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Las estampas del timo

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Las estampas del timo

 

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?, ¿la gallina o el huevo? El eterno problema. ¿Vi primero a un tipo sumamente esquelético por la avenida, un raro espécimen humano o casi humano, o primero vi las tremendas cascadas morenas del pelo rizado de ella incendiándolo todo un poco más adelante?, ¿qué llamó primero mi atención, que el tipo delgaducho se cubría estúpidamente la cabeza con una bolsa de unos grandes almacenes, o las caderas poderosas y las alucinantes piernas apretadas bajo la minifalda que se gastaba ella? ¿Y cómo demonios saberlo ahora, después de tanto tiempo? Del huevo sale la gallina y la gallina pone después el huevo perfecto en un rincón del gallinero, de eso no cabe la menor duda. Pero enseguida esta simplicidad se complica y de ese huevo nuevo sale otra gallina más o menos parecida a la anterior, y esta pone a su vez y como sin quererlo otro huevo, de donde sale evidentemente otra gallina igual, ponedora ella también, cómo no, y así se enfrascan repetidamente gallina y huevo, huevo y gallina, en este doble ciclo tirabuzónico que contemplado a la inversa, mirado hacia atrás, es todavía peor y más repetido, de modo que uno no puede alcanzar de ninguna de las maneras un principio único, claro y definitivo: ¿qué carajo fue antes?, ¿el huevo o la gallina?, ¿la gallina o el huevo?, ¿eh? Yo lo que sé es que iba tarde a clase porque el condenado autobús se había retrasado como nunca y que nada más bajarme, flechado que iba a la Facultad, no sé, cada uno de mis ojos trastabilló con ellos, con los dos a un mismo tiempo, uno con el sombrero corteinglés o carrefur o mercadona del tipo, otro con la cabellera y las piernas de ella, y cuando los ojos patinan en la cara en ese plan, estrábicos perdidos, con ese revoltijo de espanto y de chacota por un lado y de gruesos apetitos y tiernos arrumacos por el otro, ya no se puede responder a nada medianamente derecho, se llega tarde a clase, se sienta uno en un sitio muy arriba, lejos de los empollones y del catedrático de Genética, y se pregunta, por preguntarse algo, eso: ¿qué fue antes, mecachis, qué fue antes, el huevo o la gallina, la gallina o el huevo? La eterna pregunta. Para qué perder tiempo en responderla. Pero eso sí, y aunque parezca no terminar uno de salir de tan grandísimo ofuscamiento: ¿qué demonios vi antes después, es decir, después del primer antes, ya instalado en mi sitio en el aula?, ¿que el tipo delgaducho se había sentado dos filas más abajo en mi misma clase o que un poco más arriba también ella desplegaba sus bártulos para coger apuntes y que tenía los ojos verdaderamente verdes?

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Los otros Tiresias y Clariclea. (Variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Los otros Tiresias y Clariclea
(Variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)

 

 

 

Para Astriciliano, cuando era mi amigo y me regaló este cuento,

y también ahora, donde quiera que esté.

Para Rogelio, que pinta los cuadros a pelo, del natural.

 

 

 

Doscientos y pico años llevaba trabajando en la mina cuando le sobrevino aquel cataclismo. Sucedió de golpe y porrazo, sin que hubiese mediado la más ligera señal de aviso, como aseguran los entendidos que se presentan las metamorfosis verdaderamente importantes de la existencia.

Había continuado aquella mañana excavando de forma mecánica y distraída justo en el lugar donde lo dejara la tarde anterior, en la misma exhausta galería en la que se afanaba infructuosamente desde hacía un montón de meses. Las primeras docenas de golpes sonaron con la apatía monocorde de siempre, y cada nuevo asalto a la pared continuó brindando una ridícula cosecha de pequeñas rocas pardas, de tercas menas empobrecidas, aquella especie de sal de la costumbre que no precisaba de muchos lavados posteriores para mostrarse por completo inservible.

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La vuelta al día

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La vuelta al día

 

Los últimos agostos, desde hace ya unos cuantos años, Julia y yo practicamos la bonita costumbre de levantarnos a mediodía, sin prisas, después de haber apurado durante el día previo el frescor de la sierra hasta esa hora en que los grillos siguen cantando más por inercia que por atraer más hembras a su cubil, muy avanzada ya la noche. Durante once meses nos levantamos al amanecer, o cuando todavía pinta oscuro, así que bien está que ahora le hagamos alguna burla al despertador, pensamos.

Años antes, apenas al segundo día de vacación, a Julia y a mí nos entraba la angustia, como si levantarnos tarde fuese un pecado.

–¡Desaprovechar así el único mes, qué vergüenza! –nos reprochábamos.

