124 relatos
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La realidad

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La realidad

 

A Erika, niña

 

–¡Llueve! ¡Llueve! ¡Mamá, mira cómo llueve!

Eso exclama riendo la niña del vestidito rosa, que pasea de la mano de su madre. Para ser sinceros, no nos agrada demasiado el vestidito rosa. Pero así es como la ha vestido su madre, y uno bastante tiene con preocuparse de lo suyo como para ir censurando la vestimenta ajena, y mucho menos la de una niña tan simpática.

Así que la niña del vestidito rosa, riendo sin cesar, tira de la mano de su madre: una mujer de apariencia sobria y un punto distraída o cansada de los continuos hallazgos de su hija. Esto nos la vuelve poco amable, aunque cada uno educa a sus retoños como mejor entiende y uno tiene bastante con lo suyo, etcétera, etcétera. Reconozcamos que la señora conserva unos magníficos tobillos. Camina erguida como una reina. Tacón va, tacón viene.

–¡Mamá, llueve! ¡Mira cómo llueve! –insiste la niña.

La señora se detiene en seco, nunca mejor dicho, y le clava una mirada que si no tuviera uno ya bastante, etcétera, podríamos calificar de injusta o incluso de terrible. Le suelta la mano a su hija. Mira con didáctica vehemencia hacia arriba, hacia donde se elevan las hileras de balcones floreados bajo un cielo impoluto, azulísimo. Luego vuelve a mirar a la niña y pone los brazos en jarra.

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El pulso

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El pulso

 

Lo peor ya ha pasado. Ahora estoy tranquilo. Lisandro acaba de traerme una taza de té con leche y me ha preguntado si me encuentro bien. Yo he asentido mientras la mano caliente y larga del líquido me recorría el pecho y se asentaba en el estómago. Empiezo a tener sueño. Lisandro se demora exquisitamente en hacer cada cosa, me cuida con su único brazo mejor de lo que nadie podría hacerlo. Le estoy muy agradecido. Sólo nos queda esperar a que me recupere para que todo vuelva a ser como solía: a nosotros nos tocaba poner el insomnio, y la noche y el vino ponían las luces.

Vista desde ahora, aquella madrugada nos advirtió de la desgracia con todas las señales posibles, pero estábamos demasiado seguros de nosotros mismos como para detenernos en esos detalles. No se puede negar que la luna giraba como un disco frenético, o que el aire frío de la Plaza Nueva era más hostil de lo acostumbrado, demasiado cortante para ser agosto. Lisandro caminaba escondiendo el mentón entre las solapas de su gabán, dejando que el humo del cigarrillo se confundiera con el vaho de su respiración como lo haría un gas benigno con otro letal. Yo llevaba puesta mi bufanda gris, y respiraba un olor a lana transpirada. Incluso sin tanto alcohol en la conciencia, habría resultado difícil ver algún mensaje en las sombras que ocultaban los bustos de las cariátides y les daban el aspecto de figuras degolladas. Pasamos junto a la Chancillería y, como siempre, enfilamos la Carrera del Darro. Pese a su pobre cauce, el río sonaba con un raro vigor entre el barro y las piedras. Nosotros, sin embargo, apenas le prestamos atención a estos augurios. Con la premura del frío y la sed, dábamos rápidas zancadas y mirábamos el empedrado. No había casi nadie, aparte de algún alemán o inglés borracho, una pareja a punto de pelearse, una o dos motos, los mendigos de costumbre. Le pregunté a Lisandro si tenía hambre. Él me contestó que no, aunque podíamos pedir un bocata en algún sitio si yo tenía ganas, y me repitió que él no tenía ningún apetito. Yo comprendí y le dije que si no tenía dinero no se preocupara, que yo no consentiría que se quedase sin cenar. Entonces Lisandro me preguntó si quería fumarme su último cigarrillo.

