168 relatos
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De lectura obligada

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De lectura obligada

 

Don Severino Sotomayor de la Fuente Gloriosa tenía sueños de grandeza. Los había tenido toda la vida y en su madurez, que ya iba siendo vejez mal llevada, se daba cuenta de que la mayor parte de ellos habían quedado enterrados en el baúl de los recuerdos. Ni arquitecto de faraónicos proyectos, ni tenista de irrepetible agilidad, ni investigador de envidiada reputación. Nada. Don Seve Soto –así lo llamaban en su pueblo, de donde jamás había salido– se había conformado con ir vendiendo las tierras de sus antepasados para sobrevivir sin grandes lujos ni enojosas apreturas. Su único éxito había sido el de alcanzar por mayoría absoluta la alcaldía del pueblo –creía él que por méritos propios, pero era más bien porque sus conciudadanos preferían tenerlo entretenido en el Ayuntamiento que deambulando por el pueblo con su apabullante verborrea–.

Así fue que, con digna resignación, Don Seve Soto aceptó sus numerosos fracasos y fue acariciando la idea de un último sueño, sin duda el menor pero sueño al fin, que consistía en escribir y publicar un libro en donde quedasen reflejadas las peripecias de su vida. Se puso manos a la obra y, al cabo de poco, su empecinamiento obtuvo trescientas largas páginas de resultado. La venta de las últimas tierras que le quedaban sirvieron para sufragar los gastos de edición, que no fueron pocos, pues Don Seve Soto decidió imprimir nada menos que diez mil ejemplares en una cuidada edición de tapa dura.

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Tener a alguien en el bote

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Tener a alguien en el bote

 

El alumno procuró borrar de su mirada el odio feroz que le inspiraba aquel profesor. Debía mostrarse interesado y se esforzaba por encontrar alguna pregunta que sonara verosímil. Ante la imagen desoladora que acababa de ponérsele frente a los ojos, le resultó más sencillo de lo que preveía. «¿Y este quién era?», inquirió. El profesor, después de un suspiro inacabable con el que pareció cortar un largo trayecto, respondió con voz grave: «Este, hijo mío, era mi predecesor. El antiguo director de esta santa escuela de ciencias. Don Ponce Salcedo de Rimal, el más grande científico de todos los tiempos habidos y por haber». A continuación añadió que, a pesar de su ilustre inteligencia, el hombre se mostró siempre reacio a los cambios, las transformaciones o las innovaciones, que tan necesarios habían llegado a ser. Por ello –le explicó–, al final todos los que lo rodeaban habían deseado su desaparición, fuera como fuese. «Y es que, además de ser un gran científico, era un gran cabrón», dijo. Era dogmático y autoritario. Soberbio y déspota. «En ocasiones las grandezas no son de un solo signo, hijo mío». «Ni que lo diga», pensó el alumno. «En fin –concluyó el profesor–, ha costado Dios y ayuda, pero pudimos con él. Tarde o temprano, todos los seres humanos acaban por ceder». Y dejó ir una risilla discreta. «Desde luego», contestó el alumno mientras cogía el frasco en donde flotaba ingrávido el cerebro de Don Ponce. Y sin poder evitarlo, miró al profesor, que permanecía quieto a su lado, volvió a mirar el frasco que aguantaba con las dos manos, y pensó: «No se haga ilusiones, Fresedas, a usted también acabaremos por tenerlo en el bote». De ahí.

