29 relatos
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El próximo movimiento

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

El próximo movimiento

 

Jerom subió al techo de una casona abandonada en una esquina de la plaza y se recostó sobre las tejas con el riflarpón entre las manos. El sol se despedía en el horizonte, asomaba la luz de la luna gigante entre las montañas. Pensó en la gente que lloraba y le vino el tembleque y el tembleque se fue cuando apretó el gatillo, una-dos-tres, zumzumzum. Apuntó a todo aquello que se movía entre los árboles de la plaza y en las calles aledañas. Escuchó gritos y se preguntó cuál podría ser su próximo movimiento. Vendrían a bajarlo del techo pero él había decidido antes de subir que no lo agarrarían vivo.

La plaza se quedó quieta y Jerom ladeó la cabeza en busca de un mejor ángulo de disparo. Le escoció el muslo izquierdo y de un manotazo aplastó una zhizu. Eran de enquistarse en los tejados, de crear comunidades a través de sus redes. Teje que teje, paqué. Tantas patas, paqué. Una vez, recienvenido, debió salir a fumigar las calles y edificios de la ciudad, invadidos por ellas. No se iban, por lo visto. Nadie se iba voluntariamente, era la ley.

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Volvo

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Volvo

 

 

 

A Jorge Benavides

 

 

 

A principios de los ochenta fui con mi curso en un viaje de promoción a Sucre y Tarija. Teníamos el propósito manifiesto de conocer más del país, chiquillos que vivíamos en el vacío creado por la campana de vidrio de la clase media cochabambina; todavía no se había puesto de moda eso de viajar a Bávaro o a otras playas caribeñas, pero seguro lo habríamos hecho si la espiral hiperinflacionaria de ese tiempo nos lo hubiera permitido. Conocer el país era apenas una excusa para encontrar un paisaje diferente a la hora del alcohol.

Durante las vacaciones de invierno nos quedamos tres días en Sucre y una semana en Tarija. En Sucre descubrimos que la Casa de la Libertad era mucho más pequeña de lo que creíamos, pero lo más notable fue coincidir con la promoción del Uboldi de Santa Cruz. Con Chichi y Juan Claudio nos acercamos a tres chicas sentadas en un banco de la plaza tomando helado. Para nuestra felicidad, descubrimos que estarían al mismo tiempo que nosotros en Tarija. Lilibeth tenía pichicas y una sonrisa que hacía florecer hoyuelos en sus mejillas. Me regaló una foto carnet dedicada que llevé en mi billetera incluso años después de que le perdiera el rastro.

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Anja

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Anja

 

