24 relatos
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Pacto de caballeros

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Pacto de caballeros

 

No es difícil entender de qué manera Thomas Pyne se convirtió de pronto en uno de los hombres más ricos de su tiempo. Sus negocios rayaron siempre en los bordes de la ilegalidad, lo cual no sólo explica su riqueza, sino el encono y el tamaño de sus enemigos. Nadie como él sabía que no hay ley sin atajos ni delito que no sea perdonable sin la ayuda de un buen abogado. Su cinismo en este orden era aun mayor que su fortuna. Más de una vez le oyeron afirmar que el reino entero debía estarle agradecido, pues gracias a él los jueces se lo pensaban mejor antes de promulgar una ley o de dar curso a una querella mal fundada.

La historia guarda numerosas muestras del voraz estilo empresarial de Thomas Pyne, ninguna de ellas tan notable como sus Pólizas de Seguro sobre el Sexo del Caballero D’Eon. Si hemos de creer a los registros de la época, aquel escándalo generó apuestas por un monto de cien mil libras esterlinas, todas ellas promovidas, administradas y oportunamente legalizadas por el astuto señor Pyne. Para entonces, especular sobre la hombría del diplomático francés se había instalado en el centro de la alta ociosidad inglesa. Lo que empezó como un simple rumor en los mentideros de la corte se había convertido en un intercambio generalizado de puñetazos, estocadas y baldones. Quienes pensaban que Timothé D’Eon de Beaumont era hombre, señalaban su conocida calidad de francmasón y su valentía en la guerra de los Siete Años, proeza a todas luces varonil que le había granjeado una condecoración del rey Luis xv. Puestos a discutir el asunto, los partidarios de que D’Eon era mujer evitaron hablar de su inquietante belleza y optaron por señalar que no se le conocían esposa ni amantes, lo cual les parecía razón suficiente para confundir el celibato con la impostura. A medio camino entre la burla y un sincero afán conciliatorio, el duque de Lanark ofreció al diplomático una fuerte suma para que diese fin a la controversia sometiéndose a un peritaje médico. Visiblemente consternado, D’Eon no sólo rechazó la oferta sino que la denunció como ofensa a su buen nombre ante el alcalde de Middlesex. Esto hecho, se ausentó de Londres para enclaustrarse en un silencio campirano que sólo ayudó a empeorar las cosas.

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Las entrañas del Turco

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Las entrañas del Turco

 

Me temo que voy tarde para anunciarte el final del Turco. Las malas nuevas corren ahora más aprisa de lo que uno quisiera, y no me extrañaría que el diligente Olsen te hubiese adelantado esta aun antes de que dejasen de humear las cenizas del autómata.

Esta mañana el presidente de un círculo local de ajedrez me propuso rescatar los despojos del Turco con el propósito de darles un entierro digno. La idea me pareció correcta, pero el custodio del Museo Barnum ha hecho lo suyo para disuadirnos: el incendio, asegura, fue tan intenso y prolongado que destruyó inclusive las vísceras metálicas del muñeco, por no hablar de su atuendo, sus extremidades y el hueco templete de madera desde el que tantos grandes maestros dirigieron sus partidas más célebres.

Quiero pensar, querido amigo, que al menos gozaste la corta dicha de saber que al fin habíamos hallado al autómata de Kempelen. Me habría gustado decírtelo en persona, pero me ganó el entusiasmo después de tantos años de creer que el Turco había desaparecido sin remedio. Si envié a Olsen aquel apresurado cablegrama, fue porque no quería perder un instante sin que emprendiésemos los arreglos necesarios para comprar aquel tesoro a los responsables del Museo Barnum. Ahora que el autómata se ha esfumado para siempre, percibo en mi prisa de entonces una suerte de epifanía, la intuición de que esta vez el Turco no duraría lo bastante para permitirnos rehabilitarle. Francamente ignoro cuánto nos habría costado devolverlo a su ser primero. Sin duda habría sido bastante, pues te confieso que el muñeco era poco menos que una ruina cuando lo hallé en los sótanos del museo. Quizá habría sido un despropósito intentarlo, aunque igual lo habríamos hecho por manía o por simples ansias de perpetuar su leyenda. Es como si el autómata o el fantasma del propio Kempelen supiese que lo intentaríamos. Por eso el incendio no deja de parecerme hoy una inapelable orden de ultratumba para que los dejemos descansar en paz.

