22 relatos
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Voy a hacer una llamada

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Voy a hacer una llamada

 

El mundo experimentaba perturbaciones, corrimientos de tierras, turbulencias aéreas, excepciones gravitatorias; eso o la mala suerte, que es la fuerza más poderosa de entre todas las que existen, arrastraba de repente a un ser humano al borde del abismo. Entonces, conmovido ante su desesperación, Edgar se quedaba mirando a lo lejos, meditaba un momento, con ademán imperturbable, y regresaba por fin al mundo real para pronunciar su frase lapidaria:

–Voy a hacer una llamada.

Y aun antes de hacerla todos sabíamos que Edgar lograría que el universo recuperara su bondadoso equilibrio, enderezando el destino de una persona, de una familia, de una empresa, de una provincia, zaherida por la adversidad.

Cuando conocía su edad, la gente se sorprendía: Edgar parecía tener diez años menos. Digamos que maduraba de forma regular, pero siempre manteniendo, frente a sus contemporáneos, una diferencia favorable que adquirió en la adolescencia y mantendría hasta el final. Quizás por eso las novias que le conocí eran siempre muy jóvenes, y cuando los demás ya estábamos casados, y engordábamos, y perdíamos el pelo, y nuestras mujeres engordaban, y se arrugaban, y se agotaban en la lucha diaria por el gobierno de familias nutridas y ruidosas, Edgar mantenía su envidiable soltería, su insultante frescura corporal, mientras se hacía acompañar por jóvenes bonitas que habían venido de Varsovia a estudiar filología hispánica o de Bello Horizonte a culminar un máster en Bellas Artes.

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El hombre del cartapacio

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

El hombre del cartapacio

 

No sé cómo era aquello, pero cada vez que llegaba a la oficina la reunión del departamento de ventas ya estaba en marcha. Juro que, para prevenir negligencias, había rechazado la agenda electrónica y seguía utilizando mi voluminoso cartapacio, lleno de papeles duros como el pergamino, gracias a los cuales, me decía, era imposible que ninguna cita o reunión se me escapara. Pero no importaba el rigor con que escribiera en aquellas cartulinas horarios y lugares, ni que los consignara en el calendario de la cocina de casa, ni que pusiera notas adhesivas en la nevera o en la guantera del coche: siempre, al final, algo fallaba.

El rigor y la eficacia eran virtudes importantes en Ibertecno, compañía catalana que fabricaba exprimidoras, batidoras, tostadoras, licuadoras. Ahora iniciaba su expansión por toda Europa y nosotros apoyábamos el proyecto, encabritados por las vibrantes arengas de Jordi Taltavull. Taltavull era el director de nuestra delegación, la Zona Norte, donde la empresa contaba con una factoría. En el departamento comercial (una agrupación de desdichados que cifraba su supervivencia en que la gente siguiera exprimiendo, batiendo, tostando, licuando) me deslomaba yo.

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Atardecer en la feria

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Atardecer en la feria

 

