44 relatos
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El cuerpo

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

El cuerpo

 

 

 

Para Cristina Fernández Cubas y su cuento «Mi hermana Elba»,
del que provienen algunas de las ideas de este relato

 

Homenaje a Alice Munro

 

 

 

No podía ser verdad, ya que ella no había visto la escena, pero estaba segura de que, cuando la sacaron del agua, la niña tenía la boca llena de flores. Flores salidas quién sabe de dónde, porque en el agua no hay flores, y el pelo derramado como una medusa. Ese recuerdo la acompañaba desde muy pequeña. Mucho antes de ser esta vieja que está en una silla mirando pasar las nubes, antes de que la abandonara su marido, antes de que nacieran sus hijas, antes de que le probaran el vestido de novia, antes de quitarse por última vez el uniforme oscuro del colegio de monjas, antes de cruzar la plaza abrazada a sus cuadernos, antes de que muriera su padre. Flores en la boca, jazmines o algo así, más bien gardenias de pétalos carnosos. Era la única imagen de la que no podía escapar. Del resto era fácil, buscaba el punto que estaba dentro de su cabeza y, a través de esa ventana de luz, salía de su cuerpo.

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Paranoias

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Paranoias

 

 

 

Bien haya quien desprecia

Esta fábula necia

De honores, pretensiones y lugares (…)

Lope de Vega, La Gatomaquia

 

 

 

I

 

Alma soñó que la perseguía el profesor V., un hombre redondo como Humpty Dumpty que llevaba una banderita nacional y la agitaba convirtiéndola en guadaña. Cada vez que Alma quería hablar, el profesor V. le ordenaba que callara. Si escribía una línea en su cuaderno, gritaba: ¡uuuuh, está mal! Si comentaba algo, ponía las manos en bocina para gritar: ¡tooontaaa! Entonces Alma intentaba esconderse entre las hierbas, pero el profesor V. sacudía el verde con su bandera mientras berreaba: ¡mátenla! Así que un buen día, conmovida por tanta dedicación, se cortó la cabeza, la puso en un plato y se la sirvió al profesor V.: era la única manera de responder a un odio tan apasionado.

 

II

 

Alma se acercó a la cocina, donde el profesor V. estaba cortando un bacalao.

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Ulises

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Ulises

 

A Mariángeles Fernández

 

Cuando Giovanni –harto de pobreza y sediento de aventuras– decidió por fin abandonar el pueblo donde un sol tórrido malograba las cosechas, se acercó a su madre y le pidió la bendición. Pero la vieja, dándole la espalda y con los dedos en cruz, le espetó:

–Me dejas sola con tus cinco hermanas. Ellas no se casarán porque no tienen dote y yo, al quedarme sin descendencia, me moriré de pena, así que no esperes mi bendición. Te maldigo, Giovanni, te maldigo por el destino del que huyes y con el que nos cargas.

Y, acercándose al fogón, la vieja puso los dedos en cruz y escupió en la sopa. Luego, como si su hijo ya se hubiese marchado, siguió guisando. A la mesa, las cinco hermanas esperaban con la cuchara de palo en la mano.

Luego de patear al perro que intentaba seguirlo, Giovanni se alejó por el polvoriento camino. Durante todo el trayecto percibió, con los últimos olivos, el olor del puerro que sobrevolaba la aldea, un aroma que lo había acompañado desde la infancia, como una sombra.

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Interferencias

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Interferencias

 

 

 

Para Carmen Valcárcel

 

 

 

