44 relatos
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La espiral admirable

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La espiral admirable

 

Eadem mutata resurgo1.

Jakob Bernoulli

 

Napoleón: Me cuentan que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador.

Laplace: Sire, nunca he necesitado esa hipótesis.

Diálogo sobre el libro Exposition du système du monde, de Pierre Simon Laplace

 

Mientras caen las cabezas, la mujer se pierde en los libros de matemáticas que acumula la biblioteca de su esposo. Le está prohibido pero, a causa de los disturbios, han cerrado el monasterio en el que estudiaba, así que lo hace a escondidas, y usa como ábaco los garbanzos de la cocina. Si no la hubieran obligado a casarse con un viejo, solo se ocuparía en descifrar operaciones matemáticas. Ahora se narcotiza con el infinito placer de los cálculos. Todo es muerte a su alrededor, incluso en la pacífica Normandía, así que ha decidido no prestar atención a lo que la rodea.

Cuando escapa de la vigilancia de su esposo pasea por la playa. En uno de esos paseos encontró una caracola con la concha rosácea y agujereada; desde entonces las recoge, las esconde en su recámara, con una piedra afilada gasta una, dos, tres, cien, descubre que todas se retuercen en idéntica escala. Hace cálculos y la dibuja. No es una espiral constante, como la que postula Arquímedes, aburrida y previsible, sino que encierra un diminuto cosmos que se abre como un torbellino, en progresión geométrica, girando en una curva cada vez más abierta. El giro le es familiar, lo ha visto en el ombligo de su hijo, en la tela paciente de las arañas, en la sopa que comienza a girar en los pucheros, en la cabeza de los girasoles, preñada de semillas. También ella está preñada y en el último mes. Camina torpemente hacia la playa, entre el ganado que ramonea y los huertos de manzanos. Si su marido se entera de que se ha vuelto a escapar la va a encerrar en su alcoba. Lo odia, y odia también su destino. No quiere la carga de este hijo, como tampoco deseó al primero, que todavía ni sabe andar, ni querrá a los que lleguen en años venideros. La aterra ese bregar con la muerte que es el parto, su sangre roja manchándolo todo. Todavía no ha cumplido dieciséis años y solo desea encerrarse en la biblioteca para calcular el giro de esa espiral constante en su radio, o tal vez quitarse la cofia que le aprisiona la cabeza, o lanzar su chal al viento, y que galope como un caballo. Pero se cubre los hombros: si enferma, entonces sí que estará perdida. Al menos ahora, mientras la nodriza se ocupa del pequeño, es libre para pensar en lo que quiera. Sujetándose el vientre, comienza a bajar hacia la playa. El vestido de muselina se le pega, se humedece y ondea con la brisa del mar. Cansada, se sienta sobre unas piedras, ve brillar algo entre el verde apretado del campo: es una moneda acuñada quién sabe dónde, tiene grabada una mujer vestida casi como ella y una frase: In God we trust. Algo borrosa, aparece una fecha imposible: 1944. Debe de ser una de esas raras piezas con datos erróneos. O tal vez es falsa, tiene un agujero curioso, como si la hubiera horadado un perdigón. El encuentro la hace feliz, se trata sin duda de un talismán, así que la cuelga en la cadenita que lleva al cuello y, más tranquila, continúa el descenso. Poliedros, cilindros, conos, esferas. La esfera y la espiral que asoma dentro de la caracola, su misteriosa órbita creciente. ¿Se repetirá en el universo? En cuanto llega a la orilla moja un zapato en el agua, le gusta ver cómo se humedece el ribete y el pompón de seda se desprende del empeine para hundirse en el mar. ¿Cuánto tardará en convertirse en arena? Nadie sabe dónde terminan las cosas. Y ella, ¿cuál será su final? ¿Le toca morir ahora, o acabará reventada en su décimo parto? ¿Cuánto tarda la conciencia en abandonarnos? ¿Cuánto en perderse los recuerdos de una cabeza cortada? Imagina que la llevan al patíbulo: como a Carlota, esa chica rubia con la que estudió en el monasterio de Caen. En Caen quedó su infancia, y la casa de sus padres, porque tuvo que seguir a un marido hasta estos agrestes parajes de Pointe du Hoc. «Un marido rico, con tierras». Y luego su madre, bajando la voz, con un énfasis goloso: «Una familia de las antiguas». Carlota era algo mayor y la llevaba de la mano hasta la sala de estudios, la defendía de las burlas de las más grandes, del aburrimiento de las pequeñas. La ayudaba con los números y las tareas. Le contaba cuentos si no podía dormir. Su larga trenza rubia y el aroma de su pelo, que sin duda podó el verdugo, las mejillas tan próximas, tan próximas. Imagina ahora la cabeza cortada, imagina que la cabeza la mira con los ojos desorbitados y musita «huye, huye», imagina la sangre que cae encharcándolo todo, anegando el patíbulo, la calle, la sala de estudios y el refectorio, la capilla y su cáliz, las blancas tazas del desayuno. Oleadas de sangre que es también la suya, se dice la muchacha, ambos finales serán sangrientos, solo que el de ella llegará sin dramatismo, desprovisto de toda parafernalia, anónimo: nadie recuerda a una mujer que muere de parto.

