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Las doce

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Las doce

 

A las doce, hora de límites, el tiempo separa cada jornada con su peligrosa cuchillada. Es la hora en que, a veces, se reúnen. Hablan en voz muy baja, con murmullos tenues, pero desde la cama, forzando mi atención, puedo advertir esos cuchicheos, sus risas, el tintineo de los vasos. Varias noches me he levantado con sigilo para intentar sorprenderlos. Camino a tientas por el pasillo, abro despacio las puertas, enciendo de repente la luz del salón. Ya no están, nunca están cuando llego. ¿Que si dejan rastros? Una vez, mi gato tenía en el cuello un lazo verde. Otra, había un clavel sobre la mesa. Ayer, una postal de un templo hindú cuyo destinatario no soy yo, con una letra poco inteligible que, al parecer, habla de calor y recomienda no olvidarse de los peces.

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Medium 9788483935286

¿Hacia dónde abre esta ventana?

Felipe R. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

¿Hacia dónde abre esta ventana?

 

Lu no hace más que trajinar en las ventanas, me pone nervioso. Lo veo alzarse en la pequeña escalera, mover las hojas, sube, baja, desliza los trapos y se desliza él. Tras él el aire zarandea las palmeras como un flequillo. Veo su sudor desde aquí, sentado mientras ordeno y paso a limpio notas. Tiene la piel ya morena, recién horneándose en la primavera que oscila. Si me acercase vería vibrar sus vasos sanguíneos por encima de los músculos. Me pone nervioso, se abisma sobre la calle, pisa los alfeizares como quien atraviesa un salón que conoce a oscuras. Tararea. Se lo digo:

Tíooo, me estás poniendo nervioso, coño, no te asomes tanto.

Sonríe sin mirarme, y tararea, y levanta el pulgar, y luego el corazón. Y pone los dos pies en los raíles de los cristales, a seis plantas de intentar volar. Sonríe, pura exhibición, la camiseta gris deja al aire su cintura. Regreso a las notas para no mirar, la tarde se enrosa encima del mar, los pájaros manchan las fotos de los turistas, hay rumor de viento y rumor de vida lejana que pareciese olas. Paso a limpio frases que quedan como los cristales tras el trasteo de Lu, provisionalmente limpias, fijas, hasta que sean el aire húmedo o la lluvia o el polvo una película que opaque la mirada, una veladura, un glaucoma silencioso que cae sobre el lenguaje. De pronto siento sed, mucha sed, estoy mirando el mar, se deslizan gotas a lo largo de las hojas líquidas que nos separan del mundo cuando el mundo es inhóspito, y veo caer leves chorros desde los trapos y la mopa que Lu maneja, y siento una enorme sed. Me levanto, y antes de ir a la cocina grito a Lu, Tíooo, quieres beber algo. Ahora sí me mira y sonríe, no sonríe sino sigue sonriendo, la expresión correcta es sigue sonriendo, no para de sonreír, todo el tiempo, y ahora sigue haciéndolo y asiente, saca el pulgar al aire y el aire no lo mueve, y dice, Coca. Y voy a la cocina y mientras saco una lata de la nevera casi vacío un litro de agua que cae como piedras o pecados a mi estómago –no sé por qué pienso eso después, caer como pecados, como culpas en el estómago–, y pongo hielo en un vaso alto y me apetece de pronto otra a mí y saco más hielo y otra lata y las vacío sobre el hielo que se dilata y quiebra y se transforma –o vuelve a ser quien fue, lo que fue, no sé por qué escribo quien fue–. Con los dos vasos en las manos cruzo el salón y llego al cristal que me separa de los cristales que Lu está limpiando, limpio sobre limpio, golpeo el escaparate con el codo, y con el cuello le hago gesto de que entre. Asiente, sonríe –continúa sonriendo–, baja, deja el bastón telescópico en el cubo, y se seca las manos en la camiseta antes de entrar. Yo ya estoy sentado en el sofá, mirando hacia afuera. Se deja caer, el flequillo se agita como una palmera. Tras unos segundos de hundimiento, se adelanta hacia la mesa baja y toma el vaso. Da un largo trago.

