44 relatos
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El adelantado

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El adelantado

 

A mi hermano Pablo

 

Ilustre señor:

 

Otra vez me dirijo a vos para contaros las múltiples maravillas que he visto en este viaje y para que veáis en qué se utilizan tanto los bienes como la confianza que habéis depositado en mí, don Javier Hurtado y Menéndez, adelantado de vuestra majestad.

Hoy me toca enumerar los frutos de la tierra y, para que conozcáis las riquezas de vuestro imperio, hablaré del yantar, y de las especias con las que en las Indias se sazona y otras lindezas de estos indígenas.

Son los nativos de buen natural, sobre todo las hembras, quienes han aprendido palabras en nuestro idioma que pronuncian marcando mucho la ese, todo con gran dulzura, y no como en España, que al hablar parece que amenazan y, cuando nos traen el alimento, bambolean las caderas y van como sus madres las parieron y Fray Nuño cata las carnes y frunce la nariz, porque lucen correosas y de bestias indecibles, y tan salvajes son que hasta devoran un bicho al que llaman «cuy» que no es gato ni perro ni cabra, sino más bien una rata de grandes proporciones que duerme con ellos.

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Las dos flechas de Cupido

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Las dos flechas de Cupido

 

Para María Obligado

 

Olim quondam cochlea...

 

Hubo una vez un caracol que vivía solo en un huerto. Un día llegó hasta allí una joven viuda quien le dijo:

–Oh, caracol, ¿no eres desgraciado lejos de los de tu especie? A lo que respondió el caracol:

–No conozco otra necesidad que la de alimentarme. ¿Por qué, entonces, teniendo alimentos, he de sentirme desgraciado?

–¡Por Venus! –respondió la viuda–. ¿Es posible que no añores el amor?

Y diciendo esto, la mujer se levantó la túnica hasta su blanco vientre y continuó:

–Así me sucedía cuando era virgen. Pero desde que conocí el vigor de mi marido ardo y languidezco. Él ha descendido al Hades en plena juventud y dejándome sola me ha hecho infeliz. –Y la joven viuda, mesándose los cabellos, comenzó a sollozar.

Conmovido el caracol por la desgracia de la mujer acercose a ella y, como se sintiera tentado por la blancura de sus carnes y por el tupido vergel que ella exhibía en lo alto, trepó lentamente por sus piernas dejando un hilo plateado en los ebúrneos muslos.

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Las eléctricas

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Las eléctricas

 

 

 

–Haga de cuenta de que su hija está de vacaciones.

Un miembro de la dictadura argentina a una de las Madres de Plaza de Mayo, que preguntaba por el paradero de su hija desaparecida

 

Para Viviana Paletta

 

 

 

Mientras la empujan hacia la Jaula de los Gritos, la chica intenta no pensar. Tiene los ojos vendados, va descalza, le han quitado los zapatos y la humilla ese taconeo de botas militares a su lado. La empujan o la llevan, qué más da, sabe perfectamente cuántos pasos hay hasta el dolor. No hay escapatoria, así que ha desarrollado un plan. Es un plan idiota, pero le da la sensación de que algo está en sus manos. El juego se lo enseñó su madre, y consiste en salir de su cuerpo. Primero tiene que localizar una sensación, luego la atrapa, y es entonces que viaja hasta un recuerdo. Como si fuera una ola, o una escalera, o un embudo, o un pozo. Lo importante es concentrarse. Si lo consigue, si logra asirse a alguna imagen, navegará entre espasmos hasta la cima de la memoria. Con eso le basta. Pueden ser apenas unos segundos de memoria. Memoria dolorosa. Memoria en carne viva. Busca a tientas y siente frío en la planta de los pies. Atrapa la sensación. Sus pies sobre el césped, siglos atrás. Los pies en el verde tibio, la caricia de la hierba. Una luz taladra el trapo que la ciega, está pasando frente a la ventana. Odia ese resplandor, el corazón vuelve a desbocarse. No es una ventana, piensa, no es «esa» ventana que está tan cerca de la Jaula de los Gritos donde será torturada, sino el sol del verano aquel. Mientras la desnudan, siente el calor en la espalda. Ha estado jugando en la barranca que da al río y recogió unas piedras. Pero las piedras son descorazonadoras, brillan si están mojadas, son tristes si se secan. Las piedras. Las piedras. Tiene que pensar en piedras. Es pequeña, a lo lejos se oyen las risas de sus hermanas. Manos que la levantan en vilo. ¿Quieres hacer pis? Qué vergüenza, otra vez se está meando encima. ¿Quieres hacer pis?, repite la voz áspera de Mme. Tanis. Va vestida de oscuro y lleva un sombrero de paja estremecido por las agujas del sol. El sol la está quemando con tal fuerza que siente agujas en el pecho. Agujas. La institutriz la toma en brazos y la consuela, por una vez en la vida es cariñosa. Vamos, dice, vamos con mamá. La chica atada al camastro de metal lucha por asirse al recuerdo y tiende los bracitos hacia su madre. Hay una galería con baldosas en damero, una tumbona, un toldo naranja. Su madre está junto al jazmín, sentada en los escalones que dan al parque, y parece que está masticando flores. Huele a humedad y a sucio, a dolor. A verano y a piscina. Déjela, Mme. Tanis, yo me encargo, dice la madre. La chica obedece y mira el vestido liviano, las perlas de las orejas. Se oye un grito. Debe de haber salido de su propia garganta, porque la madre no cambia de expresión. Como si se hubiera ahogado en la fuente de los nenúfares, su madre nunca cambia la expresión, hay que tratarla como si pudiera romperse. Se acerca a las piernas delgadas, pone una manito sobre la rodilla. Rodilla brillante, como una luna fría. Entonces la madre levanta los ojos y hace una media sonrisa, la acaricia, la sienta sobre sus faldas, busca los dedos de su hijita y encuentra las piedras, «¿Son para mí?, ¿son para mí, Sonieta?». Toma la mano de la pequeña y con ella se acaricia las mejillas, el laberinto de las orejas, la suavidad de las perlas, sube hasta las sienes donde la chica toca algo pegajoso. La madre acerca los labios pintados de rojo al oído de su hija y susurra: ¿Te he hablado alguna vez de la Jaula de los Gritos? Entre el pelo rubio y rizado de su madre, dos trasquilones, dos calvas. Ahí me pegan los electrodos, dice. Ahí y ahí. Suena un ruido seco de llaves eléctricas, la luz parpadea. Gritan.

