21 relatos
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Líneas

Isabel González Editorial Páginas de Espuma ePub

Líneas

 

«Si necesitas menos líneas, enséñales las tetas», me dijo mi jefe. Lo mismo me había aconsejado mi madre para encontrar un buen marido. Tal vez pronunciara escote o proximidad o perfume de almizcle. Eso no tiene importancia. Mi jefe censuró el diseño de la página cinco y seguimos hablando de cuerpos de letra y de blancos entre la cabecera y el titular. Repasábamos el periódico de ayer y le gustó la página diez. «Su evanescencia», precisó. Le transmití mi malestar porque, para hacerla, habían tenido que cortar la crónica de guerra de Kalil.

–Tuvieron que quitar la parte en que una madre protege una hogaza con su cuerpo. Un pan tan duro que, si lo hubiera usado de escudo, le hubiera salvado la vida.

–No te preocupes. Cuando Kalil vuelva, le enseñas las tetas y ya está –volvió a decirme. Tal vez pronunciara «le pides disculpas» o «le invitas a un café». Eso no tiene importancia.

–Eres como mi madre –me levanté.

Se lo tomó como un piropo y abandoné el despacho. Mi silla había desaparecido. Eso era la redacción de un periódico. Un lugar donde vas al baño y, de regreso, han volado una mezquita y tu silla. Lo del asiento es lo que agota. Lo otro, una información de apertura a tres columnas. Robé la silla de alguien y le puse mi nombre con tinta indeleble. La especialista en exrepúblicas soviéticas tamborileaba con su lápiz en mi teclado.

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No es amor lo que se pide

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No es amor lo que se pide

 

No es amor lo que se pide. Son muchas cosas pequeñas y sin descanso. Una tras otra. No sé por qué lo llaman amor. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso. Creo que podría ajustar mi vida a ello. ¡Se ha acabado el queso rallado!, descubro el paquete vacío. Me alarmo. Pero hay queso en la despensa y un rallador en el armario y he perdido la costumbre de aunarlos.

Hoy me he levantado a las seis, he planchado, he enviado dos correos y he contemplado a mis hijos mientras dormían. Aunque no me reclamaban, les he arrancado la sábana y los he despertado. Porque, a veces, también es lo que no se pide. Sobre todo, lo que no se pide. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso y también lo que no se pide. El verbo dar. Un estadio primitivo. Ni siquiera precursor del trueque. Sacarse una muela y que consista en entregar una muela. Sacarse un hijo y que consista en entregar un hijo. La entrega. Una mujer que se llama Marisa y que llama Marisa a su taza. Marisa, al aparador. Marisa, a su calle y a su coche. «¿Marisa marisa?», pregunta a los vecinos. Los vecinos le sonríen como si fuera estúpida. No se dan cuenta de que, hablen de lo que hablen, también ellos están siempre hablando de ellos.

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Magnolios

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Magnolios

 

Por cada beso que no iba a darle, Jaime le colgó unas cortinas, le empotró el espejo del baño y forró con hule las estanterías de la despensa. Ese era el trato. Él se quedaba en el piso, y Estela y la niña se trasladaban a la casa del pueblo. «Se ha estropeado el calentador del agua», telefoneaba Estela cualquier miércoles, y Jaime conducía doscientos kilómetros para cambiar unas pilas. «No sabía que el calentador funcionaba con pilas», se excusaba Estela. Se aprovechaba de la mala conciencia de su exmarido. Pero eso sólo duraría un tiempo. En cuanto no se fundieran más bombillas y el gato no se metiera en la tubería de desagüe y el viento no arrancara otra vez el toldo y las golondrinas no oxidaran la baranda con sus deposiciones, él se convertiría en un gran escritor.

­–Nuestro matrimonio no funciona.

–Lo que no funciona es tu cabeza. ¿Y la niña? ¿Has pensado en tu hija?

–Hablo de nosotros.

–¡No! De lo único que hablas es de tu dichosa novela. ¿Sabes qué es lo que te falta?

