29 relatos
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Los otros

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Los otros

 

Fran se encontraba en su habitación cuando escuchó a su mamá llamándolo a gritos a almorzar. Suspiró: hubiese querido quedarse en ese espacio luminoso, continuar recreando, tirado en el piso con sus ejércitos de plomo, la batalla de las Termópilas. Le había tomado meses informarse de los pormenores de la batalla y proveerse de mapas adecuados. No había ido al colegio pretextando un resfrío; y era la libertad estar en sus pijamas azules y perderse en su mundo de juegos de estrategia, soldados que caían, generales que vacilaban, columnas en formación que incendiaban villorrios. Intentó ignorar los gritos, pero no por mucho rato. Cuando lo llamó su papá, debió bajar, cabizbajo, fingiendo tener la nariz congestionada para que no lo enviaran al colegio. Todavía en pijamas el jovencito. Seguro con tus soldados, ya no estás en edad. Algún día los haré desaparecer. Sentado en la mesa, papá hacía el crucigrama. Acababa de llegar de la oficina, no se había sacado la corbata. Me duele todo, papi. La nariz, la garganta. Cómo puedes tener un resfrío con este calor. Búscate una mejor excusa y charlamos. Escritor norteamericano de ciencia ficción, cuatro letras. En serio, anoche dormí con la ventana abierta y en la madrugada hizo mucho frío. No tengo idea, no sé de escritores. Igual, con ventana abierta o cerrada, no es motivo. A tu edad trabajaba a partir de las cinco de la mañana. Pero cuando uno tiene todo, se malcría. Había escuchado hasta cansarse el relato de la adolescencia sacrificada de papá, cómo el abuelo lo hacía levantarse temprano para que se hiciera cargo de los hornos en la panadería. Decía que hubiera querido criar así a sus hijos, pero su mujer se lo había impedido, consintiéndolos desde pequeños. Mamá se sentó a la mesa. Cómo te fue en el trabajo, preguntó. La respuesta fue un gruñido. Hubo otras preguntas, otros gruñidos. El segundero en el reloj del comedor se movía con parsimonia, el minutero permanecía inmóvil como una espada en desuso. Fran estaba ahí, pero no estaba. Escuchaba a sus papás, pero no los escuchaba. La sopa de pollo la sentía insípida. O acaso había comenzado a creer de verdad en su resfrío. Esta tarde saldré temprano, decía su papá, que se estaba dejando crecer las patillas y tenía una facha anacrónica, de guitarrista de banda de rock en los sesenta. Voy al dentista. Las palabras lentas, las sílabas mordidas. Voy. Al. Den. Tis. Ta. Creí que habías ido la anterior semana, dijo su mujer sin verlo, con ese tono incrédulo que usaba ante cualquier plan de su marido. Los lentes gruesos y la piel descuidada –archipiélagos de manchas negras en el cuello y las manos– la hacían ver más vieja de lo que era. Me sigue doliendo. Parece que me la tendrán que sacar. Partió el pan, y en ese momento Fran notó algo raro. Quizás era la forma en que había agarrado el pan, con la mano izquierda, él que era derecho. Continuó con la sopa, mirándolo de reojo. El ralo bigote, las ojeras que delataban las noches de póker. La sospecha se convirtió en certeza. Papá era él, y sin embargo no era él. Alguien lo reemplazaba, alguien aparentaba decir sus palabras con el mismo tono agobiado por la vida, y trataba de imitar su inimitable mirada sin lustre. ¿Mamá se habría dado cuenta de ello? Papá se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina. Mamá, susurró Fran. ¿Qué? Papá… Se armó de valor para terminar la frase. No es el mismo. Papá no es papá. Yo también lo he notado. Hace mucho que no es el mismo. Tanto trabajo cambia a la gente. No me refería a eso, mamá. Papá… es otro. Eso también decía tu hermano cuando llegó a la adolescencia. Por eso aprovechó el menor descuido para mandarse a mudar. Para eso los criamos, para que algún día levanten vuelo. Todos los hijos son ingratos. Papá puso una cubeta de hielo sobre la mesa y regresó a su silla. Miró a Fran, y este vio por un segundo un rostro de horror, como una máscara de plastilina que acabara de ser estrujada. Gritó, y saltó de la mesa y se dirigió corriendo a su cuarto. Papá y mamá se miraron. ¿Qué diablos le pasa esta vez? Yo levanto las manos, dijo ella. A ver si lo puedes poner en vereda. Ella siguió comiendo. Él tiró una servilleta al suelo y subió las escaleras a grandes trancos, acompañado por el crujido de la madera. Tocó la puerta del cuarto de Fran. Fran escuchó los golpes como si fueran el anuncio de algo siniestro. Se puso rápidamente unos jeans sobre el pantalón del pijama. Escuchó los ladridos de Springsteen, el malhumorado boxer del vecino, y a lo lejos las campanadas de la iglesia. Escondió a sus soldados de plomo bajo la cama, abrió la ventana y, agarrándose del reborde, se dejó caer al jardín.

