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Doctor An

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Doctor An

 

El doctor An salió por la madrugada en un jipu rumbo al helipuerto de la base militar en el Perímetro. Durmió poco esa noche. Una misión secreta lo llevaría a lo largo del día por las principales ciudades de Iris, para hablar de sus descubrimientos a oficiales superiores y a un grupo escogido de científicos de SaintRei. Tosió sin parar durante el recorrido al helipuerto. La conductora del jipu comentó: es la época del año. Él sacó un spray diminuto para aclararse la garganta.

El piloto del heliavión vio subir al doctor An e hizo un gesto a los técnicos en tierra de que estaba listo para despegar. Una vez en el aire los pensamientos del piloto se dirigieron a lo ocurrido la noche anterior. Se había acostado por primera vez con una irisina. Una de las traductoras de la base lo había invitado a su casa en las afueras del Perímetro. Tuvo que moverse con cautela para que sus brodis no se enteraran. Un par de horas maravillosas.

Solo entonces se percató de que el doctor An le hablaba. El aire estaba muy frío, que lo subiera un poco. El doctor tosió y al poco rato estaba dormido.

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Las últimas dos balas

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Las últimas dos balas

 

Fredo le suplicó que lo matara.

«Estoy malherido –dijo– y si caigo en manos de estos salvajes sé que me cortarán la lengua, las orejas.» Un estertor le impidió continuar.

«Mira: guardaré estas dos balas para el final. Te prometo que antes de caer en sus manos te mataré –le contestó Alonso– y luego me mataré a mí».

Vio venir a uno y le acertó. Luego vino otro y también le acertó. A sus espaldas se acercó un tercero y también le acertó. No comprendía cómo ahora, tras tantas horas de asedio, agotado y sediento, casi febril, acertaba blancos que antes marraba.

Calculó que no podían quedar muchos enemigos con vida. Fredo había alcanzado a tres antes de caer malherido; él, a dos, además de los tres últimos; tres y dos cinco y tres ocho. A lo sumo quedarían otros dos, pensó, vislumbrando un resquicio de esperanza por primera vez en cuatro días.

«¡Ahora, uno!» Exclamó eufórico, al acertar de nuevo, extrañado de que se le hiciera tan fácil dar en el blanco.

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Tomar partido

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Tomar partido

 

Nunca se negaba a dar una charla sobre su obra. Según él mismo decía se la sabía muy bien, le pagaban con generosidad y era celebrado por unos y por otros.

Una tarde, hablando precisamente ante el público de su ciudad natal, cuando ya había iniciado la conferencia que, con ligeras variaciones, tantas veces había repetido aquí y allá, notó que seguía entrando público, gente rara, ruidosa, algo desastrada en el vestir y en la compostura.

Pensó en lo muy cerca que podía tener el Nobel, pues aquella gente de apariencia rústica era ese tipo de público iletrado que ni siquiera conoce el nombre de los actores de Hollywood, mucho menos el de un escritor, lo que revelaba sin duda su inmensa popularidad.

El alboroto de los recién llegados no cesaba. Ya casi no cabía un alma en el auditorio, pero seguía entrando gente. Algunos estaban de pie, pero otros pretendían sentarse en los asientos ya ocupados.

Cuando se dio cabal cuenta de lo que pasaba ya no tenía remedio. Eran sus personajes, los desarrapados de sus novelas que habían tomado el salón y sacaban de sus asientos al público burgués que le leía, le compraba y le agasajaba.

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La carta perdida de Andrea Mayo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

La carta perdida de Andrea Mayo

 

 

 

Es difícil escribir sobre los vivos, porque son gente que se pasa el rato cambiando

 

 

 

La doctora Ela Gutina supo que la carta perdida de Andrea Mayo estaba en mi poder gracias a la conversación que mantuvo con la periodista Carmen Silentes.

Gutina llevaba al parecer mucho tiempo detrás de aquella carta. Sabía de su existencia porque la Mayo la había citado en algunos escritos e incluso en alguna entrevista como un texto que jamás vería la luz.

La llamada de Gutina no se hizo esperar. Tampoco mi respuesta: «¿La carta perdida de Andrea Mayo? ¿Dirigida a mí? ¿Qué carta? ¿De qué me está hablando?» «Todo tiene una explicación», me dijo, y me pidió que nos viéramos. Accedí a tomar un café con ella.

Me citó en el bar del Hotel Majestic. Un lugar que siempre me ha parecido trasnochado y pretencioso. No obstante, acepté porque quedaba cerca de mi estudio de arquitectura.

Cuando llegué al bar, no había nadie. Pensé, mientras la esperaba, que aquel asunto me tenía sin cuidado y que me había aguijoneado solo la curiosidad.

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15

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

15

 

Allí estábamos, protegiéndonos de la lluvia, el polvo y las radiaciones con las cejas, como unos salvajes. Sacudiéndonos de encima a los otros sin necesidad de movernos, matando a las chicas con nuestra indiferencia. Matando a las prostitutas con los agujeros de nuestros bolsillos. Haciendo papilla a nuestros padres sin abrir la boca. Como unos posesos, como unos auténticos desquiciados. Arrasábamos con todo. Podíamos pasar años en aquella esquina, o sentados sobre nuestras motos. Días enteros preguntándonos a qué sabrían las gaviotas o cuánto podría sangrar un hombrecillo verde antes de morir. Aquellos eran tiempos de acción. Contábamos las olas, las nubes. Contábamos mentiras. Las tardes nos pertenecían. Éramos grandes. Éramos tan grandes que solo nosotros nos dábamos cuenta.

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