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El establo

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El establo

 

Lo esperó durante horas en un establo del año dos mil diez. Sin abrir el bolso con la ropa interior negra. Lo esperó así, sentada al borde de la cama, con las piernas juntas y el bolso sobre las rodillas. Lista para coger el autobús a una ciudad extraña. Echó un vistazo a las serigrafías colgadas en la pared de piedra. «Chillida», leyó en las plaquitas. Kentias en el pesebre. De modo que en esto se habían convertido los establos. Habían llevado los burros al zoo y habían devuelto los leones a África por cuestiones ecológicas. El resultado es que ahora los zoos eran una cosa aburrida llena de asnos y de conejos, y que ella ocupaba el lugar exacto donde pació una mula. Aparearse en la habitación pija de una casa rural restaurada. Lo que había venido a hacer. Con esos cuadros que no le gustaban y que tanto se parecían a las argollas suspendidas sobre la cama. Donde no estaba la cabecera. Donde se amarraba a las bestias.

Por supuesto, pensó que aquel no era su sitio. Claro que quiso marcharse. Pero huir requería demasiadas gestiones con las que no había contado. Encender el móvil, llamar a un taxi, inventar excusas. Volvió a mirarse el reloj y sus zapatos inapropiados. Se descalzó. Un sistema de calefacción bajo el suelo templaba las baldosas de pizarra. Resultaba agradable. Podría esperar así otras cuatro horas. Cuarenta horas. Cuarenta años desde aquel fuego. Contaban chistes y el chico del ciclo superior quemó las suelas de sus botas. El chico del ciclo superior saltaba sobre las llamas, imitaba a una grulla y bebía de dos botellas a un tiempo. Cualquier sandez a la que está dispuesto un adolescente por llamar la atención. Y lo conseguía y era un orgullo que, entre todas las chicas, fuera a ella a quien cogiera de la mano. Hubo abucheos, silbidos, gestos inequívocos, la constatación de que algo se avecinaba. La pareja se alejó de la lumbre y caminó por la orilla del pantano bajo otra luz. La de la enorme luna que dibujaba las eneas. El chico del ciclo superior no la arrastró sin embargo hacia su tienda. Porque allí hacía frío. Porque los borrachos tropezaban con los vientos y soltaban las piquetas. Dejaron atrás la zona de acampada y se encaminaron hacia su coche. Él le abrió la puerta. Ella subió tiritando. «¿Tienes frío?». Arrancó el motor y la radio. «¿Te gusta?». Los pies arriba y la cabeza abajo. El tacto extraño, los dedos ajenos y ese olor a gata recién parida de los lugares cerrados donde se practica sexo.

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Trasplante

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Trasplante

 

Más bello que arriesgado, se dijo Román. Aparcó el coche en la cuneta y se dispuso a bajar para contemplar el río. Hacía tanto que no llovía tanto... «¡Vamos, Traca!», animó en voz baja a su perra. No quería molestar a Héctor. Su hijo recién nacido que dormía en un capazo anclado al asiento. Román cerró la puerta con cuidado, se ajustó la capucha y caminó hacia el río. El caudal era denso y pardo. Tan imponente que debería pensar algo grave. La vida y esas cosas. Pensó en lo que le decían de crío cuando se bañaba ahí mismo: «Si meas dentro, vendrá un siluro y te arrancará el pito». «El pito», rio mientras Traca ladraba. Ladraba tan fuerte a los troncos arrastrados por la corriente que Román se acercó a ella. «¡Calla!», le ordenó. Luego temió que no se dirigiera a los troncos. «¡Joder!», se adentró en el barro. «¡Joder!», avanzó entre los álamos con el agua por la cintura. «¡Joder!», trepó a un árbol.

Desde aquel día, su hijo tenía los ojos de un azul turbio. Lechoso. Con demasiado porcentaje de gris. «Es por el pecho –le explicaban a Marina–. Cuando dejes de amamantarlo sabrás su color auténtico». Pero Héctor ya tenía ocho años y el color auténtico de sus ojos era azul turbio. Lechoso. Con demasiado porcentaje de gris.

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