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Monólogo del monstruo

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Monólogo del monstruo

 

Uno no decide matar a un niño. Uno, como mucho, decide que aprieta los dientes o contrae los músculos. Que apunta a la cabeza o baja el cañón. Que abre la mano o mueve un poco el dedo índice. Nada más. Después las consecuencias llegan todas al mismo tiempo. No me parece lógico. Uno piensa que es capaz de hacer algo y lo hace. Es una comprobación, no un acto en contra de nadie. La gente se equivoca cuando empieza a imaginar motivos. La destrucción es un objetivo en sí, una misión solitaria, no tiene qué ni quién. Es algo extrañamente posible. Y su propia posibilidad te convence. En la vida es difícil hacer cosas. Todos deseamos lograr lo que nos proponemos. Yo tenía un propósito y lo cumplí. A lo mejor me equivoqué de propósito, pero no me equivoqué cumpliéndolo. Es una diferencia sutil que no todos entienden.

Yo decidí obedecer un impulso, pero en ningún momento recuerdo haber aceptado los efectos de ese impulso. Encuentro desproporcionado que se desencadenen tantos hechos a la vez, bajo el aspecto de uno solo. Para que fuéramos responsables de nuestros actos, lo justo sería que se nos solicitase aprobación uno por uno. La realidad debería preguntarnos: ¿Aceptas hacer este movimiento? Bien, y ahora, ¿estás de acuerdo en que tu movimiento cause este otro? Bien, y ahora, ¿estás dispuesto a que el segundo movimiento provoque estas reacciones? Y así sucesivamente.

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Madre atrás

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Madre atrás

 

Entré en el hospital muerto de odio y con ganas de dar gracias. Qué frágil es la furia. Podríamos gritar, golpear o escupir a un extraño. Al mismo a quien, según su veredicto, según si nos dice lo que ansiamos escuchar, de repente admiraríamos, abrazaríamos, juraríamos lealtad. Y sería un amor sincero.

Entré sin pensar nada, pensando en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, dependía de un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos, quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he opinado que la ausencia de dios nos libera de un peso insoportable. Pero más de una vez, al entrar o salir de un hospital, he echado en falta la clemencia divina. Llenos de asientos, pasillos, jerarquías y ceremonias de espera, silenciosos en sus plantas superiores, los hospitales son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos.

Entré intentando evitar estos razonamientos, porque temía acabar rezando como un cínico. Le di un brazo a mi madre, que tantas veces me había brindado el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas muy cortas. ¿Es posible encogerse de la noche a la mañana? ¿Puede el cuerpo de alguien convertirse en una esponja que, impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre parecía más baja, más flaca y sin embargo más grávida que antes, como propensa al suelo. Su mano porosa se cerró sobre la mía. Imaginé a un niño en una bañera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar.

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Imposibilidad del escenario

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Imposibilidad del escenario

 

Le propusieron interpretar al personaje protagonista, el despistado señor Juárez, y le pidieron que improvisara al máximo. Treinta años de fracasos y paciencia en el teatro cobraron de pronto sentido. Como sensacional actor que era, se le ocurrió faltar al estreno. Ningún escenario volvió a saber de él.

 

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La traducción

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

La traducción

 

A Pilar y Lu

 

Un poeta de los llamados mayores recibe una carta con un poema. Se trata de una mañana algo ventosa y se trata de un poema suyo: unos señores de cierta revista se lo han traducido a una lengua vecina. Su intuición lingüística le sugiere que la traducción es lamentable. Así que, con la sincera intención de comprobar si se equivoca, decide entregarle esta versión extranjera a cierto amigo suyo, profesor, traductor, poeta, miope. Le hace llegar una notita amable rogándole que traduzca aquel texto a su común lengua materna. El poeta sonríe, se diría que travieso: ha omitido, por supuesto, la autoría del poema.

Como su amigo pertenece a la vieja guardia postal, no ha transcurrido una semana cuando el poeta encuentra en su buzón un esmerado sobre con la respuesta requerida. En ella, algo extrañado, el remitente se aventura a suponer que se trataba de un texto de lectura relativamente sencilla para alguien tan sagaz como su querido poeta, y por añadidura tan conocedor de las lenguas, pese a lo cual le propone con todo gusto una versión autóctona esperando que sea de su agrado y despidiéndose con afecto atentísimo. Sin perder un segundo, el poeta se sienta a leer la traducción. El resultado es desastroso: analizado con detenimiento, este tercer poema no guarda semejanza alguna con el ritmo, ni con el tono, ni con las evocaciones del texto original. Más que menos, él se considera un lector comprensivo con las libertades literarias de los demás. Pero, en este caso, no es que su amigo se haya permitido ciertas licencias, sino que más bien parece haberse tomado todas las licencias a la vez. Los matices se han perdido. La dicción parece turbia. De la sonoridad, ni rastros.

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Primera piedra

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Primera piedra

 

Para Ana Martínez Cobo

 

Buscó y me trajo una de color salmón. La miré de reojo y, aunque ya sabía, la examiné perezosamente. No, así no, ¿cómo se te ocurre? Las húmedas, son mejores las húmedas. El mar irradiaba una fragilidad uniforme: un gran ser temblando de frío. La tarde iba apagándose y la brisa generaba pequeños desórdenes. La mejor hora para reconocer piedras. Los colores quizá pudieran confundirse; pero por eso mismo se distinguía su carácter.

También había una como de cristal y, junto a ella, otra de color rubí: un puñado de carne viva milagrosamente conservada. Blanca se acercó para tenderme un tímido guijarro pulido con la indiferencia del tiempo, una de tantas viejas piedras sepultadas bajo más piedras. ¡Tampoco, tampoco!

El color verde es el alma de las algas transferida a las piedras, sus herederas legítimas. Aunque parecen duras, es tan solo su costra. Blanca se había marchado, y lo cierto es que ahora iba más lento pero trabajaba mejor. Aunque ella me esperaba en casa, yo no tenía pensado regresar hasta que la luz cayera del todo. Ella no entiende lo que hago, pero qué haría yo sin Blanca. Descarté por completo las que me recordaban al roquefort y las de color ámbar, por imprecisas. Estaba un poco inquieto. Algo no iba bien. Demasiadas verdes. Un verde estático, tozudo, como el de los bosques cuando ya no sirven. Guardé unas cuantas y me puse a escuchar. Nada. Luego seguí escarbando, pero ya no pude concentrarme. Encontré un grupo de piedras alarmantemente amarillas: unos pequeños limones momificados, un delicioso capricho. Los clásicos minerales que fascinan a los neófitos, siempre tan impresionables. Cuando se buscan piedras, cada cual termina eligiendo la que le corresponde.

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