34 relatos
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Los hijos de Manson

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Los hijos de Manson

 

 

 

–¿Alguno de tus hijos ha seguido tus pasos?

–Todos son mis hijos, y cualquiera que me

haya visto está siguiendo mis pasos.

Entrevista con Charles Manson

 

 

 

1
Manson

 

Todo crimen en el que no se conocen previamente víctima y asesino es un macabro homenaje al azar, a las casualidades que lo preceden.

Se le ha conocido como «el caso Sharon Tate», pero también como «los crímenes de Manson» o el «drama de Roman Polanski». Los brutales asesinatos del 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, simbolizaron el fin de una época. O así hemos querido recordarlo. Unas semanas antes de los hechos sangrientos, la llegada del hombre a la Luna indicó el amanecer de un tiempo nuevo, pero su contracara fueron los absurdos crímenes en los que quedaron mezcladas para siempre estrellas de cine y gurús de poca monta que habían adoptado la filosofía hippy y un gusto nazi por la violencia insensata.

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Antón Chéjov, médico

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Antón Chéjov, médico

 

 

 

Para Antonia Moreno, en el mismo camino.

 

 

 

Al fin la casa apareció ante ellos. Deseaban verla desde el amanecer, pero cuando surgió al abrirse el bosque de abedules, en el centro de aquel frescor y color verde mezclado en el cielo con las inmensas nubes que anunciaban detenidas una suave lluvia primaveral, ellos estaban contemplando abrazados, en la parte trasera de la carreta, cómo el mar se alejaba definitivamente conforme ascendían, hasta perderse al doblar el último recodo. Fue el viejo Kovrin quien llamó su atención sin mirarlos, escueto, con su acento alcohólico:

–La casa de Chéjov. No es tan grande como dicen. Todos hablan mucho.

La carreta había superado con dificultad la ladera, y la sensación de que dejaban el mar atrás había sido para ellos, Olga y Paschka, como el lento y doloroso despertar de un sueño agradable. La madre volvió el cuello de la pelliza del hijo para comprobar si seguía ahí, bajo la visera de la gorra calada. Paschka había hablado tan poco durante el viaje, sobre todo desde que llegaron al sendero de la costa y vio el mar abierto a sus pies, como un regalo, que ella temió que hubiera empeorado fatalmente. Encontró sin embargo sus ojos completamente abiertos, fijos todavía en una asombrosa visión que los mismos abedules –cerrándose de nuevo al superar la carreta el bosque y salir a la llanura– parecían haberle arrebatado bruscamente. Atrincherados tras un cerco morado, los párpados y también los ojos grises aún conservaban la tersura de su piel infantil: parecía el único resto de su cuerpo intacto por la enfermedad. Todo lo demás –los débiles dedos de sus manos, los muslos, el buche enjuto– se había replegado vencido por las manchas y un mal color que ella no sabía definir, pero que identificaba, al ­hablar de él con el padre o los vecinos, con la palabra «amarillo». Olga se restregó los ojos. Notó que el vaivén de la carreta le había adormecido. Bromeando, cerró y abrió exageradamente sus ojos ante los de Paschka; Paschka rió, pero no era la risa que ella recordaba, y por mucho que lo intentara no podía ahora recuperar en su memoria el rostro gracioso y la belleza nítida y perdida del hijo.

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Ambulancias

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Ambulancias

 

