115 relatos
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Reflejos negros

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Reflejos negros

 

Mataron a mi vestido de comunión. Lo ahogaron, igual que a un recién nacido no deseado en una bañera negra, negra como el ojo vacío de un pobre de iglesia. Lo oí pedirme ayuda, al principio bajito, con un llanto entrecortado de bebé enfermo. Mi madre y mi tía, ellas fueron, en el cuarto de baño, encerradas con el vestido que había sido tan blanco a la luz del escaparate de un sábado. El que tú quieras, mi reina, había dicho mi padre. El que yo quise era un traje de princesa y lloraba, mientras lo volvían negro a la fuerza, mi madre y mi tía solterona. Me tapé la cabeza con la almohada cuando el vestido comenzó a aullar, porque no soportaba aquel chapoteo desesperado y el caer a borbotones del agua helada. Las dos, matando mi vestido, detrás de la puerta, sumergiéndolo en el lago embetunado una y otra vez, hasta que al fin se calló. Y yo cubriéndome la cara con la colcha para ahogarme al mismo tiempo que mi vestido de reina enana. Para no ver más allí de pie, reflejada en la luna del armario, la sombra negra de mi padre, con aquel traje inmóvil de señor muy muerto.

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Retrato de familia

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Retrato de familia

 

Siguieron viviendo allí, después de Aquello. Preferían hacer como que nada era distinto, no fijarse en los espejos, beber aire en las tazas, celebrar los cumpleaños soplando velas que el viento que se colaba en las habitaciones apagaba una y otra vez. Sentados en torno a la mesa, como siempre. El padre y la madre vestidos de novios, con aquellos trajes tiesos de un viejo retrato. Los dos hermanos mayores luciendo el disfraz de marineros gemelos que no llegaron a estrenar. La niña pequeña, que fue la última, vestida de muñeca color de rosa. Todos, fingiendo no saber que ahora estaban hechos de sábana y huesos.

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Taxi en el espejo

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Taxi en el espejo

 

No me lo invento. Sé que una vez te vi al otro lado, vigilando absorta mi cepillado de dientes. Giraste la cabeza, te alejaste con el brazo extendido, como si lloviera, o tuvieras prisa, o quisieras parar un taxi. Pero todo el mundo sabe que no pasan taxis dentro de los espejos. Desde entonces me asomo al interior con miedo, como si mirara dentro de una habitación vacía que no quiere que duerma en ella. Me pregunto adónde habrás ido, en qué espejo te apareces ahora.

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Holocausto

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Holocausto

 

Siempre pensé que yo era su reina, y que sus destinos me pertenecían. Yo era la dueña de aquel enjambre mudo, de sus pupilas inmóviles y los cabellos eternamente bien peinados. Ellas se dejaban guardar en la caja, sobre el brasero apagado de la mesa camilla, con una docilidad de rubias bien educadas que me enternecía. Un día, sin embargo, intuí la conspiración. Bullía en las notas que se pasaban de una a otra las manos ocultas; estaba camuflada entre los volantes de sus vestidos, en la pose de falsa inocencia del que envenena a cada emperador. Yo soy la reina, repetí en voz alta, al colocar el brasero encendido de la abuela junto a aquella caja cerrada, llena de pequeñas traidoras.

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La niña fea

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

La niña fea

 

Quiero una cara nueva, rezaba por las noches la niña fea, aunque en el silencio negro de su cuarto nunca estaba segura de si alguien le hacía caso. Rezaba en camisón, con las rodillas clavadas en el suelo, pasando frío y miedo, por si al final Dios o cualquier otro le tocaba la frente y le decía «Sea, hija, sea». Nadie apareció nunca, pero sus padres eran ricos y en su octavo cumpleaños le compraron una cara nueva que llegó a casa envuelta en papel brillante y con un ostentoso lazo rojo, retorcido como un crisantemo. Con manos temblorosas la niña fea sacó del nido de papel de seda una cara sujeta con una goma casi invisible, de niña guapa, con sus bucles bailarines y una naricita que no servía para oler, sino sólo para ser besada. La niña fea lloraba de emoción sólo por ver humedecerse de nuevo la espesa hilera de pestañas de jirafa, sonreía sin terminar de creerse que la que la miraba desde otro lado del espejo no era un deseo irrealizable sino ella, al fin.

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