105 relatos
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El caso del director

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El caso del director

 

En Holanda, un director de cine fue inculpado de asesinar a ocho actores que, en los años precedentes, habían trabajado bajo su tutela. El motivo de los crímenes, según la policía de Amsterdam, es que el cineasta nunca pudo sobrellevar el hecho de que sus actores interviniesen en películas de otros. En un reportaje de hace ya dos décadas, el director se había manifestado en contra del star system. «Los actores de cine, excepto aquellos pocos que realmente saben caracterizarse, no deberían interpretar más que un personaje en la vida», dice aquella entrevista que fue de preciosa ayuda a la hora de las pesquisas.

 

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Treinta guiones para un film

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Treinta guiones para un film

 

El conde de I., nieto de un olvidado director de cine y administrador de un pequeño teatro art nouveau en el centro de la ciudad de Galati, convocó a treinta jóvenes escritores nacidos en treinta países diferentes y les propuso que inventasen libremente los subtítulos para una película filmada en blanco y negro por su abuelo en los albores de los años cuarenta. Por más que ninguno de los escritores elegidos domina el idioma rumano, el conde le entregó a cada cual una copia sin sonido, para que ninguna palabra o entonación pudiera influir en el guión de los subtítulos.

Los Treinta guiones para un film acaban de ser estrenados a lo largo de treinta noches consecutivas en el pequeño teatro de Galati, así como en un cine-arte de Estocolmo. Según los críticos, el más interesante ha resultado el guión de una escritora japonesa, cuya serie de subtítulos exige que la cinta, concluida la última escena, vuelva a proyectarse entera una vez más.

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El verdadero padre

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El verdadero padre

 

El padre de mi amiga S. siguió por la calle a una mujer que había juzgado hermosa sin verle más que la espalda. Le dio alcance en una esquina, la miró a los ojos con descaro y descubrió que no era otra que la mismísima S. No le fue fácil disimular su turbación, pero al rato padre e hija tomaban un helado a pocos metros del lugar y, muy sonriente, él le contaba que la había visto desde lejos y por eso había corrido así tras ella. Mi amiga S. lo escuchaba crédula –ni remotamente imaginaba otro motivo para que su padre caminase a sus espaldas– cuando él empezó a palidecer, cayó su helado de golpe al suelo y hubo que reclamar un médico a los gritos. «Papá, ¿estás bien?», inquiría S.; pero un solo pensamiento constelaba la cabeza del hombre: «No es posible que no haya reconocido a mi hija, ¿y si es otro el verdadero padre?».

 

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Una máquina curiosa

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Una máquina curiosa

 

En un film polaco de hace algunos años, el protagonista oye hablar de un máquina fantástica que, con sólo examinar una fotografía, determina si los individuos allí retratados están hoy vivos o muertos. Como la realidad imita el arte, un matrimonio de científicos suizos ha anunciado la invención de un artefacto de propiedades análogas: una máquina copiadora de fotos que, según cómo se emplea, aparta lo que ya no existe de lo presente. Así, de una foto tomada hace treinta años y en la que se ve un grupo de seis personas, el aparato proporciona dos fotos diferentes; una con quienes aún permanecen vivos, otra con los que están muertos. En ambos casos los ausentes han sido reemplazados por más paisaje de fondo, como si una grúa infalible los hubiese arrancado sin dejar rastro. Resultado de esta máquina curiosa, los muertos pueden congregarse sin perder la juventud mientras los vivos quedan abrazando por la espalda un espacio vacío: el aire que antes ocupaba un ser humano.

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Los sueños de mi hermano

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Los sueños de mi hermano

 

Parece mentira, lo sé, pero hubo un tiempo en que mi hermano soñaba exactamente lo mismo que había vivido de día. Era como si alguien filmase su actividad diurna para proyectársela en las noches, inalterable, minuciosamente igual, hasta el detalle más nimio. En suma, mi hermano vivía cada jornada dos veces: una siendo el protagonista a conciencia y otra, por así decirlo, como espectador durmiente.

«Mis sueños son ecos perfectos», sostenía desconsolado. «Ecos que premian o castigan mis actos del día». Yo no podía coincidir con esta idea pero entendía, sin esfuerzo, su sentir: toda vez que mi hermano había tenido un día satisfactorio, se alegraba porque le esperaba un grato sueño; toda vez que había tenido un mal día, rezongaba: «Lo peor es que me toca revivirlo». A tal extremo esto era así que, después de una de esas «jornadas negras» que cualquiera desearía desterrar de su memoria, mi hermano resolvió pasar la noche en vela; pero de nada le sirvió el ardid porque al caer dormido a la noche siguiente soñó con los dos días consecutivos, incluido el intervalo del insomnio.

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