44 relatos
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Nada útil

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Nada útil

 

 

 

En medio de tanta destrucción, turbación y violencia, en un pliegue de la red, temblando y sin embargo llena de gracia, resistía la mariposa aterrorizada

Walter Benjamin, Infancia berlinesa

 

 

 

Para Manolo Yllera, the catcher in the light

 

 

 

Era un milagro que no lo hubieran visto entrar al patio y que nadie oyera que trepaba por los caños del agua, era un milagro aun mayor que el apartamento estuviera vacío. La habitación en penumbras, las ventanas cubiertas por cortinas amarillas, ningún ruido pareció delatar la llegada del intruso. Tendido en el suelo, respiró ansioso, intentó calmarse. Cuando su pulso se normalizó, por fin pudo recuperar las imágenes del día, la voz de su madre, que lo había empujado a lo largo de toda la mañana. ¡Corre, Teo, corre, aléjate de la plaza, no mires atrás!

Llevaba horas vagabundeando por calles llenas de soldados cuando encontró un portal abierto. Debía de ser uno de esos apartamentos que los ricos abandonaban huyendo de la guerra, cerrados con siete llaves, pero con los cristales reventados. Cuando los ojos se acostumbraron a la falta de luz, el chico se dio cuenta de que había caído en un amplio dormitorio matrimonial, los muebles cubiertos por sábanas, el colchón doblado. Olía a polvo, a laca, a cera. Se quitó los zapatos y avanzó a tientas por el pasillo. Dormitorios, un despacho, un gran comedor, la sala. En el baño acercó la boca al grifo y, sin hacer ruido, bebió unas gotas, cualquier error sería su fin. Una acción detrás de la otra, sin perder la calma. Por delante, la nada. Por detrás, un mundo perdido. Eligió la habitación más pequeña y, después de estirar el colchón, se durmió.

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Zoo lógico

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Zoo lógico

 

 

 

Para Isabel González

 

 

 

