119 relatos
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En la selva

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En la selva

 

Una mujer de pelo verde llamada Selva me ayuda con las niñas. Ellas trepan por sus lianas y juegan como monos entre la maraña. Cuando llega la noche y no estoy, se enojan, son pájaros que chillan asustados. Una mujer selvática que enciende fogatas en sus ojos y les cuenta las historias para irse a dormir. Mis hijas la escuchan hipnotizadas. Atravesarían la jungla con tal de hundirse en su pelo. Mientras yo, ajena al peligro, me quito los tacones y hundo mi melena lacia en la bañera.

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Vientos

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Vientos

 

Dicen los científicos que el aleteo de una pequeña mariposa en Centroeuropa puede desatar un huracán devastador en la costa japonesa, o un tifón en el Índico. Lo dicen sin saber la insoportable carga que supone este conocimiento para infelices como yo. Porque, si un humilde lepidóptero puede conseguir tales logros agitando sus alas transparentes, pienso, qué no serás capaz de provocar tú al remover tu melena inacabable, domadora de vientos, océano de olas negras. Te despojas del sombrero al llegar a la playa y siento los primeros acordes de un terremoto en Singapur, el suelo zumba bajo mis pies cuando te apartas el flequillo y me sonríes. Corres por la orilla, juguetona, salpicándome, «Venga, vamos», mientras en el Kalahari se desata una tormenta de arena de proporciones bíblicas. Y qué puedo hacer yo para frenar este desastre, medito, si solo soy un simple meteorólogo y tu pelo, una ciclogénesis explosiva. No puedo resistirlo más. Entro contigo en el agua y, sin remordimiento, desencadeno el tsunami que nos arrastrará a los dos.

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Amantes

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Amantes

 

Tumbados en la cama, hago un puzzle con los trozos de ti que más me gustan. El pelo furioso. Los labios. Las ojeras. El rectángulo que forma cada extremo de tus dedos. Consigo un ángulo iluminado de tu sexo. Cuando ya tengo todo, lo grabo en algún lugar de mi cabeza. Es la manera perfecta de añadirte a mi colección de hombres.

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El viaje

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El viaje

 

Un sol prehistórico me persigue. Es antiguo porque es rojo. Me persigue porque lo veo en el retrovisor del coche. Tendré que detenerme a espantarlo. Aparco y llego a la playa justo en el preciso tormento de una mujer desnuda saliendo del mar. La mujer se tumba y al tumbarse, su pelo pone vegetación en la arena. Nadie habla. Qué buena idea. Si todos callamos parecerá que guardamos un secreto muy grande. Qué maravilla mirarla, sí, invitarla a mi piso, bajar las persianas de mi cuarto con ella dentro. Lo sabe el tarro de cristal y lo ignora la boca hambrienta del niño: lo que se abre no ruega que lo llenen sino que lo vuelvan a cerrar. Como una puerta, como un ojo, como mi mano colectora de aire. Me acerco. Le pregunto su nombre y ella me pregunta si me he perdido. Que a una pregunta siga siempre otra pregunta. O mejor, que a la misma pregunta siga siempre la misma pregunta. Quién eres, quién eres, quién eres. Diálogo eterno, muerte a la wikipedia, culto a la luz solemne del atardecer. Di conmigo ahora que llega la oscuridad y los turistas se van a casa: esta noche contaré tu ombligo en vez de estrellas. Ríes y te pido un cigarro por pedirte algo que puedas darme. Me lo das y te vas también tú luego aunque los carrizos al viento proclaman lo contrario: que no, que no te has ido. En serio. No sé qué grietas atraviesa el aire para aullar así.

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Mierda de artista

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Mierda de artista

 

En cuanto oigo la palabra criada, qué quieren que diga. En cuanto oigo «interna», «doméstica», la hipérbole «mi señora» que para el caso, deja de interesarme el artista, su pintura, lo que escriba, su coreografía. Qué me puede importar su obra si no hace su cama, no deshace su mierda, no se plancha sus camisas. En cuanto oigo la palabra sirvienta, confundo comas y uñas de ratón, corrijo lienzos con bolígrafo, se me caen agujas en las zapatillas de baile. Antes, mil veces antes, buscaré una quemadura de aceite en la mano que cocina, el exorcismo tenaz del polvo, la disposición hipnótica de las baldosas; un geranio, dos geranios; la charcutería, la pescadería, la impúdica lubina abierta ante la pasmada mirada de los rodaballos. Todos los seres suplican piedad. Y también existen loncheados al vacío, guisantes en lata, las hormigas que ascienden por el sumidero hasta mis axilas tapizadas. Todo rastro de destrucción me conmueve y no es limpiar lo que hago. Atiendo mil súplicas, concedo un digno transcurso de su nada a mi basura. No quiero criados. Yo misma me enterraré. Beso, antes de cerrarla, la bolsa negra de petróleo.

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