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Provocación repugnante

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Provocación repugnante

 

Está de pie al costado del teatro, junto a un ventanal oscurecido por capas sobrepuestas de hollín y escarcha. La nieve cae lánguida del cielo negro y disuadiría a otros, menos resignados, de permanecer allí. Los espectadores se alejan calle abajo, envueltos en abrigos de zorro o chinchilla. Una última pareja, chica y chico, asoma al quicio del pórtico. Han salido después que los demás: la chica avanza con lentitudes de enferma. Se les ve, pese a todo, animosos. Cruzan impresiones sobre la obra o, más probable aún, elucubran dónde cenar. Alcanzan a nuestro hombre pero es evidente que no piensan quedarse junto a él. Intercambian frases. Ella le coloca un beso minúsculo en la mejilla, punteada de pelitos mal rasurados. El tipo le estrecha la mano con fuerza excesiva, que no podemos saber si transmite cordialidad o significa «estate quieto, te estoy mirando». Nuestro hombre vuelve a quedarse solo cuando ellos desaparecen al doblar la esquina. Ya no tiene prisa. Sabe que ella se dejará llevar y no volverá a verla antes de mañana. Solo piensa en fumar.

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Notas para un debate sobre la arquitectura de interiores

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Notas para un debate sobre
la arquitectura de interiores

 

Milan me ha pedido que lo recogiese en el aeropuerto. No somos amigos. Tenemos amigos comunes. Hay gente con la que encajas como la última pieza del puzle. Con otra no. Con otra, a ratos. Ese es Milan. Y ambos lo sabemos. No que sea Milan, que también, no somos tan idiotas –¿que también?–, sino que a veces la cosa va pero otras hay que llamar a la asistencia en carretera. Podría alargar la reflexión; baste así. Dejo el coche en doble fila, la mañana lanza el toldo desde la kilométrica marquesina de la terminal. Detengo el motor.

Al rato me dan en el cristal. El tipo del aparcamiento, para que quite el coche. No, es Milan. La humedad llora en el cristal. Qué tal, digo antes de bajarme. Nos damos un abrazo. A veces nos damos un abrazo, a veces la mano: hoy un abrazo. Lleno el maletero. Miro a Milan. Me parece verlo más viejo. Eso significa que también yo lo estoy. Nos subimos al coche. Le miro mirar los cambios del mundo, los desapercibidos por los habituales –iba a escribir testigos habituales, pero creo que son términos antagónicos, la cualidad de testigo exige excepcionalidad en la mirada y excepcionalidad del acontecimiento, todo lo contrario que la rutina conforme de la habitualidad–. Va recitando, eso no estaba, ahí han hecho obras, esa nave es nueva, este asfalto está cada vez peor. Nos interesan los viajeros porque cuando nos visitan nos alertan sobre nosotros mismos, nuestras pérdidas; entonces puede uno examinar, sin estar a punto de morirse, cómo ha estado construyendo hasta ese momento la memoria. El viajero nos desvela y nos revela, porque en definitiva no hay un solo viaje que no sea vertical; lo otro es carnaza de turoperador y cámara.

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Medium 9788483935743

El sueño

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El sueño

 

Murió y no supo que había despertado de un sueño.

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Medium 9788483935132

Fumigando en casa

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Fumigando en casa

 

Su casa es la de enfrente. Nosotros vivimos aquí, y allí las cucarachas.

La puerta de la casa de la Bruja está más vieja que la Bruja. Salvo cuando el cielo se nubla, la Bruja no sale nunca de día: la luz la desintegraría inmediatamente. Algunos vecinos dicen que ella es capaz de ver en la oscuridad, pero yo no me lo creo. ¿Entonces para qué iba a querer esas gafas tan gruesas? A veces, al volver de la escuela, me parece ver a través de los hierros del ascensor una sombra que se escurre por el pasillo. Entonces intento ser valiente, trago saliva, abro la puerta del ascensor, asomo la cabeza y pienso en pronunciar su nombre: porque la Bruja, aunque parezca mentira, tiene un nombre. No es que yo no me atreva a hacerle frente, pero tardo tanto en decidirme que cuando empiezo a sentir que la boca se me llena del nombre pegajoso de la Bruja, ya no se ve a más nadie en el pasillo. O a lo mejor es que no había nadie.

