42 relatos
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El infierno portátil. (Una accidentada iniciación a la lectura)

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

El infierno portátil
(Una accidentada iniciación a la lectura)

 

En el pueblo donde transcurrió mi infancia había, por lo menos, un convento.

Que recuerde ahora, moraban en él monjas muy simples, del montón, de esas que tienen muy buena mano para la repostería.

La elaboración de pasteles, es sabido, requiere manos dulces, amorosas, discretas, manos por tanto muy poco apropiadas para dar cobijo a estigmas y llagas.

Rico pues en pasteles, nunca tuvo aquel convento nuestro una santa.

Sí tuvo, en cambio, una monja sorda y cascarrabias, y otra que se hacía un poco la tonta, o que en el fondo verdaderamente lo era.

De todas formas, ni la simpleza de las monjas, ni su sordera o su atontamiento, ni mucho menos su fina repostería, lograron distraer los intereses de un niño que empezaba a entrar en la adolescencia bastante atropellado por irreverentes sospechas. Detrás de aquellos muros cohabitaba un chaparrón de mujeres solas casadas todas con el mismo hombre; esa era al menos la información que yo tenía por aquel entonces. ¿Y qué podían hacer allí tantas mujeres juntas, además de hornear pasteles y preparar confituras? Rezar; sí, desde luego. Cosechar zanahorias y coles; también. Pero qué más…

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La nota azul

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La nota azul

 

No es muy grande el apartamento de la rue Pigalle…

Aurora Dupin, baronesa Dudevant, más conocida como George Sand, termina de escribir las últimas páginas de El pantano del diablo, una novela campestre a pesar del título o quizá por él. Como la tinta que usa tarda en secar, las ideas que va trasladando al papel permanecen húmedas durante bastante rato, verdaderamente brillantes según el ángulo desde el que se miren. Aurora misma se sorprende del efecto.

Mientras tanto, su amante de estos días, el Federico Chopin de los Nocturnos, acaricia las teclas del piano buscando de manera disimulada la siempre escurridiza y muy puñetera «nota azul», esa nota trampolín sin la cual no son capaces de componer nada los románticos del xix. Habría de todas formas que preguntar si comparten la misma opinión Liszt, Smetana…

No es muy grande el apartamento de la rue Pigalle, ciertamente; lo justo para que la pareja pueda trabajar sin agobios, cada uno en lo suyo. Quizá sí resulte pequeño en días como este, cuando coinciden en sus habitaciones otros amigos imprescindibles.

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¿El tren para Irún, por favor?

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

¿El tren para Irún, por favor?

 

¿Irún?, ¿por qué siempre Irún, a la ida y a la vuelta? ¿No era Irún el meollo mismo de todo?, ¿a qué entonces ese empeño en justificar que tan sólo era el punto de intersección entre dos trayectos bien diferentes?; ¿es creíble un argumento de puntos vacíos, jugadas de espera, transbordos de trenes hacia la emigración?, ¿existen realmente ciudades de paso?, ¿existen pasos?

¿Debería creerme que los recuerdos de mi padre se limitaban a los andenes vacíos por las noches? ¿No vio él ni una sola calle, ni una plaza, ni una taberna siquiera?, ¿sólo la estación? ¿Y el mar?, ¿vio el mar?, ¿tenía mar Irún?, ¿tiene mar Irún?

¿Estuve yo alguna vez en Irún? ¿Por qué nunca estuve allí? ¿Se puede andar por una ciudad con los ojos cerrados?

¿Se quedó mi padre verdaderamente exhausto al atravesar la diagonal de la emigración con la maleta casi vacía?, ¿tanta era la distancia? ¿Llegué a comprobarlo en los mapas de niño con un dedo tembloroso dibujando esa uve con cuerno incomprensible? ¿Necesariamente tenía que bajar de la sierra de Huelva hasta la capital para después volver a subir en un tren larguísimo hasta Irún?, ¿para qué ese retroceso inicial? ¿De verdad llegué a comprobarlo en los mapas?, ¿son fiables los mapas?

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Tres trillizas torres

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Tres trillizas torres

 

Quizá el gremio taxista no esté tan acostumbrado como pensaba Lauro a indecisiones como la suya: que después de haber indicado claramente, deletreando casi, «al camposanto» (evitando así términos más contundentes o definitivos como cementerio o crematorium), haya optado por bajar en esa calle, cuando faltan todavía tres kilómetros o más. Cara de pocos amigos se le ha quedado al conductor, a pesar de las disculpas de Lauro y de una generosísima propina. Ya son ganas de amargarse, pues no tendría más que seguir él solo para comprobar que ese billete cubre bastante por encima el coste total de la carrera. Aunque quizá lo que ha ofuscado al taxista no ha sido tanto la minúscula cancelación mercantil como el súbito cambio de parecer de Lauro, su insoslayable contraorden. Ya le ha dicho que lo siente. Es que ha preferido a última hora no llegar de los primeros, aprovechar el margen para dar un paseo que le sirva para ahuyentar las malas ideas que aún le rondan, después de tantos años.

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Que salga el del salami

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Que salga el del salami

 

Los alumnos normales tienen faena para rato. Abundante, soporífera lectura. Y comentario de texto posterior. Pobres criaturas. Tres cuartos de hora no les dan ni para empezar, je, je.

Otra cosa es el grupito de atrás. Siete alumnos dificilillos, imposibles los días de levante y nubarrones. Tres de ellos son, además, casos perdidos, tipos demasiado aguerridos para sus edades. De catorce, quince y dieciséis muelles se las gastan, afiladas a conciencia. La del maestro es automática; los muelles para los colchones, ha dicho alguna vez en la sala de profesores, escandalizando sobre todo a la nueva de inglés.

Un comentario de texto en la última hora de la mañana; también son ganas de fastidiar. Lo masculla uno de los tres mosqueteros, el que más de firme sostiene la mirada al profesor.

En cualquier caso, tras unas breves instrucciones, todos se ponen manos a la obra, cada sector a su manera. Son tres sectores: los alumnos normales, la chusma, el profesor. El profesor es por sí mismo, por su meritaje, un sector completo, un bando más. La diferencia más clara entre los sectores es que dos de ellos, muy a su pesar, son barbilampiños, y que el tercero verifica, apenas pasar la mano, un descuido de tres días que comienza ya a pinchar. Contrasta esa dureza no premeditada con la tenue pelusilla del sector en armas.

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