16 relatos
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Cada noche

Paul Viejo Editorial Páginas de Espuma ePub

Cada noche

 

Me pide que le cuente un cuento y yo no sé cómo decirle que no puedo, que qué clase de cuentos quieres, qué te cuento, supongo que diría un cuento cuento, claro. Me lo pide poniendo esa cara de niña buena que delata que ya no es ninguna niña, o que camufla todo lo que le ha pasado, y pienso no te va a gustar que te cuente uno de mis cuentos, pero con esa cara se hace difícil resistirse o contarle cuentos chinos sobre que yo no escribo cuentos del tipo de los que ella quiere escuchar, porque supongo que lo que espera es un cuento como los que le contaba su institutriz inglesa (que, por cierto, es la misma que le contaba cuentos a Scotty cuando cuidaba de ella porque Zelda y su marido –no lo nombraré; tengo demasiada envidia de los cuentos que ha publicado– salían para emborracharse o amanecían con resaca) y yo soy incapaz, no sé contarlos. Siempre que lo pide ella está tumbada en la cama y yo, quizá, ya de pie, abotonando la camisa con una precipitación y unas prisas nerviosas que delatan que sé que me va a pedir un cuento, que se lo cuente, mientras ella, sonriendo y mirándome desde las sábanas, comienza a acariciarse un pezón como si no tuviera nada más con que jugar, y así, como si hubiese accionado un botón o estuviera tirando de un cordel muy fino, comienzo a acercarme de nuevo a la cama tratando de saber si lo que me pide lo hace a cambio de algo o como premio a alguna cosa. Pero yo no puedo contarle nada, aunque siempre lo pida, y me cuesta explicarle que, de contárselos, los cuentos que yo podría contarle no son los que ella espera, salvo que quiera que le cuente cuentos sin apenas historia, tan quietos, en los que no pasa nada (¡Como si no pasase nada siempre, incluso en situaciones como esta en la que dos personajes se miran sin decirse nada! ¡Como si no estuviera ocurriendo algo tremendo en todo el camino que recorre una gota de rocío desde que empieza a resbalar por la hoja hasta que se estrella contra la tierra! Como si el mundo no pudiera estar en silencio de vez en cuando... Pero eso, eso es complicado explicárselo a ella), y no lo creo, porque nunca dice cuéntame nada, o cuéntame algo donde nada ocurra. Las chicas de su edad siempre quieren acción, la mujeres más mayores quieren acción, y hasta las viejas la quieren. Por eso sé que no, en esos momentos, con una sonrisa ligeramente diabólica, ella lo que me pide es que le cuente un cuento, un cuento de arriba abajo, con su desarrollo pero sobre todo con un principio que deje claro que lo que se está contando es un cuento –es evidente a qué tipo de principios de cuento me estoy refiriendo–, y a mí lo único que se me ocurre (cuando, a veces, tengo el arrebato de pensar, bien, está bien, te voy a contar un cuento, esta vez sí, aunque luego no llegue a hacerlo nunca, que es lo que ocurre con la mayoría de las promesas) es un comienzo por completo diferente, más bien del tipo «todas las familias felices son más o menos idénticas» o algo similar que me llevara a extender el cuento durante mil páginas o más, y eso ya no sería la clase de cuentos que ella quiere oír y ni siquiera creo que fuera un cuento, ni de los suyos ni de los míos, aunque hay quien tiene la capacidad (y el valor) de hacerlos pasar por cuentos, aunque sea a golpes, a empujones, arrinconándolo contra una esquina. Yendo por ahí, al menos, podría decirle no te cuento un cuento, no puedo, porque yo no escribo cuentos, yo soy novelista, miento, pensando que al querer ella escuchar un cuento, o que se lo cuente, no iba a querer que le contara una novela, pero ella seguro que saldría con algo sobre mis compañeros de generación, daría sus nombres y diría ellos escriben