16 relatos
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Sin salir de Marta

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Sin salir de Marta

 

A Marta habrá que recordarla siempre en la estación. Marta en la espera, Marta en la angustia. Era la elección de un color, el sonido de un nombre. Marta era un regalo, Marta en los ojos. Pero un regalo compartido. Como aquella tarde de barro en las botas en que a Marta había que recogerla del andén. Marta con la falda a cuadros, con seudónimo en sus labios. Era una carrera, era una niña, eran las siete. Marta era dos hombres. Y él fue más rápido. Su traje más gris, su camino más corto. Quizá solo tuvo que ajustarse el nudo de la corbata, o recordar sin más que la llevaba, y recoger las gotas de agua que huyeron del jarrón al sacar las flores para Marta [Vaya tono, tío. Esto puede ser empalagoso, empalagoso. Ya lo estoy viendo...], y desearse buena suerte, y primero una zancada, después otra, ya en la calle, y sobre todo creerse solo, no pensar en mí, jamás, como si no existiera. Fuera de Marta. Yo sí que había oído hablar de él [Un momento, Viejo, ¿cómo que «pensar en mí»? ¿«Yo»?, querrás decir él o alguien, pero tú...]. Porque Marta era el secreto desvelado en la cama, Marta no hagas más daño, Marta y por qué. Pero uno es capaz de ignorar todos los sonidos, cada recuerdo, cuando duelen. Y duelen.

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Mis problemas con la ficción

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Mis problemas con la ficción

 

 

Problema: la realidad

 

Sé montar un fusil, cargar un fusil, disparar un fusil. Sé deslizarme entre matorrales, descender un valle, avanzar por una cuenca flanqueando la vaguada, esquivando la divisoria, y resistir durante horas sin que el cerebro se cargue de humo. Veo el camión alejarse por el camino y perderse después al pasar ese collado de ahí. Dos puntos rojos y después nada. Pero sé, sobre todo, mimetizar mi aspecto, confundirme con el entorno. Basta coger un corcho, o un trozo de madera, y convertirlo en tizón con un mechero. Trazo una línea negra en mi frente, en mis pómulos, en el mentón. Hay que desdibujar los ángulos, rasgar la piel en diagonal con la ceniza, sin calcular, hasta que de mí quede el rastro justo. Pero sin convertir lo que antes era pálido en una mancha negra. Mi compañero limpia su fusil. Por segunda vez. Por segunda vez saca un trozo de estraza doblada del bolsillo y esnifa un poco de cocaína. Yo, inmóvil. Él no consigue estar quieto más de un minuto. Aquí un minuto puede ser una eternidad, solo depende de cómo se utilice. Se apoya en un peñasco y reposa el arma sobre las piernas. Cerraja y descerraja. Lo limpia de nuevo, sopla el interior del cañón, guiña y trata de ver algo dentro. Se reincorpora, estira las piernas, destensa la espalda y apoya el fusil en el suelo. Golpea el fusil contra el suelo. El proyectil recorre la mandíbula, el pómulo y destroza la ceja y parte del ojo derecho. Quema su piel. Desdibuja sus ángulos.

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Robert and Geena

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Robert & Geena

 

 

I

 

Robert quiere decirle algo a Geena, y solo está en mi mano que finalmente se lo diga. Es invierno, nieva. Lo que ni siquiera tiempo después tengo del todo claro es si estoy aún en Boadilla o ya en Milán (en la memoria hay lugares donde nunca deja de nevar). Y a nadie tiene por qué importarle. Sí sé que estoy encerrado (después de un portazo) en mi habitación. El cuello tenso, los brazos tensos, las manos tensas, y ocho violonchelos se pelean entre ellos, repitiendo una y otra vez la misma melodía con ligeras variaciones. Noelia ya está en la habitación de al lado, eso sí.

«¿Por qué no te pones? ¿Por qué no lo terminas?».

Y después el portazo. La música a todo volumen desde el ordenador, acompañando el enfado, todo poco segundos antes de obligar a Robert a rematar algo que no quiere hacer, o que no tiene sentido hacer, o que no logrará cambiar nada. Estoy a punto de cruzar un desierto, es verano, hace calor. Pero la nieve está cayendo ahí fuera.

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Mi regalo para Ronald, empapada en whisky

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Mi regalo para Ronald, empapada en whisky

 

 

I

 

Los lobos no son conscientes de su juego. Descienden desde el bosque a la ciudad y comienzan a buscar sus objetivos, dando vueltas en círculos, hasta estrecharlos. Poco se puede hacer, solo gritar, gritar, gritar. Se internan en calles oscuras, olisquean las esquinas en busca de alguien con miedo. No saben lo que hacen, pero saben lo que quieren. Poco se puede hacer, solo gritar, gritar, gritar. Son astutos los lobos, parecen, en las noches de luna, perros frágiles, necesitados de una caricia. Será mejor que empieces a gritar, gritar, gritar. Te lo dice tu madre, cada noche, no te pongas esa capucha, vas hecha unos zorros. Hace juego con mis labios. Y la vieja se pone a gritar, gritar, gritar. Los lobos no son conscientes de su juego. Están en la ciudad. Dan vueltas en círculos. Casi nadie los teme. Casi nadie los ve.

 

 

II

 

Ya debería quedar poco para que fueran las once y media de la mañana. Se tendría que notar en el sol, en el cansancio de Sylvia y Maureen (o más bien en las marcas de sudor que ya empezarían a aparecer en el chándal de algodón gris de Sylvia) y, claro, en los relojes que consultarían ambas, como si estuviesen sincronizadas, en el momento en que se acercasen a la fuente, la que está junto a la puerta del parque, al que no llegarían a entrar.

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Derrapar

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Derrapar

 

Esto es de la época en que la Rubia le enseña a conducir en un polígono del Quartiere Otto con un Fiat rojo prestado. (Él hubiera preferido que esto, o parte de esto, lo hubiese contado Gianni Celati o Enrico Palandri, alguien así, capaz de hacer cotidiana casi cualquier cosa, de restarle sombra al asunto en lugar de añadirla. Pero es lo que hay).

Comienza cuando ella le dice «no, no lo hagas», aunque todos sabemos que las cosas siempre empiezan mucho antes. Él está sentado en el asiento del conductor, con las manos en el volante, la espalda ligeramente rígida, y entonces baja la mano derecha hasta el freno de mano. Es la segunda mañana que van hasta el polígono y hace apenas unos minutos que la Rubia le ha dicho «ponte tú», no como el día anterior (perdón por el desorden en los datos, la confusión) cuando las dos horas de clase transcurren simplemente con el coche parado, la explicación de ciertos códigos, de ciertas normas, de todos aquellos mecanismos habituales que él debía aprender, hasta que, tan solo hacia el final de la lección acordada, ella vuelve a arrancar el Fiat y conduce lento, tanto como permitiera seguir explicándole y, mientras, hace todas esas cosas de los pedales, de las luces, aquello de la palanca y la velocidad, lo del espejo.

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