27 relatos
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La boda

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

La boda

 

Sabrina sintió una aguja de hielo clavada en su espalda. Se detuvo unos instantes, miró a los lados y de nuevo comprobó que Rogelio y Morella permanecían en la misma mesa. Los saludó con la mano. Fingió tener mucha prisa en llegar hasta la barra. Pidió un whisky. Lo bebió en pocos segundos y el camarero se sonrió cuando exigió un segundo trago. Esta vez lo saboreó con lentitud, degustando cómo el ardor del líquido vibraba dentro de sus encías. Miró hacia la pista. Varias de sus primas le hicieron señas para que bailara con ellas. Sonrió. Deseaba estar sola unos instantes, pensar qué podía significar esa absurda actitud de sus dos compañeros de trabajo.

 

Su esposo se acercó a verla y le preguntó si se sentía muy cansada.

–La verdad que no.

–Cuando quieras nos marchamos –le dijo él, comprensivo, susurrante.

Sabrina se acomodó el vestido de novia. Le apretaba tanto las piernas que apenas podía caminar. Unos vecinos de su esposo se acercaron, le hicieron bromas. Después ella avanzó hasta la mesa de sus padres. Su mamá le dijo algo pero Sabrina no pudo escucharla por el ruido de la música. Pensó que si cortaba un poco la tela del vestido se encontraría más a gusto. Luego miró hacia el resto de la sala fingiendo distracción. Se quedó helada. Morella y Rogelio se reían, brindaban alzando sus vasos de whisky.

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El hombre lobo en el bulevar

Juan Carlos Méndez Guédez Editorial Páginas de Espuma ePub

El hombre lobo en el bulevar

 

La pregunta es cuál de las dos me va a matar primero. A veces pienso que será mi esposa. No sabe lo que es estar callada más de diez minutos. Además es quien me hace la comida así que tiene posibilidades de envenenarme. Otros días creo que será mi mamá. Tiene experiencia jodiéndome la vida y le dan ataques en los que suelta una espuma azul por la boca y comienza a dar patadas.

Por mí las dos deberían irse al carajo, irse a la mierda de una buena vez. Pero no hay manera. Esas jamás me van a dejar tranquilo. Primero porque mamá es la dueña de la casa. Segundo porque mi mujer no tiene dónde mudarse. Tercero. Tercero porque yo tampoco tengo para dónde agarrar. Entre esas paredes me pudriré. Nos pudriremos. Cuando tuve ahorros no pensé en marcharme, y ahora estoy sin plata, estoy medio viejo, estoy medio jodido.

Anoche mismo las dos comenzaron a pelear otra vez. Por una pendejadita. En vez de estar alegres por lo de mi nuevo trabajo, les dio por discutir cuál de las dos había conseguido que el portugués me contratara. Mamá decía que era ella, mi esposa decía que no, que ni de vaina, que... bueno, cada una empezó a pegar gritos, a lanzarse flores, a criticarme, a decir que cada una era más amiga del portugués que la otra, y entonces me arreché y les pregunté si el portugués se las cogía a las dos juntas o por separado. Mamá me tiro el café con leche en la cara. Mi mujer se fue al cuarto, cerró la puerta. Tuve que dormir en el sofá: un sofá hediondo, lleno de manchas, un mueble que no he botado porque en los días de emergencia debo acostarme en él.

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Xibanya

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Xibanya

 

Sabino morirá en cinco segundos.

Siente un chispazo. Abre los ojos. Piensa que este fin puede ser tan bueno o tan malo como cualquier otro; pero le ofende que esté sucediendo justo cuando se encuentra sentado en el váter y tiene un libro entre sus manos.

Recuerda a Saulo; ese momento en que un rayo traspasa su entendimiento y Dios lo prepara para la conversión. Se imagina en un caballo, se imagina cayendo como un árbol herido; se imagina levantándose como san Pablo de Tarso al escuchar la sonoridad de las voces sagradas que lo envuelven.

Luego admite que ese fogonazo que acaba de cegarlo es un cierre.

Sí.

Ya.

Ahora se inclina un poco hacia la derecha. Tardará cinco segundos en sentir que el mundo es la desaparición de un contorno.

Su cuerpo caerá en ese trozo de suelo entre el lavabo y el váter; muy cerca de las toallas y el mueblecito para guardar el jabón. El golpe contra las baldosas será un efecto sonoro añadido a la torpeza de la muerte, una marca en su cabellera gris que deberán maquillar en la funeraria.

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La nieve sobre Madrid

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La nieve sobre Madrid

 

A Nicolás Melini

 

Hundió su rostro en la toalla gris que su esposa colocó junto al lavabo. Tardó varios segundos en descubrir que estaba llorando en silencio. Se entregó a esa sensación. Le gustó. Era como bucear en el fondo de un río, como moverse en una quietud de burbujas y lodo. Pensó en un alga; pensó en el movimiento bamboleante de un alga.

Al salir del baño Rubén preparó el desayuno. Comieron todos sin sentarse a la mesa y él se puso una corbata color aceituna. Repitió el nudo cuatro veces. Intentó parecer elegante pero siempre le salió un bulto deforme, una rana aplastada.

Su esposa terminó de vestir a la niña. Luego murmuró que los esperaba en el estacionamiento con el coche en marcha. Rubén siguió peleando con la corbata hasta que la guardó en el armario. Cuando ya iban a bajar sonó el teléfono fijo. Manuela le dijo que había preparado hayacas, que cuando pasase por la tienda le regalaría una. Él se sintió eufórico y se lo comentó a su hija.

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El sol y la niña del lazo violeta

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El sol y la niña del lazo violeta

 

A Leire Leguina

 

Alguna vez podía ocurrir, doctor, en alguna ocasión podía suceder y perdone que lo invoque tanto, pero tranquiliza mucho hablar a un doctor que uno no tiene, decirle cosas, susurrarle, doctor doctor, las probabilidades no son tantas pero podía ocurrir que alguna vez se juntaran esta ciudad y la otra, un poco juntas, como esos dos futbolistas que saltan a la vez y se golpean la cabeza y por unos segundos son el mismo cuerpo adolorido, el mismo desmayo que viene bajando a tierra, ¿comprende?, porque ahora veo aparecer la muchacha del lazo violeta, y de repente la niñez es una falsa impresión de inmovilidad, es pensarse siempre al lado de los mismos árboles, es pensarse en las mismas fiestas de mi madrina Concepción, en las mismas calles, hasta que ya no, hasta que te mueves tanto que una nueva ciudad se desdobla en varias ciudades nuevas y las coincidencias se disparan y ahora aquella lejana muchacha del lazo se encuentra a mi lado, me roza con el codo al saludar a otras personas y al encontrármela no quiero mirar su rostro, no quiero mirarlo, doctor,

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