24 relatos
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El carcinoma de Siam

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

El carcinoma de Siam

 

Mientras estuvo despierto Cástor pudo constatar cuánto le agradaban los hospitales. Tanto le gustaba hallarse así, amortajado por las luces del quirófano, que todavía se atrevió a pedir a la enfermera una anestesia local: deseaba verlo y sentirlo todo aunque el dolor en el costado lo atormentase aún, quería seguir la intervención sin perder detalle y compartir las bromas negras de los cirujanos, deseaba asistir a la resurrección de su propio cuerpo como lo haría un testigo privilegiado, no así un protagonista. Sabía, sin embargo, que los médicos no accederían a sus ruegos: aquella no sería una operación sencilla ni, como pudo deducir del gesto de la anestesista, un instante para tomarse las cosas a broma. Con todo, al anublársele la vista en el conteo regresivo del letargo, Castor no pudo reprimir la risa que le provocó aquel cosquilleo hacia la inconsciencia: era feliz y estaba en casa, se sentía casi dueño de su cuerpo y sabía que lo sería por completo al despertar, cuando al fin los médicos hubiesen roto el puente de carne que por veinte años lo había unido al cuerpo de su hermano, un cuerpo que hacía nada se había quedado frío como el filo de un bisturí.

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Los anacrónicos

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Los anacrónicos

 

Hablaban de la guerra como si no la hubiesen perdido hacía más de treinta años. Y como si aún pudieran ganarla. Remembraban las tragedias de esos tiempos con tanto ardor como la de ayer mismo, y el suicidio reciente del alférez Bautista adquiría en sus conversaciones el relumbrón de una tragedia tan vieja como ellos. De pronto esa muerte parecía también una farsa, una mascarada idéntica a nuestra conmemoración anual de la batalla del Zurco, con su aire de efeméride escolar bañada en sangre de apilex y cañoneada con cohetones comprados donde los chinos. Se mató como un valiente, dijo el capitán Margules cuando entró renqueando en el café de mi padre. Sus camaradas asintieron al unísono como si la sentencia fuese una orden incuestionable. Pero el resto de los presentes no acabábamos de creer lo que estaba ocurriendo. ¿No habríamos tenido que oír el disparo quienes vivíamos cerca de la casa del alférez? ¿Por qué había de matarse nadie a su edad? ¿No lo habíamos visto la víspera, charlando con los veteranos en su eterno banco de la plaza, afinando con ellos los últimos detalles de la celebración de la batalla del Zurco?

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Pesca de rojo y cielo

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Pesca de rojo y cielo

 

Madre se está muriendo, dijo ella de repente, y su voz resonó diáfana en el aire, desprovista casi de emoción, ajena a la que veinte años atrás usaba para despertarlo a él desde la litera superior y contarle sueños que rara vez tenían que ver con sus padres, no digamos con la muerte. La vi el martes y ya no pudo reconocerme, añadió, ahora en un tono más severo, convencida ya de que el mejor momento para decir que alguien querido va a morir es cuando menos viene al caso, y cuando el otro no se lo espera. O cuando entendemos que nunca habrá un instante propicio para anunciar algo así, o simplemente porque de pronto el otro nos parece inaceptablemente dichoso, demasiado absorto en pensamientos amables que no logramos descifrar, complacido en la imponencia de un ocaso como aquel, tan nítido que a ella se le vino encima de improviso y necesitó decir algo fatal para no asfixiarse.

Pero ¿asfixiarse de qué, si llevaban tres días inmersos en algo muy parecido a la felicidad? Fue eso, se diría ella más tarde. Fue que la dicha y la belleza también ahogan. A esa hora el mar había adquirido una consistencia vaporosa, como si un ser inmaterial cobijase a las olas para descansarlas de las hostilidades del sol. El cielo, replegado sobre su propio atardecer, mostraba una reticencia cósmica a inundar con su fulgor el embarcadero, la playa, los acantilados, la casa. Desde donde se encontraban todavía era posible creer que nada había cambiado desde la última vez que estuvieron allí. Pensar que la casa en la playa aún les pertenecía, que no estaba ya carcomida por el salitre y el tiempo. Desde allí podían no recordar que ahora, a sus espaldas, se alzaban las tapias despostilladas, y que en el cobertizo de la casa dormitaba el viejo pescador que había accedido a recibirlos por unos días a cambio de una cantidad de dinero que a cualquiera habría parecido exorbitante, pero que para ellos era poca cosa a cambio de sentirse a salvo como hacía años, cuando eran niños y nada más parecía importarles.

