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Pesadilla en Chacarilla

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Pesadilla en Chacarilla

 

El sueño se apoderó de mí y entré en el sueño...

William Wordsworth

 

Gaby dio un salto en la cama mientras su marido se escondía bajo las sábanas para que la luz de la lámpara no lo desvelara. «Gabicita llora otra vez. Pobrecita, pajarito», decía Gaby y salía desesperada hacia el cuarto de la bebe. En una revista había leído que los niños Cáncer son muy sensibles y que en las noches sufren sueños feroces. Ella lo sabía porque también era Cáncer y recordaba espantada los bestiales golpes contra la puerta de su habitación. «¡Mamá, mamá!» –gritaba Gaby–. Y Gabriela corría de puntillas para no despertar a su esposo y consolar a la niña, «pobrecita, pajarito».

¿Quién le metía esas historias en la cabeza? Primero era la horrible sensación de sentirse vigilada y despertarse sudorosa. En la imprecisa penumbra el risueño semblante de los juguetes se esfumaba para dar paso a miradas amenazantes y un súbito escalofrío traspasaba sus huesitos. La decrépita memoria de Gabriela añadía un denso hedor a azufre, mas lo cierto es que de pronto, una luz mortecina empezaba a filtrarse por debajo de la puerta como si todo el fuego del mundo estuviera ardiendo en el pasillo. Gabicita no entendía por qué sus mentiras no eran castigadas como Pinocho o por lo menos sin postre. «No quiero que el diablo me dé una cachetada, mami», sollozaba Gaby prendida del cuello de su madre.

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Medium 9788483935743

Una deuda saldada

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Una deuda saldada

 

Alberto, con un full de ases reyes en la mano, ya no tenía dinero, ni bienes que apostar. Guido, mientras empujaba hacia el centro de la mesa todas sus fichas y ­todos los pagarés que él mismo le había firmado, le dijo: «Esto vale un polvo de tu hija.» Alberto empalideció, pero su situación era tan catastrófica que, más que detenerse en lo que aquellas palabras tenían de ofensa, se agarró a ellas como a una tabla de salvación. «Ella no lo aceptará nunca», comentó. «Eso es cosa mía», replicó Guido. Alberto hizo un gesto de conformidad y, como si pusiera a su propia hija sobre la mesa al lado de los pagarés y fichas del otro, mostró sus cartas. Perdió. Guido tenía un póquer. Pasaron los días. La hija de Alberto huyó a Roma advertida por su padre. Guido, advertido también por Alberto de su paradero, la siguió y cobró su deuda. A la salida del departamento romano donde la violó, le esperaba Alberto, quien le disparó tres tiros, uno en la cabeza y dos en el pecho. Alberto ignoraba si Guido oyó sus palabras, pero las dijo bien alto. «Ahora estamos en paz».

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Medium 9788483935248

El mundo del silencio

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

El cuento que presento a continuación tiene mucho que ver con mi gusto por el mundo submarino, que se inició cuando era muy joven y que jamás he perdido, y también hace un homenaje a la atmósfera supersticiosa que, dentro de la rigidez religiosa de la España de mi infancia y adolescencia, seguía fluyendo e impregnando ciertos imaginarios…

 

 

 

 

El mundo del silencio

 

La descubrí yo: estaba entre los cantos del fondo de la poza, a unos tres metros de profundidad. Al principio solo me llamó la atención aquella forma irregular que destacaba entre el conjunto homogéneo de las piedras redondeadas, pulidas. No conseguí llegar hasta ella porque, además de la profundidad, en aquel lugar la corriente del agua tenía mucha fuerza, pero sucesivas inmersiones me permitieron acercarme más y distinguir su figura con mayor transparencia. Entonces pensé que se trataba de la cabeza de algún animal extraño, que asomaba del fondo acaso a la espera de una presa: ojos feroces enmarcados en profundos arcos, largo hocico proyectado en un gesto agresivo, un par de colmillos en la gran boca abierta.

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Medium 9788483935446

La preja eterna

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La preja eterna

 

Empecé a estudiarla de pequeño. Siempre hemos tenido una relación apasionada y, en opinión general, extraña, singular y más bien insana. Bueno, que digan lo que quieran. Nadie sabe lo que se siente al tenerla entre los brazos, al apoyar en ella la cabeza cansada y aturdida. Su cuerpo torneado por manos divinas permite siempre sin excepción que me acerque para hacerlo vibrar, que me una a él para arrancarle los sonidos más excitantes, si bien es verdad que en algunas ocasiones responde con gemidos inadecuados que me irritan profundamente. Nos gusta mostrarnos en público, asombrar a la gente, seducirlos. Ella es tan sobria, tan elegante, tan magnífica. Su silencio es majestuoso, su presencia imponente. Cuando viajamos, todo el mundo se vuelve sorprendido a mirarla. Y ella sonríe, sonríe inmutable y distante, generosa y altiva. A veces me hiere, tanto que llegan a sangrarme las yemas de los dedos, y entonces comprendo que necesita una tregua, un tiempo de paz, alguna soledad para mí desconocida. Incluso en esos momentos sé con certeza que me ama, que me espera, que me necesita. Estamos juntos desde hace veinticinco años. La primera vez que nos vimos supimos que éramos tal para cual. No nos hemos separado nunca más de veinticuatro horas seguidas. Me ha susurrado una y otra vez que, cuando yo muera, quiere que la entierren a mi lado para poder contenerme en su cuerpo triangular y atarme a su madera con esas cuerdas que tantas veces, en cada concierto, sucumbieron al placer.

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Medium 9788483935545

La mujer de blanco

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La mujer de blanco

 

 

Cuando les conté que había visto a una señora vestida de blanco vagando entre las lápidas, un helado silencio de almas en pena nos sobrecogió. ¿Por qué seguían volviendo después de tantas bendiciones, conjuros y exorcismos?

Después de todo la mujer de blanco era una aparición amable, siempre con un ramo en los brazos y como flotando a través de la niebla, pero igual nos abalanzamos sobre ella en cuanto pasó delante de la cripta.

Nunca más regresó a dejar flores en el viejo cemen­terio.

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