44 relatos
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La sirena

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

La sirena

 

A Leticia Rossón Massa

 

El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!

–¿No le da vergüenza? –dijo una mujer–. ¡Vender a esa pobre chica!

–¿A cuánto el kilo, jefe?

–Se la pongo más barata que las sardinas...

–¡Mamá, mamá, cómprame ese pez!

Con displicente impudicia, la sirena exhibía su torso de diosa mientras abría las valvas de un marisco palpitante: brillaba la cola de plata donde un rebullir de escamas se entretejía con algas.

–¿Y por qué la vende?

–¿Muerde, mamá?

–Estoy cansado de ella: no hace más que comer, bañarse y dormir. Además, no habla. Y por las noches...

La sirena lanzó una mirada de indiferencia. No parecía tener más de quince años.

–Pues quiero la mitad: la de arriba.

–El kilo de mujer es más caro. Mire, mire qué cuerpo, qué cara. El pescadero afilaba su cuchilla.

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Así que esto era el amor

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Así que esto era el amor

 

Para Mercedes Calabrese Obligado

 

Para ser tan viejo, tenía unos ojos brillantes que parecían querer decir algo por encima de los tubos y los cuidados, también la sonrisa burlona le llamó la atención. Había sido bastante famoso, dijo su sobrina, mientras le ofrecía mucho más de lo que se suele pagar por este tipo de cosas.

–Quiero que esté bien, pero tengo dos niños y muchísimo trabajo, ni siquiera vivo en la ciudad. Vendré de vez en cuando, no me queda otra que fiarme de ti.

Lyuba recibió llaves e instrucciones. En realidad, aquella era la primera vez que cuidaba a alguien. Había intentado ganarse la vida dando clases de ruso, pero nadie quería aprenderlo en Normandía, eran los rusos los que pagaban por aprender francés. Además, ella no era ni rubia ni alta, sino más bien pequeñita, muy plana, con aspecto de oriental.

Acomodó la almohada del viejo y, durante toda la tarde, sentada junto a la ventana para no gastar luz, estudió sus exámenes. Cuando llegó la enfermera de noche, Lyuba ya se había hecho a los ojos del viejo. En su tierra, cuando ninguna mujer se podía ocupar, a los ancianos se los subía al trineo y se los llevaba a buscar líquenes. Su abuelo había muerto ayudando a su padre con los renos, y su abuela había sobrevivido más de cien años sin dejar nunca de guisar. Todo era diferente aquí, Lyuba necesitaba dinero, era demasiado mayor para vivir bajo el mismo techo que sus padres de adopción. Al principio había fantaseado con volver a Rusia, pero el tópico de que los niños adoptivos buscan su pasado no tenía sentido con ella, que recordaba todo. Además no era rusa sino una nómade, una habitante del Ártico.

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Agujeros negros

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Agujeros negros

 

Para Martín Obligado y Natalia Ares

 

Un hombre está sentado en el banco de una plaza. Siente un dolor y, mientras cae, se toca el pecho. Lo humilla arrastrarse, el pantalón manchado con tierra, está tan encogido que no puede gritar, es incapaz de alcanzar las pastillas. Es su segundo ataque, sabe que será el fin si no lo ayudan. De pronto, a la altura de su cara, ve unos zapatos moteados, como de bailarina española, calcetines rojos, el ruedo de un vestidito rojo también. Una niña, con su globo, se acerca y lo estudia. No entiende por qué ese hombre se retuerce, los adultos son muy extraños. Va a llamar a su madre cuando una paloma se acerca tanto que le parece que puede alcanzarla. Siempre quiso atrapar a uno de esos pájaros. Hace unos días, su hermana mayor trajo un pichón en una caja y lo escondieron para que no lo viera su madre. No era de paloma, sino de gorrión, tenía una boca amarilla y menesterosa, pero estuvo horas refregándoselo. Si ella atrapara esa paloma, su hermana tendría que guardarse sus palabras, sus «tonta», sus «enana», sus «pulga». Esa paloma de cuello irisado y ojitos redondos, de pico curvo y orgulloso. Como si quisiera provocar a la niña, el pájaro da unos pasos, abre las alas para lanzarse a volar, solo es un amago, espera y se arrebulla porque se acerca un macho. Entre arrullos se persiguen, parece que el palomo va a darle alcance. La niña se da la vuelta y corre tras los pájaros que, ante el movimiento brusco, levantan vuelo con un sonido de aplausos lejanos. Corre tras ellos y deja escapar el globo, que es lo último que el hombre ve, bamboleándose en el aire, antes de cerrar los ojos.

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Ulises

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Ulises

 

A Mariángeles Fernández

 

Cuando Giovanni –harto de pobreza y sediento de aventuras– decidió por fin abandonar el pueblo donde un sol tórrido malograba las cosechas, se acercó a su madre y le pidió la bendición. Pero la vieja, dándole la espalda y con los dedos en cruz, le espetó:

–Me dejas sola con tus cinco hermanas. Ellas no se casarán porque no tienen dote y yo, al quedarme sin descendencia, me moriré de pena, así que no esperes mi bendición. Te maldigo, Giovanni, te maldigo por el destino del que huyes y con el que nos cargas.

Y, acercándose al fogón, la vieja puso los dedos en cruz y escupió en la sopa. Luego, como si su hijo ya se hubiese marchado, siguió guisando. A la mesa, las cinco hermanas esperaban con la cuchara de palo en la mano.

Luego de patear al perro que intentaba seguirlo, Giovanni se alejó por el polvoriento camino. Durante todo el trayecto percibió, con los últimos olivos, el olor del puerro que sobrevolaba la aldea, un aroma que lo había acompañado desde la infancia, como una sombra.

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Frío

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Frío

 

Trepa un sol blanquecino. Aves de rapiña, con hambre y feroces, dibujan espirales en el cielo. La madre se da la vuelta para proteger a su hijo, que avanza rezagado entre la nieve. Mirarlo la enorgullece, podrá sobrevivir al viento seco de la estepa, al invierno que está a punto de terminar. Será un buen jefe para el futuro, capaz de llevar al grupo hasta la zona protegida, se hará dueño de las mejores hembras. Entre el hielo, que empieza a quebrarse, fluye alegre el torrente del río, la hierba emerge pespunteando la ribera. Ya díscola, la cría se aleja de su madre, retrocede buscando sol y alimento. No quiere la leche tibia que se cuaja en el estómago, desea estrenar sus dientes. Está muy cerca del cauce del río cuando tropieza. Por la pendiente de arcilla, resbaladiza y oscura, comienza a deslizarse, ya no puede ponerse de pie. Patalea y lucha por liberarse, pero se hunde. Fango en la boca y los ojos. En los pulmones, olor pestilente a cieno. Mira a su madre, que barrita enloquecida y se arremolina pidiendo auxilio al resto de la manada. Lo último que la cría ve es el cielo.

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