43 relatos
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Ojo de buey

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Ojo de buey

 

Un día, hace ya mucho, cuando los barcos de vapor aún rompían olas por el mundo, el Hojalatero nos dijo a mi amigo Manín y a mí que su casa era una habitación del mar. La confidencia tenía su misterio porque aquel hombre vivía en el monte y nuestro monte, como todo el valle, queda muy lejos del mar.

Para llegar a la casa del Hojalatero tenían que pasarse tres fuentes claras, por más señas azules al mediodía. Y la mañana que nos decidimos a ir, antes de que el sol calentara las llevábamos ya cumplidas. Venía entonces la cuesta mansa, que podía hacerse cantando. Después se asomaban los ojos a una campera muy verde. Allí los grillos tenían la virtud de enredarse en la conversación si el caminante rezaba el responso de santa Tecla antes de pisar la hierba.

–¿Y cómo dice? –le había preguntado yo al Hojalatero cuando nos daba las señas.

–Es algo largo pero vosotros no os preocupéis: los rapaces cruzan con el Dios te salve. –Esas fueron sus garantías.

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Cigarras

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Cigarras

 

«Que por Pascua», pide una voz, «resuciten las cigarras».

Y Amparo las trae en los oídos cuando vuelve de ver los páramos, que quieren verdear bajo las nubes. Amparo viene rezando por tallos firmes, por la salud de los hijos que se alimentarán de espigas. Y pide, según se corona una cuesta, por los campanarios que tocan a misa de Resurre­c­ción: para que las campanas sean una fiesta, como las alas de las cigarras que saben bajar el cielo con su música. De su canto está el hambre desterrada y toda necesidad salvo la de que el tiempo pase. Amparo quiere que sea ya verano y que el viento esparza el polvo que exhala el trigo volteado, como un suspiro de oro. Y en seguida poner mesa y mantel blanco donde el pan tenga bueno el acomodo.

Las cigarras llevan las tardes prendidas de sus alas. Erigen memorias que detienen el curso del sol y dictan labores donde no existe la necesidad, ni las ganas de ver el mundo como es. Hasta alumbran páginas doradas por las que corren los metales enterrados. En el siglo primero del mundo lleva cigarras en los oídos el romano que atiende al relato de un soldado, venido de algún confín remoto del imperio. Y de regreso a su villa, envuelta en pinos musicales que adormece el mar, escribe de otro modo lo que ha oído: «Vencidos los bosques sagrados que el dios guarda, atrás los ríos que borran la memoria, alzados a montes segurísimos donde antes llegarían las olas del océano que las armas del romano, viven hombres rústicos cuyo suelo mana bermellón y oro bajo la uña ardiente del caballo». Entonces suspende la escritura para seguir oyendo a los insectos que forjan, altos sobre las playas, imperios hegemónicos.

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Badabia

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Badabia

 

Tumbados boca arriba, sobre la hierba menuda de Orguina, nos alcanzó el olor de la manzanilla y oímos, remoto, el silbido del tren que atravesaba la hondonada del valle. Al abrir los ojos se descubría el cielo y un águila que ahondaba círculos silenciosos entre las nubes. La voz del juez se desprendía lentamente del suelo.

—¿Tú sabías, Gistredo, que las plumas rémiges de las águilas son la mejor materia que existe para escribir privilegios rodados?

En la soledad de la altura se confundían los zumbidos pasajeros y se rizaba el viento sobre las camisas.

—No tenía ni idea, juez —reconocí sin abrir los ojos—. Siempre oí decir que las mejores eran las de ganso.

El juez habrá ladeado un poco la cabeza antes de seguir hablando.

—Las de ganso solo son buenas para las cartas pueblas.

Cuando cesaban la brisa y las palabras se oía nuestra respiración pausada y el roce de la hierba en las suelas perezosas del calzado.

—¿Y las de faisán? —propuse al cabo de un rato.

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Sombra sobre la hierba

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sombra sobre la hierba

 

 

 

 

 

 

De pronto, el tren

Los versos que subrayan cada sección son de un poema de Antonio Pereira, «El mixto», incluido en su Cancionero de Sagres (1969).

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Apócrifo de los pasos nocturnos

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Apócrifo de los pasos nocturnos

 

—Polito, vete a avisar a don Vitorino de lo que ha pasado.

—¿Por qué yo?

—Pues por lo mismo de siempre, hombre, porque alguien tiene que ir.

—¿Y vosotros?

—Nosotros nos sentamos aquí hasta que tú vuelvas, no te apures.

Polito —o Hipólito, según quiso su madre que le reconocieran—, sube el primero por la escalera de mano que han habilitado para acceder a la zanja, que ya profundiza dos metros sin que allí se haya personado nadie para decir que está de sobra, o que descansen, y una brisa húmeda le recorre la cara cuando sale al exterior, junto al ojo pálido de una farola tendida sobre la acera. Mientras acaba de subir, Hipólito recuerda seis farolas más que están estorbando el paso desde que vinieron a descargarlas la noche anterior, veintisiete horas estorbando —calcula Hipólito— desde que ayer empezaron a cavar por la esquina de la calle, unos ochenta metros hasta el buzón —suma Hipólito el progreso— desde ayer por la noche que empezaron a rugir los martillos, cuando menos esperaban hacerlo y cuando peor les venía a todos, que acababan de sentarse en el bar de Amijeiras a discutir si los rumores de que iban a darles algo eran seguros, hasta que a las once y veinte entró don Vitorino agitando un papel que parecía sudado y diciendo que ya estaba en regla la autorización para que empezaran a abrir la acera, y que dónde se metían cuando más se les necesitaba, que llevaba buscándolos dos horas. De eso se quejaba ayer don Vitorino, de no encontrarlos, cuando la verdad es que nadie contaba con empezar lo que hubiera que empezar hasta el día siguiente, o a lo mejor ya nunca.

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