46 relatos
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Idiosincrasia limeña I (microrrelato en 10 planos y un instante)

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

Idiosincrasia limeña I (microrrelato en 10 planos y un instante)

 

1. Un tipo camina delante de mí charlando con una mujer.

2. Para esquivar una farola, se baja de la estrecha acera.

3. Sólo poner un pie sobre el asfalto, suena un terrible bocinazo y el tipo salta como un felino

4. mientras una destartalada combi pasa rugiendo a pocos milímetros de su cuerpo,

5. acompañada del berrido que le lanza el conductor: ¡Huevóóóóónnnnn!

6. Tras aterrizar de nuevo ante mí, como un gimnasta después de realizar su ejercicio,

7. el tipo me mira y dice con una enorme sonrisa:

8. Uf, casi me convierto en estadística.

9. La mujer ni se inmuta.

10. Siguen paseando.

 

 

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Juegos de bebé

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Juegos de bebé

 

Era nuestro juego secreto. Lo habíamos inventado una mañana en que yo no quería ir al cole. Ese día, mamá vino a mi habitación y me dijo que me levantara y me vistiera, que iba a llegar tarde. Pero yo tenía mucho sueño, quería seguir durmiendo, y me quedé tumbado en la cama, haciendo como si no la hubiera oído. En ese momento, mamá entró en la habitación, se acercó a mi cama y me tocó en el hombro, mientras me decía dulcemente Venga, levanta, que sé que estás despierto. Como yo seguía haciéndome el dormido, ella fingió que le hablaba a un niño pequeño. Así que ahora tengo otra vez un bebé, ¿no? Pues tendré que vestirlo, porque él no debe de saber hacerlo. Yo me moría de risa, porque mamá ponía una voz tonta. Pero no dije nada, ni me moví. Me gustaba que me vistiera. Entonces fue cuando inventamos el juego: ella empezó a vestirme como si yo fuera un bebé muy pequeño y no supiera hacerlo. A ver, primero el bracito derecho; ahora el izquierdo. Cuidado. Ahora los pantalones: pierna derecha, pierna izquierda. Muy bien. Qué bebé tan bueno tengo. Yo tenía que apretar mucho los labios para no reírme. Y mamá también se divertía. Yo la miraba con los ojos casi cerrados (para que pareciera que seguía dormido). Mamá reía, muy feliz. El juego terminaba cuando, después de ponerme toda la ropa, me hacía cosquillas. Y entonces yo ya no podía aguantarme más y me echaba a reír y también le hacía cosquillas a ella.

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Más allá

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Más allá

 

Para Ana, que lo salvó

 

El amanecer los alcanza en plena discusión. Los ánimos están algo exaltados.

 

El escéptico: Sigo pensando que te lo inventas. El otro lado no existe. Son cuentos de viejas para asustar a los niños y a los imbéciles.

 

El creyente: Y yo te digo que los he visto. Una vez, fugazmente. Pero son horribles. Nada nos une a ellos...

 

El asustadizo: Basta. No quiero seguir escuchándoos. Esas son cosas con las que no hay que jugar.

 

El incauto: Pues yo he leído que es posible comunicarse con ellos. Podríamos probarlo...

 

Un ruido llega desde el pasillo. Todos se desvanecen en el aire.

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El tesoro de los incas

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El tesoro de los incas

 

Una foto, un dólar, señor, una foto, un dólar. La frase me persigue como un estribillo, calle abajo. La niña que la pronuncia también. Y la pequeña llama (¿o es una alpaca?) que trota tras ella, ajena –por ahora– a nuestra batalla.

Acabo de explicarle que no le debo nada, que no le he hecho ninguna foto. Pero ella sabe que miento. Y eso que he tratado de ser sigiloso: he aprovechado que la niña parecía distraída mientras negociaba con un grupo de turistas yanquis (One photo, one dollar), para retratarla junto a su llama (o su alpaca).

La niña no es la única que ofrece ese servicio por las calles de Cusco. Desde que he entrado en la Plaza de Armas me han asaltado –ya lo esperaba– otras dos niñas, cada una acompañada por una llama (o una alpaca), una señora muy entradita en años (su llama –o su alpaca– parecía tener su misma edad y su mismo gesto de hartura vital), una pareja de mujeres algo más jóvenes que la anterior (estas cargaban crías de llama –o de alpaca– en bandolera, como si fueran bebés) y una vendedora de fruta. Y todas vestidas –como diría la guía que llevo en el bolsillo de la chaqueta– al modo tradicional.

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Walk on the wild side

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Walk on the wild side

 

 

 

Es sabido que pocos hombres de extraordinaria profundidad de espíritu dejan de sentirse inclinados a la bebida.

Edgar Allan Poe, «Bon-Bon»

 

 

 

Ahora sé que no deberíamos haberla robado. Pero era tan tentador. Y tan fácil.

Es de noche. Estoy en el Bar Cordano. Lucho y Leonardo han salido a la calle para poder llamar por teléfono (dentro hay mucho ruido) y contar nuestra hazaña a varios colegas. Sobre la silla en la que hasta hace un momento se sentaba Leonardo, reposa su mochila. Dentro está nuestro botín. Abro la cremallera para comprobar que sigue ahí, que no es producto del cuelgue de pisco. De pronto, alguien me habla. La voz parece salir de la mochila. Una voz de mujer, dulce, agradable: David, devuélveme, te lo pido por favor. No puedo seguir aquí encerrada...

Me siento como Bart Simpson en aquel capítulo en el que roba la cabeza de la estatua de Jebediah Springfield. Cierro la cremallera y pego un largo trago de cerveza. A lo mejor así se apagará esa voz imposible.

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