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Trampantojo

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Trampantojo

 

No confío en el tal Pankovsky. Supongo que estamos a mano: él tampoco confía en mí. Ese tipo va diciendo por ahí que le asusta mi estilo. Francamente, me da igual. Nunca pretendí tener estilo. Como sea, nada lograré con desconfiar de él. Tampoco lograré gran cosa con decírselo al teniente Buonano: de cualquier modo ese Pankovsky seguirá a mi lado hasta que sea demasiado tarde. Quiero decir: demasiado tarde para él. Debo asumir que el teniente Buonano no hará nada al respecto: dice que, de cualquier modo, yo no confío en nadie ni lograré que nunca nadie confíe en mí. Dice también que Pankovsky es demasiado joven para entender mi estilo, o para el caso, el estilo de cualquiera de los veteranos. La verdad, a mí me parece que, aunque fuera un octogenario, Pankovsky no entendería una mierda. Hay gente así en todos los oficios. El problema es que en este oficio particular los Pankovsky del mundo rara vez llegan a viejos: su candor los entumece, las manos les sudan, titubean a la hora de disparar. Y todo eso acaba por matarlos. Luego, encima, le piden a uno que se haga cargo de los funerales. Hay que armar un papeleo de mil diablos y enfrentar el dolor de una madre que rara vez es bella o tolerante. Esas son las peores: nos miran a los veteranos como si tuviéramos la culpa de la muerte de sus pimpollos, nos reclaman no haber sabido proteger al fruto de sus entrañas, nos aborrecen como si hubiésemos conducido a la muerte a aquel muchacho, ay, dicen, tan bueno que era, y que tenía tanto futuro. Entiéndanlo de una vez, señoras: hombres como sus Pankovsky no tienen futuro en este oficio, no pueden tenerlo.

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Of Mice and Girls

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Of Mice and Girls

 

Me encantaría recordar Pigalle como si no hubiese vivido ahí, como si todo en ese barrio lúbrico hubiese desfilado ante el hombre que no fui entonces pero que secretamente ansiaba ser: un nómada hechizo, un turista lascivo, armado con una cámara fotográfica y los bolsillos henchidos de dinero para prodigarlo entre la multitud de descastados que en realidad fueron por un tiempo mis vecinos, mis amigos o incluso mis amantes. A muchos de ellos los veía de noche convertidos en reinas de la penumbra citadina y los hallaba al día siguiente en su implacable realidad de tornaboda: desmaquillados, ojerosos, curando su vampirismo en La Sirene, un cafetín de mala sombra regentsado por un inmenso gascón llamado Armagnac a quien todos apodaban crípticamente Deux Mains. Con semejante clientela, no era raro que aquel sitio fuese nido de todo tipo de escándalos, interrogatorios y exabruptos policíacos que acababan siempre con un cierre que duraba apenas dos días. Al tercer día, el implacable Deux Mains resucitaba de entre los presos para albergar de nuevo a su cohorte de putas, dealers, chulos y travestidos que acudían a La Sirene con una asiduidad tan sospechosa como la pronta excarcelación de su dueño.

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Desiertos tan amargos

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Desiertos tan amargos

 

Nadie mejor que ellos para jurar entre dientes que esta vida es una mierda. Cuanto hay de tópico en esa frase tabernaria adquiría en los arrabales de Boyle Heights la contundencia de lo inédito, un tanto cuanto de zozobra recién estrenada que sólo en boca de esos tres hermanos de penuria parecía legítima, casi necesaria. Es verdad que en ocasiones también ellos lo decían al abrigo del alcohol, navegando sin destino entre dos bares del East Los Angeles, nunca los mismos. Pero aun en esos casos sus palabras proyectaban un inapelable olor a naufragio. Sus voces mínimas, sus gestos, la espectral torpeza de sus cuerpos al trasponer la puerta de un tugurio, llenaban el ambiente con una atroz melancolía, como si ahí, en el fondo, ni siquiera ellos fuesen capaces de sobrellevar el peso con que habían cruzado la frontera para cubrir los puestos de trabajo que la guerra iba vaciando allá. Acaso entonces una mujer los miraba desde la barra buscando en sus ojos la urgencia del deseo. Nada: en esos rostros ya no había lugar para otra cosa que no fuese el peso de una fatalidad secreta. Así secos, así asfixiados por su común desgracia, se sentaban en un rincón y, callados, se dejaban mecer por un mal blues de consola. Al cabo de un rato uno de ellos se ponía de pie, dejaba un dólar sobre la mesa y caminaba despacio hacia la puerta. Luego, seguido de los otros, se alejaba por la calle con la prisa de quien ha provocado un desastre irreparable que sólo se hará notar dentro de unos minutos, cuando ya no importe.

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