24 relatos
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El año de los gatos amurallados

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

El año de los gatos amurallados

 

Sabían que en invierno tendrían que salir por agua. Hasta entonces habían sobrevivido gracias a un goteo que se filtraba por las grietas del túnel principal. A medida que aumentaba el frío en el subterráneo, el goteo había menguado hasta sugerir el nacimiento de una estalactita.

Fue justo esa imagen lo que encendió la hostilidad una tarde en que los cuatro se habían reunido frente a la clepsidra agonizante. Nos quedaremos aquí hasta convertirnos en hielo, sentenció Maida. Los demás mantuvieron la vista en el manchón de humedad. De pronto se desprendió del techo un goterón que había tomado horas en crecer. También Maida lo vio desintegrarse sobre uno de los rieles, también ella anticipó la sequedad de sus gargantas mientras el eco de la gota iba a refugiarse en la oscuridad del túnel, donde sólo el mayido de los gatos sabría responder al estertor del agua. La luz trastabilló en la lámpara de gasolina, Íñigo se inclinó para bombearla. Convencida de que su comentario no pasaría a mayores, Maida aflojó el cuerpo y suspiró.

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Circe en Galápagos

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Circe en Galápagos

 

Rugarza casi agradeció a su mala estrella que la radio del Bolívar estuviese averiada. Le bastaron cuatro segundos de estática para renunciar a la esperanza de comunicarse con el guardacostas. Ahora al menos tenía un pretexto para aplazar la noticia del hallazgo del cadáver y encerrarse en su camarote con la orden de que no lo molestasen hasta amarrar en Gran Baldón. Con un poco de suerte, para entonces el guardacostas y sus gendarmes de tierra estarían ya tan borrachos que dejarían para mañana el papeleo que iba a exigirles aquel asunto. Sólo así los tripulantes del Bolívar tendrían la noche libre para distraer el pasmo que les ahogaba desde que reconocieron la monda calavera de Clarisse Von Heller tomando el sol en la última isla del archipiélago.

El arrullo de la ginebra acompañó a Rugarza mientras redactaba su informe. Al principio las palabras fluyeron como diluidas en una solución salina, luego se endurecieron y finalmente se secaron en la punta de su pluma. Rugarza sintió que la cabeza se le apartaba del cuerpo. No había concluido el primer folio cuando empezó a arrepentirse del tono oficioso con que había descrito la postura del esqueleto, la longitud de la cuerda que lo ligaba al árbol, el calibre del revólver que habían hallado colgando de su cuello y que ahora reposaba en su mesa de trabajo, minúsculo, oxidado, metido en una bolsa de plástico como si en verdad fuese posible encontrar huellas dactilares en un objeto que habría estado por lo menos veinte años expuesto a la intemperie.

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Guía de ruso para principiantes

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Guía de ruso para principiantes

 

Una mujer que no habla ruso mira el reloj: pronto serán las seis. Hurga en su bolso, reprime una maldición y calla sentada en una banca desde la cual domina una sección considerable del parque. Si hubiese un artilugio para desencriptar taconeos sabríamos que el suyo emite un grito de impaciencia. El código Morse de la desazón trepa sus corvas y escudriña sus muslos bajo una falda estampada de flores verdes, azules, rosas. Sólo ella sabe que la falda fue adquirida hace seis meses en las segundas rebajas de B & T.

Su mirada vuelve a perseguir el minutero. Hace por lo menos una hora que ellos debían haber llegado. Que alguien debía haber llegado. La mujer que no habla ruso gira la cabeza algunos grados en dirección sur-sudeste y examina con mal disimuladas ansias a quienes pasan frente a ella sin reparar en el libro que tiene sobre las piernas. Varias veces la mujer ha intentado sacar algo en claro del título del volumen, y tantas más ha fracasado. Frunce de repente el ceño al recordar al viejo de la librería del Centro de Estudios Soviéticos. Le enerva acordarse de cómo el hombre se ha molestado cuando ella no ha sido capaz de proporcionarle el apellido del autor del libro, menos todavía el de la casa editorial. Creo que sólo tengo el título, ha dicho ella entregándole la tarjeta donde efectivamente viene anotado en cirílico el título del libro. Abajo, en caracteres latinos, se indican el lugar y la hora precisos en que ella habrá de esperar al remitente del mensaje. Una mañana entera de soportar los regaños del maldito viejo. Horas sin cuenta esperando a que revise sus catálogos hasta dar con un volumen que de cualquier modo ella no leerá.

