11 relatos
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El tren Neckermann

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

El tren Neckermann

 

Queremos escaparnos y no sabemos cómo. Hablamos de escondernos en el culo enorme y oscuro del camión del tío de Cati, pero tememos lo que sucedería si nos encontraran. Paradas en la calle, en silencio, lo vemos alejarse. Tan pronto lo perdemos de vista, yo cuento los días que faltan para que regrese. Muchos piensan que somos hermanas, estamos siempre juntas, nos cortamos el pelo como chicos y nos vestimos igual. Discutimos los planes para fugarnos en casa de Cati hasta que su padre se queda sin trabajo, empieza a beber y a llamar imbécil a su mujer. Mi amiga dice que en mi casa estamos más tranquilas. Es verdad, no nos molesta nadie porque no hay nadie. Mi madre sale muy tarde de la oficina y a mi hermano mayor no le vemos casi nunca. Los fines de semana, después de comer, mi madre se pinta los labios de rojo y, cuando regresa por la noche, su boca medio despintada parece una manzana mordida.

Cati y yo nos encerramos en el baño y nos levantamos la camiseta para comparar las areolas, ligeramente abombadas en nuestras tetas planas. Cambian nuestros cuerpos, todo cambia a nuestro alrededor y cuanto más rápido se mueve el mundo, más quietas nos parece que estamos nosotras. En su veloz mudanza, lo viejo y lo nuevo nos golpean.

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Limpia luz de escarcha

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Limpia luz de escarcha

 

La noche cerraba el ventanuco del establo cuando una sombra se levantó del banco.

–Hoy me acostaré temprano, Dolores –dijo la vieja–. Estoy cansada.

Dolores dejó la lanzadera y se llevó la mano a la pequeña cicatriz encarnada que tenía en la frente. Esa noche helaría. Un granizo afilado como un pico le había marcado de niña aquella puntada carnosa. Cuando la temperatura bajaba, la antigua herida, de costumbre pálida, despertaba y enrojecía, como si la piel tuviese memoria del dolor.

–No se puede ir a la cama sin cenar algo, madre. –La mujer se puso en pie–. Voy a calentarle un plato de sopa.

Tras ayudarla a desvestirse, Dolores volvió al trabajo. Venían compradores desde muy lejos para adquirir las mantas de lana que tejían en aquel pueblo asolado por furiosas tormentas de hielo. Ella, al igual que sus vecinos, vivía de esa maldición. Sus yemas ásperas acariciaron el dibujo rojo, castaño y naranja de la manta antes de sujetar la lanzadera. Tejía como parpadeaba o andaba. De hecho, desde hacía tiempo tejía con más gracia que andaba. Pero esa noche estaba inquieta. Al acostar a su madre, había notado el frío en su aliento. Se separó del telar y se dirigió al teléfono.

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Ocho centímetros

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Ocho centímetros

 

Dos gitanos colocaban los bancos sobre el suelo de baldosas blancas y negras cuando la mujer y su marido entraron en la iglesia. Era una sala cuadrada sin más adorno que la tarima sobre la que se levantaba el atril del pastor. Escrito en la pared blanca, junto a una cruz de madera, se leía: cristo vive. El olor penetrante a lejía no ocultaba un leve hedor a cañerías.

El gitano más joven permaneció inclinado, sujetando el extremo de un banco, mientras el mayor se irguió para observarlos. Ella les preguntó por Yen. Hacía unos meses se había encontrado en el hospital al pastor de Caño Roto. Él le había contado que Yen había regresado de Argentina.

Los hombres intercambiaron una mirada.

–Suele venir media hora antes del culto –contestó el mayor–. Estará aquí a las ocho.

La pareja salió al inclemente sol de agosto.

–Vamos a tomar algo –dijo el marido.

En el descampado, un grupo de chavales jugaba al fútbol, jaleado por sus padres. Eran latinoamericanos.

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Un puente de cristal

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Un puente de cristal

 

Lo primero que hizo Claudia cuando se separó de Juan fue buscar a un hombre para meterlo en su cama. Un cuerpo que devolviera la vida a su cuerpo embrutecido. Que expulsara su rabia a base de golpes, los golpes del sexo. Claudia no buscaba a nadie en concreto, le valía cualquier hombre. Cualquiera, siempre que estuviese sano, que por un cuerpo enfermo había ella enfermado.

Lo primero que hizo Juan cuando se separó de Claudia fue tumbarse en la cama, sobre las sábanas arrugadas y sucias, para releer el Libro de Job. Cuando terminó, cerró la Biblia con furia. Aquel venturoso final era una triquiñuela para maquillar lo inexplicable: el dolor, la agonía, el sinsentido de la vida. Solo existía un desenlace feliz para el sufrimiento de Job: la morfina. Habría bastado un buen editor para transformar al caprichoso Dios de los hebreos en camello. Juan buscó sus pastillas.

 

 

 

Juan y Claudia se habían querido. Intensamente. Como se quieren los amantes, entregándose la vida el uno al otro a través de un puente de cristal. Pero no hay cristal que aguante una enfermedad tan larga y penosa como la que padecía Juan.

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La palabra de Dios es extendida

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La palabra de Dios es extendida

 

La primera vez que mi prima ingresó en la Unidad de Trasplantes de Médula Ósea del hospital Gregorio Marañón había un gitano. Los médicos se referían a esa planta como la U.T.M.O. Mi prima, según su humor, la llamaba «el zulo» o «la Buchinger», nombre de una conocida clínica de belleza marbellí para estrellas de la televisión. Para todos los demás, Celia estaba «en aislamiento».

Las habitaciones donde permanecían encerrados los enfermos formaban una U. Para evitar infecciones solo se permitía la entrada de un visitante por cuarto. Las puertas estaban en la parte interna de la U, un espacio cerrado y caliente al que era preciso acceder con calzas, mascarilla y una bata verde, áspera como la piel quebradiza de mi prima tras los agresivos tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Delante de cada puerta había un dispensador de gel para desinfectarse las manos y una caja con guantes de látex, el último requisito antes de pasar finalmente al cuarto de Celia.

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