34 relatos
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Banda ancha

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Banda ancha

 

Primero te descargas todas las películas de Truffaut y Murnau, las que te faltaban de Hitchcock, la época mexicana de Buñuel, y la discografía completa de los Rolling y hasta los Beach Boys o Simon y Garfunkel, cosas del aburrimiento y el exceso de oferta, canciones de los sesenta y setenta, películas de asiáticos noqueándose a patadas, películas independientes, de esas que las cámaras en los cines de provincias no están preparadas para proyectar, y películas porno en versión original subtitulada. Pero pronto el disco duro se agota y tienes que llenar centenares de DVD para acoger tu imparable colección. Tanto tiempo ante la pantalla del ordenador hace que llegues a preocuparte incluso por eso que los periódicos y los padres llaman la realidad, el estado de las cosas. Y se escurren las horas cliqueando enlaces, de página en página, es como salvar un río saltando de tronco en tronco, como olvidar las penas de whisky en whisky, pero te das cuenta de que no puedes olvidar nada. Al contrario, cada vez te muestras más interesado e hiperactivo, y entras en páginas alternativas, y en otras siniestras, con fondos oscuros, adornados con imágenes gore. Quisieras verlo todo, acceder a todo, y la columna de favoritos se llena de mil enlaces. Sabes ahora cosas que antes desconocías y lo de menos es la seriedad de Bergman o las canciones del último disco de Nick Cave. Eso te queda muy lejano. Te sientes como el eremita de aquella genial película de Buñuel, Simón del desierto, mirando a lo lejos desde lo alto de la columna. La verdad está de tu parte, tus pasos son conscientes, no enciendes la luz de tu habitación ni de día ni de noche, el resplandor de la pantalla es más que suficiente, no respondes a las llamadas hasta que deja de haber llamadas, ya no eres capaz de hablar en primera persona, y si todavía te quedara un rastro de la lucidez con que te diste de alta en el servicio de internet de banda ancha, avisarías a cualquier autoridad responsable para suplicarle que te impidiera entrar en esa página con la que al final has dado: la que detalla todo, la que lo explica todo, la que, ahora sí, lo dice todo.

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Quédate donde estás

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Quédate donde estás

 

Tiene veintidós años y un mensaje en el contestador. Ha vuelto a casa y en la habitación la luz roja parpadeando en el teléfono es el único movimiento que existe. Viene de hablar con Julia, y ahora se ha quedado parado en medio del cuarto, esperando un cambio. El mensaje es el cambio. En su ausencia, una voz femenina desconocida ha estado hablando al silencio, al vacío magnético que ha quedado en la habitación mientras él estaba con Julia en el puerto, sin sospechar que ahora tendrá que levantar el auricular y escuchar el mensaje, escenificar el diálogo con esa voz femenina, y comprobar cuál es el cambio. Aunque Julio todavía no lo sabe, porque sigue parado a la entrada; no sabe que el mensaje contiene otro cambio. Sus padres están de viaje en Italia, la Roma eterna, no ha dejado de decir su madre las dos semanas últimas, pero él ha cerrado la puerta, como si todavía siguiesen en casa, para que no puedan molestarle, aunque no pueden molestarle. Actúa como si nada fuese a cambiar, como si el cambio no hubiese llegado ya. Para él es importante entender que todo ha de quedarse parado en la habitación, con él dentro: este momento que va a transcurrir no puede transcurrir, después nada será igual. Julio mira la estantería que tiene enfrente, los libros de cine, la cámara de súper 8 que su tío le regaló, la misma con la que él había rodado veintidós años antes un cortometraje: efímero sueño el mismo año en que tú naciste, el mío durará mucho, tío, dirigiré películas, historias de horror y acción que yo mismo habré escrito, y también comedias, yo también lo dije, dirigiré películas, cine de autor, y sólo pude con el corto. Dirigiré películas, tío, Julio plenamente seguro, en aquella estantería están las pruebas de su convencimiento, su enciclopedia de cine, sus libros sobre Billy Wilder y Hitchcock, y en la pared fotos enmarcadas de Spielberg y los hermanos Marx, y encima de su escritorio, con una bola de cristal pisándolo, el original de su primer guión y la claqueta que compró en El Rastro en el viaje del año anterior a Madrid. Cada semana escribía en ella con tiza el nombre de una de sus películas preferidas. Escribía El Padrino I, II o III o Psicosis, escribía Fargo o Tiburón. Y las fotos de Julia, una junto a otra, y las fotos con Julia, abrazados entre risas tontas, desviando la mirada del fotógrafo improvisado, algún amigo que seguía la broma, al que le sacaban la lengua en aquella otra, la foto de la nieve en que sonreían cegados por los reflejos blancos, las bocas abiertas y las manos invocando cómicamente al cielo, o la foto en Puerta del Sol, en contrapicado hacia el muñeco negro y rojo de Tío Pepe, aquel domingo en Madrid, antes de ir para El Rastro donde compró la claqueta y un paquete de tizas, y también hay una copia de la foto de Julia diplomada, Julia repintada con su banda verde cruzándole el pecho, verde feo, verde folclórico para una estudiante modelo, comiéndose la cámara con expresión satisfecha, los estudios acabados al fin, Julia tan seria, Julia completamente sana, y él piensa antes de moverse y descolgar el teléfono y que todo cambie, aunque todo ha cambiado para ellos, para él y para Julia, tendrá que acostumbrarse a decirlo así, dos sujetos dos predicados, piensa ¿qué hará con estas fotos?, las llevará consigo o las atará con un lazo verde para recordarlas siempre: aunque no las mire nunca más, cada vez que al abrir un cajón vea ese lazo verde, atado a las fotos que estarán vueltas para no encontrarse con las imágenes, dirá: esas son las fotos que conservo de Julia y de mí, de Julia conmigo, hace tiempo, cuando novios.

