24 relatos
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El carcinoma de Siam

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

El carcinoma de Siam

 

Mientras estuvo despierto Cástor pudo constatar cuánto le agradaban los hospitales. Tanto le gustaba hallarse así, amortajado por las luces del quirófano, que todavía se atrevió a pedir a la enfermera una anestesia local: deseaba verlo y sentirlo todo aunque el dolor en el costado lo atormentase aún, quería seguir la intervención sin perder detalle y compartir las bromas negras de los cirujanos, deseaba asistir a la resurrección de su propio cuerpo como lo haría un testigo privilegiado, no así un protagonista. Sabía, sin embargo, que los médicos no accederían a sus ruegos: aquella no sería una operación sencilla ni, como pudo deducir del gesto de la anestesista, un instante para tomarse las cosas a broma. Con todo, al anublársele la vista en el conteo regresivo del letargo, Castor no pudo reprimir la risa que le provocó aquel cosquilleo hacia la inconsciencia: era feliz y estaba en casa, se sentía casi dueño de su cuerpo y sabía que lo sería por completo al despertar, cuando al fin los médicos hubiesen roto el puente de carne que por veinte años lo había unido al cuerpo de su hermano, un cuerpo que hacía nada se había quedado frío como el filo de un bisturí.

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Viaje al centro de la chistera

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Viaje al centro de una chistera

 

El mago temía morir de pulmonía en la cárcel. Esa parecía ser su única preocupación. La verdad, me explicó, soy más frágil de lo que aparento, y un airazo colocado puede convertirse para mí en un cataclismo. ¿Sabía usted que en mi juventud actué en Vladivostok a cuarenta grados bajo cero? ¿No lo sabía? Vaya, es una pena, musitó. Luego pareció pensárselo mejor y dijo que aquello en realidad no tenía por qué ser una pena. ¿Qué más daba que no supiese yo de sus glorias en Siberia o en ningún otro lugar del mundo? Lo que importa, dijo señalando mi libreta, lo que verdaderamente importa es que no se moleste usted ahora en escribir mi historia. ¿Sabe por qué, oficial? Porque no vale la pena, dijo, y se sonrió como si acabara de contar un chiste inédito. Mejor escúcheme, oficial, escúcheme con atención y verá que no es posible plasmar en papel la grandeza de lo que ha ocurrido esta noche, dijo. El hombre estaba convencido de que no había palabras para describir la elocuencia de un acontecimiento como aquel, un acto cuyo alcance estaba ya escrito desde hacía siglos en los astros. Porque así es la magia, dijo. Hace años vi a un mercader chino hacer desaparecer por los aires a un tigre de Bengala. Esa tarde el mercader me enseñó que hacer desaparecer un tigre no tenía mérito si no había quien meditase adónde había ido a parar el tigre. Le confieso, oficial, que en ese momento no lo comprendí, pero días más tarde leí que en un suburbio de Shangai una familia entera había sido destazada por una bestia salvaje. Entonces comprendí que en esto de la magia no hay suerte que no haya sido antes diseñada por el diablo. Usted es demasiado joven para saberlo, oficial, mas créame que hasta en el más obvio truco de naipes florece un germen maligno. En la magia se consagra una transgresión que no por vislumbrada ha de quedar impune. Ya ve usted, dijo el mago, el precio que yo mismo he querido pagar por invertir de una jodida vez los signos de lo que comúnmente consideramos inmutable.

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Las furias de Menlo Park

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Las furias de Menlo Park

 

El primer cargamento se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre algas como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta, estrafalario sueño de fotógrafos marinos y coleccionistas de juguetes que estiman el valor de cada muñeca en poco más de mil trescientos marcos alemanes.

Frente a esa cifra desmedida, se vuelve difícil creer que Edison pagó por ellas poco menos de dos dólares, cantidad que aun entonces se diría irrisoria. En una carta fechada en vísperas del naufragio, el inventor felicita encarecidamente a Bernard Dick, su adelantado en Europa, por el éxito de sus negociaciones con los fabricantes de Nuremberg, y llega incluso a anticipar que, si las muñecas resultan efectivamente adecuadas para su proyecto, las ganancias de esa primera entrega le permitirán muy pronto abrir en Nueva Jersey una fábrica que les ahorre la importación de ejemplares europeos.

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La balada del pollo sin cabeza

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

La balada del pollo sin cabeza

 

¿En qué mal punto el pollo de los hermanos Olsen dejó de ser un pollo para convertirse en otra cosa? Historias así sólo corroboran que en el tirabuzón del tiempo gobierna la casuística del huevo y la gallina, o en este caso, del pollo y su leyenda. Cuando ahora releo mis notas sobre la historia de Mike, el pollo sin cabeza, comprendo mejor que nunca por qué aseguran que la línea de lo narrado es siempre una aporía.

No puedo evitarlo: cada vez que me pregunto cómo acabó esta historia termino por hablar del día en que decapitaron al pollo. Y siempre, también, enmiendo el rumbo: puede ser que aquel día haya sido, en efecto, el día de la muerte del pollo tal cual era, digamos, su final en tanto pollo. Pero con esa muerte, de haber sido otro el orden de las cosas, ninguna historia digna de contarse habría arrancado: el pollo habría sido sólo un ave muerta y anónima, un pollo más o menos comestible, como cualquier otro pollo. Bien vista, la decapitación del ave esa mañana de julio es propiamente un comienzo. Un gran comienzo, hay que decirlo.

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Miranda en Chalons

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Miranda en Chalons

 

Debo a la generosidad de monsieur La Condamine el raro privilegio de haber conocido a Marie-Angélique Le Blanc. El 28 de marzo mi llorado amigo apareció intempestivamente en el Hotel d’Espagne y preguntó si me sentía con ánimos de conversar con la niña salvaje de Chalons. La pregunta era retórica: nuestra correspondencia en los últimos meses no versaba de otra cosa que no fuera la vida de esa pobre mujer y los avatares que de ella contaba madame Hacquet en su pequeña biografía. Desde que tuve aquel librillo en mis manos sentí que la historia de esa muchacha me pertenecía como si hubiese sido escrita y aun vivida expresamente para mí. Así se lo hice saber a La Condamine en una de las cartas que le envié poco antes de partir hacia París. A lo que él, siempre dispuesto a compartir las obsesiones de un colega, me respondió con la firme promesa de allanarme el camino a la causa de mis desvelos.

Para ese entonces mis estudios sobre el origen del lenguaje habían llegado a un punto muerto. Trabajar con primates, idiotas y dementes me había empujado menos a la verdad que a la duda. Me había ahogado en una ciénaga de ideas y sombras que, a mi juicio, sólo se disiparían cuando al fin pudiese hablar con la salvaje de Chalons. La biografía de madame Hacquet era en verdad estremecedora, pero era asimismo insuficiente para desvelar los secretos científicos que encerraba su extravagante relato.

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