43 relatos
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En la tienda de vinilos de segunda mano

Iban Zaldua Editorial Páginas de Espuma ePub

En la tienda de vinilos de segunda mano

 

The Chameleons

Script of the Bridge

Statik, 1983.

 

Lo he visto al pasar por la calle Avinyó de Barcelona, en un escaparate estrecho. En la carpeta del disco, sujeta con un clip, una tarjeta de cartón: «Grupo after-punk de los ochenta. Excelente estado». He entrado a preguntar. Confirmando mis previsiones, el precio me ha parecido exagerado, pero aun así sé que voy a comprármelo: Script of the Bridge, el primer disco de The Chameleons.

Los perdedores tienen un aura que los hace atrayentes, al menos para algunas personas; no resulta fácil de explicar. A The Chameleons, no sé exactamente por qué, se les veía desde el principio y lo cierto es que luego siguieron paso por paso el manual del perdedor estándar –variedad música pop–: después de dos discos independientes, firmaron con una multinacional, publicaron su disco más comercial –el que más vendieron–, su mánager murió inesperadamente y, a consecuencia de ello, cuando estaban a punto de lograrlo, decidieron deshacer el grupo. Los siguientes proyectos de los miembros del grupo, ni que decir tiene, apenas tuvieron repercusión, y el habitual disco-nostálgico-de-reunión de principios del siglo xxi pasó sin pena ni gloria, así como las periódicas giras-karaoke con todos o algunos de los componentes. Hoy día, aparte de los fans de entonces, pocos se acuerdan de The Chameleons, si no es para recordar la enorme influencia que han ejercido sobre algunos grupos actuales –Interpol, por ejemplo, sigue punto por punto su manual de estilo–.

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Pruebas

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Pruebas

 

Echo & The Bunnymen

Ocean Rain

Korova, 1984.

 

–En el caso de que muera…

–Y dale. Que no te vas a morir… Son solo unas pruebas.

–Eso me dijiste hace un mes. Y me han mandado hacer más pruebas desde entonces.

–Pero no te van a encontrar nada, ya lo verás.

–Es cáncer, estoy seguro.

–Ya te dije que no te convenía ver tanto House…

–Mira por dónde: ¡si fuiste tú quien consiguió que me enganchara! Que si era una serie cojonuda, y no sé qué no sé cuántos, aunque sabes perfectamente que a mí esas cosas de médicos, la verdad… Y ahora, como siempre, tú eres quien se ha aburrido con la serie, y ahí me dejas los martes por la noche, solo con la tele, mientras tú te marchas vete a saber dónde…

–Venga, no sigas haciéndote el mártir, haz el favor.

–Tú no estás a punto de morir.

–Mira que eres pesado…

–Una cosa quiero dejar clara: nada de funerales religiosos.

–Alto ahí: eso tendrás que arreglarlo primero con tus padres. Mientras vivan, paso de líos.

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El imperio celeste

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El imperio celeste

 

Siouxsie and The Banshees

Once Upon A Time/The Singles

Polydor, 1981.

 

