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No poder ir ni con ruedas

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

No poder ir ni con ruedas

 

Ya no puedo más. Lo he intentado de todas las maneras, pero no hay quien se entienda con esta gente. Los he hecho todos, yo, de esfuerzos. Pero, para decirlo sin embudos, desde que he llegado a este país, tengo la sensación de que me están tomando el número. Hable con quien hable, parecen todos tocados del ala. No me lo acabo. Es como si no me sintieran hablar. Y eso que intento hacer los ojos grandes, pero esta incomprensión me duele más que un ojo de pollo. Y no es que pretenda que vayan todo el día haciéndome besos, solo faltaba, pero lo cierto es que no resulta agradable que la gente que te rodea te mire como si no entendieran ni un copo. Y eso que yo me presto a todo, que estoy siempre dispuesta a hacer todos los papeles del auca. Pero no hay nada que hacer. He pensado muchísimo con todo esto, y no he conseguido sacar el agua clara. De golpe y vuelta, me he cansado de ver a la gente hacer mudos y a la jaula cada vez que me dirijo a ellos. De modo que, después de abatir las cartas una y otra vez, he decidido tocar el dos a pie de gato. Ya pueden hacer el mejillón, que yo me iré por donde vine, sin decirle a nadie ni asno ni bestia. Al cabo y a la fin, soy una persona sensible, y hace demasiado tiempo que, por culpa de todo este asunto, no puedo dormir como el yeso, tanto como me gusta. No hago más que pensar con este problema. Pero bueno, como dicen los refranes, que son siempre muy sabios, tal harás, tal encontrarás, y también, tal día hará un año. Esto se acabó. Y he aquí un gato y he aquí un perro y he aquí que el cuento ya se ha fundido.

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Medium 9788483935378

El haiku del brigadista

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El haiku del brigadista

 

... en el ventanal aparece un desierto interminable y ardiente

y un soldado solo, llevando la bandera de un país que no es

su país, de un país que es todos los países y que sólo existe

porque ese soldado levanta su bandera abolida...

Javier Cercas, Soldados de Salamina

 

I

 

Apenas el japonés le rajó la barriga al concursante Pocholo, la adormecida audiencia de «Cavernícolas Solidarios» celebró entusiasmada la eliminación del inquilino más pesado de la cueva. Sin embargo, cuando el iracundo nipón intentó decapitar al concursante Dinio con una katana, algunos televidentes comenzaron a sospechar que algo raro ocurría y la centralita de Televisión Española quedo colapsada por culpa de cientos de llamadas que apechugaron el coste de 90 céntimos de euro por minuto.

Gracias a las cámaras distribuidas a lo largo de toda la caverna, la audiencia pudo ver muy bien cómo el japonés se deshizo con suma facilidad de los finalistas Ismael, Boris y Pepe, así como de siete apócrifos vigilantes que en vano trataron de reducirlo. Mientras el share del concurso aumentaba en progresión geométrica, el guerrero amarillo tomó como rehenes a las concursantes Yola, Nuria, Malena y Estíbaliz, a quienes arrastró hacia la parte más profunda de la cueva. ¿Qué estaría haciendo con ellas en ese lugar adonde no llegaban las cámaras?, se preguntaban morbosos los telespectadores.

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Medium 9788483935873

Verruga Sánchez

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Verruga Sánchez

 

Esto que León me inspira ahí tirado, ¿qué demonios significa? ¿Cansancio?, ¿pesadumbre? ¿O es que siento ahora lástima por el triste botarate en que se ha convertido el hombre con el que comparto la existencia desde hace una eternidad? Me estoy engañando, bien lo sé. Quizá no sea pena lo que siento últimamente por él. Se le parece bastante, tiene todos los visos, pero no es pena, no al menos todavía. Tengo que evitar la compasión a toda costa. Me niego a gastar lo que me queda de vida compadeciéndolo.