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El ladrón de Navidad

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El ladrón de Navidad

 

Apenas tienes nueve años y ya has robado una plumafuente con rebordes de oro –una reliquia de tu abuelo–, tres chompas de tus compañeros de clase, el maletín de cuero del profesor de lenguaje y el planisferio en una de las paredes del curso, las llantas de la bici de un primo (que vendiste en el Thantaqhatu) e incontables limpiaparabrisas de los autos de los vecinos, una billetera sin plata de papá, el billete de dos dólares que le traía suerte a tu mejor amigo, chicles y dulces de la tienda del Coronel en la esquina, un par de escalares en una fiesta de cumpleaños (los metiste a una bolsa y corriste a casa: sólo uno sobrevivió), y monedas de la cartera de mamá. Ahora estás en Miami y te has prometido no tocar nada: lo has visto en la televisión, los policías gringos son eficientes y no dejarán que te salgas con la tuya. Pero es temporada de Navidad, las vitrinas de las tiendas de juguetes te atrapan con sus luces rutilantes, hay por doquier cajas envueltas en papel regalo, y te es difícil no hacer caso a esa voz dentro de ti, esa voz susurrante pero a la vez más fuerte que la tuya.

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Las visiones

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Las visiones

 

Y un día, así sin más, las visiones aparecieron.

Sentado en el sillón de su escritorio, el Juez veía ingresar los últimos rayos del sol por las persianas entornadas de la ventana. Fumaba koft; volutas de humo aromático se elevaban hacia el techo de maderas cuarteadas por el trabajo incesante de los boxelders. Algún día ese techo se caería sobre él –o quizás los cimientos de la casa cedieran primero– y no quedarían rescoldos de los días en que administraba justicia en Nova Isa, cerca de esa cárcel que había sido su salvación. O quizás sí, algo sobreviviría. Sería inmortalizado en uno de los himnos que los irisinos cantaban en la ceremonia del jün. Uno burlón, acerca de que Xlött sabía cosas de los designios de este mundo a las que la filosofía del Juez no llegaba. Había visto los grafitis insultantes en las paredes de los distritos bajos de la ciudad. Debía estar orgulloso, compartía espacio con las proclamas de la llegada del Advenimiento y las consignas a favor de la insurgencia.

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Dragón

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Dragón

 

Hoy me encontré en Jaelle al despertar. Estaba con Laurence, a quien visitaba una vez más el tembleque. El hombre es cosa que tiembla, dijo cuando le pregunté qué le pasaba, asombrada por el movimiento constante de sus brazos, el parpadeo descontrolado, el tuicheo de las mejillas. A mí me ocurría tu mas nunca tanto. Desde una nave de combate habíamos visto los ejércitos diezmados del coronel Wgmann en las afueras de la capital, después de las bombas. Los pozos incendiados, las torres de alta tensión caídas, los edificios en ruinas. La luz que rodeaba las montañas era como una señal de tregua que nos mandaba ese mundo, muy diferente a los gestos de sus líderes, recalcitrantes a la subordinación. Viajábamos por el cielo entintado esperando el apocalipsis. El viento, nos, lo destruiríamos todo ese día. Nos éramos el viento, nos el apocalipsis. Estuvimos entre los primeros que aterrizaron en Jaelle y combatimos calle a calle, casa a casa. Protegidos por cascos y uniformes, tratábamos de respirar ese aire difícil, más tóxico aun q’el de Iris. La vida: eso que cuesta respirar. La vida: cosa que tiembla. Vimos a brodis violar a mujeres y hombres, incendiar templos, sembrar las largas alamedas de cadáveres. Hubo muertos en nosos brazos. Vimos todo eso hasta que Laurence y yo nos separamos porque un coronel me envió a una misión de rescate. Volví y él ya nostaba. Encontré su bodi empalado nuna pica de metal en la plaza. Abrí los ojos y Jaelle desapareció. Tan fácil todo. Mas Jaelle vuelve.

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Bernhard en el cementerio

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Bernhard en el cementerio

 

 

 

A Miguel Sáenz

 

 

 

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

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