105 relatos
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Los sueños de mi hermano

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Los sueños de mi hermano

 

Parece mentira, lo sé, pero hubo un tiempo en que mi hermano soñaba exactamente lo mismo que había vivido de día. Era como si alguien filmase su actividad diurna para proyectársela en las noches, inalterable, minuciosamente igual, hasta el detalle más nimio. En suma, mi hermano vivía cada jornada dos veces: una siendo el protagonista a conciencia y otra, por así decirlo, como espectador durmiente.

«Mis sueños son ecos perfectos», sostenía desconsolado. «Ecos que premian o castigan mis actos del día». Yo no podía coincidir con esta idea pero entendía, sin esfuerzo, su sentir: toda vez que mi hermano había tenido un día satisfactorio, se alegraba porque le esperaba un grato sueño; toda vez que había tenido un mal día, rezongaba: «Lo peor es que me toca revivirlo». A tal extremo esto era así que, después de una de esas «jornadas negras» que cualquiera desearía desterrar de su memoria, mi hermano resolvió pasar la noche en vela; pero de nada le sirvió el ardid porque al caer dormido a la noche siguiente soñó con los dos días consecutivos, incluido el intervalo del insomnio.

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La compañera de al lado

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La compañera de al lado

 

Cierta tarde que fue al cementerio, a visitar la tumba de mi abuelo, mi abuela E. trabó conocimiento con una anciana que tenía su misma edad y cuyo difunto marido llevaba casi un lustro sepultado en la tumba adyacente. De regreso, nos contó que el rostro de la dama le había resultado por alguna razón familiar pero que el apellido del esposo, allí labrado, no le había dicho nada.

Inconstante y de salud frágil, mi abuela acudió al cementerio no más de cuatro veces en los diez u once meses que siguieron y en ninguna de estas visitas volvió a ver a la mujer; sin embargo, al cabo de otro año, advirtió en la lápida vecina una inscripción añadida y debió inclinarse para leer el nombre.

Así supo, por el apellido de soltera, que la mujer fallecida meses atrás era O., su compañera de banco en la escuela. La misma O. con quien había pasado media infancia. Vaya singular consuelo halló mi abuela en sus últimos días: al morir no únicamente se reencontraría con mi abuelo, sino que también volvería a estar codo a codo con su amiga, al igual que en los buenos viejos tiempos.

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Amantes idénticas

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Amantes idénticas

 

Las amantes de mi amigo J. C. eran tan iguales a su esposa R. que nadie conseguía explicarse qué curiosidad saciaba siendo infiel a su mujer con otras idénticas. «Amigos», respondía él alzando la ceja derecha, «se ama a una sola mujer en la vida, pero esa sola mujer se encuentra con variantes en distintos cuerpos parecidos». Algo empezamos a entender con el paso del tiempo: mientras R. engordaba, envejecía y perdía el humor de otrora, convirtiéndose en una mujer amargada, J. C. continuaba escogiendo amantes idénticas a ella, aunque siempre menores de treinta años, o sea iguales a su esposa al momento del casamiento. El mes pasado J. C. cumplió setenta y cinco años. Más y más a menudo le sucede que camina del brazo con su amante –nunca ha sido muy discreto–, se topa con alguien vagamente conocido y debe escuchar con lenidad: «¡Pero J. C., lo felicito! Su hija es hermosa. Tan igual a la madre».

 

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Bovary

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Bovary

 

La semana pasada se editó en París una novela llamada Bovary, casi como el clásico libro de Gustave Flaubert. Los autores, dos sexagenarios hermanos de Lyon, antiguos profesores de literatura, decidieron escribir una gruesa obra que tuviera, como toda materia prima, las mismas exactas palabras de Madame Bovary. Para este fin, con la ayuda de una computadora, confeccionaron una lista alfabética de palabras, desde la primera («nous») hasta la última («honneur»), y al lado, en otra columna más delgada, indicaron la cantidad de veces que cada una se repetía. Establecida la lista, los hermanos se pusieron a inventar un argumento lo más diferente del de Flaubert, pero en el cual fuera factible emplear, entre otras cosas, lugares como Rouen, Caen o Picardie, además de los nombres propios presentes en la novela originaria. No obstante en este caso dispusieron un libre intercambio de las piezas, como quien desarma un precioso engranaje para ensamblarlo otra vez con autarquía, y de este modo en su obra los personajes se llaman, por ejemplo, Emma Lhereux o Charles Homais. La concreción de Bovary les demandó catorce pertinaces años. Pero aún más sorprendente es su proyecto venidero: una novela que no tenga más sustantivos que los ausentes de Madame Bovary. Como primera medida, han tomado un diccionario, separado los sustantivos y tachado los ya empleados por Flaubert. Los hermanos P. han declarado a la prensa que este próximo libro será mucho más breve que el reciente.

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El museo de los marcos

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El museo de los marcos

 

En el museo de los marcos nadie posa su mirada sobre las figuras en los lienzos. Hay hasta marcos sin cuadros, casi ventanas puestas contra las paredes grises, pero ninguno de los visitantes exige explicaciones a las autoridades del lugar. Un solo marco, en verdad, sucumbe a su interior. Pocos lo advierten, cerca del portal. Encierra un texto que en letras minúsculas proclama: «No es el marco un adorno, no es el traje de un cuerpo llamado cuadro». Y el museo, se adivina tras esta lectura, no constituye más que un postergado acto de justicia.

 

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