105 relatos
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El verdadero padre

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El verdadero padre

 

El padre de mi amiga S. siguió por la calle a una mujer que había juzgado hermosa sin verle más que la espalda. Le dio alcance en una esquina, la miró a los ojos con descaro y descubrió que no era otra que la mismísima S. No le fue fácil disimular su turbación, pero al rato padre e hija tomaban un helado a pocos metros del lugar y, muy sonriente, él le contaba que la había visto desde lejos y por eso había corrido así tras ella. Mi amiga S. lo escuchaba crédula –ni remotamente imaginaba otro motivo para que su padre caminase a sus espaldas– cuando él empezó a palidecer, cayó su helado de golpe al suelo y hubo que reclamar un médico a los gritos. «Papá, ¿estás bien?», inquiría S.; pero un solo pensamiento constelaba la cabeza del hombre: «No es posible que no haya reconocido a mi hija, ¿y si es otro el verdadero padre?».

 

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La compañera de al lado

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La compañera de al lado

 

Cierta tarde que fue al cementerio, a visitar la tumba de mi abuelo, mi abuela E. trabó conocimiento con una anciana que tenía su misma edad y cuyo difunto marido llevaba casi un lustro sepultado en la tumba adyacente. De regreso, nos contó que el rostro de la dama le había resultado por alguna razón familiar pero que el apellido del esposo, allí labrado, no le había dicho nada.

Inconstante y de salud frágil, mi abuela acudió al cementerio no más de cuatro veces en los diez u once meses que siguieron y en ninguna de estas visitas volvió a ver a la mujer; sin embargo, al cabo de otro año, advirtió en la lápida vecina una inscripción añadida y debió inclinarse para leer el nombre.

Así supo, por el apellido de soltera, que la mujer fallecida meses atrás era O., su compañera de banco en la escuela. La misma O. con quien había pasado media infancia. Vaya singular consuelo halló mi abuela en sus últimos días: al morir no únicamente se reencontraría con mi abuelo, sino que también volvería a estar codo a codo con su amiga, al igual que en los buenos viejos tiempos.

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Treinta guiones para un film

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Treinta guiones para un film

 

El conde de I., nieto de un olvidado director de cine y administrador de un pequeño teatro art nouveau en el centro de la ciudad de Galati, convocó a treinta jóvenes escritores nacidos en treinta países diferentes y les propuso que inventasen libremente los subtítulos para una película filmada en blanco y negro por su abuelo en los albores de los años cuarenta. Por más que ninguno de los escritores elegidos domina el idioma rumano, el conde le entregó a cada cual una copia sin sonido, para que ninguna palabra o entonación pudiera influir en el guión de los subtítulos.

Los Treinta guiones para un film acaban de ser estrenados a lo largo de treinta noches consecutivas en el pequeño teatro de Galati, así como en un cine-arte de Estocolmo. Según los críticos, el más interesante ha resultado el guión de una escritora japonesa, cuya serie de subtítulos exige que la cinta, concluida la última escena, vuelva a proyectarse entera una vez más.

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Noticias antes de tiempo

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Noticias antes de tiempo

 

Un influyente matutino de Bruselas publicó, a lo largo de tres meses y a ritmo de una por día, una serie de breves informaciones de índole local –siempre arrinconadas en la página ocho–, que al momento de la salida del diario aún no habían ocurrido pero que se cumplían inexorablemente a las seis de la tarde, para salir a la mañana siguiente en los otros periódicos de Bélgica. El fenómeno fue detectado por un exmaestro de escuela que presentó una demanda acusando al director del matutino de «promover hechos desgraciados y/o delictuosos». Para que estas noticias se realizasen había sido necesario –alegaba el demandante– que alguien allegado a la redacción cometiera el incendio, el secuestro, el robo o el crimen allí profetizados. Nada pudo probarse en tribunales. El director se negó con terquedad a revelar cómo obtenía dichas «primicias», amparándose en la «confidencialidad de sus fuentes». El juez fijó, no obstante, una multa abultada contra el matutino por haber divulgado «noticias antes de tiempo».

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El dolor del odontólogo

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El dolor del odontólogo

 

Un odontólogo argelino anunció que había descubierto la anestesia perfecta, que elimina cualquier clase de dolor, pero en cuanto quiso ponerla en práctica se llevó una sorpresa ingrata: extraía una muela y el paciente nada sentía pero, en cambio, un dolor insoportable atenazaba su boca justo en el instante de mayor concentración, cuando el pulso tenía que ser impecable. El dolor interfería a tal punto con su trabajo que el odontólogo probó de administrarse la anestesia de su autoría. Contra lo que él esperaba, ni siquiera así hubo caso.

 

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