360 relatos
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Carpe Diem

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Carpe Diem

 

Silvano no iba a llegar el primero. Un ruso le había rebasado por la calle interior y un africano iba delante de ambos. Oía además los pasos de quienes le perseguían. Parecían estar pisoteando su propio corazón. No llegar el primero a meta era dilapidar años enteros de dedicación. Se propuso sacar fuerzas de donde no las había. «Corre como si esta fuera la última carrera de tu vida», se dijo. «No te reserves», se repitió. Y su zancada se aceleró, sobrepasó al ruso y luego al africano, y adelantó el pecho sobre la meta para llegar el primero y caer muerto.

 

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Inadaptado

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Inadaptado

 

Decía no a los poderosos y sí a los débiles. Enseguida la muerte vino a por él.

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El ciego que contaba historias

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El ciego que contaba historias

 

En Bagdad había dos contadores de historias muy célebres. Uno de ellos envidioso de la fantasía del otro, se hizo extirpar los ojos, de modo que sus historias, sin la distracción de lo que veía, pronto superaron en riqueza de detalles a las de su rival.

 

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El condenado

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El condenado

 

Atado a la camilla sabía que ahora se le inyectaría el veneno. Nunca antes había percibido tan nítidamente su sangre como un río interior. Le iba a suceder como al camión que conducía su primo Pete cuando le llenaron el depósito con gasolina en vez de gasoil. Se estropeó. Era como si en ese instante le estuvieran metiendo a él gasolina en las venas. También se estropearía, pero sin arreglo posible, mientras que el camión de Pete volvió a funcionar. Miró hacia su madre y no pudo ver sus ojos.

Maldijo a los celadores que habían dejado en el cristal aquella especie de vaho jabonoso, muy tenue, casi ­imperceptible, pero suficiente para perturbar la contemplación de su madre. Se iba. Su cerebro desfallecía.

Le parecía agua sucia escurriéndose por la bañera. Dentro de poco ya no estaría allí. Incluso creyó percibir una regurgitación, como el estertor final del remolino que huye por el fregadero. ¡Qué estafa!, ¡qué horror! Había matado y le mataban. No se quejaba por ello. Sintió, sin embargo, vergüenza de tanta mentira. Ninguna puerta se abría. Ninguna. Todas se cerraban.

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Morir en la cama

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Morir en la cama

 

¡Oh, quién fuera ese petirrojo que salta por las baldosas del jardín con la caída de la primera hoja! Así de melancólica expresó su deseo Asunción para inme­diatamente notar cómo su mente era transferida a la del pajarillo. «¡No, no, por Dios!», gritó enseguida, pues sintió la inmensa incertidumbre de su destino, en alerta constante contra las rapaces, con la seguridad de que moriría violentamente; que, de toda la Creación, sólo a los hombres les es dado morir en la cama.

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