44 relatos
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La divina proporción

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La divina proporción

 

 

 

Para David Roas, obviamente

 

 

 

En la habitación 201 viven dos mujercitas siamesas, unidas por los pezones con un pespunte de carne. No miden más de treinta centímetros y son de una belleza sobrehumana. A veces, un detective de servicio ocupa la habitación. Si lo oyen llegar, las siamesas se esconden tras las cortinas y, en cuanto se va, se trepan a la cama. El detective sueña con descifrar qué produce ese revuelo de carcajadas que rebota por el pasillo. Ha intentado sorprenderlas, pero las siamesas no se dejan. A veces, como por descuido, le permiten atraparlas al final del trance sudoroso, los ojos de borrachas, los senos en cascada. Si una tiene las piernas abiertas, el hombre espía los rubíes del pubis. El detective está casado. Ama a su esposa, le gusta su rutina. Pero, cuando duerme a su lado, sueña que decrece, cruza el pespunte de carne y se deja arrullar por el sándwich de siamesas, que lo encierra en una jolgorio de abrazos y piernas locas. Entonces estira la mano y acaricia a su esposa, los dos escasos pechos a su alcance, el deseo frustrante, en su proporción humana.

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La aventura

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

La aventura

 

Para Alejandro Fernández Arango

 

Primero fue la noche turbia del smog; luego el traqueteo de las ruedas sonando sobre los baches y el asfalto, el chirriar del freno, el amarillo violento del coche frente a los ojos y, por fin, el anhelado escalón bajo el pie un poco dolorido dentro de los zapatos de domingo, los pantys dibujándole la rodilla que se dobla (como una media luna pálida), la franja de carne asomándose al tensar el brazo sobre la puerta del autobús, entre la falda y el jersey, apenas un parpadeo restallante que tal vez incite al hombre que está detrás (porque siempre hay un hombre que atrapa el destello) y luego, cuando los cuerpos se balancean de proa a popa y el autobús arranca, se siente una opresión a estribor, el aleteo de una promesa minúscula en la leve presión, y es entonces cuando ella apuesta (porque no puede ver la cara del que viene detrás) y se lo juega todo al brevísimo tacto y se retira, buscando un asiento, dejando que la aventura avance por detrás.

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El río, el río

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El río, el río

 

La mujer está de pie en el muelle y observa el río. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la falda de su vestido estival revolotea sacudida por el viento. Si no fuera por ello y por el caracoleo de su cabellera oscura, parecería una estatua. El río, en cambio, bate sus aguas inquietantes. En busca de peces, dos pájaros oscuros se lanzan como pedradas y gol­pean el brillo.

Este no es un río como los de Europa. Tiene aguas turbulentas derramadas de tal modo sobre la llanura que no se puede ver la otra orilla. Imaginarla, sí se puede. Divisarla, también. En días muy claros, un borroso daguerrotipo anuncia el país vecino. La mujer está acostumbrada a estudiarlo largamente desde la ventana de su alto departamento, cuando el cielo tiene una palidez cristalina, y entonces ella sueña con otras vidas posibles que suceden a lo lejos. Desde allí también ve su propia ciudad, adormilada más abajo, como un animal perezoso.

Hay un hombre sentado en un banquito y sostiene una caña de pescar. Está colocado en línea paralela con la mujer y de pronto sale de su ensimismamiento para mirarle las piernas. Lleva sentado ahí desde que amaneció, sólo se distrae con el triángulo luminoso de los veleros que flotan a lo lejos, con las piernas de la mujer. Ella siente el peso de esos ojos y se sostiene la falda que, súbitamente, abraza sus caderas. Luego lo olvida y deja flamear la tela amarilla contra el azul.

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La escritura

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

La escritura

 

Para Javier Sáez de Ibarra,

por una charla frente a un café

 

