34 relatos
Medium 9788483935521

Las dos hermanas

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Las dos hermanas

 

En su juventud –como en todas las juventudes, siempre ocurre así– Onetti conoció a su primer gran amor. Por lo menos a su primer amor. Venidas del otro lado del Río de la Plata, un día llegaron sus dos primas argentinas: María Amalia y María Julia. 1930. Entregado a ellas, a su cuidado, a ser el guía tutelar de su nueva residencia uruguaya, Onetti termina enamorándose, o mejor dicho, comienza a enamorarse de María Amalia. Comienza por enamorarse de María Amalia. Con ella viaja a Buenos Aires y allí tienen su primer y único hijo, Jorge Onetti. En 1934, Onetti comprende que su vocación matrimonial no es definitiva, que su trabajo es precario y sus escritos un fracaso, y pujando frente a la inevitable redundancia del tiempo, como uno de sus héroes absurdos y repetitivos de sí mismos, se casa de nuevo, ya en Montevideo, al otro lado, aquí y allí, con la otra prima, la hermana de la prima. Comienza por María Amalia y sigue por María Julia. Si con María Amalia escribió una extraviada primera versión de El pozo, con María Julia, la literatura tuvo algo más de suerte. Escribió El pozo definitivo, Tierra de nadie y Para esta noche, pero no sus obras más famosas, las que le dieron prestigio, nombre, fortuna y tiempo para consagrar a la literatura, y a nuevos amores. En 1945 se casa con una compañera de trabajo de la Agencia Reuters, Elizabeth María Pekelharing. Al poco dejará el periodismo para entregrarse a la literatura; al poco la cosas cambiaron, el tiempo se volvió más apacible, el viento comenzó a darle de cara a Onetti, y las hermanas desaparecieron, sepultadas en el pozo de la pequeña historia de la literatura, donde no existe la gloria ni la desgracia, ni siquiera el fracaso, sino a lo sumo el tibio recordatorio de la letra pequeña. ¿Que fue de sus vidas tras perder una tras otra a Onetti? ¿Se guardaron rencor, dejaron de hablarse, se consolaron en las largas tardes de Buenos Aires, al otro lado del río y del amor roto? ¿Volvió a recordarlas Onetti? Poco antes de morir, en Madrid en 1994, ¿llegó a ver sus caras en uno de esos duermevelas extraños que concede la enfermedad? ¿Pensó siquiera un momento en ellas? ¿Confundió sus dos nombres y sus dos historias?

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Ácaros

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ácaros

 

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.

En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos tiránicos de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Quédate donde estás

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Quédate donde estás

 