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La sirena

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La sirena

 

A Leticia Rossón Massa

 

El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!

–¿No le da vergüenza? –dijo una mujer–. ¡Vender a esa pobre chica!

–¿A cuánto el kilo, jefe?

–Se la pongo más barata que las sardinas...

–¡Mamá, mamá, cómprame ese pez!

Con displicente impudicia, la sirena exhibía su torso de diosa mientras abría las valvas de un marisco palpitante: brillaba la cola de plata donde un rebullir de escamas se entretejía con algas.

–¿Y por qué la vende?

–¿Muerde, mamá?

–Estoy cansado de ella: no hace más que comer, bañarse y dormir. Además, no habla. Y por las noches...

La sirena lanzó una mirada de indiferencia. No parecía tener más de quince años.

–Pues quiero la mitad: la de arriba.

–El kilo de mujer es más caro. Mire, mire qué cuerpo, qué cara. El pescadero afilaba su cuchilla.

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Paternidad

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Paternidad

 

Para Carola Aikin, que sabe de monos y de dragones

 

Asomado a la cuna de su hijo, Fermín tuvo un segundo de lucidez, un chispazo que intentó abrirse camino en su abotargado tejido neuronal. Estaba así porque no había dormido casi desde que el pequeño llegara a casa y ahora, mirándolo a la luz tranquila de la mañana, le pareció que esbozaba desde su cuna una sonrisa entre satisfecha y perversa y que luego le guiñaba un ojo. Descorrió aún más las cortinas que daban al jardín de la urbanización y se volvió para observarlo: no podía ser, los recién nacidos apenas se expresan mediante reflejos condicionados, era impensable que ese gesto torticero fuese voluntario. Definitivamente, el niño no podía estar riéndose de él.

En el jardín estaba por florecer el almendro y una rama arañó el cristal; luego un rayo de sol apuntó hacia la cuna y el niño frunció la nariz. Temeroso de que se despertara, Fer­mín volvió a correr las cortinas, se sentó en su sillón de lectura sin encender la luz. Como no podía leer, pasó a observar los vagos contornos de la habitación en la penumbra. Le gustaba su casa, los libros, los cuadros, las pilas de CD, los recuerdos de los viajes que lo rodeaban con su silencio tranquilizador. Pero esta vez ni el valor narcótico de los objetos fue capaz de calmarlo y la inquietud comenzó a retorcerle el estómago.

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El verdadero amor nunca se olvida

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

El verdadero amor nunca se olvida

 

 

 

Para Julio Gómez Carrillo,

siempre en mi recuerdo, por esa forma del amor que se llama amistad

 

 

 

Ni bien llegamos de París aparqué a papá en un hotel del centro y le recomendé que se acostara. Descansa, le digo, pero no me hace caso, saca su libro de poemas, clava la nariz entre las páginas. Le doy un beso y salgo a dar una vuelta. Vivimos fuera desde hace años, en Buenos Aires ya casi no tenemos parientes, solo me quedan recuerdos del colegio y del barrio de Belgrano, donde viví un tiempo. Y mamá, claro. Quiero llamarla y concertar el encuentro, con la edad que tienen mis padres, no sería raro que fuera la última vez que se ven. También quiero encontrarme con Bruno, lleva meses escribiéndome, aunque no está tan claro qué quiero con él. Estoy casada con Raymond, y mi marido me gusta. Estoy muy casada desde hace un montón de años, tengo dos hijas. Bruno también lo está, y tiene cuatro varones.