Que sí, tío. Que un disco puede conseguirlo, joder que sí. Ese disco. No tengas la menor duda. Tú también tendrías que escucharlo. Pero escucharlo bien, no vale hacerlo de cualquier manera; tienes que abrir tu mente todo lo que puedas. O intentarlo, al menos. No sé, igual a ti te funciona otro disco, me extrañaría, pero vete tú a saber; ya sería casualidad: otra casualidad. Se lo tienen bien montado esos cabrones. Lo han mantenido en secreto durante años, qué digo durante años: durante siglos. No han dejado casi ni un resquicio: solo ese; no sé cómo se les pudo escapar. Pero les falló la suerte, porque yo estaba en el lugar y en el momento preciso cuando le quité el polvo a esa puta antigualla; a saber cuánto tiempo llevaba el disco olvidado en aquella caja. Sí, qué pasa, lo escuché fumándome un canuto, cómo si no: tú también habrías tirado de tu mejor maría si hubieras encontrado una reliquia como aquella. Vale, fueron más de uno, porque puse el disco una y otra vez, no pienses que vi la luz en cuanto la aguja tocó el vinilo, eso solo pasa en las películas. Pero, de eso estoy seguro, fue con la primera canción, qué otra podría ser: «Hong Kong Garden». Sí, ya sé que la historia va de un ataque skin contra un takeaway chino: no seré tan sabihondo como tú, pero algo sé de música, y puedo informarme por ahí, además; ¿te piensas que soy imbécil, o qué? Pero eso, la letra de la canción y lo demás, no es más que la superficie, la cáscara. La verdad es que todo es cáscara. Lo importante son las puertas que te abre la música de ese disco. Te juro que pegué un salto y me levanté del colchón cuando me di cuenta. Ya te lo he dicho antes. Los chinos dominan el mundo y nosotros no lo sabemos. No ahora, sino desde hace muchos siglos. No fuimos los europeos los que conquistamos el mundo, sino los chinos, y nos lo han ocultado durante todo este tiempo para que trabajemos para ellos, dócilmente, sin dar problemas. Y nos lo hemos tragado. Nos han enseñado, y nosotros nos lo hemos creído, que Colón descubrió América, y que Vasco de Gama llegó a Calicut en 1498, y que ese fue el punto de partida de la dominación europea sobre el mundo. Pero todo eso es mentira. Lo cierto, y eso es lo que comprendí al oír el disco, es que fue el almirante eunuco Zheng He quien, al mando de trescientos navíos, llegó a Europa en 1415 tras bordear el continente africano, y quien, años más tarde, en 1421, exploró la costa este de América con su gigantesca flota de juncos y sus valientes marineros: así comenzó la colonización del mundo por parte de los chinos. Sí, ya sé que me dirás que esas exploraciones las interrumpieron los emperadores chinos en la década de 1430, para siempre además, y que, como mucho, las limitaron a la costa este de África, y que no llegaron más allá de Mozambique; que el almirante Zheng He le regaló al emperador Yongle un par de jirafas y algún que otro objeto exótico de la región, y que ahí se acabó la cosa. Pero eso es lo que quieren hacernos creer esos cerdos. Los chinos dominan el mundo desde la Edad Moderna… pero, ¡qué digo, desde la Edad Moderna!, si la Edad Moderna ni siquiera existió: seguimos en la era Ming, el mundo no ha conocido otro poder en los últimos casi seiscientos años; no estamos en el 2013, sino en el 645 de la Dinastía Ming… Sí, ya te lo he comentado, yo tenía sospechas desde mucho antes, de hecho cada vez lo disimulan menos, ¿tú también te has dado cuenta, verdad? Pues no están llenándose ni nada nuestras ciudades de chinos. Pero hasta que no oí como es debido ese disco de Siouxsie no me di cuenta de las dimensiones del fraude… Ah, tienes que irte ya… Me parece un poco pronto aún… No, es verdad, qué deprisa pasa el tiempo… No lo olvides, por favor: he escondido el disco en la cocina, por si acaso; está en el armario de las cosas de limpieza, entre el Mistol y el Cif Express, no tiene pérdida. Escúchalo, hazme el favor: escúchalo bien. Pídele las llaves de casa a mamá. Escúchalo sin falta, ¿vale?, en casa, a poder ser; aquí no me dejan oír música, por desgracia. Y ahora, al salir, ten cuidado con la enfermera de la recepción. Sí, ya sé que no parece china, pero es una de ellos, estoy seguro. Apostaría a que son unos polvos que echan en la comida; no, no solo en la comida china, yo hace años que ni la pruebo: se los echan a todo lo que comemos… bueno, eso pienso yo, porque ¿quién te asegura que eso que estás comiendo son alubias, por ejemplo, y no rollitos de primavera? ¿O aleta de tiburón? ¿O wan-tun frito? Vale, vale, de acuerdo, pero, por si acaso, ándate con ojo al pasar por la recepción…

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Londres, 1968

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Londres, 1968

 

The Kinks

The Kinks Are The Village Green Preservation Society

Pye, 1968.

 

Me sirvo el segundo whisky de la mañana y bebo un trago. Luego, con el elepé de The Kinks en la mano, miro hacia el viejo tocadiscos de mi padre, dudando, y justo en ese instante suena el timbre de la casa. Me quedo un momento sin saber qué hacer, hasta que me acuerdo de que debe de ser mi tío. El timbre vuelve a sonar antes de que llegue a la puerta.

–La casa no es tan grande, muchacho, ya me iba –me comenta a modo de saludo, posando su mano sudada sobre mi hombro izquierdo.

–Perdona, tío; estaba en el baño.

–No pasa nada. ¿Qué, haciendo limpieza? –continúa, echando una ojeada al cuarto de estar, lleno de trastos; me imagino que también ha visto el vaso lleno hasta la mitad, pero no ha dicho nada.

–Son los discos del aitá; los he sacado del armario. No dejaba que los tocáramos, ya sabes.

–Sí, así era él…

Mi tío trae algo bajo el brazo, envuelto en una bolsa de plástico, seguramente el álbum de fotos que me mencionó por teléfono; lo deposita junto al montón de elepés de EMI y Deutsche Grammophon.

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A89, La Transeuropéenne

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A89, La Transeuropéenne

 

Kraftwerk

Autobahn

Philips, 1974.

 

–Tengo que comentarte una cosa: estoy harto de esa música tuya. ¿No podríamos escuchar algo más normal, menos repetitivo? ¿O la radio, al menos? ¿O nada?

Esto es lo que le diría a Asier, si me atreviera. Pero no sé cómo se lo tomaría. Mal, supongo. O soltaría una de sus risitas sarcásticas y seguiría conduciendo como si nada. A fin de cuentas, el coche es suyo. Lo más probable es que me contestara:

–No tienes más que ir por tu cuenta.

Sabe que no tengo carné de conducir, ni otra alternativa que ir con él. Una vez al mes, estoy en sus manos para poder ir a visitar a mi hermano a la cárcel de Roanne, departamento de Loira. Solo hay dos presos vascos allí, mi hermano y el primo de Asier. He viajado alguna vez en tren, pero es un follón y, además, hay que quedarse a dormir. Con Asier, aunque sea una matada, lo hacemos en el mismo día: siete horas de viaje de ida y otras siete de vuelta, más descansos y lo que dé de sí la visita; casi mil quinientos kilómetros en total. Pero, como dice Asier, el coche tira bien y las autopistas francesas son las mejores. Después de las alemanas, claro, suele añadir a continuación.

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