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AGUACORRIENTE_LSR_D-2

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Agua corriente

 

Ustedes no recuerdan, no saben siquiera, que mi familia fue pobre. Pobre significa refrigerador vacío, cuentas sin pagar, caminata de una hora a la escuela porque no había dinero para el autobús –si es que iba a la escuela: era fatigoso embrutecerse con las cenizas de educación pública que recibía–. Recuerdo la ropa llena de costuras, los zapatos remendados con clavos apuntando en todas direcciones. Había que caminar lento con ellos, como quien lo hace sobre una cuchilla.

Mi madre, secretaria seca y estricta, se esforzaba por hacer llevadera la derrota de haber sido abandonada por el marido con un hijo pequeño y otro imbécil. Algunas noches traía pan y leche a la casa. Otras no. Durante mucho tiempo le ayudé a cocinar la cena, insólitos menús compuestos por sobras. Harina pasada, por ejemplo, con la que confeccionábamos crepas que incluían un guiso resucitado del domingo –era ya viernes– y el contenido de una lata con la fecha de caducidad poco clara.

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Medium 9788483935170

Salir

Samanta Schweblin Editorial Páginas de Espuma ePub

Salir Tres relámpagos iluminan la noche y alcanzo a ver algunas terrazas sucias y las medianeras de los edificios. Todavía no llueve. Los ventanales del balcón de enfrente se abren y una señora en pijama sale a recoger la ropa. Todo esto veo mientras estoy sentada en la mesa del comedor frente a mi marido, tras un largo silencio. Sus manos abrazan el té ya frío, sus ojos rojos siguen mirándome con firmeza. Espera a que sea yo la que diga lo que hay que decir. Y porque siento que sabe lo que tengo que decir, ya no puedo decirlo. Su frazada está tirada a los pies del sillón, y en la mesa ratona hay dos tazas vacías, un cenicero con colillas y pañuelos usados. Tengo que decirlo, me digo, porque es parte del castigo que ahora me toca. Me acomodo la toalla que me envuelve el pelo húmedo, ajusto el nudo de mi bata. Tengo que decirlo, me repito, pero es una orden imposible. Y entonces algo sucede, algo en los músculos complicado de explicar. Sucede paso a paso sin que alcance a entender exactamente de qué se trata: simplemente empujo la silla hacia atrás y me incorporo. Doy dos pasos al costado y me alejo. Tengo que decir algo, pienso, mientras mi cuerpo da otros dos pasos y me apoyo contra el mueble de los platos, las manos tanteando la madera, sosteniéndome. Veo la puerta de salida, y, como sé que él todavía me mira, yo me esfuerzo en evitarlo. Respiro, me concentro. Doy un paso al costado alejándome un poco más. Él no dice nada, y me animo a dar otro paso. Mis pantuflas están cerca y, sin soltarme de la madera del mueble, estiro los pies, las empujo hacia mí y me las pongo. Los movimientos son lentos, pausados. Suelto las manos, piso un poco más allá, hasta la alfombra, junto aire, y en solo tres pasos largos cruzo el living, salgo de casa y cierro. Se escucha mi respiración agitada en el pasillo del edificio, a oscuras. Me quedo un momento con la oreja apoyada contra la puerta, intentando escuchar ruidos dentro, su silla al incorporarse o sus pasos hacia acá, pero todo está en completo silencio. No tengo llaves, me digo, y no estoy segura de si eso me preocupa. Estoy desnuda bajo la bata. Soy consciente del problema, de todo el problema, pero de alguna manera mi estado, este insólito estado de alerta, me libera de cualquier tipo de juicio. Las luces de los tubos parpadean y luego el pasillo queda ligeramente verde. Voy al ascensor, lo llamo y llega enseguida. Las puertas se abren y un hombre se asoma sin sacar su mano de los botones. Me invita a pasar con un gesto cordial. Cuando las puertas se cierran siento un fuerte perfume a lavanda, como si acabaran de limpiar, y la luz, ahora cálida y muy cerca de nuestras cabezas, me alivia y reconforta.

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Medium 9788483935378

El haiku del brigadista

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El haiku del brigadista

 

... en el ventanal aparece un desierto interminable y ardiente

y un soldado solo, llevando la bandera de un país que no es

su país, de un país que es todos los países y que sólo existe

porque ese soldado levanta su bandera abolida...

Javier Cercas, Soldados de Salamina

 

I

 

Apenas el japonés le rajó la barriga al concursante Pocholo, la adormecida audiencia de «Cavernícolas Solidarios» celebró entusiasmada la eliminación del inquilino más pesado de la cueva. Sin embargo, cuando el iracundo nipón intentó decapitar al concursante Dinio con una katana, algunos televidentes comenzaron a sospechar que algo raro ocurría y la centralita de Televisión Española quedo colapsada por culpa de cientos de llamadas que apechugaron el coste de 90 céntimos de euro por minuto.

Gracias a las cámaras distribuidas a lo largo de toda la caverna, la audiencia pudo ver muy bien cómo el japonés se deshizo con suma facilidad de los finalistas Ismael, Boris y Pepe, así como de siete apócrifos vigilantes que en vano trataron de reducirlo. Mientras el share del concurso aumentaba en progresión geométrica, el guerrero amarillo tomó como rehenes a las concursantes Yola, Nuria, Malena y Estíbaliz, a quienes arrastró hacia la parte más profunda de la cueva. ¿Qué estaría haciendo con ellas en ese lugar adonde no llegaban las cámaras?, se preguntaban morbosos los telespectadores.

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Medium 9788483935231

Idiosincrasia limeña I (microrrelato en 10 planos y un instante)

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Idiosincrasia limeña I (microrrelato en 10 planos y un instante)

 

1. Un tipo camina delante de mí charlando con una mujer.

2. Para esquivar una farola, se baja de la estrecha acera.

3. Sólo poner un pie sobre el asfalto, suena un terrible bocinazo y el tipo salta como un felino

4. mientras una destartalada combi pasa rugiendo a pocos milímetros de su cuerpo,

5. acompañada del berrido que le lanza el conductor: ¡Huevóóóóónnnnn!

6. Tras aterrizar de nuevo ante mí, como un gimnasta después de realizar su ejercicio,

7. el tipo me mira y dice con una enorme sonrisa:

8. Uf, casi me convierto en estadística.

9. La mujer ni se inmuta.

10. Siguen paseando.

 

 

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Medium 9788483935101

Fuego

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Fuego

 

Hubo un tiempo en el que fui un caballo de fuego. También hubo un tiempo que lo olvidé. Un tiempo largo, estático. Había pegado el estirón y me dediqué a lo que hacían los demás, fijar la vista en un punto alto del cielo y crecer hasta alcanzarlo. Llegué a ser bastante alto. Ser un caballo y ser de fuego dejó de importarme. Qué sentido tenía para entonces ser un caballo, galopar a la velocidad del fuego, ser un relámpago de luz. Me empezaron a pesar los cascos, cada día me costaba más alcanzar la velocidad del fuego. Dejé de hacerlo hasta olvidar incluso las colinas verdes del parque, los rayos de luz, el fuego; lo borré todo de mi memoria y me entretuve en las alturas, sin motivos para mirar a la tierra.

Aún no entiendo cómo pudo pasar. Yo, que fui un potro joven, bien compuesto, fibroso, nada parecido a esos ponis escuálidos con los que me dejaba mi madre en las colinas del parque los domingos. Cuando mi madre me dejaba solo en casa, empujaba el portón del jardín con el hocico y echaba a galopar hasta el parque, corría tan rápido que llegaba a desaparecer, a fundirme con el viento.

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