10 relatos
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El converso

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

El converso

 

 

 

A François Gaudry

 

 

 

Estaba gozando en sueños a doña Leonor Acevedo, la presidenta del patronato de obras pías, cuando un llanto infantil me despertó en la alta madrugada. Era un llanto sostenido y rabioso, que poco a poco fue ganando intensidad hasta perforar mis tímpanos. Tan hechizado me tenía el voluptuoso cuerpo de Leonor, que en el primer momento no quise dar crédito a mis oídos. Por fortuna, los berridos me apartaron de la cópula onírica antes de tener poluciones. Pensé primero que se trataba de una criatura enferma. Lo extraño era que el llanto provenía de la calle principal del pueblo, en donde estaban instalados los juegos mecánicos de la feria. Cuando logré aplacar la erección con un chorro de agua helada, bajé las escaleras de la casa parroquial, temiendo que alguna madre soltera hubiese abandonado a su retoño. No sería nada raro: el hospicio del pueblo está lleno de niños a quienes sus madres dejaron tirados en cualquier parte, porque los jóvenes preñan a sus novias antes de irse de braceros al otro lado, y luego no les quieren cumplir las promesas de matrimonio. Por si acaso necesitaba arropar al expósito, salí a la calle desierta con una cobija, crucé la plaza de armas y di vuelta a la derecha en avenida Morelos, guiado por el estridente llanto. En esa noche gélida de noviembre, con la niebla a ras de suelo, ni la criatura más robusta y bien abrigada podría sobrevivir a la intemperie. Llegado a los puestos de tiro al blanco, me sorprendió ver la rueda de la fortuna dando vueltas en medio de la brumosa luz mercurial. ¿Quién demonios la había puesto en marcha a las tres de la mañana? La sonoridad del llanto me indicaba la cercanía de la criatura, que imploraba socorro con toda la potencia de sus pulmones. Cuando llegué al pie de la rueda me froté los ojos, incrédulo: el llanto se oía con más nitidez que nunca, pero la rueda estaba vacía, girando a solas en la penumbra. Jalé la palanca de fierro para detenerla, y entonces el llanto cesó como por arte de magia.

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Los reyes desnudos

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Los reyes desnudos

 

 

 

A Rafael Cauduro

 

 

 

Hipnotizado por el ronroneo del motor y la monótona raya punteada de la autopista, Claude puso la mente en blanco sin perder el control del volante. Podía conducir el BMW con el pensamiento en otra parte y, de hecho, algunas de sus mejores ideas musicales se le habían ocurrido en esos momentos de dulce abandono. Nadine venía hablando hasta por los codos de su novedosa técnica para oxidar planchas de hierro y de las piezas que le faltaba terminar para su próxima exposición, pero se interrumpió al advertir el desinterés de Claude.

–Estás en las nubes. ¿Tanto te aburro?

–Perdón, mi amor, venía pensando en otra cosa.

–Siempre te fugas cuando hablo de mi obra. Tú en cambio exiges atención absoluta cuando me hablas de la tuya.

–No exageres, Nadine, sólo me distraje un segundo.

–Lo que pasa es que yo no te importo. Ni yo ni nadie. Crees que todos somos imbéciles, ¿verdad? –Nadine hizo una mueca de indignación–.Te estás volviendo autista, Claude, sólo te miras el ombligo.

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La vanagloria

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La vanagloria

 

 

 

A Rosa Beltrán

 

 

 

Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar en vilo a mi hijita Natalia, y mientras le daba vueltas en el aire, con un júbilo artificial de padre modelo, me sentí un poco fuera de lugar en esa escena de felicidad hogareña, como un actor suplente a quien le toca representar un papel aprendido de oídas. No soy un misántropo ni un enemigo de la familia. Adoro a mi hija y por ella me parto el alma dando seis horas diarias de clase. También amo a Toña, mi mujer, que estaba lavando trastes en la cocina y vino a besarme con las manos chorreando jabón. Alegre, coqueta, apasionada, su calidez afectiva es el contrapeso ideal para mi neurosis, y en cinco años de matrimonio, jamás hemos tenido un pleito que no pueda resolverse en la cama. Pero qué le vamos a hacer: a veces el amor asfixia y no pude evitar una sensación de ahogo cuando mis dos tiranas se me colgaron del cuello, como si quisieran apretarme el nudo corredizo del cautiverio. Más vueltas, papi, quiero más, pidió Natalia y aunque nada me costaba complacerla, esta vez le dije que papi venía muerto de cansancio.

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Cine Cosmos

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Cine Cosmos

 

 

 

A Xavier Labrada

 

 

 

Hay costumbres que uno mantiene por fidelidad a sus ilusiones de juventud, como un mendigo que se aferra a un abrigo andrajoso. Así es mi costumbre de ir a buscar aventuras al cine Cosmos a la salida de la oficina. La contraje en mis años de gloria, cuando era un efebo con cara de ángel perverso, copete ondulado con vaselina, cintura de avispa y un quiebre de caderas que dejaba a los hombres babeando de lujuria. No exagero, si alguien lo duda puedo enseñarle mi álbum de fotos. Guapo y temerario, me bastaba una seña, qué digo una seña, una miradita de reojo, para tener bramando a mis pies a los musafires más guapos del arrabal. En una sola tarde podía cogerme a tres o cuatro chavos, sin averiguar siquiera sus nombres. ¿Para qué, si nunca más los vería en mi vida? Las orgías en los rincones oscuros del cine me dejaban exhausto, efervescente de orgullo, con raspones en las piernas y mordiscos de vampiro en el cuello. Cuanto más rudos eran más me gustaban. Maltrátame, papi, así, más duro. Ahora, a los cincuenta y ocho, calvo, flácido, craquelado por las arrugas, con bolsas oculares y una barriga de bebedor que ni aguantando el aire puedo disimular, ningún chavo caliente se fija en mí. ¿Por qué no me retiré a tiempo, si ya no queda en el cine Cosmos ninguna loca de mis tiempos? Por necia, no tengo otra explicación. Soy como esas mulas que se van a su querencia con los ojos cerrados, aunque el jinete las quiera llevar a otra parte.

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El manco Rodríguez

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El manco Rodríguez

 

 

 

A la Güera

 

 

 

Eusebio dejó caer el periódico y se frotó los ojos con angustia, como si quisiera despertar de una pesadilla. Pobre humanidad: Stalingrado a punto de caer en manos de los nazis. El intenso bombardeo de las últimas horas había dejado el casco antiguo reducido a escombros y el ejército rojo, atacado por varios flancos, no podía abastecer de víveres y pertrechos a los defensores de la ciudad. Primero España, después Europa, ahora la Unión Soviética: el fascismo triunfaba en todos los frentes. Si los rusos no detenían el avance de Hitler, la dictadura de Franco se afianzaría en España y adiós a sus esperanzas de un pronto regreso. Apretó con fuerza las mandíbulas para no ceder a la tentación del llanto. Nada de flaquezas mujeriles, a la mierda con el sentimentalismo. El vestíbulo del cine Orfeón estaba desierto, afuera comenzaba a lloviznar y sentía que la humedad de la noche le calaba los huesos. De joven era más resistente al frío, le bastaba tomar una copa de orujo para salir a trabajar como guardavías en plena nevada. Ahora en cambio se ponía doble camiseta y aun así pescaba resfriados que fácilmente podían degenerar en bronquitis.

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