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Miranda en Chalons

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Miranda en Chalons

 

Debo a la generosidad de monsieur La Condamine el raro privilegio de haber conocido a Marie-Angélique Le Blanc. El 28 de marzo mi llorado amigo apareció intempestivamente en el Hotel d’Espagne y preguntó si me sentía con ánimos de conversar con la niña salvaje de Chalons. La pregunta era retórica: nuestra correspondencia en los últimos meses no versaba de otra cosa que no fuera la vida de esa pobre mujer y los avatares que de ella contaba madame Hacquet en su pequeña biografía. Desde que tuve aquel librillo en mis manos sentí que la historia de esa muchacha me pertenecía como si hubiese sido escrita y aun vivida expresamente para mí. Así se lo hice saber a La Condamine en una de las cartas que le envié poco antes de partir hacia París. A lo que él, siempre dispuesto a compartir las obsesiones de un colega, me respondió con la firme promesa de allanarme el camino a la causa de mis desvelos.

Para ese entonces mis estudios sobre el origen del lenguaje habían llegado a un punto muerto. Trabajar con primates, idiotas y dementes me había empujado menos a la verdad que a la duda. Me había ahogado en una ciénaga de ideas y sombras que, a mi juicio, sólo se disiparían cuando al fin pudiese hablar con la salvaje de Chalons. La biografía de madame Hacquet era en verdad estremecedora, pero era asimismo insuficiente para desvelar los secretos científicos que encerraba su extravagante relato.

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Antes del hambre de las hienas

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Antes del hambre de las hienas

 

Antes vendrán ellos. Llegarán al alba, en un momento escrupulosamente calculado para que los gritos rasguen el borde de la noche, pero que sea ya de día cuando saquen a la mujer de su casa. Entonces el barrio entero asistirá al obsceno espectáculo de su cabellera larguísima, manchada ya por la sangre que le habrá dejado el primer golpe de la jornada. Un golpe nunca fatal, también calculado para apenas conseguir la elocuencia del castigo merecido. Verán su pelo y pensarán con morbo que así debió de verlo y desearlo y besarlo el causante de esa falta imperdonable. Olerán la sangre y enseguida correrán por piedras para ser los primeros en llegar al arrabal de las ejecuciones. Hambrientos, dejarán que los guardias entierren a la adúltera hasta el cuello. Y sudarán de ansia mientras esperan la señal para destrozar como es debido el frágil cráneo encapuchado.

Pero antes, mucho antes, habrán estado ellas, reunidas cada jueves en casa de la Señora, quien empezó a reclutarlas en verano, poco después de la ejecución de la más soberbia de sus nueras. Acudieron al principio sus hijas, su cuñada, sus otras nueras. Se reunieron aduciendo su derecho al duelo por el alma de la pecadora ajusticiada. Los hombres las dejaron hacer. Al cabo de un tiempo seguían reuniéndose, y hasta la mujer del juez acabó por sumarse a ellas con el aval de su marido. La Señora las recibía de negro, les servía infusiones de amaranto con canela, las sentaba en el suelo hasta que pasaban de doce. Entonces comenzaban los rezos. Terminada la Oración de la Clemencia, la anfitriona reiniciaba el entrenamiento: una a una las pasaba al patio, les mostraba un montón de piedras como puños y les pedía que eligieran una ponderando bien su forma, su peso, sus aristas, la potencia destructiva de esa pieza mineral que, en sus manos, había de convertirse en instrumento de justicia y aniquilación. Un solo golpe debía bastar, insistía la Señora. Una sola piedra, un solo disparo. Sin opción de réplica, sin tardanza ni titubeos. Era por ello indispensable que cada una eligiese el proyectil idóneo, y era también preciso que lo incorporasen a sus cuerpos y a sus rutinas como si gestasen un hijo o conviviesen con un tumor mortífero. Había que estar siempre alerta y afinar la puntería. Pero ante todo era esencial amar a la piedra, cargar con ella en el mercado, en los corrillos y hasta en la alcoba, donde las más devotas de la Señora levantaron a sus piedras altares como el guerrero que vela la espada con la cual defenderá su honor y el de los suyos.

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