124 relatos
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Fundación mítica de la torre

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Fundación mítica de la torre

 

Además, ¿por qué pintar el hierro de color mantequilla?, ¿por qué esos dorados como si estuviéramos en L’Opéra? No, el buen gusto no está ahí. ¡Hierro, hierro y más hierro!

Paul Gauguin

 

I

 

–Y bien, señor Eiffel, ¿qué piensa hacer esta mañana con la ciudad?

–No, no, de ningún modo. ¡Por la noche!

–¿La noche?

–Afirmativo. ¡Cuando la rabia se enfríe! ¡Cuando la música empiece a ser espantosa en los balcones y se aplasten las flores del asfalto! Entonces sí.

–¿Entonces qué?

–¡En cuanto se interrumpa esta llovizna estúpida! Cuando la humedad no sea una presencia, sino apenas un beso en la memoria de las cosas. Solo entonces. Antes no.

–¿Antes no?

–¡Afirmativo! Necesariamente.

–Entiendo. ¿Y mientras tanto?

–Aferrémonos a los cirios del aire y oremos por que ocurra una catástrofe.

 

II

 

–Señor Eiffel, el agua ha huido. ¿Podemos empezar?

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Medium 9788483935156

Amores rusos

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Amores rusos

 

Las mujeres que he amado o han aceptado amarme vienen siendo cada vez más pequeñas. Hubo un momento en que el asunto empezó a preocuparme: ¿cómo era posible que, al concluir cada romance, yo conociera de inmediato a otra mujer encantadora, inteligente, afín a mi carácter, todo eso, pero invariablemente un poco más baja que la anterior?

Sé que un hombre de hoy no debiera confesar estas cosas. En mi favor y en mi contra, alegaré que el primero de mis grandes amores fue una jugadora de baloncesto, Marcela, aquella deslumbrante pívot que conocí una tarde en el Palacio de Deportes de Madrid. Digo en mi contra, porque hoy me parece mentira no haber caído antes en la cuenta de este retroceso, considerando que mi actual esposa mide bastante menos de metro y medio, y que las novias que sucedieron a Marcela fueron descendiendo gradualmente en peso y estatura. Claro que esta misma circunstancia actúa en mi descargo, ya que parecía natural que mis amores posteriores a la pívot fueran mujeres de menores dimensiones. Más aún considerando que la siguiente no resultó ser lo que se dice una chica bajita: Elsa, abogada laboralista, temperamento aguerrido, medía alrededor de metro ochenta y acudía con regularidad a un gimnasio. Así que cuando Elsa me dejó, y no la culpo, tampoco experimenté sorpresa alguna al comprobar que Marta, quien tan bien supo comprenderme y a quien tanto quise, era de una estatura respetable aunque ya no extraordinaria, más o menos similar a la mía. También parece lógico que, tras nuestra dolorosa ruptura, no me extrañara verme junto a Carolina, que era algo más baja que yo. ¿No era acaso lo habitual, incluso para un hombre de estatura corriente y físico discreto? De manera que me entregué a gozar de mi flamante amor por Carolina, prestigiosa ingeniera, humor inmejorable, menos de metro setenta, sin especular con vacuas estadísticas.

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Medium 9788483935132

La pareja

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La pareja

 

No huelga recordar que la torpeza puede, en ocasiones, ser fruto de un exceso de simetría. Elisa y Elías eran un caso ejemplar. Incapaces de abrazarse sin que sus respectivos brazos derecho e izquierdo chocaran en el aire, ambos despertaban la admiración de sus amistades. Tenían los mismos hábitos. Sus opiniones políticas no diferían ni siquiera en lo anecdótico. Disfrutaban de parecida música. Se reían con similares bromas. En los restaurantes donde cenaban, cualquiera de ellos podía pedir tranquilamente dos menús idénticos sin consultar al otro. Jamás tenían sueño a horas distintas; lo cual, si bien estimulante sexualmente, resultaba fastidioso desde un punto de vista estratégico: Elisa y Elías competían en secreto por ocupar primero el cuarto de baño, por el último vaso de leche que quedaba en el frigorífico o por leer antes esa novela que, la semana anterior, ambos habían planeado comprar. Teóricamente, Elisa era capaz de alcanzar el orgasmo junto con Elías sin el menor esfuerzo. Pero, en la práctica, no eran pocas las veces en que ambos acababan trenzados en incómodas posturas, causadas por su deseo siempre simultáneo de colocarse encima o debajo del otro. Hacéis una pareja perfecta, dos medias naranjitas, solía decirles la madre de Elisa. A lo que ambos respondían sonrojándose un poquitín, y pisándose al ir a besar a la madre de Elisa.

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Medium 9788483935132

La ciencia

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La ciencia

 

Extracto del discurso de clausura del I Congreso «La Flora en Gobi Hoy», a cargo del Dr. Algernon Woodgate, catedrático de Botánica Especial, London University. Traducción por gentileza de la Dra. E. M. C.

 

«Estimados colegas.

Los litopos son maestros del disfraz. Como bien saben ustedes, su menguante tamaño es el primer factor que debe hacernos sospechar: ¿a qué se debe semejante afán diminutivo? ¿Por qué esa naturaleza proclive a no dejar constancia de la propia presencia? (...) Son estos los interrogantes básicos para acercarnos a los litopos, las únicas y asombrosas piedras-plantas que crecen en el árido clima de la topografía que nos ocupa.

(...) Por tanto, de poco nos servirán las nociones ortodoxas de esa Botánica mutilada que nos empecinamos en continuar impartiendo. En lo que a mí me concierne, estos largos años de estudio de los litopos me han inducido a adoptar una actitud muy distinta. Opino, e incluso me atrevería a plantearlo aquí como hipótesis, que una aproximación rigurosa a nuestras piedras-plantas no es factible más que desde un sincero diálogo emocional con ellas: interpelándolas, sabiendo escucharlas. Y siguiendo, por qué no, su sigiloso ejemplo.

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Medium 9788483935132

La magia

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La magia

 

Soy manco, sí, pero hago que vuelen las palomas donde sólo había mármol, y controlo el sentido en el que viajan las agujas de los relojes, y consigo que el agua atraviese los vasos, y sé confundir los billetes de banco con esas pequeñas flores silvestres que crecen en el parque donde voy de paseo los domingos. Manco, desde luego, aunque no por eso incapaz de alterar la cantidad de naipes que compone una baraja, ni de esconder las joyas de las señoras en las chaquetas de los caballeros, ni de hacer que las sogas se relajen y luego cedan como ásperas serpientes alrededor de mi cuello. Qué duda cabe, manco, y además con una abrupta cicatriz en el extremo del muñón; aunque por eso mismo resulta tan estético el acrobático número de los pantalones (las señoras de las joyas extraviadas suspiran al verme) o aquella otra suerte del libro de fuego: cuando de cualquier poema puede abrirse un incendio, y la llamarada triangular asciende hasta rozar el techo del asombro para que de la ceniza, emocionante, renazca el papel impreso.

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