360 relatos
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La trastada

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La trastada

 

De joven, el mago Merlín maquinó castigar a ingleses y españoles fijando en sus rostros la mueca con la que más frecuentemente mentían. Pronto le resultó demasiado duro ver a los ingleses sonreír siempre y a los españoles con el gesto adusto.

 

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Mutantes

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Mutantes

 

No fue un chiste, aunque se hicieron. Niños que nacen con cuernos, uno en Kenia, dos en Uganda, pero también en Estados Unidos y en Noruega. ¿Qué ocurre? Son cuernos, sí, cuernos de toro. En Italia también hubo un caso, en Sorrento, una niñita a la que las pequeñas protuberancias daban apariencia de cervatillo. El asunto alarmó a la Humanidad y provocó la atención científica. A aquellos desgraciados, por razones obvias, no se les llamó cornudos; se prefirió la palabra mutantes, sólo a fin de evitar las connotaciones negativas de la otra. Pero resultó que eran mutantes, sí, mutantes. Y así lo probó el científico Whitechapel, cuyo informe a la ONU comenzaba preguntándose: «¿Cuántos milenios lleva la Humanidad alimentándose de leche de vaca?».

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La perrita del gánster

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La perrita del gánster

 

A Guido Corleone le regalaron una perrita labrador. Se acostumbró a pasear con ella por el Central Park cada mañana, acompañado de dos o tres guardaespaldas. La perrita con todos se paraba y a todos se ofrecía, agachándose y moviendo el rabo para que la acariciaran. Guido Corleone encomendó a los suyos que velaran por su inocencia y les advirtió que si alguno le mostraba la maldad del mundo, tendría que vérselas con él.

 

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La mujer del pirata

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La mujer del pirata

 

Sólo deseaba la muerte, pues no ignoraba que la vida al lado de aquellos desalmados que la habían capturado no sería más que un infierno anticipado.

Su barco quedaba atrás, un castillo de fuego sobre el azul del mar, imagen insólita que tendría una rara belleza de no haber costado tantas vidas, las de aquellos soldados y marinos que la defendieron y cuyos cadáveres ahora se hundían con tremendas mutilaciones por la acción de los cañones o el acero de las espadas y las hachas. En tierra firme los dos piratas que ansiaban poseerla se enzarzaron en una pelea. El cabecilla, un inglés de pelo casi rojo, se la disputaba a su segundo, un holandés con cara aniñada pero músculos de hierro, el mismo que la había apresado cuando trató de arrojarse al mar. No parecían quererla para pedir rescate, ignoraban acaso que su padre era el Marqués de Santaisabel, y ya del galeón asaltado habían sacado oro suficiente para hacer ricos a todos los piratas de la isla. Es verdad que los dos, el inglés y el holandés, una vez que hubo concluido el abordaje con la derrota de los suyos, la habían tratado con afectada delicadeza, pero a los dos deseaba la muerte en el duelo que habían iniciado. Y a fe que se estaban matando, que el duelo era a muerte y por ella.

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Lealtad

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Lealtad

 

Mi querida madre marcó hasta el final los calcetines a mi padre con un hilo blanco. ¿Por qué, si él ya era el único hombre de la casa?

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