24 relatos
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Of Mice and Girls

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Of Mice and Girls

 

Me encantaría recordar Pigalle como si no hubiese vivido ahí, como si todo en ese barrio lúbrico hubiese desfilado ante el hombre que no fui entonces pero que secretamente ansiaba ser: un nómada hechizo, un turista lascivo, armado con una cámara fotográfica y los bolsillos henchidos de dinero para prodigarlo entre la multitud de descastados que en realidad fueron por un tiempo mis vecinos, mis amigos o incluso mis amantes. A muchos de ellos los veía de noche convertidos en reinas de la penumbra citadina y los hallaba al día siguiente en su implacable realidad de tornaboda: desmaquillados, ojerosos, curando su vampirismo en La Sirene, un cafetín de mala sombra regentsado por un inmenso gascón llamado Armagnac a quien todos apodaban crípticamente Deux Mains. Con semejante clientela, no era raro que aquel sitio fuese nido de todo tipo de escándalos, interrogatorios y exabruptos policíacos que acababan siempre con un cierre que duraba apenas dos días. Al tercer día, el implacable Deux Mains resucitaba de entre los presos para albergar de nuevo a su cohorte de putas, dealers, chulos y travestidos que acudían a La Sirene con una asiduidad tan sospechosa como la pronta excarcelación de su dueño.

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Pesca de rojo y cielo

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Pesca de rojo y cielo

 

Madre se está muriendo, dijo ella de repente, y su voz resonó diáfana en el aire, desprovista casi de emoción, ajena a la que veinte años atrás usaba para despertarlo a él desde la litera superior y contarle sueños que rara vez tenían que ver con sus padres, no digamos con la muerte. La vi el martes y ya no pudo reconocerme, añadió, ahora en un tono más severo, convencida ya de que el mejor momento para decir que alguien querido va a morir es cuando menos viene al caso, y cuando el otro no se lo espera. O cuando entendemos que nunca habrá un instante propicio para anunciar algo así, o simplemente porque de pronto el otro nos parece inaceptablemente dichoso, demasiado absorto en pensamientos amables que no logramos descifrar, complacido en la imponencia de un ocaso como aquel, tan nítido que a ella se le vino encima de improviso y necesitó decir algo fatal para no asfixiarse.

Pero ¿asfixiarse de qué, si llevaban tres días inmersos en algo muy parecido a la felicidad? Fue eso, se diría ella más tarde. Fue que la dicha y la belleza también ahogan. A esa hora el mar había adquirido una consistencia vaporosa, como si un ser inmaterial cobijase a las olas para descansarlas de las hostilidades del sol. El cielo, replegado sobre su propio atardecer, mostraba una reticencia cósmica a inundar con su fulgor el embarcadero, la playa, los acantilados, la casa. Desde donde se encontraban todavía era posible creer que nada había cambiado desde la última vez que estuvieron allí. Pensar que la casa en la playa aún les pertenecía, que no estaba ya carcomida por el salitre y el tiempo. Desde allí podían no recordar que ahora, a sus espaldas, se alzaban las tapias despostilladas, y que en el cobertizo de la casa dormitaba el viejo pescador que había accedido a recibirlos por unos días a cambio de una cantidad de dinero que a cualquiera habría parecido exorbitante, pero que para ellos era poca cosa a cambio de sentirse a salvo como hacía años, cuando eran niños y nada más parecía importarles.

