134 relatos
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Relato verídico

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Relato verídico

 

El archipiélago es rico en islas peculiares. En una hay estanques de lodo que hacen más hermosa la piel de quien se baña en ellos. Otra está rodeada por una playa de arenas finas y blancas donde los jóvenes pasan la noche bailando. Alrededor de otra se crían las más grandes conchas y caracolas. Aquella es rica en arbolado, esta en tierras cereales, esa en caballos. Pero nadie quería hablarme de la más lejana. Mejor no ir hasta allí, me decían. No se te ocurra ni acercarte, repetían. Navegué hasta ella una mañana de verano, con brisa muy favorable, y cuando estuve cerca vi que desde una playa dorada, rodeada de pinos, me saludaba con alegría un grupo de gente. Fondeé en la ensenada, arrié el bote y remé hasta la orilla. Los hombres eran apuestos y las mujeres hermosísimas, pero cuando estuve junto a ellos descubrí que abrían bocas enormes con infinidad de dientes afilados, mientras me rodeaban con aire amenazador. Echo a correr, mis perseguidores me alcanzan enseguida, y com­prendo que sus figuras han sido solo el embeleco del espantoso ser con aspecto de ciempiés que se dispone a devorarme.

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Libro mágico

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Libro mágico

 

Esperaba la ejecución y su última voluntad había sido leer un libro que debieron llevarle de su domicilio. Al alba, cuando abrieron su celda para conducirlo al patíbulo, el reo había desaparecido. Todo fue analizado con minuciosidad, y el libro despertó sospechas: parecía que estaba escrito en un idioma extraño, mas el teniente descubrió que no era así, sino que se había impreso con el texto ordenado al revés, y que había que comenzar a leerlo de derecha a izquierda, a partir de la última línea de la página final, como si fuese escritura árabe. Él lo hizo aquella noche, y también desapareció. Sherlock Holmes, a quien por fin pidieron ayuda, nunca se perdonó la pérdida de su amigo y colaborador, el doctor Watson, que, por encargo suyo, leyó el libro tan estrafalariamente impreso, y a quien ya nadie pudo encontrar nunca más. El gran detective aconsejó destruir el libro. El juez resolvió que se quemase, pero no sin antes dejar fijadas ciertas características, como prueba material: al menos, la clase y el número de vocales, consonantes y signos ortográficos de que el texto se componía. Este libro contiene exactamente el mismo número de cada vocal, de cada consonante y de signos ortográficos que aquel, pero te aseguro que, cuando termines de leerlo, no desaparecerás.

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Bodas sordas

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Bodas sordas

 

En navidades, en vacaciones, yo ayudaba en la librería de mi tío. La dependienta se llamaba Elvira, era morena, de mirada intensa. Yo había descubierto ciertas novelas que encendían mi sangre: los amores de Dafnis y Cloe, los esfuerzos de Julian Sorel por conquistar a madame de Rênal. Me zambullía en los libros cuando no había clientes, y una vez que Elvira se interesó por mi lectura, le leí la escena en que la doncella Placerdemivida facilita a Tirante la visión de la princesa Carmesina desnuda, y luego el tacto de su cuerpo. En la penumbra brillaban los ojos de antracita de Elvira, me sentí quemado por ellos, y no me atreví a seguir. Esto fue poco antes de la feria. Aquel año mi tío necesitaba más ayuda, y Elvira llevó a una prima suya de mi edad, Ofelia, blanca, gordita, de ojos claros. En el espacio angosto de la caseta, el acarreo de libros facilitó nuestros roces, una vez le palpé los pechos, otra le robé un beso, pero siempre se mostraba lejana, burlona. Me desasosegaban sus continuos apartes con Elvira, las confidencias risueñas entre ellas. La víspera de la inauguración, ante el desorden del ferial, mi tío me pidió que durmiese en la caseta, en una colchoneta de aire. Como un personaje novelesco, le propuse a Ofelia que viniese conmigo durante la noche. Se echó a reír sin contestarme. Quedé solo, la lluvia puso en la oscuridad un fuerte aroma de primavera cumplida. Al fin golpetearon la puerta y unos brazos femeninos me rodearon en la negrura: había venido. Nos besamos, nos tumbamos en el colchón, nos acariciamos. Fue mi primera noche con una mujer. Me quedé dormido un rato y, al despertar, el amanecer borroso me hizo descubrir los ojos de Elvira cercanos, incandescentes.

