97 relatos
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La mano que escribe

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

La mano que escribe

 

Antes de que le hiciesen el transplante, él les recordaba a sus amigos, bromeando, las películas de manos terroríficas que obligaban a sus nuevos dueños a cometer atrocidades. Sin embargo, la posibilidad de dejar de ser manco y volver al momento anterior al accidente que le había privado de su mano, el deseo de sentirla otra vez unida a su cuerpo aunque proviniese de un cuerpo diferente del suyo, anulaban en él cualquier reticencia que pudiesen suscitar aquellas historias fantásticas.

Después del implante, toda su esperanza estuvo puesta en el éxito de la operación. Y su júbilo fue creciendo cuando, muy lentamente, los dedos fueron empezando a moverse, uno tras otro, y encontró en el vacío, antes fantasmal de aquella parte de su cuerpo, la presencia familiar de la mano, capaz cada día de mayor destreza.

Conocía bien el riesgo de que su cuerpo no acabase de asumir los nuevos tejidos, pero estaba dispuesto en lo más hondo de su voluntad a que la nueva mano se quedase con él para siempre. El problema empezó también poco a poco, en forma de perplejidad, al sentir que iba predominando en él, no su extrañeza ante la mano, sino la de la mano ante el cuerpo al que había sido unida.

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Dios nos libre

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El origen de este cuento está en la cecina, el fiambre leonés de origen prerromano –¡nada menos!– que tanto me ha gustado desde la niñez –un sabor de la infancia, pues– y con ella, la rememoración de algún episodio poco glorioso de mi vida.

Brumosamente se mezclaron en mis recuerdos la adolescencia, los años universitarios, el tiempo del servicio militar…y, en fin, la convivencia con alguno de esos compañeros que, por razones físicas o psicológicas, son contemplados por los demás con cierta burla o conmiseración, lo que los obliga a actuar en un campo secundario y hasta servil…

 

 

 

 

Dios nos libre

 

Con el tiempo, mucho ejercicio y dietas de hambre, he conseguido tener este aspecto: aunque corpulento, no adiposo; pero en aquellos años era un muchacho muy gordo. Había sido un niño grueso y la adolescencia no me había hecho adelgazar, entre otras cosas porque, capaz de comer sin cesar, aborrecía cualquier clase de esfuerzo físico.

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Cenizas

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Cenizas

 

Como se habían amado tanto, acordaron que, tras la muerte de los dos, incinerados sus cuerpos, sus cenizas se guardasen en la misma urna, y que así mezcladas fuesen esparcidas por su hija en diversos lugares donde habían sido felices.

Ponerse de acuerdo los llevó mucho tiempo, pero al fin decidieron que serían esta cala, aquella playa, ese jardín, tal lugar de un monte, un pequeño valle montañés, aquel río de aguas transparentes, el prado ante aquella ermita, lugares muy distantes unos de otros, y algunos situados en espacios escarpados, de difícil acceso.

La hija y su marido, otro matrimonio feliz, comenzaron a cumplir los deseos de la pareja: visitaron la cala, la playa, el jardín, el monte…, depositando en cada lugar una porción de las cenizas. Mas las distancias y los accesos empezaron a hacer cada vez más penosa la obligación, y surgieron disensiones entre ellos. En el sexto vertido ya estaban muy enfrentados. Tras el séptimo y último, se divorciaron.

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Ese Efe Can

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Ese Efe Can

 

Ahora ya casi nadie sabe lo que eran los Ese Efe Can. Más que palabras, hasta parece la simulación ridícula de un resoplar y de un chasquido. Vulgarmente se los conocía como Divanes. Fueron unos modelos de ordenadores muy utilizados para tratar ciertas enfermedades psíquicas o conductas de quienes podían generar algún tipo de fricciones colectivas o problemas sociales: por ejemplo, los adictos al juego o al soma en las primeras etapas del cuelgue, la gente que utilizaba poco la tarjeta de crédito, o que no acudía nunca a las actividades religiosas de su comunidad cultural, los poco interesados por las competiciones deportivas... También asistían a personas con problemas estrictamente individuales: con sentimiento de culpa, o con inseguridad sexual, o con desorientación publicitaria, ese tipo de asuntos.

Nosotros éramos sus conservadores. Conservador de Ese Efe Can, nunca he querido que se me considere de otra manera, aunque ya nadie recuerde lo que era eso. A mí me parece que suena bien. Una profesión casi tan respetable como la de los médicos. También te llamaban doctor muy a menudo, aunque no tuvieses el título. Te lo llamaban los pacientes, siempre un poco asustados cuando iban a entrar en los divanes, antes de que se los comiesen, como decíamos entre nosotros, o cuando salían y les poníamos las batas para devolverlos al vestuario, «estoy un poco aturdido, doctor», «no veo ni oigo bien, doctor», solían decir, muy respetuosos, y te lo llamaban los parientes al interesarse por su tratamiento: «doctor, cómo sigue el cero doscientos trece pe, nosotros la llamamos Elisa, ya lleva tres días dentro», «doctor, por favor, que le pongan un poquito de euforizante a nuestro hijo Poli, quiero decir al cero cinco tres ocho be, si es posible».

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Minicuentos

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