124 relatos
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La chaqueta

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La chaqueta

 

El aire olía a cuero. Una estudiada media luz, muy propia de las tiendas de segunda mano, hacía difícil apreciar los detalles. Casi todos los abrigos parecían en buen estado. Ella se acomodó las gafas. Pensaba en el gusto imprevisible de su marido, en esa mezcla suya de convencionalidad y capricho. Tuvo la necesidad urgente de un cigarrillo. Aquella noche, como mucho a la mañana siguiente, le ba­jaría la regla: se lo avisaba una daga insistente debajo del ombligo y una sensación de fastidio ante todas las cosas. Sacó de la percha una levita de cuero marrón con botones cruzados. La observó un instante. La colgó, y descolgó otra de color negro y cuello en punta. Colgó la negra y descolgó un abrigo largo, gris, de hombros muy pronunciados. Demasiado viril, pensó con malicia. Devolviendo el abrigo a su sitio, sacó una chaqueta de ante oscura y la observó con agrado: encajaba perfectamente con la estampa anticuada de su marido. Se la veía puesta con una claridad asombrosa, como si ya lo hubiera visto con ella antes, como si hubiera sido siempre suya. De hecho, ahora que lo pensaba, era idéntica a la chaqueta que ella le había regalado para las penúltimas navidades. No era posible. Intentó asegurarse. Examinó el forro, los ojales, las mangas: parecían los mismos, pero cómo recordar la marca de aquella chaqueta o la forma exacta de los botones. También la talla era la misma, aunque la de su marido era la talla de la mayoría de los hombres. Se fijó en el casi nulo desgaste de los codos: podía ser, podía no ser.

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La noticia

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La noticia

 

Primero fue aquella revista. Eran tantas las imprecisiones, y tan neciamente expuestas, que me deshice de ella con una carcajada. Recuerdo que salí a dar un paseo: el parque invitaba a distraerse, los árboles se volvían traslúcidos, la hierba se enjugaba un último rocío, los perros defecaban en ella, lo de cualquier mañana apacible, en fin. Así que no fue entonces cuando perdí los nervios.

Antes vino el programa de televisión. Eran las doce en punto de la noche –o medianoche, para quienes le encuentren algún sentido a dividir la noche en dos como una oscura naranja–, mis párpados pedían unos minutos más de cansancio para alcanzar el sueño, todo parecía en orden. El sillón me acogía entre sus dos grandes orejas y la calefacción dejaba un reconfortante aliento tibio en las paredes. Pero ¿cómo, cómo es que apareció aquel presentador bigotudo, con esa absurda cara de consternación y estoicismo, y contó todas esas mentiras sobre mí? ¿Por qué tuvo que anunciarle al país que mi paradero seguía siendo desconocido y que, hasta el fatal día de mi desaparición, nada había hecho presagiar la tragedia? Me revolví en el sillón, le grité a la pantalla y apagué de inmediato el televisor.

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Medium 9788483935149

Una silla para alguien

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Una silla para alguien

 

Esta es tu silla, ¿ves?, sentate cuando quieras.

Le desplegué el respaldo, le revisé las ruedas y les pasé un trapito para que tus manos sigan blancas. Digo blancas, no inocentes, a vos y a mí la inocencia no nos interesa mucho. El color blanco sí porque viene del esfuerzo, hace falta cuidarlo.

Estuve preparándola, ¿sabés?, durante meses, años, no me acuerdo bien. Siempre me pasa lo mismo con esta silla, me concentro tanto en ella que el calendario se pone a rodar, y al final ya no sé hace cuánto te espero. Vení, voy a peinarte, voy a ordenarte el pelo con la paciencia de las grandes ocasiones, como si fueran las cuerdas de uno de esos instrumentos que tanto te entusiasman. Porque hoy, esta mañana o esta tarde, ¿qué hora será?, hoy mismo vamos a estrenar esta silla que no te ofende, como no pueden ofenderte la luz tibia, el perfume a café o esa brisa que va a deshacerte el peinado. Y así tiene que ser, ¿no te parece?, las cosas no se ordenan para que queden intactas, se acomodan para invitar al tiempo a que haga su trabajo.

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Medium 9788483935149

Rotación de la luz

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Rotación de la luz

 

El cenicero estaba lleno. Luis sostenía su gin-tonic como un cetro transparente. Los hielos de su vaso se habían derretido. El sol, bola de cera, estaba alto y vibraba. Entre carcajadas, Luis pidió otra ronda. Otra más no, por favor, le dije. Luis insistió ruidosamente. Yo me encogí de hombros. Encendí un cigarrillo, nos quedamos callados, y entonces escuché que nos llamaban.

Era una voz aguda que se iba volviendo más firme y definida conforme se acercaba. Una voz familiar. Los dos nos volvimos al mismo tiempo: recién salida del mar, Anita nos saludaba estirando un brazo. Ella aceleró el paso, o mejor dicho primero lo demoró, se llevó las manos al pelo, se lo echó hacia atrás y después vino a la carrera.

Besó a su padre en la mejilla sin afeitar. A mí me dijo «Hola» sonriéndome. No había visto a Anita desde el verano anterior. Llevaba el pelo más largo de lo que yo recordaba. Olía a sal, a ola, a chicle de menta. El sol le había encendido las mejillas y la punta de la nariz. Vestía un bikini rojo de tirantes muy finos. Mientras Anita abrazaba por el cuello a su padre, me fijé en el vello rubio y espeso de sus brazos.

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Medium 9788483935132

En la literatura todos somos pacientes

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En la literatura todos somos pacientes

 

–Muy buenas. ¿Usted es el narrador?

–El mismo. Mucho gusto.

–Adelante, está usted en su casa. Por aquí.

–Le agradezco que me haya atendido tan pronto, doctor. Es muy amable. Tiene usted una consulta verdaderamente acogedora.

–¿No me diga? Qué observador. A mí en cambio no me gusta demasiado. La encuentro, cómo decirle, un poco fría.

–¿Fría? En absoluto: me parece un lugar perfecto para trabajar.

–¿Para que trabaje quién? ¿Usted o yo?

–No sé, me imagino que usted. O yo. No sé.

–Ajá. Desvístase.

–¡Pero si ni siquiera me he sentado!

–Correcto: veo que tiene método. Siéntese en la camilla, entonces. Y desvístase.

–De acuerdo, de acuerdo. Hoy en día todos los médicos son iguales. No se toman su tiempo. No investigan. Apenas reflexionan sobre lo que ven. Auscultan y al siguiente.

–No me parece el mejor momento para discutir esas cuestiones. Y tampoco lo veo a usted en situación de exigir tanto. Pero permítame puntualizar que, con los tiempos que corren, lo difícil es encontrar casos especiales. Es normal que uno vaya rápido: todos cuentan lo mismo.

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