Tiene veintidós años y un mensaje en el contestador. Ha vuelto a casa y en la habitación la luz roja parpadeando en el teléfono es el único movimiento que existe. Viene de hablar con Julia, y ahora se ha quedado parado en medio del cuarto, esperando un cambio. El mensaje es el cambio. En su ausencia, una voz femenina desconocida ha estado hablando al silencio, al vacío magnético que ha quedado en la habitación mientras él estaba con Julia en el puerto, sin sospechar que ahora tendrá que levantar el auricular y escuchar el mensaje, escenificar el diálogo con esa voz femenina, y comprobar cuál es el cambio. Aunque Julio todavía no lo sabe, porque sigue parado a la entrada; no sabe que el mensaje contiene otro cambio. Sus padres están de viaje en Italia, la Roma eterna, no ha dejado de decir su madre las dos semanas últimas, pero él ha cerrado la puerta, como si todavía siguiesen en casa, para que no puedan molestarle, aunque no pueden molestarle. Actúa como si nada fuese a cambiar, como si el cambio no hubiese llegado ya. Para él es importante entender que todo ha de quedarse parado en la habitación, con él dentro: este momento que va a transcurrir no puede transcurrir, después nada será igual. Julio mira la estantería que tiene enfrente, los libros de cine, la cámara de súper 8 que su tío le regaló, la misma con la que él había rodado veintidós años antes un cortometraje: efímero sueño el mismo año en que tú naciste, el mío durará mucho, tío, dirigiré películas, historias de horror y acción que yo mismo habré escrito, y también comedias, yo también lo dije, dirigiré películas, cine de autor, y sólo pude con el corto. Dirigiré películas, tío, Julio plenamente seguro, en aquella estantería están las pruebas de su convencimiento, su enciclopedia de cine, sus libros sobre Billy Wilder y Hitchcock, y en la pared fotos enmarcadas de Spielberg y los hermanos Marx, y encima de su escritorio, con una bola de cristal pisándolo, el original de su primer guión y la claqueta que compró en El Rastro en el viaje del año anterior a Madrid. Cada semana escribía en ella con tiza el nombre de una de sus películas preferidas. Escribía El Padrino I, II o III o Psicosis, escribía Fargo o Tiburón. Y las fotos de Julia, una junto a otra, y las fotos con Julia, abrazados entre risas tontas, desviando la mirada del fotógrafo improvisado, algún amigo que seguía la broma, al que le sacaban la lengua en aquella otra, la foto de la nieve en que sonreían cegados por los reflejos blancos, las bocas abiertas y las manos invocando cómicamente al cielo, o la foto en Puerta del Sol, en contrapicado hacia el muñeco negro y rojo de Tío Pepe, aquel domingo en Madrid, antes de ir para El Rastro donde compró la claqueta y un paquete de tizas, y también hay una copia de la foto de Julia diplomada, Julia repintada con su banda verde cruzándole el pecho, verde feo, verde folclórico para una estudiante modelo, comiéndose la cámara con expresión satisfecha, los estudios acabados al fin, Julia tan seria, Julia completamente sana, y él piensa antes de moverse y descolgar el teléfono y que todo cambie, aunque todo ha cambiado para ellos, para él y para Julia, tendrá que acostumbrarse a decirlo así, dos sujetos dos predicados, piensa ¿qué hará con estas fotos?, las llevará consigo o las atará con un lazo verde para recordarlas siempre: aunque no las mire nunca más, cada vez que al abrir un cajón vea ese lazo verde, atado a las fotos que estarán vueltas para no encontrarse con las imágenes, dirá: esas son las fotos que conservo de Julia y de mí, de Julia conmigo, hace tiempo, cuando novios.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Hacer feliz a Franz

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Hacer feliz a Franz

 

Comenzó como una apuesta absurda en mitad de la noche, y nadie pensó en su propósito o resultado. Franz le soltó la frase, sin meditarla apenas, a Jakob Brod, el hermano menor de su íntimo amigo Max Brod. De los dos, prefería a Jakob para irse de juerga y cervezas cada noche de viernes. Aquellos amaneceres intempestivos de Praga, con su capa de luces neblinosas cercanas a la ensoñación, les sorprendía siempre a ambos contándose historias y chistes, alentando una borrachera tenaz que duraría todo el sábado, refugiados en la espuma de alguna de las pocas tabernuchas del barrio judío que no se molestaban siquiera en cerrar de madrugada para adecentar las mesas o renovar las grasientas bombillas fundidas. Jakob Brod prefería los amaneceres de Praga enroscado en el cuerpo caliente de una prostituta, pero Franz enrojecía ante la simple idea de mantener una relación, por fugaz que fuese, en la que el romanticismo no tuviese un papel preponderante.

–¿Piensas realmente eso que acabas de decir, Franz?

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Vaivén

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Vaivén

 

 

Para todos los lectores del blog

 

 

