24 relatos
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Síntomas de un mal patibulario

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Síntomas de un mal patibulario

 

Fue él quien instruyó a mi hermano en las artes de matar como Dios manda. En vano busco ahora recordar un solo día de nuestra infancia en que mi padre no subiese hasta la alcoba para explicarle que un verdugo, hijo mío, debe recordar primero que el reo de muerte no es un cerdo sino un hombre culpable. Con el ánimo inflamado e ignorando mi presencia, insistía luego en cuán importante era vigilar que nadie osara nunca llamar víctima a un ahorcado, pues la mera analogía obligaría entonces al verdugo a concebirse como el asesino que no es. Aquellas, afirmaba el viejo hacia el final de sus lecciones, podrían parecer a más de uno indicaciones banales. Pero en esas minucias semánticas, como él solía llamarlas, se jugaba la cordura del verdugo y, con ello, el honor de nuestra estirpe.

Matar era para mi padre lo mismo una obligación que un privilegio. El destino nos había ungido con un don que sólo merecían quienes eran capaces retribuirlo con sangre fría. Quizá por eso el viejo añadía a veces que la parte más difícil del oficio de verdugo está menos en vencer el suelo del cadalso que en saber mantenerse impávido a la hora de observar las aéreas pataletas del ahorcado que desparrama el alma por los genitales. Los demás testigos pueden, si es su gusto, desviar los ojos o apartarse para vaciar la entraña sincopando sus jadeos con los del moribundo. El verdugo, por su parte, está obligado a mantenerse ecuánime en su puesto, aguardando el último suspiro para anunciar al médico del penal que todo está hecho.

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Las entrañas del Turco

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Las entrañas del Turco

 

Me temo que voy tarde para anunciarte el final del Turco. Las malas nuevas corren ahora más aprisa de lo que uno quisiera, y no me extrañaría que el diligente Olsen te hubiese adelantado esta aun antes de que dejasen de humear las cenizas del autómata.

Esta mañana el presidente de un círculo local de ajedrez me propuso rescatar los despojos del Turco con el propósito de darles un entierro digno. La idea me pareció correcta, pero el custodio del Museo Barnum ha hecho lo suyo para disuadirnos: el incendio, asegura, fue tan intenso y prolongado que destruyó inclusive las vísceras metálicas del muñeco, por no hablar de su atuendo, sus extremidades y el hueco templete de madera desde el que tantos grandes maestros dirigieron sus partidas más célebres.

Quiero pensar, querido amigo, que al menos gozaste la corta dicha de saber que al fin habíamos hallado al autómata de Kempelen. Me habría gustado decírtelo en persona, pero me ganó el entusiasmo después de tantos años de creer que el Turco había desaparecido sin remedio. Si envié a Olsen aquel apresurado cablegrama, fue porque no quería perder un instante sin que emprendiésemos los arreglos necesarios para comprar aquel tesoro a los responsables del Museo Barnum. Ahora que el autómata se ha esfumado para siempre, percibo en mi prisa de entonces una suerte de epifanía, la intuición de que esta vez el Turco no duraría lo bastante para permitirnos rehabilitarle. Francamente ignoro cuánto nos habría costado devolverlo a su ser primero. Sin duda habría sido bastante, pues te confieso que el muñeco era poco menos que una ruina cuando lo hallé en los sótanos del museo. Quizá habría sido un despropósito intentarlo, aunque igual lo habríamos hecho por manía o por simples ansias de perpetuar su leyenda. Es como si el autómata o el fantasma del propio Kempelen supiese que lo intentaríamos. Por eso el incendio no deja de parecerme hoy una inapelable orden de ultratumba para que los dejemos descansar en paz.

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Antes del hambre de las hienas

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Antes del hambre de las hienas

 

Antes vendrán ellos. Llegarán al alba, en un momento escrupulosamente calculado para que los gritos rasguen el borde de la noche, pero que sea ya de día cuando saquen a la mujer de su casa. Entonces el barrio entero asistirá al obsceno espectáculo de su cabellera larguísima, manchada ya por la sangre que le habrá dejado el primer golpe de la jornada. Un golpe nunca fatal, también calculado para apenas conseguir la elocuencia del castigo merecido. Verán su pelo y pensarán con morbo que así debió de verlo y desearlo y besarlo el causante de esa falta imperdonable. Olerán la sangre y enseguida correrán por piedras para ser los primeros en llegar al arrabal de las ejecuciones. Hambrientos, dejarán que los guardias entierren a la adúltera hasta el cuello. Y sudarán de ansia mientras esperan la señal para destrozar como es debido el frágil cráneo encapuchado.