Hablando de eso, la Bruja tiene un hijo. Por lo menos uno. Porque vete a saber a cuántos se ha comido. Aunque hay uno que todavía sobrevive: le gusta que lo llamemos Bicho y es de lo más simpático. Trabaja en muchas cosas. Está siempre ocupadísimo. Yo le estoy agradecido, porque me trata como si fuera mayor de lo que soy. Y eso, con los mayores, es bastante difícil. Parecen empeñados en que uno no sepa las cosas, así ellos tienen siempre algún secreto que guardarse. Con Bicho pasa todo lo contrario: me habla de cosas que no acabo de entender como si ya tuviera que saberlas. Cuando se ríe, Bicho me da un poco de miedo.

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Medium 9788483936016

Lo que sale en la tele

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Lo que sale en la tele

 

Estoy viendo la tele y alucino; llamo a Tomi y no me hace caso, lo vuelvo a llamar más fuerte. ¡Tooooooo-
ooooooomiiiiiiiiiii! Nada, debe de estar en el baño echando la pota.

Aparecen los presidentes y toda esa morralla saludándome con la mano, Javi, Javi. Y yo ¿es a mí, es a mí? Ellos sí, sí, hola Javi, moviendo la mano como hace esa gente en plan acelga así tras-tras que no espantan ni una mosca los hijoputas. A mí que me entra la risa floja y ¡Toooooooomi ven, Tomi! Y me siguen saludando todos, los veintidós creo que son. Los miro a ver si es una broma; pues no, están todos colocados en dos filas, los de delante los que más importan y detrás los que menos. Y les digo esperáis un momento que llamo a mi colega. Me levanto a buscar a Tomi. ¡Toooooomi! Y me quedo en la puerta del salón; no quiero salir porque todavía lo estoy flipando.

Dejo de llamarlo, vuelvo a la tele y siguen ahí. Les miro los caretos, sí, reconozco al nuestro y a alguno más de los que se ven siempre, con sus mujeres o sus ligues que molan mucho, en los partidos de su selección dando brincos como niños, y en una conferencia que hablaban por turnos con flores y el desayuno ese que les sacan. Joer. Ellos saludando todavía. No se cansan; y oigo que me dicen: Javi, Javi, hola. Se mezclan las voces de hombres y dos o tres tías. Yo les saludo igual porque se me contagia, así en plan blando con la mano tonta. Tommmi. Les miro las banderas para comprobar si son ellos, y sí, los colorines, las estrellas, las franjas, las cruces tan bonitas, todo, todo auténtico. ¿Estás bien?, me pregunta uno, aunque debe de ser de otro país habla perfectamente mi idioma, yo le entiendo. Jodido, le digo. Y miro hacia atrás con algo de vergüenza porque hemos dejado el sofá y el suelo hechos un asco con las botellas, los botes, la comida que sobraba en los cuencos y cáscaras por encima. Ellos con sus sonrisas todo el rato en la cara. Y eso jode un poco la verdad, eso molesta. Parecen educados, además simpáticos. Me dan confianza, así que les digo jodido, peor, tíos, me estoy matando la vida, yo por lo menos tengo un curro, Tomi no. Es que no ha tenido suerte, digo, pero bueno, se merecería uno, ¿no? La gente merecemos el derecho a la vida, pienso yo. Ellos con su mano de acelga su sonrisa tonta sus trajes azules iguales, y ellas con su chaqueta su falda calcadas. Me sonríen como si les dijera que está lloviendo en el barrio. Bueno Javi, no pierdas la confianza, me contesta uno alto que no sé quién es porque no le conozco la cara. Confianza en tu puta madre, le digo pero ellos lo mismo, no se inmuta ninguno, cuando se cansan de tener el brazo levantado lo bajan aunque siguen sonriendo. Y siempre hay el que saluda como si lo tuvieran ensayado en el grupo. ¡Tomi!, vuelvo a llamarlo, ¡Toooooooooooooooomiiiiiiiiiiii! Ya voy, me responde. ¡Date prisa! Uno, el pez más gordo creo me avisa oye Javi, que nos tenemos que marchar, que empieza la conferencia y tal. Y yo, ¡Tooooooooooomiiiiiii, corre, que se van! Y les digo esperad tíos, un momentillo que quiero que saludéis a mi colega. ¡¡¡Tomi!!!

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