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El caracol de mi abuela

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El caracol de mi abuela

 

Durante los últimos años de su vida mi abuela vivía en compañía de un caracol. No sabía si estaba vivo. Se había presentado de pronto en la cocina. Lo encontró pegado a la pared de azulejos amarillos. De un día para el otro. Solo. Sin más caracoles a la vista. Contó que al principio le dio asco. La baba, la procedencia, las intenciones. Sin embargo, lo toleró. Lo dejó ahí, a su aire, a la espera de que se esfumara igual que había aparecido. Una semana más tarde recordó que los caracoles eran hermafroditas y tuvo miedo de que se reprodujera como las cucarachas, sin pausa, y que un ejército de limazos invadiera su hogar, siempre tan pulcro. Todos le dijimos que era una idea absurda sin saber de verdad hasta qué punto lo era.

Un día, que sin duda marcó un antes y un después, empezó a hablarle. Le decía: Yo creo que tenés que estar vivo. Si no, te caerías. Mi abuela estaba convencida de que un caracol muerto de ninguna manera podía seguir agarrado a la pared. Le hablaba como si se tratara de un animal de compañía, como se habría dirigido a un perro o a un gato. A un pájaro. Los demás dejábamos que obrara a su antojo: pensábamos que de algún modo aquello aliviaba su soledad y nos sentíamos menos culpables de dedicarle tan poco tiempo.

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La condena

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La condena

 

Se condenó al cometer el primer crimen, el único que según él estaba justificado, en ese precisamente no se había ensañado, aunque a poco que se pensara se comprendería que lo hubiese hecho porque sin lugar a dudas lo asistía la razón al sentirse rabioso, al sentir incluso un odio feroz del que jamás había oído hablar a nadie, probablemente porque, antes de matar, antes de tener motivos para hacerlo, sus conversaciones no giraban en torno al odio o al crimen sino por lo general en torno al fútbol o a la programación televisiva, que muchas veces eran el mismo tema, o en ocasiones a nuevos modelos de coche y a las ventajas de unas marcas frente a otras, y esos eran sus asuntos porque cuando a uno no le ha ocurrido nada que lo obsesione puede hablar de cualquier cosa sin que la cabeza se le vaya a otra parte, siempre a la misma, en su caso a la sangre que tenía en las manos, al cuchillo con el que momentos antes había estado cortando carne animal y no humana, al silencio incomparable de la víctima desde la primera puñalada hasta el momento de expirar sin un solo reproche, hasta tal punto sabía qué justo estaba siendo el castigo, cuánto lo merecía y de qué modo sufría él por tener que infligírselo de forma tan drástica, tan definitiva además, tanto como él no había calculado antes de actuar, porque aquel crimen suyo fue un arrebato, nada premeditado, en el que lo que imperó fue un impulso que no tuvo en cuenta nada excepto el instinto, la necesidad, el deseo, al fin y al cabo él era un hombre sencillo que jamás habría hecho nada parecido si no lo hubiesen obligado, y precisamente por eso nadie podía decir que fuera culpable, cualquiera en sus cabales comprendería las poderosas razones que lo llevaron a cometer el crimen, y porque no era culpable no podía permitir que lo atraparan y lo acusaran y tomaran la justicia por su mano, así que pensó deprisa y en poco tiempo consiguió una coartada y en menos tiempo aún modificó el escenario y borró sus huellas y huyó o mejor sería decir se fue en paz, convencido de haber aplicado con tino una ley que a pesar de no estar escrita en parte alguna todos los de su clase respetaban, quien la hace la paga, sí señor, y aquel ya había pagado y con eso en principio quedaba saldada la cuenta, pero sólo en principio, porque la verdad es que a partir de ese momento, aun libre de sospecha y de acción, en lugar de sentir alivio empezó a vivir con un pesar inexplicable que le remitía siempre a la sangre y al cuchillo, y con tanta insistencia que un día, agobiado por los remordimientos y sin saber a qué se debían, por no acudir a las autoridades y en cambio descargarse de la opresión que lo ahogaba, entró en la iglesia más vistosa de la tercera ciudad a la que había llegado tras emprender viaje para alejarse de la suya, o sea de la escena del crimen, adonde por supuesto no había regresado a pesar de la convicción que sobre los asesinos se tiene, y en esa iglesia pidió con urgencia un confesor que le fue cristianamente concedido sin tardanza y al que, contrito y agobiado, relató lo que hasta ahora se ha referido, sin pausa y sin esperar a cambio nada, lo cual fue una sabia decisión pues nada pudo recibir, más bien al contrario, porque el cura que escuchaba le dijo has pecado, has infringido el quinto mandamiento, hijo mío, tienes que pagar por lo que has hecho aunque creas tener la razón, la vida sólo Dios puede quitarla, reza pero también ve a la policía, entrégate, y tras decirle eso se levantó para retirarse y él le preguntó si guardaría el secreto de confesión y el sacerdote respondió que naturalmente así lo haría, pero a él no le bastó, al remordimiento se le sumó el miedo, él necesitaba la certeza y sólo conocía un modo de conseguirla, y ese sí que podría considerarse de veras su primer asesinato, una auténtica injusticia porque habría bastado con que hubiese callado a tiempo, con que mantuviera para sí solo el secreto, adónde iba con esa estúpida creencia de que confesarse lo aligeraría de algún modo, pues no, de ninguno, al contrario, había agravado su malestar, y entonces sí que empezó a huir con la conciencia maltrecha, ya eran dos sangres derramadas las que invadían su memoria, pero el cuchillo era el mismo, ¿por qué lo había guardado?, quizás sí era un asesino sin escrúpulos y ni siquiera la primera muerte tenía perdón, pero a la vez se sentía todopoderoso, pues su mano parecía invisible como la mano de Dios que mataba sin delatarse, sin dejar pruebas, y a él tampoco lo descubrirían, no lo habían descubierto, y se juró que la segunda víctima había sido la última y resistió cuanto pudo la culpa, pero necesitaba hablar, cada día más, y para elegir a su siguiente confesor ya no se acercó al ámbito religioso, le sirvió el camarero de un bar, justo a última hora, antes de cerrar, y después de él siguieron, en orden, una masajista, el conductor de un autobús, una abogada con la que había coincidido en el ascensor de unos grandes almacenes y a la que había convencido para que fuera a tomar un café con él, porque quería contarle su caso, y entregarse y que ella llevara su defensa, y luego vino un basurero, y a todos contó su culpa insoportable justo antes de matarlos de un tajo, a veces de dos o más, no era tan fácil matar a un hombre como a una gallina o a un conejo o incluso a un gato, y de todos ellos pensó que sería el último, que ya no necesitaría volver a justificarse ante nadie, y a cada uno de ellos narraba su historia con más detalles, pero a la vez que juraba no volver a matar, sabía que el nuevo crimen engendraría otra víctima, aquello no podía tener fin, y quizás alguien se pregunte ahora quién cuenta todo esto y cómo puede ser que quien lo cuente conozca tantos detalles, lo que sus víctimas oyeron antes de morir y cómo fueron asesinadas, y les digo que quien cuenta esto soy yo, la siguiente víctima, y el soporte donde escribo es la pared del lavabo en donde me he encerrado tras pedirle permiso y obtenerlo, y en el espejo veo mi terror y me despido de mí, resignada, pues sé que no va a dejarme la vida puesta después de haberse confesado una vez más, y me maldigo por haber sido elegida y por haberlo escuchado, y también por ser incapaz de ahorrarles este último grito de desesperación, porque ahora son ustedes quienes lo saben, y si él se entera, Dios mío, está golpeando la puerta, si él se entera de que ustedes también saben no sé qué puede pasar, va a tirar la puerta abajo, que tengan más suerte que yo, adiós.

