105 relatos
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Diálogo y subtítulo

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Diálogo y subtítulo

 

No coinciden los juicios de la crítica con respecto al segundo largometraje del checo M. B., un exdirector de teatro que al cumplir la cincuentena decidió volcarse al cine. Lo llamativo del film –y lo que desorienta a mucha gente– es que está enteramente hablado y a la vez subtitulado, de manera que los actores dialogan en dos niveles distintos: por un lado las palabras pronunciadas por sus bocas; por el otro las palabras que se imprimen en pantalla a un mismo tiempo, también en checo, y que nunca son las mismas que se oyen. Un ejemplo al azar: cuando la protagonista le dice a otro personaje «Estoy empezando a aburrirme contigo», debajo puede leerse «No quiero verte más, no te soporto». Pero no es siempre de este modo, no siempre cumplen los subtítulos la misión de aclarar o de ampliar una frase dicha con algún sentido de reserva o de diplomacia. En cierta escena, al tiempo que cinco hombres discurren sobre filosofía, otro debate pedestre (en torno al fútbol) se desarrolla debajo y por escrito.

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Variantes del ajedrez

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Variantes del ajedrez

 

Se cuenta que a mediados del siglo xviii, en la zona portuaria de la ciudad de Marsella, llegó a jugarse al ajedrez sin peones, por lo que las piezas se ordenaban, algo más indefensas, en dos únicas filas y las partidas resultaban más cortas. En Ankara, a comienzos del siglo xvii, cada jugador era libre de armar su retaguardia (rey y reina, alfiles, torres y caballos) de la forma que juzgara conveniente, mientras que por esos años, en Florencia, fugazmente se generalizó una regla que impedía dar jaque con la reina.

Son diversas las variantes que ha tenido el ajedrez. En ocasión de un viaje por Galicia, pude presenciar un juego en un café y, perplejo, observé que los rivales retrocedían cada tanto algún peón. Un amigo ajedrecista me confesó que ignoraba esta costumbre pero que, en un tiempo no lejano, se había jugado en Finlandia un ajedrez que establecía prestigios entre las piezas –como las figuras de los naipes y sus pertinentes jerarquías–, de manera que una torre podía sólo ser conquistada por la reina y un caballo tenía prohibido amenazar a un alfil.

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Mariposa humana

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Mariposa humana

 

Dos científicos suecos han descubierto en una isla del Atlántico una especie de mariposa cuyo ciclo se cumple de atrás para adelante, o sea que nace mariposa y se convierte en oruga a poco de morir. Se rumorea que, llegada la hora de ponerle un nombre a este hallazgo tan inusual, uno de los científicos propuso «mariposa humana» porque –argumentó con amargura– «nace libre y muere arrastrándose».

 

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El museo de los marcos

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El museo de los marcos

 

En el museo de los marcos nadie posa su mirada sobre las figuras en los lienzos. Hay hasta marcos sin cuadros, casi ventanas puestas contra las paredes grises, pero ninguno de los visitantes exige explicaciones a las autoridades del lugar. Un solo marco, en verdad, sucumbe a su interior. Pocos lo advierten, cerca del portal. Encierra un texto que en letras minúsculas proclama: «No es el marco un adorno, no es el traje de un cuerpo llamado cuadro». Y el museo, se adivina tras esta lectura, no constituye más que un postergado acto de justicia.

 

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El definitivo Benincasa

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El definitivo Benincasa

 

Al día siguiente Dionisio Soler me encomendó un dossier sobre la obra de Juan Adolfo Gandolfo para Letras y palabras, la revista literaria más prestigiosa de Buenos Aires, y me alegré por tres motivos: era la primera vez que me invitaban a escribir allí; se estaba por reivindicar la obra de mi narrador favorito, y al mismo tiempo dicho dossier me proporcionaría un pretexto para que hiciese la prueba de reconciliarme con Gandolfo, algo así como el tutor de mis primeros pasos literarios, allá por los años setenta, cuando aún soñaba con escribir ficción y no imaginaba que acabaría así, hecho un crítico profesional de libros.

Si luego de esos comienzos abandoné la ficción para volcarme a la crítica literaria, no fue precisamente por sugerencia de Gandolfo. Más aún, debo reconocer que allí comenzó a fracturarse nuestra amistad, ya que nunca tuvo él un buen concepto de los meros comentaristas de libros, a quienes tildaba de «lameso lapas». Ese desprecio se vería acrecentado años después, cuando al publicar su delgado libro de miniaturas titulado Breve aliento, un sector de la crítica pareció batirse a duelo para ver quién reprobaba aquella obra con mayor impiedad.

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