Pero luego hemos ido abandonándonos, y cada verano nos levantamos más tarde. Alguno llegará, me digo, en que le demos la vuelta al reloj, y terminemos por levantarnos de amanecida otra vez.

–Parecerá una opinión descabellada –le digo a Julia–, pero habría que preguntar a los viejos por qué se levantan tan tempranísimo. ¿No le habrán dado la vuelta al día con una carambola de tiempo como esta nuestra de las vacaciones?

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Tantas veces huérfano

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Tantas veces huérfano

 

Un agosto más, como en los últimos setenta, o quizá más años, el viejo Cañado Jara ha vuelto, ha regresado por enésima vez, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrieron los veranos de su infancia, hace ya de eso una eternidad.

De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.

Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.

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Un círculo para Ainhoa

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Un círculo para Ainhoa

 

En el principio fue el círculo. Del círculo venimos. Al círculo volveremos.

Y en el principio fue Ainhoa.

Ainhoa y el aviso del tiempo que acabo de escuchar anunciando terribles lluvias y tormentas para esta noche. Así suceden los aviones que deberían volar a Wellington y una biblioteca llena de hongos y una infinita tarde, pero principalmente sucede Ainhoa. Porque a las personas nos suceden nombres; nombres que leemos, nombres que dejamos de leer. Una historia antigua, repetida, solo que en esta también suceden círculos, y ya lo dije: en el principio fue el círculo, del círculo venimos, al círculo volveremos.

 

El paseo será largo. Largo y quizás inolvidable porque al verme la gente suelta la carcajada. Varios me señalan; un par de niños me lanzan una piedra y una anciana parece ahogarse con sus risas cuando paso a su lado. Incluso un hombre se detiene y hace una fotografía. Camino con torpeza; no soporto el dolor de los talones. La ropa se me pega al cuerpo. Respiro acezante y voy caminando por el Bulevar Uslar Pietri hacia la calle Sucre.

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Xibanya

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Xibanya

 

Sabino morirá en cinco segundos.

Siente un chispazo. Abre los ojos. Piensa que este fin puede ser tan bueno o tan malo como cualquier otro; pero le ofende que esté sucediendo justo cuando se encuentra sentado en el váter y tiene un libro entre sus manos.

Recuerda a Saulo; ese momento en que un rayo traspasa su entendimiento y Dios lo prepara para la conversión. Se imagina en un caballo, se imagina cayendo como un árbol herido; se imagina levantándose como san Pablo de Tarso al escuchar la sonoridad de las voces sagradas que lo envuelven.

Luego admite que ese fogonazo que acaba de cegarlo es un cierre.

Sí.

Ya.

Ahora se inclina un poco hacia la derecha. Tardará cinco segundos en sentir que el mundo es la desaparición de un contorno.

Su cuerpo caerá en ese trozo de suelo entre el lavabo y el váter; muy cerca de las toallas y el mueblecito para guardar el jabón. El golpe contra las baldosas será un efecto sonoro añadido a la torpeza de la muerte, una marca en su cabellera gris que deberán maquillar en la funeraria.

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Luisito Tristán, pintor de fondos

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Luisito Tristán, pintor de fondos

 

Ya habíamos estado aquí antes dos veces Benito y yo, este es nuestro tercer viaje juntos. La Peña ha cambiado mucho en los últimos años, una barbaridad. Más que la ermita y su Virgen, más que las ricas aguas espumeantes y ferruginosas, es la presencia de Benito la que le ha otorgado a la montaña su carácter de lugar sagrado. Apenas un monte hueco, agujereado, con un manantial de aguas amargas, era todo esto antes de que sus sandalias hollaran la explanada por primera vez. A la caverna donde se retiró tras ordenarse sacerdote, una tortuosa oquedad donde los pastores abrigaban a las cabras durante las gélidas noches de invierno, se la conocía con el aparatoso nombre de El Palacio Oscuro, a saber quién demonios se lo puso. En lo más profundo de su vientre, bajo un techo de murciélagos tiernos, había estudiado Benito durante meses, en pasmosa soledad, callada y minuciosamente, las Sagradas Escrituras. Y ahí mismo lo acompañé yo más tarde como un hijo, como un fiel escudero. No tardó mucho en que se corriera la voz: en La Peña mora un hombre santo, un eremita muy delgado de ojos vivos y penetrantes; pasó algún tiempo solo, pero ahora parece que lo asiste un joven taciturno, tan callado como él. Se ve que no me conocen. Muchachas de la aldea nos suben desde entonces cestas con ricas viandas. Las dejan a la entrada de la caverna, para que el anacoreta y su joven acompañante no mueran de inanición, para que se alimenten de algo más que frutos y raíces. Las suben a escondidas, no quieren molestar, aunque a veces la curiosidad les puede y con el prurito de vernos son ellas precisamente las que se dejan ver. Qué tremenda conmoción fue descubrir la perfecta silueta de Clelia recortada aquella noche frente a la cueva, apenas una semana después de instalarnos, como si fuese todavía un espejismo fruto del agotamiento del viaje…

