2204 relatos
Medium 9788483935743

El árbol de la vida

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El árbol de la vida

 

Encontró el árbol de la vida y no se lo dijo a nadie. Él solo comió de sus frutos. Y solo se quedó en el ­mundo cuando la Humanidad desapareció.

Ahora busca por toda la eternidad el árbol de la muerte.

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Medium 9788483935385

Jacobo

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Jacobo

 

Escena Primera

 

«¿Has traído lo que te encargué?».

Santo cielo, otra vez lo has olvidado, prepárate para lo que te va a caer encima, más que el mundo, una sarta de puntapiés, o peor aún su desprecio de nuevo en forma de muecas y de discursos. Si es que eres idiota, Jacobo, te lo tiene dicho, eres un inútil y lo has sido siempre.

«Si es que eres gilipollas, hijo, que te lo tengo dicho. Sales a tu madre, no hay nada que hacerle. Como dos gotas de agua. Suerte de tu hermana –sonrisa hacia la foto que preside el salón–, ella sí que sabe, coño, ella sí que me entiende, joder, y como me hace caso, pues le van bien las cosas, de tal palo –y se señala a sí mismo–, y si no, mira a ver, ya ha encontrado trabajo, y no cualquier cosa, claro que no, un trabajo como dios manda y no memeces de esas de las que te gustan a ti... Menuda familia me ha tocado, hay que joderse, ¡y tú qué coño miras! –a tu madre–, estoy hablando con mi hijo, así que largo, aunque no, mejor no, quédate y escucha, que al fin y al cabo todo es culpa tuya, que al chaval me lo has atontado con tanta mariconada, un par de hostias a tiempo es lo que tendría que haberle dado... ¡pues doscientas!, y te callas, no me repliques, que si lo llevaste al hospital con una costilla a la virulé después de la última paliza fue por culpa suya, coño, que me provoca, y además es un enclenque, me cago en diez, cuando yo tenía su edad ya había levantado el negocio...».

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Medium 9788483935118

Europa

Clara Obligado Editorial Páginas de Espuma ePub

Europa

 

 

 

Amar es ser yunque o martillo

Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles

 

 

 

Europa es un sueño que solo existe en la mente de los latinoamericanos y abarca Francia, España, Italia e Inglaterra. Antes de la Segunda Guerra Mundial, este viaje mítico se hacía en dos direcciones opuestas: de Norte a Sur, y estaba protagonizado por emigrantes que buscaban cobijo de la violencia o la penuria, o de Sur a Norte, y los pasajeros eran americanos ricos que consideraban iniciático el trayecto. Cruzaban el Atlántico en el mismo buque pero, mientras unos viajaban casi en la bodega, otros lo hacían en el cielo de la primera clase.

En ese tiempo, no tan lejano, nadie era poderoso, ni culto, ni elegante, si no conocía París, y hay que aclarar que «nadie» era lo que, en los medios elegantes, se consideraba «todo el mundo». Protegidos de toda fatiga por su personal de servicio, familias enteras comenzaban el trayecto rodeados de mapas y baúles, perros y gatos. Si había niños, se viajaba con una vaca. Si estos tenían edad escolar, mientras los padres paseaban por el continente, se los internaba, por ejemplo, en Eaton. Pero, en los años veinte, la última moda era comprarse un pied à terre en París.

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Medium 9788483935415

El misil

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El misil

 

No era un meteorito sino una creación artificial que venía directa hacia la tierra. Se trataba de un misil capaz de destruir el planeta. Así lo comunicó el Pentágono tras analizar cuidadosamente con los astrónomos las características del objeto que se aproximaba a gran velocidad. Las discusiones no se hicieron esperar. ¿Qué civilización extraterrestre lo envía? ¿Y por qué, si no hemos tenido relaciones ni buenas ni malas con ella? Surgió la sospecha. ¿No habría sido lanzado por los soviéticos antes de la disolución de la URSS, camuflado de una misión a los planetas, ahora de vuelta? Rusia protestó. ¿Con qué objeto enviar un proyectil capaz de destruirnos a todos? ¿No sería un acto terrorista de Al Qaeda? Las discusiones se agriaron de tal manera que cuando el proyectil llegó a la Tierra apenas le quedaba nada por destruir.

 

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Medium 9788483935521

Ácaros

Miguel Ángel Muñoz Editorial Páginas de Espuma ePub

Ácaros

 

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.

En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos tiránicos de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:

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