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Srebrenica

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Srebrenica

 

 

 

A la memoria de Elizabeth Neuffer,
cuya investigación me permitió escribir este cuento

 

 

 

La casa en la que nos alojaríamos las cuatro chicas que llegamos a Bosnia de voluntarias –todas estudiantes de doctorados en antropología– se encontraba en Tuzla, una ciudad a la que se habían venido a refugiar las mujeres y los niños de Srebrenica después de que cayera en manos enemigas un año atrás; casi ocho mil hombres, bosnios musulmanes ellos, se quedaron prisioneros de los serbo-bosnios en Srebrenica. Luego se los llevaron en camiones a las afueras de la ciudad, con las manos atadas y los ojos vendados; a algunos los fusilaron en descampados apenas bajaron de los camiones; a otros los despacharon con un balazo en la nuca, y hubo a quienes se les ordenó correr y luego se los cazó como animales.

La casa estaba cerca de una iglesia abandonada y un bosque de pinos. Era vieja y tenía las ventanas rotas. El piso de mosaicos estaba lleno de desperdicios y había hormigas y grillos en la cocina. La taza del baño había perdido su asiento y había que traer agua en baldes para largar la cadena. La ducha era fría. No había televisor, pero sí una radio en la que se podía captar la programación internacional de la BBC. Había tres habitaciones y a mí me tocó compartir la mía con Debbie, una rubia agraciada, bajita y de pelo corto, que venía de Stanford. Las camas apenas tenían una sábana y un cobertor liviano; nos haría frío en las noches.

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El filtro de Venus

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

En mi post-adolescencia, si se puede llamar así el tiempo en que yo era un jovencito, mi madre tenía un par de amigas de su edad que me encantaban. Las dos estaban dotadas con esas curvas que la moda ha desechado, pero que en aquellos tiempos eran paradigma de la belleza femenina. Una, gallega como mi madre, me trataba con mucho afecto, me llamaba guapo, me festejaba, y cuando se encontraba conmigo me daba unos abrazos para mí demoledores, porque en su apretón sentía clavarse en mi pecho sus protuberancias estimulando angustiosamente mis deseos. Sin embargo, yo era demasiado ingenuo para pensar que en aquellas efusiones hubiese algo más que el cariño espontáneamente manifestado hacia el hijo de la amiga en aquella mujer casada con un hombre mucho mayor que ella y que siempre la vigilaba con los ojos cautelosos de quien es consciente de la valía de su patrimonio.

La otra, en cambio, aunque también me abrazaba y me besaba, siempre me amonestaba, echándome en cara mi segura inclinación hacia lo que ella llamaba «las bailarinas»: «Menos bailarinas y más estudiar, José Mari», me decía entre susurros, sentada a mi lado en un sofá, mientras apoyaba con toda naturalidad su mano en lo alto de mi muslo. Pero yo era tan tímido, que no solo no me atrevía a decirle que de bailarinas nada de nada –no tenía ni información, ni dinero, ni arrestos para buscarlas–, sino que procuraba apartar mi muslo de su mano, para que no martirizase más mis naturales inclinaciones, y porque me parecía que aquel gesto de confianza, aunque casual, podía ser mirado con suspicacia por un tercero malévolo.

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Almíbar del cactus

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Almíbar del cactus

 

