168 relatos
Medium 9788483935446

No caber en la cabeza

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

No caber en la cabeza

 

Max y Pedro están fuera de sí. Hace un calor asfixiante. Tienen la frente cubierta de sudor. Los ojos desorbitados. Por la mañana han estado en la piscina y han pactado en secreto, ante la mirada intrigada de los de la pandilla, los últimos detalles. Hace días que maduran el plan. El mejor que se les ha ocurrido en la vida. Lo del verano pasado, en comparación, quedaría a la altura del betún. Colocan a Teo sobre su camilla, lo atan de pies y manos. Teo está inmóvil, claro, parece muerto. Como es natural, no opone ningún tipo de resistencia. Entonces, Max coge el serrucho que han elegido y le practica con paciencia un tajo en mitad de la cabeza. Acto seguido, Pedro se acerca con el aparato e intenta introducirlo, sin éxito. Max le dice «quita» y es él quien procura metérselo. Por más que empuja y fuerza no hay manera. El aparato es un magnetófono bastante voluminoso. Pedro pregunta: «¿No podríamos quitarle alguna pieza?» «Pues no, claro que no. ¿No ves que no nos funcionaría el mando a distancia?», contesta Max, algo irritado. «¡Pues menudo chasco!», se queja Pedro. «Mira lo que hemos hecho. Y total, para nada», sigue con la queja. «Pues sí», admite Max, de quien ha sido la idea, «tienes razón. Tantos planes y ahora... Los demás se van a reír de nosotros. A ver cómo les decimos lo que nos ha pasado». Teo, el muñeco, está destrozado encima de la camilla. «Pues bueno, habrá que dejarlo, no hay manera, no le cabe en la cabeza. No va a hablar nunca», dice Max y suspira. «Vale», acepta Pedro, resignado, mientras piensa en la bronca que le va a pegar su padre cuando vea lo que ha hecho con el muñeco nuevo, «pero ahora, ¿a qué jugamos?». De ahí.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Falsas historias

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Falsas historias

 

Joseph era un niño tímido y apocado que se pasaba los días observando con admiración y envidia todo lo que sus compañeros eran capaces de hacer, ya se tratara de la vertical contra una pared, de fumar un cigarrillo a escondidas en los lavabos o de aprenderse un poema erótico de memoria. Todo lo que no fuera mirar le parecía cosa de titanes, heroicidades inaccesibles para él. Sin embargo, cada día, al llegar a casa, sus padres –preocupados por el aspecto siempre demasiado impoluto del muchacho– le preguntaban con interés qué tal día había tenido, qué había hecho en el instituto, a qué había jugado con los compañeros, cómo iba en el equipo de fútbol y demás cuestiones referidas a sus actividades, razón por la cual Joseph sentía que, para ser un buen hijo, tenía la obligación de mentir. ¿Cómo iba a decirles que no había hablado con nadie, ni jugado a nada y que siempre sin excepción estaba en el banquillo? Iniciaba entonces la única acción para la que sin duda estaba dotado –cada día más, gracias a la práctica–: la fabulación. Joseph mentía a diestro y siniestro. Inventaba para sí mismo un liderazgo inexistente, salpicado de anécdotas a cual más espectacular y jugosa, entre las cuales desde luego quedaban incluidos varios goles individuales, diversas felicitaciones por parte de los profesores, muestras de fidelidad incondicional de sus compañeros y una larga lista de proezas narradas con intensidad y maestría frente a las cuales, naturalmente, los padres quedaban extasiados y convencidos de la indudable valía y del enorme talento de su único hijo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Grandes desconocidos

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Grandes desconocidos

 

El muchacho piensa con parsimonia lo que va a hacer. No soporta que nadie le dé órdenes, y menos aún un tipo casi desconocido, alguien a quien apenas ha visto y que no sabe de lo que es capaz, alguien que no está enterado de lo que puede y no puede hacer, de hasta qué punto necesita algunas cosas o le sobran según qué otras. Sus quince años son un cúmulo desaforado de rebeldía y no está dispuesto a claudicar. Siempre repite: «Quien no te ha enseñado a caminar no debe decirte hasta dónde puedes ir».

