2204 relatos
Medium 9788483935798

Jettatore

Eduardo Berti Editorial Páginas de Espuma ePub

Jettatore

 

Aquel jueves, Venancio pasó a buscarme a media tarde. Yo no podía distraerme con su visita porque era justo en ese horario cuando más se amontonaban los clientes y el supervisor del bazar, un tal señor Beckert, nos vigilaba con mayor recelo.

—Julián, está Venancio —me avisaron las mellizas Ordetti. Trabajaban como empaquetadoras, a cada lado de una larga mesa, y debían verse las caras durante horas, como alguien condenado a vivir frente a un espejo.

Venancio me visitaba usualmente a las siete y media, que era mi hora de salida. Entonces íbamos a tomar unas cervezas en el bar de la galería o a jugar al billar en Callao y Corrientes. Pero esta vez, deduje, algo infrecuente sucedía: mi amigo se acostaba raras veces antes de las cuatro o cinco de la madrugada y era llamativo que estuviese ya despierto.

—No puedo salir —le advertí a Venancio, antes de saludarlo.

Me sonrió con una mueca forzada. Estaba despeinado, sin afeitar, como si hubiese pasado la noche insomne.

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Medium 9788483935965

Memoria en blanco

Microlocas Editorial Páginas de Espuma ePub

Memoria en blanco

 

La mujer se encuentra una cana. Es la primera y le recuerda los bizcochos de naranja y los cuentos al calor del brasero de su abuela, pero se siente demasiado joven para tener el pelo blanco así que de un tirón se la arranca y ese tirón extirpa la memoria y la abuela y de pronto siente frío y no recuerda el olor de un bizcocho y es incapaz de saber quién es esa mujer que la abraza en las fotos.

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Medium 9788483935446

Nadie es perfecto

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Nadie es perfecto

 

«Tengo los ojos verdes, de un verde muy oscuro, rasgados, grandes. Hay gente que dice que dan miedo, porque miro con mucha intensidad. ¿Qué más? Pues tengo la boca un poco grande, con los labios bastante gruesos. Cuando me río parezco qué sé yo qué. Pelirroja, con una melena rizada hasta la cintura, muy abundante, sedosa. Casi siempre llevo el cabello recogido con cintas negras. No soy demasiado alta, la verdad, un metro sesenta y ocho. Más bien delgada, pero proporcionada, ya me entiendes. No soy especialmente huesuda. O sea, tengo de todo. No es que sea musculosa, pero he hecho bastante gimnasia y estoy en forma. Piernas largas, manos finas, pies estrechos, vientre liso. No sé si me imaginas. La piel... suave, tirando a morena. Y en verano, dorada. Me paso horas tumbada al sol. Con cremas protectoras, claro. Me encanta. Tengo veintitrés años recién cumplidos, aunque aparento alguno menos. Visto ropa casi siempre ajustada, vaqueros, minifaldas y prendas cómodas de algodón, excepto en ocasiones especiales, en que me pongo mis zapatos negros con tacones y demás. ¿A ti cómo te gusta que vistamos las mujeres, Kike? ¿Y tú, cómo eres?».

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Medium 9788483935415

Memoria

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Memoria

 

Con mis propias manos concluí la morada que me cobijaba y en medio de la oscuridad comprobé con horror que me había olvidado de dotarla de puertas y ventanas. Fue cuando recordé que yo era ese gusano que aspira a convertirse en mariposa.

 

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Medium 9788483935743

El cielo

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El cielo

 

Iba por el bosque con mi perrita y la perdí de vista, algo bastante frecuente y que sólo me preocupaba cuando estábamos cerca de la carretera, como era el caso. La llamé con insistencia, silbé, pero no acudió. ­«Boni, Boni», seguí voceando.

De repente, de entre la espesura vi correr hacia mí a un perro. Tenía ese trote saltarín, con las orejas subiendo y bajando, que obedece a la llamada del cariño. Pero no era Boni, aunque, cuando llegó a mí, intentó encaramárseme. Se trataba de una perrita común de pequeño tamaño, con la piel negra y blanca. Le hice una caricia y, seguí llamando a Boni.

Enseguida vi venir a otro perro, un setter de color cobre, de magnífica estampa cazadora, que también se acercó jubiloso. Y, mientras la perrita y el recién llegado me hacían carantoñas con sus saltos, moviendo los rabos como hélices, yo seguí voceando el nombre de Boni.

Un tercero apareció. Era un cachorro de apenas dos meses, gris y juguetón. Mi padre me había regalado uno igual, un perro lobo, decía él, cuando yo era niño y se me había muerto de parálisis un mes después. Le pusimos Tobi. Algo confundido, insistí en mi llamada, y sólo cuando ví venir a dos perros más empecé a comprender. Eran Freak y Bolo, los últimos que había tenido, que se acercaron con idéntico alborozo.

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