92 relatos
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Enciclopedia occidental

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Enciclopedia occidental

 

(Cuento. Técnica mixta sobre base de hojaldre)

 

Un tresillo: sofá de tres cuerpos y dos sillones tapizados de cuero; otro, menor para la segunda sala;

Una mesa de caoba de uno setenta, ovalada, con dos lados desplegables;

Dos juegos de sillas tapizadas igualmente en cuero para las mesas del salón y del comedor;

Un juego doble de cortinas para el salón: uno, con su correspondiente soporte forjado; otro, algo más pequeño;

Visillos para ambos ambientes;

Tres estanterías, una de ellas de caoba, conforme al modelo Tudor del catálogo; las otras dos, menores; no importa tanto el material, pero madera maciza;

Un cuadro grande, una buena marina o un óleo abstracto;

Dos cuadros modernos: preferibles un Zóbel para el salón principal; Canogar para el segundo;

Un mural formado con teselas de maderas preciosas, preferentemente de estilo clásico o sobrio (¿una estampa mitológica o guerrera?);

Un revistero de hierro forjado (original);

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Las desventuras del joven novio

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Las desventuras del joven novio

 

La puerta tiembla humildemente. De adentro no proviene el menor ruido. Pasan unos segundos, diez, veinte, medio minuto, el minuto entero. La puerta ahora tiembla con más determinación. Es el joven, que la golpea dos veces. Se mueve, asfixiante, una pequeña porción de tiempo. De dentro, la voz:

–Pasa.

Se abre la puerta, se cuela un «da su permiso» con la media cara, la cara entera, el cuello estirado, el pecho, los pies, los cordones de los zapatos. Avanza ahora el cuerpo del joven y el joven detrás. Hasta que ambos se quedan cerca de la mesa, un poco de lado, donde un hombre, un hombre de verdad, trabaja. No suda, anota, no levanta la cara, tiene pegado en la oreja un teléfono fijo, el móvil junto a sí, mira a la pared, al calendario grande, responde unas fechas, sigue con lo suyo.

–¿Qué quieres?

–Mire, señor Lacayo, digo Lozoya. (Ese error puede ser fatal, pero no, porque el señor Lozoya lo que es lecturas no frecuenta y su audición es selectiva).

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Una ventana en Via Speranzella

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Una ventana en Via Speranzella

 

 

 

Las acciones vitales son, en realidad, formas expresas y expresivas de lo que puede llegar a ser entendido como arte. [...] No es preciso transferir a un objeto extraño y exterior a la propia persona

las vivencias sensibles o emocionales, porque el arte también puede ser objetivado a través de acciones y movimientos del propio cuerpo, y quien los observa puede captarlos como presencias representativas similares a las que provocan o se experimentan delante de las llamadas obras de arte.

 

Arnau Puig sobre Esther Ferrer

 

 

 

La obra visible que ha dejado esta artista es de fácil y breve enumeración: apenas unos cuadernos escolares que fue escribiendo de modo desigual hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido a sus setenta y tres años, y en los que no se encuentra otra cosa que recuerdos vagos de personas, pisos, calles, paisajes que frecuentó, pero apenas nada que sirva para interpretar, mucho menos explicar, el sentido último –si es que cabe esto– de sus acciones; doce pequeños objetos de terracota que algún especialista, es un decir, ha denominado con el sencillo nombre de «esferas» y «polimorfismos», y algunos correos electrónicos –son escasas las cartas, aunque muchas se han perdido– que unos pocos amigos han conservado y custodian celosamente. Exigua herencia, se concluye, para los estudiosos y curiosos que tratan de satisfacer con ella la sensible pérdida de lo que en realidad importa y no podrá recuperarse nunca.

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Carta del ex

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Carta del ex

 

¿Qué tal va todo?

Estuve esperándote en la esquina de siempre una hora y los minutos de antelación con que llegué; o más. Después me di cuenta de que te casabas esa misma mañana. Claro, cómo ibas a estar, ni queriendo. Perdona mi torpeza y no me preguntes si lo olvidé, tampoco yo logro entenderlo. De manera que, al no aparecer tú, me fui, solitario, al parque de El Retiro, desde luego, la joya de nuestro Madrid. No te imaginas lo hermoso que está. ¿O, tal vez, sí? La gente se casa en Primavera, y razón no le falta; por algo es del año la estación florida: todo tan verde y tan vivo; la suave hierba; los rumorosos árboles estrenando sus yemas, poblándose de hojas; los primeros capullos de flores que aparecen por doquier y aguardan el momento de hacer estallar sus colores; hasta los surtidores parece que saltan con más gana. La verdad es que entre todas esas maravillas consiguieron animarme un poco. Era un comedido placer escuchar el canto no aprendido de las aves y el zureo gutural de las palomas; detenerse a sentir la fragancia de los magnolios, de los lirios, de los arbustos olorosos y otras plantas –sólo soy un diletante en Botánica– que adornan arriates y jardines. Aquel pasear desvaído, en apariencia desprovisto de ansiedades, atemperaba mi ánimo, lo reconfortaba. El escaparate engalanado de la vida en torno con su feria de aromas y colores era la invitación que andaba necesitando en aquel trance, ¿por qué no decirlo?, huero y sombrío. ¿Me creerás? Bastó esa muestra de Natura para que ener­gías renovadas se desplegaran en mi interior maltrecho y brotasen indicios de entusiasmo donde no yacían arrumbados sino escombros y fracasos en su postrer desconsuelo (ya sabes). Porque es así la condición humana: de lo viejo surge lo inédito, de las pequeñas muertes, como su alimento, se irguen expectativas rabiosas de futuro. Ya lo escribió inmejorablemente don Antonio, cuando observaba brotar una hoja verde del tronco carcomido de un olmo moribundo. Al recuerdo de esas palabras y otras, necesarias meditaciones de nuestros maestros, anduve la mañana deambulando sin intención, filosofando tal vez, siguiendo acaso el itinerario sentimental que una mano providente iba señalando en los senderos.

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Si sólo

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Si sólo

 

Si sólo hubiese en la tierra una mujer para dos hombres, uno ellos se marcharía al amanecer. Sus pies hollarían la hierba y los sembrados, avanzarían dejando atrás el camino, se alejarían sin remedio. Cruzaría las vastas llanuras, penetraría en los bosques, vadearía los ríos, subiría las montañas resguardándose del viento, descendería a un valle quizás un atardecer en que el sol saludase la quietud de los prados. Al final de la jornada, se detendría en un promontorio frente al mar a recibir a la noche.

En otra parte, el otro hombre estaría acariciando el rostro de ella, rozándolo nada más con las yemas de los dedos, con la devoción de su deuda por ser tan dichoso. La mujer permanecería inmóvil, en obstinada mudez, peinado el cabello, los pies fríos. Los ojos entreabiertos la arrojarían a la distancia como si en la lejanía viniera a perfilarse una sombra.

Él continuaría con el fervor de su caricia, hasta que la inercia detuviese sus dedos y no pudiera dejar de preguntarle:

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