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La chica del auto stop, I

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La chica del auto stop, I

 

 

Era delgada y tenía el pelo blanco y largo como una actriz gótica. Yo sólo quería verla de nuevo y por eso le presté mi casaca. Para tener una excusa y poder ir a su casa esta mañana.

La madre se ha puesto a llorar y me jura que su hija ha muerto hace años. Como no le he creído me ha llevado hasta su tumba y allí estaba ella, blanca como una azucena y con mi casaca negra sobre los brazos abiertos. Parecían alas.

He querido abrazarla y la madre me ha sujetado con fuerza. Ella corre hacia mí. No sé quién me ha mordido primero.

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De nada bueno te servirá

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

De nada bueno te servirá

 

–No hay viento que sople a gusto de todos –dijo lord Belmarsh–, pero al menos el bueno de Paco quedó exonerado de su culpa. Han ocurrido cosas mucho peores entre nosotros y que van en sentido contrario. Como la historia de ese chico paquistaní que se vino a vivir a Londres, Mohamed Sami. Al cumplir veinte años se descubrió una extraña cualidad que le comunicó a su madre quien, a vuelta de correo, le advirtió: «Olvídate de ello que de nada bueno te servirá». Sami pretendía saber el tiempo de vida exacto que le restaba a cualquier persona a la que viera por primera vez. El 7 de julio de 2005, día del gran atentado terrorista en Londres, entró en el metro y, en contra de lo ocurrido otras veces, supo de inmediato que todos los viajeros que le acompañaban iban a morir en dos minutos. Se puso muy nervioso y pudo salir del vagón a toda prisa un instante antes de que se cerraran las puertas. Poco después, con el tren ya dentro del túnel, ocurrió la explosión. Al reconstruir el atentado, la policía le acusó de haber colocado la bomba que acabó con la vida de todos los pasajeros. Sigue en la cárcel.

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Medium 9788483935965

Lo que deseas vs lo que te ofrezco

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Lo que deseas vs. lo que te ofrezco

 

Quieres que sea infinito, que sea azul, que huela a verano y sepa a corteza de pan. Y yo, muslos de terciopelo blanco, vientre de seda, braguitas de encaje negro, te ofrezco el bosque de tinta roja que crece entre mis piernas.

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El alféizar

Mercedes Abad Editorial Páginas de Espuma ePub

El alféizar

 

Hacía un tiempo espléndido, pero dudo que ese fuera el motivo por el cual Nush y yo nos habíamos sentado en el alféizar de la ventana de mi habitación, con las piernas colgando a cinco pisos del suelo mientras bebíamos coca cola directamente de la lata, Nush con cierta lánguida displicencia que yo trataba inútilmente de imitar. A las almendras saladas que mi madre nos había puesto en un platito para acompañar la bebida no les habíamos hecho ni caso, aunque, como siempre, yo me moría de ganas de hincarles el diente, pero por algún motivo me pareció que no sería poético precipitarme a zampármelas, al menos mientras Nush siguiera mostrando el mayor desinterés por ellas, como si no existieran. Por el amor de Dios, ¿cómo puede alguien mostrarse tan inhumanamente insensible a un platito de almendras? Abajo, los coches frenaban, a veces con cierto estrépito y rechinar de ruedas, cuando el semáforo se ponía en rojo para dejar paso a los peatones y a los coches que transitaban por la calle perpendicular. Después de que unos frenasen, se producía una breve pausa, un alto en el sempiterno rugir de los motores, como un desfallecimiento, porque los coches de la otra calle tardaban todavía unos segundos en ponerse en marcha; pues bien, en esos instantes yo temía que se oyera el rugido de mis desesperadas tripas.

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Primera clase

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

Primera clase

 

El artículo 95 de la Ley sobre policía de ferrocarriles, que forma parte del capítulo siete del reglamento publicado en 1913 por la Litografía Roel de La Coruña para gobierno de diversas líneas nacionales, y, con el tiempo, también de la de Ponferrada a Villablino, es párrafo laborioso y tajante. Igual valdría decir que jerárquico y compensatorio. Corre así:

 

El viajero que no presente el billete que le da derecho a ocupar un asiento en los trenes, o que tenién­dole de clase inferior, ocupe uno de la superior, pagará en el primer caso el doble de su precio, según tarifa, y en el segundo dos veces la diferencia de su importe, a contar desde la Estación que verificó su entrada en los trenes hasta el punto donde termine su viaje.

A no justificar el viajero el punto de su entrada en el tren, el doble precio se evaluará por la distancia recorrida desde el sitio en que haya tenido lugar la última comprobación de billetes.

 

Cuesta creer en la pericia matemática de los revisores encargados de ejecutar la pena. Pero esa incredulidad se rebaja mucho cuando se piensa que, quien más quien menos, habrá hecho sus cuentas en otros recorridos: el de llegar con el rebaño entero de merinas, cuando se era pastor por el cordel que baja de Badabia al mediodía contando leguas y amores; el de llegar vivo al final de una guerra pródiga en nombres de muertos conocidos; el de llegar sin hambre al final del día, durante muchos días. Y ocurre que andando el tiempo y rebajadas las penurias, hubo hasta viajeros que supieron poco de leguas, de balas perdidas y de días sin pan, viajeros que solo fueron estudiantes sin billete que bajaban en el tren a Ponferrada a examinarse de reválida y volvían a subir en él más ligeros después de descargar sus conocimientos sobre el papel, y con hambre alegre; por tanto, muy a propósito para saltar en marcha, coger unas uvas de los viñedos pegados a la vía, correr con la pechera abultada por la vendimia oculta y, de nuevo a bordo tras asaltar el balconcillo del último vagón, ser viajeros incapaces de justificar el punto de su entrada en el tren, viajeros sujetos, en consecuencia, a los cálculos del revisor de turno que deberá exigirles doblado el precio por la distancia recorrida desde el sitio en que tuviera lugar la última comprobación de los billetes, y vuelta a empezar mientras duren las cuestas que fatigan al vapor, las academias de matemáticas y los viñedos. Salvo que el revisor, por alguna de esas vueltas caprichosas de las biografías, haya sido de joven merino de los de la carrera a Extremadura y después veredero de ley, antes de que la guerra lo volviera soldado en la trinchera y en los años siguientes lañador hambriento, y a temporadas barquero, y alguna vez ladrón de gallinas acosado por los perros y muchas veces contrabandista, y casi siempre caminante en falso o huido de la ley, una condición que desprecia el castigo por abordar trenes en marcha, y que en aquellos viajeros sospechosos que acaban llegando a revisores, deriva en una cordialidad inesperada para redimir de sanciones a los corredores sorprendidos en el abordaje, al tiempo de ofrecerles un banco de primera clase donde degustar con calma un racimo de uvas robado, porque ya es hora de que en este mundo tan lleno de pasos fugitivos haya asiento de preferencia hasta para los que corren sin hambre y sin necesidad.

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