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La huida

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La huida

 

 

 

Vive siempre como si el mundo fuera a explotar bajo tus pies

Mary Isabelle Stepens a su hija, Margaret Mitchell

 

 

 

La habían tirado en el suelo de un automóvil y por eso supo que se trataba de gente muy rica, nadie tenía automóvil en la ciudad, solo los millonarios o gente del gobierno, la cara cubierta y pegada al suelo, masticando polvo, por algún camino de campo, zapatos manchados de barro sobre su espalda. Los encajes sucios del camisón, la falda levantada que dejaría ver sus muslos como dos peces pálidos. Si respiraba lentamente, pensó, le iba a alcanzar el aire, pero el corazón no era razonable y respondía al estímulo del pánico, una bomba dentro del pecho. Tengo que calmarme, se dijo, tengo que calmarme o me voy a ahogar, debo llegar viva a donde sea que me estén llevando y tendré otra oportunidad, pero pensar en el futuro le daba más miedo. Alguien la había arrancado del sueño con la amanecida, alguien la separó de las sábanas frescas y le puso la funda de la almohada en la cabeza atándosela al cuello, las manos a la espalda. Las manos y los pies. Y la casa que quedaba atrás en un silencio extraño, culposo. Tengo que respirar, se repitió, atrapar el aire, capturar oxígeno, retener la vida. La voz pastosa de un hombre en su oído, tan cerca que puede sentir las agujas de la barba, la voz ciega, El Olor: chica, como grites, te mato. La voz babosa pinchando, rozándola: tranquila, Estanislada, si obedeces, todo va a salir bien. Estanislada tenía buena memoria para los olores, podía reconocerlos en una multitud, su madre se burlaba de ella diciéndole que parecía un perro de caza. Su madre. Era mediodía, porque el coche estaba muy caliente, saltaba su rostro como si estuviera muy cerca de las piedras. El trepidar enloquecido del motor. Siempre había soñado con subirse a un automóvil. Sensación de domingo de paseo, cuando nada había sucedido. Trajes bonitos, pelo sin trenzar, la brisa somnolienta en Santa María de la Ribera. El recuerdo la tranquilizó un poco y le abrió los pulmones. De golpe, un frenazo. La bota, oliendo a barro, le clavó la puntera, la pateó fuera del coche. Un chorro de aire y de luz y de pánico hizo que la funda de la almohada se le pegara a la boca. Entonces El Olor la alzó como si fuera un fardo, se la cargó al hombro. Tenía que ser alto como una montaña, la ropa sudada y ella una muñeca de trapo, mientras el hombre saludaba a alguien que parecía divertirse con la situación. Botas y guijarros, espuelas. Suelo empedrado, ladridos de perros. Tres escalones, un portón abriéndose, escaleras hacia arriba, aroma a maderas enceradas, a telas voluptuosas. Lejanas conversaciones de mujeres. Risitas. Perfumes y polvos de talco. Caldo de pollo. La habitación tenía que ser grande, porque El Olor dio unos cuantos pasos antes de lanzarla sobre la cama, una cama demasiado blanda sobre la que Estanislada rebotó. ¿La estaba estudiando? Sí, probablemente sí, qué vergüenza. Minutos más tarde, se cerró la puerta. Hasta que tuvo la certeza de que estaba sola, no se animó a moverse. Le dolían los brazos, las cuerdas clavadas, la funda que le cubría la cara húmeda de lágrimas y mocos. Tenía que ser de noche cuando escuchó trotes enérgicos sobre el empedrado, risas, conversaciones en francés. Las mujeres no pero, los hombres, seguro que hablaban en francés, era extraño escuchar allí la lengua de su madre. Se había adormecido cuando se abrió la puerta y volvió El Olor. Entonces unas manos como pinzas se hincaron en sus axilas y levantaron su cuerpo roto, le desataron los pies, le separaron las piernas. Seguía con las manos atadas a la espalda y no se resistió. Para qué. Cuando El Olor dejó de aplastarla, sintió que sangraba. Entonces la voz le dijo:

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