La olla exprés está empezando a pitar cuando llaman a la puerta. Abro y aparece una muchacha de aspecto oriental, sin que medie palabra se sienta en mi cocina. Huelen los garbanzos, las gemelas tienen que estar saliendo del instituto. Mientras intento organizar mi agenda, quito el seguro de la olla, la cocina se llena de un cañonazo de vapor que sobresalta a Lyuba. Porque esa chica se llama Lyuba, lo sé, aunque no siempre es tan claro el nombre de un personaje. Lyuba se acerca con prevención a la olla, comprendo que en su mundo no existen las ollas exprés. Cuando sirvo los garbanzos se pone a devorarlos con las manos, como si fuera un animalillo: dientes curiosos, manos finísimas, pechos de aceituna. Esta noche, después de clase, tengo que presentar la novela de un amigo, mentalmente repaso la intervención. Llegan mis hijas con su bullicio apaciguante, cotidiano, a dúo quieren contarme algo, por suerte Lyuba solo existe para mí y parece discreta. Recuerdo la época en la que conviví con un suicida que arrastraba la soga para ahorcarse. Y el noble ruso, que hedía a foca, o aquel soldado nazi, que buscaba víctimas hasta dentro de la lavadora. Ahora es Lyuba, solo Lyuba. Mientras hago como que escucho siento la necesidad de escribir, y esa pulsión me hace sentir culpable. En estereofonía, las niñas empiezan a pelearse. Lyuba las estudia, entre mordaz y coqueta, sonríe. Aprovecha que las gemelas se levantan de la mesa, se acerca y susurra: «Me violó mi padre». La frase suena como una bomba. Vuelve a sentarse, como si la información se refiriera, por ejemplo, al parte metereológico. Podría haber dicho «busco novio» o «no sé qué estudiar», o «quiero hacer puenting», la confidencia da el pistoletazo de partida a una historia tremenda. Llevo a las gemelas al polideportivo. Debería pasar por la peluquería aunque, si me recojo el pelo, no quedaré mal del todo y tendré toda la siesta para escribir, también tengo que visitar a mi padre, que está enfermo. De la confidencia de Lyuba me extraña, no la historia con su padre, sino que me haya hablado en francés. Lyuba es una nenet, de ese pueblo nómade que habita cerca del Ártico, cuyo idioma desconozco. Navego por Internet y encuentro sus costumbres: pastores de renos, tiendas con estufa central, trajes de piel. Están sentados sobre la mayor reserva de gas de planeta, por lo que los rusos pretenden diezmarlos. Recuerdo una novela sobre esquimales. ¿Cómo se llamaba? El país de las sombras largas. Sí. Debería releerla. Encuentro una serie de datos etnográficos que no me interesan. Es una desgracia vivir sobre un tesoro, pienso. Apunto la idea para que no se escape. «La desgracia de lo bueno». Me gusta durante un rato, después deja de interesarme, es una chorrada, ya la desarrolló Truman Capote, en Plegarias atendidas. Wikipedia: «Los nenet, durante el invierno, suben hasta el Círculo Polar en busca de líquenes para sus renos». Me duele la cabeza, llama mi madre, dice que mi padre está mal. Vuelvo a la cocina. Lyuba sigue allí y ahora la puedo estudiar. Es rara, pero muy bella. Pelo negro sobre la espalda, cuello largo, miembros potentes. Abre las piernas. No lleva bragas, y veo el matorral de su sexo, que huele a líquenes. Espera para ver cómo reacciono, pero no caigo en su provocación, simplemente me quedo frente a ella, que ahora ha juntado las rodillas y mira en actitud indefensa. Me encierro en el estudio, escribo. Borro. ¿Qué edad tendrá Lyuba? Es difícil calcular la edad de la gente que tiene aspecto oriental. Me pregunto si el comentario es racista. Tengo que investigar sobre las emociones de las niñas violadas. Teléfono: me ofrecen no sé qué, una mujer habla, pero no le entiendo, tal vez tenga un fondo francés, o esquimal. Debo de haberle contestado de forma brusca, porque cuelga enfadada. Otra vez mi madre, ahora parece muy nerviosa. Le digo que no, que esta noche es imposible que me acerque, que mañana temprano, sin falta. Siento el impulso de hablar con mi amiga Pilar, que acaba de adoptar a una niña esquimal, pero lo dejo para más tarde, además tal vez le molesten mis intromisiones. Corro a buscar a las gemelas al polideportivo, de paso haré la compra. ¿Y si me acerco a la peluquería? Con el resto de los garbanzos puedo hacer un humus para mis suegros, me queda muy bien. Por suerte las gemelas son niñas, si hubieran sido varones, a alguno le hubiera caído el nombre de mi suegro, Fermín. Quiero mucho a mi suegro, a veces pienso que me casé con su hijo para estar cerca de él. Qué disparate. ¿Y qué hago con lo de mi padre? Maquillarme: en la presentación habrá prensa y salgo con cara de vampiro. Atardece, hace frío. Mientras conduzco por la autopista pienso que lo mejor que me podría pasar sería encontrarme en medio de un atasco, aislada durante horas, pero el tránsito fluye en la tarde gris. Las gemelas están agotadas. Renuncio a la peluquería y a la compra. Solo me queda dejarlas en casa, recoger los libros, cambiarme para la presentación, dar mi clase. Le pongo un mensajito a mi marido, le pido que prepare la cena. Él me manda un sms cariñoso, que no contesto. Vuelvo a sentirme culpable. Cuando dejo a las gemelas en el aparcamiento me espera Lyuba, con una maleta enorme, la sube a empujones y no hablamos durante el trayecto, puedo concentrarme en preparar mi clase. De pronto, con una vocecita monótona, me cuenta una historia de frío y vejaciones. Habla de un mamut escondido en el hielo, dice que ha sido adoptada, que piensa viajar. Dice también que consiguió algo en Normandía. ¿En Normandía?, le pregunto extrañada. Sí, dice, y comienza a hablar sin continencia alguna. La cabeza me estalla. Si fuera medianamente sensata, tendría que detener el coche en la primera esquina y bajar a Lyuba de un empujón. Tendría que abandonarla en medio de cualquier carretera, tendría, por lo menos, que pedirle que deje de hablar. Pero no lo hago, su historia inconexa me fascina. Mierda, llego tarde y me he dejado los apuntes. Lyuba se sienta al fondo de la clase, agradezco su cortesía y su silencio, con ternura pienso que debería encontrar a alguien que la quisiera de verdad, una familia, un novio. Le deseo tardes hermosas tendida al sol, en alguna playa de Normandía. Esbozo las hipótesis, pero todas me parecen terriblemente sensibleras, tacho lo que he apuntado en mi cuaderno. Llego a la presentación tarde, los fotógrafos ya se están cebando con el autor. Digo mis cuatro frases con poco entusiasmo, solo he cumplido con el expediente cuando hubiera querido ser muchísimo más enfática. Además, estoy fea. Tomo Coca-Cola. Lyuba, en cambio, parece haberse bebido todas las reservas de alcohol de la noche y ríe como un bucanero, parece empeñada en ligar con cualquiera que se le cruce. La arrastro a trompicones de la fiesta, bamboleándose la empujo dentro de un taxi mientras insulta a todos los que pasan. Saca del bolsillo una moneda extraña, me la muestra como si fuera un tesoro, es un dólar con un agujero, de esos que se cuelgan al cuello, luego la tira por la ventana. La moneda rebota, brilla en mitad de la noche y la recoge un chico muy guapo, con el cuerpo tatuado. Parece alemán, le sonríe a Lyuba, que intenta bajarse del coche, por suerte logro impedírselo. Por fin arrancamos, en el trayecto se calma, está más tranquila cuando llegamos a casa. Le limpio la cara como si fuera una criatura, la meto en la cama. Está desnuda, su cuerpo delgado es de una belleza que me hace temblar. Lyuba no parece consciente de sí misma, se desmadeja, la cubro con un edredón, le digo que se calme, que todo saldrá bien, me tiendo junto a ella, le doy mi calor. Entonces me escruta con sus ojillos de canica, estira sus brazos, en los que asoman las marcas de la violencia del padre, respira como un animal asustado, coloca mi mano sobre sus pezones y, aunque intento desasirme, me sujeta con su fuerza tenaz, siento su hedor de nieve mientras clava en mi garganta sus dientecillos afilados. Resignada, extiendo el cuello. La casa está en calma: todo el mundo duerme. Yo escribo.

