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El otro caso de Arístides

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

El otro caso de Arístides

 

Ante cualquier iniciativa ajena, Arístides siempre contestaba que no tenía tiempo. Si algún amigo lo llamaba para invitarlo a cenar, él escuchaba en respetuoso silencio y después respondía que muchas gracias, pero que esa noche le resultaba imposible. Solía excusarse cortésmente con sus esporádicas amantes, en caso de que le propusieran repetir el encuentro. Sus propios hijos se habían acostumbrado a que, si por casualidad estaba en casa, Arístides apenas pudiera detenerse a jugar. Quizá por eso su matrimonio duró menos que sus reuniones de trabajo. A causa de la ruptura estuvo a punto de caer en una severa depresión, pero no tuvo tiempo para permitírsela.

Algunos años más tarde, cuando la muerte vino a buscarlo, Arístides tan solo se encogió de hombros. Más que un acto de valentía fue un gesto rutinario. No, no tengo tiempo, murmuró sin alterarse mientras perdía la conciencia.

 

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Las víctimas

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Las víctimas

 

I

 

Por mucho que insistan los poetas, nunca he sentido que un instante se me hiciera eterno. Esta idea siempre me ha parecido demasiado abstracta, además de cursi. Alguna vez he experimentado la intensidad extrema de ciertos momentos que, pese a su fugacidad, me han dado qué pensar durante largo tiempo. Pero no creo que un segundo pueda durar horas, ni nada parecido. Más bien al revés. Uno vive los acontecimientos decisivos de su existencia a una extraña velocidad. Y más tarde, burlado, se pregunta: ¿a quién le ha sucedido todo esto?

Ahora siento el hielo de la calma. Sé que, sencillamente, no ha mediado ninguna voluntad por mi parte. Apenas un pequeño movimiento. En el fondo me decepciona que las cosas puedan suceder así, tan por su cuenta, y que uno no haga más que asistir a ellas con mayor o menor proximidad. En este caso he sido, por supuesto, un espectador privilegiado. Pero teniendo en cuenta las circunstancias creo que habría valido más la pena ser el protagonista, ya que de todas formas tendré que ser la víctima. La segunda víctima. Ya se sabe cómo es la vida de rebelde: tú haces planes, ella sucede. De hecho yo había planeado muchas cosas. Por empezar, ir a la playa el viernes. A medio plazo, no sé: un buen fin de carrera, un puesto en algún laboratorio, más adelante una familia. Supongo que ahora tendré que revisar mis planes. Como mínimo los del viernes.

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Fundación mítica de la torre

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Fundación mítica de la torre

 

Además, ¿por qué pintar el hierro de color mantequilla?, ¿por qué esos dorados como si estuviéramos en L’Opéra? No, el buen gusto no está ahí. ¡Hierro, hierro y más hierro!

Paul Gauguin

 

I

 

–Y bien, señor Eiffel, ¿qué piensa hacer esta mañana con la ciudad?

–No, no, de ningún modo. ¡Por la noche!

–¿La noche?

–Afirmativo. ¡Cuando la rabia se enfríe! ¡Cuando la música empiece a ser espantosa en los balcones y se aplasten las flores del asfalto! Entonces sí.

–¿Entonces qué?

–¡En cuanto se interrumpa esta llovizna estúpida! Cuando la humedad no sea una presencia, sino apenas un beso en la memoria de las cosas. Solo entonces. Antes no.

–¿Antes no?

–¡Afirmativo! Necesariamente.

–Entiendo. ¿Y mientras tanto?

–Aferrémonos a los cirios del aire y oremos por que ocurra una catástrofe.

 

II

 

–Señor Eiffel, el agua ha huido. ¿Podemos empezar?

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El desfile

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El desfile

 

He soñado a mi abuelo Jacinto un poco más robusto que de costumbre. Era como si hubiese decidido trocar esa fragilidad en sus articulaciones, y su mirada retraída, y sus hombros mínimos, por una especie de alegría despreocupada al andar. Sus cejas seguían, por supuesto, proverbialmente negras; y su cabeza calva, matizada por la caricia de unos cuantos cabellos humedecidos, relucía. Íbamos al cine todos juntos. ¡Él, que jamás accedía a evadirse con imágenes ficticias que nos dis­traen de las realidades más urgentes, como solía decirnos! Caminábamos unos muy cerca de otros: mi abuela Blanca, la pianista reumática, perpetuamente enferma e inmortal; mi querido abuelo Mario, cirujano, ajedrecista, arqueólogo, ese abuelo demasiado perfecto para durarle a un niño; también mi bisabuela Lidia, la baba para todos, con una sonrisa impropia de su carácter, dando pequeños pasos de paciencia junto al zeide Jacobo, quien no dejaba de mostrarse, pese a no haberme conocido jamás, cercano y bromista conmigo. En el barrio había fiesta. Atravesábamos un parque, a ritmo desordenado, para ver una película de risa en blanco y negro. No faltaba ninguno. Yo charlaba con todos y me reía. Mi edad era indefinible; mis carcajadas, de infancia: los niños suelen reír como si fuera la última vez que lo hacen, mientras que los mayores parecen hacerlo por primera vez, como si no supiesen y les resultase incómodo. Así que aquel niño gritaba y corría de una figura a otra, incansable, acaso intuyendo que, cuando despertara, ya no tendría familia ni tampoco risa fácil.

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Primera luz

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Primera luz

 

Las jabalinas blancas alcanzaban a tocar, a través de la persiana, sus nalgas de mapamundi. Algo muy claro se derretía detrás de la ventana. Al verme solo, el rectángulo de la cama de matrimonio me pareció un territorio demasiado vasto: Bianca había huido. Entró al cuarto de baño. Se oyó un fino correr de agua, la explosión de la cisterna, una tos delicada. Entonces la arquitectura barroca de Bianca irrumpió de nuevo en el dormitorio. Me preguntó si pensaba quedarme mucho rato. Yo le dije que haría lo que ella quisiera. Bianca sonrió y se marchó a la cocina. Me impresionó verla descalza. En realidad, no se había puesto ninguna ropa al levantarse. Pero yo esperaba que se pondría al menos unas pantuflas, o esos diminutos calcetines rojos que ella suele usar, para saber si encontraba alguna diferencia de temperatura entre yacer conmigo y deambular por la casa.

De Bianca me gusta ese roce de bolsas de arena entre las ingles. Y me gusta el compás desarreglado de las nalgas, que se vuelven tirantes como un arco cuando se agacha un poco. De espaldas, sus caderas se ofrecen ligeramente hundidas para su robustez: allí donde uno esperaría ver sobresalir dos soberbios panales, se le forman en cambio unos encantadores huecos que aparecen y desaparecen mientras ella camina. Hace años que conocía a Bianca, y años llevaba deseándola entera. Claro que, al principio, yo había sido demasiado joven y ni siquiera podía soñar con un fracaso: debía conformarme con la fiebre silenciosa de mi cuarto, imaginando un porvenir de palabras ardientes y sudores de bestias. Había crecido casi enfermo, modelando mi deseo por Bianca cada vez que me tocaba. Más tarde llegó la edad y su momento. Con él llegaron también las dudas: ¿cómo decírselo? Por fin cayó otro invierno sobre Roma. El frío me ayudó a decidirme. Aquel año empecé a cruzar algunas palabras con ella durante mis salidas nocturnas. La veíamos pasar por la Via Veneto y alzábamos nuestras botellas de cerveza, le gritábamos cosas y reíamos; yo deliraba. Necesitaba abrir el cofre de sus nalgas. Necesitaba respirar a Bianca.

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