134 relatos
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Portazgo

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Portazgo

 

Empecé a soñar que estaba delante del acceso a un lugar que debía de ser muy antiguo, por el aspecto de los oscuros muros pétreos y la calidad de la enorme puerta, en que la madera, el bronce, el oro y la plata se conjuntaban para mostrar una solidez y una majestad de otro tiempo. Me acerqué para entrar, pero había allí un guardián, un hombre muy alto, con atuendo de sij, los brazos cruzados, que llevaba un gran alfanje colgado del cinturón, y que me exigió pagar una moneda. Yo no llevaba dinero conmigo, y tuve que permanecer ante las grandes puertas y el inmóvil guardián durante mucho tiempo, hasta que me desperté. El sueño se repitió tantas veces que comenzó a inquietarme, y una vez se lo conté a mi mujer, mientras desayunábamos. Métete un euro en un bolsillo del pijama, dijo mi mujer, echándose e reír. Lo hice, y por fin he soñado que el guardián me dejaba pasar tras entregarle la moneda. El lugar es inmenso, y en él se concentra toda la gloria de los imperios antiguos, el sitio de Tikal y la pirámide roja de Shakara, el palacio de Darío en Persépolis y los templos carnales de Kahurajo, el palacio de Ctesifonte, el Fuerte Rojo de Agra, el templo sonoro de Visnú en Vijayanagar, con muchas otras edificaciones, jardines, sitios ceremoniales. Es una hora de crepúsculo permanente, la luz rosada dora las antiguas piedras y yo soy el único visitante de este lugar en el que permanecen las muestras el esplendor antiguo. Pero ha pasado mucho tiempo y decido regresar a la puerta. El guardián está ahora en la parte de dentro, y cuando me dispongo a salir me exige otra moneda. Le digo que ya no me queda ninguna, saca el alfanje con ademán amenazador y me obliga a permanecer ante la salida. Y aquí estoy, esperando un despertar que no llega.

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Las cuatro

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Las cuatro

 

Debían de ser las cuatro de la mañana en Madrid, aquí dentro era, como es todavía, esa hora indefinida, misteriosa, de los aviones que cruzan por la noche el océano. La película había terminado hacía poco, todo estaba a oscuras y yo me arropaba en la manta intentando encontrar algo de sueño bajo el desasosegante bamboleo y el zumbido de los motores. El Airbus 340 seguía impregnado de un olor en todo parecido al de la orina de gato, que había sido muy intenso cuando entré en el avión, unas horas antes, y que no acababa de desaparecer. Al otro lado del pasillo dormitaba un hombre muy blanco y muy gordo, tan gordo que su adiposidad se desparramaba sobre el reposabrazos. Una azafata que se aproximó camino de la trasera me hizo abrir los ojos y descubrí que me había quedado dormido. En el rostro de la azafata había una mueca que podría ser el inicio de una sonrisa o de un gemido. Había pasado ya y yo estaba a punto de volver a cerrar los ojos, cuando apareció en la sombra del pasillo un bulto insólito, que al acercarse me resultó terrorífico y me inmovilizó: era un león, la cabeza alta como los respaldos, la melena ocupando todo el ancho del pasillo. Llevaba la boca abierta y cuando estuvo muy cerca vi brillar sus enormes colmillos, barnizados de saliva. Apreté los ojos, me arrebujé en la manta, volví a buscar el sueño que me hiciese olvidar la quietud forzosa del viaje y la peligrosa visión. No se cuánto tiempo ha pasado, persiste la oscuridad, el suave vaivén, el runruneo de los reactores. Vuelvo la cabeza con cuidado: el pasajero gordo ha desaparecido y al fondo la azafata, de pie, me mira con fijeza. En el ambiente sigue predominando un olor muy similar a la orina de gato.

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Augurios

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Augurios

 

Aunque no lo sepamos, el siglo xxi no ha comenzado aún. La mentira de los poderosos, las guerras ilegales, la sangre que los fanáticos hacen derramar, la desdicha del mundo, pertenecen todavía al siglo xx y a los anteriores. Cada noche echo los dados esperando una señal, estudio la alineación de los planetas, observo los posos del café. Esta mañana tres palomas blancas se posaron en mitad del cruce. Juntas, quietas, componían la figura de un excelente augurio. ¿Una señal del siglo nuevo? Un veloz motorista atravesó de repente la calzada. Una de las palomas se aleja cojeando. Otra vuela con aleteo herido. La tercera ha quedado destripada sobre el asfalto: sus plumas y su sangre componen una estrella que no puede ser benéfica. Habrá que seguir esperando.

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Comparsas

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Comparsas

 

Se casaron y se fueron al piso. Habían encontrado el alquiler menos caro en una población de la periferia, entre enormes edificios de ladrillo que se alineaban multiplicando la simetría de ventanas innumerables. Vivían lejos de su trabajo, un tren, un autobús, el metro, debían levantarse antes del alba y se pasaban los domingos en la cama, intentando recuperar el sueño. A los pocos meses empezaron a tener desavenencias, reproches por asuntos domésticos, quejas recíprocas, roces que provocaba el cansancio. Una noche la discusión fue tan grave que él salió de casa dando un portazo y echó a andar por la avenida que canalizaban los dos murallones de edificios. Soplaba un viento frío y buscó el resguardo de una de las estrechas calles perpendiculares que separaban los bloques de viviendas, hasta llegar a la trasera, una parte que no conocía. La riña reciente lo tenía muy desasosegado y sentía su vida como un mero pasar insatisfactorio, un continuo sacrificio laboral en el que no había nada estimulante. En el último tramo llamó su curiosidad un gigantesco andamiaje metálico, y acabó descubriendo lo que parecía el tinglado de un decorado. Vistos desde allí, los bloques de viviendas daban la impresión de carecer de profundidad, de ser ficticios, simulacros, apariencias, solo enormes paneles frontales. Decidió regresar, pero se fue extraviando cada vez más entre aquellos armazones donde no aparecía ningún volumen habitable. En el frío de la noche, mientras buscaba el camino de casa, tuvo miedo de pensar que su vida acaso no era sino el papel insignificante de un simple comparsa en un espectáculo que él mismo desconocía.

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25. Historia de Don Quijote

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25. Historia de Don Quijote

 

En un lugar de La Mancha vivió un ingenioso hidalgo y caballero que estuvo a punto de derrotar a la Realidad.

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