levantarse la gente para ir a trabajar, y ellos apenas tendrán tiempo de darse una ducha antes de llegar a la oficina. Son compañeros de trabajo y se han propuesto salir juntos el primer jueves de todos los meses. Aquel es el segundo jueves y él ya está harto. Va a ser el último, piensa, así que resuelve aguantar hasta que los otros decidan. No va a quedar mal por un día. El taxista se detiene. Han llegado. Bajan. Fumemos antes de subir, propone el que ha invitado a taxi, y saca el paquete de Winston y una caja de cerillas. Hace viento y se le apagan en cuanto las enciende. Acerquémonos al portal, aconseja. Y ahí sí, la cerilla aguanta. Enciende el suyo, acerca la llama al siguiente y cuando llega al soltero avisa que aquella es la última cerilla. Sin embargo, el hombre no acerca el cigarrillo sino que sopla para apagarla. Comenta, si enciendes tres cigarrillos seguidos con la misma cerilla, matas a un marinero. Mira la hora y dice, son las seis y media, a las ocho me abro.

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Piel de oveja

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Piel de oveja

 

Casi todos los niños codician lo que no poseen o, mejor dicho, lo que poseen otros. Basta observar su conducta en un parque para constatar esa turbia tendencia infantil que, en muchos casos, perdura durante la madurez y que casi sin excepciones vuelve con fuerza renovada en los años de vejez.

Convengamos en que la codicia de lo ajeno es un clásico. Y esa es la raíz de esta historia. De estas dos historias que pueden contarse como una sola.

Fabiana era una niña menuda, podría decirse que desnutrida. Castaña, con coletas. Siete años: los mismos que el resto de la clase de tercero, pero aparentaba menos. Llegaba a la escuela sola. Todos los días sola y puntual. Puntual quiere decir en el último minuto. Con una cartera azul de plástico brillante y gastado. Y la bata blanca, plisada. Limpia pero con arrugas. Las demás la llevábamos recién almidonada. Y llegábamos acompañadas por nuestras madres, con tiempo. Formábamos en el patio delantero para entrar.

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Dos cuentos de amor

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Dos cuentos de amor

 

Nos fuimos a Singapur de luna de miel. Bueno, pasamos por allí. Solo era un primer destino, una escala alargada.

Parecía la maqueta de una película futurista. Nos aseguraron que estaba diseñada según los principios del feng shui. Puede ser. Fue una ciudad que visitamos mirando hacia arriba.

Una vez instaladas en el hotel, mientras ella tomaba una ducha, abrí por vez primera la guía que la agencia de viajes había incluido en el pack de regalo junto a una maleta pequeña y unos vales para descuentos en cenas y otras zarandajas propias del comercio. Oí que cerraba el agua y desde la cama dije en voz bien alta:

–Diez años.

Ella salió envuelta en una toalla y preguntó:

–¿Qué?

Ya digo que salió envuelta en una toalla, así que no pude contestar a su pregunta.

Un poco más tarde, tumbadas las dos en la cama, volví a decir:

–Diez años. Por homosexualidad. En Singapur. Diez años de cárcel. ¿Te lo puedes creer?

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Alrededor de un epitafio

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Alrededor de un epitafio

 

Mañana es el día del libro. Un periodista ha llamado hoy a primera hora para hacerme dos preguntas: a quién le pediría que me firmara un ejemplar y qué siento cuando un lector se acerca a buscar una dedicatoria. He estado a punto de contestar lo de rigor, con rapidez. Algo me ha detenido (en estos últimos tiempos algo siempre me detiene, como si la pausa se me hubiera instalado en las maneras) y he decidido contarle una historia real. Le he preguntado, ¿cuánto espacio tienes en tu artículo? No mucho, me ha confesado. No importa, ¿tienes cinco minutos? Claro, me ha respondido.

Era la última firma del día. Veintitrés de abril de 2009. De siete a ocho de la tarde. En una librería grande pero lejos del centro. Faltaban apenas dos minutos para que acabara mi jornada. Iba a levantarme, pero pensé, incrédula, vaya a venir a última hora un lector necesitado de una firma y encuentre el puesto vacío. Me quedé y entonces sí, cuando pasaba un minuto de la hora convenida y había apoyado en la mesa las manos para levantarme e irme, vi que se acercaba corriendo un chaval de unos nueve o diez años. Se detuvo frente a mí y me dijo, mi padre sabe que te gusta el Maestrazgo. Pensé que el niño se equivocaba de autor o de lugar, y así se lo hice saber. Contrariado, el chico miró el cartel que había encima de la mesa, confirmó que estaba escrito mi nombre y dijo, no, no, tú eres Andrea y mi padre sabe que muchas veces vas al convento. ¿Yo a un convento? Ahí sí tuve claro que se trataba de una confusión. Se lo dije al niño que, sin inmutarse, negó con la cabeza e insistió. Busqué en la memoria y comprendí: se refería a un hotel. ¿Y qué haces aquí solo? ¿Dónde está tu padre? Me contestó: Mi padre, en la clínica. Pensé, ¿en la clínica? ¿Era otro hotel? El niño no parecía estar preocupado. Insistí: Pero debes de estar con alguien, ¿no? Sí, con mi madre. Que ahora viene. Y justo en ese momento apareció una mujer, algo sofocada, con una bolsa de la librería en la mano. «Mira, que vengo con un encargo», me dijo mientras sacaba del bolsillo delantero de su pantalón beige de pinzas tres hojas cuadriculadas, pequeñas, arrancadas de alguna libreta de espiral. También sacó de la bolsa dos ejemplares de mi libro de relatos Con el agua al cuello y los depositó en la mesa. Verás, mi ex marido está en la clínica, lo han operado de un tumor cerebral –se le rompió la voz– y lo primero que ha hecho al salir del quirófano es pedirme que venga a verte, que compre tu libro, que te diga que él también adora el Maestrazgo, que es amigo de los del Convento, que en la biblioteca del hotel encontró algunos títulos tuyos, que te ha leído y te ha entendido, y que por favor le pongas una dedicatoria muy especial. Él no sabe que no hay esperanza. No hay esperanza, repitió. Parece que no hay esperanza, quiso suavizar lo dicho.

