97 relatos
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Levantamientos

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Levantamientos

 

Para L.M.D.

 

En aquella cena los dos recordamos que habíamos compartido varias veces la misma experiencia.

Primero hablamos del lingüista D. A. Ya anciano, había ido a inaugurar un ciclo de conferencias, cuando éramos jóvenes. Como organizadores, tomamos lo que entonces se llamaba un «vino español» con los venerables directivos de la institución, y el lingüista bebió tanto que, al final, tuvimos que levantarlo entre los dos y acompañarlo en taxi hasta su casa. Aquella evocación nos hizo recordar que algo parecido nos había sucedido con el duque de A. Invitado a charlar con nosotros para que la entrevista se reprodujese en una publicación, bebió con tanto exceso que al final tuvimos que sujetarlo firmemente para llegar hasta el coche que había de devolverlo a su palacio. Pero todavía hubo otra ocasión similar, evocamos entre risas: cuando al poeta A. G., al final de un cóctel en casa de un hispanista norteamericano, tuvimos que alzarlo del suelo entre los dos y conducirlo en volandas al vehículo que lo llevó de vuelta al hotel…

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La hormiga en el asfalto

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La hormiga en el asfalto

 

Agosto, cuatro de la tarde. Casi cuarenta grados de temperatura. Una calle en obras, una profunda zanja lateral. La gran grúa mueve tierra y cascotes. En la soledad deslumbradora, un hombre espera el autobús. Se ha colocado un pañuelo sobre la cabeza, está inmóvil y siente brotar el sudor de toda su piel. Muy cerca se alza el pequeño surtidor de una cañería rota. El hombre descubre en la calzada un insecto minúsculo, acaso una hormiga solitaria, que avanza en línea recta. El chorro de agua golpea contra un montón de arena y hace saltar piedrecitas que caen cada vez más cerca de la hormiga. El hombre piensa que aquel insecto avanza ciego hacia el punto en que una de las piedrecitas lo aplastará. En el silencio sólo se oye el ruido del pequeño surtidor fortuito, a sus pies, y el chirrido del contenedor de material que se bambolea en lo alto, justo encima de su cabeza.

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Mosca

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Mosca

 

La mosca revolotea sin demasiada vitalidad en el cuarto de baño. La miro con asco. ¿Qué hace este bicho en un hotel de lujo, y además en febrero? La golpeo con una toalla y cae exánime sobre el mármol del lavabo. Es una mosca rara, arrubiada, no muy grande. Se me ocurre que es el último ejemplar de una especie que desaparecerá con ella. Se me ocurre que tenía en el cuarto de baño su refugio invernal. Que en el jardín que se extiende bajo mi ventana hay alguna planta también muy rara, que sólo podía ser polinizada por esta mosca. Y que de la polinización y multiplicación de esa planta va a depender, dentro de unos milenios, la existencia del oxígeno suficiente como para que nuestra propia especie sobreviva. ¿Qué he hecho? Al matar a esa mosca os he condenado también a vosotros, descendientes humanos. Pero la mosca mueve sus patitas en un leve temblor. ¡Parece que no ha muerto! Ya las agita con más fuerza, ya consigue ponerse en pie, ya se las frota, ya se alisa las alitas para disponerse a volar otra vez, ya revolotea en el cuarto de baño. ¡Vivid, respirad, humanos del futuro! Mas ese vuelo torpe me devuelve la inicial imagen repugnante. Salgo de mi pasmo. ¿Qué hace aquí este bicho asqueroso? Cojo la toalla, la persigo, la golpeo, la mato. La remato.

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El peregrino

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Mi abuelo paterno, que provenía de un pueblo de la ribera del Esla, construyó un pequeño pero curioso edificio racionalista, para una especie de «albergue rural» de la época, justo al borde del Camino de Santiago, muy cerca de León. Creo que fue mi abuelo el primero que me habló del Camino, pero sobre todo de la Vía Láctea, como si fuese un elemento tan cercano y accesible como los chopos que flanqueaban la carretera. Tal vez yo he heredado de él cierto relativismo cósmico a propósito del lugar que ocupamos tanto en la Tierra como en el universo.

En aquellos tiempos era rarísimo ver esos peregrinos que ahora abundan tanto en toda aquella zona. La gente extraña que uno podía ver por la calle solía ir esposada y conducida por la Guardia Civil a la comisaría o a algún lugar desconocido. Sin embargo, nunca olvidaré que una vez pasó un peregrino por «El paraíso», como se llamaba el albergue de mi abuelo, un francés que debía llevar todos los documentos en regla –si no, no hubiera dado un paso en la España de Franco– con quien mi abuelo chapurreaba muy ufano en francés y me hacía sentirme muy orgulloso, porque lo entendía casi todo. Me parece que el peregrino no tenía dinero para pagar los gastos de hospedaje y manutención, y que mi abuelo se los perdonó, con gran escándalo de mi abuela.

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Celina y Nelima

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Celina y Nelima

 

Dejar de percibir el significado de las palabras es la más desdichada enfermedad que le puede aquejar a un lingüista. Esto le había sucedido un día al profesor Eduardo Souto, y con ello se inició para él un largo período de confusión y delirio. La oscuridad de las palabras, en que no conseguía identificar otra cosa que la pura acumulación de los sonidos que las componen, le llevó a buscar en los ruidos naturales el sentido que ya no era capaz de hallar en aquellas. Persiguió el murmullo de los arroyos y los golpes del oleaje, intentando encontrar en su azaroso rumor las señales de un mensaje certero. Su delirio, que le había apartado de la facultad, lo convirtió por fin en un vagabundo que creía descubrir signos reconocibles en esos trazos caprichosos con que manos anónimas pintarrajean en ciertos rincones y muros de la ciudad. Pero al fin la razón volvió a alumbrar poco a poco aquel desconcierto, los sonidos sincopados que emitían sus semejantes le resultaron otra vez inteligibles, los garabatos que manchaban las paredes del metro dejaron de proponerle significados misteriosos, y Souto abandonó la vida de vagabundo y recuperó el trato de sus antiguos amigos y compañeros.

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