134 relatos
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El castillo secreto

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

El castillo secreto

 

El castillo se alza en esta misma comarca, pero no es visible en la vigilia. Para llegar a él hay que encontrar un camino que a veces se presenta durante el sueño, abriéndose delante de nosotros conforme avanzamos paso a paso. El castillo no parece muy grande, pero tras el amplio vestíbulo hay muchos pasillos, en varios pisos, con innumerables puertas idénticas que dan entrada a las habitaciones. Yo conozco la habitación sin límites, donde se cae sin cesar, y la que da acceso a una escalera de caracol que nunca concluye. Conozco también la habitación de los susurros que no se pueden entender, la de las grandes sombras con formas monstruosas, la del reloj que marca cada segundo con una gruesa gota de sangre que salpica las paredes. Y está la habitación del mar de peces muertos, y la de los pájaros ciegos que revolotean sin rumbo. Yo conozco la habitación de las dunas, sembradas de esqueletos de exploradores perdidos, y la de las ciénagas, donde flotan ropas, sombreros, mapas. Ese castillo es peligroso, porque para salir de él es necesario despertar, y muchos no lo consiguen, aunque cada día los veas a tu lado y ellos y tú creáis que están despiertos.

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19. Hibridaciones

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19. Hibridaciones

 

Lo más sorprendente del jardín de los microrrelatos es cómo son capaces de polinizarse, o diseminar sus esporas, para conseguir infinitas hibridaciones. Un poema acaba fecundando a una fábula que pone un huevo en forma de aforismo y termina con un beso ávido o una puñalada entre los protagonistas. Muy difícil encontrar los patrones de comportamiento, las pautas biológicas y reproductoras: así hablaba el profesor Souto.

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De vacas cuerdas

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De vacas cuerdas

 

La gran portalada que da a la calle estaba abierta de par en par, la gente se descuidó, y se escaparon las vacas del camión que las transportaba al matadero. Consiguieron recuperarlas enseguida a todas, menos a dos. Esas dos debían de ser las más listas. Hay quien puede pensar que se limitaron a huir asustadas, sin destino ni objetivo, pero parece que sabían muy bien lo que hacían, porque tardaron unas horas en cazarlas. Ya que las sacrificamos para comérnoslas, nos resulta muy fácil catalogarlas como simples animales irracionales. Rumiantes, añadimos. Que tengan la sangre caliente no nos conmueve, ni esas rotundas ubres cuyo signo nadie puede desconocer, ni tampoco sus grandes ojos soñadores. Las dos vacas, o mejor terneras, conocían o intuían su destino, y no se rebelaban, pero quisieron disfrutar de un rato de libertad. Buscaron la calle principal y quien las vio por allí, antes de que llegasen los que de nuevo las capturaron, cuentan que iban de escaparate en escaparate, y que de vez en cuando mugían suavemente. Yo imagino que lo que hacían era contemplar los objetos de que acaso habían oído hablar en las vagas leyendas del establo: la ropa interior con sus puntillas, los muebles de jardín, los libros en que se narran las historias verdaderas y las ficciones, las revistas ilustradas, las muñecas, los discos compactos donde se guarda la música. Las vacas pensaban sin duda en la injusticia radical del orden del universo, que nos ha dado a los primos más malévolos el dominio de todo, primos implacables, voraces, insensibles, que hemos organizado las cosas para comérnoslas a ellas. Las vacas se detuvieron ante la terraza de un bar, y la gente se levantó y se apartó, temerosa. Una de las vacas exclamó: «¡Cómo me gustaría sentarme ahí y tomar un refresco con patatas fritas!». La otra, tras un instante, suspiró y dijo: «¡Qué seres humanos tan adecuados seríamos nosotras!» Pero la gente sólo las escuchó mugir, y se asustó todavía más, sin apreciar el sentimiento de melancólica indefensión que había en su actitud. Poco después llegó la policía, y enseguida los empleados del matadero, y se llevaron con ellos a las dos jóvenes vacas, que no volvieron a decir ni mu.

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Las seis

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Las seis

 

Abre los ojos y descubre los volúmenes de la ciudad, el largo muro que se alza a un lado y la enorme curvatura de otro edificio, una especie de cúpula que se levanta al lado opuesto, y más allá un edificio menor, que en sus líneas repite formas parecidas. Entre ellos, en lo alto, un sol neblinoso derrama sobre las cosas su luz desvaída, incapaz de producir fuertes contrastes ni sombras sólidas. Todos los lugares del planeta son pequeños y cada confín parece tan cercano que los parajes tienen aire de interior, sin las extensas perspectivas que cerraría un horizonte lejano. Los volúmenes de esos edificios, el sol borroso arriba, y él caído en el suelo, súbitamente vuelto a la conciencia: algún engranaje, alguna pieza está fallando en su mecanismo, y percibe claramente el desarreglo como una opacidad que se interpone para obstaculizar el fluir del pensamiento. El planeta con sus peculiares habitantes, el trabajo de robot que cumple en las simas, la batalla. Su sistema lógico debe de estar tan averiado como el resto de su maquinaria, pues no puede recordar con claridad nada de lo que está intentando evocar ¿Cuándo tuvo lugar todo eso? Ahora mismo percibe otra sensación, la de que si su cuerpo tuviera un estómago humano, este se encontraría en un momento muy malo. De repente, un sonido agudo se repite, una y otra vez, e intenta reconocer su naturaleza. Es el teléfono. Él está caído en el suelo del cuarto de baño, le duele la cabeza, el teléfono suena todavía mientras se levanta. Hay alguien durmiendo en el sofá. El teléfono deja de sonar. Botellas vacías, vasos desperdigados, montones de colillas. Busca en los cajones algún remedio para combatir los rigores de la resaca.

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Conspiración

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Conspiración

 

La conspiración se adivinaba en el pulso de la ciudad, una vibración de desorden que influía en la manera de comportarnos todos, la mirada intensa de la quiosquera, las sonrisas extrañas de los barrenderos, el guiño del mendigo, los susurros de los viajeros del metro, el júbilo excesivo de los escolares. Lo que no podíamos imaginar era que las víctimas de la conspiración íbamos a ser precisamente nosotros.

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