Echada nel jardín veo pasar las nubes, un bisturí escondido en mi gewad. Ahistá una con cara de pirata, den un cohete y un lánsè enorme, el más bello q’he visto nel cielo. Wuf wuf wuf. Las nubes son duras y blandas y pueden ser cremosas tu, y a veces blancas y otras de negro corazón o quizás plomo, y cuando llega el shábào hasta violetas. Papá me mandó ki, al lado del pozo, mientras se alista pa ir al hospital de las aves. El uniforme debe ser blanco y sin arrugas y wuay de que una mancha. No le gusta dejarme sola porque no confía en mí así que iré con él hoy, me lo ha prometido, a veces quiere y otras no, es según cómo me porte, zas. Si mancho su uniforme o hago una desas cosas raras que me gusta hacer me encierra nel cuarto y se lleva la llave hasta que llega la noche y él no regresa y estoy lista pa escaparme por la ventana si no fuera q’está lejos de la calle y caerme caerme wuay tampoco quisiera. Grito pa que algún vecino me ayude mas nadie viene, te conocen, dice papá, saben cómo eres, cómo soy papá, dime, dime. Igual le cuentan de mis gritos y eso significa más días encerrada sin ir al hospital de las aves. Castigos que caen como flemas de la boca dun dios sin nada que hacer. Castigos de los que podría liberarme con este bisturí. El metal frío muy frío en mi piel. Está oxidado, lo encontré nun basurero nel hospital de las aves. Cuando sea grande quiero trabajar allí, nau puedo ayudar si me dejan. Soy la mejor pa ese trabajo, nadie como yo con los animales, por más que digan que no tengo edad todavía. Una vez entré al cuarto piso y vi las jaulas de los pajaritos malheridos después de las operaciones, sangre nel suelo y olor a desinfectante. El cuidador estaba distraído y ni me miró y yo qué haber dung en las jaulas. No me aguanté y las abrí y dije a los pajaritos fuera fuera y solo uno me hizo caso, los otros no podían, se me quedaron viendo, cojeaban los pobres, alas muertosas y picos desganados. El cuidador le contó a papá y zas más castigos pa mí. Cansa todo esto. Él debía saber y dejarme en paz. Mas nunca pudo. Era más niña cuando más niña y volvía loca a papá porque recogía perros callejeros. Dart mi favorito. Dormía conmigo y me pegó putapariós que duraron tres semanas en mi bodi. Saltaban dun lado a otro y dejaban marcas rojizas, caminos en mi piel, quería hacerme de su tamaño y verlos saltando. Una noche Dart se frotó contra mí y yo vi eso que tenía entre sus piernas, parecía un tirabuzón, y p’hacerlo entrar en calor se lo restregué con el pie y estaba tan feliz que aulló y aulló y despertó a papá y zas fue su fin. Papá lo echó de la casa, adiós ojos legañosos y sarna en las patas, estuve triste uno dos tres cuatro días, imitaba su aullido y venían más castigos. Nel pasaje do vivíamos había muchos perros. Unos perfectos demonios. A todos les gustaba mi mano. Cómo aullaban, papá se daba cuenta y zas más castigos. Iba a hablar con los vecinos y les pedía que encerraran a sus perros. A Kuluth y Daima y a todos los demás. Los vecinos decían no, mejor encierras a tu hija, si no te denunciamos. Papá escuchaba esa palabra y preparaba la huida. Un pueblo más del que nos íbamos, un pueblo menos. Una vida peregrina y todo por mi culpa. Después, cuando conocimos a los laikus, papá me entendió. Porq’estábamos nel mercado, recienvenidos, cuando la mujer que nos atendía volcó la mirada hacia la calle, señaló con un dedo y se carcajeó. Nos dimos la vuelta y descubrimos una procesión de gente encabezada por cuatro monjes desnudos, uyuyuy. Las mujeres llevaban un gewad blanco y barrían el piso con una escoba. Nos quedamos mirándolos hasta que la mujer dijo son laikus. Hay q’estar lejos dellos, no creen en Xlött. Viven nel hospital de las aves, es un templo tu. Habíamos visto el hospital, a la entrada del distrito, mas no sabíamos nada desa gente. Papá ya no creía tanto en Xlött, no desde que una granada explotó en las manos de mamá, y fue al hospital un día conmigo y vimos a los monjes desnudos nel jardín. Parado sobre una silla, uno flacucho predicaba rodeado de gente. Hablaba dun Gran Laiku, el primero que había logrado una liberación completa. Un rey irisino que había matado a su hermano pa conseguir el trono. Al darse cuenta de lo que hizo abandonó sus posesiones y se fue a vivir desnudo a la selva. Meditaba al lado dun árbol con tanta concentración, durante un año entero, que las ramas lo envolvieron y desencarnaron. El monje interrumpía su relato con aullidos lastimeros. Wuf wuf wuf. Wuf wuf wuf. Imaginé perros encerrados en los patios de los joms, olfateando la presencia de la muerte, buscándome. Esos aullidos estremecían, wuf wuf. El monje puso una jarra de agua y un vaso sobre la silla. Colocó un colador sobre el vaso y llenó el vaso de agua. Dijo q’esa era la manera adecuada de tomar agua pa no comer por accidente otras criaturas vivas. Explicó que por eso había mujeres laikus que barrían el piso. Incluso los insectos más microscópicos debían ser respetados y no se los podía pisar. No se debía comer ninguna planta que creciera bajo la tierra porque pa comerla se mataba a la planta. Nada de cebollas ni zanahorias, papa o ajo. Arroz sí, porque la planta sobrevivía a la cosecha del grano. Dijo que se debía ser vegetariano y que los dioses laikus no pedían sacrificios de animales. Un escándalo, la cantidad de goyots que se mataba diariamente en los templos en honor a Xlött. Nel banquete del último día, dijo, tendremos pico de