92 relatos
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Una ventana en Via Speranzella

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Una ventana en Via Speranzella

 

 

 

Las acciones vitales son, en realidad, formas expresas y expresivas de lo que puede llegar a ser entendido como arte. [...] No es preciso transferir a un objeto extraño y exterior a la propia persona

las vivencias sensibles o emocionales, porque el arte también puede ser objetivado a través de acciones y movimientos del propio cuerpo, y quien los observa puede captarlos como presencias representativas similares a las que provocan o se experimentan delante de las llamadas obras de arte.

 

Arnau Puig sobre Esther Ferrer

 

 

 

La obra visible que ha dejado esta artista es de fácil y breve enumeración: apenas unos cuadernos escolares que fue escribiendo de modo desigual hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido a sus setenta y tres años, y en los que no se encuentra otra cosa que recuerdos vagos de personas, pisos, calles, paisajes que frecuentó, pero apenas nada que sirva para interpretar, mucho menos explicar, el sentido último –si es que cabe esto– de sus acciones; doce pequeños objetos de terracota que algún especialista, es un decir, ha denominado con el sencillo nombre de «esferas» y «polimorfismos», y algunos correos electrónicos –son escasas las cartas, aunque muchas se han perdido– que unos pocos amigos han conservado y custodian celosamente. Exigua herencia, se concluye, para los estudiosos y curiosos que tratan de satisfacer con ella la sensible pérdida de lo que en realidad importa y no podrá recuperarse nunca.

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Lo que sale en la tele

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Lo que sale en la tele

 

Estoy viendo la tele y alucino; llamo a Tomi y no me hace caso, lo vuelvo a llamar más fuerte. ¡Tooooooo-
ooooooomiiiiiiiiiii! Nada, debe de estar en el baño echando la pota.

Aparecen los presidentes y toda esa morralla saludándome con la mano, Javi, Javi. Y yo ¿es a mí, es a mí? Ellos sí, sí, hola Javi, moviendo la mano como hace esa gente en plan acelga así tras-tras que no espantan ni una mosca los hijoputas. A mí que me entra la risa floja y ¡Toooooooomi ven, Tomi! Y me siguen saludando todos, los veintidós creo que son. Los miro a ver si es una broma; pues no, están todos colocados en dos filas, los de delante los que más importan y detrás los que menos. Y les digo esperáis un momento que llamo a mi colega. Me levanto a buscar a Tomi. ¡Toooooomi! Y me quedo en la puerta del salón; no quiero salir porque todavía lo estoy flipando.

Dejo de llamarlo, vuelvo a la tele y siguen ahí. Les miro los caretos, sí, reconozco al nuestro y a alguno más de los que se ven siempre, con sus mujeres o sus ligues que molan mucho, en los partidos de su selección dando brincos como niños, y en una conferencia que hablaban por turnos con flores y el desayuno ese que les sacan. Joer. Ellos saludando todavía. No se cansan; y oigo que me dicen: Javi, Javi, hola. Se mezclan las voces de hombres y dos o tres tías. Yo les saludo igual porque se me contagia, así en plan blando con la mano tonta. Tommmi. Les miro las banderas para comprobar si son ellos, y sí, los colorines, las estrellas, las franjas, las cruces tan bonitas, todo, todo auténtico. ¿Estás bien?, me pregunta uno, aunque debe de ser de otro país habla perfectamente mi idioma, yo le entiendo. Jodido, le digo. Y miro hacia atrás con algo de vergüenza porque hemos dejado el sofá y el suelo hechos un asco con las botellas, los botes, la comida que sobraba en los cuencos y cáscaras por encima. Ellos con sus sonrisas todo el rato en la cara. Y eso jode un poco la verdad, eso molesta. Parecen educados, además simpáticos. Me dan confianza, así que les digo jodido, peor, tíos, me estoy matando la vida, yo por lo menos tengo un curro, Tomi no. Es que no ha tenido suerte, digo, pero bueno, se merecería uno, ¿no? La gente merecemos el derecho a la vida, pienso yo. Ellos con su mano de acelga su sonrisa tonta sus trajes azules iguales, y ellas con su chaqueta su falda calcadas. Me sonríen como si les dijera que está lloviendo en el barrio. Bueno Javi, no pierdas la confianza, me contesta uno alto que no sé quién es porque no le conozco la cara. Confianza en tu puta madre, le digo pero ellos lo mismo, no se inmuta ninguno, cuando se cansan de tener el brazo levantado lo bajan aunque siguen sonriendo. Y siempre hay el que saluda como si lo tuvieran ensayado en el grupo. ¡Tomi!, vuelvo a llamarlo, ¡Toooooooooooooooomiiiiiiiiiiii! Ya voy, me responde. ¡Date prisa! Uno, el pez más gordo creo me avisa oye Javi, que nos tenemos que marchar, que empieza la conferencia y tal. Y yo, ¡Tooooooooooomiiiiiii, corre, que se van! Y les digo esperad tíos, un momentillo que quiero que saludéis a mi colega. ¡¡¡Tomi!!!

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Memoria de una iglesia

Javier Sáez de Ibarra Editorial Páginas de Espuma ePub

Memoria de una iglesia

 

Nuestra casa ocupada la rodearon los maderos, los picoletos, miembros de los GEO, los autodenominados chiquiotan y la Milicia Vecinal Contra Vagos, Alternativos y Maleantes. Huimos por los tejados, Gus lo alcanzó a uno con un ladrillo en la jeta. Me volví para darle un recado en las costillas, saltamos a la calle, a correr. Dejamos atrás un infierno de palos, humo, pelotas, gritos; también ilusiones, trabajo, una asociación cultural, la cooperación de la buena gente, techo, amigos, comida. Tres tipos de los cuerpos y fuerzas bien armados y con redes nos pisaban los talones, les echamos un esprint hasta la esquina, topamos con unas escaleras que subimos y nos colamos en una iglesia. Desde aquella oscuridad, los vimos pasar de largo.

Dentro estaban escenificando alguna cosa; accedimos por los pasillos sin llamar la atención y nos sentamos al pie de una peana a recuperar el resuello. Gus sacó un bocadillo, de tres bocados nos lo zampamos; fue un suspiro: teníamos sed, sueño, ganas de estar callados, de llorar, de matar a alguien…

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Bulevar

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Bulevar

 

Este es el último texto que escribió Marcos en mi taller literario. No debo y, desde luego, no quiero añadir o corregir nada. No es ahora mi misión esa.

 

Carver Bulevar

 

Irma Pugliese vino de Argentina con una beca de estudios; contaba algo más de veinticinco años cuando se licenció en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Le aseguraron que su beca le cubriría otros dos cursos, así que decidió quedarse a hacer el doctorado. Pensó que si organizaba un taller literario podría obtener algunos ingresos. Su tía Cecilia llevaba años viviendo de uno en Buenos Aires. «Acá también», se dijo, «debe de haber gente que quiera aprender a escribir».

Puso el taller en su propia casa, un piso alquilado de cincuenta metros; para ello tuvo que cambiar su dormitorio de habitación. Pintó las paredes de verde, montó unas estanterías nuevas que llenó con sus libros y compró pósters con los rostros de escritores famosos. Luego diseñó un pasquín y lo fue distribuyendo por las fachadas de los edificios, las farolas y los comercios de la zona. Los propietarios la miraban con desconfianza; antes de permitirle que colocara los carteles preguntaban qué significaba «taller». Durante unas semanas esperó a que se presentara alguien. Descubrió que sus anuncios, salvo en las tiendas, habían desaparecido, o habían sido cubiertos por otros. Sin embargo, no quiso desanimarse; hizo una nueva edición, esta vez con el dibujo de un tintero y una pluma, y volvió a llenar con ellos las calles del barrio.

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Carta del ex

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Carta del ex

 

¿Qué tal va todo?

Estuve esperándote en la esquina de siempre una hora y los minutos de antelación con que llegué; o más. Después me di cuenta de que te casabas esa misma mañana. Claro, cómo ibas a estar, ni queriendo. Perdona mi torpeza y no me preguntes si lo olvidé, tampoco yo logro entenderlo. De manera que, al no aparecer tú, me fui, solitario, al parque de El Retiro, desde luego, la joya de nuestro Madrid. No te imaginas lo hermoso que está. ¿O, tal vez, sí? La gente se casa en Primavera, y razón no le falta; por algo es del año la estación florida: todo tan verde y tan vivo; la suave hierba; los rumorosos árboles estrenando sus yemas, poblándose de hojas; los primeros capullos de flores que aparecen por doquier y aguardan el momento de hacer estallar sus colores; hasta los surtidores parece que saltan con más gana. La verdad es que entre todas esas maravillas consiguieron animarme un poco. Era un comedido placer escuchar el canto no aprendido de las aves y el zureo gutural de las palomas; detenerse a sentir la fragancia de los magnolios, de los lirios, de los arbustos olorosos y otras plantas –sólo soy un diletante en Botánica– que adornan arriates y jardines. Aquel pasear desvaído, en apariencia desprovisto de ansiedades, atemperaba mi ánimo, lo reconfortaba. El escaparate engalanado de la vida en torno con su feria de aromas y colores era la invitación que andaba necesitando en aquel trance, ¿por qué no decirlo?, huero y sombrío. ¿Me creerás? Bastó esa muestra de Natura para que ener­gías renovadas se desplegaran en mi interior maltrecho y brotasen indicios de entusiasmo donde no yacían arrumbados sino escombros y fracasos en su postrer desconsuelo (ya sabes). Porque es así la condición humana: de lo viejo surge lo inédito, de las pequeñas muertes, como su alimento, se irguen expectativas rabiosas de futuro. Ya lo escribió inmejorablemente don Antonio, cuando observaba brotar una hoja verde del tronco carcomido de un olmo moribundo. Al recuerdo de esas palabras y otras, necesarias meditaciones de nuestros maestros, anduve la mañana deambulando sin intención, filosofando tal vez, siguiendo acaso el itinerario sentimental que una mano providente iba señalando en los senderos.

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