34 relatos
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Ropa de verano

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ropa de verano

 

 

 

Para Andrés Neuman, que escuchó

la voz de la escritora difunta.

 

 

 

Abro las puertas del armario empotrado, y me parece que descorro el telón de un gran teatro.

El vestidor no solucionó, cariño, nuestros problemas de espacio. Nos prometimos tener toda la ropa ordenada y no poner cosas por medio, que la casa mostrara en todo momento una limpieza resplandeciente, el orden metódico que debe ser, y aquí me tienes, la cama sepultada por trajes abiertos y vestidos desabotonados que parecen delicados espantapájaros, y cajas y departamentos de plástico transparente llenos de ropa por todo el suelo. Estoy sentada en el escabel, plisando pensativa la tela de los bañadores de los niños.

Toda nuestra intimidad, amor, desplegada alrededor de mí, y me da la sensación de que está esperando, sin urgencia, a que yo tome una decisión.

Pienso en todas estas cosas.

Pienso en nuestra común obsesión por la organización, que nos unió en su tiempo más que ahora. El reconocimiento del enfermizo interés que los dos sentimos, amor, por los cubiertos bien clasificados en su cajón y los objetos apresados en sus lapiceros, estrechó el lazo del sentimiento. La confesión de aquella neurosis compartida duplicó nuestra confianza, reforzó nuestra ternura. Me excitó imaginar un mundo repartido contigo, amor, en el que nuestra casa fuese para los dos como un pulido tablero de ajedrez por el que todas sus piezas, auténtico marfil de elefante, podrían desplazarse con elegancia sin rayar jamás el suelo. Nuestro mundo se construiría a la medida del encuadre de una de esas imágenes que miro en las revistas durante horas: casas sin habitantes con libros enormes y pesados, abiertos sobre las mesas, y cortinas que parecen jamás descorridas, y jabón sin utilizar en el lavabo, casas que son fotografiadas con sumo cuidado por fotógrafos que se descalzan y contienen el aliento, para no perturbar aquella atmósfera.

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Donde el Borgión se esconda

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Donde el Borgión se esconda

 

 

 

Para Jesús Ortega,

que escuchó la historia.

¡Vijay!

 

 

 

–Tengo que contarte la verdad. Mi deber es avisarte. Obligación de padre. Pero, aunque no lo fuese, un hombre justo no haría pasar el peligro por aventura a los ojos inexpertos de un joven. Ocurrirá de la siguiente manera: subiremos a lo más alto de la Montaña, donde nunca has estado y adonde jamás volverás hasta que algún día seas padre y tu hijo tenga la edad que ahora tienes tú; dejaremos el coche lo más cerca que podamos de la boca del bosque; entraremos allí, los dos solos, abriéndonos paso con los machetes o con nuestras propias manos si fuese necesario. Desde ese momento, la caza habrá comenzado. Que no te entre el pánico. Te acompañaré en un primer momento. Eso sí: después, cuando yo lo considere, desapareceré. Te quedarás solo, en lo más profundo del bosque, allí donde el Borgión se esconde. Tu obligación es matarlo, acabar con él antes de que pueda atraparte, deshacer tu cuerpo y convertirte en arena de río. Si, como tantos otros antes que tú, fracasas en el empeño después de dos noches tras su rastro, al menos te harás con algún trofeo. Una muestra de su existencia. Todo lo demás se considerará fracaso, humillación. Ya sabes qué vida te espera si eso ocurre. Nada decoroso. Una decadencia idiota.

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Ambulancias

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ambulancias

 

