97 relatos
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Leyenda

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Leyenda

 

En aquel tiempo el dragón tenía forma, cuerpo escamoso, grandes alas, garras poderosas, fauces de infinitos colmillos por las que arrojaba fuego. Contra lo que se cuenta, ninguno de los caballeros predestinados para abatirlo lo consiguió, y todos cayeron intentándolo. Aquel dragón murió de viejo. Se han sucedido los dragones cada vez más informes, menos reconocibles en su aspecto externo y muchos caballeros han muerto luchando contra ellos, pero todos los dragones mueren de viejos. Sin embargo, las estrellas siguen marcando el nacimiento de aquellos que nacen con el destino de matar al dragón. Tú eres uno de ellos.

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Crisis de percepción

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Crisis de percepción

 

Durante muchos años mi percepción de esas cosas ha sido la que tiene el común de mis compatriotas, y no sé cuál pudo ser la causa de que comenzase a manifestarse la anomalía, pero con ocasión de la entrega de aquel premio descubrí que el rey estaba desnudo, sin que nadie se inmutase, y continué viéndolo desnudo en todas las ceremonias que retransmitía la televisión. Aficionado como soy a la ópera y a los espectáculos teatrales, en aquellas mismas fechas empecé a percibir que a menudo el escenario permanecía vacío y que los actores, cuando salían a escena, no cantaban ni recitaban, lo que no impedía el entusiasmo de los espectadores ante la supuesta representación. Lo mismo me ocurrió con las películas y las novelas. En aquellas, mientras la gente encontraba escenas hilarantes, conmovedoras o llenas de intriga, yo sólo veía una continua imagen borrosa; en estas, los elogios de la crítica o la fama que algún premio les había deparado no conseguían que yo encontrase otra cosa que páginas en blanco o impresas con las mismas palabras, machaconamente repetidas. Consciente de la gravedad del caso, oculté durante mucho tiempo lo que me pasaba, hasta que llegué a sentirme tan desgarrado de mi comunidad que busqué la ayuda de los médicos. Me dijeron que mi dolencia era muy rara, una pérdida grave del sentido de la convención, me internaron, me dieron muchas medicinas, pero no me sentía mejorar. Al fin he resuelto intentar curarme por mi propia voluntad y, tras mentir convincentemente a los facultativos, he vuelto a mi casa y me esfuerzo por ver al rey vestido, por encontrar en los escenarios y en las pantallas los estupendos espectáculos que dicen que suceden, y en esas novelas las admirables y bien contadas historias que celebran tantos lectores. Creo que si continúo intentándolo, conseguiré curarme del todo.

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Ese Efe Can

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Ese Efe Can

 

Ahora ya casi nadie sabe lo que eran los Ese Efe Can. Más que palabras, hasta parece la simulación ridícula de un resoplar y de un chasquido. Vulgarmente se los conocía como Divanes. Fueron unos modelos de ordenadores muy utilizados para tratar ciertas enfermedades psíquicas o conductas de quienes podían generar algún tipo de fricciones colectivas o problemas sociales: por ejemplo, los adictos al juego o al soma en las primeras etapas del cuelgue, la gente que utilizaba poco la tarjeta de crédito, o que no acudía nunca a las actividades religiosas de su comunidad cultural, los poco interesados por las competiciones deportivas... También asistían a personas con problemas estrictamente individuales: con sentimiento de culpa, o con inseguridad sexual, o con desorientación publicitaria, ese tipo de asuntos.

Nosotros éramos sus conservadores. Conservador de Ese Efe Can, nunca he querido que se me considere de otra manera, aunque ya nadie recuerde lo que era eso. A mí me parece que suena bien. Una profesión casi tan respetable como la de los médicos. También te llamaban doctor muy a menudo, aunque no tuvieses el título. Te lo llamaban los pacientes, siempre un poco asustados cuando iban a entrar en los divanes, antes de que se los comiesen, como decíamos entre nosotros, o cuando salían y les poníamos las batas para devolverlos al vestuario, «estoy un poco aturdido, doctor», «no veo ni oigo bien, doctor», solían decir, muy respetuosos, y te lo llamaban los parientes al interesarse por su tratamiento: «doctor, cómo sigue el cero doscientos trece pe, nosotros la llamamos Elisa, ya lleva tres días dentro», «doctor, por favor, que le pongan un poquito de euforizante a nuestro hijo Poli, quiero decir al cero cinco tres ocho be, si es posible».

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Del Libro de Naufragios

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Del Libro de Naufragios

 

Lo conocí hace unos años, la primera vez que visité aquellas costas para recoger información destinada al Libro de Naufragios que, desde hace tanto tiempo, estoy intentando escribir. Me habían hablado del lugar agreste frente al que, una noche de 1890, se fue a pique The Serpent, buque escuela de la armada británica. En el desastre perecieron, al parecer, trescientos hombres, cuyos cuerpos fueron sepultados por los vecinos de los alrededores en un rústico fosal, llamado desde entonces Cementerio dos ingleses.

Yo había bajado hasta el lugar –situado frente a la mar brava, en un declive del terreno especialmente silvestre y propicio a la melancolía– y contemplaba aquel conjunto de viejas losas de piedra, descuidado y ruinoso, cuando llamó mi atención un repentino alboroto de aves que graznaban. Bastantes metros más abajo del punto en que me encontraba, cinco o seis gaviotas remontaron el vuelo.

La causa de aquel sobresalto resultó ser un hombre que ascendía la ladera, saltando con agilidad de roca en roca. Cuando llegó a mi altura me saludó en castellano muy finamente, y continuó su camino sin detenerse. Portaba en banderola una pequeña grabadora de sonido y un macuto de lona muy sucio.

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Extravíos nocturnos

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

 

En muchas de las ciudades que visito encuentro el embrión de algún cuento, pero pocas veces lo dejo germinar, porque el regreso a casa suele llevar consigo la vuelta a la costumbre y al olvido.

En este caso la ciudad, asentada entre parajes muy hermosos, resultado del impacto de un meteorito, hace millones de años, me llamó la atención no solo porque es muy bella y abarcable y está llena de rincones peculiares, sino por su disposición social frente a la noche, tan extraña para un español.

Precisamente durante las noches yo la recorrí muchas veces, y la famosa leyenda que recuerdo en el cuento despertó en mí oscuras evocaciones, de manera que, al regresar e integrarme en nuestro verano, en el ambiente de una ciudad tan gozadora de lo nocturno como es Madrid, escribí el cuento que sigue, que tiene también algo de guía turística personal.

 

Este cuento está dedicado a Helena Zbudílova,

Lola Albiac, José Carlos Mainer y Josef Konicek.

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