68 relatos
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Yo diría que un domingo

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Yo diría que un domingo

 

El día que llegué al más allá estoy casi seguro de que era domingo, porque no se veía un alma por la calle y brillaba un sol gordo, y el aire olía a bizcocho y a estuche de pulsera guardado mucho tiempo en un cajón y a aguardiente de moras. A mí el domingo, la verdad, me ha reventado siempre, aunque después me explicarían que el más allá defrauda un poco al principio y por eso conviene llegar entre semana para ir aclimatándose. No sé. Yo aquel día, domingo o lo que fuera, me habría marchado de buena gana: muy bien, muy bonito todo, nos llamamos sin falta, adiós-adiós.

Pero el caso es que no tenía adónde ir. Estaba sentado en la verja de un parque. Llevaba todavía el pijama puesto. Y encima me notaba muy borroso. Uno no ha sido nunca lo que se llama un hombre de carácter. Ya de pequeño me asustaban a más no poder esos tallos larguísimos que les crecían a las patatas cuando mi madre las dejaba en la fresquera. Después le tuve miedo a las arañas, a los carboneros, y a los zapatos con la punta desclavada que a mí me recordaban las fauces de un tiburón. Claro que por entonces yo no había visto un tiburón. Ni llegué a verlo luego en persona. Pero sé que la gente disfruta de lo lindo con ese tipo de asquerosidades. Hay una exposición de serpientes, pongamos por caso, y allá que van los niños, los papás, los abuelos, venga, en reata, con el mismo alborozo con que irían a una boda o a un desfile.

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Las otras vidas

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Las otras vidas

 

Toto se aburre en casa. ¿Por qué? Quién sabe. ¡Por qué se aburren las personas! ¿Por falta de imaginación? Él no diría que sea por eso. Toto no cree en las explicaciones fáciles (no cree, en general, en ningún tipo de explicación, ni fácil ni difícil) y el hecho crudo es que se aburre. Así de simple. Es un sábado del final de julio (por la tarde, más concretamente); y como a esas alturas del mes todas sus amistades se han ido ya de vacaciones («adiós, pasadlo bien, traedme una caracola de la playa»), Toto está solo, en casa, sin un plan a la vista para esa noche, más aburrido que un clavo.

A eso de las tres ha estado diluviando durante media hora (la típica tormenta de verano); pero ahora el sol vuelve a brillar, y desde la ventana del salón Toto comprueba que las aceras, las marquesinas de los autobuses, el verde desmayado de las acacias, el hombre que en la esquina vende chicles y globos, relucen como si alguien se hubiera molestado en envolverlos con un papel de celofán, o como si acabaran de traerlos los Reyes Magos. Toto no es insensible a estos detalles; en absoluto. No es un muerto viviente. Es sólo un hombre que se aburre en casa. Y que ahora mismo (van a ser ya las seis y diez) está dándose cuenta de que su situación es crítica (la ciudad despoblada, el teléfono en coma, el desierto de agosto a la puerta); y en ese caso –una de dos– o bien se amolda a lo que hay (pero lo que hay es nada, seamos francos) o bien apuesta por un esfuerzo heroico (pero Toto es contrario a cualquier forma de heroísmo) y entonces da los pasos necesarios para citarse por la noche con quien sea: literalmente con quien sea.

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Medium 9788483935019

La línea recta

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La línea recta

 

Hay una acústica de la descarga, pero la hay para nada, las cosas mismas arden para nada, no arden, son cosas y pueden no ser.

………………..

A su debido tiempo, todas las cosas cruzan un puente de cuerda. Esto se llama «el estupor».

………………..

Acercando el oído a las cosas que duermen, se escucha un verbo desconocido hasta ahora que es lo contrario de tocar.

………………..

Cosas en movimiento: los lobos, las penínsulas, las sales… Cosas-disolución: esta palabra, «altura».

 

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El gran pesar

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El gran pesar

 

Una lengua de tierra, de roca cortada a pico, de terraplenes ¿le serviría para avanzar? (No es el amor hacia lo abrupto, no podría ser ningún amor, nada de lo que aferra tendría cabida entonces).

 

Una vez que el desierto comenzase, probaría otras formas de extravío, otros venenos, solo una quemadura no admitiría ser dicha.

 

Los días perderían sus raíces. Habría riadas en las habitaciones, y un viento eléctrico, precursor de la tormenta.

No es un modo de hablar.

El torrente, aplacado, le entregaría su enigma. Antes de oscurecer, entendería que el mundo esté aún por salir de la nada.

 

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Indicios de que el tiempo seguirá reinando, y a la vez no

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Indicios de que el tiempo seguirá reinando, y a la vez no

 

En algunos teatros –cuando está cerca un cambio de estación–, se celebra un certamen donde los concursantes tienen que pronunciar en un susurro la palabra «destierro». Pero nadie es capaz. Los jóvenes se traban desde el principio y únicamente logran pronunciar «duna, duda, duelo»… («¡es imposible!», dicen extenuados). Los más maduros se ceden el paso unos a otros al pie del escenario, y los pocos que suben se quedan rígidos, pronunciando «impaciencia, impaciencia, impaciencia»…

Después, cuando el teatro se vacía, cuando las limpiadoras terminan de barrer y un conserje apaga las últimas luces, decenas, cientos de manos fosforescentes aparecen en la sala a oscuras, e imitan para nadie el vuelo de la mariposa esfinge.

 

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