13 relatos
Medium 9788483935064

Origami

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Origami

 

No hay inteligencia allí donde no hay

cambio ni necesidad de cambio.

Herbert George Wells

 

Me he despertado muchas madrugadas con la sensación de ser un fantasma en mi propia vida, sintiéndome un cobarde, un fracasado, maldiciendo en secreto cada día que me amenaza con su rutina cándida y glacial. En cambio durante la noche todo me parece diferente, la cabeza me bulle de ideas; mientras otros mueren de cansancio yo respiro mejor, me siento capaz de hacer cosas increíbles, de amar o de matar como en ningún otro momento, hasta el más patético de los hombres me importa.

En realidad he dormido a ratos toda mi vida, nunca toda la noche, y sin embargo eso jamás me había preocupado mucho, puesto que no conocía otra forma de dormir; ni siquiera se me había ocurrido contárselo antes a Edna, como imagino que un sonámbulo no cuenta a su mujer cada pesadilla que tiene. Pero el día que volvimos de las vacaciones de agosto, por hablar de cualquier cosa se lo dije, y desde entonces ella empezó con que no era normal que me desvelara así, que todo el mundo dormía de un tirón y esa clase de bobadas; luego fueron sus padres, nuestros amigos, incluso mi compañero de ventanilla en Correos, hasta que me dio por creer que sí me ocurría algo raro, que quizá todo esto del insomnio era sólo el primer síntoma de una extraña enfermedad.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935064

A pesar de la lluvia

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

A pesar de la lluvia

 

Queríamos pertenecer a París, cualquiera diría que un tópico más entre muchos; pero esta vez no era la torre Eiffel ni tomar crêpes de cara al bulevar Saint Germain, otra foto de maduro matrimonio burgués abrazados delante del Sena. Aquel invierno, estoy convencida, necesitábamos recuperar la ciudad juvenil de nuestra fuga, confundirnos en el caos de sus rebeliones y aguaceros. Queríamos, ¿qué queríamos?, revivir la magia, el azar, desterrar la costumbre, no lo sé; sólo sé que la copa del Moulin Rouge ya no era suficiente, por eso regresamos.

Conocíamos la ciudad casi hasta el detalle, sus traqueteos de hormiga los días de trabajo, sus pequeñas miserias. Se escondía en ella como una promesa que nos inquietaba, una señal de algo que era nuestro y que nos dejamos aquel invierno en que huimos allí siendo apenas adolescentes y sin hablar francés, pero que nunca conseguíamos revivir porque la metrópoli nos marcaba con su hierro de reses para turistas.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935064

Cuento neoplástico

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Cuento neoplástico

 

Desde luego que no soy Van Holden, pintor neoplástico ortodoxo conocido incluso fuera de nuestra ciudad. Tampoco soy Mondrienssen, también pintor, polaco, pragmático y primer ayudante del viejo Van. La verdad es que soy la rivalidad entre ellos, y empecé a surgir entre los pastosos óleos derramados y los trastos del taller holandés. Pero nací definitivamente una tarde en que Mondrienssen colocó en su lienzo una línea diagonal, rompiendo la regla básica del viejo Van, fundador del movimiento, que prohíbe cualquier línea en el cuadro que no sea perpendicular a otra.

Repito que soy la rivalidad entre los dos pintores, pero antes de tomar esta forma tan potente, apenas fui una envidia amorfa, etérea, que despertaba algunas tardes de entre las patas de los caballetes o teñida de amarillo y rojo dentro de los botes de pintura.

En aquellos días de obstinada, larga paciencia del taller holandés, me divertía dibujando sonrisas hipócritas en sus bocas, una joven, la otra vieja. También trabajé sobre sus humores vítreos tornando los verdes ojos de Mondrienssen en amarillo atacante atizadero, y los grises del maestro Van en índigo colérico. O en los asquerosos resortes de la conciencia, viscosos e hirientes, húmedos y serios. Yo, dibujándolos a ellos, pintores de fama. Ahora todo ese trabajo físico terminó. Rienda libre a mí, a la rivalidad.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935064

Rosas amarillas

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Rosas amarillas

 

Fui a buscar a Ilusión al montículo del bosque donde estaban las rosas amarillas. La encontré con los brazos cruzados y el morro furibundo. Le pregunté si seguía enfadada conmigo, ella me dijo que sí, que ya no quería jugar más a las muertas, y sacó de un bolsillo sus alas de murciélago. Grité espantada, creí que era uno de verdad. ¿Por qué serás así?, le dije; ella batió las alas mientras sonreía maliciosa y yo me tapé los oídos sin hacer alharacas.

Pasaba el muchacho de la Ciudad Escondida, menudo nombre para una ciudad. Qué raro, dijo Ilusión; mira lo que lleva en la espalda. Un bacalao, casi tan grande como él, moviendo aún la cola. Está vivo, dije, y el muchacho de la Ciudad Escondida se volvió hacia nosotras. Intentó decir adiós con la mano que tenía libre, pero el bacalao aprovechó el momento para revivir y vino nadando, o más bien arrastrándose, confundido tal vez, porque lo único cierto es que allí en el montículo no había agua.

Un momento después llegó reptando hasta la orilla de nuestros pies y nos llenó de escamas, qué asco. Ilusión aprovechó para atraparle y se lo enseñó al muchacho de la Ciudad Escondida en señal de triunfo. Él vino, aunque yo le hice señas de que no se acercara, no todo el mundo aguanta a Ilusión, es peligrosa; pero él no me hizo caso. Me sentí transparente. Le dio a Ilusión un beso en la mano como a una gran dama y a mí otro más rápido. Ilusión se le puso a tiro, como tapándome, y en ese momento no se me ocurrió qué decir.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935064

Motivos del sábado

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Motivos del sábado

 

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis,

haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo.

Alejandra Pizarnik

 

Iban a dar las once, pero como era el primer sábado de vacaciones que pasaban en la casa nueva, él se había despertado hacía apenas unos minutos, recordando que todavía tenían que deshacer casi todas las cajas de la mudanza. Bostezó y estiró los brazos; desde la puerta de salida a un cobertizo que imitaba un porche, vio a su esposa agachada en el jardín, cerca del tanque de hormigón, frotando escrupulosamente una lámpara de pie. Llevaba una blusa anudada bajo los pechos y unos vaqueros gastados remangados hasta la rodilla, además de los guantes de goma. Vista desde el cobertizo, sus zarandeos alrededor de la lámpara parecían una danza ritual y sagrada, el baile de una bacante poseída por Pan. Sobre las flores raquíticas del pequeño solar brillaba el sol mediterráneo. Él entró de nuevo a la cocina, y mientras echaba café en el filtro pensó que para ser los primeros días de agosto tampoco la casita era tan calurosa.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos