22 relatos
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Vida de mi padre

Pedro Ugarte Editorial Páginas de Espuma ePub

Vida de mi padre

 

A Antonio Pereira

 

Entonces no supe darme cuenta, pero aquel iba a ser el día más importante de mi vida.

Yo había llegado del colegio, estaba dejando la mochila en la cocina cuando desde el fondo del pasillo surgió la voz grave y profunda de mi padre.

–¿Jorge? ¿Eres tú, Jorge? Ven, por favor.

Mi padre estaba en el salón, sentado en su sofá, haciendo un crucigrama bajo la luz de una lámpara de pie. Mi padre siempre estaba haciendo crucigramas. Hacía crucigramas por la mañana. Por la tarde, después de una breve siesta, seguía haciendo crucigramas. Los terminaba con absoluta concentración. De hecho, nunca emprendía uno nuevo sin haber acabado el anterior, así necesitara horas y horas para conseguirlo. Solo después de la cena dejaba de hacer crucigramas: entonces encendía la tele. Esa era la vida de mi padre. A mí me daba un poco de vergüenza. En el colegio, tarde o temprano, todos hablaban de su casa y del trabajo de sus padres. El padre de Dávila era abogado, el padre de Tamayo era pediatra, el padre de Aranceta tenía una joyería. Mi padre solo hacía crucigramas. Cuando me preguntaban «¿En qué trabaja tu padre?», yo no sabía qué contestar. Lo peor era que Dávila ya había notado algo raro y en los recreos siempre me preguntaba lo mismo. Lo había hecho tantas veces y yo había callado tantas otras, que aunque ahora me propusiera inventar alguna cosa ya no resultaría convincente. Por eso estaba seguro de que, antes de final de curso, tendría que pegarme con Dávila. Era una de esas certezas que extraen los chicos en los patios de colegio y los colocan, por fin, frente a la vida.

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Mi amigo Böhm-Bawerk

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Mi amigo Böhm-Bawerk

 

Paradójicamente, la llegada del mes de agosto traía a la agencia de viajes una mayor tranquilidad. Durante todo el año habíamos encadenado jornadas interminables, contratando sin descanso billetes de avión, pasajes transatlánticos y reservas en hoteles y balnearios. La agencia era un desfile de parejas deseosas de encontrar un íntimo refugio, ruidosas pandillas en busca de playas y de alcohol, y ancianos dispuestos a peregrinar en autobús por ciudades plagadas de monumentos. Era en el mes de agosto cuando se hacían realidad buena parte de aquellos fraudulentos paraísos, de modo que la ciudad se convertía en una arquitectura melancólica y vacía, y por fin era posible también para nosotros, los empleados de la agencia, tomar unas vacaciones.

Yo trabajaba con dos chicas muy jóvenes. Las edades, las costumbres, nos abocaban a mundos diferentes, pero ambas me estimaban y convertían las tareas laborales en un yugo leve y agradable. De alguna manera, habían decidido adoptarme, como si fuera un antiguo maestro de primaria o un venerable tío solterón. La inminente jubilación se había convertido en el objetivo principal de mi existencia. En menos de año y medio iba a alcanzar el retiro. Contaba los meses, las semanas, con la avaricia de un presidiario que mide el transcurso del tiempo en su celda. Quería encontrar más allá de la oficina la muesca de libertad que me faltaba, y las vacaciones de agosto eran una degustación anticipada de esas definitivas vacaciones que llegarían con la jubilación.

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Atardecer en la feria

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Atardecer en la feria

 

