44 relatos
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Así que esto era el amor

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Así que esto era el amor

 

Para Mercedes Calabrese Obligado

 

Para ser tan viejo, tenía unos ojos brillantes que parecían querer decir algo por encima de los tubos y los cuidados, también la sonrisa burlona le llamó la atención. Había sido bastante famoso, dijo su sobrina, mientras le ofrecía mucho más de lo que se suele pagar por este tipo de cosas.

–Quiero que esté bien, pero tengo dos niños y muchísimo trabajo, ni siquiera vivo en la ciudad. Vendré de vez en cuando, no me queda otra que fiarme de ti.

Lyuba recibió llaves e instrucciones. En realidad, aquella era la primera vez que cuidaba a alguien. Había intentado ganarse la vida dando clases de ruso, pero nadie quería aprenderlo en Normandía, eran los rusos los que pagaban por aprender francés. Además, ella no era ni rubia ni alta, sino más bien pequeñita, muy plana, con aspecto de oriental.

Acomodó la almohada del viejo y, durante toda la tarde, sentada junto a la ventana para no gastar luz, estudió sus exámenes. Cuando llegó la enfermera de noche, Lyuba ya se había hecho a los ojos del viejo. En su tierra, cuando ninguna mujer se podía ocupar, a los ancianos se los subía al trineo y se los llevaba a buscar líquenes. Su abuelo había muerto ayudando a su padre con los renos, y su abuela había sobrevivido más de cien años sin dejar nunca de guisar. Todo era diferente aquí, Lyuba necesitaba dinero, era demasiado mayor para vivir bajo el mismo techo que sus padres de adopción. Al principio había fantaseado con volver a Rusia, pero el tópico de que los niños adoptivos buscan su pasado no tenía sentido con ella, que recordaba todo. Además no era rusa sino una nómade, una habitante del Ártico.

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Medium 9788483935118

Un cadáver en la biblioteca

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Un cadáver en la biblioteca

 

 

 

–Mary ha entrado a decirme que hay un cadáver en la biblioteca (…).

–No digas tonterías. Has estado soñando.

Agatha Christie, Un cadáver en la biblioteca

 

 

 

 

Estaban por volver los señores Lejárrega de la ópera cuando Mme. Tanis corrió las cortinas de la sala. Ya había acostado a la niña y solo le quedaba encender la iluminación de los cuadros; en la chimenea secreteaban las brasas, el agua estaba sobre las mesillas y el termo caliente en la cama del matrimonio. Eran las doce y cinco de una noche sin luna. Haciendo equilibrios, con la bandeja del oporto y las copitas tintineantes, entró en la biblioteca. Algo extraño había sucedido. En el suelo, un bulto. No era un pliegue en la alfombra, sino algo mucho más grande, como si un animal, indiferente a la severidad de la casa, se hubiese tumbado a dormir. Sintió bajo los pies una pasta pringosa y, entonces, tropezó: las copitas se bambolearon, saltaron por los aires, empezaron a dibujar, en el claroscuro del recinto, una parábola de luz.

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Paranoias

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Paranoias

 

 

 

Bien haya quien desprecia

Esta fábula necia

De honores, pretensiones y lugares (…)

Lope de Vega, La Gatomaquia

 

 

 

I

 

Alma soñó que la perseguía el profesor V., un hombre redondo como Humpty Dumpty que llevaba una banderita nacional y la agitaba convirtiéndola en guadaña. Cada vez que Alma quería hablar, el profesor V. le ordenaba que callara. Si escribía una línea en su cuaderno, gritaba: ¡uuuuh, está mal! Si comentaba algo, ponía las manos en bocina para gritar: ¡tooontaaa! Entonces Alma intentaba esconderse entre las hierbas, pero el profesor V. sacudía el verde con su bandera mientras berreaba: ¡mátenla! Así que un buen día, conmovida por tanta dedicación, se cortó la cabeza, la puso en un plato y se la sirvió al profesor V.: era la única manera de responder a un odio tan apasionado.

 

II

 

Alma se acercó a la cocina, donde el profesor V. estaba cortando un bacalao.

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La aventura

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

La aventura

 

Para Alejandro Fernández Arango

 

Primero fue la noche turbia del smog; luego el traqueteo de las ruedas sonando sobre los baches y el asfalto, el chirriar del freno, el amarillo violento del coche frente a los ojos y, por fin, el anhelado escalón bajo el pie un poco dolorido dentro de los zapatos de domingo, los pantys dibujándole la rodilla que se dobla (como una media luna pálida), la franja de carne asomándose al tensar el brazo sobre la puerta del autobús, entre la falda y el jersey, apenas un parpadeo restallante que tal vez incite al hombre que está detrás (porque siempre hay un hombre que atrapa el destello) y luego, cuando los cuerpos se balancean de proa a popa y el autobús arranca, se siente una opresión a estribor, el aleteo de una promesa minúscula en la leve presión, y es entonces cuando ella apuesta (porque no puede ver la cara del que viene detrás) y se lo juega todo al brevísimo tacto y se retira, buscando un asiento, dejando que la aventura avance por detrás.

