68 relatos
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Las buenas intenciones

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Las buenas intenciones

 

El médico me ha dicho que pasee. «Tienes que pasear, Ramiro», me ha aconsejado el médico... ¡pero es que es tan sencillo aconsejar!

Es más: si fuera médico yo mismo, o sacerdote incluso ¡qué buenos consejos daría! Bien mirado resulta muy bonito (y hasta benéfico para el amor propio) esa modesta lotería que es ganarse uno el sustento aconsejando a la gente. «Tienes que pasear, Ramiro». ¡Nos ha jorobado con los paseos! Menuda solución. Pongamos además que le hago caso al médico. Mañana mismo. Digamos que a las nueve o nueve y media (ni muy temprano ni muy tarde), me levanto, me aseo, me visto, me coloco las gafas, e incluso cojo la gabardina del perchero, por si al día le da por meterse en agua.

Muy bien. Ya estoy en el portal. Y ahora... ¿qué? Eso: ¿paseo? ¡Y qué voy a ganar paseando! Hacerlo todo más difícil. Eso voy a ganar. Porque si verdaderamente decidiera dar un paseo (lo que no creo que ocurra nunca), antes sería imprescindible que meditara sobre muchas cosas... Y cosas muy sutiles además; cosas que a cualquier hombre que tuviera la cabeza en su sitio le ocuparían seguramente meses, puede que años enteros, de laboriosa reflexión. ¿Paseo a la derecha o paseo a la izquierda? ¿Paseo a lo largo de la calle, como es costumbre entre las viejecitas; o a lo ancho mejor, como los perros atolondrados? ¿Paseo a lo alto quizá, como a veces he visto que hacen las moscas? ¿Es, en general, posible, esa actividad humana a la que a falta de otro nombre más exacto (o más consolador, si se prefiere) denominamos «pasear»?

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Llueve con ganas

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Llueve con ganas

 

Empezaría a llover hacia las doce, o puede que después incluso; bueno, no sé: qué más da; el caso es que la lluvia sonaba en la ventana y era ya un poco tarde (o muy tarde más bien, según se mire); y al final lo que importa es que lloviese, porque en la vida (o por l o menos yo lo siento así) las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva, y lo cierto es que anoche llovía. Se había hecho muy tarde y llovía con ganas. Así lo dijo Marta. «Llueve con ganas ¿verdad?». Y al decirlo me abrazó más fuerte, o más por dentro, no sé, debajo de las sábanas que olían intensamente a su piel tibia, a final de domingo, a esas palabras dulces y pese a todo precavidas que es lícito decirse entre amantes recientes («¿Me quieres? Te quiero. Pues dímelo otra vez. Te quiero. Te quiero mucho»), y borrarlas después sin encono, con disimulo casi, mientras se recuperan pantys o calcetines entre el desorden de la habitación (la ventana empañada por el vaho de octubre), como quien pasa una bayeta gris por el cristal de la ternura.

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Aqua permanens

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Aqua permanens

 

Responde a la tormenta en el interior de su carne y, más allá, en los arenales donde muere el oleaje de su carne. (No recuerda su nombre, recuerda una antorcha dormida). Llama «respuesta» a una lengua de azufre que disuelve los ecos; llama «carne» al modo en que se hiere una vez y otra contra los filos de la luz.

 

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La estación de las lluvias

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La estación de las lluvias

 

Hay un tic-tac.

Y en el tic-tac (muy dentro), la gelatina de la noche.

Todo lo mudo, el hambre, la extrema desnudez de todo-todo.

Hay un paraguas con las varillas rotas parecido al aliento.

Y si esto es así (como de hecho lo es), para qué el pan envenenado, el pan en cuya miga se encuentran hombrecitos de madera que dicen: «¡cómo no!, ¡cómo no!».

Ahoguemos los sollozos.

Cuanto antes.

 

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Pandemia

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Pandemia

 

Una mañana de octubre, tras varios años de experimentos, un sabio profesor inventa finalmente la leche que canta villancicos. Esa misma mañana, el empleado de la Oficina de Patentes toma el cacito con las dos manos, mira la leche con algo de aprensión, la tose encima, sin querer, y no se anda con contemplaciones:

–Lo primero, su invento es antihigiénico –le dice al sabio–. Es una auténtica porquería. No sirve para nada. Y lo segundo –mucho más grave, diría yo– es que esta leche desafina. Óigalo usted.

El sabio profesor pega la oreja a la leche, escucha el villancico que está cantando, y ve que el empleado tiene razón. Toda esa leche espesa, con rebordes de nata amarilla en la pared del cazo, no solamente desafina un poco, sino que arrastra algunas notas sin ton ni son, las columpia más bien, igual que las viejas cuando cantan en misa. Por un momento, el desconsuelo se pinta de tal modo en los ojos del sabio profesor, que el propio empleado de la Oficina de Patentes –un hombre rechoncho, con labios gruesos, de vaca– se ve en la obligación de darle ánimos.

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