Pero antes, mucho antes, habrán estado ellas, reunidas cada jueves en casa de la Señora, quien empezó a reclutarlas en verano, poco después de la ejecución de la más soberbia de sus nueras. Acudieron al principio sus hijas, su cuñada, sus otras nueras. Se reunieron aduciendo su derecho al duelo por el alma de la pecadora ajusticiada. Los hombres las dejaron hacer. Al cabo de un tiempo seguían reuniéndose, y hasta la mujer del juez acabó por sumarse a ellas con el aval de su marido. La Señora las recibía de negro, les servía infusiones de amaranto con canela, las sentaba en el suelo hasta que pasaban de doce. Entonces comenzaban los rezos. Terminada la Oración de la Clemencia, la anfitriona reiniciaba el entrenamiento: una a una las pasaba al patio, les mostraba un montón de piedras como puños y les pedía que eligieran una ponderando bien su forma, su peso, sus aristas, la potencia destructiva de esa pieza mineral que, en sus manos, había de convertirse en instrumento de justicia y aniquilación. Un solo golpe debía bastar, insistía la Señora. Una sola piedra, un solo disparo. Sin opción de réplica, sin tardanza ni titubeos. Era por ello indispensable que cada una eligiese el proyectil idóneo, y era también preciso que lo incorporasen a sus cuerpos y a sus rutinas como si gestasen un hijo o conviviesen con un tumor mortífero. Había que estar siempre alerta y afinar la puntería. Pero ante todo era esencial amar a la piedra, cargar con ella en el mercado, en los corrillos y hasta en la alcoba, donde las más devotas de la Señora levantaron a sus piedras altares como el guerrero que vela la espada con la cual defenderá su honor y el de los suyos.

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El carcinoma de Siam

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El carcinoma de Siam

 

Mientras estuvo despierto Cástor pudo constatar cuánto le agradaban los hospitales. Tanto le gustaba hallarse así, amortajado por las luces del quirófano, que todavía se atrevió a pedir a la enfermera una anestesia local: deseaba verlo y sentirlo todo aunque el dolor en el costado lo atormentase aún, quería seguir la intervención sin perder detalle y compartir las bromas negras de los cirujanos, deseaba asistir a la resurrección de su propio cuerpo como lo haría un testigo privilegiado, no así un protagonista. Sabía, sin embargo, que los médicos no accederían a sus ruegos: aquella no sería una operación sencilla ni, como pudo deducir del gesto de la anestesista, un instante para tomarse las cosas a broma. Con todo, al anublársele la vista en el conteo regresivo del letargo, Castor no pudo reprimir la risa que le provocó aquel cosquilleo hacia la inconsciencia: era feliz y estaba en casa, se sentía casi dueño de su cuerpo y sabía que lo sería por completo al despertar, cuando al fin los médicos hubiesen roto el puente de carne que por veinte años lo había unido al cuerpo de su hermano, un cuerpo que hacía nada se había quedado frío como el filo de un bisturí.

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Of Mice and Girls

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Of Mice and Girls

 

Me encantaría recordar Pigalle como si no hubiese vivido ahí, como si todo en ese barrio lúbrico hubiese desfilado ante el hombre que no fui entonces pero que secretamente ansiaba ser: un nómada hechizo, un turista lascivo, armado con una cámara fotográfica y los bolsillos henchidos de dinero para prodigarlo entre la multitud de descastados que en realidad fueron por un tiempo mis vecinos, mis amigos o incluso mis amantes. A muchos de ellos los veía de noche convertidos en reinas de la penumbra citadina y los hallaba al día siguiente en su implacable realidad de tornaboda: desmaquillados, ojerosos, curando su vampirismo en La Sirene, un cafetín de mala sombra regentsado por un inmenso gascón llamado Armagnac a quien todos apodaban crípticamente Deux Mains. Con semejante clientela, no era raro que aquel sitio fuese nido de todo tipo de escándalos, interrogatorios y exabruptos policíacos que acababan siempre con un cierre que duraba apenas dos días. Al tercer día, el implacable Deux Mains resucitaba de entre los presos para albergar de nuevo a su cohorte de putas, dealers, chulos y travestidos que acudían a La Sirene con una asiduidad tan sospechosa como la pronta excarcelación de su dueño.

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