34 relatos
Medium 9788483935934

Pretty girl

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Pretty girl

 

Aún no ha llegado la chica bonita de los antiguos grandes almacenes. Siempre vestida de rojo o de negro, siempre mirándome y mirándola en la planta baja de este rascacielos vacío, en plaza de España. Cerradas para siempre sus oficinas y los restaurantes con terrazas donde refulgía la Gran Vía. Un gigante fantasmal, aunque quedamos unos pocos. Sobrevivimos con algunos víveres y mantenemos limpios nuestros apartamentos. Mi temor ahora es que la confundiera al darle las señas. A veces pierdo la memoria. Me demoro haciendo cosas extrañas con mi cuerpo y con los cuerpos de la habitación cerrada. Ayer perdí la llave y rebusqué por cada rincón. Escuchaba su quejumbre pero no podía acceder hasta ellos. Seguro que a la chica bonita de los grandes almacenes –hay maniquíes desmembrados y cubiertos de polvo–, la chica de rojo o de negro, le di la información correcta. Vivo en el 201, pretty girl, lejos del cielo, repetí y repetí. No quiero que toque otra puerta por error. Deseo ver su sonrisa cuando la reciba y la invite cortésmente a pasar. Romperemos el hielo con un juego sencillo: quien encuentre las llaves extraviadas entrará primero en la otra habitación.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935521

Las dos hermanas

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Las dos hermanas

 

En su juventud –como en todas las juventudes, siempre ocurre así– Onetti conoció a su primer gran amor. Por lo menos a su primer amor. Venidas del otro lado del Río de la Plata, un día llegaron sus dos primas argentinas: María Amalia y María Julia. 1930. Entregado a ellas, a su cuidado, a ser el guía tutelar de su nueva residencia uruguaya, Onetti termina enamorándose, o mejor dicho, comienza a enamorarse de María Amalia. Comienza por enamorarse de María Amalia. Con ella viaja a Buenos Aires y allí tienen su primer y único hijo, Jorge Onetti. En 1934, Onetti comprende que su vocación matrimonial no es definitiva, que su trabajo es precario y sus escritos un fracaso, y pujando frente a la inevitable redundancia del tiempo, como uno de sus héroes absurdos y repetitivos de sí mismos, se casa de nuevo, ya en Montevideo, al otro lado, aquí y allí, con la otra prima, la hermana de la prima. Comienza por María Amalia y sigue por María Julia. Si con María Amalia escribió una extraviada primera versión de El pozo, con María Julia, la literatura tuvo algo más de suerte. Escribió El pozo definitivo, Tierra de nadie y Para esta noche, pero no sus obras más famosas, las que le dieron prestigio, nombre, fortuna y tiempo para consagrar a la literatura, y a nuevos amores. En 1945 se casa con una compañera de trabajo de la Agencia Reuters, Elizabeth María Pekelharing. Al poco dejará el periodismo para entregrarse a la literatura; al poco la cosas cambiaron, el tiempo se volvió más apacible, el viento comenzó a darle de cara a Onetti, y las hermanas desaparecieron, sepultadas en el pozo de la pequeña historia de la literatura, donde no existe la gloria ni la desgracia, ni siquiera el fracaso, sino a lo sumo el tibio recordatorio de la letra pequeña. ¿Que fue de sus vidas tras perder una tras otra a Onetti? ¿Se guardaron rencor, dejaron de hablarse, se consolaron en las largas tardes de Buenos Aires, al otro lado del río y del amor roto? ¿Volvió a recordarlas Onetti? Poco antes de morir, en Madrid en 1994, ¿llegó a ver sus caras en uno de esos duermevelas extraños que concede la enfermedad? ¿Pensó siquiera un momento en ellas? ¿Confundió sus dos nombres y sus dos historias?

