360 relatos
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Lengua

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Lengua

 

Yo me negaba a ir, porque, aunque mi indolencia no me permite ser vegetariano, siento un rechazo instintivo por ese tipo de productos. Mis anfitriones insistían: «¡Qué guisos, qué fritos, qué rebozados de casquería sirven en el Gandarias, el más antiguo restaurante de Lot!» Nunca debí aceptar su invitación. Bajo aquel rebozo de pan y huevo la lengua todavía hablaba. Me dijo: «Sabes bien lo que estás comiendo».

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Secciones de paraíso

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Secciones de paraíso

 

Le bastó una ojeada para saber que en la vida eterna seguirían los conflictos; ni un solo cristiano dejaba de contemplar con envidia la zona llena de huríes de los musulmanes.

 

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Perfidia

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Perfidia

 

–La Pérfida Albión, ¿no es cierto embajador? –dijo lord Winson Green con resignada ironía–. Supongo que usted sabe quién acuñó el término. No fueron los españoles, sino los franceses ¿quiénes si no? Un sambenito exitoso que no hemos logrado quitarnos de encima. Pero fueron ellos, los franceses, los pérfidos. Basta mirar un mapa para comprender que Inglaterra y España se necesitan mutuamente frente a los poderes centrales del continente. Ambas son excéntricas a Europa, isla una, península otra, pero cerrado su paso terrestre por la gran muralla de los Pirineos. Nuestros dos países asumieron felices esa alianza natural; duró siglos y fue muy firme. ¿Cómo romperla? He ahí la misión de Francia, a la que se dedicó con tenacidad y astucia. Fijémonos en el momento de ruptura: ese primer tercio del siglo xvi. Ocupa el trono de Inglaterra un inteligente joven inglés, casado con una española, la reina consorte que el pueblo ama como nunca ha amado a otra. Es preciso enturbiar los amores de Enrique, el inglés impulsivo, y Catalina, la española sosegada. ¿Cómo hacerlo? El prestigio de la cocina francesa es determinante. Había en la corte de Saint James, cómo no, un cocinero francés que manejado por París alimentó al rey con muy suculentos platos que contenían un exceso de mosca española, ya sabe, ese coleóptero verdoso del tamaño de una uña, la Lytta vesicatoria de Linneo, que, una vez muerto se deja secar y luego se muele hasta convertirlo en polvo. Su poder afrodisíaco es de sobra conocido. Enrique, ya de por sí impetuoso, dobló y triplicó su potencia amatoria. Catalina se mostró incapaz de seguir el ritmo de su esposo. El rey quiso entonces el divorcio y emparejarse con una mujer más joven. El Papa se negó. Lo que siguió, ya se sabe. Enrique apartó a su reino de la obediencia papal, de modo que el designio maquiavélico del francés resultó mucho más eficaz de lo imaginado. Herejía, dijo la católica España y las dos naciones hasta entonces aliadas y amigas, se separaron, esta vez con permiso del Papa, y lo hicieron para siempre, cambiando el destino de Europa y del mundo.

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Promesa juvenil

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Promesa juvenil

 

De muy jóvenes se juraron amor eterno, pero la vida los separó. Él se casó con una alemana y murió relativamente joven. Ella contrajo matrimonio dos veces. La primera, con un notario; la segunda, con un ingeniero de caminos que fundó numerosas empresas y que al morir la dejó multimillonaria. Tenía tres hijos, una chica del primer marido y dos chicos del segundo. Ya anciana creó una fundación a la que dejó instrucciones para cuando muriera. Los hijos, que nada sabían, pusieron, cuando el evento se produjo, el grito en el cielo, pero no tuvieron más remedio que aceptarlo. Su difunta madre quería ser enterrada con aquel joven primer amor de su ciudad natal. No sólo en la misma tumba, también en el mismo ataúd. La fundación negoció con la viuda que se había casado de nuevo y por no demasiado dinero concedió todos los permisos. Se abrió el viejo ataúd y un esqueleto polvoriento, que parecía esperar con los brazos abiertos, acogió el cuerpo de la anciana, vestida para la ocasión con sus mejores galas. Por fin habían cumplido su promesa.

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Políticamente incorrecto

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Políticamente incorrecto

 

La población reclusa no cumple la cuota femenina. Habrá que hacer algo.

 

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