16 relatos
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Ocho piernas

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Ocho piernas

 

Quizá no sea la primera vez que la traición amarilla de una mañana soleada le pega una cuchillada a Ron Sheppard en el costado, y se despierta, abrazado a su perro Sketch por el bajo vientre, con la apariencia de haber sido arrancado violentamente de un cuadro de Lucian Freud: desnudo, sucio, los músculos resaltados por el frío de unas líneas azules, las piernas de un hombre asomando por debajo de la cama.

Porque no es extraño que uno tenga a un hombre, tumbado y sin ropa, oculto por las sábanas que cuelgan. Lo raro es no saber quién es.

Quién demonios eres, piensa Ron Sheppard, pero solo lo piensa, después de incorporarse y haber intuido que hay dos piernas bajo su cama. Apenas se fija en ellas. La luz que entra por la ventana lo ha despertado, y abre los ojos Ron Sheppard para recorrer, todavía en la misma posición, de un vistazo todo el cuarto: la misma mierda haciendo más acogedoras las paredes, en el suelo los mismos tablones que acabarán pudriéndose algún día y sin avisar, el mismo aire irrespirable, cargado, rancio, sin futuro. También tres colillas apagadas en la madera y, volcada en el suelo, la derrota de una botella de whisky. Es al ver eso cuando Ron Sheppard intuye debajo de él dos piernas agazapadas, y se incorpora, y piensa, quién demonios eres, ahora que ya las ha visto.

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Las correcciones

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Las correcciones

 

Cuando termina de responder al camarero y este le dice «bueno, pues tú sabrás lo que haces con tu vida», Ted Parker se vuelve a sumergir en el pozo del café y recuerda que cuando todo el mundo desaparece significa que se ha quedado solo.

Otra vez.

Y no ve nada claro, únicamente unos ojos de color Alemania en primavera que van pasando por el otro lado de la puerta de cristal con el alfabeto invertido. Bajan la calle, están a la altura de aquella sucursal bancaria donde dice Paul Viejo que acribillaron a Geena, y él sale corriendo hasta que su mano planea sobre el hombro de ella, el flequillo recortado como un hombre vuela y se gira.

«Pensé que nunca te iba a volver a ver», exagera Ted Parker, y también, más contenido, «jamás pude olvidar tus ojos que me hacen alcohólico cada noche, ¿dónde has estado?». Pero cuando él añade «no te volveré a perder», la mujer sale corriendo, agota la avenida entera, hasta entrar en el parque.

Está nevando.

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Divinos detalles

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Divinos detalles

 

 

 

En un puente de Londres con la luz de Varsovia

José Martínez Ros, Trenes de Europa

 

 

 

I

 

Salió del British Museum por el disimulo de la puerta que da a la esquina de Montangue Street y no dejó de correr hasta que llegó al parque, apretando con fuerza contra su pecho el objeto que llevaba en la bolsa de papel, cubriéndolo de la lluvia con la solapa de la gabardina, y abrió la verja y ya despacio, quizá tratando de ser más discreto de lo que había sido, anduvo por el sendero de arena hasta llegar al banco de madera más apartado, escurrió ligeramente su sombrero, se lo volvió a colocar y con una calculada distracción se sentó, recostándose, apoyado contra el respaldo, justo en el sitio donde hace ya algún tiempo, con una mínima navaja y dándole a la madera la función de la memoria, habían escrito Mary Ann loves Peter, forever.

Mary Ann Sherriford, de soltera Montgomery, es ahora esa mujer envejecida que se puede ver inmóvil en el sillón de mimbre al otro lado del cristal de su ventana, la tercera por la derecha en el 12 de Petticoat Road, darle vueltas una y otra vez a la misma madeja de lana púrpura, y que se quedó viuda hará ya diez años y dos meses cuando su segundo marido, John, decidió aceptar el reto que le lanzaron sus muy acertados compañeros de taberna y acabó con uno de los lados de la cara tocando la arena y el lodo del fondo del Ishmer, un lago que se encuentra en una pequeña aldea a siete kilómetros de Sussex.

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No temas, Jack

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No temas, Jack

 

 

I

 

Solo si Jack es capaz de mantener en alto la escopeta, si logra permanecer apuntando un tiempo considerable, este cuento puede llegar a alguna parte. Será necesario que la situación continúe siendo la misma, es decir: que la mirada del cañón no se desvíe, no encuentre distraccio­nes, ojos quebrados en grito, manos sudadas; es decir: que la distancia que existe ahora mismo entre Jack, su mensaje de pólvora y ese hombre sobrecargado de ten­sión en la mandíbula debe ser igual, es necesario todo el tiempo, porque un centímetro de variación, un movi­miento inesperado, el nervio y la traición de un pie que se deslice, precipitará, tal vez, el final de este cuento, las razones de Jack, la recompensa de una muerte. Y, al menos en este cuento que se planea, la resolución de una vida, si es que la hubiera, deberá responder a un motivo concreto, a ningún otro. Pero, sobre todo, será necesario, condición sin la cual nada, que Jack maneje y tenga bajo control –y sin soltar la escopeta– los extremos de la cuerda que anuda todo, el tiempo y el silencio, tal y como estaba antes de empezar el cuento y como debería per­manecer cuando este acabe. Tendrá, Jack, que proteger ese vacío sonoro que había en el momento anterior a levantar el cañón, clavarse la estaca de la culata en el hombro. Mantener intacto el silencio al que precederá el descerrajo que se ha quedado fuera de este cuento. Es importante, porque si Jack no es capaz de apresar tam­bién ese silencio, escuchará entonces la música de las sirenas, las ambulancias que llegan y, un poco antes, el choque del metal contra el terreno, el arma que cae, las manos que se destensan y, un poco antes, la queja inútil de una garganta que se ahoga, el dedo traicionando la precisión sobre el gatillo y, desde luego, la pregunta que el hombre lanza sin permiso

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Los ensimismados

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Los ensimismados

 

 

 

 

 

 

Sí: vas a parecer beato y melodramático.

Te aguantas.

David Foster Wallace, Octeto

 

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