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Porcelana

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Porcelana

 

 

 

Un exilado es una persona que conoce un país capaz de hacer que todos los demás países parezcan extraños

Maeve Brennan, Historias de África

 

 

 

qué frío hace en algunos idiomas

Paul Viejo

 

 

 

Para Adriana Slemenson

 

 

 

Érase una vez un conde polaco llamado Edmund que emigró a Buenos Aires a mediados del siglo xx. Los rusos le habían confiscado los bienes, incluido el palacio ideado por sus ancestros en la oscilante frontera alemana. Un palacio con treinta habitaciones y cuarenta faisanes, cinco fuentes barrocas y un cenador. Un palacio con tapices de Rubens y una alfombra persa grande como un lago. Un palacio con tanta servidumbre que nadie conocía el nombre de todos y donde, para simplificar, llamaban a las mujeres con el nombre de Hania y a los criados con el nombre de Josef.

La madre de Edmund era una princesa rusa expulsada de sus tierras con la caída de los zares. En Polonia había conocido a un conde con el que se casó, sin adaptarse nunca del todo a la tosquedad de esa nobleza rural cuya biblioteca no tenía más de cinco mil volúmenes y ningún incunable. Allí soportó a su marido, allí nació Edmund, allí engañó al aburrimiento dibujando un hermoso parque con tantas especies que hubo que llamar a un botánico para que las bautizara. Con el tiempo Edmund se convirtió en un joven de porte estatuario, bellos ojos grises y manos tan finas que despertaban el deseo de acariciarlas. Había sido educado por cinco preceptores, era el mejor jinete y todo un experto en el arte de la cetrería. Cuando trepaba el monte con sus zancadas poderosas y veía al azor lanzarse sobre su presa, sentía que él y la rapaz tenían en común el amor por la libertad y la posesión de la vasta extensión de la tierra. Además del instinto cazador, el muchacho llevaba tatuado el anhelo de convertirse en poeta y, en las bulliciosas tertulias de Varsovia, ya se hablaba con respeto de ese joven conde que habitaba en la frontera.

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Medium 9788483935620

Backward V

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Backward V

 

Los estratos más profundos de sedimento fueron quedando al descubierto. La luz volvía a bañar los fósiles, que poco a poco recuperaban la carne y echaban a andar por la superficie del mundo. También las ruinas recobraban su esplendor, pero solo hasta que los hombres reunían las fuerzas necesarias como para entregarse a la tarea de desmontar, piedra a piedra, sus casas.

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Medium 9788483935446

Robarle horas al sueño

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Robarle horas al sueño

 

Se llamaba Tona y siempre había querido ser artista. Cantante, para ser más exactos. Cantante de boleros. Esa era su gran ilusión. Y de hecho, no llevaba mal camino, teniendo en cuenta la época en que le tocó vivir –luchar, decía ella–. Entonces conoció a Juan, en un local de medio pelo donde él actuaba los sábados y ella los domingos. Tona siempre comentaba que los sábados eran mejor día, porque el público de los domingos se iba a dormir temprano. Tona se enamoró de Juan de una manera loca y desenfrenada, que es la manera en que suelen enamorarse las mujeres como Tona, y Juan se dejó querer, que es lo que suelen hacer los hombres como Juan. Se pusieron a vivir juntos. Tona empezó a dejar de ir a los ensayos. Que no tenía tiempo, decía, que en la casa había mucho que hacer y no le alcanzaban las horas –¡cuántas veces le habría pedido al reloj que no las marcara!–. Al cabo de unos cuantos meses, Juan cantaba los sábados y también los domingos. Y Tona solo los jueves, porque el resto de la semana se dedicaba, mientras tarareaba boleros, a cosas más prácticas, como por ejemplo a planchar, a hacer la comida y demás tareas domésticas. Pasó el tiempo, y de pronto, un día cualquiera de un año cualquiera, Tona se sintió repentinamente agotada. No podía más. Había dejado de cantar incluso los jueves, para así dedicarse por completo a Juan, a la casa y a los tres hijos que casi sin darse cuenta había tenido, tanta era la velocidad con la que todo había pasado. Quería dormir. Solo dormir y nada más. Porque después de tanto robarle horas al sueño grande –el de la vida–, la vida se las cobraba por medio del sueño pequeño –el de dormir–. De ahí.

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Medium 9788483935255

Mise en abîme

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Mise en abîme

 

Michel Tournier cree que la imagen abismada es sólo un juego matemático. Para agregarle dramatismo –«interés», escribe él– a la foto de la mujer que blande una foto en la que aparece blandiendo esa misma foto, contrapone otro juego: una anciana empuña una foto de ella misma a los veinte años. Ahora hay un abismo, afirma Tournier. Sin embargo, no lo hay desde el momento en que se ve el fondo, la muerte; y un abismo, así exige la tradición, nunca debe revelar cómo termina. Surge pues, entre Tournier y la clásica estructura en abismo, una tercera alternativa: la anciana blande una foto tomada hace cincuenta años, y en esa foto que la mantiene joven está empuñando, a la vez, otra foto en la que luce con cincuenta años de más, de nuevo anciana. El abismo ha aparecido y es difícil precisar quién blande a quién. La joven encierra a la anciana por venir y es bien consciente. La anciana aún conserva a la joven, tras la máscara del tiempo, y la exhibe toda arrugada de orgullo.

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Medium 9788483935750

Las palabras del mundo

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Las palabras del mundo

 

La gente malévola de la facultad asegura que, salvo la ayudante Celina Vallejo, ninguno de los miembros del departamento al que pertenecía el profesor Souto manifestó signo alguno de pesar cuando se produjo su desaparición. Los más maliciosos señalan también que la pesadumbre de la ayudante Vallejo no se debió tanto a un sentimiento amistoso –o amoroso– como al hecho de que el desaparecido fuese director de su tesis doctoral, que quedaba así huérfana de tutela en el presente y de valimiento en el futuro. Mas lo cierto es que Celina Vallejo se mostró abatida durante bastante tiempo.

También es verdad que su interés en el extraño asunto pareció extinguirse de repente, y que tal cambio de actitud había coincidido con la decisión del catedrático, don José Dodero, de asumir la dirección de la tesis interrumpida. Pero durante las semanas que sucedieron a la desaparición del profesor Souto, la ayudante Vallejo realizó numerosas gestiones, con el fin de conocer en lo posible los extremos del suceso; se desplazó a la costa de Finisterre, por su cuenta, para entrevistarse con el comandante del destacamento de la Guardia Civil que redactara el atestado, y hasta logró recuperar el cuadernillo en que figuran los postreros testimonios del presunto suicida.

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