105 relatos
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Demasiado temprano

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Demasiado temprano

 

Luego de estar diez años casada con un hombre llamado M., mi amiga L. quedó viuda. Sólo volvió a casarse tras dos años de luto y enseguida tuvo un niño, su primer hijo varón, al que también bautizó M., a pesar de la oposición general. A medida que este niño crecía, todos los amigos de L. fuimos advirtiendo que sus rasgos eran poderosamerite idénticos a los del finado esposo; sin embargo, nadie osaba mencionar este asunto en su presencia. Ocurrió mucho después, cuando M. hijo era ya un veinteañero, que mi amiga hizo alusión a este fenómeno. Nos hallábamos a solas, un domingo por la tarde. Primero me contó que había escondido las antiguas fotos de su marido muerto para que el padre del niño no advirtiese el evidente parecido; al instante me dijo que estaba convencida de haber cometido un craso error, el de quedar embarazada demasiado temprano, cuando su segundo matrimonio «todavía estaba muy fresco». Creía mi amiga que si hubiera dejado pasar más tiempo, su hijo nunca habría adquirido el aspecto de M.

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Génesis

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Génesis

 

Un mito inmemorial, proveniente de un conjunto de pequeñas islas del Pacífico, cuenta que Dios creó en un principio dos criaturas incompletas: un hombre (un Adán) desprovisto de brazos y un mujer (una Eva) sin piernas. La especie humana, según este mito, no adquirió su apariencia más útil hasta que estos dos seres no se reprodujeron y engendraron una cantidad incalculable de hijos e hijas, todos con dos brazos y dos piernas, como bien corresponde. Así el hombre salvó el error de Dios.

 

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Resucitado con las flores

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Resucitado con las flores

 

Durante un mes la muchacha visita a un antiguo novio, internado en el cuarto piso de una clínica. Hasta que un día se equivoca, entra en la misma habitación pero del tercer piso y no advierte ninguna diferencia salvo que la cama está vacía. Una enfermera pálida, seguramente nueva, le dice: «El paciente murió al anochecer». La muchacha no soporta la idea de ir al velorio, mucho menos al entierro, y se refugia en su casa. Sólo al cabo de seis días tiene el reflejo de enviar una docena de flores blancas y una nota de pésame a los padres. Por la noche recibe la llamada de quien suponía muerto. Indignado, le exige explicaciones para semejante «broma». Ella deja escapar una risa al oír su voz. La pone extremadamente contenta que él haya resucitado con las flores.

 

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La muerte como un prisma

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La muerte como un prisma

 

Autodenominada «multiartista integral de vanguardia», la norteamericana H. D. ha inaugurado en Nueva York una muestra para la cual ha pedido a una cincuentena de huérfanos dos fotos –una de su padre y otra de su madre– cuyas imágenes guarden algún vínculo con las causas de sus muertes.

En las fotos exhibidas, varios individuos que sufrieron cáncer de pulmón aparecen fumando, y un padre que fue atropellado por un auto puede verse manejando, muy sonriente.

La muestra se completa con una serie de textos escritos por la propia H. D., uno de los cuales dice textualmente: «La muerte de un hombre suele convertirse en un prisma a través del cual se echa una mirada retrospectiva a su vida, de modo tal que cada signo de esa existencia que recuerde algún signo de la muerte quedará cargado para siempre de un significado traído de los pelos. Si un hombre, por ejemplo, ha muerto en un accidente ferroviario, una foto de niño con un tren de juguete cobra un sentido extra, un sentido inexistente durante la vida de aquel hombre. Es que nos juzgan, no hay caso, por cómo hemos muerto más que por el modo en que supimos vivir».

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Amantes idénticas

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Amantes idénticas

 

Las amantes de mi amigo J. C. eran tan iguales a su esposa R. que nadie conseguía explicarse qué curiosidad saciaba siendo infiel a su mujer con otras idénticas. «Amigos», respondía él alzando la ceja derecha, «se ama a una sola mujer en la vida, pero esa sola mujer se encuentra con variantes en distintos cuerpos parecidos». Algo empezamos a entender con el paso del tiempo: mientras R. engordaba, envejecía y perdía el humor de otrora, convirtiéndose en una mujer amargada, J. C. continuaba escogiendo amantes idénticas a ella, aunque siempre menores de treinta años, o sea iguales a su esposa al momento del casamiento. El mes pasado J. C. cumplió setenta y cinco años. Más y más a menudo le sucede que camina del brazo con su amante –nunca ha sido muy discreto–, se topa con alguien vagamente conocido y debe escuchar con lenidad: «¡Pero J. C., lo felicito! Su hija es hermosa. Tan igual a la madre».

 

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