68 relatos
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Climas

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Climas

 

La esperanza circula no en el sentido de las agujas del reloj, sino a través de un pasadizo blanco donde los vigilantes de los volcanes, con la cara tiznada de óxido, soportan que les nazcan en los pies ruedecitas de lluvia, y un plumaje violento, parecido a la voz de los cañones.

 

*

 

Quien ilumina el interior de una cisterna sabe de sobra que antes o después su boca emigrará a la etiqueta de las infusiones; y que esa claridad dejará posos, igual que el horizonte almacena sus huevos en el tejado de las serrerías.

 

*

 

El invierno puede ser benigno si se le ata a la puerta de los hipódromos. Si se le deja suelto, temed por la herradura disimulada al fondo de los altares, y por la quilla de los rompehielos.

 

*

 

Un día, por error, se calcula en doce años el promedio de vida de las estufas. Al día siguiente los beduinos tiemblan, los cangrejos de río se hacen fuertes parapetados tras sus barricadas, y una ola de frío polar inutiliza a los acordeones, para alivio de todos.

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Para los nudos, para las mareas

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Para los nudos, para las mareas

 

Deambula igual que cualquiera, no es esto lo que le diferencia de los demás, no podría serlo. Lo que sin intención por su parte le hace distinto son las bifurcaciones de su errancia, y el territorio latente, fugacísimo, que abren sus trayectorias.

Calles que llevan, en la lejanía, a un mar convexo, calles leprosas, con gritos atados a las carcasas de las fuentes, calles con balcones estremecidos, sumamente variables, en los que hombres que ocultan el rostro bajo una capucha de verdugo fuman al atardecer.

No sigue un rumbo preferente, nunca lo haría. Pero si alguna vez sus pasos se solapan con los pasos del día anterior, desemboca indefectiblemente en la plaza que tiene dos ríos verticales, dos cortinas de agua gemelas, perforadas aquí y allá por la angustia boqueante de unos extraños peces ciegos. La plaza-girasol, la llama.

¡Si algo fuese compacto!

A veces piensa con tristeza en la sabana, la sabana que un día, en la aurora del tiempo, se abrió en dos partes.

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Al fin desaparece

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Al fin desaparece

 

Los labios, los labios-ancla, y frente a ellos nada, el torbellino, un río de fauces.

En honor a la cólera, nombra los labios.

Ata la noche a la noche.

 

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Atrio

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Atrio

 

Pasos lentos, de anciano (le parece que suenan en el pasillo), y ahora la risa ahogada de una mujer.

Abre los ojos.

No esperaba visita, y no tiene visita de hecho. La risa, los pasos, son lo mismo que él, son residuos.

Hace un cuenco juntando las dos manos. Poco a poco el cuenco se llena de arena. Poco a poco la arena empieza a formar un corazón que late.

 

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Si fuera posible

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Si fuera posible

 

