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El soñador

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El soñador

 

Si ahora pudiera seguir durmiendo hasta que me diera la gana, apagar el despertador y hacer como si no hubiera sonado, llamar por teléfono a Tania para que viniera a despertarme y luego llamar al jefe para decirle que no voy a volver ni aunque me aumente el sueldo y me cambie de despacho, si pudiera decirle a mis hijos que soy débil y que estoy cansado, si pudiera confesarle a mis padres que mi puesto en la empresa es inferior al que ellos creen, si tuviera la fuerza de voluntad necesaria para dejar de fumar, si mi ex no me llamara por teléfono todos los días para hundirme en la miseria, si tuviera un buen coche o un buen cuerpo, si fuera capaz de comprometerme de veras con algo, si creyera en algunos de los muchos dioses que hay a mi alcance, si no me sintiera culpable por cada maldito error que cometo, si supiera disfrutar del momento, si olvidara el pasado y no me angustiara el futuro, si tuviera confianza en mí mismo, si fuera capaz de perseguir una ilusión, si no tuviera miedo a la muerte, si no tuviera miedo a la vida, si no me mintiera tanto, si no estuviera cerrando la puerta de casa un día más, bajando las escaleras y subiendo al autobús después de haber apagado el despertador un día más, de haberme duchado un día más, de haber desayunado en el bar de Pura un día más, si no estuviera de camino a la oficina un día más, si pudiera no ser yo mismo por un día.

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Buenos propósitos

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Buenos propósitos

 

A partir del primer día del 2000 mi vida cambiará. Haré gimnasia todos los lunes, miércoles y viernes; visitaré a mis padres los domingos; regalos a mis amigos el día de su cumpleaños, y no con dos semanas de retraso; la cama cada día y la limpieza de la casa, todos los sábado por la mañana. Abriré los ojos a las buenas oportunidades, la puerta a las ancianas, mi corazón a mi amante. Dejaré de fumar, de beber, de trasnochar, de insultar a los taxistas, de empeñarme en tener razón, de tomar tanto café y de comer tanto dulce. Seré más paciente, más tolerante, más indulgente, más complaciente. Un dechado de virtudes.

Estudiaré inglés, francés e incluso alemán. Por la ciudad me desplazaré en metro o en autobús, y no en coche, como hasta ahora. O, mejor aun, andando. No me enfadaré cuando alguien no me entienda, ni cuando tenga que hacer cola en el super, ni cuando me hagan esperar, ni cuando las cosas me salgan mal, ni nunca. Ordenaré los armarios, los papeles, las fotos. Contestaré con premura las cartas, los correos electrónicos, las llamadas. Devolveré los libros prestados, los discos, los encendedores y bolígrafos sustraídos por distracción. No compraré más ropa de la que necesito. Ni por diversión o para olvidar. Pasaré las revisiones periódicas en el dentista y el oculista. Estaré más pendiente de las necesidades de los demás que de las mías y de las noticias internacionales que de los chismorreos del barrio. Y así, ¿seré un ser humano o un engendro extraño?

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La novela robada

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La novela robada

 

Estar un día tras otro ante la temida página en blanco y padecer vez tras vez los síntomas del bloqueo es, con mucho, la más angustiosa sensación que, según se dice, puede sufrir alguien que se dedica en cuerpo y alma a la literatura.

Zereida Astau, gloria de las letras nacionales, padecía desde hacía ya varios años la sequía. No se le ocurría nada de nada. Intentaba cazar ideas mientras viajaba, cuando iba al cine o al mercado, durante una charla con amigos, en sus sueños, pero la página en blanco seguía inmaculada y luminosa frente a ella, en el ordenador, interrumpida solamente cada cinco minutos por el salvapantallas, que consistía en una frase que le insistía: «Si empiezas, todo será más fácil». Pero, ¿cómo empezar?

Cuando los de la prensa le preguntaban por su prolongado silencio, Zereida Astau, incapaz de reconocer su bloqueo públicamente –por miedo, por vergüenza– contestaba con aplomo que desde hacía tiempo estaba entregada a la escritura de una larga y compleja novela cuyo tema central eran las dolorosas diferencias sociales que se vivían en su ciudad y, por extensión, en el mundo. Incluso su editor y su agente literaria creían en la existencia de esa obra.

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La réplica

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La réplica

 

He conseguido escapar, pero al fin he tenido que irme solo. No podía confiar en nadie, y ustedes comprenderán por qué. Les voy a contar mi historia, aunque me consta que no soy el único al que este fenómeno ha destrozado la vida y que cada vez hay más gente en mi situación. Fue así:

Un día como otro cualquiera, al llegar a casa, no sólo me di cuenta de que aquel no era ni iba a ser un día como otro cualquiera, al contrario, de que iba a ser justo el que me marcara la vida, el que dibujara una línea divisoria entre mi vida y esa otra vida que tanto se le parecía pero que no conseguía serlo, si bien había que reconocer que los acabados eran perfectos y que habrían hecho dudar a todo el mundo, menos a mí, claro, no porque sea más listo sino porque era y soy el sujeto, como decía, pues, no sólo me di cuenta de que era el día que llamaremos D sino, y aquí está el meollo de la cuestión, de que el lugar al que llegaba era mi casa pero no lo era, es decir, era una réplica exacta pero falsa. En el interior estaba todo como siempre, pero advertí de inmediato que era una copia, no burda, pero copia al fin.

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Hundírsele el mundo a alguien

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Hundírsele el mundo a alguien

 

Jaime era un tipo de izquierdas de los de toda la vida. Había cumplido hacía poco los cuarenta y cinco con la conciencia bastante tranquila puesto que, a grandes rasgos, seguía siendo un auténtico progre. Su hija, África, le había contado con total desparpajo que ya era mujer. Y ante la cara de estupor que, según supuso, debió de poner, la niña aclaró: «Que me ha venido la regla, papá». De modo que, a los catorce años, su hija había pasado de niña a mujer y él, que no sabía cantar ni componer canciones con las que explicar su júbilo grande como una iglesia, se estuvo calentando la cabeza unos cuantos días a ver si se le ocurría algún regalo original. Por fin le pareció encontrar algo tan simbólico como apropiado y lo compró con los ahorrillos que aquel mes tenía destinados al chocolate que Fernando había traído de abajo. Entró en una tienda alternativa y compró un globo terráqueo hinchable. Se fue a casa y esperó a que África volviera del instituto. En cuanto la hija cruzó la puerta, le propuso ir a dar un paseo por la orilla del río. Una vez allí, Jaime sacó de una bolsa de papel el globo aplastado y se puso a inflarlo. En cuanto fue esfera turgente lo dejó a los pies de la hija y, emocionado, esperó su reacción. África sonrió, cogió el globo con las dos manos y lo tiró al agua. Luego se volvió hacia el padre y comentó con complicidad: «La representación perfecta es esta que muestra al mundo yendo a la deriva». «De tal palo tal astilla», pensó Jaime, orgulloso. Se quedaron observando cómo el mundo avanzaba llevado por la corriente cuando, sin previo aviso, empezó a sumergirse. «Creo que el mundo que acabas de regalarme se está hundiendo, papá. Debe de estar pinchado». De ahí.

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