2204 relatos
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De lectura obligada

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

De lectura obligada

 

Don Severino Sotomayor de la Fuente Gloriosa tenía sueños de grandeza. Los había tenido toda la vida y en su madurez, que ya iba siendo vejez mal llevada, se daba cuenta de que la mayor parte de ellos habían quedado enterrados en el baúl de los recuerdos. Ni arquitecto de faraónicos proyectos, ni tenista de irrepetible agilidad, ni investigador de envidiada reputación. Nada. Don Seve Soto –así lo llamaban en su pueblo, de donde jamás había salido– se había conformado con ir vendiendo las tierras de sus antepasados para sobrevivir sin grandes lujos ni enojosas apreturas. Su único éxito había sido el de alcanzar por mayoría absoluta la alcaldía del pueblo –creía él que por méritos propios, pero era más bien porque sus conciudadanos preferían tenerlo entretenido en el Ayuntamiento que deambulando por el pueblo con su apabullante verborrea–.

Así fue que, con digna resignación, Don Seve Soto aceptó sus numerosos fracasos y fue acariciando la idea de un último sueño, sin duda el menor pero sueño al fin, que consistía en escribir y publicar un libro en donde quedasen reflejadas las peripecias de su vida. Se puso manos a la obra y, al cabo de poco, su empecinamiento obtuvo trescientas largas páginas de resultado. La venta de las últimas tierras que le quedaban sirvieron para sufragar los gastos de edición, que no fueron pocos, pues Don Seve Soto decidió imprimir nada menos que diez mil ejemplares en una cuidada edición de tapa dura.

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Ganar el cielo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Ganar el cielo

 

El murmullo del público presente se reduce poco a poco ante los gestos del director del Centro del Cerebro, donde se ha organizado un campeonato sin precedentes. A nadie le ha sido fácil conseguir una entrada. El ambiente está cargado de expectación. Se apagan las luces de la sala y tan solo se dejan los focos que iluminan con su tono ocre el lugar del enfrentamiento. Da comienzo la partida. Las contrincantes intentan disimular los nervios con gestos en apariencia naturales, desenfadados: beben un sorbo de ginebra, encienden un cigarrillo y apartan el humo con la mano, se retiran el cabello de los ojos. Mientras, esperan con impaciencia que la otra mueva. En realidad esperan que la otra, al mover, se equivoque de estrategia y pierda una ventaja imprescindible. La partida de alarga. Saben que durará unas cuantas horas. Será la última, la definitiva. No habrá otra oportunidad. Las dos jugadoras son muy buenas y desean ganar el premio, que está ahí mismo, a la vista, todo entero, inmóvil, imponente. Por fin, una de las jugadoras se distrae mientras contempla con embeleso lo que se llevará si triunfa. Así, comete el error imperdonable, irresoluble que, tarde o temprano, va a dar la victoria a la enemiga. Es solo cuestión de tiempo. Un tiempo que finalmente pasa, como todo en la vida. La ganadora entonces se levanta enérgica de la silla, apaga en el tablero un cigarrillo consumido hasta el filtro, mira a la perdedora con una sonrisa entre compasiva e irónica y, al fin, acercándose al premio con el corazón desbocado, le dice: «Vamos, cielo. Eres mío». El hombre, un animal esculpido por el cincel del imaginario más exigente, se levanta y la sigue sumiso. Sin más. De ahí.

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Medium 9788483935866

La cabeza nevada

Hipólito G. Navarro Editorial Páginas de Espuma ePub

La cabeza nevada

 

Al salir del colegio compruebo tristemente que deja de nevar otro invierno más sin que la nieve haya cuajado en el suelo, que son ya apenas unos cuantos copos diminutos los que bailan en el aire, posándose distraídos en las ramas peladas de las catalpas, todas alineadas carretera arriba, hacia el quiosco de La Glorieta. Por la curva de abajo, junto al cruce de Aroche, me parece oír el húmedo chirrido de los frenos del Correo, el autobús destartalado de las cartas, así que dejando a un lado la melancolía meteorológica me propongo, sin más, apostar otra vez: «Tengo que llegar a La Glorieta antes que él, sin correr». No imagino sin embargo que la tartana puede venir con retraso, ni sospecho entonces que nada más empezar mi apuesta le va a meter el conductor ese pisotón al acelerador que me asusta y que no me da otra opción que aligerar el paso si quiero de verdad llegar antes. La cosa se me pone más difícil cuando oigo que el tío reduce a segunda para subir con más fuerza la cuesta mojada, y yo, ¿qué le voy a hacer? –estas cosas pasan–, rompiendo una de las normas más sagradas, doy una carrerilla pequeña, muy leve, casi nada apenas, lo justo para sacarle dos metros escasos de ventaja al Correo, que entra bufando en La Glorieta cuando yo vuelvo a tomar una buena bocanada de aire helado. Lo he conseguido otra mañana más, con más mérito si cabe porque mi primera apreciación del tiempo ha sido totalmente equivocada, pues vuelve otra vez la nieve a caer abundante y loca, girando juguetona delante de mis ojos.

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Medium 9788483935743

El último instante

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El último instante

 

Se había emboscado para asesinar a su odiado rival. Ante la inminencia de la muerte lo vivido se hace presente en imágenes intensas que duran apenas un segundo. Pero como sólo él sabía lo que iba a ocurrir, fue su propia mente la que recibió la memoria del otro como un latigazo. Y se sorprendió descubriendo cuánto amor le rodeaba. Sintiéndose inmensamente culpable, allí mis­mo se descerrajó un tiro en la boca.

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Medium 9788483935606

Instrucciones de uso

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Instrucciones de uso

 

Su primera mujer, la que lo dejó viudo del pie derecho, me fue dando instrucciones desde el espejo del baño. Al parecer se había quedado a vivir allá adentro y él me dijo que debería acostumbrarme a lavarme los dientes bajo su atenta mirada. Como comprenderás, no puedo decirle que se vaya ni cambiar de espejo, me explicó encogiendo los hombros, qué descortesía. Así que el día de mi boda ella estuvo allí todo el tiempo, indicándome cómo debía pintarme los labios y aconsejándome que utilizara unas cuantas horquillas más para ajustarme el velo. Cuando pensaba que ya no podía ser peor, extendió su mano de muerta enguantada por encima del lavabo y me pasó una liga, a través del cristal. Algo prestado, querida, para que tengas mucha suerte.

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