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Los k

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Los k

 

No es muy grande la mesa que aquí tengo. Justo lo suficiente para el ordenador y la impresora, un taco de hojillas para notas, la funda de las gafas…, el bote de los bolígrafos también, la macetilla con el cactus para absorber las radiaciones… y el teléfono este desde el que le cuento.

Sí, en efecto, ya hace un rato largo que pasó, pero es que usted siempre comunica.

De aquí mismo salieron, de los agujeritos del auricular, uno a uno, muy despacio, como si disimularan. Luego fueron entrando por la rejilla de ventilación del aparato, también en fila india y en silencio, como la otra vez. Se pudo ver enseguida cómo algunos atravesaban por la pantalla apagada, escarbando desde dentro, con una intermitencia de iconos desquiciados, mientras otros aparecían de súbito, sin apenas transición, por la bandeja de salida de papel de la impresora.

Tan solo unos cuantos, de intenciones menos cibernéticas, bajaron directamente a la mesa. Impunes y envalentonados, estuvieron recorriendo cada una de las púas del cactus, el interior de la funda de las gafas, la mullida y confortable brevedad de la gamuza amarilla que en otro tiempo utilicé para limpiar las lentes. Incluso un par de ellos se colaron por el agujerito del mechero, y a través de la rosa transparencia se los podía ver como nadando en el gas, que es líquido sin embargo, como sabe.

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Verruga Sánchez

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Verruga Sánchez

 

Esto que León me inspira ahí tirado, ¿qué demonios significa? ¿Cansancio?, ¿pesadumbre? ¿O es que siento ahora lástima por el triste botarate en que se ha convertido el hombre con el que comparto la existencia desde hace una eternidad? Me estoy engañando, bien lo sé. Quizá no sea pena lo que siento últimamente por él. Se le parece bastante, tiene todos los visos, pero no es pena, no al menos todavía. Tengo que evitar la compasión a toda costa. Me niego a gastar lo que me queda de vida compadeciéndolo.

Pero lo veo ahí desparramado en el sofá, con la copa de coñac aburrida entre las manos, los hombros derrotados, un hilillo de baba descolgándosele remolón desde la comisura de la boca, y mis mejores sentimientos se revuelven furiosos en la cabeza, me trastornan, me confunden. Lo que asoma a los ojos con que lo miro empiezo a sentirlo no como amor, como el cariño que hasta hace bien poco le profesé, sino más bien como una lástima honda y triste como nunca hubiera imaginado. Le acaricio el pelo, el rostro, de una forma que intuyo harto dolorosa para él, una caricia más enérgica de lo habitual que León traducirá en su abatimiento como un reproche, como una amarga bofetada detenida.

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Puentes, acueductos

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Puentes, acueductos

 

Mi abuela Justa, apostada en un lugar estratégico en las afueras de la aldea, avista un vehículo con matrícula extranjera cargado de turistas. Sin pensárselo dos veces lanza un silbido bien fuerte hacia los tejados de más abajo. Es un silbido como de cabrero, pero mucho más profesional.

Mi abuelo Justo, que fuma aburrido en la plaza, al oír ese silbido se encasqueta la boina con premura, se levanta y lanza a su vez un silbido menor, pero igualmente científico, muy estudiado en su modulación.

Tras esta señal salen mis tías abuelas de sus casas y se sientan a coser junto a las puertas en unas sillas de anea un poquitín desvencijadas. Algunas vecinas salen también portando cubos y barreños con ropa sucia y se acercan raudas al lavadero público, donde comienzan a fregotear sus trapos mientras otras se apresuran a generar abundante espuma sobre el agua.

Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total: varias mozas aplican una mano de cal al porche de la iglesia, dos niños juegan a canicas, las gallinas picotean magras lombrices, unos gatos degustan cabezas de sardinas por los empedrados…

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La excusa termodinámica

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La excusa termodinámica

 

Concluido sin éxito el primer intento, no haber estrellado el coche a la salida de una curva, tampoco despeñarlo por uno de los innúmeros precipicios del recorrido, haberles vetado si acaso la entrada a ese paraíso, o qué sé yo, cualquier otra retorcida venganza de las miles que pueblan esta cabeza que alguna vez fue gobernable y enteramente mía, vayamos ya con los argumentillos, a la desesperada:

Calentar el apartamento, el encendido de la chimenea de leña.

