29 relatos
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Casa tomada

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Casa tomada

 

 

 

A Julio Cortázar y Ryan Adams

 

 

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Nos habituamos tanto que entramos a los cuarenta años y seguíamos viviendo en ella y nadie se daba cuenta. Venían algunos hombres a sacar los muebles de la casa, pasaban a nuestro lado y no nos decían nada. Irene se ponía muy triste, se acurrucaba en mis faldas y me pedía que les dijera que la casa no estaba en venta. Yo acariciaba su pelo y le pedía que se calmara.

La casa se fue vaciando de muebles. Los primeros días nos pareció penoso. Tratábamos de recordar cuándo había pasado la casa a posesión de nuestra familia. Yo bailaba solo por el piso de madera y ella hacía como que firmaba los papeles de la compra. A partir de ahora sería sólo nuestra.

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El rey Mapache

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El rey Mapache

 

Alayz llevaba treinta siete mapaches en su rikshö para la feria cuando fue detenido por el oficial Hilst, que esa mañana patrullaba por el distrito irisino junto a tres shanz. Los shanz revisaron la parte posterior del rikshö. Uno dijo que los mapaches estaban muy apretados y no tenían espacio para respirar.

Lleva una carga de animales vivos, dijo Hilst. Quiero ver su permiso.

No sabía que se necesitaba uno. Son mapaches de mi granja.

Me quedaré con ellos. Arregle con las autoridades correspondientes el lunes. Sus animales estarán a buen recaudo.

Son dos días, dijo Alayz, necesito venderlos en la feria. Deso depende mi semana. Hay que darles alimento especial, no saben cómo tratarlos.

Los mapaches de Alayz eran delgados, pequeños y de orejas puntiagudas, modificados genéticamente para competir con goyots y crazykats como mascotas de los pieloscura. Eran animales domésticos con una inteligencia alienígena para resolver problemas como abrir candados y desatar nudos ciegos. Prestaban atención a sus dueños y tenían mayor capacidad de supervivencia gracias a que producían un antioxidante que limpiaba moléculas radiactivas de sus tejidos. Alayz los había conseguido en una feria en Kondra; nadie tenía la variedad de sus mapaches en Nova Isa y eso lo había convertido en un comerciante próspero.

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El ángel de Nova Isa

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El ángel de Nova Isa

 

En la casa vivimos ocho nueve diez. A veces doce quince veinticuatro. En verdad nunca sabemos cuántos somos. Es la naturaleza deste jom. Tres pisos de cuartos pequeños y salas despojadas con kreols durmiendo nel suelo de tablones crujientes, un par de pieloscuras y alguno que otro irisino, incluso un artificial desmemoriado. Un universo con muchos universos. Casi ninguno ha cumplido los quince aunque no falta el shan desertor de más de veinte, la pieloscura que vivía en la calle y una mañana vino a refugiarse con nos y no se fue más. Uno nunca sabe lo que contiene la casa, el caserón, eso es lo único que se sabe.

A veces hemos querido reconstruir su historia. La voz de Lesko se impone: fue el primero en llegar a instalarse nel segundo piso. Lo hizo porque odiaba el servilismo de sus padres. Eran kreols que rechazaban su lado irisino, como la mayoría, y soñaban con ser aceptados por los pieloscura y por eso se portaban tan lamebotas, rezando por un buen trabajo, mendigando pa ser admitidos en la administración de SaintRei. Lesko no quería ese destino y se fue, dice él con la voz ronca, y luego nos mira y continúa.

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El frío

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El frío

 

Eres un niño, y esa tardenoche tienes un avión de juguete entre tus manos, hecho de madera de balsa y alambres, un avión como esos Huracanes, así se llamaban, que algún día causaron la lluvia amarilla, un avión con el que te prohibieron jugar porque convocaba a los malos recuerdos, y tu mano planea sobre el hombre tirado en medio de ese salón enorme, lleno de cortinajes que esconden el sol. El hombre tiene heridas en el pecho, la cabeza sangrante y la nariz rota. Te hincas a su lado y le explicas cómo construiste el avión a partir de un holo que viste en el viejo Qï de tus madres y cómo te prometiste que algún día serías ingeniero y construirías mejores aviones que ese, lo cual era un anatema, todo lo que tenía que ver con aviones se veía mal en tu pueblo y te castigaron, pero el hombre no te escucha. Está apenas consciente y solo tiene fuerzas para pensar en Malhado.

Alguna vez, en un enfrentamiento, el hombre recibió un disparo en un hombro. El impacto lo tiró contra un joli. Escuchaba voces que le decían que no se moviera y eso fue lo que hizo esa vez y lo que hace ahora, no moverse, esperar a que vengan a auxiliarlo. Porque vendrán, a pesar del silencio. A pesar de ese niño que da vueltas por ahí.

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El ladrón de Navidad

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El ladrón de Navidad

 

Apenas tienes nueve años y ya has robado una plumafuente con rebordes de oro –una reliquia de tu abuelo–, tres chompas de tus compañeros de clase, el maletín de cuero del profesor de lenguaje y el planisferio en una de las paredes del curso, las llantas de la bici de un primo (que vendiste en el Thantaqhatu) e incontables limpiaparabrisas de los autos de los vecinos, una billetera sin plata de papá, el billete de dos dólares que le traía suerte a tu mejor amigo, chicles y dulces de la tienda del Coronel en la esquina, un par de escalares en una fiesta de cumpleaños (los metiste a una bolsa y corriste a casa: sólo uno sobrevivió), y monedas de la cartera de mamá. Ahora estás en Miami y te has prometido no tocar nada: lo has visto en la televisión, los policías gringos son eficientes y no dejarán que te salgas con la tuya. Pero es temporada de Navidad, las vitrinas de las tiendas de juguetes te atrapan con sus luces rutilantes, hay por doquier cajas envueltas en papel regalo, y te es difícil no hacer caso a esa voz dentro de ti, esa voz susurrante pero a la vez más fuerte que la tuya.

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