Nunca termino nada, ya lo sé; hay mucha gente, gente tan próxima en algún caso, tantas personas que a su modo sé que me quieren de corazón, a las que noto que les duele, o que les gusta, o que les duele y les gusta a la vez (de modo que les duele con un dolor transeúnte, como recién llegado de otro hemisferio, y en cambio les gusta sin apenas matices, o con ciertos matices a los que ahora mismo me resultaría extremadamente difícil darles un nombre: matices hirientes, con frialdad de acero, matices púdicos y movedizos, matices que se acercan a esa desilusión como aturdida que podría producirse por una súbita viudedad); hay personas, quiero decir, a las que con matices o sin ellos, queriéndome a veces con todo su corazón y otras veces tan sólo con una parte derruida (o puede que tal vez inacabada) de todo su corazón, les gusta o les disgusta, esto varía, reprocharme que nunca termino nada: «Nunca terminas nada», me dicen, y mueven la cabeza con desánimo (o con sólo un pespunte de desánimo), y entonces se complacen (o se fuerzan a ello, según los casos) en alzar vagamente una mano extendida, una mano blanda y como derrotada por la edad o como derrotada, más bien, por el reflejo endeble y prematuro de mi propia derrota; pero una mano yo diría que inmensa, eso sí, admonitoria a su manera, distinta siempre, esa mano que al entrar en casa a lo mejor me ha palmeado el hombro con un golpe seco y cordial; pero que ahora, al sostener tan trabajosamente la taza diminuta del café, empieza a señalar con sus dedos enormes, ya casi intrusos, cualquier minucia, cosas humildes en principio: unas veces los cercos de las puertas, a los dos lados del pasillo, pintados sólo a medias desde hace años; la escoba y el recogedor –que deben llevar meses de abandono a la entrada del piso–; las tazas de café, desportilladas o con el asa rota; quizá aquellos torpes brochazos azules que me atreví a darle a la gotera del comedor una mañana de abril (no recuerdo hace cuánto) y que en seguida encenizó la lluvia... no sé: habría mil desperfectos en mi casa que sería posible señalar, estoy de acuerdo; como también en mis proyectos inconclusos, amontonados por las estanterías, y yo hasta añadiría que más aún en mis muchos empleos como aparejador, modestos siempre, de los que a cada poco soy despedido por no acudir a la oficina ni a las obras, por ciertas negligencias calificadas de imperdonables, por esos planos laboriosos, con tantos cálculos yo juraría que errados, que reviso y reviso escrupulosamente y nunca he conseguido entregar en su fecha; pero estas son cosas que al final se olvidan (o se dejan caer en el olvido, lo que resulta casi igual), porque después de todo lo que hiere por dentro es que la mano siga ahí, vagamente extendida en el salón de casa, batiendo con desánimo el aire enrarecido igual que una paloma atrapada en un charco de aceite; señalando detalles aquí y allá, desperfectos de poca importancia, creo yo, desconsoladamente acusadora, si me está permitido expresarlo así; una mano grandísima, casi abierta del todo mientras transcurre el tiempo de la visita (aunque nunca implorante), y a la que sin embargo le sería suficiente –ahora mismo; no importa si ya estamos en esos prólogos tediosos que preceden a la despedida– con señalar el fondo y sólo el fondo: con alzarse un momento y de verdad (igual que nos alzamos en la iglesia después que ha terminado el sacerdote de consagrar el pan y el vino), para fijar en mí con sobrecogimiento, de una forma indeleble, podríamos decir, la dimensión exacta (o más que exacta, inabarcable), no ya, y únicamente, de todas esas cosas que yo nunca termino, con ser tantas, sino del mundo mismo interminado (errado en cada uno de sus cálculos que transparentan qué misericordia), detrás de la pared despintada o leprosa de mi casa –esto da igual también–, detrás de las fachadas y las calles, de toda esa desgracia unánime y azul parpadeando muda en los balcones en cuanto empieza a anochecer, de los jardines ralos y vacíos, del río fluyente y casi muerto que atraviesan las circunvalaciones, del campo ya oscuro y feroz por donde cruza la desesperanza, del tiempo y su extorsión incalculable, nunca saldada, entrañable tan sólo a fuerza de costumbre, grotesca igual que un muerto maquillado, igual que un muerto excéntrico, anónimo hasta el fin, que hubiera encomendado a su albacea colocarle en la boca un diminuto reloj de cuco: un pajarito de madera noble (que a veces me querría con todo su corazón y otras veces tan sólo con esa parte derruida, o quizá únicamente inacabada, de todo su corazón), enseñado, eso sí, a salir puntual de la boca del muerto en todos esos prólogos tediosos que preceden a las despedidas: «¡Nunca terminas nada!», «¡Nunca terminas nada!»; e incluso, por qué no, a salir puntual (en esas mismas despedidas), de las bocas de todos los muertos y de todos los vivos que a su modo me quieren, gente tan próxima en algún caso, y a los que noto que les duele, o les duele y les gusta con algunos matices, reprocharme que nunca termino nada (mi casa irreparable, mis empleos perdidos), igual que el sacerdote termina cada día de consagrar el pan y el vino, extendiendo sobre ellos sus dos manos enérgicas, alzadas desde el fondo o hacia el fondo; y hasta es posible que de pedirle a Dios (cómo me gustaría pensarlo así, incluso si a la vez doliera un poco) por toda esa desgracia unánime y azul de los balcones al anochecer, por los jardines ralos y vacíos, por el río, más lejos, fluyente y moribundo, encajonado entre las circunvalaciones, lo mismo que mi vida, por los campos oscuros y feroces que transita la desesperanza, por la misericordia opaca, indiscernible, de tantos cálculos yo juraría que errados; por que Él mismo termine su casa: por que termine de querernos (si esto fuera posible) con todo su corazón, o al menos con la parte derruida, o quizá únicamente inacabada, de todo su corazón.

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