27 relatos
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El ojo insomne de las peceras

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

El ojo insomne de las peceras

 

Todavía me ponen triste las peceras ¿sabes? Una tristeza como de luz blanca, como de agua detenida, fosforescente, como de burbujas y vidrio. Y yo mirando y mirando, porque la pecera iba creciendo en mis ojos, la pecera cada vez era más grande, cada vez era más burbujas.

Y a veces sueño con un ojo que me observa.

De allí me ha quedado esa necesidad de no mirar. De llegar a las casas y voltear el rostro cuando tropiezo con uno de esos rectángulos de vidrio. Fijarse entonces en las paredes, detallar uno de esos cuadros ingenuos con flores, casas en medio de la montaña, bodegones. Porque todavía me ponen triste las peceras. Aquella pecera. Una pecera en la casa de los vecinos. Una pecera que se iba expandiendo en las pupilas a medida que transcurrían las horas y el reloj repetía sus campanadas. El ruido de la pecera. La bom­bona de oxígeno lanzando pequeños murmullos, llenando de planetas la superficie del agua. Y otra vez el reloj. ¿Las ocho ya? Entonces sonaba en el portal un silbido y los niños de la casa corrían a abrir. La pecera como el ojo inmenso de un gigante. Tú, confuso, pensando en ese ojo, porque Isabel, la mamá de los niños, llegaba hasta la sala ¿este se vuelve a quedar aquí? y luego desaparecía en el cuarto dejando un rastro de perfume, falsas perlas, pendientes de oro.

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Amanecer

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Amanecer

 

1– El hombre duerme. En la mesa de noche un reloj marca las 8 y 35 minutos. Bajo el despertador hay un pequeño papel color sepia; y a un lado se encuentran una caja de aspirinas; dos monedas; un ticket de metro; una pul­sera; y un calendario del año 2001.

2– El hombre continúa durmiendo. Se lleva la mano al rostro y se rasca la barbilla.

Golpea desde la ventana una luz de vidrio: astillas, girasoles, naranjas, eucaliptos, humedad azul que brota desde el Ávila. La piel del hombre parece cubierta por una esfumatura que en segundos se transforma en una brillante película de sudor.

3– En la calle se escucha el sonido de un camión. El hombre acostado en la cama abre los ojos, mira el techo y se pone en pie. Gira la mirada hacia el reloj despertador. Permanece unos segundos con las pupilas clavadas en las manecillas. Luego se sienta en la cama mientras las rodillas le tiemblan y la barbilla se le descuelga del resto de la cara.

4– Durante varios minutos el hombre permanece detenido en un borde de la cama. El rostro pálido, las manos caídas sobre las rodillas como dos animales muertos, los pies descalzos, ligeramente sucios en los talones.

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Yucatapán

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Yucatapán

 

Silvana, abre los ojos.

 

«No hay ningún Rafael Mantilla entre los invitados», contestó la recepcionista después de mirar el documento de identidad. Una centella incendió mis pies. «Tengo un seudónimo», murmuré. La muchacha siguió escribiendo; parecía concentrada en el monitor y sólo después de un largo minuto volvió a mirarme. «Si padece alguna enfermedad debió avisar que necesitaba una habitación especial –remató– además ya le he dicho que su nombre no aparece en el programa».

Las rodillas me crujieron. El dolor de los pies se esparció igual que un líquido hirviente. La tarde anterior había comprado zapatos nuevos y el vendedor había jurado que en pocas horas me quedarían estupendos.

Saqué de la maleta un ejemplar de mi libro. «Señorita, por favor, mire usted, este de aquí soy yo». La mujer contempló el volumen con displicencia, se detuvo en mi foto. «Hay un cierto parecido, pero podría ser su hermanito menor». El dolor bajó hasta el pie derecho y pareció darle una dentellada. «Mi hermano no escribía libros; señorita; este es un título de hace quince años y necesito descansar». «Muéstreme un libro nuevo», replicó.

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Xibanya

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Xibanya

 

Sabino morirá en cinco segundos.

Siente un chispazo. Abre los ojos. Piensa que este fin puede ser tan bueno o tan malo como cualquier otro; pero le ofende que esté sucediendo justo cuando se encuentra sentado en el váter y tiene un libro entre sus manos.

Recuerda a Saulo; ese momento en que un rayo traspasa su entendimiento y Dios lo prepara para la conversión. Se imagina en un caballo, se imagina cayendo como un árbol herido; se imagina levantándose como san Pablo de Tarso al escuchar la sonoridad de las voces sagradas que lo envuelven.

Luego admite que ese fogonazo que acaba de cegarlo es un cierre.

Sí.

Ya.

Ahora se inclina un poco hacia la derecha. Tardará cinco segundos en sentir que el mundo es la desaparición de un contorno.

Su cuerpo caerá en ese trozo de suelo entre el lavabo y el váter; muy cerca de las toallas y el mueblecito para guardar el jabón. El golpe contra las baldosas será un efecto sonoro añadido a la torpeza de la muerte, una marca en su cabellera gris que deberán maquillar en la funeraria.

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Las cigarras

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Las cigarras

 

 

 

a Tana

a Francismar

 

 

 

I

 

Creí que se iba a suicidar esa noche. No hubo otra razón para que yo me le quedase mirando: debía rondar los cuarenta años y sus ojos resultaban demasiado febriles para aquel bar de estudiantes. Me hizo una señal con los dedos. Cuando estuve a su lado me sorprendió la piel de su rostro, una capa arcillosa, una textura como la del aceite envejecido.

–¿Quieres una copa? –dijo con voz punzante.

–Sí...

–Escúchame. Te estoy invitando sólo una.

Algo crujió en mi estómago.

–Está bien –le dije fingiendo serenidad.

Pensé que aquella mujer iba directamente al grano. La detallé. No era excesivamente vulgar, ni excesivamente atractiva. Todo en ella se situaba en un exacto punto medio. Todo, excepto la mirada y los labios en los que se concentraba una tensión parpadeante, una desesperación antigua, gastada.

Imaginé sus gestos, la necesidad de una noche definitiva: un polvo rápido, unos tragos y luego el sopor de los tranquilizantes en una bañera. La situación me produjo un escalofrío que se disparó desde mi nuca y rebotó en mis rodillas. Pedí un whisky. Traté de hablar sobre el tiempo, sobre las lluvias. Ella me sorprendió con una sonrisa banal, neutra. Apenas probó la cerveza que tenía en su mano y después de un rato hizo una seña. Uno de los camareros le colocó un plato de ensalada y un trozo de pescado.

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