124 relatos
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Después de Elena

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Después de Elena

 

Después de la muerte de Elena, decidí perdonar a todos mis enemigos.

Nos tranquiliza creer que las grandes decisiones se toman poco a poco, se gestan con el tiempo. Pero el tiempo no gesta nada. Solo erosiona, resta, rompe.

Cambié de orden los muebles. Desalojé sus cosas. Limpié a fondo su estudio. Una semana más tarde, doné toda su ropa a un hospicio. Ni siquiera sentí el consuelo de la beneficencia: lo había hecho por mí.

Siempre había imaginado que perder a la persona amada se parecería a abrir un hueco infinito, a inaugurar una carencia permanente. Cuando perdí a Elena, sucedió todo lo contrario. Me sentí clausurado por dentro. Sin objetivos, sin deseos, sin temores. Como si cada día fuese la prórroga de algo que en realidad había concluido.

Seguí yendo a la facultad, no tanto por aferrarme a mi rutina o mi salario. Con los estúpidos ahorros que habíamos reunido para quién sabe cuándo, más el dinero de la póliza, podría haberme permitido una excedencia. Continué con las clases solo por comprobar si, con la joven evidencia de los nuevos estudiantes, lograba convencerme de que el tiempo seguía transcurriendo, de que el futuro existía.

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Medium 9788483935156

Rebobinando

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Rebobinando

 

Entonces no quiero verte más, le gritó ella haciendo ademán de abandonar la mesa. Siguió sentada, mientras él mantenía una sonrisa demasiado socarrona como para resultar tierna. Acababa de encender un cigarrillo. Él le dijo: Lo siento, Laura, pero yo he sido siempre un hombre libre, sobre todo de noche. Cabrón, contestó Laura, ¿cómo puedes venir aquí y hablarme con esa tranquilidad sin que se te caiga la cara de vergüenza? El camarero se retiró. Jorge pidió un café solo. Ella no decía nada. Tenía delante una taza con una cuchara pegajosa sobre el plato. Dentro de la taza se veía una espuma sucia, color tierra. Cómo estás, mi amor, saludó Jorge. Laura bebía su café cortado absorta en algún punto indefinido entre las mesas, un punto demasiado cer­cano como para ver llegar a Jorge, aunque demasiado lejano de sí misma como para no intuir de todas formas que él se acercaba. Estaba hermosa y destruida, un poco menos rubia por la tristeza. Al principio él había dado varios pasos decididos, como siempre que se encontraba con ella sabiendo que llegaba tarde. De pronto, mientras entraba en la cafetería, vio a Laura y una silla vacía enfrente, lo mismo que dos seres solitarios que conversan en voz baja.

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Estar descalzo

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Estar descalzo

 

Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona que restregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las estelas de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el pasar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.

Mi padre siempre había caminado de manera extraña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.

Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una irónica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cambiante.

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Medium 9788483935088

La mujer tigre

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La mujer tigre

 

Para Bur

 

Ha olido cómo me acercaba y se ha vuelto a mirarme. Intento hacerle ver que no estoy interesado en ella, pero siempre he sido un alcornoque fingiendo. Ella se lame las muñecas y los antebrazos. Me vigila con recelo. Se incorpora de pronto, de un golpe de omóplatos, y se pasea en círculos alrededor de mí. Quisiera aprovechar sus movimientos para hacerle una foto o escribirle unas líneas, cualquier cosa que me vuelva útil en esta escena. Pero enseguida se aburre de asediarme y da unos cuantos pasos en dirección al borde. Se me va de la página. Es inquieta.

No hay nada más espléndido que las manchas color albaricoque de su cuello, que se estira y se pliega cuando atisba los flancos. Hace tiempo que la estudio y, hasta ahora, lo único que he conseguido averiguar es que duerme por la tarde, se pierde por la noche y se asoma de este lado tan solo al mediodía, a la hora en que el sol le acentúa las franjas del lomo y enciende sus pupilas piedra pómez. Desde el día en que la encontré, distraída, clavándose un colmillo en el labio con delicadeza, no he dejado de imaginar la posible cacería. ¿Quién cazaría a quién? Su boca promete el vértigo, la sangre, el rito de la muerte ágil. Mi arma es esta pluma: no sé si bastaría para sucumbir con dignidad. Ese temblor del costado, de las rayas de su vientre al respirar, me salpica la vista, me obsesiona. Su dulce rugir de catarata me persigue mientras sueño. Al despertar, en cambio, sueño con perseguirlo. Ella tiene demasiado olfato como para dejarse sorprender en mitad de algún párrafo. Haría falta un libro, quizá varios, para que bajase la guardia.

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Medium 9788483935132

El amor

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El amor

 

Liliana tiene las rodillas más redondas y mullidas que he conocido nunca. Sus piernas son dos ríos blancos. Ella siempre procura dejarlas al descubierto tirando con disimulo del vestido, sonriendo desde su silla de ruedas.

El cuerpo de Liliana está paralizado desde la cadera hasta los pies, que son pequeños y están siempre de puntas, como a punto de tocar el suelo. Ella pasea sentada. Espera sentada. Seduce sentada. Va, viene y regresa en su asiento perfumando toda la casa. Liliana me trastorna. Si la desease más, moriría asfixiado. Cuando se abre su sonrisa y las rodillas surgen, sólo puedo pensar en una cama y en su silla vacía. Ella se entrega sin remilgos; confiada, hace y me deja hacer. Su imaginación es un pozo sin fondo. Sus manos, dos pájaros que me sobrevuelan y urden nidos de placer. Si alguien me hablara de una mujer con las cualidades amatorias de Liliana, yo pensaría que tal maravilla sólo puede existir en un libro de cuentos.

Pese a todo, algo me turba al amarla. La desnudo sentada, la alzo con ansiedad y la poso entre las sábanas. Ella incorpora su torso fresco y, extendiendo los brazos, reclama mi apetito una vez más. Beso sus senos de cimas moradas, muerdo sus labios musicales y me precipito en ella: la mitad de Liliana se estremece como el agua. Juntos atravesamos la noche hasta caer desvanecidos. Luego, recobrando el aliento, ella me sonríe; puedo adivinar su perfume por debajo de los hilos de sudor. Ella se vuelve para encender un cigarrillo y me muestra su blanquísimo costado, sus suaves cicatrices. Yo miro cómo fuma hasta que sus ojos van cerrándose. Y es entonces cuando, turbado, me quedo observando cómo Liliana duerme tan serena, con la mitad que más amo siempre intacta.

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