águila, hocico de simio y cabeza de buey. Ascenderemos a los cielos transfigurados. Seremos uno con nosa naturaleza animal. Ese día papá decidió hacerse laiku, y yo con él. El monje dijo que debíamos escoger un animal pa emparejarnos con él, pa ser ese animal. Papá dijo gato y se puso a practicar en la casa frente a un espejo, miau miau miau, hasta que le salió bien. Ronroneaba y se metía a dormir bajo su catre. Era ágil pa subirse a los árboles, a veces no bajaba hasta el día siguiente. Yo dije perro y wuf wuf wuf por las noches. Estaba preparada, nadie mejor que yo pa participar del banquete de los justos. Yo, que dejo que las hormigas neste jardín se me suban y me llenen de ronchas mientras veo las nubes. Yo, que cierro los ojos y me hago la muerta cuando los lánsès curiosos sobrevuelan la casa y aterrizan en los árboles y vienen a picotear cerca de mí en busca de gusanos en la maleza. Yo, que sé ladrar como nadie, wuf wuf wuf, y voy a comprar leche a la tienda y me preguntan qué y me pongo wuf wuf wuf y estoy segura de que me entienden mas dicen que no, y no me dejo y sigo ladrando, ellos o yo, ellos o yo, hay que tener paciencia con los humanitos, incluso con los malosos esos de los shanz, mas si quieren estar conmigo nel banquete tendrán que wuf wuf como yo, mejor no, eso nunca. Veo al perro del dueño de la tienda, uno bien grande, y extraño a Dart. Cómo se recostaba junto a mí en las noches, caliente caliente su bodi, dormíamos bien los dos juntos. Dormir, dormir, no nau. Pasan los pájaros arcoíris en formación de flecha, se pierden entre las nubes. El bisturí escondido en mi gewad un hielo de tan frío, mas no se derrite. De más niña encontré en la calle un pájaro arcoíris que cojeaba y lo cuidé hasta que se murió porque dormía conmigo y una noche no me di cuenta y lo aplasté. Lloré varios días porque sentía que yo era ese pajarito arcoíris. Lo enterré nel jardín y esperé durante varios días a que la lluvia alimentara la tierra y naciera un árbol del pájaro que había plantado. Un árbol arcoíris con las hojas de siete colores, el tallo y las ramas de siete colores. El árbol más bello de todos. Ponía mi oído al suelo, entre la maleza, y escuchaba cómo el pajarito se convertía en raíz y se disponía a estallar a la vida. Mas nunca volvió. No germinó. Mis brodis nel distrito vieron que no se me pasaba el dolor y dijeron que no podía sufrir tanto por un pájaro. Papa dijo que me calmara tu. No podía. Les dije a mis brodis que serían castigados porque mataban saltamontes y glimworms en los lotes baldíos, despachurraban libélulas y sapos nel arroyo, wuf wuf wuf. Era laiku sin saberlo. Caminaba una zhizu por mi bodi y yo no le hacía ascos. La agarraba de las patitas y la llevaba al jardín y la dejaba ahí, a tejer su tela. Una vez se me metió una mosca en la boca y escupí y la vi atolondrada y tuve una larga conversación con ella, hasta que se recuperó y emprendió vuelo zum zum zum. Después de escuchar al monje ese día me pasé varias noches tocándome la cara, viendo si me aparecía el hocico de simio y la cabeza de buey y el pico de águila. Quizás me tocaría un hocico de perro y una cabeza de perro. No quería más este mundo. Volvimos al hospital de las aves. Pa se ofreció de voluntario, ganaba algo de geld ayudando en las operaciones. Lo convencí de acompañarlo, siempre y cuando me quedara sentadita nun taburete en la esquina, mejor q’encerrarme nel cuarto. Miraba al doctor operar a los lánsès piu piu piu y me ponía a dibujarlos. Llené un libro con más de doscientos cincuenta dibujos, piu piu piu. Quería ver cuántas clases de lánsès había y descubrí que todos eran diferentes. Hasta se les debía cambiar el nombre, porque había lánsès que no se parecían a lánsès. Unos tenían el pico achatado y el dotros era más largo y las plumas tenían formas caprichosas y los ojos duno se movían raudos y los dotros eran tan lentos como los de las dushes al estudiar a su presa antes de atacarla. Mas a todos los llamaban igual, lánsès ki y allá. Papá observaba mis dibujos y me premiaba con un beso antes de volver ronroneando a la sala de operaciones. Yo wuf wuf wuf y venían a echarme del edificio, el doctor no se podía concentrar, había prometido quedarme callada, nada, decía, nada, y furiosa me tiraba nel patio del hospital a esperar a papá, que tardaba, y me ponía a buscar lánsès en las nubes, aístá uno, sobrevuela y se posa junto al pozo, picotea y trina inocente y se me acerca, en silencio toco el bisturí, y cuando papá llegaba al patio le decía que la siguiente los sorprendería a todos y me pondría yo misma a operarlos, la siguiente es nau, eso, nau, lánsè, bisturí, nau, he visto lo suficiente desde el taburete, los he dibujado hasta memorizarlos, sé dóstán sus huesitos y dó los pulmones y los tejidos, un mapa vivo en mi cabeza, me decía que llegaría ese momento en que agarraría un bisturí y gracias a mí un lánsè de ala quebrada podría volver a volar y otro al que un goyot le había dado un mordisco se sanaría, un rápido movimiento y zas, el lánsè está entre mis manos piu, el pecho caliente, el latir violento de su corazón, no temblequees plis, vivirás feliz hasta que te toque entrar transfigurado al banquete de los justos y pa eso falta mucho, mi cara será la tuya y zas tu pico el mío y tendrás hocico de perro y el perro tu hocico y todos tendremos cabeza de perro, todos seremos Dart, wuf wuf wuf yastá, qué sangre más roja, lo habré clavado bien, ya comenzó.

