360 relatos
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El azar

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El azar

 

¿Puede el azar conseguir que un mono tecleando una máquina de escribir durante millones de años componga El Quijote de la Mancha? En eso pensaba el ornitólogo Artemio Alcántara cuando desde su mirador de Doñana observó que la bandada de gansos que surcaba el cielo camino del norte dibujaba claramente cinco letras que formaban la palabra VAMOS. Seis meses después, los gansos, de vuelta a Doñana, dibujaron en el cielo la palabra VENIMOS. ¿Podría ser que ese mismo mono tecleara además las palabras del Hamlet?

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No asesinen a nuestros zorros

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No asesinen a nuestros zorros

 

–Por una extraña asociación de ideas he recordado aquella época en la que se exportaban zorros ingleses a la Argentina –dijo el embajador de España–. Salían de Liverpool buques cargados de zorros vivos que llegaban famélicos y despeluchados a la Argentina. Allí se les cuidaba y se les engordaba y, ya sanos y fuertes, se los liberaba en las pampas para que jinetes vestidos a la inglesa, todos como maestros de ceremonia, con las chaquetas rojas y los pantalones blancos bien ceñidos, las botas altas, las gorras negras, les dieran caza. Mi padre, de niño, fue testigo de ello cuando mi abuelo era embajador en Argentina, por entonces la sexta o séptima potencia económica del mundo.

Mi propio abuelo asistió a alguna de aquellas cacerías hasta que las protestas del pueblo inglés acabaron con ellas. Y no me he equivocado: las protestas del pueblo inglés, no las del pueblo argentino. Cada semana había manifestaciones, bien es verdad que muy poco nutridas, ante la residencia del duque de Northminster. Al fin y al cabo por toda Inglaterra se cazaban miles de zorros. Un buen día, sin embargo, una de las pancartas acertó con un mensaje muy eficaz y la prensa popular se hizo eco de la protesta. Enseguida la opinión pública inglesa se mostró abiertamente hostil al negocio del duque. La afortunada pancarta decía: «Los argies –así llaman ustedes despectivamente a los argentinos– asesinan a nuestros zorros».

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El descenso

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El descenso

 

A la caída de la tarde, los dos muchachos del barrio de El Crucero se montaron en la noria. Les tocó compartir cabina con dos chicas de las que frecuentaban el Club de Tenis, una rubita, la otra de pelo castaño. Se averió el motor y quedaron colgados de lo más alto. La cabina oscilaba ligeramente y los ejes chirriaban. Una de las chicas, muy asustada, empezó a rezar con los ojos cerrados. «Qué bonito es esto»– dijo Francisco, señalando con un ademán lleno de naturalidad los dos niveles de color del cielo, azul y carmesí, y la fulguración nacarada de la ciudad abajo. La chica del pelo castaño lo miró con recelo, también parecía muy tensa. Francisco se inclinó y le tomó una mano. «Fija la vista en tus manos y respira hondo» –dijo–. Ella así lo hizo y una leve y forzada sonrisa se asomó a su rostro. De aquella lucha contra el miedo que el chirriante balanceo de la cabina propiciaba pareció surgir una cierta complicidad entre ellos. Pero la noria volvió a ponerse en marcha y la chica del pelo castaño liberó con movimiento rápido su mano. Llegaron abajo y se apearon. Francisco se ofreció a acompañarlas y ellas le dieron la espalda; enseguida se alejaron bien agarradas del brazo tan deprisa como les fue posible.

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Inadaptado

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Inadaptado

 

Decía no a los poderosos y sí a los débiles. Enseguida la muerte vino a por él.

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Miedo al padre

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Miedo al padre

 

Los asaltantes eran dos y parecían muy jóvenes. Iban cubiertos con pasamontañas. El guarda jurado les sorprendió por la espalda y les dio el alto. Uno de ellos se revolvió contra él e intentó dispararle pero su pistola se encasquilló. «¡Dispara!», conminó entonces a su compañero, que parecía incapaz de reaccionar. Había reconocido en el guarda a su propio padre, que, a su vez, lo apuntaba sin decidirse a disparar. El hijo, pasado ese primer instante, sí disparó, un tiro mortal. Convencido de que su padre lo había identificado se había sentido incapaz de soportar la bronca que le esperaba al volver a casa.

 

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