124 relatos
Medium 9788483935088

El amante aparente

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El amante aparente

 

El calor se retuerce. Doy vueltas en la cama al compás de las agujas del despertador. Pero no pienso en nada en particular. Aunque no lo parezca, estoy durmiendo. Y, mientras se supone que duermo, espero a Laura.

Laura está por llegar de la fiesta. Yo preferí quedarme. Le dije que fuera sola, que no me molestaba. Y, aunque no lo parezca, sigue sin molestarme.

El dormitorio se curva de silencio. Mi pensamiento flota. Las sábanas lo envuelven, placentarias. Laura me dijo que volvería temprano para que hiciéramos el amor, y yo estuve de acuerdo. No tengo ninguna prisa. Prefiero pasar el máximo tiempo posible así, arrullado por la espera. Me gusta que las cosas que me gustan estén por ocurrir.

Siento un agua con gas en los músculos. Al fondo se disuelve, palabra por palabra, el discurso que bebo mientras caigo dormido. A veces durmiendo, aunque no lo parezca, se disfruta más que fornicando. El deseo puede ser una responsabilidad agotadora. No porque uno deba cumplir con nada: el deseo, de hecho, nunca puede cumplirse. Sino porque desear a alguien en serio, como yo deseo a Laura, absorbe la totalidad de nuestras fuerzas. Dormir es lo contrario. Cuando estoy por quedarme dormido, igual que ella está a punto de volver, mis músculos tienden a hacer el amor entre sí. Se reconocen, se reordenan. Por eso no me urge que Laura llegue ahora mismo de la fiesta, mientras las puntas de mis pies se frotan, ávidas.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935132

La realidad

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La realidad

 

A Erika, niña

 

–¡Llueve! ¡Llueve! ¡Mamá, mira cómo llueve!

Eso exclama riendo la niña del vestidito rosa, que pasea de la mano de su madre. Para ser sinceros, no nos agrada demasiado el vestidito rosa. Pero así es como la ha vestido su madre, y uno bastante tiene con preocuparse de lo suyo como para ir censurando la vestimenta ajena, y mucho menos la de una niña tan simpática.

Así que la niña del vestidito rosa, riendo sin cesar, tira de la mano de su madre: una mujer de apariencia sobria y un punto distraída o cansada de los continuos hallazgos de su hija. Esto nos la vuelve poco amable, aunque cada uno educa a sus retoños como mejor entiende y uno tiene bastante con lo suyo, etcétera, etcétera. Reconozcamos que la señora conserva unos magníficos tobillos. Camina erguida como una reina. Tacón va, tacón viene.

–¡Mamá, llueve! ¡Mira cómo llueve! –insiste la niña.

La señora se detiene en seco, nunca mejor dicho, y le clava una mirada que si no tuviera uno ya bastante, etcétera, podríamos calificar de injusta o incluso de terrible. Le suelta la mano a su hija. Mira con didáctica vehemencia hacia arriba, hacia donde se elevan las hileras de balcones floreados bajo un cielo impoluto, azulísimo. Luego vuelve a mirar a la niña y pone los brazos en jarra.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935149

Estar descalzo

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Estar descalzo

 

Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona que restregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las estelas de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el pasar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.

Mi padre siempre había caminado de manera extraña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.

Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una irónica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cambiante.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935088

La convocatoria

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La convocatoria

 

Esta mañana, muy temprano, he conocido a mi futuro hijo. Tenía los ojos pardos e incomprensiblemente vigilantes. No estoy seguro de que su mirada fuera alegre, además de sabia. Él parecía comprender su papel en aquella habitación: comprobaba nuestros movimientos con toda serenidad, recién nacido. Pero no había venido al mundo, sino que regresaba a él.

Era una vieja semilla prometida desde los años que no había visto.

Resbaló por la camilla hasta mis manos, con los miembros untados de un enigma blanquecino. Por un momento quedó suspendido en el aire, sus pequeñas axilas humedeciéndome los dedos. Fue entonces cuando me sonrió a mí, a su padre sorprendido por aquella paternidad repentina. Supe de algún modo que me hablaba y que aceptaba mi lenguaje. Lo abracé y le dije mi primera frase, esa que pronunciaré dentro de algunos años cuando haya concebido al hijo que ya tuve y aún no tengo. Conservo un tenue jirón de caricia en mi mentón barbado.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935132

Héroes

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Héroes

 

Durante un raro acceso de lucidez, el héroe de la comarca asume que cada cual tiene una misión en esta vida: la suya es salvar al prójimo. El héroe sabe que su urgente deber es combatir a los malvados donde quiera que estén, y sale a la calle dispuesto a todo. Mira a un lado y a otro. Avanza, retrocede. Pero no divisa a nadie en apuros. La calle resplandece de serenidad. Las avenidas respiran verdor y los pájaros dibujan en el cielo. Esto es intolerable, piensa el héroe.

Furioso, justiciero, el héroe consigue colarse en la prisión de la comarca, burlar la vigilancia y liberar a una docena de malhechores que, sin salir de su asombro, se dispersan velozmente y se ocultan en los rincones más oscuros. El héroe no cabe en sí de euforia. Regresa a casa. Se sienta a esperar. Medita. Incluso alcanza a escribir tres o cuatro aforismos morales. No pasa mucho tiempo hasta que unos desgarradores gritos de socorro llegan a sus oídos. Entonces se incorpora de un brinco e, indignado, el héroe aborda la calle.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos