29 relatos
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Los pájaros arcoíris

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Los pájaros arcoíris

 

Marilia nos dio la voz de alarma esa mañana. Dormía nun camastro contiguo al tuyo y cuando despertó no te vio. Le pareció raro, porque a ti te costaba salir de tus sábanas y las voluntarias debían despertarte. Nos lo dijo nel desayuno, mientras desfilábamos por el comedor en busca de la ración, los ojos legañosos, tratando de que se nos fuera el sueño maloso de la noche anterior, o quizás no había sido maloso, quizás allí estábamos en nosas aldeas jugando con otros brodis, criando goyots o quién sabe, escondidos en los matorrales, rogando que no apareciera una víbora afilada.

En la capilla se hizo más notoria tu ausencia. Nos sentamos formando un círculo, y nostabas en tu espacio junto al qaradjün. Hubo murmullos, acallados por las voluntarias, que nos forzaban a concentrarnos en la ceremonia. El olor del incienso debía ayudar al recogimiento mas estábamos distraídos.

Timmy, una de las voluntarias, nos habló en clase de la presencia de la ausencia.

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Ravenwood

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Ravenwood

 

Santi abrió el refrigerador, lo vio vacío y le dijo a su padre que tenía sed.

–¿Quieres leche? –preguntó Fernando–. ¿Jugo de naranja? En un rato vamos de compras.

–Y cereales también. Los Lucky Charms, y los que tienen miel. ¿Puedo tomar agua?

Fernando sacó un vaso de plástico de la alacena y lo llenó con agua de la pila. Santi lo vació de un trago. Era verdad que tenía sed. Quizás no había sido buena idea traerlo al piso tan temprano; debió haber esperado hasta la tarde, después de haberse dado una vuelta por el supermercado y Wal-Mart. Había un televisor, pero no un sofá donde verlo; la mesa era la que Eli y él habían usado alguna vez cuando iban de picnic, cojeaba de una pata.

–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó su hijo–. Ya sé: ¡espadas!

Sacó un par de espadas de plástico de una caja de cartón donde Fernando había puesto, a la rápida, juegos de mesa y otras cosas con las que pensaba entretener ese fin de semana a su hijo. Eli le había dicho que se llevara todo lo que quisiera, pero él, entre apurado e incómodo, no había escogido bien. Con la Playstation hubiera sido más que suficiente.

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El ángel de Nova Isa

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El ángel de Nova Isa

 

En la casa vivimos ocho nueve diez. A veces doce quince veinticuatro. En verdad nunca sabemos cuántos somos. Es la naturaleza deste jom. Tres pisos de cuartos pequeños y salas despojadas con kreols durmiendo nel suelo de tablones crujientes, un par de pieloscuras y alguno que otro irisino, incluso un artificial desmemoriado. Un universo con muchos universos. Casi ninguno ha cumplido los quince aunque no falta el shan desertor de más de veinte, la pieloscura que vivía en la calle y una mañana vino a refugiarse con nos y no se fue más. Uno nunca sabe lo que contiene la casa, el caserón, eso es lo único que se sabe.

A veces hemos querido reconstruir su historia. La voz de Lesko se impone: fue el primero en llegar a instalarse nel segundo piso. Lo hizo porque odiaba el servilismo de sus padres. Eran kreols que rechazaban su lado irisino, como la mayoría, y soñaban con ser aceptados por los pieloscura y por eso se portaban tan lamebotas, rezando por un buen trabajo, mendigando pa ser admitidos en la administración de SaintRei. Lesko no quería ese destino y se fue, dice él con la voz ronca, y luego nos mira y continúa.

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Dragón

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Dragón

 

Hoy me encontré en Jaelle al despertar. Estaba con Laurence, a quien visitaba una vez más el tembleque. El hombre es cosa que tiembla, dijo cuando le pregunté qué le pasaba, asombrada por el movimiento constante de sus brazos, el parpadeo descontrolado, el tuicheo de las mejillas. A mí me ocurría tu mas nunca tanto. Desde una nave de combate habíamos visto los ejércitos diezmados del coronel Wgmann en las afueras de la capital, después de las bombas. Los pozos incendiados, las torres de alta tensión caídas, los edificios en ruinas. La luz que rodeaba las montañas era como una señal de tregua que nos mandaba ese mundo, muy diferente a los gestos de sus líderes, recalcitrantes a la subordinación. Viajábamos por el cielo entintado esperando el apocalipsis. El viento, nos, lo destruiríamos todo ese día. Nos éramos el viento, nos el apocalipsis. Estuvimos entre los primeros que aterrizaron en Jaelle y combatimos calle a calle, casa a casa. Protegidos por cascos y uniformes, tratábamos de respirar ese aire difícil, más tóxico aun q’el de Iris. La vida: eso que cuesta respirar. La vida: cosa que tiembla. Vimos a brodis violar a mujeres y hombres, incendiar templos, sembrar las largas alamedas de cadáveres. Hubo muertos en nosos brazos. Vimos todo eso hasta que Laurence y yo nos separamos porque un coronel me envió a una misión de rescate. Volví y él ya nostaba. Encontré su bodi empalado nuna pica de metal en la plaza. Abrí los ojos y Jaelle desapareció. Tan fácil todo. Mas Jaelle vuelve.

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Extraños en la noche

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Extraños en la noche

 

–Felipe, ¡despierta!

–Eh, eh… –abrió los ojos sobresaltado.

–Escuché ruidos abajo –susurró Rita–. Tengo miedo.

–Los muebles hablan entre ellos de noche. Vuélvete a dormir.

–Es en serio, Felipe. ¿Y qué si nos roban?

–Eso. ¿Y qué?

Felipe terminó de despertarse. Había babeado en la almohada y en su polera con un dibujo del Demonio de Tasmania, el sueño muy profundo, el trabajo en el banco lo dejaba listo para el uppercut final de una hora de televisión y después a dormir. Ese era el precio de tanto triunfo. No podía quejarse. No debía quejarse.

Hubo un silencio y ahora sí escuchó, nítido, un ruido como de objetos de metal entrechocando. Pasos sigilosos. Edipo no había ladrado, para eso uno compraba perros.

–¿Vas a bajar? ¿Vas a bajar? ¡Ten cuidado!

No hubiera querido bajar: ¿para qué arriesgar su vida? No le quedaba otra alternativa: la voz y la mirada de Rita habían decidido por él. Se dirigió al armario, estuvo a punto de tropezar con los controles del Super Nintendo en una esquina. Buscó el revólver de cacha nacarada, que jamás había usado. Colocó las balas con torpeza. Ah, Rita, tan obsesionada por el estéreo y las porcelanas de Lladró y los cuadros de Gíldaro y la alfombra persa y etcétera. Debía reconocerlo, había de qué preocuparse: los objetos se acumulaban, agresivos en su materialidad, ya tan imprescindibles en su universo que se tornaban naturales: formas convertidas en fondo.

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