360 relatos
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La fuerza de la costumbre

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La fuerza de la costumbre

 

De niño le gustaba conducir por la izquierda con su coche de juguete en el pasillo de su casa. Al cumplir la edad sacó fácilmente el carné de conducir pero enseguida se mató en un accidente. La policía y la prensa lo calificaron de piloto suicida puesto que circulaba en sentido contrario. Los padres lo negaron. «Sólo era un chiquillo», dijeron.

 

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El hobby

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El hobby

 

Cuando murió Carlota se aficionó a los bonsáis. Pasaba tantas horas solo en casa que quiso ocuparlas en algo que le exigiera atención por desconocido. Pero siempre le gustaba el mismo tipo de bonsái, un árbol de la familia de las ceibas que de adulto alcanzaba proporciones gigantescas. Habilitó primero una habitación, luego dos y luego tres, todas las que habían sido de sus hijos cuando vivían en casa. Procuraba que sus bonsáis tuvieran un tamaño perfecto, de árbol en miniatura, pero árbol al fin, con sus hojas, sus frutos, sus colgaduras y su hojarasca. Pronto el musgo de cada tiesto pareció también formado de pequeños arbustos que saltaron de uno a otro hasta formar una superficie continua con las irregularidades propias de la jungla. Cada vez le era más difícil penetrar hasta el fondo en aquellos cuartos para hacer la poda. Y pronto temió que el movimiento que en ocasiones detectaba entre los tiestos fuese producido por algún animal pequeño. Una noche se despertó sobresaltado. De aquellos tres cuartos le llegó un alarido enorme: ¡Aaaaa aaaa aaaa aaaaaaa aaaaaaa!, como el del Tarzán de las películas de Johnny Weissmuller. Sintió a continuación que el suelo trepidaba como por el paso de una manada de elefantes y se asustó.

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Impuesto sobre el automóvil

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Impuesto sobre el automóvil

 

–¿Saben por qué perdió las elecciones el último alcalde? –preguntó lord Leighton Buzzard–. También por la crisis bancaria del 2008. El señor alcalde, que se las daba de ecologista, estableció un impuesto de ocho libras a cada automóvil que circulase por Londres, ocho libras al día. Decía que así, merced a un aire más limpio, protegía la salud de los ciudadanos. Pero con la crisis muchos automóviles dejaron de circular y la recaudación bajó tanto que el alcalde ideó un plan para salvar sus cuentas penalizando ahora a los coches parados. Fue solo una tentativa que no pasó de idea pero la oposición la aireó y el ecologismo del alcalde quedó al descubierto. En la campaña electoral resultó muy eficaz compararle con el dirigente de un país africano que cobraba impuestos a quienes llevaban calzado. No demasiados, puesto que la mayoría caminaba todavía descalza, por eso los zapatos tenían que llevar un número identificador en el talón como la matrícula de los coches.

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El Pastor de almas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Pastor de almas

 

–El ser humano es insaciable –dijo lord Cheddington–. ¿Recuerdan la desaparición de aquellas siete mujeres en el área de Guildford, en Surrey? La primera en desaparecer fue una maestra de la localidad, autora de cuentos infantiles. La segunda, una chica del coro de la catedral, su voz más armoniosa. Todas eran adorables, guapas, alegres, espíritus refinados y sensibles. En dos o tres años, fueron asesinadas una detrás de otra; sus cadáveres aparecieron en los lugares más dispares: un arroyo, un silo, una fábrica abandonada… Habían muerto de un golpe en la cabeza, un golpe certero y único, dado de arriba abajo con un objeto de metal. Ninguna había sido asaltada sexualmente, ni siquiera sus ropas habían sido removidas, al contrario, se apreciaba incluso algo de recato en la forma en la que el asesino había dejado sus vestidos al abandonarlas. El superintendente Gull de Scotland Yard empezó a sospechar del pastor de la localidad, el reverendo Crook, un hombre muy querido, gran conversador, de una gran facundia en realidad, obsesionado por la buena cocina, afición que había adquirido en Francia. El superintendente reconoció luego lo muy útil que le había sido en la investigación su experiencia infantil en Gales en casa de un tío materno que regentaba la hacienda del gran señor del condado. Los días en que el conde venía acompañado de numerosas visitas se sacrificaban los mejores corderos, entre ellos los favoritos del niño, aquellos con los que jugaba y a los que amaba. A todos vio morir durante los veranos que pasó allí. Y no era raro que fuera el propio conde o alguno de sus acompañantes quienes los eligieran. Así, pasaban de la vida a la muerte, mientras el niño lloraba en su cuarto. ¿Y qué tiene que ver esto con los asesinatos del reverendo? El superintendente vislumbró una luz difusa que no era capaz de identificar, pero que relacionaba con su experiencia de Gales. Y semana tras semana hacía hablar al reverendo mientras tomaban el té. El reverendo era un hombre de convicciones tan grandes como montañas; solo había que esperar al pie de ellas para recoger sus palabras en alud. Hablaban de cocina, de delicatessen, de las glándulas gustativas, de las glorias del paladar. Y no fue una confesión arrancada, sino una confidencia, el secreto que se entrega con delectación a un correligionario. El reverendo creía que el ser humano se mostraba incapaz de satisfacer a su Creador porque no lo entendía. «Dios, de quien estamos hechos a imagen y semejanza, como Supremo Ente Espiritual, ha de alimentarse de espíritus –razonaba– lo mismo que nosotros nos alimentamos de carne. Pero qué espíritus son esos, si mujeres tan delicadas y sublimes como aquellas jóvenes solo pueden llegarle, salvo accidente, ya ajadas por los años o estropeadas por la enfermedad. Mejor ofrecérselas ahora en la flor de su vida, con sus espíritus tan firmes y bellos como sus cuerpos».

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Felicidad conyugal

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Felicidad conyugal

 

La quise porque me dio la gana; ella no me quiso por lo mismo. Fuimos un matrimonio muy feliz.

 

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