115 relatos
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Taxi en el espejo

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Taxi en el espejo

 

No me lo invento. Sé que una vez te vi al otro lado, vigilando absorta mi cepillado de dientes. Giraste la cabeza, te alejaste con el brazo extendido, como si lloviera, o tuvieras prisa, o quisieras parar un taxi. Pero todo el mundo sabe que no pasan taxis dentro de los espejos. Desde entonces me asomo al interior con miedo, como si mirara dentro de una habitación vacía que no quiere que duerma en ella. Me pregunto adónde habrás ido, en qué espejo te apareces ahora.

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Manderley en llamas

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Manderley en llamas

 

Nos despertó el fuego. Sobresaltadas, mi hermana y yo vimos arder la casa de muñecas de la abuela, en una esquina de nuestro cuarto. Conseguimos sofocar el incendio con las almohadas y nos asomamos al interior como dos gigantas temblorosas. Las llamas habían oscurecido el papel pintado de las paredes y había un reguero de muebles, como huesos de pájaro carbonizado. Tosíamos al llegar a la escalera. Los ojos vacíos de los espejos reflejaban sólo un rastro de cenizas flotando en el aire y con los meñiques tiramos abajo la puerta de cada una de las alcobas del segundo piso, temiéndonos lo peor. La solitaria inquilina de porcelana, viuda desde que a mi hermana se le resbalara su esposo de entre los dedos, apareció ahorcada de la araña de cristal de su dormitorio.

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Huésped

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Huésped

 

El niño llora en la habitación del fondo, esa que nunca llegamos a pintar porque los tonos pastel que probamos en la pared cada primavera quedan disgustados, como arañazos, y se nos quitan las ganas. El niño llora y tú dices «ya voy yo», porque a veces se nos olvida que para cuando llegues se habrá callado, se lo habrá tragado un silencio de aguas profundas y verdosas. Sólo nos queda esperar. Dentro de un momento lo oiremos llorar de nuevo, en el desván, o al descolgar el teléfono.

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Otra

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Otra

 

En San Valentín me regaló dos tetas, que sostienen impertérritas la mirada a la odiosa ley de la gravedad. Por mi cumpleaños llegaron unos pómulos, lisos y esteparios. Encontré una melena de muñeca muerta al pie del árbol, las últimas navidades. Son tus nuevas extensiones de pelo natural, querida, cuestan un riñón, me dijo. Salen juntos, beben y se divierten, él y ella. Yo me echo mucho de menos.

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Superwind

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Superwind

 

En los últimos meses, Superwind piensa a menudo en abandonar la ciudad y marcharse a un pequeño pueblo de la costa para empezar de cero. Lo piensa casi todos los días, cuando se hacen las once en el reloj de la cocina y vuelve a encontrarse allí, sentado en una silla con sus mallas de licra y su capa verde, ante la tercera o cuarta taza de caldo de alcachofas de la mañana, sin noticias de la central de superhéroes. Superwind ha engordado bastante, se siente hinchado como un globo y las costuras del traje se le clavan en las ingles, así que no le resulta nada agradable esperar el aviso de una misión durante horas, con ese ridículo disfraz puesto. Superwind mira la letra que le cruza el pecho, una uve doble cada vez menos dorada que parece encogerse con cada lavado, como si se avergonzara de estar impresa en el pecho fofo de un fracasado. Superwind suspira hondo y entonces se le escapa un sonoro pedo que retumba en las paredes y se queda suspendido en el aire como una estela verde de gas. Superwind se acerca la taza de caldo a los labios y contempla con melancolía la nube de energía fétida que acaba por diluirse y desaparecer en unos segundos. Se dice que él nunca ha sido un superhéroe de primera, pero los últimos tiempos están resultando especialmente duros. Nadie parece necesitar a un tipo cuyo único superpoder es lanzar ventosidades huracanadas, capaces de narcotizar a un elefante furioso huido del zoo, o de trazar en el horizonte frases publicitarias durante unos segundos. Y a veces ni aun eso, reconoce en un murmullo Superwind, poniéndose en pie y caminando hasta la ventana porque le golpea el recuerdo de la última casa comercial que lo fichó, una empresa de látex que se negó a pagarle cuando no fue capaz de escribir en el cielo aquel ridículo eslogan las veinte veces diarias exigidas por contrato. Condones Tropicana, noches de gozo sin pozo, a quién se le ocurre. Era una frase demasiado larga, trata de consolarse Superwind, que revive con un escalofrío la fatiga y la impotencia de aquella misión, la sensación de derrota y las agujetas en el bajo vientre con las que regresó a su apartamento, capibajo y triste, confiando en que Stargirl estuviera todavía en casa para poder contarle lo perdido que se sentía.

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