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Imposibilidad del escenario

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Imposibilidad del escenario

 

Le propusieron interpretar al personaje protagonista, el despistado señor Juárez, y le pidieron que improvisara al máximo. Treinta años de fracasos y paciencia en el teatro cobraron de pronto sentido. Como sensacional actor que era, se le ocurrió faltar al estreno. Ningún escenario volvió a saber de él.

 

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El chachachá del tren

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El chachachá del tren

 

Ya de muy pequeño, cuando en clase sentía la amenaza del padre Juan, por no ser capaz de resolver el problema que le había puesto en el encerado, soñaba con un tren que lo recogía y lo sacaba de allí. Fermín no se libraba así del castigo, que las bofetadas eran reales, pero, al convertir el choque de las manos del padre Juan contra su cara o su cabeza en el chachachá del tren, el dolor se amortiguaba.

Ese tren de rescate nunca le falló. En la mili, por ejemplo, se pasó un mes de calabozo sin que echara de menos el aire libre o el hablar con los demás, pues el tren lo llevaba por parajes de ensueño, solo o en compañía, según le viniese en gana.

Y luego, cuando su mujer lo abandonó por el administrador, estuvo cuarenta días seguidos sin bajarse de aquel tren, chachachá, chachachá, hasta el punto de que cuando lo hizo sentía las piernas muy inseguras. Cada vez le gustaba más su tren.

Un día equivocó los pedidos de una docena de clientes con el consiguiente trastorno económico para la empresa en la que prestaba servicios. Su viaje duró entonces más de sesenta días. De hecho ya no quiso bajarse nunca más. Y hasta aceptó gustoso que los maquinistas, el revisor, los jefes de estación hubiesen cambiado su indumentaria habitual por la bata blanca.

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Medium 9788483935309

Una vez al mes

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Una vez al mes

 

–Eso me recuerda la historia de un conocido agente de seguros, una persona eficiente, muy exacta y puntual –­dijo lord Leighton Buzzard–. Todas las mañanas se cruzaba en el mismo punto de Lone Street con una mujer que por las trazas debía de trabajar en la banca o en seguros como él. Se miraban muy de soslayo, a la inglesa naturalmente. Y así, días, meses, años, se cruzaban en ese punto exacto. ¡Qué puntualidad la de ambos! Solo con disciplina inglesa lograban ocultar su mutua admiración, porque tanta precisión y puntualidad los volvía locos. Cualquiera sabe cómo ocurrió. Pudo ser que el hombre señalase vagamente con su vista un hotelito cercano, pero ella lo entendió a la primera. Desde entonces se acuestan una vez al mes. No se dicen una sola palabra y son la mar de felices.

 

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Sótano

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Sótano

 

Ya lo decía mi tía abuela, que esa sabía un rato. Para entretener a la inoportuna niña de los vecinos no hay nada como inventarse un cuarto imaginario, en el sótano. Habladle de la puerta pintada de un luminoso verde manzana. Describidle la cretona amarilla de las paredes, el sofá tapizado con pavos reales en seda, el armario chino lleno de muñecas que han enterrado a tres generaciones de niñas. Después de dibujarle en un papel las coordenadas precisas, soltadla en el pasillo, y despedidla con pañuelos blancos y muchos «hasta pronto, buen viaje», como si partiera un trasatlántico. No suelen volver.

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El alma que tenía dos cuerpos

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El alma que tenía dos cuerpos

 

–Yo he conocido un caso verdaderamente insólito: un alma que tenía dos cuerpos –dijo conciliador lord Leighton Buzzard–. Hubo un rumor de admiración muy halagador y propio de la cámara de los lores. –Se trataba –prosiguió lord Leighton Buzzard– de un muchacho con el que coincidí en la escuela. He dicho un muchacho, cuando en realidad debía decir dos: Ernest y Ralph. Al principio, mientras habían sido bebés o infantes, el alma no reparó en la sobrecarga de trabajo que tal circunstancia suponía. Pero, a medida que el aprendizaje natural de la vida se fue complicando, tuvo que administrar tiempo y energías. Debía además procurar ser neutral, pero no podía evitar el sentirse más a gusto en uno de los cuerpos, el de Ralph. Y así dedicaba menos tiempo al del otro, Ernest, que comenzó a mostrarse muy serio. Un alma con más de un cuerpo hace de este algo así como un aparato a pilas que solo se recarga cuando la tiene dentro. Si alguno se halla falto de energía será incapaz de iniciativas pero puede seguir rumiando indefinidamente lo ya aprendido. Acaso por eso, Ernest, con menos tiempo de alma que Ralph, era un tipo aburrido y poco hablador, pero capaz de dar mil vueltas a lo que ya tenía dentro y de memorizar mejor que nadie, lo que le valió para hacer una gran carrera en la administración pública, llegando a Comisario de la Unión Europea. Ganaba mucho dinero –ya conocen los sueldos de Bruselas– y con alguna frecuencia ayudaba financieramente a Ralph, a pesar de que lo menospreciaba por tarambana. Todo iba bien hasta que Ernest descubrió que su mujer, la exquisita Adeline, compartía también alma con otro cuerpo femenino, y comenzó a desarrollar unos celos enormes. Briget, así se llamaba la otra, era más bien tipo Ralph, y Ernest no podía soportar que el alma de Adelina, metida en el cuerpo de Bridget, disfrutara de una vida sexual variada y placentera. Ernest, tras una fuerte discusión, mató a Adelina, pero como su alma sobrevivía en el cuerpo de Bridget la mató también. Así fue, al menos, como lo relataron en el juicio por asesinato sus abogados defensores. Bien es verdad que lo hicieron con muy poca convicción.

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