11 relatos
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Yo era un bulldozer

Nuria Barrios Editorial Páginas de Espuma ePub

Yo era un bulldozer

 

No importa su nombre. Tampoco es necesario el mío: no era así como él me llamaba.

La última vez que nos vimos fue una mañana de verano. Yo entraba con mi novio en un hospital. El paso de la violenta luz de la calle a la penumbra del edificio me cegó. Fue solo un instante. El tiempo que necesita un rayo para cambiar la realidad. La oscuridad me apretó contra sí y empezó a balancearme. A acunarse en mí. Susurraba en mi oído el nombre que nadie excepto él me daba. Ni siquiera noté cómo la mano de mi novio soltaba la mía. Un instante había bastado para que yo regresara al lugar del que tan penosamente me había exiliado:

Él.

Había acudido al hospital a hacerse unas pruebas. Desde que nos separamos, sufría unos dolores de cabeza terribles que le impedían leer. Él, que solo encontraba olvido en la lectura y en la música, quedaba desamparado sin libros. Expuesto, como un hombre sin piel. Se dirigía a la salida cuando las puertas se abrieron: impregnada del calor y la luz del verano, yo avanzaba hacia él. Así me vio.

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Limpia luz de escarcha

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Limpia luz de escarcha

 

La noche cerraba el ventanuco del establo cuando una sombra se levantó del banco.

–Hoy me acostaré temprano, Dolores –dijo la vieja–. Estoy cansada.

Dolores dejó la lanzadera y se llevó la mano a la pequeña cicatriz encarnada que tenía en la frente. Esa noche helaría. Un granizo afilado como un pico le había marcado de niña aquella puntada carnosa. Cuando la temperatura bajaba, la antigua herida, de costumbre pálida, despertaba y enrojecía, como si la piel tuviese memoria del dolor.

–No se puede ir a la cama sin cenar algo, madre. –La mujer se puso en pie–. Voy a calentarle un plato de sopa.

Tras ayudarla a desvestirse, Dolores volvió al trabajo. Venían compradores desde muy lejos para adquirir las mantas de lana que tejían en aquel pueblo asolado por furiosas tormentas de hielo. Ella, al igual que sus vecinos, vivía de esa maldición. Sus yemas ásperas acariciaron el dibujo rojo, castaño y naranja de la manta antes de sujetar la lanzadera. Tejía como parpadeaba o andaba. De hecho, desde hacía tiempo tejía con más gracia que andaba. Pero esa noche estaba inquieta. Al acostar a su madre, había notado el frío en su aliento. Se separó del telar y se dirigió al teléfono.

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Las amigas

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Las amigas. Una fotonovela

 

Estamos en la playa. Pilar se vuelve hacia mí:

–¿Por qué no me haces una foto con el mar al fondo?

 

 

Foto n.º 1

 

Pilar está tumbada bocabajo sobre el chaquetón de Ana. Lleva un chubasquero azul marino y un pañuelo blanco anudado al cuello. Levanta el torso, erguido entre los brazos cruzados. Las tres bandas blancas de Adidas que recorren las mangas dibujan un círculo que cierra su rostro. Inclina, coqueta, la cabeza y me sonríe. Una sonrisa pequeña y decidida, sin separar los labios. Acabamos de llegar a Santander. Bajo el cielo plomizo, la ciudad se achata, hostil y precavida como un molusco.

Es la primera foto de aquel viaje. En cinco días disparé tres carretes mientras caminaba junto a Pilar y Ana. Hay muy pocas imágenes de nosotras: estamos tendidas en los prados mojados y en la arena húmeda de las playas con nuestros jerseys de colores. En ninguna de las fotografías aparecen las compresas alrededor de los tobillos de Ana y de los míos ni las bolsas de plástico que Pilar llevaba como improvisadas fundas impermeables para los zapatos. Sin embargo, las compresas y las bolsas son lo que recuerdo con mayor nitidez. Las recuerdo mejor que los pueblos de calles empedradas, los prados sembrados de vacas o el mar gris que fotografié sin descanso. Las recuerdo mejor que la lluvia, que no cesó desde que llegamos.

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La palabra de Dios es extendida

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La palabra de Dios es extendida

 

La primera vez que mi prima ingresó en la Unidad de Trasplantes de Médula Ósea del hospital Gregorio Marañón había un gitano. Los médicos se referían a esa planta como la U.T.M.O. Mi prima, según su humor, la llamaba «el zulo» o «la Buchinger», nombre de una conocida clínica de belleza marbellí para estrellas de la televisión. Para todos los demás, Celia estaba «en aislamiento».

Las habitaciones donde permanecían encerrados los enfermos formaban una U. Para evitar infecciones solo se permitía la entrada de un visitante por cuarto. Las puertas estaban en la parte interna de la U, un espacio cerrado y caliente al que era preciso acceder con calzas, mascarilla y una bata verde, áspera como la piel quebradiza de mi prima tras los agresivos tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Delante de cada puerta había un dispensador de gel para desinfectarse las manos y una caja con guantes de látex, el último requisito antes de pasar finalmente al cuarto de Celia.

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¿Pero quién se va a querer ir con ella?

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¿Pero quién se va a querer ir con ella?

 

En la niebla le llegan voces. Hablan mal del príncipe. Le llaman indigente, yonqui, mentiroso, vago, chulo, chupapollas, parásito, pedazo de mierda. Le desean que muera de sobredosis, que lo atropelle un coche, hablan de contratar a un búlgaro o a un rumano para que lo quite de en medio. Las voces zumban a su alrededor como mosquitos; ella intenta alejarlas, pero no consigue levantar los brazos. Abre los ojos y ve a sus padres, a sus hermanos, a sus tíos, a sus abuelos, que inmediatamente bajan la voz. ¿Qué cuchicheáis? ¿Por qué habláis en susurros?, les pregunta irritada. Le tienden una pastilla y un vaso de agua.

Mueve la cabeza con esfuerzo de un lado a otro. El vaso y la pastilla no desaparecen hasta que ella cede y los coge a regañadientes. Sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus abuelos se quedan inmóviles y vigilantes para comprobar que se ha tragado la pastilla y no la ha escondido debajo de la lengua o en un pliegue carnoso de la boca para después escupirla. Les dice, desafiante, que el príncipe está en camino, que jamás la abandonaría. Las palabras salen de su boca pesadas, como arena caliente. Frunciendo el ceño, añade que quiere irse con él, estar con él, dormir con él… Dice exactamente: quiero estar íntimamente con él. Ya, tú lo que quieres es ir con él a pillar y a ponerte ciega, le contesta su hermana, o más bien le parece que es su hermana, pues no consigue enfocar la vista y las voces se mezclan y se separan como en el coro de una tragedia griega. «Íntimamente», repite alguien con sarcasmo. Íntimamente, repite el coro entre risitas burlonas. ¡Qué fina se ha vuelto!

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