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Nadie es perfecto

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Nadie es perfecto

 

«Tengo los ojos verdes, de un verde muy oscuro, rasgados, grandes. Hay gente que dice que dan miedo, porque miro con mucha intensidad. ¿Qué más? Pues tengo la boca un poco grande, con los labios bastante gruesos. Cuando me río parezco qué sé yo qué. Pelirroja, con una melena rizada hasta la cintura, muy abundante, sedosa. Casi siempre llevo el cabello recogido con cintas negras. No soy demasiado alta, la verdad, un metro sesenta y ocho. Más bien delgada, pero proporcionada, ya me entiendes. No soy especialmente huesuda. O sea, tengo de todo. No es que sea musculosa, pero he hecho bastante gimnasia y estoy en forma. Piernas largas, manos finas, pies estrechos, vientre liso. No sé si me imaginas. La piel... suave, tirando a morena. Y en verano, dorada. Me paso horas tumbada al sol. Con cremas protectoras, claro. Me encanta. Tengo veintitrés años recién cumplidos, aunque aparento alguno menos. Visto ropa casi siempre ajustada, vaqueros, minifaldas y prendas cómodas de algodón, excepto en ocasiones especiales, en que me pongo mis zapatos negros con tacones y demás. ¿A ti cómo te gusta que vistamos las mujeres, Kike? ¿Y tú, cómo eres?».

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Las causas y los efectos

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Las causas y los efectos

 

El niño se había pasado toda la noche llorando sin que la madre pudiera adivinar la razón de su desasosiego, misterio que intentaba resolver no solo por dar alivio al bebé sino por poder al fin dormir un buen rato seguido. Al despuntar el alba, el rorro se durmió plácidamente. La madre, desvelada, se puso a preparar las cuatro cosas que iba a necesitar aquel día en el trabajo. A punto ya de marcharse descubrió con hondas ojeras la razón del insomnio de su hijito. Un inmundo moscardón se paseaba orondo por el cuarto, emitiendo su asqueroso zumbido y posándose, de vez en cuando, en la cara de su bebé. Miró el reloj. Ya hacía rato que se le hacía tarde. Sería mejor dejarle la misión a la canguro.

Eficiente y advertida de la presencia del moscardón alrededor de la cuna, la canguro fue hasta el dormitorio del bebé y comprobó que estaba dormido. Luego se dedicó a buscar al insecto zapatilla en mano. Aunque no lo rozó ni una sola vez, consiguió al menos que saliera volando por la ventana del lavabo, la que tenía precisamente la vista más fea de la casa, pues daba ni más ni menos que al patio de la cárcel.

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Matar el tiempo

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Matar el tiempo

 

Aquel domingo, la señora Amelia estaba aburrida de uno de esos aburrimientos que no dejan rendija alguna por la que escapar. Se había pasado todo el día en el sofá, mirando por la ventana, observando a la gente que transitaba por la calle. Unos años antes, al menos, tenía la compañía del marido aunque, si lo pensaba bien, era mejor que Dios lo hubiese llamado a su lado, porque en los últimos tiempos se había convertido en un viejo cascarrabias. Aquel domingo todas sus amigas se habían ido a una excursión que organizaban los del club de ancianos, de modo que no podía llamar a ninguna de ellas para charlar un rato. Se puso a revisar cajones. Encontró un montón de recuerdos entrañables, entre ellos unos cuentos álbumes de fotografías de hacía cuarenta años, en donde ella salía joven y guapa. Se miró con una sonrisa nostálgica. Después se puso delante del espejo y se dijo: «¡Pero qué viejísima estoy! ¡Qué requetevieja!». Acto seguido buscó las fotografías actuales, las que le habían hecho durante los últimos años, y se puso a romperlas una por una en mil pedacitos. «Si tiene que quedar un recuerdo, que quede de entonces, cuando no había pasado aún todo este tiempo», se iba diciendo. De pronto, sonó el teléfono. Era su amiga Encarna, que había llegado ya a casa y le llamaba para saber cómo estaba y sobre todo para contarle lo bien que se lo habían pasado y que ella incluso había bailado con un señor de lo más amable y elegante. Por fin preguntó qué tal ella, que cómo había pasado el domingo. Y Amelia contestó, muy solemne, después de dirigir una mirada a las fotografías hechas trizas: «Pues nada, mujer, aquí he estado, matando el tiempo». De ahí.

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