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935934

Pronto seré bueno

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Pronto seré bueno

 

La primera vez fue una piedra. Ella salió volando, ella abrió la cabeza de Néstor, ella derramó la sangre, y yo derramé la risa, nerviosa y feliz. Me había atrevido a hacerlo. Al día siguiente los franquistas tomaron la ciudad, y se acabó la tranquilidad: volvieron las clases, pero Néstor nunca regresó a ellas. Se buscó otro colegio, yo qué sé, se cagaría por las patas abajo. Nunca me dijo nada..., ¡y que lo hubiera hecho! Estaba dispuesto a todo. A declarar otra guerra para machacar a ese niño cagón, si hubiese sido necesario.

También palpé muchas veces la navaja en el bolsillo. Se la robé a mi padre. Él la utilizaba para mondar naranjas y granadas, para cortar el pan en rodajas, los días de campo. Nunca supo que yo se la había quitado. Al poco le vi con otra, con puño dorado, albaceteña. No podía sospechar que acariciar el lomo nacarado de la que le había quitado, el filo inofensivo de su hoja cerrada, me producía un placer morboso. Mientras los profesores daban sus clases y nos obligaban a dibujar carteles con alabanzas al nuevo Rey de España, yo imaginaba a qué pasmado podía sorprender a la salida, a quién podía meter en vereda. A Pablo, por ejemplo, el puto Pablo con su hermana que me odiaba y no quiso mirarme, la rubia y angelical Ana. Lo cogí en el callejón esquinado y estrecho por el que teníamos que pasar para llegar a nuestros pisos, en el mismo barrio, y le di de hostias, con ganas. Se dejó porque en la otra mano, la que no le golpeaba, la navaja estaba abierta, feliz y preparada.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935668

El rapto de Woody Allen

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

El rapto de Woody Allen

 

 

 

Decidme: si como el cielo me hizo hermosa

me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara

de vosotros porque no me amábades?

Discurso de Marcela, en Don Quijote de la Mancha.

 

 

 

Marisa me dio la noticia del rapto de Woody Allen. Ese mismo día busqué las gafas de carey negro y me las puse para mirarme en el espejo del baño. Yo no era capaz de encontrar ningún parecido. Se me clavaban en las orejas. El tiempo había pasado, y nunca lo hace en balde, por lo que dicen ellos. ¿Qué pensarían si hubiesen podido verme esos mismos que no se cansaron de burlarse de mí durante años, desde la escuela hasta acabar el instituto, con aquella tontería? Aunque hubiesen estado a mi lado en el cuarto de baño, ese día no les habría pedido opinión. Sólo me importaba lo que Marisa viera. Ella salió de la ducha. Ví a través del espejo su cuerpo desnudo, sus pechos, su carne abundante y morena, como una patricia romana. Me giré:

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935668

Zona de peaje

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Zona de peaje

 

Más de cien veces habían sentido un vasto placer al hacer el amor y ahora, vencidas dudas y miedos, Víctor viajaba camino de Barcelona para conocerla. Nunca había estado allí y se había citado con Lucía en Las Ramblas. «No te perderás. Te estaré esperando para llevarte de la mano, cariño», le prometió con esa voz que acariciaba cada poro de su oreja, y que él echaba de menos en el resto de su vida cotidiana. Nada tenía esa modulación, nada ese timbre, nadie esas palabras, para otros obscenas o secretas, que ella pronunciaba con naturalidad.

Habían interrumpido el tráfico en la autopista. A lo lejos, unos mossos d´esquadra, con sus vehículos atravesados como una barrera en aquel asfalto por lo común veloz, caminaban pegados a los primeros coches. Informaban educadamente a sus ocupantes de la causa de la súbita detención. Faltaba medio kilómetro para el próximo peaje. El vehículo de Víctor, detenido bajo la enorme señal que anunciaba que Barcelona quedaba a cuarenta kilómetros, parecía amenazado por aquella presencia gigantesca. Su tamaño, destinado a ser visto desde lejos, se imponía sobriamente al ruido de los motores. Muchos de ellos iban apagándose conforme sus ocupantes comprobaban que el atasco sería largo. Algunos conductores reclinaban su respaldo para sestear, había niños luchando en asientos traseros y hombres que acudían a su telé­fono móvil.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos