35 relatos
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Si huele a carne es Babel

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Si huele a carne es Babel

 

Berta bailaba. Se afanaba en escribir poemas y en recitarlos cuando tomaba más de dos vodkas. Me apenaba un poco escuchar aquellos adjetivos saliéndole de la boca como saliva mal contenida, pero Berta era mi mujer y solía respetarla.

No me he desecho de nuestro retrato de boda. Ni siquiera tengo la disculpa de conservarlo por los niños: ella es estéril como una mula y su carácter nunca fue el propicio para preñarse. En el retrato sonríe, dulcificados sus rasgos de halcón por el retoque. Le gustaba describirse como «especial», pero yo creo que todas las personas son iguales con la luz apagada. En la cama, pese a sus veleidades, era una mujer menos que común.

 

Berta dice que me descubrió en un bar antillano. Lo cierto es que nos conocimos en la oficina. Yo trabajaba en el despacho de mercadotecnia de una constructora y salía con una diseñadora pequeña y bustona. Berta nunca aprendió a marcar las erratas en los manuscritos de los folletos, pero leía en siete idiomas y tenía una larga lista de novios poetas, así que alguien decidió contratarla.

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Un trago de aceite

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Un trago de aceite

 

Mi padre me llevó de la escuela un viernes. Se estacionó frente a la puerta principal, aguardó mirándose las uñas. Así, concentrado en sus cutículas, lo encontré al salir. Hizo una seña y subimos a su camioneta, una mole carguera con los costados recubiertos por la publicidad de la línea de jugo envasado que había distribuido hasta hacía un par de años.

–Vamos a Chapala –dijo al poner en marcha el motor. Quería premiarme: la semana anterior, había ganado el concurso de mi distrito escolar con un cuentito sobre un caballero y un dragón. Mi texto pasó al certamen del Estado. Si triunfaba también, llegaría al nacional. Los elegidos serían fotografiados junto al Presidente de la República. No llegué a ser uno de ellos, por supuesto: la idea era que los niños escribieran cositas sobre la milpa de sus abuelos y no sobre un dragón. Pero ese era el horizonte aquel día y mi padre iba a recompensar mi victoria, dijo, con un viaje al mayor lago del país, a una hora de carretera de la escuela.

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La mano izquierda

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La mano izquierda

 

Para Víctor

 

Yo había sido vencido en nueve certámenes consecutivos por Antinoo de Argos, el amado de las musas.

Lo favorecían Myriam, la querida oriental de Filipo el tirano, y una copiosa camarilla de trotonas y afeminados.

Antinoo era un efebo de maneras equívocas. En sus composiciones bullía ese acento cortesano de melancolía hipócrita que se afana en complacer el sentimentalismo de las mujeres. Concurría a los certámenes exhibiendo sus más coloridos ropajes, meneando sus caderas como una moza, celebrado por una abigarrada tropa de aduladores que lo coronaba con laurel al triunfar.

Si se le acusaba de espiritista y hechicero, si se le reprochaban sus comprobadas impiedades, Antinoo jamás negaba nada; se limitaba a sonreír. Su hipnosis era profunda aún sobre nosotros, sus enemigos.

Y por eso yo, Lisístrato, heraldo de la desgracia, debía conformarme con la cabra recién parida o la canasta de huevos que solía otorgar el segundo premio de los certámenes. Nueve canastas almacenaba ya la alacena de mi dignidad.

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Doc Manhattan*

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Doc Manhattan*

 

Para el señor Mariño

 

Si me corono con sombra y relámpago, si respiro con la voz espantosa de los mares –la bóveda de los cielos enarcando apenas mi mano derecha, la más vertiginosa cordillera incrustada en mi pecho–, si me presento así a los ojos siempre azorados de los hombres, ellos verán apenas un pobre remedo de mi majestad. Soy, como quiso Emerson, la flecha y el blanco, la presa y su merodeador, el pánico que hace huir y las alas que, previéndolo, antecedieron la carrera.

Comprendo la necesidad de justificar esta desmesura aventurando una crónica. –Y, no obstante, descreo que la enumeración de tales fechas, tal nacionalidad y nombre propio, los inventarios minuciosos de enfermedades, hábitos y mujeres gozadas sean fundamento de comprensión alguna.

Nací americano. Profesé esa religión de incrédulos que suele ser la Ciencia. Un contubernio inesperado de sustancias y efectos, cuya descarga recibí –acaso por azar– durante un experimento, me despojó de la condición humana y condenó a esta apoteosis del ser que soy. Pero no. En mi visión, esa es mera cronología. Lo esencial tendría que ser (y es) la sutil conciencia de mi omnipoder.

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Provocación repugnante

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Provocación repugnante

 

Está de pie al costado del teatro, junto a un ventanal oscurecido por capas sobrepuestas de hollín y escarcha. La nieve cae lánguida del cielo negro y disuadiría a otros, menos resignados, de permanecer allí. Los espectadores se alejan calle abajo, envueltos en abrigos de zorro o chinchilla. Una última pareja, chica y chico, asoma al quicio del pórtico. Han salido después que los demás: la chica avanza con lentitudes de enferma. Se les ve, pese a todo, animosos. Cruzan impresiones sobre la obra o, más probable aún, elucubran dónde cenar. Alcanzan a nuestro hombre pero es evidente que no piensan quedarse junto a él. Intercambian frases. Ella le coloca un beso minúsculo en la mejilla, punteada de pelitos mal rasurados. El tipo le estrecha la mano con fuerza excesiva, que no podemos saber si transmite cordialidad o significa «estate quieto, te estoy mirando». Nuestro hombre vuelve a quedarse solo cuando ellos desaparecen al doblar la esquina. Ya no tiene prisa. Sabe que ella se dejará llevar y no volverá a verla antes de mañana. Solo piensa en fumar.

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