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Partir peras

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Partir peras

 

Era conocido el desapacible carácter de doña Soledad. Nadie del pueblo se acercaba a su casa –una casa de campo a varios kilómetros de la población– de no ser que alguna imperiosa necesidad le obligara a ello. También su gran familia conocía el genio de la abuela Sol, y se les hacía cuesta arriba la tradicional e insoslayable visita de verano, en que nietos, hijos, sobrinos, hermanos y demás parientes se instalaban en su casa para preparar con solicitud y bajo su batuta implacable los alimentos en conserva para el invierno. Llegaron el primer día de agosto. La cena de bienvenida fue, como siempre, generosa y entrañable. Incluso la abuela Sol parecía humana aquella noche. Pero al día siguiente, a las seis de la mañana estaba todo el mundo en pie, dispuesto a trabajar sin protesta ni desmayo. Aquella temporada había sido muy buena para los perales de la abuela y se habían recogido más kilos de los que nadie pudiera imaginar. La autoridad de la abuela era incuestionable, de modo que, organizados todos como si de un regimiento se tratara, se pusieron manos a la obra. Sabían que por cada fruta perdida, tocaba una regañina desaforada. Pelar y cortar se convirtió primero en una obsesión y después en una pesadilla. Y es que, cuanto más trabajaban, más quedaba por hacer. La abuela seguía inflexible las maniobras. Finalmente, el nerviosismo se apoderó de todos y ocurrió lo que tenía que ocurrir: la visita se convirtió en una batalla campal que llevó a la deserción iracunda de todos los participantes bajo el juramento de no volver jamás. Una vez a solas, la abuela Sol miró la casa vacía y después de un largo suspiro, dijo: «Ya ves tú, tanto lío por partir peras. ¡Bah!». De ahí.