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Medium 9788483935446

Mi intrusa

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi intrusa

 

Como ustedes comprenderán, la primera vez asistí con incredulidad a lo que ocurría. Pensé que era algún trastorno psicológico derivado de la impresión recibida, del esfuerzo por acostumbrarme a la nueva situación. No es fácil, puedo asegurarlo. De modo que, intentando mantener la calma, pensé que lo mejor era pasarlo por alto y olvidar aquel desagradable incidente de consecuencias al fin y al cabo menores. Tuve la suerte, además, de que los responsables que me pillaron con esa mano en la masa –y digo bien, en singular– creyeron sin titubeos mi historia y me dejaron abandonar los grandes almacenes sin objeción alguna. Si algo sintieron, seguro que fue lástima.

Sin embargo, la segunda vez ya no fue lo mismo, sobre todo porque hice todos los esfuerzos posibles e imposibles para evitarlo. No hubo nada que hacer. La mano, esa maldita intrusa, volvió a actuar por su cuenta y riesgo, esta vez con el agravante de cometer el delito no en un gran establecimiento anónimo sino contra una venerable anciana cuyo bolso permaneció al parecer demasiado tiempo abierto en la cola del autobús. Ni corta ni perezosa, aquella mano que yo llevaba puesta en el extremo de mi brazo derecho se dirigió sigilosa y firme hacia su localizado objetivo. Avergonzado y nervioso, aparté la vista, intentando disimular. La anciana no se percató de absolutamente nada, como corresponde a una anciana cortada según los patrones de una sociedad cabal, pero tal y como suele ocurrir en estos casos, había un testigo, un tipo fanfarrón y peleón que se encaminó hacia mí, me golpeó dos veces en el hombro, y me recriminó lo que acababa de hacer, pidiéndome a continuación que devolviera a la señora su monedero. Nada más cerca de mi voluntad y más lejos de la intención de la mano: no había manera de que soltara el botín, por más que yo le insistiera con gritos y golpes y por más que a mí me insistiera el tipo en cuestión, con gritos y golpes también.

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Medium 9788483935743

El tránsito

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El tránsito

 

Fue una pesadilla para todos. También para Ahmed, el secuestrador, que pilotaba el avión con ciento ochenta y seis pasajeros que estaba lanzando ahora contra la torre de oficinas. Fue sólo un instante. Pero larguísimo, el instante más largo que hubiera vivido nunca. No vio ninguna bola de fuego, que para eso le faltaba perspectiva, sino una llama infinita, como si hubieran caído en el centro del sol, y apenas pudo olfatear su propia carne abrasada, entre el olor inmenso del combustible ardiendo. Se hallaba en el tránsito de una vida a otra. No había tiempo para el padecimiento aunque sí para la angustia. Sin necesidad de mirar atrás, sintió la presencia de los ciento ochenta y seis pasajeros que, súbitamente convertidos en espectros vengadores, cuyas formas negras ­prevalecían incluso sobre el fulgor del fuego, se abalanzaban sobre él para herirle, morderle, golpearle, desgarrarle el cuerpo y el alma. Y eso sí que le dolió, le dolió como nunca antes le había dolido nada.

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Medium 9788483935255

Toreo remoto

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Toreo remoto

 

Contra los consejos unánimes, el célebre matador andaluz volvió once meses después de un accidente en el que estuvo cerca de perder la vida. Su regreso no pudo ser más comentado porque el torero, medio tullido en una silla de ruedas, fue depositado en el centro de la arena con una capa roja sobre las piernas, lo mismo que una manta, y otro torero –primo hermano suyo– decidió desde las gradas, provisto de un control remoto a botonera, hasta el menor desplazamiento de la silla. El matador se retiró aclamado por este raro toreo remoto, pese a que alguna fortuita interferencia estuvo a punto de empañar la jornada.