Por el retrovisor veo verterse el agua hirviendo sobre el asfalto liso. Supongo que a esta hora estaré solo, es hora de que el brillo de los cactus rasgue el viento y se deshaga en mil hebras luminosas estrellándose contra el cristal, y uno siente cada vez más calor pero sigue, porque adónde ir si no. Junto a la hilera de cactus se suceden los planos áridos, las piedras, más allá los olivos. Desde hace rato huelen los kilómetros, mi peugeot rojo es el fósforo del camino, los pájaros que de vez en cuando se cruzan conmigo parecen volar tensos. Estoy casi seguro de que al salir olvidé algo, no sé, quizás unos papeles, un abrigo, pero cómo pensar ahora en abrigos. He olvidado ya demasiadas cosas. En vez de cactus ahora son matorrales, se acercan unos a otros hasta golpear verde con verde y desdibujarse en manchas grises que no veré otra vez, dos grises nunca son iguales, y entonces miro el retrovisor, y la lava se vierte encima del asfalto. Se diría que arrastro los pies, que voy corriendo dentro de mi peugeot, de tanto que me arden los talones. Cómo podría recordar qué olvido. La llamarada, solo puedo aliviar los pies si aprieto más y más sobre el asfalto, este sabor pastoso en la boca me dice que debería descansar un rato, no sé, quizás un mapa, un libro, quién se acuerda ya. Todo se vuelve ingrávido y me enrosco en la serpentina del camino, se derrite, aprieto más, otra vez muchos cactus, una vez mi hermano me dijo vamos, no te van a hacer nada, acércate con tu cortaplumas, hermanito, y fíjate qué sale de dentro de esos cactus, vamos, es fácil, no te asustes, en el fondo los cactus se parecen a las rosas, y en realidad dan agua, ¡sí, agua!, acércate y verás. Yo me acerqué, extendí un brazo, cerré los ojos y lancé el navajazo, y cuando abrí los ojos pude ver un líquido almibarado saliendo del cuerpo verde de aquel cactus y otro líquido diferente, como acuarela roja, manando de mi dedo. Mi hermano mayor nunca me quiso más que a sus ganas de sentirse sabio ante mí, pero qué te has hecho, hermanito, qué te has hecho. Y qué carajo puedo haber olvidado, un abrigo no, eso sería imposible, un libro, eso quizás, o un mapa de estos lugares. Pero los mapas no sirven cuando te guían el calor, los pájaros, la serpentina, es una línea y su explosión, qué más podría necesitar salvo agua, agua de los caminos y los cactus y la boca, hermanito, ven aquí, no estés tan pálido, primero te lavamos bien la herida y después la dejamos al sol, el sol, que despacito te cura, el sol, el sol, no estés tan pálido, hermanito. Era tan fácil obedecer y estar a salvo, ven, no le digas a mamá que te he prestado el cortaplumas o ya no te lo presto nunca más, era tan fácil, pálido, pálido al sol, la herida abierta y sin embargo tan fácil olvidar lo que nos duele, seguir sintiendo siempre su dolor, ese dolor sin causa que late en los talones por ejemplo, ese que nos recuerda que ya hemos olvidado de qué o quién huimos. Huir. Correr tras los olivos más allá, los ángulos amarillos, el temblor de algún pájaro, uno mira hacia arriba y solo ve la lona y el silencio. Y entonces apretar, apretar más porque detrás se van abriendo rápido las heridas, al mismo ritmo que uno corre y no se acuerda y los talones rozan el suelo, al mismo ritmo arrasan el terreno y se calientan, blancas y cegadoras como el agua de la sed. Ya sé. He olvidado traer la foto de mi hermano, que está muerto.

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Libro mágico

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Libro mágico

 

Esperaba la ejecución y su última voluntad había sido leer un libro que debieron llevarle de su domicilio. Al alba, cuando abrieron su celda para conducirlo al patíbulo, el reo había desaparecido. Todo fue analizado con minuciosidad, y el libro despertó sospechas: parecía que estaba escrito en un idioma extraño, mas el teniente descubrió que no era así, sino que se había impreso con el texto ordenado al revés, y que había que comenzar a leerlo de derecha a izquierda, a partir de la última línea de la página final, como si fuese escritura árabe. Él lo hizo aquella noche, y también desapareció. Sherlock Holmes, a quien por fin pidieron ayuda, nunca se perdonó la pérdida de su amigo y colaborador, el doctor Watson, que, por encargo suyo, leyó el libro tan estrafalariamente impreso, y a quien ya nadie pudo encontrar nunca más. El gran detective aconsejó destruir el libro. El juez resolvió que se quemase, pero no sin antes dejar fijadas ciertas características, como prueba material: al menos, la clase y el número de vocales, consonantes y signos ortográficos de que el texto se componía. Este libro contiene exactamente el mismo número de cada vocal, de cada consonante y de signos ortográficos que aquel, pero te aseguro que, cuando termines de leerlo, no desaparecerás.

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Expolio

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Expolio

 

Los comienzos del proceso son difusos, probablemente todo se remonte a bastante tiempo antes de que la multinacional A&B Associates comprara el oxígeno, la propiedad contable de los objetos y los sabores, sobornando para ello a presidentes de veintitrés países y de dos organizaciones mundiales. Pero fue exactamente después de que el holding Z Ltd. vendiera el color verde y la dimensión del tiempo cuando la realidad quedó por fin por completo vacía, desmantelada.

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