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Miedo a volar

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Miedo a volar

 

Hasta entonces Malena no había sentido la necesidad de conocer a sus padres biológicos. Sin embargo, el día en que iba a cumplir dieciséis años, Malena se miró en el espejo de su cuarto y se preguntó, de súbito y sin previo aviso, a quién se parecía. De quién eran aquellos ojos redondos y verdes, esa boca particularmente grande, los labios gruesos, las cejas oscuras y espesas. Se preguntó quién era ella, de dónde venía y adónde iba sin saber, por supuesto, que se hacía las mismas preguntas que la historia de la humanidad jamás había podido responderse. Sea como fuere, a partir de aquel día Malena sintió que la incertidumbre se le había instalado en un lugar indefinido de la vida y que, de aquel modo, no podía seguir. Comenzaron pues las indagaciones y, al cabo de algunos meses, disponía de la información suficiente para, al fin, ir en busca de quien, al parecer, la había llevado en su vientre durante nueve meses tras los cuales, a pesar de todos los pesares y desde algún incomprensible punto de vista de manera justificada, la había dado en adopción. Sabía que se llamaba Gloria. Y que vivía en las afueras de la ciudad. Malena cogió un taxi, le indicó la dirección y se hundió en su asiento para esconderse del mundo. Iba abstraída, como si el trayecto fuera a ser eterno, pero el taxi se detuvo en seco frente a una casita de planta baja con un jardín delantero lleno de flores. Malena respiró hondo para aguantarse las ganas de llorar, recorrió el sendero hasta la puerta y llamó al timbre. La recibió una mujer mucho mayor que sus padres adoptivos, por lo que Malena dedujo que no podía tratarse de Gloria. Se equivocaba. La mujer le confesó –después de abrazarla y de reconocer en la muchacha su boca grande y sus mismos ojos, los labios gruesos y las cejas espesas de Richard– que hacía tiempo que la esperaba y que llevaba años tejiendo y destejiendo la misma explicación sin pies ni cabeza: que Malena era un experimento secreto de la NASA con el que se había demostrado que en el espacio podía engendrarse una criatura humana completamente sana. Richard y Gloria, astronautas los dos, se prestaron para llevar a cabo la prueba... No querían tener un hijo, solo investigar... ¿Qué podía decirle? Malena preguntó dónde estaba Richard. Había muerto. Pidió una foto suya. Se la guardó en el bolsillo junto con algo parecido a la desorientación. Malena dijo que lo comprendía, dijo también que tenía que irse. Dio un beso de despedida a Gloria, sin saber muy bien qué iba a hacer con ella a partir de entonces y luego, mientras esperaba un taxi que la llevara de vuelta a casa, pensó, de un modo pueril quizás, que al fin sabía por qué tenía miedo a volar.

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Sin comentarios

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Sin comentarios

 

No me voy a referir a las diversas y siempre contundentes aunque no por ello menos injustas acusaciones de las que me ha hecho blanco la continuamente errada oposición, ni voy a hablar de los insultos repetidos, indignos y desfachatados con los que ha calificado a mi grupo e incluso a mí mismo. No quiero utilizar los términos soeces y vergonzosos con los que se han expresado mis rivales, esos seres faltos de cualquier ética personal, colectiva o individual, carentes de ideas, de principios, de elegancia, esos seres obtusos, empecinados en ganar antes que en convencer, en exigir antes que en ofrecer. Evitaré referirme a las muchas ocasiones en que de modo solapado y pretendidamente sutil, la oposición ha querido hundirme en la miseria sacando a relucir mis trapos sucios. De eso yo no tengo, señores. Si mis trapos están sucios es de tanto trabajar, del sudor de mi cerebro. Esos mismos trapos serán los que vestiré una vez hayan pasado por la lavadora: ejemplo de ahorro y de austeridad. Tampoco quiero descubrir las actitudes derrochadoras que han lucido mis oponentes, quienes nunca han lavado un trapo sucio. ¡Al contrario! Lo han tirado a la basura para fingir que necesitan uno nuevo. Como digo, no voy a referirme a todas esas menudencias, cosas de chiquillos, con las que disfrutan mis rivales y con las que al parecer pretenden ganarse el favor de las gentes. No voy a mencionar su nulidad, su incompetencia, su deslealtad, ni sus numerosos engaños. Solo me cabe decir: sin comentarios.

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