360 relatos
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Preguntas inteligentes

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Preguntas inteligentes

 

Acabada la conferencia, se había abierto el coloquio y, tras un breve intervalo, un hombre había levantado la mano desde una de las primeras filas. El laureado escritor se esforzó por hallar una respuesta satisfactoria a aquella serie encadenada de preguntas. Tomó primero una dirección recta por la que se lanzó con un buen montón de palabras, luego entró en una curva ascendente por la que sus palabras iban de revuelta en revuelta en medio de una niebla cada vez más espesa. Finalmente, antes de caer en una sima, se detuvo. El hombre, insatisfecho, hizo otra pregunta igualmente brillante, muy bien escoltada por algunas palabras previas. El laureado escritor se preparó para transitar otro buen tramo por aquel puerto oscuro y algunas personas comenzaron a irse. Nadie lo tomó como un reproche dirigido al conferenciante sino al interpelante.

Luego, en la cena que siguió al acto, el laureado escritor elogió, con la cortesía de que siempre hacía gala, la agudeza de su interpelante. Pero el concejal de Cultura y Deportes o el rector de la Universidad o los dos a la vez hicieron un gesto de desprecio o de lástima. «¡Pobre Julianín! Está como una cabra –dijeron–, siempre quiere hablar el primero y dar la conferencia él.»

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El azar

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El azar

 

¿Puede el azar conseguir que un mono tecleando una máquina de escribir durante millones de años componga El Quijote de la Mancha? En eso pensaba el ornitólogo Artemio Alcántara cuando desde su mirador de Doñana observó que la bandada de gansos que surcaba el cielo camino del norte dibujaba claramente cinco letras que formaban la palabra VAMOS. Seis meses después, los gansos, de vuelta a Doñana, dibujaron en el cielo la palabra VENIMOS. ¿Podría ser que ese mismo mono tecleara además las palabras del Hamlet?

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Granja Paraíso

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Granja Paraíso

 

Michael Dean, el cantante pop que se había hecho multimillonario con las ventas de sus discos, era un reconocido homosexual. Cansado del ajetreo de la vida artística se retiró a su granja de Australia. Vivía rodeado de caballos, toros, carneros, animales todos del sexo masculino. Como no podían procrear entre ellos, cuan­do alguno se moría, se veía obligado a comprar animales de las granjas vecinas. Aunque pagaba muy bien, era extremadamente exigente en sus adquisiciones. Nadie sabía cuáles era los criterios que le guiaban. Acaso por eso empezó a correrse el rumor de que los animales que elegía también eran homosexuales.

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Murmuration

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Murmuration

 

–Si esta historia hubiera ocurrido en el 2008 habría pensado que esa mañana había estorninos en el cielo –comentó lord Leighton Buzzard.

–Me pregunto qué tienen que ver los estorninos con el vagabundo de mi cuento –dijo lord Winson Green, tras una leve vacilación.

–Probablemente nada, salvo que ese vagabundo fuera un banquero disfrazado huyendo de la Murmuration.

–¿Murmuration? –pareció interrogarse a sí mismo lord Winson Green.

–Murmuration –corroboró lord Leighton Buzzard–, y esto lo digo por nuestro embajador, Murmuration es palabra inglesa que en los diccionarios habría que calificar de falso amigo, pues no equivale a la murmuración de los españoles, sino a murmullo, pero a un murmullo muy característico, ese que provocan los estorninos volando en grandes bandadas por el cielo.

–Nos tiene usted en ascuas.

–Pues esto le gustará, embajador. Al oír a lord Winson Green pensé que el vagabundo de su cuento podría haber sido un banquero disfrazado huyendo de los estorninos.

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Ellos no tuvieron elección

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Ellos no tuvieron elección

 

Ronald Christopher Edwards, conde de Cheddington, dijo:

–Una vez al trimestre llevamos una corona de flores en memoria de los millones de animales que han sufrido por nuestro país. La depositamos en el monumento erigido en Park Lane. Ellos no tuvieron elección, se llama. Todo un símbolo. Ocho millones de caballos fallecieron en la I Guerra Mundial. ¡Y cuántos perros, palomas mensajeras, delfines, leones marinos y elefantes! Solo en la II Guerra Mundial el ejército británico condecoró a treinta y dos palomas, dieciocho perros, tres caballos y un gato. Todos ellos recibieron la medalla Dickin, el equivalente de la Cruz de la Victoria. Dos casos llaman la atención. Uno el de la paloma María de Exeter que voló de vuelta al Reino Unido tras resistir el ataque de halcones alemanes. Otro, el de los caballos Peter y Silvia, que se quedaron sin medalla. Peter murió en combate, pero, Silvia, que, estuvo en nuestras filas, fue repudiada y condenada a morir de hambre. Algo habría que hacer para reivindicarla. Ambos eran andaluces, de esa inteligente y fina raza. Se habían criado felices por los cálidos campos del sur de España. Muy jóvenes todavía, fueron vendidos. Silvia, al ejército británico; Peter, al alemán. Su vida empeoró, no tanto por la dureza de sus nuevos entornos, como por la fuerte añoranza que sentían el uno del otro. Cuando estalló la guerra, y fueron llevados al frente, su instinto les hizo vislumbrar la oportunidad de reencontrarse. Un encuentro, sin embargo, desgraciado. El teniente inglés que montaba a Silvia, mató a Peter, el potro de sus amores. Quizá disparó al oficial alemán que lo montaba, nunca lo sabremos. Pero su disparo hirió de gravedad al caballo, que, al caer, ocasionó la muerte del jinete. La yegua Silvia, enloquecida, se volvió entonces contra quien la montaba, logró derribar al teniente inglés y lo mató a coces.

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