¿Puede haber algo peor en este mundo, me pregunto –y desencadeno con esta primera inocente vacilación una cascada de porfiados interrogantes, encarnizados en verdad, testarudos, quisquillosamente repetidos, en un ejercicio mental bastante simplón que debilita sin embargo como pocos otros el malestar de la jornada laboral–, puede haber algo peor, me pregunto, que desperdiciar dos o tres horas intentando encender la chimenea de la casita que hemos alquilado para pasar dos días de tranquilidad en plena sierra? Seguramente sí, me respondo de inmediato, seguramente es peor darse cuenta entonces de que la leña está verde y húmeda, de que no habrá más remedio que subir siete empinadas cuestas pueblo arriba para comprar madera seca si de verdad esperamos no morir de frío en cuanto caiga la noche. Aunque, pensándolo bien, tal vez sea peor que un avispado mercachifle del pueblo, con la piel tostada por el calor de su formidable chimenea, pretenda cobrarnos y nos cobre una burrada por un ridículo cargamento de leña, que no nos ayude siquiera a colgarlo en la espalda, que deje tirado de mala manera el mediano montón junto a nuestros pies congelados.

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La nota azul

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La nota azul

 

No es muy grande el apartamento de la rue Pigalle…

Aurora Dupin, baronesa Dudevant, más conocida como George Sand, termina de escribir las últimas páginas de El pantano del diablo, una novela campestre a pesar del título o quizá por él. Como la tinta que usa tarda en secar, las ideas que va trasladando al papel permanecen húmedas durante bastante rato, verdaderamente brillantes según el ángulo desde el que se miren. Aurora misma se sorprende del efecto.

Mientras tanto, su amante de estos días, el Federico Chopin de los Nocturnos, acaricia las teclas del piano buscando de manera disimulada la siempre escurridiza y muy puñetera «nota azul», esa nota trampolín sin la cual no son capaces de componer nada los románticos del xix. Habría de todas formas que preguntar si comparten la misma opinión Liszt, Smetana…

No es muy grande el apartamento de la rue Pigalle, ciertamente; lo justo para que la pareja pueda trabajar sin agobios, cada uno en lo suyo. Quizá sí resulte pequeño en días como este, cuando coinciden en sus habitaciones otros amigos imprescindibles.

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Mucho ruido y pocas nueces.(Unos preparativos)

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Mucho ruido y pocas nueces
(Unos preparativos)

 

Cinco enormes furgonetas blancas, como de mudanzas, en apariencia en todo iguales, están aparcadas de cualquier manera delante del bonito edificio plateresco del teatro. Dos de ellas ofrecen impúdicamente sus retaguardias abiertas frente a la puerta principal, mientras otras se atreven a taponar no solo los accesos para materiales y atrezo sino también las entradas de autoridades y el público vip. En sus flancos, como la colosal salpicadura de un huevo estrellado a mala idea, ostentan todas un logotipo de pacotilla, de muy escaso presupuesto artístico. Su primario diseño concentra en una insuperable ensalada de grafismos y letras las complejas funciones de montaje de decorados a que se dedica la empresa. Sin embargo, al observar con más detenimiento, el vigilante del teatro advierte ligeras modificaciones en los renglones secundarios de la marca, leves variantes que dan noticia de los diferentes subsectores en que también parece especializarse la compañía…

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Rifa

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Rifa

 

El viejo ha vuelto, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrió su infancia, hace ya de eso una eternidad.

De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.

Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.

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Mire, no estoy para bromas ahora mismo

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Mire, no estoy para bromas ahora mismo

 

Se puede considerar que soy un náufrago que ha vuelto a la civilización después de años robinsones cargado con mi isla, mi palmera y mi horizonte redondo y plano hasta donde el viento da la vuelta. Que sigo siendo un náufrago en medio de la vida corriente de la calle, con una barba inmemorial y los ojos del mar de entonces, todavía anclado en aquel tiempo, cuando viajaba a la deriva sobre mi isla por un universo silencioso que recorro ahora mentalmente, midiendo palmo a palmo el territorio que me pertenece y al que pertenezco tras una simbiosis total a la que hemos llegado sin pensarlo, de pura ociosidad. Pilotar la nave se me da bien. Me siento en la tierra, apoyo la espalda en el tronco de la palmera, y las hojas se estremecen allá arriba, ojo avizor: no hay tierra ni barcos a la vista, solo horizonte, perspectiva que se pierde tras la espuma de las olas. El viento viene y se va, llega a costas lejanas y trae luego informaciones impenetrables, o vulgares cables de última hora, según los días…

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