 

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Medium 9788483935446

La paradoja

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La paradoja

 

El señor K fue detenido, juzgado y condenado a cadena perpetua por un sangriento crimen que, como iba a demostrar treinta y tres años más tarde una joven abogada idealista y tenaz que dedicaba su vida a casos imposibles, el tal señor K no había cometido. Desenmascarado el verdadero artífice del crimen por culpa del cual el señor K había tenido que pasarse casi toda la vida en una estrecha celda de una hórrida cárcel, las autoridades responsables de semejante sinrazón aligeraron el papeleo para que el tal señor K pudiera abandonar cuanto antes aquel escandaloso encierro. Reconocieron, en beneficio de la propia imagen, la bárbara equivocación pero, naturalmente, no pidieron perdón ni excusas alegando que, como era bien sabido la Justicia, al igual que el resto de los asuntos humanos, estaba sometida a la posibilidad del error. Se archivó el caso y se pasó sin más trámite al siguiente.

El señor K recibió la noticia con frialdad. Acaso a esas alturas le resultase indiferente el lugar donde fuera a pasar el resto de sus días. Sea como fuere, había aprendido a aceptar las cosas tal y como se presentaban sin rechistar, con auténtica resignación. No se despidió de nadie. Salió a la calle como probablemente lo haría una fiera del zoo al ver un día la puerta abierta después de toda una vida tras los barrotes: sin saber por qué había tenido que permanecer allí enclaustrada y sin saber qué le esperaba a continuación. Además, al señor K, como sin duda también le habría ocurrido a la fiera, nadie lo esperaba a la salida.

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Medium 9788483935309

Bolsa de petróleo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Bolsa de petróleo

 

–Algo había oído sobre el particular –dijo lord Leathersdale con una sonrisa heladora mientras probaba a disparar sus bullets para la captura de plumas de ángel.

Lord Wandsworth parecía contrariado.

–Yo no haría caso de semejantes habladurías –dijo–, sobre todo si conciernen a la familia real. Se comentan muchas cosas sin sentido.

–Por ejemplo esa supuesta bolsa del mejor petróleo del mundo descubierta en los jardines del Backingham Palace. ¿Ha oído usted la historia? –preguntó lord Leighton Buzzard.

–No tiene ningún interés –quiso cortar lord Wandsworth–. ¿Para qué aburrir con tontas habladurías al embajador?

–Me extraña que el embajador no lo sepa –insistió lord Leighton Buzzarrd–. El cuento se atribuye precisamente a otro colega suyo, esta vez del este de Europa. Se dice que el principito Harry jugaba en los jardines de palacio cuando rompió un surtidor de agua y empezó a manar petróleo. Otra versión exculpa al principito, al afirmar que la cañería no resistió la presión del gas que acabó por infiltrarse en el sistema de riego del jardín. Detrás del gas brotó con fuerza el petróleo. El príncipe, un niño, se asustó ante el impetuoso chorro y salió corriendo. Se dijo que se trataba de una inmensa bolsa de petróleo de la variedad Texas Light Sweet, la más apreciada y valiosa. Hasta se dieron detalles de su valor en el mercado. Son muchos los que todavía hoy creen que el yacimiento sería capaz de desterrar la pobreza de Inglaterra durante más de cien años. El asunto, sin embargo, se cortocircuitó para que no llegara al gobierno. Quedó entre la Corona y un restringido equipo de asesores. Pensaron que por mucho que fuera su valor, más valía lo que representaba el palacio de Buckingham y, sobre todo, más valía la ciudad de Londres, símbolo de la libertad y del comercio, pero cuyas tierras pertenecen en buena parte a la propia corona. De modo que se decidió mantener oculto el yacimiento.

