124 relatos
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Los glúteos de Afrodita

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Los glúteos de Afrodita

 

Para Álvaro Salvador y Pepa Merlo

 

No es que uno crea que broncearse bajo el sol durante horas, quieto y sin hacer nada –nada aparte de broncearse–, sea poca cosa. A ver si me explico, a ver. Se trataría de un problema de concepto: digamos que resulta demasiado elemental acostarse en la arena así, sin más, dedicándose a un sol que de cualquier manera brilla para todos (y no hablo de igualdad, porque al fin y al cabo hay quien puede y quien no puede comprar trajes de baño, cremas protectoras y after sun, ojito), quiero decir, a ver si me explico, que sería posible volver más complejo ese tiempo, multiplicarlo de algún modo. Porque cada lugar –cada minuto, carajo– es único e irrepetible, ¿o no?

Quizá todo esto a alguien, lo comprendo, a priori le parezca un poco enrevesado, al fin y al cabo hablamos de broncearse encima de una toalla. Pero intento describir –fundamentar, más bien– mi situación aquella tarde, solo eso. Yo me hallaba acostado bajo el sol, con unas gafas oscuras que me hacían transpirar jodidamente el entrecejo (como es natural, aquí podría haber empleado cualquier otro adverbio llamémoslo más académico o etimológico, aunque sin duda mucho menos expresivo), entonces yo acostado y el sudor entre los ojos, la arena blanca y gruesa de as praias galegas, el sorbo del Atlántico llegando y yéndose como un recuerdo... Pero, ¡ojito!, a ver si me explico bien, yo estaba acostado mientras, el asunto trascendía lo banal puesto que al mismo tiempo yo leía, ah, c’est la différence! Y por supuesto no me refería necesariamente a eso, quien dice leer, dice por ejemplo escuchar ópera, completar crucigramas en idiomas extranjeros, calcular raíces cuadradas, cualquier cosa. El asunto es que tempus fugit y todo lo demás, y uno cómo demonios va a pasarse ahí la tarde entera deshidratándose como una momia, como un pez en la orilla toda la jodida (aunque sin duda mucho menos expresivo, etcétera) la jodida tarde entera. Y no sé si resulta que no me explico bien o qué.

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Medium 9788483935156

Ars volandi

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Ars volandi

 

A Sonia Fernández Hoyos

 

Efectivamente, he aprendido a volar.

Es de suponer que las personas sensatas como ustedes pensarán: otro pesado más que intenta convencernos. Y se temerán: ahora tendremos que soportar el cuento del hombre-pájaro o algo peor, con los tiempos que corren, habráse visto. Aunque las cosas no son lo que parecen. Y tampoco hay tanta gente sensata por ahí.

Con toda franqueza, no imaginan ustedes cuánto lamento que antes de mí hubiera tal cantidad de impostores, vendedores de hadas, más de un ingenuo o simples mentirosos que pretendieran engañarlos contándoles que volaban. Sus reparos conmigo son legítimos. De veras. Pero mi caso es diferente. Y como sé que ustedes saben distinguir la verdad de la mentira, me dispondré a explicarles sin rodeos en qué consiste mi modesto sistema.

Busco un corredor extenso –un parque desierto, una terraza, un jardín espacioso, eso no es lo importante– y me concentro en la lejanía. La concentración sí es importante. Sereno mi respiración hasta que dejo de notarla. Relajo cada músculo y en especial los brazos y la zona abdominal. Me inclino para tomar impulso e inicio una potente carrera –para la que, como es natural, se requiere cierto estado físico– que finaliza cuando, con una rapidez lo más exenta posible de brusquedad, despliego las extremidades superiores y agito al mismo tiempo hombros y antebrazos. Deben ustedes saber que, una vez elevado el cuerpo uno o dos metros por encima del suelo, el resto es la cosa más sencilla del mundo: como nadar plácidamente en las alturas. A partir de aquí, el esfuerzo es mínimo. Las corrientes de aire empujan mi cuerpo, y mi única misión es prever y administrar correctamente su dirección.

