14 relatos
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Jefa de prensa

Paola Tinoco Editorial Páginas de Espuma ePub

Jefa de prensa

 

Llegué a casa arrastrando los pies por el cansancio. No podía quitarme de la cabeza el rostro de la agregada cultural de Embajada colombiana cuando puse en sus manos el libro de su compatriota. Parecía que le hubiera entregado, con mi mejor sonrisa, la bomba que reventaría su pedazo de país instalado en el quinto piso de aquel edificio. Parecía no saber si tirarlo por la ventana o devolvérmelo.

Todo lo que había ido a buscar era ayuda para conseguir que un escritor colombiano viniera a México y la única forma de obtenerlo era demostrar que la Embajada de su país estaba de acuerdo con que se presentara aquel libro de denuncia. No me importaba si pagaban el salón, los anuncios publicitarios o simplemente algunas botellas de vino, necesitaba que me dejaran poner su sello de participación para conseguir la visa de un autor, cuyo pequeño inconveniente era ser hijo de un reconocido narcotraficante. Casi nada.

Llevé dos libros a la cita, uno para la agregada cultural y otro para el señor embajador, pero ella aseguró que con un ejemplar era suficiente, de hecho dijo que me lo devolvería después de hablar con sus superiores. No insistí en obsequiarle el otro. De lejos se veía lo poco que le interesaba. Entre saludos, comentarios superfluos y llegar al meollo del asunto pensé que pasaría ahí veinticinco minutos y al final fueron seis o siete. Me sentí frustrada.

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Rezandera

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Rezandera

 

Era un día de muertos. Ana nunca había ido a la calle Shultz, y estaba perdida entre Sullivan y Antonio Caso, dando vueltas equivocadas junto a momias, diablos y brujas pidiendo dulces o amenazando con travesura. El ruido y la alharaca se fueron apagando conforme avanzaba en su coche y entraba finalmente a la cuadra de los velatorios. «Pasando el monumento a la madre», le dijo un transeúnte.

Schulz era una calle particularmente sombría, no sólo porque la muerte de su abuela fuera la razón de su visita a esa zona funeraria, sino por el escaso alumbrado y la mínima circulación de gente. Mientras Ana estacionaba, escuchó hablar al encargado de las quejas que ponían en la iluminación sus esperanzas de que terminaran los asaltos y los pleitos por las prostitutas avecindadas en las calles aledañas.

Aquellos bien podían ser los motivos por los cuales, sólo había movimiento en el tramo que ocupan los servicios para los deudos de los muertos: un velatorio de dos pisos, junto a un puesto de comida callejera, que por lo menos hasta las cuatro de la mañana seguía atendiendo a la gente; una minúscula cafetería que servía café soluble y papas fritas; una miscelánea y un local que vende flores y urnas para cenizas de difuntos durante toda la noche. El resto de la calle era de un color triste. Como si únicamente hubiera vida en el tramo que atendía los asuntos de los muertos.

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Cenicienta humillada

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Cenicienta humillada

 

Aquello era casi un ritual desde hacía tres años: él bebía, la insultaba, y los que estuvieran presentes en ese momento hacían como que no pasaba nada. Esta vez el pleito había sido en una de esas fiestas en las que ambos acostumbraban retirarse hacia la madrugada, pero Gabriela no soportó más allá de las doce para salir furiosa diciéndose que sería la última.

Se sintió estafada, porque hasta el momento era sólo la acompañante de aquel malacopa y no había ningún beneficio en ello. El trabajo que había prometido conseguirle cuando empezaron a salir nunca llegó, y los contactos que aseguró tener para ayudarla a relacionarse eran fantasmas. Todo lo que podía esperar era una noche de sexo mediocre y la promesa de un vestido nuevo. A pesar de eso, Gabriela se quedaba con él. Tenía peores recuerdos de otras relaciones, en esta por lo menos no había golpes o esposas ofendidas que la amenazaran.

¿Tenía encanto para las relaciones conflictivas? Probablemente, pero no había encontrado la manera de salir de ello y de pronto ni siquiera lo estaba buscando. El problema no era ya que Roberto le hubiera gritado en público, sino que él era un pobre diablo y aquello que antes no importaba era ahora muy pesado de cargar.

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Buzo de cementerio

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Buzo de cementerio

 

Mario se levantó, como cada mañana, para ir a trabajar. Después de desayunar los restos de la cena del día anterior, sacó la escafandra y la cargó en su camioneta para dirigirse al cementerio Nicolás Tolentino, donde tenía el encargo de buscar en la fosa común un cuerpo sepultado por error.

Su trabajo era ese, la diferencia de este caso era que no se trataba de una solicitud del director del cementerio, su jefe, sino un cliente particular que había conseguido la doctora Cerda. Pagarían mil por hora. No serían menos de diez, un dinero nada despreciable que en este momento le caía bien. La administración del cementerio le pagaba tres mil al mes por bucear entre muertos tres o cuatro veces a la semana y lo único que tenía aparte de eso era el reglamentario tequila del destape.

Al llegar, saludó al velador en la entrada y este lo dejó entrar con su camioneta. Llegó al terreno indicado con cuidado de no acercarse demasiado por el peso de su vehículo. Era una zona en que la tierra estaba siempre floja. Ahí lo esperaba ya la doctora Cerda, que al verlo, ni bien saludarlo entregó una botella de Pepto bismol, que Mario empezó a beber a tragos mientras saludaba al resto de los presentes, a Paz, encargado del papeleo de las inhumaciones, y los interesados en el cuerpo perdido.

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Pedigüeño profesional

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Pedigüeño profesional

 

Patricia odiaba los hospitales. El olor a antiséptico le parecía vomitivo y los hombres y mujeres de blanco unos arrogantes insoportables, siempre con ese aire de saberlo todo y nada era tan grave hasta que ellos lo decidieran así. Trataba lo menos posible con esa gente, pero este era uno de los casos obligados: esperaba recibir noticias sobre la precaria salud de su madre. Hacía media hora del último informe y tardarían dos o tres más en volver a reportar los posibles cambios. Para distraerse, escuchaba el caso de una paciente que defecaba de color azul y hasta el momento no habían podido diagnosticar tal fenómeno. Pensó en salir a comprar una revista cuando un hombre joven con rostro atribulado interrumpió los comentarios y pensamientos de los presentes.

–Perdonen la molestia... Me da vergüenza hacer esto, imagino que estarán preocupados por sus familiares, pero me veo obligado a solicitar su ayuda. Mi hermana acaba de morir. Se llamaba Enedina Carranza, por si alguien quiere corroborar mis palabras, y está en la plancha número dos del área de patología –aquí el hombre comenzó a sollozar–. La funeraria más económica me cobra cinco mil pesos, aparte los gastos del entierro y velación. He reunido cuatro mil, ya me falta menos pero no tengo a quién recurrir y por eso les pido su ayuda, lo que puedan aportar, las monedas que les sobren, lo que sea es bueno...

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