Richard Ford era gran amigo de Carver, y compartían largas jornadas de caza. Así aprendió el viejo y astuto cuentista alcohólico a seguir la pista, a quedar al acecho, y conoció a la perfección, durante los numerosos fines de semana que compartieron, la geometría de la espalda del joven amigo escritor. Prefería que Ford abriera el camino, y seguir su buen olfato, para encontrar los animales sin demasiado esfuerzo. Carver se sentía cansado; la rodilla derecha comenzaba a fallarle, y procuraba que el otro no advirtiera sus gestos contrariados de dolor cuando atacaba las cuestas. Siempre supo que aquel tipo escuálido y ágil, al que habían echado de su trabajo como cronista deportivo, había escrito una novela maravillosa, El periodista deportivo, que le haría famoso. Tenía la seguridad de que llegaría lejos y le emocionaba pensar en que pudiera adoptar el papel de discípulo agradecido que preserva y difunde el legado de su maestro. Pero Rock Springs, el manuscrito que Richard Ford le había entregado unos días antes y cuya lectura apasionada le había obligado a leerlo cuanto antes, como si temiera morirse de un traicionero ataque al corazón antes de acabarlo, era una colección de cuentos. Cuando lo terminó, de madrugada, sintió necesidad de emborracharse. Emocionado pero también enrabietado, se bebió una botella de whisky. Estaba bien escribir novelas. Eso siempre estaba bien. Pero si Ford quería ser su amigo, su auténtico amigo, no debería meterse en su territorio, los cuentos, y mucho menos de esa manera altiva e insultante. Escribiendo una obra maestra. Por ello, Carver pasó el día de caza escrutando sus gestos y hablando muy poco, sin atreverse a reconocerle que ese libro era digno de él, su maestro. Al final de la tarde, cuando estaban a punto de darse por vencidos, apareció el gran ciervo que llevaban buscando desde el amanecer. Unos cazadores de la zona habían hablado con Richard Ford del animal, escurridizo y enérgico, por cuya cabeza se hacían apuestas cada vez más elevadas. Ford le hizo a Carver un gesto con la mano en alto, exigiéndole silencio, y el silencio se hizo. Disparó sin dudarlo, y se relajó, con la tranquilidad del que ha hecho su trabajo a la perfección. Carver no fue capaz de reaccionar. Ni siquiera consiguió moverse cuando Richard Ford subió la ligera pendiente y llegó hasta el ciervo derribado y acarició su frente caliente con las manos ríspidas de antiguo escritor de insulsas crónicas de béisbol, y desde allí arriba le llamó para que lo acompañara en la celebración del ejemplar cazado. Carver no habría sido capaz de disparar. Estaba paralizado. Una hora después, tras atar el animal a la furgoneta y antes de que Ford accionara la llave del contacto, Carver le dijo, con su voz rugosa y áspera como la ginebra, que había terminado de leer su libro. Ford le preguntó: «¿Qué te ha parecido?». Carver le confesó que era una maravilla. Muy bueno, casi tanto como Catedral. «No digas tonterías, Ray. Sabes perfectamente lo que pienso de Catedral. Nunca lo alcanzaré.» Carver insistió y le dijo que no se preocupase. Aún le quedaba mucho tiempo por delante y pensaba devolverle el golpe. El próximo libro de cuentos que escribiría sería su mejor obra y pondría el listón muy alto a Ford, para que le costase superarle una vez más. «¡Has empezado a escribir de nuevo, ¡qué bien!», se alegró Richard Ford. «No, no te emociones, en realidad aún no he hecho nada, pero empiezo a tener ideas.» «Cuéntame», lo animó, con la furgoneta bajando las primeras cuestas. Antes de que Carver supiera qué decirle, oyeron un fuerte ruido detrás. Carver se volvió. El brusco vaivén de la furgoneta había hecho que la cabeza del ciervo se soltara del nudo que la agarraba, con cuidado para no estropearla como trofeo, y la dobló hacia abajo, golpeando con el rápido movimiento el cristal de la parte de atrás de la cabina y dibujando una insólita postura de abandono, de paz, con la lengua colgando como un anfibio viscoso que habitase el interior del ciervo y hubiese muerto con él. En los ojos del animal había una expresión que Carver intentó definir: no era rabia, ni rebelión, ni por supuesto conciencia del final. Más bien recordaba al arrepentimiento que los niños muestran después de cometer una maldad, como si el animal fuese consciente de haber dado un paso en falso, de haber cometido un error fatal, después de tantas escaramuzas, de haber jugado al escondite durante varios años con las armas de los cazadores, y eso le hubiera conducido hasta aquella furgoneta que le transportaba con brusquedad sobre la grava y los socavones, hacia el pueblo, donde su cuerpo, troceado para carne y adorno, terminaría por desaparecer. Richard Ford insistió. «¿Qué idea te ronda la cabeza?» Carver miró por la ventanilla, y contempló la visión móvil del boscaje. Le respondió como si la idea fuese vieja, como si hubiese meditado mucho en ella. Le mintió por primera vez desde que se conocían. «He pensado mucho estos días en Chéjov, en su final. ¿Crees que el día que murió había flores en su habitación?»

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos