34 relatos
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El hombre araña

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El hombre araña

 

El niño, disfrazado de hombre araña, espera cinco minutos antes de llamar a la puerta de los vecinos. Pasa todos los fines de semana con ellos. Alguien lo entrega el sábado a la hora de desayunar, y alguien lo recoge el domingo por la noche. El niño lleva siempre bajo el brazo la caja secreta. La caja secreta es de metal y está protegida por un candado cuya única llave solo guarda el niño. Nadie salvo él toca la caja secreta.

Como es carnaval, el niño no quiere quitarse el disfraz ni pronunciar palabra. Incluso come con la careta puesta y duerme vestido de hombre araña. Al niño le gustaría trepar por las paredes de la casa de los vecinos, como los auténticos hombres araña, y tender una red gigante en una esquina del salón para que los habitantes de la casa quedasen atrapados. Como sabe que eso no es posible, se agazapa en el sofá de cuero con sus zapatillas de hombre araña y la careta bien encajada. Los vecinos, sin poder evitarlo, le regañan por pisar con las zapatillas de hombre araña el sofá recién comprado.

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Crucero

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Crucero

 

Aquel día me rodeaban decenas de personas en la cubierta principal. No exagero. Decenas. Y ninguna de ellas vio nada. Hacía bastante viento, pero el calor sin tregua del solárium las había empujado hasta el lugar donde solía refugiarme por las tardes. Todas ellas estaban de espaldas al mar cuando la ballena se dejó ver.

Yo estaba sentado donde cada día, bien sujeto a la barandilla, con las piernas por fuera, la vista clavada en el horizonte y el viento en la cara. Forcé la vista cuanto pude para asegurarme: sin duda era una ballena azul. La ballena azul. El animal más inmenso que ha existido nunca. En el momento en que me levanté de un salto la ballena sacó la mitad del cuerpo del mar y expulsó una ráfaga de agua al aire. Cómo no gritar.

–Una ballena. Una ballena. Una ballena. Está echando chorros de agua.

Ninguna de aquellas personas que me rodeaban se mo-
lestó en girarse, dudo, de hecho, que pudieran escuchar algo que no fuera la música estridente de los altavoces. Formaban pequeños grupos cerrados, de espaldas al mar, seguían el ritmo de la música con los pies y fumaban. Sus cuerpos se movían como amebas. La música estaba tan alta que ni el ventarrón del mar podía con ella. Y la ballena azul seguía allí, expulsando chorros de agua, con su cuerpo gigantesco cada vez más cerca del barco, sin ser vista.

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La planta que grita

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La planta que grita

 

La habitación a la que llego está llena de macetas de diferentes tamaños, colocadas donde debería situarse el mobiliario. Camino hacia la planta que grita, cubierta de flores azules. Los pétalos caen alargados hasta el suelo. En lugar de crecer en tierra las flores brotan del interior de bocas abiertas, crecen tallos fuertes desde las gargantas.

 

 

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Esos niños que lloran

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Esos niños que lloran

 

No tenías que haber escuchado a los niños que lloran desde las catacumbas. Ya no están ahí. Ahora todo está olvidado, las plantas han vuelto a crecer en la ciudad jardín, han vuelto a llenarlo todo. Hace tiempo que el rey está en silencio. No debías haberlos escuchado.

Solo pasabas por ahí. Pasabas sin querer, en uno de tus viajes perdidos, y sin querer entraste en las alcantarillas. En tu defensa debemos decir que no sabías que eran alcantarillas, tan anchas, tan túnel, quién lo hubiera dicho. Estabas ya dentro cuando escuchaste el llanto, acolchado por las hojas húmedas de las plantas que cubrían los muros. Lo escuchaste claramente. El grito llanto. Surgió desde las catacumbas, llegó a ti y te rodeó como un eco. Tantos niños lloraban dentro, no tenías que haberlo escuchado. Ya no era tiempo.

Porque solo pasabas por ahí y no vas a poder hacer nada. Igual que no pudimos nosotros, que nos callaron y nos hicieron polvo de piedra. Lo único que podrás hacer es cruzarte con las jardineras, vestidas con sus trajes de faena igual de impolutos que siempre, arrastrando los carros rebosantes de viandas y escobas, y aprender a mirarlas con un respeto nuevo, como hacemos nosotros. Sabiendo que son ellas las que lo escuchan día tras día, desprendidos como un eco que sube, y las rodea, en cada piedra que barren.

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El otro lado

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El otro lado

 

En el mundo del otro lado la niña jugaba a correr descalza. Bajo el árbol de bayas rojas tropezó con una hoja afilada y se cortó los dos pies, que saltaron por los aires. El perro loco y sus animales dejaron de pastar y se detuvieron a observarla. La niña se dejó caer, apoyada su espalda en la corteza. Sentada sobre las raíces rugosas del árbol de bayas rojas, la niña se desangraba.

Cuando llegó el cirujano parecía dormida. El cirujano cargaba una caja de madera y una fusta antigua. Con la fusta espantó, durante un momento, al perro loco que se había acercado, con sus animales, a olisquear a la niña. De la caja sacó trapos blancos, hilo y parches. El cirujano trabajó rápido. En un pispás le cosió los dos pies.

Y la niña recuperó el color.

Cuando despertó no sabía qué le dolía tanto. Las costuras recién apretadas se resintieron al apoyar la niña todo su peso en ellas. En seguida aprendió la niña a mantener el equilibrio sobre los pies cosidos. Como caminar era difícil, trepó al árbol de bayas rojas. El perro loco y sus animales se acercaron, olisqueando el aire que dejaba la niña tras sus pasos.

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