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Arte bizantino

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Arte bizantino

 

Pocos días después de llegar al edificio, la escritora fue a presentarse a los porteros. De inmediato y a pesar de sus evasivas, la obligaron a pasar a la vivienda, en planta baja. No hubo manera tampoco de decirles que no quería tomar nada, así que se sentaron a fumar alrededor de la mesa camilla cubierta por un hule de flores azules y blancas, y los tres se bebieron un cortado sin azúcar muy caliente en tres recipientes distintos –un vaso duralex marrón, un tazón de plástico verde para café con leche y una taza pequeña y blanca, sin asa.

La escritora contestó que era escritora cuando le preguntaron qué era –y tanto la pregunta como la respuesta la dejaron pensando varios días: ¿qué hay que contestar cuando te preguntan qué eres?–. La portera aprovechó para contarle que también ella escribía, y sacó varias libretas de espiral para demostrárselo y le confesó que desde hacía algún tiempo estaba con una novela que a lo mejor a ella, a la escritora, le gustaría leer. De modo que la escritora, vamos a llamarla Andrea, dijo claro, claro, en cuanto acabe de instalarme y me organice seguro que encuentro el tiempo. Pero mentía, sin duda pensaba que jamás leería aquel cuaderno escrito a mano con letra pequeña. Mentía porque Andrea todavía no era la que iba a ser años después, una persona capaz de decir lo que pensaba y de hacer lo que decía. Soltó aquella mentira que le pareció piadosa e iba a levantarse cuando fue él quien habló, el portero, que contó de su afición por la pintura y, ufano, sacó algunos lienzos enrollados, los desplegó sin miramientos sobre las tazas de café vacías y el cenicero lleno de colillas, y dejó que Andrea contemplara, con una sonrisa forzada y los ojos entrecerrados, aquellas vírgenes de colores llamativos circundadas por mandorlas con cenefas llenas de dibujos que recordaban al típico azulejo andaluz. Suelo exponerlas, dijo el portero, vamos a llamarlo Miguel, suelo exponerlas aquí mismo, dijo Miguel, en el patio de luces, justo estaba a punto de colocar una obra, mañana la verás, las ilumino y todo, quizás tú quieras escribir sobre mi historia, a ella no le interesa –se refería a la portera, vamos a llamarla Teresa–, Teresa dice que bastante tiene con lo suyo. Andrea no podía quitar los ojos de las pinturas que le mostraba y Miguel, jaleado por su atención, declaró que se sentía muy influido por el arte románico y bizantino, aunque también por la tradición popular mexicana.

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La carta perdida de Andrea Mayo

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La carta perdida de Andrea Mayo

 

 

 

Es difícil escribir sobre los vivos, porque son gente que se pasa el rato cambiando

 

 

 

La doctora Ela Gutina supo que la carta perdida de Andrea Mayo estaba en mi poder gracias a la conversación que mantuvo con la periodista Carmen Silentes.

Gutina llevaba al parecer mucho tiempo detrás de aquella carta. Sabía de su existencia porque la Mayo la había citado en algunos escritos e incluso en alguna entrevista como un texto que jamás vería la luz.

La llamada de Gutina no se hizo esperar. Tampoco mi respuesta: «¿La carta perdida de Andrea Mayo? ¿Dirigida a mí? ¿Qué carta? ¿De qué me está hablando?» «Todo tiene una explicación», me dijo, y me pidió que nos viéramos. Accedí a tomar un café con ella.

Me citó en el bar del Hotel Majestic. Un lugar que siempre me ha parecido trasnochado y pretencioso. No obstante, acepté porque quedaba cerca de mi estudio de arquitectura.

Cuando llegué al bar, no había nadie. Pensé, mientras la esperaba, que aquel asunto me tenía sin cuidado y que me había aguijoneado solo la curiosidad.

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El cartero

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El cartero

 

Piensa que el tiempo se le ha encogido como si lo hubiese metido en la lavadora con un programa equivocado. Pero sigue viva. Y es escritora. Los escritores vivos escriben. Es su deber. Qué gran palabra. Las grandes palabras dan grima. Quiere descartarlas. Para escribir con palabras pequeñas debe realizar una búsqueda de temas que las permitan. Recuerda algunas cosas que pueden incluso resultar útiles a los demás, no en el sentido en que lo sería un libro de autoayuda, no, sino más bien en el sentido en que lo es una información correcta para que sustituya a otra equivocada.

Decide poner el colofón a alguna historia cuyos protagonistas desconozcan el final o alguna parte esencial de la misma. Recuerda su inveterada preocupación por el cartero de su madre, al que siempre le ha imaginado una familia, unos descendientes sumidos, como el propio cartero, en la incertidumbre, el desconcierto e incluso la desconfianza hacia el prójimo a causa del trato que le dispensó la madre años atrás.

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