44 relatos
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Paranoias

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Paranoias

 

 

 

Bien haya quien desprecia

Esta fábula necia

De honores, pretensiones y lugares (…)

Lope de Vega, La Gatomaquia

 

 

 

I

 

Alma soñó que la perseguía el profesor V., un hombre redondo como Humpty Dumpty que llevaba una banderita nacional y la agitaba convirtiéndola en guadaña. Cada vez que Alma quería hablar, el profesor V. le ordenaba que callara. Si escribía una línea en su cuaderno, gritaba: ¡uuuuh, está mal! Si comentaba algo, ponía las manos en bocina para gritar: ¡tooontaaa! Entonces Alma intentaba esconderse entre las hierbas, pero el profesor V. sacudía el verde con su bandera mientras berreaba: ¡mátenla! Así que un buen día, conmovida por tanta dedicación, se cortó la cabeza, la puso en un plato y se la sirvió al profesor V.: era la única manera de responder a un odio tan apasionado.

 

II

 

Alma se acercó a la cocina, donde el profesor V. estaba cortando un bacalao.

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Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

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Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

 

Myriam Rabidovich había sido desde siempre mi mejor amiga. Crecimos en Chivilcoy, cerca del viejo molino, donde hay calles de tierra, fuimos juntas a la escuela primaria, luego a la secundaria, más tarde compartimos una pieza de pensión en Buenos Aires y nos apuntamos a un curso de diseño de modas. En esa época intercambiamos vestidos y blusas, pantalones ajustados y hombres a los que besamos y que nos querían manosear. También aprendimos a caminar como modelos.

En el verano anterior al fin de los estudios juntamos todo nuestro dinero y nos fuimos de vacaciones. Al regresar a clase hicimos el proyecto de vivir juntas y de poner un negocio donde venderíamos nuestras propias creaciones. Pero ese mis­mo semestre Myriam decidió abandonar los estudios para casarse.

Por supuesto que asistí a su casamiento, que se celebraría poco antes de Navidad. Yo estaba en Buenos Aires estudiando, y ella había regresado a Chivilcoy, así que viajé unos días antes porque Myriam estaría sola y quería ayudarla con el vestido. Beto era viajante, ofrecía detergentes y esas cosas de las tintorerías, para ello tenía que recorrer el país de una punta a la otra. Viajaba en micro, porque para entonces todavía no habían podido comprarse un auto de segunda mano, pero decía que no le importaba.

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Paternidad

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Paternidad

 

Para Carola Aikin, que sabe de monos y de dragones

 

Asomado a la cuna de su hijo, Fermín tuvo un segundo de lucidez, un chispazo que intentó abrirse camino en su abotargado tejido neuronal. Estaba así porque no había dormido casi desde que el pequeño llegara a casa y ahora, mirándolo a la luz tranquila de la mañana, le pareció que esbozaba desde su cuna una sonrisa entre satisfecha y perversa y que luego le guiñaba un ojo. Descorrió aún más las cortinas que daban al jardín de la urbanización y se volvió para observarlo: no podía ser, los recién nacidos apenas se expresan mediante reflejos condicionados, era impensable que ese gesto torticero fuese voluntario. Definitivamente, el niño no podía estar riéndose de él.

En el jardín estaba por florecer el almendro y una rama arañó el cristal; luego un rayo de sol apuntó hacia la cuna y el niño frunció la nariz. Temeroso de que se despertara, Fer­mín volvió a correr las cortinas, se sentó en su sillón de lectura sin encender la luz. Como no podía leer, pasó a observar los vagos contornos de la habitación en la penumbra. Le gustaba su casa, los libros, los cuadros, las pilas de CD, los recuerdos de los viajes que lo rodeaban con su silencio tranquilizador. Pero esta vez ni el valor narcótico de los objetos fue capaz de calmarlo y la inquietud comenzó a retorcerle el estómago.

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Europa

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Europa

 

 

 

Amar es ser yunque o martillo

Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles

 

 

 

Europa es un sueño que solo existe en la mente de los latinoamericanos y abarca Francia, España, Italia e Inglaterra. Antes de la Segunda Guerra Mundial, este viaje mítico se hacía en dos direcciones opuestas: de Norte a Sur, y estaba protagonizado por emigrantes que buscaban cobijo de la violencia o la penuria, o de Sur a Norte, y los pasajeros eran americanos ricos que consideraban iniciático el trayecto. Cruzaban el Atlántico en el mismo buque pero, mientras unos viajaban casi en la bodega, otros lo hacían en el cielo de la primera clase.

En ese tiempo, no tan lejano, nadie era poderoso, ni culto, ni elegante, si no conocía París, y hay que aclarar que «nadie» era lo que, en los medios elegantes, se consideraba «todo el mundo». Protegidos de toda fatiga por su personal de servicio, familias enteras comenzaban el trayecto rodeados de mapas y baúles, perros y gatos. Si había niños, se viajaba con una vaca. Si estos tenían edad escolar, mientras los padres paseaban por el continente, se los internaba, por ejemplo, en Eaton. Pero, en los años veinte, la última moda era comprarse un pied à terre en París.

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Exilio

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Exilio

 

... tu sitio, ya lo sabes,

partió cuando llegaste.

Luisa Futoransky.

París, desvelos y quebrantos.

A Juan Ignacio Isaguirre,

a Silvina Jensen

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina. Lo hice en un avión de Iberia, que tomé en Montevideo, por el temor que me producían las constantes desapariciones en la frontera. Salí vestida de verano, como si fuera una turista que se dirige a las playas del Uruguay y, dos o tres días más tarde, subí al avión que me llevaría a España, donde era invierno. Me despidieron mi padre y mi hermana. Tardé seis años –los que duró la dictadura– en poder regresar al país.

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid aterida de frío. Venía del verano, la tristeza y la falta de sol fueron el primer impacto. Tenía una prima aquí, que había venido hacía unos meses con una beca. No acudió a buscarme al aeropuerto, más tarde dejó de recibirme en su casa porque me consideraba peligrosa. Yo pensé que una persona que sólo teme por sí misma aún a miles de kilómetros del peligro es alguien con quien no vale la pena mantener ninguna relación.

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