134 relatos
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Relato verídico

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Relato verídico

 

El archipiélago es rico en islas peculiares. En una hay estanques de lodo que hacen más hermosa la piel de quien se baña en ellos. Otra está rodeada por una playa de arenas finas y blancas donde los jóvenes pasan la noche bailando. Alrededor de otra se crían las más grandes conchas y caracolas. Aquella es rica en arbolado, esta en tierras cereales, esa en caballos. Pero nadie quería hablarme de la más lejana. Mejor no ir hasta allí, me decían. No se te ocurra ni acercarte, repetían. Navegué hasta ella una mañana de verano, con brisa muy favorable, y cuando estuve cerca vi que desde una playa dorada, rodeada de pinos, me saludaba con alegría un grupo de gente. Fondeé en la ensenada, arrié el bote y remé hasta la orilla. Los hombres eran apuestos y las mujeres hermosísimas, pero cuando estuve junto a ellos descubrí que abrían bocas enormes con infinidad de dientes afilados, mientras me rodeaban con aire amenazador. Echo a correr, mis perseguidores me alcanzan enseguida, y com­prendo que sus figuras han sido solo el embeleco del espantoso ser con aspecto de ciempiés que se dispone a devorarme.

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Metamorfosis

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Metamorfosis

 

También sobre mí pesa una maldición ancestral. Tercer hijo varón de un verdugo, nací el último día de febrero de un año bisiesto. Así, cada noche de luna nueva sufro la terrible transformación. Mi cuerpo se cubre de pelo, en mi cabeza se afilan las orejas, mis mandíbulas se alargan en forma de hocico para proyectar mejor mi dentadura, de mi cóccix surge un rabo largo. Al mismo tiempo, mi tamaño se modifica en longitud y volumen, y paso a tener una envergadura muy diferente de la habitual. Una vez transformado, surge en mí la pasión de las fechorías, una febril actividad de destrucción. Mi horror natural al derramamiento de sangre me impide cometer los atroces atropellos que han hecho famosos a otros colegas, como el hombre lobo. Tal vez por eso a mí no me conoce casi nadie, pero tampoco casi nadie sabe que se puede acabar conmigo con una ratonera de plata.

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18. Otras especies

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18. Otras especies

 

Aparte de las especies más comunes, hay minificciones aerófagas, y pirófagas, y otras que viven en el agua y del agua, y otras del gusto de reír, y otras del gusto de sufrir, porque los posibles nutrientes son innumerables. Un minicuento podría brotar incluso en este mismo texto, si es que no ha brotado ya.

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Ni colorín ni colorado

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Ni colorín ni colorado

 

Cenicienta, que no era rencorosa, perdonó a la madrastra y a sus dos hijas y comenzó a recibirlas en Palacio. Las jóvenes no eran demasiado agraciadas, pero empezaron a tener mucha familiaridad con el príncipe y pronto los tres se hacían bromas, jugueteaban. A partir de unos días de verano especialmente favorables al marasmo, ambas hermanas tenían con el príncipe una intimidad que despertaba murmuraciones entre la servidumbre. El otoño siguiente, la madrastra y sus hijas ya se habían instalado en Palacio. La madrastra acabó ejerciendo una dirección despótica de los asuntos domésticos. Tres años más tarde, la princesa Cenicienta hizo público su malestar y su propósito de divorciarse, lo que acarreó graves consecuencias políticas. Cuando le cortaron la cabeza al príncipe, Cenicienta hacía ya tiempo que vivía con su madrina, retirada en el País de las Maravillas.

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Madrugada

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Madrugada

 

Cerraban ya las puertas cuando entró en la estación, pero pudo coger el último metro. Lo esperaba un largo trayecto hasta su destino, el final de la línea, y se sentó, dejó vagar su mirada por el vagón vacío, contempló los tubos de neón que guardaban las rejillas, los esquemas gráficos de las líneas, el suelo de goma donde apenas quedaban huellas de la jornada. Sentía sueño. Medio escondido por un asiento, cercano al quicio de una puerta, asomando de la rendija que separaba la pared del suelo, llamó su atención un pequeño objeto alargado, ligeramente curvo, compuesto de varios fragmentos sucesivos de dife­rente grosor, con un remate picudo, que parecía una pata de marisco. La forma era tan absurda en aquel lugar que se levantó para observarla de cerca, y comprobó que, incrustada por su parte más gruesa, de aquella rendija salía lo que parecía exactamente una pata de cangrejo, o de nécora. La pisó para arrastrarla hasta él, pero el contacto de su pie produjo en el pequeño objeto el resultado contrario y se introdujo más en la rendija. El efecto visual del desplazamiento tuvo apariencia de verdadera retracción, como si aquella cosa en forma de pata de cangrejo se hubiese movido por sí misma. Estaba muy cansado, tras un día de mucho trabajo, y el movimiento del objeto le sobresaltó en aquel lugar trepidante y vacío. Su mirada volvió a recorrer el vagón y encontró de repente, a través de las ventanas, la soledad del vagón contiguo, donde había también un solo viajero. Se acercó más al cristal. Aquel viajero, un hombre andrajoso, greñudo, de barbas descuidadas y manos sucias, dormía. Iba a sentarse otra vez, cuando advirtió en el suelo del vagón vecino algo al principio apenas perceptible, cuerpos del tamaño de manos pequeñas, con patas como la que a él le había parecido encontrar. En unos instantes, aquellas formas, similares a cangrejos oscuros, llegaron hasta el hombre dormido y empezaron a trepar por sus piernas, a cubrir su torso, alcanzaron sus manos, sus barbas. El hombre dormido abrió los ojos y encontró su mirada. Él se apartó, volvió la espalda. De la rendija inferior de la pared de su vagón asomaban infinidad de patas de cangrejo. Procurando no perder del todo los nervios, se preguntó si serviría de algo hacer sonar la alarma.

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