115 relatos
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Taxi en el espejo

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Taxi en el espejo

 

No me lo invento. Sé que una vez te vi al otro lado, vigilando absorta mi cepillado de dientes. Giraste la cabeza, te alejaste con el brazo extendido, como si lloviera, o tuvieras prisa, o quisieras parar un taxi. Pero todo el mundo sabe que no pasan taxis dentro de los espejos. Desde entonces me asomo al interior con miedo, como si mirara dentro de una habitación vacía que no quiere que duerma en ella. Me pregunto adónde habrás ido, en qué espejo te apareces ahora.

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La gemela fea

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

La gemela fea

 

Te peinaré siempre que tú me lo pidas, le decía la gemela fea a la gemela guapa, asumiendo su papel de pequeña doncella condenada a las sombras. A la gemela guapa le gustaba escuchar cerca la respiración perruna de su hermana, saberla despierta en la oscuridad las noches de tormenta en que velaba su sueño. Te prohíbo dormir, le decía, no te duermas antes que yo, y si viene el monstruo, tiene que comerte a ti primero y me avisas mientras te esté devorando para que me dé tiempo a escapar. La gemela fea agitaba la cabeza. Obedecía y aguantaba la respiración, le anudaba el lazo del vestido, lustraba sus zapatos blancos de charol, cualquier cosa que ella le pidiera era una orden, el deseo irrevocable de un ser perfecto, de esa versión idealizada de sí misma, la que estuvo a punto de ser y no fue. La gemela fea continuó peinándola cada noche, alisando cada mechón de su cabello una y cien veces ante el espejo, aunque la gemela guapa llorara bajito y le dijera que ya no, que por favor ya no. Sorda, como la lealtad de un perro que no deja de amarte ni muerto.

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Paradoja

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Paradoja

 

La pobre niña antigua del retrato en sepia no lograba entender aquella maldición terrible. Cuanto más crecía ella, más pequeña se volvía su muñeca.

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Invisibilidad

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Invisibilidad

 

Los niños pequeñitos iban a tu clase, pero nunca los viste. En realidad, casi nadie se dio cuenta de que estaban allí, tan repeinados con colonia, tan cansados del verano el primer día de curso, tan fiesta subterránea de lapiceros de colores, tan cara de nieve en diciembre como cualquiera. Ni tú, ni aquella monja que rezaba entre dientes una papilla de oraciones oscuras que te aterraban, supisteis ver a los niños pequeñitos que jugaban al escondite en vuestros tobillos y os tiraban de las faldas, que os miraban con la curiosidad de quien contempla a alguien más grande, con esa devoción equivocada del que se siente protegido. Tú misma pisaste a un niño pequeñito rubio que apenas sangró, que casi no manchó tu zapato. Los otros niños pequeñitos, sus ojos abiertos tan grandes, tan grandes, cargaron su cuerpo como una colección de hormigas apenadas, se lo llevaron al patio y lo enterraron junto a un rosal blanco.

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Indulto

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Indulto

 

Papi y mami han venido de la calle con la abuelita nueva que les pedí. Están muy contentos, y cada vez que hablan se escapa de sus bocas una nube de vapor helado. Te gusta, cariño, dice papi, no las había con el pelo más blanco, y eso que recorrimos la calle del albergue de arriba abajo. Yo me pongo a dar brincos en el salón. Mi nueva abuela lleva un lazo rojo muy bonito en el cuello, pero no habla, sólo abre mucho los ojos y me aprieta la mano con sus dedos flacos, mientras yo le enseño el piano de cola y el árbol, tan grande que las puntas de la estrella rozan el techo. Le arreglo el lazo del cuello, que se le espachurra todo el tiempo, y le doy muchos besos para que vea lo cariñosa que soy, aunque la pobre huele un poco como los paraguas cerrados. Arrastro a mi abu a mi habitación, le explico la esquina de la cama donde debe sentarse por las noches a leerme un cuento. Pero como sigue sin hablarme empiezo a pensar que igual es un poco tonta, me aburro y la llevo al balcón. La dejo encerrada un rato para que se airee. Al pasar, veo que papi está en el aseo, llenando la bañera de agua muy caliente y que en la cocina mami afila el cuchillo de trinchar el pavo.

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