22 relatos
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Atardecer en la feria

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Atardecer en la feria

 

Odio las ferias porque me traen el recuerdo de la infancia. De niño comprendí enseguida que formaba parte de mis obligaciones simular que me divertía en aquellos recintos tenebrosos. Mis padres me llevaban de la mano y me subían a las distintas atracciones. Percibía en sus ojos expectantes lo que ellos esperaban de mí: felicidad, esa felicidad que los niños no siempre encuentran donde sus padres presumen. Desde el principio, desde esa confusa niebla de la niñez más lejana, las ferias nunca fueron un lugar alegre para mí. Yo me fijaba en otras cosas. No me gustaban las masas de gente, envidiaba desde lejos a los grupos de chicos, algo mayores que yo, que acudían ya a la feria sin sus padres, y sobre todo me daba cuenta de que aquel era un montaje de cartón piedra, un mundo imaginario y fraudulento: las atracciones se sostenían sobre chirriantes artefactos mecánicos, los empleados de las taquillas tenían aspecto triste, casi desesperado; manejaban el dinero, los boletos, las entradas, con esa avaricia que imprime la miseria y que da a las cosas simples un valor extraordinario. Tenían manos toscas en las que se adivinaban los esfuerzos por levantar aquel vasto decorado de ciudad en ciudad. Vendían los boletos completamente al margen de la euforia de los niños y de sus familias. Los puestos de tiro, gobernados por viejas gitanas o sujetos con la cara marcada, revelaban cómo aquel no era el reino de una alegría blanca e inocente, sino la transfiguración próxima, palpable, de la profunda tristeza del universo, un universo que respira trabajosamente, un universo, supe más tarde, donde lo más importante era encontrar dinero, alguna clase de dinero, y ganarse la vida, alguna clase de vida. Había algo profundamente vulgar en las loterías y los bingos de las ferias, en el tono monocorde de sus charlatanes provistos de micrófono, algo sucio e insalubre en los puestos de churros y buñuelos, algo triste que me estremecía y de lo que, si hubiera tenido entonces voluntad, habría huido sin mirar atrás. Odiaba los solares de tierra irregular o de guijarros donde se asentaban las atracciones, y odiaba los viajes en los autos de choque: en ellos siempre había tipos pendencieros que se divertían agrediendo a topetazos a inocentes parejas de novios, y los chicos se incomodaban ante la necesidad de mostrar coraje y defender a sus compañeras.

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¿Quién construyó las pirámides?

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¿Quién construyó las pirámides?

 

Cuando Sonia sugirió por tercera vez que podríamos invitar a Guido Lázaro comprendí que ya no había escapatoria. En realidad, nuestro matrimonio funcionaba bastante bien: ambos conocíamos los límites del otro; e incluso nuestros propios límites, lo cual suele ser mucho más difícil. Sonia y yo habíamos aprendido a no sacarnos de quicio. Evitábamos cualquier tensión innecesaria, identificando los deseos del otro, tolerando sus manías, respetando sus opiniones y su modo particular de ver o hacer las cosas. En un mundo de matrimonios demolidos por el tiempo, el aburrimiento, la ira o la avaricia, aquella rareza de no molestarnos en exceso obraba como anclaje sentimental. No estoy seguro de que siguiéramos enamorados, pero sí de que, para cada uno de nosotros, sobrellevar al otro se había convertido en un peso liviano, en un yugo pacífico y venial. Puede parecer absurdo, pero creo que las relaciones estables se fundamentan en virtudes menores, virtudes que, de tan subalternas como son, ni se exhiben, ni se ostentan, ni siquiera se mencionan. Claro que es mejor reconocer en secreto su eficacia que hacer lo que otros muchos: simular grandiosos sentimientos grandiosamente falsos. Acaso la felicidad sea inconsciente de sí misma, y mucho más recatada de lo que imaginan los que solo saben de ella por el cine y las novelas.

