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Dimisión general

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Dimisión general

 

Tras el anuncio de la dimisión de aquel comité, que llegó a los centros de noticias durante la madrugada, hubo como una hora de estupefacto silencio. Pero cuando la noche era todavía espesa sobre el continente, comenzaron a sucederse sin cesar noticias de la misma naturaleza, que provenían de todas las partes del planeta. A esa primera dimisión siguieron la del gobierno francés, la del alemán y la del portugués, con la de la Reina de Inglaterra y su gabinete. El rey Juan Carlos y el gobierno español comunicaron su decisión de retirarse a las tres cuarenta y ocho, y enseguida lo hicieron el presidente de los Estados Unidos y todo su equipo gubernamental. A eso de las cuatro de la mañana no quedaba sin dimitir ningún responsable de los estados europeos, norteamericanos y australianos. Con el alba presentaron su renuncia los altos jerarcas chinos, Fidel Castro y sus colaboradores inmediatos, Gadaffi y los demás gobernantes árabes. El resto de los altos responsables políticos americanos, africanos y asiáticos ya se habían retirado a eso de las nueve. Los mandos militares del mundo también lo habían hecho a esas horas, y un aluvión de renuncias de responsables regionales, locales y municipales, y la de los directivos de los partidos, sindicatos y asociaciones de todo orden, ocupó las primeras horas de la mañana. A la dimisión de todos los líderes políticos y sociales del mundo sucedió la de los altos ejecutivos de las empresas y miembros de todos los consejos de administración. De los últimos en renunciar fue el Papa, con el pleno del colegio cardenalicio, y esas dimisiones provocaron la misma actitud en las demás iglesias del mundo y en sus respec­tivos escalones jerárquicos. Al mediodía de la mañana siguiente, se podía decir que en el mundo no quedaba ni un solo líder en funciones. Sin embargo, los mercados seguían abiertos, en los bancos se percibía la actividad habitual, los centros docentes hacían su vida normal, como los hospitales, los juzgados, las fábricas, las bibliotecas, los talleres, las librerías y las panaderías, y la gente esperaba que el tiempo mejorase y hacía planes para las próximas vacaciones. ¿Cómo se presentaba realmente el inmediato futuro? Al parecer, habían quedado interrumpidos todos los conflictos internacionales, aunque algo seguro se pudo vaticinar: la bolsa iba a sufrir una grave caída.

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Del cambio

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Del cambio

 

En la huerta empezó a germinar un nabo, resto sin duda de la cosecha del año anterior. Dos días después de que advirtiese la aparición del brote, la campesina pudo observar que la nabiza se estaba desarrollando velozmente. No nos entretendremos en describir el tamaño que la planta adquirió a lo largo de las siguientes cuarenta y ocho horas, solamente diremos que el penacho herbáceo que corona la raíz carnosa alcanzó pronto más de treinta metros de altura, que toda la planta conservaba esas proporciones, y se calculó que la raíz podría alcanzar los cien metros de profundidad, con un diámetro en la parte superior de unos veinte metros, con lo que no sólo ha desarraigado muchos de los viejos árboles que crecen en los alrededores del huerto, sino que está haciendo tambalearse la pequeña vivienda de la campesina. La aparición del gigantesco nabo ha conmocionado a Europa, y su noticia e imágenes arrinconaron en los medios de comunicación a todas las demás. Considerando la evidente naturaleza agrícola del nabo, tan grande como muchos de los monumentos inmortales que nos han dado nuestra personalidad arquitectónica y cultural, una comisión de ministros del ramo de la Unión Europea se ha desplazado a la aldea para contemplar la titánica readal. Absortos ante el extraordinario fenómeno, los ministros han podido advertir que de repente se producen en él nuevas transformaciones, y parece que continúa creciendo. A estas horas, el gigantesco nabo ha duplicado su tamaño. Nunca se ha conocido una expectación así. En fuentes científicas se asegura que el nabo se apropiará de todo el planeta, haciendo imposible otra forma de vida. Seguiremos informando.

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Reunión conmemorativa

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Reunión conmemorativa

 

El viajero dejó la estación y, al cruzar el puente, se encontró con dos antiguos condiscípulos, abrigados en sus gabardinas. Inmóviles, ambos contemplaban el río. Les llamó y se volvieron con lentitud.

–¿No me reconocéis? ¿Tanto he cambiado?

Ellos sonrieron, pero no decían nada.

–¿Qué fue de los demás? ¿Qué fue de don Augusto?

Encogieron los hombros. Se separó de ellos y cruzó las calles solitarias hasta llegar al Instituto, que estaba vacío y silencioso. Encontró a don Augusto entre los polvorientos archivadores.

–Al fin has llegado –dijo don Augusto, suspirando–. Eras el único que faltaba. Ahora sí que todo ha terminado.

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Vivienda inhabitable

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Vivienda inhabitable

 

El tirano Gerión, para mostrar a sus miserables súbditos su desprecio por ellos y la grandeza de su poder, ordenó construir la mayor vivienda inhabitable del mundo, un edificio gigantesco, de ciento trece pisos contrahechos, centenares de escaleras que no conducían sino al vacío, miles de habitaciones desprovistas de suelo y de pasillos que enlazaban paredes sin salida, innumerables ventanas ciegas. Cuando Hércules derrotó a Gerión, en vez matarlo lo condenó a vivir en aquel lugar inhabitable hasta el final de sus días. Se dice que el tirano enloqueció muy pronto y que acabó suicidándose. Pero también se dice que verse recluido en aquel lugar le hizo considerar lo descomunal de su caprichosa soberbia, y que murió arrepentido. El caso es que, desaparecido el tirano, con el paso de los años las gentes sin hogar fueron desmantelando el edificio para aprovechar sus elementos arquitectónicos, las piedras de los muros, las columnas de los pórticos, los peldaños de las escaleras, los dinteles de las puertas y las ventanas. Así, la vivienda inhabi­table suministró material para la construcción de infinidad de modestos cobijos, y cuando la memo­­ria de Gerión y de su tiranía se habían perdido, las mujeres parían al resguardo de las habitaciones levantadas con los restos de aquel edificio infame cuya existencia ya nadie conocía.

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El cazador genuino

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El cazador genuino

 

Todo está manipulado, me dice el cazador. La caza mayor aquí es una farsa. Fíjate en esos norteamericanos, en esos centroeuropeos que pagan un fortunón por cazar un ciervo en la península ibérica. Llegan en aviones de madrugada, y nada más aterrizar los meten en un coche todo terreno y los trasladan a los lugares de la caza por los vericuetos más tortuosos de la sierra. A media mañana están en el cazadero, un paraje al parecer lejano y perdido. Creen encontrarse muy lejos de cualquier punto civilizado, y matan al fin su ciervo convencidos de encontrarse en plena naturaleza silvestre, sin imaginar que, apenas a un kilómetro de aquel punto, cerca de un pueblo con discoteca, una valla cierra la enorme granja donde han sido criadas y cebadas, con pienso y voces humanas, sus preciadas piezas. Por eso a mí, mientras pueda pagarlo, no me engañan. Yo ya no cazo aquí, voy a cazar a África, que más da que no te diga el país. Viajo de noche, para estar allí bien pronto, para no perder nada de tiempo del fin de semana. Me llevan en coche todo terreno a través de la selva virgen hasta que llegamos a los lugares de caza, donde se percibe claramente que cualquier indicio de civilización humana está ya muy remoto. Al fin estamos en el punto idóneo, en el corazón de lo salvaje, y allí, bajo el implacable sol de mediodía, mientras espero la llegada de los antílopes, me siento un cazador genuino.

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