35 relatos
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Mi primer cachorro muere

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi primer cachorro muere

 

Me despertaron otra vez los quejidos del perro. Parece que lo están matando, pensé antes de volver al calor de las mantas y el olvido del sueño. El perro había sido todo lo escandaloso que se pueda concebir durante la primera semana de las vacaciones y sus aullidos matinales adelantaban en una hora o más al despertador del padre de Ana. El despertador sonaba a las siete de la mañana y para entonces el perro ya estaba ronco, desencajado, y más resentido que un adolescente con padres divorciados.

Durante el desayuno, mientras mascábamos el pan con mantequilla, intenté tocar el tema de la histeria del perro. Myrna, la hermana menor, justificó el alboroto con la edad del animal.

–Óscar es un cachorro. Se despierta y se asusta porque está solo, o porque quiere jugar o porque tiene hambre. Es lo natural.

Myrna hablaba con acento de niña consentida, y al decir «es lo natural» sonaba como «ed do nadudal». El novio de Myrna, vestido con apretadas ropas de surfeador, abrió la boca para apoyar el punto. Tenía la boca llena de pan con mantequilla, una pasta viscosa y aperlada entre sus dientes blanquísimos.

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La Batalla de Hastings

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La Batalla de Hastings

 

Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos. Se los digo con la convicción de un tallerista literario de cuarenta años con problemas domésticos, un tipo que va para viejo (no todos los cuarentones lo demuestran pero es mi caso) enfrentado a un grupo de muchachos que parecen elenco de la consabida película sobre la victoria del equipo de los torpes. Por ahí les faltan, a los chicos del taller, una variedad de indispensabilidades: una mano, higiene personal, autoestima, minerales, electrolitos. No culpen a la escritura. En cierta medida a todos, cada mañana, nos falta una mano.

Aura, mi esposa, no responde mensajes desde una hora antes de que comenzara la sesión. Los que precedieron al silencio estilaban un odio hirsuto. Algo hice, algo, repito para evitarme la pena de reflexionar. Hay disgustos concretos y abstractos, disgustos ideológicos y disgustos porque volví borracho, de madrugada, y derribé un florero al arrojar la chamarra a la mesa.

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Héroe

 

Resuenan disparos en la lejanía. Calles oscuras y desiertas rodean la casa. Los grillos alardean. El viento estrella las ventanas contra sus marcos, pues los seguros que deberían evitarlo están rotos. Esto es una ruina y yo, metido a fuerzas por la ventana, un usurpador.

Tras horas de forcejeo, he conseguido que la radio funcione si la mantengo fija en cierta posición diagonal con respecto a la ventana. Un rayo de luz atraviesa las brumas e ilumina la carátula del aparato, deslumbrándome.

–Ha comenzado la retirada –dice, espectral, la voz que emite las noticias.

Se van, invictos pero derrotados.

La señal se interrumpe sin violencia. Suena, ahora, una musiquilla indistinta. Camino con parsimonia a la cocina y rebusco hasta dar con un vaso. Expulso la polvareda que lo ocupa y trato de enjuagarlo en el lavabo, del que sólo mana un escuálido hilo marrón. Termino limpiándolo con los faldones de la camisa y me sirvo el contenido de una jarra que no hay modo de saber cuándo fue servida o por qué mano inimaginable: la de alguien que ya ha muerto, la de alguien roto en el fondo de una mazmorra.

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El jardín japonés

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El jardín japonés

 

Para León Krauze y James López Aranda.

 

A los nueve años , mi padre me rentaba una puta. Una puta, lógicamente, de nueve años. He olvidado la ropa, los juguetes, la comida, todo lo que era mi vida a los nueve años, pero no he olvidado a la puta.

Fabiana no se acostaba conmigo. O, mejor dicho, se acos­taba conmigo y nada más. Mi padre insistía en que durmiéramos juntos y se aseguraba de que nos abrazáramos bajo las cobijas de la cama. Nunca probamos a desnudarnos –cómo me angustiaba a los catorce años, al recordar a Fabiana y mi indiferencia hacia ella–, y apenas si alguna noche nos atrevimos a juntar los labios en algo que sería generoso calificar como beso.

Fabiana llegaba a la casa los viernes, a la hora de la cena, con una mochila de ropa en el hombro y una película en la mano. Pasábamos el fin de semana en mi casa y dor­míamos y nos bañábamos en la alberca, pero nunca fuimos juntos a la ducha –cómo lo recordaba, torturándome, a los catorce, al acariciar cada gota de las paredes de la ducha donde nunca estuve con ella–.

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ELGRIMORIODELOSVENCIDOS_LSR_D

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El Grimorio de los Vencidos

 

Ciertas desgracias favorecen el alma. Perder a los padres ennoblece: nos hace adultos que nunca más recurrirán a nadie, que serán en adelante pilares de la debilidad o inocencia de alguien más. Otras desventuras sirven apenas para corroernos la dignidad, para anularnos. La mía es de esas. Apenas un año después del sepelio de mis padres, mi mujer me engañó con un mago.

Gina no eligió como seductor para su adulterio a cualquier ilusionista, sino a una notoriedad: El Mago Que Hace Nevar, hechicero legendario cuyo espectáculo enaltece la cartelera del Circo de los Hermanos López Mateos. El circo tiene un elenco fatídico de tigres y elefantes, un robot torpe con disfraz de gorila y cinco trapecistas escurridizas. Pero ninguna de sus actuaciones osa compararse con el sagrado momento en que el Mago salta a la arena, entre aplausos y murmullos, e invoca la nieve con voz de fenómeno natural.

¿A quién no le gusta la nieve?

(Respuesta: a mí. Mis difuntos padres eran tan aprehensivos que jamás me llevaron a una montaña nevada ni me compraron un helado de crema o fruta. Temían la gripa y las infecciones con tal energía que me contagiaron su prejuicio. Hasta la fecha, la menor racha de aire frío me hace estornudar).

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