143 relatos
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El sendero de los durmientes

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El sendero de los durmientes

 

... el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo...

Jorge Luis Borges, «El otro»

 

En Lima casi nunca llueve. Ya he perdido la cuenta de los inviernos vividos y de los dientes que los años me han ido reclamando, mas conservo intacta la memoria de los ocasionales aguaceros de mi existencia. Cada vez que se acentúa el color panza de burro del cielo limeño, recuerdo reverente la primera vez que vi el mágico camino de plata. Aquella tarde comenzó con una fina garúa que se fue convirtiendo en diluvio a medida que pasaban los días. Los niños nos quedamos sin colegio, mi padre no pudo arrancar nunca más su vieja carcocha y hasta se ahogaron los pollos de la vecina, pero no los patos que nadaron a sus anchas. Después de siete noches lo descubrí: el agua había limpiado los añosos rieles del tranvía y una resplandeciente estela reverberaba entre los adoquines de Barranco para extinguirse en la oscuridad. Desde entonces se me ha presentado otras veces como un maleficio o una bendición. Por eso he venido a vivir a la vieja estancia serrana, donde se resecan las cicatrices de mis pesadillas y para morir junto a la vía del tren.

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Arroz a la polaca

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Arroz a la polaca

 

«¡Ojo al dato, señores! La selección peruana acaba de instalarse en La Coruña y tiene serias intenciones de convertirse en la revelación de este mundial. Recordemos que el equipo inca eliminó a la poderosa celeste uruguaya y le ha ganado, nada más y nada menos, que a la propia Francia de Platini en el mismo Parque de los Príncipes. Este conjunto tiene como base a los hombres que actuaron en Argentina 78 y es dirigido por el viejo, viejo brasileño Tim. Se trata de una delegación numerosa que comprende dirigentes, cuerpo técnico, jugadores, asistencia médica y ¡ojo al dato, señores!, Ña Cornelia, morena cocinera que ha sido presentada al periodismo, nada más y nada menos, que como el arma secreta de su selección» ... ¡No, señó, yo no soy de Camerún! Soy peruana de los Barrios Altos y además hincha de la U. Ponga eso en su Comercio señó. No se vayan a creer aquí tambén que todos los negros somos del Alianza, ¡qué lisura!, oiga usté.

«Noooos dice nuestro enviado especial en la sede gallega, que todo está listo para el primer partido y seguro que los peruanos se irán de paseo con los negritos del Camerún»... ¡Qué bravo es hacé la plaza aquí, señó! Mire usté, el camote acá es boniato, a la alcachofa le dicen caucil y a la palta ques de mi tierra le han puesto aguacate. ¡No pues, señó! Yo no voastar viniendo al mercado con diccionario, pues. Endemás aquí comen cochinadas, señó. ¡Cómo que no!, si yo misma he visto cómo se comen en los restorantes la pichula del chancho. Los pinchos de cerdo, pues. No se me haga el loco. ¿Usté cree que yo no sé lo ques un cerdo?, ¿usté cree que yo no sé lo ques un pincho?, sinó qué va ser, pues. Pal partido de mañana algo ligerito nomás, sólo que no encuentro po ningún sitio papa seca pa la Carapulcra. ¿Usté no sabe lo qués? ¡Ay, caracho!, venga mañana tempranito a la concentración y le sirvo un platito, señó. Claro, claro, sin ningún compromiso, nuay problema, señó. Pero eso sí: que no lo vea el joven Aramburú. Sí, sí, ya sé ques el presidente de la delegación, ¡pero es tan muchacho, oiga usté!

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Pabellón de cáncer

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Pabellón de cáncer

 

 

Al principio no entendí por qué me había mandado llamar, pues hacía más de doce años que estábamos divorciados. Nunca quiso aceptar nuestra separación y siempre trató de responsabilizarme de sus penurias, sus desamores, sus amarguras. Tampoco fue fácil para mí sobreponerme a la soledad. El penetrante olor del hospital me trajo a la memoria otras agonías, otros muertos, otras pesadillas.

En la penumbra de la habitación distinguí el brillo exangüe de sus ojos, y me enfrenté a la mirada líquida de aquel cráneo árido y verdoso, vagamente familiar. ¿Qué puedo hacer por ti?, pregunté tragando saliva. Entonces encendió la luz.

Cualquier semejanza con el rostro que alguna vez amé había desaparecido para siempre, y no tuve más remedio que huir cuando las negras encías de aquella atrocidad insinuaron una perversa sonrisa, pues comprendí que me había llamado para que su recuerdo me acosara mientras viviera.

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Aire de familia

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Aire de familia

 

 

Después de muchos años ha vuelto la vida a la vieja mansión familiar y todo me resulta nuevo y extraño: los cuadros, la vajilla, los muebles. Hay algo aterrador que me impide reconocer cuanto me rodea, pero lo peor es la niña que viene por las noches a mi cuarto para atormentarme de nuevo con ese horror azul en los ojos. Dice que es su cuarto, pero yo estaba aquí mucho antes.

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Helarte de amar

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Helarte de amar

 

 

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella ­tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...

Gabriel García Márquez

 

 

 

La gente decía que Liliana y su mamá parecían hermanas, que eran igualitas, perfectas y riquísimas. En realidad yo no las veía tan parecidas porque Liliana era rubia y la mamá morena, Liliana llamaba la atención por esbelta y la mamá por sus provocativas redondeces y, además, porque Liliana era una chica como para quererla toda la vida y la mamá estaba más bien para meterle una intrapiernosa. De hecho, la señora Ruffinelli era famo­sa por su vida alegre y medio Lima le decía Ruffianelli y la otra mitad simplemente Ruffanelli. Liliana en cambio era bien seriecita, recontradiscreta y súper asada.

Siempre salía el tema del cachetadón que le metió al Tony de los Heros el día que se la quiso agarrar durante su fiesta de Prom, o del fierrazo con que le partió la boca al «Negro» Le París aquella noche que la encerró en su carro frente al faro del malecón de Miraflores con el pretexto de escuchar una canción de Rubén Blades. Nadie le había tocado nunca un pelo a Liliana, pero los de su mamá circulaban por Lima, Callao y balnearios.

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