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Imposibilidad del escenario

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Imposibilidad del escenario

 

Le propusieron interpretar al personaje protagonista, el despistado señor Juárez, y le pidieron que improvisara al máximo. Treinta años de fracasos y paciencia en el teatro cobraron de pronto sentido. Como sensacional actor que era, se le ocurrió faltar al estreno. Ningún escenario volvió a saber de él.

 

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Fumigando en casa

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Fumigando en casa

 

Su casa es la de enfrente. Nosotros vivimos aquí, y allí las cucarachas.

La puerta de la casa de la Bruja está más vieja que la Bruja. Salvo cuando el cielo se nubla, la Bruja no sale nunca de día: la luz la desintegraría inmediatamente. Algunos vecinos dicen que ella es capaz de ver en la oscuridad, pero yo no me lo creo. ¿Entonces para qué iba a querer esas gafas tan gruesas? A veces, al volver de la escuela, me parece ver a través de los hierros del ascensor una sombra que se escurre por el pasillo. Entonces intento ser valiente, trago saliva, abro la puerta del ascensor, asomo la cabeza y pienso en pronunciar su nombre: porque la Bruja, aunque parezca mentira, tiene un nombre. No es que yo no me atreva a hacerle frente, pero tardo tanto en decidirme que cuando empiezo a sentir que la boca se me llena del nombre pegajoso de la Bruja, ya no se ve a más nadie en el pasillo. O a lo mejor es que no había nadie.

Hablando de eso, la Bruja tiene un hijo. Por lo menos uno. Porque vete a saber a cuántos se ha comido. Aunque hay uno que todavía sobrevive: le gusta que lo llamemos Bicho y es de lo más simpático. Trabaja en muchas cosas. Está siempre ocupadísimo. Yo le estoy agradecido, porque me trata como si fuera mayor de lo que soy. Y eso, con los mayores, es bastante difícil. Parecen empeñados en que uno no sepa las cosas, así ellos tienen siempre algún secreto que guardarse. Con Bicho pasa todo lo contrario: me habla de cosas que no acabo de entender como si ya tuviera que saberlas. Cuando se ríe, Bicho me da un poco de miedo.

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Un cigarrillo

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Un cigarrillo

 

Vázquez carraspeó, se subió la manga derecha y clavó sus nudillos en la frente de Rojo. La cabeza de Rojo se marchó de allí un momento, pareció tocar el respaldo de la silla y regresó, temblorosa, con una sacudida elástica.

–Tranquilo –advirtió Artigas.

–Es un hijo de la gran puta –replicó Vázquez.

Artigas fijó la mirada en los ojos desorbitados de Vázquez.

–Sí, pero tranquilo –dijo.

Vázquez resopló enérgicamente y se miró los nudillos, que empezaban a arderle. Había olvidado quitarse su anillo de bodas. Vázquez acababa de separarse: había tenido que darle un escarmiento a su mujer y dejarla, por puta. Hizo ademán de golpear otra vez a Rojo, pero Artigas intervino con un suave alzamiento de manos. Vázquez observó los labios entreabiertos, chorreantes de Rojo. Murmuró junto a su oído:

–Hijo de la gran puta. Te voy a sacar todos los dientes uno a uno, basura.

Pese a lo que Artigas empezaba a sospechar, Rojo había escuchado este último comentario y todos los anteriores. Había ido comprobando, a medida que los golpes le desfiguraban el rostro, cómo se le aguzaban los oídos. Mientras el tabique nasal, la garganta, la lengua, los pómulos se revolvían en una masa inconsistente, en la conciencia de Rojo reverberaban con toda nitidez los insultos desgañitados de Vázquez, sus carraspeos, el sonido del fluir de la sangre, el latir de las arterias, el zumbido eléctrico de las lámparas que apuntaban hacia él, las letanías intercaladas de Artigas, sus propios gemidos ahogados, el despertador perpetuo de su casa, que había sonado a las siete en punto de la mañana como cada día y que no le había advertido del peligro. Por detrás de la nube cegadora de las lámparas, oyó la voz de Vázquez diciendo:

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