124 relatos
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El pulso

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El pulso

 

Lo peor ya ha pasado. Ahora estoy tranquilo. Lisandro acaba de traerme una taza de té con leche y me ha preguntado si me encuentro bien. Yo he asentido mientras la mano caliente y larga del líquido me recorría el pecho y se asentaba en el estómago. Empiezo a tener sueño. Lisandro se demora exquisitamente en hacer cada cosa, me cuida con su único brazo mejor de lo que nadie podría hacerlo. Le estoy muy agradecido. Sólo nos queda esperar a que me recupere para que todo vuelva a ser como solía: a nosotros nos tocaba poner el insomnio, y la noche y el vino ponían las luces.

Vista desde ahora, aquella madrugada nos advirtió de la desgracia con todas las señales posibles, pero estábamos demasiado seguros de nosotros mismos como para detenernos en esos detalles. No se puede negar que la luna giraba como un disco frenético, o que el aire frío de la Plaza Nueva era más hostil de lo acostumbrado, demasiado cortante para ser agosto. Lisandro caminaba escondiendo el mentón entre las solapas de su gabán, dejando que el humo del cigarrillo se confundiera con el vaho de su respiración como lo haría un gas benigno con otro letal. Yo llevaba puesta mi bufanda gris, y respiraba un olor a lana transpirada. Incluso sin tanto alcohol en la conciencia, habría resultado difícil ver algún mensaje en las sombras que ocultaban los bustos de las cariátides y les daban el aspecto de figuras degolladas. Pasamos junto a la Chancillería y, como siempre, enfilamos la Carrera del Darro. Pese a su pobre cauce, el río sonaba con un raro vigor entre el barro y las piedras. Nosotros, sin embargo, apenas le prestamos atención a estos augurios. Con la premura del frío y la sed, dábamos rápidas zancadas y mirábamos el empedrado. No había casi nadie, aparte de algún alemán o inglés borracho, una pareja a punto de pelearse, una o dos motos, los mendigos de costumbre. Le pregunté a Lisandro si tenía hambre. Él me contestó que no, aunque podíamos pedir un bocata en algún sitio si yo tenía ganas, y me repitió que él no tenía ningún apetito. Yo comprendí y le dije que si no tenía dinero no se preocupara, que yo no consentiría que se quedase sin cenar. Entonces Lisandro me preguntó si quería fumarme su último cigarrillo.

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Anabela y el peñón

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Anabela y el peñón

 

¿Quién se atreve a nadar hasta El Cerrito?, preguntó Anabela con cara de, no sé, de algo mojado y muy luminoso. Me imagino una galleta del tamaño del sol, una galleta enorme hundiéndose en el mar. Un poco de eso tenía cara Anabela cuando nos lo preguntó.

¿Nadie se atreve?, insistió ella, pero ya no puedo decir qué cara puso porque la vista se me fue más abajo. Su traje de baño era verde, verde como, no sé, ahora no se me ocurre ningún ejemplo. Era un verde clarito y los triángulos de arriba pinchaban un poco por el centro. Anabela siempre se reía de nosotros. Y tenía derecho, porque nos llevaba dos años o a lo mejor tres, era casi una mujer y nosotros, bueno, nosotros le mirábamos la parte de arriba del traje de baño. Valía la pena que ella se riese, porque sus hombros subían y bajaban y la tela verde clarita se le movía también por adentro.

Como nadie contestó, Anabela se cruzó de brazos. Y eso fue lo malo, porque ya no se vio nada y tuvimos que mirarnos entre nosotros y notar nuestras caras de miedo al mar y de rabia por no poder estar a la altura de Anabela. Una altura, no sé, de olas con mucho viento, como las que los chicos mayores recorrían con sus tablas, y entonces nos dábamos cuenta de que solamente uno de ellos podría hacer feliz a Anabela. Pero ella nunca les prestaba atención, y eso nos desconcertaba todavía más.

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Ringo Mentón de Seda

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Ringo Mentón de Seda

 

A Enrique Vila-Matas, por guapo

 

Porque el tiempo es feroz y te noquea, pocos son ya capaces de evocar al asombroso Ringo Mentón de Seda Durán, acaso nuestro más notable púgil de la primera mitad de siglo. Siempre de indumentaria blanca, Ringo se vanagloriaba de acabar los combates con el calzón impoluto. Aunque los más memoriosos hayamos conocido a dos o tres pegadores más expeditivos, es probable que nadie, en ningún cuadrilátero del mundo, vuelva a encontrarse nunca con un campeón más bello.