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Los pecados de la carne

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Los pecados de la carne

 

Para Andrés Neuman

y Miguel Ángel Arcas,

por nuestras citas en Granada

 

La señora Matilda, viuda de González, pidió la vez. Esperaba, con las manos en las caderas todavía firmes, mientras miraba a través del escaparate los dedos del charcutero que cogían unas salchichas; las vio bambolearse en el aire (su promesa apetitosa y rosada) y desaparecer luego sobre el mostrador, entre sábanas de papel (tus caderas como ancas de yegua, hubiera dicho su Eulogio); vio entonces cómo la mano, (masculina, experimentada) iba acercándose al lomo embuchado (tan caro y tan sabroso, a la señora Matilda se le encendía el deseo) al lomo embuchado que, firme y recio (qué ganas de tentarlo) se elevaba también, mostrando su mutilación sin sangre y luego la mano, sumida otra vez tras el cristal, sostenía un cuchillo y se unía a la otra mano (a la señora Matilda le brillaban los ojos) otra mano de dedos seguros, con la que el charcutero (se le hacía agua la boca) sopesaba un fuet fino y amoratado, de piel tensa, ligero, casi inofensivo, virgen, pero tan tieso (justo como a mí me gusta) y luego el fuet volvía, circuncidado, al escaparate, y la señora Matilda pensaba, con ansia y con miedo (subía y bajaba su pecho en rápido vaivén), que le tocaría el turno y habría que elegir (ella nunca había elegido, un novio, un marido, total todos son iguales) seleccionar entre tantísimas posibilidades: la mor­cilla esponjosa, pletórica, vehemente, que dibujaba en la columna de su cuerpo estremecido la sangre y la salud, o el chorizo de Salamanca, fresco y oloroso, o el morcón (sólo se vive una vez), prohibitivo pero prieto, grueso y pequeño (así da más gusto) o la estilizada longaniza, y el jadeo de la señora Matilda (los calores de la edad), el ansia, los rubores (cuántas oportunidades, qué dilema), el brillo en los ojos, las mejillas remozadas, el repentino sudor, las manos del charcutero alzando ahora una ristra de chorizos rojos y la señora Matilda atónita ante la desmesura, viéndolos pendular, temiendo el cu­chillo, incapaz de elegir (salamis, culares, lomos de Sajonia) fuera de sí, abandonando la fila (butifarras, sobrasadas) mientras dice me voy, le dejo la vez, me marcho (jabuguitos) a casa, a la cama, allí donde las sábanas sabrían acoger su languidez, sus recuerdos, sus ancas desbordadas por la orgía.

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La divina proporción

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La divina proporción

 

 

 

Para David Roas, obviamente

 

 

 

En la habitación 201 viven dos mujercitas siamesas, unidas por los pezones con un pespunte de carne. No miden más de treinta centímetros y son de una belleza sobrehumana. A veces, un detective de servicio ocupa la habitación. Si lo oyen llegar, las siamesas se esconden tras las cortinas y, en cuanto se va, se trepan a la cama. El detective sueña con descifrar qué produce ese revuelo de carcajadas que rebota por el pasillo. Ha intentado sorprenderlas, pero las siamesas no se dejan. A veces, como por descuido, le permiten atraparlas al final del trance sudoroso, los ojos de borrachas, los senos en cascada. Si una tiene las piernas abiertas, el hombre espía los rubíes del pubis. El detective está casado. Ama a su esposa, le gusta su rutina. Pero, cuando duerme a su lado, sueña que decrece, cruza el pespunte de carne y se deja arrullar por el sándwich de siamesas, que lo encierra en una jolgorio de abrazos y piernas locas. Entonces estira la mano y acaricia a su esposa, los dos escasos pechos a su alcance, el deseo frustrante, en su proporción humana.

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