46 relatos
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El precio del placer

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub

El precio del placer

 

El hombre consta de mente y cuerpo,

pero el cuerpo es el único que se divierte.

Woody Allen, La última noche de Boris Grushenko

 

Desdoblarse es una lata. O al menos cuando se hace mal, como es mi caso. Porque llevo unas semanas experimentando ese fenómeno y mi vida se ha convertido en un infierno. Yo, como todo el mundo, había fantaseado alguna vez con lo estupendo que sería poder contar con un doble para, entre otras cosas, llevar a cabo esas ingratas tareas que siempre se eternizan. Siendo dos, pensaba, todo sería mucho más fácil.

Lo malo es que a mí sólo me ocurre cuando hago el amor con mi mujer. Freudianamente, podría pensarse que, por lo que acabo decir, el sexo es para mí algo ingrato (o al menos el sexo con mi mujer). Pero no van por ahí los tiros. Llevamos cinco años felizmente casados (a los que hay que añadir dos más de noviazgo), y nuestra vida sexual siempre ha sido satisfactoria. O al menos lo fue hasta hace unos días.

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Idiosincrasia (Interludio autoficcional)

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Idiosincrasia (Interludio autoficcional)

 

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Elegido para la gloria

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Elegido para la gloria

 

Soy el falso personaje que sigue los pasos del nombre.

Don DeLillo, Ruido de fondo

 

 

Nadie recuerda de quién fue la idea de bautizarle con ese nombre, ni tampoco las razones que explican una decisión tan extraña a la tradición familiar, donde todos los hombres se habían llamado desde siempre José, Juan o Luis. Podría apuntarse, eso sí, una posible justificación, no por inventada menos verosímil: sus padres, poco apegados a tan atávicas costumbres, y dado que el niño debía heredar obligatoriamente no sólo sus vulgares apellidos sino también un origen y una situación modestos, habrían querido insuflarle con tal apelativo cierta esperanza de superación. Sea como fuere, lo que en verdad consiguieron es que el pobre Ulises Pérez García fuera un completo infeliz, pues nunca supo adecuar tan épico nombre con su vida, que siempre estuvo sometida a la vulgaridad y el prosaísmo.

Desde niño, Ulises fue consciente de que su nombre era algo más que las seis letras que lo formaban. No conocía a nadie que se llamase como él y eso le hacía sentirse especial. Una sensación que aumentó al descubrir sus orígenes literarios: desde que fue capaz de leerla, la Odisea se convirtió en su libro de cabecera. Y no sólo por la fascinación que le causaron las aventuras de su tocayo griego, sino porque llamarse como el héroe homérico le hacía sospechar (de la manera en que podía hacerlo su tierno cerebro infantil) que había de conseguir grandes gestas en su vida. Una idea que también alentaron sus padres, aunque nunca imaginaron la forma en que Ulises trataría de hacerla realidad.

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Recuento

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Recuento

 

Para José María Merino

 

Todo el día conduciendo. Otro más. Harto de la carretera, tomo el primer desvío que sale a mi paso. Me lleva hasta a un pequeño pueblo. Tras dar con una pensión, dejo la maleta y salgo a pasear. Es un placer estirar las piernas después de tantas horas de coche.

El lugar no tiene mucho encanto. Le salva la pequeña playa que asoma al final de la que parece la calle central del pueblo. Bajo a la arena y continúo mi paseo cerca del agua. Hace frío. Estoy solo.

La playa termina en un grupo de rocas sobre el cual se entrevé lo que sin duda es el cementerio: sobre los peñascos asoman amenazantes algunas cruces y lápidas. Veo también la estatua de un ángel. Lo curioso es que este mira, vigilante, hacia el mar. Una extraña actitud que inmediatamente despierta mi interés por verlo de cerca. Tiempo atrás no lo hubiera hecho, pero me digo que será una visita rápida. No soporto los cementerios. No entiendo como hay gente que puede disfrutar paseando entre tumbas, entre lápidas que guardan memorias muertas de los que nunca volverán.

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Celebración en familia

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Celebración en familia

 

Para Carlota, por sus sueños

 

La fiesta estaba saliendo tan bien que no sabía cómo decirles que no me iba a suicidar. La felicidad se podía leer en los ojos de todos mis familiares, aun cuando eran conscientes de que ese día yo debía morir. Incluso había venido el primo Braulio, como perdonándome lo mal que se lo hice pasar cuando éramos niños. Fotografías, regalos (no para mí, claro, hubiera sido estúpido), abrazos, botellas de champán abriéndose sin cesar. No recuerdo un momento semejante junto a mi familia. Ni siquiera en Navidad. Lamentaba defraudarlos, pero aquel ambiente tan relajado, ver a todos juntos pasándolo bien, me hizo cambiar de idea.

Al principio lo había tenido claro. Todavía resuenan en mis oídos las palabras del médico: enfermedad incurable, tres meses de vida, dolores insoportables... El suicidio me evitaría la angustia de la cuenta atrás y el sufrimiento físico. Mi familia lo entendió perfectamente. La idea de la fiesta fue de mi padre. Mi madre se encargó de preparar todos los detalles de mi entierro (El ataúd es precioso, hija mía, me dijo feliz).

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