14 relatos
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Cenicienta humillada

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Cenicienta humillada

 

Aquello era casi un ritual desde hacía tres años: él bebía, la insultaba, y los que estuvieran presentes en ese momento hacían como que no pasaba nada. Esta vez el pleito había sido en una de esas fiestas en las que ambos acostumbraban retirarse hacia la madrugada, pero Gabriela no soportó más allá de las doce para salir furiosa diciéndose que sería la última.

Se sintió estafada, porque hasta el momento era sólo la acompañante de aquel malacopa y no había ningún beneficio en ello. El trabajo que había prometido conseguirle cuando empezaron a salir nunca llegó, y los contactos que aseguró tener para ayudarla a relacionarse eran fantasmas. Todo lo que podía esperar era una noche de sexo mediocre y la promesa de un vestido nuevo. A pesar de eso, Gabriela se quedaba con él. Tenía peores recuerdos de otras relaciones, en esta por lo menos no había golpes o esposas ofendidas que la amenazaran.

¿Tenía encanto para las relaciones conflictivas? Probablemente, pero no había encontrado la manera de salir de ello y de pronto ni siquiera lo estaba buscando. El problema no era ya que Roberto le hubiera gritado en público, sino que él era un pobre diablo y aquello que antes no importaba era ahora muy pesado de cargar.

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El escritor

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El escritor

 

Ramsés regresó a casa. Llevaba tres meses viajando y por fin estaba de nuevo en su ciudad, sin tener que hablar inglés, que le fastidiaba pero le era completamente necesario. Podría sentarse a leer y escribir sin prisas, con la comodidad de saber que económicamente no tendría apuros gracias a esos meses de conferencias y seminarios de mil, y hasta tres mil cada uno. Ahora no quería saber de nadie salvo de su mujer y sus libros.

Al entrar dejó la maleta en la puerta y llamó a Ute. No respondió. Seguramente estaría en la azotea, o ni siquiera estaría en casa sino haciendo algunos recados en la ciudad cercana, donde se conseguían los pequeños lujos que en aquel pueblito no podían comprar, como buen vino, quesos finos y algo de hierba para fumar. Arrastró su maleta hasta el dormitorio y sin desempacar, se dirigió a su estudio. Observó su impecable desorden, tal y como lo había dejado pero sin polvo que le provocara alergias. Ute siempre se encargaba de que nada lo perturbara. Ramsés respiró aliviado. Se tiró en el sillón y acercó un libro que estaba en la mesita de al lado.

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Pedigüeño profesional

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Pedigüeño profesional

 

Patricia odiaba los hospitales. El olor a antiséptico le parecía vomitivo y los hombres y mujeres de blanco unos arrogantes insoportables, siempre con ese aire de saberlo todo y nada era tan grave hasta que ellos lo decidieran así. Trataba lo menos posible con esa gente, pero este era uno de los casos obligados: esperaba recibir noticias sobre la precaria salud de su madre. Hacía media hora del último informe y tardarían dos o tres más en volver a reportar los posibles cambios. Para distraerse, escuchaba el caso de una paciente que defecaba de color azul y hasta el momento no habían podido diagnosticar tal fenómeno. Pensó en salir a comprar una revista cuando un hombre joven con rostro atribulado interrumpió los comentarios y pensamientos de los presentes.

–Perdonen la molestia... Me da vergüenza hacer esto, imagino que estarán preocupados por sus familiares, pero me veo obligado a solicitar su ayuda. Mi hermana acaba de morir. Se llamaba Enedina Carranza, por si alguien quiere corroborar mis palabras, y está en la plancha número dos del área de patología –aquí el hombre comenzó a sollozar–. La funeraria más económica me cobra cinco mil pesos, aparte los gastos del entierro y velación. He reunido cuatro mil, ya me falta menos pero no tengo a quién recurrir y por eso les pido su ayuda, lo que puedan aportar, las monedas que les sobren, lo que sea es bueno...

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Ladrón de libros

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Ladrón de libros

 

Uli empezó a robar libros cuando Jonás, el amigo de un amigo, suyo quiso adquirir una edición especial de Lolita. Se jactaba de conocer muy bien la bodega en la que trabajaba y la ubicación de cada título, sin embargo no fue ahí donde consiguió el ejemplar que buscaba. A punto de olvidarse del asunto, Lolita lo encontró a él mientras hurgaba en el estante de los libros maltratados para elegir uno que sirviera de posavasos.

El dinero que le ofrecía Jonás valía la pena como para remozar el ejemplar. Se aseguró de que no le faltaran páginas, y luego quitó la mugre de la portada con una estopa mojada en bencina, ese líquido helado que le resecaba las manos, pero al pasar por las tapas del libro renovaba sus colores, respetando las tintas y los barnices. Al final buscó una lija de agua y talló los cantos. El color amarillento cedió. Sólo el de los cantos, porque las páginas de un libro, como la piel, no pueden ocultar el paso de los años.

Uli salió de la bodega para ir a ver al interesado en el libro, y cuando se lo entregó, aquel pagó sin rechistar. Se trataba de una edición muy particular, ya no se veía en librerías, ni siquiera en las de viejo. No imaginé volver a ver esta edición, dijo sonriente el nuevo propietario del libro. Uli se guardó la historia del hallazgo.

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Boleteras

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Boleteras

 

Doña Teófila se levantaba de la cama todos los días a las cinco y media de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando ella hacia el desayuno para sus hijos, que debían entrar a clases a las siete. Se aseguraba de que fueran limpios, era una obsesión revisarles los cuellos de las camisas y los puños de los suéteres, y luego de acompañarlos a la mitad del camino a la escuela, se dirigía a las puertas del metro Observatorio para reunirse con sus compañeras de trabajo, otras dos mujeres que como ella completaban el gasto con la reventa de boletos del metro.

Igual que en muchas otras estaciones, se contaban por decenas los puestos callejeros: cocineras sin cocina, reposteros sin pastelería y en ocasiones, boleteras sin taquilla. Doña Teo y compañía llegaban al metro cuando los vendedores de jugos, gelatinas y tamales ya habían tomado su lugar. Cálidas nubes asoman de las ollas y dejaban salir aromas capaces de invitar al apetito, sobre todo el de aquellos que salen con prisa de sus casas sin haber probado bocado.

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