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Medium 9788483935149

Monólogo de Napoleón

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Monólogo de Napoleón

 

Duermo a menudo en hoteles, o mejor dicho no duermo. Unos meses atrás, me gustaría recordar exactamente cuándo, en recepción me ofrecieron una pluma de oro para estampar mi firma y, si tenía yo la gentileza, anotar una frase, un saludo, cualquier cosa. Empuñé la pluma con cierta parsimonia, dándome aires, no tanto por verdadera presunción como porque, sinceramente, no se me ocurría nada, tenía sueño, duermo mal, y trataba de ganar tiempo. Los recepcionistas percibieron mi incomodidad y se deslizaron con discreción para dejarme solo frente al libro de visitas. Yo aproveché la circunstancia para hojear las dedicatorias anteriores e inspirarme un poco. Así fue como, en la última página, encontré la siguiente nota:

«Escándalo en el bar. Una copa de brandy a ese precio, aunque se trate de un Napoleón Gran Reserva, es una estafa. La mezquindad también se paga. Y, tarde o temprano, es mal negocio. Atentamente, N. N.».

Me extrañó que semejante protesta figurase en el libro de visitas y no en el de reclamaciones. Quizás el individuo que la firmaba había decidido, en venganza, dejarla a la vista de las personalidades que pasaran por el hotel. Lo cierto es que aquella nota me ofuscó un poco, no sé muy bien por qué, y me impidió concentrarme en lo que debía escribir. Después de varios minutos de inútil espera, me limité a estampar mi autógrafo con mi nombre debajo en letras mayúsculas. Cerré el libro, les sonreí a los recepcionistas, llamé a mi escolta y me retiré a mi habitación.

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Medium 9788483935132

El oro de los ciegos

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El oro de los ciegos

 

Voy a causar un tigre.

Borges

 

A Roberto Bolaño, con memoria felina

 

Hacía una tarde de esas que algunos cursis llaman cóncavas. El sol de las siete mostraba cierta querencia por permanecer sobre las cosas, hundiéndose en el patio de la Fundación. Estábamos preparados. Todo había sido calculado con exactitud. Era la primera ocasión y, muy probablemente, la última que se nos presentaría. Nos había llevado meses obtener su compromiso, convencer a su madre, recibir la tardía confirmación, disponer cada detalle. Era una tarde cóncava, si quieren, del año sesenta y uno. Nos calentaba un sol pequeño y la proximidad de la sorpresa. Esperábamos a Borges.

La Fundación tenía su sede en la calle Defensa, un poco antes de llegar a la avenida San Juan. El barrio de San Telmo entonces no era lo que es hoy: los turistas acudían más furtivos, menos numerosos. Nos habían concedido la licencia para instalarnos en un antiguo caserón de habitaciones húmedas y muros encalados que había pertenecido a una familia de criollos acomodados y, más tarde, a un matrimonio inglés con dudosos comercios en el puerto. Borges estaba contento, o eso decía: acababa de publicar El Hacedor y los peronistas estaban proscritos. Había prometido llegar a las siete en punto, aunque no estaba previsto que la charla diera comienzo hasta media hora después. A los vecinos les costaba esperar sentados. Todos estaban al tanto de lo que íbamos a hacer. Los organizadores disimulábamos la ansiedad alineando las sillas y haciendo bromas subidas de tono. Sé que suena raro: esperábamos a Borges contándonos chistes verdes. Irma Moguilevsky se había puesto una blusa con bastante escote y una falda poco prudente. Para alegrarlo al maestro, me había dicho al entrar. Borges es ciego, Irmita, tuve que informarla. ¿Pero y entonces?, había preguntado ella, entre decepcionada y confusa. No te aflijas, Irmita, y hacé como dijimos, suspiré.

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Medium 9788483935149

Conversación en los urinarios

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Conversación en los urinarios

 

–Si vuelves a mirarme, te parto la cabeza.

–¿Perdone, caballero?

–Que si vuelves a mirarme mientras meo, no te vas a acordar ni de tu nombre.

–Perdone, pero creo que se confunde.

–Aquí el que se confunde eres tú, cretino. He visto cómo me mirabas de reojo. Y yo no soy de esos.

–Me da igual de cuáles seas.

–Ah, ¿ahora de pronto me tuteas? ¿Por qué?, ¿porque te gusta mirarme?

–Te tuteo porque eres un maleducado. Y para mirar, que lo sepas, no se pide permiso. Uno mira y ya está. Lo hacemos todos los días con las mujeres. Pero parece que algunos machitos se ponen nerviosos si alguien les hace lo mismo.

–¿Me estás llamando machito?

–Para nada, para nada. Hablaba en general.

–¿Me estás tomando el pelo?

–Si te estuviera haciendo algo en el pelo, entonces sí que me habrías partido la cabeza.

–Oye, ¿eres imbécil?

–Ahora sí que te estaba tomando el pelo. En fin, la cuestión es esa. Hay que aceptar que nos hagan lo mismo que hacemos nosotros.

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