24 relatos
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Guía de ruso para principiantes

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Guía de ruso para principiantes

 

Una mujer que no habla ruso mira el reloj: pronto serán las seis. Hurga en su bolso, reprime una maldición y calla sentada en una banca desde la cual domina una sección considerable del parque. Si hubiese un artilugio para desencriptar taconeos sabríamos que el suyo emite un grito de impaciencia. El código Morse de la desazón trepa sus corvas y escudriña sus muslos bajo una falda estampada de flores verdes, azules, rosas. Sólo ella sabe que la falda fue adquirida hace seis meses en las segundas rebajas de B & T.

Su mirada vuelve a perseguir el minutero. Hace por lo menos una hora que ellos debían haber llegado. Que alguien debía haber llegado. La mujer que no habla ruso gira la cabeza algunos grados en dirección sur-sudeste y examina con mal disimuladas ansias a quienes pasan frente a ella sin reparar en el libro que tiene sobre las piernas. Varias veces la mujer ha intentado sacar algo en claro del título del volumen, y tantas más ha fracasado. Frunce de repente el ceño al recordar al viejo de la librería del Centro de Estudios Soviéticos. Le enerva acordarse de cómo el hombre se ha molestado cuando ella no ha sido capaz de proporcionarle el apellido del autor del libro, menos todavía el de la casa editorial. Creo que sólo tengo el título, ha dicho ella entregándole la tarjeta donde efectivamente viene anotado en cirílico el título del libro. Abajo, en caracteres latinos, se indican el lugar y la hora precisos en que ella habrá de esperar al remitente del mensaje. Una mañana entera de soportar los regaños del maldito viejo. Horas sin cuenta esperando a que revise sus catálogos hasta dar con un volumen que de cualquier modo ella no leerá.

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Tristemente la comedia

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Tristemente la comedia

 

Uno piensa, vacila, se refleja cualquier noche en la luna de su camerino o en la vidriera de un bar, y acaba por reconocer que las certezas que lo sustentaban se han desmoronado. Uno baja ya la guardia ante aquello que hasta hace nada creía sólo un discreto malestar de la edad, un mero presagio, y asume que su existencia no le pertenece más, o peor, que nunca le perteneció del todo. Cuando se queda solo en el antiguo teatro de sus glorias y repasa los signos que ha ido cosechando en estos meses, reconoce la dolorosa progresión de la verdad, la evidencia al fin notoria de que su vida en el teatro ha sido robada, rehecha y finalmente impostada por alguien más diestro o sencillamente más vivo que él. ¿Por qué no lo vio venir? ¿Cómo no se preparó para encajar con dignidad su debacle según se acumulaban en su cuerpo y en su rutina los datos, los destellos que anunciaban la catástrofe? Le molesta reconocer la fragilidad del espejismo en el que ha vivido. Le saca de quicio ese aluvión de cristales rotos, ese trabuco de claridad que sólo para él ha sido estridente, pero que apenas habrá sido un crujido entre su público: esa hueste ingrata que ha aplaudido cada vez con menos entusiasmo, menguando en cada función hasta que han sido menos los rostros ávidos que las butacas vacías. De repente los espectadores y hasta sus colegas comenzaron a parecerle también difusos, algo así como bocetos en una larga comedia donde ahora él mismo tendría que resignarse a desempeñar sólo papeles marginales, diálogos que en cualquier caso se le anudan ya en el diafragma o en esa garganta que va cediendo al carraspeo y la afonía. Antes, cuando podía ser Ricardo III o el tío Vania, llegó a pensar que sus palabras y sus voces de ficción le pertenecían. En cambio hoy siente que su propia voz se le escapa. De improviso se le han ido las frases para ordenar la cena o para inquirir por un libro o un disco, y la memoria comienza a llenársele de huecos. Es como si su propio espíritu se hubiese largado para siempre con el alma de sus personajes más entrañables a cuestas, como si se desvaneciesen todos al caer sucesivo de máscaras empolvadas y maquillajes que de tan usados se han ido deslavando hasta exponer el vacío, el pasmo de un ser vaporizado aunque reacio todavía a disolverse y a ceder paso al usurpador, a ese joven en quien no puede no reconocer la imagen mejorada de sí mismo robándole a su público.