Está recostado en la cama, en su dormitorio, siempre demasiado desordenado, incluso mugriento. Le resulta indiferente el estado de las cosas que hay fuera de sí mismo, de igual forma que no le preocupa en absoluto su interior. Esa es quizás una de las razones de que no se aplique al estudio, de que busque nuevas emociones, de que alardee de no tener principios o valores e incluso de que no los tenga. Esa es quizás una de las razones, pero no la principal.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Presunta confesión

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Presunta confesión

 

Me lo he dicho todos los días, a todas horas, durante todo este tiempo: tengo que llamarla y contarle que hace más de cinco meses que me tiro a su novio. Siempre hemos hablado claro. Y además ahora estoy embarazada y queremos tenerlo, así que no queda otra alternativa. Tiene que enterarse. Javier se desentiende, que se lo diga yo, dice, y que ya tendría que haberse dado cuenta ella solita. Que le ha dado pistas suficientes. Los hombres siempre tan generosos. El muy... Cojo el teléfono, pues, y marco, despacio, todos los números, uno detrás del otro. Pienso que ojalá no se acabaran, y mientras lo pienso, el teléfono, claro, suena, y al otro lado se oye su voz, la voz de la que hasta este momento había sido mi mejor amiga, así que hago acopio de fuerzas, me aclaro la garganta y digo, textualmente: Hola, que soy... Te llamaba para... En realidad no sé cómo he podido..., quiero decir que, vamos, que..., puedes llamarme lo que te dé la gana, no sé en qué estaría pensando, pero... en fin, estuvimos de acuerdo, claro que yo..., aunque hay que tenerlo todo en cuenta, al fin y al cabo tú..., sin embargo, los principios..., a veces una no es..., quiero decir que una a veces es..., hay cosas que..., quizás el destino... Mi tía abuela decía..., da igual. No te puedes imaginar las veces que he intentado..., te juro que..., y hoy me he dicho..., y ya ves, aquí me tienes, por fin, no sabes el peso que me quito de encima, aunque... Ya sé que no tengo perdón, tampoco lo pretendía, solo quería que supieras... que lo supieras. Ahora ya está, gracias a Dios.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Sórdida fuga

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Sórdida fuga

 

Sorpresa blanca. Negro destino. Arena donde cerebros descalzos pasean sus locuras. Verdugo imprevisible y egoísta. Orquesta de fúnebres presagios. Ola de calor helado. Mentira con sabor amargo que oculta el dolor brevemente, apenas el tiempo imprescindible para creer que la felicidad se encuentra al alcance de la mano. Túnel cavado en tierra ajena, sin salida, sin fin, sin sentido. Oro de ahora. De ahora mismo y después nada. Ladrón de guante blanco. Sigiloso galope de corazones desbocados, de palabras veloces, de rostros desencajados. Cuerda floja de funámbulos rodeados de circos y de faunas con fronteras de cemento. Caída libre de esclavos inconcebibles. Triste negocio para seres tristes. Alimento de almas sin sombra, sin luz alguna. Alimento del hambre. Emblema de la prisa, de la actividad frenética. Seguridad de adorno con hilos colgando que esperan la aguja donde enhebrarse. Drama de polvo. Flor mortal y sin aroma. Truco sin magia. Sal de naufragio. Levadura de la imaginación ausente. Pobre recurso. Lobo con piel de cordero. Loba. Lombriz de anuncio. Rito con fetiches. Oasis podrido al otro lado del tubo. Cierto desierto. Nada de nada. Camisón de las venas. Nanas de la sangre. Prisión sin suelo. Impía perseguidora. Ama y señora. Animal de compañía, de costumbre. Enemiga. Maldita. Injusta. Arbitraria. Huida por la tangente, sórdida fuga. Ojo: Peligro: Galgo perdedor.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos