11 relatos
Medium 9788483935200

Yo era un bulldozer

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

Yo era un bulldozer

 

No importa su nombre. Tampoco es necesario el mío: no era así como él me llamaba.

La última vez que nos vimos fue una mañana de verano. Yo entraba con mi novio en un hospital. El paso de la violenta luz de la calle a la penumbra del edificio me cegó. Fue solo un instante. El tiempo que necesita un rayo para cambiar la realidad. La oscuridad me apretó contra sí y empezó a balancearme. A acunarse en mí. Susurraba en mi oído el nombre que nadie excepto él me daba. Ni siquiera noté cómo la mano de mi novio soltaba la mía. Un instante había bastado para que yo regresara al lugar del que tan penosamente me había exiliado:

Él.

Había acudido al hospital a hacerse unas pruebas. Desde que nos separamos, sufría unos dolores de cabeza terribles que le impedían leer. Él, que solo encontraba olvido en la lectura y en la música, quedaba desamparado sin libros. Expuesto, como un hombre sin piel. Se dirigía a la salida cuando las puertas se abrieron: impregnada del calor y la luz del verano, yo avanzaba hacia él. Así me vio.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935200

Ocho centímetros

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

Ocho centímetros

 

Dos gitanos colocaban los bancos sobre el suelo de baldosas blancas y negras cuando la mujer y su marido entraron en la iglesia. Era una sala cuadrada sin más adorno que la tarima sobre la que se levantaba el atril del pastor. Escrito en la pared blanca, junto a una cruz de madera, se leía: cristo vive. El olor penetrante a lejía no ocultaba un leve hedor a cañerías.

El gitano más joven permaneció inclinado, sujetando el extremo de un banco, mientras el mayor se irguió para observarlos. Ella les preguntó por Yen. Hacía unos meses se había encontrado en el hospital al pastor de Caño Roto. Él le había contado que Yen había regresado de Argentina.

Los hombres intercambiaron una mirada.

–Suele venir media hora antes del culto –contestó el mayor–. Estará aquí a las ocho.

La pareja salió al inclemente sol de agosto.

–Vamos a tomar algo –dijo el marido.

En el descampado, un grupo de chavales jugaba al fútbol, jaleado por sus padres. Eran latinoamericanos.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935200

Danny Boy

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

Danny Boy

 

El 15 de enero era el cumpleaños de Celia. Su hermana Merce nos llamó un par de semanas antes para invitarnos a la fiesta que iba a organizarle en su casa. Sería una reunión familiar; solo estaríamos su madre, sus hermanos, sus cuñados, sus sobrinos, sus tíos, sus primos y, por supuesto, su hijo, Carlitos. Merce seleccionó fotos de Celia, las amplió y las colocó en el espejo que cubría una de las paredes del salón. Preparó comida, se aseguró de que hubiera suficiente bebida y compró una gran tarta de chuches, la favorita de Celia, con gominolas y nubes de colores.

Cuando llegamos, todas las habitaciones de la casa estaban iluminadas y había un trajín de saludos y besos, abrigos y bolsos para guardar, platos que salían de la cocina y un barullo de voces en el salón.

–Toma, Merce, dos tartas de limón. –Le tendí la gran bolsa de plástico que Antonio, mi marido, había llevado con cuidado en el regazo durante el viaje en coche.

–Gracias, prima. Podéis dejar los abrigos en el dormitorio, es el último cuarto a la izquierda. –Merce señaló el pasillo antes de entrar en la cocina.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935200

¿Pero quién se va a querer ir con ella?

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

¿Pero quién se va a querer ir con ella?

 

En la niebla le llegan voces. Hablan mal del príncipe. Le llaman indigente, yonqui, mentiroso, vago, chulo, chupapollas, parásito, pedazo de mierda. Le desean que muera de sobredosis, que lo atropelle un coche, hablan de contratar a un búlgaro o a un rumano para que lo quite de en medio. Las voces zumban a su alrededor como mosquitos; ella intenta alejarlas, pero no consigue levantar los brazos. Abre los ojos y ve a sus padres, a sus hermanos, a sus tíos, a sus abuelos, que inmediatamente bajan la voz. ¿Qué cuchicheáis? ¿Por qué habláis en susurros?, les pregunta irritada. Le tienden una pastilla y un vaso de agua.

Mueve la cabeza con esfuerzo de un lado a otro. El vaso y la pastilla no desaparecen hasta que ella cede y los coge a regañadientes. Sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus abuelos se quedan inmóviles y vigilantes para comprobar que se ha tragado la pastilla y no la ha escondido debajo de la lengua o en un pliegue carnoso de la boca para después escupirla. Les dice, desafiante, que el príncipe está en camino, que jamás la abandonaría. Las palabras salen de su boca pesadas, como arena caliente. Frunciendo el ceño, añade que quiere irse con él, estar con él, dormir con él… Dice exactamente: quiero estar íntimamente con él. Ya, tú lo que quieres es ir con él a pillar y a ponerte ciega, le contesta su hermana, o más bien le parece que es su hermana, pues no consigue enfocar la vista y las voces se mezclan y se separan como en el coro de una tragedia griega. «Íntimamente», repite alguien con sarcasmo. Íntimamente, repite el coro entre risitas burlonas. ¡Qué fina se ha vuelto!

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935200

El tren Neckermann

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

El tren Neckermann

 

Queremos escaparnos y no sabemos cómo. Hablamos de escondernos en el culo enorme y oscuro del camión del tío de Cati, pero tememos lo que sucedería si nos encontraran. Paradas en la calle, en silencio, lo vemos alejarse. Tan pronto lo perdemos de vista, yo cuento los días que faltan para que regrese. Muchos piensan que somos hermanas, estamos siempre juntas, nos cortamos el pelo como chicos y nos vestimos igual. Discutimos los planes para fugarnos en casa de Cati hasta que su padre se queda sin trabajo, empieza a beber y a llamar imbécil a su mujer. Mi amiga dice que en mi casa estamos más tranquilas. Es verdad, no nos molesta nadie porque no hay nadie. Mi madre sale muy tarde de la oficina y a mi hermano mayor no le vemos casi nunca. Los fines de semana, después de comer, mi madre se pinta los labios de rojo y, cuando regresa por la noche, su boca medio despintada parece una manzana mordida.

Cati y yo nos encerramos en el baño y nos levantamos la camiseta para comparar las areolas, ligeramente abombadas en nuestras tetas planas. Cambian nuestros cuerpos, todo cambia a nuestro alrededor y cuanto más rápido se mueve el mundo, más quietas nos parece que estamos nosotras. En su veloz mudanza, lo viejo y lo nuevo nos golpean.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos