34 relatos
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Antón Chéjov, médico

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Antón Chéjov, médico

 

 

 

Para Antonia Moreno, en el mismo camino.

 

 

 

Al fin la casa apareció ante ellos. Deseaban verla desde el amanecer, pero cuando surgió al abrirse el bosque de abedules, en el centro de aquel frescor y color verde mezclado en el cielo con las inmensas nubes que anunciaban detenidas una suave lluvia primaveral, ellos estaban contemplando abrazados, en la parte trasera de la carreta, cómo el mar se alejaba definitivamente conforme ascendían, hasta perderse al doblar el último recodo. Fue el viejo Kovrin quien llamó su atención sin mirarlos, escueto, con su acento alcohólico:

–La casa de Chéjov. No es tan grande como dicen. Todos hablan mucho.

La carreta había superado con dificultad la ladera, y la sensación de que dejaban el mar atrás había sido para ellos, Olga y Paschka, como el lento y doloroso despertar de un sueño agradable. La madre volvió el cuello de la pelliza del hijo para comprobar si seguía ahí, bajo la visera de la gorra calada. Paschka había hablado tan poco durante el viaje, sobre todo desde que llegaron al sendero de la costa y vio el mar abierto a sus pies, como un regalo, que ella temió que hubiera empeorado fatalmente. Encontró sin embargo sus ojos completamente abiertos, fijos todavía en una asombrosa visión que los mismos abedules –cerrándose de nuevo al superar la carreta el bosque y salir a la llanura– parecían haberle arrebatado bruscamente. Atrincherados tras un cerco morado, los párpados y también los ojos grises aún conservaban la tersura de su piel infantil: parecía el único resto de su cuerpo intacto por la enfermedad. Todo lo demás –los débiles dedos de sus manos, los muslos, el buche enjuto– se había replegado vencido por las manchas y un mal color que ella no sabía definir, pero que identificaba, al ­hablar de él con el padre o los vecinos, con la palabra «amarillo». Olga se restregó los ojos. Notó que el vaivén de la carreta le había adormecido. Bromeando, cerró y abrió exageradamente sus ojos ante los de Paschka; Paschka rió, pero no era la risa que ella recordaba, y por mucho que lo intentara no podía ahora recuperar en su memoria el rostro gracioso y la belleza nítida y perdida del hijo.

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El reino químico

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

El reino químico

 

 

 

Devolvió la mirada a Rosie, y la vio de nuevo como el diminuto bebé de otros tiempos. Y, antes aún, como el feto que había comenzado a crecer a partir de una célula cualquiera. Y antes incluso de eso, como una división de sus propios cromosomas; como una reducción previa a la reproducción. Pero allí, en el reino de las bases químicas, la ironía no se contaba entre los intereses de la doble hélice entrelazada. La similitud y la diferencia entre Constance y Rosie representaban algo accidental frente a la tarea básica del ADN, consistente en asegurar su propia reproducción. Se trataba de un proceso desprovisto de humor.

 

Jenny Disky

 

 

 

Compatriotas: Estoy encantado de comunicaros que hoy he firmado una ley que proscribe a los rusos para siempre. El bombardeo empieza dentro de cinco minutos.

 

Ronald Reagan, probando micrófonos,

11 de agosto de 1984

 

 

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Nuria querida

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Nuria querida

 

Querida Nuria:

Te escribo de nuevo, y te supongo sorprendida por el escaso tiempo que en esta ocasión he dejado transcurrir desde mis anteriores noticias. Con buen criterio, te habrías hecho al cansino ritmo con que respondía a tus apasionantes cartas apasionadas. No ofrezco disculpas, pero es que el dolor, para qué ocultarlo, me está atizando estas últimas semanas con una intensidad que desconocía. La fiebre desapareció, pero no así la obligación de cumplir con el programa de rehabilitación, tan severo que me cuesta a veces dos días –el tiempo que media entre las distintas sesiones– recuperar las fuerzas, que no tardan en desaparecer otra vez el mismo día que afronto la siguiente sesión, en espera de una nueva y definitiva orden que mi cuerpo –los médicos se empeñan en decir que es mi cabeza– se niega a dar. Quisiera ofrecerte otras palabras más cómodas, llenas de optimismo –y por evitarte tristezas no contacto contigo en ocasiones– pero cada vez se me hace más complicada la tarea de aferrarme a esta vida. Tal vez, si estuviera en Madrid, con vosotros, con la niña, los ritmos con que el día se mueve delante de mí se ajustarían al pesado sentir de mi cuerpo, por no decir lo contrario, y retomaría algunas de esas aficiones que tú me reprochas haber abandonado. No confío en volver a pintar –estas manos son ya inútiles para eso aunque tal vez no para sentir una caricia, para hacerla sentir a otros– pero me dicen los doctores que mi vida, mi conducta podría con el tiempo llegar a ser casi normal, que si mi cabeza ofrece la ayuda que mi cuerpo necesita, antes de lo que creo seré capaz incluso de volver las páginas de un libro o de abrocharme los cordones de los zapatos. Lo dicen como si ése fuese el grado superior de pericia alcanzable por una persona.

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Los niños hundidos

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Los niños hundidos

 

Oteando la inminencia del pegajoso levante, antes de salir de la habitación cubrió a María con la sábana azul, aunque dejó al aire su largo cuello y su boca entreabierta por una respiración al fin calmada. De pronto no era la María del gesto contraído y el vientre palpitante, con su ombligo retorciéndose como un desagüe carnoso que pudiera tragarse toda la vehemente sexualidad de él, sino la fotografía de una rendición, la constatación de un decaído descanso. El mar imitaba los ritmos de los amantes, y ahora espejeaba calmado tras la turbiedad del día anterior, a la espera de la llegada del viento cálido. Roberto miró desde el ventanal la aparición de los primeros bañistas, guerreros tempranos lanceando la arena con sus sombrillas cerradas, señores de un nuevo territorio. Corrió las cortinas; por el lado de cristal que había dejado abierto, el aire componía con la tela una misteriosa danza, pliegues y acordes sin melodía. La lamparilla más lejana de la cama, que había estado encendida toda la noche mientras sus labios se irritaban por tanto beso, seguía encendida. Así debía permanecer, como una llama custodia, encendida hasta que él volviera a la habitación en la que el cuerpo de María quedaba desnudo, tapado sólo por una sábana azul.

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Los nombres

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Los nombres

 

Lleno de rabia, directo a la portería. Claro que escucha los gritos de Molina y de Carlos, tan agresivo, pero ahora le toca a él. No voy a pasarles, esta es mía. Antonio reclamándole, tira o pasa, tira o pasa, y Eduardo ni pasa ni tira, aguanta, le apetece, es su rabia, la acumula con cada regate, a cada metro ganado, conforme ve más cerca la cara de Luis bajo los palos, con su sonrisa y los ojos entrecerrados, como cegado por el sol. Pero es de noche en Guadalajara, y venga risa y es igual, porque va a dispararle y el balón le rebasará por la escuadra, agárrate a la madera, que te lanzo y saldrás volando. Ríe lo que quieras, hoy te puedo, no me iré sin marcar, cosas suyas, y Luis con sus mojigangas, pero Eduardo va fiero a por él y sus compañeros le reclaman la pelota, o disparas o pasas, decídete, decide, ¿qué nombre le pondremos?, sugiere o lo pongo yo, decídete o decido yo, su mujer, cobijada en la cama bajo su brazo, a veces con gestos de enojo, como si fuese de verdad eso, un desafío, ponerle entre la pared y una espada muy dulce, y Eduardo remolón y lento, sin ira ni rabia, juguetón entre sábanas, déjalo para después, con Lucía lo decidimos en el último momento, y ni siquiera sabemos si ahora será hija o hijo, ella era partidaria de saberlo, pero él se empeñó, con la niña Lucía fue a tu manera, déjame que yo pinte algo, y su pintura fue un lienzo vacío porque prefirió abstenerse de saber, él o ella flota dentro de ti: disfrutemos, disfruta, y acomodaba su cabeza bajo el ombligo de Nuria y oía las palpitaciones pero se negaba a compararlas con las de Lucía, su mujer le invitaba a hacerlo, son parecidas, movimientos bruscos, tranquilo, él muy tranquilo, aunque a veces ella se sentía demasiado pesada y eso la ponía nerviosa, o lo nombras o decido yo, pero mujer, si no sabemos si es niño o niña, si no sabemos, le contestaba él, pero Eduardo, replicaba su mujer, no lo sabemos porque te negaste a que los médicos lo dijeran, y vamos a la prueba de las correas y lo mismo, le adviertes a la enfermera y al matrón, no quiero saberlo, y el matrón te recuerda que en esa prueba no se hace ecografía, pues no queremos saberlo, por si acaso aviso, aquella decisión una simple manía como otra cualquiera, no te preocupes, estate tranquila, estoy tranquila, pero bueno, te advierto, se llamará Leonor si niña, como mi abuela, Andrés si niño, como mi abuelo, niño viejo ya desde el principio, niño viejo, ya decidiremos, pero Nuria le recordaba que faltaba un mes, no tenían tanto tiempo para decidir, qué más te da, me veo gritando en el paritorio sin saber si Leonor o Andrés, decídete o decido yo, aunque él se sentía tan cómodo bajo su vientre, apoyado en las piernas plegadas por Nuria formando una cuna para su cabeza, que muchas veces no era capaz de oír su voz, simplemente se dormía, tranquilo y lento, tan distinto al nervio de las noches de fútbol, voy a por ti, Luis, por toda la escuadra, iba a por él, a por todos, quería vencer a todo el equipo él solo, aunque el partido ya estaba perdido, no se explicaban aquel repentino ataque de ambición, un Eduardo que solía limitarse a iniciar la transición de la jugada entre la portería de su equipo y la del contrario, Eduardo tantas veces animado por los compañeros a que atacara el puesto de Luis, que lanzara y lanzara pero siempre se detenía a unos metros, como cansado, mejor no me complico la vida, no disparo, mejor os matáis vosotros porque luego llegan los rechaces y las hostias acaban por pillarme, no le gustaba andar por medio, prefería la distancia, mejor el salto de la celebración del gol estando en defensa que obligarse a regatear a los amigos con el temor de una mala patada, más de él hacia ellos que al contrario, y una vez que te metes en la cocina hay que pelear, llevar el balón al fondo, no puedes quedarte notando el sudor frío en la camiseta, aunque esa noche parece enfurecido por tantas veces que ellos le han pedido que se comprometa con el equipo, que se moje un poco, corre empujado por un frenesí irreconocible, también ahora se quejan, no saben lo que quieren, no me importa que Carlos esté desmarcado, brujuleando como siempre con su rapidez brillante muy cerca del área, moviendo los brazos con delicada exactitud, sabiendo cómo debe cerrar el paso al contrario para seguir de cara el balón, mientras Luis se mueve en la portería con saltitos breves, aparentando mirar a los ojos de Eduardo para desconcentrarlo y cegarlo, buscando conseguir que yerre el tiro. Luego se reirá de él y le tirará por la espalda de la camiseta mojada, «Eduardo, Eduardito, no das una, conmigo no puedes», pero esa noche Eduardo se ha prometido que no, esa noche se la traga, podrá con Luis, que a menudo bromea con él, burlándose de su aparente torpeza, y luego lo lleva a casa en su taxi. «El día que me metas un gol te cobro tarifa de carrera». Es su mejor amigo de todo el grupo y en ese momento su gran adversario, el muro a batir, los ciento noventa centímetros ominosos que le separan de la necesaria venganza. Quiere hacerlo antes de decirles que va a dejarlos por una temporada. Sí, ellos con seguridad le contestarán que lo sospechaban: Lucía no lo consiguió, pero nunca se aguanta demasiado tiempo. Ya le prometí a mi mujer que cuando llegara el segundo pasaría más tiempo con ella. Tres partidos a la semana, mas las horas perdidas tras salir del cuartel donde trabaja en intendencia, las caminatas despojadas de alegría por Guadalajara desde que el tren lo deja a la noche en la estación, un día completo sin aparecer por casa y su mujer sola, él sale de casa a las siete en punto, camino de Madrid, y a esa hora sujeta con la mano izquierda la puerta para contener el impulso de la derecha al cerrar y que ellas puedan dormir un rato más sin ruidos que las despierten; a la noche lo contrario, estruendo de llaves y abrir la puerta con aspavientos, gritos de reclamo: «La niña Lucía y la mamá grande, ¿dónde estáis?», aunque cuando no había fútbol lo esperaban detrás de la puerta, como si cada noche fuera noche de Reyes y él trajera una vez y otra regalos inesperados. La niña Lucía riendo fiera y la mamá grande disimulando una sonrisa imposible, agobiada por tantas horas hablando como una niña, inventando juegos para Lucía, con dos años y muchas ganas de correr. La mamá grande, en una mano dibujada con ceras una vaca voladora rosa, y en la otra la monda de una pera que la pequeña saborea en su boca ácida, devoradora de todo lo que pasa entre sus tiernos dientes. Casi hora de acostarse y Eduardo siempre a última hora, con el tiempo justo de ver los ojos de la niña a punto de gastarse, cerrándose por sorpresa, como por efecto de un resorte. Cuando el vientre de Nuria recuperó la forma dulce del embarazo, que a Eduardo le ponía de tan buen humor, él volvió a refugiarse en la cueva suave que nacía en el ombligo de Nuria y llegaba hasta su pubis. En ese lugar tranquilo, ausente de todo, apoyaba su cabeza hasta que el sueño le podía o ella le reclamaba un poco de respiro. Procuraba no molestarla ni dañarla de algún modo pero aquella postura lo relajaba y no le resultaba difícil imaginar que sería capaz de escuchar un latido nuevo, un compás que manifestara con su ritmo débil la vida que se acercaba. A veces se dormía y Nuria aprovechaba para hacerle peticiones imposibles a las que no hubiera accedido estando sobrio. Si aquella ebriedad con la que lo adormecía el contacto de la piel dilatada de su mujer no lo llevara a decir que sí a todo, para sentirse absolutamente tranquilo, como si en su vida no fuese a conocer un problema más, seguramente no se habría conformado con la petición de Nuria, estarás más tiempo conmigo y con las niñas, pronunciando la frase como un mandamiento ante el que no cabían oposiciones o dudas, dejarás el fútbol y cualquier otra cosa que te distraiga de nosotras y verás cómo crecen tus hijas, y Eduardo, sin pensar en el significado de su respuesta, valorando nada más que el sonsonete agradable y rítmico de sus palabras, dijo: «sí», intentando imprimirle un deje de energía para aparentar que podía oponerse a lo que Nuria ya había decidido por él. Le gustaba, eso sí, urdir pequeñas venganzas sin daño, y luego no tenía más remedio que divertirse con su maldad ingenua de baratillo. Como una broma que terminó por creerse, se le ocurrió mantener el misterio del nombre del hijo o de la hija a la que Nuria se empeñaba en nombrar de mil maneras, pensando que, si él cambiaba de opinión, podría lograr de su mujer una moratoria, que no le importase al menos una noche de ausencia, un partido semanal con su equipo de fútbol sala. Al poco tiempo, sin embargo, ya se había convencido tanto de la necesidad de estar más tiempo con ellas, además del fin de semana, como de la necesidad de desconocer cualquier detalle del bebé. Lo fiaría todo a una sorpresa continua, así tendremos, le dijo a Nuria, la sensación de que entramos por completo en una nueva época. Una época menos ensimismada, con más despliegue de energía, menos abandonado a su depresión tranquila, a esa sensación de rutina, cuartel casa cuartel fútbol distracción pequeña. De pronto, miraba a Nuria y a su hija y sentía que además de quererlas las necesitaba, le apetecía estar con ellas, donarles toda la nueva confianza que la vida le imprimiría, sin dudas ni remordimientos. Quizás había llegado el momento de buscar un trabajo en Guadalajara, un trabajo de mañana que no le obligara a desplazarse a Madrid cada día, a estar siempre fuera, tantas horas perdidas en el tren, el C2 hasta Atocha y de allí un autobús hasta la cocina del cuartel. Calles y calles, las mismas una tras otra. El fútbol le redimía de esa sensación de rutina, pero ahora no, también renunciaría a ese deporte, sería sincero con sus dos chicas, la niña Lucía lo pedía con su sonrisa, la mamá grande claramente, con advertencias serias. Bien, bien, el tranquilo Eduardo está dispuesto a ceder, sus venganzas nunca son serias, a excepción de la última. Esa noche de balón, delante de la portería, se vengará de Luis por tanta afrenta y tirones de camiseta, por sus bromas de amigo travieso, por su genética excesiva y el poco hueco que deja en la portería, un castigo amable que infligirle antes de retirarse del equipo, el último gol del que hablar delante de las cervezas a las que lo invitará de vez en cuando. Vamos allá, Eduardo, sin mirar la pelota que casi se le escurre entre las piernas, a cada metro más difícil su control, y Carlos pidiéndosela otra vez, mía, lo tengo a huevo, pero Eduardo se niega, le da la espalda y la pisa con la bota derecha, el balón está a punto de tocar la línea de banda, y Miguel, tranquilón como él, acosándole más con sus gritos que con una entrada, no le bloquea, como si intuyera que es algo entre Eduardo y Luis, una rivalidad que solo a ellos les incumbe y que es elegante respetar. Miguel, ante todo, es así, elegante, y sus compañeros también le reprochan, éntrale, éntrale, la letanía del futbolista aficionado, pero él se abstiene de pronunciarse, si el partido ya está ganado, por esta semana el orgullo está a salvo, levanta las manos abiertas como indicando a un árbitro fantasmal que él no ha tocado al atrevido delantero, que la jugada es limpia, y esos instantes son los que necesita Eduardo para reorganizar sus piernas, hacerse de nuevo con el balón y encarar los metros definitivos hasta Luis, que ha dejado de saltar, en la creencia de que Eduardo no podrá con él y desbaratará la jugada que ha creado apenas dé unos pasos más, cerca ya de la portería. Entonces Eduardo piensa en su mujer y en su hija, y se siente pletórico, piensa en su bebé y su fuerza aumenta, seguro de que esta noche le dará una alegría a Lucía, al fin le hará caso, cada vez más caso, a su lado, cerca de su piel estirada y cálida, donde los ecos del niño oculto son como llamadas de un lugar remoto en el que apetece acomodarse y dormir, pasar las tardes oyendo por la radio esas canciones tristonas pero tan bonitas, como «Yesterday», que su mujer estuvo tarareando anoche mientras preparaba la cena, una canción antigua pero bonita, y en ese preciso instante, mientras piensa en Lucía moviendo con una cuchara de madera la salsa de tomate casera, susurrando la canción que suena en la radio, su voz arrastrada y dulce junto a la de McCartney, siente una gran ternura hacia ella, y descubre que el nombre ya está en su mente. Cuando llegue a casa, con la niña dormida hace rato, no le contará a su mujer que por fin ha podido con Luis, que le tenía ganas y se ha tragado la pelota, eso no lo dirá, una anécdota sin importancia, lo que hará será abrazarla y susurrarle al oído el nombre, un nombre de niña porque sabe que va a ser niña, confía en mí, Nuria, sé lo que me digo, y ella se burlará, qué alegría, un médico en la familia, si me pongo de parto tengo a quien acudir, ríete, pero será niña, y se llamará así, el nombre susurrado en el oído de Lucía, como un testimonio, como la entrega de un secreto que nadie más ha de saber hasta que llegue el momento, la revelación cabalística. Pero eso será más tarde, cuando el partido acabe y Luis tenga que llevarle a casa de morros en el taxi, con Eduardo devolviendo las bromas, mañana, once de marzo de dos mil cuatro, tu leyenda ya estará por los suelos. Se va a enterar todo Guadalajara y Madrid, lo contaré en el trabajo a quien pueda, será como el gol de Zarra, lo vas a recordar siempre, remachará. Por eso, porque queda poco tiempo y la hora está a punto de acabar y las luces se apagarán, dejando la pista alquilada a oscuras, Eduardo detiene la carrera y se dispone a lanzar. Quiere volcar en el disparo sus últimas fuerzas, y, como si pronunciase un sortilegio, empuja la pelota hacia la portería, desde el aire, con un resoplido cansado en los labios y el nombre de su hija en la cabeza.

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