Fernanda, con pasos de gacela, camina por la ciudad para visitar a su madre. Le gusta el barrio, las calles arboladas, la red de sombra tendida en el asfalto. Es una casa baja en el barrio de Belgrano, con un jardín de invierno que parece un acuario y un pasillo infinito de helechos estremecidos al contacto con el aire. Su madre abre la puerta agitando la cabellera de leona. Nubes dolorosas de tormenta, cortadas a cuchillo. Llámame Liza, querida, dice, «mamá» me hace sentir vieja. Si estás como siempre, contesta Fernanda, mientras piensa: qué egocéntrica. Mamá, en Buenos Aires. Papá, en Francia. Separados desde hace mil años. Y Fernanda, ¿qué? Fernanda, como en todo, mitad y mitad. ¿Así que te has casado?, dice Mamá Liza. Sí, y exhibe el anillo. Bonito, dice mamá, sin prestar atención. Fernanda ahora vive en París con Raymond, psicoanalista de gran futuro, boda por todo lo alto. Raymond es como un pointer de pura raza. Pasean por Place Vendôme sin bozal, tensando la correa, olfateándolo todo. Fus, le dice Fernanda, no tan de prisa, chéri, sit y su marido se sienta, platz y se tumba: muy obediente, Raymond, así me gusta. Caricia en la cabeza, galletita y alianza en la pata. Papá también en París, tiernísimo como un oso panda, siempre distraído, trepado a los bambúes. Y ahora ellas dos aquí, cara a cara. Un ring, puños en alto. Fernanda con mamá, siempre en guardia. Mamá-leona-Liza se pinta las garras, se afila los dientes, mastica un trozo de pata de gacela, se tiende bajo el árbol del jardín de su casa. Con una zarpa se tapa el bostezo y deja caer la pregunta: ¿y Diego? Papá-Diego está igualito, mamá, con sus cosas. Solitario, ya sabes, siempre en peligro de extinción. París le gusta. Escribe sus poemas, pasea. Te manda saludos. Ah, dice Mamá-leona. ¿Algo más que decirse? Silencio. Tiestos de helechos culantrillo. ¿Los sigues regando con agua tibia? Claro, son muy delicados, los cuido como si fueran mis hijos. Fernanda juguetea con la alianza. Mamá Liza bosteza, Fernanda bosteza también. Bueno, dice Fernanda. Bueno, dice Mamá Liza. Se ponen las dos de pie: smuak smuak, sendas manos se agitan en el aire. Fernanda huye a la calle, abrumada. Y entonces ni Liza ni mamá, ni Raymond ni el oso panda, ni Buenos Aires ni París y los bambúes, sino todo lo contrario. ¿Hay todo lo contrario? Claro que sí. Suelta el lastre de la infancia, se sacude las nubes negras y abre las alas. La ciudad, abajo, avenidas, callecitas, árboles cabezudos, antenas de televisión. El techo de la casa de su madre, que se aleja. Un chico mira hacia arriba y le estudia las piernas musculosas, ¡bien! Tanguita diminuta, solo un hilo, un día de suerte. Muchísima polución. Tarda menos de quince minutos en volar hasta el departamento de Bruno y entra por la ventana. Él, como de costumbre, la espera frente a sus libros. Hola, dice, contenta. Bruno, como si ella no se hubiera ido nunca, hola también. Fernanda sacude las alas en las que se le ha pegado el hollín de las chimeneas. En el suelo, apuntes de la facultad. Botellas de vino abiertas, ropa en desorden, y ahora, para colmo, plumas por todas partes. Se miran, fuman en silencio, dibujan un puente de miradas. ¿Qué tal tu marido? Perrísimo, dice ella. Pero no molesta. El único problema es que hay que cepillarlo todos los días. ¿Y tus padres?, insiste Bruno. ¡Años que no los veo, desde los veranos que pasábamos juntos! Mamá-Liza-leona tan egoísta como siempre, acabo de estar con ella. Papá-Diego sigue en París, con su nueva mujer. Ensalada de bambúes todos los días. ¿Y las proteínas? De cuando en cuando, un huevo, con eso alcanza. Mientras hablan, como quien no quiere la cosa, se desnudan, los apuntes un remolino blanco en el centro de la habitación, los libros en aleteo rasante sobre los cuerpos que se aman. Una hora más tarde, Fernanda todavía las alas enormes, desplegadas como palmeras, cabezotas agitadas por el viento, abanicos de bruma, atraviesan las nubes y latigazos de sol en carne viva. Abajo hay una playa. Aterrizan y Bruno va dejando una huella de ropa, corre por la montaña que se vuelve arena, a grandes zancadas entra en el mar proceloso. Ella, las olas que crujen, la gracia delicada de sus patitas de pájaro en la orilla, un salto hacia delante, dos saltos hacia atrás. Qué frío. Y entonces Bruno mar adentro corcovea, las nalgas de hombre, la poderosa espalda de delfín, con saltos y piruetas peina el ronquido de las olas. Fernanda no más pájaro, para qué, se estira ya cetáceo, se entrega al gozoso apareamiento contra el vientre de plata. Y se hace una promesa: seré fiel a Bruno, monógama a este amante de espuma suave músculos tensos silbidos medulares que me persigue nadando alrededor, cópulas breves y repetidas, qué bestial. Salen exhaustos del agua, y ella se ajusta el bikini, está oscureciendo cuando se funden otra vez y caen a la bóveda celeste de galaxias espirales, astronautas ateridos, bengalas, planetas, cúmulos abiertos, colisiones de asteroides y estrellas rezagadas, tremendos rayos gamma, Bruno, con su enjambre de cuásares luminosos, Fernanda supernova, puro big bang, orbitando.

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Los pecados de la carne

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Los pecados de la carne

 

Para Andrés Neuman

y Miguel Ángel Arcas,

por nuestras citas en Granada

 

