10 relatos
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La vanagloria

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

La vanagloria

 

 

 

A Rosa Beltrán

 

 

 

Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar en vilo a mi hijita Natalia, y mientras le daba vueltas en el aire, con un júbilo artificial de padre modelo, me sentí un poco fuera de lugar en esa escena de felicidad hogareña, como un actor suplente a quien le toca representar un papel aprendido de oídas. No soy un misántropo ni un enemigo de la familia. Adoro a mi hija y por ella me parto el alma dando seis horas diarias de clase. También amo a Toña, mi mujer, que estaba lavando trastes en la cocina y vino a besarme con las manos chorreando jabón. Alegre, coqueta, apasionada, su calidez afectiva es el contrapeso ideal para mi neurosis, y en cinco años de matrimonio, jamás hemos tenido un pleito que no pueda resolverse en la cama. Pero qué le vamos a hacer: a veces el amor asfixia y no pude evitar una sensación de ahogo cuando mis dos tiranas se me colgaron del cuello, como si quisieran apretarme el nudo corredizo del cautiverio. Más vueltas, papi, quiero más, pidió Natalia y aunque nada me costaba complacerla, esta vez le dije que papi venía muerto de cansancio.

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Cine Cosmos

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Cine Cosmos

 

 

 

A Xavier Labrada

 

 

 

Hay costumbres que uno mantiene por fidelidad a sus ilusiones de juventud, como un mendigo que se aferra a un abrigo andrajoso. Así es mi costumbre de ir a buscar aventuras al cine Cosmos a la salida de la oficina. La contraje en mis años de gloria, cuando era un efebo con cara de ángel perverso, copete ondulado con vaselina, cintura de avispa y un quiebre de caderas que dejaba a los hombres babeando de lujuria. No exagero, si alguien lo duda puedo enseñarle mi álbum de fotos. Guapo y temerario, me bastaba una seña, qué digo una seña, una miradita de reojo, para tener bramando a mis pies a los musafires más guapos del arrabal. En una sola tarde podía cogerme a tres o cuatro chavos, sin averiguar siquiera sus nombres. ¿Para qué, si nunca más los vería en mi vida? Las orgías en los rincones oscuros del cine me dejaban exhausto, efervescente de orgullo, con raspones en las piernas y mordiscos de vampiro en el cuello. Cuanto más rudos eran más me gustaban. Maltrátame, papi, así, más duro. Ahora, a los cincuenta y ocho, calvo, flácido, craquelado por las arrugas, con bolsas oculares y una barriga de bebedor que ni aguantando el aire puedo disimular, ningún chavo caliente se fija en mí. ¿Por qué no me retiré a tiempo, si ya no queda en el cine Cosmos ninguna loca de mis tiempos? Por necia, no tengo otra explicación. Soy como esas mulas que se van a su querencia con los ojos cerrados, aunque el jinete las quiera llevar a otra parte.

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El manco Rodríguez

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El manco Rodríguez

 

 

 

A la Güera

 

 

 

Eusebio dejó caer el periódico y se frotó los ojos con angustia, como si quisiera despertar de una pesadilla. Pobre humanidad: Stalingrado a punto de caer en manos de los nazis. El intenso bombardeo de las últimas horas había dejado el casco antiguo reducido a escombros y el ejército rojo, atacado por varios flancos, no podía abastecer de víveres y pertrechos a los defensores de la ciudad. Primero España, después Europa, ahora la Unión Soviética: el fascismo triunfaba en todos los frentes. Si los rusos no detenían el avance de Hitler, la dictadura de Franco se afianzaría en España y adiós a sus esperanzas de un pronto regreso. Apretó con fuerza las mandíbulas para no ceder a la tentación del llanto. Nada de flaquezas mujeriles, a la mierda con el sentimentalismo. El vestíbulo del cine Orfeón estaba desierto, afuera comenzaba a lloviznar y sentía que la humedad de la noche le calaba los huesos. De joven era más resistente al frío, le bastaba tomar una copa de orujo para salir a trabajar como guardavías en plena nevada. Ahora en cambio se ponía doble camiseta y aun así pescaba resfriados que fácilmente podían degenerar en bronquitis.

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La incondicional

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La incondicional

 

 

 

A Ana García Bergua

 

 

 

Parece mentira, sigues guapísimo a pesar de los años y la enfermedad. No te sonrojes, Saúl, lo digo en serio: ya quisieran muchos llegar a la vejez como tú. A los hombres las canas les sienta A una mujer canosa ni quien la voltee a ver por la calle, en n mejor que a nosotras, les dan un toque de distinción. cambio tú eres uno de esos viejitos guapos que todavía pueden arrancarle suspiros a las señoras. ¿Estás cómodo o quieres que te suba la almohada? Mejor no trates de hablar hasta que te quiten el aspirador de la tráquea, ya lo dijo el médico, primero tienes que sacar todas esas flemas de los pulmones. Quién iba a pensarlo, nunca probaste un cigarro, en cambio yo fumé toda la vida y el que acabó con enfisema fuiste tú. Cáncer de fumador pasivo, válgame Dios. Perdóname, gordo, nunca me imaginé que estuvieras tan delicado del aparato respiratorio, te consta que siempre tuve mucho cuidado para no echarte el humo en la cara. ¿Verdad que sí me perdonas? Una sonrisita, por favor, una sonrisita para tu nena. Me la he ganado a pulso por todo el amor que te he dado en treinta y cinco años de matrimonio ¿Quién te quiere más que yo? ¿Quién te ha dado comprensión y apoyo en los momentos difíciles? ¿Quién te levanta la moral cuando estás deprimido?

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Los reyes desnudos

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Los reyes desnudos

 

 

 

A Rafael Cauduro

 

 

 

Hipnotizado por el ronroneo del motor y la monótona raya punteada de la autopista, Claude puso la mente en blanco sin perder el control del volante. Podía conducir el BMW con el pensamiento en otra parte y, de hecho, algunas de sus mejores ideas musicales se le habían ocurrido en esos momentos de dulce abandono. Nadine venía hablando hasta por los codos de su novedosa técnica para oxidar planchas de hierro y de las piezas que le faltaba terminar para su próxima exposición, pero se interrumpió al advertir el desinterés de Claude.

–Estás en las nubes. ¿Tanto te aburro?

–Perdón, mi amor, venía pensando en otra cosa.

–Siempre te fugas cuando hablo de mi obra. Tú en cambio exiges atención absoluta cuando me hablas de la tuya.

–No exageres, Nadine, sólo me distraje un segundo.

–Lo que pasa es que yo no te importo. Ni yo ni nadie. Crees que todos somos imbéciles, ¿verdad? –Nadine hizo una mueca de indignación–.Te estás volviendo autista, Claude, sólo te miras el ombligo.

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