105 relatos
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Este libro no existe

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Este libro no existe

 

Un hombre sueña que escribe un libro. Cosa curiosa, el sueño le alcanza para sentarse y escribir de un tirón una corta novela de un centenar de páginas, a la que titula Este libro no existe. El hombre se despierta tras acabar la escritura, aún reconoce el hormigueo del bolígrafo en la yema de los dedos, se lava los dientes y la cara, se viste para dirigirse a su trabajo y en la librería Cervantes, que visita a menudo porque le queda de paso, entre las novedades que se exponen sobre una mesa cuadrada encuentra un libro que en la tapa no sólo lleva su nombre y apellido sino el mismo título de aquel que escribió mientras soñaba. El hombre compra el libro y lo lleva al trabajo. Pocas horas más tarde, ya en su casa, cena a toda prisa con el fin de leerlo metido en la cama, pero pronto descubre que este libro nada tiene que ver con el del sueño. Más aún, el libro que ha comprado no le gusta, le resulta un melodrama intragable. Claro que lleva su apellido en la tapa y –sólo ahora lo advierte– una foto suya en la solapa, de manera que se siente responsable de su existencia en el mundo y se obliga a completar su lectura. Es muy tarde cuando apaga la luz y se queda dormido. Llega el día siguiente y ningún rastro hay del libro sobre la mesa de noche, ni tampoco en la librería. «Jamás he oído mencionar esa novela», se disculpa un vendedor. En ese mismo instante el hombre se despierta, busca en vano el libro por todas partes, se levanta, se lava los dientes y la cara, hace un corto llamado («lo siento... un dolor de cabeza... hoy no podré...»), se viste, prepara café y por fin se sienta a la mesa ovalada de la cocina, para ponerse a escribir una novela acerca de cierto hombre que escribe una novela que resulta, a la postre, opuesta a aquella que planeaba.

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Variantes del ajedrez

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Variantes del ajedrez

 

Se cuenta que a mediados del siglo xviii, en la zona portuaria de la ciudad de Marsella, llegó a jugarse al ajedrez sin peones, por lo que las piezas se ordenaban, algo más indefensas, en dos únicas filas y las partidas resultaban más cortas. En Ankara, a comienzos del siglo xvii, cada jugador era libre de armar su retaguardia (rey y reina, alfiles, torres y caballos) de la forma que juzgara conveniente, mientras que por esos años, en Florencia, fugazmente se generalizó una regla que impedía dar jaque con la reina.

Son diversas las variantes que ha tenido el ajedrez. En ocasión de un viaje por Galicia, pude presenciar un juego en un café y, perplejo, observé que los rivales retrocedían cada tanto algún peón. Un amigo ajedrecista me confesó que ignoraba esta costumbre pero que, en un tiempo no lejano, se había jugado en Finlandia un ajedrez que establecía prestigios entre las piezas –como las figuras de los naipes y sus pertinentes jerarquías–, de manera que una torre podía sólo ser conquistada por la reina y un caballo tenía prohibido amenazar a un alfil.

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Un artista y su falsario

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Un artista y su falsario

 

Un famoso pintor italiano consiguió el teléfono del falsificador que, a su entender, lo imitaba con más talento y le propuso montar una exposición a dúo, denominada Un artista y su falsario. «Por esta vez», escuchó el imitador, «queda usted libre de copiar al dedillo y debe, en cambio, inventar cuadros que a los ojos del público sean dignos de confrontación con los genuinos».

Temeroso de que la conversación fuera una trampa, que estuviera registrándose para ser empleada en su perjuicio, el falsario empezó por alegar que él jamás había copiado a nadie; pero tanto le atraía la perspectiva de co-
dearse con un maestro, tanto le entusiasmaba poder crear con libertad, que al cabo de una consulta con su abogado aceptó el audaz convite, a condición de que sus cuadros no llevasen firma alguna porque –al decir del letrado– «cualquiera de las dos firmas posibles constituiría una suerte de admisión del delito». El pintor italiano aprobó al instante esta cláusula, hizo una oferta económica imposible de rechazar y le encargó once cuadros que correspondieran a su «etapa azul» o, si se prefiere, al estilo cultivado entre 1990 y 1996.

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Qué es la muerte

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Qué es la muerte

 

Hay dos maneras de saber a ciencia cierta qué es la muerte, y ambas en teoría son incompatibles. La primera es cuando muere un padre o una madre, un hermano o un hijo, en fin, alguien que lleva nuestra sangre. La segunda es cuando muere alguien con quien uno hizo varias veces el amor, no un par de encuentros ocasionales, sino alguien de quien, pese a los años –la memoria de los cuerpos es intemporal–, uno conserva el tacto o el olor. ¿Hemos estado dentro de un ser que ha muerto? ¿Hemos tenido dentro a alguien que murió?

Quizás el incesto sea el tabú por excelencia porque reúne ambas cosas antedichas: muy insoportable sería saberlo todo, de una sola vez, acerca de la muerte.

 

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Propia moral

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Propia moral

 

En una aldea perdida de Madagascar la justicia se imparte de una forma original, ya que existe un cuerpo establecido de leyes comunes pero a la vez se dispone que, al cumplir los veinte años, cada poblador comparezca ante un juez para expresar allí cuál es su idea personal del Bien y del Mal. Como consecuencia de esta práctica, los individuos deben acatar no sólo un código social sino también otro hecho por sí mismos, a la medida exacta de sus convicciones. Ocurre muy seguido que ambos códigos sancionan actitudes contrapuestas, lo que obliga a una moderación extrema o, llegado cierto caso, a la inacción perfecta en tal o cual terreno. Al antropólogo alemán que divulgó todo esto en Occidente le llamó la atención que, por lo común, la justicia acabase condenando muchos más episodios de desobediencia a la ética privada que a la ley general. Nada en apariencia más sencillo y en realidad más difícil que cumplir con la propia moral.

 

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