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Viaje al centro de la chistera

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Viaje al centro de una chistera

 

El mago temía morir de pulmonía en la cárcel. Esa parecía ser su única preocupación. La verdad, me explicó, soy más frágil de lo que aparento, y un airazo colocado puede convertirse para mí en un cataclismo. ¿Sabía usted que en mi juventud actué en Vladivostok a cuarenta grados bajo cero? ¿No lo sabía? Vaya, es una pena, musitó. Luego pareció pensárselo mejor y dijo que aquello en realidad no tenía por qué ser una pena. ¿Qué más daba que no supiese yo de sus glorias en Siberia o en ningún otro lugar del mundo? Lo que importa, dijo señalando mi libreta, lo que verdaderamente importa es que no se moleste usted ahora en escribir mi historia. ¿Sabe por qué, oficial? Porque no vale la pena, dijo, y se sonrió como si acabara de contar un chiste inédito. Mejor escúcheme, oficial, escúcheme con atención y verá que no es posible plasmar en papel la grandeza de lo que ha ocurrido esta noche, dijo. El hombre estaba convencido de que no había palabras para describir la elocuencia de un acontecimiento como aquel, un acto cuyo alcance estaba ya escrito desde hacía siglos en los astros. Porque así es la magia, dijo. Hace años vi a un mercader chino hacer desaparecer por los aires a un tigre de Bengala. Esa tarde el mercader me enseñó que hacer desaparecer un tigre no tenía mérito si no había quien meditase adónde había ido a parar el tigre. Le confieso, oficial, que en ese momento no lo comprendí, pero días más tarde leí que en un suburbio de Shangai una familia entera había sido destazada por una bestia salvaje. Entonces comprendí que en esto de la magia no hay suerte que no haya sido antes diseñada por el diablo. Usted es demasiado joven para saberlo, oficial, mas créame que hasta en el más obvio truco de naipes florece un germen maligno. En la magia se consagra una transgresión que no por vislumbrada ha de quedar impune. Ya ve usted, dijo el mago, el precio que yo mismo he querido pagar por invertir de una jodida vez los signos de lo que comúnmente consideramos inmutable.

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Como un vago tatuaje

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Como un vago tatuaje

 

Durante años había querido olvidarlos, había intentado deshacerse del recuerdo de esos hombres a quienes había desvelado todos sus secretos y confiado todas sus manías. Sus reuniones clandestinas y sus contraseñas demasiado obvias, su altanería bajo el disfraz o entre la lluvia, la templanza monacal con que esa torpe cofradía maquillaba su afición a la violencia y al ideal que acabaría por perderlos.

La última vez que supo de ellos, Ylia Borcan había jurado no volver a verlos. Creyó exiliarlos de su memoria y se habituó a no temer ni esperar noticias suyas. Desde entonces su vida había adquirido un ritmo algodonado, y su voluntad de olvido le había vuelto indiferente a la arbitrariedad de la dictadura. En el tiempo que llevaba sin saber nada de sus camaradas, Borcan creía haber alcanzado ese punto de la existencia donde no queda nada que esperar ni nada de lo cual arrepentirse. Cada mañana, cuando se dirigía a la Biblioteca Central, caminaba como en sueños e imprecaba a los archivistas que trabajaban a su cargo con un celo que le causaba franca aversión. Pensaba en ellos y el estómago le daba un vuelco. Recitaba de memoria sus nombres, sus espléndidos promedios en el concurso de oposición, y entre tanto se convencía de que todo aquello era sólo un simulacro para ocultar la sumisión de las nuevas generaciones a la dictadura, que era para ellos la única forma admisible de existencia. Con gusto Borcan los habría despedido a todos para quedarse finalmente solo, encerrado en la sección de incunables, manipulando la cámara de nitrógeno como un científico loco en una mala película de mutantes. Con frecuencia imaginaba que aquella hueste de ineptos era arrasada por uno de esos hongos que pululan en el papel y de los cuales ellos mismos hablaban con terror como la única dictadura de la que era prudente protegerse. Borcan creía que sólo un milagro podría librarle del ingrato deber de imaginar tareas que ellos ya habrían cumplido a la perfección: no por nada eran profesionales y vestían como tales, con chaquetones de pana, las manos limpias, el pelo cortado al ras para disimular calvicies parecidas a las del Señor Presidente. Más de uno de sus jóvenes colegas se había hecho operar los ojos en clínicas tan especializadas como ellos, aunque igual usaban gafas diminutas para escudriñar los libros que les devolvían los lectores de aspecto más sospechoso. Lucían corbatines de moño de cuyo anacronismo se envanecían por ser el último grito de la moda, usaban paraguas con emblemas del partido, tomaban un café improbable que llevaban en termos de color eléctrico, y al beberlo en sus descansos miraban con desprecio a Borcan porque era evidente que este llevaba aún puesto el sargazo del whisky, el último o el primero del día, según se viera, porque Ylia Borcan, el viejo y lamentable Borcan, a veces leía hasta tarde en su buhardilla, se quedaba dormido e irremediablemente era el último en llegar al trabajo, desaliñado, rebuscando en su memoria una cita en latín, navegando en una resaca que ni el café de los turcos, bebido aprisa a la vuelta de la esquina, lograba despejarle.

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