115 relatos
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Matando a Alodia

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Matando a Alodia

 

Matábamos a Alodia cada tarde, a veces con prisa antes de la merienda, a veces con los ojos relucientes y un rastro oscuro de chocolate en la comisura del labio. Al principio ella se resistía, formando una cruz con sus deditos. Pero nosotras nos acercábamos en silencio, la arrastrábamos hacia el estanque si tocaba ahogarla, o a la puerta del invernadero si íbamos a darle matarratas con las orquídeas de sor Ánima como testigos. Levantábamos las manos y torcíamos el gesto porque no tiene gracia que el otro no sepa que vas a matarlo, y Alodia se dejaba caer de rodillas y nos pedía que no le manchásemos mucho el uniforme, por favor, que su madre, luego, en casa. Era dulce, matarla, dulce y siempre breve, porque la muy tonta se moría enseguida, a veces del susto de vernos a las seis allí, como media docena de demonios invitándola a bailar por última vez. Alodia era la niña muerta más hermosa del mundo, por eso la buscábamos cada tarde, uniformadas, amantísimas. La mirábamos yacer a nuestros pies, satisfechas como si acabásemos de dibujarla, como si la hubiésemos librado para siempre de la necesidad de moverse, del castigo de la trenza, la falda tableada, los calcetines verde oscuro. Le decíamos adiós, a veces alguna cantaba en un susurro su canción de corro favorita o le prometía no olvidarla nunca. Cómo no odiarla, entonces cuando reaparecía a la mañana siguiente en la fila, puntualmente peinada con la misma trenza del día anterior, vistiendo la falda siempre recién planchada y sus ojos de víctima. Cómo no desearlo, cómo no querer matarla de nuevo, de veras, una vez más.

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Exilio

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Exilio

 

Fueron ellas. Las muñecas me echaron de mi cuarto, sin más contemplaciones. Una dama parisina de porcelana me comunicó que se había decidido por unanimidad, en el último cónclave. Lo siento, pero no sabes quedarte tan quieta como deberías. No eres lo suficientemente eterna.

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Partitura

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Partitura

 

Tu piano se murió de pena, poco después. Como un pequeño elefante huérfano lo veíamos languidecer en la sala donde solías tocar, sumido en el silencio enfermizo que dejaste en todas las habitaciones. Las doncellas debían limpiarlo tres veces al día, pero aun así siempre estaba cubierto de polvo. No queríamos ya aquel piano huraño, que sabía morirse contigo y ser el perro más fiel. Eres un piano ataúd, te has vuelto tumba, le decía en voz baja, cuando pasaba por delante de él. Porque al principio me obligaba a entrar en la sala y podía olerte en el aire, eres horrible, piano. Luego la sala te olvidó y cada mueble comenzó a ser otro. No te recordaban ya las cortinas que tú elegiste, ni el butacón de terciopelo en el que te sentabas cada tarde. Las partituras de Mozart se ofrecían, sonriendoremisfasolasido, a cualquiera que entrara. Y pensábamos que quizás, con un poco de suerte, acabaría sucediéndonos lo mismo. Esperanzados aguardábamos nuestra dosis de olvido porque necesitábamos no añorarte tanto. Al principio teníamos que matarte de nuevo casi a diario para no dirigirnos a ti durante la cena, cada vez que hacíamos el ademán de subir a desearte buenas noches. La vida fue una lección que aprendimos a ciegas, igual que tú cuando tocabas algunas sonatas con los ojos vendados, dejando que los dedos recorrieran las teclas. Pero el piano no te olvidaba, por si no lo sabes el piano feo y hostil de una muerta no olvida. Allí estaba, como un enterrador de la felicidad ajena, recordando a cada paso la desgracia, la ausencia, el egoísmo del que sigue desayunando y comete el pecado imperdonable de volver a reír. Cómo negarle entonces un hueco en la hojarasca del parque trasero, un lugar entre las sombras lánguidas de los cipreses, hecho ya, como tú misma, de olvido y piedra.

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Celosía

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Celosía

 

La hermana Luisita nos mandaba al confesionario cuando nos portábamos mal. Le decíamos que íbamos a ser buenas como ángeles de retablo a partir de entonces, que por favor no. Pero ella era inflexible, al confesionario, decía, hijas bastardas del diablo. Y marchábamos temblando a la capilla del colegio, con ella siguiendo nuestros pasos como un perro negro. Y abríamos la puerta de celosía y aspirábamos el olor a muerto de cera y palo y se hacía de noche allá dentro. Nunca nos sentábamos en la silla, porque la hermana Luisita nos ordenaba desde fuera que nos quedásemos de pie, como Cristo cuando le azotaron. Y así aguárdabamos hasta que el aire comenzaba a oler a azufre y nos anunciaba que llegaba nuestro padre, el demonio, que asomaba sus ojos amarillos a las rendijas, nos decía cuánto se alegraba de vernos y empezaba a confesar, uno a uno, todos sus pecados.

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CRIPTA

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