La señora Matilda, viuda de González, pidió la vez. Esperaba, con las manos en las caderas todavía firmes, mientras miraba a través del escaparate los dedos del charcutero que cogían unas salchichas; las vio bambolearse en el aire (su promesa apetitosa y rosada) y desaparecer luego sobre el mostrador, entre sábanas de papel (tus caderas como ancas de yegua, hubiera dicho su Eulogio); vio entonces cómo la mano, (masculina, experimentada) iba acercándose al lomo embuchado (tan caro y tan sabroso, a la señora Matilda se le encendía el deseo) al lomo embuchado que, firme y recio (qué ganas de tentarlo) se elevaba también, mostrando su mutilación sin sangre y luego la mano, sumida otra vez tras el cristal, sostenía un cuchillo y se unía a la otra mano (a la señora Matilda le brillaban los ojos) otra mano de dedos seguros, con la que el charcutero (se le hacía agua la boca) sopesaba un fuet fino y amoratado, de piel tensa, ligero, casi inofensivo, virgen, pero tan tieso (justo como a mí me gusta) y luego el fuet volvía, circuncidado, al escaparate, y la señora Matilda pensaba, con ansia y con miedo (subía y bajaba su pecho en rápido vaivén), que le tocaría el turno y habría que elegir (ella nunca había elegido, un novio, un marido, total todos son iguales) seleccionar entre tantísimas posibilidades: la mor­cilla esponjosa, pletórica, vehemente, que dibujaba en la columna de su cuerpo estremecido la sangre y la salud, o el chorizo de Salamanca, fresco y oloroso, o el morcón (sólo se vive una vez), prohibitivo pero prieto, grueso y pequeño (así da más gusto) o la estilizada longaniza, y el jadeo de la señora Matilda (los calores de la edad), el ansia, los rubores (cuántas oportunidades, qué dilema), el brillo en los ojos, las mejillas remozadas, el repentino sudor, las manos del charcutero alzando ahora una ristra de chorizos rojos y la señora Matilda atónita ante la desmesura, viéndolos pendular, temiendo el cu­chillo, incapaz de elegir (salamis, culares, lomos de Sajonia) fuera de sí, abandonando la fila (butifarras, sobrasadas) mientras dice me voy, le dejo la vez, me marcho (jabuguitos) a casa, a la cama, allí donde las sábanas sabrían acoger su languidez, sus recuerdos, sus ancas desbordadas por la orgía.

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Yo, en otra vida, fui avestruz

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Yo, en otra vida, fui avestruz

 

A Clara Vallejos

 

Yo, en otra vida, fui avestruz. Le llamará la atención, porque aquí me ve con mi aspecto de madre de familia un poco entrada en carnes, pero eso fue hace mucho tiempo y en otro país, cuando era joven y, además, transcurrió en paralelo. Quiero decir que, al mismo tiempo, fui mujer y avestruz.

Es posible que usted no sepa bien qué es un avestruz. Pues mire, son unos animales preciosos con un cuello larguísimo, que nosotros llamamos ñandú y más científicamente rhea americana, porque avestruz es el nombre que tienen en África. Todo esto lo busqué en la enciclopedia Vida salvaje que compré en cuotas y que traía de regalo el microondas. Me valió la pena, con el amor que le tomé a esos bichos.

A mí me encantaba correr por las pampas, las pampas, eso que sale en los folletos de viaje, donde los pastos son tan altos que llegan hasta los cuernos de las vacas y la tierra es tan plana que da la vuelta al mundo. Como le estaba diciendo, me encantaba correr sobre todo cuando caía la tarde y el cielo dibuja una franja rosa y azul alrededor de la tierra y los pájaros vuelan bajito porque regresan cansados a la laguna. No, no era peligroso, entonces no nos cazaban para hacer plumeros, eso vino mucho después.

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Albania

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Albania

 

Para Julieta

 

–Todo el mundo necesita un enemigo, un enemigo que te mantenga despierto.

La frase ha saltado a la cabeza del muchacho que, medio dormido, estirado en el asiento del tren, se aferra a su mochila. Le han dicho que los albaneses trepan a los vagones y pueden robarle, todo tipo de leyendas recorren las vías. Tiembla un poco, sale de su pesadilla, se asoma y ve el cartel: Angoulême, por fin está en Francia.

Es una madrugada de verano. En la estación desierta, un guardagujas da la señal de entrada a un expreso de lujo. Por la ventanilla asoma una pelirroja, camiseta grande, uñas pintadas de rojo gominola. Se estira y toma conciencia de que el chico la está mirando, se cubre los hombros, pero luego, con una sonrisa provocativa, sostiene la mirada, entreabre los labios y pega los senos contra el cristal. Aunque parece un juego, el chico se ruboriza, nunca ha estado con una mujer y aquella es casi demasiado guapa. Se asoma él también pero, justo en ese momento, el vagón empieza a desplazarse. Antes de que el chico desaparezca, la pelirroja levanta la palma de su mano, como si quisiera acariciarlo.

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