Pero lo veo ahí desparramado en el sofá, con la copa de coñac aburrida entre las manos, los hombros derrotados, un hilillo de baba descolgándosele remolón desde la comisura de la boca, y mis mejores sentimientos se revuelven furiosos en la cabeza, me trastornan, me confunden. Lo que asoma a los ojos con que lo miro empiezo a sentirlo no como amor, como el cariño que hasta hace bien poco le profesé, sino más bien como una lástima honda y triste como nunca hubiera imaginado. Le acaricio el pelo, el rostro, de una forma que intuyo harto dolorosa para él, una caricia más enérgica de lo habitual que León traducirá en su abatimiento como un reproche, como una amarga bofetada detenida.

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Medium 9788483935477

Aquiles de Sarandí

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Aquiles de Sarandí

 

¡Quieren chingarme, hijos de puta! ¿Cuántas balas me quedan? Siete, buenas monjitas si se les reza bien. Que me envíen dos o tres, los atravieso igual. Marranos, ¡van a pagar lo que hicieron! Se acercarán por Yute, sí, escondiéndose entre los autos. Creen que no lo imagino, y lo sé todo. ¿Cómo suponen que sobrevivo? Ni tuve suerte ni la pedí; mi estrella negra. Me basta con lo que lleva un hombre. ¿O qué carajo hice cuando laburé para Tavera, y para Rincón? Malditos diablos, ¿y cómo creen que los he engañado? No soy una mera rata de villa miseria que se baja a un tipo por unos cuantos pesitos. Me va el orgullo. Están fregados si se confían. Nomás asomen su hocico, les meto diez tiros; cinco por mi madre y cinco por mi hermanito Aurelio. ¡Puercos! Por mi vieja y el changuito, seis años, qué culpa suya ni qué. A mí, si venían a darme matarile; pero no saben dónde buscarme. Pues aquí estoy. Lo mismo llegan por detrás como putos, seguro que se cuelan por el callejón Meléndez. Aquí los espero, ¿me oyeron? ¡Aquí tienen al Quino Rodríguez! ¡Vengan, gonorreas! ¿Qué temen? ¡Saquen su jeta! Se callan, tontos no son. Es de sabios temer al enemigo. Mi Auri, yo lo voy a vengar a usted, diosito lo va a dejar ver desde el cielo cómo su hermano les da mulé. No, por el callejón no, vendrán por donde uno no los espera. Han asustado al barrio, pero yo sé que alguno sale a defenderme con la balacera. Si estuvieran aquí Luquín y Tripas, sabrían cómo se defiende un zapatista, carajo. ¡Me mataron la madre y lo van a pagar! Si se me acercan les saco la vida a tiros. ¿Quiénes son ustedes? ¡Den la cara, huevones, que me salieron calandrias! Maldita la farolita de muerte que alumbra la calle. ¡Perros! No ladren, que van a matar a un hombre. ¿Por qué don Domingo no se aviene a parlamentar? ¡Iba a devolverle su mercancía en cuanto liquidase mi asuntito! ¿Cómo empezó él?, ¿eh? ¿Cómo hicieron todos, ya no se acuerdan? ¡Maricones, resentidos de mierda! ¿Por qué me buscan ahora a mí? No me darán metal así nomás, soy gallardo y buen tirador; tengo motivos para vengar la sangre: me mataron la vieja, guapones; ¿voy a ceder ese paso? No sería varón. Traigan a los pesados porque Joaquín Rodríguez no se entrega; acuérdense del Bulo Rodríguez y sepan cómo peleaba. Pos igualito salió el hijo. En la cama y en la calle antes muerto que rendido, ¡mi alma! Ponte en guardia que aquí llegan.

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Medium 9788483935415

Desamor a primera vista

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Desamor a primera vista

 

La vi y lo comprendí enseguida. Pero ella lo sabía desde mucho antes. Una mujer así nunca sería para alguien como yo.

 

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