42 relatos
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Mi mujer al lado de mi mujer

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi mujer al lado de mi mujer

 

Antes de salir del agua ya me han picado varios, y después de secarme con las toallas un par de ellos especialmente grandes se ensañan con mis brazos y mis dedos. Empieza a hacer frío, ese frío de finales de septiembre tan conocido que siempre coge por sorpresa a los últimos bañistas. También viene desde lejos un vientecillo para arrastrar dos sombrillas tumbadas en la arena, olvidadas por algún dueño que se llevó la marea al territorio de las medusas y los calamares (¡Ah, los ahogados!, ¡qué pena de los ahogados que ya no verán el espectáculo que se aproxima hoy otra vez!). Sí, empieza a refrescar bastante; las únicas partes de mi piel que no están heladas son las picaduras de los mosquitos, volcanes en miniatura para la deliciosa ocupación de rascarse. Dos perrazos negros juegan en el agua. Empieza a refrescar. ¿Quién se queda en una playa con tanto frío y nubarrones de mosquitos sedientos como vampiros? En esta frontera sutil entre el universo sólido, el líquido y el de aire hay que pagar con sangre para ver las puestas de sol, y a los mosquitos, esos aviones furiosos, no se les escapa nadie, ni tan siquiera yo, ni mi piel.

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Plano abatido

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Plano abatido

 

No tuvo más remedio que hacerlo así, muy a su pesar. ¿Suicidio?, qué más da eso ahora; ¿intento de asesinato?, no, jamás se le habría pasado por la cabeza, él no lo hubiera llamado de esa forma, aunque a todas luces y en los archivos de la Policía pueda ser algo probable. No tuvo otra salida, ella le obligó sin darse cuenta; ella o la perspectiva en picado de ella, que no es lo mismo; ella o un eje imaginario que nacía en los ojos ansiosos de él y la atravesaba para fijarla a la tierra, ese nivel donde ella ya no era sino un abatimiento del plano a vista de pájaro que él poseía y volvía a grabar en su retina cada mañana. ¿Cómo explicarle ahora a los investigadores un amor aéreo, un deseo fugaz, que apenas dura una décima de segundo?

Se puede investigar lo puramente físico, lo material: sí, él se tiró sobre ella desde el balcón del sexto, y un instante antes de errar y caer a su lado gritó un «mi vidaaa» con una a larguísima que rebotó en el suelo también y se rompió en infinidad de trocitos pequeños de a mezclados con el deseo hecho añicos, trocitos de a que se lanzaron a su vestido, aprisionándola, manchándola de amor y locura; así permanecieron esos minutos como horas, ella quieta como una estatua a su lado, él desparramado finalmente a sus pies, vencido, o victorioso quizá, sin haber podido retener el instante vertical, el segundo mágico de donde le brotaba cada mañana un amor decididamente atmosférico, aéreo, inverosímil.

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En el fondo de la memoria

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

En el fondo de la memoria

 

Los signos me acosan. Están diciéndome algo. Me han susurrado frases incomprensibles a los ojos en el cuarto de baño, en el sofá junto a la ventana, desde el suelo me están mirando con bocas abiertas que me comen, y yo sin saber, como agazapado, a la espera de algo avieso que me dará el zarpazo por la espalda en cualquier momento por más vigilante que me mantenga, de paseo por la casa en la angustiosa espera de esta mujer, con las manos hundidas en los bolsillos, escarbando pelusas de abandono por los pliegues ya calientes de tanto manoseo…

Arriba, junto a los bafles de la música enmudecida, dos rezagadas mariposas nocturnas revolotean construyendo otros signos en el pentagrama indescifrable de los augurios. Parecen nerviosas, como abocadas a nuevas metamorfosis. ¿Qué va a pasar? Dicen que los gatos y los helechos y begonias intuyen los terremotos mucho antes que los sismógrafos; algo en el aire con tufillo a catástrofe los avisa, los pone en guardia. Ese mismo algo eriza ahora el pelo de su gato ahí ovillado en el cojín. Está observándome descaradamente en silencio, desde que ella se fue. Con un ojo cerrado mira hacia adentro mientras con el otro persigue mi terco paseo por el salón, y hasta parece que contara los pasos. Seis pasos a la ida, seis a la vuelta, seis a la ida, seis a la vuelta, interminablemente, como un preso ordena su caminata en el limitado espacio de la celda. Seis a la ida y seis a la vuelta hasta que tan provechoso vaivén salta hecho añicos cuando contabilizo de súbito siete a la ida y cinco a la vuelta, en una inexactitud perversa, malintencionada. ¡No puede ser, no puede ser!, comprobemos… siete a la ida, siete, imposible, y cinco a la vuelta, menos todavía, ¡pero bueno!, ¿estoy loco o qué?, mi percepción hace aguas, está como drogada, si hasta los más afianzados fundamentos del álgebra y la arquitectura se permiten guiñar de esta manera idiota… Masajeemos las meninges. En círculo. Por las sienes, por la nuca… El oportuno aleteo de una mariposa, como de ángel de la guarda, me devuelve a los seis a la ida y los seis a la vuelta conocidos y tranquilizadores, de sentido común. Menos mal.

