35 relatos
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Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

Agua corriente

 

Ustedes no recuerdan, no saben siquiera, que mi familia fue pobre. Pobre significa refrigerador vacío, cuentas sin pagar, caminata de una hora a la escuela porque no había dinero para el autobús –si es que iba a la escuela: era fatigoso embrutecerse con las cenizas de educación pública que recibía–. Recuerdo la ropa llena de costuras, los zapatos remendados con clavos apuntando en todas direcciones. Había que caminar lento con ellos, como quien lo hace sobre una cuchilla.

Mi madre, secretaria seca y estricta, se esforzaba por hacer llevadera la derrota de haber sido abandonada por el marido con un hijo pequeño y otro imbécil. Algunas noches traía pan y leche a la casa. Otras no. Durante mucho tiempo le ayudé a cocinar la cena, insólitos menús compuestos por sobras. Harina pasada, por ejemplo, con la que confeccionábamos crepas que incluían un guiso resucitado del domingo –era ya viernes– y el contenido de una lata con la fecha de caducidad poco clara.

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El Día del Amor

 

Mi amor de adolescencia me traicionó c on un artista. Un fotógrafo de talento pasmoso. Yo había desertado de la escuela, de tres escuelas distintas, pero quería estudiar fotografía –es decir, retratar mujeres desnudas– y me anoté en un curso que promocionaban en los diarios. Mauro se llamaba el profesor, un tipo renegrido y gordo que había pasado tantas hambres de joven que procuraba, cada vez que se pudiera, desayunar tres veces antes del almuerzo.

Mi novia era una chica de altos vuelos intelectuales. En la cama te permitía cualquier cosa. Entramos juntos al curso y de inmediato nos hicimos amigos de Mauro, tan rollizo, parlanchín y coqueto. Lo invitábamos al cine o, mejor, nos invitaba él a beber ron a su estudio, una azotea decorada con poco gusto y menos dinero, abarrotada de sillones chamagosos y revistas polvorientas. Analizaba Mauro mis torpes instantáneas, bebía ron, prodigaba halagos a mi novia, la abrazaba hasta el sofoco y en ocasiones, borracho, robustecía su vanidad comparándola con las modelos de sus revistas.

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Mi primer cachorro muere

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Mi primer cachorro muere

 

Me despertaron otra vez los quejidos del perro. Parece que lo están matando, pensé antes de volver al calor de las mantas y el olvido del sueño. El perro había sido todo lo escandaloso que se pueda concebir durante la primera semana de las vacaciones y sus aullidos matinales adelantaban en una hora o más al despertador del padre de Ana. El despertador sonaba a las siete de la mañana y para entonces el perro ya estaba ronco, desencajado, y más resentido que un adolescente con padres divorciados.

Durante el desayuno, mientras mascábamos el pan con mantequilla, intenté tocar el tema de la histeria del perro. Myrna, la hermana menor, justificó el alboroto con la edad del animal.

–Óscar es un cachorro. Se despierta y se asusta porque está solo, o porque quiere jugar o porque tiene hambre. Es lo natural.

Myrna hablaba con acento de niña consentida, y al decir «es lo natural» sonaba como «ed do nadudal». El novio de Myrna, vestido con apretadas ropas de surfeador, abrió la boca para apoyar el punto. Tenía la boca llena de pan con mantequilla, una pasta viscosa y aperlada entre sus dientes blanquísimos.

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La Batalla de Hastings

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La Batalla de Hastings

 

Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos. Se los digo con la convicción de un tallerista literario de cuarenta años con problemas domésticos, un tipo que va para viejo (no todos los cuarentones lo demuestran pero es mi caso) enfrentado a un grupo de muchachos que parecen elenco de la consabida película sobre la victoria del equipo de los torpes. Por ahí les faltan, a los chicos del taller, una variedad de indispensabilidades: una mano, higiene personal, autoestima, minerales, electrolitos. No culpen a la escritura. En cierta medida a todos, cada mañana, nos falta una mano.

Aura, mi esposa, no responde mensajes desde una hora antes de que comenzara la sesión. Los que precedieron al silencio estilaban un odio hirsuto. Algo hice, algo, repito para evitarme la pena de reflexionar. Hay disgustos concretos y abstractos, disgustos ideológicos y disgustos porque volví borracho, de madrugada, y derribé un florero al arrojar la chamarra a la mesa.

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Ars cadáver

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Ars cadáver

 

Para Juan C. Idígoras

 

–Es una pieza notable –dice Ugo con vocecita arrogante de connossieur–. Míralo: es un zapato que encontré en el metro Partenón. Pertenecía a una chica que se arrojó al paso de los vagones cuando supo que no había conseguido plaza en la Universidad. ¿Notas la mancha púrpura en la suela? No, por supuesto que no es sangre, la sangre estaría negra a estas alturas y apestaría. Es acrílico rojo para figurar sangre, es mi toque, ese toque que Éctor no agrega, porque él exhibe las cosas tal como las encuentra, ¿verdad?

Éctor está cruzado de brazos y ofrece un gesto mínimo de fastidio. Es tan delgado como Ugo y resulta arduo diferenciarlos debajo de sus sombras de rimel y sus estrechos ropajes color cobre. Debería distinguirlos, Ugo es mi hermano y Éctor sólo su socio y hace pocos meses que vive en el Taller. Pero no suelo distinguir a los habitantes del Taller en más categoría que quién tiene senos y quién no.

–En cambio –refuta Éctor, y me doy cuenta que lo hace como un nuevo movimiento en el ajedrez de una discusión que antecede mi llegada–, esta calzaleta la encontré en un lugar no especificado. No sé a quién pertenece ni me interesa si fue usada por un pie femenino o uno infantil. Es un objeto en sí mismo, un orbe cerrado al que sólo podemos espiar por la ranura de un compartimento.

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