42 relatos
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Meditación del vampiro

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Meditación del vampiro

 

En el campo amanece siempre mucho más temprano.

Eso lo saben bien los mirlos.

Pero tiene que pasar un buen rato desde que surge la primera luz hasta que aparece definitivamente el sol. Manda siempre el astro en avanzadilla una difusa claridad para que vaya explorando el terreno palmo a palmo, para que le informe antes de posibles sobresaltos o altercados. Luego, cuando ya tiene constancia de que todo está en orden, tal como quedó en la tarde previa, se atreve por fin a salir. Su buen trabajo le cuesta después recoger toda la claridad que derramó primero. Por eso se ve obligado a subir tan alto antes de caer, para que le dé tiempo a absorber toda esa luz y no dejar ninguna descarriada cuando se vuelva a hundir por el oeste.

Luego en el campo, paradójicamente, se hace de noche también muy pronto.

Los mirlos apagan sus picos naranjas y se confunden con el paisaje.

Y agradecido yo, me descuelgo y salgo.

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Los k

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Los k

 

No es muy grande la mesa que aquí tengo. Justo lo suficiente para el ordenador y la impresora, un taco de hojillas para notas, la funda de las gafas…, el bote de los bolígrafos también, la macetilla con el cactus para absorber las radiaciones… y el teléfono este desde el que le cuento.

Sí, en efecto, ya hace un rato largo que pasó, pero es que usted siempre comunica.

De aquí mismo salieron, de los agujeritos del auricular, uno a uno, muy despacio, como si disimularan. Luego fueron entrando por la rejilla de ventilación del aparato, también en fila india y en silencio, como la otra vez. Se pudo ver enseguida cómo algunos atravesaban por la pantalla apagada, escarbando desde dentro, con una intermitencia de iconos desquiciados, mientras otros aparecían de súbito, sin apenas transición, por la bandeja de salida de papel de la impresora.

Tan solo unos cuantos, de intenciones menos cibernéticas, bajaron directamente a la mesa. Impunes y envalentonados, estuvieron recorriendo cada una de las púas del cactus, el interior de la funda de las gafas, la mullida y confortable brevedad de la gamuza amarilla que en otro tiempo utilicé para limpiar las lentes. Incluso un par de ellos se colaron por el agujerito del mechero, y a través de la rosa transparencia se los podía ver como nadando en el gas, que es líquido sin embargo, como sabe.

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A buen entendedor

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

A buen entendedor

(Dieciocho cuentos muy pequeños
redactados ipsofácticamente)

 

Yo venía por lo del anuncio

–Yo venía por lo del anuncio.

–¡Ya!, eso se lo dirás a todas.

 

Ahora tenía la oportunidad de cambiar

Se nace tímido, o se nace grasioso, o se nace cantaor de flamenco, esas cosas que, en fin, qué se puede explicar, se llevan en la sangre y ya son para siempre, inmutables.

Sin embargo, aquel muchacho, por más señas camarero, que no lo conocía apenas, se lo dijo así como el que no quiere la cosa:

–Ahora puede usted cambiar.

«Pretencioso el muchacho», pensó, «como si uno pudiese cambiar en cinco minutos».

–Ahora tiene usted la oportunidad de cambiar –repitió el muchacho.

«¡Joder, hostias! –masculló él–, ¡qué pesado, niño!», y le tiró a la cara los billetes, gritándole con furia:

–¡¡En monedas de veinticinco!!

 

Para las horas más jodidas

Para las horas así, digamos jodidillas, no malas del todo pero pasando un poco de regulares, pues tenía eso, un botecito de cristal con su tapón de corcho, y con una cuerda lo colgaba del techo y luego le daba caña con un palo, no muy fuerte, para no romper el vidrio, pero sí lo suficiente como para que las moscas dentro del bote se chocaran violentamente unas con otras y zumbaran como diciendo: ¡hostias, otra vez!

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Una conversación con Hipólito G. Navarro

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Una conversación
con Hipólito G. Navarro

 

La preparación de esta antología y el diálogo que hemos ido manteniendo sobre ella me han convencido de la profunda relación que existe entre la personalidad del autor y su obra. Impresiona la sinceridad con la que Hipólito G. Navarro descubre su vida en esta entrevista. Impresiona también la dureza de los acontecimientos que ha soportado. Se descubre entonces que el dolor, la violencia, el ansia, la venganza de los cuentos... están ahí, en las entretelas de su biografía. Y viceversa. Por eso mismo, su sentido del humor, la delicadeza, la capacidad de afecto que se muestran en ellos resultan más brillantes y admirables. Sus palabras dan muchas claves de su obra. Creo que todo ello justifica que se publique esta conversación: animará al lector a que relea algunos cuentos y alcance una visión más profunda de los mismos; enriquecerá su expectativa y abrirá su sensibilidad al disfrute de una gran creación literaria.

 

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Verruga Sánchez

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Verruga Sánchez

 

Esto que León me inspira ahí tirado, ¿qué demonios significa? ¿Cansancio?, ¿pesadumbre? ¿O es que siento ahora lástima por el triste botarate en que se ha convertido el hombre con el que comparto la existencia desde hace una eternidad? Me estoy engañando, bien lo sé. Quizá no sea pena lo que siento últimamente por él. Se le parece bastante, tiene todos los visos, pero no es pena, no al menos todavía. Tengo que evitar la compasión a toda costa. Me niego a gastar lo que me queda de vida compadeciéndolo.

Pero lo veo ahí desparramado en el sofá, con la copa de coñac aburrida entre las manos, los hombros derrotados, un hilillo de baba descolgándosele remolón desde la comisura de la boca, y mis mejores sentimientos se revuelven furiosos en la cabeza, me trastornan, me confunden. Lo que asoma a los ojos con que lo miro empiezo a sentirlo no como amor, como el cariño que hasta hace bien poco le profesé, sino más bien como una lástima honda y triste como nunca hubiera imaginado. Le acaricio el pelo, el rostro, de una forma que intuyo harto dolorosa para él, una caricia más enérgica de lo habitual que León traducirá en su abatimiento como un reproche, como una amarga bofetada detenida.

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