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Puentes, acueductos

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Puentes, acueductos

 

Mi abuela Justa, apostada en un lugar estratégico en las afueras de la aldea, avista un vehículo con matrícula extranjera cargado de turistas. Sin pensárselo dos veces lanza un silbido bien fuerte hacia los tejados de más abajo. Es un silbido como de cabrero, pero mucho más profesional.

Mi abuelo Justo, que fuma aburrido en la plaza, al oír ese silbido se encasqueta la boina con premura, se levanta y lanza a su vez un silbido menor, pero igualmente científico, muy estudiado en su modulación.

Tras esta señal salen mis tías abuelas de sus casas y se sientan a coser junto a las puertas en unas sillas de anea un poquitín desvencijadas. Algunas vecinas salen también portando cubos y barreños con ropa sucia y se acercan raudas al lavadero público, donde comienzan a fregotear sus trapos mientras otras se apresuran a generar abundante espuma sobre el agua.

Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total: varias mozas aplican una mano de cal al porche de la iglesia, dos niños juegan a canicas, las gallinas picotean magras lombrices, unos gatos degustan cabezas de sardinas por los empedrados…

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Inconvenientes de la talla L

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

Inconvenientes de la talla L

 

Aparco mi coche al lado del Mercedes de ella, un poco más atrás del BMW de su padre, a la sombra enorme de la araucaria de la entrada. Como la puerta está abierta, entro sin llamar, sin ningún reparo porque he telefoneado media hora antes y sé que me están esperando. Al final del pasillo, detrás de la estatua romana, la gata pequeña duerme con un ojo abierto, amarillo. En el salón de las pinturas encuentro a dos criados limpiando, el del bigote y el que no habla, que no sé si es mudo o se lo hace; de todas formas ninguno de los dos me dirige la palabra ni la mirada, así que salgo por la terraza grande y paso directamente al jardín, donde toman limonada los que supongo algunos de sus amigos. Me acerco lentamente, sintiendo con placer la dureza suave del césped bajo mis pies, y cuando estoy al lado de ellos digo «hola», y digo hola como en otras ocasiones digo «buenas» o digo «¿qué tal?», pero siguen hablando entre ellos y bebiendo de las pajitas como si yo no hubiese llegado. Aprovecho entonces la ocasión para tomarles prestado un cigarrillo Marlboro de un paquete casi lleno que tienen al lado de los vasos. El mechero es uno de esos transparentes, rosa, desechable. Una vez encendido el cigarrillo y viendo que siguen con sus cosas, paquetes de acciones de no sé qué entidades, a mí, que esas conversaciones no me interesan y que no he venido yo a hablar de economía precisamente, se me ocurre que ella bien podría estar tomando un baño en la piscina, y que a lo mejor se le ha ocurrido bañarse desnuda, como el sábado anterior. Esta idea luminosa y la poca cuenta que me echan los de la limonada me dan el impulso necesario para continuar en silencio hasta el campo de tenis y bordear el sendero de cinamomos y acacias hasta la verja de atrás, justo desde donde oigo un chapoteo de aguas y risas, señal de que si ella está ahí no va a estar precisamente sola. Las posibilidades de su desnudez quedan reducidas entonces a un top-less discretito sin más, de todas formas algo más que suficiente para acercarme yo en silencio por detrás de los setos de boj y averiguar finalmente que ninguna risa se corresponde con la de ella y que los bañistas me son en absoluto desconocidos. Todavía me entretengo en dar varias vueltas por entre los naranjos y los arces del lado del pozo, buscándola. Un hombre invisible parezco, pues nadie repara en mi presencia.

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