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Lejanías

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Lejanías

 

No hay demasiada gente y puedo ver con claridad a la mujer desde el mismo momento en que entra en el vagón. Hay algo raro en sus ropas y en su actitud. Cubre su cabeza con una pañoleta oscura, las puntas atadas en la nuca, y los hombros con una toquilla parda. Salvo por los zapatos deportivos, parecería una campesina de otra época. De uno de sus hombros cuelga una especie de zurrón, y lleva en una mano un vaso de plástico, mientras enarbola en la otra un objeto que no puedo distinguir todavía. Con voz aguda, trémula, y con aire de súplica, la mujer inicia una larga parrafada, en la que sólo se entienden dos palabras, una que se parece a «señores» y otra que habla de alguna parte de la Europa del sur oriental. Algunos pasajeros buscan monedas en los bolsillos y las depositan en el vaso de la mujer. Cuando está más cerca, puedo ver que el objeto que presenta es la fotografía de un grupito de personas. Entonces percibo un movimiento en la mujer que va sentada a mi lado, y me encojo con gesto instintivo, imaginando que ha movido sus brazos para buscar en su bolso alguna limosna con destino a la exótica pedigüeña. Mi vecina lleva un bolso de lona viejo y viste un abrigo bastante raído. Sin embargo, su gesto no indicaba ninguna búsqueda en su bolso, sino un movimiento del cuerpo, el de ponerse en pie. Lo hace, y casi al mismo tiempo empieza a dar voces rabiosas, en un idioma también desconocido, dirigidas a la mujer que viene por el pasillo con su vaso de plástico y su fotografía. La otra se queda quieta, atónita, pero enseguida responde a las imprecaciones de mi vecina con gritos destemplados. Separadas por un pequeño espacio, ambas mujeres se gritan, se recriminan, tal vez se insultan, en esa lengua extranjera, incomprensible. El metro se ha detenido en una estación y, como si la parada marcase la culminación de una crisis, las mujeres se callan, se miran, y de repente echan ambas a llorar, una frente a la otra, con largos gemidos la mendiga, con hondos sollozos mi vecina, mientras el resto de los pasajeros, sin comprender nada, sentimos pasar a nuestro lado el ángel de la desolación.

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De vacas cuerdas

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De vacas cuerdas

 

La gran portalada que da a la calle estaba abierta de par en par, la gente se descuidó, y se escaparon las vacas del camión que las transportaba al matadero. Consiguieron recuperarlas enseguida a todas, menos a dos. Esas dos debían de ser las más listas. Hay quien puede pensar que se limitaron a huir asustadas, sin destino ni objetivo, pero parece que sabían muy bien lo que hacían, porque tardaron unas horas en cazarlas. Ya que las sacrificamos para comérnoslas, nos resulta muy fácil catalogarlas como simples animales irracionales. Rumiantes, añadimos. Que tengan la sangre caliente no nos conmueve, ni esas rotundas ubres cuyo signo nadie puede desconocer, ni tampoco sus grandes ojos soñadores. Las dos vacas, o mejor terneras, conocían o intuían su destino, y no se rebelaban, pero quisieron disfrutar de un rato de libertad. Buscaron la calle principal y quien las vio por allí, antes de que llegasen los que de nuevo las capturaron, cuentan que iban de escaparate en escaparate, y que de vez en cuando mugían suavemente. Yo imagino que lo que hacían era contemplar los objetos de que acaso habían oído hablar en las vagas leyendas del establo: la ropa interior con sus puntillas, los muebles de jardín, los libros en que se narran las historias verdaderas y las ficciones, las revistas ilustradas, las muñecas, los discos compactos donde se guarda la música. Las vacas pensaban sin duda en la injusticia radical del orden del universo, que nos ha dado a los primos más malévolos el dominio de todo, primos implacables, voraces, insensibles, que hemos organizado las cosas para comérnoslas a ellas. Las vacas se detuvieron ante la terraza de un bar, y la gente se levantó y se apartó, temerosa. Una de las vacas exclamó: «¡Cómo me gustaría sentarme ahí y tomar un refresco con patatas fritas!». La otra, tras un instante, suspiró y dijo: «¡Qué seres humanos tan adecuados seríamos nosotras!» Pero la gente sólo las escuchó mugir, y se asustó todavía más, sin apreciar el sentimiento de melancólica indefensión que había en su actitud. Poco después llegó la policía, y enseguida los empleados del matadero, y se llevaron con ellos a las dos jóvenes vacas, que no volvieron a decir ni mu.

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