29 relatos
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Temblor-del-cielo

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Temblor-del-cielo

 

La niña comenzó a hablar poco después de que su padre se fuera de la casa para unirse a la rebelión de Orlewen. Se llamaba Rosa y era pequeña y de ojos enormes, la cabeza tan grande que alguna vez su madre había sugerido, preocupada, que quizás fuera hidrocefálica. El padre, esa noche, le dijo que no exagerara, los niños eran así, algunas partes se desarrollaban antes que otras, todo era desajuste y desencuentro. La madre volvió a la carga, insistiendo en que no era normal que ella hubiera cumplido cuatro años sin llorar nunca y mucho menos pronunciar una palabra que se pudiera entender. Esos silencios le roían el alma. Ella misma había sido una llorona, en uno de sus primeros recuerdos estaba en la parte trasera del rikshö de su abuelo, él dando vueltas a la plaza del distrito para ver si ella se calmaba después de dos horas de llanto ininterrumpido. Además la enloquecía esa costumbre de Rosa de irse a una esquina de la sala principal y quedarse ahí sentadita, jugando con una muñeca de trapo o viendo las paredes, extrañada, como si estas respiraran. Ni los juegos de su hermana mayor la distraían de su ensimismamiento. El padre, pequeño granjero, le dijo que a él también le pasaba algo así, cualquier insecto u objeto que veía con detenimiento en la propiedad se ponía a latir, sobre todo las calabazas que cultivaba con tanta dedicación, era un efecto de las cosas o de la mirada o quizás del encuentro de las cosas con la mirada. En cuanto al silencio, solo era cuestión de tiempo, se saltaría la etapa de los balbuceos y cuando hablara lo haría con frases complejas. La madre no se desprendió del rosario mientras hablaban. No lo convencería de llevar a Rosa al médico. Era parte de su fe y ella lo había aceptado así. Con el tiempo, hasta se había convencido de que era lo correcto. La naturaleza del mundo: buscar soluciones sin artificio. Desatino todo lo demás.

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El acantilado

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El acantilado

 

A las cinco de la mañana el padre despertó al hijo y le dijo que se vistiera, había llegado la hora. Con los ojos soñolientos y la voz entrecortada, el niño vio ese rostro barbado, esa mirada azul y penetrante, y le dijo que no quería ir. Su madre le había dicho que no tenía que hacerle caso en todo a él, que incluso no estaba obligado a quedarse con su padre los fines de semana.

El padre le agarró el brazo con firmeza y dijo:

–¿Qué es eso de no querer quedarte conmigo? Ella no sólo se va con ese imbécil, ahora te mete ideas para que no te vea más. Vístete.

El niño se levantó y, mientras se sacaba el pijama y se ponía los jeans y los tenis, se preguntó qué había sido primero. Si su madre había dejado a su padre cuando él comenzó a hablar de platillos voladores, o si el padre había comenzado a hablar de platillos voladores una vez que la madre lo dejó. Cuando ella se fue de la casa, él dijo que la ciudad era muy chica para los dos y dejó su trabajo y vendió la casa y compró una cabaña a tres horas de la ciudad, a quinientos metros del acantilado. Había vistas espectaculares del mar, pero la región era desolada y el niño odiaba los fines de semana en que era el turno de estar con su padre; no había televisión en esa cabaña, ni computadora ni videojuegos. Sólo podía leer y jugar juegos de mesa, cosas que no le llamaban la atención.

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Díler

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Díler

 

Papá viene a buscarme a las seis de la tarde, como todos los días. La bocina de su Cavalier rojo es estrepitosa, y continúa sonando incluso cuando me ve abrir la puerta de la casa y cruzar con pasos apurados el jardín de rosas secas. Es un mensaje para mamá, pienso, una manera de decirle que no podrá librarse fácilmente de él, del ruido de su presencia. Yo tampoco puedo hacerlo, y si bien hubo un tiempo en que contaba los minutos que faltaban para que llegara, en los primeros días de la separación definitiva, eso no duró ni un mes.

–Hola, campeón –la palmada en la espalda, el aire de complicidad, como si fuéramos miembros de la misma pandilla–. ¿Cómo te trató la vida entre ayer y hoy? No me digas. Seguro tu mamá te hizo hacer las tareas y te mandó al colegio y otras ridiculeces.

–Algo por el estilo. Pero tampoco me molesta.

–Eso es lo que me preocupa. Tendrás que venirte a vivir conmigo las vacaciones de fin de año. Con apenas un par de horas al día, estoy en desventaja.

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El ángel de Nova Isa

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El ángel de Nova Isa

 

En la casa vivimos ocho nueve diez. A veces doce quince veinticuatro. En verdad nunca sabemos cuántos somos. Es la naturaleza deste jom. Tres pisos de cuartos pequeños y salas despojadas con kreols durmiendo nel suelo de tablones crujientes, un par de pieloscuras y alguno que otro irisino, incluso un artificial desmemoriado. Un universo con muchos universos. Casi ninguno ha cumplido los quince aunque no falta el shan desertor de más de veinte, la pieloscura que vivía en la calle y una mañana vino a refugiarse con nos y no se fue más. Uno nunca sabe lo que contiene la casa, el caserón, eso es lo único que se sabe.

A veces hemos querido reconstruir su historia. La voz de Lesko se impone: fue el primero en llegar a instalarse nel segundo piso. Lo hizo porque odiaba el servilismo de sus padres. Eran kreols que rechazaban su lado irisino, como la mayoría, y soñaban con ser aceptados por los pieloscura y por eso se portaban tan lamebotas, rezando por un buen trabajo, mendigando pa ser admitidos en la administración de SaintRei. Lesko no quería ese destino y se fue, dice él con la voz ronca, y luego nos mira y continúa.

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El próximo movimiento

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El próximo movimiento

 

Jerom subió al techo de una casona abandonada en una esquina de la plaza y se recostó sobre las tejas con el riflarpón entre las manos. El sol se despedía en el horizonte, asomaba la luz de la luna gigante entre las montañas. Pensó en la gente que lloraba y le vino el tembleque y el tembleque se fue cuando apretó el gatillo, una-dos-tres, zumzumzum. Apuntó a todo aquello que se movía entre los árboles de la plaza y en las calles aledañas. Escuchó gritos y se preguntó cuál podría ser su próximo movimiento. Vendrían a bajarlo del techo pero él había decidido antes de subir que no lo agarrarían vivo.

La plaza se quedó quieta y Jerom ladeó la cabeza en busca de un mejor ángulo de disparo. Le escoció el muslo izquierdo y de un manotazo aplastó una zhizu. Eran de enquistarse en los tejados, de crear comunidades a través de sus redes. Teje que teje, paqué. Tantas patas, paqué. Una vez, recienvenido, debió salir a fumigar las calles y edificios de la ciudad, invadidos por ellas. No se iban, por lo visto. Nadie se iba voluntariamente, era la ley.

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