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Las eléctricas

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Las eléctricas

 

 

 

–Haga de cuenta de que su hija está de vacaciones.

Un miembro de la dictadura argentina a una de las Madres de Plaza de Mayo, que preguntaba por el paradero de su hija desaparecida

 

Para Viviana Paletta

 

 

 

Mientras la empujan hacia la Jaula de los Gritos, la chica intenta no pensar. Tiene los ojos vendados, va descalza, le han quitado los zapatos y la humilla ese taconeo de botas militares a su lado. La empujan o la llevan, qué más da, sabe perfectamente cuántos pasos hay hasta el dolor. No hay escapatoria, así que ha desarrollado un plan. Es un plan idiota, pero le da la sensación de que algo está en sus manos. El juego se lo enseñó su madre, y consiste en salir de su cuerpo. Primero tiene que localizar una sensación, luego la atrapa, y es entonces que viaja hasta un recuerdo. Como si fuera una ola, o una escalera, o un embudo, o un pozo. Lo importante es concentrarse. Si lo consigue, si logra asirse a alguna imagen, navegará entre espasmos hasta la cima de la memoria. Con eso le basta. Pueden ser apenas unos segundos de memoria. Memoria dolorosa. Memoria en carne viva. Busca a tientas y siente frío en la planta de los pies. Atrapa la sensación. Sus pies sobre el césped, siglos atrás. Los pies en el verde tibio, la caricia de la hierba. Una luz taladra el trapo que la ciega, está pasando frente a la ventana. Odia ese resplandor, el corazón vuelve a desbocarse. No es una ventana, piensa, no es «esa» ventana que está tan cerca de la Jaula de los Gritos donde será torturada, sino el sol del verano aquel. Mientras la desnudan, siente el calor en la espalda. Ha estado jugando en la barranca que da al río y recogió unas piedras. Pero las piedras son descorazonadoras, brillan si están mojadas, son tristes si se secan. Las piedras. Las piedras. Tiene que pensar en piedras. Es pequeña, a lo lejos se oyen las risas de sus hermanas. Manos que la levantan en vilo. ¿Quieres hacer pis? Qué vergüenza, otra vez se está meando encima. ¿Quieres hacer pis?, repite la voz áspera de Mme. Tanis. Va vestida de oscuro y lleva un sombrero de paja estremecido por las agujas del sol. El sol la está quemando con tal fuerza que siente agujas en el pecho. Agujas. La institutriz la toma en brazos y la consuela, por una vez en la vida es cariñosa. Vamos, dice, vamos con mamá. La chica atada al camastro de metal lucha por asirse al recuerdo y tiende los bracitos hacia su madre. Hay una galería con baldosas en damero, una tumbona, un toldo naranja. Su madre está junto al jazmín, sentada en los escalones que dan al parque, y parece que está masticando flores. Huele a humedad y a sucio, a dolor. A verano y a piscina. Déjela, Mme. Tanis, yo me encargo, dice la madre. La chica obedece y mira el vestido liviano, las perlas de las orejas. Se oye un grito. Debe de haber salido de su propia garganta, porque la madre no cambia de expresión. Como si se hubiera ahogado en la fuente de los nenúfares, su madre nunca cambia la expresión, hay que tratarla como si pudiera romperse. Se acerca a las piernas delgadas, pone una manito sobre la rodilla. Rodilla brillante, como una luna fría. Entonces la madre levanta los ojos y hace una media sonrisa, la acaricia, la sienta sobre sus faldas, busca los dedos de su hijita y encuentra las piedras, «¿Son para mí?, ¿son para mí, Sonieta?». Toma la mano de la pequeña y con ella se acaricia las mejillas, el laberinto de las orejas, la suavidad de las perlas, sube hasta las sienes donde la chica toca algo pegajoso. La madre acerca los labios pintados de rojo al oído de su hija y susurra: ¿Te he hablado alguna vez de la Jaula de los Gritos? Entre el pelo rubio y rizado de su madre, dos trasquilones, dos calvas. Ahí me pegan los electrodos, dice. Ahí y ahí. Suena un ruido seco de llaves eléctricas, la luz parpadea. Gritan.

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