Los incondicionales de Ringo sabíamos muy bien cuál era su punto débil. Y, como todos los invictos, él era el único que se empeñaba en ignorarlo. Muchacho, esa carita será tu perdición, solía advertirle su entrenador de entonces, el malogrado Moncho Látigo Brascia, un fajador de los de siempre, que se desesperaba ante las sensuales danzas que Ringo ejecutaba alrededor de sus rivales antes de tumbarlos con una veloz combinación. Nadie entendía muy bien aquello. El público se impacientaba. Los jueces se ofendían. Los periodistas se miraban, confusos. Nuestras novias se enamoraban. Mientras tanto, esquivando golpes, el coqueto campeón se dedicaba a revolotear graciosamente por el cuadrilátero, a enderezarse el calzón, a acomodarse el peinado con los guantes y a asegurarse de que no sangraba, hasta que decidía que por fin había llegado el momento de regresar a la ducha. Entonces liberaba su cañón izquierdo y asunto concluido: su contrincante quedaba tendido boca arriba. Ringo sonreía a las cámaras. Este cretino me ha salido maricón, se quejaba el recio Brascia mientras acompañaba a los vestuarios a su pupilo, que desaparecía saludando, peinado a la gomina, con su levísimo mentón bien alto.

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Madame Nené

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Madame Nené

 

Sin dejar de caminar, Josema miró hacia abajo y se encontró con el azul de su pantalón de gimnasia. Vistas desde arriba sus piernas le parecieron demasiado gruesas, como si fueran de otro. También notó que el agujero de sus zapatillas se había abierto un poco más: recordó el vértigo de aquella jugada, durante el recreo. Los dos más bestias de la clase acercándose al área. La pelota de plástico anaranjado en tierra de nadie, justo a medio camino, botando ligeramente. Y él, debajo del travesaño, deseando evaporarse. Pero había un prestigio que defender. Todos los de su equipo le gritaban que se tirase al suelo o despejara, que si mándala a un lateral, que si métele un patadón, que si esto o lo otro. No debía cagarse por nada en el mundo. Estaba completamente cagado. Dio un paso hacia atrás para tomar impulso, entrecerró los ojos, apretó los labios, arrugó la frente y se lanzó hacia los dos bestias de la clase, que ya alcanzaban la pelota. El choque fue terrible. Por un momento Josema pensó que se había muerto, pero cuando levantó la cabeza vio cómo todos llegaban para felicitarlo y lo ayudaban a levantarse. Entonces, mientras comprobaba que todos sus miembros seguían unidos al tronco, se dio cuenta de que el calcetín le asomaba por la punta de su zapatilla derecha.

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Jingle bells

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Jingle bells

 

A Pablo Rychter

 

Como frutos eléctricos, las bombillas del árbol se encienden y se apagan y cambian de color. Los pasillos del hospital están vacíos. En la cafetería quedan dos enfermeras en una mesa y un médico de guardia junto a la máquina de café. Me gusta una de las enfermeras. La que está sentada a la izquierda, la gorda. Mastica una tableta de chocolate y tiene las mejillas muy entonadas, como algunas bombillas del árbol, y una melenita corta que le deja la nuca descubierta. Le cuento las rayas del cuello: son tres. Me gusta la enfermera gorda. Su compañera, no: parece una radiografía con delantal. Las dos llevan el mismo atuendo, pero qué diferencia de estilo.

A mi café le falta azúcar, tendría que haber pulsado el botón extra pero me pareció excesivo, en los bares yo nunca le pongo demasiado azúcar al café, es como no pedir café. Todavía está demasiado caliente. Y no hay ninguna prisa. Mi mujer debe de estar durmiendo en casa, o por lo menos debe de llevar un buen rato fingiendo que ya duerme. Cuando llegue a casa, me desvista, me deslice entre las sábanas heladas y abra bien los ojos para ver manchas blancas y espirales de luz en la oscuridad, sé que notaré a mi lado un cuerpo ajeno que se revuelve suspirando y me da la espalda. Podría por ejemplo acercarme a la mesa de las enfermeras, de vez en cuando me miran, la gorda sobre todo. O si no bostezaría y soltaría un: Ah, ¿ya estás aquí?, me había quedado dormida, poniendo voz soñolienta y separando sus pies tibios de mis piernas peludas. El médico de guardia se ha sentado en una mesa y remueve su vasito con un tenedor de plástico. Miro hacia donde él mira y encuentro la calle sumergida en asfalto, sin nadie. El árbol de navidad va cambiando la cara del doctor, antes tenía la frente verde y roja, ahora se le ha puesto azul. Él intenta mirarme, desvío los ojos a tiempo. Aunque entonces yo podría hacer como otras noches y aferrarme a su espalda, posar el bigote en su nuca y empezar a bajar la mano, querida, ¿duermes?

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