35 relatos
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Pseudoefedrina

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Pseudoefedrina

 

Para David

 

La primera en enfermar fue Miranda, la mayor. Nos contrariamos porque significaba no ir al cine el viernes, único día que mi suegro podía cuidar a las niñas. Pese a los estornudos Dina, mi mujer, insistió en que asistiéramos a la posada del kinder. «Es el último día de clases. Le cuidamos la gripa el fin de semana y el lunes nos vamos al mar». Habíamos decidido pasar las vacaciones navideñas en la playa para no enfrentar otro año la polémica de con qué familia cenar, la suya o la mía.

En la posada había más padres que alumnos y más tostadas de cueritos y vasos de licor que caramelos y refrescos. «Muchos niños están enfermándose de gripa», justificó la directora. «Pero como los papás tenían los boletos comprados, pues vinieron». «Miranda también está enfermándose», confesamos. «Por eso traemos tan envuelta a la bebé». Marta, de apenas siete meses, asomaba parte de la nariz y un cachete por el enredijo de mantas de lana.

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Marcos, Quién y yo

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Marcos, Quién y yo

 

Para Álvaro y Julio

 

El Delegado Zero –antes subcomandante insurgente Marcos– vino a Guadalajara hace unos meses, junto con La Otra Campaña zapatista. No pude ir a vitorearlo a los diferentes actos en que participó porque tenía que trabajar, pero sí leí sus declaraciones con alborozo, gozo y regocijo.

Por ejemplo, la que pronunció en el venerable auditorio Salvador Allende de la UdeG, durante una reunión con intelectuales. «Leer Letras Libres o Nexos es como leer el Quién o TV y Novelas. Con la diferencia de que más gente lee Quién que Letras Libres», dijo allí el Delegado Zero, ganándose las risas de los presentes. Creo que nadie ha reparado en ello, pero Marcos –quiero decir, el Delegado Zero– es uno de los grandes humoristas contemporáneos.

Tengo la costumbre de publicar en Letras Libres cada cierto tiempo. O, mejor dicho, sus editores tienen la costumbre de publicarme. Por ello suelo ser tachado de «fascista» y «burgués», vergonzosa situación que lloro por las no­ches mientras arrojo ceniza a mi cabello y me rasgo las vestiduras. Pese a ello no ensayaré aquí una defensa de la publicación. Si no me depositaran 1600 pesos por texto –2500 cuando les mando un recibo de honorarios y tengo para la paquetería–, nunca se me ocurriría enviar mis proletarias líneas a una revista de ultraderecha, que colabora estrechamente con los propósitos de dominación del supremo gobierno (al menos eso dijo el subdelegado Zero y no estamos como para no hacerle caso).

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El príncipe con mil enemigos

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

El príncipe con mil enemigos

 

 

 

Todo el mundo será tu enemigo, Príncipe con Mil Enemigos, y cuando te atrapen, te matarán. Pero primero tienen que atraparte, excavador, escuchador, corredor, Príncipe de la veloz reacción. Sé astuto y llénate de trucos y tu pueblo nunca será destruido.

 

Richard Adams

 

 

 

–Maestro: no quiero alarmarlo pero tiene un alacrán caminándole por todo el omóplato.

Con esta frase, tan semejante a su ampulosa poesía erótica, el licenciado Ramón Moctezuma Vélez, director de educación del municipio de Río Bajo, interrumpió mi lectura en la Casa de la Cultura de San Uberto.

Reaccioné con gallardía. En vez de pegar de berridos, al estilo de mi amigo Esteban Gallego cuando lee en voz alta, me limité a dar una ligera sacudida, como si bailara la samba, para que el animal escurriera. Y lo hizo. Pero no sin antes, me temo, hacerme sentir el piquete de su aguijón.

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AGUACORRIENTE_LSR_D

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

 

 

 

 

 

 

A Olivia

 

 

 

A Natalia y Julia

 

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Sonámbulo

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Sonámbulo

 

Julieta no escribió. No es que lo esperara –acaba de marcharse apenas–. Pero resulta inevitable imaginar que tendrá que sentirse disminuida, que sentirá el hueco, el cercén, que sentirá silencioso el desayuno, que dormirá libre y lo resentirá. He abierto el correo al menos tres veces esta mañana. Su última carta es una carta escrita con intención de no recibir respuesta, y desborda la grosería peculiar de los epitafios. No me quejo. Yo también le hice llegar una carta así y escribí en ella cosas de las que no resultaría elegante arrepentirse ahora. La llamé reina y quizá cosas más bajas aún. Ahora comprendo que su carta buscaba ser un escupitajo y que la mía es poco menos que un ramito de flores. Supuse que mostrarme cariñoso y arrepentido la incomodaría más que un simple insulto. Quizá acerté, pero no recibiré los beneficios del acierto. Lo único claro es que jamás calculé que Julieta se iría tan pronto, y que me pediría además que no regresara al trabajo en el restaurante de su padre. Supuse que me permitiría llegar al día de paga. No soy el primero que sale con las meseras del turno de la noche –quizá por ello haya sido tan sensible al respecto, por aquella historia de su ex marido–.

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