10 relatos
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El manco Rodríguez

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

El manco Rodríguez

 

 

 

A la Güera

 

 

 

Eusebio dejó caer el periódico y se frotó los ojos con angustia, como si quisiera despertar de una pesadilla. Pobre humanidad: Stalingrado a punto de caer en manos de los nazis. El intenso bombardeo de las últimas horas había dejado el casco antiguo reducido a escombros y el ejército rojo, atacado por varios flancos, no podía abastecer de víveres y pertrechos a los defensores de la ciudad. Primero España, después Europa, ahora la Unión Soviética: el fascismo triunfaba en todos los frentes. Si los rusos no detenían el avance de Hitler, la dictadura de Franco se afianzaría en España y adiós a sus esperanzas de un pronto regreso. Apretó con fuerza las mandíbulas para no ceder a la tentación del llanto. Nada de flaquezas mujeriles, a la mierda con el sentimentalismo. El vestíbulo del cine Orfeón estaba desierto, afuera comenzaba a lloviznar y sentía que la humedad de la noche le calaba los huesos. De joven era más resistente al frío, le bastaba tomar una copa de orujo para salir a trabajar como guardavías en plena nevada. Ahora en cambio se ponía doble camiseta y aun así pescaba resfriados que fácilmente podían degenerar en bronquitis.

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Soledad coronada

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Soledad coronada

 

 

 

A Michael Schuessler

 

 

 

Clasificaba el nuevo catálogo de revistas extranjeras cuando entró a mi cubículo Jean Alcorta, el nuevo profesor visitante. Alto, fornido, de pelo rojizo y barba hirsuta, con vivaces ojos de ardilla y ancho cuello de pelotari vasco, sólo había venido un par de veces a pedirme libros de su especialidad, pero esta vez se apoltronó delante de mi escritorio con un vaso de café en la mano.

–Tú eres mexicano, ¿verdad? –me preguntó en un español afrancesado.

Como soy un criollo con facha de gringo y hasta entonces sólo habíamos hablado en inglés, la pregunta me tomó por sorpresa.

–Sí, soy de Puebla. ¿Cómo lo sabes?

–Es que la otra tarde andaba buscando libros en estos anaqueles y te oí hablando solo.

–Quizá estaba hablando con mi familia por el Skype –mentí para salir del paso.

–Pues no tenías enfrente ningún ordenador –dijo en un tono ambiguo, entre acusatorio y burlón.

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Entierro maya

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Entierro maya

 

 

 

A Isabel Pérez Monfort

 

 

 

Cuando la secretaria del doctor Valdivia los invitó a pasar, Nubia estrechó la mano de Uriel para infundirle serenidad y al mismo tiempo coraje, como una soldadera despidiendo a su querido antes de entrar en combate. Pobre Uriel, tenía los nervios deshechos, pero gracias a su temple de carácter, forjado en los cuarteles, entró al consultorio ecuánime y tranquilo, con una sonrisa de dignidad estoica. Prieto y correoso, tosco de facciones, ancho de espaldas, inmune a las arrugas por la tirantez de su piel cobriza, el orgullo lo mantenía firme a pesar de su quebrantada salud. Nadie hubiera sospechado que llevaba cuatro noches de insomnio y que esa mañana se había tomado cinco miligramos de Lexotán. Menos hábil para fingir, el circunspecto doctor Valdivia tenía el pesimismo dibujado en la cara y Nubia se temió lo peor.

–Pues ya tengo aquí los resultados de la angiografía coronaria, general, y he confirmado mis temores. Usted tiene coágulos en las arterias. Por eso siente esa opresión en el pecho y se desmaya cuando hace esfuerzos. Si no se cuida, en cualquier momento puede sufrir otro infarto.

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Los reyes desnudos

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Los reyes desnudos

 

 

 

A Rafael Cauduro

 

 

 

Hipnotizado por el ronroneo del motor y la monótona raya punteada de la autopista, Claude puso la mente en blanco sin perder el control del volante. Podía conducir el BMW con el pensamiento en otra parte y, de hecho, algunas de sus mejores ideas musicales se le habían ocurrido en esos momentos de dulce abandono. Nadine venía hablando hasta por los codos de su novedosa técnica para oxidar planchas de hierro y de las piezas que le faltaba terminar para su próxima exposición, pero se interrumpió al advertir el desinterés de Claude.

–Estás en las nubes. ¿Tanto te aburro?

–Perdón, mi amor, venía pensando en otra cosa.

–Siempre te fugas cuando hablo de mi obra. Tú en cambio exiges atención absoluta cuando me hablas de la tuya.

–No exageres, Nadine, sólo me distraje un segundo.

–Lo que pasa es que yo no te importo. Ni yo ni nadie. Crees que todos somos imbéciles, ¿verdad? –Nadine hizo una mueca de indignación–.Te estás volviendo autista, Claude, sólo te miras el ombligo.

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La incondicional

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La incondicional

 

 

 

A Ana García Bergua

 

 

 

Parece mentira, sigues guapísimo a pesar de los años y la enfermedad. No te sonrojes, Saúl, lo digo en serio: ya quisieran muchos llegar a la vejez como tú. A los hombres las canas les sienta A una mujer canosa ni quien la voltee a ver por la calle, en n mejor que a nosotras, les dan un toque de distinción. cambio tú eres uno de esos viejitos guapos que todavía pueden arrancarle suspiros a las señoras. ¿Estás cómodo o quieres que te suba la almohada? Mejor no trates de hablar hasta que te quiten el aspirador de la tráquea, ya lo dijo el médico, primero tienes que sacar todas esas flemas de los pulmones. Quién iba a pensarlo, nunca probaste un cigarro, en cambio yo fumé toda la vida y el que acabó con enfisema fuiste tú. Cáncer de fumador pasivo, válgame Dios. Perdóname, gordo, nunca me imaginé que estuvieras tan delicado del aparato respiratorio, te consta que siempre tuve mucho cuidado para no echarte el humo en la cara. ¿Verdad que sí me perdonas? Una sonrisita, por favor, una sonrisita para tu nena. Me la he ganado a pulso por todo el amor que te he dado en treinta y cinco años de matrimonio ¿Quién te quiere más que yo? ¿Quién te ha dado comprensión y apoyo en los momentos difíciles? ¿Quién te levanta la moral cuando estás deprimido?

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