168 relatos
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La lista de Susi

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La lista de Susi

 

A ver, repaso antes de salir, después de dejar a los niños en la escuela, pasar por la tintorería a preguntar por la alfombra, recoger en la gestoría los papeles de Manuel, llevar el coche el mecánico, llamar para apuntar a Tomás a judo y a Lola a piscina, encargar en la farmacia las medicinas de papá, telefonear a Paca para saber cómo lleva lo del lumbago, felicitar a Concha por su cumpleaños, tomates, lechuga, cebollas tiernas, azafrán, atún, berberechos, huevos, que no se me olviden los huevos, carne picada un kilo, ocho muslos de pollo, pimientos rojos, maíz dulce, lejía, lavavajillas, jabón para la ropa, jabón íntimo, tampax, regalo para la tía, cereales, galletas, chocolate, manzanilla, café, tomarme la pastilla a las once, comida con clientes, dejarle una nota a Charo para que se acuerde de lavar las cortinas y de planchar las camisas de Manuel, a las cuatro reunión en la agencia con los franceses, ir a hablar con la maestra de Tomás, recordarle a mi suegra que este fin de semana se queda con los niños, preparar las facturas de Tito, llamar a la agencia de viajes para dar el número de tarjeta, pedir hora de trauma y de otorrino, y de gine para mí, llamar al electricista, pasar por la pelu a pedir hora para mañana por la mañana, recoger trajecito, llevar diploma de Lola a enmarcar, avisar a los de inglés que esta semana no puedo quedar, borrarme del gimnasio, preparar cena, acostar a los niños, recoger juguetes, trastos y demás desórdenes, respirar hondo y expirar con fuerza una vez más; mañana, resucitar.

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Diminuto destino

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Diminuto destino

 

El pueblo que lo vio nacer poco podía imaginar un final tan ingrato para Yushiko Kamaru, sin duda uno de sus más célebres súbditos. Pero las extrañas bifurcaciones a que nos somete la vida parecen hechas a veces para conseguir que lo previsible se evapore y dé paso a lo inverosímil.

Yushiko Kamaru siempre fue un excelente estudiante, y por ello obtuvo, una vez tras otra, cuantiosas ayudas y becas para seguir adelante con sus nada humildes ambiciones. Así ocurrió que, sin que en absoluto correspondiera a las posibilidades económicas de su familia, el muchacho se viera estudiando Ciencias en una de las más caras universidades privadas del país. Allí conoció al hijo del más rico empresario de aquella parte del mundo, Akiyuko Tanizaki, un tipo de talante más bien despreocupado y, desde luego, poco dotado para los estudios que sus padres –negociantes hábiles pero incultos– habían soñado para él. Como suele suceder en casos similares, Yushiko encontró en Akiyuko todo lo que él no tenía –coraje, vitalidad, fuerza–, y Akiyuko vio en Yushiko todo lo que no tenía él –inteligencia, responsabilidad, astucia–. Complemento el uno del otro, se hicieron grandes amigos.

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No poder ir ni con ruedas

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No poder ir ni con ruedas

 

Ya no puedo más. Lo he intentado de todas las maneras, pero no hay quien se entienda con esta gente. Los he hecho todos, yo, de esfuerzos. Pero, para decirlo sin embudos, desde que he llegado a este país, tengo la sensación de que me están tomando el número. Hable con quien hable, parecen todos tocados del ala. No me lo acabo. Es como si no me sintieran hablar. Y eso que intento hacer los ojos grandes, pero esta incomprensión me duele más que un ojo de pollo. Y no es que pretenda que vayan todo el día haciéndome besos, solo faltaba, pero lo cierto es que no resulta agradable que la gente que te rodea te mire como si no entendieran ni un copo. Y eso que yo me presto a todo, que estoy siempre dispuesta a hacer todos los papeles del auca. Pero no hay nada que hacer. He pensado muchísimo con todo esto, y no he conseguido sacar el agua clara. De golpe y vuelta, me he cansado de ver a la gente hacer mudos y a la jaula cada vez que me dirijo a ellos. De modo que, después de abatir las cartas una y otra vez, he decidido tocar el dos a pie de gato. Ya pueden hacer el mejillón, que yo me iré por donde vine, sin decirle a nadie ni asno ni bestia. Al cabo y a la fin, soy una persona sensible, y hace demasiado tiempo que, por culpa de todo este asunto, no puedo dormir como el yeso, tanto como me gusta. No hago más que pensar con este problema. Pero bueno, como dicen los refranes, que son siempre muy sabios, tal harás, tal encontrarás, y también, tal día hará un año. Esto se acabó. Y he aquí un gato y he aquí un perro y he aquí que el cuento ya se ha fundido.