Odio las ferias porque me traen el recuerdo de la infancia. De niño comprendí enseguida que formaba parte de mis obligaciones simular que me divertía en aquellos recintos tenebrosos. Mis padres me llevaban de la mano y me subían a las distintas atracciones. Percibía en sus ojos expectantes lo que ellos esperaban de mí: felicidad, esa felicidad que los niños no siempre encuentran donde sus padres presumen. Desde el principio, desde esa confusa niebla de la niñez más lejana, las ferias nunca fueron un lugar alegre para mí. Yo me fijaba en otras cosas. No me gustaban las masas de gente, envidiaba desde lejos a los grupos de chicos, algo mayores que yo, que acudían ya a la feria sin sus padres, y sobre todo me daba cuenta de que aquel era un montaje de cartón piedra, un mundo imaginario y fraudulento: las atracciones se sostenían sobre chirriantes artefactos mecánicos, los empleados de las taquillas tenían aspecto triste, casi desesperado; manejaban el dinero, los boletos, las entradas, con esa avaricia que imprime la miseria y que da a las cosas simples un valor extraordinario. Tenían manos toscas en las que se adivinaban los esfuerzos por levantar aquel vasto decorado de ciudad en ciudad. Vendían los boletos completamente al margen de la euforia de los niños y de sus familias. Los puestos de tiro, gobernados por viejas gitanas o sujetos con la cara marcada, revelaban cómo aquel no era el reino de una alegría blanca e inocente, sino la transfiguración próxima, palpable, de la profunda tristeza del universo, un universo que respira trabajosamente, un universo, supe más tarde, donde lo más importante era encontrar dinero, alguna clase de dinero, y ganarse la vida, alguna clase de vida. Había algo profundamente vulgar en las loterías y los bingos de las ferias, en el tono monocorde de sus charlatanes provistos de micrófono, algo sucio e insalubre en los puestos de churros y buñuelos, algo triste que me estremecía y de lo que, si hubiera tenido entonces voluntad, habría huido sin mirar atrás. Odiaba los solares de tierra irregular o de guijarros donde se asentaban las atracciones, y odiaba los viajes en los autos de choque: en ellos siempre había tipos pendencieros que se divertían agrediendo a topetazos a inocentes parejas de novios, y los chicos se incomodaban ante la necesidad de mostrar coraje y defender a sus compañeras.

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Para no ser cobarde

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Para no ser cobarde

 

Habíamos malvendido el piso. Habíamos cargado en el coche todas nuestras cosas. Habíamos abandonado la ciudad. Y después de una hora de viaje salimos de la autopista y tomamos la carretera que debía llevarnos a Ayabarrena, una aldea perdida en la Sierra de la Demanda. A partir de Ezcaray, la carretera iba estrechando. A los lados quedaban poblados cada vez más pequeños, enclaves de nombre vasco: Turza, Cilbarrena, Zaldierna, Azarrulla. A veces las aldeas solo se adivinaban por la precaria supervivencia de algún muro de piedra, ahogado entre las zarzas. Porque la naturaleza, cuando recobra espacios que antes ocupara el hombre, lo hace con fiereza, como si su retorno fuera una venganza.

Aún no había anochecido, pero el frío atenuaba los colores y un cielo de turbia agua estancada impedía ver el sol. Íbamos con retraso, así que Alejandra telefoneó a la propietaria de la casa para anunciar que llegaríamos más tarde. Alejandra, recordando los amables correos que habíamos cruzado días antes, dijo que ahora le había sorprendido el tono desagradable de la mujer. Quizás, respondí, la cordialidad del principio fue solo una estrategia comercial, porque ahora la fianza ya estaba pagada y nos habíamos convertido, de algún modo, en prisioneros.

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Verónica y los dones

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Verónica y los dones

 

A Esteban Padrós de Palacios

 

Verónica tenía una especial habilidad a la hora de hacer regalos. Era un sexto sentido, un instinto, un don que le permitía traspasar la piel de las personas, viajar por sus entrañas y diseccionarlas con la precisión de un cirujano. A Verónica le gustaba hacer regalos, pero le gustaba todavía más el proceso antecedente, un largo y moroso itinerario cuyas etapas iba cumpliendo con sistemático rigor: observar a una persona, analizar gustos y necesidades, concebir para ella un obsequio, explorar el mercado en su busca, comparar precios y calidades, evaluar los distintos modelos, elegir por fin alguno. Cuando Verónica emprendía la misión de hacer un regalo, el universo entero se dirigía hacia ese fin preciso. Eran incontables las pesquisas y las exploraciones, incontables las tiendas y los catálogos revisados con la aplicación de un cartógrafo o de un miniaturista. Los centros comerciales, los grandes almacenes, los folletos, las ofertas de Internet, todo el planeta se ponía al servicio de un designio: comprar a su sobrino unos patines, regalar a mi madre un nuevo bolso, elegir un juego de servilleteros, unos prismáticos, una falda, una impresora.

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