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Medium 9788483935446

Dar la cara

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Dar la cara

 

Adelaida nació en el seno de una familia muy adinerada y ejerció de hija única durante toda la vida, incluso cuando los padres hubieron muerto. Era un ser egoísta, excéntrico, arbitrario y déspota que consideraba los sentimientos algo de mal gusto. Tenía que ser siempre el centro de atención. Se mostraba impasible ante cualquier acontecimiento. No tenía hijos, no tenía pareja, no tenía a nadie. Solo joyas; las lucía con orgullo en todas las fiestas. Sobre todo aquel collar de esmeraldas cuyo desorbitado precio había podido pagar gracias a la venta de una casa colonial que perteneció a los abuelos.

Dicho esto se comprenderá enseguida la conclusión a la que llegó todo el mundo después de ver lo que Adelaida hacía en la fiesta benéfica organizada con fines caritativos en su localidad natal. Aunque sus donativos eran siempre mezquinos, Adelaida ocupaba igualmente un lugar de preferencia en aquellas reuniones. Estaba a la vista de todo el mundo, en la mesa principal. Por consiguiente, aquel día todos vieron y observaron al muchacho de ojos negros cuando se le acercó con la bandeja en donde los comensales debían depositar su dádiva y asistieron pasmados al gesto natural con el que Adelaida se desabrochó el collar de esmeraldas y lo dejó con ruido cristalino sobre la superficie metálica y reluciente. «Ha dado la cara, la joya más cara», decía todo el mundo en un susurro que acabó siendo unánime.

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Medium 9788483935736

Miedo escénico

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Miedo escénico

 

Llego al punto de la cita, junto a un teatro. Mis amigos me esperan, alegres pero nerviosos. En esa ciudad extranjera y desconocida, siento que he cumplido con un importante compromiso al recordar el lugar exacto de nuestro encuentro y llegar a la hora. Mis amigos me llevan a toda prisa hasta una puertecita en la pared, y me conducen, casi en volandas, escaleras abajo. Me dejo manejar, sin pensar en nada, satisfecho, aceptando sus manoseos como caricias. Me maquillan, me ponen una peluca, me visten con ropas gruesas y pesadas. Lo acepto todo plácidamente, como un juego, porque son mis amigos y no necesito saber en qué van a parar sus esfuerzos, aunque estoy seguro de que no va a ser una sorpresa desagradable. Por fin me sacan de aquel lugar y me llevan a otro espacio oscuro, donde me dejan, antes de alejarse y desaparecer. Un largo chirrido suena en el silencio, se enciende de repente la luz y me encuentro solo en medio de un salón en el que relumbran tres paredes cargadas de espejos y cuadros. Miro hacia la cuarta pared y comprendo que estoy en un escenario, desde donde puedo vislumbrar las cabezas de los espectadores que llenan el teatro, sentir el poderoso aliento de su curiosidad, mientras esperan que comience la función con las palabras que debe pronunciar el personaje que yo interpreto, un texto y una trama que no conozco, que ni siquiera soy capaz de imaginar. Nunca he sentido tanta confusión.

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Medium 9788483935965

Depilacción

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Depilacción

 

 

 

Para Poli y sus moscas

 

 

Mi hijo atrapa una araña. Con velocidad pasmosa, utiliza mis pinzas para depilarle las patas. Sus manos se agitan alrededor del artrópodo que, en segundos, queda reducido a una bola de pelo. Indefenso, el animal se hace el muerto. Enseguida, el crío lo aplasta, y solo queda un manchurrón en el suelo del porche. Observo atónita la actitud de ese niño en el que no me reconozco. ¿Qué he hecho mal? Culpo a su generación, acelerada, desprovista de sentimientos. ¡Con el placer que produce observar la agónica huida de un bicho tullido! ¿A qué tanta prisa?

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Medium 9788483935620

Ganado

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

Ganado

 

En las regiones del norte de la comarca, inesperadamente, una vaca había comenzado a hablar; dominaba todas las lenguas romances, tres lenguas caucásicas, cuatro lenguas muertas, el sánscrito, el japonés y el persa. En la zona más árida de la llanura, no tardó en aparecer otra vaca que había sido capaz de desarrollar la demostración de la conjetura de la distribución de los ceros de la hipótesis de Riemann. Más tarde, llegaron noticias de una tercera, en los valles de la aldea de Ivy, que tenía intención de publicar una teoría revisada y perfeccionada del materialismo dialéctico de Marx y Engels. En cuanto llegó a oídos del Gobernador que, desde que comenzaron a manifestarse estos fenómenos, las vacas habían dejado de dar leche, ordenó su inmediato sacrificio.

