34 relatos
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La máquina

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

La máquina

 

El hijo sube la máquina de coser al bote de remos. Cómo pesa. Casi no cabe dentro. Al fin y al cabo el bote de remos no tiene tanto espacio libre, porque además de la máquina tiene que meterse él. Tiene que sentarse ahí dentro y remar. Remar hasta la otra isla, donde le espera su madre, caminando por la orilla con los pies fríos y los brazos cruzados.

Su madre.

La madre vive en la otra isla con la máquina de coser y con el hijo. Es una máquina tan vieja que debió de existir antes que la isla, tan vieja que se rompió –parece ser– de tanto usarla. Por eso el hijo tuvo que sacarla de la isla. Y ahora está de vuelta. Con la máquina arreglada. Llena de manchas de grasa, llena de las marcas de los dedos de quienes la arreglaron.

El mar que separa las dos islas está tranquilo y el hijo empuja el bote de remos hasta que el agua le cubre las rodillas. De la otra isla puede verse la mitad de arriba, donde está la casa; la mitad de abajo está cubierta por una bruma que se mezcla con el mar. El hijo rema y se imagina a su madre en la bruma, como una mancha negra, oteando el horizonte cada día hasta su vuelta, de puntillas. Rema con el sol en la nuca. Se ha sentado en el extremo vacío del bote para equilibrarlo. Qué alivio sentir que el mar los sostiene a todos.

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Fuego

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Fuego

 

Hubo un tiempo en el que fui un caballo de fuego. También hubo un tiempo que lo olvidé. Un tiempo largo, estático. Había pegado el estirón y me dediqué a lo que hacían los demás, fijar la vista en un punto alto del cielo y crecer hasta alcanzarlo. Llegué a ser bastante alto. Ser un caballo y ser de fuego dejó de importarme. Qué sentido tenía para entonces ser un caballo, galopar a la velocidad del fuego, ser un relámpago de luz. Me empezaron a pesar los cascos, cada día me costaba más alcanzar la velocidad del fuego. Dejé de hacerlo hasta olvidar incluso las colinas verdes del parque, los rayos de luz, el fuego; lo borré todo de mi memoria y me entretuve en las alturas, sin motivos para mirar a la tierra.

Aún no entiendo cómo pudo pasar. Yo, que fui un potro joven, bien compuesto, fibroso, nada parecido a esos ponis escuálidos con los que me dejaba mi madre en las colinas del parque los domingos. Cuando mi madre me dejaba solo en casa, empujaba el portón del jardín con el hocico y echaba a galopar hasta el parque, corría tan rápido que llegaba a desaparecer, a fundirme con el viento.

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El cuerpo sólido

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El cuerpo sólido

 

Hierro

 

Atravesaron los huesos de mis piernas con clavos de titanio. Tenían el grosor del dedo de un niño, pero eran largos, plateados, suaves al tacto y perfectamente pulidos. Me los quitaron uno a uno cuando lo pedí. Salieron limpios y sin dolor, como si el interior de mi cuerpo en lugar de carne y vísceras lo formara una masa compacta de espuma de poliuretano.

 

Carbono

 

Nadaban por debajo de mis uñas, un territorio donde moverse libremente. Parecían amebas diminutas, el cuerpo de una chinche con bigotes finos y patas largas. Si las aplastaba nadaban más rápido, huyendo a ninguna parte, girando en círculos. Al poco de aplastarlas perdían su contorno y se mezclaban con la piel. Después morían. Solo quedaban de ellas los bigotes.

 

Plastilina

 

Nunca apoyo bien, porque no giro. Desde que me alargaron el cúbito no giro, me quedo a medias, y tengo que colocarme de una forma especial para sujetar las cosas. No puedo apoyarme en mis cinco dedos. Solo si me levanto. Si me levanto no hay problema. Pero en los exámenes de mí no me levanto, no valgo para los exámenes de mí. A veces también siento que me descoloco, mis músculos son flacos y débiles, tienen una pequeña hendidura que me gustaría rellenar con plastilina.

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Pólvora

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Pólvora

 

Tu piel huele a pólvora, ha estallado tu cuerpo por dentro. Te lo dije, que te iban a meter eso dentro, cerca del pulmón. Que no te dejaras.

Ahora respiras, no sé bien cómo, y de tu piel se desprende un vaho gris, pesado, de plomo. Siento que tu piel podría ahora mismo despegarse, que podríamos arrancarla entre los dos para cambiártela. Si tuvieras fuerzas. Si tuvieras ganas de ayudarme, yo no puedo hacer esto sola, estoy tan cansada, cómo es que no me oyes, no me escuchas.

No es mi piel, no te la puedo arrancar con las uñas. Tendríamos que hacerlo juntos, los dos al tiempo, ¿no te das cuenta?

 

 

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El entierro

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El entierro

 

Mi madre consiguió una pala, grande. Una pala de jardín. Mi padre la cargó a la espalda, apoyada sobre el hombro, durante todo el camino al parque público. Yo llevaba al animal pegado a mí, la manta que envolvía su cuerpo le daba varias vueltas.

Con la pala, en un claro entre dos árboles, mi padre cavó el agujero. Ya anochecía, nadie debía vernos. Tumbé al animal en el agujero de tierra, acomodé su cabeza entre las patas, en la misma posición en la que solía dormir.

Lo tapamos con tierra. Los tres agarramos puñados de tierra y tapamos bien al animal. Después cubrimos la tumba con trozos de césped, ramas, flores secas. Los tres lo hicimos. Y pisamos bien el lugar, aplastamos y pisoteamos el montículo de tierra para que nadie notara que ahí abajo habíamos enterrado al animal.

Durante todo ese tiempo no pude dejar de imaginar que estábamos, los tres, jugando a esconder un tesoro, que después, al llegar a casa, marcaríamos el lugar exacto del tesoro con una cruz roja en un mapa mal pintado y lleno de manchas.

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