46 relatos
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CUSCO

David Roas Editorial Páginas de Espuma ePub
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Sympathy for the devil

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Sympathy for the devil

 

Para Albert Sánchez Piñol

 

 

 

Pleased to meet you.

Hope you guess my name…

The Rolling Stones, «Sympathy for the devil»

 

Carlos nunca imaginó que el éxito literario fuese acompañado de tantos sinsabores. Hacía muy poco que había publicado su segunda novela, Penélope en el Zaire, y si bien había obtenido tan buenas críticas como con la anterior (con un leve cambio: de «joven promesa» había pasado a «autor consagrado»), sus ventas inexplicablemente se dispararon. Lo que se tradujo en una continua presencia en prensa, radio y televisión. Carlos se había hecho famoso sin acabar de entender muy bien a qué o a quién se lo debía.

El éxito también trajo consigo a los admiradores. Siempre había pensado que eso era cosa de cantantes, actores y futbolistas, por lo que le halagó enormemente ver cómo el público empezaba a abarrotar las librerías y bibliotecas en las que presentaba su novela. Un poco incómodo al principio, rápidamente aprendió a acoger con un sonrisa las variadas muestras de cariño de tanto desconocido. Incluso las de aquellos fans más exaltados que acababan confesándole lo mucho que sus libros les habían cambiado la vida. Alguno hubo que llegó a decirle que la lectura de Epidermis glacial –su primera novela– le había devuelto las ganas de vivir.

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El precio del placer

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El precio del placer

 

El hombre consta de mente y cuerpo,

pero el cuerpo es el único que se divierte.

Woody Allen, La última noche de Boris Grushenko

 

Desdoblarse es una lata. O al menos cuando se hace mal, como es mi caso. Porque llevo unas semanas experimentando ese fenómeno y mi vida se ha convertido en un infierno. Yo, como todo el mundo, había fantaseado alguna vez con lo estupendo que sería poder contar con un doble para, entre otras cosas, llevar a cabo esas ingratas tareas que siempre se eternizan. Siendo dos, pensaba, todo sería mucho más fácil.

Lo malo es que a mí sólo me ocurre cuando hago el amor con mi mujer. Freudianamente, podría pensarse que, por lo que acabo decir, el sexo es para mí algo ingrato (o al menos el sexo con mi mujer). Pero no van por ahí los tiros. Llevamos cinco años felizmente casados (a los que hay que añadir dos más de noviazgo), y nuestra vida sexual siempre ha sido satisfactoria. O al menos lo fue hasta hace unos días.

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Sincronía

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Sincronía

 

Para Ángel Olgoso

 

Hace unas semanas mi espejo empezó a retrasar. Me había colocado ante él, como siempre, para afeitarme y tuve la impresión de que mi imagen no iba acompasada con mis movimientos. No me equivocaba: el espejo devolvía mis gestos con un ligerísimo atraso. Como era el único que había en casa pensé que iba a ser un engorro tener que afeitarme a ciegas, así que salí y compré otro que funcionase bien.

Pero no he tirado el espejo rebelde. De vez en cuando siento la necesidad de sentarme ante él y comprobar si coincido, por fin, con mi reflejo. Pero eso nunca sucede. Y entonces cronometro cuánto tarda en aparecer mi imagen. Una imagen que viene del pasado (hoy el retraso es ya de una hora) y en la que me veo sentándome frente al espejo y mirándolo (mirándome) fijamente. El resto del espectáculo ya no me interesa: verme sentado ahí, inmóvil, durante muchos minutos resulta ridículo, y al mismo tiempo inquietante. Entonces me levanto y me miro en el otro espejo, donde todo está en sincronía. Y respiro feliz.

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Todo tiene un final

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Todo tiene un final

 

 

 

Break on through to the other side.

The Doors

 

 

 

Tras situarse en la pista que le han asignado, el avión empieza a acelerar para el despegue.

El viaje ha terminado. Hay que volver a casa, regresar al otro lado del espejo.

Las últimas horas en Lima las has ocupado –no podía ser de otro modo– en un banquete con los amigos. Otro más. Anticucho, choritos a la chalaca, lomo saltado y un cebiche colosal. Palabras mágicas. Todo regado con varias Cusqueñas y unos piscos para brindar (emoción contenida) y prometer un pronto regreso.

Y sin tiempo para más, te has metido en un taxi. Y con él, una última zambullida en el delirante tráfico limeño, que te ha sonado también a triste despedida.

Casi sin darte cuenta has llegado al aeropuerto, has pasado por el control de pasaporte, has embarcado y esperas que el avión empiece a moverse.

Justo en el momento de despegar, te asomas por la ventanilla. Sabes que no puede ser, pero trotando sobre la hierba que bordea la pista ves a una pequeña llama (sí, es una llama). Y en el efímero instante en que pasas junto a ella, el animal te mira. Una visión fugaz. E imposible.

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