29 relatos
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Bernhard en el cementerio

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Bernhard en el cementerio

 

 

 

A Miguel Sáenz

 

 

 

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

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El ángel de Nova Isa

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El ángel de Nova Isa

 

En la casa vivimos ocho nueve diez. A veces doce quince veinticuatro. En verdad nunca sabemos cuántos somos. Es la naturaleza deste jom. Tres pisos de cuartos pequeños y salas despojadas con kreols durmiendo nel suelo de tablones crujientes, un par de pieloscuras y alguno que otro irisino, incluso un artificial desmemoriado. Un universo con muchos universos. Casi ninguno ha cumplido los quince aunque no falta el shan desertor de más de veinte, la pieloscura que vivía en la calle y una mañana vino a refugiarse con nos y no se fue más. Uno nunca sabe lo que contiene la casa, el caserón, eso es lo único que se sabe.

A veces hemos querido reconstruir su historia. La voz de Lesko se impone: fue el primero en llegar a instalarse nel segundo piso. Lo hizo porque odiaba el servilismo de sus padres. Eran kreols que rechazaban su lado irisino, como la mayoría, y soñaban con ser aceptados por los pieloscura y por eso se portaban tan lamebotas, rezando por un buen trabajo, mendigando pa ser admitidos en la administración de SaintRei. Lesko no quería ese destino y se fue, dice él con la voz ronca, y luego nos mira y continúa.

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Ravenwood

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Ravenwood

 

Santi abrió el refrigerador, lo vio vacío y le dijo a su padre que tenía sed.

–¿Quieres leche? –preguntó Fernando–. ¿Jugo de naranja? En un rato vamos de compras.

–Y cereales también. Los Lucky Charms, y los que tienen miel. ¿Puedo tomar agua?

Fernando sacó un vaso de plástico de la alacena y lo llenó con agua de la pila. Santi lo vació de un trago. Era verdad que tenía sed. Quizás no había sido buena idea traerlo al piso tan temprano; debió haber esperado hasta la tarde, después de haberse dado una vuelta por el supermercado y Wal-Mart. Había un televisor, pero no un sofá donde verlo; la mesa era la que Eli y él habían usado alguna vez cuando iban de picnic, cojeaba de una pata.

–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó su hijo–. Ya sé: ¡espadas!

Sacó un par de espadas de plástico de una caja de cartón donde Fernando había puesto, a la rápida, juegos de mesa y otras cosas con las que pensaba entretener ese fin de semana a su hijo. Eli le había dicho que se llevara todo lo que quisiera, pero él, entre apurado e incómodo, no había escogido bien. Con la Playstation hubiera sido más que suficiente.

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Los pájaros arcoíris

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Los pájaros arcoíris

 

Marilia nos dio la voz de alarma esa mañana. Dormía nun camastro contiguo al tuyo y cuando despertó no te vio. Le pareció raro, porque a ti te costaba salir de tus sábanas y las voluntarias debían despertarte. Nos lo dijo nel desayuno, mientras desfilábamos por el comedor en busca de la ración, los ojos legañosos, tratando de que se nos fuera el sueño maloso de la noche anterior, o quizás no había sido maloso, quizás allí estábamos en nosas aldeas jugando con otros brodis, criando goyots o quién sabe, escondidos en los matorrales, rogando que no apareciera una víbora afilada.

En la capilla se hizo más notoria tu ausencia. Nos sentamos formando un círculo, y nostabas en tu espacio junto al qaradjün. Hubo murmullos, acallados por las voluntarias, que nos forzaban a concentrarnos en la ceremonia. El olor del incienso debía ayudar al recogimiento mas estábamos distraídos.

Timmy, una de las voluntarias, nos habló en clase de la presencia de la ausencia.

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Luk

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Luk

 

La nave descendía. Me asomé por la ventanilla, observé las fronteras del mar y del bosque, las rocas blancas y afiladas en la ladera de la montaña contra la que se arracimaba la ciudad. Cuántas veces Luk y yo habíamos imaginado q’entre esas rocas había cavernas con monstruos harto más feroces que los que veíamos en la ciudad. Nos contábamos historias: algún día destrozarán los templos y los joms, serán los nuevos amos. Nos equivocábamos. La destrucción convivía con nos, presta a atacarnos en silencio.

Los oficiales que me esperaban en la base me saludaron solemnes, como si se apiadaran de mí. Sabían lo que ocurría; ingenuo, yo había querido mantenerlo en privado. Era natural que les interesara. Vivíamos asediados, con el miedo de que nos tocara lo que a otros. Despertábamos y lo primero que hacíamos era buscar un espejo, vernos la cara. Un movimiento raro de los músculos nos impelía a buscar un médico. Una decoloración en la piel que aparecía de pronto era motivo de ansiedad, de insomnio, de sueños con el fin del mundo (hacía tiempo que en nosa especie se había incubado el mal; nos solo éramos testigos del crepúsculo).

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