24 relatos
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Galatea en Brighton

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Galatea en Brighton

 

Me tomó algunos meses comprender que Sibhoan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto por cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que este comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras impactan cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que también el anonimato puede ser un deseo velado de la existencia.

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Of Mice and Girls

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Of Mice and Girls

 

Me encantaría recordar Pigalle como si no hubiese vivido ahí, como si todo en ese barrio lúbrico hubiese desfilado ante el hombre que no fui entonces pero que secretamente ansiaba ser: un nómada hechizo, un turista lascivo, armado con una cámara fotográfica y los bolsillos henchidos de dinero para prodigarlo entre la multitud de descastados que en realidad fueron por un tiempo mis vecinos, mis amigos o incluso mis amantes. A muchos de ellos los veía de noche convertidos en reinas de la penumbra citadina y los hallaba al día siguiente en su implacable realidad de tornaboda: desmaquillados, ojerosos, curando su vampirismo en La Sirene, un cafetín de mala sombra regentsado por un inmenso gascón llamado Armagnac a quien todos apodaban crípticamente Deux Mains. Con semejante clientela, no era raro que aquel sitio fuese nido de todo tipo de escándalos, interrogatorios y exabruptos policíacos que acababan siempre con un cierre que duraba apenas dos días. Al tercer día, el implacable Deux Mains resucitaba de entre los presos para albergar de nuevo a su cohorte de putas, dealers, chulos y travestidos que acudían a La Sirene con una asiduidad tan sospechosa como la pronta excarcelación de su dueño.

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Trampantojo

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Trampantojo

 

No confío en el tal Pankovsky. Supongo que estamos a mano: él tampoco confía en mí. Ese tipo va diciendo por ahí que le asusta mi estilo. Francamente, me da igual. Nunca pretendí tener estilo. Como sea, nada lograré con desconfiar de él. Tampoco lograré gran cosa con decírselo al teniente Buonano: de cualquier modo ese Pankovsky seguirá a mi lado hasta que sea demasiado tarde. Quiero decir: demasiado tarde para él. Debo asumir que el teniente Buonano no hará nada al respecto: dice que, de cualquier modo, yo no confío en nadie ni lograré que nunca nadie confíe en mí. Dice también que Pankovsky es demasiado joven para entender mi estilo, o para el caso, el estilo de cualquiera de los veteranos. La verdad, a mí me parece que, aunque fuera un octogenario, Pankovsky no entendería una mierda. Hay gente así en todos los oficios. El problema es que en este oficio particular los Pankovsky del mundo rara vez llegan a viejos: su candor los entumece, las manos les sudan, titubean a la hora de disparar. Y todo eso acaba por matarlos. Luego, encima, le piden a uno que se haga cargo de los funerales. Hay que armar un papeleo de mil diablos y enfrentar el dolor de una madre que rara vez es bella o tolerante. Esas son las peores: nos miran a los veteranos como si tuviéramos la culpa de la muerte de sus pimpollos, nos reclaman no haber sabido proteger al fruto de sus entrañas, nos aborrecen como si hubiésemos conducido a la muerte a aquel muchacho, ay, dicen, tan bueno que era, y que tenía tanto futuro. Entiéndanlo de una vez, señoras: hombres como sus Pankovsky no tienen futuro en este oficio, no pueden tenerlo.

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Las entrañas del Turco

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Las entrañas del Turco

 

Me temo que voy tarde para anunciarte el final del Turco. Las malas nuevas corren ahora más aprisa de lo que uno quisiera, y no me extrañaría que el diligente Olsen te hubiese adelantado esta aun antes de que dejasen de humear las cenizas del autómata.

Esta mañana el presidente de un círculo local de ajedrez me propuso rescatar los despojos del Turco con el propósito de darles un entierro digno. La idea me pareció correcta, pero el custodio del Museo Barnum ha hecho lo suyo para disuadirnos: el incendio, asegura, fue tan intenso y prolongado que destruyó inclusive las vísceras metálicas del muñeco, por no hablar de su atuendo, sus extremidades y el hueco templete de madera desde el que tantos grandes maestros dirigieron sus partidas más célebres.

Quiero pensar, querido amigo, que al menos gozaste la corta dicha de saber que al fin habíamos hallado al autómata de Kempelen. Me habría gustado decírtelo en persona, pero me ganó el entusiasmo después de tantos años de creer que el Turco había desaparecido sin remedio. Si envié a Olsen aquel apresurado cablegrama, fue porque no quería perder un instante sin que emprendiésemos los arreglos necesarios para comprar aquel tesoro a los responsables del Museo Barnum. Ahora que el autómata se ha esfumado para siempre, percibo en mi prisa de entonces una suerte de epifanía, la intuición de que esta vez el Turco no duraría lo bastante para permitirnos rehabilitarle. Francamente ignoro cuánto nos habría costado devolverlo a su ser primero. Sin duda habría sido bastante, pues te confieso que el muñeco era poco menos que una ruina cuando lo hallé en los sótanos del museo. Quizá habría sido un despropósito intentarlo, aunque igual lo habríamos hecho por manía o por simples ansias de perpetuar su leyenda. Es como si el autómata o el fantasma del propio Kempelen supiese que lo intentaríamos. Por eso el incendio no deja de parecerme hoy una inapelable orden de ultratumba para que los dejemos descansar en paz.

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Romanza de la niña y el pterodáctilo

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Romanza de la niña y el pterodáctilo

 

En ese entonces Mary Anning era apenas una niña, tan menuda, tan frágil que daba miedo tenerla cerca, como si bastara un suspiro para desbaratarla. La única señal visible de sus diarias excursiones al ribazo estaba en sus rodillas, que asomaban bajo el bies de su vestido exhibiendo cicatrices con el mapa de una infancia transcurrida entre olas, farallones puntiagudos y fósiles milenarios. Horas antes de conocerla, mientras la esperaba en su casa, pregunté a su madre si no le atormentaba que la niña un día sufriese un accidente allá abajo, no sé, que se rompiese una pierna o quedase atrapada por la marea, incapaz de remontar la agreste pared de roca que al parecer había cobrado cara su imprudencia a más de un nadador experto. Al oír esto la mujer me preguntó a mansalva si tenía hijos. Le respondí que no y ella sonrió complacida por la llaneza de su argumento. Luego me entregó un cuaderno donde la niña había retratado sus últimos hallazgos y fue a sentarse sin más junto a la ventana.

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