Antes, todos subíamos por carretera de Ronda. ­Carretera de Ronda arriba, la estrangulada carretera de Granada, entras en el barrio Torrecárdenas, pasas el campo de fútbol, todo arriba, allí estabas. Hoy la cercanía de la autovía los lleva a elegir la Avenida del Mediterráneo. Yo hubiera hecho lo posible por no tomar ese camino, aunque conduzca casi directamente al hospital. Subes la avenida, y Torrecárdenas se ve desde cualquier ángulo. Parece un faro. No desaparece en todo el trayecto. Pero han colocado esas rotondas. Inevitables. Tienes que frenar. En una ambulancia echas de menos en ocasiones una mayor estabilidad. Los segundos en que los coches se apartan. Tú estás girando. Notas la amortiguación. La vida se detiene y tú sigues dando vueltas. El hospital ­Torrecárdenas allí arriba. No pierdes el rumbo. Aunque todo cruja. Vas hacia el faro. Sigues dominando la rotonda. Cuando sales de ella y enfilas el último tramo hacia el hospital, sientes que has vencido un peligro. Sigues en pie. No has perdido el control. Tal vez no. Quizás todo sea imaginario y no haya habido peligro. Pero en la ambulancia, conduciéndola, quieres sentir el peligro. Que un coche se quede en el centro del camino y no te ceda paso. Que un peatón despistado cruce sin atender a semáforos y te descubra y te mire con ojos despavoridos. Necesitas saber que todo pende de un hilo. No sólo el que va detrás. Oyes ahí las instrucciones de los médicos y tú ves las instrucciones de la carretera. Todo está en el aire. Debe ser así. A veces pisas más de lo necesario. Quieres correr. Pero es inútil. Pasará el tiempo. Adquirirás experiencia si te renuevan los contratos. Vivirás la muerte de alguien en tu ambulancia. Alguno no resistirá hasta el hospital, la apetecida ­marquesina de urgencias, la delegación de tu responsabilidad en otro. Entonces adviertes que necesitas vivir más, pero que en realidad sientes cada día menos. Tu cuerpo es, por explicarme, una pieza más de la máquina. ­Un insensible motor a gasóleo.

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Vitruvio

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Vitruvio

 

 

1. En términos estrictamente científicos

 

a) Sin lugar a discusiones, los dos primeros brazos, los que hacen cuatro, son los más complicados, los más pesarosos de transportar. Su manejo precisa una reeducación de la mente y el acomodo del cuerpo a nuevas costumbres. También la primera operación es más dolorosa que las sucesivas. Cada uno de los remos natales, los de su padre y de su madre, acusa el novedoso implante y lucha por expulsar a los intrusos, aunque el rechazo sea médicamente imposible. Pero luego, al sexto u octavo brazo –las experiencias pueden ser diversas– el organismo toma lo ajeno por propio con tal naturalidad que nos alejamos de esa idea antropológica sobre una evolución milenaria del cuerpo humano desprendiéndose poquito a poco, desde los prehistóricos orígenes, de sus aletas natatorias y encorvados andares hasta conquistar los cánones de belleza fundados por la sabiduría griega, primero, y más recientemente, por multinacionales americanas.

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Soy dueño de la lluvia

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Soy dueño de la lluvia

 

–¡Mosquis, podría sacaros los ojos con un rápido mo­vimiento de esta mano!

Los niños le soltaron el traje y se alejaron corriendo por el brillante pasillo. Patinaron sobre el suelo encerado hasta chocar con las palmas de las manos abiertas contra el escaparate de la perfumería, donde acabaron sus carreras. Los padres compraban dentro de la tienda. Apenas apartó la vista un momento para fijarse en la procesión de gente que se dispersaba superadas las ­­­esc­a­­­leras mecánicas, y que muy pronto llegaría a su ­altura, pero cuando se giró los dos niños habían desapare­cido. Papá Homer Simpson-Noël –nombre artístico que ­fi­guraba en su contrato de trabajo– envidió el sabroso anonimato de la ropa y la gente común. Al cabo de tres días moviendo un cencerro de sonido hueco para llevar hasta los compradores del centro comercial el tintineo lejano de la Navidad, regalando a niños de distintos tamaños caramelos de sabores ácidos, y acariciando sus pelos suavizados por el champú del sábado por la mañana, los brazos se le dormían intermitentemente. Notaba en el estómago una angustia desmedida, provocada por la gran hebilla de metal del cinturón de su uniforme, que se le hincaba en el ombligo; aquel diminuto foso oscuro en el centro de la barriga era la marca de nuestro nacimiento, había leído una vez en una revista de divulgación científica.

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