35 relatos
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AGUACORRIENTE_LSR_D-1

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

I. La carne

 

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Mi primer cachorro muere

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Mi primer cachorro muere

 

Me despertaron otra vez los quejidos del perro. Parece que lo están matando, pensé antes de volver al calor de las mantas y el olvido del sueño. El perro había sido todo lo escandaloso que se pueda concebir durante la primera semana de las vacaciones y sus aullidos matinales adelantaban en una hora o más al despertador del padre de Ana. El despertador sonaba a las siete de la mañana y para entonces el perro ya estaba ronco, desencajado, y más resentido que un adolescente con padres divorciados.

Durante el desayuno, mientras mascábamos el pan con mantequilla, intenté tocar el tema de la histeria del perro. Myrna, la hermana menor, justificó el alboroto con la edad del animal.

–Óscar es un cachorro. Se despierta y se asusta porque está solo, o porque quiere jugar o porque tiene hambre. Es lo natural.

Myrna hablaba con acento de niña consentida, y al decir «es lo natural» sonaba como «ed do nadudal». El novio de Myrna, vestido con apretadas ropas de surfeador, abrió la boca para apoyar el punto. Tenía la boca llena de pan con mantequilla, una pasta viscosa y aperlada entre sus dientes blanquísimos.

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HISTORIA_LSR_D

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Historia

 

1. Haría mal explicando los motivos profundos que movieron a los invasores, porque no los conozco. Pero me gusta especular. Viví durante años de espaldas a diarios y política, la cabeza metida en las calles como en una cubeta de agua. Eso sí: sé qué películas quiere ver la gente, sé qué juguetes compran los niños. Conozco el tipo de camisas que hay que comenzar a producir en serie para los pobres porque las usan los ricos. Sé todo lo que se vende y gran parte de lo que se compra, pero ignoro los rostros y nombres de quienes nos gobernaban, de quienes nos gobiernan.

2. Entiendo que el tráfico de drogas, el contrabando de órganos, el secuestro y homicidio de extranjeros, el estado de anarquía que priva y la migración masiva de miles de parias fueron una cereza tentadora para las bocas del enemigo, que pensó en meterse a fuerza a la casa y apoderarse de lo que pudiera mientras nadie controlaba la puerta.

3. No es simple explicarles a los ciudadanos de un país que debe mandarse un ejército a imponer la calma en un territorio vecino. A la antología de esos pretextos la llamamos Historia Universal.

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Provocación repugnante

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Provocación repugnante

 

Está de pie al costado del teatro, junto a un ventanal oscurecido por capas sobrepuestas de hollín y escarcha. La nieve cae lánguida del cielo negro y disuadiría a otros, menos resignados, de permanecer allí. Los espectadores se alejan calle abajo, envueltos en abrigos de zorro o chinchilla. Una última pareja, chica y chico, asoma al quicio del pórtico. Han salido después que los demás: la chica avanza con lentitudes de enferma. Se les ve, pese a todo, animosos. Cruzan impresiones sobre la obra o, más probable aún, elucubran dónde cenar. Alcanzan a nuestro hombre pero es evidente que no piensan quedarse junto a él. Intercambian frases. Ella le coloca un beso minúsculo en la mejilla, punteada de pelitos mal rasurados. El tipo le estrecha la mano con fuerza excesiva, que no podemos saber si transmite cordialidad o significa «estate quieto, te estoy mirando». Nuestro hombre vuelve a quedarse solo cuando ellos desaparecen al doblar la esquina. Ya no tiene prisa. Sabe que ella se dejará llevar y no volverá a verla antes de mañana. Solo piensa en fumar.

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La mano izquierda

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La mano izquierda

 

Para Víctor

 

Yo había sido vencido en nueve certámenes consecutivos por Antinoo de Argos, el amado de las musas.

Lo favorecían Myriam, la querida oriental de Filipo el tirano, y una copiosa camarilla de trotonas y afeminados.

Antinoo era un efebo de maneras equívocas. En sus composiciones bullía ese acento cortesano de melancolía hipócrita que se afana en complacer el sentimentalismo de las mujeres. Concurría a los certámenes exhibiendo sus más coloridos ropajes, meneando sus caderas como una moza, celebrado por una abigarrada tropa de aduladores que lo coronaba con laurel al triunfar.

Si se le acusaba de espiritista y hechicero, si se le reprochaban sus comprobadas impiedades, Antinoo jamás negaba nada; se limitaba a sonreír. Su hipnosis era profunda aún sobre nosotros, sus enemigos.

Y por eso yo, Lisístrato, heraldo de la desgracia, debía conformarme con la cabra recién parida o la canasta de huevos que solía otorgar el segundo premio de los certámenes. Nueve canastas almacenaba ya la alacena de mi dignidad.

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