46 relatos
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Walk on the wild side

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Walk on the wild side

 

 

 

Es sabido que pocos hombres de extraordinaria profundidad de espíritu dejan de sentirse inclinados a la bebida.

Edgar Allan Poe, «Bon-Bon»

 

 

 

Ahora sé que no deberíamos haberla robado. Pero era tan tentador. Y tan fácil.

Es de noche. Estoy en el Bar Cordano. Lucho y Leonardo han salido a la calle para poder llamar por teléfono (dentro hay mucho ruido) y contar nuestra hazaña a varios colegas. Sobre la silla en la que hasta hace un momento se sentaba Leonardo, reposa su mochila. Dentro está nuestro botín. Abro la cremallera para comprobar que sigue ahí, que no es producto del cuelgue de pisco. De pronto, alguien me habla. La voz parece salir de la mochila. Una voz de mujer, dulce, agradable: David, devuélveme, te lo pido por favor. No puedo seguir aquí encerrada...

Me siento como Bart Simpson en aquel capítulo en el que roba la cabeza de la estatua de Jebediah Springfield. Cierro la cremallera y pego un largo trago de cerveza. A lo mejor así se apagará esa voz imposible.

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La vida natural

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

La vida natural

 

Queridos papá y mamá:

 

Siento haber tardado tanto en escribiros. Espero que estéis bien. Sé que mi decisión de trasladarme al campo no os hizo mucha gracia, pero tras un año en el frente pensé que era lo mejor. No diré que sea fácil, pero la vida natural, la disciplina y el trabajo duro son un gran estímulo. Al principio, lo reconozco, temí no acostumbrarme: echaba de menos los cafés, los restaurantes, las salas de cine... Pero vivir en el campo está resultando muy satisfactorio. Y tampoco he renunciado del todo a los pequeños placeres: en los días señalados, mis compañeros y yo organizamos fiestas a las que incluso asisten algunas chicas de la vecindad (antes de que te inquietes, mamá, decirte que siempre me porto como un caballero). Incluso hemos formado una pequeña orquesta para amenizar los bailes.

Cada día nos depara una nueva sorpresa. Y ahora que ya ha pasado lo peor del invierno y la primavera empieza a notarse, es un placer muy grato levantarse pronto y respirar el aire puro del bosque, la fragancia del tomillo, mientras amanece sobre las montañas cercanas. Lamentablemente, hay días en que el viento cambia y arrastra hacia nosotros el humo de las chimeneas. Pero eso ocurre muy pocas veces.

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Duplicados

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Duplicados

 

–Si el universo se está expandiendo, un día se romperá,

y eso será el fin de todo.

–¿Y eso a ti qué te importa? ¡Tú estás en Brooklyn!

¡Y Brooklyn no se está expandiendo!

Woody Allen, Annie Hall

 

En 1937, el físico Erwin Schrödinger imaginó un experimento que consiste en meter a un gato dentro de una caja opaca en la que se ha instalado un peligroso dispositivo: sobre una ampolla de veneno pende un martillo, el cual, a su vez, está conectado a un mecanismo detector de partículas alfa; si este es alcanzado por una, el martillo cae, rompe la ampolla y el gato muere. Junto al detector se coloca un átomo radiactivo con una característica especial: en el lapso de una hora puede emitir o no una partícula alfa; la probabilidad de que suceda una cosa o la otra es la misma: el 50%.

Evidentemente, al cabo de esa hora se habrá manifestado una de las dos posibilidades y el gato estará vivo o muerto. Pero no podremos saberlo si no abrimos la caja para comprobarlo. Las leyes de la mecánica cuántica nos dicen que mientras nadie mire en el interior de la caja el gato estará a la vez vivo y muerto. O lo que es lo mismo, se produce una superposición de los dos posibles estados. Al abrir la caja, el observador interactúa con el sistema y lo altera, rompe esa superposición cuántica y el sistema se decanta por uno de los dos estados.

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Más acá

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Más acá

 

Oscuridad.

 

Una pequeña lámpara se enciende y su escasa luz sólo deja ver la mesita sobre la que reposa y, junto a esta, una silla. Un hombre joven irrumpe en el espacio iluminado. Se le nota intranquilo. Tras mirar a su alrededor con movimientos rápidos, se sienta en la silla. Con gesto concentrado, rompe a hablar:

 

Hombre joven: Espíritu, si estás ahí, da dos golpes.

 

En el silencio de la habitación resuena un único golpe. La lámpara se apaga.

 

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Sincronía

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Sincronía

 

Para Ángel Olgoso

 

Hace unas semanas mi espejo empezó a retrasar. Me había colocado ante él, como siempre, para afeitarme y tuve la impresión de que mi imagen no iba acompasada con mis movimientos. No me equivocaba: el espejo devolvía mis gestos con un ligerísimo atraso. Como era el único que había en casa pensé que iba a ser un engorro tener que afeitarme a ciegas, así que salí y compré otro que funcionase bien.

Pero no he tirado el espejo rebelde. De vez en cuando siento la necesidad de sentarme ante él y comprobar si coincido, por fin, con mi reflejo. Pero eso nunca sucede. Y entonces cronometro cuánto tarda en aparecer mi imagen. Una imagen que viene del pasado (hoy el retraso es ya de una hora) y en la que me veo sentándome frente al espejo y mirándolo (mirándome) fijamente. El resto del espectáculo ya no me interesa: verme sentado ahí, inmóvil, durante muchos minutos resulta ridículo, y al mismo tiempo inquietante. Entonces me levanto y me miro en el otro espejo, donde todo está en sincronía. Y respiro feliz.

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