105 relatos
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Preguntas y respuestas

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

 

Preguntas y respuestas

 

Hará pronto seis meses que mi casa es la única habitable en toda esta cuadra cercada por demoliciones y construcciones que, de interrumpidas, semejan grandiosos esqueletos. «La calle de las ruinas», han bautizado mis pocos amigos a esta cuadra, que en verdad es un breve pasaje llamado General R. F. Lobrano.

Los nombres de las calles son algo así como mi especialidad. Díganme una, cualquiera, y les recitaré las páginas de historia tras su nombre. Alguna vez intervine en un concurso de preguntas y respuestas en la radio, contestando sobre «Nombres de las calles de la ciudad de Buenos Aires». Admito que tuve suerte. Existen muchas calles de una o dos cuadras, casi perdidas, igual que la mía, calles de las cuales no siempre sabría qué decir. Por fortuna, ninguna pregunta las menciona­ba y obtuve aquel certamen. Pero si el saber tiene que empezar por casa, esa vez no era así: al momento del concurso no había averiguado aún, pese a mi empeño, quién fue el general Lobrano. Incluso temía que el jurado me jugase una mala pasada preguntando justo por mi calle. Por eso mismo falseé mi domicilio al inscribirme.

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Edición corregida

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Edición corregida

 

Me han contado de un veterano escritor que conoció, tiempo antes de morir, a una hermosa joven de veintiséis años que, pronto lo advirtió, hablaba empleando todo el tiempo frases de sus libros, extractos enteros o a veces parciales. El escritor se preguntó en un inicio si este hecho no sería una coincidencia, si la muchacha no estaría parafraseándolo accidentalmente. Por las dudas no dijo nada al respecto, no fuera que ella descubriese su egocentrismo inconmensurable por culpa de una observación apresurada; pero los días pasaban y las frases de sus antiguas novelas continuaban resucitando en sus palabras. ¿La joven pretendía rendirle así homenaje? Semejante tributo resultaba una tortura para alguien que solía jactarse de no releer su obra ya publicada.

Para aplacar la angustia, el escritor se dijo que la joven pronto abandonaría esta costumbre de citarlo, cuando no su otra costumbre –mucho más inexplicable, a su entender– de aceptar cada uno de sus convites a tomar chocolate caliente con galletas en un bar a la vera del río. Sin embargo, ni una ni otra cosa sucedieron y, muy pronto, el escritor se descubrió enamorado.

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Otro dinosaurio

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Otro dinosaurio

 

Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo.

 

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El hombre igual

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

El hombre igual

 

Los hombres iguales deambulan en busca de aquellos hombres a quienes deben su parecido. Cuando por fin un hombre igual encuentra a su modelo, se convierte de inmediato en el doble de otro hombre. A partir de allí, ese hombre pasa a ser su nuevo objeto de búsqueda. Algunos hombres iguales mueren a los cien años –es su edad límite– sin haber hallado a su original. Unos pocos existen que han llegado a ser en vida hasta veinte hombres iguales distintos. No se conocen casos de hombres iguales iguales a otros hombres iguales.

 

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Las palabras por venir

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Las palabras por venir

 

En mi primer viaje a Madrid, conocí a un simpático escritor miembro de la Real Academia Española que los martes y jueves por la tarde se reunían en el Café Gijón con cinco o seis académicos mayores, de quienes –me dijo– nunca se cansaba de escuchar las mismas anécdotas y las mismas teorías sobre la filología de tal o cual vocablo. Un martes, a poco de mi partida, el escritor anunció que era su cumpleaños y que estaba yo invitado excepcionalmente a la mesa; en su honor beberíamos champaña, en reemplazo del proverbial carajillo.

Al final de la velada quedábamos tan sólo el escritor, dos ancianos académicos y yo, tan ebrios todos que todavía me sorprende la sensatez con que supimos marcharnos, dividiéndonos de modo que cada joven acompañase de regreso a cada anciano. Ya en la calle, con el frío de la noche, perdí toda sensación de borrachera, tomé a mi académico del brazo y lo empujé con vigor dentro de un taxi.

«¿Adónde?», preguntó el taxista y yo repetí la pregunta, mirando a su vez al anciano. «Caramba N.», contestó él. ¿Cómo decirle, sin ofenderlo por eso, que confundía la calle de su casa con aquella de la Academia? Se me ocurrió al punto una forma educada: «Caramba, vive usted en la misma calle donde queda la Academia». Pero el otro me echó una mirada reprobatoria: «No sea imbécil… Allí estamos yendo, precisamente».

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