Odio las ferias porque me traen el recuerdo de la infancia. De niño comprendí enseguida que formaba parte de mis obligaciones simular que me divertía en aquellos recintos tenebrosos. Mis padres me llevaban de la mano y me subían a las distintas atracciones. Percibía en sus ojos expectantes lo que ellos esperaban de mí: felicidad, esa felicidad que los niños no siempre encuentran donde sus padres presumen. Desde el principio, desde esa confusa niebla de la niñez más lejana, las ferias nunca fueron un lugar alegre para mí. Yo me fijaba en otras cosas. No me gustaban las masas de gente, envidiaba desde lejos a los grupos de chicos, algo mayores que yo, que acudían ya a la feria sin sus padres, y sobre todo me daba cuenta de que aquel era un montaje de cartón piedra, un mundo imaginario y fraudulento: las atracciones se sostenían sobre chirriantes artefactos mecánicos, los empleados de las taquillas tenían aspecto triste, casi desesperado; manejaban el dinero, los boletos, las entradas, con esa avaricia que imprime la miseria y que da a las cosas simples un valor extraordinario. Tenían manos toscas en las que se adivinaban los esfuerzos por levantar aquel vasto decorado de ciudad en ciudad. Vendían los boletos completamente al margen de la euforia de los niños y de sus familias. Los puestos de tiro, gobernados por viejas gitanas o sujetos con la cara marcada, revelaban cómo aquel no era el reino de una alegría blanca e inocente, sino la transfiguración próxima, palpable, de la profunda tristeza del universo, un universo que respira trabajosamente, un universo, supe más tarde, donde lo más importante era encontrar dinero, alguna clase de dinero, y ganarse la vida, alguna clase de vida. Había algo profundamente vulgar en las loterías y los bingos de las ferias, en el tono monocorde de sus charlatanes provistos de micrófono, algo sucio e insalubre en los puestos de churros y buñuelos, algo triste que me estremecía y de lo que, si hubiera tenido entonces voluntad, habría huido sin mirar atrás. Odiaba los solares de tierra irregular o de guijarros donde se asentaban las atracciones, y odiaba los viajes en los autos de choque: en ellos siempre había tipos pendencieros que se divertían agrediendo a topetazos a inocentes parejas de novios, y los chicos se incomodaban ante la necesidad de mostrar coraje y defender a sus compañeras.

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¿Quién construyó las pirámides?

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¿Quién construyó las pirámides?

 

Cuando Sonia sugirió por tercera vez que podríamos invitar a Guido Lázaro comprendí que ya no había escapatoria. En realidad, nuestro matrimonio funcionaba bastante bien: ambos conocíamos los límites del otro; e incluso nuestros propios límites, lo cual suele ser mucho más difícil. Sonia y yo habíamos aprendido a no sacarnos de quicio. Evitábamos cualquier tensión innecesaria, identificando los deseos del otro, tolerando sus manías, respetando sus opiniones y su modo particular de ver o hacer las cosas. En un mundo de matrimonios demolidos por el tiempo, el aburrimiento, la ira o la avaricia, aquella rareza de no molestarnos en exceso obraba como anclaje sentimental. No estoy seguro de que siguiéramos enamorados, pero sí de que, para cada uno de nosotros, sobrellevar al otro se había convertido en un peso liviano, en un yugo pacífico y venial. Puede parecer absurdo, pero creo que las relaciones estables se fundamentan en virtudes menores, virtudes que, de tan subalternas como son, ni se exhiben, ni se ostentan, ni siquiera se mencionan. Claro que es mejor reconocer en secreto su eficacia que hacer lo que otros muchos: simular grandiosos sentimientos grandiosamente falsos. Acaso la felicidad sea inconsciente de sí misma, y mucho más recatada de lo que imaginan los que solo saben de ella por el cine y las novelas.

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Una comedia romántica

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Una comedia romántica

 

Antes estaba convencido de que nosotros, los escritores de periódicos, siempre envidiamos a esos portentosos novelistas capaces de perpetrar novelas de mil páginas, y que nos preguntamos de qué pozo sin fondo surge semejante verborrea, qué vasto mundo interior puede nutrir tan enormes cabalgadas literarias. Y eso nos inquieta porque lo nuestro son las piezas mínimas, cuidadas, reunir las palabras imprescindibles para comunicar una idea, apenas una idea. Es como comparar a un latifundista que cultiva cientos de hectáreas gracias a una flota de máquinas cosechadoras con el humilde labrador que acude cada mañana a su huerto y remueve un poco de tierra con la azada. Sin embargo ahora, después de muchos años, he llegado a la conclusión de que el nuestro no es oficio menos gigantesco: a veces contemplo mi archivo y recuerdo que ya he escrito varios miles de columnas. ¿Significa eso que he tenido a lo largo de mi vida otras tantas ideas, digamos, varios miles de ideas? Da risa la mera conjetura. Ignoro qué representa una idea, una buena idea. Quizás solo algunas de mis piezas hayan logrado albergar cierto destello, pero al menos he obrado con la suficiente astucia como para simular que, en efecto, he tenido miles de ideas, ideas que iban cayendo sobre mi cerebro con total regularidad, prácticamente una por semana, generalmente entre los martes y los jueves: después de todo, mi artículo solía publicarse los sábados.

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