143 relatos
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Bienaventurados los pobres de espíritu

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Bienaventurados los pobres de espíritu

 

 

Empeñado en alcanzar el paraíso, aquel hombre renunció a los placeres de la carne, a la sensualidad del conocimiento y a las certezas de la soberbia. Fue justo, bueno y humilde, y al morir le proclamaron santo porque además fue un gran penitente. Pero cuando llegó ante Dios no pudo interpretar sus preguntas y fue condenado a vagar toda la eternidad en la aridez de su ignorancia, como castigo a su pobreza de espíritu.

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A Mail in the Life

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

A Mail in the Life

 

 

Desde hace unos meses le mando correos electrónicos a mi mujer haciéndole creer que soy otro. Al principio se los tomó a broma, pero poco a poco empezó a entregarse, a fantasear con mis mensajes, a compartir con mi otro yo sus deseos más inconfesables. Le he puesto trampas para saber si sospecha algo y no es así. Ha caído redonda.

No puedo negar que parece más feliz y hasta me hice de rogar cuando me pidió que la sodomizara, tal como se lo había recomendado bajo mi personalidad secreta. Pero hasta aquí hemos llegado porque he decidido escarmentarla.

Voy a suicidarme para que nos pierda a los dos.

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El sake del pelotari

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El sake del pelotari

 

«El pájaro de Osaka vuelve siempre a Osaka»,

replicó Toshiro. Repetía, a su modo, una sentencia

vasca que Joseba le había enseñado:

Orhiko txoriak Orhira nahi

(«El pájaro de Orhi sueña con Orhi»).

Bernardo Atxaga, El hijo del acordeonista

 

I

 

La semana dedicada al padre Murrieta fue la última de la temporada, porque la Televisión Autonómica del País Vasco no quiso arriesgarse a perder el magnífico share que había conseguido en durísima lucha contra médiums, futbolistas, cocineros y estrellas del bricolaje. «Vascos sin Fronteras» se había convertido así en el programa de mayor audiencia de la historia de la ETB, con episodios memorables como el del aizkolari de Oregón Warren Etxemendigaray –que aserró quince árboles en apenas tres horas– o el harrijasotzaile chileno Patricio Olabegojeaskoetxea, quien llegó a levantar una de las cabezas de piedra de la isla de Pascua. Todas las esencias euskaldunas desfilaron a lo largo de los doce capítulos que «Vascos sin Fronteras» dedicó a la diáspora y a sus figuras más representativas, por lo que la aburrida jubilación del nonagenario padre Murrieta fue desterrada para la última semana.

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El salón antiguo

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El salón antiguo

 

 

Nunca me gustó el salón antiguo de la casa de los abuelos. Todo oscuro, todo grande, todo lleno de cuadros feos. En uno hay una señora que te mira molesta, en otro se ve a una niña que parece un fantasma, y encima hay un Cristo que da miedo. Cada vez que abren el salón antiguo todo el mundo se pone muy triste, y justo ahora que me han dejado entrar no me dejan salir.

Mi mamá se ha pasado horas de horas llorando, como el día que metieron al abuelo en el salón. Nadie me vio, pero yo sí lo vi. ¡Cómo lloraba mamá! Como ahora, tosiendo sin parar.

Todos se han ido del salón antiguo y se han olvidado de mí. Igual que el día del abuelo. La señora me mira con odio, esa niña me está llamando, el Cristo tiene un co­razón en la mano y yo no me puedo escapar de esta caja.

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El ritual

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El ritual

 

Abajo mi papá está bien molesto y dice que cuando los agarren él les va a sacar la mierda. Mi mamá y María Fe están llorando y también dicen que cómo pudo pasar algo así. Parece que se han robado el cadáver de Dieguito, que han profesado su tumba o una cosa por el estilo. A mí no me dejan estar abajo porque dicen que soy muy chico, pero yo sé un montón de cosas y seguro van a querer que les cuente. Me da miedo estar aquí arriba. La casa huele a muerto, a podrido.

El Dieguito comenzó poniéndose todo aburrido: le prohibían jugar pelota y paraba metido en la cama. Ya desde esa época mi mamá lloraba mucho, pero creo que ahora está llorando más. A veces se escapaba de su cuarto para jugar conmigo y me prestaba su «Lego». Se había vuelto más bueno, ya no me pegaba tanto y hasta me contaba secretos. «¿Sabes, Sebastián? –me dijo un día–. Mi mamá me ha dicho que me van a llevar donde un doctor amigo del tío Luis Carlos y que después nos vamos a Disneyworld». Nos reímos un montón y le pedí que me trajera un «Dumbo» como el que tenía el gordito Arízaga, pero en verdad me daba pica.

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