A mí, lo que me va, es la demonología, le solté a la médium en cuanto me abrió, y ella debía de estar acostumbrada a los exabruptos de sus clientes porque solo extendió la mano y contestó: «Rayja, para servirla». En la puerta decía «Rayja, taumaturga», lo que le daba un aire profesional a la cosa, luego juntó las manos sobre el regazo y me dejó hablar. Sí, continué, lo que me va es la demonología, porque el finado era más malo que Satán, me vació la cuenta del banco y me dejó plantada en Madrid con los tres varones. Con su cara de oriental, la médium me miró impertérrita. Parecía muy experta, y honesta, lo noté en cuanto me contestó que ella no sabía de diablos ni luciferes, como mucho, si no había viento, podía invocar a algún espíritu que venía oliendo a azufre, pero no era tema suyo a dónde se los había llevado la Parca. Dijo «la Parca» como quien dice, «la Petra», o «la Juana», y eso me gustó, por el aire natural que le daba al asunto, una siempre tiene sus prejuicios con estas cosas. Lo curioso de la médium era su aspecto maternal, como si se pasara el día haciendo mermeladas o tejiendo calcetines, la imaginé viviendo en un país con nieve, iba bien con su nombre, Rayja calentita junto al fuego y la imagen bucólica, después de tantos meses en tensión, hizo que me aflojara, así que, como si alguien hubiera abierto un grifo, me largué a llorar, entre hipos le solté lo de mi Vicente. Rayja me tendió un pañuelo de papel que parecía tener preparado en una cestita de ganchillo y esperó con paciencia a que me calmara. Después, me preguntó si había traído alguna prenda del difunto. No, le contesté, el muy cabrito me dejó sin nada. Y ella: ¿cuáles eran sus preferencias? Todavía moqueando empecé a describir su gusto por el tinto de verano y la oreja a la vinagreta, la vuelta ciclista y el Real Madrid, y se ve que con la pena se me había quitado el pudor porque se me ocurrió que podía tener algún interés su gusto morboso por los pechos grandes. Seguro que se fue al Caribe, le dije, sin contener la llorera, ahí todas las mujeres tienen los pezones como chupa-chups. La médium volvió a estudiarme con pena y me hizo sentar, y venga los pañuelitos extendidos mientras escrutaba mi pelo rubio de ratón, mi cuerpo de adolescente vieja. Y luego soltó: ¿está segura de que su marido está muerto?, mire que aquí solo se personifican los difuntos, y yo, venga quien venga, cobro por horas, no vaya a ser que tire el dinero. Seguro, le dije, aunque no sé si vendrá, estamos tan lejos, y el finado desapareció en Madrid, aunque me imagino que con las ánimas el transporte no importa. ¿Y qué hace usted tan lejos de su tierra, en pleno barrio de Belgrano?, se sorprendió, los ojitos como rendijas, mire que esto está, como quien dice, a donde el diablo perdió el poncho. Y yo: es que me da pena que no descanse en su tierra, toda su familia es de Castilla-La Mancha así que, cuando recibí ese certificado de defunción de un pueblito perdido de la Patagonia, decidí tirar la casa por la ventana y venir a buscarlo a la Argentina. ¿Queda muy lejos la Patagonia? En el mismísimo culo del mundo, soltó la médium, luego se tapó la boca, como si se le hubiera escapado. Entonces metí la mano en el bolso y saqué los certificados, los estudió en detalle sacudiendo la cabeza, me hizo pasar a una salita muy coqueta, con sus cortinas floreadas, donde había un aroma intenso a jazmines, y tapó con una manta la jaula del canario. Qué bien que huelen los muertos, le comenté. No siempre, refunfuñó, no siempre, si supiera lo que gasto en ambientador. Pero ahora necesito un poco de silencio. Entonces empezó con su parafernalia. Me tomó las manos por encima de la mesa, que también tenía un tapete de ganchillo, y yo sentí las suyas, muy secas y calientes, como brasas. Cerré también los ojos, volví a imaginarla como en otra dimensión, esta vez en un trineo, sobre la nieve, con una niña a su lado. La niña se llamaba Lyuba, y Rayja la había ido a rescatar, las dos lloraban como si algo muy grave hubiese sucedido, pero en mitad de mis ensoñaciones se rompió el silencio y la médium se puso a rezar en un idioma extraño. Digo yo que rezaba, pero vaya uno a saber, la cosa es que empezó a taconear sobre el parquet como si fuera una flamenca y eso me distraía un poco, luego pareció que entraba en un sueño profundo. Ya estaba anocheciendo, la penumbra hacía que me sintiera en otro planeta y, para colmo, mi silla tenía una pata floja. La médium volvió a hablar y me puse a pensar que, en esa jerga, era difícil que apareciera mi Vicente que, para los idiomas, era un negado. De pronto la médium abrió los ojos como no creí que pudiera hacerlo una asiática y empezó a revolearlos. El canario se puso a cantar en lo oscuro, desde algún lugar venía un aroma como de azúcar quemada. Yo quería recuperar mis manos, pero la médium me tenía atrapada y succionaba mi energía por encima de la mesa, sentía como que toda mi sangre se estaba apelotonando y se iba a volcar sobre el mantel. Una idea estúpida, lo sé, mi marido nada tenía que ver con la sangre, a menos, pensé temblando, que me lo hubieran asesinado. Y entonces la médium gritó que estaba llegando el espíritu de una mujer que venía vestida con un delantal a cuadritos, como para hacer la limpieza. ¿La conoces?, me preguntó. Ni idea, le contesté, y entonces la médium la interpeló con un tono imperativo: ¿Quién eres?, y ella, como si la