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Mi amigo Böhm-Bawerk

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Mi amigo Böhm-Bawerk

 

Paradójicamente, la llegada del mes de agosto traía a la agencia de viajes una mayor tranquilidad. Durante todo el año habíamos encadenado jornadas interminables, contratando sin descanso billetes de avión, pasajes transatlánticos y reservas en hoteles y balnearios. La agencia era un desfile de parejas deseosas de encontrar un íntimo refugio, ruidosas pandillas en busca de playas y de alcohol, y ancianos dispuestos a peregrinar en autobús por ciudades plagadas de monumentos. Era en el mes de agosto cuando se hacían realidad buena parte de aquellos fraudulentos paraísos, de modo que la ciudad se convertía en una arquitectura melancólica y vacía, y por fin era posible también para nosotros, los empleados de la agencia, tomar unas vacaciones.

Yo trabajaba con dos chicas muy jóvenes. Las edades, las costumbres, nos abocaban a mundos diferentes, pero ambas me estimaban y convertían las tareas laborales en un yugo leve y agradable. De alguna manera, habían decidido adoptarme, como si fuera un antiguo maestro de primaria o un venerable tío solterón. La inminente jubilación se había convertido en el objetivo principal de mi existencia. En menos de año y medio iba a alcanzar el retiro. Contaba los meses, las semanas, con la avaricia de un presidiario que mide el transcurso del tiempo en su celda. Quería encontrar más allá de la oficina la muesca de libertad que me faltaba, y las vacaciones de agosto eran una degustación anticipada de esas definitivas vacaciones que llegarían con la jubilación.

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Días de mala suerte

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Días de mala suerte

 

A Medardo Fraile

 

La comunicación decisiva debió haber sido a principios de octubre, pero el abogado tardó un tiempo en llamar. Fue un nuevo periodo de angustia, de intensa opresión sobre las sienes. Todas las noches me metía en la cama premeditadamente exhausto, de madrugada, porque solo así lograba conciliar el sueño. Dormir era el único estado en que me sabía a salvo del sufrimiento, pero aun acostándome muy tarde me despertaba con la primera luz del día y volvía a pensar en lo de siempre: en la ruina que amenazaba a mi familia, en la ejecución de las cuatro hipotecas, en los recibos bancarios que, si las cosas se torcían, ya no iba a poder pagar. Blanca sabía lo que estaba ocurriendo. Yo la había atormentado notificando día a día nuestro avance hacia el abismo, hasta que un día me confesó, llorando, que quería ocuparse de los niños y de la casa pero no oír nada más sobre ese asunto. Sí, yo había sido injusto con Blanca hablando constantemente de nuestros problemas financieros, pero ahora lo era ella conmigo obligándome a digerirlo todo en soledad. Lo cierto es que pactamos no hablar más sobre los apartamentos: hacerlo no servía de nada y había que evitar que nuestros hijos se vieran afectados por aquella atmósfera angustiosa. Ellos eran lo más importante. En realidad, ellos eran lo único importante que aún quedaba entre los dos.

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Para no ser cobarde

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Para no ser cobarde

 

Habíamos malvendido el piso. Habíamos cargado en el coche todas nuestras cosas. Habíamos abandonado la ciudad. Y después de una hora de viaje salimos de la autopista y tomamos la carretera que debía llevarnos a Ayabarrena, una aldea perdida en la Sierra de la Demanda. A partir de Ezcaray, la carretera iba estrechando. A los lados quedaban poblados cada vez más pequeños, enclaves de nombre vasco: Turza, Cilbarrena, Zaldierna, Azarrulla. A veces las aldeas solo se adivinaban por la precaria supervivencia de algún muro de piedra, ahogado entre las zarzas. Porque la naturaleza, cuando recobra espacios que antes ocupara el hombre, lo hace con fiereza, como si su retorno fuera una venganza.

Aún no había anochecido, pero el frío atenuaba los colores y un cielo de turbia agua estancada impedía ver el sol. Íbamos con retraso, así que Alejandra telefoneó a la propietaria de la casa para anunciar que llegaríamos más tarde. Alejandra, recordando los amables correos que habíamos cruzado días antes, dijo que ahora le había sorprendido el tono desagradable de la mujer. Quizás, respondí, la cordialidad del principio fue solo una estrategia comercial, porque ahora la fianza ya estaba pagada y nos habíamos convertido, de algún modo, en prisioneros.

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