Antes, todos subíamos por carretera de Ronda. ­Carretera de Ronda arriba, la estrangulada carretera de Granada, entras en el barrio Torrecárdenas, pasas el campo de fútbol, todo arriba, allí estabas. Hoy la cercanía de la autovía los lleva a elegir la Avenida del Mediterráneo. Yo hubiera hecho lo posible por no tomar ese camino, aunque conduzca casi directamente al hospital. Subes la avenida, y Torrecárdenas se ve desde cualquier ángulo. Parece un faro. No desaparece en todo el trayecto. Pero han colocado esas rotondas. Inevitables. Tienes que frenar. En una ambulancia echas de menos en ocasiones una mayor estabilidad. Los segundos en que los coches se apartan. Tú estás girando. Notas la amortiguación. La vida se detiene y tú sigues dando vueltas. El hospital ­Torrecárdenas allí arriba. No pierdes el rumbo. Aunque todo cruja. Vas hacia el faro. Sigues dominando la rotonda. Cuando sales de ella y enfilas el último tramo hacia el hospital, sientes que has vencido un peligro. Sigues en pie. No has perdido el control. Tal vez no. Quizás todo sea imaginario y no haya habido peligro. Pero en la ambulancia, conduciéndola, quieres sentir el peligro. Que un coche se quede en el centro del camino y no te ceda paso. Que un peatón despistado cruce sin atender a semáforos y te descubra y te mire con ojos despavoridos. Necesitas saber que todo pende de un hilo. No sólo el que va detrás. Oyes ahí las instrucciones de los médicos y tú ves las instrucciones de la carretera. Todo está en el aire. Debe ser así. A veces pisas más de lo necesario. Quieres correr. Pero es inútil. Pasará el tiempo. Adquirirás experiencia si te renuevan los contratos. Vivirás la muerte de alguien en tu ambulancia. Alguno no resistirá hasta el hospital, la apetecida ­marquesina de urgencias, la delegación de tu responsabilidad en otro. Entonces adviertes que necesitas vivir más, pero que en realidad sientes cada día menos. Tu cuerpo es, por explicarme, una pieza más de la máquina. ­Un insensible motor a gasóleo.

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Un guerrero muerto

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Un guerrero muerto

 

Enrique Gaumain se había topado con aquella mísera aldea, surgida en mitad de la sierra, y no con el palacete de la familia Beltrán, donde se dirigía con sus artilugios de fotógrafo chamarilero para retratar al anciano y sabio ­terrateniente, don Anselmo Beltrán. Próximo a morir, enardecido su ánimo por noticias llegadas a través de libros y rumores extranjeros, el cacique estaba dispuesto a dejar su rostro impreso en uno de los añejos daguerrotipos que el final de aquella época, coincidente con el de su vida, hacía desaparecer incluso en aquellas apartadas zonas de Andalucía. Absortos por esos días en la contemplación de las extensiones de tierra que muy pronto serían suyas, en el vibrante caciquismo que heredarían de su señor padre y que ellos tendrían que aplicar hasta que acabara el siglo, sus hijos no encontraron valor ni motivos para negarle tal disposición. Mandaron traer de Málaga a algún fotógrafo que aceptara el encargo de retratar al viejo Beltrán en su lecho de muerte. Eran pocos los todavía dispuestos a recorrer los dificultosos caminos del sur, las intrincadas sierras, los pueblos de la costa, para alimentar las vanidades de viejos ricachones empeñados en pasar a la historia de su estirpe en el fino gránulo del daguerrotipo. Querían que las generaciones posteriores tuvieran una memoria fiel de sus caras, que vieran en ellas los anhelos, la energía de su época, los más pequeños detalles de su personalidad que los bastos retratos en tarjeta a la moda no hacían sino vulgarizar.

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Modos de pasar la tarde

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Modos de pasar la tarde

 

No le doy más importancia. Es una forma de distracción como otra cualquiera. Me relajo en el sofá y me entrego al desfile. Disfruto con esos amores expuestos, con los reproches que se lanzan las parejas ante el público del estudio, que ensaya risas enlatadas. Gracias a las telenovelas sudamericanas amplío mi vocabulario. A veces hay violencia, no puede negarse, y a veces es gratuita, tampoco lo niego, pero la violencia también instruye sobre las oscuridades del alma humana, y alerta sobre los peligros del hombre para el hombre. Adúlteros, borrachos, chóferes despechados, silicona al por mayor, malos tratos, rumores, sospechas, fotos robadas, posados, amores y fracasos. No otra cosa es la vida; a eso conduce todo. Amores y fracasos, violencia y enemistad. Quisiéramos que las cosas ocurrieran de modo diferente, pero la televisión se limita a mostrarnos las pesadillas que ya ocurrieron. Por eso no la culpo de nada, y al final siento cierta recompensa. La tarde pasa, y apenas sufro, ni pestañean mis ojos. No lloro ni soy una molestia para nadie. Es una tarde perfecta, hasta que mi madre aparece al cabo de dos horas, con esa papilla repleta de sabores a tierra y carne machacada, que según ella me hará crecer, tener pronto unos dientes sanos. Ser un niño inteligente y fuerte, como papá.

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