21 relatos
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La tierra es el cielo de los pájaros

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

La tierra es el cielo de los pájaros

 

1

 

Cómo se reían cuando Celsa lo contaba. Se reían sin cubrirse la boca y, entre las mandíbulas abiertas, Nico observaba los bolos alimenticios. Fraguándose. Se reían. Todos se reían. Si hasta él llegó a reírse cuando creció y dejó de preguntar chorradas como esa. Que si la tierra es el cielo de los pájaros, ¡menuda estupidez! Se reían. Siempre. Todos menos la abuela Celsa. Ella lo contaba muy seria. Ahora ella ha dejado de hablar y lo único que le sigue divirtiendo es un hombre con una escoba. La redundancia tal vez. Nico barre y Celsa ríe, derrama el agua de las pastillas. «¿Pasa algo?», preguntan desde la cocina. «No. ¡No es nada, mamá!», contesta Nico. «¡Recuerda que hoy te toca!», le dice. Como si Nico no supiera. Como si pudiera olvidar que todos los miércoles le toca.

 

–¡Qué bien acompañado vienes!

–Ya me he cansado de tu novia.

–Te gustan maduritas, ¿eh?

–Pregúntale a tu madre.

Nico simula irritación, pero agradece las provocaciones de sus amigos. Aligeran los noventa kilos de anciana sobre ruedas que impulsa por la arena. Los bañistas se compadecen de él y se miran las manos. Los amigos lo ayudan. Cogen a Celsa en volandas y la transportan hasta la franja de arena húmeda. Está calculado. Por mucho que suba la marea, las olas nunca llegarán hasta ella. Ella no puede mojarse.

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Deja todo como lo encuentres

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Deja todo como lo encuentres

 

–¿De qué vas, cabrón? –dije.

Pero lo dije muy bajito. Cruzaba un paso de cebra y un cuatro por cuatro pisó el acelerador, apremiándome. «¿De qué vas, cabrón?». Sí, eso fue lo que dije. El hombre se bajó del vehículo.

–¿Qué has dicho?

–No he dicho nada.

–Has dicho «de qué vas, cabrón».

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé porque sé leer los labios.

–Entonces aprende bien porque lo que he dicho es «camión», «de qué vas, camión».

El hombre me señaló con el dedo, volvió a escalar a su trasto y se largó.

Otro día que nevó mucho, el contable ejecutó un salto mortal. La oficina estaba medio vacía. Cogió carrerilla en la sección de contabilidad, giró en el aire y aterrizó de pie sobre la moqueta de atención al cliente. Con aire triunfal y los pelos en desorden. Esperaba un aplauso.

–Se te ve la coronilla –le dije.

Al menos, impresionó a la becaria y quedaron para comer. O para hacer girar los platos sobre palillos. Tal vez sostuvieran tenedores en la punta de su nariz. Tal vez.

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Decexo

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Decexo

 

El hombre era guapo y Coleta lo examinó como si se tratara de unas cortinas. Calibró su peso, su textura y si combinaba con su aparador de cerezo. Al fin y al cabo, ella tenía unos trescientos años y él no llegaba a los cuarenta. El vagón de metro arrancó y el hombre guapo, mirándola, se acarició el labio superior con el pulgar. La mujer se sobresaltó con disimulo. Pensó en otras receptoras. Pensó en una mancha en su cara o en lechuga entre sus dientes de la que él la advirtiera con ese gesto, pero reprimió cualquier movimiento que delatara su turbación. No hay que olvidar que ella tenía unos trescientos años y que, aunque a semejante edad estaba por encima de cualquier acto libidinoso, le quedaba el sentido del ridículo. Él volvió a hacerlo. El tren se detuvo y Coleta saltó al andén. En dirección a los tornos cuando escuchó el frufrú de unas cortinas a su espalda. No se le ocurrió acelerar el paso. Con trescientos años no podía exponerse a una caída. Su intención original había sido sacar un tique de diez viajes e iba a sacar un tique de diez viajes. Se dispuso frente a las máquinas expendedoras y él se detuvo detrás. Demasiado cerca. Coleta intuyó el bulto de sus pantalones en el campo gravitatorio de su culo. El magnetismo de un miembro erecto; en especial, bajo un pantalón de algodón ajustado en las caderas. Un bailarín en sus horas descanso. Las cortinas se desplegaron y ella quedó atrapada entre sus brazos.

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Buena

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Buena

 

Ella cambiaba las fechas aposta. Decía por ejemplo:

–Nosotros fuimos a Cádiz en julio de dos mil seis.

Él la corregía.

–Fue en julio de dos mil uno.

–¿Qué más da? –ella se dirigía a los invitados–. ¡El aire nos arrancó la sombrilla! Y aquella pobre señora... ¿Te acuerdas? Menudo golpe.

–Claro que me acuerdo, pero fue en julio de dos mil uno.

–¿Seguro?

–Seguro.

–Soy un desastre –cedía dócilmente. Como un tapón de rosca–. Confundo los años y confundo las playas. Espero no haberme confundido de hombre –frotaba con vigor el brazo de su marido–. ¿Queréis otra copa?

Era su forma de hacerse la buena esposa.

 

Para hacerse la buena madre entraba en una mercería.

–Dos madejas de angora celeste y dos botones con forma de patito –pedía.

