11 relatos
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Hansel y Gretel en la T4

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

Hansel y Gretel en la T4

 

Una semana después de haber salido del centro, desapareció con cincuenta euros que le quitó a su padre. Corrió a reencontrarse con su novio y caer, caer, caer, la pequeña pipa de crack quemándole los labios. Rehab. Relapse. Recaída, así debió de llamarse el disco de Amy Winehouse. Todas las culebras negras que habían sido enterradas durante los cinco meses de rehabilitación reptaron a la superficie: no se va a curar, se va a morir en la calle, si ella quiere matarse no podemos hacer nada… Culebras con las colas enlazadas, como una inmensa solitaria recorriendo su surco de miseria, cegando con sus huevos los pequeños orificios de luz.

Era el inicio de la primavera. Las ramas desnudas de los árboles se habían llenado de brotes nuevos. El aire era azul y limpio y del suelo duro del invierno brotaban flores amarillas, margaritas blancas, amapolas rojas entre la hierba alta, ocultando el polvo de los pinares. Sus padres ordenaron a los tíos que no fuesen a buscarla, enviaron whatsapps con la prohibición en letras mayúsculas: no vayáis a buscarla. Esta vez iban a dejarla tocar fondo, como aconsejaban en la terapia para familiares de toxicómanos.

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Yo era un bulldozer

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Yo era un bulldozer

 

No importa su nombre. Tampoco es necesario el mío: no era así como él me llamaba.

La última vez que nos vimos fue una mañana de verano. Yo entraba con mi novio en un hospital. El paso de la violenta luz de la calle a la penumbra del edificio me cegó. Fue solo un instante. El tiempo que necesita un rayo para cambiar la realidad. La oscuridad me apretó contra sí y empezó a balancearme. A acunarse en mí. Susurraba en mi oído el nombre que nadie excepto él me daba. Ni siquiera noté cómo la mano de mi novio soltaba la mía. Un instante había bastado para que yo regresara al lugar del que tan penosamente me había exiliado:

Él.

Había acudido al hospital a hacerse unas pruebas. Desde que nos separamos, sufría unos dolores de cabeza terribles que le impedían leer. Él, que solo encontraba olvido en la lectura y en la música, quedaba desamparado sin libros. Expuesto, como un hombre sin piel. Se dirigía a la salida cuando las puertas se abrieron: impregnada del calor y la luz del verano, yo avanzaba hacia él. Así me vio.

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Limpia luz de escarcha

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Limpia luz de escarcha

 

La noche cerraba el ventanuco del establo cuando una sombra se levantó del banco.

–Hoy me acostaré temprano, Dolores –dijo la vieja–. Estoy cansada.

Dolores dejó la lanzadera y se llevó la mano a la pequeña cicatriz encarnada que tenía en la frente. Esa noche helaría. Un granizo afilado como un pico le había marcado de niña aquella puntada carnosa. Cuando la temperatura bajaba, la antigua herida, de costumbre pálida, despertaba y enrojecía, como si la piel tuviese memoria del dolor.

–No se puede ir a la cama sin cenar algo, madre. –La mujer se puso en pie–. Voy a calentarle un plato de sopa.

Tras ayudarla a desvestirse, Dolores volvió al trabajo. Venían compradores desde muy lejos para adquirir las mantas de lana que tejían en aquel pueblo asolado por furiosas tormentas de hielo. Ella, al igual que sus vecinos, vivía de esa maldición. Sus yemas ásperas acariciaron el dibujo rojo, castaño y naranja de la manta antes de sujetar la lanzadera. Tejía como parpadeaba o andaba. De hecho, desde hacía tiempo tejía con más gracia que andaba. Pero esa noche estaba inquieta. Al acostar a su madre, había notado el frío en su aliento. Se separó del telar y se dirigió al teléfono.

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La palabra de Dios es extendida

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La palabra de Dios es extendida

 

La primera vez que mi prima ingresó en la Unidad de Trasplantes de Médula Ósea del hospital Gregorio Marañón había un gitano. Los médicos se referían a esa planta como la U.T.M.O. Mi prima, según su humor, la llamaba «el zulo» o «la Buchinger», nombre de una conocida clínica de belleza marbellí para estrellas de la televisión. Para todos los demás, Celia estaba «en aislamiento».

Las habitaciones donde permanecían encerrados los enfermos formaban una U. Para evitar infecciones solo se permitía la entrada de un visitante por cuarto. Las puertas estaban en la parte interna de la U, un espacio cerrado y caliente al que era preciso acceder con calzas, mascarilla y una bata verde, áspera como la piel quebradiza de mi prima tras los agresivos tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Delante de cada puerta había un dispensador de gel para desinfectarse las manos y una caja con guantes de látex, el último requisito antes de pasar finalmente al cuarto de Celia.

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El limbo

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El limbo

 

Todos los jueves, David Osorio acude al psiquiátrico y lee un par de relatos. Su club de lectura cuenta con unos diez internos, más la psicóloga que les acompaña. A las cinco de la tarde se reúnen en la sala, en torno a una mesa destartalada. Fuera de aquellas cuatro paredes, los pacientes apenas se dirigen la palabra, ocupados en seguir con ciega determinación caminos profundos como surcos, arrastrando los pies unos, hablando solos otros, yendo y viniendo en círculos. Pero los relatos crean una senda, leve como el polvo, que recorren juntos unidos por el hilo de la ficción, igual que niños que caminaran en fila sujetos a una cuerda para no perderse.

David es monitor de la biblioteca pública de la ciudad. Desde hace dos años, entra en el hospital con un libro, tan pequeño ante el Goliat amorfo e inabarcable de la locura: esquizofrenia residual, demencia por multiinfartos, brotes psicóticos, deficiencia mental con trastornos de conducta… Alguna vez, mientras lee, ha sentido cómo la honda golpeaba a Goliat y abría un resquicio en las gruesas paredes invisibles que aíslan a los internos. Alguna vez ha sentido asimismo el milagro del olvido de ser quien es y, aunque solo haya sido unos instantes, ha jugado con Goliat.

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