124 relatos
Medium 9788483935132

Fumigando en casa

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Fumigando en casa

 

Su casa es la de enfrente. Nosotros vivimos aquí, y allí las cucarachas.

La puerta de la casa de la Bruja está más vieja que la Bruja. Salvo cuando el cielo se nubla, la Bruja no sale nunca de día: la luz la desintegraría inmediatamente. Algunos vecinos dicen que ella es capaz de ver en la oscuridad, pero yo no me lo creo. ¿Entonces para qué iba a querer esas gafas tan gruesas? A veces, al volver de la escuela, me parece ver a través de los hierros del ascensor una sombra que se escurre por el pasillo. Entonces intento ser valiente, trago saliva, abro la puerta del ascensor, asomo la cabeza y pienso en pronunciar su nombre: porque la Bruja, aunque parezca mentira, tiene un nombre. No es que yo no me atreva a hacerle frente, pero tardo tanto en decidirme que cuando empiezo a sentir que la boca se me llena del nombre pegajoso de la Bruja, ya no se ve a más nadie en el pasillo. O a lo mejor es que no había nadie.

Hablando de eso, la Bruja tiene un hijo. Por lo menos uno. Porque vete a saber a cuántos se ha comido. Aunque hay uno que todavía sobrevive: le gusta que lo llamemos Bicho y es de lo más simpático. Trabaja en muchas cosas. Está siempre ocupadísimo. Yo le estoy agradecido, porque me trata como si fuera mayor de lo que soy. Y eso, con los mayores, es bastante difícil. Parecen empeñados en que uno no sepa las cosas, así ellos tienen siempre algún secreto que guardarse. Con Bicho pasa todo lo contrario: me habla de cosas que no acabo de entender como si ya tuviera que saberlas. Cuando se ríe, Bicho me da un poco de miedo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935088

Diario de un hombre promedio

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Diario de un hombre promedio

 

Saldré de mi casa entre el amanecer y las ocho y cuarto. Habré dormido mal o regular. La mañana, con esa pátina familiar de las películas que ya hemos visto, me parecerá demasiado fría en invierno y calurosa en verano. Salvo precipitaciones, no llevaré paraguas. Me nadará en la lengua la textura pastosa del café instantáneo o el sabor profundo del dentífrico, que a mí me encanta aunque mis hijos lo detestan. La derrota de mi equipo en la víspera me agriará casi seguro el carácter, o acaso una victoria me levante el ánimo.

Vistiendo el traje que me compré en las rebajas del año pasado (dentro de tres o cuatro tendré que reponerlo), cruzaré la calle en busca de mi vehículo blanco, azul o rojo. O bajaré, si tengo suerte, a mi propia cochera. Aflojándome apenas la corbata, quién sabe si pondré la radio justo al arrancar o un minuto después. Escucharé indignado la tertulia política o, inverosímilmente, la sintonía clásica. Padeceré casi siempre un atasco en el centro. Me impacientaré muchísimo, bastante o lo normal.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935132

El editor no duerme

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El editor no duerme

 

A Adolfo García Ortega, Jorge Herralde y

Juan Casamayor, cada uno a su modo

 

Pensarán que es lo más cómodo. Que en vez de quemar las horas frente a una página, de las espesas tardes de tachaduras o la ansiedad de perseguir una palabra, lo práctico es dedicarse a esperar que lo hagan otros y después editar el libro. Si eso es lo que piensan, allá ustedes. Y aquí Libra, por cierto, respirando a mi lado.

Ya son más de las dos. No lo soporto. Quisiera que se callen. Un poco de silencio, es todo lo que pido. Mis jornadas pasan voraces y se doblan, de una en una y sin descanso, como las páginas de una novela siempre a medias. Ruedo en la cama de izquierda a derecha. Entre las sábanas, cerca del margen, Libra se encoge un poco. Basta ya.

Todo empezó como cualquier historia: sin avisar. Trabajábamos demasiado, pero los fines de semana desconectábamos el teléfono, nos llevábamos un par de manuscritos a casa y desaparecíamos. Entonces Libra cambiaba de sonrisa y me enseñaba la de siempre, la nuestra, su sonrisa de domingo. Tumbado junto a la pantalla parpadeante de la piscina, yo me dejaba imprimir por la sombra de la palmera. La fuente garabateaba un chorro de agua clara. Y así me dejaba ir, hojeando a gusto el domingo, y Libra iba y venía, y éramos felices hasta donde pueden serlo las personas razonables.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935156

Continuidad del infierno

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Continuidad del infierno

 

Durante el tiempo que mi padre estuvo internado, era lógico dejar el coche en el aparcamiento subterráneo del hospital. Me detenía frente al pequeño abismo de la entrada, deslizaba mi Opel blanco por la cuesta. Volvía a detenerme para pulsar el botón, pasaba por debajo de la barrera y me ponía a buscar sitio. Siempre encontraba alguno.

Yo detestaba acudir al hospital fingiendo una serenidad que no tenía, comprimirme en los gigantescos cajones de los ascensores, respirar ese aire demasiado limpio –amoníaco, irreal, desinfectante– hasta llegar a la quinta planta. Caminar entre las camas de los enfermos como a través de un campo de minas –no me toquen a mí, no me toque la muerte– y después Hola, papá, ¿todo bien, todo tranquilo?, tú descansa. Detestaba acudir al hospital, aunque reconozco que me gustaba bajar al aparcamiento y maniobrar lentamente con mi Opel blanco. Sumergirme en las entrañas del asfalto me aliviaba con una rara paz. Encendía los faros del coche y aquel interior gris, rojo y amarillo, la simetría de los muros y las columnas, se volvían un reino confiable con sus reglas seguras y su onírico silencio (¿soñamos, acaso, sonidos?).

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935088

Tesoro

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Tesoro

 

Para Eduardo García

 

El problema de Arístides era sencillo hasta la estupidez. En el arcón guardaba una caja de fósforos, una vieja zapatilla o talismán, una pelota de goma anaranjada, dos velas a medias, unas hojas en blanco y algunas otras cosas difíciles de precisar. Pero, pese a su madera noble, su fina terminación y sus cerraduras de plata, el arcón no guardaba ningún escarabajo de color turquesa.

Arístides buscó y rebuscó días y días (las tardes no: las tardes las soñaba bebiendo té de arándanos), removiendo el fondo con paciencia. Por supuesto, un arcón como el suyo no iba a dejarse doblegar fácilmente, e insistía en ofrecer al tacto la cera añeja de las velas, la goma endurecida de la pelotita, el cartón áspero de los fósforos, unos cordones hechos nudo, el papel cortante y todo lo demás. Pero jamás de los jamases, ¡qué ocurrencia!, un maldito escarabajo, ni vivo, ni muerto, ni dormido. Arístides suspendió la búsqueda, se tomó una temporada de reflexión y decidió cambiar de estrategia: empezó a beber té de amapolas.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos