124 relatos
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El deseo

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El deseo

 

Para Jesús Ortega

 

Cada vez que le rogaba que nos viéramos, se le opacaba la voz y me respondía que eso no era posible. Entonces yo empezaba a pedirle explicaciones hasta que, contrariada, ella se despedía. Como nunca aceptó darme su número ni decirme su nombre, no me quedaba más remedio que esperar a la siguiente llamada a la hora de siempre. En cuanto aquella voz cálida y sinuosa bendecía mi oreja, me disculpaba solemnemente y prometía no volver a sugerirle una cita. Pero, tarde o temprano, a medida que nuestras conversaciones se encendían, terminaba insistiéndole en que nos encontrásemos. Abrumada por algún temor desconocido, ella colgaba al borde de las lágrimas. Más de una vez temí haberla perdido. No podía dormir preguntándome si mi teléfono sonaría de nuevo, si ella repetiría el número que cierto día había marcado por un simple, maravilloso error.

Y sonaba, sonaba.

Hace un rato, de hecho, acabamos de hablar. La despedida ha sido completamente insólita: ella me ha propuesto que mañana, a la hora de siempre, nos veamos al fin. Con el misterio que la caracteriza, ha prometido telefonearme justo una hora antes de nuestro encuentro para indicarme dónde tendrá lugar. Me ha pedido que para entonces ya esté listo y, sobre todo, que sea muy puntual. ¡Puntual como un reloj!, exclamé sin poder creerlo.

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Aire

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Aire

 

Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo. Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

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Il maestro

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Il maestro

 

Para mi madre violinista

 

Cuentan que ya era tarde cuando emergió de su camerino, que la orquesta había estado ensayando con desganada obediencia hasta que el director dio la orden. Entonces una mano dio dos pequeños golpes en la puerta, una voz pronunció temerosamente un nombre, y un leve movimiento al otro lado presagió su salida.

Cuentan que cesaron las toses y los murmullos, que la disciplina era tensa, demasiado concentrada. Los brazos del director dibujaban en el aire sin conseguir dejar huella. Il maestro soportó, paciente, las torpezas de la trompa solista. Acariciando su instrumento, lo mantenía inmóvil. Volvió a contraer los párpados cuando el contrabajista no advirtió la entrada, e ignoró el bullicio informe de los tutti. Dicen que no respiraba. Que era la madera la que latía.

El ensayo había comenzado una hora antes de su aparición. Los músicos se habían mantenido más expectantes que afinados; el director, más enérgico de lo aconsejable. Cuentan que la introducción de la obra había tenido que repetirse entera con il maestro allí, y que el director le pidió excusas aparatosamente y luego reprendió a los vientos metales. Il maestro sonreía, lo cual era alarmante. Por fin la orquesta hiló cuarenta compases, y entonces fue su turno.

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S.O.S. Dios

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S.o.s. Dios

 

L. P., dueño de (...) TV, la define como

el canal «que sintonizaría con Dios».

El País, 2-IX-1998

 

A Pablo García Casado

 

Les habían dado dos horas para desalojar el despacho. El reverendo Powell retiraba sus cosas del escritorio y las iba guardando en cajas, que numeraba con un rotulador azul si eran suyas, y con un rotulador rojo en caso de que fueran de Ralph. Le dolía la cabeza, se sentía cansado. Ralph llegó poco después. Ah, ya ha empezado usted, le dijo mientras colgaba su abrigo en el perchero metálico de la entrada, pensé que me esperaría, hay cosas realmente pesadas aquí dentro, señor Powell. Si te esperara siempre llegaría a viejo antes de darme cuenta, contestó el reverendo, y no te molestes en colgar tan cuidadosamente tu abrigo, tendrás que quitarlo enseguida: nos han dado dos horas. ¡Dos horas!, exclamó Ralph, ¿y cómo piensan que nos dará tiempo a guardar todo esto?, son unos sinvergüenzas, ¿verdad, señor Powell? El reverendo Powell dejó por un momento de ordenar las libretas y observó a su secretario, miope, lampiño, flaco. Sólo dijo: En Illinois las cosas funcionan así, Ralph. El secretario se encogió de hombros y se agachó para mover un par de cajas. ¿Estas son las mías, señor Powell? No, no, las pintadas de azul son mías, las tuyas son las otras, las de rojo, he empezado por tus cosas, estaban más a mano. ¿Más a mano?, preguntó Ralph, ¿a qué se refiere? A nada, Ralph, a nada, cállate y ayúdame a guardar mis cosas. Nos han dado dos horas.

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Las cartas de los tristes

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Las cartas de los tristes

 

A Beatriz Cuevas y Joaquín Peña-Toro

 

Madrid, 3 de noviembre

 

Adorada Beatriz: ¿qué tal por Múnich? Estoy seguro de que todo te marcha espléndido allí. En cuanto a mis noticias, no puedes imaginarte hasta qué punto la suerte me sonríe. Por empezar, van a montar una exposición individual con mis últimas obras (el autorretrato mutilado, el corazón humeante, el desnudo con rieles, el falo-sacacorchos I, el falo-sacacorchos II y varias más). Será en una galería del centro que están a punto de inaugurar: Sundanga. La verdad es que promete. ¡Deberías ver qué espacio, querida, qué juego de luces y sombras conforme avanzas por el pasillo, qué acierto en la sobriedad del mobiliario! Parece que hay gente interesada en adquirir algunas de mis obras, y eso que aún no han empezado a anunciar la muestra. El galerista está entusiasmadísimo con mi concepto del volumen y va por ahí diciéndole a todo el mundo que soy como una promesa cumplida de antemano. Uno se ruboriza, por supuesto. Pero, seamos sinceros, tal vez tenga razón.

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