hubieran pillado distraída: «la dueña de la pensión donde vivía el marido de esa desgraciada». «Desgraciada», dijo, refiriéndose a mí, y me pareció una impertinencia, pero la muerta no era lo que se dice una dama, tenía una vocecita siniestra que te ponía los pelos de punta. Háblale, pregúntale lo que quieras, me ordenó la médium que, de pronto, se había vuelto muy autoritaria. Como no me gusta darme con desconocidos, empecé medio tímida a hacerle preguntas. Primero que cómo estaba, y me soltó «y a vos qué te importa», con lo que me di cuenta de que, española, no era. Luego quise saber cómo era que mi Vicente había llegado hasta la Patagonia, si era más urbano que un chicle pegado en el asfalto. La muerta contestó con su tonito desagradable que ella no se metía con la vida de sus huéspedes. Entonces le pregunté si no me había dejado nada. Sí que dejó, respondió furiosa la muerta, lo que dejó fue la cuenta sin pagar, y a ver quién se hace cargo ahora. Entonces quise saber cómo había muerto, y la dueña de la pensión empezó a gritar que la difunta era ella y que me fuera a la mierda. Noté que a la médium le costaba repetir la palabra «mierda», pero seguía ahí, aferrada a mis manos, con la muerta montada y yo si nada más que preguntar. De pronto, se me ocurrió: ¿y cómo tiene usted los pechos? Y la difunta, con un tonito entre petulante y grosero, contestó: ¡como melones! Justo en ese momento fue cuando vino esa interferencia como de líneas telefónicas que se cruzan y, sobre la voz de la dueña de la pensión, se solapó la de otro difunto que dijo que se llamaba Héctor Lejárrega-já-já, y cada vez que pronunciaba su nombre parecía que la médium se moría de la risa. Tenía tal tufo a naftalina que le tuve que pedir a la mujer que abriera las ventanas. Ni loca, soltó ella, saliendo por un minuto del trance, con una voz de lo más normal, ni mamada, si me entra un hilito de viento se me vuelan las almas, y me dio un ataque de risa porque la imaginé con la aspiradora y todos esos fantasmas afinándose por el tubo pero, por suerte, me controlé, creo que eran los nervios. Entonces la médium me soltó las manos y empezó a retorcerse. «Soy Lejárrega-já-já» gritaba el difunto con una voz cavernosa, «y me han asesinado. Quiero justicia y no la quiero». ¿Y quién te mató? «No fue hombre ni mujer», declamó, haciéndose el interesante. Y ahí mismo, cuando parecía que iba a continuar para darle sentido a la sentencia, se solapó la voz con la dueña de la pensión, que empezó a reclamarme el dinero. No voy a pagar las locuras de ese desgraciado, le solté, y entonces la pata floja de la silla pareció bambolearse. Para qué. La dueña de la pensión, como si interpretara el movimiento de la silla como un intento de huida, gritó que ese hombre no estaba solo, y me debe lo que vale una cama de matrimonio con desayuno inglés. ¿Qué es el desayuno inglés?, dije yo, y ella me contestó, con una voz de lo más profesional: café o té con huevo frito y panceta, salchicha criolla y tostadas, el jugo de naranja es natural. Qué asco, pensé, y luego, en alto, ¿Y para qué mierda quiere el dinero, si está muerta?, grité llorando, loca de celos, mientras perdía, a la vez, el equilibrio y la compostura, a mí el difunto nunca me había llevado ni a la esquina. La muerta pareció pensárselo y se hizo un silencio. Otra vez volvió el olor a mermelada y me dio pánico que se apersonara algún difunto más, porque en estas cosas, como en la cama, más de dos es multitud, pero el aroma parecía venir de la cocina. Entonces reapareció Lejárrega-já-já con su retintín: «no fue hombre ni mujer», y también «quiero y no quiero que se haga justicia. Quiero y no quiero». Qué muerto más indeciso, me dije para mis adentros, lloriqueando todavía porque imaginaba a mi Vicente con el culo en pompa y los morros hundidos entre las tetas de la dueña de la pensión. La médium bizqueaba agotada, tantas almas dando vueltas por ahí por el mismo precio y no estábamos sacando demasiado en limpio. Estoy harta, pensé, harta de los engaños de ese cabrón, aquí no hay más que malas noticias y he hecho un viaje inútil, me voy a donde no oiga más a ese canario de los cojones que canta con la luz apagada. El bicho pareció oírme, y también el muerto, porque escuché un revoloteo de plumas, como si lo estuvieran acogotando. El azúcar mezclándose con la naftalina, las plumas sanguinolentas con el aroma del jazmín, los dos muertos gritando. Y, como si solo eso faltara, la médium se tiró al suelo y empezó a retorcerse, la piel de la cara se le puso tensa y como cerúlea, muy pegada a los huesos y empezó a soltar una especie de dentífrico por la boca, me pareció que iba a quedarse tiesa pero no, como si no hubiera pasado nada, justo cuando dieron las en punto se levantó, fue hacia el espejo y empezó a retocarse el maquillaje. Es la hora, dijo entonces, espero que le haya servido de algo lo que oyó. Cuando le pagué, con una voz de lo más profesional, añadió: muchas gracias. Y luego, con un tono distinto, muy bajito, como entre nosotras; mire, yo tiraría esos papeles, son todos falsos. Si me lo permite, le voy a dar un consejo: no se vaya hasta la Patagonia, ese hombre no vale nada. A menos que le gusten las bellezas naturales, en estos días el glaciar se derrumba y es todo un espectáculo. Y dejó caer en mi mano, que ya se extendía para saludarla, la dirección de un hotel económico y la tarjetita de un guía.