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Casa tomada

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Casa tomada

 

 

 

A Julio Cortázar y Ryan Adams

 

 

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Nos habituamos tanto que entramos a los cuarenta años y seguíamos viviendo en ella y nadie se daba cuenta. Venían algunos hombres a sacar los muebles de la casa, pasaban a nuestro lado y no nos decían nada. Irene se ponía muy triste, se acurrucaba en mis faldas y me pedía que les dijera que la casa no estaba en venta. Yo acariciaba su pelo y le pedía que se calmara.

La casa se fue vaciando de muebles. Los primeros días nos pareció penoso. Tratábamos de recordar cuándo había pasado la casa a posesión de nuestra familia. Yo bailaba solo por el piso de madera y ella hacía como que firmaba los papeles de la compra. A partir de ahora sería sólo nuestra.

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Billie Ruth

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Billie Ruth

 

Conocí a Billie Ruth el último año de mi estadía en Huntsville. Era sábado, había ido a una fiesta del grupo de animadoras de la universidad. Toda la noche intenté que una de ellas me hiciera caso pero era en vano, sólo tenían ojos para los del equipo de hockey. No me había fijado en Billie Ruth pero coincidimos en una habitación al final de la noche: los dos buscábamos nuestras chamarras. La mía era de cuero negro, muy delgada, y vi que ella se la ponía.

–Disculpas. Creo que esa es la mía.

–Lo siento –se la sacó de inmediato–. Es mejor que la mía. ¿De qué sirve venir a las fiestas si uno se va con la misma ropa con la que ha llegado?

No sonrió, así que no supe si hablaba en serio. Pude ver su rostro muy maquillado, sus grandes ojos azules, unas pestañas tan inmensas que imaginé postizas. Su belleza era natural y sobrevivía a todos los añadidos artificiales.

–No encuentro la mía –dijo al rato–. Seguro alguien se la llevó. Me ganaron de mano.

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