Y esas palabras le proporcionaban autoestima. Una mujer que sabe lo que quiere. Lo que no quiere es peleas. Las peleas de sus padres cuando era niña. Ella se alineaba con su madre porque era lo que quedaba tras el portazo. Ella aprovechaba la riña para hacer un puzle de doscientas piezas. Después se herían tan rápido que apenas completaba uno de treinta. Lo dejaba a mitad y salía de su cuarto. Ahí estaba su madre. Junto a la ventana de la cocina. Contemplando, a través de sus geranios, los geranios de los otros.

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Cuna

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Cuna

 

Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. «Hoy no es mi cumpleaños», me dijiste. «Da igual. Ábrelo», insistí. Rompiste el papel de mala gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas. Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso me gusta entrar a la ferretería. Echar un ojo por ahí y, cuando me decido, pedirle al encargado que me ponga siete de eso. «¿Siete alcayatas?». «Exacto. Siete alcayatas», pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el vuelo desde mi estómago. Los nombres suelen ser más bellos que las cosas. Me gustan especialmente Bernardo y tachuelas. Pero no puedes llamar a nadie Bernardo Tachuelas. He aquí la esclavitud de las palabras. Estuve a punto de conocer a un Bernardo y conocí unas tachuelas, que son como las chinchetas aunque no es necesario que su cabeza sea circular y chata. Algo sin complicaciones. Lo que puedo ofrecerte. También una pelota de playa. «¡Vamos, hínchala!», te animé. Y empezaste a soplar. Supongo que los dermatólogos ya han estudiado este fenómeno. La tersura que gana terreno a las arrugas. La posibilidad de rejuvenecer un rostro soplando por sus narices. Tú, sin embargo, no parecías contento. Tenías miedo. Miedo de que explotara. Esta vez no lo hizo y vimos que el balón traía dibujado un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes. Un motivo que se repetía en el ecuador del balón. «¡Abre el otro, venga!», te apremié. Suspiraste resignado y tus dedos se hicieron torpes con el minúsculo envoltorio. Al final, arrancaste el celo con los dientes y te pinchaste. «¡Mierda!», dijiste. Tu boca empezó a sangrar y yo te traje alcohol y agua del grifo. Estabas tan apurado que untaste el algodón en el vaso y bebiste del bote. «¡Mierda!», escupías. La situación no dejaba de ser graciosa y yo lamenté la falta de consistencia de tus encías de pladur. «Si la alcayata se hubiera sostenido en tus premolares habríamos podido colgar un cuadro», bromeé. «¡Has vuelto a beber!», me soltaste. «¡Mira quién habla! El señor que acaba de echarse un trago de alcohol desinfectante», respondí. Luego me puse a llorar. Porque hago todo lo que puedo. Te lo juro. Porque esto es todo lo que puedo ofrecerte: un balón de plástico y siete alcayatas de acero o de latón, de rosca o de clavar, grandes o pequeñas. Me llevé las estándar porque, según el ferretero, valían para cualquier cosa. También para demostrarte mi amor. Qué otra cosa propones con el dinero que me dejas. Bloqueaste mi cuenta por lo de mi afición al vino, por lo de mi afición a las tragaperras del Roxi Palace, por lo de olvidar dinero en los sombreros de los mendigos. El otro día, el día más frío de este invierno, crucé los porches donde duermen y uno de ellos, agarrado a un cartón de vino, gritó: «Si sigue nevando así, me voy a misa de una a dar pena». Te he regalado tantas veces la misma cosa... La misma pluma envuelta en Navidad y vuelta a envolver la Navidad siguiente; el mismo disco de Eric Clapton remasterizado por otra compañía; un beso igual a otro beso y, en tu sexo, siempre los mismos labios. Seamos honestos. No estoy borracha por haber bebido. Bebo porque estoy borracha. Borracha, ebria, embriagada de las flores del cementerio y de esas otras. Las que tú me regalas por mi cumpleaños. Cada doce de junio, esa docena de rosas que son como una afrenta. Como si me dijeras: «Esto sí que es un regalo. Aprende». Y tú tienes que conformarte con siete alcayatas y un balón. Papel de lija a fin de mes, cuando sólo me quedan sesenta céntimos. «Para regalo, por favor», le digo al ferretero. A base de ponerte algodón entre el labio y la encía, dejaste de sangrar. A base de concentrarme en tu herida, dejé de llorar. Entonces me sorprendiste. «Toma», me entregaste otro sobrecito. Siete hembrillas de hierro cincado. Siete hembrillas estándar para mis siete alcayatas estándar. Las clavamos en la pared del pasillo. ¿Qué prenderemos de ellas? ¿Láminas de jazz? ¿Acuarelas? ¿Aprovechará una araña la infraestructura para tejer su red? De una patada, enviaste el balón al cuarto del fondo. Giraba en una esquina y al girar daba la impresión de que el perro con el cubo entre los dientes se ponía a correr. Nada más que una ilusión. La cuna vacía. Alisé un pliegue de la colcha y tú pusiste una mano en mi vientre. «Sólo te necesito a ti», me besaste. Y yo qué sé. Yo qué sé. Si ahora nevara, si no dejara de nevar hasta el mediodía, iría a misa de una. A dar pena.

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