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Medium 9788483935545

El libro prohibido

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

El libro prohibido

 

 

En una librería electrónica encontré una sección esotérica que llamó mi atención, pues no sólo tenían la primera edición del Diccionario infernal del padre Collin de Plancy o el Malleus Maleficarum con prólogo de Lord Byron, sino el apócrifo y terrible Necronomicón del árabe loco Abdul Al-Hazred. Pensando que sería una antología de historias góticas lo encargué más por romanticismo que por interés. A los tres días me lo llevó a casa un hombre alto y borroso que parecía vendedor de Biblias. Se trataba de un volumen en octavo y encuadernado en una tela que recordaba a las arañas. Lo encontré algo ajado, descolorido en las cubiertas y torturado por los nervios, pero era la edición valenciana de 1610. Un sello de agua indicaba que el ejemplar había pertenecido a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. «La crisis» –pensé– y me dispuse a disfrutar de mi tesoro.

El libro era una maldición y una blasfemia, pues contenía todas las aberraciones posibles de nuestro tiempo y el anterior. Leí las revelaciones de la Clavícula de Salomón, los hechizos del Kitab-al-Uhud y las profecías del papiro de Leyden. Conocí la genealogía atroz de los primigenios: Azathot, Cthulhu, Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Descubrí razas malditas que habitan en las profundidades marinas, que supuran en las esquinas sucias de nuestras casas y que aguardan una señal de guerra en el abismo de los espejos. Pero lo peor era el libro en sí: no tenía fin, no tenía comienzo, la numeración era delirante y las páginas que pasaba no volvían a aparecer.

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Medium 9788483935057

De camino a Jamilah

Iban Zaldua Editorial Páginas de Espuma ePub

De camino a Jamilah

 

My Morning Jacket

Z

ATO/RCA, 2005.

 

–¿Qué estás escuchando?

–…

–¡Que a ver qué coño estás escuchando!

–Ah, perdona, es que con los cascos no me entero de nada… Es My Morning Jacket.

–¿Qué disco?

–Ah, ¿es que los conoces?

–Sí, hombre. Mi chico es de Louisville, Kentucky, ¿no te lo he contado? Él me suele pasar los cedés…

–Anda. Como cuando organizamos una fiesta siempre pinchas a Madonna, yo creía…

–Eh, que yo no pongo solo música de Madonna, qué te has creído tú…

–Bueno, Madonna, Scissor Sisters y cosas así, ya me entiendes…

–Y, ¿qué pasa? ¿Es que no me pueden gustar a la vez Madonna y My Morning Jacket?

–Pues a mí no me parece que vayan del mismo rollo ni mucho menos, eso al menos tendrás que admitírmelo.

–Bueno, la cuestión es que quizá My Morning Jacket no me parezca precisamente lo más apropiado para pinchar en una fiesta, y Madonna o Scissor Sisters sí, ¿no te parece?

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Medium 9788483935743

El Big Bang

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Big Bang

 

Mirar a través del telescopio espacial Hubble es como viajar al pasado.

Hace unos días se pudo contemplar la explosión que dio origen al Universo. Era Dios que prendía una cerilla.

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Medium 9788483935415

La fuerza de la costumbre

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La fuerza de la costumbre

 

De niño le gustaba conducir por la izquierda con su coche de juguete en el pasillo de su casa. Al cumplir la edad sacó fácilmente el carné de conducir pero enseguida se mató en un accidente. La policía y la prensa lo calificaron de piloto suicida puesto que circulaba en sentido contrario. Los padres lo negaron. «Sólo era un chiquillo», dijeron.

 

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