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Ácaros

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ácaros

 

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.

En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos tiránicos de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:

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Ambulancias

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Ambulancias

 

Antes, todos subíamos por carretera de Ronda. ­Carretera de Ronda arriba, la estrangulada carretera de Granada, entras en el barrio Torrecárdenas, pasas el campo de fútbol, todo arriba, allí estabas. Hoy la cercanía de la autovía los lleva a elegir la Avenida del Mediterráneo. Yo hubiera hecho lo posible por no tomar ese camino, aunque conduzca casi directamente al hospital. Subes la avenida, y Torrecárdenas se ve desde cualquier ángulo. Parece un faro. No desaparece en todo el trayecto. Pero han colocado esas rotondas. Inevitables. Tienes que frenar. En una ambulancia echas de menos en ocasiones una mayor estabilidad. Los segundos en que los coches se apartan. Tú estás girando. Notas la amortiguación. La vida se detiene y tú sigues dando vueltas. El hospital ­Torrecárdenas allí arriba. No pierdes el rumbo. Aunque todo cruja. Vas hacia el faro. Sigues dominando la rotonda. Cuando sales de ella y enfilas el último tramo hacia el hospital, sientes que has vencido un peligro. Sigues en pie. No has perdido el control. Tal vez no. Quizás todo sea imaginario y no haya habido peligro. Pero en la ambulancia, conduciéndola, quieres sentir el peligro. Que un coche se quede en el centro del camino y no te ceda paso. Que un peatón despistado cruce sin atender a semáforos y te descubra y te mire con ojos despavoridos. Necesitas saber que todo pende de un hilo. No sólo el que va detrás. Oyes ahí las instrucciones de los médicos y tú ves las instrucciones de la carretera. Todo está en el aire. Debe ser así. A veces pisas más de lo necesario. Quieres correr. Pero es inútil. Pasará el tiempo. Adquirirás experiencia si te renuevan los contratos. Vivirás la muerte de alguien en tu ambulancia. Alguno no resistirá hasta el hospital, la apetecida ­marquesina de urgencias, la delegación de tu responsabilidad en otro. Entonces adviertes que necesitas vivir más, pero que en realidad sientes cada día menos. Tu cuerpo es, por explicarme, una pieza más de la máquina. ­Un insensible motor a gasóleo.

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Pretty girl

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Pretty girl

 

Aún no ha llegado la chica bonita de los antiguos grandes almacenes. Siempre vestida de rojo o de negro, siempre mirándome y mirándola en la planta baja de este rascacielos vacío, en plaza de España. Cerradas para siempre sus oficinas y los restaurantes con terrazas donde refulgía la Gran Vía. Un gigante fantasmal, aunque quedamos unos pocos. Sobrevivimos con algunos víveres y mantenemos limpios nuestros apartamentos. Mi temor ahora es que la confundiera al darle las señas. A veces pierdo la memoria. Me demoro haciendo cosas extrañas con mi cuerpo y con los cuerpos de la habitación cerrada. Ayer perdí la llave y rebusqué por cada rincón. Escuchaba su quejumbre pero no podía acceder hasta ellos. Seguro que a la chica bonita de los grandes almacenes –hay maniquíes desmembrados y cubiertos de polvo–, la chica de rojo o de negro, le di la información correcta. Vivo en el 201, pretty girl, lejos del cielo, repetí y repetí. No quiero que toque otra puerta por error. Deseo ver su sonrisa cuando la reciba y la invite cortésmente a pasar. Romperemos el hielo con un juego sencillo: quien encuentre las llaves extraviadas entrará primero en la otra habitación.

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