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Billie Ruth

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Billie Ruth

 

Conocí a Billie Ruth el último año de mi estadía en Huntsville. Era sábado, había ido a una fiesta del grupo de animadoras de la universidad. Toda la noche intenté que una de ellas me hiciera caso pero era en vano, sólo tenían ojos para los del equipo de hockey. No me había fijado en Billie Ruth pero coincidimos en una habitación al final de la noche: los dos buscábamos nuestras chamarras. La mía era de cuero negro, muy delgada, y vi que ella se la ponía.

–Disculpas. Creo que esa es la mía.

–Lo siento –se la sacó de inmediato–. Es mejor que la mía. ¿De qué sirve venir a las fiestas si uno se va con la misma ropa con la que ha llegado?

No sonrió, así que no supe si hablaba en serio. Pude ver su rostro muy maquillado, sus grandes ojos azules, unas pestañas tan inmensas que imaginé postizas. Su belleza era natural y sobrevivía a todos los añadidos artificiales.

–No encuentro la mía –dijo al rato–. Seguro alguien se la llevó. Me ganaron de mano.

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Medium 9788483935156

APÉNDICE PARA CURIOSOS

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

APÉNDICE PARA CURIOSOS*

 

 

 

A Paqui Noguerol, Clara Obligado

y Miguel Ángel Arcas, trío de curiosos

 

* Tengo por costumbre incluir al final de los libros un epílogo, o bonus track teórico, acerca del cuento. El presente ensayo desarrolla algunas cuestiones expuestas en el epílogo de El que espera. Al tratarse de un texto independiente de los cuentos que componen el libro, el lector que encuentre antipática la teoría podrá omitirlo sin remordimientos e incluso con alivio.

Una breve aclaración sobre la primera de las cuatro partes de este ensayo: el «Dodecálogo de un cuentista». Dicho texto, publicado originalmente en 2001 con una cita de Erskine Caldwell, fue revisado y reeditado cinco años más tarde en el epílogo de Alumbramiento. Mientras tanto, por obra del malentendido de algún copiador despistado, mi dodecálogo comenzó a circular cómicamente por Internet bajo la supuesta autoría de Caldwell, quien jamás escribió dodecálogo alguno, como puede comprobar cualquiera que consulte sus obras. A causa de aquella curiosa suplantación y para confirmar la autoría del texto, se reproduce aquí en su versión de 2001, que fue la que se difundió apócrifamente. La versión definitiva, así como un segundo dodecálogo sobre el cuento, pueden verse en Alumbramiento.

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Medium 9788483935132

Cómo maté a John Lennon

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Cómo maté a John Lennon

 

Fui yo quien mató a Lennon, pero no fui su asesino. Aquel invierno se ponía crudo. Yo disparé el revólver.

Merodeaba por la calle 72 como tantas otras veces, con las solapas del abrigo rozándome las orejas. Trataba de reunir un poco de valor para acercarme al edificio Dakota. Por casual que resultara, hoy me avergüenza pensar que ese maldito 8 de diciembre un lunático y yo concibiésemos más o menos la misma idea. I am not what I appear to be. Así que caminaba aplastando la escarcha. Nada más. Un paseo nocturno, un autógrafo y listo. Let me take you down.

De espaldas al oeste de un Central Park helado me asaltó ese terror que, desde entonces, no he podido dejar de interpretar como un augurio. Un terror más helado que aquel viento, más resbaladizo que la escarcha, más incierto que la guardia que inicié, apostado ya frente a la entrada del Dakota, esperando a John Lennon. El corazón me latía o, por así decirlo, no cesaba de girar sobre su eje bajo la lana negra. El single y el bolígrafo aguardaban dentro del abrigo. De vez en cuando los palpaba e intentaba tranquilizarme con sus formas familiares. En este momento del recuerdo me parece como si lloviznara, pero creo que me equivoco. Eran alrededor de las diez de la noche y estaba sorprendido: de acuerdo con las informaciones de las que disponía, él debía haber vuelto para prepararle la cena a su hijo. Se decía que ahora madrugaba y que hacía vida de padre ejemplar; lo cual, a aquella rebelde edad nuestra, tendía estúpidamente a decepcionarnos. Aunque también venía militando como estandarte de la paz; lo cual, en aquella ilusa juventud nuestra, tendía ingenuamente a entusiasmarnos. Tras consultar por enésima vez mi reloj, pensaba en desistir cuando una silueta desgarbada, menos alargada de lo previsto bajo su ostentoso abrigo de piel, dio la vuelta a la esquina de Central Park West con la 72. Comenzó a acercarse con pasos zigzagueantes, algo cómicos. El corazón me dio un vuelco y sentí un picor en los ojos: The eagle picks my eye. Infinidad de veces me había jurado no parpadear siquiera cuando llegase aquel momento y, sin embargo, mientras terminaba de buscar la nitidez apretando los párpados, vi pasar la espalda larga de Lennon a dos metros de mí. Alcancé a observar que iba afeitado, aunque no perfectamente, y que llevaba las gafas en la punta de la nariz, más al estilo de un abuelito sureño que al estilo de un intelectual de Oriente. Estos detalles me serenaron un poco, como si la posibilidad de abordarlo se hubiera vuelto mucho más factible y natural que un minuto atrás. Come together right now over me.

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Medium 9788483935415

Metaliteratura

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Metaliteratura

 

–¿Doctor le puedo hacer una consulta telefónica?

–Claro.

–Soy el escritor que prepara un libro de trescientos treinta y tres microrrelatos que yo llamo cuánticos ¿se acuerda?

–Perfectamente. Usted soñaba que se hundía a sesenta y cinco metros de la orilla cuando nadaba huyendo de un naufragio.

–Exacto, doctor.

–¿Y qué le pasa ahora?

–Lo mismo, doctor. Ahora me hundo a cuarenta y cinco metros de la orilla.

–Dígame una cosa: ¿cómo se le ocurren las ideas para los cuentos?

–Mientras paseo con mi perra por el monte, un largo paseo de hora y media. Llevo una libretita y un lápiz y voy anotando cuanto se me ocurre.

–Pero estos días de atrás que ha llovido tanto ¿no ha interrumpido su paseo?

–Sólo cuando ha diluviado.

–De ahí el sueño del naufragio. Lo que le angustia es que no pueda acabar el libro por culpa del agua.

–¿Usted cree?

–Ya verá cómo, cuando salga usted de nuevo al monte, se le vuelven a ocurrir ideas. Ya no le queda nada.

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Medium 9788483935545

Hay solamente una

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Hay solamente una

 

 

Anoche vino otro fantasma y ella se puso a examinar sus huellas sutiles: pelusas de niebla, uñitas de alas de zancudo, cabellos minúsculos deshaciéndose en el aire, como pompones de diente de león. Ella descifró sus andares de osezno sobre la tenue pátina de polvo y descubrió los surcos de musgo que sus deditos de nieve dejaron en la superficie satinada de los álbumes. Pero no era su olor. No era su fantasma. Si hubiera sido él ella lo habría sabido, porque las madres siempre reconocen a sus hijos.

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