11 relatos
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Yo era un bulldozer

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Yo era un bulldozer

 

No importa su nombre. Tampoco es necesario el mío: no era así como él me llamaba.

La última vez que nos vimos fue una mañana de verano. Yo entraba con mi novio en un hospital. El paso de la violenta luz de la calle a la penumbra del edificio me cegó. Fue solo un instante. El tiempo que necesita un rayo para cambiar la realidad. La oscuridad me apretó contra sí y empezó a balancearme. A acunarse en mí. Susurraba en mi oído el nombre que nadie excepto él me daba. Ni siquiera noté cómo la mano de mi novio soltaba la mía. Un instante había bastado para que yo regresara al lugar del que tan penosamente me había exiliado:

Él.

Había acudido al hospital a hacerse unas pruebas. Desde que nos separamos, sufría unos dolores de cabeza terribles que le impedían leer. Él, que solo encontraba olvido en la lectura y en la música, quedaba desamparado sin libros. Expuesto, como un hombre sin piel. Se dirigía a la salida cuando las puertas se abrieron: impregnada del calor y la luz del verano, yo avanzaba hacia él. Así me vio.

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Danny Boy

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Danny Boy

 

El 15 de enero era el cumpleaños de Celia. Su hermana Merce nos llamó un par de semanas antes para invitarnos a la fiesta que iba a organizarle en su casa. Sería una reunión familiar; solo estaríamos su madre, sus hermanos, sus cuñados, sus sobrinos, sus tíos, sus primos y, por supuesto, su hijo, Carlitos. Merce seleccionó fotos de Celia, las amplió y las colocó en el espejo que cubría una de las paredes del salón. Preparó comida, se aseguró de que hubiera suficiente bebida y compró una gran tarta de chuches, la favorita de Celia, con gominolas y nubes de colores.

Cuando llegamos, todas las habitaciones de la casa estaban iluminadas y había un trajín de saludos y besos, abrigos y bolsos para guardar, platos que salían de la cocina y un barullo de voces en el salón.

–Toma, Merce, dos tartas de limón. –Le tendí la gran bolsa de plástico que Antonio, mi marido, había llevado con cuidado en el regazo durante el viaje en coche.

–Gracias, prima. Podéis dejar los abrigos en el dormitorio, es el último cuarto a la izquierda. –Merce señaló el pasillo antes de entrar en la cocina.

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El tren Neckermann

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El tren Neckermann

 

Queremos escaparnos y no sabemos cómo. Hablamos de escondernos en el culo enorme y oscuro del camión del tío de Cati, pero tememos lo que sucedería si nos encontraran. Paradas en la calle, en silencio, lo vemos alejarse. Tan pronto lo perdemos de vista, yo cuento los días que faltan para que regrese. Muchos piensan que somos hermanas, estamos siempre juntas, nos cortamos el pelo como chicos y nos vestimos igual. Discutimos los planes para fugarnos en casa de Cati hasta que su padre se queda sin trabajo, empieza a beber y a llamar imbécil a su mujer. Mi amiga dice que en mi casa estamos más tranquilas. Es verdad, no nos molesta nadie porque no hay nadie. Mi madre sale muy tarde de la oficina y a mi hermano mayor no le vemos casi nunca. Los fines de semana, después de comer, mi madre se pinta los labios de rojo y, cuando regresa por la noche, su boca medio despintada parece una manzana mordida.

Cati y yo nos encerramos en el baño y nos levantamos la camiseta para comparar las areolas, ligeramente abombadas en nuestras tetas planas. Cambian nuestros cuerpos, todo cambia a nuestro alrededor y cuanto más rápido se mueve el mundo, más quietas nos parece que estamos nosotras. En su veloz mudanza, lo viejo y lo nuevo nos golpean.

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Hansel y Gretel en la T4

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Hansel y Gretel en la T4

 

Una semana después de haber salido del centro, desapareció con cincuenta euros que le quitó a su padre. Corrió a reencontrarse con su novio y caer, caer, caer, la pequeña pipa de crack quemándole los labios. Rehab. Relapse. Recaída, así debió de llamarse el disco de Amy Winehouse. Todas las culebras negras que habían sido enterradas durante los cinco meses de rehabilitación reptaron a la superficie: no se va a curar, se va a morir en la calle, si ella quiere matarse no podemos hacer nada… Culebras con las colas enlazadas, como una inmensa solitaria recorriendo su surco de miseria, cegando con sus huevos los pequeños orificios de luz.

Era el inicio de la primavera. Las ramas desnudas de los árboles se habían llenado de brotes nuevos. El aire era azul y limpio y del suelo duro del invierno brotaban flores amarillas, margaritas blancas, amapolas rojas entre la hierba alta, ocultando el polvo de los pinares. Sus padres ordenaron a los tíos que no fuesen a buscarla, enviaron whatsapps con la prohibición en letras mayúsculas: no vayáis a buscarla. Esta vez iban a dejarla tocar fondo, como aconsejaban en la terapia para familiares de toxicómanos.

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Limpia luz de escarcha

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Limpia luz de escarcha

 

La noche cerraba el ventanuco del establo cuando una sombra se levantó del banco.

–Hoy me acostaré temprano, Dolores –dijo la vieja–. Estoy cansada.

Dolores dejó la lanzadera y se llevó la mano a la pequeña cicatriz encarnada que tenía en la frente. Esa noche helaría. Un granizo afilado como un pico le había marcado de niña aquella puntada carnosa. Cuando la temperatura bajaba, la antigua herida, de costumbre pálida, despertaba y enrojecía, como si la piel tuviese memoria del dolor.

–No se puede ir a la cama sin cenar algo, madre. –La mujer se puso en pie–. Voy a calentarle un plato de sopa.

Tras ayudarla a desvestirse, Dolores volvió al trabajo. Venían compradores desde muy lejos para adquirir las mantas de lana que tejían en aquel pueblo asolado por furiosas tormentas de hielo. Ella, al igual que sus vecinos, vivía de esa maldición. Sus yemas ásperas acariciaron el dibujo rojo, castaño y naranja de la manta antes de sujetar la lanzadera. Tejía como parpadeaba o andaba. De hecho, desde hacía tiempo tejía con más gracia que andaba. Pero esa noche estaba inquieta. Al acostar a su madre, había notado el frío en su aliento. Se separó del telar y se dirigió al teléfono.

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