119 relatos
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Pequeñas cosas muertas

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Pequeñas cosas muertas

 

Te has arañado, pobre hija mía, y mamá toma tus manitas y corta las uñas. ¿Te molesta el pelo en la cara, tesoro? Verás que lo soluciono en un momento. Crac, crac, recortan las tijeras. ¡Si no ha sido nada! Escucha: crac, crac. Un sonido precioso. Deja de llorar y presta atención, crac, crac. ¿Ves qué bonito? Uñas, pelo y piel, crac, crac, o pequeñas cosas muertas caen entre las sábanas.

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Camuflaje

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Camuflaje

 

La mujer compra un frasco de tinte. Unta el dedo en el líquido viscoso y dibuja, en el espejo, la línea de un cabello. Un rizo negro absoluto que oculta el reflejo de su cana. Pelo que no se ve, cana que no se siente.

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La ingravidez del torso del ángel

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La ingravidez
del torso del ángel

 

Aquel marinero presumía de ser un ángel. Con aire divino, paseaba por los muelles proclamando que quien lo incluyese en su tripulación contaría con la mejor suerte, porque a él lo habían puesto en la tierra los mismísimos dioses. Los patronos comprendieron que el coste por la buena suerte a bordo era la virtud de sus hijas. Un precio asequible por un salvoconducto en alta mar. Se le veía tan hermoso con el cuerpo lampiño, el rostro imberbe y los omóplatos afilados como alas que despuntan, que las entregaban sin dudar. La noche que se enamoró, el marinero descuidó su aspecto divino y al día siguiente lo vieron embarcar un poco más hombre. En ese viaje, los dioses desataron su furia sobre el barco y al grito de ¡hombre al agua!, el ángel cayó. La tripulación intentó salvarlo pero por muchas manos que se tendieron al agua, no pudieron asirlo. El ángel agitaba brazos y omóplatos en un vano intento de salir del infierno. Y mientras se hundía, los otros marineros se mesaban la barba con sus uñas sucias y sus modales rudos. Esa barba que se dejaban crecer porque era la mejor, tal vez la única forma, de salvar la vida cuando un mortal caía al mar.

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Urgencias

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Urgencias

 

Es madrugada y en la sala de espera la gente apaña su cabello como puede. Coletas rebeldes, peinados cansinos, flequillos desastrados. Salvo ella que está ideal, pelo lavado y marcado. Desde su exquisitez observa a los que agonizan y trata de elegir. ¿La niña con ronchas de fiebre o el abuelo que se retuerce de dolor? Por fin, escoge a la rubia del rincón, melena envidiable, descaradamente hermosa. En su terreno, solo la muerte es perfecta.

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Mudanza

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Mudanza

 

La mujer diminuta que se escondía en mi barba era feliz. Cuando desayunábamos, yo dejaba migas de galleta entre los pelos para ella. Le encantaban las de chocolate. Con eso y una gota de café, se daba por satisfecha. Mi esposa me llamaba cerdo y decía que cómo podía llevar mugre en la barba. Y que me afeitara. Ella no sabía que la mujer minúscula agradecía cada gesto mío con una caricia. Tampoco supo que lloró a mares el día que compré la maquinilla. Tuve que usarla. Esta mañana, mientras desayunábamos, limpié la mesa con la mano y dejé caer migas de galleta. En mi pantalón. De chocolate.

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