360 relatos
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La profecía cumplida

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La profecía cumplida

 

Miraba por la ventana. El cielo despejado y tranquilo semejaba una tersa lámina azul. Su religión anunciaba que hoy martes veintitrés de marzo el mundo finalizaría. Se había preparado a conciencia para ello y esperaba que de un momento a otro los cielos se rasgaran. ¿Con cuánto estrépito y violencia habrían de abrirse para dejar paso al rostro barbado y justiciero de Dios? El pánico le ganó y el mundo se acabó para él.

 

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¿Menage a trois?

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¿Menage a trois?

 

Teresa va de blanco, Javier de frac. Se acaban de casar. Todavía sus amigos están arrojándoles puñados de arroz en la escalinata, a las puertas de la Iglesia, cuando una sonriente Teresa toma de las manos de Javier la pistola que éste le tiende y se dispara en el pecho a la altura del corazón, un súbito fulgor rojo empapa el vestido blanco... Javier, pálido pero decidido, recupera la pistola y se dispara a su vez en la sien. ¿Qué clase de pacto es éste? El joven sacerdote, que los acaba de casar, se abre paso entre los invitados, parientes y amigos con furiosa energía y arranca la pistola de la mano del novio. Hay más gritos y más carreras. El sacerdote se acaba de disparar un tiro en la boca.

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Amor al fin y al cabo

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Amor al fin y al cabo

 

–Yo recuerdo el caso de dos chicos, ella y él, dos TTI, típicos tímidos ingleses –dijo lord Winson Green–, que se relacionaron por Internet a través de una dating. Ella no se atrevía a enviarle una foto por temor a no gustarle y tampoco una foto que no fuera de ella, como sabía que hacían otras chicas. A él le pasaba lo mismo. De modo que optaron por enviarse un retrato a lápiz o plumilla; ella se lo encargó a una compañera que dibujaba muy bien y que se convirtió encantada en cómplice de su embellecimiento, con oportunos y sabios retoques en ojos, nariz, cintura y pecho. Él tuvo que pagar a un nigeriano que hacía retratos en Hyde Park, al que pidió uno de cuerpo entero, no sin advertirle que solo le pagaría si le sacaba alto y atlético, con los ojos grandes y el mentón firme. Después de enviarse los dibujos escaneados, se citaron en un pub de Chiswick para conocerse en persona. Cuando él entró, ella estaba sentada al lado de una ventana sobre el Támesis. Era bellísima, como la del dibujo. Se acercó muy azorado. Empezó a hablar y enseguida tuvo la sensación de que estaba molestando. Otro muchacho, recién entrado, vino al rescate de la chica. «¿No ves que no le apetece estar contigo?», le recriminó. Lo reconoció enseguida, ojos grandes, atlético, mentón firme. Ese muchacho era él. No tuvo dudas. Pero tampoco era él: era el muchacho de su dibujo.

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Después

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Después

 

«Después lo hablamos, ya más tranquilos, en el palacio de la Condesa», dijo fray Antonio de Echevarry, Familiar del Santo Oficio, que, separándose de su interlocutor, se apresuró a ocupar su lugar en la Plaza Mayor para el auto sacramental en el que iban a ser ejecutados un hombre y una mujer. De súbito, esa palabra primera que había pronunciado, después, comenzó a ganar peso en su conciencia. Pensó que los dos reos ya no tendrían un después, y que su ahora, un ahora terrible, era todo lo que les quedaba, lo único a su alcance. Sintió un conato de rebeldía que alejó con un movimiento casi espasmódico de hombros y cabeza.

Prendieron fuego a las hogueras y la plaza se llenó de un olor fuerte.

Crepitaron en seguida las llamas, se alargaron sus lenguas rojas y azuladas sobre la carne de los dos desgraciados de cuyos gritos sólo setenía conciencia por las ­bocas desmesuradamente abiertas. ¡Qué poca cosa era la vida humana! ¡Cómo se derretía y se desmoronaba hasta lo que parecía el velón del esqueleto! Después, ­después, nunca hubiera pronunciado esa palabra, precisamente por la falta de un después para los reos.

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Una historia inglesa

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Una historia inglesa

 

–Hay que reconocer que los homicidios cometidos por ingleses poco tienen que ver con la historia del ficticio limpiabotas español –dijo lord Leighton Buzzard–. Suele haber en ellos un punto de complejidad que obsesiona a la policía y distrae morbosamente al público. Como en el caso de aquel profesor de Cambridge que coleccionaba cuchillos. Fueron unos años duros, de gran alarma social, en los que morían chicos jóvenes de madrugada en aparentes peleas de borrachos. Las autoridades intentaron atajarlo de diversas maneras, siempre en vano. Las muertes siguieron y lo más curioso es que el arma homicida desaparecía poco después, a veces en el mismo juzgado. Un policía intuitivo siguió la pista de un profesor, una personalidad extravagante, que gustaba de merodear por los lugares conflictivos. No pudieron acusarle de ninguna muerte, sí de haber robado los cuchillos. Los coleccionaba para su propio disfrute. Con ellos en su regazo contemplaba las fotos de las víctimas publicadas en los periódicos y sentía una mezcla de asco, crueldad y ternura que le daba placer. No se pudo demostrar que fuera el responsable de una sola de las muertes, pero, tras ser detenido por el delito de robar pruebas de cargo, los asesinatos cesaron.

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