13 relatos
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A pesar de la lluvia

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

A pesar de la lluvia

 

Queríamos pertenecer a París, cualquiera diría que un tópico más entre muchos; pero esta vez no era la torre Eiffel ni tomar crêpes de cara al bulevar Saint Germain, otra foto de maduro matrimonio burgués abrazados delante del Sena. Aquel invierno, estoy convencida, necesitábamos recuperar la ciudad juvenil de nuestra fuga, confundirnos en el caos de sus rebeliones y aguaceros. Queríamos, ¿qué queríamos?, revivir la magia, el azar, desterrar la costumbre, no lo sé; sólo sé que la copa del Moulin Rouge ya no era suficiente, por eso regresamos.

Conocíamos la ciudad casi hasta el detalle, sus traqueteos de hormiga los días de trabajo, sus pequeñas miserias. Se escondía en ella como una promesa que nos inquietaba, una señal de algo que era nuestro y que nos dejamos aquel invierno en que huimos allí siendo apenas adolescentes y sin hablar francés, pero que nunca conseguíamos revivir porque la metrópoli nos marcaba con su hierro de reses para turistas.

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Rosas amarillas

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Rosas amarillas

 

Fui a buscar a Ilusión al montículo del bosque donde estaban las rosas amarillas. La encontré con los brazos cruzados y el morro furibundo. Le pregunté si seguía enfadada conmigo, ella me dijo que sí, que ya no quería jugar más a las muertas, y sacó de un bolsillo sus alas de murciélago. Grité espantada, creí que era uno de verdad. ¿Por qué serás así?, le dije; ella batió las alas mientras sonreía maliciosa y yo me tapé los oídos sin hacer alharacas.

Pasaba el muchacho de la Ciudad Escondida, menudo nombre para una ciudad. Qué raro, dijo Ilusión; mira lo que lleva en la espalda. Un bacalao, casi tan grande como él, moviendo aún la cola. Está vivo, dije, y el muchacho de la Ciudad Escondida se volvió hacia nosotras. Intentó decir adiós con la mano que tenía libre, pero el bacalao aprovechó el momento para revivir y vino nadando, o más bien arrastrándose, confundido tal vez, porque lo único cierto es que allí en el montículo no había agua.

Un momento después llegó reptando hasta la orilla de nuestros pies y nos llenó de escamas, qué asco. Ilusión aprovechó para atraparle y se lo enseñó al muchacho de la Ciudad Escondida en señal de triunfo. Él vino, aunque yo le hice señas de que no se acercara, no todo el mundo aguanta a Ilusión, es peligrosa; pero él no me hizo caso. Me sentí transparente. Le dio a Ilusión un beso en la mano como a una gran dama y a mí otro más rápido. Ilusión se le puso a tiro, como tapándome, y en ese momento no se me ocurrió qué decir.

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Un hombre con sombrero negro

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Un hombre con sombrero negro

 

Casi toda la gente que iba en coche se detenía a mirar al hombre con sombrero negro que estaba sentado en una glorieta. No sólo se detenían, algunos también le tomaban fotos. Pero apenas los que iban en los coches pasaban por otras glorietas próximas, se quedaban atónitos al ver que en cada una había sentado un hombre con sombrero negro. La ciudad estaba a tope. Las glorietas también, quizá el mundo. Así que toda la gente de los coches empezó a preguntarse por qué había sentados en las glorietas tantos hombres con sombrero negro. Y cada uno de los hombres con sombrero, por su parte, también empezó a preguntarse por qué toda la gente que iba en coche se detenía a mirarle atónita y a hacerle fotografías.

 

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La estela nocturna

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La estela nocturna

 

Para la mayoría de mis compañeros del refugio, cuidar del perro-luciérnaga era casi un consuelo. Pero puede que para otros ocuparse de él fuera sólo una carga más, una ruina; y hasta hay algunos que se tranquilizan diciendo que, de todas maneras, la pobre criatura ya no era ni la sombra de lo que habían sido los últimos de su especie, en la época en que las farolas de las calles aún no se habían apagado. No hace falta explicar que en asuntos como este cada quien tiene su propia opinión; da igual, no creo que pensar en ello nos sirva de mucho ahora, sobre todo a aquellos que le tomamos cariño: nada puede aliviar la desolación en que nos ha dejado su repentino abandono.

A mí me tocaba tenerle conmigo todos los domingos hasta la madrugada. Y a veces, cuando había nieve, también me lo dejaban algunas tardes, siempre que su cuidador hubiera salido del refugio y no consiguiera entrar a tiempo para atenderle.

Lo que más me enternecía de él era la pelusa húmeda y mullida que recubría su pequeño lomo. Por la noche, me llenaba de calma el gesto ligero con el que posaba sus patitas luminosas sobre cualquiera de los tocones oscuros del callejón; entonces me quedaba mirándole por la ventana y me dejaba arrullar con sus aullidos hasta caerme de sueño.

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La jungla del ojo

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La jungla del ojo

 

Despiertas de repente en la noche inmóvil de la jungla del ojo. Es una sensación como de revólver en la sien. Te encuentras con la muchacha de arena; tiene la cara cubierta y las manos de sal. Cruzas los dedos en señal de buena suerte, pero los dedos son mortales: armas y plumas, palabras y heridas. Y te dices que aquí llueve, que aquí se llora. Y te recuerdas que hace mucho que las llamas ya no se visten para su primer amor.

 

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