novelas y escriben cuentos. Se refiere a los cuentos que publican en las revistas y que, más que un libro de cuentos, lo que les acaba proporcionando es una colección de cheques al portador que les permiten costear las fiestas en sus casas de Pasadena, California, o los regalos incrustados en plata que compran en Tiffany’s, y que yo, claro, pensaría ella, también debo tener cuentos de esos y me pide que le cuente uno. Los únicos regalos que yo puedo hacerle son alguna antología de poesía europea que ella pasea con esnobismo por los pasillos del instituto, y la posibilidad de acudir a esas citas –sin el conocimiento ni la aceptación de sus padres o de mi mujer– que rozan el juego adolescente (¿sería justo algún otro tipo de juego?) y en las que, tras el obligado intercambio de pasión en penumbra y el cigarro a medias, ella me pide que le cuente un cuento. No hay más regalos porque yo no soy capaz, ni vendo ni cuento mis cuentos; es difícil publicarlos cuando no son cuentos que la gente pueda leer de una sentada en el metro o de pie en el tranvía que baja una enorme pendiente con la mano izquierda agarrada a la barra metálica y en la derecha la revista de pasta de papel, doblada o arrugada por la página del cuento con ilustraciones, pero más difícil es contar un cuento, como los míos, que casi son ventanas rotas, fotos rotas, juegos incompletos, rompecabezas a los que a veces le faltan fichas y donde tan importante es lo que se cuenta en el cuento como lo que no se quiere o no se sabe o no se debe contar. Cómo le digo que sí, que se lo voy a contar (aceptando que, por mucha imaginación que tenga, no puedo inventarme un cuento sobre la marcha, sino que tengo que tirar de uno que ya haya escrito), que se lo contaré, pero que ella va a tener que trabajar tanto como yo mismo, que su función mientras yo le cuente el cuento será tan importante como la mía, incluso más, porque es probable que haga su aparición de un momento a otro dentro del cuento, cómo, cómo le explico yo eso, antes de empezar, si ella solo ha dicho cuéntame un cuento, con dulzura, susurrando y apartando el cigarro y el humo de sus labios, solo cuéntame un cuento y no tu vida. No me cuentes tu vida. Y no es que quiera yo resumirle mi historia, no, porque, en esta situación, a lo sumo lo más que recuerdo es algún cuento cuento (pero no de los que se cuentan, me refería más bien a un buen cuento), uno, por poner ejemplos, de algún exiliado ruso en el Berlín de entreguerras, o de algún veterano de la Primera que pasa el tiempo pescando truchas a contracorriente, como los salmones, o, y quizá este le gustase más pero tampoco creo, un cuento que hable, que cuente las caminatas y affaires de una señora mientras pasea a su cachorro por los jardines de Yalta. Aunque tampoco será esto lo que quiere, no aceptará un cuento clásico de un clásico, ella lo que quiere es que le cuente uno al tiempo que lo invento y desespero. Desespero, más que por esa sonrisa burlona y ese péndulo imaginario que no deja de hacer ruido conforme pasa mi tiempo de reacción, por pensar a cuántos hombres más le habrá pedido lo mismo. Casi debería tomarlo como un privilegio, que después de dejarme extasiado quiera que me luzca aún más (o me luzca, simplemente) arrancando con un cuento que, de la emoción, el suspense, le haga luchar internamente en un cierro los ojos no los cierro; debería hacerme sentir bien, sin embargo enfurezco si me detengo a pensar que me está pidiendo que le cuente un cuento, sí, a mí, pero que también lo ha hecho con más hombres antes (porque, maldita vanidad, yo no he sido el único, claro. No habré sido, siquiera, ni el más tierno ni el más violento), que a cada uno de los que han estado en esa cama les ha pedido lo mismo después de lo mismo, cuéntame un cuento, y seguro que todos lo han hecho, mejor o peor, eso es lógico, pero han accedido. Salvo yo, que cada vez que ella pronuncia la dichosa frase, cuéntame un cuento, me quedo inmóvil, con los ojos preguntando por qué me pides eso, y, como ocurre en mis cuentos (los que no le cuento a ella), lo que yo creo real comienza a mezclarse con lo que yo creo ficticio, con lo que nunca ha sucedido, o al revés, que jamás hay manera de diferenciarlo porque ambas cosas son igual de verosímiles o de increíbles o de insignificantes. Se mezclan, las dos cosas, mientras escribo y mientras ella está en la cama enseñándome el cuerpo desnudo que parece que no volveré a ver si no consiento su petición de que le cuente un cuento como ella quiere, y en esos momentos, sí, imagino que saco fuerzas de donde ya no quedan y que me siento al borde del colchón para comenzar un cuento, sin perder en ningún momento la irritación que eso me produce, y, cuando el cuento que ella ha querido que le cuente está mediado, algo dentro de mí y dentro del cuento empieza a cambiar, para que al final, el cuento termine con el narrador estrangulando a la protagonista o me vea a mí mismo cogiendo la almohada y apretándola contra su cara mientras ella jadea cada vez menos, o que saco un cuchillo del abrigo y, así, sin decir nada o justo cuando el personaje del cuento le clava un cuchillo a la chica que está sin ropa en la cama, voy yo y se lo clavo y digo fin, ya se acabó o, incluso, si el cuento era algo melodramático diría por qué tuviste que pedirme eso. Pero ni siquiera, no ocurre, porque cuando ella me solicita el cuento contado yo no llego ni a decirle por lo menos lo que pienso porque cómo explicarle también que hay cuentos que ni siquiera tienen un final igual que hay puñetazos que no dejan marca, un desenlace tal como lo puede entender ella, o como precisan los cuentos que se cuentan, que si no, o bien nunca acabarían, o le dejarían una sensación de insatisfacción a ella que me pidió un cuento, y esto quiere decir un cuento hasta el final, del todo todo un cuento. Así que, cuando ella me pide que le cuente un cuento, ahí estoy yo, reconcomido mientras me abrocho los pantalones, desesperado y rozando el enfado cada vez, porque me parece injusto que ella no se conforme con que escriba cuentos, sino que además exige que se los cuente, y que no le sirva cualquier cuento –ella no lo ha dicho, no especifica pero también lo sé–, sino que tiene que ser un cuento que encaje con la situación que representa una chica que pide cada noche que nos vemos que le cuente un cuento antes de dormir. Como si no tuviera yo bastante infierno con inventar e idear los cuentos que escribo para mí –porque uno escribe solo y exclusivamente para uno mismo, con egoísmo, tal vez para poder contárselos mentalmente antes de dormir y así combatir el insomnio, da igual por lo que sea, pero con egoísmo–, sabiendo ella el esfuerzo que me supone, me lo pide igual, y eso me enfurece, me enfurece, me vuelve loco. Pero el problema es que me pide que le cuente un cuento como pidiendo mimos, algo de cariño, y tiene la delicadeza de pedirme que se lo dé de la manera que ella piensa que mejor puedo hacer, contándole un cuento, y yo, que realmente es lo único que sé hacer –abocetarlo tal vez, escribirlo tal vez, no contarlo, eso sí–, no soy siquiera capaz de complacerla como ella se merece, a ella, que me da todo lo que pido. Me pide que le cuente un cuento, y yo no lo hago, sabiendo como sé que sigue siendo una niña y que nunca se ha podido dormir sin que antes le contasen un cuento, uno corto, corto, porque sus ojos siempre se cerraban como pasando la última hoja de un libro y nunca, qué tierno, ha llegado a escuchar el final de ningún cuento y, por suerte, tampoco ha tenido jamás la necesidad, estúpida, de completarlo.

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Cine mudo

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Cine mudo

 

¿Por qué eres tan duro conmigo, Buster? Una sola vez. No volveré a pedirte nada. Dime que me quieres. Necesito escucharlo o si no me muero.

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Mis problemas con la ficción

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Mis problemas con la ficción

 

 

Problema: la realidad

 

Sé montar un fusil, cargar un fusil, disparar un fusil. Sé deslizarme entre matorrales, descender un valle, avanzar por una cuenca flanqueando la vaguada, esquivando la divisoria, y resistir durante horas sin que el cerebro se cargue de humo. Veo el camión alejarse por el camino y perderse después al pasar ese collado de ahí. Dos puntos rojos y después nada. Pero sé, sobre todo, mimetizar mi aspecto, confundirme con el entorno. Basta coger un corcho, o un trozo de madera, y convertirlo en tizón con un mechero. Trazo una línea negra en mi frente, en mis pómulos, en el mentón. Hay que desdibujar los ángulos, rasgar la piel en diagonal con la ceniza, sin calcular, hasta que de mí quede el rastro justo. Pero sin convertir lo que antes era pálido en una mancha negra. Mi compañero limpia su fusil. Por segunda vez. Por segunda vez saca un trozo de estraza doblada del bolsillo y esnifa un poco de cocaína. Yo, inmóvil. Él no consigue estar quieto más de un minuto. Aquí un minuto puede ser una eternidad, solo depende de cómo se utilice. Se apoya en un peñasco y reposa el arma sobre las piernas. Cerraja y descerraja. Lo limpia de nuevo, sopla el interior del cañón, guiña y trata de ver algo dentro. Se reincorpora, estira las piernas, destensa la espalda y apoya el fusil en el suelo. Golpea el fusil contra el suelo. El proyectil recorre la mandíbula, el pómulo y destroza la ceja y parte del ojo derecho. Quema su piel. Desdibuja sus ángulos.

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No temas, Jack

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No temas, Jack

 

 

I

 

Solo si Jack es capaz de mantener en alto la escopeta, si logra permanecer apuntando un tiempo considerable, este cuento puede llegar a alguna parte. Será necesario que la situación continúe siendo la misma, es decir: que la mirada del cañón no se desvíe, no encuentre distraccio­nes, ojos quebrados en grito, manos sudadas; es decir: que la distancia que existe ahora mismo entre Jack, su mensaje de pólvora y ese hombre sobrecargado de ten­sión en la mandíbula debe ser igual, es necesario todo el tiempo, porque un centímetro de variación, un movi­miento inesperado, el nervio y la traición de un pie que se deslice, precipitará, tal vez, el final de este cuento, las razones de Jack, la recompensa de una muerte. Y, al menos en este cuento que se planea, la resolución de una vida, si es que la hubiera, deberá responder a un motivo concreto, a ningún otro. Pero, sobre todo, será necesario, condición sin la cual nada, que Jack maneje y tenga bajo control –y sin soltar la escopeta– los extremos de la cuerda que anuda todo, el tiempo y el silencio, tal y como estaba antes de empezar el cuento y como debería per­manecer cuando este acabe. Tendrá, Jack, que proteger ese vacío sonoro que había en el momento anterior a levantar el cañón, clavarse la estaca de la culata en el hombro. Mantener intacto el silencio al que precederá el descerrajo que se ha quedado fuera de este cuento. Es importante, porque si Jack no es capaz de apresar tam­bién ese silencio, escuchará entonces la música de las sirenas, las ambulancias que llegan y, un poco antes, el choque del metal contra el terreno, el arma que cae, las manos que se destensan y, un poco antes, la queja inútil de una garganta que se ahoga, el dedo traicionando la precisión sobre el gatillo y, desde luego, la pregunta que el hombre lanza sin permiso

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Septiembre

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Septiembre

 

Va a ser una noche tranquila. Y una historia tranquila. Y Jimmy Dodge conduce su furgoneta gris hasta El Esquinazo. La luz que envíe la luna será medio floja esta noche. Pero desde El Esquinazo, que es un barranco a las afueras, se contempla toda la ciudad, así que la luna pintará poco en todo esto. La ciudad iluminada es más que suficiente. Desde El Esquinazo se ve toda la ciudad, y todas las farolas encendidas, trazando mapas, creando cruces, y para la ciudad esta noche apenas sin luna es, como siempre, muchas noches. Una noche diferente para cada una de las personas que Jimmy Dodge intuye en los edificios que desde El Esquinazo contempla a lo lejos cuando se baja de la furgoneta y echa un primer vistazo, mientras cierra la puerta, coge aire, suspira. Una noche diferente para cada persona. Así será. Pero para Jimmy Dodge tiene que ser una noche tranquila, eso está claro, y eso es fácil. Se gira Jimmy Dodge hacia el maletero y saca de él una caja de cartón que en un primer intento supera el límite de sus brazos, pero que consigue sostener. Una caja grande de cartón, cargada pero sin excesivo peso, que apoya en el suelo, estrujando la arena y las noches en calma.

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