14 relatos
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Boleteras

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Boleteras

 

Doña Teófila se levantaba de la cama todos los días a las cinco y media de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando ella hacia el desayuno para sus hijos, que debían entrar a clases a las siete. Se aseguraba de que fueran limpios, era una obsesión revisarles los cuellos de las camisas y los puños de los suéteres, y luego de acompañarlos a la mitad del camino a la escuela, se dirigía a las puertas del metro Observatorio para reunirse con sus compañeras de trabajo, otras dos mujeres que como ella completaban el gasto con la reventa de boletos del metro.

Igual que en muchas otras estaciones, se contaban por decenas los puestos callejeros: cocineras sin cocina, reposteros sin pastelería y en ocasiones, boleteras sin taquilla. Doña Teo y compañía llegaban al metro cuando los vendedores de jugos, gelatinas y tamales ya habían tomado su lugar. Cálidas nubes asoman de las ollas y dejaban salir aromas capaces de invitar al apetito, sobre todo el de aquellos que salen con prisa de sus casas sin haber probado bocado.

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Drug dealer

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Drug dealer

 

No me hizo ninguna gracia andar por la Alameda central a primera hora, pero ese fue el trato, y dicen que es mejor estar temprano ahí que al mediodía, cuando ya no es posible ni escuchar tus pensamientos ante los vociferantes anuncios comerciales de encendedores de tres por cinco o playeras de la selección mexicana de dos por cincuenta pesos. A esas horas, todo un sacrificio para mí, pude ver el movimiento de los dueños de las calles del centro sin sentirme agobiada.

Nunca un dealer me había citado tan temprano. Pero al Pitirijas no le puedo decir que no, tiene un material fumable y esnifable que merece la pena levantarse a la hora que el señor mande. Dijo que nos veíamos en los pilares del Palacio de Bellas Artes a las ocho. Llegué puntual a mi cita pero él no se veía por ningún lado. Siempre me preocupa la impuntualidad de los proveedores porque me hace imaginar que algo malo les pasó y mis placebos no llegarán.

Y en la espera me quedé a observar los alrededores. La invasión de las banquetas inició alrededor de las diez y media de la mañana, desde el principio de la Avenida Juárez hasta los alrededores de la Plaza de la Constitución. Antes de esto, es posible caminar sin prisas frente al pálido encanto de este palacio, a pesar de la tierra levantada, el ruido de la maquinaria pesada y los hombres trabajando.

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Ladrón de libros

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Ladrón de libros

 

Uli empezó a robar libros cuando Jonás, el amigo de un amigo, suyo quiso adquirir una edición especial de Lolita. Se jactaba de conocer muy bien la bodega en la que trabajaba y la ubicación de cada título, sin embargo no fue ahí donde consiguió el ejemplar que buscaba. A punto de olvidarse del asunto, Lolita lo encontró a él mientras hurgaba en el estante de los libros maltratados para elegir uno que sirviera de posavasos.

El dinero que le ofrecía Jonás valía la pena como para remozar el ejemplar. Se aseguró de que no le faltaran páginas, y luego quitó la mugre de la portada con una estopa mojada en bencina, ese líquido helado que le resecaba las manos, pero al pasar por las tapas del libro renovaba sus colores, respetando las tintas y los barnices. Al final buscó una lija de agua y talló los cantos. El color amarillento cedió. Sólo el de los cantos, porque las páginas de un libro, como la piel, no pueden ocultar el paso de los años.

Uli salió de la bodega para ir a ver al interesado en el libro, y cuando se lo entregó, aquel pagó sin rechistar. Se trataba de una edición muy particular, ya no se veía en librerías, ni siquiera en las de viejo. No imaginé volver a ver esta edición, dijo sonriente el nuevo propietario del libro. Uli se guardó la historia del hallazgo.

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Rezandera

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Rezandera

 

Era un día de muertos. Ana nunca había ido a la calle Shultz, y estaba perdida entre Sullivan y Antonio Caso, dando vueltas equivocadas junto a momias, diablos y brujas pidiendo dulces o amenazando con travesura. El ruido y la alharaca se fueron apagando conforme avanzaba en su coche y entraba finalmente a la cuadra de los velatorios. «Pasando el monumento a la madre», le dijo un transeúnte.

Schulz era una calle particularmente sombría, no sólo porque la muerte de su abuela fuera la razón de su visita a esa zona funeraria, sino por el escaso alumbrado y la mínima circulación de gente. Mientras Ana estacionaba, escuchó hablar al encargado de las quejas que ponían en la iluminación sus esperanzas de que terminaran los asaltos y los pleitos por las prostitutas avecindadas en las calles aledañas.

Aquellos bien podían ser los motivos por los cuales, sólo había movimiento en el tramo que ocupan los servicios para los deudos de los muertos: un velatorio de dos pisos, junto a un puesto de comida callejera, que por lo menos hasta las cuatro de la mañana seguía atendiendo a la gente; una minúscula cafetería que servía café soluble y papas fritas; una miscelánea y un local que vende flores y urnas para cenizas de difuntos durante toda la noche. El resto de la calle era de un color triste. Como si únicamente hubiera vida en el tramo que atendía los asuntos de los muertos.

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Cenicienta humillada

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Cenicienta humillada

 

Aquello era casi un ritual desde hacía tres años: él bebía, la insultaba, y los que estuvieran presentes en ese momento hacían como que no pasaba nada. Esta vez el pleito había sido en una de esas fiestas en las que ambos acostumbraban retirarse hacia la madrugada, pero Gabriela no soportó más allá de las doce para salir furiosa diciéndose que sería la última.

Se sintió estafada, porque hasta el momento era sólo la acompañante de aquel malacopa y no había ningún beneficio en ello. El trabajo que había prometido conseguirle cuando empezaron a salir nunca llegó, y los contactos que aseguró tener para ayudarla a relacionarse eran fantasmas. Todo lo que podía esperar era una noche de sexo mediocre y la promesa de un vestido nuevo. A pesar de eso, Gabriela se quedaba con él. Tenía peores recuerdos de otras relaciones, en esta por lo menos no había golpes o esposas ofendidas que la amenazaran.

¿Tenía encanto para las relaciones conflictivas? Probablemente, pero no había encontrado la manera de salir de ello y de pronto ni siquiera lo estaba buscando. El problema no era ya que Roberto le hubiera gritado en público, sino que él era un pobre diablo y aquello que antes no importaba era ahora muy pesado de cargar.

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