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La pluma del Ángel

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La pluma del Ángel

 

–Hay entre nosotros una gran tradición angélica, no tanto religiosa como cultural, pero, acaso sí, tan comercial como cultural –explicó lord Cheddington–. Usted sabe, embajador, que las alas de los ángeles tienen que ser dos o tres veces la envergadura del cuerpo. De otra manera no servirían para volar. Y pesan muy poco. Sus plumas blanquísimas parecen hechas de copos grandes de nieve.

–Falampos, diríamos en español –precisó el embajador.

Lord Cheddington hizo caso omiso del matiz.

–En Londres –siguió diciendo– hay mas ángeles que en ninguna otra ciudad del mundo, por cada institución, por cada casa, por cada automóvil, por cada persona hay un ángel. A los ángeles no se les ve. Pertenecen a otra realidad, no humana, pero están ahí, vigilantes, abnegados, sonrientes. Ningún material es más valorado en el mundo que la pluma de ángel. Dicen que quien ha llegado a ver alguna no piensa en otra cosa. Hay en Londres un gran mercado de plumas de ángel. Y en alguna galería se subastan casi en secreto. A veces algún falsificador aparece asesinado. En ese mercado son fundamentales los conseguidores de plumas. Su precio es superior al de cualquier joya o piedra preciosa.

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La mujer del pirata

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La mujer del pirata

 

Sólo deseaba la muerte, pues no ignoraba que la vida al lado de aquellos desalmados que la habían capturado no sería más que un infierno anticipado.

Su barco quedaba atrás, un castillo de fuego sobre el azul del mar, imagen insólita que tendría una rara belleza de no haber costado tantas vidas, las de aquellos soldados y marinos que la defendieron y cuyos cadáveres ahora se hundían con tremendas mutilaciones por la acción de los cañones o el acero de las espadas y las hachas. En tierra firme los dos piratas que ansiaban poseerla se enzarzaron en una pelea. El cabecilla, un inglés de pelo casi rojo, se la disputaba a su segundo, un holandés con cara aniñada pero músculos de hierro, el mismo que la había apresado cuando trató de arrojarse al mar. No parecían quererla para pedir rescate, ignoraban acaso que su padre era el Marqués de Santaisabel, y ya del galeón asaltado habían sacado oro suficiente para hacer ricos a todos los piratas de la isla. Es verdad que los dos, el inglés y el holandés, una vez que hubo concluido el abordaje con la derrota de los suyos, la habían tratado con afectada delicadeza, pero a los dos deseaba la muerte en el duelo que habían iniciado. Y a fe que se estaban matando, que el duelo era a muerte y por ella.

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La perrita del gánster

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La perrita del gánster

 

A Guido Corleone le regalaron una perrita labrador. Se acostumbró a pasear con ella por el Central Park cada mañana, acompañado de dos o tres guardaespaldas. La perrita con todos se paraba y a todos se ofrecía, agachándose y moviendo el rabo para que la acariciaran. Guido Corleone encomendó a los suyos que velaran por su inocencia y les advirtió que si alguno le mostraba la maldad del mundo, tendría que vérselas con él.

 

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La Casa del Terror

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La Casa del Terror

 

Felipe se negaba a entrar en la Casa del Terror pero sus amigos le arrastraban. Él protestaba, aunque se dejaba llevar. «He tenido muy malas experiencias», decía. Literalmente le subieron al trenecillo, le pagaron incluso la entrada y entre bromas y risas, haciendo mofa de sus aprensiones, entraron en el túnel.

El primero en salir huyendo fue el individuo que, disfrazado de espantajo, daba escobazos a los viajeros. Luego los demás, el que hacía de momia, el que hacía de vampiro, el que hacía de bruja, el que hacía de esqueleto fosforescente. El colmo fue ver salir huyendo también al conductor del trenecillo.

Los pasajeros, ya solos, miraron entonces a Felipe y también salieron corriendo. Éste, detrás de sus amigos les gritaba: «Os lo había dicho».

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La sed del diablo

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La sed del diablo

 

Era un joven océano azul y brillante. Un día el diablo le pidió agua y, compadecido, le dejó beber. Hoy es el desierto del Sahara.

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