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Paternidad

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Paternidad

 

Para Carola Aikin, que sabe de monos y de dragones

 

Asomado a la cuna de su hijo, Fermín tuvo un segundo de lucidez, un chispazo que intentó abrirse camino en su abotargado tejido neuronal. Estaba así porque no había dormido casi desde que el pequeño llegara a casa y ahora, mirándolo a la luz tranquila de la mañana, le pareció que esbozaba desde su cuna una sonrisa entre satisfecha y perversa y que luego le guiñaba un ojo. Descorrió aún más las cortinas que daban al jardín de la urbanización y se volvió para observarlo: no podía ser, los recién nacidos apenas se expresan mediante reflejos condicionados, era impensable que ese gesto torticero fuese voluntario. Definitivamente, el niño no podía estar riéndose de él.

En el jardín estaba por florecer el almendro y una rama arañó el cristal; luego un rayo de sol apuntó hacia la cuna y el niño frunció la nariz. Temeroso de que se despertara, Fer­mín volvió a correr las cortinas, se sentó en su sillón de lectura sin encender la luz. Como no podía leer, pasó a observar los vagos contornos de la habitación en la penumbra. Le gustaba su casa, los libros, los cuadros, las pilas de CD, los recuerdos de los viajes que lo rodeaban con su silencio tranquilizador. Pero esta vez ni el valor narcótico de los objetos fue capaz de calmarlo y la inquietud comenzó a retorcerle el estómago.

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