10 relatos
Medium 9788483935262

La vanagloria

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

La vanagloria

 

 

 

A Rosa Beltrán

 

 

 

Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar en vilo a mi hijita Natalia, y mientras le daba vueltas en el aire, con un júbilo artificial de padre modelo, me sentí un poco fuera de lugar en esa escena de felicidad hogareña, como un actor suplente a quien le toca representar un papel aprendido de oídas. No soy un misántropo ni un enemigo de la familia. Adoro a mi hija y por ella me parto el alma dando seis horas diarias de clase. También amo a Toña, mi mujer, que estaba lavando trastes en la cocina y vino a besarme con las manos chorreando jabón. Alegre, coqueta, apasionada, su calidez afectiva es el contrapeso ideal para mi neurosis, y en cinco años de matrimonio, jamás hemos tenido un pleito que no pueda resolverse en la cama. Pero qué le vamos a hacer: a veces el amor asfixia y no pude evitar una sensación de ahogo cuando mis dos tiranas se me colgaron del cuello, como si quisieran apretarme el nudo corredizo del cautiverio. Más vueltas, papi, quiero más, pidió Natalia y aunque nada me costaba complacerla, esta vez le dije que papi venía muerto de cansancio.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935262

Drama de honor

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Drama de honor

 

 

 

A Nacho Bravo

 

 

 

Tania dejó a los niños encargados con la sirvienta y al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo, el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esa parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo de vanidad y egoísmo. No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935262

Los reyes desnudos

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Los reyes desnudos

 

 

 

A Rafael Cauduro

 

 

 

Hipnotizado por el ronroneo del motor y la monótona raya punteada de la autopista, Claude puso la mente en blanco sin perder el control del volante. Podía conducir el BMW con el pensamiento en otra parte y, de hecho, algunas de sus mejores ideas musicales se le habían ocurrido en esos momentos de dulce abandono. Nadine venía hablando hasta por los codos de su novedosa técnica para oxidar planchas de hierro y de las piezas que le faltaba terminar para su próxima exposición, pero se interrumpió al advertir el desinterés de Claude.

–Estás en las nubes. ¿Tanto te aburro?

–Perdón, mi amor, venía pensando en otra cosa.

–Siempre te fugas cuando hablo de mi obra. Tú en cambio exiges atención absoluta cuando me hablas de la tuya.

–No exageres, Nadine, sólo me distraje un segundo.

–Lo que pasa es que yo no te importo. Ni yo ni nadie. Crees que todos somos imbéciles, ¿verdad? –Nadine hizo una mueca de indignación–.Te estás volviendo autista, Claude, sólo te miras el ombligo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935262

El converso

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

El converso

 

 

 

A François Gaudry

 

 

 

Estaba gozando en sueños a doña Leonor Acevedo, la presidenta del patronato de obras pías, cuando un llanto infantil me despertó en la alta madrugada. Era un llanto sostenido y rabioso, que poco a poco fue ganando intensidad hasta perforar mis tímpanos. Tan hechizado me tenía el voluptuoso cuerpo de Leonor, que en el primer momento no quise dar crédito a mis oídos. Por fortuna, los berridos me apartaron de la cópula onírica antes de tener poluciones. Pensé primero que se trataba de una criatura enferma. Lo extraño era que el llanto provenía de la calle principal del pueblo, en donde estaban instalados los juegos mecánicos de la feria. Cuando logré aplacar la erección con un chorro de agua helada, bajé las escaleras de la casa parroquial, temiendo que alguna madre soltera hubiese abandonado a su retoño. No sería nada raro: el hospicio del pueblo está lleno de niños a quienes sus madres dejaron tirados en cualquier parte, porque los jóvenes preñan a sus novias antes de irse de braceros al otro lado, y luego no les quieren cumplir las promesas de matrimonio. Por si acaso necesitaba arropar al expósito, salí a la calle desierta con una cobija, crucé la plaza de armas y di vuelta a la derecha en avenida Morelos, guiado por el estridente llanto. En esa noche gélida de noviembre, con la niebla a ras de suelo, ni la criatura más robusta y bien abrigada podría sobrevivir a la intemperie. Llegado a los puestos de tiro al blanco, me sorprendió ver la rueda de la fortuna dando vueltas en medio de la brumosa luz mercurial. ¿Quién demonios la había puesto en marcha a las tres de la mañana? La sonoridad del llanto me indicaba la cercanía de la criatura, que imploraba socorro con toda la potencia de sus pulmones. Cuando llegué al pie de la rueda me froté los ojos, incrédulo: el llanto se oía con más nitidez que nunca, pero la rueda estaba vacía, girando a solas en la penumbra. Jalé la palanca de fierro para detenerla, y entonces el llanto cesó como por arte de magia.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935262

Entierro maya

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Entierro maya

 

 

 

A Isabel Pérez Monfort

 

 

 

Cuando la secretaria del doctor Valdivia los invitó a pasar, Nubia estrechó la mano de Uriel para infundirle serenidad y al mismo tiempo coraje, como una soldadera despidiendo a su querido antes de entrar en combate. Pobre Uriel, tenía los nervios deshechos, pero gracias a su temple de carácter, forjado en los cuarteles, entró al consultorio ecuánime y tranquilo, con una sonrisa de dignidad estoica. Prieto y correoso, tosco de facciones, ancho de espaldas, inmune a las arrugas por la tirantez de su piel cobriza, el orgullo lo mantenía firme a pesar de su quebrantada salud. Nadie hubiera sospechado que llevaba cuatro noches de insomnio y que esa mañana se había tomado cinco miligramos de Lexotán. Menos hábil para fingir, el circunspecto doctor Valdivia tenía el pesimismo dibujado en la cara y Nubia se temió lo peor.

–Pues ya tengo aquí los resultados de la angiografía coronaria, general, y he confirmado mis temores. Usted tiene coágulos en las arterias. Por eso siente esa opresión en el pecho y se desmaya cuando hace esfuerzos. Si no se cuida, en cualquier momento puede sufrir otro infarto.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos