143 relatos
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Urgencias

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Urgencias

 

 

La sirena de la ambulancia zumba todavía en mis oídos mientras me suben a una camilla, me inyectan un líquido rosa y la gente corre a mi alrededor, como si uno tuviera prisa. La primera vez que me trajeron de urgencia viví con nerviosismo el estreno de la coreografía de mi muerte, pero ahora que hemos llegado a la quinta función he desarrollado algo así como una indolencia escénica.

La inyección del líquido rosa es para recuperar el tono cardíaco, el suero que me han metido por vena lleva un analgésico, la mascarilla que me han puesto tiene la finalidad de dormirme y el gel que me untan en el pecho quiere decir que van a operar. Después vendrá lo peor: despertar poco a poco, recordar los nombres de quienes vengan a verme, aceptar los escombros de mi cuerpo y despedirme de tanta gente que no veía en años.

Sobrevivir supone un mínimo de ilusión. Una ilusión que ya no tengo. Estoy tan a gusto aquí que no pienso luchar. La muerte es blanca.

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Última voluntad

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Última voluntad

 

 

Los moribundos tienen fugaces destellos de lucidez que se extinguen como velas en la penumbra de la muerte. Mamá murió así, enumerando mis obligaciones, recordándome mis deberes, indicándome en qué cajón estaban los papeles del seguro, quiénes tenían libros suyos y sobre todo conminándome a proteger siempre a mis hermanas. Pobre mamá. Su agonía había sido muy larga y jamás esperamos que en el último instante podría despedirse así. Lentamente fue cayendo en una somnolencia dolorosa, repitiendo una y otra vez los nombres de mis hermanas. Cogí su mano y me dijo que le alegraba reunirse por fin con papá. De pronto me clavó dulcemente las uñas y me pidió que nunca dejara solo a Luisito, que estaba enfermito y me necesitaba. Y mamá murió como suponía, reservando sus palabras finales para el pobre Luisito, que falleció de leucemia cuando éramos niños.

Fuimos a casa de mamá a ordenar sus cosas y escuchamos un llanto dentro del ropero. Mis hermanas dicen que es mi obligación y me lo tuve que llevar a casa. Le gusta jugar con medias de nailon y pétalos secos.

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Travesía estelar

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Travesía estelar

 

 

 

...lo arrojó de sí de una sacudida, y de esta manera, de la ­leche derramada por la abundancia, se creó la Vía Láctea.

Eratóstenes, Catasterismos 44

 

 

 

La presión en cabina era normal y la nave ya se había situado en la órbita de la Tierra cuando el satélite transmitió el último mensaje de Houston. El Profesor Moonpimp se puso a formular preguntas demasiado impertinentes y la Comandante Kimberly Moist cortó la comunicación. Oh, shit! –exclamó–. Encima de todos los problemas tener que aguantar al slime de Moonpimp. La culpa era de la CIA, la KGB, Yeltsin y el superjerk de Gorbachov. Todo estaba listo para el proyecto Freedom & Love, donde ella y el guapísimo Coronel Boris Fornikov (Oh, my God!) iban a ser la primera pareja ruso-americana en la estratósfera, los Adán y Eva de la galaxia, the first spacefuckers, cuando de pronto se produjo el coup de Moscú y todo el programa espacial soviético se fue a la mierda. Ahora Boris era un aburrido granjero ucraniano y en su lugar estaba sentado el Coronel Tekacho Arakama, mirándola con una expresión oblicua y risueña que a ella le provocaba náuseas.

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El apócrifo FRANKENSTEIN

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El apócrifo FRANKENSTEIN

 

 

María sabía que era su culpa, que no tenía que haberlo reñido cuando echó a volar aquellos pajarillos de barro después de soplarlos. Por eso no quiso decirle nada cuando lo vio de nuevo jugando en el lodo. ¿Cómo podía saber lo que estaba haciendo, por Dios? ¿Qué le diría ahora a José? Cuando lo vio entrar –encorvado y arrastrando los pies– le hizo prometer a Jesús que nunca más jugaría de nuevo a soplar figuras de barro. Pobre José, un hijo más y siempre virgen.

Le llamaron Judas.

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La casa de reposo

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La casa de reposo

 

 

La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.

–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?

–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María San­tísima.

–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.

–Sí, reverenda.

–Hermana...

–¿Sí, reverenda?

–Que parezca un accidente.

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