134 relatos
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La una

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

La una

 

Me despierto con la sensación un poco axfisiante de emerger con brusquedad de un abismo. Sin duda estaba muy dormido. Rugen motores lejanos en la noche de la ciudad. Miro la hora: es la una, y me sorprende el poco tiempo que ha pasado desde que me dormí, como si lo profundo del sueño debiera tener correspondencia con su duración. Vuelvo a quedarme dormido pensando en ello, y caigo otra vez al fondo de la sima oscura, y también me despierto de repente. Miro la hora: es la una, y el reloj no se ha parado, pues gira la aguja del segundero y oigo sonar su pequeño corazón mecánico. Confuso, intento asumir la brevedad de ese sueño tan denso y me quedo dormido de nuevo, me hundo otra vez en la profundidad blanda y ciega, hasta que vuelve a producirse el brusco despertar. El reloj, que no se ha parado, sigue marcando la una. Me siento muy inquieto, creo que voy a desvelarme, pero el sueño me precipita, una vez más, en su negrura sin contornos. Y cuando me despierto de pronto, escucho los motores lejanos que rugen en la noche de la ciudad, pero no quiero mirar ese reloj que, tan cerca, sigue latiendo incansable.

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La memoria confusa

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La memoria confusa

 

Un viajero tuvo un accidente en un país extranjero. Perdió todo su equipaje, con los documentos que podían identificarlo, y olvidó quién era. Vivió allí varios años. Una noche soñó con una ciudad y creyó recordar un número de teléfono. Al despertar, consiguió comunicarse con una mujer que se mostró asombrada, pero al cabo muy dichosa por recuperarlo. Se marchó a la ciudad y vivió con la mujer, y tuvieron hijos y nietos. Pero esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera ciudad y su verdadera familia, y permanece inmóvil, escuchando la respiración de la mujer que duerme a su lado.

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Satánica

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Satánica

 

Con los años, en mi casa han ido encontrando sitio bastantes símbolos religiosos, los tres Reyes Magos con sus pajes, Siva Nataraja, una Inmaculada de cerámica, un San Pancracio, un Ganessa, una Virxe da Peregrina, un icono rumano del nacimiento de Jesús, un San Miguel clavando su lanza en la boca del dragón, el Ankh egipcio, en fin, muchos de esos talismanes que tienen al parecer la virtud de alejar a las fuerzas del mal. Sin embargo, al entrar hoy en mi cuarto de trabajo me encuentro a Satanás sentado en mi sillón de leer. Lo conozco enseguida porque no tiene aspecto de joven apuesto ni de caballero distinguido, sino que es de color rojo, está desnudo, las piernas peludas rematadas en patas caprinas, tras su espalda asoman dos alas doradas y entre su cabellera negra surgen dos cuernos también dorados. En su rostro rojo brillan los ojos con lo que parece más tristeza o fastidio que radical perversidad. Lleva bigote y perilla, como un mosquetero. Vade retro, exclamo, por si acaso. Hablo español, responde, cortante. Tiene la voz de Marlon Brando en El Padrino. Estás escribiendo del libro de la noche y no he merecido ni una alusión tuya, añade. Yo soy el señor de ese libro, que es mucho más que un libro, es un territorio inmenso, con ciudades y selvas, con puertos de mar y parques temáticos, un territorio de gran iniquidad, de majestuosa injusticia, de crímenes esplendorosos, y tú no has dicho de eso ni una palabra. No sé qué contestar. Menos mal que mi mujer ha asomado por la puerta y Satanás desvía por un momento su atención de mi persona. Mi mujer entra de repente y arroja algo sobre Sata­nás: es su rosario de la primera comunión, y Satanás se convierte en una masa blanca, efervescente, como el agua oxigenada cuando se deposita sobre una herida. Mi mujer, con determinación, mete las manos bajo esa espuma, agarra el cuerpo que cubre, lo aprieta, lo va amasando y reduciendo como si manejase nieve, hasta convertirlo en una bola que cabe en sus manos. Guarda luego la bola en una bolsa de plástico, pinta sobre ella una cruz con el mismo rotulador que utiliza para marcar el contenido de las bolsas de comida y la guarda en el congelador del frigorífico, mientras pensamos en otro sitio mejor, dice. De manera que tengo a Satanás cautivo en el frigorífico de mi casa. Tal vez en el libro de la noche ya no fructifiquen la iniquidad, la injusticia ni el crimen, pero en el libro del día ese cautiverio del Señor del Mal no se ha notado, el mundo sigue dominado por la hipocresía, la guerra, el horror. Y me da miedo imaginar a quién corresponde el señorío del libro del día.

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24. Una mordedura

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24. Una mordedura

 

Investigaba las especies del Jardín Literario: los ecos del cenador de los monólogos lo ensordecían, el rincón de las elegías le producía algo de alergia, solía ortigarse en la glorieta de los sonetos, en el sendero de la poesía de la experiencia daba demasiado el sol, a veces le sofocaba el intenso aroma de las novelas totales, le aburrían cósmicamente los best sellers. Solía descansar en uno de los prados que rodean la Glorieta Miniatura, entre los relatos brevísimos, pero un día se quedó dormido y un minicuento carnívoro le mordió en un brazo. La mordedura se infectó, y quedó manco. Así fue como se le ocurrió escribir el Quijote más breve del mundo.

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El agente secreto

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El agente secreto

 

Primero fue un rumor ronco e ininteligible, en llamadas de teléfono que se repetían una y otra vez. Luego, unos signos indescifrables e insistentes en la pantalla del ordenador, que aparecían siempre que lo ponía en marcha. Un día, el mensaje se fue haciendo comprensible y pude leer, en un texto sin fin: debes regresar, tu misión ha terminado. Ahora sé que me esperan. Están ahí fuera, al acecho, para llevarme con ellos. Pero yo he olvidado de qué misión me hablan. Yo quiero seguir aquí, entre los humanos, con mi familia mortal.

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