92 relatos
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El señor Remáser

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

El señor Remáser

 

El señor Remáser había sufrido un ataque al corazón; a los primeros síntomas, avisó a la ambulancia, telefoneó a sus dos hijos (les dejó un mensaje en el contestador) y abrió la puerta de su casa para que pudieran entrar; después se tumbó en el sofá a esperarla. Lo llevaron al hospital. Tras cuarenta y ocho horas en una unidad de cuidados intensivos, se encontraba en una habitación compartida con otro hombre. Los médicos dijeron que unos días allí y podría volver a casa.

–Se ha quedado en un susto –dijo uno de los que le atendieron.

El señor Remáser miró a la enfermera que tenía a su lado. Quizás era su modo de hablar; o tal vez su rostro indicaba verdaderamente eso, que se había asustado.

 

Cristóbal, su hijo mayor, fue a visitarlo. Durante aquellos días no le habían permitido verlo más que un par de horas por la vigilancia continua. Ahora, en la planta, podía pasar más tiempo a su lado. Eran las seis. Llevaba un buen rato de pie y empezaba a cansarse. En el cuarto, había dos sillas para las visitas; echó un vistazo al otro hombre, que miraba a su pared; su padre era el más próximo a la ventana. Luego se sentó.

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Saca al perro

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Sacar al perro

 

La mancha de nacimiento que tenía en las partes posterior y lateral del cuello, una forma indefinida y alargada de unos quince centímetros, casi negra, con algunos cabellos, había sido causa de problemas en su vida. Por ejemplo, pensaba a veces, no haber conseguido una relación estable. No podía esconder la mancha durante la mayor parte del año, porque en su trabajo eran muy estrictos respecto al traje y al pelo corto de sus empleados. En cambio, en invierno sí; salía recién entrada la noche a pasear con las solapas de la gabardina o del abrigo bien altas, y deambulaba por las calles a las que el frío iba descendiendo y donde las gentes se batían en retirada. Sus paseos se habían convertido en un hábito; después de la oficina, entre pasadas las siete o las ocho, recorría su propio barrio o los aledaños. Caminaba al azar, o buscando nuevos destinos alejándose un poco, movido por la inspiración o el deseo de aliviarse de las tensiones. Al cabo de unos días ya le eran familiares las personas que cerraban sus tiendas, los que esperaban el autobús en la marquesina de siempre, los que dejaban la basura en la acera.

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Jesucr…

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Jesucr…

 

Aquella luz de terciopelo como nunca antes. Atardecida en las montañas de Galilea que daban al lago Genesaret.

Una luz igual que una caricia; que aún se ve, algunas veces.

 

Ellos dos subieron por las vueltas y revueltas del camino, que hacían posible la ascensión, con sus bicicletas. Ni una parada, y todavía uno sintió deseos de retar al otro a un esprint hasta la cumbre, que se llevó fácilmente. Se chanceaba sin demasiada malicia cuando ya los diez o doce metros le daban ventaja suficiente. Después las dejaron sobre el suelo, sacaron una botella de plástico que le había dado un sabor notable al agua, saciaron la sed; el perdedor le mandó un chorro desde la boca, forcejearon como chiquillos, una zancadilla, su violencia de risa.

Se habían tumbado cuan largos eran boca abajo, la barbilla apoyada en las manos, la cabeza asomando al vacío. Todavía los corazones golpeaban, y el resuello corría a la par.

Aquella luz, mansa. Los colores del valle y los montes difuminaban parte de sus tonos que entregaban en una ligera bruma al paisaje. Luego iba descendiendo hacia las orillas, donde se aposentaba la ciudad con sus arrabales segregados hasta el puerto, y hasta una barca en que la inapreciable doble figura de un padre y un hijo recogía sus cosas.

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Carta del ex

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Carta del ex

 

¿Qué tal va todo?

Estuve esperándote en la esquina de siempre una hora y los minutos de antelación con que llegué; o más. Después me di cuenta de que te casabas esa misma mañana. Claro, cómo ibas a estar, ni queriendo. Perdona mi torpeza y no me preguntes si lo olvidé, tampoco yo logro entenderlo. De manera que, al no aparecer tú, me fui, solitario, al parque de El Retiro, desde luego, la joya de nuestro Madrid. No te imaginas lo hermoso que está. ¿O, tal vez, sí? La gente se casa en Primavera, y razón no le falta; por algo es del año la estación florida: todo tan verde y tan vivo; la suave hierba; los rumorosos árboles estrenando sus yemas, poblándose de hojas; los primeros capullos de flores que aparecen por doquier y aguardan el momento de hacer estallar sus colores; hasta los surtidores parece que saltan con más gana. La verdad es que entre todas esas maravillas consiguieron animarme un poco. Era un comedido placer escuchar el canto no aprendido de las aves y el zureo gutural de las palomas; detenerse a sentir la fragancia de los magnolios, de los lirios, de los arbustos olorosos y otras plantas –sólo soy un diletante en Botánica– que adornan arriates y jardines. Aquel pasear desvaído, en apariencia desprovisto de ansiedades, atemperaba mi ánimo, lo reconfortaba. El escaparate engalanado de la vida en torno con su feria de aromas y colores era la invitación que andaba necesitando en aquel trance, ¿por qué no decirlo?, huero y sombrío. ¿Me creerás? Bastó esa muestra de Natura para que ener­gías renovadas se desplegaran en mi interior maltrecho y brotasen indicios de entusiasmo donde no yacían arrumbados sino escombros y fracasos en su postrer desconsuelo (ya sabes). Porque es así la condición humana: de lo viejo surge lo inédito, de las pequeñas muertes, como su alimento, se irguen expectativas rabiosas de futuro. Ya lo escribió inmejorablemente don Antonio, cuando observaba brotar una hoja verde del tronco carcomido de un olmo moribundo. Al recuerdo de esas palabras y otras, necesarias meditaciones de nuestros maestros, anduve la mañana deambulando sin intención, filosofando tal vez, siguiendo acaso el itinerario sentimental que una mano providente iba señalando en los senderos.

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La poesía del objeto

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

La poesía del objeto

 

 

 

Interesado por el objeto, no ha dado tregua a su inquisitiva

representación; un escrupuloso ejercicio de análisis de cuanto

le rodea que, compendiado en el objeto, alcanza dimensiones sorprendentes en sus cuadros y papeles.

José Luis Clemente sobre la obra de Manuel Sáez

 

 

i

Un mango, que la mano sujeta un momento como si tomara la de otra persona. Ni siquiera está frío. La mano se posa en esa piel suave del metal y junta sus dedos aferrándolo. El mango es girado hacia arriba bastante a la izquierda, no hasta el tope.

El agua brota por el agujero, al principio fría; espitas abiertas, en otra parte de la casa, escupen el fuego que calienta un agua siguiente al recorrer un conjunto de circunvoluciones que continúa por los tubos y desemboca en ese último canal abierto.

La boca de un caño por el que mana sin tasa agua cada vez más caliente.

La bañera la recoge. Su tapón de plástico situado en el fondo cierra herméticamente el agujero que podría vaciarla. El recipiente almacena esa agua, cuyo nivel asciende lento e inexorable.

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