27 relatos
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El príncipe

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

El príncipe

 

Ese es el problema de la morfosintaxis estructural del español, pensó hurgándose el cuello de la camisa. Es lo que tiene. Que si no se tiene ni idea, le estalla a uno un maremoto dentro de la cabeza, se le aprietan las palabras en la garganta y todas quieren salir a la vez, para escapar, para seguir adelante, para exprimir el reloj de la pared y obligar a que la clase se acabe y la morfosintaxis se vaya lejos, se borre, se olvide.

Porque eso es lo que tiene la morfosintaxis, pensaba él mientras contemplaba el aire y trataba de contestar la duda de esa estudiante que lo miraba con ojos de cuchillo. «Creo que su interrogante es muy pertinente, la felicito. Lo mejor es que usted prepare para mañana una pequeña exposición en la que le aclare al grupo esa pregunta». La muchacha quedó con la boca abierta y él respiró aliviado, alegre por la manera en que sus palabras superaban la velocidad de sus miedos.

Así continuó perpetrando el resto de la clase. Una o dos veces se quedó en blanco y debió revisar el libro del que estaba copiando literalmente lo que murmuraba. Las frases se le enredaron entre los dientes, resultaba complicado repetir un párrafo sobre algo que no comprendía, mucho menos en el instante cuando se dio la vuelta y por el reflejo del ventanal tuvo la sospecha de que se había colocado la sudadera al revés.

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Amanecer

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Amanecer

 

1– El hombre duerme. En la mesa de noche un reloj marca las 8 y 35 minutos. Bajo el despertador hay un pequeño papel color sepia; y a un lado se encuentran una caja de aspirinas; dos monedas; un ticket de metro; una pul­sera; y un calendario del año 2001.

2– El hombre continúa durmiendo. Se lleva la mano al rostro y se rasca la barbilla.

Golpea desde la ventana una luz de vidrio: astillas, girasoles, naranjas, eucaliptos, humedad azul que brota desde el Ávila. La piel del hombre parece cubierta por una esfumatura que en segundos se transforma en una brillante película de sudor.

3– En la calle se escucha el sonido de un camión. El hombre acostado en la cama abre los ojos, mira el techo y se pone en pie. Gira la mirada hacia el reloj despertador. Permanece unos segundos con las pupilas clavadas en las manecillas. Luego se sienta en la cama mientras las rodillas le tiemblan y la barbilla se le descuelga del resto de la cara.

4– Durante varios minutos el hombre permanece detenido en un borde de la cama. El rostro pálido, las manos caídas sobre las rodillas como dos animales muertos, los pies descalzos, ligeramente sucios en los talones.

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En marzo florecen los prunos

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

En marzo florecen los prunos

 

La mujer. Una isla color canela sobre las baldosas.

La mujer desnuda.

 

(debe ser normal, debe ser común, chico de doce años,

yo, yo ese mediodía,

chico que toca la puerta de su amigo del colegio y queda suspendido en el aire, queda enmudecido, al ver que una mujer salvajemente hermosa abre y con voz apagada

 

pasa adelante, Alberto está en el cuarto y te espera y en la nevera hay unas croquetas para hacer y hay algo de pollo y refresco y si les apetece tienen dinero que les puse en la mesa por si quieren comprar una pizza y me voy un beso adiós adiós

 

porque el beso en la mejilla me dejó inmóvil, gélido, ¿qué clase de madre era esa? ¿cómo podía una madre tener ojos encendidos como los de un gato, ojos como brasas, y esa blusa ceñida en la que los pechos se alzaban como barquillos de helado, y esa cintura estrecha, esas piernas felices que debían silenciar el mundo cada vez que la falda se alzaba un poco?)

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Yucatapán

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

Yucatapán

 

Silvana, abre los ojos.

 

«No hay ningún Rafael Mantilla entre los invitados», contestó la recepcionista después de mirar el documento de identidad. Una centella incendió mis pies. «Tengo un seudónimo», murmuré. La muchacha siguió escribiendo; parecía concentrada en el monitor y sólo después de un largo minuto volvió a mirarme. «Si padece alguna enfermedad debió avisar que necesitaba una habitación especial –remató– además ya le he dicho que su nombre no aparece en el programa».

Las rodillas me crujieron. El dolor de los pies se esparció igual que un líquido hirviente. La tarde anterior había comprado zapatos nuevos y el vendedor había jurado que en pocas horas me quedarían estupendos.

Saqué de la maleta un ejemplar de mi libro. «Señorita, por favor, mire usted, este de aquí soy yo». La mujer contempló el volumen con displicencia, se detuvo en mi foto. «Hay un cierto parecido, pero podría ser su hermanito menor». El dolor bajó hasta el pie derecho y pareció darle una dentellada. «Mi hermano no escribía libros; señorita; este es un título de hace quince años y necesito descansar». «Muéstreme un libro nuevo», replicó.

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Las cigarras

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Las cigarras

 

 

 

a Tana

a Francismar

 

 

 

I

 

Creí que se iba a suicidar esa noche. No hubo otra razón para que yo me le quedase mirando: debía rondar los cuarenta años y sus ojos resultaban demasiado febriles para aquel bar de estudiantes. Me hizo una señal con los dedos. Cuando estuve a su lado me sorprendió la piel de su rostro, una capa arcillosa, una textura como la del aceite envejecido.

–¿Quieres una copa? –dijo con voz punzante.

–Sí...

–Escúchame. Te estoy invitando sólo una.

Algo crujió en mi estómago.

–Está bien –le dije fingiendo serenidad.

Pensé que aquella mujer iba directamente al grano. La detallé. No era excesivamente vulgar, ni excesivamente atractiva. Todo en ella se situaba en un exacto punto medio. Todo, excepto la mirada y los labios en los que se concentraba una tensión parpadeante, una desesperación antigua, gastada.

Imaginé sus gestos, la necesidad de una noche definitiva: un polvo rápido, unos tragos y luego el sopor de los tranquilizantes en una bañera. La situación me produjo un escalofrío que se disparó desde mi nuca y rebotó en mis rodillas. Pedí un whisky. Traté de hablar sobre el tiempo, sobre las lluvias. Ella me sorprendió con una sonrisa banal, neutra. Apenas probó la cerveza que tenía en su mano y después de un rato hizo una seña. Uno de los camareros le colocó un plato de ensalada y un trozo de pescado.

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