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Viaje al centro de la chistera

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Viaje al centro de una chistera

 

El mago temía morir de pulmonía en la cárcel. Esa parecía ser su única preocupación. La verdad, me explicó, soy más frágil de lo que aparento, y un airazo colocado puede convertirse para mí en un cataclismo. ¿Sabía usted que en mi juventud actué en Vladivostok a cuarenta grados bajo cero? ¿No lo sabía? Vaya, es una pena, musitó. Luego pareció pensárselo mejor y dijo que aquello en realidad no tenía por qué ser una pena. ¿Qué más daba que no supiese yo de sus glorias en Siberia o en ningún otro lugar del mundo? Lo que importa, dijo señalando mi libreta, lo que verdaderamente importa es que no se moleste usted ahora en escribir mi historia. ¿Sabe por qué, oficial? Porque no vale la pena, dijo, y se sonrió como si acabara de contar un chiste inédito. Mejor escúcheme, oficial, escúcheme con atención y verá que no es posible plasmar en papel la grandeza de lo que ha ocurrido esta noche, dijo. El hombre estaba convencido de que no había palabras para describir la elocuencia de un acontecimiento como aquel, un acto cuyo alcance estaba ya escrito desde hacía siglos en los astros. Porque así es la magia, dijo. Hace años vi a un mercader chino hacer desaparecer por los aires a un tigre de Bengala. Esa tarde el mercader me enseñó que hacer desaparecer un tigre no tenía mérito si no había quien meditase adónde había ido a parar el tigre. Le confieso, oficial, que en ese momento no lo comprendí, pero días más tarde leí que en un suburbio de Shangai una familia entera había sido destazada por una bestia salvaje. Entonces comprendí que en esto de la magia no hay suerte que no haya sido antes diseñada por el diablo. Usted es demasiado joven para saberlo, oficial, mas créame que hasta en el más obvio truco de naipes florece un germen maligno. En la magia se consagra una transgresión que no por vislumbrada ha de quedar impune. Ya ve usted, dijo el mago, el precio que yo mismo he querido pagar por invertir de una jodida vez los signos de lo que comúnmente consideramos inmutable.

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Galatea en Brighton

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Galatea en Brighton

 

Me tomó algunos meses comprender que Sibhoan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto por cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que este comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras impactan cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que también el anonimato puede ser un deseo velado de la existencia.

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Las entrañas del Turco

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Las entrañas del Turco

 

Me temo que voy tarde para anunciarte el final del Turco. Las malas nuevas corren ahora más aprisa de lo que uno quisiera, y no me extrañaría que el diligente Olsen te hubiese adelantado esta aun antes de que dejasen de humear las cenizas del autómata.

Esta mañana el presidente de un círculo local de ajedrez me propuso rescatar los despojos del Turco con el propósito de darles un entierro digno. La idea me pareció correcta, pero el custodio del Museo Barnum ha hecho lo suyo para disuadirnos: el incendio, asegura, fue tan intenso y prolongado que destruyó inclusive las vísceras metálicas del muñeco, por no hablar de su atuendo, sus extremidades y el hueco templete de madera desde el que tantos grandes maestros dirigieron sus partidas más célebres.

Quiero pensar, querido amigo, que al menos gozaste la corta dicha de saber que al fin habíamos hallado al autómata de Kempelen. Me habría gustado decírtelo en persona, pero me ganó el entusiasmo después de tantos años de creer que el Turco había desaparecido sin remedio. Si envié a Olsen aquel apresurado cablegrama, fue porque no quería perder un instante sin que emprendiésemos los arreglos necesarios para comprar aquel tesoro a los responsables del Museo Barnum. Ahora que el autómata se ha esfumado para siempre, percibo en mi prisa de entonces una suerte de epifanía, la intuición de que esta vez el Turco no duraría lo bastante para permitirnos rehabilitarle. Francamente ignoro cuánto nos habría costado devolverlo a su ser primero. Sin duda habría sido bastante, pues te confieso que el muñeco era poco menos que una ruina cuando lo hallé en los sótanos del museo. Quizá habría sido un despropósito intentarlo, aunque igual lo habríamos hecho por manía o por simples ansias de perpetuar su leyenda. Es como si el autómata o el fantasma del propio Kempelen supiese que lo intentaríamos. Por eso el incendio no deja de parecerme hoy una inapelable orden de ultratumba para que los dejemos descansar en paz.

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