44 relatos
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Verano

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Verano

 

 

 

Yo es otra persona.

Arthur Rimbaud, Iluminaciones

 

 

 

Para Pilar González Bernaldo y Teresa Parodi,
por su colaboración involuntaria en esta historia

 

 

 

Querida hermana: había quedado en visitarte este verano en Cambridge pero una amiga me pidió que le cuidara la casa y el gato y no me lo pensé. Dirás que los gatos no son lo mío, pero era la oportunidad perfecta para trabajar en mi libro y, cuando tú y yo nos encontramos, no hacemos más que charlar. También podrías acercarte, hay sitio de sobra, el lugar no puede ser más agradable. Estoy en el centro de Francia, en un caserón con techos de paja, jardín y pileta. A ti te gustan los gatos, sabrías qué hacer con Buba, solo quiere estar conmigo de noche y yo detesto que se suba a la cama. Los vecinos deben de ser incorpóreos, hay portones que se abren para dejar salir coches fantasma, apenas si he hablado con la pareja de viejos que vive enfrente y vende huevos y aves. Ella es mucho más corpulenta que su marido, con un esqueleto que le queda grande, él, bajito y simpático, habla hasta por los codos, aunque no le entiendo nada. La casa está en orden, no tanto como para resultar asfixiante. Odio esos lugares en los que mover un plato supone un derrumbe cósmico, mi amiga sabe vivir bien, rodearse de cosas bonitas y, a la vez, compartir lo que tiene. Qué difícil resulta este equilibrio. ¿Verdad? Desde mi habitación, a lo lejos, sobre el horizonte plano, veo la catedral de Chartres, nítida como un recortable.

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La divina proporción

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La divina proporción

 

 

 

Para David Roas, obviamente

 

 

 

En la habitación 201 viven dos mujercitas siamesas, unidas por los pezones con un pespunte de carne. No miden más de treinta centímetros y son de una belleza sobrehumana. A veces, un detective de servicio ocupa la habitación. Si lo oyen llegar, las siamesas se esconden tras las cortinas y, en cuanto se va, se trepan a la cama. El detective sueña con descifrar qué produce ese revuelo de carcajadas que rebota por el pasillo. Ha intentado sorprenderlas, pero las siamesas no se dejan. A veces, como por descuido, le permiten atraparlas al final del trance sudoroso, los ojos de borrachas, los senos en cascada. Si una tiene las piernas abiertas, el hombre espía los rubíes del pubis. El detective está casado. Ama a su esposa, le gusta su rutina. Pero, cuando duerme a su lado, sueña que decrece, cruza el pespunte de carne y se deja arrullar por el sándwich de siamesas, que lo encierra en una jolgorio de abrazos y piernas locas. Entonces estira la mano y acaricia a su esposa, los dos escasos pechos a su alcance, el deseo frustrante, en su proporción humana.

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Agujeros negros

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Agujeros negros

 

Para Martín Obligado y Natalia Ares

 

Un hombre está sentado en el banco de una plaza. Siente un dolor y, mientras cae, se toca el pecho. Lo humilla arrastrarse, el pantalón manchado con tierra, está tan encogido que no puede gritar, es incapaz de alcanzar las pastillas. Es su segundo ataque, sabe que será el fin si no lo ayudan. De pronto, a la altura de su cara, ve unos zapatos moteados, como de bailarina española, calcetines rojos, el ruedo de un vestidito rojo también. Una niña, con su globo, se acerca y lo estudia. No entiende por qué ese hombre se retuerce, los adultos son muy extraños. Va a llamar a su madre cuando una paloma se acerca tanto que le parece que puede alcanzarla. Siempre quiso atrapar a uno de esos pájaros. Hace unos días, su hermana mayor trajo un pichón en una caja y lo escondieron para que no lo viera su madre. No era de paloma, sino de gorrión, tenía una boca amarilla y menesterosa, pero estuvo horas refregándoselo. Si ella atrapara esa paloma, su hermana tendría que guardarse sus palabras, sus «tonta», sus «enana», sus «pulga». Esa paloma de cuello irisado y ojitos redondos, de pico curvo y orgulloso. Como si quisiera provocar a la niña, el pájaro da unos pasos, abre las alas para lanzarse a volar, solo es un amago, espera y se arrebulla porque se acerca un macho. Entre arrullos se persiguen, parece que el palomo va a darle alcance. La niña se da la vuelta y corre tras los pájaros que, ante el movimiento brusco, levantan vuelo con un sonido de aplausos lejanos. Corre tras ellos y deja escapar el globo, que es lo último que el hombre ve, bamboleándose en el aire, antes de cerrar los ojos.

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Yo, en otra vida, fui avestruz

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Yo, en otra vida, fui avestruz

 

A Clara Vallejos

 

Yo, en otra vida, fui avestruz. Le llamará la atención, porque aquí me ve con mi aspecto de madre de familia un poco entrada en carnes, pero eso fue hace mucho tiempo y en otro país, cuando era joven y, además, transcurrió en paralelo. Quiero decir que, al mismo tiempo, fui mujer y avestruz.

Es posible que usted no sepa bien qué es un avestruz. Pues mire, son unos animales preciosos con un cuello larguísimo, que nosotros llamamos ñandú y más científicamente rhea americana, porque avestruz es el nombre que tienen en África. Todo esto lo busqué en la enciclopedia Vida salvaje que compré en cuotas y que traía de regalo el microondas. Me valió la pena, con el amor que le tomé a esos bichos.

A mí me encantaba correr por las pampas, las pampas, eso que sale en los folletos de viaje, donde los pastos son tan altos que llegan hasta los cuernos de las vacas y la tierra es tan plana que da la vuelta al mundo. Como le estaba diciendo, me encantaba correr sobre todo cuando caía la tarde y el cielo dibuja una franja rosa y azul alrededor de la tierra y los pájaros vuelan bajito porque regresan cansados a la laguna. No, no era peligroso, entonces no nos cazaban para hacer plumeros, eso vino mucho después.

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El enviado

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El enviado

 

La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.

Jorge Luis Borges, La lluvia

 

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.

Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.

Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:

–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

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