360 relatos
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Una deuda saldada

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Una deuda saldada

 

Alberto, con un full de ases reyes en la mano, ya no tenía dinero, ni bienes que apostar. Guido, mientras empujaba hacia el centro de la mesa todas sus fichas y ­todos los pagarés que él mismo le había firmado, le dijo: «Esto vale un polvo de tu hija.» Alberto empalideció, pero su situación era tan catastrófica que, más que detenerse en lo que aquellas palabras tenían de ofensa, se agarró a ellas como a una tabla de salvación. «Ella no lo aceptará nunca», comentó. «Eso es cosa mía», replicó Guido. Alberto hizo un gesto de conformidad y, como si pusiera a su propia hija sobre la mesa al lado de los pagarés y fichas del otro, mostró sus cartas. Perdió. Guido tenía un póquer. Pasaron los días. La hija de Alberto huyó a Roma advertida por su padre. Guido, advertido también por Alberto de su paradero, la siguió y cobró su deuda. A la salida del departamento romano donde la violó, le esperaba Alberto, quien le disparó tres tiros, uno en la cabeza y dos en el pecho. Alberto ignoraba si Guido oyó sus palabras, pero las dijo bien alto. «Ahora estamos en paz».

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Mutantes

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Mutantes

 

No fue un chiste, aunque se hicieron. Niños que nacen con cuernos, uno en Kenia, dos en Uganda, pero también en Estados Unidos y en Noruega. ¿Qué ocurre? Son cuernos, sí, cuernos de toro. En Italia también hubo un caso, en Sorrento, una niñita a la que las pequeñas protuberancias daban apariencia de cervatillo. El asunto alarmó a la Humanidad y provocó la atención científica. A aquellos desgraciados, por razones obvias, no se les llamó cornudos; se prefirió la palabra mutantes, sólo a fin de evitar las connotaciones negativas de la otra. Pero resultó que eran mutantes, sí, mutantes. Y así lo probó el científico Whitechapel, cuyo informe a la ONU comenzaba preguntándose: «¿Cuántos milenios lleva la Humanidad alimentándose de leche de vaca?».

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No fue posible la paz

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No fue posible la paz

 

Metieron en un gran ordenador los datos que enviaban las sondas galácticas a fin de tener por primera vez una perspectiva del Universo desde fuera de sí mismo. Los hombres no salían de su asombro. Visto en la pantalla del monitor el Universo tenía rostro humano. O mejor, tenía rostro divino: el de la Sábana Santa de Turín. Ante tamaña evidencia, ¿sería al fin posible la armonía universal? Se hicieron nuevas comprobaciones y empezaron las disidencias. Unos negaban que la sombra sobre el labio superior fuese un bigote; otros, que la sombra bajo la barbilla fuese una barba. Algunos lo negaban todo y veían en aquel rostro a una vieja horrible con la nariz y el mentón como carámbanos. Otros, a una elegante dama con sombrero de plumas. Estábamos, pues, como al principio.

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Los fantasmas de la Torre

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Los fantasmas de la Torre

 

–Lord Dim es célebre por ese tipo de cosas –comentó lord Leighton Buzzard con una leve sonrisa–. Ustedes saben que no hay castillo inglés sin su fantasma. Lord Dim asegura que en la Torre de Londres abundan más que en ningún otro de Inglaterra, tantos al menos como pobres desgraciados fueron decapitados allí. La parte del alma que ocupaba el cuerpo persigue por siglos a la parte que ocupaba la cabeza. Muy pocas veces logra alcanzarla. Si lo consigue y las dos partes se unen, el alma abandona para siempre la Torre. Lord Dim estima sin embargo que aún deambulan por aquellos corredores más de mil almas partidas en dos. Son esas fuertes corrientes de aire que como coletazos invisibles circulan a media altura entre aquellos muros, dejando en el visitante una sensación desapacible y turbadora.

 

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Cuento del falso eunuco

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Cuento del falso eunuco

 

El Sultán de Diurundi era impotente, pero tenía más de doscientas mujeres en su harén, porque como buen musulmán no renunciaba a los placeres del sexo, a pesar de su problema eréctil, Había mandado traer de Alemania trescientas camillas de paritorio en las que las mujeres se tumban con las piernas abiertas y levantadas, bien sujetas a dos estribos.

De sus diez eunucos, Hassin era un falso eunuco, dotado de un miembro viril que para sí quisiera un caballo. Al Sultán le gustaba contemplar cómo Hassin hacía la ronda, a él vedada, penetrando a todas sus mujeres que lo esperaban a lo largo de dos filas en la posición ya mencionada como en una sala de hospital. Así, el Sultán de Diurundi llegó a tener más de trescientos hijos varones, todos oscuros y fuertes como Hassin, pero ningún nieto, porque, ay, los hijos de Hassin nacieron sin testículos o con los testículos necrosados.

Los designios de Alá, el Todopoderoso, son ciertamente inescrutables.

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