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Síntomas de un mal patibulario

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Síntomas de un mal patibulario

 

Fue él quien instruyó a mi hermano en las artes de matar como Dios manda. En vano busco ahora recordar un solo día de nuestra infancia en que mi padre no subiese hasta la alcoba para explicarle que un verdugo, hijo mío, debe recordar primero que el reo de muerte no es un cerdo sino un hombre culpable. Con el ánimo inflamado e ignorando mi presencia, insistía luego en cuán importante era vigilar que nadie osara nunca llamar víctima a un ahorcado, pues la mera analogía obligaría entonces al verdugo a concebirse como el asesino que no es. Aquellas, afirmaba el viejo hacia el final de sus lecciones, podrían parecer a más de uno indicaciones banales. Pero en esas minucias semánticas, como él solía llamarlas, se jugaba la cordura del verdugo y, con ello, el honor de nuestra estirpe.

Matar era para mi padre lo mismo una obligación que un privilegio. El destino nos había ungido con un don que sólo merecían quienes eran capaces retribuirlo con sangre fría. Quizá por eso el viejo añadía a veces que la parte más difícil del oficio de verdugo está menos en vencer el suelo del cadalso que en saber mantenerse impávido a la hora de observar las aéreas pataletas del ahorcado que desparrama el alma por los genitales. Los demás testigos pueden, si es su gusto, desviar los ojos o apartarse para vaciar la entraña sincopando sus jadeos con los del moribundo. El verdugo, por su parte, está obligado a mantenerse ecuánime en su puesto, aguardando el último suspiro para anunciar al médico del penal que todo está hecho.

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Galatea en Brighton

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Galatea en Brighton

 

Me tomó algunos meses comprender que Sibhoan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto por cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que este comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras impactan cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que también el anonimato puede ser un deseo velado de la existencia.

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Las entrañas del Turco

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Las entrañas del Turco

 

Me temo que voy tarde para anunciarte el final del Turco. Las malas nuevas corren ahora más aprisa de lo que uno quisiera, y no me extrañaría que el diligente Olsen te hubiese adelantado esta aun antes de que dejasen de humear las cenizas del autómata.

Esta mañana el presidente de un círculo local de ajedrez me propuso rescatar los despojos del Turco con el propósito de darles un entierro digno. La idea me pareció correcta, pero el custodio del Museo Barnum ha hecho lo suyo para disuadirnos: el incendio, asegura, fue tan intenso y prolongado que destruyó inclusive las vísceras metálicas del muñeco, por no hablar de su atuendo, sus extremidades y el hueco templete de madera desde el que tantos grandes maestros dirigieron sus partidas más célebres.

Quiero pensar, querido amigo, que al menos gozaste la corta dicha de saber que al fin habíamos hallado al autómata de Kempelen. Me habría gustado decírtelo en persona, pero me ganó el entusiasmo después de tantos años de creer que el Turco había desaparecido sin remedio. Si envié a Olsen aquel apresurado cablegrama, fue porque no quería perder un instante sin que emprendiésemos los arreglos necesarios para comprar aquel tesoro a los responsables del Museo Barnum. Ahora que el autómata se ha esfumado para siempre, percibo en mi prisa de entonces una suerte de epifanía, la intuición de que esta vez el Turco no duraría lo bastante para permitirnos rehabilitarle. Francamente ignoro cuánto nos habría costado devolverlo a su ser primero. Sin duda habría sido bastante, pues te confieso que el muñeco era poco menos que una ruina cuando lo hallé en los sótanos del museo. Quizá habría sido un despropósito intentarlo, aunque igual lo habríamos hecho por manía o por simples ansias de perpetuar su leyenda. Es como si el autómata o el fantasma del propio Kempelen supiese que lo intentaríamos. Por eso el incendio no deja de parecerme hoy una inapelable orden de ultratumba para que los dejemos descansar en paz.

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