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La sangre

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La sangre

 

 

 

Para Andrés Neuman

 

 

 

En el principio un viento sopló sobre la tierra y el verbo se hizo sangre, savia en las plantas, rojo hemoglobina en los peces, el aparato circulatorio y su complejo tejido, la vida pujando hasta salir del agua para ascender a la violencia de los mamíferos, a este hombre ya nada mitológico que agoniza con un tiro en la sien y sus miles de millones de hematíes locos, neutrófilos alerta, trombocitos que intentan reparar el desastre de capilares rotos, el sistema de coagulación en estado de urgencia, un líquido que emerge por el orificio, el agujero de la bala que obliga a la sangre a detener esa alegría de río eterno, de gema victoriosa y convertirse en barro coagulado viscoso que fluye por venas y arterias, emerge en una catarata de maravillas fisiológicas, se hace costra para cerrar la boca de la herida, retrotrae ese perpetuo sistema pulsátil que contradice las teorías de Newton y mana libre hasta manchar la roja alfombra persa de una biblioteca en Buenos Aires, los apretados arabescos anudados por alguna mujer descalza incapaz de soñar el destino de esos dibujos que ahora recogen el líquido que mana del agujero en la sien, una tejedora nómade nacida cien años atrás que no podía concebir a ese hombre tendido como si nadara, una artesana que entregó su obra a los mercaderes para que la subieran a lomos del camello en esa larga caravana que atravesó el desierto superando días de sed y repostó, por fin, en la ciudad hecha de sol y de barro, donde la alfombra fue izada a una carreta arrastrada por bueyes que aguijoneaba un anciano, luego a un tren y a un barco inmenso donde brazos de porteadores con la piel tatuada la cargarían sobre sus espaldas para acarrearla hasta una tienda en el centro de Londres y allí sería exhibida ante las miradas atónitas de los tasadores, de los marchantes y, en un remate, sin sopesar siquiera su precio, una mujer muy hermosa con mirada triste, una extranjera riquísima de pelo color azafrán, con la mano alzada entre la multitud ansiosa, guante blanco de cabritilla, diría yo, yo, aquí, y pagaría una fortuna que hubiera servido, quizá, para alimentar a todo un pueblo de nómades durante años, y la mujer hermosa ordenaría que se la enviaran directamente al barco para que silenciosos criados de un lejano país la desplegaran blandamente sobre el suelo encerado de una biblioteca en Buenos Aires y el laberinto del dibujo luciría suntuoso, acorde con su destino de silenciar los pasos y aplacar el penoso derrumbe de un hombre vestido con un elegante frac recién estrenado en la ópera, el cuerpo tendido como si nadara, el revólver antiguo con culata de marfil junto a su mano, el cañón del arma en una torsión imposible, el prodigio de la sangre huyendo de la cabeza que mira hacia la ventana como si sospechara, como si pudiera adivinar que, pocos segundos más tarde, la ópera, la alfombra, la tejedora persa, el viejo con su carro, los porteadores, la casa de remates y la hermosa dama de mirada triste escaparían, para siempre, de su cabeza reventada.

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