360 relatos
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Los gusanos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Los gusanos

 

Cuando el profesor de religión explicó que nada existe sin que lo haya creado Dios, Juanito estuvo a punto de levantar la mano para señalar una excepción. Pero enseguida pensó que esos gusanos que devoran a los difuntos surgen de la descomposición del propio cadáver, previo nido a toda clase de huevas. Y pensó también que los planetas, las galaxias y los seres vivos, o sea el universo entero, son también una especie de larvas que no hacen sino devorar el cadáver del mismo Dios, muy descoyuntado y descompuesto ya, tras el Big Bang.

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El Ángel de la Guarda

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Ángel de la Guarda

 

Berto Sarriá era un escéptico que, sin embargo, creía en el Ángel de la Guarda desde que una madrugada alguien enderezó de súbito el volante de su coche y evitó que chocara contra una farola. Pasado el susto, aquel inusitado copiloto se presentó a sí mismo como un viajero del tiempo que llegaba del futuro, un descendiente suyo cuya vida dependía de que Alberto tuviera algún hijo, lo que todavía no había ocurrido. A partir de ese día la indolencia de Berto fue una provocación constante, convencido de que hiciera lo que hiciera el viajero del tiempo le salvaría siempre en el último momento. Si iba a bañarse al mar, elegía las zonas más peligrosas, si bebía no tenía moderación y en las discotecas formaba broncas y se metía en peleas.

Una noche, de regreso a casa, después de haber perpetrado toda clase de barrabasadas, Berto tomó la autopista en sentido contrario. Iba a ciento ochenta kilómetros por hora. «¿Estás ahí, Angelín?», así llamaba Berto al viajero del tiempo. El viajero se le hizo una vez más presente, pero se esfumó enseguida, un instante antes de que el coche se estrellase contra un camión cargado de bobinas de acero. «Ahí te quedas –dijo a modo de despedida–. No puedo decir que haya sido un placer conocerte. Pero debes saber que, de los cinco que habéis violado en pandilla a esa pobre chica, tú, precisamente tú, has sido quien la ha dejado embarazada».

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El diente del dinosaurio

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El diente del dinosaurio

 

Charles Frederick Wilson, conde de Winson Green, dijo:

–He leído un libro de relatos de anticipación científica que les recomiendo vivamente. Me ha gustado especialmente uno titulado «Viagra xxl».

Hubo un atisbo de picardía en los ojos de la mayoría.

–Ya saben que en 1980 un grupo de investigadores, liderados por el premio Nobel Walter Luis Álvarez –siguió lord Winson Green–, planteó que la extinción de los dinosaurios había sido causada por el impacto de un gran meteorito contra la superficie de la Tierra hace sesenta y cinco millones de años. En el libro, se explica de otra manera. Según demostró Einstein, el tiempo es una dimensión igual que la altura o la longitud. Sin embargo sus magnitudes se manifiestan de forma distinta. Las magnitudes espaciales no se pueden doblar, mientras que la del tiempo puede plegarse tantas veces como se quiera, entonces todos los tiempos se tocan. Eso es lo que hace un agujero negro. Hacia el año 6000 de nuestra Era los viajes al pasado empezaron a ser una práctica común. Pronto fue muy fácil tener en cada casa una máquina del tiempo. La más asequible y económica, prácticamente un electrodoméstico, era la llamada por el autor del libro, un hispano, anglosaxon cabinet. Los viajes al Cretácico se pusieron de moda. ¿Saben cuál era el mayor aliciente? La caza de dinosaurios.

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Padre e hijo

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Padre e hijo

 

El hijo quería proteger al padre y el padre al hijo, por eso, cuando creyó que su padre había cometido el crimen, se hizo policía con intención de bloquear la investigación. Pero el padre, para ayudarle en su carrera, le fue colocando las pistas.

 

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No asesinen a nuestros zorros

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

No asesinen a nuestros zorros

 

–Por una extraña asociación de ideas he recordado aquella época en la que se exportaban zorros ingleses a la Argentina –dijo el embajador de España–. Salían de Liverpool buques cargados de zorros vivos que llegaban famélicos y despeluchados a la Argentina. Allí se les cuidaba y se les engordaba y, ya sanos y fuertes, se los liberaba en las pampas para que jinetes vestidos a la inglesa, todos como maestros de ceremonia, con las chaquetas rojas y los pantalones blancos bien ceñidos, las botas altas, las gorras negras, les dieran caza. Mi padre, de niño, fue testigo de ello cuando mi abuelo era embajador en Argentina, por entonces la sexta o séptima potencia económica del mundo.

Mi propio abuelo asistió a alguna de aquellas cacerías hasta que las protestas del pueblo inglés acabaron con ellas. Y no me he equivocado: las protestas del pueblo inglés, no las del pueblo argentino. Cada semana había manifestaciones, bien es verdad que muy poco nutridas, ante la residencia del duque de Northminster. Al fin y al cabo por toda Inglaterra se cazaban miles de zorros. Un buen día, sin embargo, una de las pancartas acertó con un mensaje muy eficaz y la prensa popular se hizo eco de la protesta. Enseguida la opinión pública inglesa se mostró abiertamente hostil al negocio del duque. La afortunada pancarta decía: «Los argies –así llaman ustedes despectivamente a los argentinos– asesinan a nuestros zorros».

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