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Extraños parecidos

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Extraños parecidos

 

Mire usted, doctor, jamás hasta ahora se me había ocurrido semejante barbaridad. Nunca antes, desde que Alfonso y yo nos casáramos hace ya treinta felices años, lo había visto como nada que no fuera él mismo. Jamás se me había ocurrido compararlo a otros hombres y menos todavía a ningún animal, aunque a veces, en alguna extraña ocasión, debo admitir que lo había llamado bruto, bestia o directamente animal, por ejemplo cuando mediante la violencia refrenaba los impulsos juveniles de nuestros enérgicos hijos.

Se da el caso, no obstante, de que el otro día, doctor, leyendo el diario, encontré las aberrantes conclusiones de unos modernos científicos que afirmaban que el hombre se parece más a los ratones que a las vacas, los perros o los gatos. Desde entonces, maldito el momento en que se me ocurrió hojear el periódico, no puedo ver en Alfonso más que a un rastrero rumiante roedor amigo del hombre y de felina astucia.

Nada más levantarnos por las mañanas, temprano, cuando me pide desde el cuarto de baño que le lleve la toalla, la muda o lo que sea, que siempre necesita algo, lo que oigo en realidad es un mugido profundo y desagradable que me ensordece. Poco después, durante el desayuno, cuando ya lo tengo sentado a la mesa esperando a ser servido cual bestia cercana al abrevadero, descubro en sus gestos una parsimonia parecida a la de la vaca, una deglución lenta que regresa para ser nuevamente masticada y finalmente digerida mientras Alfonso lee las noticias ajeno a todo y produce, una y otra vez, varios repulsivos chasquidos de la lengua contra las muelas que me recuerdan a los agudos gritos de los roedores. Veo a un gato hosco y esquivo cuando me acerco a darle un beso, ya en la puerta, justo antes de marcharse a trabajar a la fábrica, donde me lo imagino dando ladridos a todos sus pobres empleados, ellos sí más ratoncillos que cualquier otra cosa, temerosos de la gran rata autoritaria. Lo peor de todo es que lo mismo me ocurre con nuestros hijos, y con todos los miembros de su familia. Cuando los domingos nos reunimos a comer me siento invadida por un auténtico zoológico.

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Y cómo es él

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Y cómo es él

 

Lo que lo distingue de los demás hombres es la elegancia con la que lo lleva. Nunca hace ostentación de su fuerza, de su personalidad, de su saber estar. Se limita a actuar cuando es necesario, a ponerse a la altura de las circunstancias cuando así lo requiere la ocasión. Es suave, pero recio al mismo tiempo. Destaca más por sus gestos, por sus movimientos, que por su envergadura. Es ágil, resistente, flexible y delicado. Sabe cómo tratarme y se adapta con generosidad e incluso con naturalidad a mi ritmo y a mis deseos. Es duro y atrevido. Viste siempre de un modo algo provocador, pero sin llamar la atención. Una tiene la sensación de que sabe lo que va a encontrar cuando se le acerque. Es serio, pero divertido. Se crece en el momento adecuado y no baja la guardia hasta que percibe con claridad que ha llegado la hora de descansar y de relajarse. En fin, es un fuera de serie. Tiene una cabeza impresionante, y en ella se concentran, se apiñan, se acumulan y se encierran todos y cada uno de sus pensamientos, objetivos, metas. Apunta y fuego. Es así, directo. No conoce ni el titubeo ni la duda. Donde pone el ojo, pone la cabeza. Esta seguridad la comparte con algunos colegas suyos, amigos con los que sale de juerga algunos viernes en que no vuelve hasta las tantas. Y luego no me cuenta dónde se ha metido ni si se ha metido en algún sitio o ha estado por la calle. Yo sufro, porque podría perderlo, pero luego me tranquilizo pensando que, al fin y al cabo, hay otros muchísimos como él.

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